¿Es Jesús la primera creación de Dios?

Cuando suelo preguntar «¿es Jesús la criatura más bella, más gloriosa, más admirable y grandiosa?», algunos responden «sí», cuando en realidad la respuesta es un rotundo «NO». Es una pregunta con trampa, lo sé, pero ayuda a que reflexionemos sobre la terminología que usamos cuando nos referimos al Hijo de Dios. No importa cuántos calificativos grandilocuentes digamos acerca de Cristo, si le anteponemos la palabra «criatura» lo estaremos degradando en lugar de exaltarlo.

El primer gran Concilio universal de la Iglesia tuvo lugar el año 325 en la ciudad de Nicea, y fue necesario hacerlo debido a que las enseñanzas de un sacerdote, llamado Arrio, estaban corrompiendo la sana doctrina.

El arrianismo afirmaba que Jesús era una criatura, excelsa, pero criatura al fin: la primera creación de Dios.

Esta herejía tan antigua nunca ha dejado de estar activa, hoy la vemos claramente en las enseñanzas de los Testigos de Jehová, pero también está latente en el núcleo de la teología liberal y en el progresismo (modernismo, relativismo). Si se destruye la divinidad de Cristo se destruye toda la doctrina de la salvación. ¿Quién padeció por ti en la cruz, una criatura o el creador? Si crees que Jesús es una criatura (aunque la llames la más excelsa de las criaturas) le debes tu salvación a una criatura, no a Dios. Si crees eso, también tu comprensión del amor de Dios se verá limitada, ¿Dios envió a morir por ti a un tercero, o a su propio Hijo, su propia esencia, su propio corazón y ser?

Como vimos en el primer capítulo en Jesús hay dos naturalezas, una divina en cuanto Hijo de Dios y una humana en cuanto Hijo del hombre; como Dios es creador, como hombre es criatura. Si afirmamos la perfecta humanidad de Cristo como criatura, es ortodoxia, pero si nos quedamos allí sin aclarar que unida a esa naturaleza humana está la perfecta y eterna divinidad del Hijo como creador, estamos siendo heterodoxos. El arrianismo niega lo segundo y afirma que Jesús no es eterno, no es Dios.

Atanasio de Alejandría († 373), el gran campeón de la ortodoxia, luchó con ímpetu para que se respetara lo acordado en el Concilio de Nicea, es decir, que el Hijo es coeterno con el Padre. Y lo hizo en una época en la que el arrianismo (con apoyo imperial) casi logró imponerse en toda la Iglesia.

«No desvariéis entonces ya más diciendo que el Logos de Dios es algo hecho, porque es Hijo unigénito por naturaleza» [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, II, 9. Biblioteca de Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 142]

«el Logos no estaba en el cuerpo como uno cualquiera de los seres creados ni tampoco como una criatura dentro de otra, sino que era Dios en la carne.» [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, II, 10. Biblioteca de Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 142]

«Así pues, el Salvador no ha venido por causa de sí mismo, sino por nuestra salvación, para que la muerte sea aniquilada, para condenar al pecado, para abrir nuevamente los ojos a los ciegos y para resucitar a todos de entre los muertos. Y si la causa de su venida no es Él, sino nosotros, entonces la causa por la cual es creado no es Él, sino nosotros. Y si no es Él la causa por la cual es creado, sino nosotros, entonces no es una criatura, sino que está llamando criatura a la carne con que se revistió por nosotros.”   [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, II, 55. Ed. Ciudad Nueva, p. 212]

Como bien aclara Atanasio llamamos criatura a la carne con la cual el Salvador se revistió, Jesús hombre fue creado en el momento de la encarnación, pero lo que esa carne revistó es la misma divinidad; por eso confesamos que Jesús es criatura en cuanto Hombre y creador en cuanto Dios, perfecto Hombre y perfecto Dios, dos naturalezas sin mezcla ni confusión. No murió por nosotros una mera criatura (ángel-hombre) sino el Hijo de Dios (Dios-Hombre). Para los Testigos de Jehová el que murió por ellos es una criatura celestial, un ángel que fue creado en algún momento de la eternidad, al que ni siquiera pueden agradecerle porque la Biblia prohíbe dar culto a los ángeles

Colosenses 2:18  «Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal».

Pero nosotros, los que creemos que Jesús no es un ángel sino Dios mismo, podemos adorarle y hablar con él.

Filipenses 2:9-11  Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;  y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

 La divinidad de Cristo no es un dogma que se «inventa» en el Concilio de Nicea (325 d.C.), ya existía desde el comienzo de la Iglesia, podemos encontrarla en escritos tan antiguos como la famosa Carta a Diogneto (mitad del S. II)

«Sino que, verdaderamente, el Creador todopoderoso del universo, el Dios invisible mismo de los cielos plantó entre los hombres la verdad y la santa enseñanza que sobrepasa la imaginación de los hombres, y la fijó firmemente en sus corazones, no como alguien podría pensar, enviando a la humanidad a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y Creador del universo, por quien Él hizo los cielos… A éste les envió Dios.» [Carta a Diogneto 7. Ropero, Alfonso. Obras Escogidas de los Padres de la Iglesia]

«Por cuya causa Él envió al Verbo, para que Él pudiera aparecer al mundo, el cual, siendo despreciado por el pueblo, y predicado por los apóstoles, fue creído por los gentiles. Este Verbo, que era desde el principio, apareció ahora y, con todo, se probó que era antiguo, y es engendrado siempre de nuevo en los corazones de los santos. Este Verbo, digo, que es eterno, es el que hoy es contado como Hijo, a través del cual la Iglesia es enriquecida y la gracia es desplegada y multiplicada entre los santos.»  [Carta a Diogneto 11. Ropero, Alfonso. Obras Escogidas de los Padres de la Iglesia] 

Y como podemos comprobar en los escritos de los Padres de la Iglesia, la divinidad de Cristo era una enseñanza ortodoxa:

Cirilo, obispo de Alejandría († 444), nos habla que Jesús es Dios-Hombre

«Atendamos al concepto de unión, que ha de ser creído así: el Verbo se ha hecho carne, hombre, y por tanto hijo de David de modo no ficticio, sino real, en cuanto descendiente de aquél según la carne. Y, al mismo tiempo, ha seguido siendo lo que era, Dios de Dios. Por eso, reconociéndolo al mismo tiempo Dios y hombre… Ciertamente: aunque el Emmanuel, en cuanto hombre había nacido después de Juan [el Bautista], sin embargo, como Dios, existía antes del tiempo. Por eso, en razón de su naturaleza humana era más joven, pero en razón de su naturaleza divina era eterno.»   [CIRILO, de Alejandría. Por qué Cristo es uno. El Verbo encarnado, Dios de Dios. Biblioteca de Patrística, Ed. Ciudad Nueva, p. 91-92]

Hermas (S. II d.C.) diferencia entre el Hijo como roca antigua y puerta nueva, creador y criatura.

«‘Primero, Señor’, le dije, ‘explícame esto. La roca y la puerta, ¿qué son?’ ‘Esta roca’, me contestó, ‘y la puerta, son el Hijo de Dios’ ‘Señor’, le dije, ‘¿cómo es que la roca es antigua pero la puerta reciente?’ ‘Escucha’, me dijo, ‘y entiende, hombre insensato. El Hijo de Dios es más antiguo que toda su creación, de modo que fue el consejero del Padre en la obra de su creación. Por tanto, también Él es antiguo’. ‘Pero la puerta, ¿por qué es reciente, Señor?’, le pregunté. ‘Porque’, dijo él, ‘Él fue manifestado en los últimos días de la consumación; por tanto, la puerta es hecha recientemente, para que los que son salvos puedan entrar por ella en el reino de Dios (cf. Jn. 10:7-9)”.    [El Pastor de Hermas, Similitudes 9.12, “Visión de los montes de Arcadia”. Ropero, Alfonso.  Obras Escogidas de los Padres de la Iglesia]

Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla († 407), resume cual era la enseñanza en la Iglesia de Oriente.

«Igual que las palabras: Al principio era el Verbo designan su eternidad, la frase: y al principio estaba junto a Dios indica que es coeterno con el Padre. En efecto, el evangelista, para que nadie piense, al oír al principio era el Verbo, que el Padre sea preexistente a Él, ni siquiera por unos instantes, y para que no se atribuya un principio al Unigénito, se añade: estaba al principio junto a Dios. O sea, es eterno como el Padre, el cual, por consiguiente, jamás estuvo privado del Verbo. Éste, en suma, existió siempre como Dios junto a Dios, aunque tuviera una persona propia y distinta.»    [Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Juan. Homilía IV.1. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 87]

Resumiendo: Jesús el Hijo de Dios es eterno en su divinidad, no creado sino eternamente engendrado, que no tiene principio ni fin. Jesús el Hijo del Hombre es criatura en cuanto a su humanidad, asumida en la encarnación, glorificada en la resurrección. Pero Jesús es una sola persona con dos naturalezas, divina y humana, que no se mezclan ni confunden; perfecto Dios y perfecto Hombre, perfecto mediador entre Dios y los hombres pues es Dios-Hombre.

Un análisis bíblico

Analicemos ahora un texto clave de las Escrituras

Romanos 10:8b-11,13  « Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo»

«Jesús es el Señor», Pablo utiliza el término griego kurios que significa señor soberano. Ese término lo utilizó la Septuaginta y el Nuevo Testamento para reemplazar el término Jehová (YHWH). Curiosamente los Testigos de Jehová se ven obligados a manipular el Nuevo testamento para justificar sus enseñanzas, pues reemplazan el término kurios por Jehová, siendo que no existe dicho término en ningún manuscrito del N.T.

En el Antiguo testamento que utilizaban mayoritariamente los apóstoles, la Septuaginta, y en los escritos en griego del N.T. no aparece en ningún lado la palabra Jehová (ni Yahveh, ni Yahweh tampoco), siempre se utiliza el término kurios, y se lo utiliza indistintamente para Dios o para Jesús.

Leamos un poco más abajo en el texto de Romanos que estamos analizando:

Romanos 10:13 «porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo».

Este pasaje es una cita textual del Antiguo Testamento:

Joel 2:32a  «Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo» [RV 1960]; «Entonces, todo el que invoque el nombre de YHVH, escapará» [BTX]; «Y todos los que invoquen el nombre de Yahvé se salvarán» [NBJ]; «y será que todo el que invocare el nombre del Señor (kurios) se salvará» (LXX).

Consideremos ahora el contexto del pasaje de Romanos: Pablo está hablando claramente de Cristo, lo llama kurios = Señor soberano en el versículo 9: «que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (kurios)». Luego en el versículo 12b afirma «pues el mismo que es Señor (kurios) de todos, es rico para con todos los que le invocan». Y posteriormente en el verso 13 afirma «porque todo aquel que invocare el nombre del Señor (kurios), será salvo». Si uno lee el pasaje en su sentido natural podemos notar sin lugar a dudas que todo esto se refiere a la misma persona: Jesús. Sin embargo los Testigos de Jehová manipulan este texto, escrito originalmente en griego, y lo hacen pasar como si Pablo hubiese estado escribiendo en una mezcla de hebreo y griego, y en sus Biblias el texto de Romanos figura así:  «Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo», y esto lo hacen para cortar el sentido natural del texto y que el lector piense que ese nombre no es el de Jesús (del que se venía hablando hasta entonces); de esta forma impiden que sus seguidores se den cuenta de que Jesús es Dios.

Pablo utiliza el término kurios precisamente para exaltar a Cristo, y traduce el pasaje de Joel sustituyendo el tetragramaton  YHWH (Jehová, Yahveh, o Yahweh) por Señor, y Señor es igual a Jesús ¡es una afirmación clara de la divinidad de Cristo! ¿Alguien puede pensar que el apóstol Pablo no estaba consciente de lo que estaba haciendo al utilizar para Jesús el término kurios, el mismo término que se utilizaba en la Septuaginta para sustituir el término YHWH? Al parecer los Testigos de Jehová piensan que Pablo se equivocó y que es necesario corregir ese pasaje poniendo una palabra que no existe en los manuscritos del N.T.

El que confiesa que Jesús es el Señor será salvo, porque el Señor Jesús es generoso para todos los que le invocan, pues todo aquel que invocare el nombre del Señor Jesús será salvo, y el nombre Jesús y el nombre YHWH son sinónimos. Este es el auténtico sentido del texto que surge sin necesidad de manipulaciones. Pero los arrianos, los Testigos de Jehová y algunos teólogos liberales (tanto católicos como protestantes) quieren borrar de la Iglesia el dogma fundamental de la divinidad de Cristo.

El Hijo no es la primera creación de Dios sencillamente porque el Hijo es Dios, es creador y no criatura, es coeterno con el Padre desde toda la eternidad, y Hombre perfecto desde su encarnación. Es necesario manipular la Biblia, la Tradición y la Historia de la Iglesia para negar estas verdades que laten desde siempre en el corazón del cristianismo.

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Artículo y recopilación de textos Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2023

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¿Credobautismo o Paidobautismo?

Los asiduos lectores de este blog bien saben cuánto detesto el fanatismo, ese mal que nos impide razonar, meditar e investigar hasta las últimas consecuencias aunque ello nos lleve a cambiar nuestra tan amada opinión. Suelo darme cuenta muy pronto cuando alguien me habla desde el fanatismo, es decir se limita a repetirme lo que le enseñaron en su iglesia o lo que leyó en un libro de su teólogo favorito; o si por el contrario estoy ante alguien que ha investigado, meditado y llegado a una conclusión propia; y aunque no coincidamos, esto último merece mi aprecio y respeto.

Yo fui un fanático, un evangélico fanático que avalaba desde la experiencia emocional todo lo que me enseñaban; es decir: el hecho de haber tenido una experiencia genuina de encuentro con Cristo en cierta iglesia, me hacía dar por válido todo lo que se enseñaba allí. Si yo había encontrado el gozo de la salvación en cierto lugar eso significaría que toda la verdad se hallaría en ese mismo lugar; ese simplismo nos lleva al fanatismo, pues la conclusión lógica sería que todo el que enseñe algo distinto a lo que allí se enseña debe estar equivocado. Esto me pasó con el bautismo; cuando me dijeron que debía rebautizarme ni siquiera analicé a profundidad el por qué, ¿qué tenía de inválido el bautismo que me aplicaron cuando yo era un bebé? Si bien el Señor dijo el que creyere y fuere bautizado será salvo, no negó lo inverso, es decir, ¿qué sucede si primero soy bautizado y luego creo?

Estoy convencido de que muchas personas se bautizan en las iglesias evangélicas sin estar genuinamente convertidas, pero tal vez con el correr de los años toman conciencia de su situación y experimentan una verdadera conversión, ¿y qué hacemos con ellas, las volvemos a bautizar porque en el bautismo anterior no tenían la fe correcta? La fe hace eficaz al bautismo independientemente del orden de uno o del otro, pero el bautismo es verdadero independientemente de la fe del bautizado. No estoy en contra del credobautismo (bautismo de adultos) ni del paidobautismo (bautismo de infantes), pero sí estoy en contra del rebautismo (obligar a bautizarse nuevamente) porque quien ha recibido las aguas bautismales en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo ha recibido el verdadero bautismo independientemente de la edad, o de si fue por manos de un sacerdote o un pastor. En la Reforma Protestante se condenó el rebautizar a los que venían del catolicismo, claro, esto no me lo explicaron a mí, me enteré mucho tiempo después.

Si hay algo en lo que estuvieron de acuerdo todos los reformadores (en pocas cosas estuvieron de acuerdo, por cierto) es en el tema de estar a favor del bautismo de niños y en contra de los rebautizantes (anabaptistas). Leeremos a continuación lo que afirma la Confesión de Fe de Westminster por la que se rigen algunas denominaciones protestantes:

Confesión de Fe de Westminster XXVIII.4 «No sólo deben ser bautizados los que profesan personalmente fe en Cristo y sumisión a él,  sino también los niños cuyos padres son creyentes o a lo menos uno de ellos lo es.»

«En la antigua Iglesia Judaica, cada prosélito de los gentiles traía consigo sus hijos a la Iglesia. De esta manera los apóstoles judaicos escribieron el resumen de la historia de sus trabajos misioneros exactamente igual a como los paidobaptistas modernos escriben los suyos, y no como un misionero bautista escribiría al referir el establecimiento de su denominación. Hay solamente once casos de bautismo consignados en los Hechos y Epístolas. En dos casos, como el de Pablo y el eunuco Etíope, no había niños que bautizar. En otros cinco casos fueron grandes multitudes. Después de que Estéfanas fue bautizado con la multitud de cristianos, Pablo bautizó a la familia. También fueron bautizadas la familia de Lidia, la del carcelero, de Crispo y probablemente la de Cornelio. Así vemos que en los casos en que había familia, ésta fuebautizada. Se menciona la fe del jefe de la familia, y no la de la familia, y esto como un hecho general menos en un caso. Los apóstoles se dirigen también a los niños como miembros de la Iglesia. Comp. Ef. 1:1 con 6:1-3; y Col. 1:1-2 con 3:20. […] (6)—Esta ha sido la creencia y la práctica de la gran mayoría del pueblo de Dios, desde el principio. La Iglesia primitiva, en su continuidad no interrumpida desde los apóstoles, da testimonio con su costumbre sobre este punto. La Iglesia Griega y la Romana, y las ramas de las Luterana y Reformada, están unidas en este punto fundamental. La denominación bautista, que se opone a todo el mundo cristiano sobre este punto, es un partido moderno, que data de los anabaptistas de Alemania.»   [HODGE, Archibal Alexander.  Comentario de la Confesión de Fe de Westminster, p. 146-147

Leamos ahora al mismo Lutero en su Catecismo Mayor:

«Corresponde tratar ahora una cuestión con la que el diablo, mediante sus sectas, trae confuso al mundo. Se trata del bautismo infantil, esto es, de si los niños también creen o si es justo que sean bautizados. A esto digamos brevemente que las mentes sencillas se deben desentender de tal cuestión y remitirla al juicio de los doctos. Sin embargo si quieres responder tú, contesta del siguiente modo: de la propia obra de Cristo se demuestra suficientemente que a él le complace el bautismo infantil, es decir, que Dios ha santificado a muchos de ellos que han sido bautizados de esta manera y les ha dado el Espíritu Santo, y hoy mismo existen aún muchos en los cuales se siente que tienen el Espíritu Santo, tanto por su doctrina como por su vida. Por gracia de Dios nos ha sido concedido también a nosotros el poder interpretar la Escritura y conocer a Cristo, lo que no puede ocurrir sin el Espíritu Santo. Ahora bien, si Dios no aceptase el bautismo infantil, tampoco otorgaría a ninguno de ellos el Espíritu Santo, ni siquiera algo del mismo… es preciso reconocer que el bautismo infantil agrada a Dios: pues Dios no puede contradecirse, ni venir en ayuda de la mentira o de la picardía, ni daría su gracia y su Espíritu para ello.» [LUTERO, Martín. Catecismo Mayor. Cuarta Parte: el bautismo.]

Lo que Lutero está diciendo aquí es que todos ellos (incluido él) fueron bautizados siendo niños en la Iglesia Católica y Dios les ha concedido el Espíritu Santo sin necesidad de rebautizarse siendo adultos. Leamos un poco más:

«Prosiguiendo, diremos que lo que más nos importa no es si el bautizado cree o no cree, pues por esto el bautismo no pierde su valor, sino que todo depende de la palabra de Dios y su mandamiento. Desde luego, ésta es una afirmación algo tajante, pero se basa totalmente en lo que antes he dicho, o sea, en que el bautismo no es otra cosa que el agua y la palabra de Dios conjuntas y reunidas; es decir, cuando va la palabra con el agua, el bautismo es verdadero, aunque no se agregue la fe. En efecto, no es mi fe la que hace el bautismo, sino la que lo recibe. Ahora bien, si no se recibe o usa el bautismo debidamente, esto no merma el valor del mismo, puesto que, como se ha dicho, está ligado a la palabra, pero no a nuestra fe. Aunque hoy mismo viniera un judío, con perversidad y mala intención, y nosotros lo bautizásemos con toda seriedad, no por ello, a pesar de todo, deberíamos decir que este bautismo no es verdadero. Pues, ahí están el agua junto con la palabra de Dios, aunque él no lo recibiese como debe ser. […] Llevamos al niño al bautismo, pensando y esperando que él crea y pedimos que Dios quiera concederle la fe. No obstante, no lo bautizamos por estas razones, sino únicamente porque así nos ha sido ordenado por Dios. ¿Por qué esto? Porque sabemos que Dios no miente. Yo y mi prójimo, y todos los hombres, en fin, podríamos equivocarnos y engañarnos, pero la palabra de Dios no puede fallar. Por esto, son espíritus presuntuosos y groseros quienes deducen y concluyen que donde no haya fe, el bautismo tampoco será verdadero.» LUTERO, Martín. Catecismo Mayor. Cuarta Parte: el bautismo.]

Debo confesar que lo que me hace reconocer la validez del bautismo de niños no es meramente porque lo aceptaron Lutero y los demás protestantes (los únicos que no lo aceptaron fueron los radicales anabaptistas con su obsesión de negar todo lo que supuestamente viniese de Roma). Lo que más me convence es: 1) que la Escritura en ningún lado prohíbe el bautismo de niños, y que puede inferirse positivamente donde relata que todos los de una casa fueron bautizados. 2) Que el orden de la fe no altera la eficacia del bautismo, creíste y fuiste bautizado o fuiste bautizado y luego creíste, en cualquier orden lo que hace eficaz al bautismo es la fe, pero la ausencia de ella no lo hace inválido. 3) La tradición apostólica.

Cuando veo algún debate entre católicos y protestantes siempre escucho la misma pregunta del lado evangélico: «¿dime algo que no esté en la Biblia y que necesitemos de la Tradición para saberlo?» Una de mis respuestas sería «el bautismo de niños, que no está ni prohibido ni explícitamente ordenado en la Biblia». Para mí la Tradición apostólica es un árbitro de suma autoridad en estos casos. Si protestantes y evangélicos usando la misma Biblia no se ponen de acuerdo en el tema del bautismo entonces necesito un tercero que arbitre imparcialmente en dicha cuestión.

«Los niños reciben el bautismo para la remisión de los pecados. ¿De qué pecados?, o ¿cuándo han pecado?, o ¿cómo se puede mantener este motivo para el bautismo de los niños si no se admite la interpretación que acabamos de dar al pasaje: Nadie está exento de inmundicia, ni siquiera uno cuya vida haya durado un solo día (Job 14:4)? Y, dado que por el sacramento del bautismo se abandonan las manchas de nacimiento, he aquí el motivo por el que se bautiza a los niños. En efecto, si uno no nace del agua y del Espíritu, no podrá entrar en el reino de los cielos.»     [ORÍGENES.  Homilías sobre el Evangelio de Lucas XIV.5. Biblioteca de Patrística. Editorial Ciudad Nueva, p. 109]

“En cuanto al asunto de los niños, que, según dices, no conviene bautizar al segundo o tercer día de haber nacido, sino que se ha de atender a la ley de la antigua circuncisión, de manera que no crees que han de ser bautizados y santificados hasta después de ocho días, en nuestro concilio se ha opinado por todos algo muy distinto. Pues nadie ha estado de acuerdo con lo que tú considerabas que debía hacerse, sino que todos hemos juzgado que no se puede negar a ningún nacido la misericordia y la gracia de Dios. Porque al decir el Señor en su Evangelio: «El Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres sino a salvarlas», en lo que dependa de nosotros, si es posible, ninguna alma se ha de perder. Porque, ¿qué le falta a quien ya ha sido formado en el seno materno por las manos de Dios? Para nosotros, a nuestros ojos, parece que el recién nacido va creciendo según el curso de los días; pero todo lo que es hecho por Dios es perfecto por la majestad y obra del Dios creador. Que hay una igualdad de dones de Dios para todos, tanto niños como mayores, nos lo declara la fe de la divina Escritura, cuando Eliseo se tendió sobre el niño muerto hijo de una viuda, mientras rogaba a Dios, de tal manera que puso cabeza sobre cabeza, cara con cara, y se juntaron los miembros de Eliseo sobre cada uno de los miembros del niño, y los pies sobre sus pies. Si se considera este hecho según nuestro nacimiento y las condiciones del cuerpo, claro que un niño no puede igualarse a un adulto de edad avanzada, ni los miembros pequeños se pueden ajustar exactamente a los mayores. Pero lo que allí se expresa es una igualdad divina y espiritual, porque todos los hombres son semejantes e iguales desde el momento en que Dios los creó, y si hay diferencia de edad en cuanto al crecimiento del cuerpo delante del mundo, delante de Dios no hay ninguna; a no ser que la propia gracia que se da a los bautizados se reciba mayor o menor según la edad, por más que el Espíritu Santo se da igualmente a todos, no según medida preestablecida sino según la bondad y la generosidad del Padre. Ya que Dios, igual que no hace distinción de personas, tampoco la hace de edades, sino que se da a todos como padre con una distribución equitativa para que todos consigan la gracia celestialAsí mismo, si aún a los más grandes pecadores, a los que han pecado mucho contra Dios, si después creyeren se les perdonan los pecados y nadie es privado del bautismo y de la gracia, mucho menos se ha de privar al niño que, como recién nacido, en nada ha pecado sino que, como hijo de Adán según la carne, se ha contaminado desde su primer instante de vida con el contagio antiguo de la muerte, y que por eso mismo recibe más fácilmente el perdón de los pecados, porque no son propios de él sino ajenos. Y por este motivo, hermano carísimo, nuestra decisión en el concilio ha sido que, en cuanto de nosotros depende no se debe impedir a nadie el bautismo y la gracia de Dios, que para todos es misericordioso, benigno y amoroso. Y si esto se ha de observar y practicar con todos, creemos que mucho más se debe guardar respecto a los niños recién nacidos, los cuales merecen más nuestro auxilio y la misericordia de Dios, porque desde el primer instante de su vida no hacen otra cosa, con sus quejas y lloros, que suplicar.»   [CIPRIANO, de Cartago. Carta 64. Cipriano a Fido. Biblioteca Clásica Gredos, 255. Cartas.]

 “En vano te empeñas en negar que los niños, por el baño de la regeneración, queden limpios del pecado original. No enseña esto el que dijo: Todos los que fuimos bautizados en Cristo, fuimos bautizados en su muerte. Al decir todos, no exceptúa el Apóstol a los niños”.  [AGUSTÍN. Réplica a Juliano. Libro VI.III.7. Escritos Antipelagianos 3. BAC]

“La costumbre de la madre Iglesia de bautizar a los niñitos jamás debe ser reprobada. De ningún modo debe ser juzgada superflua. Y debe sostenerse y creerse como tradición apostólica”.    [AGUSTÍN. Del Génesis a la Letra X.XXIII.39. Obras de San Agustín XV. Biblioteca de Autores Cristianos, p. 1101]

Creo que esta última cita de Agustín es de las que más me ha impactado, si bien es cierto que en patrística (como siempre les recuerdo) no se toma como definitivo lo que un único padre de la Iglesia afirma, sino el consenso unánime, el mismo Agustín afirma que en este tema hay gran consenso:

«Lejos de nosotros pensar que Juan de Constantinopla abrigue, sobre el bautismo de los niños y sobre su liberación por Cristo, sentimientos contrarios a los de tantos y tan eximios colegas suyos, en particular Inocencio de Roma, Cipriano de Cartago, Basilio de Capadocia, Gregorio de Nacianzo, Hilario de las Galias y Ambrosio de Milán. Existen, sí, otros temas sobre los cuales a veces discrepan estos doctísimos e invictos defensores de la fe católica, salva siempre la unidad en la fe, y uno puede decir algo más verídico y mejor que otro. Pero la materia que ahora tratamos pertenece a los fundamentos de la fe.»  [AGUSTÍN. Réplica a Juliano – Libro I.VI.21,22.  Escritos Antipelagianos 3. BAC]

El objeto de este post es el de presentar material de estudio para que cada lector pueda analizar su postura a la luz de estos testimonios históricos, y que sea cual sea la postura que se asuma lo hagan plenamente convencidos por el análisis propio y no por la imposición de terceros.  Recuerden que la investigación y la meditación sincera nos libra del fanatismo.

Artículo y recopilación de textos patrísticos Gabriel Edgardo Llugdar – Diarios de Avivamientos 2023

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Cristo según los Padres de la Iglesia ¿Hombre, Criatura celestial, Persona divina?

Cristología

Cristo es el cimiento de nuestra fe y de la Iglesia, por ende errar en el cimiento significa que todo lo que se construya encima tarde o temprano se desmoronará. ¿Cómo puedo errar en el cimiento?, creyendo y enseñando un Cristo que no es el verdadero. ¿Y cuál Cristo es verdadero?, el que siempre enseñó la tradición de la Iglesia, no un grupo sectario, sino la correcta enseñanza que se extiende desde los apóstoles hasta nuestros días. ¿Y qué refleja mejor que nadie esa correcta enseñanza?, lo que llamamos el unanimis consensus patrum, es decir, aquello que define la enseñanza unánime de los Padres de la Iglesia. No se fundamenta en lo que dijo tal o cual Padre o si lo expresó de manera completa o incompleta, sino en el total, en la suma, en el consenso, en la unanimidad que se logra sumando los aportes de todos ellos.

 El Hijo de Dios, Jesús, no es una criatura sino el creador, es Dios hecho hombre:

“[…] el Logos no estaba en el cuerpo como uno cualquiera de los seres creados ni tampoco como una criatura dentro de otra, sino que era Dios en la carne, artífice y preparador en lo que ha sido preparado por Él. Y los hombres están recubiertos de carne para existir y sostenerse, mientras que el Logos de Dios se ha hecho hombre para santificar la carne, y existió en la forma de siervo, aunque era Señor, pues toda la creación que ha sido creada y hecha por Él es sierva del Logos.”   [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, II, 10. Ed. Ciudad Nueva, p. 142]

Algunos falsos maestros afirmaron que si Cristo era Dios no podría haber tenido hambre o cansancio físico, pero el error consiste en no atribuir cada acción a su correspondiente naturaleza. En Cristo hay dos naturalezas, una divina y una humana. Cristo padeció en su naturaleza verdaderamente humana lo que es propio del hombre, aunque su naturaleza divina permaneciese impasible:

«Para que se pueda conocer con más exactitud la impasibilidad de la naturaleza del Logos y aquellas debilidades que se le atribuyen en razón de la carne, es bueno escuchar al bienaventurado Pedro, pues él podría ser un testigo digno de crédito en lo que respecta al Salvador. Escribe en una carta, diciendo: Cristo, por tanto, sufrió por nosotros en la carne (1 Pedro 4:1).  Así pues, cuando se diga que tiene hambre y sed, que se cansaba, no sabía, dormía, lloraba, preguntaba, huía, era engendrado, pedía que se apartara el cáliz y en general todas aquellas cosas que son propias de la carne, habría que añadir lógicamente a cada una de ellas: «Cristo, por tanto, tuvo hambre y sed por nosotros en la carne»; «decía que no sabía, era apaleado y se cansaba por nosotros en la carne» ; «fue exaltado, engendrado, crecía, tenía miedo y se escondía en la carne»; «decía: Si es posible aparta de mí este cáliz, era golpeado y apresado por nosotros en la carne»; y en general todas las cosas semejantes que hizo por nosotros en la carne. No hay duda de que por esta razón el Apóstol mismo no dijo: «Cristo, por tanto, sufrió por nosotros en la divinidad», sino por nosotros en la carne, para que no se llegase a pensar que los padecimientos son propios del Logos mismo conforme a su naturaleza, sino propios de la carne por naturaleza.Por lo tanto, que nadie se escandalice a causa de los padecimientos humanos, sino más bien que sepa que el Logos mismo permanece impasible en lo que respecta a su naturaleza y que, no obstante, a causa de la carne de la que se revistió, se le atribuyen estas cosas, puesto que son propias de la carne y se trataba del cuerpo mismo del Salvador.Él permanece como es, impasible en lo que respecta a su naturaleza, sin ser dañado por ellas, sino más bien haciéndolas desaparecer y destruyéndolas.”   [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, III, 34. Ed. Ciudad Nueva, p. 306-307]

Algunos falsos maestros afirman que Cristo nunca dijo «yo soy Dios», que eso no se encuentra en la Escritura; pero la realidad es que Cristo nunca lo negó, siendo humilde como era lo primero que debería haber hecho es evitar que lo compararan con Dios, como sí lo hizo el ángel con Juan: Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios (Ap. 22:8-9).  Cristo nunca trató de evitar el que lo consideraran divino, nunca reprendió (como se lo exigían los líderes religiosos) a sus discípulos o seguidores por muestras de devoción o exaltación hacia su persona. Si Cristo no fuera Dios él mismo se habría encargado de que eso quedara bien claro,  pero siendo Dios no tenía necesidad de aclararlo.

«De haber sido creado ¿cómo explicar que lo ocultara, mientras guardaba silencio a propósito de muchas de sus perfecciones? Quien para enseñar la humildad habló de sí mismo humildemente, de haber sido creado no habría omitido el confesarlo. […] Habría dicho, por ejemplo: «No creáis que yo he sido engendrado por el Padre. Yo he sido creado, no engendrado, y no tengo una naturaleza común con la suya». Pero hizo todo lo contrario, hasta el punto de forzar a los más remisos de sus oyentes a formarse la opinión opuesta. Pues dice: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí (Jn 14:10). Y: ¿Hace tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces, Felipe? Quien me ve a mí, ve al Padre (Jn 14:9). Y también: Para que todos honren al Hijo como al Padre (Jn 5:23) Como el Padre resucita a los muertos y les da nueva vida, así también el Hijo dará la vida a quien quiera (Jn 5:21); Mi Padre obra todo y también yo obro (Jn 5:17). Y, por fin, en otra circunstancia: Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre (Jn 10:15). Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn10:30). Por doquier usa los términos «así» y «como», afirmando que Él y el Padre son una unidad sustancial. Declara, además, que entre los dos no hay ninguna diferencia.»    [Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Juan. Homilía III.4. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 76-79]

Jesús el Verbo es engendrado por el Padre, pero no en un momento determinado, pues el tiempo no regula o afecta lo divino sino que el tiempo es creado por Dios y rige sobre la creación. El Hijo es engendrado desde la eternidad por el Padre, no hubo un tiempo en que el Hijo no existió, sino que aunque es engendrado es coeterno con el Padre.

«Alguno objetará: ¿Cómo puede ser que el Hijo, precisamente por ser Hijo, no sea más joven que el Padre? Un ser que proviene de otro es necesariamente posterior a aquel de quien proviene… Estamos hablando de Dios, no de la naturaleza humana, que por necesidad ha de someterse a deducciones lógicas de este tipo… Dime: el rayo de sol ¿procede de la misma materia de la que está formado el sol o de alguna otra cosa? Es evidente que cualquiera que tenga un mínimo de sentido común afirmará que está hecho de la misma materia que el sol, no diremos que sea posterior, pues jamás se vio el sol sin rayos. Pues si en las cosas visibles y que podemos alcanzar con nuestros sentidos es posible hallar una cosa que proviniendo de otra no le sea posterior, ¿por qué te cuesta aceptar que eso mismo pueda ocurrir en el íntimo, invisible e inefable actuarse de la vida divina? Obviamente, cuando se aplica a la sustancia divina, ese ejemplo debe adecuarse según convenga. Precisamente por eso, san Pablo atribuye al Hijo tal apelativo «El cual, siendo resplandor  de su gloria e impronta de su sustancia… se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1,3), afirmando que al mismo tiempo deriva del Padre y le es coeterno. ¿Y qué? ¿No fueron acaso creados por medio de Él todos los siglos y la inmensidad del espacio? Nadie que esté en su sano juicio negará esto. Por consiguiente, no hay posibilidad de que haya intervalo de tiempo entre el Padre y el Hijo. Y si no lo hay, no es posterior, sino coeterno. La anterioridad y la posterioridad presuponen el tiempo. Tales conceptos sólo son posibles si se hallan vinculados a los tiempos o a los siglos. Por tanto: si dices que el Hijo ha tenido principio, ten cuidado para no verte forzado, por la misma lógica, a hacer derivar también al Padre de un principio análogo, tal vez más antiguo, pero principio en cualquier caso. Contéstame: al atribuir al Hijo un comienzo y un final, ¿supones que el Padre existía antes, en cuanto derivado de un principio más antiguo? Ciertamente piensas eso. Dime, entonces: ¿cuánto tiempo ha preexistido el Padre al Hijo? Tanto si contestas que mucho, como si respondes que poco, te verás forzado a reconocer que el Padre tuvo un principio, pues en ambos casos establecerás una medida temporal, y no cabe establecer una medida sin señalarle un comienzo. Por donde viene a concluirse que según tu manera de razonar, has dado un principio al Padre y, consiguientemente, tampoco el Padre es sin principio.»    [Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Juan. Homilía IV.1-2. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 88-89]

«Pero -preguntará quizás alguno- ¿cómo fue entonces dada a luz la carne del Señor? Esta, ciertamente, nació del Espíritu, pero también de la carne. Así nos lo confirma san Pablo cuando dice que Cristo es nacido de una mujer, nacido bajo la ley (Gal 4,4). Así es como ha formado su carne el Espíritu. No la creó de la nada. De haber hecho eso, ¿para qué se requería el seno de una mujer? La sacó de la carne de una virgen. Cómo haya podido ser ello, es cosa que no acierto a explicar ni siquiera yo. Lo que sí es cierto es que las cosas sucedieron así para que nadie pudiera pensar que aquel parto fuera algo extraño a nuestra naturaleza.»    [Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Juan. Homilía XXVI, 1. Biblioteca Patrística. Ed. Ciudad Nueva, p. 309]

Jesús, el Hijo de Dios, no tiene principio ni fin, y aunque es engendrado por el Padre es eterno al igual que el Padre; aunque el Hijo es distinto del Padre no es distinto de Dios en su esencia, la divinidad es una sola, podemos identificar las Personas divinas de la Trinidad pero no podemos dividir la Trinidad.

«El Hijo de Dios es, en efecto, verdadero Dios, teniendo del Padre lo que es el Padre. Ningún comienzo lo hace temporal, ninguna vicisitud le hace cambiar. Ni separado del Uno, ni diferente del Todopoderoso, Unigénito eterno del Padre eterno. El alma fiel que cree en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, no debe, pues, poner grados que dividan la unidad en la única esencia de una sola divinidad, ni ver una singularidad que confunda la Trinidad»    [S. LEÓN MAGNO, Sermones, 72, “sobre la Resurrección del Señor”. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. BAC].

“El Hijo procede de aquel Padre que tiene el ser, es unigénito que procede del inengendrado, descendencia del Padre, viviente del viviente. Como el Padre tiene la vida en sí mismo, también se le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo. Perfecto que procede del perfecto, porque es todo entero de aquel que es todo entero. No hay división o separación, porque cada uno está en el otro y en el Hijo habita la plenitud de la divinidad. Es el incomprensible que procede del incomprensible; nadie les conoce, sino ellos entre sí. Es el invisible que procede del invisible, porque es la imagen del Dios invisible (Col 1,15) y porque el que ve al Hijo, ve también al Padre (Jn 14,9). Uno procede del otro, porque son Padre e Hijo. Pero la naturaleza de la divinidad no es distinta en uno y otro, porque los dos son una misma cosa: Dios que procede de Dios. El Dios unigénito del único Dios inengendrado. No son dos dioses, sino uno que procede de uno. No dos inengendrados, porque el que ha nacido procede del que no ha nacido. En nada se diferencian el uno del otro, porque la vida del viviente está en el que vive.» [S. HILARlO DE POITIERS, La Trinidad, 2,11. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia BAC]

En Jesús hay dos naturalezas, la divina y la humana. Algunos herejes sostenían que quien padeció en la cruz fue el Padre, esto se conoce como patripasianismo; pero la doctrina correcta afirma que quien padeció en la cruz fue el Hijo:

«Y, teniendo naturaleza divina y naturaleza humana, pudiera llevar esta débil y frágil naturaleza nuestra, como de la mano, hasta la inmortalidad. Engendrado Hijo de Dios en el espíritu, hijo del hombre por su carne; esto es, Dios y hombre. El poder de Dios se manifiesta en él por las obras que hizo; la fragilidad del hombre por la pasión que sufrió.” [LACTANCIO, Instituciones divinas, 4,13. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. BAC]

Jesucristo es perfecto Hombre y perfecto Dios, primero Dios eterno luego Hombre en su encarnación; sufrió y murió como hombre aunque sin separarse de su divinidad, resucitó en la carne y es adorado como Dios.

«Hombre, cree en el Hombre-Dios; cree, hombre, en el que sufrió y ahora es adorado; creed, esclavos, en el Dios muerto que vive.»  [CLEMENTE, de Alejandría. Protréptico (Exhortación) a los griegos, X.106.4. Biblioteca Clásica Gredos 199, p. 176]

Debemos recordar que el Hijo es Dios por naturaleza, no por participación. Nosotros podemos participar de la naturaleza divina pero nunca llegar a ser de naturaleza divina «por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).

«Mas así como su naturaleza humana, con que se dignó descender hasta nosotros, no se igualó enteramente con la nuestra, según era la postración en que la halló, de igual modo nuestra elevación por la gracia, con que subimos a Él, jamás nos igualará con la grandeza de que le veremos revestido en la gloria. Nosotros seremos hechos hijos de Dios por gracia, Él era siempre Hijo de Dios por naturaleza; nosotros alguna vez por nuestra conversión nos uniremos a Dios, sin ser iguales a Él; Él, sin haberse jamás apartado, permanece igual a Dios. Nosotros seremos participantes de la vida eterna. Él es la vida eterna. Sólo Él, aun encarnándose sin dejar de ser Dios, no tuvo jamás pecado alguno ni tomó carne de pecado, aunque descendiente de carne de pecado. Pues lo que de nosotros tomó, o lo purificó antes de tomarlo o lo purificó en el acto mismo de tomarlo. Para este fin creó a la Virgen, a la que había de elegir para que le diese el ser en su seno, y ella no concibió por la ley del pecado o deseo de la concupiscencia, sino mereció por su piedad y su fe que el santo germen de Cristo fuese formado en sus entrañas.»[S. Agustín. Respuesta a Marcelino: Consecuencias y perdón de los pecados y el bautismo de los párvulos. Libro II. XXIV. 38. – Traductor: P. Victorino Capánaga, OAR)

Algunas sectas, como los arrianos y los Testigos de Jehová, han negado la divinidad de Cristo, pero al hacer esto convierten al mediador en una simple criatura (por más perfecta o sublime que digan que es ese ser no deja de ser una criatura, y su mediación sería imperfecta). Solo alguien que tuviese la condición de Dios y hombre a la vez podría mediar entre ambos.

“Porque el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. En consecuencia, también mediador entre Dios y los hombres, porque es Dios con el Padre y hombre con los hombres. No es mediador un hombre excluido de la divinidad; no es mediador Dios excluido de la humanidad. He aquí el mediador. La divinidad sin la humanidad no es mediadora; la humanidad sin la divinidad no es mediadora. Pero entre la divinidad sola y la humanidad sola, es mediadora la divinidad humana y la divina humanidad de Cristo.” [S. Agustín. Sermón 47.21. Las ovejas (Ez 34,17-31). Obras de san Agustín VII, Sermones 1º, BAC]

Otras de las herejías que la Iglesia supo detectar y condenar fue el confundir entre Dios es uno, es decir, que hay un único Dios y no un panteón de dioses, y la imposibilidad de distinción entre Personas divinas de ese único Dios. Esta herejía se llamó sabelianismo, modalismo o unicitarismo, la cual afirma que Dios a veces se manifiesta como Padre, a veces como Hijo y a veces como Espíritu, como si fuesen máscaras intercambiables. Pero la correcta doctrina que enseña la Iglesia es que Dios es uno, un único Dios, un ser indivisible, y en esa unidad se distinguen claramente las tres Personas divinas.

«El Padre y el Hijo no son una sola cosa como lo que ha sido dividido en dos partes, que no resultan ser sino una sola cosa, ni tampoco como una sola cosa que es nombrada con dos nombres distintos, de tal modo que una misma cosa llegue a ser unas veces Padre y otras Hijo de sí mismo (pues Sabelio, al haber pensado de esta manera, fue juzgado como hereje), sino que son dos porque el Padre es Padre (y Él mismo no es Hijo ) y el Hijo es Hijo (y Él mismo no es Padre). Pero la naturaleza es una sola (pues lo engendrado no es desemejante de quien lo ha engendrado, al ser imagen suya) y todo lo del Padre es del Hijo. [2] Por esta razón el Hijo no es tampoco otro Dios (pues no es considerado como algo externo), ya que entonces los dioses serían sin duda muchos al ser considerada su divinidad como algo ajeno al Padre. En efecto, aunque el Hijo, en cuanto que es lo engendrado, es otro distinto, no obstante es lo mismo en cuanto Dios, y Él y el Padre son una sola cosa por el carácter propio y el parentesco en la naturaleza y por la identidad de la única divinidad, como se ha dicho.”   [ATANASIO, Discurso contra los arrianos, III, 4. Ed. Ciudad Nueva, p. 260]

“Es, pues, obligatorio que los que se alistan en esta particular milicia, la espiritual, crean en el Dios del universo, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, causa de todas las cosas, el inefable, el incomprensible, el que no puede ser explicado con la palabra ni con la mente, el que creó todas las cosas por amor al hombre y por bondad.  Y también en nuestro Señor Jesucristo, su único Hijo, en todo semejante e igual al Padre, con una semejanza de total identidad con Él, consubstancial, pero manifestado en su propia persona, que de Él procede de manera misteriosa, anterior a los tiempos y creador de los siglos todos, pero que en los últimos tiempos y por causa de nuestra salvación tomó la forma de esclavo, se hizo hombre, convivió con la naturaleza humana, fue crucificado y resucitó al tercer día.  Porque es necesario que tengáis estas verdades clavadas en vuestra mente, para no ser juguete de los engaños diabólicos, antes bien, en caso de que los hijos de Arrio quieran poneros la zancadilla, vosotros sepáis con toda claridad que debéis taparos los oídos para todo cuanto ellos os digan y a la vez responderles con toda libertad mostrándoles que el Hijo es igual al Padre según la substancia. Él mismo, efectivamente, es quien ha dicho: Igual que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere, y en todo está mostrando que tiene el mismo poder que el Padre. Y si desde otro lado Sabelio quiere corromper las sanas creencias, amuralla también contra él tus oídos, querido, y enséñale que la substancia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una, ciertamente, pero que las personas son tres. En efecto, ni el Padre podría ser llamado Hijo, ni el Hijo Padre, ni el Espíritu Santo otra cosa que esto mismo, y sin embargo, cada uno, permaneciendo en su propia persona, posee el mismo poder.  Porque es necesario que en vuestra mente se clave lo siguiente: que el Espíritu Santo es de la misma dignidad, como Cristo decía también a sus discípulos: Id, haced discípulos de todas las naciones, y bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Ves qué cabal profesión de fe? ¿Ves qué doctrina, sin ambigüedad alguna? Que nadie te turbe en adelante introduciendo en los dogmas de la Iglesia averiguaciones de sus propios razonamientos y queriendo enturbiar las rectas y sanas creencias. Rehúye más bien la compañía de tales gentes, como el veneno de las drogas. Efectivamente, peores que éste son aquellos, pues el veneno detiene su daño en el cuerpo, y en cambio aquellos echan a perder la misma salvación del alma. Por eso ya de entrada y desde el principio conviene que rehuyáis las conversaciones de esa índole con ellos, sobre todo hasta que, andando el tiempo y bien equipados ya con armas espirituales, cuales son los testimonios sacados de la divina Escritura, podáis vosotros amordazar su lengua desvergonzada.”    [Juan Crisóstomo. Las Catequesis Bautismales. Ed. Ciudad Nueva. Quinta Catequesis 20-24]

Estudios patrísticos a cargo de Gabriel Edgardo Llugdar

Diarios de Avivamientos
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César Vidal y sus mentiras sobre la Eucaristía

En una entrevista que realizó el pastor Will Gaham, en su canal de YouTube, al escritor Cesar Vidal Manzanares, éste último lanzó una serie de afirmaciones que no pasan de ser grotescas manipulaciones históricas; pero que hicieron las delicias de los que nunca han estudiado ni un poco de los Padres de la Iglesia, como al parecer es el caso del pastor Graham y la de algunos de los seguidores de su canal. Afirmó en esa entrevista el señor César Vidal que los cristianos de la Iglesia primitiva no tenían ninguna noción de «estar comiendo o bebiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo» en la Santa Cena o Eucaristía, sino que para ellos era meramente comer pan y beber vino; es decir que creían en un simbolismo y no en una presencia real, ya que creer eso «es propio de paganos». Es de público conocimiento que tanto el pastor Will Graham como el novelista Cesar Vidal detestan al catolicismo, están en todo su derecho de hacerlo, pero de allí a mentir y manipular la historia para retener a sus seguidores, en el caso del pastor (que recientemente perdió un debate con un apologista católico), o de vender más libros, en el caso de Vidal, hay todo un abismo. Recordemos que para Lutero afirmar que el pan y el vino son meros símbolos era una herejía, nunca se atrevió a negar a los Padres de la Iglesia en esto. Lutero rechazaba la doctrina de la transubstanciación porque él era nominalista, y el nominalismo ockhamista niega la metafísica aristotélica y tomista de la realidad última de las cosas, por medio de la cual se explica la transubstanciación, pero Lutero creía en la presencia real y no simbólica. Lutero, y los luteranos, llaman a esto «misterio», ni transubstanciación ni consubstanciación, solamente «misterio». Otro día hablaremos de Lutero.

Hoy voy a exponer textos de la patrística, es decir, de los primeros siglos del cristianismo, vamos a ir a las fuentes y veremos si César Vidal tiene razón cuando afirma que los cristianos de los primeros siglos nunca creyeron que el pan y el vino de la Eucaristía eran verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Los textos serán extensos porque no quiero que me acusen de sacar textos fuera de contexto, al que quiera aprender le toca leer. A mí poco me importa si son católicos o protestantes, lo que sí me preocupa es que manipulen la historia para beneficio propio, por eso hago este blog.

Para empezar, y situarnos en contexto, debemos recordar que una de las causas por la cual los cristianos fueron perseguidos en el imperio romano fueron los rumores populares; uno de ellos afirmaba que los cristianos en sus reuniones secretas hacían sacrificios para comer y beber carne y sangre humana:

«Puesto que los cristianos hablaban de comer la carne de Cristo, y puesto que también hablaban del niño que había nacido en un pesebre, algunos entre los paganos llegaron a creer que lo que los cristianos hacían era que escondían un niño recién nacido dentro de un pan, y lo colocaban ante una persona que deseaba hacerse cristiana. Los cristianos entonces le ordenaban al neófito que cortara el pan, y luego devoraban el cuerpo todavía palpitante del niño. El neófito, que se había hecho partícipe de tal crimen, quedaba así comprometido a guardar el secreto.» [GONZALEZ, Justo. L. Historia del Cristianismo. Ed. Unilit]

«Delante de quien va a iniciarse en los ritos sagrados se pone a un niño cubierto de harina, para engañar a los más incautos. El niño muere como consecuencia de las heridas invisibles y encubiertas producidas por el principiante, incitado por la capa de harina a asestar golpes que cree inofensivos. Luego, oh impiedad, lamen con avidez la sangre de este niño y se reparten sus miembros; con esta víctima sellan una alianza y con la conciencia de este crimen se comprometen a guardar mutuo silencio. Esos ritos sagrados son más abominables que todos los sacrilegios.»  [MINUCIO, Félix. Octavio (S. II-III) 9.5. Biblioteca de Patrística 52. Editorial Ciudad Nueva, p. 69]

Por el mero testimonio histórico se puede comprobar que el vocabulario de los primeros cristianos no hacía referencia a la Eucaristía como algo simbólico: hablaban de comer la carne de Cristo como afirma el historiador protestante J. L. González, esa terminología ya contradice por si misma a las falsas afirmaciones de Cesar Vidal.

Leamos ahora cómo se referían a la Eucaristía o Santa Cena los primeros pastores, obispos, mártires y teólogos de la Iglesia:

«Sed cuidadosos, pues, observando una sola Eucaristía, porque hay una carne de nuestro Señor Jesucristo y una copa en unión en su sangre; hay un altar, y hay un obispo, junto con el presbiterio y los diáconos mis consiervos, para que todo lo que hagáis sea según Dios.»    [Ignacio, de Antioquía. Carta a los Filadelfios. 4. Ropero, Alfonso. Obras Escogidas de los Padres de la Iglesia]

«Pero observad bien a los que sostienen doctrina extraña respecto a la gracia de Jesucristo que vino a vosotros, que éstos son contrarios a la mente de Dios. No les importa el amor, ni la viuda, ni el huérfano, ni el afligido, ni el preso, ni el hambriento o el sediento. Se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque no admiten que la Eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo, cuya carne sufrió por nuestros pecados, y a quien el Padre resucitó por su bondad. Así pues, los que contradicen el buen don de Dios perecen por ponerlo en duda.» [Ignacio de Antioquía, Carta a los Esmirnenses 6,7. Ropero, Alfonso. Obras Escogidas de los Padres Apostóicos]

«Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo. Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo? Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu –pues un espíritu no tiene carne y huesos–, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo y se fortalece con el pan, que es su cuerpo. Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre.» [IRENEO, de Lyon.  Contra los herejes V,2,2-3]

«También esta enseñanza del bienaventurado Pablo es suficiente para daros la plena certeza sobre los divinos misterios, de los que se os ha considerado dignos, viniendo a ser concorpóreos y consanguíneos de Cristo. Él proclamaba hace un momento: Porque en la noche en que era entregado nuestro Señor Jesucristo, tomó pan, y dando gracias, lo partió y dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, esto es mi cuerpo. Y tomó el cáliz, dio gracias, y dijo: Tomad, bebed, ésta es mi sangre. Si Él declara y dice sobre el pan: Esto es mi cuerpo,¿quién se atreverá ya a dudar? Y si Él  afirma y dice: Esta es mi sangre, ¿quién dudará jamás, sosteniendo que no es su sangre? En cierta ocasión convirtió el agua en vino, que se parece a la sangre, en Caná de Galilea. ¿Y no será digno de fe al convertir el vino en sangre? Invitado a una boda de los cuerpos, realizó milagrosamente esta maravilla. ¿Y no habrá que confesar con mucha más razón que ha regalado a los hijos del esposo el disfrute de su cuerpo y de su sangre?» [CIRILO, de Jerusalén. Catequesis Mistagógicas 4.1-2. Biblioteca de Patrística. Editorial Ciudad Nueva, p. 474-475]

«Por esa razón, plenamente convencidos, recibámoslo como cuerpo y sangre de Cristo. Porque en forma de pan se te da el cuerpo, y en forma de vino se te da la sangre para que al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo te hagas concorpóreo y consanguíneo suyo. Así es como vinimos a ser portadores de Cristo (cristóforos), al repartirse su cuerpo y su sangre por nuestros miembros. De este modo, según el apóstol Pedro, venimos a ser partícipes de la naturaleza divina.» [CIRILO, de Jerusalén. Catequesis Mistagógicas 4.3. Biblioteca de Patrística. Editorial Ciudad Nueva, p. 475-476]

«En cierta ocasión discutía Cristo con los judíos, y les dijo: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros. Ellos no entendieron con sentido espiritual lo que les decía, y se echaron atrás escandalizados, pensando que los inducía a la antropofagia. […] No los tengas como pan y vino sin más; según la declaración del Señor son cuerpo y sangre de Cristo. Y aunque el sentido te sugiera eso, la fe debe darte la certeza. No juzgues del hecho por lo que te dicte el gusto, sino que, después de ser considerado digno del cuerpo y sangre de Cristo, estáte plenamente convencido desde la fe, sin dudar.» [CIRILO, de Jerusalén. Catequesis Mistagógicas 4.4,6. Biblioteca de Patrística. Editorial Ciudad Nueva, p. 476-477]

«Con esta enseñanza estás firmemente convencido de que lo que parece pan -aunque el gusto lo sienta así-, no es pan sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino –aunque el gusto lo determine así-, no es vino sino la sangre de Cristo.»  [CIRILO, de Jerusalén. Catequesis Mistagógicas 4.9. Biblioteca de Patrística. Editorial Ciudad Nueva, p. 478]

«Pero cuando llegamos al punto de que es él quien invoca al Espíritu Santo, que celebra aquel sacrificio sumamente tremendo, y que asiduamente está tocando al Señor común de todos, ¿dónde, dime por tu vida, podremos colocarle? ¿Qué pureza, qué reverencia no le exigiremos? Piensa tú ahora un poco, cómo conviene que sean esas manos que administran estas cosas, cuál la lengua que pronuncia aquellas palabras y qué alma ha de haber más pura y más santa, que la que ha de recibir un tal Espíritu. En esta ocasión asisten los ángeles al ministro, en este tiempo, todo el santuario, y el lugar que está al contorno del altar, se llena de potestades celestiales. Esto puede cada uno persuadírselo fácilmente por las mismas cosas que a la sazón se celebran allí.   Oí yo contar en cierta ocasión, que un anciano, hombre de grandes méritos, y acostumbrado a tener revelaciones, había sido digno de tener la siguiente visión; esto es, que al tiempo del tremendo sacrificio [N.P.P. La Eucaristía o Santa Cena], vio repentinamente, y cuanto es permitido a la naturaleza humana, una multitud de ángeles, vestidos de estolas blancas que cercaban el altar y estaban en pie con el rostro inclinado, como se ven estar los soldados en presencia del rey. Y yo lo creo.»  [Juan Crisóstomo, Sobre el Sacerdocio, Libro VI.4. Ropero, Alfonso. Obras escogidas de Juan Crisóstomo, Ed. Clie, p.198-199]

«En verdad, es admirable que Dios haya hecho llover maná para nuestros padres y que hayan sido alimentados con alimento cotidiano del cielo. Por eso se ha dicho: El hombre comió el pan de los ángeles. Pero, sin embargo, todos los que comieron ese pan en el desierto murieron. En cambio, este alimento que recibes, este Pan vivo bajado del cielo, suministra la sustancia de la vida eterna, y quien lo coma no morirá jamás. Es el cuerpo de Cristo. Considera ahora cuál es superior: si el pan de los ángeles o la carne de Cristo, que, ciertamente, es el Cuerpo que da la vida. Aquel maná era del cielo, éste está sobre el cielo; aquél era del cielo, éste es el Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba de un día para otro, éste es ajeno a toda corrupción, y quien religiosamente lo guste no podrá experimentar la corrupción. Para aquellos manó el agua de la piedra; para ti, la sangre de Cristo. A ellos, el agua los saciaba por un cierto tiempo; a ti, la sangre te lava eternamente. El judío bebió y tuvo sed; tú, cuando bebes, no puedes tener sed. Aquello sucedió como figura, esto sucede en verdad. […] Quizá digas: «Yo veo otra cosa: ¿cómo afirmas que recibo el Cuerpo de Cristo?». Esto es lo que nos falta aún por probar. ¡Cuántos, en verdad, son los ejemplos que utilizamos para probar que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado; y que mayor es la fuerza de la bendición que la de la naturaleza, pues por la bendición se cambia la misma naturaleza! Moisés tenía una vara, la arrojó y se convirtió en una serpiente. Tomó la cola de la serpiente y volvió a la naturaleza de vara. Ves, pues, que por la gracia profética fue cambiada dos veces la naturaleza: la de la serpiente y la de la vara. […] Advertimos, pues, que es mayor el poder de la gracia que el de la naturaleza, y sin embargo medimos todavía la gracia de la bendición profética. Si tanto puede la bendición de un hombre, que cambia la naturaleza, ¿qué diremos, entonces, de la consagración divina, en la que obran las palabras mismas del Señor Salvador? Pues este sacramento que recibes se produce por la palabra de Cristo. Si tanto pudo la palabra de Elias que hizo descender fuego del cielo, ¿no podrá la palabra de Cristo cambiar la naturaleza de los elementos? Leíste acerca de las obras de todo el universo que: Él dijo y fueron hechas. Él ordenó y fueron creadas. La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no era, ¿no puede cambiar las cosas que son en lo que no eran? Porque no es menos dar a las cosas nueva naturaleza que cambiar su naturaleza. […] Lo afirma el mismo Señor Jesús: Esto es mi cuerpo. Antes de la bendición con las palabras celestiales se le llamacon otro nombre; después de la consagración significa Cuerpo.El mismo Jesús dice que es su sangre. Antes de la consagraciónse llama otra cosa; después de la consagración sedenomina Sangre. Y tú dices: «Amén», es decir, «Es verdad». Lo que habla la boca, reconózcalo la mente en su interior; lo que la palabra pronuncia, que lo reafirme el corazón.»  [AMBROSIO, de Milán. Los misterios (De Mysteriis) VIII.47-54. Biblioteca de Patrística 65. Editorial Ciudad Nueva, p. 159-164]

«Si nosotros no abrazamos de buen grado las enormes riquezas de nuestro Señor, el maravilloso mobiliario de su palabra y la abundancia de su doctrina; si no comemos el pan de vida; si no nos alimentamos con la carne de Cristo y no bebemos su sangre; si despreciamos los manjares de nuestro Salvador, debemos ser conscientes de que en Dios hay bondad y severidad.» [Orígenes. Homilías sobre el Evangelio de Lucas. Homilía XXXVIII.6. Biblioteca de Patrística 97.  Editorial Ciudad Nueva, p. 240]

«En efecto, es una medicina espiritual que, cuando se degusta con reverencia, purifica a quien la toma con devoción, puesto que es la memoria de nuestra Redención, con el fin de que, recordando al Redentor, merezcamos conseguir de Él bienes aún mayores.  Anunciando la muerte del Señor, hasta que venga (1 Co 11,26). Porque, tras haber sido liberados por la muerte del Señor, al recordar esto cuando comemos y bebemos su Carne y su Sangre que han sido ofrecidas por nosotros, damos a entender que en estos dones hemos conseguido el Nuevo Testamento: es decir, la nueva ley que entrega al reino de los cielos a quien la obedece. Porque también Moisés, tomando la sangre del becerro en una vasija, la derramó sobre los hijos de Israel, diciendo: «Esta es la alianza que el Señor ha contraído con vosotros» (Ex 24, 8).  Esta alianza fue figura de la que el Señor llamó «nueva» por medio del profeta (Cf. Jr 31,31), de modo que resultó «antigua» la que entregó a Moisés. Por tanto, la alianza se ha firmado con la sangre, ya que la sangre es testigo del favor divino. Como figura de este, recibimos el cáliz místico derramado en defensa del alma y el cuerpo nuestro, ya que la Sangre del Señor ha redimido nuestra sangre: es decir, ha salvado a todo el hombre. En efecto, la Carne del Salvador se ha derramado para salud del cuerpo, y su Sangre para la salud del alma, como antes había sido prefigurado por Moisés. […] Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Afirma que es indigno del Señor quien celebra el misterio de un modo diverso al que le ha sido entregado. Porque no puede ser devoto el que participa en él de manera diferente a la que (el misterio) ha sido entregado por su autor. Por eso advierte que, de acuerdo con el orden transmitido, sea devota la mente del que se acerca a la Eucaristía del Señor, porque habrá un juicio: según el modo en que cada uno se haya acercado a ella, rendirá cuentas en el día del Señor Jesucristo ya que, quienes acceden a ella sin la disciplina de la tradición y la conducta, son reos del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y, ¿qué otra cosa significa ser reos, sino hacer inútil la muerte del Señor? Porque fue muerto en favor de aquellos que hacen inútil su buena obra.  Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo y entonces coma el pan y beba el cáliz. Pues el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Enseña que se debe acceder a la comunión con ánimo devoto y con temor, de manera que la mente sepa que debe reverencia a Aquel cuyo Cuerpo se dispone a recibir. En efecto, el que es testigo del beneficio divino debe juzgar por sí mismo que es el Señor, cuya Sangre bebe en este misterio. Y, si nosotros lo recibimos con delicadeza, no seremos indignos del Cuerpo y la Sangre del Señor, porque daremos pruebas de que damos gracias al Redentor.»   [AMBROSIASTER. Comentario a las Cartas a los Corintios. Epístola XI. Biblioteca de Patrística 104. Editorial Ciudad Nueva,  p.187-190]

“Debes saber que se nos ha advertido que se guarde la tradición del Señor en la ofrenda del cáliz y no se haga otra cosa que lo que hizo primero Él por nosotros: que el cáliz que se ofrece en conmemoración suya sea un cáliz con vino. Pues al decir Cristo: «Yo soy la vid verdadera», la sangre de Cristo evidentemente no es agua sino vino. Y no se puede creer que en el cáliz está la sangre que nos redimió y dio vida, si en el cáliz falta el vino con que se hace presente la sangre de Cristo, la cual está anunciada en la doctrina y el testimonio de todas las Escrituras.» [CIPRIANO, de Cartago. Carta 63. Cipriano a Cecilio. Biblioteca Clásica Gredos, 255.]

«Por otra parte, hemos demostrado que nuestro cuerpo no podía ser introducido en la inmortalidad, si no entraba a participar de la inmortalidad mediante la comunión con el ser inmortal. Pues bien, conviene en consecuencia examinar cómo se hizo posible el que ese único cuerpo, distribuido entre tantas miríadas de fieles por toda la tierra habitada y por siempre, esté todo entero en cada parte y permanezca todo entero en sí mismo. […] Efectivamente, estábamos indagando cómo el solo cuerpo de Cristo vivifica a toda la naturaleza de los hombres que tienen la fe, repartiéndose entre todos y sin sufrir Él la menor mengua. […] Por tanto nosotros ahora creemos con razón que el pan santificado por el Verbo de Dios se transforma en cuerpo del Dios Verbo. 10. Y en efecto, aquel cuerpo era pan en potencia y se santificó con la presencia de Verbo, que plantó su tienda en la carne.  Por tanto, lo que hizo que el pan, transformado en aquel cuerpo, se cambiase en potencia divina, eso mismo hace que también ahora ocurra lo mismo. Allí, efectivamente, la gracia del Verbo hace santo al cuerpo cuya consistencia venía del pan y que de alguna manera era él también; y lo mismo en nuestro caso, el pan, como dice el Apóstol es santificado por el Verbo de Dios y por la oración; pero no se convierte en el cuerpo del Verbo cuando es comido, sino que se transforma inmediatamente en su cuerpo en virtud del Verbo, como el mismo Verbo ha dicho: «Esto es mi cuerpo». […]  Como quiera, pues, que aquella carne que recibió a la divinidad asumió también este elemento [sangre] para subsistir, y Dios, por otra parte, al manifestarse se mezcló con esta naturaleza perecedera, con el fin de deificar juntamente a la humanidad mediante la participación en la divinidad, esta es la razón de por qué Él mismo se derrama en todos los creyentes, según el plan divino de la gracia, por medio de esta carne cuya consistencia procede del pan y del vino, y se mezcla con los cuerpos de los creyentes para que también el hombre, por la unión con lo inmortal, tenga parte en la incorrupción. Estos son los bienes que da al transformar en ese cuerpo, con la fuerza de la consagración, la naturaleza de los elementos visibles.» [GREGORIO, de Nisa. La Gran Catequesis XXXVII.4-12. Editorial Ciudad Nueva] «Si es verdad que la Palabra se hizo carne y que nosotros, en la cena del Señor, comemos esta Palabra hecha carne, ¿cómo no será verdad que habita en nosotros con su naturaleza aquel que, por una parte, al nacer como hombre, asumió la naturaleza humana como inseparable de la suya y, por otra, unió esta misma naturaleza a su naturaleza eterna en el sacramento en que nos dio su carne? Por eso todos nosotros llegamos a ser uno, porque el Padre está en Cristo y Cristo está en nosotros; por ello, si Cristo está en nosotros y nosotros estamos en él, todo lo nuestro está, con Cristo, en Dios. Hasta qué punto estamos nosotros en él por el sacramento de la comunión de su carne y de su sangre, nos lo atestigua él mismo al decir: El mundo no me verá, pero vosotros me veréis; y viviréis, porque yosigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotrosconmigo, y yo con vosotros. Si hubiera querido que esto se entendiera solamente de la unidad de la voluntad, ¿por qué señaló como una especie de gradación y de orden en la realización de esta unidad? Lo hizo, sin duda, para que creyéramos que él está en el Padre por su naturaleza divina, mientras que nosotros estamos en él por su nacimiento humano y él está en nosotros por la celebración del sacramento: así se manifiesta la perfecta unidad realizada por el Mediador… El mismo Señor habla de lo natural que es en nosotros esta unidad cuando afirma: El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí,y yo en él. Nadie podrá, pues, habitar en él, sino aquel en quien él haya habitado, es decir, Cristo asumirá solamente la carne de quien haya comido la suya. Ya con anterioridad había hablado el Señor del misterio de esta perfecta unidad al decir: El Padre que vive me ha enviado, y yo viva por el Padre; del mismo modo el que me come, vivirá por mí. Él vive, pues, por el Padre, y, de la misma manera que él vive por el Padre, nosotros vivimos por su carne.»  [HILARIO, de Poitiers. Tratado sobre la Trinidad 8,13-16. Cit. Lecturas espirituales de la Iglesia, Liturgia de las horas, p. 46-47]

«Uno solo murió por todos; y este mismo es quien ahora por todas las iglesias, en el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta; creído, nos vivifica; consagrado, santifica a los que lo consagran. Esta es la carne del Cordero, ésta la sangre. El pan mismo que descendió del cielo dice: El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. También su sangre está bien significada bajo la especie del vino, porque, al declarar él en el Evangelio: Yo soy la verdadera vid, nos da a entender a las claras que el vino, que se ofrece en el sacramento de la pasión es su sangre… El mismo Creador y Señor de la naturaleza, que hace que la tierra produzca pan, hace también del pan su propio cuerpo (porque así lo prometió y tiene poder para hacerlo), y el que convirtió el agua en vino, hace del vino su sangre. […] Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan celestial y la sangre de aquella sagrada vid. Porque, al entregar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre. Creamos, pues, os pido, en quien pusimos nuestra fe. La verdad no sabe mentir.»   [Gaudencio de Brescia.Tratado 2. Cit. Lecturas espirituales de la Iglesia, Liturgia de las horas, p. 49]

«Y este alimento es llamado entre nosotros eucaristía, y a nadie es lícito participar del mismo, sino al que crea que son verdaderas las cosas que enseñamos y haya sido lavado con el baño del perdón de los pecados y de la regeneración, y viva conforme a lo que Cristo enseñó. Porque no tomamos estas cosas como pan común ni como vino común, sino que, así como Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por el Verbo de Dios, tuvo carne y sangre para salvarnos, así también hemos recibido por tradición que aquel alimento sobre el cual se ha hecho la acción de gracias por la oración que contiene las palabras del Verbo, y con el cual se nutren por conversión nuestra sangre y nuestras carnes, es la carne y la sangre de aquel Jesús encarnado.» [JUSTINO, Mártir. Apología I, 66. Obras Escogidas de Justino Mártir. Alfonso Ropero, ed. Clie p. 146]

  • Recopilación de textos patrísticos y artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Aviamientos
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Danzar y remolinear en el culto, ¿para la gloria de Dios o la mía?

Uno de los artículos más leídos de este blog trata de ¿es bíblico danzar en el espíritu?, y es uno de los que genera más polémica. Soy pentecostal, sí, pero estoy cansado del show que ha sustituido al culto en muchas congregaciones, a veces preferiría callarme y mirar hacia otro lado mientras el pentecostalismo que conocí se autodestruye por el fanatismo y la ignorancia disfrazados de unción y avivamiento; pero reconozco que prefiero ser polémico a ser indiferente. Y aunque caiga en la generalización hoy no voy a distinguir entre pentecostales, neo-pentecostales, carismáticos, tercer ola, independientes, etc., al que le quepa el sayo que se lo ponga; pues entre técnicas de manipulación, coaching, emocionalismo, fanatismo, anti-intelectualismo o mercadotecnia pocos en el mundo pentecostal se libran totalmente de estos artilugios. Estoy seguro que tu congregación es una de aquellas donde nada de esto sucede, pero igualmente te invito a seguir leyendo, por si las dudas.

Los pentecostales suelen ser de los más extremistas en cuanto al dogma protestante de la sola scriptura, siempre responden «¿dónde dice la Biblia que… dónde nos manda un apóstol a…? porque yo solo me guío por la Escritura». Pero ninguno de ellos sabe explicar con la Biblia dónde nos manda algún apóstol a danzar, dónde habla la Escritura de «danzar en el espíritu», o dónde aparece escrito que en la iglesia primitiva se danzaba, o que se mencione la danza entre los dones espirituales… aquí se les acaba la sola scriptura y comienza la sola experiencia. En dicho artículo sobre la danza un lector pentecostal comentó muy enfadado:

«es lo mejor sentir su presencia nadie me lo contó yo lo he sentido… corro y me sacudo y salgo bendecido…somos pentecostés no somos momias andantes como algunos que no creen en danzar en el espíritu, hablan de lo que nunca han vivido y si no creen en eso dejen que la gente se goce no como algunas iglesias parecen témpano de hielo, parecen huesos secos, parecen un funeral los cultos ni se gozan, algunos se dicen pentecostés ni tienen nada de pentecostés…hay gente que la mucha letra los entorpece».

Este buen pentecostal afirma «es lo mejor sentir su presencia, nadie me lo contó yo lo he sentido», no le voy a contradecir en esto ya que somos seres sensibles, con capacidad de emoción, y que es inevitable el subjetivismo y el empirismo en cierta medida. Personalmente sospecharía de un cristiano que diga que nunca sintió la presencia de Dios, aunque haya teólogos que repitan hasta el cansancio que la Biblia no nos manda sentir a Dios. Pero el Señor mismo nos mandó a amarlo con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas ¿y acaso el amor no se siente, no se experimenta? Yo les preguntaría a esos teólogos si ellos ponen en práctica lo que nos dice el apóstol  «a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso» (1 Pedro 1,8). ¿Han experimentado ellos un gozo inefable?, inefable es algo tan extraordinario que no se puede expresar con palabras. En las relaciones interpersonales los sentimientos tienen gran importancia, no así a la hora de hacer teología. El problema de muchos pentecostales es que hacen teología desde la emoción o la experiencia (pero si alguno cree que en las doctrinas de Lutero o Calvino no influyeron para nada sus sentimientos o experiencias personales se equivoca, toda teología está afectada por elementos subjetivos y empíricos de su autor, pero ese es otro asunto).

El pentecostal afirma tajantemente que él solo se basa en la Biblia, por eso no dudará en manipular los textos bíblicos para hacerlos coincidir con su experiencia,  si no puede demostrar que el danzar en el espíritu es una manifestación neotestamentaria de avivamiento recurrirá a textos anacrónicos del Antiguo Testamento, como por ejemplo «Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová», sin llegar a comprender que en el mismo texto no se afirma que David danzaba en el Espíritu, sino que danzaba con todas sus fuerzas, no lo tomaba el Espíritu sino que era algo puramente natural y voluntario. Más allá de todo eso en ningún lado se dice que en los cultos o rituales ceremoniales se danzara, o que los sacerdotes y levitas danzaran dentro del Templo, y mucho menos en las sinagogas de donde tomó la iglesia el modelo cultual primitivo.

En el culto del Antiguo Testamento, dentro del Templo, todo respiraba a solemnidad, es más, podríamos afirmar que todo respiraba a sacrificio, el aire olía a sangre de cordero, a carne de holocausto aún tibia, nada de griterío o danzas; el centro era el sacrificio por el pecado. Todo estaba dispuesto para crear en las personas conciencia de la gravedad del pecado, sus consecuencias para el pecador y la consecuencia para la víctima expiatoria (el inocente animal sacrificado). Posteriormente, en la Iglesia primitiva, el culto también se centró en crear conciencia del sacrificio de Cristo y que ese sacrificio, del inocente Cordero de Dios, es la terrible consecuencia de nuestro pecado. Todo esto se comprueba en el hecho de que la parte más importante del culto era la Eucaristía o Santa Cena. Esto fue así hasta que en la reforma protestante, especialmente en el bando anabaptista, surge un desprecio por esta tradición que terminará imponiendo la idea de que el culto no es un sacrificio sino una fiesta. Contrariamente a lo que se puede pensar el pentecostalismo, cuando surge a principios del siglo XX, no tenía este cariz de descontrol sistemático en los cultos, lo veremos más adelante en el propio testimonio de ellos registrado en el libro Azusa Street.

Luego afirma nuestro amigo pentecostal: «corro y me sacudo y salgo bendecido», el egocentrismo en su más pura expresión, aunque no hace falta ir al culto para eso, bien lo podría hacer también en un gimnasio. Dijimos que en algún momento de la historia el culto con sentido solemne de sacrificio fue sustituido  por el sentido de fiesta. En el concepto de sacrificio el centro es el Cordero de Dios, lo solemne, lo trascendente de la pasión, muerte y resurrección de Cristo a causa de nuestros pecados, su gloria y señorío eterno. En el concepto de fiesta el centro es el creyente, ya no es lo más importante la Eucaristía o Santa Cena, sino el que yo reciba palabra de aliento, reciba oraciones y profecías agradables, que yo me sienta bien y salga bendecido. Pero el culto no se enfoca en nosotros sino en Dios, no se realiza con el objeto de que nos sintamos bien sino para que el Señor sea exaltado; el centro del culto no somos nosotros, ni todo gira en torno de mis sentimientos, mis emociones, mis expectativas ni mis necesidades. Evan Roberts, líder del avivamiento de Gales, escribe una carta a los hermanos del avivamiento de Azusa donde aclara esto: «El sábado pasado, por la noche, tuvimos un portentoso derramamiento del Espíritu Santo. Esto fue precedido por la corrección de los puntos de vista de la gente sobre la verdadera adoración. 1.- Dar a Dios, no recibir. 2.- Agradar a Dios, no a nosotros mismos». Pero bueno, hay quienes piensan que correr y sacudirse como un gallo es avivamiento.

¿Cómo llegamos a esto?

Cuando el avivamiento pasa quedan las manifestaciones externas, las costumbres, las apariencias, el cascarón vacío; y todas estas cosas se convierten en el sustituto mismo del avivamiento. Es por ello que muchos líderes evangélicos fomentan estos excesos, necesitan mostrar que en sus congregaciones sigue obrando el Espíritu Santo. Vamos ahora a considerar a los primeros pentecostales, para ello leeremos algunos textos del libro Azusa Street que es el relato en primera persona de aquellos que experimentaron dicho avivamiento:

«La profundidad del avivamiento será exactamente proporcional a la profundidad del espíritu de arrepentimiento». [Azusa Street, p. 53]

«En los primeros días de Azusa, tanto el cielo como el infierno parecían haber llegado a la ciudad. Los hombres estaban a punto de quebrantarse. La convicción pesaba sobre la gente. Saltaban de ira en las calles, casi sin provocación. Un «límite» parecía haber sido establecido alrededor de la Iglesia de Azusa por el Espíritu Santo. Cuando los hombres se acercaban a una o dos calles del lugar, se apoderaba de ellos una muy fuerte convicción de pecado.» [Azusa Street, p. 95].

«En la pared del cuarto del piso alto había un letrero que decía: «No hable en voz más alta que un susurro». En ese momento no sabíamos nada de «entusiasmar» a la gente con palabras. El Espíritu obraba en gran profundidad. Un espíritu inquieto, o una persona que hablara sin cuidar sus palabras, eran inmediatamente reprobados por el Espíritu. Estábamos en «tierra santa». Esta atmósfera era insoportable para los espíritus carnales. Esto generalmente los mantenía lejos de allí, a menos que se hubieran sometido como era debido y hubieran quemado todo lo carnal. Solo personas que honestamente buscaban a Dios estaban allí, aquellos que realmente tomaban en serio a Dios. No era una «cámara letal», ni un lugar para tener ataques, ni para «aliviarse de presiones». Los hombres no «corrían alocadamente» en esa época. Corrían hacia el trono de gracia. Hablando en sentido figurado se quitaban los zapatos. Estaban en «tierra santa». «Los necios se apresuran a pisotear donde los ángeles temen apoyar su pie.»  [Azusa Street, p. 97-98].

«Al comienzo, en Azusa, no teníamos instrumentos musicales. En realidad no sentíamos la necesidad de tenerlos. No había lugar para ellos en nuestra adoración. Todo era espontáneo ni siquiera cantábamos con himnarios. Cantábamos todos los himnos antiguos y bien conocidos de memoria, motivados por el Espíritu de Dios. «Ha llegado el Consolador» era, posiblemente uno de los que cantábamos con más frecuencia. Lo cantábamos desde una fresca y profunda experiencia de nuestro corazón. Oh ¡cómo nos llenaba y nos conmovía el poder de Dios! … Los himnarios son en la actualidad un emprendimiento comercial en gran medida, y no perderíamos mucho si no los tuviéramos. Hasta las viejas melodías sufren la violencia del cambio, y cada estación trae nuevos estilos, para lograr más ganancia. Hay muy poco espíritu real de adoración en ellos. Hacen mover las puntas de los pies, pero no conmueven los corazones de los hombres.»  [Azusa Street, p. 100].

«Todo el lugar estaba inmerso en oración. Dios estaba en su santo templo. El hombre debía estar en silencio. La gloria, la «shekinah» reposaba allí. En realidad, algunos dicen haber visto la gloria, por la noche, sobre el edificio. No lo dudo. Más de una vez me detuve a dos calles de ese lugar y oré pidiendo fortaleza antes de atreverme a entrar: la presencia del Señor era tan real…» [Azusa Street, p. 104].

Ahora volvamos a leer lo que me escribió un pentecostal moderno: «corro y me sacudo y salgo bendecido…somos pentecostés no somos momias andantes como algunos que no creen en danzar en el espíritu, hablan de lo que nunca han vivido y si no creen en eso dejen que la gente se goce no como algunas iglesias parecen témpano de hielo, parecen huesos secos, parecen un funeral los cultos ni se gozan, algunos se dicen pentecostés ni tienen nada de pentecostés…hay gente que la mucha letra los entorpece»

Ustedes juzguen en dónde está el verdadero pentecostalismo. Nos han cambiado el avivamiento por agitamiento, la unción por emoción, los dones espirituales por manifestaciones carnales, el culto por un show, la gracia por lo gracioso, el altar por el escenario, el quebrantamiento por el entretenimiento y la regeneración por exhibición.  Reconozcámoslo, vamos al culto a pasarla bien, queremos escuchar la música que nos gusta, que nos dejen hacer lo que sintamos, que nos dejen desahogarnos porque al fin y al cabo el culto es una fiesta,  y aunque gritemos ¡Cristo, oh, oh, oh!, en realidad el centro de la fiesta siempre seremos nosotros.

Hoy se va al culto a gritar, a cantar, a saltar, a danzar, a remolinear; porque  después de hacer esto «salen bendecidos», y los pastores lo permiten para aparentar que el avivamiento no se ha ido. Es verdad que después de gritar, cantar, saltar y danzar te sentirás más aliviado, habrás descargado tus tensiones; eso será hasta el próximo culto donde vendrás nuevamente con la necesidad de liberarte de toda la tensión acumulada. Es algo meramente psicológico, vas al culto a desahogarte no a exaltar a Dios. Si estuvieras en un culto dirigido por el apóstol Pablo serías el primero en caerte de la ventana, te aburrirías, te quedarías dormido, le dirías «¡Pablo, deja de hablar tanto que la mucha letra entorpece, yo vine para que el Espíritu me tome y me haga danzar!»

La clave está precisamente en la última frase que nos deja este pentecostal moderno: «hay gente que la mucha letra los entorpece». Él cree que el conocimiento, el estudio, el análisis y la investigación son contrarios al avivamiento y al Espíritu. No lo culpo, seguramente está repitiendo lo que escuchó decir a su pastor, y no me extraña, porque un pueblo ignorante es un pueblo fácilmente manipulable; muchos líderes evangélicos no quieren que los miembros de sus congregaciones estudien, que puedan llegar a saber más que ellos, por si terminan tal vez descubriendo que han sido engañados.

Si te congregas en una iglesia donde gritan, danzan, se retuercen, corren o remolinean,  terminarás haciendo por imitación lo mismo que ellos, y si no lo haces te preguntarás por qué el Espíritu los toma a ellos y no a ti.  Si es tu caso no te preocupes, en ningún lado de la Biblia se dice que el hombre o la mujer más espiritual es quien más grita o más danza; la llenura del Espíritu Santo no se refleja en manifestaciones extravagantes sino en una vida de santidad.

Si quieres gritar en lenguas está bien, hazlo en tu habitación a solas; si quieres saltar y danzar está bien, hazlo en tu aposento cerrada la puerta; pero en el culto atiende al bien común, en lo que edifica al otro; y por sobre todas las cosas no te centres en tus emociones y gustos sino en exaltar la pasión, la resurrección y el señorío de Cristo que padeció por la gravedad de nuestros pecados.

Pero si antepones tu egoísmo y prefieres ir al culto a exhibirte en primera línea para mostrar cuan espiritual eres, adelante, hazlo, pero estarás traicionando al auténtico pentecostalismo; aunque de seguro eso te importará muy poco porque al fin de cuentas lo importante para ti es «correr, sacudirse y salir bendecido».

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022

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Presentación de niños, ¿mandamiento o tradición?

El principio protestante de la «sola scriptura» obliga a muchos creyentes fundamentalistas a justificar con versículos bíblicos todo lo que hacen, no quieren oír nada sobre tradición: «¿dónde dice la Biblia que…?» es el mantra que repiten en cualquier conversación o debate teológico. Pero como demostré en el artículo anterior «No puedo diezmar, ¿qué hago?», no hay ningún texto del Nuevo Testamento que afirme que el diezmo es obligatorio para la Iglesia, ni ningún mandamiento de algún apóstol al respecto, sin embargo allí impera la tradición y no la sola scriptura. Todo depende, en última instancia, de la tradición que tenga la congregación a donde asistas, si allí no se manda el diezmo te parecerá lo más natural eso, pero si es de las que lo exigen te parecerá una blasfemia el no darlo sin importar lo que la Biblia realmente diga.

Hoy voy a hablar de otra tradición evangélica, y me gustaría aclarar de entrada que este escrito no es un ataque contra la presentación de niños ni una defensa del paidobautismo, pues ambas cosas no son ni prohibidas ni ordenadas específicamente en la Biblia.

 Todos los que asistimos a congregaciones donde se practica la presentación de niños estamos acostumbrados a escuchar en boca del pastor el siguiente texto:

Mar 10:13-16  «Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.»

Pero este texto bíblico narra un acto que Cristo realizó, no un mandamiento que dejó para la iglesia; por ejemplo, el Señor convirtió agua en vino, multiplicó panes y peces, caminó sobre las aguas, secó con la palabra una higuera, etc., pero todos estos son hechos no mandamientos, Él nunca dijo que nosotros deberíamos hacer lo mismo. Es más, si investigamos en la iglesia post-apostólica no encontraremos registro de esta práctica; como veremos en el presente estudio la presentación de niños es una novedad del siglo XVI, a la cual se le buscó un sustento bíblico y que posteriormente se impuso como tradición en una parte de la iglesia evangélica. Recordemos que en la época de las llamadas reformas, tanto magisteriales como radicales, todo tenía que tener un respaldo bíblico, y los literalistas bíblicos pronto encontraban versículos para justificarlo todo: bigamia, poligamia, abandono de la esposa por causa del ministerio, comunismo de bienes, comunismo de esposas (libertinos), nudismo (adamismo), espiritualismo sexual, arrianismo, unitarismo, restauración profética y apostólica, revelaciones apocalípticas, infantilismo (jugar, balbucear o lloriquear como niños en el culto),  anti-intelectualismo, tortura y ejecución de herejes… todo se justificaba con las Escrituras.

«La poligamia, o sea la pluralidad de esposas, fue el rasgo característico de la práctica de los münsteritas en su fase final y de varios otros grupos e individuos dentro de la Reforma Radical que adujeron el ejemplo de los patriarcas y prestaron oídos a la invitación escatológica hofmanniana de fructificar y multiplicarse (Génesis, 1:22) en la pureza de la alianza y sin lujuria carnal, para completar lo antes posible el número preestablecido de ciento cuarenta y cuatro mil santos señalados (Apocalipsis, 7:4) para constituir el Reino de Dios. El matrimonio plural (en que se incluye la bigamia) fue tratado o defendido desde el punto de vista teológico por hombres como Erasmo, Lutero, Bucer y Cayetano, lo mismo que por algunos reformadores radicales.»[1] Pero no nos vayamos del tema que nos convoca hoy.

Los reformadores y el bautismo de niños

Al principio, para Lutero, Calvino, Zwinglio y los demás reformadores del siglo XVI no existía ninguna necesidad de justificar con la Biblia el bautismo de niños, todos ellos lo creían y enseñaban porque así lo había enseñado la tradición de la Iglesia por siglos. En lo que sí disentían entre ellos era en el significado del mismo, para Lutero el bautismo salvaba, era la regeneración (como lo era para los Padres de la Iglesia); en cambio para Calvino, Zwinglio y otros el bautismo tenía el significado de símbolo externo.

«Los propios reformadores magisteriales, en su énfasis inicial sobre la salvación por la sola fe, tuvieron que avanzar a tientas durante algún tiempo antes de decidirse firmemente por el bautismo de los infantes, defendiendo esta práctica tradicional con base en diversos argumentos: o bien recalcaban el carácter metafórico de la vida cristiana en su totalidad, desde el nacimiento hasta la muerte, como un morir y un resucitar con Cristo mediante el bautismo (Lutero), o bien consideraban el bautismo como un derecho de nacimiento y como el equivalente neotestamentario de la circuncisión (Zwinglio y Bullinger), o bien, finalmente, lo veían como un compromiso civil-eclesiástico de suministrar educación cristiana (Bucer).»[2]

Pero en lo que sí estaban de acuerdo todos estos reformadores era en considerar como herejes a quienes negaban el bautismo de infantes o rebautizaran a los adultos; e hicieron todo lo posible mediante el brazo armado del poder estatal para aplastar a todo aquel movimiento que enseñara lo contrario.

Para explicarlo brevemente, en el siglo XVI hubo dos movimientos reformadores, uno que podemos denominar reformadores magisteriales, que usaron el poder civil del magistrado para imponer su reforma (Lutero, Calvino, Zwinglio, Bullinger, Bucer, etc.), y los reformadores radicales (mayoritariamente anabaptistas o rebautizantes). Mientras Lutero se encargaba de hacer expulsar de sus cátedras (y de Sajonia) a los profesores y teólogos anabaptistas, Calvino les prohibió la entrada en Ginebra bajo pena de muerte y los que se atrevieron a entrar sufrieron las consecuencias; en tanto que Zwinglio escribía sobre los anabaptistas «creo que se les va a poner la espada al cuello» amenaza que finalmente fue cierta.

Un famoso líder anabaptista, Gaspar Schwenckfeld, para con el cual Lutero no escatimaba vituperios, reprochaba así a los reformadores magisteriales: «Les hizo recordar a sus antagonistas que, unos veinte años antes, ellos y sus padres habían estado en otra iglesia. ¿Se atrevería alguno a afirmar que todos sus seres queridos ahora difuntos, sus propios padres, por ejemplo, habían encontrado cerradas las puertas de la salvación por haber vivido en el seno de la ahora abominada iglesia católico-romana? Schwenckfeid les echó en cara el espíritu de división y de acrimonia que imperaba en la Reforma y que estaba desmantelando el antiguo orden, y el afán exagerado de obligar a todos, mediante la acción de los magistrados, a abrazar un credo oficial.»[3]

Como dice George H. Williams en su gran obra la Reforma Radical: «El enemigo que Lutero y Melanchthon, y Zwinglio, y luego Enrique Bullinger, Calvino y Tomás Cranmer tenían a su derecha era el papa, a quien identificaban con el Anticristo; en cuanto al enemigo común que tenían a la izquierda, no tardaron en considerarlo como un Cerbero de tres cabezas, y, olvidando su acostumbrada precisión teológica, le pusieron a este monstruo nombres insultantes y casi intercambiables: libertinismo, anabaptismo, fanatismo.»

Zwinglio al verse presionado por los anabaptistas para que diese fundamentos bíblicos del bautismo de niños «asimila el bautismo de la Nueva Alianza a la circuncisión de la Antigua Alianza, basándose para ello en Tertuliano y en Lactancio… Después de declarar que el bautismo de los infantes no se basa en la doctrina del pecado original, y de aducir un texto de la epístola a los Colosenses, 2:10-12, en prueba de que el bautismo por agua sustituyó a la circuncisión como signo del pacto con Dios».

¿Cómo aparece la presentación de niños en sustitución del bautismo?

Es importante recordar en este punto lo que san Agustín había enseñado siglos antes sobre el bautismo de niños:

«En efecto, la fe cristiana, que han comenzado a atacar los nuevos herejes, no duda de que los que son lavados con el baño de la regeneración han sido redimidos de la potestad del diablo, y los que todavía no han sido redimidos con tal regeneración, aunque sean hijos de padres redimidos, están cautivos bajo la potestad del mismo diablo, a no ser que sean redimidos por la misma gracia de Cristo.» [Agustín. El Matrimonio y la Concupiscencia. Libro Primero, XX. 22]

«Y es esta concupiscencia la que hace que los mismos que son fruto de un matrimonio justo y legítimo entre los hijos de Dios no sean hijos de Dios, pues los engendran como hijos de este siglo.»   [Agustín. Réplica a Juliano. Libro VI.XIII.40. Escritos Antipelagianos 3. BAC]

«Ricos y pobres, señores y esclavos, doctos e indoctos, hombres y mujeres, todos saben qué es lo que se perdona en el sacramento del bautismo, en cualquier edad que se reciba. Por eso, las madres, en todos los cuadrantes del mundo, se apresuran a llevar a sus hijos no sólo a Cristo, es decir, al Ungido, sino a Cristo Jesús, esto es, a Cristo Salvador.»  [Agustín. Réplica a Juliano – Libro I.VII.31 Escritos Antipelagianos 3. BAC]

¿Qué estaba afirmando Agustín? Que un niño, aunque sea hijo de creyentes, necesita el bautismo de regeneración para no ser condenado; por eso las madres se apresuran a llevarlos a la pila bautismal. A partir del surgimiento del anabaptismo, con su énfasis primordial de negar el bautismo a los niños, crece la confusión en medio de la reforma protestante; por un lado Lutero, Calvino y Zwinglio defienden el bautismo de infantes, por otro lado los reformadores radicales lo niegan. Ante esta confusión muchos padres sienten miedo y se preguntan «¿qué sucede con mi hijo sin muere sin ser bautizado, sin ser regenerado, se va a la condenación eterna?» Ante esta seria preocupación por parte de los creyentes anabaptistas surge la solución: tomar un acto de Jesús y convertirlo en una especie de mandamiento o sacramento sustitutorio del bautismo infantil:

«Hubmaier (un líder anabaptista) había escrito a Ecolampadio, que residía en Basilea, una carta muy interesante (16 de enero de 1525) en que le habla de la práctica que ha establecido en su parroquia de Waldshut: los niños pequeños son presentados en la iglesia, y consagrados a Dios en presencia de toda la congregación, pero el rito del bautismo se pospone, con el propósito de armonizar el sacramento de la redención con el principio protestante del solafideísmo. Escribe Hubmaier: “Hemos enseñado públicamente, en efecto, que los niños no deben ser bautizados. ¿Por qué hemos estado bautizando a los niños? El bautismo, dicen ellos [Zwinglio y León Jud], es un mero signo [de inclusión en la alianza]. ¿A qué tanto afanarse por un signo? Ciertamente el bautismo es un signo y un símbolo, instituido por Cristo con estas palabras augustas, preñadas de sentido: ‘En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’ [Mateo, 28:19]. Todos cuantos atenúan ese signo, o de cualquier otra manera hacen mal uso de él, están haciendo violencia a las palabras de Cristo pronunciadas en el momento de instituir esta acción simbólica, puesto que el significado de ese signo y de ese símbolo es un compromiso mediante el cual se obliga uno para con Dios, bajo el impulso de la fe, y en la esperanza de la resurrección a una vida futura, de manera que la acción interior no debe llevarse a cabo con menos seriedad que el signo exterior. Este significado no tiene nada que ver con los niños recién nacidos; por lo tanto, el bautismo de los infantes no tiene realidad alguna. […] En vez de celebrar el bautismo, hago que los fieles se congreguen en la iglesia y que los padres presenten al niño, y explico en alemán el evangelio: «Entonces le fueron presentados unos niños» [Mateo, 19:13]. Después de imponerle al niño un nombre, la iglesia entera, puesta de rodillas, hace oración por él y se lo encomienda a Cristo, pidiéndole que sea misericordioso e interceda por él. Pero si los padres son todavía débiles e insisten en el deseo de que el niño sea bautizado, yo lo bautizo, pues soy débil con los débiles en tanto llega el tiempo en que estén mejor instruidos. Sin embargo, en lo que se refiere a la palabra no cedo ni un ápice ante ellos.” Ecolampadio, en su respuesta, censuró esa sustitución del bautismo de los niños pequeños por una simple consagración.»[4]

Unos meses después Hubmaier llega a Zurich con la intención de defender ante Zwinglio su postura sobre el bautismo, pero es arrestado y obligado a retractarse. En algún momento del proceso, Hubmaier fue «arrojado de nuevo al calabozo y torturado». Zwinglio dice que «repitió la retractación tres veces, mientras lo estaban estirando en el potro», y lamenta sus sufrimientos [Cartas de Zwinglio a Capitón, ZW, VIII, núms. 434 y 488]. Igualmente muchas de las enseñanzas de Hubmaier se siguieron difundiendo por Europa

Tenemos entonces que la «presentación de niños» fue una práctica desconocida hasta el siglo XVI, que nace por la ocurrencia de un líder anabaptista (Hubmaier) y viene a sustituir el bautismo de infantes (que era lo habitual hasta entonces), y que tuvo como propósito al principio calmar las angustias de los padres anabaptistas ante la posibilidad de la muerte prematura de sus hijos, algo que por cierto era habitual en aquella época . Dicha práctica se extendió a los demás grupos anabaptistas hasta convertirse en una tradición que llega hasta la actualidad.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022


[1] George H. Williams. La Reforma Radical XX.3

[2] George H. Williams. La Reforma Radical, XI.1

[3] George H. Williams. La Reforma Radical, X.3.b

[4] George H. Williams. La Reforma Radical, Cap. VI.3

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No puedo diezmar, ¿qué hago?

No puedo diezmar, ¿qué hago?

En el comienzo de este análisis me gustaría aclarar que si una congregación ha decidido, en común acuerdo, que sus miembros colaboren con el mantenimiento de la obra mediante los diezmos y ofrendas, y los miembros están conformes con esta regla, no es este un escrito dirigido a ellos. Pero el núcleo de este estudio se dirige a los que por medio de la coerción y las amenazas pervierten la doctrina para su propio beneficio, y también para aquellos que estén en una situación que les impida diezmar y se sientan atribulados por ello.

Cuando se hace apología a favor del diezmo se utiliza el argumento de que Abrahán diezmó antes que lo mandara la Ley de Moisés (Gén 14,17-20). Bien, si alguien utiliza ese argumento conmigo le diré que Abrahán también se circuncidó antes de que lo mandara la Ley mosaica [«Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros…» Gén 17:10ss]. Por lo tanto, si alguien enseña que se debe diezmar porque Abrahán lo hizo antes de la Ley, que se circuncide también pues ello es anterior a la misma Ley.

También se utiliza el siguiente texto: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.»(Mat 23,23). El texto es bastante claro sobre a quienes se dirige el Señor: «escribas y fariseos», esto no es un detalle menor, pues eran los líderes espirituales y maestros sobre el pueblo de Dios. Los escribas y fariseos estaban bajo la Ley de Moisés, debían cumplirla y hacerla cumplir al pueblo; debían practicar la misericordia y el diezmo, sin dejar de hacer ni lo uno ni lo otro. No estaba el Señor dando algún mandamiento para sus seguidores, sino un reproche para los que estaban obligados a cumplir con los mandatos de la Ley.  Aplicar a la iglesia el «esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello» es extemporáneo y lejos de una correcta interpretación del texto en su contexto; de lo contrario estaríamos enseñando que debemos continuar practicando la Ley mosaica, se podría aplicar el «sin dejar de hacer aquello» a todo lo demás que mandó Moisés.

¿Hay algún lugar de las Escrituras donde los apóstoles recuerden a la Iglesia de entre los gentiles la obligación de diezmar? La respuesta es rotunda: No. Ninguna epístola apostólica o pastoral menciona el diezmo como mandato para la iglesia entre los gentiles. Si analizamos el llamado «concilio de Jerusalén» (Hechos 15), donde se comienza a hacer una diferencia entre los hermanos judíos y los hermanos no judíos con respecto a la Ley: «Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles» (Hechos 15:23), vemos que no se menciona el diezmo como obligación (al igual que la circuncisión): «Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien.» (Hechos 15:28-29).

En la carta a los Hebreos aparece el tema del diezmo pero siempre dentro del marco de la Ley de Moisés: «Ciertamente los que de entre los hijos de Leví reciben el sacerdocio, tienen mandamiento de tomar del pueblo los diezmos según la ley, es decir, de sus hermanos, aunque éstos también hayan salido de los lomos de Abraham.» Está muy claro allí que se refiere a la tribu de Leví que tiene mandamiento de tomar los diezmos «según la ley». Los cristianos no estamos bajo la Ley de Moisés sino bajo la Ley de Cristo, no podemos mezclar las dos tomando lo que nos conviene, o más nos gusta, de cada una; si estamos bajo la Ley de Cristo ya no estamos bajo la Ley del Antiguo Pacto. Y si alguien repite que Abrahán dio los diezmos «fuera» de la Ley de Moisés, le repito que también se circuncidó «fuera» de la Ley de Moisés, pero los cristianos no estamos ni «dentro» ni «fuera» de esa Ley, nosotros estamos «bajo» la Ley de Cristo: «no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo» (1 Co 9:21). Y así como no estamos obligados a circuncidarnos tampoco estamos obligados a diezmar. Entiéndase que digo «obligados», si alguno quiere dar el diezmo voluntaria y libremente puede hacerlo, pero sin exigir que el resto lo imite.

¿Cuál es el mandamiento apostólico para la Iglesia?

2Co 9:7  «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.»

Otras traducciones dicen «no de mala gana ni forzado». El mandamiento es claro ¿cuánto debemos dar? Lo que cada uno propone en su corazón, sea 5, 10, 15, 20 o un porcentaje más alto, lo que sea que nazca de un corazón alegre y no forzado.

Otros líderes evangélicos utilizan el relato de la viuda pobre, que aunque no se trate de diezmo lo ponen de ejemplo para «darlo todo»:

«Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.» (Mar 12:41-44)

El relato del evangelio no tiene por finalidad primera poner como ejemplo a imitar la acción de la viuda, sino condenar a los avariciosos líderes espirituales del pueblo de Dios. Si alguno tiene una duda sobre esto, miremos el contexto; en el evangelio de Lucas y en el de Marcos este relato de la viuda está puesto inmediatamente después de que Cristo condenara a los líderes religiosos «que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor condenación» (Lc 20,47 y Mar 12,40). No dejes de analizar este contexto inmediato. Por supuesto que la acción de la viuda es loable, pero no era lo que el Señor quería, ¿alguien puede creer que lo deseado por Dios era que la viuda pobre echara todo su sustento?, ¿era la viuda la que debía sostener al Templo, o era el Templo el que debía sostener a la viuda?

Esto lo podemos descubrir en el mandamiento del apóstol para la Iglesia: «Si alguna creyente tiene viudas en su familia, debe ayudarlas para que no sean una carga a la iglesia; así la iglesia podrá atender a las viudas desamparadas.» (1Ti 5:16 NVI). Es obligación de la Iglesia atender a las viudas desamparadas y a los huérfanos. Pero hoy vemos cómo algunos predicadores le dicen a la viuda pobre que «ofrende todo su sustento, porque Dios le recompensará por su fe» ¡Hipócrita y avariento digno de condenación! ¡No le pidas a la viuda, ni al huérfano, ni al indigente, eres tú el que debe darles a ellos, no ellos a ti!

Veamos dos textos patrísticos de los primeros cristianos:

“Hoy rige para los clérigos la misma disciplina: quienes en la Iglesia del Señor son promovidos a la ordenación clerical, no deben ser desviados bajo ningún concepto de la administración de las cosas divinas, con el fin de que no se sientan atraídos por los cuidados molestos y los negocios del siglo, sino que, recibiendo con honor parte de los frutos que sus hermanos les ofrecen en sustitución de los antiguos diezmos, no se aparten del altar ni de los sacrificios y vivan día y noche ocupados en las cosas del cielo y del espíritu.” [Cipriano de Cartago. Carta 1. Cipriano a los presbíteros, diáconos y pueblo de Furni – Biblioteca Clásica Gredos, 255]

“Presiden bien probados ancianos, que han alcanzado tal honor no con dinero, sino por el testimonio de su santa vida, porque ninguna cosa de Dios cuesta dinero. Y aunque exista entre nosotros una caja común no se forma con una «suma honoraria» puesta por los elegidos, como si la religión fuese sacada a subasta. Cada cual cotiza una módica cuota en día fijo del mes, cuando quiere y si quiere y si puede, porque a nadie se le obliga: espontáneamente contribuye. Estos son como los fondos de piedad. Porque de ellos no se saca para banquetes, ni libaciones, ni estériles comilonas, sino para alimentar y sepultar menesterosos, y niños y doncellas huérfanos, y a los criados ya viejos, como también a los náufragos, y si hay quienes estuvieran en minas, en islas, en prisiones únicamente por la causa de nuestro Dios, son también alimentados por la religión que profesan. Y esta práctica de la caridad es más que nada lo que a los ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. «Ved -dicen- como se aman entre sí».»  (Tertuliano – El Apologético – XXXIX)  

¿Qúe hacer entonces?

He escuchado a predicadores decir «si alguno tiene un dinero reservado para algún tratamiento médico, póngalo de ofrenda porque Dios les va a sanar como recompensa». Eso es perverso, la codicia en su más retorcida expresión; no hace falta que les insista en que deben huir lo más lejos posible de ese tipo de predicadores. Si tienes que comprar una medicina para ti o un ser querido, hazlo, aunque por ello dejes de diezmar; cuando estés sano podrás trabajar un poco más y ofrendar lo que puedas. Siempre habrá alguno que diga «yo puse el dinero de mis remedios en la ofrenda y Dios me sanó», bueno, me alegro, pero tu experiencia personal no es doctrina ni regla de fe para los demás. Si no estamos como aquellos judíos que se inventaron el «corbán»: «Sin embargo, ustedes dicen que está bien que uno les diga a sus padres: “Lo siento, no puedo ayudarlos porque he jurado darle a Dios lo que les hubiera dado a ustedes». De esta manera, ustedes permiten que la gente desatienda a sus padres necesitados. Y entonces anulan la palabra de Dios para transmitir su propia tradición.» (Mar 7:11-13 NTV).

Estimados hermanos, el diezmo no es una obligación para la iglesia de entre los gentiles, a lo sumo es una tradición que se fue imponiendo en las iglesias evangélicas. Si quieres diezmar hazlo, pero no anules la palabra de Dios por tradiciones que no tienen fuerza de ley. Si no puedes diezmar, no dejes que el miedo o la culpa te agobie, a veces es tiempo de dar y otras veces de recibir.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022

diariosdeavivamientos@gmail.com

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Santiago Alarcón y su conversión al catolicismo ¿por qué los evangélicos se hacen católicos?

¿Por qué los evangélicos se hacen católicos?

Si hay algo que puede unir a los protestantes y evangélicos es su odio al catolicismo. Curiosamente, en todo lo que los evangélicos conozcan se enfrentarán y se dividirán entre sí sin piedad fraternal, pero a la hora de atacar lo que desconocen se unirán fraternalmente en la amalgama de la ignorancia. Este odio al catolicismo no nos vino del cielo precisamente, tiene su origen en dos focos, uno es la Inglaterra de Enrique VIII (el que se separó de la Iglesia porque no lo dejaban separarse de su esposa), y el otro foco fue el anabaptismo (que en su fanatismo odiaba a todo lo que oliera a católico). Lutero aborrecía al papado de su época pero nunca expresó odio hacia la Iglesia católica.

Pero hoy pastores y apologistas evangélicos disparan continuamente contra el catolicismo toda su artillería de gomaespuma, argumentos pueriles que solo pueden satisfacer los oídos de los que teniendo pereza de investigar se conforman con el fast food que encuentran en estos púlpitos evangélicos. Que si los católicos creen que son salvos por obras, que si divinizan a María, que si niegan la gracia, que si la intercesión de los santos denigra a Cristo, que si son idólatras por tener una imagen representativa… y una larga lista de argumentos que no resisten el menor análisis serio y concienzudo. El evangélico ignorante es un fanático militante, que al grito de batalla, con la cabeza vacía y la Biblia en la mano, está dispuesto a dar la vida por lo que su pastor dice que la Biblia dice.  Claro está,  esto durará hasta él también se sienta defraudado por su pastor y abandone a su propio ejército, y se busque otro pastor y otra interpretación bíblica.  Lo que nunca te dirán estos pastores es que la culpa de que muchos buenos evangélicos se estén haciendo católicos es de ellos.

Cuando aconteció el boom de las redes sociales algunos tuvieron la falsa percepción de que el calvinismo crecía de una manera exponencial en Latinoamérica, ya que la mayoría de las páginas y blog cristianos eran de esa tendencia doctrinal; esto sumado a que varios ex-pentecostales se convirtieron en agresivos trolls que han manejado sin escrúpulos la maquinaria propagandística del calvinismo. Si bien es cierto que algunos pentecostales, hastiados del evangelio de la prosperidad y de los pseudos apóstoles y profetas, se han pasado a las filas calvinistas, esto no constituye un cambio de paradigma importante. La realidad más compleja es que existe otro éxodo más silencioso y menos visible que está afectando a todas las denominaciones, un fenómeno relativamente nuevo pero que tiene visos de crecer exponencialmente en los próximos años. De la multitud de evangélicos frustrados con la situación actual del protestantismo una gran parte dejan de congregarse, otra porción es seducida hacia las sectas y movimientos heterodoxos, y un tercer grupo está migrando hacia la Iglesia católica. Lo que hasta hace unos años atrás era un acontecimiento impensable hoy es una realidad: evangélicos se están haciendo católicos.

Apologistas y líderes católicos, por su parte, están haciendo un trabajo sistemático en las redes sociales atrayendo la atención por sus conocimientos de historia, filología, teología, filosofía, etc. Por nombrar solo a algunos tenemos al padre Javier Olivera Ravasi (del canal Que no te la cuenten) , a José Plascencia (La fe de la Iglesia), a Hugo Delgado (su excelente canal Hosanna In Excelsis), a los sacerdotes del canal la Sacristía de la Vendée, mi hermano Fratello Gabite de protestanteocatolicoblog (uno de los tantos evangélicos que están yéndose), etc. Uno puede coincidir con ellos o no, pero están instruidos y se puede debatir con altura; cuando la mayoría de los que se dicen apologistas evangélicos ni siquiera saben qué creían los primeros cristianos sobre el pan y el vino de la santa Cena.

Lo extraño de este movimiento migratorio hacia el catolicismo es que, en realidad, la Iglesia Católica no ha cambiado visiblemente para bien, es decir, no está experimentando un «avivamiento». El Papa Francisco no se caracteriza precisamente por ser un gran defensor de la ortodoxia como lo fue Ratzinger, más bien coquetea con el progresismo lo cual enerva a más de uno. Por otro lado, el Sínodo alemán con sus heréticas propuestas amenaza con provocar un cisma peor que el de Lutero. Sin embargo hay algo que atrae al evangélico experimentado, no al creyente nuevo, sino al que ya lleva algunas décadas en el protestantismo. Ese «algo» que ofrece el catolicismo, y que es la gran carencia y lo que no puede ofrecer el mundo evangélico, es «algo» que el protestante sincero comienza a anhelar cada vez más fuerte en su caminar cristiano. Ese «algo» es un punto neurálgico y vital de la eclesiología, pero lamentablemente en el protestantismo la eclesiología es un dogma deficiente.

Dijo el Señor de la Iglesia:

«Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.» (Juan 17:20-21)

Ese «algo» que el protestantismo no puede ofrecer es «unidad», precisamente lo que caracteriza a un cuerpo saludable. De nada sirve que todos los miembros de un brazo estén perfectamente unidos, si a su vez ese brazo no está en perfecta unión con el resto del cuerpo; tampoco sirve de mucho que todos los miembros que componen una pierna estén perfectamente unidos, si la unidad de esa pierna no es perfecta con el resto del cuerpo. Una denominación evangélica o protestante puede jactarse de estar perfectamente en unidad, pero de poco sirve esa unidad sectaria cuando se está en desunión con el resto del Cuerpo de Cristo.

Algunos pastores, conscientes de esta inexplicable desunión, tratan de justificarse diciendo: «es mejor estar divididos por la verdad, que unidos por el error» (como dice mi amigo Gabite es curioso que los solo scriptura utilicen este texto que no está en la scriptura). Tal vez sería mejor reconocer que somos incapaces de mantener la unidad que nos encargó el Señor, en lugar de inventarnos frases altisonantes para evadir nuestra responsabilidad. Estamos divididos porque tenemos una sola Biblia pero cientos de interpretaciones; estamos divididos porque creemos que la Biblia es infalible pero no creemos que la Iglesia (que nos dio la Biblia) sea infalible también para interpretarla. Pésima eclesiología.

El bebé, el niño o el inmaduro en la fe puede ser feliz dentro de las cuatro paredes de su congregación, allí se contenta con su leche espiritual mientras descubre el universo inmediato que lo rodea. Pero a medida que comienza a crecer en la fe, y a tener conciencia de que la iglesia se extiende más allá de los muros de su templo, empiezan a resonar en su mente las inevitables preguntas «¿por qué hay tantas denominaciones protestantes?, ¿por qué cada uno dice tener la verdad y considera al otro como un hereje? ¿por qué no estamos unidos?» Ante estos sinceros planteamientos solo encontrará excusas sectarias «es mejor estar divididos por la verdad, que unidos por el error». San Agustín decía que lo mejor era permanecer unidos aunque no estemos de acuerdo, porque estando unidos es más fácil llegar en algún momento a la verdad. Quien no ama la unidad no ama la verdad.

Ese «algo» lo ofrece sin complejos la Iglesia Católica, que con sus luces y sombras permanece unida a través de los siglos, nos guste o no es una realidad. Nosotros los protestantes no podemos decir lo mismo, nos dividimos sistemáticamente. Calvinistas, arminianos, molinistas, wesleyanos y luteranos, luego paidobautistas o credobautistas, supralapsarianos o infralapsarianos, generales o particulares, continuistas o cesacionistas, dispensacionalistas o amilenearistas… Todos afirmando que tienen la  correcta interpretación de la Biblia y que el equivocado es el otro (ese otro al cual es mejor evitar y mantenernos lo más lejos posible para conservar «la verdad»… nuestra «verdad»).

No conozco personalmente al apologista Santiago Alarcón, ni siquiera lo he seguido en sus redes sociales, pero me parece que es uno de los muchos que peregrinan en busca de ese «algo» que el mundo evangélico no puede ofrecer. Después de su conversión al catolicismo he leído sobre él los peores y denigrantes insultos: que si lo hace por dinero, que si es un bipolar, que si es un falso, que si es un idiota… es más fácil insultar que reconocer que estamos fracasando en mantener una Iglesia unida, una Iglesia que sea más inclusiva y no tan excluyente. Algunos me escriben diciendo que no llame hermanos a los coptos porque son herejes, que no llame hermanos a los católicos porque son herejes, que los arminianos son herejes, que los pentecostales son herejes… ¡al diablo con vuestros sectarismos y aires de superioridad! Llamaré hermano a quien yo quiera, prefiero equivocarme por llamarle hermano a alguno que equivocarme por no llamarlo así.

No soy ecuménico con las religiones no cristianas, pero al católico lo llamaré mi hermano aunque esto le desagrade a los pastores sectarios. Si esos pastores dejaran de actuar como señores feudales tal vez la iglesia evangélica no se dividiría tanto. Miles de evangélicos ya no se congregan, no han perdido la fe pero han perdido la visión de Iglesia, sintiéndose frustrados ante tanta división y tanto exclusivismo; algunos de ellos están considerando la unidad e inclusión que brinda la Iglesia Católica, me consta que no son pocos. El que se escandalice por eso más le valdría escandalizarse por la desunión y el sectarismo que impera en el mundo evangélico.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022

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Grandes sermones, Juan Crisóstomo

Juan Crisóstomo (344-407). Nació y creció en Antioquía. En el 398 fue proclamado obispo de Constantinopla, fue conocido posteriormente como Crisóstomo “boca de oro” por su fama de extraordinario predicador. Fue un gran teólogo, de los más influyentes en la iglesia de habla griega, por su celo reformador sufrió persecución, murió camino al exilio. Después de su muerte su fama creció en todo el mundo cristiano. Sus sermones son fuente de doctrina segura y consuelo pastoral para todo creyente.

Sermones sobre el Evangelio de san Juan, Sermón X

Juan 1:11  A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

«Hermanos queridísimos: siendo Dios generoso y benéfico, hace todo y recurre a cualquier medio para que en nosotros brille la virtud. Y, aunque desea que entremos a formar parte de la jerarquía de los elegidos, a nadie constriñe por fuerza, sino que mediante la persuasión y los beneficios, invita y atrae hasta sí a todos voluntariamente. Por esta razón, cuando habitó entre nosotros, algunos lo acogieron y lo rechazaron otros.

Él no quiso tener servidores a su pesar o movidos por la necesidad. Quiere que cada cual acuda a Él libremente y por una libre elección y que le esté agradecido y reconocido por el honor de estar a su servicio. Cuando los hombres tienen necesidad de servirse de sus esclavos, les obligan, contra su voluntad, a someterse a la dura ley de la esclavitud. Dios, sin embargo, no teniendo necesidad de nadie por no estar sometido a ninguna de las necesidades a las que se ven los hombres expuestos, todo lo obra atendiendo exclusivamente a nuestra salvación, si bien quiere que ésta, en último término, dependa de nuestra libre voluntad. Por eso no ejerce violencia o presión contra quienes lo rechazan. Su única mira es favorecernos. Y Él no considera que nos beneficie ser forzados a hacer lo que no queremos.

Entonces -dirá tal vez alguno-, ¿por qué castiga a quienes no quieren servirlo y amenaza con el infierno a los que no cumplen sus mandamientos? Porque, siendo bueno como es, constantemente se preocupa de nosotros, aun de quienes no lo obedecen. Por más que le rechacemos o huyamos de Él, Él nunca se aparta de nosotros. Y cuando no queremos seguir el primer camino que nos traza, el del bien, y nos resistimos a su persuasión y a sus beneficios, pone ante nuestros ojos el camino del tormento y los suplicios, camino ciertamente durísimo, pero necesario. A quien desprecia aquel primer camino, se le hace considerar este segundo.

Permaneced atentos ahora: Vino a su casa, no movido por alguna necesidad, pues Dios, como ya he dicho, nada necesita, sino para derramar sobre nosotros sus beneficios. Mas ni aun así, a pesar de que fue a su casa para ventaja de la misma, quisieron los suyos acogerlo, sino que lo rechazaron de malas maneras. Y no bastándoles con ello, llegaron hasta arrastrarlo fuera de la viña y a asesinarlo. Y, sin embargo, aun habiendo padecido todo eso, a quienes cometieron tan enorme delito -con tal de que estuvieran dispuestos-, les dio la posibilidad de arrepentirse y de purificar su pecado mediante la fe en El, dejando que se equipararan a quienes no habían cometido ningún pecado parecido y ofreciéndoles, además, la posibilidad de llegar a ser amigos suyos. En verdad, los pecados de quienes se habían hecho culpables eran lo suficientemente graves como para no merecer perdón.

Pero no fue ése el único daño que éstos se acarrearon, sino también el de no conseguir las ventajas que, por el contrario, alcanzaron quienes lo recibieron. ¿Cuáles fueron esas ventajas? Escuchad: A quienes lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Fueran esclavos o libres, griegos, bárbaros o escitas, sabios o ignorantes, hombres o mujeres, muchachos o ancianos, nobles o de humilde cuna, ricos o pobres, príncipes o ciudadanos privados, todos por igual, se dice, llegaron a ser dignos del mismo honor. La fe y la gracia del Espíritu borran cualquier diferencia entre las diversas condiciones humanas, reducen a todos a una misma forma y sobre todos imprimen el mismo sello real.

Y ¿por qué el evangelista no dice: «les hizo hijos de Dios», sino: les dio poder de llegar a ser hijos de Dios? Habla así para prevenirnos de que debemos aplicarnos con gran diligencia para conservar siempre inmaculada e íntegra en nosotros la imagen de la adopción recibida en el bautismo. Y para subrayar, al mismo tiempo, que ese poder nadie nos lo podrá quitar, si nosotros mismos no nos privamos de él. Mas, a la par, quiere recordarnos que la gracia del Señor a nadie se concede por casualidad, sino sólo a quienes poseen firmeza de propósitos y sienten un vivo deseo de ella. Sólo esos alcanzan el poder de llegar a ser hijos de Dios. El don de la gracia no desciende ni obra su efecto sobre quienes desde un primer momento se desentienden por completo de Él.

En todo caso, dejando de lado cualquier forma de violencia, nos enseña que dependemos de nuestra libertad y de nuestras propias decisiones. De eso precisamente está hablando también ahora. En la vida sobrenatural depende de Dios dar la gracia, pero está en nuestras manos el acogerla con fe viva. Y es, además, menester una gran diligencia. Para custodiar la pureza del alma no basta con bautizarse y creer, sino que, si queremos gozar siempre de la alegría que proviene de la inocencia, es necesario que, por nuestra parte, nos esforcemos en vivir de manera digna del don que hemos recibido. Merced al bautismo se produce en nosotros un místico renacimiento y el perdón de todos los pecados previamente cometidos. Pero desde entonces en adelante, queda en nuestras manos y encomendado a nuestra diligencia el permanecer puros y evitar mancharnos con otras culpas.

Si manchamos tan bello manto, debemos sentir temor no pequeño a que, por nuestra pereza espiritual y por nuestros pecados, seamos también nosotros expulsados fuera de la sala del banquete nupcial, como les sucedió a las cinco vírgenes necias, como ocurrió también con aquel que no llevaba el traje de boda. Este debía sentarse entre los comensales: había recibido la invitación, pero, como después de haber recibido esa invitación, ofendió a quien lo había invitado, escuchad cómo fue castigado y con qué severo y terrible castigo. Habiendo sido admitido a participar en un banquete tan suntuosamente dispuesto, no es que fuera sólo expulsado de la sala del convite, sino que, además, atado de pies y manos, fue expulsado a las tinieblas exteriores, donde hay un perpetuo llanto y rechinar de dientes.

Hermanos queridísimos: no creamos que la sola fe basta para nuestra salvación. Si no llevamos una vida intachable y nos presentamos con vestidos indecorosos a una invitación tan prometedora y alegre, no podremos escapar a la misma pena que padeció aquel desgraciado. Qué absurdo es que mientras quien es Dios y rey no se avergüenza de invitar a hombres ineptos y despreciables, sino que los hace venir desde las encrucijadas de los caminos para hacerles participar de su banquete, nosotros seamos tan perezosos que nada hagamos para mejorar después de haber recibido el honor de esa invitación.

Si no queremos hacernos dignos de esa invitación, no debemos culpar a quien nos ha honrado tanto, sino a nosotros mismos. No es Él quien nos expulsa de la admirable congregación de los convidados: nosotros mismos somos quienes nos excluimos de ella. El, por su parte, ha hecho cuanto debía hacer: ha dispuesto las nupcias, ha preparado el banquete, ha mandado a sus siervos a llamar a los invitados, ha recibido a quienes se han presentado, haciendo a todos los honores de la casa. Y nosotros, ofendiéndole a Él y a los invitados y a las nupcias con nuestros sucios vestidos, o sea, con nuestras malas acciones, hemos merecido de sobra que, a la postre, acaben por echarnos fuera. Quiera Dios que nadie, ni de nosotros ni de los demás, tenga que probar el desdén de quien le invitó al banquete.

Quiera el cielo que a todos nosotros nos cumpla esa felicidad, por la gracia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual y con el cual sean dados gloria, honor y victoria al Padre, junto con el Espíritu Santo, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.»

Juan Crisóstomo, Sermones sobre el Evangelio de san Juan, Biblioteca Patrística, Editorial Ciudad Nueva

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Puntos importantes sobre la doctrina de la Trinidad

Antes de la definición dogmática existió el culto, y lo cultual ayudó a definir el dogma. ¿Qué quiero decir con esto? Por ejemplo, antes de que se afirmara enfáticamente la divinidad de Cristo en el Concilio de Nicea (325 d.C.) ya se adoraba a Cristo en los cultos como a Dios:

«El título de Señor fue atribuido a Jesús desde los principios, según el testimonio de Pablo que recuerda el símbolo primitivo de la fe cristiana: “Jesús es Señor” (Romanos 10:9); este nombre expresa, pues, el misterio de Cristo, Hijo del Hombre e Hijo de Dios; el AT muestra, en efecto, que Señor (Adonay Kyrios) no es sólo un nombre regio, sino un nombre divino.» [León-Dufour X. Vocabulario de Teología Bíblica. Editorial Herder, p. 846]

Cuando los arrianos (que negaban la divinidad de Cristo) casi llegaron a imponerse en la Iglesia, lo que representó un muro infranqueable para ellos fue la Tradición apostólica. En cada lugar del orbe, donde había llegado el evangelio, Jesús era adorado como el Kyrios, el Adonay, el Señor del universo, aun cuando no existían todavía definiciones dogmáticas o confesiones de fe universalmente establecidas. Curiosamente los arrianos reclamaban algo así como la sola scriptura para apoyar sus enseñanzas, negaban la Tradición y pretendían utilizar solo la Biblia para definir el dogma; de la misma manera actuaban los sabelianos (que negaban la Trinidad), ellos se opusieron a los dogmas trinitarios porque no se utilizaban palabras bíblicas para definirlos. Por ejemplo, la Biblia nos dice que Jesús afirmó “el Padre es mayor que yo”, y de esto se aferraban los arrianos para negar la plena divinidad de Cristo, sin embargo la Tradición enseñaba que esa afirmación se correspondía con el Hijo-Hombre y no con el Hijo-Dios, por lo cual en la liturgia a Jesús se le adoraba en igualdad con el Padre. Debemos recordar aquí que la doctrina cristiana existió antes que la Escritura cristiana, pues primero existió la enseñanza apostólica oral y luego se escribieron los evangelios y escritos del NT:

«¿Es que no es sola scriptura el fundamento de la verdad cristiana? ¿No sería, pues, más exacto hablar de la Escritura como de la fuente de la verdad cristiana en lugar de una fuente de la verdad cristiana? Por muy grande que sea, sin embargo, nuestra simpatía hacia el concepto de sola scriptura como principio dogmático, ese cambio del artículo (la por una) falsificaría claramente los hechos que tratamos y además oscurecería el propósito fundamental de esta parte de nuestro estudio. Falsificaría los hechos porque el nacimiento de la Escritura y la evolución doctrinal no fueron etapas sucesivas de la historia cristiana. En el período histórico más primitivo, los dos procesos fueron simultáneos. La Escritura, en el sentido que hoy tiene la palabra, no pudo ser la fuente de la más antigua evolución de la doctrina cristiana por la simple razón de que, al no existir en su forma actual, no pudo desempeñar ese papel.» [WILES, M. Del Evangelio al Dogma, Evolución doctrinal de la Iglesia antigua. Ediciones Cristiandad, p. 45]

Ya hemos tratado este tema en el artículo anterior “¿Es la Trinidad un  invento católico?” el cual les invito a leer. Si bien fueron necesarios años de discusiones teológicas y dos concilios: el de Nicea (325 d.C.) y el de Constantinopla (381 d.C.) para definir o establecer universalmente el dogma de la divinidad de Cristo, y por consiguiente el de la Trinidad, lo cierto es que la Tradición demostraba que en los cultos cristianos tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo habían sido adorados desde el comienzo. Contrariamente a lo que enseñan los anti-trinitarios, los Concilios no inventaron ninguna doctrina (y mucho menos Constantino). Lo único que hicieron estos concilios fue unificar el vocabulario, poner por escrito la Tradición apostólica que venía siendo trasmitida ininterrumpidamente desde los orígenes de la Iglesia.

Términos como Trinidadousía (en griego: esencia o sustancia), hypóstasis (en griego: persona), homoousios (en griego: de la misma sustancia o consustancial) no son palabras bíblicas, pero la Iglesia debió recurrir a ellas para responder a las herejías. Bien lo expresa san Hilario de Poitiers

«Los errores de los herejes y blasfemos nos obligan a ocuparnos de materias prohibidas, a escalar cumbres peligrosas, a pronunciar palabras indecibles y a entrar sin permiso en terrenos prohibidos. La fe debe cumplir en silencio los mandamientos, adorar al Padre, venerar al Hijo con el Padre y en el Espíritu, pero tenemos que agotar los pobres recursos de nuestro lenguaje para dar expresión a pensamientos demasiado sublimes para palabras humanas. El error de los demás nos obliga a equivocarnos cuando nos atrevemos a encarnar en términos humanos unas verdades que debieran quedar escondidas en el corazón que venera en silencio»  [HILARIO, De Trinitate, II, 2]

Leamos lo que dice Maurice Wiles en su libro Del Evangelio al Dogma:

«De esta forma, con frecuencia fueron los herejes quienes determinaron las líneas generales por las que habría de discurrir la evolución doctrinal; fueron ellos los que eligieron el terreno en el que se entablarían las batallas doctrinales, y no sólo el terreno, sino las mismas armas que habrían de emplearse. La afirmación de que el Hijo era «de la misma sustancia» que el Padre fue para generaciones de cristianos una gloriosa exclamación de fe cuando cantaban el credo en los momentos más solemnes de la liturgia de la Iglesia. Y, sin embargo, no fue éste el motivo por el que la expresión entró a formar parte del vocabulario de la doctrina cristiana; se la admitió con cierto pesar por ser el único medio disponible de excluir el arrianismo. Han sido, pues, los arrianos, dice Atanasio, los responsables de que la Iglesia emplease un término no escriturístico, es decir, la palabra griega homoousios introducida en el Símbolo de Nicea y traducida familiarmente por la expresión «de la misma sustancia que» [WILES, M. Del Evangelio al Dogma, Evolución doctrinal de la Iglesia antigua. Ediciones Cristiandad, p. 38-39]

Utilizar palabras no bíblicas para describir un dogma bíblico no es algo antibíblico, simplemente nos vemos forzados a utilizar la pobreza del lenguaje humano para tratar de describir la indescriptible grandeza divina; así lo entendió la Iglesia primitiva cuando se vio forzada, por el ataque de los herejes, a definir por escrito los dogmas que hasta entonces eran orales.

Si hoy reuniéramos a una docena de evangélicos y les preguntásemos qué creen o cómo definen la doctrina de la Trinidad, probablemente tendríamos tantas respuestas distintas, y algunas tan disparatadas, que nos harían replantear qué tipo de enseñanza se brinda al respecto en nuestras iglesias.

Expongo a continuación algunos puntos que pueden aclarar los conceptos sobre el dogma de la Trinidad, espero ayuden a reafirmar, o a corregir, algunas creencias actuales:

  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres seres, son un solo ser, un solo Dios, tres Personas.
  • Tres Personas no significan tres individuos completamente distintos e independientes como si fuesen tres personas humanas, pero sí la distinción dentro de la unidad de Dios.
  • Dios es uno, y el hablar de tres Personas divinas no atenta contra la unidad, pues las tres Personas divinas son el mismo y único Dios.
  • Las tres Personas divinas no se distinguen en grados de poder, esencia, naturaleza o cualquier otro atributo divino, pero sí hay una distinción en algunas de las operaciones que cada una de ellas realiza en perfecta comunión y armonía. El Padre envía al Hijo, el Hijo viene a dar testimonio del Padre, el Hijo es hecho carne y crucificado, ni el Padre ni el Espíritu son crucificados sino el Hijo, el Hijo envía al Espíritu, el Hijo asciende a la diestra del Padre, el Espíritu da testimonio del Hijo hasta que el Hijo regrese nuevamente y todas las cosas sean sometidas definitivamente al Padre.
  • Cada Persona de la Trinidad posee conciencia de ser, voluntad y capacidad de acción, pero es imposible que exista conflicto de voluntades, de celos, o de acciones entre ellas, puesto que no son una asociación de dioses o de seres, sino un solo Dios.
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres manifestaciones de Dios, son tres Personas divinas que se manifiestan de distintas formas.
  • El Padre es inengendrado, el Hijo es engendrado, el Espíritu es procedente.
  • Cuando se dice que el Hijo es engendrado, se dice que es engendrado desde la eternidad o eternamente engendrado, es decir, no hubo un tiempo en que no fue Hijo, o un tiempo en que el Padre no fue Padre. El Hijo no fue engendrado en un momento determinado, sino que lo fue desde la eternidad.
  • El Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo mayor que el Espíritu. Los tres son iguales en todos los atributos divinos y señorío. No hay una subordinación basada en el mayor poder de alguna de las tres Personas, todas las relaciones y operaciones están fundamentadas y ejecutadas en el amor.
  • El Hijo no es la más grande y bella de las criaturas, por la simple razón de que no es una criatura, es creador al igual que el Padre y el Espíritu. El Espíritu tampoco es una criatura, es Dios co-creador junto con el Padre y el Hijo.
  • Dios no tiene cuerpo, pues un cuerpo debe ser contenido por un espacio mayor que él, y puesto que no hay nada mayor o externo, o que contenga a Dios, no se le puede atribuir cuerpo alguno a Dios. Pero el Hijo se hizo carne y tiene hoy un cuerpo glorificado como primicia de la resurrección.
  • El Hijo es la única Persona de la Trinidad que tiene dos naturalezas: una divina y una humana.
  • Dios es un ser simple, no es un ser compuesto, no está compuesto por tres partes que se pueden separar. Las tres personas son un solo ser, inseparables entre sí, aunque bien distinguibles entre ellas. Un solo Dios, no tres dioses; un solo ser, no tres seres; una sola esencia que no se manifiesta en tres modos, sino tres Personas que sin mezcla ni confusión son absolutamente un solo Dios, aunque cada una de ellas posea conciencia, voluntad y capacidad de acción.
  • No es correcto comparar la Trinidad con el agua que puede presentarse en tres modos distintos: líquido, sólido y gaseoso; pues el mismo agua no puede estar en las tres formas al mismo tiempo, ni Dios se manifiesta unas veces como Hijo, u otras veces como Padre; puesto que las tres Personas no son meras manifestaciones, sino que las tres Personas son al mismo tiempo, e inmutablemente, Dios. 
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son dignos de adoración en igual grado.

Algunos textos patrísticos sobre la Trinidad:

«El Hijo procede de aquel Padre que tiene el ser, es unigénito que procede del inengendrado, descendencia del Padre, viviente del viviente. Como el Padre tiene la vida en sí mismo, también se le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo. Perfecto que procede del perfecto, porque es todo entero de aquel que es todo entero. No hay división o separación, porque cada uno está en el otro y en el Hijo habita la plenitud de la divinidad. Es el incomprensible que procede del incomprensible; nadie les conoce, sino ellos entre sí. Es el invisible que procede del invisible, porque es la imagen del Dios invisible (Col 1,15) y porque el que ve al Hijo, ve también al Padre (Gn 14,9). Uno procede del otro, porque son Padre e Hijo. Pero la naturaleza de la divinidad no es distinta en uno y otro, porque los dos son una misma cosa: Dios que procede de Dios. El Dios unigénito del único Dios inengendrado. No son dos dioses, sino uno que procede de uno. No dos inengendrados, porque el que ha nacido procede del que no ha nacido. En nada se diferencian el uno del otro, porque la vida del viviente está en el que vive.» [S. HILARlO DE POITIERS, La Trinidad, 2,11. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia BAC]

“En la divinidad, solamente el Padre es propiamente padre y el Hijo propiamente hijo; y es respecto a ellos de quienes es firme la afirmación de Padre siempre padre y de Hijo siempre hijo. Y así como el padre jamás podrá ser hijo, de la misma forma el Hijo jamás podrá llegar a ser padre. Y lo mismo que el Padre no cesará de ser sólo Padre, jamás el Hijo dejará de ser solamente hijo. Es, pues, una locura concebir, e incluso decir, un hermano para el Hijo; y, para el Padre, el nombre de abuelo. Porque en las Escrituras el Espíritu no es llamado ni Hijo, para que no se le creyese hermano del Hijo, ni hijo del Hijo; y para que, por otra parte, no se pueda decir que el Padre es su abuelo; sino que el Hijo se dice Hijo del Padre, y el Espíritu, Espíritu del Padre; y, de esta manera, una es la divinidad de la misma Trinidad y una la fe. Por la misma razón, igualmente es locura decir que el Espíritu es una criatura. Pues, si fuera una criatura, no sería contado en la Trinidad. Basta saber que el Espíritu ni es criatura ni es contado entre las obras de Dios. En efecto, nada extraño se cuenta en la Trinidad; ella es indivisa y semejante a sí misma. Esto basta a los fieles”  [S. ATANASIO, Cartas a Serapión, 1,16-17]

“Sin embargo, vemos además la tradición, la doctrina y la fe de la Iglesia católica desde su origen; fe que el Señor le ha dado, que los Apóstoles han anunciado y que los Padres han guardado. Es sobre ella, en efecto, sobre la que ha sido fundada la Iglesia; y quien se aparta de ella no puede ser ni llamarse cristiano. Hay, pues, una Trinidad santa y perfecta, reconocida como Dios en el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo; ella no encierra nada de extraño, nada que le sea agregado desde el exterior; no se compone de creador y criatura, sino que es toda ella poder creador y productor; ella es semejante a sí misma, indivisible por naturaleza y única en su eficacia. Efectivamente, el Padre hace todas las cosas por el Verbo en el Espíritu, y es así como la unidad de la Santa Trinidad se salvaguarda, de manera que, en la Iglesia, es anunciado un solo Dios que está sobre todos y obra por todos y en todos (Ef 4,6). Sobre todos, como Padre, como principio y fuente; por todos, por el Verbo; en todos, en el Espíritu Santo”.  [S. ATANASIO, Cartas a Serapión, 1,28. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. BAC]

“Porque no es fácil encontrar un nombre que pueda convenir a tanta grandeza, por el que se denomine de manera adecuada a esta Trinidad, sino diciendo que es un solo Dios, de quien, por quien y en quien son todas las cosas. Así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son, cada uno de ellos, Dios y los tres un solo Dios; asimismo, cada uno de ellos es una esencia completa, y los tres juntos una sola esencia. El Padre no es Hijo ni Espíritu Santo; el Hijo no es Padre ni Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es Padre ni Hijo: el Padre es sólo Padre, el Hijo únicamente Hijo y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Los tres tienen la misma eternidad, la misma inmutabilidad, la misma majestad, el mismo poder. El Padre es la unidad, el Hijo es la igualdad, el Espíritu Santo la armonía de la unidad y la igualdad; estas tres cosas son todas una por el Padre, iguales por el Hijo y armónicas por el Espíritu Santo” [S. AGUSTÍN, Sobre la Doctrina Cristiana, 1,5,5]

«Porque es necesario que tengáis estas verdades clavadas en vuestra mente, para no ser juguete de los engaños diabólicos, antes bien, en caso de que los hijos de Arrio (los que niegan la divinidad de Cristo) quieran poneros la zancadilla, vosotros sepáis con toda claridad que debéis taparos los oídos para todo cuanto ellos os digan y a la vez responderles con toda libertad mostrándoles que el Hijo es igual al Padre según la substancia. Él mismo, efectivamente, es quien ha dicho: Igual que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere, y en todo está mostrando que tiene el mismo poder que el Padre. Y si desde otro lado Sabelio  (que negaba la Trinidad) quiere corromper las sanas creencias, amuralla también contra él tus oídos, querido, y enséñale que la substancia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una, ciertamente, pero que las personas son tres. En efecto, ni el Padre podría ser llamado Hijo, ni el Hijo Padre, ni el Espíritu Santo otra cosa que esto mismo, y sin embargo, cada uno, permaneciendo en su propia persona, posee el mismo poder. 23. Porque es necesario que en vuestra mente se clave lo siguiente: que el Espíritu Santo es de la misma dignidad, como Cristo decía también a sus discípulos: Id, haced discípulos de todas las naciones, y bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo1 24. ¿Ves qué cabal profesión de fe? ¿Ves qué doctrina, sin ambigüedad alguna? Que nadie te turbe en adelante introduciendo en los dogmas de la Iglesia averiguaciones de sus propios razonamientos y queriendo enturbiar las rectas y sanas creencias. Rehúye más bien la compañía de tales gentes, como el veneno de las drogas. Efectivamente, peores que éste son aquellos, pues el veneno detiene su daño en el cuerpo, y en cambio aquellos echan a perder la misma salvación del alma. Por eso ya de entrada y desde el principio conviene que rehuyáis las conversaciones de esa índole con ellos, sobre todo hasta que, andando el tiempo y bien equipados ya con armas espirituales, cuales son los testimonios sacados de la divina Escritura, podáis vosotros amordazar su lengua desvergonzada.”    [Juan Crisóstomo. Las Catequesis Bautismales. Ed. Ciudad Nueva. Quinta Catequesis 20-24]

«Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible; y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, luz de luz. Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho; por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó  del cielo, por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Por nuestra causa fue crucificado bajo Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre; de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados y esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amen.» [Credo del Concilio de Constantinopla, del año 381, versión griega]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022

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