El Gran Despertar (1726-1750) – El Gran Avivamiento del Siglo 18

La América Colonial estaba en declive espiritual y moral. Los desafíos de vida de la frontera y las variadas guerras desanimaron a muchos, y la escasez de iglesias y ministros dejó a muchos sin acogida espiritual. Muchas de las iglesias se habían degenerado hasta el punto de ser solamente instituciones religiosas, sin poder para traer un cambio tan vital.

JONATHAN EDWARDS

Jonathan Edwards, pastor de la Iglesia Congregacional en Northampton, Massachusetts, expresó su preocupación por el “fallecimiento espiritual que había en toda aquella tierra” y se dispuso a buscar a Dios para que hubiera un “resurgimiento de la religión” Otros también comenzaron a buscar a Dios diligentemente y, en 1726, un despertar espiritual surgió en varias regiones a lo largo de la Costa Este. Una de las comunidades donde el Espíritu Santo derramó mucho poder fue en Northampton, Massachusetts. De hecho, un sentido de la presencia divina penetró a toda la comunidad. Edwards registra que, durante la primavera y el verano de 1735, “la ciudad parecía estar llena de la presencia de Dios”. El Espíritu estaba trabajando poderosamente “hasta que apenas se podría encontrar a alguien en la ciudad, fuera viejo o jóven, que no estuviera consciente de las grandes realidades del mundo eterno” Jonathan Edwards. [“A Narrative of Surprising Conversions”. Jonathan Edwards on revival. Carlisle, PA: Banner of Truth, 1984, p. 13].

Sin ningún tipo de planificación de enfoque evangélico, “las almas vinieron a Jesucristo de la misma manera que los rebaños”. La iglesia de Edwards se llenó súbitamente con aquellos que experimentaban el fruto del nuevo nacimiento.

“Nuestras asambleas públicas eran bellas en aquella época: la congregación estaba viva en el culto a Dios, todo intento era dirigido a la alabanza pública, todo oyente estaba ávido para beber de las palabras del ministro tan pronto como salían de su boca; la mayoría de los presentes lloraba varias veces mientras la palabra era predicada; algunos lloraban de tristeza y angustia, otros de alegría y amor, otros de compasión y preocupación por las almas de sus vecinos”     [Ibid., p. 14]

Personas de otras comunidades, generalmente se burlaban cuando oían hablar de lo que ocurría en Northampton. Sin embargo, inmediatamente después de entrar en la comunidad, su escepticismo era disipado de forma inevitable por la presencia irresistible de Dios. Cuando los convertidos volvían a sus lugares de origen, cargaban el espíritu del avivamiento con ellos, y así el despertar se esparció.

Fue durante estos días que Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en las manos de un Dios airado”. El arrepentimiento por los pecados tomó a las personas aquel domingo de manera tan poderosa, que los clamores por misericordia encubrieron la voz de Edwards. El infierno se hizo tan real para aquella congregación que algunos se agarraban a los bancos mientras otros se abrazaban a los pilares como para no ser consumidos por las llamas infernales. Ola Winslow, biógrafo de Edwards, escribe que él hizo el infierno “tan real como para ser posible encontrarlo en el atlas” [William Sweet. Revivalism in America. Nova York: Abingdon, 1944, p. 30].

El poder que acompañaba las predicaciones de Edwards no era sólo el resultado de sus temas. El predicar sobre los terrores del infierno no era el único tema de sus mensajes. Él era, en realidad, un sujeto sensible que podría derretirse en lágrimas mientras contemplaba el amor y la misericordia de Dios. Su poder no era fruto de sus habilidades oratorias, pues Edwards generalmente leía sus sermones. El poder de su predicación emanaba de su vida de oración. Él podría pasar días y semanas enteras en oración, y no era raro para él pasar 18 horas orando para predicar sólo un sermón. El resultado fue un avivamiento que no sólo transformó el carácter de su comunidad, sino el de toda la nación.

GEORGE WHITEFIELD

George Whitefield (1714-1770), amigo de los hermanos Wesley, fue un talentoso predicador y comunicador poderoso. Aunque era parte del clero de la iglesia anglicana, no estaba totalmente sujeto a su denominación. En 1739, desembarcó en las colonias inglesas de América y visitó cada rincón de todas las colonias de la Costa Atlántica. Dondequiera que fuese, los comerciantes cerraban sus puertas, los granjeros dejaban su arado, y los trabajadores abandonaban sus herramientas para correr y llegar hasta el lugar donde iba a predicar. En una época en que la población de Boston era estimada en 25 mil personas, Whitefield predicaba a 30 mil en la Boston Commom. Señales y maravillas acompañaban las predicaciones de Whitefield. El poder de Dios se movía espontáneamente por todas las congregaciones cuando hablaba. Otras manifestaciones del Espíritu vendrían a seguir su mensaje. En una ocasión, después de predicar a una gran multitud que estaba fuera de la iglesia, Whitefield la examinó y obtuvo una respuesta impresionante:

A dondequiera que yo mirase, la mayoría estaba inmersa en lágrimas. Algunos estaban abismados, pálidos como la muerte, otros contorsionando las manos, otros caídos en el suelo, otros enterrados en los brazos de sus amigos, y la mayoría mirando al cielo y clamando a Dios[George Whitefield. George Whitefields journals. London: The Banner of Truth Trust, 1965, p. 425].

Benjamin Franklin era amigo cercano de Whitefield. Su testimonio de cuán grande era el poder del avivamiento es sobre todo importante, ya que él no era un cristiano profeso. Él recuerda:

“En 1739 desembarcó entre nosotros el Reverendo Whitefield, que se hizo notable allí como un predicador itinerante. Al principio le fue permitido predicar en algunas de nuestras iglesias, pero el clero empezó a disgustarse con él y ya no le concedía los púlpitos, y él comenzó a predicar en los campos. Grandes eran las multitudes de varios grupos y denominaciones que oían sus sermones, y era motivo de especulación para mí, que era uno de ellos, observar la influencia extraordinaria de su oratoria en sus oyentes. Desde un punto de vista negligente o indiferente sobre religión, parecía que todo el mundo se estaba volviendo religioso, tanto que nadie podía caminar por la ciudad al anochecer sin oír el cántico de salmos en diferentes familias de toda calle.”[Lovejoy. Religious enthusiasm and the great awakening, p. 35.]

Muchas manifestaciones del Gran Despertar serían familiares para los pentecostales y carismáticos modernos. “Caer en el poder”, por ejemplo, no era inusual. Edwards se refiere a ese fenómeno como ‘desmayo’, y describe un culto como estando “lleno de gritos, desmayos y cosas parecidas”. Algunos eran tan afectados y “sus cuerpos tan dominados, que no pudieron ir a casa, y se vieron obligados a quedarse toda la noche donde estaban”. [Jonathan Edwards. “Revival of religion in Northampton in 1740-1742”. Jonathan Edwards on revival. Carlisle, PA: Banner of Truth, 1984, p. 150].

En una ocasión, Edwards regresó a casa para ver la ciudad “en circunstancias extraordinarias” y relató: “[…] en algunos aspectos, nunca la había visto antes. Él recuerda:

“Había ocasiones en que las personas entraban en una especie de trance, manteniéndose muchas veces 24h sin movimiento y con sus sentidos limitados; pero durante ese tiempo ellos se mantenían bajo intensas imaginaciones, como si hubieran ido al cielo y allá hubiesen tenido visiones de cosas gloriosas y encantadoras” [Ibid., p. 154]

Aunque haya recibido y defendido demostraciones externas, como los gritos, los gemidos y las caídas en el poder, Edwards fue incapaz de aceptar la validez de dones espirituales relativos a profecías, lenguas y milagros. Como calvinista convencido, creía que esos “dones extraordinarios” habían cesado con la iglesia apostólica. A partir de esa perspectiva, él habla de un hombre que quedó “engañado”, pensando que el avivamiento era “el comienzo de un tiempo glorioso para la iglesia, tal como está en las Escrituras” y que “muchos en este tiempo estarían dotados con ‘dones extraordinarios’ del Espíritu Santo” [Edwards. “A narrative of surprising conversions”, p.71]. De acuerdo con Edwards, el hombre estaba convencido de esa ilusión, lamentando su error y la deshonra que había traído a Dios. Edwards entonces dice que “El Espíritu de Dios, poco tiempo después, parecía estar retirándose evidentemente de todos los lugares del país”. Edwards interpretó que el Espíritu se había entristecido con la “ilusión” que había ocurrido. Es más probable que el Espíritu estuviera triste con el rechazo a su presencia y a sus dones. Esto parece indicar que había, a veces, manifestaciones de dones carismáticos. Un opositor del avivamiento registró la descripción de un encuentro local. La referencia a las manifestaciones extáticas podría incluir el hablar en lenguas:

“Estos encuentros continuaban hasta las 10, 11, 12 de la noche; en medio de ellos, 10, 20, 30 y a veces muchos más empezarían a gritar o llorar, o expresar gemidos de lamentación, mientras que otros exhibían grandes manifestaciones de alegría, batiendo palmas, emitiendo expresiones extáticas, cantando salmos, invitando y exhortando a otros.” [Lovejoy. Religious enthusiasm and the great awakening, p. 77.]

El avivamiento tuvo implicaciones de largo alcance. Algunos relatos de Nueva Inglaterra mostraban de 30 a 50 mil convertidos y 150 nuevas iglesias. Además, el avivamiento cambió el clima moral de la América Colonial, y generó grandes trabajos misioneros y otros emprendimientos humanitarios. Universidades, como las de Princeton, Columbia y Hampden-Sydney, fueron fundadas para preparar misioneros para las nuevas congregaciones. El avivamiento también contribuyó al sentimiento creciente de independencia política entre los colonos. William Perry, profesor de Harvard, escribe que “la Declaración de Independencia de 1776 fue el resultado de la predicación de los evangelistas del Gran Despertar” [Lawrence LaCour. Lecture on “Ministry of evangelism”. Oral Roberts University, Fall 1989].

Es necesario aclarar que el Gran Despertar ha tenido muchas características de un avivamiento carismático. Aunque Edwards tenía serias reservas sobre la vigencia de los dones del Espíritu, no todos los segmentos del avivamiento compartían esa reticencia.

Autor: Eddie L. Hyatt –  Una mirada del siglo veintiuno a la Historia de la Iglesia, a partir de una perspectiva carismática – Traducido al español por Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos.

¿Te interesa más sobre este AVIVAMIENTO? Puedes leer más en la siguiente entrada: https://diariosdeavivamientos.wordpress.com/2018/01/30/jonathan-edwards-cuando-la-teologia-se-une-con-el-fuego-historia-del-avivamiento/

 

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¿Orar o Murmurar? Esa es la cuestión.

Moisés extendió su mano sobre el mar,  las aguas se dividieron y el pueblo de Dios cruzó en seco. Moisés extendió nuevamente su mano sobre el mar y las aguas se juntaron tragándose al enemigo. Este extraordinario relato lo podemos leer en el capítulo 14 de Éxodo, y en el capítulo siguiente se nos narra el mega concierto que organizaron para celebrar esa victoria:

Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron:  Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.  Jehová es mi fortaleza y mi cántico,  Y ha sido mi salvación.  Este es mi Dios, y lo alabaré;  Dios de mi padre, y lo enalteceré.  Jehová es varón de guerra;  Jehová es su nombre. Echó en el mar los carros de Faraón…  [Éxodo 15:1-4]

Y podemos imaginarnos como si allí estuviesen los directores de alabanza animando al pueblo: ¡que salgan las panderetistas y las danzoras!, que sin coreografía no hay fiesta:

Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas.  Y María les respondía:  Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.   [Éxodo 15:20-21]

Lo más sorprendente del relato es que inmediatamente después de ese mega concierto, cuyo lema bien podría haber sido: “Hasta hoy fuimos una generación de esclavos, pero a partir de ahora seremos una generación de campeones”;  cuando el eco de las panderetas no se había acallado todavía, y el polvo levantado por las danzas aún no se había asentado del todo,  comienzan a suceder estas cosas:

… y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?  [Éxodo 15:22-24]

Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, y vino al desierto de Sin…  Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto;  y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.   [Éxodo 16:1-3]

Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese… Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?    [Éxo 17:1-3]

Dios había cambiado el lamento de Israel en baile, al rescatarlos de la esclavitud de Egipto, pero ahora Israel se enoja con Dios porque la orquesta se detuvo en lo mejor del baile. En realidad, Dios mandó a callar la música, porque quería escuchar las voces de su pueblo; en el silencio del desierto aquellas voces deberían subir como un coro celestial, pero sin música lo que se oyó no fue otra cosa que murmuración. Solemos decir que en el desierto aprendemos a oír la voz de Dios, es verdad, pero en el desierto también se descubre el tono de nuestra voz: oración o murmuración. 

El pueblo de Israel llega sediento a un lugar, el agua que hay allí es amarga, la dificultad ya está planteada, ahora había que resolverla. Instintivamente lo primero que intenta salir de nuestro corazón, de nuestras emociones, y de nuestro razonamiento es la acción de murmurar, hablar entre dientes, quejarnos, rezongar.  Ese instinto no es algo que le cause extrañeza al Señor, Él conoce que nuestro corazón no disciplinado siempre tiende a la queja antes que a la alabanza; así que, a ese primer impulso nuestro, Él lo comprende en su infinita paciencia. El problema es cuando al impulso natural no se le vence, y entonces la murmuración se convierte  en nuestro lenguaje habitual frente a las adversidades. No oramos, murmuramos.

Debemos analizar nuestra reacción ante cada situación adversa, y aprovechar el silencio de ese pequeño desierto,  con la “música apagada”, para escuchar cual es la voz que surge de nuestro corazón. El problema o la dificultad estará allí, seguirá estando aunque nos quejemos por horas o días. ¿Qué es lo único que puede traernos paz, una respuesta y una salida a la dificultad? La murmuración y la queja nunca cambiaron nada para mejor, nunca ganaron una batalla, nunca escribieron relatos gloriosos; pero sí arruinaron muchas vidas:

Y Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: ¿Hasta cuándo oiré esta depravada multitud que murmura contra mí, las querellas de los hijos de Israel, que de mí se quejan?  Diles: Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros.”      [Núm 14:26-28] 

Presta atención a esto: según tú hables a los oídos de Dios así hará Él. Si oras perseverantemente y sin desmayar, buscando su dirección y su auxilio, Él te responderá, 

¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?      [Lucas 18:7]

Pero si en lugar de oración, de tu corazón sale queja, murmuración y protesta, entonces te sucederá como al pueblo de Israel:

En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí. Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella… [Números 14:29-30]

Y quiero que prestes atención a otra cosa muy importante, se dice por ahí que la oración no cambia la voluntad de Dios sino que nos conforma a ella, bien, salvo en casos excepcionales esa es la regla. Pero sí hay algo que cambia la voluntad de Dios, según lo acabamos de leer en ese texto de Números: ¡la murmuración cambia la voluntad de Dios! Observen que Dios les da la sentencia por la murmuración de ellos: “En este desierto caerán vuestros cuerpos… Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra” ¿Esa era la voluntad primera de Dios? No, nunca fue la voluntad de Dios que cayesen muertos en el desierto sin alcanzar la tierra prometida; y no lo digo yo, lo dice Dios mismo en ese texto: “no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella.

La murmuración es tan destructiva para ti y tan repulsiva para Dios, que la Escritura nos muestra que puede hacer que Dios en vez de darte te quite. La oración hace que recibamos aquello que el Señor desea concedernos, la murmuración hace que perdamos aquello que Dios promete concedernos. ¿Por qué es tan grave la queja? Porque la queja le echa la culpa de las circunstancias a Dios, como si Dios se hubiese equivocado, o dormido o descuidado, y que por eso nos pasan esas cosas. Por el contrario, la oración le da gracias a Dios por su propósito en cada situación, aunque al presente no comprendamos dicho propósito.

¿Se acuerdan de Job? Después de todo lo que le aconteció, la Biblia dice: 

En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.   [Job 1:22]

Otras versiones dicen: “no le echó la culpa a Dios” La murmuración, la queja, el rezongo, no es otra cosa que afirmar que Dios no sabe lo que hace, que su obrar no tiene sentido ni propósito. Recordemos que la queja es el lenguaje de la carne, la oración es el lenguaje del espíritu. Damos gracias a Dios que Él nos conoce, sabe que el primer impulso de nuestro corazón es quejarnos, pero en su paciencia nos ejercita para que lleguemos, como nos manda el apóstol Pablo, a orar sin cesar. En un corazón que ora sin cesar ya no hay lugar para la queja, porque de una misma fuente no puede brotar agua dulce y amarga. La queja amarga nuestras palabras, la oración las torna dulces a los oídos del Padre. 

Ante cada situación que enfrentes tendrás dos opciones, ponerte a orar o ponerte a quejar. ¿Es que acaso Dios no sabía que en el desierto no había agua? ¿El Dios que abrió el mar Rojo era incapaz de guiar a su pueblo hasta un arroyo? ¿Es que Dios no sabía cuando sacó a Israel de Egipto que en el desierto no había panaderías? ¿Se le pasó por alto a Dios que en el desierto no había carnicerías? Dios lo sabe todo, no es sorprendido por la adversidad, no improvisa; el que se sorprende eres tú, y el que tiene que actuar eres tú, ¿orarás o murmurarás? Quejándote no vas a cambiar el agua amarga en dulce, la tornarás aún más amarga. Pero la oración endulza lo amargo, y tus lágrimas sinceras ante el Trono de Dios harán descender la lluvia, el maná y las codornices a su tiempo.

El problema está ahí, delante de ti, ahora bien, ¿qué vas a hacer, orar o murmurar? Esa es la cuestión.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 – De la Serie: Porqué nos cuesta tanto orar.

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Agustín contra el Cesacionismo – Capítulo II – Los dones del Espíritu

Seguramente, algunos de los que tanto admiran al gran teólogo y obispo Agustín de Hipona (porque han aprendido cuatro frases de él mediante memes)  creerían que estos textos que voy a compartir lo escribió algún “pente-loco”. Pero no, son sacados textualmente de sus libros. Y es que Agustín, además de ser una mente brillante era un hombre apasionado por la vida plena en el Espíritu [algo así como lo fue después Jonathan Edwards]. Sobra en Agustín lo que falta en mucho de sus admiradores, humildad para reconocer que Dios es capaz de sorprendernos a cada paso, aunque ello implique experiencias fuera de lo común. Por eso Agustín, aún en su madurez espiritual, sigue siendo un aprendiz insaciable y le repite a aquellos que le tienen por maestro: Porque yo quiero más aprender que enseñar [RESPUESTA A LAS OCHO PREGUNTAS DE DULCICIO. 6. BAC]

En el capítulo anterior demostré cómo Agustín sí creía en los milagros, a lo cual algunos me respondieron que “él creía en los milagros pero eso no implicaba que era continuista, pues Agustín no creía en la vigencia de los dones carismáticos“. Bien, para aquellos a quienes les gusta ir a las fuentes, les demostraré por las mismas fuentes que Agustín también creía en la vigencia y operatividad de los dones. Acompáñenme, despojados de todo prejuicio y con serenidad, en este maravilloso viaje por los escritos de Agustín de Hipona: el continuista.

En su libro Ochenta y tres cuestiones diversas, Agustín responde a la pregunta ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? Aquí explica que es Dios quien permite que en ambos casos se produzcan milagros, y que eso también sucede en el presente:

[…] cuanto el alma humana, abandonando a Dios, se llegare a complacer en sus propios honores o en su poder personal, tanto más se somete a tales potestades que gozan de su autonomía propia y codician ser honradas por los hombres como dioses. A las cuales la ley divina permite con frecuencia que a quienes se les han sometido según sus propios méritos, les concedan en la esfera de su autonomía propia incluso algo prodigioso para hacer ostentación en esas cosas en las cuales son superiores al menos en un grado ínfimo, si bien perfectísimamente jerárquico entre las potestades. Pero cuando la ley divina, como derecho público o ley general, lo manda, anula evidentemente las licencias particulares, tanto más que estas licencias particulares no existirían si no fuera por una permisión del poder divino universal. Así se explica que los santos servidores de Dios, cuando es útil tener este don, tienen dominio en virtud de la ley pública, y en cierto modo imperial, que no es otro que el de Dios soberano, sobre las potestades inferiores para hacer algunos milagros visibles. Porque en ellos quien ejerce ese dominio es el mismo Dios, de quien ellos son templo y a quien aman con el amor más ardiente, despreciando su propia autonomía personal. […] 3. En cuanto a lo que dice que los falsos profetas van a realizar muchos signos y prodigios, hasta engañar, si fuera posible, aun a los elegidos, advierte claramente que hasta los hombres perversos hacen algunos milagros que los mismos santos no pueden hacer, y sin embargo no se ha de pensar por eso que ellos están en mejor situación delante de Dios. Porque no eran más gratos a Dios que el pueblo de Israel los magos de los egipcios, porque este pueblo no era capaz de hacer lo que ellos hacían, aunque Moisés había podido obrar prodigios mayores con el poder de Dios. Sino que la razón por la cual no se dan tales poderes a todos los santos es para que los débiles no caigan en un error especialmente funesto, imaginando que en semejantes hechos hay dones mayores que en las obras de santidad, con que se consigue la vida eterna. Por esa causa el Señor prohíbe a los discípulos felicitarse de ello, cuando dice: No queráis alegraros de eso porque se os someten los espíritus, sino alegraos porque vuestros nombres están escritos en los cielos. 4. Puesto que los magos hacen tales prodigios, semejantes a los que a veces hacen los santos, ciertamente aparecen visiblemente como tales, pero son realizados con otro fin y otro principio. En verdad, los primeros los realizan buscando su propia gloria; los segundos, buscando la gloria de Dios; los primeros los hacen por medio de algunas concesiones a las potestades en sus rangos so pretexto de negocios y beneficios privados; los segundos, en cambio, por un servicio público a las órdenes de aquel a quien está sometida toda criatura. […] Por ese motivo, de una forma hacen milagros los magos, de otra los buenos cristianos, y de otra los malos cristianos: los magos en virtud de pactos particulares, los buenos cristianos por el bien común, los malos cristianos por las apariencias del bien común. […] Seguramente, lo ordena una decisión divina sin que lo sepan los hombres, sea para confundir a los malos, cuando es conveniente confundirlos, como leemos de los hijos de Sceva en los Hechos de los Apóstoles, a quienes dice el espíritu inmundo: Yo conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?; sea para recomendar a los buenos que progresen en la fe, y que utilicen tales poderes no por jactancia, sino por utilidad; sea para discernir los dones de los miembros de la Iglesia, como dice el Apóstol: ¿Hacen todos milagros?, ¿tienen todos dones de curaciones?” [San Agustín. Ochenta y tres cuestiones diversas. CUESTIÓN 79 ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? BAC]

En otro libro, Agustín compara la adivinación diabólica con la profecía, y nótese que cuando habla de la profecía lo hace en tiempo presente:

“Con esta facultad tan prodigiosa los demonios predicen muchas cosas, a pesar de que esté bien lejos de la sublimidad de la profecía de Dios, que obra por medio de sus santos ángeles y profetas. Efectivamente, cuando predicen algo sobre los designios de Dios, lo oyen para predecirlo; y cuando predicen lo que oyen de ese modo, ni engañan ni son engañados, porque los oráculos angélicos y proféticos son infalibles y veraces.” [San Agustín. La adivinación diabólica. CAPITULO VI. LA ADIVINACIÓN DIABÓLICA DISTA MUCHO DE LA SUBLIMIDAD DE LA PROFECÍA DIVINA. BAC]

En otro libro, Agustín narra como presenció un estado de éxtasis y visiones:

“Sobre el éxtasis pude oír en este estado a un hombre, y por cierto rústico, que apenas era capaz de decir lo que sentía; éste sabía que estaba despierto y que veía algo, no con los ojos del cuerpo. Usaré de sus propias palabras en cuanto pueda recordarlas. Mi alma, decía, veía aquello, no mis ojos, y, sin embargo, no sabía si aquello era cuerpo o imagen de cuerpo. No era tal que pudiera distinguir estas cosas; pero era tan sencillo en su fe, que así como le oía hablar, me parecía que yo mismo veía aquello que él narraba haber visto.”    [Del Génesis a la letra. Libro XII. 2.4]

En el mismo libro, Agustín afirma la utilidad de los éxtasis y visiones, y la necesidad de usar, entre todos los dones que Dios da, el don de discernimiento de espíritus:

“No es de extrañar que los posesos digan algunas veces verdades que no están al alcance de los sentidos de los hombres. Ignoro ciertamente con qué oculta mezcla de ambos espíritus se hace; esta mezcolanza viene a ser como un solo espíritu de poseedor y poseído. Cuando el espíritu bueno toma o arrebata en estas visiones al espíritu humano, no se ha de dudar en modo alguno que aquellas imágenes sean signos de otras cosas y que es utilísimo conocerlas, pues es un don de Dios. Sin embargo, es difícil el discernimiento cuando el espíritu del mal obra sosegadamente y, habiéndose apoderado del espíritu del hombre sin agitación alguna, dice lo que puede. Cuando dice la verdad y pronostica cosas útiles, se transforma, como está escrito, en ángel de luz a fin de que, creyéndole por aquellas cosas tan evidentemente buenas, seduzca después a obrar las suyas propias. En este caso creo que no se le puede conocer a no ser por aquel don del cual habla el Apóstol cuando trata de los diferentes dones que Dios da: y este es la discreción de espíritu     [Del Génesis a la letra. Libro XII. 13.28]

Más adelante, en el mismo libro, Agustín nos habla de visiones, éxtasis o arrobamientos, y de cómo los cristianos son usados con los dones de palabras de ciencia y profecía:

De dónde nacen las visiones “Procede del espíritu cuando, estando completamente sano y fuerte el cuerpo, los hombres son arrebatados en éxtasis, ya sea que al mismo tiempo vean los cuerpos por medio de los sentidos corporales y por el espíritu ciertas semejanzas de los cuerpos que no se distinguen de los cuerpos, o ya pierdan por completo el sentido corporal y, sin percibir por él absolutamente nada, se encuentren transportados por aquella visión espiritual en el mundo de las semejanzas de los cuerpos. Mas cuando el espíritu maligno arrebata al espíritu del hombre en estas visiones, engendra demoníacos o posesos, o falsos profetas. Si, por el contrario, obra en esto el ángel bueno, los fieles hablan ocultos misterios, y si además les comunica inteligencia, hace de ellos verdaderos profetas; o si, por algún tiempo, les manifiesta lo que conviene que ellos digan, los hace expositores y videntes.”   [Del Génesis a la letra. Libro XII. 19.41]

Por si quedaba alguna duda, Agustín afirma directamente que el Espíritu Santo sigue repartiendo dones carismáticos:

“De hecho hay dones de Dios que Él da a unos, y otros que Él da a otros, según el Apóstol, que dice que a cada uno se le da la manifestación particular del Espíritu para utilidad común: A uno, por ejemplo, mediante el Espíritu se le dan palabras acertadas; a otro, palabras sabias, conforme al mismo Espíritu; a un tercero, fe, por obra del mismo Espíritu; a otro, por obra del único Espíritu, dones para curar; a otro, realizar milagros; a otro, el don de profecía; a otro, discernir espíritus; a aquél, hablar diversas lenguas; a otro, interpretarlas. Pero todo esto lo activa el mismo y único Espíritu, que lo reparte todo, dando a cada uno en particular lo que a Él le parece. De entre todos estos dones espirituales, que el Apóstol ha recordado, el que haya recibido el discernimiento de espíritus, ése es el que sabe estas cosas, de que hablamos, como es necesario saberlas.”  [LA PIEDAD CON LOS DIFUNTOS, AL OBISPO PAULINO. XVI. 20. BAC]

Ahora, Agustín nos afirma con un testimonio que hay personas que tienen el don de profecía.

“Debemos creer que tal fue aquel famoso monje Juan, a quien el emperador Teodosio el Grande consultó sobre el éxito de la guerra civil, porque tenía realmente el don de profecía. Ni puedo poner en duda de que a cada uno pueda distribuirse la totalidad de los dones, como tampoco que uno solo pueda tener muchos. Pues este monje Juan, cuando una mujer religiosísima deseaba impacientemente verlo, y se lo pedía con la mayor insistencia por medio de su marido, como él no quería, porque nunca lo había permitido a las mujeres, le contesta: Vete y di a tu mujer que me verá la noche próxima, pero en sueños. Y así sucedió, y la amonestó cuanto convenía amonestar a una esposa fiel. Cuando ella despertó, indicó a su marido que ella había visto a aquel hombre de Dios, como él lo había conocido, y lo que había oído de él. Esto me lo refirió un varón grave y noble que lo recogió de ellos mismos, y es dignísimo de ser creído. Pero si yo mismo hubiese visto a aquel santo monje, que, como se dice, se dejaba interrogar pacientísimamente, y respondía con la mayor sabiduría, yo le habría preguntado algo que se refiere a esta cuestión que nos ocupa: si él mismo vino en sueños a aquella mujer, esto es, si fue su espíritu en la figura de su cuerpo, como nosotros soñamos en la figura de nuestro cuerpo, o si la visión ocurrió mientras él estaba haciendo otra cosa, o cuando dormía, soñando algo distinto, sea por medio del ángel, sea de cualquier otro modo, y predijo que iba a suceder aquello, como él lo prometía, revelándoselo el Espíritu. Porque, si él  mismo intervino en lo que soñaba, eso lo pudo hacer por una gracia extraordinaria, no por la naturaleza, y por un don de Dios, no por su propio poder. En cambio, si, cuando él estaba haciendo otra cosa, o durmiendo y ocupado en otras visiones, la mujer lo vio en sueños, entonces sucedió tal cual es aquello que leemos en los Hechos de los Apóstoles, cuando el Señor Jesús habla a Ananías de Saulo, y le indica que Saulo ha visto a Ananías, que venía a él, cuando esto el mismo Ananías no lo sabía. […] Finalmente, yo le pediría al mismo Juan si las apariciones se hacen a veces por medio de la presencia personal de los mártires, y otras veces por medio del ministerio de los ángeles, y, si pueden, y con qué signos pueden ser distinguidas estas dos cosas por nosotros, o bien si no es capaz de percibirlas y reconocerlas sino quien tiene aquel don por el Espíritu de Dios, que reparte a cada uno los favores particulares como Él quiere.”    [ San Agustín. AL OBISPO PAULINO. XVII. 21. BAC]

Y por último, un caso más de profecía relatado por el propio Agustín como suceso verídico, en otro de sus libros:

“Lo que voy a decir lo han oído algunos que quizás lo conocieron, y hasta están entre el auditorio, los cuales estuvieron también allí presentes. Sucedió hace pocos años en Constantinopla, siendo Arcadio emperador. Queriendo Dios atemorizar a la ciudad y enmendarla por el temor, convertirla, purificarla y cambiarla, reveló a un fiel siervo suyo, que, según dicen, era un soldado; y le dijo que iba a destruir la ciudad con fuego bajado del cielo, y le amonestó que se lo dijese al obispo. Él se lo dijo; el obispo no lo menospreció y lo comunicó al pueblo. La ciudad se convirtió a penitencia, como en otro tiempo la antigua Nínive. Para que el pueblo no creyese que el que lo había anunciado era un iluso o un falsario, llegó el día que había amenazado, todos pendientes y esperando con gran temor el resultado; al anochecer, cuando ya el firmamento estaba oscuro, apareció una nube de fuego por el oriente, pequeña al principio; después, poco a poco, según se iba acercando sobre la ciudad, crecía de tal manera que el fuego amenazaba de un modo terrible a la ciudad entera. Parecía que una llama horrible estaba suspendida sin que faltase el olor a azufre. Todos se refugiaban en los templos, y los lugares sagrados no podían acoger a las muchedumbres; cada cual exigía el bautismo de quien podía. No sólo en las iglesias; también por las casas, por las calles y plazas pedían el sacramento de la salvación, para evitar la ira no sólo presente, sino también futura. Después de aquella gran tribulación, en la que Dios confirmó la veracidad de sus palabras y de la revelación de su siervo, la nube, lo mismo que había crecido, comenzó a decrecer hasta disiparse poco a poco.”     [La Devastación de Roma. VI. 7. BAC]

Bien, espero que los admiradores de Agustín hayan disfrutado de estos textos y les haya servido para conocerlo más; pues no se puede tomar una doctrina de alguien e ignorar el resto de su pensamiento y creencia. Agustín supo combinar la teología con los sucesos sobrenaturales, sueños, visiones, revelaciones, éxtasis, dones, milagros, etc. Todos sus libros respiran ese anhelo, esa pasión por conocer y experimentar más y más las cosas del Espíritu; Agustín nunca separó la doctrina de la experiencia, para él ambas cosas son fundamentales y no contradictorias en la vida del cristiano, y en la vida plena de la Iglesia.

Artículo, y recopilación de textos de Agustín de Hipona, de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 

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¿Creía san Agustín en el Purgatorio? – Patrística

Una de las corrientes de pensamiento (o perspectiva doctrinal) que se advierte en el estudio de la Patrística, es la que encuentra representada por Tertuliano, para quien el bautismo era el comienzo de la vida cristiana y el final de la vida de pecado, y esto en el sentido más estricto. En el bautismo se lavaban todos los pecados, pero después ya no había posibilidad de perdón (por eso Tertuliano recomendaba bautizarse a una edad adulta, y más tarde otros, como el mismo Constantino, postergaban el bautismo hasta el final de la vida, para evitar el riesgo de pecar después de bautizado). En dos escritos post-apostólicos de gran influencia en la Iglesia primitiva,  el Pastor de Hermas y la llamada Segunda epístola de Clemente (ambos de mediados del S. II), se tocaba este asunto afirmando que después del bautismo solo quedaba una oportunidad más de arrepentimiento y penitencia para los pecados graves, tras lo cual el cristiano ya no sería perdonado de sus pecados y caería en la apostasía. 

“Sin embargo, tal penitencia irrepetible acarreaba varias dificultades. La principal era que dejaba al pecador carente del consuelo y del ministerio de la iglesia durante el largo tiempo entre el pecado y su confesión publica. Ademas, puesto que era un acto de tal solemnidad que no podía repetirse, se le limitaba a los pecados mas graves, y por tanto no ofrecía consuelo alguno a los innumerables cristianos cuya experiencia cotidiana era que, aun después del bautismo, continuaban cometiendo lo que parecían ser pecados menores.”    [González, J. L. Retorno al Pensamiento Cristiano, p. 150]

Para estos pecados que el cristiano cometía después del bautismo se fue desarrollando gradualmente el sistema de “penitencia” con la cual el cristiano podía satisfacer la culpa por sus pecados.

“[…] siempre se hizo una distinción entre el perdón que se recibía en el bautismo, y el de la penitencia. Mientras el primero era dado gratuitamente, el segundo requería que los pecadores ofrecieran satisfacción por sus pecados. […] Pero, una vez que la cuestión del perdón de los pecados se plantea de ese modo, hay otras dificultades. La primera es que hay quienes mueren sin haber tenido oportunidad de ofrecer satisfacción por todos sus pecados. No se trata de pecadores impenitentes, sino que son más bien personas que, a pesar de tener la intencion de cumplir sus obras de satisfacción, mueren sin haberlo hecho. La doctrina del purgatorio se desarrolló en parte como respuesta a esa dificultad.” [González, J. L. Retorno al Pensamiento Cristiano, p. 152]

San Agustín fue influenciado por esta corriente de interpretación teológico legal: pecado = deuda con Dios ⇒ necesidad de satisfacción ⇒ bautismo = perdón por la Gracia de Cristo ⇒ pecados post-bautismo = necesidad de satisfacción ⇒ penitencia = satisfacción de la pena.

Veamos ahora como san Agustín  terminó creyendo en la necesidad de satisfacción post-muerte, para aquellos que habiendo sido cristianos no vivieron en santidad total.  De esta manera era coherente con su postura de la predestinación individual, y a la vez ponía fundamento (queriéndolo o no) para el desarrollo posterior de la doctrina del Purgatorio:

“Quien cultivare este campo interior del alma y consiguiere, aunque con trabajo, su pan, puede soportar este trabajo hasta el fin de la vida; mas después de esta vida no se verá en la precisión de sufrirlo. En cambio, quien no cultivare el campo y permitiere que las espinas le ahoguen, tendrá en esta vida la maldición de su tierra en todas sus obras, y después de esta vida o el fuego de la purificación o la pena eterna; nadie, pues, se escapa de esta sentencia; por lo tanto, se ha de obrar para que a lo menos tan sólo se soporte en esta vida.”    [San Agustín, DEL GÉNESIS CONTRA LOS MANIQUEOS. LIBRO II. Capítulo XX. 30. Traducción: Lope Cilleruelo, OSA]

“Entendamos, si se quiere, en este lugar, aquel fuego del que dirá el Señor a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, de forma que incluyamos en él a estos que edifican sobre el fundamento madera, heno y hojarasca. Mas pensemos que éstos se verán libres de ese fuego, después de atormentados algún tiempo por sus pecados, por los méritos de ese fundamento. ¿Qué debemos pensar de los de la derecha, a quienes se dirá: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado, sino que son aquellos que edificaron sobre el fundamento oro, plata y piedras preciosas? Si, pues, el fuego de que habla el Apóstol al decir: si bien como por el fuego, lo entendemos de este modo, deben ser arrojados a él unos y otros, es decir, los de la derecha y los de la izquierda. Y unos y otros deben ser probados por el fuego del que se dijo: El día descubrirá la obra de cada uno, puesto que será manifestado por el fuego, y el fuego probará cuál sea la obra de cada uno. Si los dos serán probados por el fuego, a fin de que el uno, si sus obras permanecen, es decir, no fueren consumidas por el fuego, reciba el galardón, y el otro, si sus obras ardieren, reciba su castigo, sin duda ese fuego no es eterno. Sólo los de la izquierda serán enviados al fuego eterno para su suprema y eterna condenación. Este fuego de que habla el Apóstol prueba a los de la derecha. Pero los prueba de tal manera que no quema el edificio de unos y quema el de los otros. No quema el edificio de aquellos que han puesto a Cristo por fundamento del mismo. Y así se salvarán todos, puesto que han colocado a Cristo por fundamento y lo han amado con un amor grande. Y si se salvarán, estarán ciertamente a la derecha y oirán con los demás estas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado. Y no a la izquierda, donde estarán los que no se han de salvar, que a su vez oirán: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Ninguno de éstos se librará del fuego, porque irán todos al suplicio eterno, donde su gusano no morirá y el fuego no se apagará. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.  Si se dice que el espacio de tiempo que mediará entre la muerte y ese día que, después de la resurrección de los cuerpos, será el último día de la remuneración y de la condenación, las almas estarán expuestas al ardor de un fuego que no sentirán aquellos que no hayan tenido en esta vida costumbres y afecciones carnales dignas de consumir su madera, su heno y su paja; y que quienes han construido un edificio semejante, sentirán el fuego de una tribulación transitoria que abrase, sea allí sólo, sea aquí y allí, sea aquí para que no sea allí, los pecados innumerables, aunque veniales. A esto no me opongo, porque quizá sea verdadero.” [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 26. 3, 4. BAC]

“Hay, pues, la misma razón—repito—para no orar entonces por los hombres destinados al fuego eterno que para no orar, ni ahora ni entonces, por los ángeles malos. Y esa misma se hace extensiva a no orar entonces por los difuntos infieles e impíos, aunque se ore por todos en general. La oración de la Iglesia o de algunos santos es oída para ciertos difuntos, pero sólo para aquellos que, regenerados en Cristo, no vivieron tan mal que se los juzgara indignos de tal misericordia, ni tan bien que no necesitaran de la misma. También después de la resurrección de los muertos habrá algunos a quienes Dios les hará misericordia y no los enviará al fuego eterno, a condición de que hayan sufrido las penas que sufren las almas de los difuntos. Porque no sería verdadero decir de algunos que no se les perdonó en esta vida ni en la otra, si no hubiera otros a quienes se les perdona, si no en esta vida, sí en la otra.”   [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 24. 2. BAC]

Las penas temporales, unos las sufren solamente en esta vida, otros después de la muerte, otros en esta vida y en la otra, pero antes del último y más riguroso de los juicios. No todos los que sufren penas temporales después de la muerte caerán en las penas eternas después del juicio final. Ya hemos apuntado arriba que a algunos se les remitirá en el siglo futuro lo que no se les remite en éste, con el fin de que no sean castigados con el suplicio eterno”.     [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 13. 2. BAC]

“Así pues, según la forma de vida que cada uno ha llevado por medio del cuerpo, sucede que, cuando muere el cuerpo, le aprovechan o no los sufragios que se ofrecen piadosamente por él. Porque, si no se ha adquirido mérito alguno en esta vida por el que aprovechan los sufragios, es inútil que se busquen después. De este modo, ni la Iglesia ni la piedad de los fieles derrochan en vano por los difuntos cuanto les puede inspirar el celo de la religión. Y, no obstante, cada uno recibe según lo que obró por medio de su cuerpo, lo bueno o lo malo, porque el Señor da a cada uno según sus obras. Para que pueda serle provechoso después de su muerte lo que se le aplica, es necesario que haya adquirido el mérito durante la vida que llevó en su cuerpo”   [San Agustín, LA PIEDAD CON LOS DIFUNTOS, AL OBISPO PAULINO. I. 2. BAC]

Para Agustín, llamado el “Doctor de la Gracia”, los mártires eran personas que habían alcanzado la perfección de santidad, por eso ellos no necesitaban de satisfacción por sus pecados, pero los demás muertos sí lo necesitaban: 

“Con todo, en esta vida existe una cierta perfección, alcanzada por los santos mártires. A esto se debe el uso eclesiástico, conocido por los fieles, de mencionar el nombre de los mártires ante el altar de Dios, y no para orar por ellos, sino por los restantes difuntos de quienes se hace mención. Es hacerle una injuria rogar por un mártir, a cuyas oraciones debemos encomendarnos nosotros. Él luchó contra el pecado hasta derramar su sangre. A algunos, imperfectos todavía, pero sin duda parcialmente justificados, dice el Apóstol en la carta a los Hebreos: Todavía no habéis resistido hasta derramar vuestra sangre en vuestra lucha contra el pecado”     [San Agustín, Sermón 159, 1. BAC]

Aunque la iglesia Católica, a falta de textos claros en la Biblia, tardó mucho en ponerse de acuerdo sobre la doctrina del Purgatorio y cada vez le va quitando rigor, hasta llegar a afirmar ahora que el purgatorio no es un lugar, ni existe allí el tiempo, así que puede ser un mero segundo

“Recuerde: el purgatorio puede ser instantáneo. De modo que si estuviéramos instantáneamente en la presencia de Cristo luego de la muerte (contrariamente a la ilustración de Cristo de ser llevados por ángeles a nuestro destino), ¿qué hay con eso? Esto no hace diferencia alguna en la posición católica, ya que el tiempo no funciona de la misma manera en el más allá, y el purgatorio podría ser simplemente una transformación instantánea “en un abrir y cerrar de ojos”.  [Revista de apologética católica: Apologeticum, nº 2, abril 2015]

La postura de la iglesia católica es la siguiente:

“Incluso después de perdonada la culpa con el sacramento de la penitencia, quedan penas por descontar o restos de pecados que purificar. Lo demuestra la doctrina católica sobre el purgatorio: las almas de los difuntos, (que han pasado a la otra vida en la caridad de Dios, verdaderamente arrepentidas, antes de haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por las culpas cometidas y por las omisiones) son purgadas después de la muerte con penas purificatorias.” [Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995]

“Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.”    [Catecismo de la Iglesia Católica #1030]

“La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1ª Co 3, 15; 1ª P 1,7) habla de un fuego purificador: Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).”    [Catecismo de la Iglesia Católica #1031]

El Concilio de Trento, realizado como respuesta a las tesis luteranas, afirma:

“Si alguien dijere que a cualquier pecador arrepentido, después de haber recibido la gracia de la justificación, se le remite la culpa y se le borra el reato de la pena eterna (reato= obligación que queda a la pena correspondiente al pecado, aun después de perdonado), de modo que no queda reato de pena temporal por satisfacer en este mundo o en el futuro purgatorio, antes de que se le pueda abrir la entrada en el reino de los cielos: sea anatema”    [Concilio Tridentino, sesión VI, canon 30]

Lo que la Iglesia Católica afirma acerca de las experiencias en el Purgatorio está basado no en las Escrituras, (donde no hay referencias directas a ningún tipo de sistema purificador de pecados post-muerte) sino en las visiones de santa Catalina de Génova (1447 – 1510) en su famoso Tratado sobre el Purgatorio.  

“A pesar de lo dicho, sufren estas almas unas penas tan extremas, que no hay lengua capaz de expresarlas, ni entendimiento alguno las puede comprender mínimamente, a no ser que Dios lo mostrase por una gracia especial. Yo creo que a mí la gracia de Dios me lo ha mostrado, aunque después no sea yo capaz de expresarlo. Y esta visión que me mostró el Señor nunca más se ha apartado de mi mente. Trataré de explicarlo como pueda, y me entenderán aquéllos a quienes el Señor se lo dé a entender”    [Santa Catalina de Génova – Tratado del Purgatorio. 5.]

“Los del infierno, habiendo sido hallados en el momento de la muerte con voluntad de pecado, tienen consigo infinitamente la culpa, y también la pena. Y la pena que tienen no es tanta como merecerían, pero en todo caso es pena sin fin. Los del purgatorio, en cambio, tienen solo la pena, pero como están ya sin culpa, pues les fue cancelada por el arrepentimiento, tienen una pena finita, y que con el paso del tiempo va disminuyendo, como ya he dicho.”    [Santa Catalina de Génova – Tratado del Purgatorio. 8.]

Martín Lutero, monje y Doctor en Teología de la orden de los agustinos, contradice al fundador de su orden, y rechaza tal idea de una necesidad de satisfacción de pena post-muerte:

“Es un error mayúsculo querer satisfacer uno por sus pecados, cuando Dios los perdona sin cesar gratuitamente por su inestimable gracia y sin ninguna exigencia a cambio, a no ser la de que en adelante se lleve una vida buena.”   [Martín Lutero, Sermón en forma de tesis, Sobre la Indulgencia y la Gracia. En marzo de 1518]

Quien se encargó de las ventas de Indulgencias para “rescatar almas del Purgatorio”  en Alemania central, fue el domínico Juan Tetzel, de cincuenta y dos años de edad. Y de quien se han escrito por parte de los protestantes las peores cosas; y desde el lado de los católicos algunos se han atrevido a alabarlo como un piadoso hombre de Dios, la Enciclopedia Católica lo califica comoun solido teólogo y monje de comportamiento irreprochableal que solo le sobrabacalor del entusiasmo retórico”. En su “caluroso entusiasmo retórico” decía cosas como estas:

“Las indulgencias no solo salvan a los vivos, sino también a los muertos. Sacerdote, noble, mercader, mujer, muchacha, mozo, escuchad a vuestros parientes y amigos difuntos, que os gritan del fondo del abismo: ¡Estamos sufriendo un horrible martirio! Una limosnita nos libraría de él; vosotros podéis y no queréis darla.”

“¿No oís las voces de vuestros padres y de otros difuntos, que os dicen a gritos: ¡tened misericordia de mí, tened misericordia de mí, al menos vosotros, amigos míos!?… ¿Seréis tan crueles y duros que, pudiendo librarnos ahora con tanta facilidad, no lo queráis hacer y nos dejéis yacer entre las llamas, demorando la entrada en la gloria que nos está prometida?…

“¡Tan pronto como la moneda suena en el cofre, el alma sale del purgatorio!”.

Conclusión:

Aunque Agustín, influenciado por una determinada corriente teológica, haya en forma tímida abierto la puerta para un desarrollo pleno del dogma del Purgatorio, la verdad es que las Escrituras no enseñan tal cosa. El mayor ejemplo lo tenemos en el ladrón crucificado al lado de Cristo, quien arrepentido de sus pecados pidió al Señor que se acordara de él, ¿cual fue la respuesta de Jesús?

Jesús le dijo: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”   [Lucas 23:43 -Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Si permanecemos en Cristo, somos continuamente perdonados y lavados en su sangre de todo pecado y culpa, 

1ª Juan 1:7-9 Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia.       [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Uno de los textos más claros de la Escritura en cuanto a la no existencia de un Purgatorio del tipo que enseña Catalina de Génova y la tradición católica es el siguiente:

1ª Tesalonicenses  4:14-17  Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús.  Os decimos esto como palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron.  El mismo Señor bajará del cielo con clamor, en voz de arcángel y trompeta de Dios, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.   [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

¿Qué opina la Iglesia Ortodoxa sobre el Purgatorio?

“La enseñanza ortodoxa al respecto no queda clara del todo, y ha ido variando en épocas distintas. En el siglo XVll, varios escritores ortodoxos – de los que destacamos a Pedro de Moghila, y a Dositeo en su Confesión – sostuvieron la doctrina católica romana del Purgatorio, o cosa muy parecida a ello. (Según la enseñanza romana más usual, al menos en el pasado, las almas en el Purgatorio padecen sufrimientos expiatorios, rindiendo así el ‘pago satisfactorio’ por sus pecados). Hoy en día, la mayoría, a no decir la totalidad, de los teólogos ortodoxos rechazan el concepto del Purgatorio, al menos expresado de esta forma. La mayoría tiende a proponer que los fieles difuntos no padecen sufrimiento alguno. Otra escuela de pensamiento mantiene que quizás sufran, pero de ser así, el sufrimiento es de tipo purificador y no expiatorio; ya que cuando fallece una persona en la gracia de Dios, Dios le perdona libremente todos sus pecados sin exigir penas expiatorias; Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es fuente única de nuestra expiación y reparación satisfactoria.”    [Libro: LA IGLESIA ORTODOXA. Obra del Obispo Kallistos Ware.  p. 230]

Como hemos podido observar, tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa han ido cambiando de parecer en cuanto a la doctrina del Purgatorio (la Católica “suavisando” la idea del Purgatorio espantoso que predicaba Juan Tetzel en épocas de Lutero,  y la Ortodoxa desechándola prácticamente). Todo esto por la sencilla razón de que las Escrituras no hablan de ningún fuego purificador para nuestros pecados, pero en cambio sí habla de uno para nuestras obras:

1Corintios 3:13-15 la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que aparecerá con fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego.  Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa.  Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el castigo. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien escapa del fuego.  [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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George Whitefield ¿Predicador o Actor?

En vida, muchas iglesias le cerraron la puerta acusándole de sensacionalista. Probablemente hoy, George Whitefield [o si Dios levantase otro semejante a él] tampoco sería bienvenido en otras tantas. “¡Gritón!” “¡Emocionalista!” “¡Actor!” “¡Showman!” “¡Manipulador!” “¡Payaso!” Estos, y otros muchos más calificativos despectivos, tendría que soportar quien fue el predicador más impactante de todos los tiempos. Pero veamos que nos dice la historia…

La vida y el ministerio de George Whitefield

Viviendo y Predicando como si Dios fuese real (Porque Él es)

John Piper

Traducido por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos – Del libro: The Life and Ministry of George Whitefield: Living and Preaching As Though God Were Real (Because He Is) by John Piper –

Los hechos sobre la predicación de George Whitefield, como evangelista itinerante del siglo 18, son casi increíbles. ¿Estos hechos realmente pueden ser verdad? A juzgar por los diversos testimonios de sus contemporáneos -y por el común acuerdo de los biógrafos, tanto de los que le son simpáticos como antipáticos- ellos parecen ser verdad.

Desde su primer sermón al aire libre el 17 de febrero de 1739, a la edad de 24 años, dirigido a los mineros de carbón de Kingswood, cerca de Bristol, Inglaterra; hasta su muerte 30 años más tarde el 30 de septiembre de 1770, en Newburyport, Massachusetts (donde está enterrado), su vida fue casi de predicación diaria. Las estimaciones apuntan que él habló cerca de 1.000 veces cada año por 30 años. Que incluyeron al menos 18 mil sermones y 12.000 conferencias y exhortaciones.

Hablando más que durmiendo

El ritmo diario que él mantuvo por 30 años hizo que, en muchas semanas, estuviera más tiempo hablando que durmiendo. Henry Venn, párroco de Huddersfield, que conocía bien a Whitefield, se expresó espantado para todos nosotros, cuando escribió:

“¿Quién imaginaría que sería posible para una persona hablar, en el compás de una sola semana (lo que ocurrió por años), en general 40 horas; y en muchas otras, sesenta, y así, a los miles [de oyentes]. Y después de este trabajo, en vez de descansar, estaba ofreciendo oraciones e intercesiones, con himnos y cánticos espirituales; como tenía por costumbre, en cada casa para la cual era invitado”.

Asegúrese de que usted entendió bien. En muchas semanas él estaba realmente hablando (no preparándose para predicar, lo que prácticamente no tenía tiempo para hacer) por 60 horas (60, no 16). Esto es casi seis horas por día, siete días a la semana, en las semanas más tranquilas; y más de ocho horas al día, siete días a la semana, en las semanas más pesadas.

Predicando, predicando y predicando

No he encontrado referencias, en toda mi lectura, para lo que hoy llamamos vacaciones o días de descanso. Cuando él creía que necesitaba recuperación, él hablaba de un viaje oceánico hacia América. Él cruzó el Atlántico 13 veces en su vida – un número impar (no muy común) porque murió y fue sepultado aquí, no en Inglaterra. Los viajes a través del Atlántico llevaban 8-10 semanas cada uno. Y aun así, predicó prácticamente todos los días a bordo del barco. El ritmo era diferente y así él era capaz de leer, escribir y descansar.

Pero en tierra, el ritmo de predicación era incesante. Dos años antes de morir a la edad de 55 años, escribió en una carta: “Yo amo el vigorizante aire libre”. Y al año siguiente, él dijo: “Es bueno recorrer las carreteras y senderos. Predicación en el campo. ¡Predicación en el campo para siempre!” Día tras día, en toda su vida, pasó por todas partes predicando, predicando y predicando.

Hablando a Miles

Y tenga en cuenta que la mayoría de esos mensajes fueron dichos en reuniones de miles de personas – generalmente con dificultades por el viento y los ruidos. Por ejemplo, en el otoño de 1740, por más de un mes, predicó casi todos los días en Nueva Inglaterra para multitudes de hasta 8.000 personas. Esto ocurrió cuando la población de Boston, la mayor ciudad de la región, no era mucho mayor que eso.

Él relata que en Filadelfia, ese mismo año, el miércoles 6 de abril, predicó en la Society Hill (un gran barrio) dos veces por la mañana a unas 6.000 personas y, por la noche, a unos 8.000. El jueves, él habló a “más de diez mil”; y fue contado que en uno de estos eventos, las palabras “Él abrió su boca y les enseñó diciendo” fueron nítidamente escuchadas en el punto de Gloucester, a una distancia de dos millas por encima del agua, bajando el río Delaware .  [¿Usted comprende el por qué digo, que estas cosas están cerca de lo increíble?]. Hubo momentos donde las multitudes alcanzaron 20.000 o más. Esto significaba que el esfuerzo físico para proyectar la voz para tantas personas, por tanto tiempo, en cada sermón, por tantas veces a la semana, durante treinta años; sólo podía haber sido titánico.

Un Sermón poco interrumpido

Añada a todo esto el hecho de que él estaba viajando continuamente, en un tiempo donde las personas se desplazaban únicamente  a caballo, carruaje o barco. Él atravesó a lo largo y a lo ancho de Inglaterra repetidamente. Él viajó regularmente y habló en todo el País de Gales. Él visitó a Irlanda dos veces, donde casi fue muerto por una agresión, a partir del cual cargó una cicatriz en su frente por el resto de su vida. Él viajó 14 veces a Escocia y vino a América 7 veces, parando una vez en Bermuda por 11 semanas – sólo para predicar, no descansar. Él predicó en prácticamente todas las grandes ciudades de la costa este de América. Michael Haykin nos recuerda: “Lo que es tan notable sobre todo eso, es que Whitefield vivió en una época en que viajar a una ciudad a 20 millas de distancia (unos 32 km)  era un emprendimiento significativo.”

C. Ryle resumió la vida de Whitefield así:

“Los hechos sobre la historia de Whitefield son casi enteramente en un solo aspecto. Un año era exactamente igual al otro, y tratar de seguirlo sería apenas repetir su camino sobre el mismo suelo. De 1739 hasta el año de su muerte, 1770, un período de 31 años, su vida fue un trabajo invariable. Él fue eminentemente un hombre de una sola cosa y, esta cosa, siempre fueron los asuntos de su Maestro. Del domingo por la mañana hasta las noches de los sábados, del 1 de enero al 31 de diciembre, con excepción cuando se detenía por enfermedad, él estaba casi incesantemente predicando sobre Cristo; yendo por el mundo llamando a los hombres a arrepentirse y venir a Cristo para ser salvos”.

Otro biógrafo del siglo 19, dijo: “Puede decirse que toda su vida fue destinada a la entrega de un único sermón continuo, o, muy poco interrumpido” .

Un Fenómeno en la Historia de la Iglesia

Él fue un fenómeno no sólo en su época, sino en toda la historia de los 2.000 años de predicación cristiana. No hubo nada comparable con la combinación de la frecuencia de predicación, extensión geográfica, alcance de oyentes, efecto de atrapar la atención, y poder de conversión. Ryle tiene razón: “Ningún predicador jamás mantuvo dominio sobre sus oyentes con tanta entereza como lo hizo por 31 años. Su popularidad nunca declinó”.

Su contemporáneo Augustus Toplady (1740-1778) se refirió a él como “el apóstol del Imperio Inglés”. Él fue el “más popular predicador del siglo XVIII de la Anglo-América; y fue, verdaderamente, el primer reavivalista de masas”. Él fue “la primera celebridad religiosa de la colonia americana”. Pasó ocho años de su vida en América. Él amaba el estilo americano. Él tenía sangre más americana que inglesa.

La primera celebridad de América

Harry Stout resalta: “Mientras las tensiones entre Inglaterra y América crecieron, Whitefield vio que debía hacer una elección. Wesley se quedaría leal a Inglaterra, pero Whitefield no pudo. Sus divergencias institucionales, y su identificación personal con las colonias fueron más fuertes que su lealtad a la corona”.

Las estimaciones son que el 80% de toda la población de las colonias americanas (esto fue antes de la TV o la radio) oyó a Whitefield al menos una vez. Stout muestra que el impacto de Whitefield sobre América fue tal, que él justamente puede ser llamado como el primer héroe cultural de América. Antes de Whitefield, no hubo ninguna persona o evento conocido entre las colonias. En realidad, antes de Whitefield, es dudoso que cualquier otro nombre, además de las realezas, fuera conocido igualmente desde Boston a Charleston. Pero alrededor de 1750 prácticamente todos los americanos amaban y admiraban a Whitefield, y lo vieron como su campeón.

William Cooper, que murió cuando Whitefield tenía 29 años, ya lo llamaba “el fenómeno de la era”.

La Predicación era todo

Todo eso fue el efecto del predicador más enfocado, más envolvente orador, de voz impetuosa, desde el devocional al evangelismo diario; que la historia haya conocido. La predicación significaba todo. Creo que la mayoría de sus biógrafos concuerdan (citando a Stout, biógrafo no muy devoto de Whitefield) que Whitefield demostró indiferencia por su vida personal, su cuerpo y su espíritu. El momento de la predicación dominaba todo y seguía haciéndolo después, pues de hecho no había nada más por lo que él viviese. El hombre íntimo y el hombre familiar habían dejado de existir hacía mucho. En la escena final, sólo había Whitefield en su púlpito.

Poder Natural y Poder Espiritual

¿A qué se debe ese fenómeno? ¿Cuál fue la clave para su poder? En un nivel, su poder fue el poder natural de la elocuencia y en otro, fue el poder espiritual de Dios para convertir a los pecadores y transformar comunidades.

No hay razón para dudar de que él fue el instrumento de Dios, en la salvación de miles. J. C. Ryle dijo:

“Yo creo que el bien directo que él hizo para las almas inmortales, fue enorme. Yo voy más allá – creo que es incalculable. Testigos con credibilidad en Inglaterra, Escocia y América, han dejado registro de su convicción de que él fue el medio para la conversión de miles de personas”.

Whitefield fue el principal instrumento internacional de Dios en el primer Gran Despertar [Primer Gran Avivamiento del S.XVIII]. Nadie más en el siglo 18 fue ungido como él en América, Inglaterra, Gales, Escocia o Irlanda. Esta predicación no fue un fuego de paja. Cosas profundas y duraderas acontecieron.

Su efecto sobre Edwards y Wilberforce

En febrero de 1740, Jonathan Edwards envió una invitación a Whitefield, en Georgia, pidiéndole que predicara en su iglesia. El 19 de octubre, Whitefield registró en su Diario personal: “Prediqué esta mañana, y el buen señor Edwards lloró durante todo el tiempo de mi oficio. Las personas también se vieron afectadas”. Edwards informó que el efecto del ministerio de Whitefield era más que momentáneo – “En cerca de un mes, hubo un gran cambio en la ciudad”.

El impacto de Whitefield, de los Wesley, y del Gran Reavivamiento [Gran Despertar] en Inglaterra cambiaron la cara de la nación. William Wilberforce, que lideró la lucha contra el tráfico de esclavos en Inglaterra, tenía 11 años cuando Whitefield murió. El padre de Wilberforce había muerto cuando él tenía 9 años, y pasó a vivir por un tiempo con sus tíos William y Hanna Wilberforce. Esta pareja tenía una buena amistad con George Whitefield.

Este fue el aire evangélico que Wilberforce respiró antes de que se convirtiera. Y después de su conversión, la visión de Whitefield del Evangelio fue la verdad y la dinámica espiritual que impulsaron la batalla a lo largo de la vida de Wilberforce contra el tráfico de esclavos. Este es sólo un pequeño vislumbre del impacto duradero de Whitefield, y el despertar que él proporcionó.

Entonces no tengo duda de que Henry Venn estaba en lo cierto cuando dijo: “[Whitefield], no mucho después de haber abierto su boca como predicador, Dios ordenó una bendición extraordinaria sobre su palabra”.  Entonces, a esta altura, la explicación del impacto fenomenal de Whitefield fue la excepcional unción de Dios en su vida.

Sus dones de oratoria innatos

Pero por otro lado, Whitefield cautivaba a las personas que no creían en una sola palabra doctrinal de lo que él decía. En otras palabras, tenemos que estar de acuerdo sobre los dones de oratoria naturales que tenía. ¿Cómo debemos pensar sobre estos en relación a la eficacia de él? Benjamin Franklin, que amaba y admiraba a Whitefield -y que rechazó totalmente su teología- dijo:

“Cada acento, cada énfasis, cada modulación de la voz, era tan perfectamente bien pronunciada y bien colocada, que sin estar interesado en el asunto, no se podría dejar de deleitarse con el discurso: un placer bien parecido a lo que se siente con una excelente pieza musical”.

Prácticamente todos concuerdan con Sarah Edwards, cuando ella escribió a su hermano sobre la predicación de Whitefield:

“Él es un orador nato. Tú ya debes haber oído hablar de su voz profunda y tonificada, pero clara y melodiosa. ¡Es una música perfecta para oír sola!… Tú recuerdas que David Hume decía que valía la pena ir a 20 millas para oírlo hablar; y Garrick [un actor que envidiaba estos dones de Whitefield] dijo: “Él podía conducir a los hombres a las lágrimas pronunciando la palabra Mesopotamia”. Es verdaderamente maravilloso ver el encanto que este predicador muchas veces extiende sobre los oyentes, proclamando las verdades más simples de la Biblia”.

Y entonces, ella levantó la cuestión que ha causado tanta controversia en torno a Whitefield en sus últimos 15 años. Ella dice:

“Una persona prejuiciosa, lo sé, puede incluso decir que todo esto es artificio teatral y exhibición; pero nadie que lo haya visto y conocido va a pensar así. Él es un hombre muy devoto y piadoso, y su único objetivo parece ser el de alcanzar e influenciar a los hombres de la mejor manera. Él habla con el corazón. Todo sale con amor, y él derrama un torrente de elocuencia que es casi irresistible”.

Harry Stout, profesor de historia en la Universidad de Yale, no estaba tan seguro de la pureza de las motivaciones de Whitefield, como Sarah Edwards. Su biografía The Divine Dramatist: George Whitefield and the Rise of Modern Evangelicalism, [El Dramaturgo Divino: George Whitefield y el Surgimiento del Evangelicalismo Moderno] es la pieza más bien sustentada de cinismo histórico que he leído. En las primeras 100 páginas de este libro, anoté la palabra cínico en el margen 70 veces.

¿”El actor consumado”?

Pero el desafío precisa ser enfrentado. Y creo que si nosotros miramos atentamente, lo que encontramos es algo más profundo de lo que Stout encontró. Stout alega que Whitefield nunca dejó atrás su amor por la actuación y su habilidad como actor, en el que ya se destacó en su juventud antes de su conversión. Así, él dice que la clave para comprenderlo es “la amalgama de predicación y de la actuación”. Whitefield era “el actor consumado”. “La fama que él buscaba era… ser un actor comandando en el centro del escenario”. “Whitefield no se contentó con hablar simplemente sobre el nuevo nacimiento. Él tuvo que venderlo con todo el artificio dramático de un vendedor ambulante”. “Lágrimas derramándose de Whitefield… gesto psicológico”. “Whitefield se convirtió en un actor-predicador, en lugar de un erudito-predicador”.

Y, por supuesto, esta última afirmación es verdadera, en cierto modo. Él era un actor-predicador en oposición a un erudito-predicador. Él no era un Jonathan Edwards. Él predicaba totalmente sin notas, y su púlpito móvil se adecuaba más a un montículo que a un púlpito tradicional. Al contrario de la mayoría de los predicadores de su época, él era lleno de acción cuando predicaba. Cornelius Winter, joven asistente de Whitefield en años posteriores, dijo:

“Yo casi nunca lo vi pronunciar un sermón sin llorar. A veces él lloraba mucho, sollozando alto y apasionadamente, y era a menudo tan intenso, que, por algunos segundos, usted sospechaba que él nunca podría recuperarse; y cuando lo hacía, naturalmente era necesario algún tiempo para recomponerse”.

Y otro contemporáneo de Escocia, John Gillies, relató cómo Whitefield se movía con “tanta vehemencia en su estructura corporal” que su público realmente compartía su agotamiento y “sentía una temor momentáneo por su vida”.

Por lo tanto, en cierto sentido, no tengo ninguna duda de que Whitefield estaba “actuando” mientras él predicaba. Esto es, que él estaba tomando parte de los personajes del drama de su sermón, y desplegando toda su energía en hacerlo con realismo. Como cuando asume el papel de Adán en el jardín y le dice a Dios: “Si tú no me hubieras dado esta mujer, yo no habría pecado contra ti, por lo que puedes agradecerte a ti mismo por mi transgresión”.

¿Por qué estaba actuando?

Pero la cuestión es: ¿Por qué Whitefield “actuaba”? ¿Por qué era tan lleno de acción y drama? ¿Estaba él, como Stout afirma: “ejerciendo un comercio religioso”? ¿Deseando “fama espiritual”? ¿Buscando “respeto y poder”? ¿Impulsado por el “egoísmo”? ¿Introduciendo “performances”, e “integrando el discurso religioso al lenguaje de consumo emergente”?

Creo que la respuesta más penetrante viene de algo que el propio Whitefield dijo sobre actuar en un sermón, en Londres. En realidad, creo que es la clave para comprender el poder de su predicación -de todas las predicaciones. James Lockington estaba presente en este sermón y lo registró por escrito. Las palabras son de Whitefield:

“Yo les voy a contar una historia. El Arzobispo de Canterbury, en el año 1675, era conocido del Sr. Butterton, el [actor]. Un día, el Arzobispo le dijo a Butterton: ‘Por favor, dígame Sr. Butterton, ¿por qué ustedes, los actores del escenario, consiguen afectar a sus audiencias hablando de cosas imaginarias, como si fuesen reales; mientras que nosotros los de la iglesia, que hablamos de las cosas reales, tenemos nuestras congregaciones apenas escuchándolas, como si fuesen imaginarias?’. ‘La razón del porqué, señor mío’, dice Butterton, ‘es muy simple. Nosotros, actores del escenario, hablamos de cosas imaginarias como si fueran reales; y ustedes, en el púlpito, hablan de cosas reales como si fueran imaginarias'”

“Por lo tanto”, agregó Whitefield, “voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Esto significa que existen tres maneras de hablar. Primero, usted puede hablar de un mundo imaginario irreal como si fuera real -esto es lo que los actores hacen en una pieza. En segundo lugar, usted puede hablar sobre un mundo real como si fuera irreal – que es lo que los pastores fríos e indiferentes hacen cuando predican sobre cosas gloriosas, de una forma que demuestra que no están tan aterrorizados y maravillados por las cosas que hablan. Y el tercero es: Usted puede hablar sobre un mundo espiritual real, como si fuese maravilloso, terrible y magníficamente real (porque, en realidad, lo es).

La Diferencia entre los Actores

Entonces, si usted preguntara a Whitefield: “¿Por qué usted predica de esta manera?”, Él diría: “Yo creo que lo que yo leo en la Biblia, es real”. Entonces, me aventuraré en esta afirmación: George Whitefield no es un actor reprimido, conducido por un amor egoísta por la atención. Por el contrario, él es conscientemente comprometido en diferenciarse de los actores, porque él conoció algo que es realmente verdadero.

Él actuaba con toda su fuerza, no porque eso demandaba grandiosos trucos y charadas para convencer a las personas de lo irreal; sino porque él había conocido algo mucho más real, de lo que los actores de los escenarios de Londres ya habían visto. Para él, las verdades del Evangelio eran tan reales -tan maravillosa, terrible y magníficamente reales- que él no podía, y no iría a predicarlas como si fueran cosas irreales o meramente interesantes.

Actuando al servicio de la realidad

No era una actuación reprimida, ni fue actuación libre. Él no estaba actuando al servicio de la imaginación, él estaba actuando al servicio de la realidad. No era tomar lo irreal como si fuera real. Fue tomar la súper realidad de esta verdad, de forma impresionantemente pura, e increíblemente real. No fue actuación. Fue una representación apasionada de la realidad. No fue un potente microscopio usando todo su poder para hacer que lo que es pequeño, apareciese como algo increíblemente grande. Este fue un telescopio desesperadamente inadecuado, invirtiendo todo su poder para ofrecer una pequeña sensación de la majestad, de lo que muchos predicadores veían como siendo cansino e irreal.

No hay ningún desacuerdo en cuanto a que Dios usa vasos naturales, para demostrar su realidad sobrenatural. Y no hay desacuerdo de que George Whitefield era un vaso maravillosamente natural. Él era centrado, afable, elocuente, inteligente, comprensivo, honesto, determinado, aventurero, y tenía una voz como la de una trompeta, que podía ser escuchada por miles al aire libre –y a veces a una distancia de dos millas. Todo esto, me atrevería a decir, sería parte de los dones naturales de Whitefield, aunque incluso si él nunca hubiera nacido de nuevo.

Whitefield nace de nuevo

Pero algo aconteció, que hizo que todos esos dones naturales de Whitefield fueran subordinados a otra realidad. Eso hizo que todo aquello operara en otra dimensión – para la gloria de Cristo en la salvación de los pecadores. Era la primavera de 1735. Tenía 20 años. Él formaba parte del Club Santo en Oxford, con John y Charles Wesley, y la búsqueda de Dios estaba totalmente disciplinada.

“Yo siempre elegía el peor tipo de comida… Yo ayunaba dos veces por semana. Mi apariencia era despreciable… Yo usaba guantes de lana, ropa remendada y zapatos sucios… Yo constantemente caminaba por las mañanas frías hasta que una parte de una de mis manos estuviese oscura… Apenas podía arrastrarme hacia el piso de arriba. Era obligado a informar a mi tutor… quien me enviaba inmediatamente a un médico”.

Él tuvo una pausa en la escuela, y entonces llegó a sus manos una copia del libro del Puritano Henry Scougal, The Life of God in the Soul of Man [La Vida de Dios en el Alma del Hombre]. Aquí está descrito lo que sucedió, en sus propias palabras:

“Debo dar testimonio a mi viejo amigo, el señor Charles Wesley, que colocó un libro en mis manos llamado, The Life of God in the Soul of Man, por el cual Dios me mostró que debo nacer de nuevo o ser condenado. Yo sé el lugar: puede parecer supersticioso, tal vez, pero siempre que voy a Oxford, no puedo dejar de correr hacia el lugar donde Jesucristo, primero se reveló a mí y me dio el nuevo nacimiento. [Scougal] dice: un hombre puede ir a la iglesia, hacer sus oraciones, recibir el sacramento y, aun así, mis hermanos, no ser un cristiano. Así como mi corazón se exaltó, de la misma forma se compungió. Como un pobre hombre que tiene miedo de mirar en su cuaderno de cuentas, temeroso por descubrirse en quiebra. ¿Debo yo, quemar este libro? ¿Debo arrojarlo lejos? ¿Debo ponerlo de lado o debo abrirlo y examinarlo? Yo lo hice, y, sosteniendo el libro en mi mano, me dirigí al Dios del cielo y de la tierra: Señor, si yo no soy un Cristiano, si yo no soy realmente, por el amor de Jesucristo, muéstrame lo que el Cristianismo es, para que yo no sea condenado al final. Yo leí un poco más y el fraude fue descubierto. ¡Oh, dice el autor, los que saben alguna cosa sobre la religión, saben que es una unión vital con el Hijo de Dios; Cristo habitando en el corazón! ¡Oh, qué forma divinamente quebrantadora de vida cubrió mi pobre alma…! ¡Oh! Que alegría -alegría indescriptible- me embargó, y con grande gloria, mi alma fue llena”.

El poder, la profundidad y la realidad sobrenatural del cambio de Whitefield, fue algo que Harry Stout no retrató lo suficiente. Lo que sucedió allí fue que a Whitefield le fue dada la habilidad sobrenatural de ver lo que era real. Su mente fue abierta a la nueva realidad. Aquí está la manera de describirla:

“Por encima de todo, mi mente ahora está más abierta y expandida. Yo empecé a leer las Sagradas Escrituras sobre mis rodillas, dejando de lado todos los demás libros y orando, si es posible, cada línea y palabra. Esto fue, de hecho, como comida y bebida para mi alma. Yo diariamente recibía frescura de vida, luz y poder de las alturas. Yo obtuve más conocimiento de la verdad por la lectura del Libro de Dios en un mes, de lo que yo jamás podría haber adquirido de todos los escritos de los hombres”.

Esto significa que la actuación de Whitefield -su predicación apasionada, enérgica y completamente salida del alma- fue el fruto de su nuevo nacimiento, porque su nuevo nacimiento le dio ojos para ver “vida, luz y poder de las alturas”. Él vio los hechos gloriosos del Evangelio como siendo reales. Maravillosos, terribles, y magníficamente reales. Y es por eso que él clama: “Yo no voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Ninguna de sus habilidades naturales desapareció. Todas ellos fueron hechas cautivas a la obediencia a Cristo (2ª Corintios 10: 5). “Que mi nombre sea olvidado, que yo sea colocado bajo los pies de todos los hombres, si Jesús fuese así glorificado”.

Luchando contra el Orgullo. Confesando la locura

Por supuesto que él luchó contra el orgullo. ¿Quién no lucha contra el orgullo? -orgullo porque somos alguien u orgullo porque queremos ser alguien. Pero lo que el registro muestra es que él luchó con bravura esa pelea, declarando muerte, una a una, todas las veces que era atraído por la vanidad de la alabanza humana. “Es difícil”, dijo, “atravesar el fuego ardiente de la popularidad y de la exaltación por los aplausos”.

“Elogios”, escribió a un amigo, “o hasta la misma insinuación de admiración, son un veneno para una mente viciada en orgullo. Un clavo no se hunde tanto como cuando está bañado en aceite… Ore por mí, querido señor, y cure las heridas que usted hizo. Sólo a Dios la gloria. A los pecadores nada, excepto la vergüenza y la aflicción”.

Él confesó públicamente las tonterías y los errores que cometió en sus primeros años. Él confesó a un amigo en 1741: “Nuestros pensamientos más santos son manchados por el pecado y necesitan la reparación expiatoria del Mediador”. Él se lanzó sobre aquella gracia gratuita, que él predicaba de forma tan poderosa:

“Yo no soy nada, yo no tengo nada y no puedo hacer nada sin Dios. Y lo que aun todavía puedo hacer, lo hago como un sepulcro que parece ser un poco más bonito después de pulido. Pero, sin embargo, internamente estoy lleno de orgullo, amor a mí mismo y todo tipo de corrupción. Pero, aun así, por la gracia de Dios soy lo que soy, y si es del agrado de Dios hacerme un instrumento para lo que es bueno, incluso de forma mínima, entonces que no sea a mí, sino a Él, toda la gloria”.

Haciendo que las cosas reales sean reales

Entonces, Whitefield tuvo una nueva naturaleza. Él había nacido de nuevo. Y esta nueva naturaleza le permitió ver lo que era real. Whitefield sabía en su alma: Yo nunca hablaré de lo que es real como si fuese imaginario. No seré un predicador de boca de terciopelo. Él no abandonó la actuación. Él desenmascararía a los actores en su predicación, porque éstos sí, se convirtieron en actores para hacer que las cosas imaginarias parecieran reales, pero él era un predicador-actor para hacer que las cosas reales reflejen lo que realmente son.

Él no pausaba su predicación para tener un poco de drama adicionado – como algunos predicadores hacen hoy, pareciendo un poco como un sketch, un poco como el clip de una película -porque eso le habría hecho perder todo el objetivo. Predicar fue la obra. La predicación era el drama. La realidad del Evangelio lo consumió y esto se tornó su testimonio. La predicación se tornó en sí la activa palabra de Dios. Era Dios hablando. La realidad no estaba simplemente siendo mostrada, la realidad estaba aconteciendo.

Sin actuar en el sentido teatral

Al final, esto significa que la “actuación” de Whitefield no era actuación en el sentido teatral de la palabra. Si una mujer tiene un papel en una película, y por ejemplo, ella es madre de un niño que está en una casa en llamas y, una vez que las cámaras se centran en ella, ella comienza a gritar a los bomberos y apunta a la ventana en el segundo piso, todos nosotros diremos que ella está actuando. Pero si una casa está prendiéndose fuego en su barrio, y usted ve a una madre gritando a los bomberos y apuntando a la ventana del segundo piso, nadie dirá que ella está actuando. ¿Por qué no se parecen ellas exactamente igual?

Es porque realmente hay un niño allá arriba, entre el fuego. Esta mujer es realmente la madre del niño. Hay un peligro real y el niño podría morir. Todo es real. Y era de esa misma manera para Whitefield. El nuevo nacimiento le había abierto los ojos para lo que era real, y para la magnitud de lo que era real: Dios, la creación, la humanidad, el pecado, Satanás, la justicia divina y su ira, cielo, infierno, encarnación, las perfecciones de Cristo, su muerte, expiación, redención, propiciación, resurrección, el Espíritu Santo, la gracia salvífica, el perdón, la justificación, la reconciliación con Dios, la paz, la santificación, el amor, la segunda venida de Cristo, los nuevos Cielos y la nueva Tierra, la alegría eterna… Estos eran reales. Abrumadoramente reales para él. Él había nacido de nuevo. Él tenía ojos para ver.

Cuando él advirtió sobre la ira y llamaba a las personas para que escaparan, para que exaltaran a Cristo; él no estaba actuando. Él estaba incorporando tales formas de emociones y de acciones que correspondían con esas realidades. Eso es lo que la predicación hace. Es una búsqueda por exaltar a Cristo, describir el pecado, ofrecer la salvación; y persuadir a los pecadores con emociones, palabras y acciones que representen el peso de tales realidades.

Si usted ve estas realidades con los ojos de su corazón, si usted siente el peso de ellas; usted sabrá que ese tipo de predicación no se escenifica. La casa está en llamas. Hay personas atrapadas en el segundo piso. Nosotros las amamos. Y hay una manera de escapar.

“Yo no conozco ninguna otra razón por la cual Jesús me colocó en el ministerio, sino por ser yo el mayor de los pecadores, y por lo tanto, el más apto para predicar la gracia libre a un mundo que yace bajo el maligno”. [George Whitefield]

“voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo” [George Whitefield]

By John Piper – Traducido al español por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos

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El ministerio no es por contagio

Ya una vez dentro de  la sala de cirugía, minutos antes de ser sometido a una operación; una mujer de rostro sonriente me comunica que la intervención la realizará ella pues el doctor ha tenido que ausentarse por fuerza mayor. -Ah, bien, le respondo, me es indistinto, confío en que usted es una buena doctora, como todos los que egresan de la Facultad de Medicina. – No, no, yo no estudié, ¡pero soy la esposa del cirujano!

Este ejemplo puede sonar extravagante o ridículo,  pero si lo llevamos al plano de lo que está sucediendo en la Iglesia veremos que el ejemplo no resulta tan absurdo, en España hay un dicho popular que reza así: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma opinión”. Esta observación de la sabiduría popular la aplicaré a lo que parece ser el pensamiento de muchos creyentes en la actualidad: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma unción”. Pues de lo contrario no se explica esta moda de imponerle al cónyuge el mismo ministerio de su esposo.

Recuerdo que una vez me expresaron el malestar que había en una congregación, pues la esposa del que prontamente sucedería en el cargo de pastor principal “no demostraba vocación de pastora”. Es decir, se le exigía a esta pobre hermana que tuviese el mismo ministerio que su esposo, de lo contrario llevaría su “falta de vocación pastoral” como un estigma. ¿Y cual es el fundamento bíblico para tal aberración? Ninguno. ¿Era la esposa del apóstol Pedro una “apóstol”? Sabemos lo que nos narra Pablo, en 1ª Corintios 9:5

¿No tenemos derecho a traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?

 Los apóstoles que tenían esposa viajaban con ellas, unas veces por causa de la persecución, otras por causas de visitar a las iglesias que se estaban fundando; pero a ninguna de estas mujeres se les adjudicó el título o autoridad ministerial de sus esposos; ni las epístolas las firmaban a dúo. ¿O la mujer del evangelista tiene que ser evangelista, la del maestro, maestra; la del profeta, profetisa;  la del diácono, diaconisa, etc.?

A Catalina, la esposa del Dr. Martín Lutero, ¿se la llamaba pastora o doctora en teología en función de lo que era su marido? No. Desde luego que él cariñosamente le llamaba “mi doctora”; pero en la Iglesia ella nunca reclamó liderazgo alguno. Sin embargo, como era sabia para los negocios se dedicaba a la  administración de la hacienda familiar, por eso Lutero cuando le escribe cartas la llama: “A mi amable y querida Kethe Lutherina, cervecera y juez en el mercado porciuno de Wittenberg”. [ A Catalina Bora. Halle, 25 enero 1546] – “A mi cordialmente querida Catalina Lutherina, doctora, zulsdorferina, comerciante en cerdos y cuantas más cosas pueda haber” [Carta del 1 febrero 1546]. 

Ni la de esposa de Calvino, ni la de Arminio, ni las de Wesley, Spurgeon, Moody, Finney, A. W. Tozer, Ravenhill, y un largo etc., jamás reclamaron título alguno. Y esto no tiene nada que ver con reivindicaciones de derechos de género, cualquiera sabe que entre los anabaptistas las mujeres ejercían liderazgo sin problemas, al igual que en el movimiento Metodista wesleyano. Y en toda la historia del Movimiento Pentecostal las mujeres han trabajado codo a codo con los hombres, y en muchos aspectos ellas han sido pioneras. Pero de ahí, a esta moda de “ministerio matrimonial”, hay un abismo y una imposición.

Puedo respetar mucho a la esposa de mi pastor, pero eso no conlleva que deba considerarla mi líder espiritual, o una autoridad a la cual debo someterme incuestionablemente. Cuando me preguntan si creo que el ministerio de Profeta sigue vigente, respondo que bíblicamente e históricamente puedo afirmar con un rotundo sí. Y me refiero a profetas que son esencialmente predicadores de convicción, no a los delirantes que se la pasan viajando al tercer cielo, anunciando que un meteorito caerá en las próximas 24 horas; o inventando doctrinas extrañas que soñaron cuando se acostaron a dormir, después de haberse engullido tres hamburguesas dobles.

Si les da escozor usar el término Profeta, usen el de “voces proféticas”, aquellos que cuando predican [solamente las Escrituras] nuestro corazón es traspasado por la convicción. Y cuando me preguntan porqué no hay profetas en la actualidad, respondo porque no nos hacen falta, ya tenemos a la esposa del pastor que decide el rumbo a seguir. Es doloroso pero es la verdad. ¿Ustedes creen que un profeta se someterá a la voluntad de alguien simplemente porque ese alguien es la esposa del pastor? Hoy los “profetas” que triunfan son aquellos que les “profetizan” al matrimonio pastoral que Dios les dará cosas gloriosas, que les entregará a sus pies el barrio, la ciudad, y la galaxia también. ¡Pero ay del Profeta que se le ocurra decir que el rumbo que está tomando la iglesia está equivocado! ¡Ay del profeta que no le caiga en gracia a la “pastora”! Cuando Acab perseguía a Elías, este lo enfrentó, lo desafío, e hizo caer fuego del cielo  [1ª Reyes 18]. Pero cuando se enteró de esto la esposa de Acab…

1ª Reyes 19:1-4 Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado  espada a todos los profetas.  Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos.  Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Jezabel, después de escuchar a su marido, fue y por su propia cuenta le envió un “mensajito” al profeta, y este (que acababa de hacer caer fuego del cielo) tuvo que salir huyendo.

Que nadie piense que estoy generalizando, la historia de las pioneras y mujeres pentecostales es fascinante, pero en estos últimos tiempos estamos peligrosamente caminando por la cornisa. Creo que esta es la razón por la cual ahora, los auto-proclamados “apóstoles” nombran a sus esposas también como “apóstol”, o “profeta”; porque de esa manera le confieren autoridad indiscutible. Nadie puede contradecirlas, pues están en una posición espiritual de autoridad superior; por decirlo de otra manera, se rascan el oído mutuamente, y así se libran de los indeseables que los confrontan (de los Elías).

Los dones ministeriales son, según Efesios 4:11

Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros…

Cualquier congregación que pretenda poner bajo la sujeción de la esposa del pastor a los misioneros, a los maestros, a los evangelistas o a los profetas; se convierte en un monopolio familiar y no en una iglesia.

Observen tan siquiera los “grandes ministerios” que han surgido últimamente, los dos son apóstoles, o él es apóstol y ella profeta, ¡el control absoluto de la congregación está garantizado! Es el absolutismo más obsceno, pues con toda desfachatez se reparten entre ellos los ministerios de  “apóstoles” y “profetas” para gobernar monárquicamente a la Iglesia. El reparto de liderazgo entre los familiares se llama nepotismo, y en un tiempo la iglesia Católica Romana lo practicó mucho. Esta práctica fue una de las cosas que condenó la Reforma Protestante, por eso los católicos se vieron obligados a parar el escándalo en el Concilio de Trento. Pero como los evangélicos siempre nos quejamos de Roma y sin embargo la imitamos en todo, esto ha resurgido entre nosotros.

La esposa del pastor puede, y debe ser, reina en su hogar; pero en la Iglesia no reina. El gobierno lo constituyen y lo ejercen los ministerios dados por Dios. Si se preguntan las causas, por las cuales la mayoría de las congregaciones no tienen evangelistas [ministerio a tiempo completo], profetas [ministerio a tiempo completo], o maestros [ministerios a tiempo completo], es porque el gobierno de la congregación se reduce al círculo íntimo del pastor y nada más. Esto da por resultado que muchos pastores estén agotados, y le echen la culpa de la falta de obreros a los mismos creyentes; cuando en realidad son ellos mismos los que están poniendo un freno al desarrollo de nuevos ministerios. Si no estás dispuesto a compartir la autoridad, no esperes compromisos de responsabilidad en los demás. Si todo el liderazgo de autoridad de tu congregación, queda reducido a un grupo familiar exclusivo, entonces no esperes que lluevan obreros del cielo.

Recuerden estimados hermanos, los ministerios son dados por Dios, son paralelos en autoridad, no son piramidales, y por último, no son hereditarios ni se contagian por dormir juntos.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal – 2018

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Grandes mujeres de la Historia – Perpetua y Felicidad

Reconozco que no me ha sido fácil hacer esta recopilación, no por lo histórico, que me apasiona, sino porque aquí hay algo más sublime que un suceso eclesiástico. Se trata del testimonio heroico de nuestras “madres” y “hermanas” que nos han legado la fe, y han sellado con su sangre lo que confesaron con sus labios. Y en esta época actual, de obsceno hedonismo, donde el éxito ministerial se mide por números, títulos y ostentación ególatra; el echar la mirada hacia atrás y recordar que en una época ser una “guerrera”, una “campeona” o una “princesa” de Dios, conllevaba el ultraje y la muerte; hace que un nudo en la garganta exprese la vergüenza de nuestra pobreza espiritual; y las lágrimas impidan seguir leyendo. En honor a nuestras mártires, aquí va uno de los tantos relatos de sus hazañas que conquistaron un imperio.

“Las mujeres inspiradas por la Palabra de Dios, se mostraron tan valerosas como los hombres y algunas fueron sometidas a las mismas pruebas que los hombres y consiguieron los mismos premios al valor” [Eusebio, Historia ecl. VIII, 14]

Según el derecho romano, las niñas a los 12 años ya alcanzaban la edad para ser dadas en matrimonio [recordemos que el mismo san Agustín, antes de ser cristiano, estaba comprometido para casarse, pero su prometida tenía menos de 12 años por lo cual estaba obligado a esperar] A esta edad una niña era penalmente responsable, y aunque la ley prohibía torturarlas siendo menores de 14 años, a santa Eulalia se la torturó, a causa de su fe, con una antorcha encendida aplicada a su pecho, costados, rostro y cabellos cuando solo tenía 12 años. No a todas las menores cristianas se les aplicaba la pena de muerte, varias de ellas fueron entregadas a los prostíbulos para ser ultrajadas.

Aquí les dejo una foto que tomé de la magnífica sepultura de santa Eulalia, bajo la catedral de Barcelona.

Por un decreto de Diocleciano que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura, santa Irene, una joven virgen, fue apresada por poseer en su casa porciones de las Escrituras, fue expuesta desnuda en un lupanar con el fin de hacerla renegar de su fe, permaneció firme hasta el fin y fue condenada a morir en la hoguera. Según el derecho romano, una virgen no podía se condenada a muerte, por lo que el verdugo procedía a violarla primeramente. A todo esto se suma el hecho de que en aquella época los calabozos eran mixtos, hombres y mujeres eran arrojados allí sin el menor lugar para la intimidad. Contra toda esta barbarie del “derecho romano” tuvieron que pelear las verdaderas campeonas y guerreras de la fe, y digo “verdaderas campeonas y guerreras” porque hay otras que hoy gustan de disfrazarse también de guerreras, y auto-proclamarse campeonas de Dios, mientras sufren teniendo que decidir que color de esmalte de uña van a usar para la selfie, o para las portadas de sus discos o libros. 

Vibia Perpetua, mártir de Cartago (año 203)

“Dejó escrito con su propia mano la primera parte de su pasión, relatando las pruebas emocionales que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir. Es la narración más interesante y preciosa de los mártires, llamada “la perla” de todas las pasiones. Es la única que fue escrita de propia mano por la protagonista desde el día del arresto hasta las vísperas de su martirio.
De veintidós años de edad, de buena familia, bien instruida, llena de ingenio y buen humor, y madre de un niño de pocos meses, el testimonio conmovedor de lo que podemos llamar su diario íntimo todavía hoy remueve nuestras entrañas. Apenas detenida, fue visitada por su padre, pagano de religión, que por el amor que le profesaba se esforzaba por apartarla de su empecinamiento cristiano. [Ropero, Alfonso. Libro: Mártires y Perseguidores]

“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II].

“El padre de Perpetua es pagano, único de la familia, y único que no podía comprender la gloria del martirio. La noticia de la prisión de su hija como cristiana le consterna y exaspera. Por otra parte, pues el rescripto de Trajano sigue en pie, una sencilla negación bastaba para quedar absuelta. ¿Qué le costaba a su hija declarar que no era cristiana?”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

“Cuando todavía nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
-Padre-le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
-Lo veo–me respondió.
Y yo le dije:
-¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
-No-me respondió.
-Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi carne.
Al cabo de otros pocos días me metieron en la cárcel, y yo sentí pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito. Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo. Consumíame yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II, III].

“Entonces me dijo mi hermano:
-Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
-Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fue mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para que no subieran. Ahora bien, Sáturo había subido antes que yo (Sáturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió y me dijo:
-Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón. Y yo le dije: -No me hará daño, en el nombre de Jesucristo. El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla que estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo:
-Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: “Amén”. Y al sonido de esta voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo. [Passio Perpetuae et Felicitatis IV].

“De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo :
-Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito. que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo. Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
-Allá en el estrado, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis V].

“Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
-Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
-Ten consideración-dijo-a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
–No sacrifico.
Hilariano:
-Luego ¿eres cristiana?-dijo.
Y yo respondí:
-Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Y o sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel. Entonces, como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo de mi padre, pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente de la angustia por el infante y el dolor de mis pechos.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis VI].

“Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros. Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.” [Passio Perpetuae et Felicitatis IX].

“La sentencia tardó algunos días en cumplirse, pues el martirio debía servir de expansión a las tropas y al populacho. “Debíamos combatir en los juegos que se daban para solemnizar el natalicio de César Geta” “Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba”. Así termina este precioso diario, verdadera joya de la literatura cristiana de los primeros siglos.  [Ropero, Alfonso. libro Mártires y Perseguidores]

“El resto de la Pasión es obra ya del compilador. Quienquiera que éste haya sido-no hay inconveniente en estampar aquí el nombre de Tertuliano, hubo de ser un testigo presencial de los hechos, que narra con patetismo insuperable, nacido de su misma objetividad. Las escenas del parto de Felicidad en plena cárcel; la valentía con que Perpetua increpa al tribuno por el mal trato dado a reos nobilísimos que han de honrar el natalicio del César; los sarcasmos de Sáturo al pueblo estúpido que mira a los cristianos comer la llamada cena libre, ofrecida a los condenados a muerte, y que los cristianos convierten, dentro de lo posible, en un ágape; el desfile de los mártires camino del anfiteatro, serenos y gozosos ante la gloria del martirio, y, entre todos, el paso majestuoso de Perpetua.    [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Perpetua, es martirizada junto a Felicidad (joven esclava de la casa de Perpetua, y quien también acaba de dar a luz una niña en la cárcel).

“Cuando la mártir Felicidad, joven esclava, estando en la prisión, se ve acometida por los dolores del parto, sin poder contener los gemidos, no falta quien se burle de ella, poniendo en duda que sea capaz de sufrir los ataques de las fieras. A lo que ella contesta: ‘Ahora soy yo quien padece. Pero entonces habrá en mí otro que padecerá por mí, porque yo estaré padeciendo por Él'”    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“A Perpetua, a Felicidad y a sus compañeros se les quiso obligar a ponerse el traje de sacerdotisas de Ceres y sacerdotes de Saturno. Pero ellos, firmes e inconmovibles se resistieron a la mascarada. “Estamos aquí — dijeron— para conservar nuestra libertad”      [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XVIII].

“Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
-¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras: -Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XX].

Como ninguno a muerto por los ataques de los animales, son llevados nuevamente al anfiteatro para ser rematados.

“Al retirar la vaca de la arena, la muchedumbre, que celebró la violencia y matanza, pidió que fueran matadas. Dos aprendices de gladiadores se enviaron para la tarea. El inexperto rematador de Perpetua era joven y bastante nervioso pues la hirió varias veces entre la vértebras, hasta que ella misma dirigió con sus manos la espada a su garganta.
Esta última circunstancia tiene su explicación histórica. Los que se dedicaban a gladiadores hacían sus prácticas o aprendizaje en el spoliarium, para acostumbrarse a las matanzas, y allí, a los bestiarios que no habían sido rematados por las fieras, y a los gladiadores que aún no estaban del todo muertos, los degollaban, ejercitándose así antes de presentarse en combate público. Uno de estos novatos aprendices de gladiador fue el que le tocó a Perpetua”.    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 149]

“Los mártires, heridos todos y exánimes, son llevados al spoliarium, al “despojadero”, si es lícita la palabra, donde eran rematados los gladiadores que no morían en la arena, y allí hubieran sido finalmente ejecutados, si el populacho, ondulante y versátil como monstruo que era de millares de cabezas, no los hubiera reclamado al medio del anfiteatro, para que sus ojos-dice con frase tertulianesca el redactor-fueran también homicidas, a par de la espada que los había de atravesar. Los mártires se incorporan; se dan uno a uno el ósculo de paz, para consumar su martirio como una ofrenda litúrgica, y, silenciosos e inmóviles, reciben el golpe de gracia. Perpetua, herida en el costado por impericia del novel gladiador, lanza un grito de dolor y ella misma dirige la diestra del verdugo a la propia garganta, para que no errara nuevamente el golpe. Parece, concluye el redactor, como si sólo por su voluntad pudiera haber muerto aquella mujer admirable.”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Gunnar Vingren – La extraordinaria vida del pionero del pentecostalismo y las Asambleas de Dios de Brasil

Nació en Ostra Husby, Suecia, el 8 de agosto del 1879. Aunque era hijo de creyentes vivió licenciosamente hasta los 17 años, cuando entonces se rindió a Cristo, y a los 18 fue bautizado en una iglesia Bautista.  En ese mismo año: “Leí en una revista un artículo sobre las grandes necesidades y sufrimientos de tribus nativas en el exterior, lo que me hizo derramar muchas lágrimas. Subí a mi cuarto y allí le prometí a Dios pertenecerle y ponerme a su disposición para el honor y la gloria de su nombre. Oré también insistentemente para que Él me ayudase a cumplir esta promesa”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

En 1903, se fue a vivir a Norte América, y luego ingresó en Chicago al Seminario Teológico Bautista, donde estudió cuatro años. Cuando se diplomó, fue como pastor a la primera Iglesia Bautista de Menominee, Michigan. “En esa época visité la Convención General de los Bautistas americanos, y entonces fue resuelto que yo sería enviado como misionero a Assam, India, junto a mi novia. Hasta ese tiempo yo estaba convencido de que esto era la voluntad de Dios para mi vida – que yo fuese enviado como misionero por  la The Northern Baptist Convention. Pero durante la Convención, Dios me hizo sentir que no era esa su voluntad. Una semana después de volver a mi iglesia, tuve una lucha interior tremenda, y finalmente resolví no seguir ese camino. Escribí para la Convención y comuniqué lo que había decidido. Por este motivo mi novia rompió conmigo, y cuando recibí su carta, respondí: “Sea hecha la voluntad del Señor”… En el verano de 1909, Dios me llenó de una gran sed de recibir el bautismo con el Espíritu Santo, y con fuego. En noviembre del mismo año, pedí licencia en mi iglesia para visitar una conferencia bautista que debía realizarse en la Primera Iglesia Bautista Sueca en Chicago. Fui la Conferencia con el firme propósito de buscar el bautismo con el Espíritu Santo. ¡Y, alabado sea Dios, después de cinco días de búsqueda, el Señor Jesús me bautizó con el Espíritu Santo y con fuego!” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

Después de esta experiencia se vio obligado a dejar el pastorado en su iglesia, pues la mitad de la congregación estaba a favor de esta experiencia “pentecostal” y la otra mitad se opuso. Comenzó a congregarse entonces, en iglesias bautistas que aceptaban la continuidad de los dones. En una de ellas, había una noche entera dedicada a la oración: “Durante esas semanas de oración, sentíamos el poder de Dios venir sobre nosotros como una presión, como un fuerte peso, de tal manera que muchas veces no conseguimos sentarnos a la mesa para comer. Caíamos al suelo doblando las rodillas y en alta voz alabamos el nombre del Señor. Estábamos tan llenos del gozo del Espíritu Santo, que clamábamos con voz alta, cada uno donde estaba. Fueron días maravillosos, de inmensa alegría en la presencia del Señor.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

En una de esas reuniones un hermano profetizó que Gunner iría de misionero a Pará, a un pueblo de gente pobre, donde debería comenzar a enseñar los primeros rudimentos de la doctrina cristiana. También le dijo que se casaría con una chica de apellido Strandberg (varios años después, él conoció a una joven misionera llamada Frida Strandberg, quien fue su esposa y una de las grandes pioneras pentecostales del Brasil). Ahora faltaba saber si existía un lugar en la tierra llamado Pará, así que fueron a la biblioteca de la ciudad e investigaron el asunto, hasta descubrir que en el Norte de Brasil, había una ciudad con ese nombre.

El 19 de noviembre de 1910, Gunner Vingren y su amigo Daniel Berg llegaban en barco a Pará. Cuando desembarcaron no había nadie esperándolos, y ellos, solo tenían algunos dólares para las cosas básicas; así que se sentaron en el banco de una plaza para orar, ya que no tenían dónde ir. Finalmente personas que habían viajado con ellos en el barco y los vieron allí, les contactaron con un pastor bautista, quien les alquiló dos camas en el sótano de su casa. “No podíamos estar orgullosos de nuestra nueva vivienda. Era un corredor bien oscuro en el sótano, el suelo de cemento grueso y sin ninguna ventana. Allí colocaron dos camas para nosotros. En aquel calor tropical todo era caluroso e insoportable. Principalmente en aquel sótano. Los mosquitos zumbaban monótonamente, y las lagartijas corrían por las paredes hacia arriba y hacia abajo. A pesar de todo, nos sentíamos entusiasmados y felices”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

A partir de ese momento, hermanos bautistas comienzan a unírseles en grupos de oración, y predicaciones por las casas. Como él era egresado del Seminario querían que oficiase de pastor, pero su visión era mucho más amplia que el pastorado de una congregación. Leer el Diario Personal de Gunnar Vingren, es como leer la continuación del libro de los Hechos, sanidades, milagros, persecuciones, amenazas de muerte que le obligaban a huir entre la selva, enfermedades, y una obra imparable que se extendió por todo el Brasil. Este Diario de su vida fue publicado por su hijo, después de su muerte.

“Inmediatamente pasamos a realizar cultos públicos en varios lugares, en las casas de esos hermanos donde los bautistas antes realizaban cultos. Ya se habían cumplido seis meses que estábamos en Brasil. Jesús nos había bendecido maravillosamente. Nosotros orábamos por los enfermos y ellos eran sanados, testimoniábamos a pecadores y ellos recibían a Jesús como Salvador.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“Los primeros bautismos en Pará eran todos realizados en secreto, generalmente a las 11 de la noche, pues no había ni siquiera templos ni tanques bautismales. Un día tomaron coraje y anunciaron un bautismo público a la orilla de un río. Esto dio tiempo para que los enemigos preparasen algo para entorpecer la ceremonia. Cientos de hombres se acercaron al lugar del bautismo, pensando que con violencia podrían impedir el acto sagrado. El líder de ellos caminaba al frente cargando una cruz. Los pocos creyentes que estaban reunidos comprendieron el peligro en aquel momento, y temieron que hubiera derramamiento de sangre. Vingren trató de leer la Biblia, pero fue impedido. Intentó leer otra vez, pero el líder empuñó un cuchillo y se preparó para lanzarse contra Vingren. Pero la hermana Celina se interpuso entonces entre ese católico y el hermano Vingren, salvando la vida de éste. Otro católico, un hombre viejo, gritó entonces: ¡Basta! ¡Dejen que se ellos hagan la ceremonia! Pero el líder del grupo continuó firme en su propósito de impedir el bautismo. Vingren dijo a los enemigos: “¡Yo sólo hago lo que Jesús quiere!”  Bajo las amenazas de los enemigos, los candidatos comenzaron a cambiar su ropa y vestir las capas de bautismo en unas pequeñas tiendas en la selva, y luego se fueron al río. Mientras Vingren los bautizaba, los enemigos gritaban: ¡Miserables, comida de tigres, maten al misionero! Cuando el bautismo fue concluido, los enemigos pensaban que volveríamos a las tiendas a fin de cambiar de ropa, cuenta el hermano Vingren, pero Dios puso en mi corazón no cambiar de ropa, sino volver a la ciudad, mojados como estábamos. En seguida salí del agua, y, seguido de cerca por los nuevos convertidos, pasamos por el medio de toda aquella multitud de enemigos. Ellos se olvidaron de nosotros, quedaron boquiabiertos y nos dejaron pasar. Así, el Señor nos dio su liberación. – Esto fue muy valiente de su parte, le dije a Vingren. Él me respondió:  – ¿Valiente? Yo tenía el mandamiento de Cristo, tanto para predicar como para bautizar. No tenía otra cosa que hacer. Yo no podía desobedecer a Dios, aunque todos los hombres y todo el poder del Infierno viniesen contra mí para impedirlo. Nosotros tenemos primero que obedecer a Dios, pues así nos enseña la Biblia” [A. P. Franklin de su libro Entre Creyentes Pentecostales y Santos Abandonados en América del Sur]

Por causa de ministrar bautismos en la selva, Gunnar Vingren contrajo una fuerte fiebre

“Comencé a sentir un dolor terrible en las piernas, y durante varios meses solo pude caminar despacio y con mucha dificultad… la hinchazón subió hasta mi pecho de tal forma que me costaba respirar… me dio una tos tan grande que casi me costaba estar en la cama… la fiebre era tan alta que temblaba… Este cuadro continuó por cuatro semanas, aun así pude realizar algunos cultos allí. Los enemigos de la obra nos perseguían mucho durante aquellos días. Cierta noche apedrearon la casa donde estábamos reunidos… Otra noche planearon matarme y quemar la casa. Una hermana vino a alertarme de lo que estaban planeando. Una gran multitud se había reunido frente a la casa, la hermana que había venido a avisarme me aconsejó que huyese, y eso fue lo que hice. Salí corriendo por detrás de la casa, atravesé el patio y me interné en la selva, donde me escondí. Me sentía tan débil que debía andar a gatas. Caminé de esa manera dentro de la selva hasta encontrar una casa y allí me dormí. Los enemigos habían traído perros de caza para olfatear mis rastros. Pero Dios no permitió que ellos me hallaran. ¡Gloria a Jesús!… Al día siguiente regresé por barco a Belén, y tuve que ir a la cama con una fiebre altísima. Sentía como si me fuese a morir, estaba todo hinchado y no pude dormir por tres días y tres noches. Los hermanos oraron mucho por mí, y el Señor oyó sus oraciones y me sanó completamente… Gradualmente las fuerzas regresaron… Mi sufrimiento duró de junio hasta noviembre. Yo ya estaba tan acostumbrado con la dolencia que ella pasó a ser casi natural para mí. Pero el Señor me sanó, fue un milagro, tanto para mí como para los demás.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“La obra del Señor continuó, y su palabra continuó cada día a ser confirmada con milagros y maravillas. Un hermano fue curado de una enfermedad muy grave en una pierna, una hermana fue curada de una enfermedad considerada incurable, en los labios. Otro hermano que sentía dolor de cabeza, hacía ya diez años, fue sanado. Un hombre paralitico que estaba moribundo, y que ya no podía hablar, fue sanado y pasó a participar de los cultos. Una niña que estaba muriendo de tanta fiebre fue sanada. Un hombre muy anciano, que sufría de hernia desde hace nueve años, también fue alcanzado por la sanidad… Era también muy glorioso acompañar a los sonrientes y jubilosos nuevos convertidos a las aguas del bautismo. Era maravilloso ver como el Espíritu Santo caía sobre estos creyentes, y como ellos hablaban en otras lenguas, profetizaban y cantaban en el Espíritu Santo. Con mucho coraje ellos comenzaban a testificar de Jesús y a alabar su nombre… Cuando el Espíritu Santo es derramado en los corazones, se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu Santo. Entonces se oye júbilo y alegría en la tienda de los justos”.  [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

A pesar de que Gunnar Vingren era un pentecostal en todo sentido, no toleraba ningún exceso y no tenía miedo de exponerlo públicamente:

“Después que todos habían orado comenzaron a saltar y a danzar durante más o menos media hora. Después se pusieron de rodillas otra vez y oraron. Yo los exhorté a que dejasen esa cosa de danzar, pues eso no está escrito en el Nuevo Testamento, y era una tontería que ellos debían abandonar. Al día siguiente ocurrieron las mismas cosas. Decían que eran dirigidos por el Espíritu Santo, y uno de ellos era considerado profeta. Yo entonces hablé seriamente con él, y le dije que no es por medio de profecías, de interpretación y de lenguas que debemos ser dirigidos. Eso nos fue dado para nuestra edificación, mas la dirección verdadera y la instrucción necesaria vienen de la Biblia, que es la Palabra de Dios clara e infalible. Ellos entonces prometieron acabar con la danza. Pero, actuaron de la misma forma el día siguiente, me engañaron y en medio de la danza me mandaron afuera, entonces yo me fui”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

El trabajo evangelístico de Vingren se extendía a todos los rincones posibles: “¡Oh, qué momentos maravillosos tuvimos allí con aquellos hermanos! Nosotros nos reuníamos en sus casas de paja, a la vera de los diferentes ríos, y allí realizábamos cultos. Especialmente los sábados a la tarde las personas venían de diferentes lugares remando en canoas. Muchos de ellos remaban durante dos o tres horas para poder llegar. Comenzábamos los cultos los sábados a la noche y continuábamos hasta el amanecer. ¡Cómo era maravilloso reunirnos para cantar, orar, testificar y alabar al Señor, mientras los corazones desbordaban de alegría y gozo! El pueblo de Dios se reunía con toda sencillez, para alabar al señor, y el santo fuego del Espíritu caía y se propagaba cada vez más entre los moradores de las márgenes de aquellos ríos.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

Mientras tanto el amigo de Vingren, el misionero Daniel Berg, también abría caminos allí donde el evangelio no se predicaba.

“En otro lugar, llamado Guatipurá, junto a las vías del tren, la obra de Dios comenzó de la siguiente manera: Un muchacho encontró en la estación un ejemplar del Nuevo Testamento, lo llevó a su casa y comenzó a leerlo con su familia. Cuando el hermano Daniel Berg, pasó un día por allí con sus maletas repletas de porciones bíblicas, ellos dijeron: “Este hombre es un evangelista, vamos a llamarlo para que venga a nuestra casa”. Así lo hicieron, Daniel Berg les testificó, toda la familia se convirtió, y surgió allí una gran iglesia” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“Después de algún tiempo surgió una gran persecución en Guatipurá contra los creyentes. Ellos fueron golpeados hasta correr sangre, y llevados a prisión… La obra continuó expandiéndose más y más en esa región y surgieron muchas nuevas iglesias ¡aún bajo la persecución!… Fue siguiendo las vías del tren, unos 400 kilómetros, que Daniel Berg recorrió a pie, cargando sus maletas llenas de porciones bíblicas. Muchas veces sus pies quedaban tan lastimados y callosos, que terminaba caminando descalzo. Sufriendo hambre y necesidades de toda especie, él caminaba de puerta en puerta, evangelizando el pueblo, distribuyendo Evangelios y porciones bíblicas.”

“El siervo del Señor tiene que luchar mucho contra toda la mentira y toda la superstición que el pueblo aprendió desde niño, de los sacerdotes católicos… “La Biblia solo puede ser comprendida por los sacerdotes y no debe ser leída por el pueblo”… “Si alguien lee la Biblia protestante, solo por eso irá al infierno”… Esto es lo que los sacerdotes enseñan al pueblo, y nosotros tenemos que luchar contra esos prejuicios, contra la idolatría, la prostitución, la profunda ignorancia, y también contra el espiritismo. Más allá de esto, somos atacados de fiebres tremendas, y tenemos que soportar un clima caliente y severo, que en pocos años deja el cuerpo completamente agotado. Solo con la gracia de Dios, es que los misioneros podemos soportar todo esto. Tenemos que pasar también por privaciones de todo tipo, pues el alimento es muy básico e insuficiente, y muchas veces está contaminado, envenenado o estropeado, y perjudica al cuerpo que después queda lleno de heridas y llagas. De la misma manera se puede mencionar las peligrosas y venenosas serpientes, que se encuentran por todos lados; y los hombres malos y perversos, dispuestos para hacer todo tipo de maldades. También enfrentamos peligros en los viajes, en el mar y en los ríos. Pero, en medio de todo esto, Dios nos ha guardado y sustentado todos estos años. ¡Aleluya! Es maravilloso ver como Dios despedaza las puertas de hierro y libra a los presos de la prisión. Cuando la simple verdad de Jesús es predicada en el poder del Espíritu Santo, entonces la Palabra es siempre acompañada de señales y milagros.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

¿Cuál fue la causa del crecimiento de las iglesias pentecostales en Brasil?

“Predicaban y oraban día y noche, y se turnaban en los viajes al Interior de los estados de Pará y Amazonas. El objetivo de todos era ganar el máximo de almas para el Señor. Todos se esforzaban y el resultado no tardó: surgía una iglesia tras otra”.

“Estos cultos se realizaban muy cerca de la selva virgen. Para llegar hasta allí el acceso era muy difícil, pues o tenían que remar en barquitos a través de los ríos dentro de la selva, o caminar por las desiertas y densas selvas. A pesar de esas dificultades muchos creyentes llegaban para participar de los cultos a Dios. Siempre fue en circunstancias muy difíciles y primitivas que se realizó el trabajo pionero durante aquellos años. Primeramente tenían que luchar con un clima muy caliente, y las casas eran muy simples y rústicas, y lo mismo acontecía con la comida que no solo no era suficiente, sino deficiente. Un día Vingren escribió: “Hoy mientras comía banana con harina, en casa del hermano Reinaldo, sentí el poder de Dios y mucha alegría en el Espíritu Santo” Su plato de comida podía ser sencillo, pero aun así él sentía el poder de Dios y la presencia del Espíritu Santo. El poder de Dios lo sustentaba cuando él caminaba por los bosques para realizar cultos en las aldeas distantes, un día él caminó catorce kilómetros hasta el lugar del culto.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

El año de 1918 fue un momento muy importante para la continuidad del Movimiento Pentecostal en Brasil. La obra ya contaba con algunos años, ahora llegaba el momento de registrar la iglesia para que tuviese personería jurídica. Esto aconteció el 11 de enero de 1918, cuando la iglesia fue oficialmente registrada con el nombre de “Asambleas de Dios”.

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Cuando Dios dice sí, pero todavía no.

Traduciendo algunos capítulos del Diario de David Brainerd me encontré con este relato notable, que brinda una maravillosa enseñanza de la forma en que Dios, a veces, obra con respecto a sus promesas:

21 de julio, 1744. “Ya cerca de la noche, comenzó a agigantarse ante mí, la responsabilidad de mi trabajo entre los indios. Esto fue agravado por varias cosas que oí; en particular, que tenían intención de reunirse al día siguiente para una fiesta idólatra, con danzas. Entré en angustia. Pensé que, por causa de conciencia, debía intentar interrumpirla, pero no sabía cómo conseguiría esto.

Pero me retiré para orar y pedir poder de lo alto. Mi corazón se expandió mucho en oración y mi alma luchó como nunca, hasta donde yo recuerde. Entré en tal angustia e imploré con tanto fervor e importunación que, cuando me levanté, estaba extremadamente débil y abatido, y casi no podía mantenerme derecho. Mis articulaciones parecían flojas, el sudor corría por mi cara y por todo mi cuerpo; mi constitución física parecía a punto de disolverse. Hasta donde yo podía juzgar, me había desvinculado de toda finalidad egoísta, en mis súplicas fervientes por los pobres indios. Yo sabía que ellos estaban allí reunidos para adorar a los demonios, y no a Dios. Eso me hacía clamar desde el fondo del alma, para que Dios me ayudara prontamente, en mis intentos de interrumpir aquella reunión idólatra.

Mi alma se derramó durante mucho tiempo, y pensé que Dios iría conmigo a reivindicar su propia causa. Me parecía poder confiar en Dios en cuanto a su presencia y asistencia. Así pasé el anochecer orando incesantemente por la ayuda divina, a fin de que yo no dependiera de mí mismo, sino que dependiera todo el tiempo de Dios. Aquello por lo que pasé fue notable, de hecho, inexpresable. Todo aquí se desvaneció y nada parecía importante para mí, excepto la santidad en el corazón y en la vida, y la conversión de los paganos a Dios. Todos mis cuidados, temores y deseos que podrían clasificarse como mundanos, desaparecieron, y, en mi estima, parecían menos importantes que un pequeño soplo. Ansié mucho que Dios se hiciera un nombre entre los paganos, y apele a Él con la mayor libertad, diciéndole que Él sabía que yo “lo prefería a Él antes que a mi mayor satisfacción”. En efecto, no me quedaba noción de alegría de este mundo; no me importaba dónde o cómo viviese, ni cuáles dificultades tuviese que pasar, siempre y cuando pudiera ganar almas para Cristo. Seguí en esa actitud mental hasta entrada la noche. Cuando dormía, soñaba sobre esas cosas, y cuando me despertaba (lo que sucedió varias veces), lo primero que me ocurría era el gran trabajo de rogar a Dios protección contra Satanás.

Día del Señor, 22 de julio, 1774. Al despertar, mi alma se concentró en lo que parecía estar delante de mí. Clamé a Dios antes de salir del lecho, y así que me vestí, fui al bosque, a fin de derramar mi alma afligida delante de Dios; pidiéndole, en especial,  ayuda para mi gran trabajo, pues casi no podía pensar en otra. Disfruté del mismo fervor, y con inigualable libertad me consagré de nuevo a Dios, para la vida o para la muerte; para todas las durezas a que Él me llamara entre los paganos. Y sentí como si nada pudiese desanimarme de aquel bendito trabajo. Tuve la fuerte esperanza de que Dios “rompería los cielos y bajaría”, haciendo alguna maravilla entre los paganos. Mientras cabalgaba hasta donde estaban los indios, cerca de cinco kilómetros de distancia, mi corazón se elevaba continuamente a Dios, en busca de su presencia y ayuda, casi en la expectación de que Dios haría de éste, el día de su poder y gracia entre los pobres indios.

Cuando llegué donde estaban, los encontré ocupados en sus festejos; pero mediante la bondad divina conseguí persuadirlos a renunciar y a escuchar mi predicación. Sin embargo, aun así me pareció que no se manifestaba nada del poder de Dios entre ellos. Les prediqué de nuevo por la tarde y pude notar que los indios estaban más serios que antes, pero aun así no noté nada de especial entre ellos. Por eso, Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios, antes de que tengan más conocimientos”. Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”.

Supongo, que a muchos de ustedes les habrá pasado como a mí, que esperaban un final del relato con algún hecho asombroso, alguna respuesta extraordinaria de parte de Dios a las oraciones de su siervo. Pero donde debería haber habido un SÍ, hubo un rotundo NO. Allí está un jovencito misionero, al cual la tuberculosis lo está consumiendo, pero su único anhelo y clamor es que Dios sea conocido entre los perdidos. Se sumerge en las profundidades de la oración, que no son otra cosa que las mismas alturas de la presencia gloriosa de Dios. Siente en su alma la respuesta de Cristo a sus plegarias, la convicción de que ha sido escuchado, y que Dios mismo tomará en sus manos la situación para glorificarse. Esto es llegar al estado de “prevalecer en oración”, tener la confirmación de que Dios ya ha dicho SÍ.

Sin embargo, sigue hacia adelante y se estrella contra las circunstancias que le gritan ¡NO! Y se tambalea, ¿Dios dijo SÍ, pero ha obrado como un NO? ¿Qué sucedió? Y el diablo reanuda su trabajo: “Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios”. ¿Pero cómo, Dios te dijo sí, y ahora te deja en esta situación de fracaso?

Estas bofetadas del enemigo hacen mucho daño, y lo hacen porque aún no hemos aprendido que entre el SÍ de Dios a nuestra oración, y la llegada de la respuesta concreta, pueden haber varios NO de por medio. Para decirlo de otra manera, un SÍ de Dios, puede estar compuesto de varios NO. Dios te da la convicción de que tu oración ha sido oída, y que Él obrará a tu favor, pero a partir de entonces, comienzas a recibir varias bofetadas de las circunstancias, todo parece gritarte ¡No!, ¡No!, ¡No! Y el diablo te susurra, ¿pero cómo, no estabas seguro de que Dios obraría?… Dios no existe, y si existe te ha olvidado… o todo ha sido un invento de tu imaginaciónY allí nos quedamos, perplejos… frustrados…

Pero observa lo que dice este santo varón de Dios, David Brainerd, ante ese panorama desolador:Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”. A pesar del cansancio, la debilidad, la perplejidad; a pesar de las burlas y las dudas lanzadas por el diablo, él decidió morir a todos los encantos del mundo, y se resolvió a seguir esperando en Dios, en ese Dios que le había dicho SÍ.

Todos conocen el final glorioso de la obra de David Brainerd entre los pueblos nativos del Delaware, un poderoso avivamiento se derramó allí y muchísimas almas fueron ganadas para el reino de Cristo. El Sí de Dios fue glorioso. Que esta experiencia de nuestro admirado misionero nos haga entender que las promesas de Dios son en él, SÍ, y en él Amén. Lo que Dios prometió, Dios lo cumplirá; aunque tengamos que atravesar varios NO por el camino que pasa de por medio. 

…•…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible – Roger Olson: Teología Arminiana: Mitos y Realidades

Este material ha sido traducido por Diarios de Avivamientos, con el único fin de su uso pedagógico dentro del ámbito de la comunidad de Diarios de Avivamientos – Este libro no se encuentra en español- 

Mito 2

Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible

A pesar de los puntos comunes, el calvinismo y el arminianismo son sistemas de teología cristiana incompatibles; no hay un término medio estable entre ellos en las cuestiones determinantes.

EN EL CAPÍTULO UNO NOSOTROS VIMOS QUE HAY MUCHOS puntos en común entre el arminianismo evangélico (arminianismo de corazón) y el calvinismo evangélico (hasta incluso el rígido). En él he intentado mostrar que, en realidad, el calvinismo y arminianismo son expresiones de una misma fe, y que ambos, en sus clásicas expresiones, afirman la dependencia humana de la gracia de Dios para todo lo que es bueno. Por ejemplo, contrariamente a lo que muchos calvinistas parecen creer, los arminianos clásicos comparten con los calvinistas clásicos una robusta creencia en la depravación humana y en la necesidad de iniciativa divina para la salvación. Ellos concuerdan en que los humanos caídos no pueden ejercer una buena voluntad para con Dios, aparte de la iniciativa de la gracia. En este aspecto ambos honran las Escrituras y son igualmente evangélicos.

Este capítulo se ocupa de un mito diferente: que en virtud de sus puntos en común el arminianismo y el calvinismo pueden ser combinados, creando un sistema híbrido. No es inusual en los círculos evangélicos oír a los cristianos sinceros y bien intencionados declararse a sí mismos como “calminianos“, una combinación de calvinista y de arminiano. Me encontré con esta alegación innumerables veces cuando presentaba el calvinismo y el arminianismo en clases de la universidad, seminarios o iglesias. Generalmente los alumnos preguntan: “¿Por qué no puede haber un término medio entre el calvinismo y el arminianismo?”  A lo cual alguien responde: “¡Pero lo hay – se llama calminianismo!”  Un deseo sincero de crear un puente entre el abismo que ha causado tanto conflicto, crea la base para este concepto erróneo. De ninguna manera deberíamos menoscabar este anhelo por la unidad, es admirable; aunque su cumplimiento sea, en este caso, imposible.

Antes de entrar en una explicación de por qué son incompatibles, sería útil (principalmente para los que no leyeron la introducción) revisar el significado de calvinismo y arminianismo. Si la unidad es la preocupación prioritaria, sus irreconciliables diferencias pueden ser artificialmente amenizadas. Cuando ellos son definidos de formas que difieren de sus definiciones clásicas, es fácil combinarlos. Así, esta pseudo-unidad entre ellos es determinada por la manera en como los entendemos y los definimos. Sin embargo, cuando el arminianismo y el calvinismo son entendidos en sus sentidos históricos y clásicos, ninguna combinación es posible; siempre permanecerán como alternativas, principalmente en cuestiones soteriológicas.

El calvinismo es el sistema de creencia cristiana protestante oriundo de las enseñanzas del siglo XVI de Juan Calvino. Es la forma más conocida de la ramificación reformada del protestantismo. Y su expresión más sistemática y lógicamente rígida se encuentra en dos declaraciones doctrinales del siglo XVII: los Cánones del Sínodo de Dort (1618) y la Confesión de Fe de Westminster (1648). El corazón y alma del calvinismo (además de la ortodoxia protestante) son un énfasis característico en la soberanía de Dios, principalmente en la salvación. Dios es la realidad totalmente determinante que pre-ordena [predetermina – predestina] y torna cierto todo lo que sucede, principalmente y por encima de todo, la salvación de los pecadores [*] Esto se extiende a los individuos, de manera que son predestinados incondicionalmente por Dios para la salvación eterna. De acuerdo con el calvinismo rígido. Dios determina ignorar a otros (el decreto de la reprobación), dejándolos en su merecida condenación eterna. La gracia de Dios para la salvación es irresistible y eficaz, y para los calvinistas más tradicionales, la muerte expiatoria de Cristo en la cruz fue intencionada por Dios sólo para los elegidos.

[*] Esta reivindicación de providencia meticulosa es negada por algunos calvinistas, pero fuertemente afirmada por la mayoría de los eruditos calvinistas, incluyendo el propio Calvino. El teólogo calvinista Edwin Palmer expresa fielmente la propia creencia de Calvino acerca de la soberanía de Dios cuando escribe que “Predeterminación” significa el plan soberano de Dios donde Él decide todo lo que va a suceder en todo el universo. Nada en este mundo sucede por casualidad. Dios está detrás de todo. “Él decide y hace que todas las cosas que deben suceder, sucedan” (The Five Points of Calvinism, Grand Rapids, Baker, 1972. p. 245). Algunos calvinistas quieren limitar la pre-ordenación determinante de Dios para asuntos soteriológicos, de suerte que Dios no sea responsable de toda calamidad – incluyendo la caída de la humanidad – que acomete al mundo. Si esto es consistente con el calvinismo clásico, o si el calvinismo clásico incluye la providencia meticulosa conforme la expresada por Palmer, eso corresponde a los calvinistas decidir.

El arminianismo es oriundo de las enseñanzas del holandés Jacobo Arminio, que reaccionó al calvinismo rígido y rechazó muchos de sus fundamentos característicos. Él y sus seguidores, conocidos como los Remonstrantes, negaron el monergismo de Calvino (salvación determinista) y optaron por la interpretación de un Dios, que sin detrimento de su soberanía, se auto-limita, concediendo libre albedrío a las personas por medio de la gracia preventiva [previniente]. Dios permite que su gracia para la salvación sea resistida y rechazada, y determina salvar a todos los que no la rechazan, sino que la abrazan como su única esperanza para la vida eterna. La expiación de Cristo es de ámbito universal; Dios envió a Cristo para morir por los pecados de todas las personas. Pero la eficacia salvífica de la expiación se extiende sólo a aquellos que aceptan la cruz por la fe. El arminianismo confronta al monergismo con un sinergismo evangélico, que afirma una cooperación necesaria entre las agencias divina y humana en la salvación (aunque las coloca en planos totalmente diferentes). En la salvación, la gracia de Dios es el agente superior; el libre albedrío humano (la no resistencia) es el agente menor. Arminio, y sus seguidores fieles, reaccionaron al calvinismo rígido sin propagar ninguna nueva doctrina; se apoyaron en la patrística griega y en algunos luteranos. También fueron influenciados por el reformador católico Erasmo.

Cuando el calvinismo y el arminianismo se describen correctamente, sus diferencias deberían ser claramente obvias. El espacio entre ellos en muchos puntos es amplio y profundo. Se centra en los tres puntos (del medio) del famoso acróstico del  TULIP: 1. depravación total, 2. elección incondicional, 3. expiación limitada, 4. gracia irresistible y 5. perseverancia de los santos. En cuanto los arminianos aceptan la elección divina, sostienen que es condicional. Al paso que aceptan una forma de expiación limitada [lo contrario sería universalismo], rechazan la idea de que Dios haya enviado a Cristo para morir sólo por una porción de la humanidad.

La naturaleza de la expiación limitada está basada no sólo en la intención de Dios, sino en la respuesta humana. Sólo son salvos por Dios los que aceptan la gracia de la cruz; los que la rechazan y buscan salvación en otro lugar fallan en ser incluidos en ella, y esto por elección propia, con el desagrado de Dios. Mientras los arminianos abrazan la necesidad de la gracia sobrenatural para la salvación (como para cualquier bien espiritual, incluyendo la primera inclinación de la voluntad hacia Dios), niegan que Dios, de manera irresistible, doblegue la voluntad humana de manera que ellos son eficazmente salvados, independientemente de su propia respuesta espontánea (no autónoma).

Arminianismo y Calvinismo contrastados

Al principio del capítulo uno, yo admitía que el arminianismo y el calvinismo son términos discutidos. Nadie habla por todos los calvinistas acerca de todo, así como nadie habla por el arminianismo acerca de todos los asuntos. Por lo tanto, para apoyar mis descripciones concisas, apelo al ministro reformado y teólogo Edwin Palmer y al teólogo H. Orton Wiley, de la Iglesia del Nazareno. Describiendo el calvinismo clásico, Palmer escribió: “El arminiano enseña la elección condicional; donde el calvinista enseña una elección incondicional”, y “Esto es entonces una elección incondicional: la elección de Dios no descansa en nada de lo que el hombre haga”. [PALMER. Edwin. Los Cinco Puntos de Calvinismo. Grand Rapids: Baker, 1972. p.27, La presentación de Palmer del calvinismo es incisiva y, a veces, afirmada de manera austera. Sin embargo, no sólo fue pastor de iglesias reformadas, sino que también sirvió como profesor en el Westminster Theological Seminary, que es una institución calvinista ampliamente respetada. Su presentación del calvinismo es consistente con las primeras presentaciones dadas por los teólogos Archbald Alexander, Charles Hodge, A. A. Hodge y B. B. Warfield, todos de Princeton].

 Concerniente a la elección Wiley dijo:

“El arminianismo afirma que la predestinación es el propósito de la gracia de Dios de salvar a la humanidad de la completa ruina. No es un acto arbitrario e indiscriminado de Dios, intencionado para garantizar la salvación de cierto número de personas y nada más. Ella incluye, provisionalmente, a todos los hombres en su alcance, y está condicionada únicamente en la fe en Jesús”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.; Beacon Hill, 1941, v, 2, p. 337. Wiley confiaba fuertemente en los grandes teólogos arminianos del siglo XIX Richard Watson, William Burton Pope, Thomas Summers y John Miley. La teología de Wiley es completamente consistente con la de ellos y con el propio pensamiento de Arminio].

De acuerdo con Palmer, y el calvinismo clásico en general, la muerte expiatoria de Cristo fue suficiente para todo el mundo, incluyendo cada individuo que ya existió y que existirá, pero intencionada por Dios sólo para los elegidos. “La Biblia enseña innumerables y, repetidas veces que Dios no ama a todas las personas con el mismo amor”, y “la expiación de Cristo es limitada en su alcance ya que Cristo se propuso, y, de hecho, quitó la culpa de los pecados de un número limitado de personas – a saber, aquellos a quienes Dios amó con un amor especial desde la eternidad. La expiación de valor ilimitado está limitada a ciertas personas” [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids; Baker, 1972. p. 44, 42].

Wiley, hablando por todos los arminianos, escribió:

“La expiación es universal. Esto no significa que toda la humanidad será salva incondicionalmente, sino que la oferta sacrificial de Cristo hasta cierto grado satisfizo las reivindicaciones de la ley divina para hacer de la salvación una posibilidad para todos. La redención, por lo tanto, es universal o general en el sentido provisional, pero especial o condicional en su aplicación al individuo”.   [WILEY, op. cit., v. 2. p. 295].

El contraste puede no ser tan nítido como podríamos esperar, pues tanto los calvinistas como los arminianos creen que la expiación es tanto universal como limitada, pero en sentidos diferentes. De acuerdo con el calvinismo la expiación es universal en valor; es suficiente para salvar a todos. De acuerdo con el arminianismo ella es universal en intención; busca salvar a todos. De acuerdo con el calvinismo ella es limitada en el alcance, tiene la intención de salvar solo a los elegidos, y de hecho, los salva. De acuerdo con el arminianismo, es limitada en eficacia; ella, de hecho, salva únicamente a los que la aceptan por la fe.

Los arminianos creen que la descripción calvinista del alcance de la expiación es errada, no puede dejar de evitar limitar el amor de Dios, que contradice pasajes bíblicos tales como Juan 3.16, que los calvinistas deben interpretar como refiriéndose no a todo el mundo (es decir, todas las personas), sino a las personas de todas las tribus y naciones.  [PALMER, op. c., p. 45]. [Los arminianos generalmente encuentran esta limitación del alcance de la expiación para los elegidos, sorprendente a la luz del énfasis escriturístico en el amor de Dios por todo el mundo y en la muerte de Cristo en favor de toda la humanidad. El teólogo bautista Vernon Grounds, presidente durante mucho tiempo del Seminario de Denver, dice; “Una mera cadena de pasajes presenta el hecho, pues esto es un hecho, de que el propósito divino en Jesucristo abraza no un segmento de la familia humana, sino la raza en totalidad”, y “Se requiere una ingenuidad exegética, que no es nada más que una virtuosidad aprendida para vaciar estos textos de sus significados obvios; es necesario una ingenuidad exegética, bordeando el sofisma, para negar su explícita universalidad” (Grace Unlimited, Ed. Clark H. Pinnock, Minneapolis, Bethany House, 1975, pág. 26, 28)].

Los calvinistas temen que el énfasis arminiano en la universalidad de la expiación resulte inexorablemente en universalismo; si Cristo, en realidad, padeció por los pecados de todas las personas, ¿por qué alguien irá al infierno? ¿Todos no serían salvos por la muerte expiatoria de Cristo? ¿El infierno no sería un castigo redundante? Los arminianos responden que eso es exactamente lo que hace que el infierno sea trágico: él es absolutamente innecesario. La gente va allá no porque sus castigos no fueron sufridos por Cristo, sino porque rechazan la amnistía proporcionada por Cristo, por intermedio de la muerte sustitutiva de Cristo.

Esta es la forma en que Palmer explicó la gracia irresistible:

“Dios envía su Espíritu Santo para actuar en la vida de las personas de manera que, definitiva y ciertamente, serán cambiadas de personas malas para personas buenas. Es decir que el Espíritu Santo ciertamente – sin cualquier “y” o “si” o “pero” – hará que todos los que Dios escogió desde la eternidad y por quienes Cristo murió, crean en Jesús.”  [Ibid. p. 58].

Los calvinistas típicamente describen este proceso como “enderezar la voluntad”. En otras palabras, Dios no coacciona a nadie espiritualmente, pero hace que los elegidos deseen la gracia de Dios y que respondan a la iniciativa de Dios con alegría. Los arminianos sospechan que esto viola la relación entre Dios y el hombre, de suerte que los humanos se convierten en títeres en las manos de Dios. Ellos rechazan esto no porque valoren la autonomía humana (como muchos calvinistas piensan), sino porque valoran la naturaleza genuinamente personal de la relación entre Dios y el hombre. El amor que no es elegido libremente no parece ser amor genuino. Además, si Dios selecciona algunos para ser salvos incondicional e irresistiblemente, ¿por qué no escoge a todos? ¿Sobre qué fundamento y por qué razones Dios ignora algunos pecadores y tuerce las voluntades de otros para que respondan con fe? La naturaleza incondicional e irresistible de la gracia en el esquema calvinista parece arbitraria, si no caprichosa. En contraste, los arminianos defienden que la gracia de Dios es resistible:

“El arminianismo sostiene que la salvación es enteramente por gracia, que todo movimiento del alma hacia Dios es iniciado por la gracia divina; pero también reconoce, en un sentido verdadero, la cooperación de la voluntad humana, pues en última etapa, es el agente libre quien decide si la gracia ofrecida es aceptada o rechazada”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.: Beacon Hill, 1941. v. 2, p. 356].

Y con todos los arminianos, Wiley argumenta que la gracia siempre puede ser resistida, incluso la gracia previniente – la gracia capacitadora que Dios proporciona antes de la salvación – que viene independiente del pedido o deseo humano. Una vez que aparece, siempre puede ser, y es frecuentemente, rechazada.

Es extremadamente importante revelar las diferencias reales entre el arminianismo y el calvinismo, y que las personas no queden encantadas por semejanzas ilusorias. Así como, tanto los arminianos como los calvinistas, creen en una expiación universal y limitada, pero en sentidos diferentes; ellos también creen que la gracia es irresistible y resistible, pero en sentidos diferentes. Los calvinistas creen que los réprobos, los que Dios eligió ignorar para la salvación, naturalmente resisten la gracia de Dios. Y los elegidos, los escogidos para la salvación y que son regenerados espiritualmente antes de la salvación, hallan la gracia de Dios irresistible y, por lo tanto, aceptan el evangelio.

De modo similar, los arminianos creen que las personas no tienen elección en relación a la gracia previniente; es irresistible en el sentido de que es un don de Dios que se da a todos. Pero la gracia previniente no doblega la voluntad, o coloca la libre agencia a un lado. En cuestiones espirituales, ella [la gracia previniente] crea el libre albedrío y la libre agencia, y por lo tanto los humanos pueden resistirse a ella una vez que la reciben. De nuevo, muchos puntos en común y una gran separación, yacen entre el calvinista y el arminiano.

En este momento, ya debe estar claro el por qué el calvinismo verdadero y el arminianismo verdadero no pueden ser combinados. Ninguna mezcla es posible a pesar de que no están en desacuerdo acerca de todo. En cuanto a estos tres asuntos indispensables, no es posible crear un puente entre ellos. Una vez que los términos son propiamente dilucidados, queda claro que, en lo que se refiere a la elección, expiación y gracia, el calvinismo y el arminianismo son considerablemente diferentes.

La imposibilidad del Calminianismo

Sin embargo, a pesar del acentuado contraste entre el calvinismo y el arminianismo en ciertos puntos doctrinales esenciales, muchas personas tratan de forzarlos en un híbrido: calminianismo. Los calvinistas clásicos y los arminianos clásicos concuerdan que tal híbrido es imposible. El autor calvinista W. Robert Godfrey, presidente del Seminario Teológico de Westminster de California, lo rechaza:

“Algunos intentan dividir la diferencia entre el arminianismo y el calvinismo. Dicen algo como: “Quiero ser un 75% calvinista y un 25% arminiano”. Si literalmente quieren decir esto, entonces son 100% arminianos, una vez que conceder cualquier lugar determinante a la voluntad humana es arminiano. Por lo general ellos quieren acentuar la gracia de Dios y la responsabilidad humana. Si esto es lo que quieren decir, entonces ellos pueden ser 100% calvinistas, pues el calvinismo, de hecho, enseña que la gracia de Dios es enteramente la causa de la salvación, y que el hombre es responsable ante Dios de oír y observar la llamada de arrepentimiento y fe.” [GODFREY, W. Robert. “Who Was Arminius?”, Modern Reformation, n. 1, 1992, p. 24]

Los arminianos clásicos consistentes concuerdan con Godfrey que su sistema de creencia es incompatible con el calvinismo, y defienden que la mayoría de las personas que se declaran a sí mismas calminianas, o 75 por ciento calvinistas y 25 por ciento arminianas son, de hecho, arminianas. Algunos son simplemente inconsistentes y deseosos de abrazar proposiciones contradictorias.

Algunos que buscan un híbrido de calvinismo y arminianismo lo hacen apelando hacia una unidad mayor de verdad, que trascienda nuestras percepciones finitas y limitadas al tiempo. Ellos perciben que la Biblia parece afirmar tanto la soberanía divina absoluta como la cooperación humana con Dios en la historia, y la salvación. El pasaje clásico que parece enseñar la paradoja de la gracia es Filipenses 2,12-13: “obrad vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el efectuar, según su buena voluntad” (KJV). Una ilustración común utilizada para soportar el argumento de que tanto el monergismo como el sinergismo son verdaderos (y no sólo contienen algún aspecto de la verdad) es el de dos rieles de tren que parecen unirse más allá del horizonte. ¡El problema con esta ilustración es que los rieles no se unen (convergen)!

Otra ilustración común es la placa imaginaria en la puerta de entrada del cielo que dice: “Quien quiera entre libremente”. Al otro lado de la placa, en el interior del cielo, el mismo cartel dice: “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo”. Ambas verdades se enseñan claramente en la Escritura. Pero Charles Spurgeon, predicador bautista británico, que probablemente fue el autor de la ilustración, quiso utilizarla para ilustrar el calvinismo. Y ella lo ilustra. Colocar “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo” en la placa del lado de dentro del cielo, implica elevar una verdad del calvinismo.

La verdad desnuda y cruda es que en ciertos puntos el calvinismo clásico y el arminianismo clásico simplemente discrepan entre sí, y que ningún puente uniendo los dos campos puede ser encontrado; no se puede crear ninguna combinación de los dos. El calvinismo puede ser visto como un medio término entre el fatalismo y el sinergismo. El arminianismo puede ser visto como un medio término entre el semipelagianismo y el calvinismo. Pero entre el calvinismo y el arminianismo no hay compatibilidad mutua.

La lógica siempre forzará a la persona a seguir un camino o el otro. Por supuesto, si no nos preocupamos con la lógica, entonces habitamos en una casa calminiana construida artificialmente sobre la arena. Pero ella será devastada por duras cuestiones de lógica y sentido común. ¿La elección de individuos para la salvación es condicional o incondicional? Si respondemos: “No sé”, ningún hibrido calminiano existe. Pero si respondemos: “Ambas”, ¿dónde está el medio término? ¿Cómo podemos, de manera lógica, combinar la elección incondicional con la condicional? Las mismas preguntas podrían ser hechas para la visión calminiana de la expiación y de la gracia.

¿Dios planeó que la muerte expiatoria de Cristo salvase a todos, o sólo a unos pocos? Si respondemos que Dios quiere salvar a todos, pero que sabe que sólo algunos serán salvos, ¡somos arminianos! Si respondemos que Dios quiere salvar sólo algunos, aunque su muerte sea suficiente para salvar a todos, ¡somos calvinistas! Casi todas las respuestas inteligentes del calminianismo para tales indagaciones acaban siendo calvinistas o arminianas.

¿La gracia salvífica es resistible o irresistible? ¿Es eficaz o puede ser rechazada? ¿Dónde está el término medio? Una vez que el calminiano comienza a definir y aplicar, él o ella inevitablemente revelarán colores calvinistas o arminianos.

Un intento bastante popular de trascender el calvinismo y el arminianismo es la de apelar a la alegada atemporalidad de Dios (o la eternidad de Dios por encima y más allá del tiempo). Algunos dicen que desde la perspectiva divina no hay conflicto entre predestinación y libre albedrío. (Claro, ¡los arminianos siempre argumentaron que no hay tal conflicto porque la predestinación es condicional!). Sin embargo, suponiendo que los que apelan a la atemporalidad de Dios quieren decir que la elección y la predestinación son ambas condicionales e incondicionales, ¿cómo la atemporalidad divina ayuda a aliviar la contradicción?

Lo mismo podría ser indagado acerca de la expiación y la gracia. La atemporalidad no ayuda, pues, incluso desde la perspectiva de un Dios atemporal, el decreto de salvar a algunas personas debe basarse o en una elección incondicional o en algo que Dios (atemporalmente) ve en ellos, tal como la no resistencia a la gracia. Ambos, los primeros seguidores del calvinismo clásico y del arminianismo clásico presumieron la atemporalidad divina, sin embargo, ninguno de los lados apeló a la atemporalidad de Dios como la solución, pues percibieron que el otro lado también podría apelar a la atemporalidad divina.

Aunque todos los momentos del tiempo están simultáneamente ante los ojos de Dios, la elección atemporal de Dios de algunos para ser salvos está basada en algo que Él ve en ellos, o que no ve. O la intención y propósito de Dios, en y por medio de la expiación, es salvar a todo hijo caído de la raza de Adán, o es salvar sólo algunos. O la gracia salvífica de Dios puede ser resistida, o no. Apelando a la dicotomía de tiempo y eternidad no se resuelve el problema, o crea un híbrido.

Por más duro que esto parezca a las personas que tienen la unidad en alta estima (principalmente entre cristianos), necesitamos lidiar con la responsabilidad de elegir entre el calvinismo y el arminianismo. Esto no significa escoger entre el cristianismo y otra cosa. Significa escoger entre dos interpretaciones bíblicas respetadas que coexisten dentro del cristianismo evangélico desde hace siglos. Para muchas personas esta elección presenta muy poco riesgo, pues la iglesia en la que se congregan permite que ambas perspectivas coexistan pacíficamente lado a lado. [Esto es verdad entre muchas iglesias bautistas así como iglesias enraizadas en la tradición pietista, tal como la Iglesia Evangélica Libre de América, cuyo lema es “En lo esencial unidad, en lo no esencial libertad, en todas las cosas caridad”. Tales iglesias generalmente relegan las creencias del monergismo y sinergismo al ámbito de no esenciales. Esto no significa que estos asuntos doctrinales no sean importantes, sino que no son la esencia del cristianismo]. Sin embargo, muchas denominaciones, de hecho, exigen cierta posición confesional en relación al monergismo y sinergismo para el liderazgo, si no para la membresía. [La Iglesia Cristiana Reformada (de América) y la Iglesia Presbiteriana de América son decididamente calvinistas, mientras que la Iglesia del Nazareno y la mayoría de las iglesias metodistas (incluyendo sus ramificaciones) son arminianas].

La enorme brecha entre el calvinismo y el arminianismo

¿El calvinismo y el arminianismo pueden probarse a sí mismos apelando únicamente a la Escritura? Sólo podemos desear que sí. Sin embargo, muchos calvinistas y arminianos astutos y convictos concuerdan que no es tan simple. Tanto el monergismo como el sinergismo pueden acumular listas impresionantes de pasajes escriturales de soporte y exégesis erudita, que refuerzan sus conclusiones. Después de veinticinco años estudiando este asunto, llegué a la conclusión de que apelar únicamente a la Escritura no puede probar que un lado tiene razón y que el otro está equivocado.

Cristianos sensatos y espiritualmente maduros exploraron la Biblia y llegaron a conclusiones radicalmente diferentes, acerca de la relación de la elección y libre albedrío y la resistencia a la expiación y a la gracia. En verdad, esto perdura desde hace siglos. ¿Sólo un lado honra la Escritura? No. De manera similar, así como los Demócratas y los Republicanos interpretan la Constitución de los Estados Unidos de manera diferente, ambos la honran en la medida que la interpretan de manera responsable.

Si apelando únicamente a la Biblia no resuelve nuestro problema, ¿qué lo resolverá? Dudo que pueda ser resuelto por el argumento o el diálogo. Él es ampliamente una cuestión de aquel misterio llamado: perspectiva. Los filósofos lo llaman “blik” (una interpretación de nuestra experiencia cuya veracidad o falsedad no pueden probarse). Es una forma básica de ver la realidad. Vemos el mundo de tal y tal manera, aunque no haya pruebas. Piense en el famoso diseño que se puede ver tanto como pato como conejo. Algunas personas instantáneamente ven un conejo, pero no el pato, pero otras ven el pato, y no el conejo. Nadie ve los dos animales al mismo tiempo, y ver al otro (aparte de aquel que había visto primero) es una cuestión de cambio de perspectiva, y no de persuadirse a ver “otra cosa”. Así es con el calvinismo y el arminianismo. A pesar de las quejas y murmuraciones de los extremistas de ambos lados, que parecen creer que los adeptos de la otra teología están actuando de mala fe; las personas de buena fe igualmente pueden escoger lados distintos. ¿Por qué? Porque cuando éstos leen la Biblia, encuentran a Dios identificado de una manera u otra. En el fondo de estas diferencias doctrinarias yace una perspectiva  diferente, acerca de la identidad de Dios, basada en la auto-revelación de Dios en Jesucristo y en la Escritura, que colorean el resto de la Biblia. Toda la Escritura presenta el aspecto del monergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como regente soberano, o toda la Escritura presenta el aspecto del sinergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como padre celestial amoroso y compasivo. Esta epistemología de “ver cómo” (perspectiva) no pasa por alto a la Escritura, pero revela patrones percibidos de ella. [No estoy sugiriendo un relativismo de la revelación tal, que la Escritura no signifique nada en particular. Mi propia visión es que el monergismo no es la interpretación correcta de la revelación de Dios en la Escritura, y puedo ver cómo los monergistas llegan a su entendimiento equivocado. Pero es solamente al “andar dentro” de la perspectiva de ellos, en lo mejor que yo pueda hacerlo, y ver la Escritura como ellos la ven, que revela un patrón diferente. Sin embargo, yo creo que mi perspectiva está más cerca de la verdad].

Aunque la exégesis bíblica sola no puede probar el calvinismo ni el arminianismo, la exégesis bíblicamente correcta refuerza cada sistema de teología. La Escritura es el material que proporciona el patrón (gestalt) que forma la perspectiva (blik) que controla la interpretación de pasajes individuales. Esto explica por qué las personas son calvinistas o arminianas, cuando falta una prueba exegética clara e inequívoca para cada sistema. Ambos sistemas ven a Dios como identificado por toda la Escritura (visión sintética) de cierta manera.

Otra cuestión que complica la elección entre el calvinismo y el arminianismo es que ambos sistemas contienen problemas muy difíciles, si no insuperables. Los dos se esfuerzan mucho para explicar grandes porciones de la Escritura; los dos necesitan admitir los misterios que bordean las contradicciones dentro de sus sistemas. Edwin Palmer expresó más fuertemente que la mayoría de los calvinistas un problema en su sistema de creencias. Dios, admitió él, predetermina todo y, por lo tanto, predetermina incluso el pecado y el mal, sin embargo, solamente los humanos son culpados por hacer aquello que no pueden evitar. [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids: Baker, 1972. p. 85] “Él [el calvinista] percibe que lo que él aboga es ridículo… El calvinista libremente admite que su posición es ilógica, ridícula, insensata y tonta” Y, sin embargo, como la mayoría de los calvinistas, Palmer alegó que “esta cuestión secreta pertenece al Señor nuestro Dios y debemos dejar las cosas como están. No debemos investigar el consejo secreto de Dios”. [Ibid. p. 85, 87].

Muchos calvinistas se sentirán constreñidos con la admisión de Palmer acerca del misterio incorporado a la creencia calvinista. Ella es un poco extrema, principalmente para los calvinistas que se preocupan por la lógica. Pero casi todos los calvinistas concuerdan que hay puntos, como éste, donde el calvinismo se enfrenta al misterio y que no puede dar una solución racionalmente satisfactoria. Los arminianos circunspectos, similarmente, reconocen las dificultades de lógica y problemas dentro de su propio sistema de creencia. ¿Quién puede explicar cómo la libre agencia es la habilidad de hacer algo diferente de lo que alguien, de hecho, hace? El libre albedrío no es un problema en el calvinismo, ya que es negado o se explica de tal manera que es despojado de todo su misterio.

Pero todos los arminianos clásicos creen en un libre albedrío libertario, que es una elección auto-determinante; y él es incompatible con la determinación de cualquier tipo. Esto parece equivaler a una creencia de un efecto sin causa – la libre elección de la persona de ser o hacer algo sin antecedente. Buridan, un filósofo cínico medieval, despotricó de tal libre albedrío, sugiriendo que una mula que él poseía moriría de hambre aunque dos cuencos llenos de comida fuesen colocados delante de ella, ¡pues nada la inclinaba a comer de un cuenco o del otro! Los arminianos no son persuadidos por tales argumentos, ellos saben que la mula hambrienta escogería libremente comer de un cuenco o de otro [sin esperar un impulso divino]. Pero dejando los sofismas de lado, los arminianos saben que su creencia en la libertad libertaria es un misterio (no una contradicción).

La cuestión aquí es que ambos lados (y tal vez todos los sistemas teológicos importantes) implican misterios, y al hacer sus sistemas teológicos perfectamente inteligibles, el misterio es un problema. Irónicamente, ambos lados tienden a apuntar la debilidad del otro al apelar al misterio, sin admitir su propio misterio. Cada lado apunta a la pequeña paja en el ojo del otro, ¡mientras que ignora la paja del mismo tamaño (¿o viga?) en su propio ojo! Así, parece que las personas no son calvinistas o arminianas porque un lado logró probar estar en lo correcto, sino porque estas personas encuentran un conjunto de misterios (o problemas) con el cual es más fácil de convivir, que con el otro. Por supuesto, los partidarios de ambos grupos apuntan a pasajes bíblicos de soporte y experiencias (tal como ser adoptado por Dios aparte de una conciencia de elección). Pero, al final, ningún lado puede completamente derrotar al otro, o demostrar de manera concluyente su propio sistema. El filósofo Jerry Walls magistralmente enfatiza esto:

“Observen que tanto los calvinistas como los teólogos del libre albedrío [Arminianos] llegan, por fin, a un punto donde explicaciones adicionales son imposibles. Ambos llegan al límite de la elección inexplicable. El teólogo del libre albedrío no puede explicar plenamente porque algunos escogen a Cristo mientras otros no. El calvinista no consigue decirnos por qué, o sobre qué base, Dios elige algunos para la salvación e ignora a otros”  [WALLS, Jerry. “The Free Will Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1983. p. 25].

Ambos, entonces, enfrentan dificultades insuperables al explicar ciertas características de sus sistemas, y deben admitirlo. Sin embargo, los dos sistemas permanecen dentro de la cristiandad protestante con igual sinceridad en relación a la Escritura, igual valor exegético, igual  apelación histórica, e igual compromiso con la ortodoxia cristiana fundamental. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Por qué ser un calvinista o un arminiano? En el fondo algunos cristianos son calvinistas porque cuando leen la Biblia (y tal vez examinen su propia experiencia) ven a Dios como todopoderoso, supremamente glorioso, absolutamente soberano y como la realidad totalmente determinante. Esto es el “blik” de ellos, la visión sintética que guía la hermenéutica de pasajes individuales. El gran teólogo puritano Jonathan Edwards era obsesionado con esta visión de Dios, y ella guiaba toda su teología. Otros cristianos son arminianos porque cuando leen la Biblia (y quizá examinen su propia experiencia) ven a Dios como supremamente bondadoso, amable, misericordioso, compasivo, y el Padre benevolente de toda la creación, que desea lo mejor para todos. Esta visión de Dios guio la teología del gran hombre de Avivamiento Juan Wesley, que fue contemporáneo de Edwards. Por supuesto, ambos lados reconocen algunas verdades en la perspectiva del otro; los calvinistas reconocen a Dios como amable y misericordioso (principalmente en relación a los elegidos), y los arminianos reconocen a Dios como todopoderoso y soberano. Ambos creen que Dios es supremamente grande y bueno. Pero un lado comienza con la grandeza de Dios y condiciona la bondad de Dios a la luz de la grandeza; el otro lado comienza con la bondad de Dios y condiciona la grandeza de Dios a la luz de la bondad. Cada lado tiene su “blik”, que determina ampliamente cómo interpretan la Escritura. El teólogo arminiano Fritz Guy expresa el “blik” controlador arminiano sin rodeos: “En el carácter de Dios el amor es más fundamental que el control” [GUY, Fritz, “The Universality of God’s Love”. in The Grace of God, The Will of Man, Ed. Clark H. Pinnock. Grand Rapids: Zondervan, 1989. p. 33]. Esta perspectiva básica acerca de Dios resuena en toda la literatura arminiana. Al escribir sobre la creencia calvinista en la reprobación incondicional (que Dios ignora a algunos y escoge otros para la salvación incondicionalmente), Juan Wesley fue extremadamente honesto: “Sea lo que sea que la Escritura diga, ella jamás puede significar eso (la Reprobación)” [John Wesley, citado en Ibid., p.266. Extraído del sermón “Gracia Libre”, de Juan Wesley]. Tenga en cuenta que Wesley no dijo eso por estar encantado con alguna norma extra-bíblica que tenga más importancia que la propia Biblia. Por el contrario, él era guiado por una visión impuesta por la propia Escritura, que imposibilita ciertas interpretaciones del texto. [N.T. En la visión wesleyana, es imposible interpretar en la Biblia que Dios predestine incondicionalmente al infierno a sus criaturas].

Contrariamente a la creencia popular, entonces, el verdadero factor divisor en el centro del debate del calvinismo/Arminianismo no es la predestinación frente al libre albedrío, sino la figura guía de Dios: Él es visto primeramente como (1) majestuoso, poderoso y controlador;  o (2) amable, bueno y misericordioso. Una vez que esta figura (blik) esté establecida, aspectos aparentemente contrarios son relegados al segundo plano, son colocados de lado como “oscuros” o son artificialmente manipulados para que encajen en el sistema. Ningún lado niega absolutamente la verdad desde la perspectiva del otro; pero cada uno califica los atributos de Dios que son preeminentes en la perspectiva del otro. La bondad de Dios, en el calvinismo, es calificada por su grandeza; y la grandeza de Dios, en el arminianismo, es calificada por su bondad.

Los arminianos pueden vivir con los problemas del arminianismo más cómodamente que con los problemas del calvinismo. Determinismo e indeterminismo no pueden ser combinados; debemos elegir uno u otro. En la realidad última y final de las cosas, o las personas poseen cierto nivel de autodeterminación o no la poseen. El calvinismo es una forma de determinismo. Los arminianos escogen ampliamente el indeterminismo porque el determinismo parece incompatible con la bondad de Dios y con la naturaleza de las relaciones personales, que incluye la naturaleza misma de la salvación. Los arminianos concuerdan con Arminio, que acentuó que “la gracia de Dios no es cierta fuerza irresistible […] es una Persona, el Espíritu Santo, y en relaciones personales no puede haber la subyugación de una persona por otra” [CAMERON, Charles M. “Arminius – Hero or Heretic?” Evangelical Quartely, n. 3, v. 64, 1192. p. 225.].

Y Wesley preguntó acerca de la elección incondicional (y reprobación incondicional): “Ahora, ¿qué puede, por ventura, ser una contradicción más clara que ésta; no solamente para toda la extensión y tendencia general de la Escritura, sino también para aquellos textos específicos que expresamente declaran: ‘Dios es amor’?” [WESLEY, John. “Free Grace”, in The Works of John Wesley, v. 3, Sermón 3. Ed. Albert C. Outer. Nashville: Abingdon, 1986. p. 552].

Jerry Walls, filósofo wesleyano contemporáneo, sostiene que es simplemente imposible, de cualquier forma, reconciliar la bondad de Dios con el determinismo divino, incluyendo el calvinismo. Él subraya que para Wesley (y para todos los arminianos) “es impensable que tanto mal abunde si Dios determinó todas las elecciones humanas”. [WALLS, Jerry. “The Free WilI Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1 983. p. 28].

Walls resalta que la intuición moral, así como la Escritura, nos informa que la cantidad y la intensidad del mal en el mundo son simplemente incompatibles con la bondad de Dios, si Dios es la realidad todo-determinante. Pero aún más importante, si es Dios quien únicamente determina la salvación, y no salva a todos o ignora las elecciones libres humanas al salvar, la bondad de Dios es simplemente inexplicable y, por lo tanto, debatible. Dios entonces se vuelve moralmente ambiguo. Este es el problema arminiano con el calvinismo, es un problema con el que los arminianos no pueden vivir.

El gran divisor entre el calvinismo y el arminianismo, entonces, está en las diferentes perspectivas concernientes a la identidad de Dios en la revelación. El determinismo divino crea un problema en el carácter de Dios y en la relación divino-humana, problemas con los cuales los arminianos simplemente no pueden vivir. En virtud de su visión de Dios, que es quien ejerce el control con bondad, son incapaces de afirmar la reprobación incondicional (que es la inevitable consecuencia de la elección incondicional), pues hace que Dios sea, en el mejor de los casos, moralmente ambiguo. [Entiendo totalmente  que muchos calvinistas afirmen creer sólo en una “única predestinación”. Es decir, ellos dicen que la predestinación es sólo para la salvación y que nadie es predestinado por Dios para la reprobación. Sin embargo, si el calvinista niega el universalismo, como la mayoría niega: ¿Cómo es posible negar un decreto divino de reprobación y, por lo tanto, la doble predestinación? Aunque Dios sólo “ignore” o “no tome conocimiento” de algunos, este es el equivalente a predestinarlos a la perdición.  El autor calvinista R. C. Sproul deja este punto bastante claro en Chosen by God. Wheaton, III; Tyndale House, 1986, p. 139-60]. La negación del determinismo divino en la salvación, conduce inexorablemente al arminianismo.

La naturaleza del libre-albedrío es otro punto divergente entre el calvinismo y el arminianismo, y donde un medio término no es posible. En virtud de su visión de Dios como bueno (clemente, benevolente, misericordioso), los arminianos afirman el libre albedrío libertario. (Los filósofos lo llaman libre albedrío incompatibilista, pues no es compatible con el determinismo). Cuando un agente (un humano o Dios) actúa libremente en el sentido libertario, nada fuera del ser (incluyendo realidades físicas dentro del cuerpo) causa la acción; el intelecto o carácter solamente domina la voluntad y la hace ir hacia un lado u otro. Deliberación, y entonces elección,  son los únicos factores determinantes; aunque factores tales como la naturaleza y la creación, e influencias divinas entran en juego. Los arminianos no creen en libre albedrío absoluto; el albedrío es siempre influenciado y situado dentro de un contexto. Dios mismo es guiado por su naturaleza y carácter al tomar decisiones. Pero los arminianos niegan que las decisiones y acciones de las criaturas sean controladas [predeterminadas] por Dios, o cualquier fuerza fuera del ser.

Los calvinistas, por otro lado, creen en el libre albedrío compatible (en la medida en que hablan de libre albedrío). El libre albedrío, ellos creen, es compatible con el determinismo. Este es el único sentido de libre albedrío que es consistente con la visión calvinista de Dios como la realidad todo-determinante. En el libre albedrío compatible, las personas son libres mientras  pueden hacer lo que desean hacer -incluso si Dios está determinando sus deseos. Es por eso que los calvinistas pueden afirmar que las personas pecan voluntariamente y son, por lo tanto, responsables de sus pecados – aunque ellas no puedan hacer lo contrario. De acuerdo con el calvinismo, Dios pre-ordenó la Caída de Adán y Eva, y la hizo cierta (aunque sólo por un permiso eficaz) al retirar la gracia necesaria para impedirles pecar. Y, sin embargo, ellos pecaron voluntariamente. Ellos hicieron lo que querían hacer, incluso siendo incapaces de hacer lo contrario. Esta es la típica descripción calvinista del libre albedrío. [Ver PETERSON, Robert A.; WILLIAMS. Michael D. Why I Am Not An Arminian p. 136-61. Esto no significa que ésta sea la única descripción calvinista de libre albedrío; muchos calvinistas siguen al propio Calvino en simplemente negar el libre albedrío.].

Una vez más es difícil ver cómo, un híbrido de estas dos visiones de libre albedrío, podría ser creado. ¿Las personas podrían libremente haber elegido hacer algo diferente, de lo que ellas realmente hicieron? Algunos calvinistas (como Jonathan Edwards) concuerdan con los arminianos en que la gente tiene la habilidad natural de hacer lo contrario (por ejemplo, evitar pecar). Pero, ¿y la habilidad moral? Los arminianos concuerdan con los calvinistas que, aparte de la gracia de Dios, todos los humanos caídos eligen pecar; sus voluntades están propensas a pecar por el pecado original, manifestándose a sí mismo como depravación total. Sin embargo, los arminianos no llaman a esto: libre albedrío, pues estas personas no pueden hacer lo contrario (¡excepto en términos de decidir qué pecado cometer!). Desde la perspectiva arminiana, la gracia preventiva restaura el libre albedrío de manera que los humanos, por primera vez, tienen la habilidad de hacer lo contrario – a saber, responder en fe a la gracia de Dios o resistirla en no arrepentimiento e incredulidad. En el momento de la llamada de Dios, los pecadores, bajo la influencia de la gracia previniente, tienen el libre albedrío genuino como un don de Dios; por primera vez ellos pueden libremente decir sí o no a Dios. Nada fuera del ser determina cómo responder. Los calvinistas dicen que los humanos jamás tienen la habilidad en asuntos espirituales (y posiblemente en ningún asunto), que las personas siempre hacen lo que desean hacer, y Dios es quien definitivamente decide los deseos humanos, aun cuando se trata de pecado pues Dios (dicen ellos) opera por intermedio de causas secundarias y nunca hace directamente que alguien peque. Estas dos visiones son incompatibles.

Para el arminiano, el libre albedrío compatible no es libre albedrío de ninguna manera. Para el calvinista, el libre albedrío incompatibilista es un mito; él simplemente no puede existir porque ello equivaldría a un efecto sin causa, lo que es un absurdo. [La clásica crítica calvinista del libre albedrío libertario se encuentra en el tratado de Jonathan Edwards, “Libertad de la Voluntad”. Si el lector se está preguntando si el así llamado conocimiento medio proporciona un término medio, algo necesita ser dicho acerca de esto aquí. El conocimiento medio sería el conocimiento de Dios de lo que las criaturas libres harían, libremente en cualquier conjunto de circunstancias. Pero los que creen en el conocimiento medio normalmente afirman el libre albedrío libertario. La cuestión de si ellos harían lo contrario todavía está abierta, incluso en el caso del conocimiento medio, que es afirmado por aquellos que creen que él no es determinante].

Cuando se trata de decidir el resistir, o el aceptar la gracia salvífica ofrecida por Dios, las decisiones y elecciones de las personas o se determinan o no. Decir que ellas no son determinadas, sino solamente influenciadas no produce un híbrido; es arminianismo clásico. [Para un examen completo y detallado del propio concepto de Arminio del libre-arbitrio, ver, William Gene Witt, Creation, Redemption y Grace in the Theology de Jacobus Arminius. Universidad de Notre Dame, 1993. Disertación de Doctorado, pp. 418-30. De acuerdo con Witt, el concepto de Arminio de libre albedrío era el mismo que de Tomás de Aquino. Y no el mismo libre albedrío autónomo de la Ilustración, pues él [el de Arminio-Aquino] tiene un cimiento sobrenatural y siempre está orientado hacia el bien aunque, en virtud de la corrupción del pecado, él tenga una percepción caída del bien y, en consecuencia, se aparta del verdadero bien hasta que la gracia previniente de Dios interviene. Por lo tanto, no es libre agencia absoluta y autónoma, sino libre albedrío situado teológicamente – y no en el humanismo de la Ilustración].

Decir que ellas -las decisiones del hombre- son determinadas, pero libres, (como afirma el calvinismo) requiere explicaciones adicionales. Decir que están bajo tal influencia poderosa de la gracia, y que no podrían hacer otra cosa más que adecuarse a la voluntad de Dios, no es medio término; es el calvinismo clásico.

Sin híbrido, pero con puntos en común

En varios asuntos esenciales relacionados con la soteriología, por lo tanto, un medio término o híbrido entre el calvinismo y el arminianismo no es posible. El calminianismo sólo puede ser defendido en un desafío a la razón; y por lo tanto, todo calminianismo termina siendo una forma disfrazada de calvinismo o arminianismo, o se desplaza inexorablemente hacia un lado o hacia el otro. Muchas personas afirman ser “calvinistas de cuatro puntos”, lo que generalmente quiere decir que concuerdan con la depravación total, la elección incondicional, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos, pero rechazan la expiación limitada. Cuando presionados, sin embargo, tales calvinistas de cuatro puntos, a menudo, parecen haber entendido mal la idea calvinista de expiación limitada, y cuando se les explica correctamente (por ejemplo, universal en suficiencia, pero limitada en extensión para únicamente los elegidos), la abrazan. Algunas dudas existen de si el propio Calvino creía en la expiación limitada, pero parece ser parte integrante del sistema calvinista. ¿Por qué Dios querría que Cristo sufriese para expiar la culpa de aquellos que Dios ya había determinado que no serían salvos?

Algunos arminianos se llaman a sí mismos “calvinistas de dos puntos”, principalmente si viven, trabajan o se congregan en contextos donde la teología reformada es considerada la norma de evangelicalismo. Lo que generalmente quieren decir con esto es que ellos afirman la depravación total, y la perseverancia de los santos. (Esto es principalmente común entre los bautistas). Sin embargo, al rechazar la elección incondicional, la expiación limitada y la gracia irresistible demuestran que son, de hecho, arminianos y ni de cerca calvinistas. Sin embargo, pueden considerarse, correctamente, parte de la tradición reformada más amplia.

Habiendo argumentado aquí, que el calvinismo y el arminianismo son sistemas incompatibles y que imposibilitan una hibridación. No quiero que los lectores olviden que los dos sistemas tienen mucho en común. Ambos afirman la soberanía divina, aunque de maneras y en niveles diferentes; ambos abrazan la necesidad absoluta de la gracia para cualquier cosa verdaderamente buena en la vida humana. Ambos creen que la salvación es un don gratuito de Dios, que sólo puede ser recibido por la fe aparte de obras meritorias de rectitud. Ambos niegan cualquier habilidad humana, para iniciar una relación con Dios al ejercer una buena voluntad para Dios. Ambos afirman la iniciativa divina de la fe (un término técnico para el primer paso en la salvación). En una palabra, ambos son protestantes. Esto es intensamente cuestionado por críticos calvinistas hostiles al arminianismo, pero en todo el resto de este libro yo demostraré que la teología arminiana clásica es una forma legítima de la ortodoxia protestante, y por lo tanto, el arminianismo comparte un vasto campo en común con el calvinismo clásico.

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 Libro: Teología Arminiana, Mitos y Realidades

Autor: Roger E. Olson

Traducción: Gabriel E. LLugdar – Diarios de Avivamientos 2018 – sin fines de lucro

Puedes descargar el Capítulo 1 – en español – haciendo clic en la imagen

 

 

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