George Whitefield ¿Predicador o Actor?

En vida, muchas iglesias le cerraron la puerta acusándole de sensacionalista. Probablemente hoy, George Whitefield [o si Dios levantase otro semejante a él] tampoco sería bienvenido en otras tantas. “¡Gritón!” “¡Emocionalista!” “¡Actor!” “¡Showman!” “¡Manipulador!” “¡Payaso!” Estos, y otros muchos más calificativos despectivos, tendría que soportar quien fue el predicador más impactante de todos los tiempos. Pero veamos que nos dice la historia…

La vida y el ministerio de George Whitefield

Viviendo y Predicando como si Dios fuese real (Porque Él es)

John Piper

Traducido por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos – Del libro: The Life and Ministry of George Whitefield: Living and Preaching As Though God Were Real (Because He Is) by John Piper –

Los hechos sobre la predicación de George Whitefield, como evangelista itinerante del siglo 18, son casi increíbles. ¿Estos hechos realmente pueden ser verdad? A juzgar por los diversos testimonios de sus contemporáneos -y por el común acuerdo de los biógrafos, tanto de los que le son simpáticos como antipáticos- ellos parecen ser verdad.

Desde su primer sermón al aire libre el 17 de febrero de 1739, a la edad de 24 años, dirigido a los mineros de carbón de Kingswood, cerca de Bristol, Inglaterra; hasta su muerte 30 años más tarde el 30 de septiembre de 1770, en Newburyport, Massachusetts (donde está enterrado), su vida fue casi de predicación diaria. Las estimaciones apuntan que él habló cerca de 1.000 veces cada año por 30 años. Que incluyeron al menos 18 mil sermones y 12.000 conferencias y exhortaciones.

Hablando más que durmiendo

El ritmo diario que él mantuvo por 30 años hizo que, en muchas semanas, estuviera más tiempo hablando que durmiendo. Henry Venn, párroco de Huddersfield, que conocía bien a Whitefield, se expresó espantado para todos nosotros, cuando escribió:

“¿Quién imaginaría que sería posible para una persona hablar, en el compás de una sola semana (lo que ocurrió por años), en general 40 horas; y en muchas otras, sesenta, y así, a los miles [de oyentes]. Y después de este trabajo, en vez de descansar, estaba ofreciendo oraciones e intercesiones, con himnos y cánticos espirituales; como tenía por costumbre, en cada casa para la cual era invitado”.

Asegúrese de que usted entendió bien. En muchas semanas él estaba realmente hablando (no preparándose para predicar, lo que prácticamente no tenía tiempo para hacer) por 60 horas (60, no 16). Esto es casi seis horas por día, siete días a la semana, en las semanas más tranquilas; y más de ocho horas al día, siete días a la semana, en las semanas más pesadas.

Predicando, predicando y predicando

No he encontrado referencias, en toda mi lectura, para lo que hoy llamamos vacaciones o días de descanso. Cuando él creía que necesitaba recuperación, él hablaba de un viaje oceánico hacia América. Él cruzó el Atlántico 13 veces en su vida – un número impar (no muy común) porque murió y fue sepultado aquí, no en Inglaterra. Los viajes a través del Atlántico llevaban 8-10 semanas cada uno. Y aun así, predicó prácticamente todos los días a bordo del barco. El ritmo era diferente y así él era capaz de leer, escribir y descansar.

Pero en tierra, el ritmo de predicación era incesante. Dos años antes de morir a la edad de 55 años, escribió en una carta: “Yo amo el vigorizante aire libre”. Y al año siguiente, él dijo: “Es bueno recorrer las carreteras y senderos. Predicación en el campo. ¡Predicación en el campo para siempre!” Día tras día, en toda su vida, pasó por todas partes predicando, predicando y predicando.

Hablando a Miles

Y tenga en cuenta que la mayoría de esos mensajes fueron dichos en reuniones de miles de personas – generalmente con dificultades por el viento y los ruidos. Por ejemplo, en el otoño de 1740, por más de un mes, predicó casi todos los días en Nueva Inglaterra para multitudes de hasta 8.000 personas. Esto ocurrió cuando la población de Boston, la mayor ciudad de la región, no era mucho mayor que eso.

Él relata que en Filadelfia, ese mismo año, el miércoles 6 de abril, predicó en la Society Hill (un gran barrio) dos veces por la mañana a unas 6.000 personas y, por la noche, a unos 8.000. El jueves, él habló a “más de diez mil”; y fue contado que en uno de estos eventos, las palabras “Él abrió su boca y les enseñó diciendo” fueron nítidamente escuchadas en el punto de Gloucester, a una distancia de dos millas por encima del agua, bajando el río Delaware .  [¿Usted comprende el por qué digo, que estas cosas están cerca de lo increíble?]. Hubo momentos donde las multitudes alcanzaron 20.000 o más. Esto significaba que el esfuerzo físico para proyectar la voz para tantas personas, por tanto tiempo, en cada sermón, por tantas veces a la semana, durante treinta años; sólo podía haber sido titánico.

Un Sermón poco interrumpido

Añada a todo esto el hecho de que él estaba viajando continuamente, en un tiempo donde las personas se desplazaban únicamente  a caballo, carruaje o barco. Él atravesó a lo largo y a lo ancho de Inglaterra repetidamente. Él viajó regularmente y habló en todo el País de Gales. Él visitó a Irlanda dos veces, donde casi fue muerto por una agresión, a partir del cual cargó una cicatriz en su frente por el resto de su vida. Él viajó 14 veces a Escocia y vino a América 7 veces, parando una vez en Bermuda por 11 semanas – sólo para predicar, no descansar. Él predicó en prácticamente todas las grandes ciudades de la costa este de América. Michael Haykin nos recuerda: “Lo que es tan notable sobre todo eso, es que Whitefield vivió en una época en que viajar a una ciudad a 20 millas de distancia (unos 32 km)  era un emprendimiento significativo.”

C. Ryle resumió la vida de Whitefield así:

“Los hechos sobre la historia de Whitefield son casi enteramente en un solo aspecto. Un año era exactamente igual al otro, y tratar de seguirlo sería apenas repetir su camino sobre el mismo suelo. De 1739 hasta el año de su muerte, 1770, un período de 31 años, su vida fue un trabajo invariable. Él fue eminentemente un hombre de una sola cosa y, esta cosa, siempre fueron los asuntos de su Maestro. Del domingo por la mañana hasta las noches de los sábados, del 1 de enero al 31 de diciembre, con excepción cuando se detenía por enfermedad, él estaba casi incesantemente predicando sobre Cristo; yendo por el mundo llamando a los hombres a arrepentirse y venir a Cristo para ser salvos”.

Otro biógrafo del siglo 19, dijo: “Puede decirse que toda su vida fue destinada a la entrega de un único sermón continuo, o, muy poco interrumpido” .

Un Fenómeno en la Historia de la Iglesia

Él fue un fenómeno no sólo en su época, sino en toda la historia de los 2.000 años de predicación cristiana. No hubo nada comparable con la combinación de la frecuencia de predicación, extensión geográfica, alcance de oyentes, efecto de atrapar la atención, y poder de conversión. Ryle tiene razón: “Ningún predicador jamás mantuvo dominio sobre sus oyentes con tanta entereza como lo hizo por 31 años. Su popularidad nunca declinó”.

Su contemporáneo Augustus Toplady (1740-1778) se refirió a él como “el apóstol del Imperio Inglés”. Él fue el “más popular predicador del siglo XVIII de la Anglo-América; y fue, verdaderamente, el primer reavivalista de masas”. Él fue “la primera celebridad religiosa de la colonia americana”. Pasó ocho años de su vida en América. Él amaba el estilo americano. Él tenía sangre más americana que inglesa.

La primera celebridad de América

Harry Stout resalta: “Mientras las tensiones entre Inglaterra y América crecieron, Whitefield vio que debía hacer una elección. Wesley se quedaría leal a Inglaterra, pero Whitefield no pudo. Sus divergencias institucionales, y su identificación personal con las colonias fueron más fuertes que su lealtad a la corona”.

Las estimaciones son que el 80% de toda la población de las colonias americanas (esto fue antes de la TV o la radio) oyó a Whitefield al menos una vez. Stout muestra que el impacto de Whitefield sobre América fue tal, que él justamente puede ser llamado como el primer héroe cultural de América. Antes de Whitefield, no hubo ninguna persona o evento conocido entre las colonias. En realidad, antes de Whitefield, es dudoso que cualquier otro nombre, además de las realezas, fuera conocido igualmente desde Boston a Charleston. Pero alrededor de 1750 prácticamente todos los americanos amaban y admiraban a Whitefield, y lo vieron como su campeón.

William Cooper, que murió cuando Whitefield tenía 29 años, ya lo llamaba “el fenómeno de la era”.

La Predicación era todo

Todo eso fue el efecto del predicador más enfocado, más envolvente orador, de voz impetuosa, desde el devocional al evangelismo diario; que la historia haya conocido. La predicación significaba todo. Creo que la mayoría de sus biógrafos concuerdan (citando a Stout, biógrafo no muy devoto de Whitefield) que Whitefield demostró indiferencia por su vida personal, su cuerpo y su espíritu. El momento de la predicación dominaba todo y seguía haciéndolo después, pues de hecho no había nada más por lo que él viviese. El hombre íntimo y el hombre familiar habían dejado de existir hacía mucho. En la escena final, sólo había Whitefield en su púlpito.

Poder Natural y Poder Espiritual

¿A qué se debe ese fenómeno? ¿Cuál fue la clave para su poder? En un nivel, su poder fue el poder natural de la elocuencia y en otro, fue el poder espiritual de Dios para convertir a los pecadores y transformar comunidades.

No hay razón para dudar de que él fue el instrumento de Dios, en la salvación de miles. J. C. Ryle dijo:

“Yo creo que el bien directo que él hizo para las almas inmortales, fue enorme. Yo voy más allá – creo que es incalculable. Testigos con credibilidad en Inglaterra, Escocia y América, han dejado registro de su convicción de que él fue el medio para la conversión de miles de personas”.

Whitefield fue el principal instrumento internacional de Dios en el primer Gran Despertar [Primer Gran Avivamiento del S.XVIII]. Nadie más en el siglo 18 fue ungido como él en América, Inglaterra, Gales, Escocia o Irlanda. Esta predicación no fue un fuego de paja. Cosas profundas y duraderas acontecieron.

Su efecto sobre Edwards y Wilberforce

En febrero de 1740, Jonathan Edwards envió una invitación a Whitefield, en Georgia, pidiéndole que predicara en su iglesia. El 19 de octubre, Whitefield registró en su Diario personal: “Prediqué esta mañana, y el buen señor Edwards lloró durante todo el tiempo de mi oficio. Las personas también se vieron afectadas”. Edwards informó que el efecto del ministerio de Whitefield era más que momentáneo – “En cerca de un mes, hubo un gran cambio en la ciudad”.

El impacto de Whitefield, de los Wesley, y del Gran Reavivamiento [Gran Despertar] en Inglaterra cambiaron la cara de la nación. William Wilberforce, que lideró la lucha contra el tráfico de esclavos en Inglaterra, tenía 11 años cuando Whitefield murió. El padre de Wilberforce había muerto cuando él tenía 9 años, y pasó a vivir por un tiempo con sus tíos William y Hanna Wilberforce. Esta pareja tenía una buena amistad con George Whitefield.

Este fue el aire evangélico que Wilberforce respiró antes de que se convirtiera. Y después de su conversión, la visión de Whitefield del Evangelio fue la verdad y la dinámica espiritual que impulsaron la batalla a lo largo de la vida de Wilberforce contra el tráfico de esclavos. Este es sólo un pequeño vislumbre del impacto duradero de Whitefield, y el despertar que él proporcionó.

Entonces no tengo duda de que Henry Venn estaba en lo cierto cuando dijo: “[Whitefield], no mucho después de haber abierto su boca como predicador, Dios ordenó una bendición extraordinaria sobre su palabra”.  Entonces, a esta altura, la explicación del impacto fenomenal de Whitefield fue la excepcional unción de Dios en su vida.

Sus dones de oratoria innatos

Pero por otro lado, Whitefield cautivaba a las personas que no creían en una sola palabra doctrinal de lo que él decía. En otras palabras, tenemos que estar de acuerdo sobre los dones de oratoria naturales que tenía. ¿Cómo debemos pensar sobre estos en relación a la eficacia de él? Benjamin Franklin, que amaba y admiraba a Whitefield -y que rechazó totalmente su teología- dijo:

“Cada acento, cada énfasis, cada modulación de la voz, era tan perfectamente bien pronunciada y bien colocada, que sin estar interesado en el asunto, no se podría dejar de deleitarse con el discurso: un placer bien parecido a lo que se siente con una excelente pieza musical”.

Prácticamente todos concuerdan con Sarah Edwards, cuando ella escribió a su hermano sobre la predicación de Whitefield:

“Él es un orador nato. Tú ya debes haber oído hablar de su voz profunda y tonificada, pero clara y melodiosa. ¡Es una música perfecta para oír sola!… Tú recuerdas que David Hume decía que valía la pena ir a 20 millas para oírlo hablar; y Garrick [un actor que envidiaba estos dones de Whitefield] dijo: “Él podía conducir a los hombres a las lágrimas pronunciando la palabra Mesopotamia”. Es verdaderamente maravilloso ver el encanto que este predicador muchas veces extiende sobre los oyentes, proclamando las verdades más simples de la Biblia”.

Y entonces, ella levantó la cuestión que ha causado tanta controversia en torno a Whitefield en sus últimos 15 años. Ella dice:

“Una persona prejuiciosa, lo sé, puede incluso decir que todo esto es artificio teatral y exhibición; pero nadie que lo haya visto y conocido va a pensar así. Él es un hombre muy devoto y piadoso, y su único objetivo parece ser el de alcanzar e influenciar a los hombres de la mejor manera. Él habla con el corazón. Todo sale con amor, y él derrama un torrente de elocuencia que es casi irresistible”.

Harry Stout, profesor de historia en la Universidad de Yale, no estaba tan seguro de la pureza de las motivaciones de Whitefield, como Sarah Edwards. Su biografía The Divine Dramatist: George Whitefield and the Rise of Modern Evangelicalism, [El Dramaturgo Divino: George Whitefield y el Surgimiento del Evangelicalismo Moderno] es la pieza más bien sustentada de cinismo histórico que he leído. En las primeras 100 páginas de este libro, anoté la palabra cínico en el margen 70 veces.

¿”El actor consumado”?

Pero el desafío precisa ser enfrentado. Y creo que si nosotros miramos atentamente, lo que encontramos es algo más profundo de lo que Stout encontró. Stout alega que Whitefield nunca dejó atrás su amor por la actuación y su habilidad como actor, en el que ya se destacó en su juventud antes de su conversión. Así, él dice que la clave para comprenderlo es “la amalgama de predicación y de la actuación”. Whitefield era “el actor consumado”. “La fama que él buscaba era… ser un actor comandando en el centro del escenario”. “Whitefield no se contentó con hablar simplemente sobre el nuevo nacimiento. Él tuvo que venderlo con todo el artificio dramático de un vendedor ambulante”. “Lágrimas derramándose de Whitefield… gesto psicológico”. “Whitefield se convirtió en un actor-predicador, en lugar de un erudito-predicador”.

Y, por supuesto, esta última afirmación es verdadera, en cierto modo. Él era un actor-predicador en oposición a un erudito-predicador. Él no era un Jonathan Edwards. Él predicaba totalmente sin notas, y su púlpito móvil se adecuaba más a un montículo que a un púlpito tradicional. Al contrario de la mayoría de los predicadores de su época, él era lleno de acción cuando predicaba. Cornelius Winter, joven asistente de Whitefield en años posteriores, dijo:

“Yo casi nunca lo vi pronunciar un sermón sin llorar. A veces él lloraba mucho, sollozando alto y apasionadamente, y era a menudo tan intenso, que, por algunos segundos, usted sospechaba que él nunca podría recuperarse; y cuando lo hacía, naturalmente era necesario algún tiempo para recomponerse”.

Y otro contemporáneo de Escocia, John Gillies, relató cómo Whitefield se movía con “tanta vehemencia en su estructura corporal” que su público realmente compartía su agotamiento y “sentía una temor momentáneo por su vida”.

Por lo tanto, en cierto sentido, no tengo ninguna duda de que Whitefield estaba “actuando” mientras él predicaba. Esto es, que él estaba tomando parte de los personajes del drama de su sermón, y desplegando toda su energía en hacerlo con realismo. Como cuando asume el papel de Adán en el jardín y le dice a Dios: “Si tú no me hubieras dado esta mujer, yo no habría pecado contra ti, por lo que puedes agradecerte a ti mismo por mi transgresión”.

¿Por qué estaba actuando?

Pero la cuestión es: ¿Por qué Whitefield “actuaba”? ¿Por qué era tan lleno de acción y drama? ¿Estaba él, como Stout afirma: “ejerciendo un comercio religioso”? ¿Deseando “fama espiritual”? ¿Buscando “respeto y poder”? ¿Impulsado por el “egoísmo”? ¿Introduciendo “performances”, e “integrando el discurso religioso al lenguaje de consumo emergente”?

Creo que la respuesta más penetrante viene de algo que el propio Whitefield dijo sobre actuar en un sermón, en Londres. En realidad, creo que es la clave para comprender el poder de su predicación -de todas las predicaciones. James Lockington estaba presente en este sermón y lo registró por escrito. Las palabras son de Whitefield:

“Yo les voy a contar una historia. El Arzobispo de Canterbury, en el año 1675, era conocido del Sr. Butterton, el [actor]. Un día, el Arzobispo le dijo a Butterton: ‘Por favor, dígame Sr. Butterton, ¿por qué ustedes, los actores del escenario, consiguen afectar a sus audiencias hablando de cosas imaginarias, como si fuesen reales; mientras que nosotros los de la iglesia, que hablamos de las cosas reales, tenemos nuestras congregaciones apenas escuchándolas, como si fuesen imaginarias?’. ‘La razón del porqué, señor mío’, dice Butterton, ‘es muy simple. Nosotros, actores del escenario, hablamos de cosas imaginarias como si fueran reales; y ustedes, en el púlpito, hablan de cosas reales como si fueran imaginarias'”

“Por lo tanto”, agregó Whitefield, “voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Esto significa que existen tres maneras de hablar. Primero, usted puede hablar de un mundo imaginario irreal como si fuera real -esto es lo que los actores hacen en una pieza. En segundo lugar, usted puede hablar sobre un mundo real como si fuera irreal – que es lo que los pastores fríos e indiferentes hacen cuando predican sobre cosas gloriosas, de una forma que demuestra que no están tan aterrorizados y maravillados por las cosas que hablan. Y el tercero es: Usted puede hablar sobre un mundo espiritual real, como si fuese maravilloso, terrible y magníficamente real (porque, en realidad, lo es).

La Diferencia entre los Actores

Entonces, si usted preguntara a Whitefield: “¿Por qué usted predica de esta manera?”, Él diría: “Yo creo que lo que yo leo en la Biblia, es real”. Entonces, me aventuraré en esta afirmación: George Whitefield no es un actor reprimido, conducido por un amor egoísta por la atención. Por el contrario, él es conscientemente comprometido en diferenciarse de los actores, porque él conoció algo que es realmente verdadero.

Él actuaba con toda su fuerza, no porque eso demandaba grandiosos trucos y charadas para convencer a las personas de lo irreal; sino porque él había conocido algo mucho más real, de lo que los actores de los escenarios de Londres ya habían visto. Para él, las verdades del Evangelio eran tan reales -tan maravillosa, terrible y magníficamente reales- que él no podía, y no iría a predicarlas como si fueran cosas irreales o meramente interesantes.

Actuando al servicio de la realidad

No era una actuación reprimida, ni fue actuación libre. Él no estaba actuando al servicio de la imaginación, él estaba actuando al servicio de la realidad. No era tomar lo irreal como si fuera real. Fue tomar la súper realidad de esta verdad, de forma impresionantemente pura, e increíblemente real. No fue actuación. Fue una representación apasionada de la realidad. No fue un potente microscopio usando todo su poder para hacer que lo que es pequeño, apareciese como algo increíblemente grande. Este fue un telescopio desesperadamente inadecuado, invirtiendo todo su poder para ofrecer una pequeña sensación de la majestad, de lo que muchos predicadores veían como siendo cansino e irreal.

No hay ningún desacuerdo en cuanto a que Dios usa vasos naturales, para demostrar su realidad sobrenatural. Y no hay desacuerdo de que George Whitefield era un vaso maravillosamente natural. Él era centrado, afable, elocuente, inteligente, comprensivo, honesto, determinado, aventurero, y tenía una voz como la de una trompeta, que podía ser escuchada por miles al aire libre –y a veces a una distancia de dos millas. Todo esto, me atrevería a decir, sería parte de los dones naturales de Whitefield, aunque incluso si él nunca hubiera nacido de nuevo.

Whitefield nace de nuevo

Pero algo aconteció, que hizo que todos esos dones naturales de Whitefield fueran subordinados a otra realidad. Eso hizo que todo aquello operara en otra dimensión – para la gloria de Cristo en la salvación de los pecadores. Era la primavera de 1735. Tenía 20 años. Él formaba parte del Club Santo en Oxford, con John y Charles Wesley, y la búsqueda de Dios estaba totalmente disciplinada.

“Yo siempre elegía el peor tipo de comida… Yo ayunaba dos veces por semana. Mi apariencia era despreciable… Yo usaba guantes de lana, ropa remendada y zapatos sucios… Yo constantemente caminaba por las mañanas frías hasta que una parte de una de mis manos estuviese oscura… Apenas podía arrastrarme hacia el piso de arriba. Era obligado a informar a mi tutor… quien me enviaba inmediatamente a un médico”.

Él tuvo una pausa en la escuela, y entonces llegó a sus manos una copia del libro del Puritano Henry Scougal, The Life of God in the Soul of Man [La Vida de Dios en el Alma del Hombre]. Aquí está descrito lo que sucedió, en sus propias palabras:

“Debo dar testimonio a mi viejo amigo, el señor Charles Wesley, que colocó un libro en mis manos llamado, The Life of God in the Soul of Man, por el cual Dios me mostró que debo nacer de nuevo o ser condenado. Yo sé el lugar: puede parecer supersticioso, tal vez, pero siempre que voy a Oxford, no puedo dejar de correr hacia el lugar donde Jesucristo, primero se reveló a mí y me dio el nuevo nacimiento. [Scougal] dice: un hombre puede ir a la iglesia, hacer sus oraciones, recibir el sacramento y, aun así, mis hermanos, no ser un cristiano. Así como mi corazón se exaltó, de la misma forma se compungió. Como un pobre hombre que tiene miedo de mirar en su cuaderno de cuentas, temeroso por descubrirse en quiebra. ¿Debo yo, quemar este libro? ¿Debo arrojarlo lejos? ¿Debo ponerlo de lado o debo abrirlo y examinarlo? Yo lo hice, y, sosteniendo el libro en mi mano, me dirigí al Dios del cielo y de la tierra: Señor, si yo no soy un Cristiano, si yo no soy realmente, por el amor de Jesucristo, muéstrame lo que el Cristianismo es, para que yo no sea condenado al final. Yo leí un poco más y el fraude fue descubierto. ¡Oh, dice el autor, los que saben alguna cosa sobre la religión, saben que es una unión vital con el Hijo de Dios; Cristo habitando en el corazón! ¡Oh, qué forma divinamente quebrantadora de vida cubrió mi pobre alma…! ¡Oh! Que alegría -alegría indescriptible- me embargó, y con grande gloria, mi alma fue llena”.

El poder, la profundidad y la realidad sobrenatural del cambio de Whitefield, fue algo que Harry Stout no retrató lo suficiente. Lo que sucedió allí fue que a Whitefield le fue dada la habilidad sobrenatural de ver lo que era real. Su mente fue abierta a la nueva realidad. Aquí está la manera de describirla:

“Por encima de todo, mi mente ahora está más abierta y expandida. Yo empecé a leer las Sagradas Escrituras sobre mis rodillas, dejando de lado todos los demás libros y orando, si es posible, cada línea y palabra. Esto fue, de hecho, como comida y bebida para mi alma. Yo diariamente recibía frescura de vida, luz y poder de las alturas. Yo obtuve más conocimiento de la verdad por la lectura del Libro de Dios en un mes, de lo que yo jamás podría haber adquirido de todos los escritos de los hombres”.

Esto significa que la actuación de Whitefield -su predicación apasionada, enérgica y completamente salida del alma- fue el fruto de su nuevo nacimiento, porque su nuevo nacimiento le dio ojos para ver “vida, luz y poder de las alturas”. Él vio los hechos gloriosos del Evangelio como siendo reales. Maravillosos, terribles, y magníficamente reales. Y es por eso que él clama: “Yo no voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Ninguna de sus habilidades naturales desapareció. Todas ellos fueron hechas cautivas a la obediencia a Cristo (2ª Corintios 10: 5). “Que mi nombre sea olvidado, que yo sea colocado bajo los pies de todos los hombres, si Jesús fuese así glorificado”.

Luchando contra el Orgullo. Confesando la locura

Por supuesto que él luchó contra el orgullo. ¿Quién no lucha contra el orgullo? -orgullo porque somos alguien u orgullo porque queremos ser alguien. Pero lo que el registro muestra es que él luchó con bravura esa pelea, declarando muerte, una a una, todas las veces que era atraído por la vanidad de la alabanza humana. “Es difícil”, dijo, “atravesar el fuego ardiente de la popularidad y de la exaltación por los aplausos”.

“Elogios”, escribió a un amigo, “o hasta la misma insinuación de admiración, son un veneno para una mente viciada en orgullo. Un clavo no se hunde tanto como cuando está bañado en aceite… Ore por mí, querido señor, y cure las heridas que usted hizo. Sólo a Dios la gloria. A los pecadores nada, excepto la vergüenza y la aflicción”.

Él confesó públicamente las tonterías y los errores que cometió en sus primeros años. Él confesó a un amigo en 1741: “Nuestros pensamientos más santos son manchados por el pecado y necesitan la reparación expiatoria del Mediador”. Él se lanzó sobre aquella gracia gratuita, que él predicaba de forma tan poderosa:

“Yo no soy nada, yo no tengo nada y no puedo hacer nada sin Dios. Y lo que aun todavía puedo hacer, lo hago como un sepulcro que parece ser un poco más bonito después de pulido. Pero, sin embargo, internamente estoy lleno de orgullo, amor a mí mismo y todo tipo de corrupción. Pero, aun así, por la gracia de Dios soy lo que soy, y si es del agrado de Dios hacerme un instrumento para lo que es bueno, incluso de forma mínima, entonces que no sea a mí, sino a Él, toda la gloria”.

Haciendo que las cosas reales sean reales

Entonces, Whitefield tuvo una nueva naturaleza. Él había nacido de nuevo. Y esta nueva naturaleza le permitió ver lo que era real. Whitefield sabía en su alma: Yo nunca hablaré de lo que es real como si fuese imaginario. No seré un predicador de boca de terciopelo. Él no abandonó la actuación. Él desenmascararía a los actores en su predicación, porque éstos sí, se convirtieron en actores para hacer que las cosas imaginarias parecieran reales, pero él era un predicador-actor para hacer que las cosas reales reflejen lo que realmente son.

Él no pausaba su predicación para tener un poco de drama adicionado – como algunos predicadores hacen hoy, pareciendo un poco como un sketch, un poco como el clip de una película -porque eso le habría hecho perder todo el objetivo. Predicar fue la obra. La predicación era el drama. La realidad del Evangelio lo consumió y esto se tornó su testimonio. La predicación se tornó en sí la activa palabra de Dios. Era Dios hablando. La realidad no estaba simplemente siendo mostrada, la realidad estaba aconteciendo.

Sin actuar en el sentido teatral

Al final, esto significa que la “actuación” de Whitefield no era actuación en el sentido teatral de la palabra. Si una mujer tiene un papel en una película, y por ejemplo, ella es madre de un niño que está en una casa en llamas y, una vez que las cámaras se centran en ella, ella comienza a gritar a los bomberos y apunta a la ventana en el segundo piso, todos nosotros diremos que ella está actuando. Pero si una casa está prendiéndose fuego en su barrio, y usted ve a una madre gritando a los bomberos y apuntando a la ventana del segundo piso, nadie dirá que ella está actuando. ¿Por qué no se parecen ellas exactamente igual?

Es porque realmente hay un niño allá arriba, entre el fuego. Esta mujer es realmente la madre del niño. Hay un peligro real y el niño podría morir. Todo es real. Y era de esa misma manera para Whitefield. El nuevo nacimiento le había abierto los ojos para lo que era real, y para la magnitud de lo que era real: Dios, la creación, la humanidad, el pecado, Satanás, la justicia divina y su ira, cielo, infierno, encarnación, las perfecciones de Cristo, su muerte, expiación, redención, propiciación, resurrección, el Espíritu Santo, la gracia salvífica, el perdón, la justificación, la reconciliación con Dios, la paz, la santificación, el amor, la segunda venida de Cristo, los nuevos Cielos y la nueva Tierra, la alegría eterna… Estos eran reales. Abrumadoramente reales para él. Él había nacido de nuevo. Él tenía ojos para ver.

Cuando él advirtió sobre la ira y llamaba a las personas para que escaparan, para que exaltaran a Cristo; él no estaba actuando. Él estaba incorporando tales formas de emociones y de acciones que correspondían con esas realidades. Eso es lo que la predicación hace. Es una búsqueda por exaltar a Cristo, describir el pecado, ofrecer la salvación; y persuadir a los pecadores con emociones, palabras y acciones que representen el peso de tales realidades.

Si usted ve estas realidades con los ojos de su corazón, si usted siente el peso de ellas; usted sabrá que ese tipo de predicación no se escenifica. La casa está en llamas. Hay personas atrapadas en el segundo piso. Nosotros las amamos. Y hay una manera de escapar.

“Yo no conozco ninguna otra razón por la cual Jesús me colocó en el ministerio, sino por ser yo el mayor de los pecadores, y por lo tanto, el más apto para predicar la gracia libre a un mundo que yace bajo el maligno”. [George Whitefield]

“voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo” [George Whitefield]

By John Piper – Traducido al español por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos

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El ministerio no es por contagio

Ya una vez dentro de  la sala de cirugía, minutos antes de ser sometido a una operación; una mujer de rostro sonriente me comunica que la intervención la realizará ella pues el doctor ha tenido que ausentarse por fuerza mayor. -Ah, bien, le respondo, me es indistinto, confío en que usted es una buena doctora, como todos los que egresan de la Facultad de Medicina. – No, no, yo no estudié, ¡pero soy la esposa del cirujano!

Este ejemplo puede sonar extravagante o ridículo,  pero si lo llevamos al plano de lo que está sucediendo en la Iglesia veremos que el ejemplo no resulta tan absurdo, en España hay un dicho popular que reza así: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma opinión”. Esta observación de la sabiduría popular la aplicaré a lo que parece ser el pensamiento de muchos creyentes en la actualidad: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma unción”. Pues de lo contrario no se explica esta moda de imponerle al cónyuge el mismo ministerio de su esposo.

Recuerdo que una vez me expresaron el malestar que había en una congregación, pues la esposa del que prontamente sucedería en el cargo de pastor principal “no demostraba vocación de pastora”. Es decir, se le exigía a esta pobre hermana que tuviese el mismo ministerio que su esposo, de lo contrario llevaría su “falta de vocación pastoral” como un estigma. ¿Y cual es el fundamento bíblico para tal aberración? Ninguno. ¿Era la esposa del apóstol Pedro una “apóstol”? Sabemos lo que nos narra Pablo, en 1ª Corintios 9:5

¿No tenemos derecho a traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?

 Los apóstoles que tenían esposa viajaban con ellas, unas veces por causa de la persecución, otras por causas de visitar a las iglesias que se estaban fundando; pero a ninguna de estas mujeres se les adjudicó el título o autoridad ministerial de sus esposos; ni las epístolas las firmaban a dúo. ¿O la mujer del evangelista tiene que ser evangelista, la del maestro, maestra; la del profeta, profetisa;  la del diácono, diaconisa, etc.?

A Catalina, la esposa del Dr. Martín Lutero, ¿se la llamaba pastora o doctora en teología en función de lo que era su marido? No. Desde luego que él cariñosamente le llamaba “mi doctora”; pero en la Iglesia ella nunca reclamó liderazgo alguno. Sin embargo, como era sabia para los negocios se dedicaba a la  administración de la hacienda familiar, por eso Lutero cuando le escribe cartas la llama: “A mi amable y querida Kethe Lutherina, cervecera y juez en el mercado porciuno de Wittenberg”. [ A Catalina Bora. Halle, 25 enero 1546] – “A mi cordialmente querida Catalina Lutherina, doctora, zulsdorferina, comerciante en cerdos y cuantas más cosas pueda haber” [Carta del 1 febrero 1546]. 

Ni la de esposa de Calvino, ni la de Arminio, ni las de Wesley, Spurgeon, Moody, Finney, A. W. Tozer, Ravenhill, y un largo etc., jamás reclamaron título alguno. Y esto no tiene nada que ver con reivindicaciones de derechos de género, cualquiera sabe que entre los anabaptistas las mujeres ejercían liderazgo sin problemas, al igual que en el movimiento Metodista wesleyano. Y en toda la historia del Movimiento Pentecostal las mujeres han trabajado codo a codo con los hombres, y en muchos aspectos ellas han sido pioneras. Pero de ahí, a esta moda de “ministerio matrimonial”, hay un abismo y una imposición.

Puedo respetar mucho a la esposa de mi pastor, pero eso no conlleva que deba considerarla mi líder espiritual, o una autoridad a la cual debo someterme incuestionablemente. Cuando me preguntan si creo que el ministerio de Profeta sigue vigente, respondo que bíblicamente e históricamente puedo afirmar con un rotundo sí. Y me refiero a profetas que son esencialmente predicadores de convicción, no a los delirantes que se la pasan viajando al tercer cielo, anunciando que un meteorito caerá en las próximas 24 horas; o inventando doctrinas extrañas que soñaron cuando se acostaron a dormir, después de haberse engullido tres hamburguesas dobles.

Si les da escozor usar el término Profeta, usen el de “voces proféticas”, aquellos que cuando predican [solamente las Escrituras] nuestro corazón es traspasado por la convicción. Y cuando me preguntan porqué no hay profetas en la actualidad, respondo porque no nos hacen falta, ya tenemos a la esposa del pastor que decide el rumbo a seguir. Es doloroso pero es la verdad. ¿Ustedes creen que un profeta se someterá a la voluntad de alguien simplemente porque ese alguien es la esposa del pastor? Hoy los “profetas” que triunfan son aquellos que les “profetizan” al matrimonio pastoral que Dios les dará cosas gloriosas, que les entregará a sus pies el barrio, la ciudad, y la galaxia también. ¡Pero ay del Profeta que se le ocurra decir que el rumbo que está tomando la iglesia está equivocado! ¡Ay del profeta que no le caiga en gracia a la “pastora”! Cuando Acab perseguía a Elías, este lo enfrentó, lo desafío, e hizo caer fuego del cielo  [1ª Reyes 18]. Pero cuando se enteró de esto la esposa de Acab…

1ª Reyes 19:1-4 Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado  espada a todos los profetas.  Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos.  Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Jezabel, después de escuchar a su marido, fue y por su propia cuenta le envió un “mensajito” al profeta, y este (que acababa de hacer caer fuego del cielo) tuvo que salir huyendo.

Que nadie piense que estoy generalizando, la historia de las pioneras y mujeres pentecostales es fascinante, pero en estos últimos tiempos estamos peligrosamente caminando por la cornisa. Creo que esta es la razón por la cual ahora, los auto-proclamados “apóstoles” nombran a sus esposas también como “apóstol”, o “profeta”; porque de esa manera le confieren autoridad indiscutible. Nadie puede contradecirlas, pues están en una posición espiritual de autoridad superior; por decirlo de otra manera, se rascan el oído mutuamente, y así se libran de los indeseables que los confrontan (de los Elías).

Los dones ministeriales son, según Efesios 4:11

Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros…

Cualquier congregación que pretenda poner bajo la sujeción de la esposa del pastor a los misioneros, a los maestros, a los evangelistas o a los profetas; se convierte en un monopolio familiar y no en una iglesia.

Observen tan siquiera los “grandes ministerios” que han surgido últimamente, los dos son apóstoles, o él es apóstol y ella profeta, ¡el control absoluto de la congregación está garantizado! Es el absolutismo más obsceno, pues con toda desfachatez se reparten entre ellos los ministerios de  “apóstoles” y “profetas” para gobernar monárquicamente a la Iglesia. El reparto de liderazgo entre los familiares se llama nepotismo, y en un tiempo la iglesia Católica Romana lo practicó mucho. Esta práctica fue una de las cosas que condenó la Reforma Protestante, por eso los católicos se vieron obligados a parar el escándalo en el Concilio de Trento. Pero como los evangélicos siempre nos quejamos de Roma y sin embargo la imitamos en todo, esto ha resurgido entre nosotros.

La esposa del pastor puede, y debe ser, reina en su hogar; pero en la Iglesia no reina. El gobierno lo constituyen y lo ejercen los ministerios dados por Dios. Si se preguntan las causas, por las cuales la mayoría de las congregaciones no tienen evangelistas [ministerio a tiempo completo], profetas [ministerio a tiempo completo], o maestros [ministerios a tiempo completo], es porque el gobierno de la congregación se reduce al círculo íntimo del pastor y nada más. Esto da por resultado que muchos pastores estén agotados, y le echen la culpa de la falta de obreros a los mismos creyentes; cuando en realidad son ellos mismos los que están poniendo un freno al desarrollo de nuevos ministerios. Si no estás dispuesto a compartir la autoridad, no esperes compromisos de responsabilidad en los demás. Si todo el liderazgo de autoridad de tu congregación, queda reducido a un grupo familiar exclusivo, entonces no esperes que lluevan obreros del cielo.

Recuerden estimados hermanos, los ministerios son dados por Dios, son paralelos en autoridad, no son piramidales, y por último, no son hereditarios ni se contagian por dormir juntos.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal – 2018

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Grandes mujeres de la Historia – Perpetua y Felicidad

Reconozco que no me ha sido fácil hacer esta recopilación, no por lo histórico, que me apasiona, sino porque aquí hay algo más sublime que un suceso eclesiástico. Se trata del testimonio heroico de nuestras “madres” y “hermanas” que nos han legado la fe, y han sellado con su sangre lo que confesaron con sus labios. Y en esta época actual, de obsceno hedonismo, donde el éxito ministerial se mide por números, títulos y ostentación ególatra; el echar la mirada hacia atrás y recordar que en una época ser una “guerrera”, una “campeona” o una “princesa” de Dios, conllevaba el ultraje y la muerte; hace que un nudo en la garganta exprese la vergüenza de nuestra pobreza espiritual; y las lágrimas impidan seguir leyendo. En honor a nuestras mártires, aquí va uno de los tantos relatos de sus hazañas que conquistaron un imperio.

“Las mujeres inspiradas por la Palabra de Dios, se mostraron tan valerosas como los hombres y algunas fueron sometidas a las mismas pruebas que los hombres y consiguieron los mismos premios al valor” [Eusebio, Historia ecl. VIII, 14]

Según el derecho romano, las niñas a los 12 años ya alcanzaban la edad para ser dadas en matrimonio [recordemos que el mismo san Agustín, antes de ser cristiano, estaba comprometido para casarse, pero su prometida tenía menos de 12 años por lo cual estaba obligado a esperar] A esta edad una niña era penalmente responsable, y aunque la ley prohibía torturarlas siendo menores de 14 años, a santa Eulalia se la torturó, a causa de su fe, con una antorcha encendida aplicada a su pecho, costados, rostro y cabellos cuando solo tenía 12 años. No a todas las menores cristianas se les aplicaba la pena de muerte, varias de ellas fueron entregadas a los prostíbulos para ser ultrajadas.

Aquí les dejo una foto que tomé de la magnífica sepultura de santa Eulalia, bajo la catedral de Barcelona.

Por un decreto de Diocleciano que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura, santa Irene, una joven virgen, fue apresada por poseer en su casa porciones de las Escrituras, fue expuesta desnuda en un lupanar con el fin de hacerla renegar de su fe, permaneció firme hasta el fin y fue condenada a morir en la hoguera. Según el derecho romano, una virgen no podía se condenada a muerte, por lo que el verdugo procedía a violarla primeramente. A todo esto se suma el hecho de que en aquella época los calabozos eran mixtos, hombres y mujeres eran arrojados allí sin el menor lugar para la intimidad. Contra toda esta barbarie del “derecho romano” tuvieron que pelear las verdaderas campeonas y guerreras de la fe, y digo “verdaderas campeonas y guerreras” porque hay otras que hoy gustan de disfrazarse también de guerreras, y auto-proclamarse campeonas de Dios, mientras sufren teniendo que decidir que color de esmalte de uña van a usar para la selfie, o para las portadas de sus discos o libros. 

Vibia Perpetua, mártir de Cartago (año 203)

“Dejó escrito con su propia mano la primera parte de su pasión, relatando las pruebas emocionales que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir. Es la narración más interesante y preciosa de los mártires, llamada “la perla” de todas las pasiones. Es la única que fue escrita de propia mano por la protagonista desde el día del arresto hasta las vísperas de su martirio.
De veintidós años de edad, de buena familia, bien instruida, llena de ingenio y buen humor, y madre de un niño de pocos meses, el testimonio conmovedor de lo que podemos llamar su diario íntimo todavía hoy remueve nuestras entrañas. Apenas detenida, fue visitada por su padre, pagano de religión, que por el amor que le profesaba se esforzaba por apartarla de su empecinamiento cristiano. [Ropero, Alfonso. Libro: Mártires y Perseguidores]

“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II].

“El padre de Perpetua es pagano, único de la familia, y único que no podía comprender la gloria del martirio. La noticia de la prisión de su hija como cristiana le consterna y exaspera. Por otra parte, pues el rescripto de Trajano sigue en pie, una sencilla negación bastaba para quedar absuelta. ¿Qué le costaba a su hija declarar que no era cristiana?”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

“Cuando todavía nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
-Padre-le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
-Lo veo–me respondió.
Y yo le dije:
-¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
-No-me respondió.
-Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi carne.
Al cabo de otros pocos días me metieron en la cárcel, y yo sentí pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito. Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo. Consumíame yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II, III].

“Entonces me dijo mi hermano:
-Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
-Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fue mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para que no subieran. Ahora bien, Sáturo había subido antes que yo (Sáturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió y me dijo:
-Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón. Y yo le dije: -No me hará daño, en el nombre de Jesucristo. El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla que estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo:
-Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: “Amén”. Y al sonido de esta voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo. [Passio Perpetuae et Felicitatis IV].

“De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo :
-Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito. que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo. Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
-Allá en el estrado, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis V].

“Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
-Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
-Ten consideración-dijo-a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
–No sacrifico.
Hilariano:
-Luego ¿eres cristiana?-dijo.
Y yo respondí:
-Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Y o sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel. Entonces, como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo de mi padre, pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente de la angustia por el infante y el dolor de mis pechos.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis VI].

“Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros. Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.” [Passio Perpetuae et Felicitatis IX].

“La sentencia tardó algunos días en cumplirse, pues el martirio debía servir de expansión a las tropas y al populacho. “Debíamos combatir en los juegos que se daban para solemnizar el natalicio de César Geta” “Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba”. Así termina este precioso diario, verdadera joya de la literatura cristiana de los primeros siglos.  [Ropero, Alfonso. libro Mártires y Perseguidores]

“El resto de la Pasión es obra ya del compilador. Quienquiera que éste haya sido-no hay inconveniente en estampar aquí el nombre de Tertuliano, hubo de ser un testigo presencial de los hechos, que narra con patetismo insuperable, nacido de su misma objetividad. Las escenas del parto de Felicidad en plena cárcel; la valentía con que Perpetua increpa al tribuno por el mal trato dado a reos nobilísimos que han de honrar el natalicio del César; los sarcasmos de Sáturo al pueblo estúpido que mira a los cristianos comer la llamada cena libre, ofrecida a los condenados a muerte, y que los cristianos convierten, dentro de lo posible, en un ágape; el desfile de los mártires camino del anfiteatro, serenos y gozosos ante la gloria del martirio, y, entre todos, el paso majestuoso de Perpetua.    [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Perpetua, es martirizada junto a Felicidad (joven esclava de la casa de Perpetua, y quien también acaba de dar a luz una niña en la cárcel).

“Cuando la mártir Felicidad, joven esclava, estando en la prisión, se ve acometida por los dolores del parto, sin poder contener los gemidos, no falta quien se burle de ella, poniendo en duda que sea capaz de sufrir los ataques de las fieras. A lo que ella contesta: ‘Ahora soy yo quien padece. Pero entonces habrá en mí otro que padecerá por mí, porque yo estaré padeciendo por Él'”    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“A Perpetua, a Felicidad y a sus compañeros se les quiso obligar a ponerse el traje de sacerdotisas de Ceres y sacerdotes de Saturno. Pero ellos, firmes e inconmovibles se resistieron a la mascarada. “Estamos aquí — dijeron— para conservar nuestra libertad”      [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XVIII].

“Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
-¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras: -Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XX].

Como ninguno a muerto por los ataques de los animales, son llevados nuevamente al anfiteatro para ser rematados.

“Al retirar la vaca de la arena, la muchedumbre, que celebró la violencia y matanza, pidió que fueran matadas. Dos aprendices de gladiadores se enviaron para la tarea. El inexperto rematador de Perpetua era joven y bastante nervioso pues la hirió varias veces entre la vértebras, hasta que ella misma dirigió con sus manos la espada a su garganta.
Esta última circunstancia tiene su explicación histórica. Los que se dedicaban a gladiadores hacían sus prácticas o aprendizaje en el spoliarium, para acostumbrarse a las matanzas, y allí, a los bestiarios que no habían sido rematados por las fieras, y a los gladiadores que aún no estaban del todo muertos, los degollaban, ejercitándose así antes de presentarse en combate público. Uno de estos novatos aprendices de gladiador fue el que le tocó a Perpetua”.    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 149]

“Los mártires, heridos todos y exánimes, son llevados al spoliarium, al “despojadero”, si es lícita la palabra, donde eran rematados los gladiadores que no morían en la arena, y allí hubieran sido finalmente ejecutados, si el populacho, ondulante y versátil como monstruo que era de millares de cabezas, no los hubiera reclamado al medio del anfiteatro, para que sus ojos-dice con frase tertulianesca el redactor-fueran también homicidas, a par de la espada que los había de atravesar. Los mártires se incorporan; se dan uno a uno el ósculo de paz, para consumar su martirio como una ofrenda litúrgica, y, silenciosos e inmóviles, reciben el golpe de gracia. Perpetua, herida en el costado por impericia del novel gladiador, lanza un grito de dolor y ella misma dirige la diestra del verdugo a la propia garganta, para que no errara nuevamente el golpe. Parece, concluye el redactor, como si sólo por su voluntad pudiera haber muerto aquella mujer admirable.”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Gunnar Vingren – La extraordinaria vida del pionero del pentecostalismo y las Asambleas de Dios de Brasil

Nació en Ostra Husby, Suecia, el 8 de agosto del 1879. Aunque era hijo de creyentes vivió licenciosamente hasta los 17 años, cuando entonces se rindió a Cristo, y a los 18 fue bautizado en una iglesia Bautista.  En ese mismo año: “Leí en una revista un artículo sobre las grandes necesidades y sufrimientos de tribus nativas en el exterior, lo que me hizo derramar muchas lágrimas. Subí a mi cuarto y allí le prometí a Dios pertenecerle y ponerme a su disposición para el honor y la gloria de su nombre. Oré también insistentemente para que Él me ayudase a cumplir esta promesa”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

En 1903, se fue a vivir a Norte América, y luego ingresó en Chicago al Seminario Teológico Bautista, donde estudió cuatro años. Cuando se diplomó, fue como pastor a la primera Iglesia Bautista de Menominee, Michigan. “En esa época visité la Convención General de los Bautistas americanos, y entonces fue resuelto que yo sería enviado como misionero a Assam, India, junto a mi novia. Hasta ese tiempo yo estaba convencido de que esto era la voluntad de Dios para mi vida – que yo fuese enviado como misionero por  la The Northern Baptist Convention. Pero durante la Convención, Dios me hizo sentir que no era esa su voluntad. Una semana después de volver a mi iglesia, tuve una lucha interior tremenda, y finalmente resolví no seguir ese camino. Escribí para la Convención y comuniqué lo que había decidido. Por este motivo mi novia rompió conmigo, y cuando recibí su carta, respondí: “Sea hecha la voluntad del Señor”… En el verano de 1909, Dios me llenó de una gran sed de recibir el bautismo con el Espíritu Santo, y con fuego. En noviembre del mismo año, pedí licencia en mi iglesia para visitar una conferencia bautista que debía realizarse en la Primera Iglesia Bautista Sueca en Chicago. Fui la Conferencia con el firme propósito de buscar el bautismo con el Espíritu Santo. ¡Y, alabado sea Dios, después de cinco días de búsqueda, el Señor Jesús me bautizó con el Espíritu Santo y con fuego!” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

Después de esta experiencia se vio obligado a dejar el pastorado en su iglesia, pues la mitad de la congregación estaba a favor de esta experiencia “pentecostal” y la otra mitad se opuso. Comenzó a congregarse entonces, en iglesias bautistas que aceptaban la continuidad de los dones. En una de ellas, había una noche entera dedicada a la oración: “Durante esas semanas de oración, sentíamos el poder de Dios venir sobre nosotros como una presión, como un fuerte peso, de tal manera que muchas veces no conseguimos sentarnos a la mesa para comer. Caíamos al suelo doblando las rodillas y en alta voz alabamos el nombre del Señor. Estábamos tan llenos del gozo del Espíritu Santo, que clamábamos con voz alta, cada uno donde estaba. Fueron días maravillosos, de inmensa alegría en la presencia del Señor.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

En una de esas reuniones un hermano profetizó que Gunner iría de misionero a Pará, a un pueblo de gente pobre, donde debería comenzar a enseñar los primeros rudimentos de la doctrina cristiana. También le dijo que se casaría con una chica de apellido Strandberg (varios años después, él conoció a una joven misionera llamada Frida Strandberg, quien fue su esposa y una de las grandes pioneras pentecostales del Brasil). Ahora faltaba saber si existía un lugar en la tierra llamado Pará, así que fueron a la biblioteca de la ciudad e investigaron el asunto, hasta descubrir que en el Norte de Brasil, había una ciudad con ese nombre.

El 19 de noviembre de 1910, Gunner Vingren y su amigo Daniel Berg llegaban en barco a Pará. Cuando desembarcaron no había nadie esperándolos, y ellos, solo tenían algunos dólares para las cosas básicas; así que se sentaron en el banco de una plaza para orar, ya que no tenían dónde ir. Finalmente personas que habían viajado con ellos en el barco y los vieron allí, les contactaron con un pastor bautista, quien les alquiló dos camas en el sótano de su casa. “No podíamos estar orgullosos de nuestra nueva vivienda. Era un corredor bien oscuro en el sótano, el suelo de cemento grueso y sin ninguna ventana. Allí colocaron dos camas para nosotros. En aquel calor tropical todo era caluroso e insoportable. Principalmente en aquel sótano. Los mosquitos zumbaban monótonamente, y las lagartijas corrían por las paredes hacia arriba y hacia abajo. A pesar de todo, nos sentíamos entusiasmados y felices”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

A partir de ese momento, hermanos bautistas comienzan a unírseles en grupos de oración, y predicaciones por las casas. Como él era egresado del Seminario querían que oficiase de pastor, pero su visión era mucho más amplia que el pastorado de una congregación. Leer el Diario Personal de Gunnar Vingren, es como leer la continuación del libro de los Hechos, sanidades, milagros, persecuciones, amenazas de muerte que le obligaban a huir entre la selva, enfermedades, y una obra imparable que se extendió por todo el Brasil. Este Diario de su vida fue publicado por su hijo, después de su muerte.

“Inmediatamente pasamos a realizar cultos públicos en varios lugares, en las casas de esos hermanos donde los bautistas antes realizaban cultos. Ya se habían cumplido seis meses que estábamos en Brasil. Jesús nos había bendecido maravillosamente. Nosotros orábamos por los enfermos y ellos eran sanados, testimoniábamos a pecadores y ellos recibían a Jesús como Salvador.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“Los primeros bautismos en Pará eran todos realizados en secreto, generalmente a las 11 de la noche, pues no había ni siquiera templos ni tanques bautismales. Un día tomaron coraje y anunciaron un bautismo público a la orilla de un río. Esto dio tiempo para que los enemigos preparasen algo para entorpecer la ceremonia. Cientos de hombres se acercaron al lugar del bautismo, pensando que con violencia podrían impedir el acto sagrado. El líder de ellos caminaba al frente cargando una cruz. Los pocos creyentes que estaban reunidos comprendieron el peligro en aquel momento, y temieron que hubiera derramamiento de sangre. Vingren trató de leer la Biblia, pero fue impedido. Intentó leer otra vez, pero el líder empuñó un cuchillo y se preparó para lanzarse contra Vingren. Pero la hermana Celina se interpuso entonces entre ese católico y el hermano Vingren, salvando la vida de éste. Otro católico, un hombre viejo, gritó entonces: ¡Basta! ¡Dejen que se ellos hagan la ceremonia! Pero el líder del grupo continuó firme en su propósito de impedir el bautismo. Vingren dijo a los enemigos: “¡Yo sólo hago lo que Jesús quiere!”  Bajo las amenazas de los enemigos, los candidatos comenzaron a cambiar su ropa y vestir las capas de bautismo en unas pequeñas tiendas en la selva, y luego se fueron al río. Mientras Vingren los bautizaba, los enemigos gritaban: ¡Miserables, comida de tigres, maten al misionero! Cuando el bautismo fue concluido, los enemigos pensaban que volveríamos a las tiendas a fin de cambiar de ropa, cuenta el hermano Vingren, pero Dios puso en mi corazón no cambiar de ropa, sino volver a la ciudad, mojados como estábamos. En seguida salí del agua, y, seguido de cerca por los nuevos convertidos, pasamos por el medio de toda aquella multitud de enemigos. Ellos se olvidaron de nosotros, quedaron boquiabiertos y nos dejaron pasar. Así, el Señor nos dio su liberación. – Esto fue muy valiente de su parte, le dije a Vingren. Él me respondió:  – ¿Valiente? Yo tenía el mandamiento de Cristo, tanto para predicar como para bautizar. No tenía otra cosa que hacer. Yo no podía desobedecer a Dios, aunque todos los hombres y todo el poder del Infierno viniesen contra mí para impedirlo. Nosotros tenemos primero que obedecer a Dios, pues así nos enseña la Biblia” [A. P. Franklin de su libro Entre Creyentes Pentecostales y Santos Abandonados en América del Sur]

Por causa de ministrar bautismos en la selva, Gunnar Vingren contrajo una fuerte fiebre

“Comencé a sentir un dolor terrible en las piernas, y durante varios meses solo pude caminar despacio y con mucha dificultad… la hinchazón subió hasta mi pecho de tal forma que me costaba respirar… me dio una tos tan grande que casi me costaba estar en la cama… la fiebre era tan alta que temblaba… Este cuadro continuó por cuatro semanas, aun así pude realizar algunos cultos allí. Los enemigos de la obra nos perseguían mucho durante aquellos días. Cierta noche apedrearon la casa donde estábamos reunidos… Otra noche planearon matarme y quemar la casa. Una hermana vino a alertarme de lo que estaban planeando. Una gran multitud se había reunido frente a la casa, la hermana que había venido a avisarme me aconsejó que huyese, y eso fue lo que hice. Salí corriendo por detrás de la casa, atravesé el patio y me interné en la selva, donde me escondí. Me sentía tan débil que debía andar a gatas. Caminé de esa manera dentro de la selva hasta encontrar una casa y allí me dormí. Los enemigos habían traído perros de caza para olfatear mis rastros. Pero Dios no permitió que ellos me hallaran. ¡Gloria a Jesús!… Al día siguiente regresé por barco a Belén, y tuve que ir a la cama con una fiebre altísima. Sentía como si me fuese a morir, estaba todo hinchado y no pude dormir por tres días y tres noches. Los hermanos oraron mucho por mí, y el Señor oyó sus oraciones y me sanó completamente… Gradualmente las fuerzas regresaron… Mi sufrimiento duró de junio hasta noviembre. Yo ya estaba tan acostumbrado con la dolencia que ella pasó a ser casi natural para mí. Pero el Señor me sanó, fue un milagro, tanto para mí como para los demás.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“La obra del Señor continuó, y su palabra continuó cada día a ser confirmada con milagros y maravillas. Un hermano fue curado de una enfermedad muy grave en una pierna, una hermana fue curada de una enfermedad considerada incurable, en los labios. Otro hermano que sentía dolor de cabeza, hacía ya diez años, fue sanado. Un hombre paralitico que estaba moribundo, y que ya no podía hablar, fue sanado y pasó a participar de los cultos. Una niña que estaba muriendo de tanta fiebre fue sanada. Un hombre muy anciano, que sufría de hernia desde hace nueve años, también fue alcanzado por la sanidad… Era también muy glorioso acompañar a los sonrientes y jubilosos nuevos convertidos a las aguas del bautismo. Era maravilloso ver como el Espíritu Santo caía sobre estos creyentes, y como ellos hablaban en otras lenguas, profetizaban y cantaban en el Espíritu Santo. Con mucho coraje ellos comenzaban a testificar de Jesús y a alabar su nombre… Cuando el Espíritu Santo es derramado en los corazones, se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu Santo. Entonces se oye júbilo y alegría en la tienda de los justos”.  [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

A pesar de que Gunnar Vingren era un pentecostal en todo sentido, no toleraba ningún exceso y no tenía miedo de exponerlo públicamente:

“Después que todos habían orado comenzaron a saltar y a danzar durante más o menos media hora. Después se pusieron de rodillas otra vez y oraron. Yo los exhorté a que dejasen esa cosa de danzar, pues eso no está escrito en el Nuevo Testamento, y era una tontería que ellos debían abandonar. Al día siguiente ocurrieron las mismas cosas. Decían que eran dirigidos por el Espíritu Santo, y uno de ellos era considerado profeta. Yo entonces hablé seriamente con él, y le dije que no es por medio de profecías, de interpretación y de lenguas que debemos ser dirigidos. Eso nos fue dado para nuestra edificación, mas la dirección verdadera y la instrucción necesaria vienen de la Biblia, que es la Palabra de Dios clara e infalible. Ellos entonces prometieron acabar con la danza. Pero, actuaron de la misma forma el día siguiente, me engañaron y en medio de la danza me mandaron afuera, entonces yo me fui”. [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

El trabajo evangelístico de Vingren se extendía a todos los rincones posibles: “¡Oh, qué momentos maravillosos tuvimos allí con aquellos hermanos! Nosotros nos reuníamos en sus casas de paja, a la vera de los diferentes ríos, y allí realizábamos cultos. Especialmente los sábados a la tarde las personas venían de diferentes lugares remando en canoas. Muchos de ellos remaban durante dos o tres horas para poder llegar. Comenzábamos los cultos los sábados a la noche y continuábamos hasta el amanecer. ¡Cómo era maravilloso reunirnos para cantar, orar, testificar y alabar al Señor, mientras los corazones desbordaban de alegría y gozo! El pueblo de Dios se reunía con toda sencillez, para alabar al señor, y el santo fuego del Espíritu caía y se propagaba cada vez más entre los moradores de las márgenes de aquellos ríos.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

Mientras tanto el amigo de Vingren, el misionero Daniel Berg, también abría caminos allí donde el evangelio no se predicaba.

“En otro lugar, llamado Guatipurá, junto a las vías del tren, la obra de Dios comenzó de la siguiente manera: Un muchacho encontró en la estación un ejemplar del Nuevo Testamento, lo llevó a su casa y comenzó a leerlo con su familia. Cuando el hermano Daniel Berg, pasó un día por allí con sus maletas repletas de porciones bíblicas, ellos dijeron: “Este hombre es un evangelista, vamos a llamarlo para que venga a nuestra casa”. Así lo hicieron, Daniel Berg les testificó, toda la familia se convirtió, y surgió allí una gran iglesia” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

“Después de algún tiempo surgió una gran persecución en Guatipurá contra los creyentes. Ellos fueron golpeados hasta correr sangre, y llevados a prisión… La obra continuó expandiéndose más y más en esa región y surgieron muchas nuevas iglesias ¡aún bajo la persecución!… Fue siguiendo las vías del tren, unos 400 kilómetros, que Daniel Berg recorrió a pie, cargando sus maletas llenas de porciones bíblicas. Muchas veces sus pies quedaban tan lastimados y callosos, que terminaba caminando descalzo. Sufriendo hambre y necesidades de toda especie, él caminaba de puerta en puerta, evangelizando el pueblo, distribuyendo Evangelios y porciones bíblicas.”

“El siervo del Señor tiene que luchar mucho contra toda la mentira y toda la superstición que el pueblo aprendió desde niño, de los sacerdotes católicos… “La Biblia solo puede ser comprendida por los sacerdotes y no debe ser leída por el pueblo”… “Si alguien lee la Biblia protestante, solo por eso irá al infierno”… Esto es lo que los sacerdotes enseñan al pueblo, y nosotros tenemos que luchar contra esos prejuicios, contra la idolatría, la prostitución, la profunda ignorancia, y también contra el espiritismo. Más allá de esto, somos atacados de fiebres tremendas, y tenemos que soportar un clima caliente y severo, que en pocos años deja el cuerpo completamente agotado. Solo con la gracia de Dios, es que los misioneros podemos soportar todo esto. Tenemos que pasar también por privaciones de todo tipo, pues el alimento es muy básico e insuficiente, y muchas veces está contaminado, envenenado o estropeado, y perjudica al cuerpo que después queda lleno de heridas y llagas. De la misma manera se puede mencionar las peligrosas y venenosas serpientes, que se encuentran por todos lados; y los hombres malos y perversos, dispuestos para hacer todo tipo de maldades. También enfrentamos peligros en los viajes, en el mar y en los ríos. Pero, en medio de todo esto, Dios nos ha guardado y sustentado todos estos años. ¡Aleluya! Es maravilloso ver como Dios despedaza las puertas de hierro y libra a los presos de la prisión. Cuando la simple verdad de Jesús es predicada en el poder del Espíritu Santo, entonces la Palabra es siempre acompañada de señales y milagros.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

¿Cuál fue la causa del crecimiento de las iglesias pentecostales en Brasil?

“Predicaban y oraban día y noche, y se turnaban en los viajes al Interior de los estados de Pará y Amazonas. El objetivo de todos era ganar el máximo de almas para el Señor. Todos se esforzaban y el resultado no tardó: surgía una iglesia tras otra”.

“Estos cultos se realizaban muy cerca de la selva virgen. Para llegar hasta allí el acceso era muy difícil, pues o tenían que remar en barquitos a través de los ríos dentro de la selva, o caminar por las desiertas y densas selvas. A pesar de esas dificultades muchos creyentes llegaban para participar de los cultos a Dios. Siempre fue en circunstancias muy difíciles y primitivas que se realizó el trabajo pionero durante aquellos años. Primeramente tenían que luchar con un clima muy caliente, y las casas eran muy simples y rústicas, y lo mismo acontecía con la comida que no solo no era suficiente, sino deficiente. Un día Vingren escribió: “Hoy mientras comía banana con harina, en casa del hermano Reinaldo, sentí el poder de Dios y mucha alegría en el Espíritu Santo” Su plato de comida podía ser sencillo, pero aun así él sentía el poder de Dios y la presencia del Espíritu Santo. El poder de Dios lo sustentaba cuando él caminaba por los bosques para realizar cultos en las aldeas distantes, un día él caminó catorce kilómetros hasta el lugar del culto.” [O Diário do Pioneiro Gunnar Vingren – CPAD – traducido al español por Diarios de Avivamientos]

El año de 1918 fue un momento muy importante para la continuidad del Movimiento Pentecostal en Brasil. La obra ya contaba con algunos años, ahora llegaba el momento de registrar la iglesia para que tuviese personería jurídica. Esto aconteció el 11 de enero de 1918, cuando la iglesia fue oficialmente registrada con el nombre de “Asambleas de Dios”.

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Cuando Dios dice sí, pero todavía no.

Traduciendo algunos capítulos del Diario de David Brainerd me encontré con este relato notable, que brinda una maravillosa enseñanza de la forma en que Dios, a veces, obra con respecto a sus promesas:

21 de julio, 1744. “Ya cerca de la noche, comenzó a agigantarse ante mí, la responsabilidad de mi trabajo entre los indios. Esto fue agravado por varias cosas que oí; en particular, que tenían intención de reunirse al día siguiente para una fiesta idólatra, con danzas. Entré en angustia. Pensé que, por causa de conciencia, debía intentar interrumpirla, pero no sabía cómo conseguiría esto.

Pero me retiré para orar y pedir poder de lo alto. Mi corazón se expandió mucho en oración y mi alma luchó como nunca, hasta donde yo recuerde. Entré en tal angustia e imploré con tanto fervor e importunación que, cuando me levanté, estaba extremadamente débil y abatido, y casi no podía mantenerme derecho. Mis articulaciones parecían flojas, el sudor corría por mi cara y por todo mi cuerpo; mi constitución física parecía a punto de disolverse. Hasta donde yo podía juzgar, me había desvinculado de toda finalidad egoísta, en mis súplicas fervientes por los pobres indios. Yo sabía que ellos estaban allí reunidos para adorar a los demonios, y no a Dios. Eso me hacía clamar desde el fondo del alma, para que Dios me ayudara prontamente, en mis intentos de interrumpir aquella reunión idólatra.

Mi alma se derramó durante mucho tiempo, y pensé que Dios iría conmigo a reivindicar su propia causa. Me parecía poder confiar en Dios en cuanto a su presencia y asistencia. Así pasé el anochecer orando incesantemente por la ayuda divina, a fin de que yo no dependiera de mí mismo, sino que dependiera todo el tiempo de Dios. Aquello por lo que pasé fue notable, de hecho, inexpresable. Todo aquí se desvaneció y nada parecía importante para mí, excepto la santidad en el corazón y en la vida, y la conversión de los paganos a Dios. Todos mis cuidados, temores y deseos que podrían clasificarse como mundanos, desaparecieron, y, en mi estima, parecían menos importantes que un pequeño soplo. Ansié mucho que Dios se hiciera un nombre entre los paganos, y apele a Él con la mayor libertad, diciéndole que Él sabía que yo “lo prefería a Él antes que a mi mayor satisfacción”. En efecto, no me quedaba noción de alegría de este mundo; no me importaba dónde o cómo viviese, ni cuáles dificultades tuviese que pasar, siempre y cuando pudiera ganar almas para Cristo. Seguí en esa actitud mental hasta entrada la noche. Cuando dormía, soñaba sobre esas cosas, y cuando me despertaba (lo que sucedió varias veces), lo primero que me ocurría era el gran trabajo de rogar a Dios protección contra Satanás.

Día del Señor, 22 de julio, 1774. Al despertar, mi alma se concentró en lo que parecía estar delante de mí. Clamé a Dios antes de salir del lecho, y así que me vestí, fui al bosque, a fin de derramar mi alma afligida delante de Dios; pidiéndole, en especial,  ayuda para mi gran trabajo, pues casi no podía pensar en otra. Disfruté del mismo fervor, y con inigualable libertad me consagré de nuevo a Dios, para la vida o para la muerte; para todas las durezas a que Él me llamara entre los paganos. Y sentí como si nada pudiese desanimarme de aquel bendito trabajo. Tuve la fuerte esperanza de que Dios “rompería los cielos y bajaría”, haciendo alguna maravilla entre los paganos. Mientras cabalgaba hasta donde estaban los indios, cerca de cinco kilómetros de distancia, mi corazón se elevaba continuamente a Dios, en busca de su presencia y ayuda, casi en la expectación de que Dios haría de éste, el día de su poder y gracia entre los pobres indios.

Cuando llegué donde estaban, los encontré ocupados en sus festejos; pero mediante la bondad divina conseguí persuadirlos a renunciar y a escuchar mi predicación. Sin embargo, aun así me pareció que no se manifestaba nada del poder de Dios entre ellos. Les prediqué de nuevo por la tarde y pude notar que los indios estaban más serios que antes, pero aun así no noté nada de especial entre ellos. Por eso, Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios, antes de que tengan más conocimientos”. Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”.

Supongo, que a muchos de ustedes les habrá pasado como a mí, que esperaban un final del relato con algún hecho asombroso, alguna respuesta extraordinaria de parte de Dios a las oraciones de su siervo. Pero donde debería haber habido un SÍ, hubo un rotundo NO. Allí está un jovencito misionero, al cual la tuberculosis lo está consumiendo, pero su único anhelo y clamor es que Dios sea conocido entre los perdidos. Se sumerge en las profundidades de la oración, que no son otra cosa que las mismas alturas de la presencia gloriosa de Dios. Siente en su alma la respuesta de Cristo a sus plegarias, la convicción de que ha sido escuchado, y que Dios mismo tomará en sus manos la situación para glorificarse. Esto es llegar al estado de “prevalecer en oración”, tener la confirmación de que Dios ya ha dicho SÍ.

Sin embargo, sigue hacia adelante y se estrella contra las circunstancias que le gritan ¡NO! Y se tambalea, ¿Dios dijo SÍ, pero ha obrado como un NO? ¿Qué sucedió? Y el diablo reanuda su trabajo: “Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios”. ¿Pero cómo, Dios te dijo sí, y ahora te deja en esta situación de fracaso?

Estas bofetadas del enemigo hacen mucho daño, y lo hacen porque aún no hemos aprendido que entre el SÍ de Dios a nuestra oración, y la llegada de la respuesta concreta, pueden haber varios NO de por medio. Para decirlo de otra manera, un SÍ de Dios, puede estar compuesto de varios NO. Dios te da la convicción de que tu oración ha sido oída, y que Él obrará a tu favor, pero a partir de entonces, comienzas a recibir varias bofetadas de las circunstancias, todo parece gritarte ¡No!, ¡No!, ¡No! Y el diablo te susurra, ¿pero cómo, no estabas seguro de que Dios obraría?… Dios no existe, y si existe te ha olvidado… o todo ha sido un invento de tu imaginaciónY allí nos quedamos, perplejos… frustrados…

Pero observa lo que dice este santo varón de Dios, David Brainerd, ante ese panorama desolador:Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”. A pesar del cansancio, la debilidad, la perplejidad; a pesar de las burlas y las dudas lanzadas por el diablo, él decidió morir a todos los encantos del mundo, y se resolvió a seguir esperando en Dios, en ese Dios que le había dicho SÍ.

Todos conocen el final glorioso de la obra de David Brainerd entre los pueblos nativos del Delaware, un poderoso avivamiento se derramó allí y muchísimas almas fueron ganadas para el reino de Cristo. El Sí de Dios fue glorioso. Que esta experiencia de nuestro admirado misionero nos haga entender que las promesas de Dios son en él, SÍ, y en él Amén. Lo que Dios prometió, Dios lo cumplirá; aunque tengamos que atravesar varios NO por el camino que pasa de por medio. 

…•…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible – Roger Olson: Teología Arminiana: Mitos y Realidades

Este material ha sido traducido por Diarios de Avivamientos, con el único fin de su uso pedagógico dentro del ámbito de la comunidad de Diarios de Avivamientos – Este libro no se encuentra en español- 

Mito 2

Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible

A pesar de los puntos comunes, el calvinismo y el arminianismo son sistemas de teología cristiana incompatibles; no hay un término medio estable entre ellos en las cuestiones determinantes.

EN EL CAPÍTULO UNO NOSOTROS VIMOS QUE HAY MUCHOS puntos en común entre el arminianismo evangélico (arminianismo de corazón) y el calvinismo evangélico (hasta incluso el rígido). En él he intentado mostrar que, en realidad, el calvinismo y arminianismo son expresiones de una misma fe, y que ambos, en sus clásicas expresiones, afirman la dependencia humana de la gracia de Dios para todo lo que es bueno. Por ejemplo, contrariamente a lo que muchos calvinistas parecen creer, los arminianos clásicos comparten con los calvinistas clásicos una robusta creencia en la depravación humana y en la necesidad de iniciativa divina para la salvación. Ellos concuerdan en que los humanos caídos no pueden ejercer una buena voluntad para con Dios, aparte de la iniciativa de la gracia. En este aspecto ambos honran las Escrituras y son igualmente evangélicos.

Este capítulo se ocupa de un mito diferente: que en virtud de sus puntos en común el arminianismo y el calvinismo pueden ser combinados, creando un sistema híbrido. No es inusual en los círculos evangélicos oír a los cristianos sinceros y bien intencionados declararse a sí mismos como “calminianos“, una combinación de calvinista y de arminiano. Me encontré con esta alegación innumerables veces cuando presentaba el calvinismo y el arminianismo en clases de la universidad, seminarios o iglesias. Generalmente los alumnos preguntan: “¿Por qué no puede haber un término medio entre el calvinismo y el arminianismo?”  A lo cual alguien responde: “¡Pero lo hay – se llama calminianismo!”  Un deseo sincero de crear un puente entre el abismo que ha causado tanto conflicto, crea la base para este concepto erróneo. De ninguna manera deberíamos menoscabar este anhelo por la unidad, es admirable; aunque su cumplimiento sea, en este caso, imposible.

Antes de entrar en una explicación de por qué son incompatibles, sería útil (principalmente para los que no leyeron la introducción) revisar el significado de calvinismo y arminianismo. Si la unidad es la preocupación prioritaria, sus irreconciliables diferencias pueden ser artificialmente amenizadas. Cuando ellos son definidos de formas que difieren de sus definiciones clásicas, es fácil combinarlos. Así, esta pseudo-unidad entre ellos es determinada por la manera en como los entendemos y los definimos. Sin embargo, cuando el arminianismo y el calvinismo son entendidos en sus sentidos históricos y clásicos, ninguna combinación es posible; siempre permanecerán como alternativas, principalmente en cuestiones soteriológicas.

El calvinismo es el sistema de creencia cristiana protestante oriundo de las enseñanzas del siglo XVI de Juan Calvino. Es la forma más conocida de la ramificación reformada del protestantismo. Y su expresión más sistemática y lógicamente rígida se encuentra en dos declaraciones doctrinales del siglo XVII: los Cánones del Sínodo de Dort (1618) y la Confesión de Fe de Westminster (1648). El corazón y alma del calvinismo (además de la ortodoxia protestante) son un énfasis característico en la soberanía de Dios, principalmente en la salvación. Dios es la realidad totalmente determinante que pre-ordena [predetermina – predestina] y torna cierto todo lo que sucede, principalmente y por encima de todo, la salvación de los pecadores [*] Esto se extiende a los individuos, de manera que son predestinados incondicionalmente por Dios para la salvación eterna. De acuerdo con el calvinismo rígido. Dios determina ignorar a otros (el decreto de la reprobación), dejándolos en su merecida condenación eterna. La gracia de Dios para la salvación es irresistible y eficaz, y para los calvinistas más tradicionales, la muerte expiatoria de Cristo en la cruz fue intencionada por Dios sólo para los elegidos.

[*] Esta reivindicación de providencia meticulosa es negada por algunos calvinistas, pero fuertemente afirmada por la mayoría de los eruditos calvinistas, incluyendo el propio Calvino. El teólogo calvinista Edwin Palmer expresa fielmente la propia creencia de Calvino acerca de la soberanía de Dios cuando escribe que “Predeterminación” significa el plan soberano de Dios donde Él decide todo lo que va a suceder en todo el universo. Nada en este mundo sucede por casualidad. Dios está detrás de todo. “Él decide y hace que todas las cosas que deben suceder, sucedan” (The Five Points of Calvinism, Grand Rapids, Baker, 1972. p. 245). Algunos calvinistas quieren limitar la pre-ordenación determinante de Dios para asuntos soteriológicos, de suerte que Dios no sea responsable de toda calamidad – incluyendo la caída de la humanidad – que acomete al mundo. Si esto es consistente con el calvinismo clásico, o si el calvinismo clásico incluye la providencia meticulosa conforme la expresada por Palmer, eso corresponde a los calvinistas decidir.

El arminianismo es oriundo de las enseñanzas del holandés Jacobo Arminio, que reaccionó al calvinismo rígido y rechazó muchos de sus fundamentos característicos. Él y sus seguidores, conocidos como los Remonstrantes, negaron el monergismo de Calvino (salvación determinista) y optaron por la interpretación de un Dios, que sin detrimento de su soberanía, se auto-limita, concediendo libre albedrío a las personas por medio de la gracia preventiva [previniente]. Dios permite que su gracia para la salvación sea resistida y rechazada, y determina salvar a todos los que no la rechazan, sino que la abrazan como su única esperanza para la vida eterna. La expiación de Cristo es de ámbito universal; Dios envió a Cristo para morir por los pecados de todas las personas. Pero la eficacia salvífica de la expiación se extiende sólo a aquellos que aceptan la cruz por la fe. El arminianismo confronta al monergismo con un sinergismo evangélico, que afirma una cooperación necesaria entre las agencias divina y humana en la salvación (aunque las coloca en planos totalmente diferentes). En la salvación, la gracia de Dios es el agente superior; el libre albedrío humano (la no resistencia) es el agente menor. Arminio, y sus seguidores fieles, reaccionaron al calvinismo rígido sin propagar ninguna nueva doctrina; se apoyaron en la patrística griega y en algunos luteranos. También fueron influenciados por el reformador católico Erasmo.

Cuando el calvinismo y el arminianismo se describen correctamente, sus diferencias deberían ser claramente obvias. El espacio entre ellos en muchos puntos es amplio y profundo. Se centra en los tres puntos (del medio) del famoso acróstico del  TULIP: 1. depravación total, 2. elección incondicional, 3. expiación limitada, 4. gracia irresistible y 5. perseverancia de los santos. En cuanto los arminianos aceptan la elección divina, sostienen que es condicional. Al paso que aceptan una forma de expiación limitada [lo contrario sería universalismo], rechazan la idea de que Dios haya enviado a Cristo para morir sólo por una porción de la humanidad.

La naturaleza de la expiación limitada está basada no sólo en la intención de Dios, sino en la respuesta humana. Sólo son salvos por Dios los que aceptan la gracia de la cruz; los que la rechazan y buscan salvación en otro lugar fallan en ser incluidos en ella, y esto por elección propia, con el desagrado de Dios. Mientras los arminianos abrazan la necesidad de la gracia sobrenatural para la salvación (como para cualquier bien espiritual, incluyendo la primera inclinación de la voluntad hacia Dios), niegan que Dios, de manera irresistible, doblegue la voluntad humana de manera que ellos son eficazmente salvados, independientemente de su propia respuesta espontánea (no autónoma).

Arminianismo y Calvinismo contrastados

Al principio del capítulo uno, yo admitía que el arminianismo y el calvinismo son términos discutidos. Nadie habla por todos los calvinistas acerca de todo, así como nadie habla por el arminianismo acerca de todos los asuntos. Por lo tanto, para apoyar mis descripciones concisas, apelo al ministro reformado y teólogo Edwin Palmer y al teólogo H. Orton Wiley, de la Iglesia del Nazareno. Describiendo el calvinismo clásico, Palmer escribió: “El arminiano enseña la elección condicional; donde el calvinista enseña una elección incondicional”, y “Esto es entonces una elección incondicional: la elección de Dios no descansa en nada de lo que el hombre haga”. [PALMER. Edwin. Los Cinco Puntos de Calvinismo. Grand Rapids: Baker, 1972. p.27, La presentación de Palmer del calvinismo es incisiva y, a veces, afirmada de manera austera. Sin embargo, no sólo fue pastor de iglesias reformadas, sino que también sirvió como profesor en el Westminster Theological Seminary, que es una institución calvinista ampliamente respetada. Su presentación del calvinismo es consistente con las primeras presentaciones dadas por los teólogos Archbald Alexander, Charles Hodge, A. A. Hodge y B. B. Warfield, todos de Princeton].

 Concerniente a la elección Wiley dijo:

“El arminianismo afirma que la predestinación es el propósito de la gracia de Dios de salvar a la humanidad de la completa ruina. No es un acto arbitrario e indiscriminado de Dios, intencionado para garantizar la salvación de cierto número de personas y nada más. Ella incluye, provisionalmente, a todos los hombres en su alcance, y está condicionada únicamente en la fe en Jesús”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.; Beacon Hill, 1941, v, 2, p. 337. Wiley confiaba fuertemente en los grandes teólogos arminianos del siglo XIX Richard Watson, William Burton Pope, Thomas Summers y John Miley. La teología de Wiley es completamente consistente con la de ellos y con el propio pensamiento de Arminio].

De acuerdo con Palmer, y el calvinismo clásico en general, la muerte expiatoria de Cristo fue suficiente para todo el mundo, incluyendo cada individuo que ya existió y que existirá, pero intencionada por Dios sólo para los elegidos. “La Biblia enseña innumerables y, repetidas veces que Dios no ama a todas las personas con el mismo amor”, y “la expiación de Cristo es limitada en su alcance ya que Cristo se propuso, y, de hecho, quitó la culpa de los pecados de un número limitado de personas – a saber, aquellos a quienes Dios amó con un amor especial desde la eternidad. La expiación de valor ilimitado está limitada a ciertas personas” [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids; Baker, 1972. p. 44, 42].

Wiley, hablando por todos los arminianos, escribió:

“La expiación es universal. Esto no significa que toda la humanidad será salva incondicionalmente, sino que la oferta sacrificial de Cristo hasta cierto grado satisfizo las reivindicaciones de la ley divina para hacer de la salvación una posibilidad para todos. La redención, por lo tanto, es universal o general en el sentido provisional, pero especial o condicional en su aplicación al individuo”.   [WILEY, op. cit., v. 2. p. 295].

El contraste puede no ser tan nítido como podríamos esperar, pues tanto los calvinistas como los arminianos creen que la expiación es tanto universal como limitada, pero en sentidos diferentes. De acuerdo con el calvinismo la expiación es universal en valor; es suficiente para salvar a todos. De acuerdo con el arminianismo ella es universal en intención; busca salvar a todos. De acuerdo con el calvinismo ella es limitada en el alcance, tiene la intención de salvar solo a los elegidos, y de hecho, los salva. De acuerdo con el arminianismo, es limitada en eficacia; ella, de hecho, salva únicamente a los que la aceptan por la fe.

Los arminianos creen que la descripción calvinista del alcance de la expiación es errada, no puede dejar de evitar limitar el amor de Dios, que contradice pasajes bíblicos tales como Juan 3.16, que los calvinistas deben interpretar como refiriéndose no a todo el mundo (es decir, todas las personas), sino a las personas de todas las tribus y naciones.  [PALMER, op. c., p. 45]. [Los arminianos generalmente encuentran esta limitación del alcance de la expiación para los elegidos, sorprendente a la luz del énfasis escriturístico en el amor de Dios por todo el mundo y en la muerte de Cristo en favor de toda la humanidad. El teólogo bautista Vernon Grounds, presidente durante mucho tiempo del Seminario de Denver, dice; “Una mera cadena de pasajes presenta el hecho, pues esto es un hecho, de que el propósito divino en Jesucristo abraza no un segmento de la familia humana, sino la raza en totalidad”, y “Se requiere una ingenuidad exegética, que no es nada más que una virtuosidad aprendida para vaciar estos textos de sus significados obvios; es necesario una ingenuidad exegética, bordeando el sofisma, para negar su explícita universalidad” (Grace Unlimited, Ed. Clark H. Pinnock, Minneapolis, Bethany House, 1975, pág. 26, 28)].

Los calvinistas temen que el énfasis arminiano en la universalidad de la expiación resulte inexorablemente en universalismo; si Cristo, en realidad, padeció por los pecados de todas las personas, ¿por qué alguien irá al infierno? ¿Todos no serían salvos por la muerte expiatoria de Cristo? ¿El infierno no sería un castigo redundante? Los arminianos responden que eso es exactamente lo que hace que el infierno sea trágico: él es absolutamente innecesario. La gente va allá no porque sus castigos no fueron sufridos por Cristo, sino porque rechazan la amnistía proporcionada por Cristo, por intermedio de la muerte sustitutiva de Cristo.

Esta es la forma en que Palmer explicó la gracia irresistible:

“Dios envía su Espíritu Santo para actuar en la vida de las personas de manera que, definitiva y ciertamente, serán cambiadas de personas malas para personas buenas. Es decir que el Espíritu Santo ciertamente – sin cualquier “y” o “si” o “pero” – hará que todos los que Dios escogió desde la eternidad y por quienes Cristo murió, crean en Jesús.”  [Ibid. p. 58].

Los calvinistas típicamente describen este proceso como “enderezar la voluntad”. En otras palabras, Dios no coacciona a nadie espiritualmente, pero hace que los elegidos deseen la gracia de Dios y que respondan a la iniciativa de Dios con alegría. Los arminianos sospechan que esto viola la relación entre Dios y el hombre, de suerte que los humanos se convierten en títeres en las manos de Dios. Ellos rechazan esto no porque valoren la autonomía humana (como muchos calvinistas piensan), sino porque valoran la naturaleza genuinamente personal de la relación entre Dios y el hombre. El amor que no es elegido libremente no parece ser amor genuino. Además, si Dios selecciona algunos para ser salvos incondicional e irresistiblemente, ¿por qué no escoge a todos? ¿Sobre qué fundamento y por qué razones Dios ignora algunos pecadores y tuerce las voluntades de otros para que respondan con fe? La naturaleza incondicional e irresistible de la gracia en el esquema calvinista parece arbitraria, si no caprichosa. En contraste, los arminianos defienden que la gracia de Dios es resistible:

“El arminianismo sostiene que la salvación es enteramente por gracia, que todo movimiento del alma hacia Dios es iniciado por la gracia divina; pero también reconoce, en un sentido verdadero, la cooperación de la voluntad humana, pues en última etapa, es el agente libre quien decide si la gracia ofrecida es aceptada o rechazada”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.: Beacon Hill, 1941. v. 2, p. 356].

Y con todos los arminianos, Wiley argumenta que la gracia siempre puede ser resistida, incluso la gracia previniente – la gracia capacitadora que Dios proporciona antes de la salvación – que viene independiente del pedido o deseo humano. Una vez que aparece, siempre puede ser, y es frecuentemente, rechazada.

Es extremadamente importante revelar las diferencias reales entre el arminianismo y el calvinismo, y que las personas no queden encantadas por semejanzas ilusorias. Así como, tanto los arminianos como los calvinistas, creen en una expiación universal y limitada, pero en sentidos diferentes; ellos también creen que la gracia es irresistible y resistible, pero en sentidos diferentes. Los calvinistas creen que los réprobos, los que Dios eligió ignorar para la salvación, naturalmente resisten la gracia de Dios. Y los elegidos, los escogidos para la salvación y que son regenerados espiritualmente antes de la salvación, hallan la gracia de Dios irresistible y, por lo tanto, aceptan el evangelio.

De modo similar, los arminianos creen que las personas no tienen elección en relación a la gracia previniente; es irresistible en el sentido de que es un don de Dios que se da a todos. Pero la gracia previniente no doblega la voluntad, o coloca la libre agencia a un lado. En cuestiones espirituales, ella [la gracia previniente] crea el libre albedrío y la libre agencia, y por lo tanto los humanos pueden resistirse a ella una vez que la reciben. De nuevo, muchos puntos en común y una gran separación, yacen entre el calvinista y el arminiano.

En este momento, ya debe estar claro el por qué el calvinismo verdadero y el arminianismo verdadero no pueden ser combinados. Ninguna mezcla es posible a pesar de que no están en desacuerdo acerca de todo. En cuanto a estos tres asuntos indispensables, no es posible crear un puente entre ellos. Una vez que los términos son propiamente dilucidados, queda claro que, en lo que se refiere a la elección, expiación y gracia, el calvinismo y el arminianismo son considerablemente diferentes.

La imposibilidad del Calminianismo

Sin embargo, a pesar del acentuado contraste entre el calvinismo y el arminianismo en ciertos puntos doctrinales esenciales, muchas personas tratan de forzarlos en un híbrido: calminianismo. Los calvinistas clásicos y los arminianos clásicos concuerdan que tal híbrido es imposible. El autor calvinista W. Robert Godfrey, presidente del Seminario Teológico de Westminster de California, lo rechaza:

“Algunos intentan dividir la diferencia entre el arminianismo y el calvinismo. Dicen algo como: “Quiero ser un 75% calvinista y un 25% arminiano”. Si literalmente quieren decir esto, entonces son 100% arminianos, una vez que conceder cualquier lugar determinante a la voluntad humana es arminiano. Por lo general ellos quieren acentuar la gracia de Dios y la responsabilidad humana. Si esto es lo que quieren decir, entonces ellos pueden ser 100% calvinistas, pues el calvinismo, de hecho, enseña que la gracia de Dios es enteramente la causa de la salvación, y que el hombre es responsable ante Dios de oír y observar la llamada de arrepentimiento y fe.” [GODFREY, W. Robert. “Who Was Arminius?”, Modern Reformation, n. 1, 1992, p. 24]

Los arminianos clásicos consistentes concuerdan con Godfrey que su sistema de creencia es incompatible con el calvinismo, y defienden que la mayoría de las personas que se declaran a sí mismas calminianas, o 75 por ciento calvinistas y 25 por ciento arminianas son, de hecho, arminianas. Algunos son simplemente inconsistentes y deseosos de abrazar proposiciones contradictorias.

Algunos que buscan un híbrido de calvinismo y arminianismo lo hacen apelando hacia una unidad mayor de verdad, que trascienda nuestras percepciones finitas y limitadas al tiempo. Ellos perciben que la Biblia parece afirmar tanto la soberanía divina absoluta como la cooperación humana con Dios en la historia, y la salvación. El pasaje clásico que parece enseñar la paradoja de la gracia es Filipenses 2,12-13: “obrad vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el efectuar, según su buena voluntad” (KJV). Una ilustración común utilizada para soportar el argumento de que tanto el monergismo como el sinergismo son verdaderos (y no sólo contienen algún aspecto de la verdad) es el de dos rieles de tren que parecen unirse más allá del horizonte. ¡El problema con esta ilustración es que los rieles no se unen (convergen)!

Otra ilustración común es la placa imaginaria en la puerta de entrada del cielo que dice: “Quien quiera entre libremente”. Al otro lado de la placa, en el interior del cielo, el mismo cartel dice: “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo”. Ambas verdades se enseñan claramente en la Escritura. Pero Charles Spurgeon, predicador bautista británico, que probablemente fue el autor de la ilustración, quiso utilizarla para ilustrar el calvinismo. Y ella lo ilustra. Colocar “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo” en la placa del lado de dentro del cielo, implica elevar una verdad del calvinismo.

La verdad desnuda y cruda es que en ciertos puntos el calvinismo clásico y el arminianismo clásico simplemente discrepan entre sí, y que ningún puente uniendo los dos campos puede ser encontrado; no se puede crear ninguna combinación de los dos. El calvinismo puede ser visto como un medio término entre el fatalismo y el sinergismo. El arminianismo puede ser visto como un medio término entre el semipelagianismo y el calvinismo. Pero entre el calvinismo y el arminianismo no hay compatibilidad mutua.

La lógica siempre forzará a la persona a seguir un camino o el otro. Por supuesto, si no nos preocupamos con la lógica, entonces habitamos en una casa calminiana construida artificialmente sobre la arena. Pero ella será devastada por duras cuestiones de lógica y sentido común. ¿La elección de individuos para la salvación es condicional o incondicional? Si respondemos: “No sé”, ningún hibrido calminiano existe. Pero si respondemos: “Ambas”, ¿dónde está el medio término? ¿Cómo podemos, de manera lógica, combinar la elección incondicional con la condicional? Las mismas preguntas podrían ser hechas para la visión calminiana de la expiación y de la gracia.

¿Dios planeó que la muerte expiatoria de Cristo salvase a todos, o sólo a unos pocos? Si respondemos que Dios quiere salvar a todos, pero que sabe que sólo algunos serán salvos, ¡somos arminianos! Si respondemos que Dios quiere salvar sólo algunos, aunque su muerte sea suficiente para salvar a todos, ¡somos calvinistas! Casi todas las respuestas inteligentes del calminianismo para tales indagaciones acaban siendo calvinistas o arminianas.

¿La gracia salvífica es resistible o irresistible? ¿Es eficaz o puede ser rechazada? ¿Dónde está el término medio? Una vez que el calminiano comienza a definir y aplicar, él o ella inevitablemente revelarán colores calvinistas o arminianos.

Un intento bastante popular de trascender el calvinismo y el arminianismo es la de apelar a la alegada atemporalidad de Dios (o la eternidad de Dios por encima y más allá del tiempo). Algunos dicen que desde la perspectiva divina no hay conflicto entre predestinación y libre albedrío. (Claro, ¡los arminianos siempre argumentaron que no hay tal conflicto porque la predestinación es condicional!). Sin embargo, suponiendo que los que apelan a la atemporalidad de Dios quieren decir que la elección y la predestinación son ambas condicionales e incondicionales, ¿cómo la atemporalidad divina ayuda a aliviar la contradicción?

Lo mismo podría ser indagado acerca de la expiación y la gracia. La atemporalidad no ayuda, pues, incluso desde la perspectiva de un Dios atemporal, el decreto de salvar a algunas personas debe basarse o en una elección incondicional o en algo que Dios (atemporalmente) ve en ellos, tal como la no resistencia a la gracia. Ambos, los primeros seguidores del calvinismo clásico y del arminianismo clásico presumieron la atemporalidad divina, sin embargo, ninguno de los lados apeló a la atemporalidad de Dios como la solución, pues percibieron que el otro lado también podría apelar a la atemporalidad divina.

Aunque todos los momentos del tiempo están simultáneamente ante los ojos de Dios, la elección atemporal de Dios de algunos para ser salvos está basada en algo que Él ve en ellos, o que no ve. O la intención y propósito de Dios, en y por medio de la expiación, es salvar a todo hijo caído de la raza de Adán, o es salvar sólo algunos. O la gracia salvífica de Dios puede ser resistida, o no. Apelando a la dicotomía de tiempo y eternidad no se resuelve el problema, o crea un híbrido.

Por más duro que esto parezca a las personas que tienen la unidad en alta estima (principalmente entre cristianos), necesitamos lidiar con la responsabilidad de elegir entre el calvinismo y el arminianismo. Esto no significa escoger entre el cristianismo y otra cosa. Significa escoger entre dos interpretaciones bíblicas respetadas que coexisten dentro del cristianismo evangélico desde hace siglos. Para muchas personas esta elección presenta muy poco riesgo, pues la iglesia en la que se congregan permite que ambas perspectivas coexistan pacíficamente lado a lado. [Esto es verdad entre muchas iglesias bautistas así como iglesias enraizadas en la tradición pietista, tal como la Iglesia Evangélica Libre de América, cuyo lema es “En lo esencial unidad, en lo no esencial libertad, en todas las cosas caridad”. Tales iglesias generalmente relegan las creencias del monergismo y sinergismo al ámbito de no esenciales. Esto no significa que estos asuntos doctrinales no sean importantes, sino que no son la esencia del cristianismo]. Sin embargo, muchas denominaciones, de hecho, exigen cierta posición confesional en relación al monergismo y sinergismo para el liderazgo, si no para la membresía. [La Iglesia Cristiana Reformada (de América) y la Iglesia Presbiteriana de América son decididamente calvinistas, mientras que la Iglesia del Nazareno y la mayoría de las iglesias metodistas (incluyendo sus ramificaciones) son arminianas].

La enorme brecha entre el calvinismo y el arminianismo

¿El calvinismo y el arminianismo pueden probarse a sí mismos apelando únicamente a la Escritura? Sólo podemos desear que sí. Sin embargo, muchos calvinistas y arminianos astutos y convictos concuerdan que no es tan simple. Tanto el monergismo como el sinergismo pueden acumular listas impresionantes de pasajes escriturales de soporte y exégesis erudita, que refuerzan sus conclusiones. Después de veinticinco años estudiando este asunto, llegué a la conclusión de que apelar únicamente a la Escritura no puede probar que un lado tiene razón y que el otro está equivocado.

Cristianos sensatos y espiritualmente maduros exploraron la Biblia y llegaron a conclusiones radicalmente diferentes, acerca de la relación de la elección y libre albedrío y la resistencia a la expiación y a la gracia. En verdad, esto perdura desde hace siglos. ¿Sólo un lado honra la Escritura? No. De manera similar, así como los Demócratas y los Republicanos interpretan la Constitución de los Estados Unidos de manera diferente, ambos la honran en la medida que la interpretan de manera responsable.

Si apelando únicamente a la Biblia no resuelve nuestro problema, ¿qué lo resolverá? Dudo que pueda ser resuelto por el argumento o el diálogo. Él es ampliamente una cuestión de aquel misterio llamado: perspectiva. Los filósofos lo llaman “blik” (una interpretación de nuestra experiencia cuya veracidad o falsedad no pueden probarse). Es una forma básica de ver la realidad. Vemos el mundo de tal y tal manera, aunque no haya pruebas. Piense en el famoso diseño que se puede ver tanto como pato como conejo. Algunas personas instantáneamente ven un conejo, pero no el pato, pero otras ven el pato, y no el conejo. Nadie ve los dos animales al mismo tiempo, y ver al otro (aparte de aquel que había visto primero) es una cuestión de cambio de perspectiva, y no de persuadirse a ver “otra cosa”. Así es con el calvinismo y el arminianismo. A pesar de las quejas y murmuraciones de los extremistas de ambos lados, que parecen creer que los adeptos de la otra teología están actuando de mala fe; las personas de buena fe igualmente pueden escoger lados distintos. ¿Por qué? Porque cuando éstos leen la Biblia, encuentran a Dios identificado de una manera u otra. En el fondo de estas diferencias doctrinarias yace una perspectiva  diferente, acerca de la identidad de Dios, basada en la auto-revelación de Dios en Jesucristo y en la Escritura, que colorean el resto de la Biblia. Toda la Escritura presenta el aspecto del monergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como regente soberano, o toda la Escritura presenta el aspecto del sinergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como padre celestial amoroso y compasivo. Esta epistemología de “ver cómo” (perspectiva) no pasa por alto a la Escritura, pero revela patrones percibidos de ella. [No estoy sugiriendo un relativismo de la revelación tal, que la Escritura no signifique nada en particular. Mi propia visión es que el monergismo no es la interpretación correcta de la revelación de Dios en la Escritura, y puedo ver cómo los monergistas llegan a su entendimiento equivocado. Pero es solamente al “andar dentro” de la perspectiva de ellos, en lo mejor que yo pueda hacerlo, y ver la Escritura como ellos la ven, que revela un patrón diferente. Sin embargo, yo creo que mi perspectiva está más cerca de la verdad].

Aunque la exégesis bíblica sola no puede probar el calvinismo ni el arminianismo, la exégesis bíblicamente correcta refuerza cada sistema de teología. La Escritura es el material que proporciona el patrón (gestalt) que forma la perspectiva (blik) que controla la interpretación de pasajes individuales. Esto explica por qué las personas son calvinistas o arminianas, cuando falta una prueba exegética clara e inequívoca para cada sistema. Ambos sistemas ven a Dios como identificado por toda la Escritura (visión sintética) de cierta manera.

Otra cuestión que complica la elección entre el calvinismo y el arminianismo es que ambos sistemas contienen problemas muy difíciles, si no insuperables. Los dos se esfuerzan mucho para explicar grandes porciones de la Escritura; los dos necesitan admitir los misterios que bordean las contradicciones dentro de sus sistemas. Edwin Palmer expresó más fuertemente que la mayoría de los calvinistas un problema en su sistema de creencias. Dios, admitió él, predetermina todo y, por lo tanto, predetermina incluso el pecado y el mal, sin embargo, solamente los humanos son culpados por hacer aquello que no pueden evitar. [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids: Baker, 1972. p. 85] “Él [el calvinista] percibe que lo que él aboga es ridículo… El calvinista libremente admite que su posición es ilógica, ridícula, insensata y tonta” Y, sin embargo, como la mayoría de los calvinistas, Palmer alegó que “esta cuestión secreta pertenece al Señor nuestro Dios y debemos dejar las cosas como están. No debemos investigar el consejo secreto de Dios”. [Ibid. p. 85, 87].

Muchos calvinistas se sentirán constreñidos con la admisión de Palmer acerca del misterio incorporado a la creencia calvinista. Ella es un poco extrema, principalmente para los calvinistas que se preocupan por la lógica. Pero casi todos los calvinistas concuerdan que hay puntos, como éste, donde el calvinismo se enfrenta al misterio y que no puede dar una solución racionalmente satisfactoria. Los arminianos circunspectos, similarmente, reconocen las dificultades de lógica y problemas dentro de su propio sistema de creencia. ¿Quién puede explicar cómo la libre agencia es la habilidad de hacer algo diferente de lo que alguien, de hecho, hace? El libre albedrío no es un problema en el calvinismo, ya que es negado o se explica de tal manera que es despojado de todo su misterio.

Pero todos los arminianos clásicos creen en un libre albedrío libertario, que es una elección auto-determinante; y él es incompatible con la determinación de cualquier tipo. Esto parece equivaler a una creencia de un efecto sin causa – la libre elección de la persona de ser o hacer algo sin antecedente. Buridan, un filósofo cínico medieval, despotricó de tal libre albedrío, sugiriendo que una mula que él poseía moriría de hambre aunque dos cuencos llenos de comida fuesen colocados delante de ella, ¡pues nada la inclinaba a comer de un cuenco o del otro! Los arminianos no son persuadidos por tales argumentos, ellos saben que la mula hambrienta escogería libremente comer de un cuenco o de otro [sin esperar un impulso divino]. Pero dejando los sofismas de lado, los arminianos saben que su creencia en la libertad libertaria es un misterio (no una contradicción).

La cuestión aquí es que ambos lados (y tal vez todos los sistemas teológicos importantes) implican misterios, y al hacer sus sistemas teológicos perfectamente inteligibles, el misterio es un problema. Irónicamente, ambos lados tienden a apuntar la debilidad del otro al apelar al misterio, sin admitir su propio misterio. Cada lado apunta a la pequeña paja en el ojo del otro, ¡mientras que ignora la paja del mismo tamaño (¿o viga?) en su propio ojo! Así, parece que las personas no son calvinistas o arminianas porque un lado logró probar estar en lo correcto, sino porque estas personas encuentran un conjunto de misterios (o problemas) con el cual es más fácil de convivir, que con el otro. Por supuesto, los partidarios de ambos grupos apuntan a pasajes bíblicos de soporte y experiencias (tal como ser adoptado por Dios aparte de una conciencia de elección). Pero, al final, ningún lado puede completamente derrotar al otro, o demostrar de manera concluyente su propio sistema. El filósofo Jerry Walls magistralmente enfatiza esto:

“Observen que tanto los calvinistas como los teólogos del libre albedrío [Arminianos] llegan, por fin, a un punto donde explicaciones adicionales son imposibles. Ambos llegan al límite de la elección inexplicable. El teólogo del libre albedrío no puede explicar plenamente porque algunos escogen a Cristo mientras otros no. El calvinista no consigue decirnos por qué, o sobre qué base, Dios elige algunos para la salvación e ignora a otros”  [WALLS, Jerry. “The Free Will Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1983. p. 25].

Ambos, entonces, enfrentan dificultades insuperables al explicar ciertas características de sus sistemas, y deben admitirlo. Sin embargo, los dos sistemas permanecen dentro de la cristiandad protestante con igual sinceridad en relación a la Escritura, igual valor exegético, igual  apelación histórica, e igual compromiso con la ortodoxia cristiana fundamental. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Por qué ser un calvinista o un arminiano? En el fondo algunos cristianos son calvinistas porque cuando leen la Biblia (y tal vez examinen su propia experiencia) ven a Dios como todopoderoso, supremamente glorioso, absolutamente soberano y como la realidad totalmente determinante. Esto es el “blik” de ellos, la visión sintética que guía la hermenéutica de pasajes individuales. El gran teólogo puritano Jonathan Edwards era obsesionado con esta visión de Dios, y ella guiaba toda su teología. Otros cristianos son arminianos porque cuando leen la Biblia (y quizá examinen su propia experiencia) ven a Dios como supremamente bondadoso, amable, misericordioso, compasivo, y el Padre benevolente de toda la creación, que desea lo mejor para todos. Esta visión de Dios guio la teología del gran hombre de Avivamiento Juan Wesley, que fue contemporáneo de Edwards. Por supuesto, ambos lados reconocen algunas verdades en la perspectiva del otro; los calvinistas reconocen a Dios como amable y misericordioso (principalmente en relación a los elegidos), y los arminianos reconocen a Dios como todopoderoso y soberano. Ambos creen que Dios es supremamente grande y bueno. Pero un lado comienza con la grandeza de Dios y condiciona la bondad de Dios a la luz de la grandeza; el otro lado comienza con la bondad de Dios y condiciona la grandeza de Dios a la luz de la bondad. Cada lado tiene su “blik”, que determina ampliamente cómo interpretan la Escritura. El teólogo arminiano Fritz Guy expresa el “blik” controlador arminiano sin rodeos: “En el carácter de Dios el amor es más fundamental que el control” [GUY, Fritz, “The Universality of God’s Love”. in The Grace of God, The Will of Man, Ed. Clark H. Pinnock. Grand Rapids: Zondervan, 1989. p. 33]. Esta perspectiva básica acerca de Dios resuena en toda la literatura arminiana. Al escribir sobre la creencia calvinista en la reprobación incondicional (que Dios ignora a algunos y escoge otros para la salvación incondicionalmente), Juan Wesley fue extremadamente honesto: “Sea lo que sea que la Escritura diga, ella jamás puede significar eso (la Reprobación)” [John Wesley, citado en Ibid., p.266. Extraído del sermón “Gracia Libre”, de Juan Wesley]. Tenga en cuenta que Wesley no dijo eso por estar encantado con alguna norma extra-bíblica que tenga más importancia que la propia Biblia. Por el contrario, él era guiado por una visión impuesta por la propia Escritura, que imposibilita ciertas interpretaciones del texto. [N.T. En la visión wesleyana, es imposible interpretar en la Biblia que Dios predestine incondicionalmente al infierno a sus criaturas].

Contrariamente a la creencia popular, entonces, el verdadero factor divisor en el centro del debate del calvinismo/Arminianismo no es la predestinación frente al libre albedrío, sino la figura guía de Dios: Él es visto primeramente como (1) majestuoso, poderoso y controlador;  o (2) amable, bueno y misericordioso. Una vez que esta figura (blik) esté establecida, aspectos aparentemente contrarios son relegados al segundo plano, son colocados de lado como “oscuros” o son artificialmente manipulados para que encajen en el sistema. Ningún lado niega absolutamente la verdad desde la perspectiva del otro; pero cada uno califica los atributos de Dios que son preeminentes en la perspectiva del otro. La bondad de Dios, en el calvinismo, es calificada por su grandeza; y la grandeza de Dios, en el arminianismo, es calificada por su bondad.

Los arminianos pueden vivir con los problemas del arminianismo más cómodamente que con los problemas del calvinismo. Determinismo e indeterminismo no pueden ser combinados; debemos elegir uno u otro. En la realidad última y final de las cosas, o las personas poseen cierto nivel de autodeterminación o no la poseen. El calvinismo es una forma de determinismo. Los arminianos escogen ampliamente el indeterminismo porque el determinismo parece incompatible con la bondad de Dios y con la naturaleza de las relaciones personales, que incluye la naturaleza misma de la salvación. Los arminianos concuerdan con Arminio, que acentuó que “la gracia de Dios no es cierta fuerza irresistible […] es una Persona, el Espíritu Santo, y en relaciones personales no puede haber la subyugación de una persona por otra” [CAMERON, Charles M. “Arminius – Hero or Heretic?” Evangelical Quartely, n. 3, v. 64, 1192. p. 225.].

Y Wesley preguntó acerca de la elección incondicional (y reprobación incondicional): “Ahora, ¿qué puede, por ventura, ser una contradicción más clara que ésta; no solamente para toda la extensión y tendencia general de la Escritura, sino también para aquellos textos específicos que expresamente declaran: ‘Dios es amor’?” [WESLEY, John. “Free Grace”, in The Works of John Wesley, v. 3, Sermón 3. Ed. Albert C. Outer. Nashville: Abingdon, 1986. p. 552].

Jerry Walls, filósofo wesleyano contemporáneo, sostiene que es simplemente imposible, de cualquier forma, reconciliar la bondad de Dios con el determinismo divino, incluyendo el calvinismo. Él subraya que para Wesley (y para todos los arminianos) “es impensable que tanto mal abunde si Dios determinó todas las elecciones humanas”. [WALLS, Jerry. “The Free WilI Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1 983. p. 28].

Walls resalta que la intuición moral, así como la Escritura, nos informa que la cantidad y la intensidad del mal en el mundo son simplemente incompatibles con la bondad de Dios, si Dios es la realidad todo-determinante. Pero aún más importante, si es Dios quien únicamente determina la salvación, y no salva a todos o ignora las elecciones libres humanas al salvar, la bondad de Dios es simplemente inexplicable y, por lo tanto, debatible. Dios entonces se vuelve moralmente ambiguo. Este es el problema arminiano con el calvinismo, es un problema con el que los arminianos no pueden vivir.

El gran divisor entre el calvinismo y el arminianismo, entonces, está en las diferentes perspectivas concernientes a la identidad de Dios en la revelación. El determinismo divino crea un problema en el carácter de Dios y en la relación divino-humana, problemas con los cuales los arminianos simplemente no pueden vivir. En virtud de su visión de Dios, que es quien ejerce el control con bondad, son incapaces de afirmar la reprobación incondicional (que es la inevitable consecuencia de la elección incondicional), pues hace que Dios sea, en el mejor de los casos, moralmente ambiguo. [Entiendo totalmente  que muchos calvinistas afirmen creer sólo en una “única predestinación”. Es decir, ellos dicen que la predestinación es sólo para la salvación y que nadie es predestinado por Dios para la reprobación. Sin embargo, si el calvinista niega el universalismo, como la mayoría niega: ¿Cómo es posible negar un decreto divino de reprobación y, por lo tanto, la doble predestinación? Aunque Dios sólo “ignore” o “no tome conocimiento” de algunos, este es el equivalente a predestinarlos a la perdición.  El autor calvinista R. C. Sproul deja este punto bastante claro en Chosen by God. Wheaton, III; Tyndale House, 1986, p. 139-60]. La negación del determinismo divino en la salvación, conduce inexorablemente al arminianismo.

La naturaleza del libre-albedrío es otro punto divergente entre el calvinismo y el arminianismo, y donde un medio término no es posible. En virtud de su visión de Dios como bueno (clemente, benevolente, misericordioso), los arminianos afirman el libre albedrío libertario. (Los filósofos lo llaman libre albedrío incompatibilista, pues no es compatible con el determinismo). Cuando un agente (un humano o Dios) actúa libremente en el sentido libertario, nada fuera del ser (incluyendo realidades físicas dentro del cuerpo) causa la acción; el intelecto o carácter solamente domina la voluntad y la hace ir hacia un lado u otro. Deliberación, y entonces elección,  son los únicos factores determinantes; aunque factores tales como la naturaleza y la creación, e influencias divinas entran en juego. Los arminianos no creen en libre albedrío absoluto; el albedrío es siempre influenciado y situado dentro de un contexto. Dios mismo es guiado por su naturaleza y carácter al tomar decisiones. Pero los arminianos niegan que las decisiones y acciones de las criaturas sean controladas [predeterminadas] por Dios, o cualquier fuerza fuera del ser.

Los calvinistas, por otro lado, creen en el libre albedrío compatible (en la medida en que hablan de libre albedrío). El libre albedrío, ellos creen, es compatible con el determinismo. Este es el único sentido de libre albedrío que es consistente con la visión calvinista de Dios como la realidad todo-determinante. En el libre albedrío compatible, las personas son libres mientras  pueden hacer lo que desean hacer -incluso si Dios está determinando sus deseos. Es por eso que los calvinistas pueden afirmar que las personas pecan voluntariamente y son, por lo tanto, responsables de sus pecados – aunque ellas no puedan hacer lo contrario. De acuerdo con el calvinismo, Dios pre-ordenó la Caída de Adán y Eva, y la hizo cierta (aunque sólo por un permiso eficaz) al retirar la gracia necesaria para impedirles pecar. Y, sin embargo, ellos pecaron voluntariamente. Ellos hicieron lo que querían hacer, incluso siendo incapaces de hacer lo contrario. Esta es la típica descripción calvinista del libre albedrío. [Ver PETERSON, Robert A.; WILLIAMS. Michael D. Why I Am Not An Arminian p. 136-61. Esto no significa que ésta sea la única descripción calvinista de libre albedrío; muchos calvinistas siguen al propio Calvino en simplemente negar el libre albedrío.].

Una vez más es difícil ver cómo, un híbrido de estas dos visiones de libre albedrío, podría ser creado. ¿Las personas podrían libremente haber elegido hacer algo diferente, de lo que ellas realmente hicieron? Algunos calvinistas (como Jonathan Edwards) concuerdan con los arminianos en que la gente tiene la habilidad natural de hacer lo contrario (por ejemplo, evitar pecar). Pero, ¿y la habilidad moral? Los arminianos concuerdan con los calvinistas que, aparte de la gracia de Dios, todos los humanos caídos eligen pecar; sus voluntades están propensas a pecar por el pecado original, manifestándose a sí mismo como depravación total. Sin embargo, los arminianos no llaman a esto: libre albedrío, pues estas personas no pueden hacer lo contrario (¡excepto en términos de decidir qué pecado cometer!). Desde la perspectiva arminiana, la gracia preventiva restaura el libre albedrío de manera que los humanos, por primera vez, tienen la habilidad de hacer lo contrario – a saber, responder en fe a la gracia de Dios o resistirla en no arrepentimiento e incredulidad. En el momento de la llamada de Dios, los pecadores, bajo la influencia de la gracia previniente, tienen el libre albedrío genuino como un don de Dios; por primera vez ellos pueden libremente decir sí o no a Dios. Nada fuera del ser determina cómo responder. Los calvinistas dicen que los humanos jamás tienen la habilidad en asuntos espirituales (y posiblemente en ningún asunto), que las personas siempre hacen lo que desean hacer, y Dios es quien definitivamente decide los deseos humanos, aun cuando se trata de pecado pues Dios (dicen ellos) opera por intermedio de causas secundarias y nunca hace directamente que alguien peque. Estas dos visiones son incompatibles.

Para el arminiano, el libre albedrío compatible no es libre albedrío de ninguna manera. Para el calvinista, el libre albedrío incompatibilista es un mito; él simplemente no puede existir porque ello equivaldría a un efecto sin causa, lo que es un absurdo. [La clásica crítica calvinista del libre albedrío libertario se encuentra en el tratado de Jonathan Edwards, “Libertad de la Voluntad”. Si el lector se está preguntando si el así llamado conocimiento medio proporciona un término medio, algo necesita ser dicho acerca de esto aquí. El conocimiento medio sería el conocimiento de Dios de lo que las criaturas libres harían, libremente en cualquier conjunto de circunstancias. Pero los que creen en el conocimiento medio normalmente afirman el libre albedrío libertario. La cuestión de si ellos harían lo contrario todavía está abierta, incluso en el caso del conocimiento medio, que es afirmado por aquellos que creen que él no es determinante].

Cuando se trata de decidir el resistir, o el aceptar la gracia salvífica ofrecida por Dios, las decisiones y elecciones de las personas o se determinan o no. Decir que ellas no son determinadas, sino solamente influenciadas no produce un híbrido; es arminianismo clásico. [Para un examen completo y detallado del propio concepto de Arminio del libre-arbitrio, ver, William Gene Witt, Creation, Redemption y Grace in the Theology de Jacobus Arminius. Universidad de Notre Dame, 1993. Disertación de Doctorado, pp. 418-30. De acuerdo con Witt, el concepto de Arminio de libre albedrío era el mismo que de Tomás de Aquino. Y no el mismo libre albedrío autónomo de la Ilustración, pues él [el de Arminio-Aquino] tiene un cimiento sobrenatural y siempre está orientado hacia el bien aunque, en virtud de la corrupción del pecado, él tenga una percepción caída del bien y, en consecuencia, se aparta del verdadero bien hasta que la gracia previniente de Dios interviene. Por lo tanto, no es libre agencia absoluta y autónoma, sino libre albedrío situado teológicamente – y no en el humanismo de la Ilustración].

Decir que ellas -las decisiones del hombre- son determinadas, pero libres, (como afirma el calvinismo) requiere explicaciones adicionales. Decir que están bajo tal influencia poderosa de la gracia, y que no podrían hacer otra cosa más que adecuarse a la voluntad de Dios, no es medio término; es el calvinismo clásico.

Sin híbrido, pero con puntos en común

En varios asuntos esenciales relacionados con la soteriología, por lo tanto, un medio término o híbrido entre el calvinismo y el arminianismo no es posible. El calminianismo sólo puede ser defendido en un desafío a la razón; y por lo tanto, todo calminianismo termina siendo una forma disfrazada de calvinismo o arminianismo, o se desplaza inexorablemente hacia un lado o hacia el otro. Muchas personas afirman ser “calvinistas de cuatro puntos”, lo que generalmente quiere decir que concuerdan con la depravación total, la elección incondicional, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos, pero rechazan la expiación limitada. Cuando presionados, sin embargo, tales calvinistas de cuatro puntos, a menudo, parecen haber entendido mal la idea calvinista de expiación limitada, y cuando se les explica correctamente (por ejemplo, universal en suficiencia, pero limitada en extensión para únicamente los elegidos), la abrazan. Algunas dudas existen de si el propio Calvino creía en la expiación limitada, pero parece ser parte integrante del sistema calvinista. ¿Por qué Dios querría que Cristo sufriese para expiar la culpa de aquellos que Dios ya había determinado que no serían salvos?

Algunos arminianos se llaman a sí mismos “calvinistas de dos puntos”, principalmente si viven, trabajan o se congregan en contextos donde la teología reformada es considerada la norma de evangelicalismo. Lo que generalmente quieren decir con esto es que ellos afirman la depravación total, y la perseverancia de los santos. (Esto es principalmente común entre los bautistas). Sin embargo, al rechazar la elección incondicional, la expiación limitada y la gracia irresistible demuestran que son, de hecho, arminianos y ni de cerca calvinistas. Sin embargo, pueden considerarse, correctamente, parte de la tradición reformada más amplia.

Habiendo argumentado aquí, que el calvinismo y el arminianismo son sistemas incompatibles y que imposibilitan una hibridación. No quiero que los lectores olviden que los dos sistemas tienen mucho en común. Ambos afirman la soberanía divina, aunque de maneras y en niveles diferentes; ambos abrazan la necesidad absoluta de la gracia para cualquier cosa verdaderamente buena en la vida humana. Ambos creen que la salvación es un don gratuito de Dios, que sólo puede ser recibido por la fe aparte de obras meritorias de rectitud. Ambos niegan cualquier habilidad humana, para iniciar una relación con Dios al ejercer una buena voluntad para Dios. Ambos afirman la iniciativa divina de la fe (un término técnico para el primer paso en la salvación). En una palabra, ambos son protestantes. Esto es intensamente cuestionado por críticos calvinistas hostiles al arminianismo, pero en todo el resto de este libro yo demostraré que la teología arminiana clásica es una forma legítima de la ortodoxia protestante, y por lo tanto, el arminianismo comparte un vasto campo en común con el calvinismo clásico.

…•…

 Libro: Teología Arminiana, Mitos y Realidades

Autor: Roger E. Olson

Traducción: Gabriel E. LLugdar – Diarios de Avivamientos 2018 – sin fines de lucro

Puedes descargar el Capítulo 1 – en español – haciendo clic en la imagen

 

 

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Jonathan Goforth – Cuando el avivamiento llegó a China

“De todos los misioneros que sirvieron en el Oriente durante el siglo diecinueve y principios del veinte, ninguno vio una mayor respuesta inmediata a su ministerio personal que Jonathan Goforth.

Según J. Herbert Kane, él fue “el evangelista más extraordinario de China”. Ese país fue el centro de operaciones de Goforth, pero también ministró en Corea y Manchuria. Por dondequiera que viajaba había avivamientos.

Goforth nació en el occidente de Ontario en 1859, el séptimo de una familia de once hijos. Se convirtió a la edad de dieciocho años, y se dedicó al servicio del Señor después de leer las Memorias de Robert Murray M’Cheyne. Fue llamado por Dios al servicio misionero cuando se sintió conmovido por el mensaje del doctor George J. Mackay, un misionero veterano de Formosa.

Mackay había viajado “durante dos años… por todo Canadá tratando de persuadir a algunos jóvenes a ir a Formosa” pero, como le decía a su auditorio, todos sus viajes habían sido en vano. El tendría que volver a Formosa sin una persona que continuara la obra que él había comenzado. El mensaje de Mackay llegó a la conciencia del joven Goforth: “Al escuchar estas palabras, me dominaba la vergüenza… A partir de esa hora me convertí en misionero.”

A fin de prepararse para el ministerio, asistió Goforth a la Universidad de Knox, donde esperaba hallar buena comunión cristiana e intelectuales bíblicos entusiastas. Pero, el ingenuo muchacho campesino, vestido con ropa confeccionada en casa, se encontró solo, en su dedicación al Señor y en su celo por las misiones. Los demás estudiantes se burlaban de él, y mucho más cuando comenzó a ayudar en las misiones de rescate. Con el correr del tiempo cambiaron las actitudes, y cuando se graduó ya era uno de los estudiantes más respetados de la universidad.
Mientras estaba activo en una obra misionera urbana en 1885, Goforth conoció a Rosalinda Smith, una talentosa estudiante de arte que no parecía buena candidata para esposa de misionero. Rosalinda no se fijo en “la mala apariencia de la ropa de él” sino en su gran capacidad como siervo de Dios. Para ella, el suyo fue un amor a primera vista: “Todo ocurrió en pocos momentos, pero mientras yo estaba sentada allí, me dije: ¡Ese es el hombre con el que me gustaría casarme!”

En ese mismo año se comprometieron. En esa ocasión hizo Rosalinda el primer sacrificio de los muchos que tendría que hacer el resto de su vida como esposa de Jonatán Goforth. Sus deseos de un anillo de compromiso se desvanecieron cuando él le dijo que el dinero se invertiría más bien en literatura cristiana.
Después de su graduación en Knox, Goforth solicitó su ingreso en la Misión del Interior de la China. Su iglesia, la Iglesia Presbiteriana del Canadá, no tenía obra misionera en ese país. Antes de recibir la respuesta de la CMI, los estudiantes presbiterianos de Knox respaldaron su causa. Se comprometieron a recaudar fondos para enviar a los Goforth a China. Antes de salir para Asia, Goforth viajó por Canadá para hablar acerca de las misiones. Sus mensajes eran poderosos y por dondequiera que iba veía vidas transformadas. El testimonio de un graduado de la Universidad de Knox con respecto a Goforth, es un buen ejemplo:

“Iba yo a Toronto a la reunión de ex alumnos de la Universidad de Knox. Quería hacer todo lo posible para frustrar el plan loco de que hablaban los estudiantes de la universidad, es decir, el de comenzar una misión en la China Central. También me pasó por la mente que necesitaba yo un nuevo abrigo; el viejo se veía mal. Entonces pensé que en mi viaje a Toronto mataría dos pájaros de un tiro. Ayudaría a desbaratar el plan y me compraría el abrigo. Pero el orador cambió por completo mis planes. Logró que me entusiasmara por las misiones como nunca antes lo había hecho. ¡El dinero que tenía reservado para comprarme el abrigo nuevo fue a parar al fondo misionero!”

En 1888 los Goforth fueron a China, a la provincia de Honan, donde pasaron muchas dificultades y separaciones. Los dos sufrieron frecuentes enfermedades, y cinco de sus once niños murieron allí. Perdieron muchas posesiones por causa del fuego, las inundaciones y los robos, y en varias ocasiones la vida de ellos estuvo en peligro también. La prueba más terrible que afrontaron fue su huida, por una distancia de 1.600 kilómetros, para buscar refugio en la costa durante la rebelión de los Boxers en 1900. A pesar de todo ello, nunca disminuyó su visión por la salvación de las almas perdidas de China.

Desde sus primeros años en China, Goforth fue conocido como un poderoso evangelista. Algunas veces habló a multitudes de más de 25.000 personas. Su mensaje era sencillo: “Jesucristo crucificado.” A principios de su ministerio otro misionero le aconsejó que no “mencionara el nombre de Jesús la primera vez que le predicara a un grupo de paganos”, porque ellos tenían “prejuicios contra el nombre de Jesús”. Goforth no siguió ese consejo. El método directo era el único que el conocía.
Los esfuerzos de los Goforth para alcanzar a los chinos no seguían las normas misioneras generales, en especial su evangelismo de “casa abierta”. Su casa, de diseño interior y muebles al estilo europeo (entre los que se incluían una estufa, una máquina de coser y un órgano), despertaba la curiosidad de los chinos. Los Goforth limitaban su vida privada y usaban su casa como medio para hacer amigos y para comunicarse con la gente de la provincia. Venían visitantes de muchos kilómetros a la redonda. Una vez vinieron más de 2.000 en un solo día y visitaron la casa por grupitos. Antes de comenzar cada gira, Goforth daba un mensaje del evangelio. Algunas veces los visitantes se quedaban después de la gira para oír más. El predicaba un promedio de ocho horas diarias. En el lapso de cinco meses, unas 25.000 personas vinieron a visitarlos. Rosalinda ministraba a las mujeres, las cuales se reunían en el patio, algunas veces en grupos de cincuenta. Este tipo de evangelismo preparó el camino para el futuro ministerio de los Goforth, cuando viajaban de pueblo en pueblo en reuniones de avivamiento. No todos sus colegas estaban de acuerdo con ellos: “Tal vez algunos piensen que recibir visitantes no sea una verdadera misión, pero yo creo que sí lo es. Yo hago amigos primero y cosecho los resultados después cuando salgo a las aldeas a predicar. A menudo las personas de una aldea se reúnen a mi alrededor y me dicen: ‘Estuvimos en su hogar y usted nos mostró su casa y nos trató como amigos.’ Entonces casi siempre me traen una silla, una mesa en que pueda yo poner mi Biblia, y té.”

La rebelión de los Boxers de 1900 interrumpió la obra misionera de los Goforth. Cuando regresaron a China, la vida familiar de ellos cambió por completo para ajustarse al nuevo plan de Goforth de tener un amplio ministerio itinerante. Había concebido esa idea antes que Rosalinda volviera de Canadá. Poco después de su llegada, le presentó el plan: “Mi plan consiste en que uno de mis ayudantes alquile un lugar apropiado en un centro grande, para nuestra vivienda. Nosotros nos quedamos un mes en ese centro mientras llevamos a cabo una evangelización intensa. Saldré con mis ayudantes a las aldeas y a las calles durante el día, mientras tú recibes a las mujeres y les predicas en el patio. Por las noches tendremos un culto unido, tú tocarás el órgano y cantaremos muchos himnos. Al terminarse el mes dejaremos un evangelista para que enseñe a los nuevos creyentes, mientras nosotros vamos a otro lugar a iniciar la obra del mismo modo. Después de abrir muchos lugares para el evangelio, volveremos a visitarlos una o dos veces al año.”

Mientras Rosalinda lo escuchaba, “el corazón se le puso como de plomo”. La idea en sí era muy buena, pero no para un hombre con familia. Se corría el riesgo de exponer a los niños a las enfermedades infecciosas que abundaban en las aldeas. No podía olvidarse de las “tumbas de los cuatro niños” que ya habían dejado en suelo chino.

Aunque Rosalinda se opuso al plan al principio, Goforth siguió adelante con este, convencido de que era la voluntad de Dios. Aun cuando Rosalinda daba todo su apoyo a la consagración de su esposo al Señor, también, como es natural, se preocupaba a veces por la poca atención que les daba a ella y a los niños. Por supuesto, la voluntad de Dios era primero, pero ¿tenía esta que estar en conflicto con lo que le convenía más a la familia? Como esposa nunca dudó del amor de él; pero en ocasiones no se sentía muy segura de su situación. Antes de marcharse a Canadá con los niños, en 1908, puso a prueba la dedicación de él: “Supongamos que en mi ausencia sufriera yo de una enfermedad incurable y me dieran sólo unos pocos meses de vida. Si te pidiéramos que fueras, ¿irías?” Era obvio que Goforth no quería contestar la pregunta. Un rotundo “no” hubiera sido muy devastador.

Rosalinda persistió hasta que él le respondió con otra pregunta: “Supongamos que nuestro país estuviera en guerra con otra nación, y que yo fuera un oficial británico al mando de una unidad importante. Como comandante, la victoria o la derrota dependería mucho de mí. En ese caso, ¿se me permitiría dejar mi puesto para responder al llamado de mi familia en mi patria, aunque fuera lo que tú sugieres?” ¿Qué podía contestar ella? No le quedó otra alternativa que responder con tristeza: “No”.

El ministerio ambulante que Goforth comenzó en los primeros años del siglo veinte fue un punto de apoyo para impulsar los grandes avivamientos que condujo en los años siguientes. Su ministerio de avivamientos comenzó en 1907 cuando otro misionero y él realizaron una gira por Corea. Ellos dieron inicio al movimiento de avivamiento que tuvo lugar en las iglesias de allí. Esto produjo “un asombroso aumento en conversiones” y el fortalecimiento de las iglesias y escuelas locales. De Corea pasaron a Manchuria “con el corazón lleno de entusiasmo por lo que habían visto”, y también hubo poderosos avivamientos allí. Según su esposa “Jonatán Goforth fue a Manchuria como un misionero desconocido. Retornó unas semanas después como alguien conocido por todo el mundo cristiano.”

Debido a los viajes de Goforth por China en los años siguientes, su ministerio de avivamiento se multiplicó. Algunos de sus colegas y patrocinadores en Canadá se preocupaban por su celo evangelístico. Les incomodaba oír los informes de gente que confesaba sus pecados con abundantes lágrimas, y del derramamiento del Espíritu Santo. Algunos decían que ese movimiento no era más que “fanatismo” y “pentecostalismo”.
Goforth no le prestó atención a las críticas y siguió predicando. Uno de los hechos más extraordinarios de su ministerio de avivamiento ocurrió en 1918. Tuvo una campaña de dos semanas con unos soldados chinos comandados por el general cristiano Feng Yu-Hsiang. La aceptación fue grandiosa y al final da la campaña casi 5.000 soldados y oficiales participaron de la Santa Cena.

Con los éxitos, Goforth también tuvo sus fracasos y problemas. Al comenzar su ministerio confrontó “un peligro que amenaza con absorber nuestra nueva iglesia de Honan del Norte… una invasión romanista.” ¡Los católicos romanos parecían ir siguiendo sus pisadas! y en un pueblo “ganaron a casi todos los ‘simpatizantes’ del evangelio … y destruyeron así, en una semana, la obra de años”.

¿Qué motivaba a estos “simpatizantes” a pasarse a los católicos? Según Goforth, estos les ofrecían a los chinos empleo y educación gratuita (incluidos el alojamiento y la comida). Eran también los protestantes culpables del mismo error, pues a veces les habían llegado a pagar a los chinos por asistir a sus escuelas. Goforth estaba firme en sus convicciones: “No podríamos ofrecer tales estímulos, y nos horroriza la idea de hacer ‘cristianos de arroz’. No podemos luchar contra Roma en la competencia de comprar a la gente.”

Aunque Goforth no hizo como los católicos, la mayoría de los que se habían apartado volvieron después a su congregación.

Goforth también tuvo problemas con su junta misionera. Era más importante para él la “guía del Espíritu Santo” que las “reglas inflexibles y duras” del presbiterio bajo el cual servía. Según su esposa, “por sus convicciones en lo concerniente a la guía divina de sí mismo, como es natural, entraba en conflicto frecuente con otros miembros del presbiterio de Honan, lo cual hacía que no fuera fácil relacionarse con él”.

Goforth no pedía privilegios especiales para él, pero insistía en que todo misionero debería tener “libertad para realizar su obra como se sintiera guiado”. El problema era complicado. Goforth a menudo “se hallaba impedido – por el presbiterio- para hacer lo que le parecía que era la guía del Espíritu Santo para él”.

Los problemas de Goforth no disminuyeron con la continuación de su prolongado ministerio en China. Las confrontaciones continuaron y la fricción aumentó en especial en la década que comenzó en 1920, cuando la controversia de los fundamentalistas y modernistas, que estaba destruyendo las iglesias en su patria, llegó también a China. Los nuevos misioneros que llegaban eran aun más críticos, Goforth se sentía “incapaz de luchar contra viento y marea”. El único recurso que le quedaba era “predicar, como nunca antes, la salvación por la cruz del Calvario y demostrar su poder”

Mucho después de que la mayoría de los misioneros sucumbían a las enfermedades o se jubilaban, Goforth, a la edad de setenta y tres años, continuaba su paso acelerado de reuniones evangelísticas. Aun después de quedar ciego continuó su ministerio con la ayuda de un chino.

A los setenta y cuatro volvió a Canadá. Allí pasó los últimos dieciocho meses de su vida en viajes para hablar en más de quinientas reuniones. Se mantuvo activo hasta el fin. Un domingo predicó en cuatro reuniones y después murió en paz durante el sueño.

Su vida es un poderoso testimonio de lo que un solo hombre puede hacer por Dios, entre los miles de millones de personas que pueblan el Oriente.”

 

Narración de Ruth Tucker, en su libro: Hasta lo último de la Tierra 

 

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Arminianismo, Pelagianismo y Semipelagianismo – Una Introducción al arminianismo clásico – Capítulo 1

Libro: Una Introducción al Arminianismo Clásico

Autor: RODRIGUES, Zwinglio. Es pastor de la Iglesia Bautista Vida, en Vitoria da Conquista, Bahía. Actualmente cursa Maestría en Educación en la Universidad Estatal del Suroeste de Bahía (UESB). Tiene especialización en Metodología de la Enseñanza Superior y Ciencias de la Religión y es formado en Pedagogía y Teología.

Título original: Uma introdução ao Arminianismo Clássico: História, Doutrinas e Fundamentação Bíblica – Maceió: Editora Sal Cultural, 2015

Como este material no se encuentra disponible en español, ha sido traducido por Gabriel Edgardo LLugdar con fines didácticos, para uso interno exclusivamente de Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal  – Apto para enseñanza en las iglesias de las Asambleas de Dios y Unión de las Asambleas de Dios. Puedes descargar el siguiente artículo, en PDF haciendo clic AQUÍ

Capítulo 1

El Arminianismo clásico distinguido de los sistemas Pelagiano y Semipelagiano

Que ningún hombre vocifere contra el arminianismo a menos que sepa lo que él significa”  John Wesley

El arminianismo clásico es comúnmente confundido con los sistemas teológicos pelagiano y semipelagiano. Esta confusión se deriva de dos razones: 1ª Desconocimiento absoluto de las premisas de los tres sistemas y, 2ª La selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico. En cuanto a esta segunda razón, expresada en la introducción del libro, algunos estudiosos deberían dedicarse más a la agudeza intelectual honesta, evitando colocar en el mismo saco a los teólogos que negaron las primeras premisas del sistema arminiano clásico junto a los teólogos fieles a las mismas. No es honesto etiquetar a todos los calvinistas de liberales sólo porque Friedrich Schleiermacher (1768-1834), calvinista, y considerado el padre de la teología liberal, abandonó la ortodoxia, como argumenta Roger Olson.

Como demostraremos por todo este trabajo, vincular el arminianismo clásico con el pelagianismo y el semipelagianismo se constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. No negamos las existencias de muchas denominaciones denominadas arminianas que no pasan de ser instituciones propensas a los discursos y prácticas francamente pelagianas y/o semipelagianas. Sin embargo, es de nuestro parecer que esas denominaciones vinculadas al espectro evangélico arminiano, semejantes en cuanto al pensamiento teológico pelagiano y semipelagiano, se portan así debido al desconocimiento de las premisas fundamentales de los tres sistemas a ser discutidos brevemente en este capítulo. La razón de los equívocos es la ignorancia, que, según Confucio, “es la noche de la mente una noche sin estrellas y sin luna.” Vamos a las consideraciones.

Pelagianismo

¿Qué es pelagianismo? El término deriva de Pelagio (360-420 d. C.), teólogo y maestro británico muy popular en Roma, y notable debido a su erudición y alto patrón moral. Pelagio era un hombre de carácter impoluto, dotado de mucha austeridad y temperamento equilibrado. No se sabe con certeza la fecha de su nacimiento y de su muerte. Posiblemente, él haya sido un monje, aunque sean grandes las incertidumbres en cuanto a algún monacato ejercido por él. Para el erudito J.N.D. Kelly (1909-1997), Pelagio no perteneció a ninguna orden religiosa. Sin embargo, Kelly atribuye a Pelagio el título de monje (monachus) como designación connotativa de “siervo de Dios.” [KEELY, J.N.D. Patrística, 1994] “Sus doctrinas fueron expuestas primero en Roma, de 409 a 411 d.C. Él elaboró un sistema doctrinal controvertido incluyendo la defensa de la voluntad humana como siendo libre para escoger el bien, y la negación del pecado original. Para Pelagio, en lo que se refiere a la libre voluntad, Adán no poseía una santidad positiva, o sea, originalmente Adán no estaba en una condición de santidad o pecaminosidad, sino en un estado de neutralidad pudiendo inclinarse libremente en cualquier dirección que deseara, nos explica Louis Berkhof (1873-1957).[BERKHOF, Luis. Teología Sistemática]

El sistema teológico de Pelagio trataba la naturaleza humana diametralmente en oposición a las reflexiones de Agustín (354-430), obispo de Hipona, con quien libró una gran controversia. El historiador Alister McGrath [McGRATH, Alister. Teologia Histórica, 2007] apunta los siguientes puntos principales involucrando la polémica entre Pelagio y Agustín:

  • El concepto de libre albedrío
  • El concepto de pecado;
  • El concepto de gracia;
  • El concepto de las bases para la justificación.

Para Pelagio, la voluntad humana después de la caída no tiene tendencia intrínseca de practicar el mal. No hay pecado original en el alma recién creada por Dios [1] – El alma no hereda la contaminación del pecado de Adán, pero ella es pura, intacta, incorrupta y dotada de condiciones, en caso de que el hombre quiera, de vivir en plena obediencia a Dios. La caída de Adán perjudicó sólo a él mismo. No hay vínculo orgánico entre Adán y sus descendientes. No hay transmisión hereditaria. Entonces, no hay pecado original.

[1] [Pelagio se refiere al origen del alma. En su opinión, las almas son creadas por Dios en el momento de la concepción. Esta teoría se llama teoría creacionista. De acuerdo con esta teoría, el elemento inmaterial constituyente del ser del hombre es creado directamente por Dios. Es decir, siempre que haya la fecundación del óvulo por el espermatozoide, Dios crea un alma nueva e intacta. Se opone a esta teoría las teorías de la preexistencia y del traducianismo]

Si Pelagio hubiese considerado mejor que, por el simple hecho del hombre tener un “yo”, la permanente posibilidad de egoísmo es inminente y eso debe volver al hombre al pecado original, pues, esto, según G. K. Chesterton (1874-1936), es “una de las primeras cosas en las que creemos“. Pero el camino investigativo de Pelagio es otro, de ahí el reafirmar que el hombre es lo que es, debido a la desobediencia intencional. Es el hombre quien practica el bien o el mal, sentenciaba el teólogo británico. Su pecado contra Dios debe ser entendido como un acto deliberado y él es el responsable de sus decisiones. Es decir, el pecado es un acto y no existe fuera de él. Las personas sólo pueden ser llamadas de pecadoras después de que pecan. En esta base, Pelagio no dejaba de considerar el mal ambiente, con sus costumbres perniciosas en la deformación del niño inocente, como nos informa Paul Tillich (1886-1965) [TILLICH, Paul. História do Pensamento Cristão]

Según Kelly, Pelagio tenía la naturaleza humana post-caída en tan alta estima que enseñaba que era posible al hombre escapar del pecado (impeccantia). El poder para no pecar (posse non pecare) es un equipamiento humano dado al hombre desde la creación. La naturaleza humana, en esencia, es libre y no está debilitada por cualquier debilidad misteriosa. La caída adámica y el propio Satanás no pueden destruir eso. Admitir que al hombre le es imposible no pecar era un insulto a Dios. De acuerdo con McGrath, para Pelagio “cualquier imperfección en un ser humano tendría un reflejo negativo sobre la bondad de Dios.”[MACGRATH, 2007, cita p.96]. Por lo tanto, para Pelagio, los hombres nacen sin deseos y tendencias para el mal en su naturaleza. Nacen inocentes como Adán.

Pelagio describe la capacidad del cristiano para vivir sin pecado:

El cristiano es aquel que no lo es en palabras, sino en obras, aquel que imita y sigue a Cristo en todo, el que es santo, inocente, sin mancha, sin culpa, en cuyo corazón no hay maldad alguna, sino sólo piedad y bondad, el que se niega a injuriar o herir a cualquiera que sea, pero socorre a todos […] Es cristiano aquel que, con justicia, puede decir: ‘Yo no ofendí a nadie, he vivido correctamente para con todos’.” [Citado en KELLY, 1994, p. 272.]

El teólogo británico citaba Escrituras como “Santos seréis, porque yo […] soy santo” (Lv 19:2) y “[…] sed vosotros perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5:48) para sostener la doctrina de la impeccantia. Ahora bien, si Dios ordena al hombre que no peque, pero haga el bien, se concluye que el hombre puede cumplir esa orden, razonaba. De hecho, para Pelagio, el hombre no necesita pecar, pero él no concebía una vida sin pecado obtenida de una vez por todas, mas defendía la posibilidad de la perfección, fruto de un esfuerzo extraordinario, y su mantenimiento fijado en una determinación creciente.

En su embate con Agustín, Pelagio se incomodaba con la siguiente oración del obispo de Hipona: “Oh Dios, manda todo lo que quisieres, pero danos lo que mandas.” Pelagio se turbó con ese tipo de oración porque le parecía una invitación a la pasividad, hacía del hombre una marioneta controlada por la gracia divina, y sugería un permiso para pecar hasta que el deseo pecaminoso desapareciese dándole al hombre la condición de vivir sin pecado. Reaccionando, Pelagio presenta la piedra de toque de su sistema: el libre albedrío. A través de ese instrumento, el hombre actúa volviéndose hacia el mal o hacia el bien de acuerdo a su entender -ya lo hemos dicho reiteradas veces- Pelagio no comprendió a Agustín. Roger Olson transcribe una respuesta de Agustín mostrando cuánto el teólogo británico entendió equivocadamente al obispo de Hipona: “Aunque la gente haga buenas cosas que pertenecen al servicio de Dios, es él mismo quien hace que ellas hagan lo que Él ha ordenado.” Es decir, la gracia de Dios auxilia al hombre en el cumplimiento de las exigencias divinas.

Para explicar la universalidad del pecado, Pelagio apuntaba a la debilidad de la carne humana. De acuerdo con el historiador Earle E. Caims, el pensamiento pelagiano enseñaba que “los pecados de las personas de la generación pasada debilitaban la carne de la generación actual.” [CAIRNS, El Cristianismo a través de los siglos, 2008, p. 118.]

El extracto a continuación muestra cómo la antropología de Pelagio era optimista:

[En lugar de considerar los mandamientos de Dios un privilegio]… “¡Clamamos a Dios y decimos, “Esto es demasiado fatigoso, esto es demasiado difícil, no podemos hacerlo, sólo somos humanos, y la debilidad de la carne nos impide!” ¡Locura ciega, presunción ostentosa! Con esto acusamos a Dios del conocimiento de una doble ignorancia: ignorancia de la propia creación de Dios y de los propios mandamientos de Dios. Sería como si, olvidándose de la debilidad de la humanidad – su propia creación – Dios hubiera impuesto sobre nosotros mandamientos que somos incapaces de soportar. Y, al mismo tiempo -¡que Dios nos perdone!-  atribuimos injusticia al Justo y crueldad al Santo; primero, nos quejamos de que Dios ha ordenado lo imposible, segundo, imaginando que algunos recibirán la condenación de Dios por algo que no son culpables, – ¡Oh, qué blasfemia! – Dios es tenido como Aquel que busca castigar, y no salvar… Nadie conoce la extensión de nuestra fuerza mejor que el Dios que nos dio esa fuerza… Dios no decidió ordenar nada imposible porque Dios es justo, y no condenará a nadie por lo que no es culpable, pues Dios es santo.”  [Cita en MACGRATH, 2007, p. 96-7.]

Pelagio sostenía su antropología, presentando figuras del Antiguo Testamento como pruebas de la condición humana de vivir sin pecado. La cuestión para Pelagio era pragmática, pues era causa de asombro las excusas de los pecadores al atribuir la culpa de los pecados a la convaleciente naturaleza humana. Pelagio se quedaba estupefacto frente a las ideas consideradas pesimistas y desmoralizantes en relación a la naturaleza humana.

Después del inicio de su refriega con Agustín en 405 d.C., Pelagio sólo va a ser encontrado en los registros históricos cuatro años más tarde. Él consiguió algunas adhesiones episcopales a su construcción teológica, pero, como escribe el historiador Justo L. González, enfrentó un duro embate con Jerónimo “que tronaba de su retiro en Belén, y hacía llover fuego y azufre sobre la cabeza de Pelagio”. [J. L. GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 29.]

El pelagianismo fue condenado finalmente en el 437 d.C. en el tercer Concilio de Éfeso, el mismo que condenó el nestorianismo. Pero antes había recibido condenas en Cartago a principios de 412 d.C., siendo representado por Celestio, discípulo y amigo de Pelagio, en Cartago y Milevo, en el 416 d.C., y en Cartago nuevamente, en un gran concilio celebrado en esta ciudad en 418 d.C. Gradualmente, el pelagianismo fue perdiendo terreno en Occidente y Oriente. En la opinión de Olson, “el pelagianismo todavía está muy vivo y activo – hasta en las mismas comunidades cristianas”. [OLSON, Roger E. Historia de la Teología Cristiana, p.303]. Concordamos con esta aserción. Vamos a un ejemplo.

El filósofo francés Jean Jaques Rousseau (1712-1778) se acercaba a los viejos conceptos antropológicos de Pelagio. Primando por conclusiones como la perfección de la naturaleza humana y la negación del pecado original, Rousseau atribuyó a las instituciones sociales la culpa por toda la enfermedad social, librando de culpa así al hombre, o, al “buen salvaje”, concepto usado por él para presentar un impoluto ser humano. La antropología pelagio-rousseauniana está representada en la cristiandad, por ejemplo, por la filosofía de la religión emergiendo del liberalismo teológico protestante de Schleiermacher.

El cristianismo liberal considera la narración de la creación, del Génesis, un mito. Este concepto fue aplicado no sólo al relato de la creación del hombre, sino a todo acontecimiento milagroso registrado en la Biblia. Por lo tanto, Adán, Eva, la serpiente, la caída y el pecado original no pasan de ser mitos. Así, a causa de la caída, no necesitamos admitir una antropología pesimista. En su labor teológica y hermenéutica, el liberalismo teológico, con una variación u otra en cuanto a sus adeptos, propone la supresión y abandono del elemento sobrenatural que se encuentra en la Biblia. Hecho esto, el hombre no tiene un “gen” nefasto transmitido por cualquier pecado original, pero, en su interior, el hombre posee una chispa divina, y eso significa que el ser humano es bueno, necesitando sólo motivaciones para hacer lo correcto. Eso es el más puro pelagianismo.

Otros ejemplos de pelagianismo en la iglesia, son la creencia corriente de que el hombre puede efectuar algún bien espiritual sin el auxilio de la gracia sobrenatural divina o, entonces, cuando el hombre piensa poder decidir per se, usando su “libertad individual”, estar a favor o en contra Dios – como comenta Roger Olson. Sí, el pelagianismo se puede encontrar en las iglesias cristianas.

A continuación, haremos un contrapunto entre los sistemas de Pelagio (pelagianismo) y Arminianismo clásico. Para ello, apuntaremos las distancias entre ambos en lo tocante a la antropología teológica y la hamartiología (doctrina del pecado). Las diferencias entre ellos en lo que concierne a aquellas disciplinas, tienen repercusión directa sobre el pensamiento soteriológico de cada uno.

1.1. Distancias conceptuales entre Pelagio y Arminio

Con respecto a la naturaleza humana, según lo dicho arriba, Pelagio no creía en el pecado original o en el “pecado heredado”. Como dice el historiador Caims: “Para Pelagio […] cada alma es una creación de Dios, no heredando por eso la contaminación del pecado de Adán” [CAIRNS, 2008, p. 118]. Así, no existe una depravación humana total, ni en ningún otro sentido. De ese modo, entonces, para el teólogo británico, el hombre puede alcanzar la salvación sólo por medio de sus buenas obras. Por el propio esfuerzo el hombre puede dejar el hábito de pecar y vivir como fue creado, a saber: “sin tendencias ni deseos malos en su naturaleza” [BERKHOF, 1992, p. 120]. Tenemos entonces una antropología optimista.

La antropología de Arminio, por su parte, era altamente pesimista, pues él creía en la total depravación del hombre y su dependencia de la gracia divina para la fe. Él escribió:

[…] Pero en su estado caído y pecaminoso, el hombre no es capaz, de y por sí mismo, pensar, desear, o hacer lo que es realmente bueno […] [The Works of James Arminius. Vol. 1, p. 174]

El contrapunto es claro. No sólo notamos la distancia entre los teólogos en cuanto a la antropología, sino también en cuanto a la hamartiología (doctrina del pecado). Para Arminio el hombre está caído y en estado de pecado como consecuencia de la Caída. Es decir, la naturaleza pecaminosa del hombre procede del pecado original. Arminio defendió que el pecado original expone al hombre a la ira de Dios, y francamente aceptaba el concepto agustiniano de pecado original. Por lo tanto, Arminio nunca resbaló en Pelagio. En el análisis de Richard Taylor, con el que concordamos, Arminio era agustino en cuanto al estado del hombre posterior a la caída adámica:

Jacobo Arminio (énfasis nuestro) y John Wesley eran totalmente agustinos en los siguientes aspectos: (a) la raza humana es universalmente depravada como resultado del pecado de Adán; (b) la capacidad del hombre de querer el bien está tan debilitada que requiere la acción de la gracia divina para que pueda alterar su curso y ser salvo. [Cita en COLLINS, K. J. Teología de John Wesley, p. 99.]

Agustín y Pelagio divergían abiertamente sobre la condición humana post-caída adámica. La creencia de ambos era antípoda. Agustín siempre renegó de la doctrina del pecado de Pelagio. Por lo tanto, siendo agustino, como dijimos, en ese asunto, Arminio jamás podría ser tachado de pelagiano.

González reunió nueve puntos destacados por Agustín relacionados con las doctrinas de Pelagio y su más prominente discípulo, Coelestius (Celestio). Se sigue una lista con algunos de esos puntos, los cuales, en todo el recorrido de este libro, serán negados por las creencias de Arminio. De esta manera, se demostrará tantas veces cuán inadecuado es el etiquetar a Arminio y al arminianismo clásico de pelagiano, y que sólo insisten en esta acusación personas ajenas a los sistemas teológicos de aquellos teólogos o que optan por la deshonestidad intelectual. Vamos a los puntos de Pelagio. [Citado en J. L. GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 32.]

  1. Que el pecado de Adán hirió solamente él mismo, y no toda la raza humana.
  2. Que existieron algunos antes del tiempo de Cristo que vivieron sin pecar.
  3. Que recién nacidos están en el mismo estado en que Adán estaba antes de su caída.
  4. Que la totalidad de la raza humana no muere en la muerte o caída de Adán […].
  5. Que, si lo deseamos, podemos vivir sin pecado.
  6. Sólo Adán fue herido por su pecado;
  7. La humanidad no muere con él;
  8. Los niños nacen en estado de pureza.

Un estudio cuidadoso de los escritos de Arminio no nos lleva a tales conclusiones. Para la contraposición a los puntos 6, 7 y 8, involucrando el alcance del pecado de nuestros primeros padres, transcribimos la siguiente declaración de Arminio: “en Adán todos nosotros pecamos” (Romanos 5:12). [ARMINIUS, vol. 1, p. 356]. Aquí Arminio niega tres tesis pelagianas una sola vez.

En cuanto al punto 8, para Arminio los niños no tienen sobre sí mismos imputado el pecado adámico, pues, debido a la muerte de Cristo, el pecado original es puesto de lado. Sin embargo, esto no significa exención de la corrupción resultante del pecado original, pues Arminio no niega el liderazgo federal de Adán sobre la raza humana. Rodríguez concluye: “El pecado original según Arminio, es un acto, el acto de Adán y también un acto de todos y como tal nadie está libre de la culpa y de la pena.” [RODRÍGUEZ, José C. – Jacobo Arminio: vida, pensamiento y legado, p. 173].

En su Disputa VII, vol. 1, p. 356, de sus Obras, Arminio confirma la enseñanza agustiniana de que la raza humana está bajo los lomos de Adán, triangulando las siguientes Escrituras: “por cuanto todos pecaron” (Rm 5:12); “Son por naturaleza hijos de la ira” (Ef 2: 3) y “carecen de la justicia y santidad original” (Rm 5:12, 18-19).

En cuanto a los puntos 2 y 5, al comentar exactamente sobre la (supuesta) impecabilidad humana, Arminio, en una de sus defensas, dijo nunca haber afirmado eso, pero dejó la cuestión en suspensión para averiguaciones posteriores. Aquí vieron en él señales de pelagianismo. Sobre esta acusación, él declaró:

Hay mucha discusión con respecto a la perfección de los creyentes […] en esta vida. Se dice que tengo una opinión inapropiada sobre este tema casi aliada a la de los pelagianos, a saber: ‘que es posible para el regenerado en esta vida, vivir perfectamente los preceptos de Dios’. A esto respondo: que aunque esta fuese mi opinión, yo no debería ser considerado pelagiano, ya sea parcial o totalmente, pues ellos podrían hacer esto sólo por la gracia de Cristo y no de otra manera.” [ARMINIUS, vol. 1, p. 178]

Arminio continúa su defensa: “[…] declaro que este pensamiento de Pelagio es herético y está diametralmente en oposición a esas palabras de Cristo: ‘sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15: 5)” [ARMINIUS, vol. 1, p. 178]. Todavía explicándose ante los críticos, Arminio recordaba que Agustín defendía la posibilidad, de un hombre, de vivir sin pecado amparado por la gracia de Cristo.

Otra línea demarcatoria entre el teólogo británico y el teólogo holandés es el concepto de “gracia”. Para Arminio la gracia es sobrenatural, es una Persona, es el Espíritu Santo. Para Pelagio, de acuerdo con Kelly, ella es, “el propio libre albedrío o la posibilidad de no pecar con que Dios nos ha dotado en el momento de nuestra creación.” [KELLY, 1994, p. 273]. “Gracia” es la autonomía humana (libre albedrío) que fue conferida por Dios a la humanidad, concluyó Pelagio. Aunque Arminio creía en el libre albedrío, él no lo concebía como un equipo humano capaz de llevar al hombre a vivir de modo agradable a Dios sin el auxilio de la gracia divina. Defendiéndose nuevamente de la acusación de pelagianismo, Arminio respondió:

En cuanto a la gracia y el libre albedrío, mi enseñanza está de acuerdo con las Escrituras y la posición ortodoxa: el libre albedrío es incapaz de iniciar o perfeccionar cualquier bien verdadero y espiritual, sin la gracia.”  [ARMINIUS, vol. 2, p. 333].

Una defensa suficiente. Vamos a un resumen de lo que discutimos en esta sección:

  • La naturaleza del pecado, para Pelagio, prescinde de una propensión humana al pecado.
  • Para Arminio la humanidad fue totalmente alcanzada por el pecado, una enfermedad pasada de generación a generación. Pelagio negó el concepto de transmisión hereditaria del pecado.
  • Pelagio entendía la gracia como el libre albedrío. Arminio la entendía como una Persona, el Espíritu Santo.
  • Arminio negaba la capacidad humana natural del hombre para volverse hacia Dios, o hacer el bien. Pelagio consideraba la naturaleza humana capaz de cumplir la voluntad divina por su propia elección.

Así, concluimos que las teologías de Pelagio y Arminio se sostienen en premisas diferentes, resultando de ahí en distanciamientos teológicos entre ambos. Arminio hizo hincapié en declarar la existencia de una abisal distancia entre él y Pelagio, y aún lo llamó de hereje, como mostramos. Por lo tanto, la acusación de que el sistema de Arminio (y el arminianismo clásico) es pelagiano, se funda en el error.

2. Semipelagianismo

En cuanto al sistema semipelagiano, su principal representante fue el teólogo de la Alta Edad Media, Juan Cassiano (360-435). Cassiano fue un monje del sur de la Galia responsable de la introducción del monacato oriental en occidente. Después de la muerte de Agustín, aquellos que lo habían apoyado en su embate contra Pelagio no aceptaron sus doctrinas predestinacionistas y de la gracia irresistible. Cassiano fue el más notable teólogo de su tiempo en contestar las enseñanzas agustinas. De igual modo, se oponía al pelagianismo. El uso de la terminología “semipelagianismo” indica la adición de una forma modificada del sistema teológico pensado por Pelagio. Sin embargo, tal término es inexacto. Para González,

“los así llamados semipelagianos eran en realidad «semiagustinianos» que rechazaban las doctrinas de Pelagio y admiraban y respetaban a Agustín, aunque no estaban dispuestos a seguir al obispo de Hipona hasta las últimas consecuencias de su teología.”   [GONZALEZ, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 56.]

La aclaración anterior es importante, pues nos aleja de la sensación de que el semipelagianismo haya brotado del seno del pelagianismo. Como ha señalado González, el movimiento parte del núcleo agustiniano que, además de objetar contra las premisas de Pelagio, negaba algunas premisas de Agustín.

Colocándose entre la predestinación de Agustín y la visión optimista de la naturaleza humana según Pelagio, el semipelagiano Cassiano decía haber en el hombre fuerza volitiva remanente, post-caída, para poner en movimiento el inicio de la salvación. En el hombre hay una condición residual que lo posibilita a realizar el movimiento inicial de fe.

Pasemos la palabra a Cassiano:

“A pesar de que, a veces, el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces ella tiene su origen en la propia voluntad del hombre, y Dios la confirma y fortalece”     [Citado em KEELY, 1994, p. 281.]

Escuchemos a Cassiano de nuevo:

“Tan pronto él [Dios] ve en nosotros el comienzo de una buena voluntad, él ilumina, estimula y dirige eso para la salvación, dando crecimiento a lo que él mismo plantó, o lo que él ha visto nacer de nuestro propio esfuerzo.”    [Citado en GONZALEZ, 2004, vol. 2, p.57.]

Resumiendo, en la naturaleza humana hay capacidad para volver a Dios, sin embargo, esta capacidad sólo es operada por la acción divina. Para Cassiano, según el historiador Williston Walker (1860 – 1922), la voluntad humana permanece siempre libre. De ello, se desprende que la voluntad humana sólo se debilitó en la caída, pero no totalmente corrompida. La creencia en la acción de una buena voluntad humana hacia Dios, aparte de la manifestación previa de la gracia divina, fue condenada en el 529 d.C. en el Segundo Concilio de Orange, en Francia.    [CAIRNS, 2008; GONZALEZ, 2004, vol. 2; OLSON, 2004.]

Este Concilio fue convocado para averiguar sobre el semipelagianismo en contraposición al agustinianismo. Como resultado de la reunión, el semipelagianismo no salió victorioso, pero el agustinianismo tampoco. La decisión del Concilio se describe en los siguientes términos por Olson:

“Los obispos allí reunidos afirmaron que incluso el comienzo de una buena voluntad para con Dios es una obra de la gracia de Dios. Sin embargo, condenaron igualmente cualquier fe en la predestinación divina para el mal o el pecado, y permitieron a los fieles cristianos creer en el libre albedrío que coopera con la gracia divina.” [OLSON, 2004, p. 387]

El Concilio, de acuerdo con Olson, Kelly y González, claramente contesta y rechaza enseñanzas del semipelagianismo y del agustinianismo. Leamos, respectivamente, el canon 7 y un trecho de la Conclusión del Concilio de Orange.

“Si alguien afirma que podemos formarnos alguna opinión correcta, o hacer cualquier elección correcta que se relacione con la salvación de la vida eterna como es conveniente para nosotros, o que podamos ser salvos, es decir, asentir a la predicación del evangelio a través de nuestros poderes naturales sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que hace que todos los hombres alegremente asientan y crean en la verdad, está desencadenado por un espíritu herético, y no entiende la voz de Dios que dice en el Evangelio, “Porque sin mí nada podéis hacer”. (Juan 15: 5), y la palabra del Apóstol, “No que seamos competentes, por nosotros, de pensar algo, como de nosotros mismos; pero nuestra competencia viene de Dios”(2 Corintios 3: 5).”

“[…] Nosotros no sólo no creemos que haya ningún mal pre-ordenado por Dios, sino que incluso declaramos con absoluta aversión que, si hay aquellos que desean creer en una cosa tan mala, sean anatemas […]”

En el canon 7 tenemos la condena del semipelagianismo, y en la conclusión, leemos la condenación de la doctrina agustiniana de la predestinación divina hacia el mal. Otro canon, el 2, condena al pelagianismo:

“Si alguien asegura que el pecado de Adán le afectó solamente a él y no a sus descendientes también, o al menos si él declara que solamente la muerte del cuerpo es el castigo por el pecado, y no también aquel pecado, el cual es la muerte del alma, pasando a través de un hombre para toda la raza humana; hace injusticia a Dios y contradice al Apóstol, que dice, “Por lo tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres por lo que todos pecaron. “(Romanos 5:12).”

En lo que se refiere al agustinianismo, es bastante curiosa la siguiente declaración del historiador Jesse Lyman Hurlbut (1843-1930):

“[…] la teología de Agustín se convirtió en la regla ortodoxa de la iglesia. Sólo en los tiempos modernos, en los Países Bajos, bajo la dirección de Arminio (año 1600), y en el siglo dieciocho con Juan Wesley, la iglesia se alejó del sistema doctrinal agustiniano.”   [HURLBUT, 1999, p. 82.]

¿Que el agustinianismo se convirtió en regla ortodoxa de la iglesia? ¿Y que recién después de unos mil doscientos años, es que las tesis de Agustín fueron confrontadas y abandonadas por la iglesia? Eso no es verdad. ¿Qué es “ortodoxia”? Palabra originaria del griego orthós, “recto” y dóxa “opinión”. De ahí que “ortodoxia” signifique “creencia correcta”. La palabra “ortodoxia” no está en la Biblia, sin embargo, su sentido etimológico se puede encontrar en Gálatas 2:14: “Cuando, sin embargo, vi que no procedía correctamente según la verdad del evangelio […]” La palabra “correctamente” de la palabra griega orthopodeo compuesta de orthósrecto” y, figuradamente, “correcto“, y podeo, “pie”. La unión de esas palabras nos lleva a la sentencia “no procedían correctamente” o “no caminaban [pie] correctamente”.

Ya en los Concilios del siglo IV y V, la palabra “ortodoxia” era usada para definir creencias como creencias correctas. Cuando las creencias divergían de los consensos eclesiásticos, eran tachadas de heterodoxas [del griego heteródoxos – opuesto a la ortodoxia: considerado herético, en principio]. Algunas enseñanzas de la teología agustiniana son heterodoxas. El problema con la afirmación de Jesse Lyman Hurlbut en relación a las doctrinas agustinas, es que ellas, lato sensu [es decir, en sentido general], nunca fueron unanimidad en la historia de la Iglesia. Por ejemplo, las doctrinas de la gracia irresistible, doble predestinación y expiación limitada, enseñanzas caras a la soteriología agustiniana no son ortodoxas en el sentido apuntado por Hurlbut, pues ellas no se encuentran en los Padres griegos pre y post-nicénicos, [los mismos en los cuales Arminio se apoya en la defensa de su propia soteriología] y esas doctrinas agustinianas fueron negadas por el Concilio de Orange. Martín Lutero (1483-1546) creía en la expiación ilimitada. El reformador luterano Philip Melancthon (1497-1560) crea en la gracia resistible y rechazaba la predestinación incondicional, creyendo, del mismo modo en que Arminio creía, en una predestinación como contingente a la presciencia divina.

Hasta el mismo Próspero de Aquitania, representante del agustinianismo contra los semipelagianos, suavizó algunas de las doctrinas más radicales de Agustín, nos informa el historiador González. En fin, la teología de Agustín, así como su soteriología, no son reglas en cuanto a la totalidad de sus premisas. La iglesia nunca adoptó la soteriología agustina in totum [es decir, en su totalidad] en ningún momento. Haciendo referencia a Agustín, todavía vivo, Kelly escribe:

“Agustín no podía afirmar con justicia que su enseñanza distintiva fuera totalmente ratificada por la iglesia. En cuanto a Oriente, sus ideas no tuvieron, como veremos, ningún impacto perceptible. En Occidente, especialmente en el sur de la Galia, había muchas personas, incluyendo ardorosos defensores del concilio, que creían absolutamente ofensivas algunas de ellas. Entre ellas destacaban la sugerencia de que, aunque libre en su estado caído la voluntad es incapaz  de escoger el bien, y el fatalismo que parecía inherente en su teoría de la predestinación.”  [KELLY, 1994, p. 280].

Louis Berkhof, yendo en la misma dirección, comenta que sólo la doctrina de la salvación únicamente por la gracia prevaleció, mientras que la doctrina de la gracia irresistible y la doctrina de la predestinación doble fueron desplazadas.

Ahora bien, el importante Concilio de Orange fue convocado precisamente por la falta de unanimidad en torno de las tesis agustinas. Como se ha informado, el resultado del Concilio no consolidó todas las tesis de Agustín. Tanto en Oriente, como en Occidente, Agustín y algunas de sus enseñanzas fueron resistidas y rechazadas. (…) Espanta leer a Charles Hodge (1797-1878) diciendo que el sistema agustiniano fue “en todas las épocas […] la vida de la iglesia” [HODGE, 2001, p. 727].

Siendo así, la acusación de heterodoxia que Hurlbut impone sobre Arminio (y Wesley) es un equívoco, pues Arminio, en cuanto a la soteriología, está en consonancia con la voz de la Iglesia en un sentido más amplio que Agustín. En el caso de que Hurlbut esté diciendo que Arminio contradecía la ortodoxia de los calvinistas (siglos XVI y XVII) fundadas en Agustín y, por eso, debe ser considerado un heterodoxo, no nos oponemos, pues, de hecho, Arminio se opone a algunas declaraciones de fe calvinistas. Pero lo más honesto aquí es ver a Arminio como ortodoxo en lo referente a la Palabra de Dios, y asignar heterodoxia a la otra parte.

Otro nombre perteneciente a la escuela semipelagiana es Fausto de Riez (410-495) ardoroso expositor de las tesis antagónicas al agustinianismo. Él decía que el initium fidei, es decir, el primer paso de la fe, no es posible aparte de la libertad humana, sino depende totalmente. Incluso admitiendo la realidad del pecado original, Riez, según Walker, insistía concederle al hombre la posibilidad de “esforzarse para la salvación” [WALKER, 2006, p. 249.].

También encontramos con alguna relevancia, a Vicente de Lérins († antes de 450 d.C.), un monje de Lérins, en el sur de la Galia. Indirectamente, según Gonzalez, Lérins, debido a la soteriología agustina, llamó a Agustín y a sus seguidores de “Innovadores”. Lérins comprendía las enseñanzas agustinas como divergentes de la doctrina eclesiástica. Es decir, tales enseñanzas no eran aquellas que los cristianos siempre creyeron. Lérins escribió: “[…] debemos estar seguros de que conservamos aquello que siempre ha sido creído por todos y en todo lugar (quod ubique, quod semper, quod abi omnibus).”  [GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 58]

En líneas generales, hemos hecho un esbozo de la soteriología semipelagiana. Arminio nunca la suscribió. Vamos a verlo.

2.1. Diferencias conceptuales entre Juan Cassiano y Arminio

En cuanto a una supuesta relación entre el pensamiento soteriológico de Arminio, Cassiano y demás representantes del movimiento semipelagiano, Albert Outler (1908-1989) dijo: ”Arminio defiende que el hombre tiene voluntad de volverse a Dios antes que la gracia lo incite […]” [Citado en COLLINS, 2010, p. 106]. Esta afirmación sugiere un Arminio creyendo en la habilidad innata del ser humano en ejercer buena voluntad hacia Dios. Outler no leyó Arminio. O entonces leyó, y no entendió. Leamos a Arminio:

“Confieso que la mente de un hombre carnal y natural es oscura y sombría, que sus afecciones son corruptas y excesivas, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre está muerto en pecados.” [ARMINIUS, vol. 2, p. 333]

¿Cómo el hombre, en el estado descrito arriba, puede tener alguna voluntad de volverse hacia Dios sin la acción previa de la gracia? Pasemos a la palabra de Arminio una vez más:

“En este estado [de caída], el libre albedrío del hombre está herido, mutilado, enfermo, curvado y debilitado para la realización de cualquier bien verdadero […] está preso, destruido, y perdido. Sus habilidades están debilitadas y son inútiles a menos que sea [el hombre] asistido y estimulado por la gracia divina.”   [ARMINIUS, vol. 1, p. 384]

Es evidente que en el ámbito soteriológico de Arminio el hombre nunca da el primer paso de la fe (initium fidei) y no tiene ninguna buena voluntad para con Dios sin el auxilio de Su gracia sobrenatural. Arminio no incurrió en el mismo error en el que cayó Agustín en su época primera. Este confesó: “Me convencí también del error, cuando en él trabajaba, juzgando que la fe, que nos lleva a creer en Dios, no era don de Dios, sino que se originaba en nosotros por nuestra iniciativa” [Agustín – La Predestinación de los santos] Sí, el germen del semipelagianismo se puede encontrar en un Agustín anterior. No se presupone en parte alguna de los escritos de Arminio la capacidad humana de dar el primer paso de la fe, ni la idea de la conservación intacta del libre albedrío humano después de la caída. La debilidad es completa (impotentia)  [OLSON, Roger E. História da Teologia Cristã: 2000 Anos de Tradição e Reformas. São Paulo: Vida, 2001]

Kelly presenta cuatro ponderaciones del semipelagiano Cassiano contra la posición de Agustín. Citaremos tres de ellas ya rechazadas por Arminio conforme los textos presentados anteriormente. Vamos a ver.

  • A pesar de que, a veces (por ejemplo, en los casos de Mateo y Pablo), el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces (por ejemplo, en el caso de Zaqueo) tiene su origen en la propia voluntad del hombre y Dios la confirma y fortalece.
  • A pesar de los efectos calamitosos de la caída, Adán mantuvo su conocimiento del bien.
  • El problema de la voluntad humana no es tanto estar muerta, sino enferma […] [KELLY, 1994, p. 281]

Compare las afirmaciones de Cassiano con las declaraciones de Arminio y responda: ¿Qué convergencia hay entre ellos? La soteriología, antropología y hamartiología de Arminio están diametralmente opuestas a las enseñanzas de los semipelagianos.

Conclusión

En cuanto a lo que se ha dicho hasta entonces, comprendemos que son frívolas las acusaciones hechas contra Arminio y su teología cuando son equiparados, o aproximados, al pelagianismo y al semipelagianismo. Las premisas teológicas de las partes involucradas son antagónicas.

Mientras Pelagio predicaba contra la doctrina del pecado original, Arminio, en su tiempo, afirmaba una antropología altamente pesimista enseñando que no había ningún remanente de bondad en el hombre. Para Arminio el hombre es totalmente depravado. En esta cuestión, Pelagio era anti-agustiniano, Arminio agustiniano. ¿Es necesaria una mayor distinción?

En cuanto a los semipelagianos, defensores del initium fidei, Arminio estaba en una posición distinta de la de ellos, pues, en su alcance doctrinal, no había espacio para la creencia en una especie de poder residual en el hombre después de la caída, que facilitara cualquier condición de ir a Dios independiente de la gracia divina. La acusación de que Arminio y el arminianismo clásico sostienen que la voluntad humana caída está libre no es más que una invención. Sólo para los teólogos desertores de las enseñanzas de Arminio, y que se acercaron al liberalismo teológico, la voluntad del hombre caído está libre.

Aunque existen teólogos calvinistas que acusan a Arminio y al arminianismo clásico de semipelagiano, por ejemplo Berkhof, que acusa a aquellos de “suavizar la doctrina del pecado original” [BERKHOF, 1992, p. 136].  Otros teólogos calvinistas, como Robert Peterson y Michael Williams, citados por Olson, optan por la verdad de los hechos. Ellos concluyeron:

  • Arminio cree en la absoluta necesidad de la gracia.
  • El arminianismo no es pelagiano y ni semipelagiano.
  • Para Arminio, y arminianos clásicos, la voluntad humana está totalmente corrompida.

Y como dice la Escritura: “La justicia del sincero enderezará su camino, pero el perverso por su falsedad caerá” (Prv. 11: 5).

Para fines didácticos, presentamos el siguiente cuadro comparativo.

Una Introduccion al Arminianismo Clasico - Capitulo 1 - Rodrigues Zwinglio

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Jonathan Edwards – Cuando la Teología se une con el Fuego – Historia del Avivamiento

Por el Dr. Martyn Lloyd-Jones  – Libro: Os Puritanos – Suas origens e seus sucessores [Los Puritanos – Sus orígenes y sus sucesores]

Traducido del portugués por Diarios de Avivamientos – 2018 – Al final de la página podrás descargar en formato PDF este artículo completo y una biografía de Edwards.

“Debo hablar particularmente sobre Jonathan Edwards, y admito como ciertos los principales hechos concernientes a él. Él nació en 1703 y murió en 1758. Él recibió la educación entonces posible en Nueva Inglaterra, y se fue a la Universidad de Yale. En 1727 fue ordenado como pastor asistente de su abuelo, Solomon Stoddard, en la ciudad de Northampton, Massachusetts. Al cabo de un año, más o menos, el anciano murió, y Jonathan Edwards se convirtió en el único pastor. Allí permaneció hasta 1750, cuando fue literalmente echado de su iglesia. Esta fue una de las cosas más espantosas que hayan ocurrido, y debe servir como una palabra de aliento para los ministros y predicadores. Allí estaba ese genio imponente, ese poderoso predicador, ese hombre que estaba en el centro del gran avivamiento, y aún así, fue derrotado en la votación de su iglesia por 230 votos a 23, en el año de 1750. ¡No se sorprendan, por lo tanto, hermanos, en cuanto a lo que pueda suceder con ustedes en sus iglesias!

Me aventuro a aseverar que en Edwards llegamos al zenit, o al ápice, del puritanismo, pues en él tenemos lo que vemos en todos los demás, pero, en adición, este espíritu, esta vida, esta vitalidad adicional. No es que en los demás haya una completa falta de eso, pero es una característica tan sobresaliente que afirmo que el puritanismo llegó a su más completo florecimiento, en la vida y ministerio de Jonathan Edwards.

Lo que sobresale en la vida de este hombre, es el extraordinario avivamiento que eclosionó en su ministerio en Northampton, iniciado a finales de 1734, y en 1735; y luego más tarde, su participación en el llamado Gran Despertar, en conexión con la visita de George Whitefield y otros, en 1740. Son estos los hechos sobresalientes de la vida de ese gran hombre.

Él entró en escena después de un período de considerable falta de vida en las iglesias, es muy importante que nosotros percibamos eso; y es sumamente reconfortante para nosotros, porque vivimos en un período similar. He aquí una descripción del período inmediatamente anterior a ese gran avivamiento, descripción hecha por el Rev. W. Cooper, uno de los ministros de aquel tiempo, en su prefacio de la obra de Edwards, Marcas Distintivas de una Obra del Espíritu de Dios: “¡Pero qué época muerta y estéril ha sido la actual, por un gran período, con todas las iglesias de la Reforma! Las lluvias de oro fueron retenidas, las influencias del Espíritu fueron suspendidas, y la consecuencia fue que el evangelio no tuvo ningún éxito sobresaliente. Las conversiones han sido raras y dudosas; pocos hijos e hijas han nacido de Dios, y los corazones de los cristianos ya no están llenos de vida, calor y vigor bajo las ordenanzas, como lo eran. Que este ha sido el triste estado de la religión entre nosotros en esta tierra, por muchos años (excepto uno o dos lugares notables que a veces han sido visitados por lluvias de misericordia, mientras sobre otras ciudades e iglesias no ha caído ninguna lluvia) será reconocido por todos cuantos tengan sus sentidos espirituales ejercitados, como ha sido lamentado por fieles ministros y cristianos serios.” (Vol. 2, 257).

Como dice el Sr. Cooper, hubo algunos toques aquí y allá, y particularmente en la iglesia de la cual Jonathan Edwards se convirtió en ministro, bajo el ministerio de su abuelo, el viejo Sr. Stoddard. Pero no se habían extendido, habían sido intermitentes y se habían extinguido más o menos completamente. Así, había esta condición de inanición en la Iglesia; pero ahora sucede algo nuevo. Después de la sequía, lluvias abundantes; la vida comenzó a manifestarse una vez más. Aconteció algo que continuó afectando la vida de América muy profundamente durante por lo menos 100 años, y de hecho hasta hoy.

Naturalmente, que él dividió también la opinión. Él ha sido denunciado sin medida. Clarence Darrow escribió: “No es sorprendente que la principal ocupación de Edwards en el mundo era asustar a mujeres tontas y niños, y blasfemar al Dios que él profesaba adorar… Nada, sino una mente perturbada o enferma, podría producir su Pecadores en los Manos de un Dios Airado (‘Sinners in the Hands of an Angry God’)”

Cité esto, a causa de esa alusión al sermón predicado por Edwards, con el título Pecadores en las manos de un Dios Airado. Ustedes pueden oír frecuentes referencias a ese sermón en la televisión y en otros lados. El hecho es que, según parece, todo lo que la mayoría sabe sobre Edwards es que una vez él predicó un sermón con ese título, es todo lo que la gente sabe acerca de él, y probablemente ni leyeron ese sermón.

Él dijo algunas cosas muy fuertes y alarmantes, factibles de ser mal interpretadas. El propio Edwards dio respuesta a esa crítica.

Otra cosa de la que algunos ministros han sido muy acusados, y pienso que injustamente, es de transmitir gran terror a los que ya están aterrorizados, en vez de animarlos. De hecho, si en estos casos los ministros andan aterrorizando a las personas con algo que no es verdadero, o buscando atemorizarlas describiendo la situación de ellas peor de lo que es, o modificándola en algún aspecto; esos ministros deben ser condenados. No obstante, si las aterrorizan tan sólo por el hecho de lanzar más luz sobre ellas, y de hacerlas entender más de su situación, deben ser completamente justificados. Cuando las conciencias son grandemente despertadas por el Espíritu de Dios, se les comunica alguna luz, capacitando a los hombres a ver su situación, en alguna medida, como realmente es; y, si les es dirigida más luz, ésta los aterrorizará aún más. Sin embargo, los ministros no deben ser condenados por su empeño en echar más luz a la conciencia  en vez de aliviar el dolor bajo el cual se hallan, interceptando y obstruyendo la luz que ya brilla. Decirles cualquier cosa a los que jamás han creído en el Señor Jesucristo, o describir la situación de ellos de otro modo que no sea como: extraordinariamente terrible, no es predicar la Palabra de Dios porque la Palabra de Dios sólo revela la verdad; pero eso sería engañarlos ” (Obras de Jonathan Edwards -Vol. 1, 392).

En otras palabras, Edwards creía que la Biblia dice cosas terribles sobre quien muere en sus pecados. Eso era todo lo que Edwards hacía. Era puro argumento basado en las palabras de las Escrituras. No era lo que Edwards decía, era lo que las Escrituras decían; y él creía que era su deber advertir a las personas, pero aún así, nadie estaba más lejos de la violencia de un estruendoso evangelista itinerante, que Jonathan Edwards.

Comencemos con el hombre propiamente dicho. La primera cosa que se debe decir es que fue un fenómeno. Ahí está ese hombre criado en aquel país aún no desarrollado. Naturalmente había gente capaz, y ya había escuelas – Harvard y Yale existían.  Él nació en una región relativamente aislada y, por todas partes, sobresale como un consumado genio, poniendo en ridículo cualquier noción de evolución, o la teoría de los caracteres adquiridos, y así sucesivamente. A diferencia de la mayoría de los demás hombres, sobre los que estuvimos oyendo en esta Conferencia, no estuvo ni en Oxford ni en Cambridge. Él era un intelecto vigoroso, capaz de florecer en un súbito estallido,  original y acompañado de una brillante imaginación. Admirable originalidad, sí, pero sobre todo, de honestidad. Él es uno de los más honestos escritores que he leído. Nunca huye de un problema; los enfrenta todos. Nunca está rodeando una dificultad; él tenía ese curioso interés por la verdad en todos sus aspectos, y después, con todos aquellos dotes brillantes, hay su humildad y modestia y, a su vez, su excepcional espiritualidad. Él sabía más de la religión experimental que la mayoría de los hombres; y daba gran énfasis al corazón.

En otras palabras, lo que impresiona a la gente en cuanto a Edwards, cuando se mira al hombre como un todo, es la entereza, el equilibrio. Él era al mismo tiempo un vigoroso teólogo y un gran evangelista. ¡Cuán tontos nos volvemos nosotros! Este hombre era ambas cosas, como lo fuera el apóstol Pablo. Él fue también un gran pastor; cuidaba de las almas y de sus problemas. Era igualmente hábil con los adultos y con los niños. Era un gran defensor de la conversión de los niños, y les daba gran atención, permitiéndoles hasta tener sus propias reuniones.

¿Cuál era el secreto de este hombre? No dudo en decir esto: en él, siempre lo espiritual dominaba a lo intelectual. Creo que él debe haber tenido una gran lucha con su elevado intelecto y con su pensamiento original. Además, era un lector voraz y, para un hombre como ese, habría sido la cosa más simple del mundo convertirse en un intelectual puro, como Oliver Wendell Holmes, Perry Miller y muchos otros querían que se tornara. Sin embargo, como ellos lo expresaban, la teología mantenía el mando. Ahora bien, eso constituye la gloria especial de ese hombre -y eso es lo que lo explica- que él siempre mantenía su filosofía y sus especulaciones subordinadas a la Biblia y las consideraba simples siervas. Fuese lo que fuera que él intentase pensar, la Biblia era suprema: todo estaba subordinado a la Palabra de Dios. Todos sus ricos y brillantes dones no sólo eran mantenidos como subordinados, sino que eran usados como siervos. En otras palabras, él era dominado por Dios. Alguien dijo de él que “él combinaba una apasionada devoción con una mente profundamente completa”.

Comencemos examinando su concepto de religión. ¿Qué es la verdadera religión? Aquí hay una pregunta que necesitamos hacernos a nosotros mismos; y, en el caso de Edwards, la respuesta es perfectamente clara. Es lo que hoy se llama un encuentro existencial con Dios. Es un encuentro vivo con Dios. Dios y yo, estas “dos únicas realidades”. La religión es, para Edwards, algo que pertenece esencialmente al corazón. Es esencialmente experimental, esencialmente práctica. Esto queda claro en el famoso relato que hace de una experiencia que tuvo una vez. No olviden que estamos tratando con uno de los mayores genios que el mundo ha conocido, y el mayor filósofo americano de todos los tiempos.

Esto es lo que nos cuenta:

“Una vez, en 1737, mientras yo cabalgaba por los bosques debido a mi salud, habiéndome bajado de mi caballo en un lugar apartado, así como era mi costumbre, de caminar en divina contemplación y oración, tuve una visión, que para mí fue extraordinaria, de la gloria del Hijo de Dios, como Mediador entre Dios y los hombres, y su hermosura, grandeza, plenitud, pura y dulce gracia y amor, y mansedumbre y gentil condescendencia. Esta gracia que se veía tan llena de paz y dulzura, aparecía también grande arriba de los cielos. La persona de Cristo parecía inefablemente excelente, con una excelencia suficientemente grande como para absorber todo pensamiento e imagen, la cual continuó tanto como yo puedo juzgar, por cerca de una hora, que me mantuvo la mayor parte del tiempo en un diluvio de lágrimas, y sollozando en voz alta. Yo sentía un ardor en mi alma, un anhelo por ser, yo no sé otra forma de expresarlo, vaciado y aniquilado; postrado en el polvo, y estar lleno únicamente de Cristo; amarlo con un amor santo y puro ; vivir para Él; servirle y seguirle a Él; y ser completamente santificado y hecho puro, con una pureza divina y celestial. En varias ocasiones tuve visiones de la misma naturaleza, y las cuales han tenido también los mismos efectos.”

Pues bien, eso describe su idea esencial de la religión. Otra cita también ayuda a exponer el mismo énfasis: “Todos admitirán que la verdadera virtud o santidad tiene su sede especialmente en el corazón, y no en la cabeza. Se sigue, pues, de lo que ya hemos dicho, que la religión consiste principalmente de afectos santos. Las cosas de la religión tienen lugar en los corazones de los hombres, no más de lo que ellos son afectados por ellas. La información del entendimiento es totalmente vana, si no afecta al corazón, o, lo que viene a ser lo mismo, si no influye en los afectos.”

Aquí tenemos su idea esencial de religión: es moralmente asunto del corazón, y si no afecta el corazón, no tendrá valor, haga lo que haga en la cabeza. Una cita más nos ayudará a acentuar esta cuestión. Es tomada de uno de los más grandiosos sermones de Edwards, que lleva el título: “Una Luz Divina y Sobrenatural, inmediatamente impartida al alma por el Espíritu de Dios, lo que se muestra como una Doctrina Bíblica y Racional

Un sentido verdadero de la gloria divina y superlativa presente en estas cosas, una excelencia que es de una especie inmensamente más elevada, y de naturaleza más sublime que las otras cosas, una gloria que las distingue grandemente de todo cuanto  es terreno y temporal. El que es espiritualmente iluminado, verdaderamente aprende y ve eso, o tiene una percepción de ello. Él no cree de manera meramente racional que Dios es glorioso, sino que tiene un sentido de la naturaleza gloriosa de Dios en su corazón. No hay solamente una percepción racional de que Dios es santo, y que la santidad es una buena cosa, sino que hay una percepción del carácter atractivo de la santidad de Dios. No hay sólo la conclusión especulativa de que Dios es bondadoso, sino el sentido cuán bueno Dios es, por la belleza de este atributo divino” (Vol. 2, 14).

Tenemos entonces una idea del concepto de Edwards sobre la religión. La religión es eso, y esa es la prueba por la que debemos examinarnos.

Pasemos ahora al método de predicación de Edwards. Notamos luego que él predicaba sermones, y que no hacía discursos. Edwards no disertaba sobre verdades cristianas. A menudo me dicen en estos días, que muchos predicadores parecen más conferencistas que predicadores. Predicar no es hacer un discurso. Tampoco Edwards se limitaba a hacer un apresurado comentario de un pasaje. Esto tampoco es predicar, aunque muchos hoy parecen pensar que es. No era esa la idea que Edwards tenía de la predicación, y esa nunca fue la idea clásica de la predicación. Él comenzaba con un texto. Él siempre fue escriturístico. Él nunca tomaba meramente un tema y hablaba de él, excepto cuando estaba exponiendo una doctrina, pero incluso entonces escogía un texto. Él era siempre expositivo. También era invariablemente analítico. Su mente era analítica. Él hacía divisiones de su texto, de su exposición; él quería llegar la esencia del mensaje; así, el elemento crítico, analítico de su maravillosa mente entraba en acción. Él lo hacía para poder llegar a la doctrina enseñada en el versículo o en la porción; y después argumentar acerca de la doctrina, mostrar cómo ésta se puede encontrar en otras partes de las Escrituras, y su relación con otras doctrinas, y entonces establecer la verdad doctrinal. Pero no se detenía allí. Siempre había una aplicación. Él estaba predicando al pueblo, y no haciendo una disertación, no dando expresión pública de los pensamientos privados que había tenido en su oficina. Él estaba siempre interesado en dar a entender a los oyentes la verdad, en mostrarles su relevancia. Sin embargo, por encima de todo, y yo lo cito, él creía que la predicación debía ser siempre “caliente y celosa”.

Les recuerdo otra vez, que estamos lidiando aquí con un intelecto gigantesco y con un brillante filósofo; y, sin embargo, éste es el hombre que pone todo su énfasis en el calor y el sentimiento. Es como él expone este principio:

La frecuente predicación usada últimamente ha sido, de manera particular, objetada como sin provecho y perjudicial. La objeción es que cuando se oyen muchos sermones seguidos, un sermón tiende a empujar al otro hacia fuera, de modo que los oyentes pierden el beneficio de todos. Dos o tres sermones por semana, dicen ellos, es cuánto pueden recordar y asimilar. Tales objeciones a la prédica frecuente, si no proceden de una enemistad para con la religión, se deben a la debida falta de consideración de la manera en que esos sermones generalmente dan provecho a un auditorio. El principal beneficio hecho por la predicación es la impresión causada en la mente, en la misma hora, y no algún efecto que surja más tarde por el recuerdo de lo que fue transmitido. Y, aunque un recuerdo posterior de aquello que fue oído en un sermón muchas veces es provechoso, en gran parte, ese recuerdo es de una impresión que las palabras produjeron en el corazón en aquella hora; y la memoria se aprovecha, en la medida en que renueva e intensifica esa impresión.” (Vol. 1, 394).

Me gustaría añadir que, muchas veces he desalentado la práctica de tomar notas mientras estoy predicando. Esto se está tornando un hábito entre muchos evangélicos; pero, al contrario de lo que muchos piensan, no es la marca por excelencia de la espiritualidad. El primer y principal objetivo de la predicación no es tan solamente dar información. Es, como dice Edwards, causar una impresión. Y la impresión en el momento es la que importa, mucho más de lo que se puede recordar posteriormente. En este aspecto Edwards es, en un sentido, un crítico de algo que era una prominente práctica y costumbre puritana. El padre puritano solía catequizar e interrogar a los hijos en cuanto a lo que el predicador había dicho. Edwards, en mi opinión, tiene la verdadera noción de la predicación. No es principalmente transmitir información; porque mientras usted está revisando sus notas, puede estar perdiendo algo del impacto del Espíritu. Como predicadores, no debemos olvidar eso. No somos transmisores de información. Debemos decir a nuestros oyentes que lean ciertos libros y obtengan información allí. La tarea de la predicación es dar vida a la información. Lo mismo se aplica a los profesores en los colegios. La tragedia es que muchos profesores simplemente dictan notas y los pobres alumnos las escriben. No es esa la tarea de un maestro o profesor. Los alumnos pueden tener los libros, ellos mismos; la tarea del profesor es dar calor a eso, darle entusiasmo, estimularlo, darle vida. Y esa es la tarea primordial de la predicación. Tomemos esto en serio. Edwards daba gran énfasis a eso; y lo que necesitamos por encima de todo, hoy más que nunca, es predicación conmovedora, apasionada, poderosa. Esta debe ser “caliente” y debe ser “celosa”. A veces Edwards escribía su sermón completamente, y luego lo leía a la iglesia; pero no siempre.

Pero, dejemos esto y pasemos a lo que es, al final de las cuentas, la cosa más extraordinaria de todas acerca de Jonathan Edwards. Él fue, preeminentemente, el teólogo del avivamiento, el teólogo de la experiencia, o, como algunos lo expresaron, “el teólogo del corazón”. La cosa más espantosa sobre este fenómeno, ese intelecto poderoso, es que nadie sabía más sobre las funciones del corazón, regenerado o no, que Jonathan Edwards. Si usted quiere saber algo sobre la psicología de la religión, conversión, avivamientos; lea a Jonathan Edwards.

En ese campo Edwards sobresale supremamente y sin rival. Un americano de nombre Hofstadter publicó en la década de 1960 un libro titulado “El anti-intelectualismo en la vida americana (“Anti-Intellectualism in América Life) Algunos evangélicos ingleses parecieran haber descubierto esto recientemente e, invirtiendo su práctica anterior, ahora nos están animando a que demos gran énfasis en el intelecto. La respuesta a esto, una vez, es leer a Jonathan Edwards. No hay anti-intelectualismo en él. ¡Usted no puede emplear el término anti-intelectual cuando está hablando de Jonathan Edwards! Es totalmente lo inverso; en él usted tiene un intelecto calentado por el Espíritu Santo y lleno de él. Y eso mismo se debería poder decir de todos nosotros. Mi alegación es, que lo que Edwards escribió en esta conexión es una literatura única; y que no hay cosa alguna, en ninguna parte que yo sepa o de que yo haya oído hablar, que de algún modo sea comparable a lo que él escribió. Él lo realizó de varias maneras. Hace narrativas personales de experiencias de las personas, ya he citado algo de su propia experiencia, y se ve más de eso en su Narrativa Personal, en su Diario. Él nos hace un extenso relato de una de las admirables experiencias que sobrevino a su esposa. La esposa de Jonathan Edwards fue una persona tan santa como el propio Edwards, y ella tuvo algunas experiencias casi increíbles. Él nos da un relato de ellas y las examina. Uno de los tratados que constan en dos volúmenes se llama “Narrativa de Conversiones Sorprendentes” ( A Narrative of Surprising Conversions”) Es la más animadora y emocionante lectura que usted puede hacer jamás. ¿Usted las ha leído? ¡Bien, léalas! No será capaz de parar.

Otro importante grupo de sus escritos consiste en sus relatos de avivamientos. Se le pidió que lo hiciera. Uno de sus tratados fue sobre el avivamiento de la religión en Nueva Inglaterra. Se envió a amigos de Boston y luego a este país, y fue leído con gran avidez por hombres de Inglaterra y Escocia. Hay referencias a avivamientos, y a lo que sucede en ellos, en muchas de sus cartas, y también, con frecuencia, en sus sermones. Sin embargo lo que es único y superlativo es el modo en que él analiza las experiencias – tanto las experiencias individuales como los avivamientos en general. Y aquí que él es preeminentemente el maestro. Si usted quiere saber algo sobre avivamientos verdaderos, Edwards es el hombre que se debe consultar. Su conocimiento del corazón humano y de la psicología de la naturaleza humana es completamente incomparable.

Edwards escribió sobre estas cosas porque, en un sentido, fue obligado a hacerlo, debido a las críticas y a los malentendidos. Él siempre estuvo luchando en dos frentes, toda la vida. Se produjo en su iglesia un movimiento del Espíritu, y se extendió a otras iglesias, en un área muy extensa, y entonces sobrevino el Gran Despertar de 1740, asociado a su nombre y también a Whitefield y a otros. Todo esto dividió al pueblo de las iglesias en dos grupos. Había algunos que eran totalmente opuestos al avivamiento. Eran hombres que defendían la misma teología de Edwards, eran calvinistas, pero no les gustaba el avivamiento. No le gustaba el elemento emocional, no le gustaba la novedad. Hacían muchas objeciones a lo que estaba pasando; y Edwards tenía que defender el avivamiento contra esos críticos.

Pero había también hombres en el otro extremo, los hombres fogosos; y con ellos penetró el fuego descontrolado, que siempre tiende a entrar en escena durante un avivamiento. Estos eran los entusiastas, los hombres que se iban a los extremos, hombres culpables de necedad. Edwards tenía que lidiar con ellos también; así, allí estaba él, combatiendo en dos frentes. Sin embargo, claro está que su único interés era la gloria de Dios y el bien de la Iglesia. No tenía deseo de ser polemista, pero tenía que escribir en favor de la verdad y para defenderla.

Las principales obras que contienen esos análisis de las experiencias, y esas justificaciones de experiencias y de avivamientos se hallan en obras como “Un Tratado Concerniente a los Afectos Religiosos“. Este es uno de sus libros más famosos. Consistía realmente de una serie de sermones sobre un solo versículo- 1 Pedro 1: 8: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”. Lo que él hace en estos Iibros es mostrar la diferencia entre lo verdadero y lo falso en la esfera de la experiencia. Ese es el tema de todos estos diferentes tratados, y es desarrollado a ambos sentidos, con el fin de tratar con los oponentes y con los entusiastas al mismo tiempo.

A continuación, sigue el modo en que divide el asunto en el Tratado Concerniente a los Afectos religiosos. Lo divide en tres partes. Aquí están sus títulos: (1) “Acerca de la naturaleza de los sentimientos y la importancia de ellos en la religión.” Él tiene que probar que ellos son legítimos. Los adversarios del avivamiento predicaban sus grandes sermones doctrinarios, pero eran fríos, y toda emoción y cualquier fervor eran automáticamente considerados tabúes. Por eso Edwards tenía que justificarlos y mostrar que hay lugar para ellos. Entonces él prosigue y muestra que “La verdadera religión se apoya mucho en los afectos”, y después, “Inferencias de ello”. A continuación viene la segunda parte, “Viendo que no hay señales definidas de que los afectos religiosos son benignos o no”. Eso es típico de Edwards – el negativo y el positivo. Él continúa mostrando que el hecho de que los afectos “se elevaren mucho no es señal de que sean verdaderos”, “la fluidez y el fervor no son una señal“, “que no sean provocados por nosotros no es señal “, “que vengan acompañados de textos de las Escrituras no es prueba de que sean reales“, “que haya una apariencia de amor no es señal“, “afectos religiosos de muchas especies no son una señal“, “alegrías que siguen cierto orden no son una señal“, “mucho tiempo y celo en el deber“, “muchas expresiones de alabanza, de gran confianza, de relaciones conmovedoras no son una señal“. Ninguna de estas cosas es necesariamente una señal verdadera de que son genuinos o no. Después, la tercera parte muestra cuáles son los signos distintivos de los afectos verdaderamente benignos y santos. “Los afectos benignos provienen de la influencia divina.” “Su objetivo es la excelencia de las cosas divinas…”. “La práctica cristiana es lo principal para los demás y para nosotros mismos.”

Así era Edwards. No es crédulo, y no es hipercrítico. Siempre examina los dos lados. Él tenía que defender varios fenómenos inusuales y notables que ocurrieron en el avivamiento de la década de 1740. Él tenía que defender, y defiende, el hecho de que incluso el cuerpo puede ser afectado. La mujer de Edwards experimentó, en cierta ocasión, el fenómeno conocido como levitación. Ella fue literalmente transportada de una parte de la habitación a otra, sin hacer ningún esfuerzo o empeño. A veces las personas se desmayaban y quedaban inconscientes en las reuniones. Edwards no enseñaba que tales fenómenos eran del diablo. Él tiene algunas cosas sorprendentes para decir al respecto. Él siempre advertía a ambos lados, advirtiendo de apagar el Espíritu, y advirtiendo también del peligro de que la persona se dejara llevar por la carne y de ser engañada por Satanás por medio de la carne. Él advertía a todos. Hubo una ocasión en que él advirtió hasta a George Whitefield, que estaba viviendo con él. Whitefield tenía la tendencia de obedecer y dar oído a los “impulsos” y actuar sobre ellos. Edwards se aventuró a criticar a Whitefield en cuanto a eso, y a advertirle de los posibles peligros.

Hay algunas ilustraciones de la manera en que Edwards hacía ese maravilloso trabajo. Ellas mostrarán cómo él advertía algunas personas del peligro de rechazar el avivamiento como un todo, en términos de la filosofía de la historia, y del peligro de examinar sólo aspectos particulares del avivamiento, en vez de observarlo como un todo y de reparar en sus resultados extraordinarios.

Pero nada es más importante que el modo en que él advertía a las personas del terrible peligro de juzgar en estas cuestiones en términos de sus experiencias personales, en lugar de hacerlo en términos de la enseñanza de las Escrituras. Uno de nuestros mayores peligros, en la Iglesia Cristiana, y particularmente en las iglesias evangélicas o conservadoras hoy, es el hábito de reducir a algunas de las grandes afirmaciones de las Escrituras a nivel de nuestras propias experiencias. Vean, por ejemplo, aquel versículo sobre el cual Edwards predicó en conexión como su Tratado sobre los Afectos Religiosos: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”. (1ª Pedro 1:8).

Hoy hay muchos que interpretan esto en términos de su experiencia personal y que nada saben del “goce inefable y glorioso”. Ellos dicen que eso es experimentado por todos los cristianos. Es como Edwards advierte de ese peligro:

“Desearía proponer que se considerara si es verdad o no, que algunos, en vez de hacer de las Escrituras su única regla para juzgar esa obra, hacen de su propia experiencia la regla; y rechazan todas las cosas ahora profesadas y experimentadas, porque ellos nunca las experimentaron. ¿Acaso no existen muchos que, sobre todo sobre esta base, han alimentado y ventilado sospechas, si no condenas perentorias, de aquellos terrores extremos y de aquellos grandes, repentinos y extraordinarios descubrimientos de las gloriosas perfecciones de Dios, y de la belleza y del amor de Cristo? ¿No han condenado tales vehementes afectos, tales elevados transportes de amor y de alegría, tal compasión y pesar por las almas de los demás, y ejercicios de la mente que ha producido tan grandes efectos, meramente, o principalmente, porque nada saben de esas realidades por experiencia propia? Las personas están muy dispuestas a sospechar de aquello que ellos mismos no sintieron. Es para temerse que muchos buenos hombres son culpables de ese error; lo que, sin embargo, no lo torna menos insensato. Y tal vez haya algunos que, sobre esa base, no sólo rechazan esas cosas extraordinarias, sino también toda aquella convicción de pecado, los descubrimientos de la gloria de Dios, la excelencia de Cristo y la convicción interior de la veracidad del evangelio por la influencia inmediata del Espíritu de Dios, que son necesarios para la salvación. Esas personas, que de ese modo hacen de sus experiencias personales su regla para juicio, en vez de inclinarse a la sabiduría de Dios y de rendirse su Palabra como una regla infalible, son culpables de lanzar una gran censura sobre el entendimiento del Altísimo.” (Vol. 1, 371).

O vean su defensa de las inusuales, o altas experiencias, con Dios y con la obra del Espíritu Santo. Él escribe:

No es ningún argumento decir que no es obra del Espíritu de Dios que algunos que son los sujetos de ella, estuvieron en una especie de éxtasis, en el cual fueron llevados más allá de sí mismos, y tuvieron sus mentes transportadas por una corriente de vigorosas y agradables imaginaciones, y por una especie de visiones, como si hubieran sido arrebatados al cielo y allí hubieran visto cosas maravillosas. Conocí bien alguno de esos casos, y no veo necesidad de introducir la ayuda del diablo en el relato que hacemos de esas cosas, ni tampoco de suponer que son de la misma naturaleza de las visiones de los profetas o del rapto de Pablo hacia el paraíso. La naturaleza humana, bajo estos intensos ejercicios y afectos, es todo lo que se necesita introducir en el relato “(Vol. 2, 263).

Veamos ahora lo que él dice acerca del testimonio del Espíritu junto a nuestros espíritus. Hay mucha confusión sobre esto en el presente. ¿Cómo interpretan ustedes, Romanos 8: 15-16? He aquí cómo Jonathan Edwards trata del testimonio del Espíritu:

Hubo casos, anteriormente, de personas que gritaban en transporte de júbilo divino, en Nueva Inglaterra. Tenemos un caso, en las Memorias del Capitán Clap (publicadas por el Rev. Prince), no de una simple mujer o de un niño, sino de un hombre de sólido entendimiento, que, en un elevado transporte de goce espiritual, se puso a gritar en alta voz en su lecho. Sus palabras (p. 9) son: ‘El Espíritu Santo de Dios (lo creo) dio testimonio junto a mi espíritu de que yo soy un hijo de Dios, y llenó mi corazón y mi alma con toda la seguridad de que Cristo es mío, y de tal manera me transportó, que me hizo gritar en mi cama, en alta voz, ¡Él ha venido!, ¡Él ha venido!’” (Vol. 1,370).

¿Será que todos los cristianos sienten y conocen ese testimonio del Espíritu? No permita Dios que reduzcamos esas gloriosas declaraciones al nivel de nuestras pobres y débiles experiencias. En el mismo párrafo se refiere a aquella experiencia inolvidable que John Flavel tuvo cierta ocasión durante un viaje.

Aquí está su defensa de las asombrosas experiencias que se le fueron dadas a su esposa. Habiendo hecho una extensa narrativa de sus experiencias, él las analiza y las da por válidas. Había muchos en aquel tiempo, y aún los hay, que las catalogarían como: delirios, fantasía, imaginación exacerbada, etc. Es como Edwards comenta esto:

Si estas cosas no pasan de ser entusiasmo, o el fruto de un cerebro perturbado, ¡ojalá mi cerebro sea siempre tomado de esa feliz perturbación! Si es locura, ¡oro a Dios para que toda la humanidad sea atrapada por esa locura benigna, dócil, benéfica, beatífica y gloriosa! ¡Qué noción tienen de la verdadera religión aquellos que rechazan lo que aquí se ha descrito! ¿Qué hallaremos que corresponda a estas expresiones de las Escrituras: la paz de Dios que excede todo el entendimiento; alegrarnos con gozo inefable y glorioso; el resplandor de Dios en nuestros corazones, para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios, en la faz de Jesucristo; con cara descubierta, reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor; llamados de las tinieblas a su luz admirable; y la estrella de la mañana resplandezca en nuestros corazones? (Filipenses 4: 7, 1 Pedro 1: 8, 2 Corintios 4: 6, 3:18, 1 Pedro 2: 9, 2 Pedro 1:19). ¿Entonces, permítanme preguntar, si esas cosas mencionadas arriba no corresponden a esas expresiones, que otra cosa podremos encontrar, que corresponda a ellas?” (Vol. 1, 69).

De esa manera Edwards defendía las inusuales y excepcionales experiencias que estaban siendo concedidas a ciertas personas en aquella época particular. Todavía, con todo el análisis que hace, y con todo su examen, interrogatorio y cuestionamiento, él nunca nos deja confusos y desanimados. Edwards siempre nos eleva, siempre nos estimula y no nos lleva a sentirnos sin esperanza. Él crea dentro de nosotros un deseo de conocer estas cosas.

Permítanme concluir con una nota de aplicación. Terminar sin hacer una aplicación sería ser desleal a la memoria de este gran hombre de Dios. ¿Cuáles son las lecciones que nos vienen de Jonathan Edwards para hoy? Ningún hombre es más relevante para la presente condición del cristianismo que Jonathan Edwards. Ninguno es más necesario. Tomemos lo que hemos estado considerando y, sobre todo, tomen el tratado que él escribió en 1748, con el título de: “Un Humilde Intento de Promover Explícito Acuerdo y Unión Visible del Pueblo de Dios en Extraordinaria oración por el Avivamiento de la Religión y por el Progreso del Reino de Cristo en la Tierra”. Algunos amigos de Escocia se habían reunido en oración de esa manera, y escribieron a Edwards y le hablaron de ello. Le preguntaron si estaba de acuerdo con eso y si escribiría algo al respecto. Así, él escribe ese gran tratado concitando a las personas a unirse, y acordar hacerlo de una vez al mes y de varias otras maneras. Él argumenta y pleitea mucho, especialmente en términos de lo que él y ellos consideraban entonces como la proximidad de la Segunda Venida de Cristo, y de la gloria que habría de revelarse. Esta es una declaración vigorosa y gloriosa. Ciertamente el avivamiento es la única respuesta para la presente necesidad y condición de la Iglesia.

Me gustaría exponerlo de esta manera: una apologética que deje de dar el supremo énfasis a la obra del Espíritu Santo está condenada a ser un completo fracaso.

Todavía es lo que hemos estado haciendo. Hemos presentado una apologética altamente filosófica y argumentativa. Hemos argumentado acerca del arte moderno, de la literatura moderna, del teatro moderno, de conceptos políticos y sociales, como si eso fuera lo necesario. Lo que es necesario es una efusión, un derramamiento del Espíritu, y cualquier apologética que no nos lleve finalmente a la necesidad de ese derramamiento, en última instancia será inútil. Creo que estamos de nuevo casi en la misma situación que prevalecía antes de que sucedieran aquellas cosas grandiosas en la década del 30, en el siglo 18.

Las conferencias de Boyle habían sido instituidas en el siglo anterior con el fin de propiciar una apologética y la defensa de la religión y del evangelio. Y hemos continuado haciendo lo mismo con mucha asiduidad. No sólo eso; también la famosa Analogía (“Analogy”) del obispo Butler había aparecido en defensa del evangelio. Pero no fueron esos los factores que cambiaron la situación, fue el avivamiento. Y nuestra única esperanza es el avivamiento, ya hemos intentado todo lo demás. Edwards nos recuerda una vez más la suprema necesidad de avivamiento.

Tratemos de ver con claridad lo que él dijo al respecto de esto. Necesitamos saber lo que significa avivamiento. Necesitamos saber la diferencia entre una campaña evangelística y el avivamiento. No se pueden comparar. Necesitamos comprender la diferencia entre experimentar el poder del Espíritu en el avivamiento y llamar a las personas para tomar una decisión. Hace algunos años un cierto líder evangélico, muy conocido y preeminente, insistía conmigo para asistir a una campaña evangelística y, lleno de entusiasmo, decía: “Usted es debe ir. ¡Es maravilloso, magnífico! La gente va adelante en grandes grupos. ¡Nada de emoción! ¡Nada de emoción!” Y él repetía: “Nada de emoción.” ¡Él no había leído a Jonathan Edwards! Deberíamos estar seriamente preocupados si no hay emoción. ¿Si las personas pueden tomar alguna supuesta decisión por Cristo sin emoción, que es lo que realmente está sucediendo?

¿Es concebible que un alma pueda percibir el peligro de pasar la eternidad en el infierno, conocer algo de la santidad de Dios,  creer que el Hijo de Dios vino al mundo y hasta murió en una atroz cruz, y que murió por nosotros, y que resucitó de los muertos para que esa alma pudiera ser salva, y aún no sentir emoción?

Lean a Edwards sobre avivamiento. La expresión que él siempre usaba era “un derramamiento del Espíritu“. Hoy, oímos hablar mucho de lo que llaman “renovación”. No les gusta el término “avivamiento”; prefieren “renovación”. Lo que quieren decir con eso es que, todos hemos sido bautizados con el Espíritu en el momento de la regeneración, y que, por lo tanto, todo lo que tenemos que hacer es darnos cuenta de lo que ya tenemos y rendirnos a eso. ¡Eso no es avivamiento! Ustedes pueden hacer todo lo que les enseñan y obtener muchos beneficios; pero aún no habrán tenido avivamiento. El Avivamiento es un derramamiento del Espíritu, es algo que nos sobreviene, que nos acontece. No somos los agentes; sólo somos conscientes de que nos ha sucedido algo. Así que Edwards nos recuerda de nuevo lo que es realmente el avivamiento.

Esto lleva a una advertencia a los que están apagando al Espíritu; y hay muchos sobre los cuales pesa la culpa de ello en el presente. Un libro escrito por el finado Ronald Knox sobre Entusiasmo se hizo popular entre ciertos evangélicos. Él fue un intelectual católico romano, ignorante de estas cosas. Naturalmente, él menciona a Edwards y al famoso sermón. El Nuevo Testamento nos advierte del peligro de “apagar el Espíritu”. Podemos ser culpables de hacerlo de varias maneras. Podemos apagar al Espíritu interesándonos exclusivamente por la teología. También podemos hacerlo interesándonos solamente por la aplicación del cristianismo a la industria, a la educación, a las artes, a la política, etc. Al mismo tiempo, Edwards hace advertencias similares a las que sólo dan énfasis a la experiencia. Nada es más notable que el equilibrio de ese hombre. Debemos tener teología; sin embargo ésta debe ser teología con fuego.

Es necesario que haya emoción y calor, así como luz. En Edwards encontramos la combinación ideal:  las grandes doctrinas con el fuego del Espíritu sobre ellas.

Cierro con dos palabras especiales de aplicación. La primera es para los predicadores. Ternos urgente necesidad, hoy, de lo que Edwards decía a los predicadores en sus días:

Creo que estaría cumpliendo con mi deber al elevar los afectos de mis oyentes tan alto como me fuera posible, puesto que ellos no son afectados por nada, sino por la verdad, y por afectos que no están en desacuerdo con la naturaleza del asunto. Sé que es vieja praxis, despreciar un modo de predicar muy caluroso y dramático; y sólo han sido apreciados como predicadores aquellos que muestran la más amplia cultura, poder de raciocinio y corrección en el lenguaje. Pero humildemente creo que fue por falta de entender o de estudiar debidamente la naturaleza humana, que se pensó que ella tiene de por sí, la mayor propensión para atender a los fines de la predicación; y la experiencia de la época pasada y de la actual confirma sobradamente este error. Aunque es cierto, como he dicho antes, que la claridad del discernimiento, la ilustración, el poder de razonamiento y un buen método de manejo doctrinal de las verdades de la religión, de muchas formas son necesarios y provechosos, y no deben ser descuidados; no es el aumento en el conocimiento especulativo de teología lo que las personas más necesitan. Los hombres pueden tener gran cantidad de luz, y no tener ningún calor. ¡Cuánto de esta clase de conocimiento hay en el mundo cristiano, en la época actual! ¿Ha habido alguna época en que el vigor y la penetración de la razón, la extensión de la cultura, la exactitud del discernimiento, la corrección del estilo y la claridad de expresión fueran tan abundantes? Y, sin embargo, ¿Ha habido alguna época en que haya habido tan poco sentido de la malignidad del pecado, tan poco amor a Dios, disposición celestial y santidad en el vivir, entre los que profesan la religión verdadera, como ahora? Nuestra gente no necesita tener sus cabezas repletas, tanto como necesita tener sus corazones emocionados; y nuestra gente está en gran necesidad de la especie de predicación que les proporcione eso.”  (Vol. 1, 391).

Ahora, una palabra a los miembros de la iglesia. ¿Será que todo lo que dije les llevó a sentirse desesperados? ¿Los llevó a dudar, tal vez, si son cristianos? Mi consejo a ustedes es: lean a Jonathan Edwards. Dejen de frecuentar tantas reuniones;  desapéguense de las diversas formas de entretenimiento que actualmente son tan populares en los círculos evangélicos. Aprender a quedarse en casa. Reaprendan a leer, y no sólo las historias emocionantes de ciertas personas modernas. Regresen a algo sólido, real y profundo. ¿Estás perdiendo el arte de leer? Muchas veces los avivamientos comenzaron como resultado de la lectura de obras como estos dos volúmenes de las obras de Edwards.

Pero, por encima de todo, habiendo leído a este hombre, intentemos, todos nosotros, captar y retener su mayor énfasis: la Gloria de Dios. No nos detengamos en algún beneficio que hayamos recibido, ni siquiera con las experiencias más altas que hayamos disfrutado, busquemos conocer más y más la Gloria de Dios. Es lo que siempre lleva a una experiencia genuina. Necesitamos conocer la majestad de Dios, la soberanía de Dios, y necesitamos tener sentido de temor, sentido de lo maravilloso. ¿Tienen conocimiento de ello? ¿Hay en nuestras iglesias un sentido de lo maravilloso y de lo espantoso? Esta es la impresión que Jonathan Edwards siempre comunica y crea. Él enseña que estas cosas son posibles al cristiano más humilde. Él predicaba y ministraba a la gente común y, aun así, les decía que esas cosas eran posibles a todas ellas.”

Por el Dr. Martyn Lloyd-Jones  – Extraído de Os Puritanos – Suas origens e seus sucessores [Los Puritanos – Sus orígenes y sus sucesores] – Traducido del portugués para  Diarios de Avivamientos Gabriel Edgardo  LLugdar -2018 –

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Biografia de Jonathan Edwards

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George Whitefield – Su extraordinaria vida – Historia de los grandes Avivamientos

Extraída del libro: Os Puritanos – del Dr. Martyn Lloyd-Jones – Traducido del portugués por Diarios de Avivamientos – 2018

“Hay un hecho extraordinario acerca de este hombre, Whitefield, al cual debo dirigir mi atención por un momento, y ese hecho es la espantosa negligencia que el sufrió. Sería muy interesante descubrir cuál sería el resultado, si yo pidiese a cada uno de los que aquí se hallan presentes que escribiera un ensayo sobre George Whitefield ¿Cuánto tendrían ustedes para decir? Me aventuro a aseverar que él es el hombre más descuidado de toda la historia de la Iglesia. La ignorancia que se refiere a él es pavorosa.

Pero la cuestión es: ¿por qué Whitefield ha sido descuidado de esa forma? Mucha gente sabe algo de John Wesley – no creo que sepan mucho, incluso de él, pero algo saben – mientras que Whitefield es un hombre desconocido, y la gran historia concerniente a él es una cosa que parece que la gente nunca ha escuchado. ¿Por qué? La explicación es de veras importante; por eso he leído aquellos versículos del capítulo dos del libro de Jueces.

Jueces, capítulo dos, versículos 8, 9 y 10: “Falleció Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, de la edad de ciento diez años; y lo sepultaron al término de su herencia, en Timnate- -Heres, en el monte de Efraim, hacia el norte del monte de Gaás. Y fue también congregada toda aquella generación a sus padres, y otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel

Ustedes notan el punto en cuestión: no sólo Josué murió, sino que “fue también congregada toda aquella generación a sus padres” – es decir, los contemporáneos de Josué. Y después el texto nos dice que “otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel“. Esta es una declaración sumamente interesante y significativa. Esto siempre me parece que arroja gran luz sobre nuestra situación actual. Cuando las personas no conocen al Señor, pronto se vuelven muy ignorantes de la Historia de la Iglesia. Una vez que usted pierde el conocimiento del Señor, usted pierde el interés por Sus obras.

Eso, creo, fue lo que ocurrió durante los últimos cien años. El conocimiento del Señor siempre lleva a un interés por la Historia de la Iglesia, y estimula ese interés. ¿Acaso puedo opinar de paso esta noche, que hay algo errado con un conservadurismo evangélico que no tiene interés por la Historia de la Iglesia?

Hay un defecto en algún punto de nuestro conocimiento del Señor; porque, desde que una persona tiene un verdadero conocimiento del Señor, ella tiene un vívido interés por todas las obras del Señor, por todos los eventos conocidos y registrados en la larga historia de la Iglesia Cristiana. Creo que eso es algo que debería llevarnos a examinarnos a nosotros mismos con mucha seriedad. Estas dos cosas, de acuerdo con el texto, están indisolublemente interconectadas: la pérdida del conocimiento del Señor, la pérdida del conocimiento de Sus siervos y de sus grandes obras realizadas por medio de ellos. Examinémonos a nosotros mismos, con calma, a la luz de esta proposición.

La principal explicación, no tengo duda, de la negligencia de que Whitefield es objeto, es que él nunca fundó o estableció una denominación. Conforme fue llegando al final de su vida, tal vez se dio cuenta de que había cometido un error en ello. Consta que él dijo, antes del fin, que John Wesley fue más sabio que él, pues había “acorralado sus ovejas”, mientras que él no lo había hecho. El hecho, sin embargo, es que él no se preocupó en fundar o en dejar una denominación religiosa.
Se contentaba con predicar el evangelio, en fertilizar todo y cualquier cuerpo religioso. Así, él no dejó una denominación. Pero John Wesley dejó una denominación, y ésta con una perspectiva teológica particular, y gran atención se ha dado a su memoria. Los libros sobre John Wesley han sido esparcidos sin cesar a lo largo de los años; pero, en el caso de Whitefield, no hubo ninguna denominación religiosa para propagarlo. Esta es, creo, la principal explicación de la razón por la que ha sido tan tristemente descuidado.

Sin embargo, ¿por qué debemos entonces preocuparnos en traer al recuerdo de nuevo a este hombre, y en ponerlo delante de nosotros y del público religioso? Mi respuesta es: a causa del fenómeno del avivamiento religioso del siglo 18, uno de los más admirables episodios de la larga historia de la Iglesia Cristiana. Estoy muy dispuesto a estar de acuerdo con los que dicen que probablemente esa fue la mayor manifestación del poder del Espíritu Santo desde los días apostólicos. Se puede elaborar un excelente argumento en favor de esta afirmación. Si ustedes desean comprender lo que quiero decir, presten atención a lo siguiente: consideren el estado de este país [Inglaterra] antes del Despertamiento y Avivamiento Evangélico: era deplorable.

La Iglesia de Inglaterra estaba muerta; ustedes saben de la pluralidad de maneras de vivir, ustedes saben de las borracheras y farras, eso fue descrito muchas y muchas veces. Pero las otras denominaciones no eran mucho mejores. Pueden haber sido un poco mejores en el lado moral, pero la Iglesia Presbiteriana de aquellos días había caído en la herejía del arrianismo, y por fin desapareció totalmente. Y las otras comunidades no conformistas se hallaban en un estado de letargo, apegadas a una ortodoxia muerta.

Entonces vino este gran avivamiento, y toda la faz de Inglaterra cambió. La Iglesia de Inglaterra, en muchos aspectos, revivió; los no conformistas revivieron; una nueva corporación vino a la existencia, con el nombre de Sociedades Metodistas, y las repercusiones en un área más amplia fueron realmente admirables y espantosas. Se ha alegado muchas veces, y se puede probar, me parece, que el movimiento sindicalista de los obreros de este país surgió indirectamente de aquel avivamiento. Fue porque hombres, que antes eran ignorantes y llevaban vidas de ebrios embrutecidos, fueron transformados y nacieron de nuevo. Ellos comenzaron a comprender su dignidad como hombres y exigir educación y mejores condiciones de trabajo, y así sucesivamente. De ahí vino el movimiento sindicalista de los obreros. Sabemos de la conexión entre el movimiento pro-abolición de la esclavitud dirigido principalmente por William Wilberforce, y ese avivamiento, él mismo fue uno de los resultados de este avivamiento.

Toda la gente sabe que una de las grandes características de aquel avivamiento fue la predicación al aire libre. Estos hombres predicaban a multitudes inmensas, a veinte mil personas, y a menudo mucho más. ¿Quién fue el primero en predicar al aire libre? La respuesta es siempre la misma – George Whitefield fue el primero en predicar al aire libre, y tuvo enorme dificultad en persuadir tanto a John como a Charles Wesley a hacer lo mismo. Ambos eran mucho más conservadores que Whitefield. Él los precedió varios meses en este aspecto, y ejerció gran presión sobre ellos para persuadirlos a seguirlo. Por lo tanto, ustedes ven, él es el líder, el pionero, el primero en todos estos aspectos. Él fue el primero, también, en organizar sociedades – sociedades religiosas. Él también fue el primero en las obras beneméritas. Hay una escuela metodista muy famosa, llamada Kingswood School, a la que muchos ministros metodistas envían a sus chicos para recibir educación. Ella fue iniciada como una escuela para niños pobres, hijos de mineros y otros. ¿Quién fundó la Kingswood School? George Whitefield. Siempre George Whitefield en la vanguardia; él era el líder. A esta altura, espero haberlos convencido a ustedes de que mi protesta contra esta afrentosa negligencia hacia este hombre es más que justificada.

Él visitó América siete veces. Algunos de nosotros hallamos trabajoso cruzar el Atlántico actualmente, pero imaginen hacerlo hace doscientos años. Y Whitefield cruzó el Atlántico trece veces. Murió allí, en su séptima visita, de modo que, de hecho, cruzó el Atlántico trece veces. Visitó a Escocia catorce veces. Se calcula que probablemente predicó dieciocho mil sermones en los treinta y cuatro años de su vida como predicador.

Ahí está por qué, digo yo, es necesario celebrar la memoria de este hombre. Este hombre fue simplemente un fenómeno. No hubo ningún hombre que fuera mejor conocido en Londres hace doscientos años, que este hombre, George Whitefield. ¿Cuáles son los hechos acerca de él? Dejenme dar un breve resumen, a fin de intentar propiciar una conceptualización del fenómeno conocido como George Whitefield. Como ya les he recordado, nació en Gloucester, en la Taberna [o Posada] de la Campana (The Bell Inn), el 16 de diciembre de 1714. Muchos de sus antepasados habían sido clérigos de la Iglesia de Inglaterra, pero su padre no. Su padre era el conserje de la posada “The Bell Inn”, en Gloucester, y allí él pasó su niñez. Su padre murió cuando él era muy joven, y Whitefield nos cuenta en su diario que cayó en muchos pecados, en la mayoría de aquellos pecados en los que la juventud tiende a caer. Pero nunca fue feliz, siempre tuvo una conciencia sensible. Abandonó la escuela por un tiempo, pero luego empezó a pensar que estaba equivocado. Durante el tiempo en que dejó la escuela, sólo estuvo ocupado en servir bebida, según la costumbre de aquella taberna [o posada] de Gloucester. Sin embargo, su conciencia aún le perturbaba, y él regresó a la escuela, y finalmente pudo conseguir ingreso en una universidad, en Oxford.

Allí, como digo, recibió la influencia de aquel Club Santo que había sido formado por Charles Wesley y algunos otros, y que más tarde recibió la adhesión de John Wesley. Después de haber concluido su curso en Oxford, fue ordenado por el obispo Benson, obispo de Gloucester en aquel tiempo, el 20 de junio de 1736, a la edad de veintiún años. Pues bien, el obispo Benson había hecho una regla según la cual no ordenaría a nadie con menos de veintitrés años de edad, pero habiendo oído lo que había oído sobre este joven extraordinario, y habiéndose encontrado personalmente con él, resolvió romper su propia regla, por lo que lo ordenó aunque él sólo tenía veintiún años de edad.

El 27 de junio, una semana después de su ordenación, predicó por primera vez en Gloucester, en la Iglesia de Santa María, la Cripta, donde había sido bautizado en la infancia y había participado por primera vez en la Cena del Señor. Naturalmente, este acontecimiento causó mucho interés, y tal vez algún entusiasmo. Su madre era muy conocida como celadora de la Posada de la Campana, y todos los parientes y amigos, y otros, vinieron al culto; el resultado fue que la iglesia quedó repleta. Ahora bien, este es el punto interesante:  en este primer sermón mostró que era un hombre aparte, que había algo inusual sobre él. El efecto sobre los oyentes fue tremendo. Fue dicho más tarde, y hasta fue llevado al conocimiento del obispo, que quince personas se habían vuelto locas a causa de aquel sermón. El obispo Benson era un hombre sabio, y corrió la noticia de que su comentario fue: “Todo lo que deseo y espero es que esa locura no sea olvidada antes del próximo domingo”.  Él era un hombre sabio, y comprendió que allí estaba un predicador realmente inusual. El primer sermón de Whitefield lo marcó como un predicador completamente excepcional, a la edad de, recuerden, veintiún años.

Él vino a Londres por primera vez en agosto del mismo año de 1736. Su primer sermón en Londres fue predicado en Bishopgate. El puesto que vino a ocupar consistía en actuar como sustituto del capellán de la Torre de Londres, pero le fueron dadas oportunidades de predicar en otros lugares y, de nuevo, en el momento en que empezaba a predicar él atraía la atención, y atraía a multitudes. El pueblo jamás había oído predicación como la suya. En vez de leer un prosaico tipo de ensayo, que se suponía servir como un sermón, él era un hombre que predicaba con todo su ser, con autoridad, poder y convicción – e inmediatamente, cada vez que predicaba, las iglesias quedaban llenas, atascadas.

Después de pasar cerca de dos meses aquí en Londres, fue a sustituir a un amigo en una parroquia de Hampshire. Sucedió allí exactamente lo mismo. Como resultado de ello, se le ofrecieron muchas parroquias y se le presentaron muchas posibilidades y perspectivas de éxito y de progreso en la Iglesia de Inglaterra. Pero, bajo la influencia de sus amigos John y Charles Wesley, que estaban en Georgia [Norteamérica], buscando hacer alguna obra misionera, se sintió llamado a ir a Georgia y, así, decidió definitivamente que era lo que debía hacer. No había barco disponible inmediatamente, y había varios arreglos para hacer, de modo que él pudo volver a Gloucester para despedirse de su madre, de los amigos y de los parientes. Él predicó allí, y una vez más fue notable. En cierto sentido, se demostró que ese fue un punto decisivo de su vida y carrera. Él tenía algunos parientes en Bristol, ciudad vecina de Gloucester, y quería despedirse de ellos antes de partir a Georgia. Por eso fue allí. Cada vez que él se enteraba de que había algún tipo de conferencia o sermón en alguna iglesia en un día de semana, siempre asistía. Así, en Bristol él fue a una cierta iglesia y allí estaba sentado con la congregación, cuando el hombre que debía predicar lo reconoció, se fue a él y le pidió que predicara en su lugar. Dice Whitefield: “Sucedió que tenía las anotaciones de un sermón en el bolsillo, de modo que estuve de acuerdo en predicar”. Y lo hizo. Este fue, en un sentido, el comienzo del real fenómeno de George Whitefield. La congregación quedó toda electrizada. Él predicó en otras iglesias, y estas también quedaron desbordantes de gente.

El pueblo venía de todas partes, y en las iglesias ocupaban todos los rincones – junto a los candelabros, en el sótano, en la galería, en cualquier punto, con tal de estar en el edificio y oírlo. Pues bien, eso es asombroso. Él predicó en Bristol por primera vez en enero de 1737. Hubo retrasos, y él todavía no pudo ir a Georgia, y así pudo hacer otra visita a Bristol, en mayo de 1737, llegando allí el día 23. He aquí una cosa que les ayudará a percibir qué fenómeno era este hombre. Recuerde, él era sólo un joven de veintidós años, pero esto es lo que él dice sobre su segunda visita a Bristol: “Multitudes venían a pie a mi encuentro, y muchos venían en carruajes, desde una milla, y casi todos me saludaban y me bendecían cuando yo andaba por la calle“. ¿Pueden imaginar eso? ¡Un joven de veintidós años! Gente caminando una milla, viajando en carruajes para encontrarse con él. Era una especie de “desfile real”, y todo resultante de su admirable y espantosa predicación. Y continuó así – de vuelta a Gloucester, luego a Oxford y luego a Londres. Consta que entre agosto y la Navidad de 1737 él predicó cien veces, y cada vez a auditorios repletos. Él se tornó uno de los hombres más famosos de toda la ciudad de Londres, y de todo el país.

Entonces, al final, él pudo ir a América, y allí pasó la mayor parte de 1738. Ahora, recuerde, este año de 1738 es el año en que los dos hermanos Wesley fueron convertidos durante el mes de mayo. Sin embargo, Whitefield volvió a Inglaterra a finales de 1738, por varios motivos. Ahora bien, esto nos lleva al gran año de 1739. Volviendo a sus viejos rincones – Gloucester, Bristol, etc. – comenzó a oír sobre la terrible condición de los mineros que vivían en aquella villa de Kingswood, situada en los límites de Bristol. Ellos llevaban una vida muy depravada. Whitefield se preocupó de ellos. Aquellos hombres nunca habían llegado cerca de un lugar de culto, por lo que él pensó que debía ir a ellos, y fue un día y predicó a unos cien de ellos. Pero, de nuevo, el efecto fue tan tremendo que de ahí en adelante él empezó a predicar a por lo menos cinco mil de ellos a la vez. Estos hombres salían de la mina, no tenían tiempo de lavarse; se quedaban de pie, oyendo; y allí les predicaba. Se cuenta que luego ya estaba predicando a veinte mil personas, todas oyéndolo de pie, al aire libre. Y después de eso, como les dije, influenció a los hermanos Wesley para que ellos hicieran lo mismo.

Sin embargo, cuando Whitefield regresó de América, vio que se había operado un gran cambio aquí en Londres, en la actitud de los clérigos y de los pastores hacia él. Cuando partió, estaba en la cresta de la ola de la popularidad, pero cuando volvió vio que muchas puertas estaban cerradas para él. ¿Por qué? Bueno, hubo muchas razones para ello. Algunos de sus convertidos habían sido un tanto imprudentes, habían actuado de un modo impropio del evangelio, y habían hecho hostiles a sus propios clérigos y pastores. Además, algunos miembros del clero realmente nunca habían disfrutado de su predicación sobre la necesidad absoluta del nuevo nacimiento. Por encima de todo, partes del Diario que él había comenzado a escribir habían sido publicadas, y ellos creían que eso era exhibicionismo, y que él estaba diciendo cosas que no debía decir. Estas cosas, sin duda, además de mucha envidia, hicieron que muchas iglesias se cerraran para él. Así, él fue impulsado aún más al aire libre.

Le negaron permiso para predicar en la Iglesia de Santa María, en Islington; justo cuando estaba para entrar en el púlpito, fue detenido. Entonces él resolvió cerrar tranquilamente ese culto. Después llevó al pueblo hacia fuera y les predicó en el patio de la iglesia. Todo esto agravó la situación y los ataques que le dirigían se volvieron realmente increíbles. Se hicieron ataques a su carácter moral, ofendiendo hasta su apariencia personal. Whitefield tenía la infelicidad de tener un ojo bizco, y así era conocido por el pueblo, por la multitud popular de Londres, como el “Doctor Ojo Bizco” (“Doctor Squintum”). Esto, sin embargo, no hacía la menor diferencia, el punto era que él era un predicador bien conocido, y fue como su vida continuó. Él predicaba  en cualquier lugar donde había un gran espacio abierto, Whitefield sólo tenía que levantarse y predicar, y miles se reunían para oírlo. El promedio de sus oyentes rondaba en algún punto cercano a los veinte mil por vez y, recuerden, todos ellos tenían que estar de pie. No obstante, lo hacían con la mayor buena voluntad.

George Whitefield

Él simplemente continuó haciéndolo por el resto de su vida. Hizo esto en toda Inglaterra, lo hizo en Gales, como ya les dije, lo hizo en Escocia, lo hizo en América. Así, este fenómeno continuó. Cuando se oía que él estaba en las inmediaciones y luego iba a predicar, los comerciantes cerraban inmediatamente sus tiendas, pues tenían que oírlo; los hombres de negocios olvidaban sus negocios, los labradores largaban sus instrumentos de trabajo. Él podía conseguir un auditorio de miles a cualquier hora del día o de la noche; él podía conseguirlos y mantenerlos en la nieve, en la helada, en el hielo y la lluvia – no importaba cuáles eran las condiciones. En América, en un invierno muy frío, permanecieron de pie los miles oyendo a este hombre predicar el evangelio, y los oyentes recorrían distancias interminables para tener esta gran oportunidad y privilegio.

Puedo resumir el resto de su vida diciéndoles apenas esto – desde aquel comienzo al aire libre, en 1739, él simplemente continuó haciendo eso en todos estos países hasta que, por fin, a las primeras horas de la mañana del 30 de septiembre de 1770, expiró su último aliento y partió para estar con aquel Señor que anhelaba ver desde sus primeros días como joven predicador. Su fin es muy característico de su personalidad. Él no estaba bien de salud, lo admirable es que él vivió el tiempo que vivió. Porque este hombre solía predicar cinco o seis veces al día. Eso era cosa común para él, y así él ponía su cuerpo bajo una tremenda tensión. Allí estaba él; había prometido predicar en un lugar llamado Newbury Port, en Nueva Inglaterra, domingo, 30 de septiembre de 1770, y estaba viajando en esa dirección. Él tuvo que pasar por un lugar llamado Exeter, y cuando oyeron que él estaba allí, vinieron todos en multitud. Él tenía que predicarles, y al fin lo persuadieron a hacerlo. Al principio él apenas podía hablar. Estaba en condición física tan débil, que no podía articular las palabras. Él empezó despacio, y poco a poco comenzó a revivir. Acabó predicando para ellos por dos horas.

Ese era George Whitefield. Él se llenó de poder y de fuerzas, y los oyentes, como de costumbre, quedaron profundamente impresionados. Después llegaron al lugar donde debía quedarse aquel sábado por la noche, en Newbury Port y, por fin, dijo que iba a dormir. Le dieron un candelero con una vela, pero el lugar estaba lleno de gente. Hacia donde fuera, la gente se aglomeraba alrededor de él, haciendole preguntas, queriendo tener una palabra de él. Este último cuadro es maravilloso, idílico. Él intentó alejarse de ellos, y comenzó a subir la escalera, con la vela encendida en la mano. Después se volvió y les habló de nuevo, haciéndoles otra exhortación. Continuó predicándoles hasta que la vela se consumió completamente, y él sólo se quedó con el candelero en la mano.

Finalmente se fue a la habitación y para la cama. Tuvo un fuerte ataque de lo que hoy denominamos asma cardíaco, y murió. Simplemente se fue, como digo, a estar con el Señor a quien tanto amaba. Cuando ustedes leen sus maravillosos Diarios, presten atención a la manera en que él anhelaba estar con el Señor. No era un simple hablar; era lo que quería decir; él fue reprendido algunas veces por decir eso, pero era su mayor deseo, y al final le fue concedido. Bueno, ahí está el fenómeno abarcado por el nombre de George Whitefield, y ahí está el por qué es bueno para nosotros recordar todo esto.

Allí estaba un hombre capaz de predicar de esa manera a todas las clases. Había muchos que le seguían, entre los miembros de la aristocracia de aquí de Londres. La condesa de Huntington creía que no había ningún predicador como él, y solía abrir las salas de su gran casa e invitar a todos los principales elementos de la aristocracia de la época para oírlo; y ellos se deleitaban escuchando a Whitefield. Él era el mayor de estos predicadores que predicaban para la aristocracia, pero como les recordé, él era también el mayor predicador para los mineros, el mayor predicador para las multitudes de Moorfields, Kennington, Common y de donde sea que él estuviese. Él podía predicar de igual manera para los niños de su orfanato. ¡Qué hombre estupendo y admirable era!

Él también era supremo en la cuestión de recoger dinero. Él fundó un orfanato en Georgia, y el costo para mantenerlo era muy grande. Así, él se acostumbró a predicar un sermón y luego levantar una colecta. Solía conseguir enormes colectas de dinero, y con ese dinero también solía ayudar a quienquiera que estuviera en necesidad, cualquier persona pobre, todo aquel que estuviera en dificultad. Toda Inglaterra hablaba de él. Siempre se sabía cuando él estaba en Londres, y él atraía gente de todas las clases y de todas las capas de la sociedad.

¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Es muy difícil concebirlo, ¿no es así? Estamos viviendo días muy pobres. ¡Qué siglo fue el siglo 18! Aquí está el fenómeno; ¿cuál es la explicación? Permítanme intentar una especie de análisis.

Comencemos con el hombre propiamente dicho. El hombre natural era muy interesante. Cuando niño, se le describe como inteligente, hábil y muy cautivador. Pero lo que había de más notable en cuanto a él era su don de oratoria. Él lo mostró cuando era niño. Solía imitar a los predicadores en la posada. Era un actor nato, y tenía elocuencia maravillosa. Un hombre nace orador. No se pueden hacer oradores. O usted es orador, o no lo es. Y ese hombre era un orador nato. Él no podía evitar eso. Él siempre era bueno en la recitación de fragmentos de los dramas Shakespearianos. En la escuela siempre le daban un papel, o si se hacía un discurso a las personas notables de la ciudad de Gloucester, él era el chico escogido por su admirable elocución y por la facilidad y gracia con que lo hacía todo. Era un orador nato, y como todos los oradores, era caracterizado por la gran libertad y propiedad de sus gestos. El intelectual John Wesley no era orador, y a veces tendía a criticar a George Whitefield en este aspecto.

Recuerdo haber leído en el Diario de Wesley sobre cómo sucedió que una vez ambos estuvieron en Dublín al mismo tiempo, y como John Wesley fue a escuchar a Whitefield. En su relato del culto, Wesley se refiere a los gestos del predicador, diciendo que le pareció que Whitefield se asemejaba a un francés luchando boxeo. Lo que él quiso decir es que Whitefield tendía a hablar tanto con las manos como con los labios y la boca. Sin embargo, esto es oratoria. Uno de los mayores oradores de todos los tiempos fue Demóstenes. Un día alguien preguntó a Demóstenes: “¿Cuál es la primera gran regla de la oratoria?” Y Demóstenes respondió: “La primera gran regla de la oratoria es: movimiento; la segunda gran regla de la oratoria es: movimiento; y la tercera gran regla de la oratoria es el movimiento. El orador no mueve sólo los labios y la lengua, todo su cuerpo está envuelto.” ¡Movimiento! Vivimos días malos; no sabemos nada de oratoria. George Whitefield era un orador nato. ¿Ustedes oyeron lo que se comenta que David Garrick dijo? David Garrick era el principal actor en aquel tiempo, y cada vez que tenía oportunidad, siempre iba a oír a Whitefield. Él no estaba muy interesado en el evangelio; estaba más interesado en la elocución, los gestos y así sucesivamente. Se dice que Garrick dijo que daría cien guineas, si pudiera decir “¡Oh!” como George Whitefield lo decía. Y otra persona dijo que se sentiría completamente feliz, si pudiera pronunciar la palabra “Mesopotamia” como Whitefield la pronunciaba.

Tengo una autoridad mayor para citar. Uno de los mayores hombres de mediados del siglo dieciocho fue Bolingbroke. Era un hombre hábil, culto, un hombre del mundo, hombre muy sabio y, otra vez, alguien que estaba interesado en la oratoria y la elocución. Bolingbroke dijo de Whitefield, a quien había escuchado muchas veces, que él tenía mayor “elocuencia imponente que cualquier hombre que había escuchado”. Él había escuchado a todos los mayores oradores políticos y estadistas y otros tipos de oradores también. Él colocó a Whitefield en la cima de la lista, calificando su oratoria como la mayor “elocuencia imponente” que había escuchado. Además de todo esto, Whitefield tenía una naturaleza cálida y una gran compasión. Ahí está el hombre natural.

Sin embargo, esto no explica el fenómeno que era George Whitefield. Pensemos ahora en lo espiritual. Ahí está la explicación. ¿Puedo expresar esto de manera cruda y casi ridícula? Dios sabe lo que hace, y cuando Él escogió a este hombre, George Whitefield, a quien dio esos dones naturales, sabía lo que estaba haciendo. George Whitefield pasó por una extraordinaria conversión. Fue un proceso largo y penoso. Ha habido muchos pasos. Como ya les recuerdo, su conciencia lo perturbaba en la niñez, en la juventud, y cuando fue a Oxford no participó en las diversas fiestas para las que era invitado; él era muy serio.

Después él frecuentó las reuniones del Club Santo, y se puso aún más serio. Los miembros de ese Club practicaban buenas obras, tenían días de ayuno, visitaban las prisiones … Pero nada de eso lo ayudó. Después de leer un libro, un famoso libro escrito por un escocés llamado Henry Scougal, que había vivido a finales del siglo diecisiete. El título del libro era: La vida de Dios en el alma del hombre (“The Life of God in the Soul of Man”). Tuvo un profundo efecto sobre él. Lo convenció de que él necesitaba nacer de nuevo, de que ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.

Él comprendió que no la poseía; y esto lo llevó a las profundidades de la desesperación. Se quedó en agonía. Solía quedarse postrado en el suelo, en oración, acostumbraba salir para orar al aire libre; no había nada que él no hiciera. Él pasó por ese terrible proceso de convicción de pecado; entonces, finalmente, Dios por su gracia sonrió para él.

“él necesitaba nacer de nuevo, ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.”

En otras palabras, la conversión de George Whitefield no fue una cuestión de “tomar una decisión”. No fue repentina. No, él pasó por esa tremenda agonía de convicción, y entonces irrumpió la luz para él. Sumado a esto, se le dio lo que él llamaba “el sello del Espíritu”. Esto es lo que explica el carácter extraordinario de su predicación desde el principio. Sin embargo, recordemos esto: aunque ese es el comienzo, él continuó la vida entera caracterizándose por una piedad sumamente admirable. La vida de oración de este hombre hace que todos nos quedemos avergonzados, y muchas veces me hizo sentir que no sé absolutamente nada de estas cuestiones. Ya me referí a la humildad y santidad de Whitefield. Nada muestra esto más claramente que la manera en que se quedaba aterrorizado con la idea de predicar. A pesar de haber sido entrenado para el ministerio, y de haber llegado el tiempo de su ordenación, predicar le amedrentaba. Él consideraba esta tarea muy sagrada; y ¿quién era él para entrar en un púlpito y predicar? Por él, huiría a mil millas de distancia para no predicar. Tal era su manera de verlo todo, y tal era su concepto de sí mismo y de su indignidad personal, que daba mucho trabajo persuadir a George Whitefield a entrar en un púlpito y, predicar.

Hermanos, ¿no habría una lección aquí para algunos de nosotros? Él detestaba también aparecer en las noticias de prensa, y siempre se enfadaba cuando las recibía. En otras palabras, él era un hombre extraordinariamente humilde y piadoso. John Wesley le paga el tributo de decir que creía que sólo había conocido a un hombre que se igualaba a Whitefield en santidad  y ese hombre era John Fletcher, de Madeley. Mas, John Wesley al decir esto al final de la vida de Whitefield, y en vista de todo lo que ocurrió entre ellos, es un tremendo tributo a la santidad y piedad de Whitefield.

Ahí está el hombre, pues, permítanme decir sólo una palabra sobre su predicación, él mismo la describe como “sincera”; él la describe como “franca”. Él siempre fue directo. ¿Él predicaba sobre qué? Uno de sus grandes temas era el pecado original. Nadie podía exponer la condición del corazón natural, no regenerado, más poderosamente que George Whitefield.
A continuación, otro gran tema era la regeneración. Él mismo afirma que su sermón sobre “la naturaleza y la necesidad del nuevo nacimiento en Cristo” dio inicio al despertar en Londres, Bristol, Gloucester y Gloucestershire. Él mismo estaba convencido de que fue su famoso sermón sobre ese tema que realmente ocasionó el Gran Despertar. Ese era su tema principal.

Otro tema prominente en su predicación era éste: él creía en las impresiones internas, directas, inmediatas, hechas por el Espíritu Santo en el hombre. Pues bien, Jonathan Edwards lo censuró al respecto. Hay una historia muy interesante en las memorias de Jonathan Edwards sobre cómo una vez Edwards y otros hablaron con Whitefield al respecto. Dice Edwards: “He intentado hablar con él sobre esta cuestión del énfasis que él da a las impresiones internas“. Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso. Edwards era un hombre más capaz y un genio mucho mayor, en un sentido intelectual. Edwards se sentía infeliz con eso, y es sumamente interesante, y casi divertido, notar como Edwards registra que estaba bien claro que Whitefield realmente no escuchaba lo que él, Edwards, le decía, ya que a pesar de todo, eso era algo que Whitefield predicaba y subrayaba mucho.

“Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso.”

Después, el siguiente gran tema era, naturalmente, la justificación por la fe. Algunos quizá pregunten por qué puse la regeneración antes de la justificación por la fe. Lo hice por esta razón -Whitefield predicaba la regeneración antes de predicar la justificación por la fe. Es muy interesante observar que él pasó por un cambio en este aspecto. Al principio, su predicación era casi enteramente sobre la corrupción del corazón natural, no regenerado, y la necesidad del nuevo nacimiento. Sin duda, esto era un efecto de la enseñanza de Scougal. En sus nueve sermones publicados en 1737 no hay mención de la justificación por la fe. En sus Diarios – (ustedes podrán verlo en la página 81 de la última edición de sus diarios) – refiriéndose al tema de la justificación por la fe, él afirma significativamente: “aunque eso no estaba tan claro para mí como posteriormente”. Él mismo admitió que le faltaba claro entendimiento de la justificación por la fe en 1737, como debería tener.

Si ustedes leen las páginas 193-4 en sus Diarios, verán que los dos hombres que lo corrigieron en ese aspecto de la verdad fueron John y Charles Wesley. Ellos predicaron la justificación por la fe desde el principio; Whitefield no. Y ellos le ayudaron a llegar a un mejor equilibrio en ese aspecto. Debemos ser honestos. Yo dije que Whitefield no era un hombre de partido; y yo no debo ser hombre de partido. Todo honor a John y Charles Wesley por ayudar a Whitefield a ver la importancia y el lugar de la justificación en el mensaje del predicador.

“para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo”

Otra cosa que caracterizaba su predicación, especialmente en el principio, era la crítica que hacía a los predicadores no convertidos. Jonathan Edwards se aventuró a censurarlo sobre esto también; pero Whitefield no le oyó. Whitefield solía denunciar un ministerio ejercido por un ministro no regenerado, y lo hacía cuando numerosos ministros lo oían. Otra manera por la cual él afirmaba eso era decir que, para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo. Él solía denunciar sin medida a hombres culpables de ello.

He dicho algo sobre el hombre, he dicho algo sobre el mensaje, y concluyo con lo que era la cosa más característica en cuanto a ese hombre, a saber, su predicación. ¿Ustedes  comprenden esa distinción y división? Yo hago esta pregunta por esta razón: no hay nada que me desanime tantas veces, si puedo hacer una referencia personal como predicador, como la incapacidad de las personas de diferenciar entre el mensaje y la predicación. Hay una tremenda diferencia entre proferir verdades y predicar. Un expositor puede tener un mensaje correcto y ortodoxo, pero no se sigue que lo esté predicando. Una cosa que pone a Whitefield en una clase aparte, con relación a Rowland, es la predicación.

¿A qué me refiero? Me refiero al modo en que el mensaje se presenta y se transmite. Había otros hombres en aquel tiempo, como ha habido desde entonces, que predicaban el mismo mensaje, pero no eran como la predicación de George Whitefield. ¿Cómo se puede describir su predicación? Sólo es posible describirla como apostólica y seráfica. Me gusta la observación hecha por un predicador que lo había oído bastante y que fue responsable de la publicación de algunos de sus sermones. Comentando su estilo de predicar, dijo: “Una noble negligencia recorría su estilo”. ¿Qué quiere decir? Quiere decir que Whitefield no se sentaba a escribir maravillosas obras maestras literarias de sermones, con cada sentencia perfectamente balanceada, y siempre bien acabada, pulida, y así sucesivamente. No, él no hacía eso.

“lo que caracterizaba su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.”

Él no tenía tiempo para escribir sermones. Era un predicador extemporáneo, y había lo que el referido autor llama “una noble negligencia” en su predicación. Rompía reglas gramaticales aquí y allá, no siempre se acordaba de completar sus sentencias, pero para los que saben algo sobre predicación, eso no es nada. “¡Noble negligencia!” ¡Ah, que tuviéramos un poco más de eso, y un poco menos de los ensayos pulidos que pasan por sermones en nuestra época degenerada! Lo que caracterizaba, sin embargo, su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.

Él era un predicador sobre todo convincente y alarmante. Usted se acuerda de lo que se dijo acerca de su primer sermón en Gloucester. El efecto que siguió produciendo era semejante a aquel. Él podía exponer las tinieblas y la pecaminosidad del corazón humano natural, de modo que los hombres quedaban aterrorizados, asustados y en agonía de alma cuando lo oían. No obstante, eso era acompañado por una ternura, un amor y una capacidad de derretir el corazón que eran irresistibles. ¡Eso es predicar! Me gusta el comentario que el propio Whitefield hizo sobre esta cuestión de predicar. Un día le pidieron una copia del sermón que él había predicado, para publicarlo, y ésta fue su respuesta: “No hago objeción”, dijo, “si ustedes imprimen con él el relámpago, el trueno y el arco iris”. No se puede poner la predicación en la imprenta fría; es imposible. Se puede poner el contenido del sermón, no la predicación; no se puede poner el “relámpago”, no se puede poner el “trueno” – el retumbar del trueno, el brillo del relámpago – no se puede capturar el “arco iris”. Todo esto está en la palabra, en el movimiento y en todo lo que concierne al predicador. No se puede poner eso en la imprenta.

“No se puede poner la predicación en el papel.”

Es por eso que cuando las personas leen los sermones de Whitefield, a menudo dicen: “No puedo entender esto. ¿Cómo es que un hombre que ha producido sermones como estos puede haber sido tal fenómeno, tan maravilloso predicador? Si ustedes han dicho esto alguna vez, están revelando su ignorancia de lo que significa predicar. No se puede poner la predicación en el papel. Yo defiendo la idea de que este ha sido uno de nuestros grandes problemas desde mediados del siglo pasado, o incluso antes. La impresión de sermones, la impresión de todo lo que se habla, puede tener un efecto devastador sobre la predicación como tal. Los hombres tienen los ojos puestos en las personas que lo van a leer, más que en aquellas para las cuales van a predicar en la ocasión. Es una pena, pero entra ahí la preocupación por la reputación y con lo que dirán los críticos literarios pedantes.

Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos

El efecto de su predicación era simplemente irresistible. Él nos cuenta lo que observó en el pasado en los pobres mineros de Kingswood. Estos hombres acababan de salir de las minas y tenían los rostros negros de polvo de carbón cuando se pararon para escuchar a Whitefield. Dice él: “Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos“. ¿Qué es lo que era? Ah, lágrimas corrían por sus caras, haciendo surcos en la suciedad del polvo de carbón. ¡Eso es predicación! Estos pobres hombres, que nada sabían de doctrina, que de nada sabían, excepto del pecado, que vivían sólo en las borracheras, e incluso en el libertinaje, al oír esa estupenda predicación de la Palabra de Dios, lloraron, derramando copiosas lágrimas.

O vean cómo es descrito por el autor del gran himno que comienza con las palabras:
Grandioso Dios, que operas maravillas, Todos tus caminos incomparables son, sublimes y divinos.

El mismo Samuel Davies también era un admirable predicador y un gran intelecto. Él había estado en un avivamiento en América, en aquel mismo siglo. Lo hicieron director de un colegio. Samuel Davies y Gilbert Tennent fueron enviados a Inglaterra para recaudar dinero para ese colegio. Llegaron después de un viaje terrible, durante el cual pensaron que iban a naufragar una y otra vez. Llegaron a Londres el sábado por la mañana, y la primera pregunta que hicieron fue: “¿Está el Sr. Whitefield en la ciudad?” Para su satisfacción, se les dijo que estaba, y que debía predicar a la mañana siguiente, creo que en Moorfields. Así combinaron que estarían allí en buena hora para oírlo.

Samuel Davies escribe el relato del culto, y he aquí lo que él dice: “Pronto quedó claro para mí, en el culto, que el Sr. Whitefield debía haber tenido una semana excepcionalmente ocupada: era obvio que él no tuvo tiempo para preparar bien su sermón“. Añade: “Desde el punto de vista de la construcción y del orden del pensamiento, era muy deficiente y defectuoso, era un sermón muy pobre, pero” dijo Samuel Davies, “la unción que lo asistió fue tal, que me arriesgaría muchas veces a los rigores de un naufragio en el Atlántico para estar allí y quedar bajo su benigna influencia”. Eso es predicación, mis amigos. ¡Pobre sermón, pero tremenda predicación!

George Whitefield predicando

¿Qué sabemos de eso? ¿Por qué hablamos de la predicación como “hacer un discurso” o “decir una palabra”? ¡Predicación! Eso fue lo que produjo aquel tremendo avivamiento de Dios. Ustedes pueden leer los relatos de lo que Jonathan Edwards y la señora Edwards sentían frente a la predicación de Whitefield. Déjenme contarles lo que dijo el gran Lord Chesterfield. Chesterfield era un humanista, un típico hombre del siglo 18, “hombre de ciudad”, que escribió un famoso libro de consejos a su hijo. Él solía deleitarse en escuchar a Whitefield y, como otros, estaba dominado por el poder de la predicación. Ustedes recuerdan la famosa historia: una tarde, Whitefield estaba usando una ilustración para mostrar el gran peligro de la situación del pecador, al caminar hacia el infierno sin darse cuenta, y presentó esta figura: comparó al pecador con un hombre ciego conducido por un perro. Él tenía un bastón en la mano, y iba siendo conducido por el perro. Desafortunadamente el perro se soltó y huyó, y dejó al hombre, quien caminó a tientas con su bastón, haciendo lo mejor que podía. Inconscientemente, dijo Whitefield, el hombre deambuló rumbo al borde de un precipicio, y su bastón cayó en el abismo, tan profundo que ni siquiera se oyó el eco. El ciego fue avanzando cautelosamente, para recuperarlo; por un momento él puso un pie en el vacío y… en aquel momento el Lord Chesterfield se puso de pie, gritando: “¡Buen Dios, detenlo!”, y saltó adelante para intentar impedir la caída del ciego en el abismo. Esto no es sólo oratoria, es predicación también; y puede afectar a un hombre como el Lord Chesterfield de esa manera extraordinaria.

La historia de que me gusta más, es la de Benjamin Franklin oyendo a Whitefield. Pues bien, allí estaba otro genio. Benjamin Franklin es famoso como científico, famoso como hombre de letras, como uno de los líderes de la Revolución Americana, como el primer embajador enviado por Estados Unidos para representarlos en Francia. Él venía frecuentemente a Londres. Este hombre capaz y culto se decía cuáquero; no ocupaba ningún puesto desde el punto de vista cristiano. Ahora bien, Benjamín Franklin vivía en Filadelfia, y en el tiempo de las visitas de Whitefield, él era tipógrafo. Era un astuto hombre de negocios, y se acostumbró a imprimir y vender sermones de Whitefield. Él nunca perdía una oportunidad de escuchar a Whitefield y, en referencia a una de esas ocasiones, he aquí lo que él dice. Ya les recordé que, invariablemente, al final de un sermón, Whitefield levantaba una colecta para su orfanato en Georgia, y Franklin lo sabía muy bien. Había visto eso muchas veces, y con frecuencia ponía algún dinero en la colecta; pero estaba cansado de hacerlo. Creía que Whitefield estaba tomando mucho dinero de él. Así, él nos cuenta que en esa ocasión particular en que fue oírlo, había resuelto solemnemente que no daría nada en la colecta al final del culto. Dice él: “Yo tenía en el bolsillo oro, plata y cobre, pero decidí que no daría nada, ya había dado muchas veces“. Pero lo que él dice a continuación es esto: “Conforme el predicador prosiguió, fui ablandado y terminé dando el cobre. Otro poco de su oratoria me llevó a la decisión de dar la plata, y él concluyó tan admirablemente que yo vacié totalmente el bolsillo en el plato de la recolección- oro y todo”. Ahora bien, eso es predicación. Está más allá de la oratoria, es oratoria inspirada – oratoria inspirada por el Espíritu Santo, transmitiendo el mensaje de la Palabra de Dios y su glorioso evangelio.

¿Puedo indicar, con algunos títulos lo que considero algunas de las lecciones que George Whitefield tiene para enseñarnos hoy? Me gustaría tener tiempo para desarrollarlas. La primera lección que nos enseña es ésta: nunca la situación es de desesperación total ¡nunca! – Las cosas no podrían ser peores de lo que eran en el período anterior a 1736-37 – absolutamente desesperante, al parecer. Fue justamente en aquel punto que Dios puso la mano en ese muchacho de la Taberna de la Campana, en Gloucester llamado George Whitefield. ¡La soberanía de Dios! No desperdiciemos tiempo con lamentaciones sobre el futuro de la Iglesia. No prestamos mucha atención a los meros analistas del presente, que simplemente describen la situación que nos confronta. Nunca debemos llegar a la desesperanza. Esto fue una de las cosas más sorprendentes que Dios ha realizado.

En segundo lugar vamos, espero, dar fin una vez por todas a la mentira que afirma que el calvinismo y el interés por la evangelización no son compatibles. (No me gustan esas etiquetas, pero como se utilizan, necesito utilizarlas.) He aquí el mayor evangelista que Inglaterra produjo, y era calvinista. La objeción que algunos de nosotros hacen a ciertos aspectos de la evangelización moderna no tiene nada que ver con el calvinismo. Estoy seguro de que John Wesley haría la misma objeción a los métodos evangelísticos modernos, tanto como nosotros. La objeción no es sobre el calvinismo. Esta doctrina, que da énfasis a la gloria de Dios y a la depravación total del hombre y al plan y propósito divino y eterno de redención en el Señor Jesucristo, siempre concibió y llevó a sus verdaderos adeptos a la evangelización. Sólo Whitefield ya basta para establecerlo; sin embargo, él es tan sólo un brillante y saliente astro de una gran galaxia. La tercera lección es la necesidad absoluta de una fe ortodoxa. Este hombre predicaba el evangelio como el mismo fue predicado por los apóstoles, por los reformadores, por los puritanos. Él vivió los puritanos y sus escritos. ¡A veces hasta predicaba sermones de ellos, cuando estaba muy presionado! Wesley dijo más de una vez que vio a Whitefield claramente predicando a Matthew Henry.

“La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá.”

Sin embargo, para mí, Whitefield habla más de esto que de cualquier otra cosa: la ortodoxia no basta. Había hombres ortodoxos en su tiempo, pero eran relativamente inútiles. Se puede tener una ortodoxia muerta. La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá. Digo, al concluir, que mi principal justificación para hablar sobre Calvino y Whitefield es que, en un sentido, Juan Calvino siempre tiene necesidad de George Whitefield. Es lo que quiero decir: el peligro de los que siguen las enseñanzas de Calvino y lo hacen acertadamente  es que tienden a llegar a ser intelectualistas, o tienden a hundirse en lo que yo describiría como una “ortodoxia osificada”. Y eso no tiene valor, mis amigos. Es necesario el poder del Espíritu sobre ella.

Exponer la verdad no es suficiente, tiene que ser expuesta “en demostración del Espíritu y de poder”. Y eso es lo que este poderoso hombre ilustra de manera tan gloriosa. Él era ortodoxo, pero lo que produjo el fenómeno fue el poder del Espíritu en él. Dice él que, ya en su ordenación, sentía algo, como si hubiera recibido una comisión del propio Espíritu. Él siempre estaba consciente de eso – ola tras ola del Espíritu venían sobre él. Nunca un hombre ha conocido más del amor de Cristo que ese hombre. A veces el amor de Cristo lo dominaba, casi lo aplastó físicamente. Se bañaba en lágrimas por causa de esto.

Este poder del Espíritu es esencial. Debemos ser ortodoxos, pero no nos permita Dios descansar, ni siquiera en la ortodoxia. Debemos buscar el poder del Espíritu, que fue dado a George Whitefield. Esto nos dará una compasión por las almas y un interés por las almas, y nos dará celo, y nos habilitará a predicar con poder y convicción a todas las clases y tipos de hombres.

“nada puede sustituir a la predicación”

Sin embargo, sobre todo, debo concluir esto a la luz de lo que he estado diciendo y por todas las demás razones. Whitefield, creo yo, nos está llamando de nuevo a la predicación. Espero no ser malentendido, pero nada puede sustituir a la predicación. Soy un gran creyente en la lectura; mucho de mi mayor placer yo lo disfruto en la lectura. Pero la lectura no es un sustituto de la predicación; y leer un sermón y oírlo predicado no son lo mismo. Gracias a Dios, el Espíritu puede usar un sermón escrito, pero no se compara con un sermón predicado. Hay un verdadero peligro hoy cuando la gente piensa que con la lectura sólo, ya basta, u oír un sermón por la radio o la televisión. No, necesitamos la libertad del Espíritu; necesitamos el “relámpago, el trueno y el arco iris”. No podremos conseguirlos en los libros, y no podremos conseguirlos en nuestros programas controlados y cronometrados que estas agencias modernas ofrecen. No, cuando venga el Espíritu, los programas serán olvidados, el tiempo será olvidado, todo será olvidado, excepto Dios en Su gloria, y mi alma, y ​​este bendito Salvador.

que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”.

¿Qué es lo que Whitefield nos enseña acerca del tema de la predicación? El tema era: “Por la gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, es don de Dios“. Este era el glorioso mensaje de la predicación del siglo 18. ¡Quiera Dios llamarnos de vuelta a la predicación! No meramente una exposición mecánica de creencias correctas, pero oremos a Dios rogándole que nos conceda Su Espíritu, para que, aunque tal vez nunca nos tornemos en predicadores – y que nunca nos tornaremos es cierto, en el sentido en que George Whitefield lo fue – bien que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”. No se espera que seamos imitadores, pero oigamos a ese hombre cuando nos convoca para una viva percepción de esta verdad, y para ser llenos del Espíritu del Dios vivo para que, con todo lo que somos, anunciemos las riquezas y las glorias de su gracia.

Estoy seguro de que todos damos gracias a Dios por la memoria de tal hombre. Concédanos Dios, gracia para examinarnos a nosotros mismos, para examinar nuestro ministerio, y que Él cree dentro de nosotros un anhelo y un deseo de ver la manifestación de su diestra en este país, ¡en un poderoso avivamiento de la religión!

Martyn Lloyd-JonesOs Puritanos – Traducida del portugués por Diarios de Avivamientos2018 – Gabriel Edgardo LLugdar 

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George Whitefield – Biografía PDF

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