Cuando Dios dice sí, pero todavía no.

Traduciendo algunos capítulos del Diario de David Brainerd me encontré con este relato notable, que brinda una maravillosa enseñanza de la forma en que Dios, a veces, obra con respecto a sus promesas:

21 de julio, 1744. “Ya cerca de la noche, comenzó a agigantarse ante mí, la responsabilidad de mi trabajo entre los indios. Esto fue agravado por varias cosas que oí; en particular, que tenían intención de reunirse al día siguiente para una fiesta idólatra, con danzas. Entré en angustia. Pensé que, por causa de conciencia, debía intentar interrumpirla, pero no sabía cómo conseguiría esto.

Pero me retiré para orar y pedir poder de lo alto. Mi corazón se expandió mucho en oración y mi alma luchó como nunca, hasta donde yo recuerde. Entré en tal angustia e imploré con tanto fervor e importunación que, cuando me levanté, estaba extremadamente débil y abatido, y casi no podía mantenerme derecho. Mis articulaciones parecían flojas, el sudor corría por mi cara y por todo mi cuerpo; mi constitución física parecía a punto de disolverse. Hasta donde yo podía juzgar, me había desvinculado de toda finalidad egoísta, en mis súplicas fervientes por los pobres indios. Yo sabía que ellos estaban allí reunidos para adorar a los demonios, y no a Dios. Eso me hacía clamar desde el fondo del alma, para que Dios me ayudara prontamente, en mis intentos de interrumpir aquella reunión idólatra.

Mi alma se derramó durante mucho tiempo, y pensé que Dios iría conmigo a reivindicar su propia causa. Me parecía poder confiar en Dios en cuanto a su presencia y asistencia. Así pasé el anochecer orando incesantemente por la ayuda divina, a fin de que yo no dependiera de mí mismo, sino que dependiera todo el tiempo de Dios. Aquello por lo que pasé fue notable, de hecho, inexpresable. Todo aquí se desvaneció y nada parecía importante para mí, excepto la santidad en el corazón y en la vida, y la conversión de los paganos a Dios. Todos mis cuidados, temores y deseos que podrían clasificarse como mundanos, desaparecieron, y, en mi estima, parecían menos importantes que un pequeño soplo. Ansié mucho que Dios se hiciera un nombre entre los paganos, y apele a Él con la mayor libertad, diciéndole que Él sabía que yo “lo prefería a Él antes que a mi mayor satisfacción”. En efecto, no me quedaba noción de alegría de este mundo; no me importaba dónde o cómo viviese, ni cuáles dificultades tuviese que pasar, siempre y cuando pudiera ganar almas para Cristo. Seguí en esa actitud mental hasta entrada la noche. Cuando dormía, soñaba sobre esas cosas, y cuando me despertaba (lo que sucedió varias veces), lo primero que me ocurría era el gran trabajo de rogar a Dios protección contra Satanás.

Día del Señor, 22 de julio, 1774. Al despertar, mi alma se concentró en lo que parecía estar delante de mí. Clamé a Dios antes de salir del lecho, y así que me vestí, fui al bosque, a fin de derramar mi alma afligida delante de Dios; pidiéndole, en especial,  ayuda para mi gran trabajo, pues casi no podía pensar en otra. Disfruté del mismo fervor, y con inigualable libertad me consagré de nuevo a Dios, para la vida o para la muerte; para todas las durezas a que Él me llamara entre los paganos. Y sentí como si nada pudiese desanimarme de aquel bendito trabajo. Tuve la fuerte esperanza de que Dios “rompería los cielos y bajaría”, haciendo alguna maravilla entre los paganos. Mientras cabalgaba hasta donde estaban los indios, cerca de cinco kilómetros de distancia, mi corazón se elevaba continuamente a Dios, en busca de su presencia y ayuda, casi en la expectación de que Dios haría de éste, el día de su poder y gracia entre los pobres indios.

Cuando llegué donde estaban, los encontré ocupados en sus festejos; pero mediante la bondad divina conseguí persuadirlos a renunciar y a escuchar mi predicación. Sin embargo, aun así me pareció que no se manifestaba nada del poder de Dios entre ellos. Les prediqué de nuevo por la tarde y pude notar que los indios estaban más serios que antes, pero aun así no noté nada de especial entre ellos. Por eso, Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios, antes de que tengan más conocimientos”. Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”.

Supongo, que a muchos de ustedes les habrá pasado como a mí, que esperaban un final del relato con algún hecho asombroso, alguna respuesta extraordinaria de parte de Dios a las oraciones de su siervo. Pero donde debería haber habido un SÍ, hubo un rotundo NO. Allí está un jovencito misionero, al cual la tuberculosis lo está consumiendo, pero su único anhelo y clamor es que Dios sea conocido entre los perdidos. Se sumerge en las profundidades de la oración, que no son otra cosa que las mismas alturas de la presencia gloriosa de Dios. Siente en su alma la respuesta de Cristo a sus plegarias, la convicción de que ha sido escuchado, y que Dios mismo tomará en sus manos la situación para glorificarse. Esto es llegar al estado de “prevalecer en oración”, tener la confirmación de que Dios ya ha dicho SÍ.

Sin embargo, sigue hacia adelante y se estrella contra las circunstancias que le gritan ¡NO! Y se tambalea, ¿Dios dijo SÍ, pero ha obrado como un NO? ¿Qué sucedió? Y el diablo reanuda su trabajo: “Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios”. ¿Pero cómo, Dios te dijo sí, y ahora te deja en esta situación de fracaso?

Estas bofetadas del enemigo hacen mucho daño, y lo hacen porque aún no hemos aprendido que entre el SÍ de Dios a nuestra oración, y la llegada de la respuesta concreta, pueden haber varios NO de por medio. Para decirlo de otra manera, un SÍ de Dios, puede estar compuesto de varios NO. Dios te da la convicción de que tu oración ha sido oída, y que Él obrará a tu favor, pero a partir de entonces, comienzas a recibir varias bofetadas de las circunstancias, todo parece gritarte ¡No!, ¡No!, ¡No! Y el diablo te susurra, ¿pero cómo, no estabas seguro de que Dios obraría?… Dios no existe, y si existe te ha olvidado… o todo ha sido un invento de tu imaginaciónY allí nos quedamos, perplejos… frustrados…

Pero observa lo que dice este santo varón de Dios, David Brainerd, ante ese panorama desolador:Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”. A pesar del cansancio, la debilidad, la perplejidad; a pesar de las burlas y las dudas lanzadas por el diablo, él decidió morir a todos los encantos del mundo, y se resolvió a seguir esperando en Dios, en ese Dios que le había dicho SÍ.

Todos conocen el final glorioso de la obra de David Brainerd entre los pueblos nativos del Delaware, un poderoso avivamiento se derramó allí y muchísimas almas fueron ganadas para el reino de Cristo. El Sí de Dios fue glorioso. Que esta experiencia de nuestro admirado misionero nos haga entender que las promesas de Dios son en él, SÍ, y en él Amén. Lo que Dios prometió, Dios lo cumplirá; aunque tengamos que atravesar varios NO por el camino que pasa de por medio. 

…•…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible – Roger Olson: Teología Arminiana: Mitos y Realidades

Este material ha sido traducido por Diarios de Avivamientos, con el único fin de su uso pedagógico dentro del ámbito de la comunidad de Diarios de Avivamientos – Este libro no se encuentra en español- 

Mito 2

Una mezcla de Calvinismo y Arminianismo es posible

A pesar de los puntos comunes, el calvinismo y el arminianismo son sistemas de teología cristiana incompatibles; no hay un término medio estable entre ellos en las cuestiones determinantes.

EN EL CAPÍTULO UNO NOSOTROS VIMOS QUE HAY MUCHOS puntos en común entre el arminianismo evangélico (arminianismo de corazón) y el calvinismo evangélico (hasta incluso el rígido). En él he intentado mostrar que, en realidad, el calvinismo y arminianismo son expresiones de una misma fe, y que ambos, en sus clásicas expresiones, afirman la dependencia humana de la gracia de Dios para todo lo que es bueno. Por ejemplo, contrariamente a lo que muchos calvinistas parecen creer, los arminianos clásicos comparten con los calvinistas clásicos una robusta creencia en la depravación humana y en la necesidad de iniciativa divina para la salvación. Ellos concuerdan en que los humanos caídos no pueden ejercer una buena voluntad para con Dios, aparte de la iniciativa de la gracia. En este aspecto ambos honran las Escrituras y son igualmente evangélicos.

Este capítulo se ocupa de un mito diferente: que en virtud de sus puntos en común el arminianismo y el calvinismo pueden ser combinados, creando un sistema híbrido. No es inusual en los círculos evangélicos oír a los cristianos sinceros y bien intencionados declararse a sí mismos como “calminianos“, una combinación de calvinista y de arminiano. Me encontré con esta alegación innumerables veces cuando presentaba el calvinismo y el arminianismo en clases de la universidad, seminarios o iglesias. Generalmente los alumnos preguntan: “¿Por qué no puede haber un término medio entre el calvinismo y el arminianismo?”  A lo cual alguien responde: “¡Pero lo hay – se llama calminianismo!”  Un deseo sincero de crear un puente entre el abismo que ha causado tanto conflicto, crea la base para este concepto erróneo. De ninguna manera deberíamos menoscabar este anhelo por la unidad, es admirable; aunque su cumplimiento sea, en este caso, imposible.

Antes de entrar en una explicación de por qué son incompatibles, sería útil (principalmente para los que no leyeron la introducción) revisar el significado de calvinismo y arminianismo. Si la unidad es la preocupación prioritaria, sus irreconciliables diferencias pueden ser artificialmente amenizadas. Cuando ellos son definidos de formas que difieren de sus definiciones clásicas, es fácil combinarlos. Así, esta pseudo-unidad entre ellos es determinada por la manera en como los entendemos y los definimos. Sin embargo, cuando el arminianismo y el calvinismo son entendidos en sus sentidos históricos y clásicos, ninguna combinación es posible; siempre permanecerán como alternativas, principalmente en cuestiones soteriológicas.

El calvinismo es el sistema de creencia cristiana protestante oriundo de las enseñanzas del siglo XVI de Juan Calvino. Es la forma más conocida de la ramificación reformada del protestantismo. Y su expresión más sistemática y lógicamente rígida se encuentra en dos declaraciones doctrinales del siglo XVII: los Cánones del Sínodo de Dort (1618) y la Confesión de Fe de Westminster (1648). El corazón y alma del calvinismo (además de la ortodoxia protestante) son un énfasis característico en la soberanía de Dios, principalmente en la salvación. Dios es la realidad totalmente determinante que pre-ordena [predetermina – predestina] y torna cierto todo lo que sucede, principalmente y por encima de todo, la salvación de los pecadores [*] Esto se extiende a los individuos, de manera que son predestinados incondicionalmente por Dios para la salvación eterna. De acuerdo con el calvinismo rígido. Dios determina ignorar a otros (el decreto de la reprobación), dejándolos en su merecida condenación eterna. La gracia de Dios para la salvación es irresistible y eficaz, y para los calvinistas más tradicionales, la muerte expiatoria de Cristo en la cruz fue intencionada por Dios sólo para los elegidos.

[*] Esta reivindicación de providencia meticulosa es negada por algunos calvinistas, pero fuertemente afirmada por la mayoría de los eruditos calvinistas, incluyendo el propio Calvino. El teólogo calvinista Edwin Palmer expresa fielmente la propia creencia de Calvino acerca de la soberanía de Dios cuando escribe que “Predeterminación” significa el plan soberano de Dios donde Él decide todo lo que va a suceder en todo el universo. Nada en este mundo sucede por casualidad. Dios está detrás de todo. “Él decide y hace que todas las cosas que deben suceder, sucedan” (The Five Points of Calvinism, Grand Rapids, Baker, 1972. p. 245). Algunos calvinistas quieren limitar la pre-ordenación determinante de Dios para asuntos soteriológicos, de suerte que Dios no sea responsable de toda calamidad – incluyendo la caída de la humanidad – que acomete al mundo. Si esto es consistente con el calvinismo clásico, o si el calvinismo clásico incluye la providencia meticulosa conforme la expresada por Palmer, eso corresponde a los calvinistas decidir.

El arminianismo es oriundo de las enseñanzas del holandés Jacobo Arminio, que reaccionó al calvinismo rígido y rechazó muchos de sus fundamentos característicos. Él y sus seguidores, conocidos como los Remonstrantes, negaron el monergismo de Calvino (salvación determinista) y optaron por la interpretación de un Dios, que sin detrimento de su soberanía, se auto-limita, concediendo libre albedrío a las personas por medio de la gracia preventiva [previniente]. Dios permite que su gracia para la salvación sea resistida y rechazada, y determina salvar a todos los que no la rechazan, sino que la abrazan como su única esperanza para la vida eterna. La expiación de Cristo es de ámbito universal; Dios envió a Cristo para morir por los pecados de todas las personas. Pero la eficacia salvífica de la expiación se extiende sólo a aquellos que aceptan la cruz por la fe. El arminianismo confronta al monergismo con un sinergismo evangélico, que afirma una cooperación necesaria entre las agencias divina y humana en la salvación (aunque las coloca en planos totalmente diferentes). En la salvación, la gracia de Dios es el agente superior; el libre albedrío humano (la no resistencia) es el agente menor. Arminio, y sus seguidores fieles, reaccionaron al calvinismo rígido sin propagar ninguna nueva doctrina; se apoyaron en la patrística griega y en algunos luteranos. También fueron influenciados por el reformador católico Erasmo.

Cuando el calvinismo y el arminianismo se describen correctamente, sus diferencias deberían ser claramente obvias. El espacio entre ellos en muchos puntos es amplio y profundo. Se centra en los tres puntos (del medio) del famoso acróstico del  TULIP: 1. depravación total, 2. elección incondicional, 3. expiación limitada, 4. gracia irresistible y 5. perseverancia de los santos. En cuanto los arminianos aceptan la elección divina, sostienen que es condicional. Al paso que aceptan una forma de expiación limitada [lo contrario sería universalismo], rechazan la idea de que Dios haya enviado a Cristo para morir sólo por una porción de la humanidad.

La naturaleza de la expiación limitada está basada no sólo en la intención de Dios, sino en la respuesta humana. Sólo son salvos por Dios los que aceptan la gracia de la cruz; los que la rechazan y buscan salvación en otro lugar fallan en ser incluidos en ella, y esto por elección propia, con el desagrado de Dios. Mientras los arminianos abrazan la necesidad de la gracia sobrenatural para la salvación (como para cualquier bien espiritual, incluyendo la primera inclinación de la voluntad hacia Dios), niegan que Dios, de manera irresistible, doblegue la voluntad humana de manera que ellos son eficazmente salvados, independientemente de su propia respuesta espontánea (no autónoma).

Arminianismo y Calvinismo contrastados

Al principio del capítulo uno, yo admitía que el arminianismo y el calvinismo son términos discutidos. Nadie habla por todos los calvinistas acerca de todo, así como nadie habla por el arminianismo acerca de todos los asuntos. Por lo tanto, para apoyar mis descripciones concisas, apelo al ministro reformado y teólogo Edwin Palmer y al teólogo H. Orton Wiley, de la Iglesia del Nazareno. Describiendo el calvinismo clásico, Palmer escribió: “El arminiano enseña la elección condicional; donde el calvinista enseña una elección incondicional”, y “Esto es entonces una elección incondicional: la elección de Dios no descansa en nada de lo que el hombre haga”. [PALMER. Edwin. Los Cinco Puntos de Calvinismo. Grand Rapids: Baker, 1972. p.27, La presentación de Palmer del calvinismo es incisiva y, a veces, afirmada de manera austera. Sin embargo, no sólo fue pastor de iglesias reformadas, sino que también sirvió como profesor en el Westminster Theological Seminary, que es una institución calvinista ampliamente respetada. Su presentación del calvinismo es consistente con las primeras presentaciones dadas por los teólogos Archbald Alexander, Charles Hodge, A. A. Hodge y B. B. Warfield, todos de Princeton].

 Concerniente a la elección Wiley dijo:

“El arminianismo afirma que la predestinación es el propósito de la gracia de Dios de salvar a la humanidad de la completa ruina. No es un acto arbitrario e indiscriminado de Dios, intencionado para garantizar la salvación de cierto número de personas y nada más. Ella incluye, provisionalmente, a todos los hombres en su alcance, y está condicionada únicamente en la fe en Jesús”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.; Beacon Hill, 1941, v, 2, p. 337. Wiley confiaba fuertemente en los grandes teólogos arminianos del siglo XIX Richard Watson, William Burton Pope, Thomas Summers y John Miley. La teología de Wiley es completamente consistente con la de ellos y con el propio pensamiento de Arminio].

De acuerdo con Palmer, y el calvinismo clásico en general, la muerte expiatoria de Cristo fue suficiente para todo el mundo, incluyendo cada individuo que ya existió y que existirá, pero intencionada por Dios sólo para los elegidos. “La Biblia enseña innumerables y, repetidas veces que Dios no ama a todas las personas con el mismo amor”, y “la expiación de Cristo es limitada en su alcance ya que Cristo se propuso, y, de hecho, quitó la culpa de los pecados de un número limitado de personas – a saber, aquellos a quienes Dios amó con un amor especial desde la eternidad. La expiación de valor ilimitado está limitada a ciertas personas” [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids; Baker, 1972. p. 44, 42].

Wiley, hablando por todos los arminianos, escribió:

“La expiación es universal. Esto no significa que toda la humanidad será salva incondicionalmente, sino que la oferta sacrificial de Cristo hasta cierto grado satisfizo las reivindicaciones de la ley divina para hacer de la salvación una posibilidad para todos. La redención, por lo tanto, es universal o general en el sentido provisional, pero especial o condicional en su aplicación al individuo”.   [WILEY, op. cit., v. 2. p. 295].

El contraste puede no ser tan nítido como podríamos esperar, pues tanto los calvinistas como los arminianos creen que la expiación es tanto universal como limitada, pero en sentidos diferentes. De acuerdo con el calvinismo la expiación es universal en valor; es suficiente para salvar a todos. De acuerdo con el arminianismo ella es universal en intención; busca salvar a todos. De acuerdo con el calvinismo ella es limitada en el alcance, tiene la intención de salvar solo a los elegidos, y de hecho, los salva. De acuerdo con el arminianismo, es limitada en eficacia; ella, de hecho, salva únicamente a los que la aceptan por la fe.

Los arminianos creen que la descripción calvinista del alcance de la expiación es errada, no puede dejar de evitar limitar el amor de Dios, que contradice pasajes bíblicos tales como Juan 3.16, que los calvinistas deben interpretar como refiriéndose no a todo el mundo (es decir, todas las personas), sino a las personas de todas las tribus y naciones.  [PALMER, op. c., p. 45]. [Los arminianos generalmente encuentran esta limitación del alcance de la expiación para los elegidos, sorprendente a la luz del énfasis escriturístico en el amor de Dios por todo el mundo y en la muerte de Cristo en favor de toda la humanidad. El teólogo bautista Vernon Grounds, presidente durante mucho tiempo del Seminario de Denver, dice; “Una mera cadena de pasajes presenta el hecho, pues esto es un hecho, de que el propósito divino en Jesucristo abraza no un segmento de la familia humana, sino la raza en totalidad”, y “Se requiere una ingenuidad exegética, que no es nada más que una virtuosidad aprendida para vaciar estos textos de sus significados obvios; es necesario una ingenuidad exegética, bordeando el sofisma, para negar su explícita universalidad” (Grace Unlimited, Ed. Clark H. Pinnock, Minneapolis, Bethany House, 1975, pág. 26, 28)].

Los calvinistas temen que el énfasis arminiano en la universalidad de la expiación resulte inexorablemente en universalismo; si Cristo, en realidad, padeció por los pecados de todas las personas, ¿por qué alguien irá al infierno? ¿Todos no serían salvos por la muerte expiatoria de Cristo? ¿El infierno no sería un castigo redundante? Los arminianos responden que eso es exactamente lo que hace que el infierno sea trágico: él es absolutamente innecesario. La gente va allá no porque sus castigos no fueron sufridos por Cristo, sino porque rechazan la amnistía proporcionada por Cristo, por intermedio de la muerte sustitutiva de Cristo.

Esta es la forma en que Palmer explicó la gracia irresistible:

“Dios envía su Espíritu Santo para actuar en la vida de las personas de manera que, definitiva y ciertamente, serán cambiadas de personas malas para personas buenas. Es decir que el Espíritu Santo ciertamente – sin cualquier “y” o “si” o “pero” – hará que todos los que Dios escogió desde la eternidad y por quienes Cristo murió, crean en Jesús.”  [Ibid. p. 58].

Los calvinistas típicamente describen este proceso como “enderezar la voluntad”. En otras palabras, Dios no coacciona a nadie espiritualmente, pero hace que los elegidos deseen la gracia de Dios y que respondan a la iniciativa de Dios con alegría. Los arminianos sospechan que esto viola la relación entre Dios y el hombre, de suerte que los humanos se convierten en títeres en las manos de Dios. Ellos rechazan esto no porque valoren la autonomía humana (como muchos calvinistas piensan), sino porque valoran la naturaleza genuinamente personal de la relación entre Dios y el hombre. El amor que no es elegido libremente no parece ser amor genuino. Además, si Dios selecciona algunos para ser salvos incondicional e irresistiblemente, ¿por qué no escoge a todos? ¿Sobre qué fundamento y por qué razones Dios ignora algunos pecadores y tuerce las voluntades de otros para que respondan con fe? La naturaleza incondicional e irresistible de la gracia en el esquema calvinista parece arbitraria, si no caprichosa. En contraste, los arminianos defienden que la gracia de Dios es resistible:

“El arminianismo sostiene que la salvación es enteramente por gracia, que todo movimiento del alma hacia Dios es iniciado por la gracia divina; pero también reconoce, en un sentido verdadero, la cooperación de la voluntad humana, pues en última etapa, es el agente libre quien decide si la gracia ofrecida es aceptada o rechazada”.   [WILEY, H. Orton. Christian Theology. Kansas City, Mo.: Beacon Hill, 1941. v. 2, p. 356].

Y con todos los arminianos, Wiley argumenta que la gracia siempre puede ser resistida, incluso la gracia previniente – la gracia capacitadora que Dios proporciona antes de la salvación – que viene independiente del pedido o deseo humano. Una vez que aparece, siempre puede ser, y es frecuentemente, rechazada.

Es extremadamente importante revelar las diferencias reales entre el arminianismo y el calvinismo, y que las personas no queden encantadas por semejanzas ilusorias. Así como, tanto los arminianos como los calvinistas, creen en una expiación universal y limitada, pero en sentidos diferentes; ellos también creen que la gracia es irresistible y resistible, pero en sentidos diferentes. Los calvinistas creen que los réprobos, los que Dios eligió ignorar para la salvación, naturalmente resisten la gracia de Dios. Y los elegidos, los escogidos para la salvación y que son regenerados espiritualmente antes de la salvación, hallan la gracia de Dios irresistible y, por lo tanto, aceptan el evangelio.

De modo similar, los arminianos creen que las personas no tienen elección en relación a la gracia previniente; es irresistible en el sentido de que es un don de Dios que se da a todos. Pero la gracia previniente no doblega la voluntad, o coloca la libre agencia a un lado. En cuestiones espirituales, ella [la gracia previniente] crea el libre albedrío y la libre agencia, y por lo tanto los humanos pueden resistirse a ella una vez que la reciben. De nuevo, muchos puntos en común y una gran separación, yacen entre el calvinista y el arminiano.

En este momento, ya debe estar claro el por qué el calvinismo verdadero y el arminianismo verdadero no pueden ser combinados. Ninguna mezcla es posible a pesar de que no están en desacuerdo acerca de todo. En cuanto a estos tres asuntos indispensables, no es posible crear un puente entre ellos. Una vez que los términos son propiamente dilucidados, queda claro que, en lo que se refiere a la elección, expiación y gracia, el calvinismo y el arminianismo son considerablemente diferentes.

La imposibilidad del Calminianismo

Sin embargo, a pesar del acentuado contraste entre el calvinismo y el arminianismo en ciertos puntos doctrinales esenciales, muchas personas tratan de forzarlos en un híbrido: calminianismo. Los calvinistas clásicos y los arminianos clásicos concuerdan que tal híbrido es imposible. El autor calvinista W. Robert Godfrey, presidente del Seminario Teológico de Westminster de California, lo rechaza:

“Algunos intentan dividir la diferencia entre el arminianismo y el calvinismo. Dicen algo como: “Quiero ser un 75% calvinista y un 25% arminiano”. Si literalmente quieren decir esto, entonces son 100% arminianos, una vez que conceder cualquier lugar determinante a la voluntad humana es arminiano. Por lo general ellos quieren acentuar la gracia de Dios y la responsabilidad humana. Si esto es lo que quieren decir, entonces ellos pueden ser 100% calvinistas, pues el calvinismo, de hecho, enseña que la gracia de Dios es enteramente la causa de la salvación, y que el hombre es responsable ante Dios de oír y observar la llamada de arrepentimiento y fe.” [GODFREY, W. Robert. “Who Was Arminius?”, Modern Reformation, n. 1, 1992, p. 24]

Los arminianos clásicos consistentes concuerdan con Godfrey que su sistema de creencia es incompatible con el calvinismo, y defienden que la mayoría de las personas que se declaran a sí mismas calminianas, o 75 por ciento calvinistas y 25 por ciento arminianas son, de hecho, arminianas. Algunos son simplemente inconsistentes y deseosos de abrazar proposiciones contradictorias.

Algunos que buscan un híbrido de calvinismo y arminianismo lo hacen apelando hacia una unidad mayor de verdad, que trascienda nuestras percepciones finitas y limitadas al tiempo. Ellos perciben que la Biblia parece afirmar tanto la soberanía divina absoluta como la cooperación humana con Dios en la historia, y la salvación. El pasaje clásico que parece enseñar la paradoja de la gracia es Filipenses 2,12-13: “obrad vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el efectuar, según su buena voluntad” (KJV). Una ilustración común utilizada para soportar el argumento de que tanto el monergismo como el sinergismo son verdaderos (y no sólo contienen algún aspecto de la verdad) es el de dos rieles de tren que parecen unirse más allá del horizonte. ¡El problema con esta ilustración es que los rieles no se unen (convergen)!

Otra ilustración común es la placa imaginaria en la puerta de entrada del cielo que dice: “Quien quiera entre libremente”. Al otro lado de la placa, en el interior del cielo, el mismo cartel dice: “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo”. Ambas verdades se enseñan claramente en la Escritura. Pero Charles Spurgeon, predicador bautista británico, que probablemente fue el autor de la ilustración, quiso utilizarla para ilustrar el calvinismo. Y ella lo ilustra. Colocar “Porque ustedes fueron elegidos desde la fundación del mundo” en la placa del lado de dentro del cielo, implica elevar una verdad del calvinismo.

La verdad desnuda y cruda es que en ciertos puntos el calvinismo clásico y el arminianismo clásico simplemente discrepan entre sí, y que ningún puente uniendo los dos campos puede ser encontrado; no se puede crear ninguna combinación de los dos. El calvinismo puede ser visto como un medio término entre el fatalismo y el sinergismo. El arminianismo puede ser visto como un medio término entre el semipelagianismo y el calvinismo. Pero entre el calvinismo y el arminianismo no hay compatibilidad mutua.

La lógica siempre forzará a la persona a seguir un camino o el otro. Por supuesto, si no nos preocupamos con la lógica, entonces habitamos en una casa calminiana construida artificialmente sobre la arena. Pero ella será devastada por duras cuestiones de lógica y sentido común. ¿La elección de individuos para la salvación es condicional o incondicional? Si respondemos: “No sé”, ningún hibrido calminiano existe. Pero si respondemos: “Ambas”, ¿dónde está el medio término? ¿Cómo podemos, de manera lógica, combinar la elección incondicional con la condicional? Las mismas preguntas podrían ser hechas para la visión calminiana de la expiación y de la gracia.

¿Dios planeó que la muerte expiatoria de Cristo salvase a todos, o sólo a unos pocos? Si respondemos que Dios quiere salvar a todos, pero que sabe que sólo algunos serán salvos, ¡somos arminianos! Si respondemos que Dios quiere salvar sólo algunos, aunque su muerte sea suficiente para salvar a todos, ¡somos calvinistas! Casi todas las respuestas inteligentes del calminianismo para tales indagaciones acaban siendo calvinistas o arminianas.

¿La gracia salvífica es resistible o irresistible? ¿Es eficaz o puede ser rechazada? ¿Dónde está el término medio? Una vez que el calminiano comienza a definir y aplicar, él o ella inevitablemente revelarán colores calvinistas o arminianos.

Un intento bastante popular de trascender el calvinismo y el arminianismo es la de apelar a la alegada atemporalidad de Dios (o la eternidad de Dios por encima y más allá del tiempo). Algunos dicen que desde la perspectiva divina no hay conflicto entre predestinación y libre albedrío. (Claro, ¡los arminianos siempre argumentaron que no hay tal conflicto porque la predestinación es condicional!). Sin embargo, suponiendo que los que apelan a la atemporalidad de Dios quieren decir que la elección y la predestinación son ambas condicionales e incondicionales, ¿cómo la atemporalidad divina ayuda a aliviar la contradicción?

Lo mismo podría ser indagado acerca de la expiación y la gracia. La atemporalidad no ayuda, pues, incluso desde la perspectiva de un Dios atemporal, el decreto de salvar a algunas personas debe basarse o en una elección incondicional o en algo que Dios (atemporalmente) ve en ellos, tal como la no resistencia a la gracia. Ambos, los primeros seguidores del calvinismo clásico y del arminianismo clásico presumieron la atemporalidad divina, sin embargo, ninguno de los lados apeló a la atemporalidad de Dios como la solución, pues percibieron que el otro lado también podría apelar a la atemporalidad divina.

Aunque todos los momentos del tiempo están simultáneamente ante los ojos de Dios, la elección atemporal de Dios de algunos para ser salvos está basada en algo que Él ve en ellos, o que no ve. O la intención y propósito de Dios, en y por medio de la expiación, es salvar a todo hijo caído de la raza de Adán, o es salvar sólo algunos. O la gracia salvífica de Dios puede ser resistida, o no. Apelando a la dicotomía de tiempo y eternidad no se resuelve el problema, o crea un híbrido.

Por más duro que esto parezca a las personas que tienen la unidad en alta estima (principalmente entre cristianos), necesitamos lidiar con la responsabilidad de elegir entre el calvinismo y el arminianismo. Esto no significa escoger entre el cristianismo y otra cosa. Significa escoger entre dos interpretaciones bíblicas respetadas que coexisten dentro del cristianismo evangélico desde hace siglos. Para muchas personas esta elección presenta muy poco riesgo, pues la iglesia en la que se congregan permite que ambas perspectivas coexistan pacíficamente lado a lado. [Esto es verdad entre muchas iglesias bautistas así como iglesias enraizadas en la tradición pietista, tal como la Iglesia Evangélica Libre de América, cuyo lema es “En lo esencial unidad, en lo no esencial libertad, en todas las cosas caridad”. Tales iglesias generalmente relegan las creencias del monergismo y sinergismo al ámbito de no esenciales. Esto no significa que estos asuntos doctrinales no sean importantes, sino que no son la esencia del cristianismo]. Sin embargo, muchas denominaciones, de hecho, exigen cierta posición confesional en relación al monergismo y sinergismo para el liderazgo, si no para la membresía. [La Iglesia Cristiana Reformada (de América) y la Iglesia Presbiteriana de América son decididamente calvinistas, mientras que la Iglesia del Nazareno y la mayoría de las iglesias metodistas (incluyendo sus ramificaciones) son arminianas].

La enorme brecha entre el calvinismo y el arminianismo

¿El calvinismo y el arminianismo pueden probarse a sí mismos apelando únicamente a la Escritura? Sólo podemos desear que sí. Sin embargo, muchos calvinistas y arminianos astutos y convictos concuerdan que no es tan simple. Tanto el monergismo como el sinergismo pueden acumular listas impresionantes de pasajes escriturales de soporte y exégesis erudita, que refuerzan sus conclusiones. Después de veinticinco años estudiando este asunto, llegué a la conclusión de que apelar únicamente a la Escritura no puede probar que un lado tiene razón y que el otro está equivocado.

Cristianos sensatos y espiritualmente maduros exploraron la Biblia y llegaron a conclusiones radicalmente diferentes, acerca de la relación de la elección y libre albedrío y la resistencia a la expiación y a la gracia. En verdad, esto perdura desde hace siglos. ¿Sólo un lado honra la Escritura? No. De manera similar, así como los Demócratas y los Republicanos interpretan la Constitución de los Estados Unidos de manera diferente, ambos la honran en la medida que la interpretan de manera responsable.

Si apelando únicamente a la Biblia no resuelve nuestro problema, ¿qué lo resolverá? Dudo que pueda ser resuelto por el argumento o el diálogo. Él es ampliamente una cuestión de aquel misterio llamado: perspectiva. Los filósofos lo llaman “blik” (una interpretación de nuestra experiencia cuya veracidad o falsedad no pueden probarse). Es una forma básica de ver la realidad. Vemos el mundo de tal y tal manera, aunque no haya pruebas. Piense en el famoso diseño que se puede ver tanto como pato como conejo. Algunas personas instantáneamente ven un conejo, pero no el pato, pero otras ven el pato, y no el conejo. Nadie ve los dos animales al mismo tiempo, y ver al otro (aparte de aquel que había visto primero) es una cuestión de cambio de perspectiva, y no de persuadirse a ver “otra cosa”. Así es con el calvinismo y el arminianismo. A pesar de las quejas y murmuraciones de los extremistas de ambos lados, que parecen creer que los adeptos de la otra teología están actuando de mala fe; las personas de buena fe igualmente pueden escoger lados distintos. ¿Por qué? Porque cuando éstos leen la Biblia, encuentran a Dios identificado de una manera u otra. En el fondo de estas diferencias doctrinarias yace una perspectiva  diferente, acerca de la identidad de Dios, basada en la auto-revelación de Dios en Jesucristo y en la Escritura, que colorean el resto de la Biblia. Toda la Escritura presenta el aspecto del monergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como regente soberano, o toda la Escritura presenta el aspecto del sinergismo, pues toda la Escritura revela a Dios, en primer lugar, como padre celestial amoroso y compasivo. Esta epistemología de “ver cómo” (perspectiva) no pasa por alto a la Escritura, pero revela patrones percibidos de ella. [No estoy sugiriendo un relativismo de la revelación tal, que la Escritura no signifique nada en particular. Mi propia visión es que el monergismo no es la interpretación correcta de la revelación de Dios en la Escritura, y puedo ver cómo los monergistas llegan a su entendimiento equivocado. Pero es solamente al “andar dentro” de la perspectiva de ellos, en lo mejor que yo pueda hacerlo, y ver la Escritura como ellos la ven, que revela un patrón diferente. Sin embargo, yo creo que mi perspectiva está más cerca de la verdad].

Aunque la exégesis bíblica sola no puede probar el calvinismo ni el arminianismo, la exégesis bíblicamente correcta refuerza cada sistema de teología. La Escritura es el material que proporciona el patrón (gestalt) que forma la perspectiva (blik) que controla la interpretación de pasajes individuales. Esto explica por qué las personas son calvinistas o arminianas, cuando falta una prueba exegética clara e inequívoca para cada sistema. Ambos sistemas ven a Dios como identificado por toda la Escritura (visión sintética) de cierta manera.

Otra cuestión que complica la elección entre el calvinismo y el arminianismo es que ambos sistemas contienen problemas muy difíciles, si no insuperables. Los dos se esfuerzan mucho para explicar grandes porciones de la Escritura; los dos necesitan admitir los misterios que bordean las contradicciones dentro de sus sistemas. Edwin Palmer expresó más fuertemente que la mayoría de los calvinistas un problema en su sistema de creencias. Dios, admitió él, predetermina todo y, por lo tanto, predetermina incluso el pecado y el mal, sin embargo, solamente los humanos son culpados por hacer aquello que no pueden evitar. [PALMER, Edwin. The Five Points of Calvinism. Grand Rapids: Baker, 1972. p. 85] “Él [el calvinista] percibe que lo que él aboga es ridículo… El calvinista libremente admite que su posición es ilógica, ridícula, insensata y tonta” Y, sin embargo, como la mayoría de los calvinistas, Palmer alegó que “esta cuestión secreta pertenece al Señor nuestro Dios y debemos dejar las cosas como están. No debemos investigar el consejo secreto de Dios”. [Ibid. p. 85, 87].

Muchos calvinistas se sentirán constreñidos con la admisión de Palmer acerca del misterio incorporado a la creencia calvinista. Ella es un poco extrema, principalmente para los calvinistas que se preocupan por la lógica. Pero casi todos los calvinistas concuerdan que hay puntos, como éste, donde el calvinismo se enfrenta al misterio y que no puede dar una solución racionalmente satisfactoria. Los arminianos circunspectos, similarmente, reconocen las dificultades de lógica y problemas dentro de su propio sistema de creencia. ¿Quién puede explicar cómo la libre agencia es la habilidad de hacer algo diferente de lo que alguien, de hecho, hace? El libre albedrío no es un problema en el calvinismo, ya que es negado o se explica de tal manera que es despojado de todo su misterio.

Pero todos los arminianos clásicos creen en un libre albedrío libertario, que es una elección auto-determinante; y él es incompatible con la determinación de cualquier tipo. Esto parece equivaler a una creencia de un efecto sin causa – la libre elección de la persona de ser o hacer algo sin antecedente. Buridan, un filósofo cínico medieval, despotricó de tal libre albedrío, sugiriendo que una mula que él poseía moriría de hambre aunque dos cuencos llenos de comida fuesen colocados delante de ella, ¡pues nada la inclinaba a comer de un cuenco o del otro! Los arminianos no son persuadidos por tales argumentos, ellos saben que la mula hambrienta escogería libremente comer de un cuenco o de otro [sin esperar un impulso divino]. Pero dejando los sofismas de lado, los arminianos saben que su creencia en la libertad libertaria es un misterio (no una contradicción).

La cuestión aquí es que ambos lados (y tal vez todos los sistemas teológicos importantes) implican misterios, y al hacer sus sistemas teológicos perfectamente inteligibles, el misterio es un problema. Irónicamente, ambos lados tienden a apuntar la debilidad del otro al apelar al misterio, sin admitir su propio misterio. Cada lado apunta a la pequeña paja en el ojo del otro, ¡mientras que ignora la paja del mismo tamaño (¿o viga?) en su propio ojo! Así, parece que las personas no son calvinistas o arminianas porque un lado logró probar estar en lo correcto, sino porque estas personas encuentran un conjunto de misterios (o problemas) con el cual es más fácil de convivir, que con el otro. Por supuesto, los partidarios de ambos grupos apuntan a pasajes bíblicos de soporte y experiencias (tal como ser adoptado por Dios aparte de una conciencia de elección). Pero, al final, ningún lado puede completamente derrotar al otro, o demostrar de manera concluyente su propio sistema. El filósofo Jerry Walls magistralmente enfatiza esto:

“Observen que tanto los calvinistas como los teólogos del libre albedrío [Arminianos] llegan, por fin, a un punto donde explicaciones adicionales son imposibles. Ambos llegan al límite de la elección inexplicable. El teólogo del libre albedrío no puede explicar plenamente porque algunos escogen a Cristo mientras otros no. El calvinista no consigue decirnos por qué, o sobre qué base, Dios elige algunos para la salvación e ignora a otros”  [WALLS, Jerry. “The Free Will Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1983. p. 25].

Ambos, entonces, enfrentan dificultades insuperables al explicar ciertas características de sus sistemas, y deben admitirlo. Sin embargo, los dos sistemas permanecen dentro de la cristiandad protestante con igual sinceridad en relación a la Escritura, igual valor exegético, igual  apelación histórica, e igual compromiso con la ortodoxia cristiana fundamental. Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Por qué ser un calvinista o un arminiano? En el fondo algunos cristianos son calvinistas porque cuando leen la Biblia (y tal vez examinen su propia experiencia) ven a Dios como todopoderoso, supremamente glorioso, absolutamente soberano y como la realidad totalmente determinante. Esto es el “blik” de ellos, la visión sintética que guía la hermenéutica de pasajes individuales. El gran teólogo puritano Jonathan Edwards era obsesionado con esta visión de Dios, y ella guiaba toda su teología. Otros cristianos son arminianos porque cuando leen la Biblia (y quizá examinen su propia experiencia) ven a Dios como supremamente bondadoso, amable, misericordioso, compasivo, y el Padre benevolente de toda la creación, que desea lo mejor para todos. Esta visión de Dios guio la teología del gran hombre de Avivamiento Juan Wesley, que fue contemporáneo de Edwards. Por supuesto, ambos lados reconocen algunas verdades en la perspectiva del otro; los calvinistas reconocen a Dios como amable y misericordioso (principalmente en relación a los elegidos), y los arminianos reconocen a Dios como todopoderoso y soberano. Ambos creen que Dios es supremamente grande y bueno. Pero un lado comienza con la grandeza de Dios y condiciona la bondad de Dios a la luz de la grandeza; el otro lado comienza con la bondad de Dios y condiciona la grandeza de Dios a la luz de la bondad. Cada lado tiene su “blik”, que determina ampliamente cómo interpretan la Escritura. El teólogo arminiano Fritz Guy expresa el “blik” controlador arminiano sin rodeos: “En el carácter de Dios el amor es más fundamental que el control” [GUY, Fritz, “The Universality of God’s Love”. in The Grace of God, The Will of Man, Ed. Clark H. Pinnock. Grand Rapids: Zondervan, 1989. p. 33]. Esta perspectiva básica acerca de Dios resuena en toda la literatura arminiana. Al escribir sobre la creencia calvinista en la reprobación incondicional (que Dios ignora a algunos y escoge otros para la salvación incondicionalmente), Juan Wesley fue extremadamente honesto: “Sea lo que sea que la Escritura diga, ella jamás puede significar eso (la Reprobación)” [John Wesley, citado en Ibid., p.266. Extraído del sermón “Gracia Libre”, de Juan Wesley]. Tenga en cuenta que Wesley no dijo eso por estar encantado con alguna norma extra-bíblica que tenga más importancia que la propia Biblia. Por el contrario, él era guiado por una visión impuesta por la propia Escritura, que imposibilita ciertas interpretaciones del texto. [N.T. En la visión wesleyana, es imposible interpretar en la Biblia que Dios predestine incondicionalmente al infierno a sus criaturas].

Contrariamente a la creencia popular, entonces, el verdadero factor divisor en el centro del debate del calvinismo/Arminianismo no es la predestinación frente al libre albedrío, sino la figura guía de Dios: Él es visto primeramente como (1) majestuoso, poderoso y controlador;  o (2) amable, bueno y misericordioso. Una vez que esta figura (blik) esté establecida, aspectos aparentemente contrarios son relegados al segundo plano, son colocados de lado como “oscuros” o son artificialmente manipulados para que encajen en el sistema. Ningún lado niega absolutamente la verdad desde la perspectiva del otro; pero cada uno califica los atributos de Dios que son preeminentes en la perspectiva del otro. La bondad de Dios, en el calvinismo, es calificada por su grandeza; y la grandeza de Dios, en el arminianismo, es calificada por su bondad.

Los arminianos pueden vivir con los problemas del arminianismo más cómodamente que con los problemas del calvinismo. Determinismo e indeterminismo no pueden ser combinados; debemos elegir uno u otro. En la realidad última y final de las cosas, o las personas poseen cierto nivel de autodeterminación o no la poseen. El calvinismo es una forma de determinismo. Los arminianos escogen ampliamente el indeterminismo porque el determinismo parece incompatible con la bondad de Dios y con la naturaleza de las relaciones personales, que incluye la naturaleza misma de la salvación. Los arminianos concuerdan con Arminio, que acentuó que “la gracia de Dios no es cierta fuerza irresistible […] es una Persona, el Espíritu Santo, y en relaciones personales no puede haber la subyugación de una persona por otra” [CAMERON, Charles M. “Arminius – Hero or Heretic?” Evangelical Quartely, n. 3, v. 64, 1192. p. 225.].

Y Wesley preguntó acerca de la elección incondicional (y reprobación incondicional): “Ahora, ¿qué puede, por ventura, ser una contradicción más clara que ésta; no solamente para toda la extensión y tendencia general de la Escritura, sino también para aquellos textos específicos que expresamente declaran: ‘Dios es amor’?” [WESLEY, John. “Free Grace”, in The Works of John Wesley, v. 3, Sermón 3. Ed. Albert C. Outer. Nashville: Abingdon, 1986. p. 552].

Jerry Walls, filósofo wesleyano contemporáneo, sostiene que es simplemente imposible, de cualquier forma, reconciliar la bondad de Dios con el determinismo divino, incluyendo el calvinismo. Él subraya que para Wesley (y para todos los arminianos) “es impensable que tanto mal abunde si Dios determinó todas las elecciones humanas”. [WALLS, Jerry. “The Free WilI Defense, Calvinism, Wesley, and The Goodness of God”, Christian Scholar’s Review, n. 13, v. 1, 1 983. p. 28].

Walls resalta que la intuición moral, así como la Escritura, nos informa que la cantidad y la intensidad del mal en el mundo son simplemente incompatibles con la bondad de Dios, si Dios es la realidad todo-determinante. Pero aún más importante, si es Dios quien únicamente determina la salvación, y no salva a todos o ignora las elecciones libres humanas al salvar, la bondad de Dios es simplemente inexplicable y, por lo tanto, debatible. Dios entonces se vuelve moralmente ambiguo. Este es el problema arminiano con el calvinismo, es un problema con el que los arminianos no pueden vivir.

El gran divisor entre el calvinismo y el arminianismo, entonces, está en las diferentes perspectivas concernientes a la identidad de Dios en la revelación. El determinismo divino crea un problema en el carácter de Dios y en la relación divino-humana, problemas con los cuales los arminianos simplemente no pueden vivir. En virtud de su visión de Dios, que es quien ejerce el control con bondad, son incapaces de afirmar la reprobación incondicional (que es la inevitable consecuencia de la elección incondicional), pues hace que Dios sea, en el mejor de los casos, moralmente ambiguo. [Entiendo totalmente  que muchos calvinistas afirmen creer sólo en una “única predestinación”. Es decir, ellos dicen que la predestinación es sólo para la salvación y que nadie es predestinado por Dios para la reprobación. Sin embargo, si el calvinista niega el universalismo, como la mayoría niega: ¿Cómo es posible negar un decreto divino de reprobación y, por lo tanto, la doble predestinación? Aunque Dios sólo “ignore” o “no tome conocimiento” de algunos, este es el equivalente a predestinarlos a la perdición.  El autor calvinista R. C. Sproul deja este punto bastante claro en Chosen by God. Wheaton, III; Tyndale House, 1986, p. 139-60]. La negación del determinismo divino en la salvación, conduce inexorablemente al arminianismo.

La naturaleza del libre-albedrío es otro punto divergente entre el calvinismo y el arminianismo, y donde un medio término no es posible. En virtud de su visión de Dios como bueno (clemente, benevolente, misericordioso), los arminianos afirman el libre albedrío libertario. (Los filósofos lo llaman libre albedrío incompatibilista, pues no es compatible con el determinismo). Cuando un agente (un humano o Dios) actúa libremente en el sentido libertario, nada fuera del ser (incluyendo realidades físicas dentro del cuerpo) causa la acción; el intelecto o carácter solamente domina la voluntad y la hace ir hacia un lado u otro. Deliberación, y entonces elección,  son los únicos factores determinantes; aunque factores tales como la naturaleza y la creación, e influencias divinas entran en juego. Los arminianos no creen en libre albedrío absoluto; el albedrío es siempre influenciado y situado dentro de un contexto. Dios mismo es guiado por su naturaleza y carácter al tomar decisiones. Pero los arminianos niegan que las decisiones y acciones de las criaturas sean controladas [predeterminadas] por Dios, o cualquier fuerza fuera del ser.

Los calvinistas, por otro lado, creen en el libre albedrío compatible (en la medida en que hablan de libre albedrío). El libre albedrío, ellos creen, es compatible con el determinismo. Este es el único sentido de libre albedrío que es consistente con la visión calvinista de Dios como la realidad todo-determinante. En el libre albedrío compatible, las personas son libres mientras  pueden hacer lo que desean hacer -incluso si Dios está determinando sus deseos. Es por eso que los calvinistas pueden afirmar que las personas pecan voluntariamente y son, por lo tanto, responsables de sus pecados – aunque ellas no puedan hacer lo contrario. De acuerdo con el calvinismo, Dios pre-ordenó la Caída de Adán y Eva, y la hizo cierta (aunque sólo por un permiso eficaz) al retirar la gracia necesaria para impedirles pecar. Y, sin embargo, ellos pecaron voluntariamente. Ellos hicieron lo que querían hacer, incluso siendo incapaces de hacer lo contrario. Esta es la típica descripción calvinista del libre albedrío. [Ver PETERSON, Robert A.; WILLIAMS. Michael D. Why I Am Not An Arminian p. 136-61. Esto no significa que ésta sea la única descripción calvinista de libre albedrío; muchos calvinistas siguen al propio Calvino en simplemente negar el libre albedrío.].

Una vez más es difícil ver cómo, un híbrido de estas dos visiones de libre albedrío, podría ser creado. ¿Las personas podrían libremente haber elegido hacer algo diferente, de lo que ellas realmente hicieron? Algunos calvinistas (como Jonathan Edwards) concuerdan con los arminianos en que la gente tiene la habilidad natural de hacer lo contrario (por ejemplo, evitar pecar). Pero, ¿y la habilidad moral? Los arminianos concuerdan con los calvinistas que, aparte de la gracia de Dios, todos los humanos caídos eligen pecar; sus voluntades están propensas a pecar por el pecado original, manifestándose a sí mismo como depravación total. Sin embargo, los arminianos no llaman a esto: libre albedrío, pues estas personas no pueden hacer lo contrario (¡excepto en términos de decidir qué pecado cometer!). Desde la perspectiva arminiana, la gracia preventiva restaura el libre albedrío de manera que los humanos, por primera vez, tienen la habilidad de hacer lo contrario – a saber, responder en fe a la gracia de Dios o resistirla en no arrepentimiento e incredulidad. En el momento de la llamada de Dios, los pecadores, bajo la influencia de la gracia previniente, tienen el libre albedrío genuino como un don de Dios; por primera vez ellos pueden libremente decir sí o no a Dios. Nada fuera del ser determina cómo responder. Los calvinistas dicen que los humanos jamás tienen la habilidad en asuntos espirituales (y posiblemente en ningún asunto), que las personas siempre hacen lo que desean hacer, y Dios es quien definitivamente decide los deseos humanos, aun cuando se trata de pecado pues Dios (dicen ellos) opera por intermedio de causas secundarias y nunca hace directamente que alguien peque. Estas dos visiones son incompatibles.

Para el arminiano, el libre albedrío compatible no es libre albedrío de ninguna manera. Para el calvinista, el libre albedrío incompatibilista es un mito; él simplemente no puede existir porque ello equivaldría a un efecto sin causa, lo que es un absurdo. [La clásica crítica calvinista del libre albedrío libertario se encuentra en el tratado de Jonathan Edwards, “Libertad de la Voluntad”. Si el lector se está preguntando si el así llamado conocimiento medio proporciona un término medio, algo necesita ser dicho acerca de esto aquí. El conocimiento medio sería el conocimiento de Dios de lo que las criaturas libres harían, libremente en cualquier conjunto de circunstancias. Pero los que creen en el conocimiento medio normalmente afirman el libre albedrío libertario. La cuestión de si ellos harían lo contrario todavía está abierta, incluso en el caso del conocimiento medio, que es afirmado por aquellos que creen que él no es determinante].

Cuando se trata de decidir el resistir, o el aceptar la gracia salvífica ofrecida por Dios, las decisiones y elecciones de las personas o se determinan o no. Decir que ellas no son determinadas, sino solamente influenciadas no produce un híbrido; es arminianismo clásico. [Para un examen completo y detallado del propio concepto de Arminio del libre-arbitrio, ver, William Gene Witt, Creation, Redemption y Grace in the Theology de Jacobus Arminius. Universidad de Notre Dame, 1993. Disertación de Doctorado, pp. 418-30. De acuerdo con Witt, el concepto de Arminio de libre albedrío era el mismo que de Tomás de Aquino. Y no el mismo libre albedrío autónomo de la Ilustración, pues él [el de Arminio-Aquino] tiene un cimiento sobrenatural y siempre está orientado hacia el bien aunque, en virtud de la corrupción del pecado, él tenga una percepción caída del bien y, en consecuencia, se aparta del verdadero bien hasta que la gracia previniente de Dios interviene. Por lo tanto, no es libre agencia absoluta y autónoma, sino libre albedrío situado teológicamente – y no en el humanismo de la Ilustración].

Decir que ellas -las decisiones del hombre- son determinadas, pero libres, (como afirma el calvinismo) requiere explicaciones adicionales. Decir que están bajo tal influencia poderosa de la gracia, y que no podrían hacer otra cosa más que adecuarse a la voluntad de Dios, no es medio término; es el calvinismo clásico.

Sin híbrido, pero con puntos en común

En varios asuntos esenciales relacionados con la soteriología, por lo tanto, un medio término o híbrido entre el calvinismo y el arminianismo no es posible. El calminianismo sólo puede ser defendido en un desafío a la razón; y por lo tanto, todo calminianismo termina siendo una forma disfrazada de calvinismo o arminianismo, o se desplaza inexorablemente hacia un lado o hacia el otro. Muchas personas afirman ser “calvinistas de cuatro puntos”, lo que generalmente quiere decir que concuerdan con la depravación total, la elección incondicional, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos, pero rechazan la expiación limitada. Cuando presionados, sin embargo, tales calvinistas de cuatro puntos, a menudo, parecen haber entendido mal la idea calvinista de expiación limitada, y cuando se les explica correctamente (por ejemplo, universal en suficiencia, pero limitada en extensión para únicamente los elegidos), la abrazan. Algunas dudas existen de si el propio Calvino creía en la expiación limitada, pero parece ser parte integrante del sistema calvinista. ¿Por qué Dios querría que Cristo sufriese para expiar la culpa de aquellos que Dios ya había determinado que no serían salvos?

Algunos arminianos se llaman a sí mismos “calvinistas de dos puntos”, principalmente si viven, trabajan o se congregan en contextos donde la teología reformada es considerada la norma de evangelicalismo. Lo que generalmente quieren decir con esto es que ellos afirman la depravación total, y la perseverancia de los santos. (Esto es principalmente común entre los bautistas). Sin embargo, al rechazar la elección incondicional, la expiación limitada y la gracia irresistible demuestran que son, de hecho, arminianos y ni de cerca calvinistas. Sin embargo, pueden considerarse, correctamente, parte de la tradición reformada más amplia.

Habiendo argumentado aquí, que el calvinismo y el arminianismo son sistemas incompatibles y que imposibilitan una hibridación. No quiero que los lectores olviden que los dos sistemas tienen mucho en común. Ambos afirman la soberanía divina, aunque de maneras y en niveles diferentes; ambos abrazan la necesidad absoluta de la gracia para cualquier cosa verdaderamente buena en la vida humana. Ambos creen que la salvación es un don gratuito de Dios, que sólo puede ser recibido por la fe aparte de obras meritorias de rectitud. Ambos niegan cualquier habilidad humana, para iniciar una relación con Dios al ejercer una buena voluntad para Dios. Ambos afirman la iniciativa divina de la fe (un término técnico para el primer paso en la salvación). En una palabra, ambos son protestantes. Esto es intensamente cuestionado por críticos calvinistas hostiles al arminianismo, pero en todo el resto de este libro yo demostraré que la teología arminiana clásica es una forma legítima de la ortodoxia protestante, y por lo tanto, el arminianismo comparte un vasto campo en común con el calvinismo clásico.

…•…

 Libro: Teología Arminiana, Mitos y Realidades

Autor: Roger E. Olson

Traducción: Gabriel E. LLugdar – Diarios de Avivamientos 2018 – sin fines de lucro

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Jonathan Goforth – Cuando el avivamiento llegó a China

“De todos los misioneros que sirvieron en el Oriente durante el siglo diecinueve y principios del veinte, ninguno vio una mayor respuesta inmediata a su ministerio personal que Jonathan Goforth.

Según J. Herbert Kane, él fue “el evangelista más extraordinario de China”. Ese país fue el centro de operaciones de Goforth, pero también ministró en Corea y Manchuria. Por dondequiera que viajaba había avivamientos.

Goforth nació en el occidente de Ontario en 1859, el séptimo de una familia de once hijos. Se convirtió a la edad de dieciocho años, y se dedicó al servicio del Señor después de leer las Memorias de Robert Murray M’Cheyne. Fue llamado por Dios al servicio misionero cuando se sintió conmovido por el mensaje del doctor George J. Mackay, un misionero veterano de Formosa.

Mackay había viajado “durante dos años… por todo Canadá tratando de persuadir a algunos jóvenes a ir a Formosa” pero, como le decía a su auditorio, todos sus viajes habían sido en vano. El tendría que volver a Formosa sin una persona que continuara la obra que él había comenzado. El mensaje de Mackay llegó a la conciencia del joven Goforth: “Al escuchar estas palabras, me dominaba la vergüenza… A partir de esa hora me convertí en misionero.”

A fin de prepararse para el ministerio, asistió Goforth a la Universidad de Knox, donde esperaba hallar buena comunión cristiana e intelectuales bíblicos entusiastas. Pero, el ingenuo muchacho campesino, vestido con ropa confeccionada en casa, se encontró solo, en su dedicación al Señor y en su celo por las misiones. Los demás estudiantes se burlaban de él, y mucho más cuando comenzó a ayudar en las misiones de rescate. Con el correr del tiempo cambiaron las actitudes, y cuando se graduó ya era uno de los estudiantes más respetados de la universidad.
Mientras estaba activo en una obra misionera urbana en 1885, Goforth conoció a Rosalinda Smith, una talentosa estudiante de arte que no parecía buena candidata para esposa de misionero. Rosalinda no se fijo en “la mala apariencia de la ropa de él” sino en su gran capacidad como siervo de Dios. Para ella, el suyo fue un amor a primera vista: “Todo ocurrió en pocos momentos, pero mientras yo estaba sentada allí, me dije: ¡Ese es el hombre con el que me gustaría casarme!”

En ese mismo año se comprometieron. En esa ocasión hizo Rosalinda el primer sacrificio de los muchos que tendría que hacer el resto de su vida como esposa de Jonatán Goforth. Sus deseos de un anillo de compromiso se desvanecieron cuando él le dijo que el dinero se invertiría más bien en literatura cristiana.
Después de su graduación en Knox, Goforth solicitó su ingreso en la Misión del Interior de la China. Su iglesia, la Iglesia Presbiteriana del Canadá, no tenía obra misionera en ese país. Antes de recibir la respuesta de la CMI, los estudiantes presbiterianos de Knox respaldaron su causa. Se comprometieron a recaudar fondos para enviar a los Goforth a China. Antes de salir para Asia, Goforth viajó por Canadá para hablar acerca de las misiones. Sus mensajes eran poderosos y por dondequiera que iba veía vidas transformadas. El testimonio de un graduado de la Universidad de Knox con respecto a Goforth, es un buen ejemplo:

“Iba yo a Toronto a la reunión de ex alumnos de la Universidad de Knox. Quería hacer todo lo posible para frustrar el plan loco de que hablaban los estudiantes de la universidad, es decir, el de comenzar una misión en la China Central. También me pasó por la mente que necesitaba yo un nuevo abrigo; el viejo se veía mal. Entonces pensé que en mi viaje a Toronto mataría dos pájaros de un tiro. Ayudaría a desbaratar el plan y me compraría el abrigo. Pero el orador cambió por completo mis planes. Logró que me entusiasmara por las misiones como nunca antes lo había hecho. ¡El dinero que tenía reservado para comprarme el abrigo nuevo fue a parar al fondo misionero!”

En 1888 los Goforth fueron a China, a la provincia de Honan, donde pasaron muchas dificultades y separaciones. Los dos sufrieron frecuentes enfermedades, y cinco de sus once niños murieron allí. Perdieron muchas posesiones por causa del fuego, las inundaciones y los robos, y en varias ocasiones la vida de ellos estuvo en peligro también. La prueba más terrible que afrontaron fue su huida, por una distancia de 1.600 kilómetros, para buscar refugio en la costa durante la rebelión de los Boxers en 1900. A pesar de todo ello, nunca disminuyó su visión por la salvación de las almas perdidas de China.

Desde sus primeros años en China, Goforth fue conocido como un poderoso evangelista. Algunas veces habló a multitudes de más de 25.000 personas. Su mensaje era sencillo: “Jesucristo crucificado.” A principios de su ministerio otro misionero le aconsejó que no “mencionara el nombre de Jesús la primera vez que le predicara a un grupo de paganos”, porque ellos tenían “prejuicios contra el nombre de Jesús”. Goforth no siguió ese consejo. El método directo era el único que el conocía.
Los esfuerzos de los Goforth para alcanzar a los chinos no seguían las normas misioneras generales, en especial su evangelismo de “casa abierta”. Su casa, de diseño interior y muebles al estilo europeo (entre los que se incluían una estufa, una máquina de coser y un órgano), despertaba la curiosidad de los chinos. Los Goforth limitaban su vida privada y usaban su casa como medio para hacer amigos y para comunicarse con la gente de la provincia. Venían visitantes de muchos kilómetros a la redonda. Una vez vinieron más de 2.000 en un solo día y visitaron la casa por grupitos. Antes de comenzar cada gira, Goforth daba un mensaje del evangelio. Algunas veces los visitantes se quedaban después de la gira para oír más. El predicaba un promedio de ocho horas diarias. En el lapso de cinco meses, unas 25.000 personas vinieron a visitarlos. Rosalinda ministraba a las mujeres, las cuales se reunían en el patio, algunas veces en grupos de cincuenta. Este tipo de evangelismo preparó el camino para el futuro ministerio de los Goforth, cuando viajaban de pueblo en pueblo en reuniones de avivamiento. No todos sus colegas estaban de acuerdo con ellos: “Tal vez algunos piensen que recibir visitantes no sea una verdadera misión, pero yo creo que sí lo es. Yo hago amigos primero y cosecho los resultados después cuando salgo a las aldeas a predicar. A menudo las personas de una aldea se reúnen a mi alrededor y me dicen: ‘Estuvimos en su hogar y usted nos mostró su casa y nos trató como amigos.’ Entonces casi siempre me traen una silla, una mesa en que pueda yo poner mi Biblia, y té.”

La rebelión de los Boxers de 1900 interrumpió la obra misionera de los Goforth. Cuando regresaron a China, la vida familiar de ellos cambió por completo para ajustarse al nuevo plan de Goforth de tener un amplio ministerio itinerante. Había concebido esa idea antes que Rosalinda volviera de Canadá. Poco después de su llegada, le presentó el plan: “Mi plan consiste en que uno de mis ayudantes alquile un lugar apropiado en un centro grande, para nuestra vivienda. Nosotros nos quedamos un mes en ese centro mientras llevamos a cabo una evangelización intensa. Saldré con mis ayudantes a las aldeas y a las calles durante el día, mientras tú recibes a las mujeres y les predicas en el patio. Por las noches tendremos un culto unido, tú tocarás el órgano y cantaremos muchos himnos. Al terminarse el mes dejaremos un evangelista para que enseñe a los nuevos creyentes, mientras nosotros vamos a otro lugar a iniciar la obra del mismo modo. Después de abrir muchos lugares para el evangelio, volveremos a visitarlos una o dos veces al año.”

Mientras Rosalinda lo escuchaba, “el corazón se le puso como de plomo”. La idea en sí era muy buena, pero no para un hombre con familia. Se corría el riesgo de exponer a los niños a las enfermedades infecciosas que abundaban en las aldeas. No podía olvidarse de las “tumbas de los cuatro niños” que ya habían dejado en suelo chino.

Aunque Rosalinda se opuso al plan al principio, Goforth siguió adelante con este, convencido de que era la voluntad de Dios. Aun cuando Rosalinda daba todo su apoyo a la consagración de su esposo al Señor, también, como es natural, se preocupaba a veces por la poca atención que les daba a ella y a los niños. Por supuesto, la voluntad de Dios era primero, pero ¿tenía esta que estar en conflicto con lo que le convenía más a la familia? Como esposa nunca dudó del amor de él; pero en ocasiones no se sentía muy segura de su situación. Antes de marcharse a Canadá con los niños, en 1908, puso a prueba la dedicación de él: “Supongamos que en mi ausencia sufriera yo de una enfermedad incurable y me dieran sólo unos pocos meses de vida. Si te pidiéramos que fueras, ¿irías?” Era obvio que Goforth no quería contestar la pregunta. Un rotundo “no” hubiera sido muy devastador.

Rosalinda persistió hasta que él le respondió con otra pregunta: “Supongamos que nuestro país estuviera en guerra con otra nación, y que yo fuera un oficial británico al mando de una unidad importante. Como comandante, la victoria o la derrota dependería mucho de mí. En ese caso, ¿se me permitiría dejar mi puesto para responder al llamado de mi familia en mi patria, aunque fuera lo que tú sugieres?” ¿Qué podía contestar ella? No le quedó otra alternativa que responder con tristeza: “No”.

El ministerio ambulante que Goforth comenzó en los primeros años del siglo veinte fue un punto de apoyo para impulsar los grandes avivamientos que condujo en los años siguientes. Su ministerio de avivamientos comenzó en 1907 cuando otro misionero y él realizaron una gira por Corea. Ellos dieron inicio al movimiento de avivamiento que tuvo lugar en las iglesias de allí. Esto produjo “un asombroso aumento en conversiones” y el fortalecimiento de las iglesias y escuelas locales. De Corea pasaron a Manchuria “con el corazón lleno de entusiasmo por lo que habían visto”, y también hubo poderosos avivamientos allí. Según su esposa “Jonatán Goforth fue a Manchuria como un misionero desconocido. Retornó unas semanas después como alguien conocido por todo el mundo cristiano.”

Debido a los viajes de Goforth por China en los años siguientes, su ministerio de avivamiento se multiplicó. Algunos de sus colegas y patrocinadores en Canadá se preocupaban por su celo evangelístico. Les incomodaba oír los informes de gente que confesaba sus pecados con abundantes lágrimas, y del derramamiento del Espíritu Santo. Algunos decían que ese movimiento no era más que “fanatismo” y “pentecostalismo”.
Goforth no le prestó atención a las críticas y siguió predicando. Uno de los hechos más extraordinarios de su ministerio de avivamiento ocurrió en 1918. Tuvo una campaña de dos semanas con unos soldados chinos comandados por el general cristiano Feng Yu-Hsiang. La aceptación fue grandiosa y al final da la campaña casi 5.000 soldados y oficiales participaron de la Santa Cena.

Con los éxitos, Goforth también tuvo sus fracasos y problemas. Al comenzar su ministerio confrontó “un peligro que amenaza con absorber nuestra nueva iglesia de Honan del Norte… una invasión romanista.” ¡Los católicos romanos parecían ir siguiendo sus pisadas! y en un pueblo “ganaron a casi todos los ‘simpatizantes’ del evangelio … y destruyeron así, en una semana, la obra de años”.

¿Qué motivaba a estos “simpatizantes” a pasarse a los católicos? Según Goforth, estos les ofrecían a los chinos empleo y educación gratuita (incluidos el alojamiento y la comida). Eran también los protestantes culpables del mismo error, pues a veces les habían llegado a pagar a los chinos por asistir a sus escuelas. Goforth estaba firme en sus convicciones: “No podríamos ofrecer tales estímulos, y nos horroriza la idea de hacer ‘cristianos de arroz’. No podemos luchar contra Roma en la competencia de comprar a la gente.”

Aunque Goforth no hizo como los católicos, la mayoría de los que se habían apartado volvieron después a su congregación.

Goforth también tuvo problemas con su junta misionera. Era más importante para él la “guía del Espíritu Santo” que las “reglas inflexibles y duras” del presbiterio bajo el cual servía. Según su esposa, “por sus convicciones en lo concerniente a la guía divina de sí mismo, como es natural, entraba en conflicto frecuente con otros miembros del presbiterio de Honan, lo cual hacía que no fuera fácil relacionarse con él”.

Goforth no pedía privilegios especiales para él, pero insistía en que todo misionero debería tener “libertad para realizar su obra como se sintiera guiado”. El problema era complicado. Goforth a menudo “se hallaba impedido – por el presbiterio- para hacer lo que le parecía que era la guía del Espíritu Santo para él”.

Los problemas de Goforth no disminuyeron con la continuación de su prolongado ministerio en China. Las confrontaciones continuaron y la fricción aumentó en especial en la década que comenzó en 1920, cuando la controversia de los fundamentalistas y modernistas, que estaba destruyendo las iglesias en su patria, llegó también a China. Los nuevos misioneros que llegaban eran aun más críticos, Goforth se sentía “incapaz de luchar contra viento y marea”. El único recurso que le quedaba era “predicar, como nunca antes, la salvación por la cruz del Calvario y demostrar su poder”

Mucho después de que la mayoría de los misioneros sucumbían a las enfermedades o se jubilaban, Goforth, a la edad de setenta y tres años, continuaba su paso acelerado de reuniones evangelísticas. Aun después de quedar ciego continuó su ministerio con la ayuda de un chino.

A los setenta y cuatro volvió a Canadá. Allí pasó los últimos dieciocho meses de su vida en viajes para hablar en más de quinientas reuniones. Se mantuvo activo hasta el fin. Un domingo predicó en cuatro reuniones y después murió en paz durante el sueño.

Su vida es un poderoso testimonio de lo que un solo hombre puede hacer por Dios, entre los miles de millones de personas que pueblan el Oriente.”

 

Narración de Ruth Tucker, en su libro: Hasta lo último de la Tierra 

 

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Arminianismo, Pelagianismo y Semipelagianismo – Una Introducción al arminianismo clásico – Capítulo 1

Libro: Una Introducción al Arminianismo Clásico

Autor: RODRIGUES, Zwinglio. Es pastor de la Iglesia Bautista Vida, en Vitoria da Conquista, Bahía. Actualmente cursa Maestría en Educación en la Universidad Estatal del Suroeste de Bahía (UESB). Tiene especialización en Metodología de la Enseñanza Superior y Ciencias de la Religión y es formado en Pedagogía y Teología.

Título original: Uma introdução ao Arminianismo Clássico: História, Doutrinas e Fundamentação Bíblica – Maceió: Editora Sal Cultural, 2015

Como este material no se encuentra disponible en español, ha sido traducido por Gabriel Edgardo LLugdar con fines didácticos, para uso interno exclusivamente de Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal  – Apto para enseñanza en las iglesias de las Asambleas de Dios y Unión de las Asambleas de Dios. Puedes descargar el siguiente artículo, en PDF haciendo clic AQUÍ

Capítulo 1

El Arminianismo clásico distinguido de los sistemas Pelagiano y Semipelagiano

Que ningún hombre vocifere contra el arminianismo a menos que sepa lo que él significa”  John Wesley

El arminianismo clásico es comúnmente confundido con los sistemas teológicos pelagiano y semipelagiano. Esta confusión se deriva de dos razones: 1ª Desconocimiento absoluto de las premisas de los tres sistemas y, 2ª La selección arbitraria de opiniones de teólogos que abandonaron la soteriología original del arminianismo clásico. En cuanto a esta segunda razón, expresada en la introducción del libro, algunos estudiosos deberían dedicarse más a la agudeza intelectual honesta, evitando colocar en el mismo saco a los teólogos que negaron las primeras premisas del sistema arminiano clásico junto a los teólogos fieles a las mismas. No es honesto etiquetar a todos los calvinistas de liberales sólo porque Friedrich Schleiermacher (1768-1834), calvinista, y considerado el padre de la teología liberal, abandonó la ortodoxia, como argumenta Roger Olson.

Como demostraremos por todo este trabajo, vincular el arminianismo clásico con el pelagianismo y el semipelagianismo se constituye en un fraude intelectual o, como mínimo, revela una ignorancia académica. No negamos las existencias de muchas denominaciones denominadas arminianas que no pasan de ser instituciones propensas a los discursos y prácticas francamente pelagianas y/o semipelagianas. Sin embargo, es de nuestro parecer que esas denominaciones vinculadas al espectro evangélico arminiano, semejantes en cuanto al pensamiento teológico pelagiano y semipelagiano, se portan así debido al desconocimiento de las premisas fundamentales de los tres sistemas a ser discutidos brevemente en este capítulo. La razón de los equívocos es la ignorancia, que, según Confucio, “es la noche de la mente una noche sin estrellas y sin luna.” Vamos a las consideraciones.

Pelagianismo

¿Qué es pelagianismo? El término deriva de Pelagio (360-420 d. C.), teólogo y maestro británico muy popular en Roma, y notable debido a su erudición y alto patrón moral. Pelagio era un hombre de carácter impoluto, dotado de mucha austeridad y temperamento equilibrado. No se sabe con certeza la fecha de su nacimiento y de su muerte. Posiblemente, él haya sido un monje, aunque sean grandes las incertidumbres en cuanto a algún monacato ejercido por él. Para el erudito J.N.D. Kelly (1909-1997), Pelagio no perteneció a ninguna orden religiosa. Sin embargo, Kelly atribuye a Pelagio el título de monje (monachus) como designación connotativa de “siervo de Dios.” [KEELY, J.N.D. Patrística, 1994] “Sus doctrinas fueron expuestas primero en Roma, de 409 a 411 d.C. Él elaboró un sistema doctrinal controvertido incluyendo la defensa de la voluntad humana como siendo libre para escoger el bien, y la negación del pecado original. Para Pelagio, en lo que se refiere a la libre voluntad, Adán no poseía una santidad positiva, o sea, originalmente Adán no estaba en una condición de santidad o pecaminosidad, sino en un estado de neutralidad pudiendo inclinarse libremente en cualquier dirección que deseara, nos explica Louis Berkhof (1873-1957).[BERKHOF, Luis. Teología Sistemática]

El sistema teológico de Pelagio trataba la naturaleza humana diametralmente en oposición a las reflexiones de Agustín (354-430), obispo de Hipona, con quien libró una gran controversia. El historiador Alister McGrath [McGRATH, Alister. Teologia Histórica, 2007] apunta los siguientes puntos principales involucrando la polémica entre Pelagio y Agustín:

  • El concepto de libre albedrío
  • El concepto de pecado;
  • El concepto de gracia;
  • El concepto de las bases para la justificación.

Para Pelagio, la voluntad humana después de la caída no tiene tendencia intrínseca de practicar el mal. No hay pecado original en el alma recién creada por Dios [1] – El alma no hereda la contaminación del pecado de Adán, pero ella es pura, intacta, incorrupta y dotada de condiciones, en caso de que el hombre quiera, de vivir en plena obediencia a Dios. La caída de Adán perjudicó sólo a él mismo. No hay vínculo orgánico entre Adán y sus descendientes. No hay transmisión hereditaria. Entonces, no hay pecado original.

[1] [Pelagio se refiere al origen del alma. En su opinión, las almas son creadas por Dios en el momento de la concepción. Esta teoría se llama teoría creacionista. De acuerdo con esta teoría, el elemento inmaterial constituyente del ser del hombre es creado directamente por Dios. Es decir, siempre que haya la fecundación del óvulo por el espermatozoide, Dios crea un alma nueva e intacta. Se opone a esta teoría las teorías de la preexistencia y del traducianismo]

Si Pelagio hubiese considerado mejor que, por el simple hecho del hombre tener un “yo”, la permanente posibilidad de egoísmo es inminente y eso debe volver al hombre al pecado original, pues, esto, según G. K. Chesterton (1874-1936), es “una de las primeras cosas en las que creemos“. Pero el camino investigativo de Pelagio es otro, de ahí el reafirmar que el hombre es lo que es, debido a la desobediencia intencional. Es el hombre quien practica el bien o el mal, sentenciaba el teólogo británico. Su pecado contra Dios debe ser entendido como un acto deliberado y él es el responsable de sus decisiones. Es decir, el pecado es un acto y no existe fuera de él. Las personas sólo pueden ser llamadas de pecadoras después de que pecan. En esta base, Pelagio no dejaba de considerar el mal ambiente, con sus costumbres perniciosas en la deformación del niño inocente, como nos informa Paul Tillich (1886-1965) [TILLICH, Paul. História do Pensamento Cristão]

Según Kelly, Pelagio tenía la naturaleza humana post-caída en tan alta estima que enseñaba que era posible al hombre escapar del pecado (impeccantia). El poder para no pecar (posse non pecare) es un equipamiento humano dado al hombre desde la creación. La naturaleza humana, en esencia, es libre y no está debilitada por cualquier debilidad misteriosa. La caída adámica y el propio Satanás no pueden destruir eso. Admitir que al hombre le es imposible no pecar era un insulto a Dios. De acuerdo con McGrath, para Pelagio “cualquier imperfección en un ser humano tendría un reflejo negativo sobre la bondad de Dios.”[MACGRATH, 2007, cita p.96]. Por lo tanto, para Pelagio, los hombres nacen sin deseos y tendencias para el mal en su naturaleza. Nacen inocentes como Adán.

Pelagio describe la capacidad del cristiano para vivir sin pecado:

El cristiano es aquel que no lo es en palabras, sino en obras, aquel que imita y sigue a Cristo en todo, el que es santo, inocente, sin mancha, sin culpa, en cuyo corazón no hay maldad alguna, sino sólo piedad y bondad, el que se niega a injuriar o herir a cualquiera que sea, pero socorre a todos […] Es cristiano aquel que, con justicia, puede decir: ‘Yo no ofendí a nadie, he vivido correctamente para con todos’.” [Citado en KELLY, 1994, p. 272.]

El teólogo británico citaba Escrituras como “Santos seréis, porque yo […] soy santo” (Lv 19:2) y “[…] sed vosotros perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5:48) para sostener la doctrina de la impeccantia. Ahora bien, si Dios ordena al hombre que no peque, pero haga el bien, se concluye que el hombre puede cumplir esa orden, razonaba. De hecho, para Pelagio, el hombre no necesita pecar, pero él no concebía una vida sin pecado obtenida de una vez por todas, mas defendía la posibilidad de la perfección, fruto de un esfuerzo extraordinario, y su mantenimiento fijado en una determinación creciente.

En su embate con Agustín, Pelagio se incomodaba con la siguiente oración del obispo de Hipona: “Oh Dios, manda todo lo que quisieres, pero danos lo que mandas.” Pelagio se turbó con ese tipo de oración porque le parecía una invitación a la pasividad, hacía del hombre una marioneta controlada por la gracia divina, y sugería un permiso para pecar hasta que el deseo pecaminoso desapareciese dándole al hombre la condición de vivir sin pecado. Reaccionando, Pelagio presenta la piedra de toque de su sistema: el libre albedrío. A través de ese instrumento, el hombre actúa volviéndose hacia el mal o hacia el bien de acuerdo a su entender -ya lo hemos dicho reiteradas veces- Pelagio no comprendió a Agustín. Roger Olson transcribe una respuesta de Agustín mostrando cuánto el teólogo británico entendió equivocadamente al obispo de Hipona: “Aunque la gente haga buenas cosas que pertenecen al servicio de Dios, es él mismo quien hace que ellas hagan lo que Él ha ordenado.” Es decir, la gracia de Dios auxilia al hombre en el cumplimiento de las exigencias divinas.

Para explicar la universalidad del pecado, Pelagio apuntaba a la debilidad de la carne humana. De acuerdo con el historiador Earle E. Caims, el pensamiento pelagiano enseñaba que “los pecados de las personas de la generación pasada debilitaban la carne de la generación actual.” [CAIRNS, El Cristianismo a través de los siglos, 2008, p. 118.]

El extracto a continuación muestra cómo la antropología de Pelagio era optimista:

[En lugar de considerar los mandamientos de Dios un privilegio]… “¡Clamamos a Dios y decimos, “Esto es demasiado fatigoso, esto es demasiado difícil, no podemos hacerlo, sólo somos humanos, y la debilidad de la carne nos impide!” ¡Locura ciega, presunción ostentosa! Con esto acusamos a Dios del conocimiento de una doble ignorancia: ignorancia de la propia creación de Dios y de los propios mandamientos de Dios. Sería como si, olvidándose de la debilidad de la humanidad – su propia creación – Dios hubiera impuesto sobre nosotros mandamientos que somos incapaces de soportar. Y, al mismo tiempo -¡que Dios nos perdone!-  atribuimos injusticia al Justo y crueldad al Santo; primero, nos quejamos de que Dios ha ordenado lo imposible, segundo, imaginando que algunos recibirán la condenación de Dios por algo que no son culpables, – ¡Oh, qué blasfemia! – Dios es tenido como Aquel que busca castigar, y no salvar… Nadie conoce la extensión de nuestra fuerza mejor que el Dios que nos dio esa fuerza… Dios no decidió ordenar nada imposible porque Dios es justo, y no condenará a nadie por lo que no es culpable, pues Dios es santo.”  [Cita en MACGRATH, 2007, p. 96-7.]

Pelagio sostenía su antropología, presentando figuras del Antiguo Testamento como pruebas de la condición humana de vivir sin pecado. La cuestión para Pelagio era pragmática, pues era causa de asombro las excusas de los pecadores al atribuir la culpa de los pecados a la convaleciente naturaleza humana. Pelagio se quedaba estupefacto frente a las ideas consideradas pesimistas y desmoralizantes en relación a la naturaleza humana.

Después del inicio de su refriega con Agustín en 405 d.C., Pelagio sólo va a ser encontrado en los registros históricos cuatro años más tarde. Él consiguió algunas adhesiones episcopales a su construcción teológica, pero, como escribe el historiador Justo L. González, enfrentó un duro embate con Jerónimo “que tronaba de su retiro en Belén, y hacía llover fuego y azufre sobre la cabeza de Pelagio”. [J. L. GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 29.]

El pelagianismo fue condenado finalmente en el 437 d.C. en el tercer Concilio de Éfeso, el mismo que condenó el nestorianismo. Pero antes había recibido condenas en Cartago a principios de 412 d.C., siendo representado por Celestio, discípulo y amigo de Pelagio, en Cartago y Milevo, en el 416 d.C., y en Cartago nuevamente, en un gran concilio celebrado en esta ciudad en 418 d.C. Gradualmente, el pelagianismo fue perdiendo terreno en Occidente y Oriente. En la opinión de Olson, “el pelagianismo todavía está muy vivo y activo – hasta en las mismas comunidades cristianas”. [OLSON, Roger E. Historia de la Teología Cristiana, p.303]. Concordamos con esta aserción. Vamos a un ejemplo.

El filósofo francés Jean Jaques Rousseau (1712-1778) se acercaba a los viejos conceptos antropológicos de Pelagio. Primando por conclusiones como la perfección de la naturaleza humana y la negación del pecado original, Rousseau atribuyó a las instituciones sociales la culpa por toda la enfermedad social, librando de culpa así al hombre, o, al “buen salvaje”, concepto usado por él para presentar un impoluto ser humano. La antropología pelagio-rousseauniana está representada en la cristiandad, por ejemplo, por la filosofía de la religión emergiendo del liberalismo teológico protestante de Schleiermacher.

El cristianismo liberal considera la narración de la creación, del Génesis, un mito. Este concepto fue aplicado no sólo al relato de la creación del hombre, sino a todo acontecimiento milagroso registrado en la Biblia. Por lo tanto, Adán, Eva, la serpiente, la caída y el pecado original no pasan de ser mitos. Así, a causa de la caída, no necesitamos admitir una antropología pesimista. En su labor teológica y hermenéutica, el liberalismo teológico, con una variación u otra en cuanto a sus adeptos, propone la supresión y abandono del elemento sobrenatural que se encuentra en la Biblia. Hecho esto, el hombre no tiene un “gen” nefasto transmitido por cualquier pecado original, pero, en su interior, el hombre posee una chispa divina, y eso significa que el ser humano es bueno, necesitando sólo motivaciones para hacer lo correcto. Eso es el más puro pelagianismo.

Otros ejemplos de pelagianismo en la iglesia, son la creencia corriente de que el hombre puede efectuar algún bien espiritual sin el auxilio de la gracia sobrenatural divina o, entonces, cuando el hombre piensa poder decidir per se, usando su “libertad individual”, estar a favor o en contra Dios – como comenta Roger Olson. Sí, el pelagianismo se puede encontrar en las iglesias cristianas.

A continuación, haremos un contrapunto entre los sistemas de Pelagio (pelagianismo) y Arminianismo clásico. Para ello, apuntaremos las distancias entre ambos en lo tocante a la antropología teológica y la hamartiología (doctrina del pecado). Las diferencias entre ellos en lo que concierne a aquellas disciplinas, tienen repercusión directa sobre el pensamiento soteriológico de cada uno.

1.1. Distancias conceptuales entre Pelagio y Arminio

Con respecto a la naturaleza humana, según lo dicho arriba, Pelagio no creía en el pecado original o en el “pecado heredado”. Como dice el historiador Caims: “Para Pelagio […] cada alma es una creación de Dios, no heredando por eso la contaminación del pecado de Adán” [CAIRNS, 2008, p. 118]. Así, no existe una depravación humana total, ni en ningún otro sentido. De ese modo, entonces, para el teólogo británico, el hombre puede alcanzar la salvación sólo por medio de sus buenas obras. Por el propio esfuerzo el hombre puede dejar el hábito de pecar y vivir como fue creado, a saber: “sin tendencias ni deseos malos en su naturaleza” [BERKHOF, 1992, p. 120]. Tenemos entonces una antropología optimista.

La antropología de Arminio, por su parte, era altamente pesimista, pues él creía en la total depravación del hombre y su dependencia de la gracia divina para la fe. Él escribió:

[…] Pero en su estado caído y pecaminoso, el hombre no es capaz, de y por sí mismo, pensar, desear, o hacer lo que es realmente bueno […] [The Works of James Arminius. Vol. 1, p. 174]

El contrapunto es claro. No sólo notamos la distancia entre los teólogos en cuanto a la antropología, sino también en cuanto a la hamartiología (doctrina del pecado). Para Arminio el hombre está caído y en estado de pecado como consecuencia de la Caída. Es decir, la naturaleza pecaminosa del hombre procede del pecado original. Arminio defendió que el pecado original expone al hombre a la ira de Dios, y francamente aceptaba el concepto agustiniano de pecado original. Por lo tanto, Arminio nunca resbaló en Pelagio. En el análisis de Richard Taylor, con el que concordamos, Arminio era agustino en cuanto al estado del hombre posterior a la caída adámica:

Jacobo Arminio (énfasis nuestro) y John Wesley eran totalmente agustinos en los siguientes aspectos: (a) la raza humana es universalmente depravada como resultado del pecado de Adán; (b) la capacidad del hombre de querer el bien está tan debilitada que requiere la acción de la gracia divina para que pueda alterar su curso y ser salvo. [Cita en COLLINS, K. J. Teología de John Wesley, p. 99.]

Agustín y Pelagio divergían abiertamente sobre la condición humana post-caída adámica. La creencia de ambos era antípoda. Agustín siempre renegó de la doctrina del pecado de Pelagio. Por lo tanto, siendo agustino, como dijimos, en ese asunto, Arminio jamás podría ser tachado de pelagiano.

González reunió nueve puntos destacados por Agustín relacionados con las doctrinas de Pelagio y su más prominente discípulo, Coelestius (Celestio). Se sigue una lista con algunos de esos puntos, los cuales, en todo el recorrido de este libro, serán negados por las creencias de Arminio. De esta manera, se demostrará tantas veces cuán inadecuado es el etiquetar a Arminio y al arminianismo clásico de pelagiano, y que sólo insisten en esta acusación personas ajenas a los sistemas teológicos de aquellos teólogos o que optan por la deshonestidad intelectual. Vamos a los puntos de Pelagio. [Citado en J. L. GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 32.]

  1. Que el pecado de Adán hirió solamente él mismo, y no toda la raza humana.
  2. Que existieron algunos antes del tiempo de Cristo que vivieron sin pecar.
  3. Que recién nacidos están en el mismo estado en que Adán estaba antes de su caída.
  4. Que la totalidad de la raza humana no muere en la muerte o caída de Adán […].
  5. Que, si lo deseamos, podemos vivir sin pecado.
  6. Sólo Adán fue herido por su pecado;
  7. La humanidad no muere con él;
  8. Los niños nacen en estado de pureza.

Un estudio cuidadoso de los escritos de Arminio no nos lleva a tales conclusiones. Para la contraposición a los puntos 6, 7 y 8, involucrando el alcance del pecado de nuestros primeros padres, transcribimos la siguiente declaración de Arminio: “en Adán todos nosotros pecamos” (Romanos 5:12). [ARMINIUS, vol. 1, p. 356]. Aquí Arminio niega tres tesis pelagianas una sola vez.

En cuanto al punto 8, para Arminio los niños no tienen sobre sí mismos imputado el pecado adámico, pues, debido a la muerte de Cristo, el pecado original es puesto de lado. Sin embargo, esto no significa exención de la corrupción resultante del pecado original, pues Arminio no niega el liderazgo federal de Adán sobre la raza humana. Rodríguez concluye: “El pecado original según Arminio, es un acto, el acto de Adán y también un acto de todos y como tal nadie está libre de la culpa y de la pena.” [RODRÍGUEZ, José C. – Jacobo Arminio: vida, pensamiento y legado, p. 173].

En su Disputa VII, vol. 1, p. 356, de sus Obras, Arminio confirma la enseñanza agustiniana de que la raza humana está bajo los lomos de Adán, triangulando las siguientes Escrituras: “por cuanto todos pecaron” (Rm 5:12); “Son por naturaleza hijos de la ira” (Ef 2: 3) y “carecen de la justicia y santidad original” (Rm 5:12, 18-19).

En cuanto a los puntos 2 y 5, al comentar exactamente sobre la (supuesta) impecabilidad humana, Arminio, en una de sus defensas, dijo nunca haber afirmado eso, pero dejó la cuestión en suspensión para averiguaciones posteriores. Aquí vieron en él señales de pelagianismo. Sobre esta acusación, él declaró:

Hay mucha discusión con respecto a la perfección de los creyentes […] en esta vida. Se dice que tengo una opinión inapropiada sobre este tema casi aliada a la de los pelagianos, a saber: ‘que es posible para el regenerado en esta vida, vivir perfectamente los preceptos de Dios’. A esto respondo: que aunque esta fuese mi opinión, yo no debería ser considerado pelagiano, ya sea parcial o totalmente, pues ellos podrían hacer esto sólo por la gracia de Cristo y no de otra manera.” [ARMINIUS, vol. 1, p. 178]

Arminio continúa su defensa: “[…] declaro que este pensamiento de Pelagio es herético y está diametralmente en oposición a esas palabras de Cristo: ‘sin mí nada podéis hacer’ (Juan 15: 5)” [ARMINIUS, vol. 1, p. 178]. Todavía explicándose ante los críticos, Arminio recordaba que Agustín defendía la posibilidad, de un hombre, de vivir sin pecado amparado por la gracia de Cristo.

Otra línea demarcatoria entre el teólogo británico y el teólogo holandés es el concepto de “gracia”. Para Arminio la gracia es sobrenatural, es una Persona, es el Espíritu Santo. Para Pelagio, de acuerdo con Kelly, ella es, “el propio libre albedrío o la posibilidad de no pecar con que Dios nos ha dotado en el momento de nuestra creación.” [KELLY, 1994, p. 273]. “Gracia” es la autonomía humana (libre albedrío) que fue conferida por Dios a la humanidad, concluyó Pelagio. Aunque Arminio creía en el libre albedrío, él no lo concebía como un equipo humano capaz de llevar al hombre a vivir de modo agradable a Dios sin el auxilio de la gracia divina. Defendiéndose nuevamente de la acusación de pelagianismo, Arminio respondió:

En cuanto a la gracia y el libre albedrío, mi enseñanza está de acuerdo con las Escrituras y la posición ortodoxa: el libre albedrío es incapaz de iniciar o perfeccionar cualquier bien verdadero y espiritual, sin la gracia.”  [ARMINIUS, vol. 2, p. 333].

Una defensa suficiente. Vamos a un resumen de lo que discutimos en esta sección:

  • La naturaleza del pecado, para Pelagio, prescinde de una propensión humana al pecado.
  • Para Arminio la humanidad fue totalmente alcanzada por el pecado, una enfermedad pasada de generación a generación. Pelagio negó el concepto de transmisión hereditaria del pecado.
  • Pelagio entendía la gracia como el libre albedrío. Arminio la entendía como una Persona, el Espíritu Santo.
  • Arminio negaba la capacidad humana natural del hombre para volverse hacia Dios, o hacer el bien. Pelagio consideraba la naturaleza humana capaz de cumplir la voluntad divina por su propia elección.

Así, concluimos que las teologías de Pelagio y Arminio se sostienen en premisas diferentes, resultando de ahí en distanciamientos teológicos entre ambos. Arminio hizo hincapié en declarar la existencia de una abisal distancia entre él y Pelagio, y aún lo llamó de hereje, como mostramos. Por lo tanto, la acusación de que el sistema de Arminio (y el arminianismo clásico) es pelagiano, se funda en el error.

2. Semipelagianismo

En cuanto al sistema semipelagiano, su principal representante fue el teólogo de la Alta Edad Media, Juan Cassiano (360-435). Cassiano fue un monje del sur de la Galia responsable de la introducción del monacato oriental en occidente. Después de la muerte de Agustín, aquellos que lo habían apoyado en su embate contra Pelagio no aceptaron sus doctrinas predestinacionistas y de la gracia irresistible. Cassiano fue el más notable teólogo de su tiempo en contestar las enseñanzas agustinas. De igual modo, se oponía al pelagianismo. El uso de la terminología “semipelagianismo” indica la adición de una forma modificada del sistema teológico pensado por Pelagio. Sin embargo, tal término es inexacto. Para González,

“los así llamados semipelagianos eran en realidad «semiagustinianos» que rechazaban las doctrinas de Pelagio y admiraban y respetaban a Agustín, aunque no estaban dispuestos a seguir al obispo de Hipona hasta las últimas consecuencias de su teología.”   [GONZALEZ, 2004, Historia del Pensamiento Cristiano, vol. 2, p. 56.]

La aclaración anterior es importante, pues nos aleja de la sensación de que el semipelagianismo haya brotado del seno del pelagianismo. Como ha señalado González, el movimiento parte del núcleo agustiniano que, además de objetar contra las premisas de Pelagio, negaba algunas premisas de Agustín.

Colocándose entre la predestinación de Agustín y la visión optimista de la naturaleza humana según Pelagio, el semipelagiano Cassiano decía haber en el hombre fuerza volitiva remanente, post-caída, para poner en movimiento el inicio de la salvación. En el hombre hay una condición residual que lo posibilita a realizar el movimiento inicial de fe.

Pasemos la palabra a Cassiano:

“A pesar de que, a veces, el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces ella tiene su origen en la propia voluntad del hombre, y Dios la confirma y fortalece”     [Citado em KEELY, 1994, p. 281.]

Escuchemos a Cassiano de nuevo:

“Tan pronto él [Dios] ve en nosotros el comienzo de una buena voluntad, él ilumina, estimula y dirige eso para la salvación, dando crecimiento a lo que él mismo plantó, o lo que él ha visto nacer de nuestro propio esfuerzo.”    [Citado en GONZALEZ, 2004, vol. 2, p.57.]

Resumiendo, en la naturaleza humana hay capacidad para volver a Dios, sin embargo, esta capacidad sólo es operada por la acción divina. Para Cassiano, según el historiador Williston Walker (1860 – 1922), la voluntad humana permanece siempre libre. De ello, se desprende que la voluntad humana sólo se debilitó en la caída, pero no totalmente corrompida. La creencia en la acción de una buena voluntad humana hacia Dios, aparte de la manifestación previa de la gracia divina, fue condenada en el 529 d.C. en el Segundo Concilio de Orange, en Francia.    [CAIRNS, 2008; GONZALEZ, 2004, vol. 2; OLSON, 2004.]

Este Concilio fue convocado para averiguar sobre el semipelagianismo en contraposición al agustinianismo. Como resultado de la reunión, el semipelagianismo no salió victorioso, pero el agustinianismo tampoco. La decisión del Concilio se describe en los siguientes términos por Olson:

“Los obispos allí reunidos afirmaron que incluso el comienzo de una buena voluntad para con Dios es una obra de la gracia de Dios. Sin embargo, condenaron igualmente cualquier fe en la predestinación divina para el mal o el pecado, y permitieron a los fieles cristianos creer en el libre albedrío que coopera con la gracia divina.” [OLSON, 2004, p. 387]

El Concilio, de acuerdo con Olson, Kelly y González, claramente contesta y rechaza enseñanzas del semipelagianismo y del agustinianismo. Leamos, respectivamente, el canon 7 y un trecho de la Conclusión del Concilio de Orange.

“Si alguien afirma que podemos formarnos alguna opinión correcta, o hacer cualquier elección correcta que se relacione con la salvación de la vida eterna como es conveniente para nosotros, o que podamos ser salvos, es decir, asentir a la predicación del evangelio a través de nuestros poderes naturales sin la iluminación e inspiración del Espíritu Santo, que hace que todos los hombres alegremente asientan y crean en la verdad, está desencadenado por un espíritu herético, y no entiende la voz de Dios que dice en el Evangelio, “Porque sin mí nada podéis hacer”. (Juan 15: 5), y la palabra del Apóstol, “No que seamos competentes, por nosotros, de pensar algo, como de nosotros mismos; pero nuestra competencia viene de Dios”(2 Corintios 3: 5).”

“[…] Nosotros no sólo no creemos que haya ningún mal pre-ordenado por Dios, sino que incluso declaramos con absoluta aversión que, si hay aquellos que desean creer en una cosa tan mala, sean anatemas […]”

En el canon 7 tenemos la condena del semipelagianismo, y en la conclusión, leemos la condenación de la doctrina agustiniana de la predestinación divina hacia el mal. Otro canon, el 2, condena al pelagianismo:

“Si alguien asegura que el pecado de Adán le afectó solamente a él y no a sus descendientes también, o al menos si él declara que solamente la muerte del cuerpo es el castigo por el pecado, y no también aquel pecado, el cual es la muerte del alma, pasando a través de un hombre para toda la raza humana; hace injusticia a Dios y contradice al Apóstol, que dice, “Por lo tanto, como por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres por lo que todos pecaron. “(Romanos 5:12).”

En lo que se refiere al agustinianismo, es bastante curiosa la siguiente declaración del historiador Jesse Lyman Hurlbut (1843-1930):

“[…] la teología de Agustín se convirtió en la regla ortodoxa de la iglesia. Sólo en los tiempos modernos, en los Países Bajos, bajo la dirección de Arminio (año 1600), y en el siglo dieciocho con Juan Wesley, la iglesia se alejó del sistema doctrinal agustiniano.”   [HURLBUT, 1999, p. 82.]

¿Que el agustinianismo se convirtió en regla ortodoxa de la iglesia? ¿Y que recién después de unos mil doscientos años, es que las tesis de Agustín fueron confrontadas y abandonadas por la iglesia? Eso no es verdad. ¿Qué es “ortodoxia”? Palabra originaria del griego orthós, “recto” y dóxa “opinión”. De ahí que “ortodoxia” signifique “creencia correcta”. La palabra “ortodoxia” no está en la Biblia, sin embargo, su sentido etimológico se puede encontrar en Gálatas 2:14: “Cuando, sin embargo, vi que no procedía correctamente según la verdad del evangelio […]” La palabra “correctamente” de la palabra griega orthopodeo compuesta de orthósrecto” y, figuradamente, “correcto“, y podeo, “pie”. La unión de esas palabras nos lleva a la sentencia “no procedían correctamente” o “no caminaban [pie] correctamente”.

Ya en los Concilios del siglo IV y V, la palabra “ortodoxia” era usada para definir creencias como creencias correctas. Cuando las creencias divergían de los consensos eclesiásticos, eran tachadas de heterodoxas [del griego heteródoxos – opuesto a la ortodoxia: considerado herético, en principio]. Algunas enseñanzas de la teología agustiniana son heterodoxas. El problema con la afirmación de Jesse Lyman Hurlbut en relación a las doctrinas agustinas, es que ellas, lato sensu [es decir, en sentido general], nunca fueron unanimidad en la historia de la Iglesia. Por ejemplo, las doctrinas de la gracia irresistible, doble predestinación y expiación limitada, enseñanzas caras a la soteriología agustiniana no son ortodoxas en el sentido apuntado por Hurlbut, pues ellas no se encuentran en los Padres griegos pre y post-nicénicos, [los mismos en los cuales Arminio se apoya en la defensa de su propia soteriología] y esas doctrinas agustinianas fueron negadas por el Concilio de Orange. Martín Lutero (1483-1546) creía en la expiación ilimitada. El reformador luterano Philip Melancthon (1497-1560) crea en la gracia resistible y rechazaba la predestinación incondicional, creyendo, del mismo modo en que Arminio creía, en una predestinación como contingente a la presciencia divina.

Hasta el mismo Próspero de Aquitania, representante del agustinianismo contra los semipelagianos, suavizó algunas de las doctrinas más radicales de Agustín, nos informa el historiador González. En fin, la teología de Agustín, así como su soteriología, no son reglas en cuanto a la totalidad de sus premisas. La iglesia nunca adoptó la soteriología agustina in totum [es decir, en su totalidad] en ningún momento. Haciendo referencia a Agustín, todavía vivo, Kelly escribe:

“Agustín no podía afirmar con justicia que su enseñanza distintiva fuera totalmente ratificada por la iglesia. En cuanto a Oriente, sus ideas no tuvieron, como veremos, ningún impacto perceptible. En Occidente, especialmente en el sur de la Galia, había muchas personas, incluyendo ardorosos defensores del concilio, que creían absolutamente ofensivas algunas de ellas. Entre ellas destacaban la sugerencia de que, aunque libre en su estado caído la voluntad es incapaz  de escoger el bien, y el fatalismo que parecía inherente en su teoría de la predestinación.”  [KELLY, 1994, p. 280].

Louis Berkhof, yendo en la misma dirección, comenta que sólo la doctrina de la salvación únicamente por la gracia prevaleció, mientras que la doctrina de la gracia irresistible y la doctrina de la predestinación doble fueron desplazadas.

Ahora bien, el importante Concilio de Orange fue convocado precisamente por la falta de unanimidad en torno de las tesis agustinas. Como se ha informado, el resultado del Concilio no consolidó todas las tesis de Agustín. Tanto en Oriente, como en Occidente, Agustín y algunas de sus enseñanzas fueron resistidas y rechazadas. (…) Espanta leer a Charles Hodge (1797-1878) diciendo que el sistema agustiniano fue “en todas las épocas […] la vida de la iglesia” [HODGE, 2001, p. 727].

Siendo así, la acusación de heterodoxia que Hurlbut impone sobre Arminio (y Wesley) es un equívoco, pues Arminio, en cuanto a la soteriología, está en consonancia con la voz de la Iglesia en un sentido más amplio que Agustín. En el caso de que Hurlbut esté diciendo que Arminio contradecía la ortodoxia de los calvinistas (siglos XVI y XVII) fundadas en Agustín y, por eso, debe ser considerado un heterodoxo, no nos oponemos, pues, de hecho, Arminio se opone a algunas declaraciones de fe calvinistas. Pero lo más honesto aquí es ver a Arminio como ortodoxo en lo referente a la Palabra de Dios, y asignar heterodoxia a la otra parte.

Otro nombre perteneciente a la escuela semipelagiana es Fausto de Riez (410-495) ardoroso expositor de las tesis antagónicas al agustinianismo. Él decía que el initium fidei, es decir, el primer paso de la fe, no es posible aparte de la libertad humana, sino depende totalmente. Incluso admitiendo la realidad del pecado original, Riez, según Walker, insistía concederle al hombre la posibilidad de “esforzarse para la salvación” [WALKER, 2006, p. 249.].

También encontramos con alguna relevancia, a Vicente de Lérins († antes de 450 d.C.), un monje de Lérins, en el sur de la Galia. Indirectamente, según Gonzalez, Lérins, debido a la soteriología agustina, llamó a Agustín y a sus seguidores de “Innovadores”. Lérins comprendía las enseñanzas agustinas como divergentes de la doctrina eclesiástica. Es decir, tales enseñanzas no eran aquellas que los cristianos siempre creyeron. Lérins escribió: “[…] debemos estar seguros de que conservamos aquello que siempre ha sido creído por todos y en todo lugar (quod ubique, quod semper, quod abi omnibus).”  [GONZALEZ, 2004, vol. 2, p. 58]

En líneas generales, hemos hecho un esbozo de la soteriología semipelagiana. Arminio nunca la suscribió. Vamos a verlo.

2.1. Diferencias conceptuales entre Juan Cassiano y Arminio

En cuanto a una supuesta relación entre el pensamiento soteriológico de Arminio, Cassiano y demás representantes del movimiento semipelagiano, Albert Outler (1908-1989) dijo: ”Arminio defiende que el hombre tiene voluntad de volverse a Dios antes que la gracia lo incite […]” [Citado en COLLINS, 2010, p. 106]. Esta afirmación sugiere un Arminio creyendo en la habilidad innata del ser humano en ejercer buena voluntad hacia Dios. Outler no leyó Arminio. O entonces leyó, y no entendió. Leamos a Arminio:

“Confieso que la mente de un hombre carnal y natural es oscura y sombría, que sus afecciones son corruptas y excesivas, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre está muerto en pecados.” [ARMINIUS, vol. 2, p. 333]

¿Cómo el hombre, en el estado descrito arriba, puede tener alguna voluntad de volverse hacia Dios sin la acción previa de la gracia? Pasemos a la palabra de Arminio una vez más:

“En este estado [de caída], el libre albedrío del hombre está herido, mutilado, enfermo, curvado y debilitado para la realización de cualquier bien verdadero […] está preso, destruido, y perdido. Sus habilidades están debilitadas y son inútiles a menos que sea [el hombre] asistido y estimulado por la gracia divina.”   [ARMINIUS, vol. 1, p. 384]

Es evidente que en el ámbito soteriológico de Arminio el hombre nunca da el primer paso de la fe (initium fidei) y no tiene ninguna buena voluntad para con Dios sin el auxilio de Su gracia sobrenatural. Arminio no incurrió en el mismo error en el que cayó Agustín en su época primera. Este confesó: “Me convencí también del error, cuando en él trabajaba, juzgando que la fe, que nos lleva a creer en Dios, no era don de Dios, sino que se originaba en nosotros por nuestra iniciativa” [Agustín – La Predestinación de los santos] Sí, el germen del semipelagianismo se puede encontrar en un Agustín anterior. No se presupone en parte alguna de los escritos de Arminio la capacidad humana de dar el primer paso de la fe, ni la idea de la conservación intacta del libre albedrío humano después de la caída. La debilidad es completa (impotentia)  [OLSON, Roger E. História da Teologia Cristã: 2000 Anos de Tradição e Reformas. São Paulo: Vida, 2001]

Kelly presenta cuatro ponderaciones del semipelagiano Cassiano contra la posición de Agustín. Citaremos tres de ellas ya rechazadas por Arminio conforme los textos presentados anteriormente. Vamos a ver.

  • A pesar de que, a veces (por ejemplo, en los casos de Mateo y Pablo), el primer impulso de una buena voluntad procede claramente de Dios, otras veces (por ejemplo, en el caso de Zaqueo) tiene su origen en la propia voluntad del hombre y Dios la confirma y fortalece.
  • A pesar de los efectos calamitosos de la caída, Adán mantuvo su conocimiento del bien.
  • El problema de la voluntad humana no es tanto estar muerta, sino enferma […] [KELLY, 1994, p. 281]

Compare las afirmaciones de Cassiano con las declaraciones de Arminio y responda: ¿Qué convergencia hay entre ellos? La soteriología, antropología y hamartiología de Arminio están diametralmente opuestas a las enseñanzas de los semipelagianos.

Conclusión

En cuanto a lo que se ha dicho hasta entonces, comprendemos que son frívolas las acusaciones hechas contra Arminio y su teología cuando son equiparados, o aproximados, al pelagianismo y al semipelagianismo. Las premisas teológicas de las partes involucradas son antagónicas.

Mientras Pelagio predicaba contra la doctrina del pecado original, Arminio, en su tiempo, afirmaba una antropología altamente pesimista enseñando que no había ningún remanente de bondad en el hombre. Para Arminio el hombre es totalmente depravado. En esta cuestión, Pelagio era anti-agustiniano, Arminio agustiniano. ¿Es necesaria una mayor distinción?

En cuanto a los semipelagianos, defensores del initium fidei, Arminio estaba en una posición distinta de la de ellos, pues, en su alcance doctrinal, no había espacio para la creencia en una especie de poder residual en el hombre después de la caída, que facilitara cualquier condición de ir a Dios independiente de la gracia divina. La acusación de que Arminio y el arminianismo clásico sostienen que la voluntad humana caída está libre no es más que una invención. Sólo para los teólogos desertores de las enseñanzas de Arminio, y que se acercaron al liberalismo teológico, la voluntad del hombre caído está libre.

Aunque existen teólogos calvinistas que acusan a Arminio y al arminianismo clásico de semipelagiano, por ejemplo Berkhof, que acusa a aquellos de “suavizar la doctrina del pecado original” [BERKHOF, 1992, p. 136].  Otros teólogos calvinistas, como Robert Peterson y Michael Williams, citados por Olson, optan por la verdad de los hechos. Ellos concluyeron:

  • Arminio cree en la absoluta necesidad de la gracia.
  • El arminianismo no es pelagiano y ni semipelagiano.
  • Para Arminio, y arminianos clásicos, la voluntad humana está totalmente corrompida.

Y como dice la Escritura: “La justicia del sincero enderezará su camino, pero el perverso por su falsedad caerá” (Prv. 11: 5).

Para fines didácticos, presentamos el siguiente cuadro comparativo.

Una Introduccion al Arminianismo Clasico - Capitulo 1 - Rodrigues Zwinglio

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Jonathan Edwards – Cuando la Teología se une con el Fuego – Historia del Avivamiento

Por el Dr. Martyn Lloyd-Jones  – Libro: Os Puritanos – Suas origens e seus sucessores [Los Puritanos – Sus orígenes y sus sucesores]

Traducido del portugués por Diarios de Avivamientos – 2018 – Al final de la página podrás descargar en formato PDF este artículo completo y una biografía de Edwards.

“Debo hablar particularmente sobre Jonathan Edwards, y admito como ciertos los principales hechos concernientes a él. Él nació en 1703 y murió en 1758. Él recibió la educación entonces posible en Nueva Inglaterra, y se fue a la Universidad de Yale. En 1727 fue ordenado como pastor asistente de su abuelo, Solomon Stoddard, en la ciudad de Northampton, Massachusetts. Al cabo de un año, más o menos, el anciano murió, y Jonathan Edwards se convirtió en el único pastor. Allí permaneció hasta 1750, cuando fue literalmente echado de su iglesia. Esta fue una de las cosas más espantosas que hayan ocurrido, y debe servir como una palabra de aliento para los ministros y predicadores. Allí estaba ese genio imponente, ese poderoso predicador, ese hombre que estaba en el centro del gran avivamiento, y aún así, fue derrotado en la votación de su iglesia por 230 votos a 23, en el año de 1750. ¡No se sorprendan, por lo tanto, hermanos, en cuanto a lo que pueda suceder con ustedes en sus iglesias!

Me aventuro a aseverar que en Edwards llegamos al zenit, o al ápice, del puritanismo, pues en él tenemos lo que vemos en todos los demás, pero, en adición, este espíritu, esta vida, esta vitalidad adicional. No es que en los demás haya una completa falta de eso, pero es una característica tan sobresaliente que afirmo que el puritanismo llegó a su más completo florecimiento, en la vida y ministerio de Jonathan Edwards.

Lo que sobresale en la vida de este hombre, es el extraordinario avivamiento que eclosionó en su ministerio en Northampton, iniciado a finales de 1734, y en 1735; y luego más tarde, su participación en el llamado Gran Despertar, en conexión con la visita de George Whitefield y otros, en 1740. Son estos los hechos sobresalientes de la vida de ese gran hombre.

Él entró en escena después de un período de considerable falta de vida en las iglesias, es muy importante que nosotros percibamos eso; y es sumamente reconfortante para nosotros, porque vivimos en un período similar. He aquí una descripción del período inmediatamente anterior a ese gran avivamiento, descripción hecha por el Rev. W. Cooper, uno de los ministros de aquel tiempo, en su prefacio de la obra de Edwards, Marcas Distintivas de una Obra del Espíritu de Dios: “¡Pero qué época muerta y estéril ha sido la actual, por un gran período, con todas las iglesias de la Reforma! Las lluvias de oro fueron retenidas, las influencias del Espíritu fueron suspendidas, y la consecuencia fue que el evangelio no tuvo ningún éxito sobresaliente. Las conversiones han sido raras y dudosas; pocos hijos e hijas han nacido de Dios, y los corazones de los cristianos ya no están llenos de vida, calor y vigor bajo las ordenanzas, como lo eran. Que este ha sido el triste estado de la religión entre nosotros en esta tierra, por muchos años (excepto uno o dos lugares notables que a veces han sido visitados por lluvias de misericordia, mientras sobre otras ciudades e iglesias no ha caído ninguna lluvia) será reconocido por todos cuantos tengan sus sentidos espirituales ejercitados, como ha sido lamentado por fieles ministros y cristianos serios.” (Vol. 2, 257).

Como dice el Sr. Cooper, hubo algunos toques aquí y allá, y particularmente en la iglesia de la cual Jonathan Edwards se convirtió en ministro, bajo el ministerio de su abuelo, el viejo Sr. Stoddard. Pero no se habían extendido, habían sido intermitentes y se habían extinguido más o menos completamente. Así, había esta condición de inanición en la Iglesia; pero ahora sucede algo nuevo. Después de la sequía, lluvias abundantes; la vida comenzó a manifestarse una vez más. Aconteció algo que continuó afectando la vida de América muy profundamente durante por lo menos 100 años, y de hecho hasta hoy.

Naturalmente, que él dividió también la opinión. Él ha sido denunciado sin medida. Clarence Darrow escribió: “No es sorprendente que la principal ocupación de Edwards en el mundo era asustar a mujeres tontas y niños, y blasfemar al Dios que él profesaba adorar… Nada, sino una mente perturbada o enferma, podría producir su Pecadores en los Manos de un Dios Airado (‘Sinners in the Hands of an Angry God’)”

Cité esto, a causa de esa alusión al sermón predicado por Edwards, con el título Pecadores en las manos de un Dios Airado. Ustedes pueden oír frecuentes referencias a ese sermón en la televisión y en otros lados. El hecho es que, según parece, todo lo que la mayoría sabe sobre Edwards es que una vez él predicó un sermón con ese título, es todo lo que la gente sabe acerca de él, y probablemente ni leyeron ese sermón.

Él dijo algunas cosas muy fuertes y alarmantes, factibles de ser mal interpretadas. El propio Edwards dio respuesta a esa crítica.

Otra cosa de la que algunos ministros han sido muy acusados, y pienso que injustamente, es de transmitir gran terror a los que ya están aterrorizados, en vez de animarlos. De hecho, si en estos casos los ministros andan aterrorizando a las personas con algo que no es verdadero, o buscando atemorizarlas describiendo la situación de ellas peor de lo que es, o modificándola en algún aspecto; esos ministros deben ser condenados. No obstante, si las aterrorizan tan sólo por el hecho de lanzar más luz sobre ellas, y de hacerlas entender más de su situación, deben ser completamente justificados. Cuando las conciencias son grandemente despertadas por el Espíritu de Dios, se les comunica alguna luz, capacitando a los hombres a ver su situación, en alguna medida, como realmente es; y, si les es dirigida más luz, ésta los aterrorizará aún más. Sin embargo, los ministros no deben ser condenados por su empeño en echar más luz a la conciencia  en vez de aliviar el dolor bajo el cual se hallan, interceptando y obstruyendo la luz que ya brilla. Decirles cualquier cosa a los que jamás han creído en el Señor Jesucristo, o describir la situación de ellos de otro modo que no sea como: extraordinariamente terrible, no es predicar la Palabra de Dios porque la Palabra de Dios sólo revela la verdad; pero eso sería engañarlos ” (Obras de Jonathan Edwards -Vol. 1, 392).

En otras palabras, Edwards creía que la Biblia dice cosas terribles sobre quien muere en sus pecados. Eso era todo lo que Edwards hacía. Era puro argumento basado en las palabras de las Escrituras. No era lo que Edwards decía, era lo que las Escrituras decían; y él creía que era su deber advertir a las personas, pero aún así, nadie estaba más lejos de la violencia de un estruendoso evangelista itinerante, que Jonathan Edwards.

Comencemos con el hombre propiamente dicho. La primera cosa que se debe decir es que fue un fenómeno. Ahí está ese hombre criado en aquel país aún no desarrollado. Naturalmente había gente capaz, y ya había escuelas – Harvard y Yale existían.  Él nació en una región relativamente aislada y, por todas partes, sobresale como un consumado genio, poniendo en ridículo cualquier noción de evolución, o la teoría de los caracteres adquiridos, y así sucesivamente. A diferencia de la mayoría de los demás hombres, sobre los que estuvimos oyendo en esta Conferencia, no estuvo ni en Oxford ni en Cambridge. Él era un intelecto vigoroso, capaz de florecer en un súbito estallido,  original y acompañado de una brillante imaginación. Admirable originalidad, sí, pero sobre todo, de honestidad. Él es uno de los más honestos escritores que he leído. Nunca huye de un problema; los enfrenta todos. Nunca está rodeando una dificultad; él tenía ese curioso interés por la verdad en todos sus aspectos, y después, con todos aquellos dotes brillantes, hay su humildad y modestia y, a su vez, su excepcional espiritualidad. Él sabía más de la religión experimental que la mayoría de los hombres; y daba gran énfasis al corazón.

En otras palabras, lo que impresiona a la gente en cuanto a Edwards, cuando se mira al hombre como un todo, es la entereza, el equilibrio. Él era al mismo tiempo un vigoroso teólogo y un gran evangelista. ¡Cuán tontos nos volvemos nosotros! Este hombre era ambas cosas, como lo fuera el apóstol Pablo. Él fue también un gran pastor; cuidaba de las almas y de sus problemas. Era igualmente hábil con los adultos y con los niños. Era un gran defensor de la conversión de los niños, y les daba gran atención, permitiéndoles hasta tener sus propias reuniones.

¿Cuál era el secreto de este hombre? No dudo en decir esto: en él, siempre lo espiritual dominaba a lo intelectual. Creo que él debe haber tenido una gran lucha con su elevado intelecto y con su pensamiento original. Además, era un lector voraz y, para un hombre como ese, habría sido la cosa más simple del mundo convertirse en un intelectual puro, como Oliver Wendell Holmes, Perry Miller y muchos otros querían que se tornara. Sin embargo, como ellos lo expresaban, la teología mantenía el mando. Ahora bien, eso constituye la gloria especial de ese hombre -y eso es lo que lo explica- que él siempre mantenía su filosofía y sus especulaciones subordinadas a la Biblia y las consideraba simples siervas. Fuese lo que fuera que él intentase pensar, la Biblia era suprema: todo estaba subordinado a la Palabra de Dios. Todos sus ricos y brillantes dones no sólo eran mantenidos como subordinados, sino que eran usados como siervos. En otras palabras, él era dominado por Dios. Alguien dijo de él que “él combinaba una apasionada devoción con una mente profundamente completa”.

Comencemos examinando su concepto de religión. ¿Qué es la verdadera religión? Aquí hay una pregunta que necesitamos hacernos a nosotros mismos; y, en el caso de Edwards, la respuesta es perfectamente clara. Es lo que hoy se llama un encuentro existencial con Dios. Es un encuentro vivo con Dios. Dios y yo, estas “dos únicas realidades”. La religión es, para Edwards, algo que pertenece esencialmente al corazón. Es esencialmente experimental, esencialmente práctica. Esto queda claro en el famoso relato que hace de una experiencia que tuvo una vez. No olviden que estamos tratando con uno de los mayores genios que el mundo ha conocido, y el mayor filósofo americano de todos los tiempos.

Esto es lo que nos cuenta:

“Una vez, en 1737, mientras yo cabalgaba por los bosques debido a mi salud, habiéndome bajado de mi caballo en un lugar apartado, así como era mi costumbre, de caminar en divina contemplación y oración, tuve una visión, que para mí fue extraordinaria, de la gloria del Hijo de Dios, como Mediador entre Dios y los hombres, y su hermosura, grandeza, plenitud, pura y dulce gracia y amor, y mansedumbre y gentil condescendencia. Esta gracia que se veía tan llena de paz y dulzura, aparecía también grande arriba de los cielos. La persona de Cristo parecía inefablemente excelente, con una excelencia suficientemente grande como para absorber todo pensamiento e imagen, la cual continuó tanto como yo puedo juzgar, por cerca de una hora, que me mantuvo la mayor parte del tiempo en un diluvio de lágrimas, y sollozando en voz alta. Yo sentía un ardor en mi alma, un anhelo por ser, yo no sé otra forma de expresarlo, vaciado y aniquilado; postrado en el polvo, y estar lleno únicamente de Cristo; amarlo con un amor santo y puro ; vivir para Él; servirle y seguirle a Él; y ser completamente santificado y hecho puro, con una pureza divina y celestial. En varias ocasiones tuve visiones de la misma naturaleza, y las cuales han tenido también los mismos efectos.”

Pues bien, eso describe su idea esencial de la religión. Otra cita también ayuda a exponer el mismo énfasis: “Todos admitirán que la verdadera virtud o santidad tiene su sede especialmente en el corazón, y no en la cabeza. Se sigue, pues, de lo que ya hemos dicho, que la religión consiste principalmente de afectos santos. Las cosas de la religión tienen lugar en los corazones de los hombres, no más de lo que ellos son afectados por ellas. La información del entendimiento es totalmente vana, si no afecta al corazón, o, lo que viene a ser lo mismo, si no influye en los afectos.”

Aquí tenemos su idea esencial de religión: es moralmente asunto del corazón, y si no afecta el corazón, no tendrá valor, haga lo que haga en la cabeza. Una cita más nos ayudará a acentuar esta cuestión. Es tomada de uno de los más grandiosos sermones de Edwards, que lleva el título: “Una Luz Divina y Sobrenatural, inmediatamente impartida al alma por el Espíritu de Dios, lo que se muestra como una Doctrina Bíblica y Racional

Un sentido verdadero de la gloria divina y superlativa presente en estas cosas, una excelencia que es de una especie inmensamente más elevada, y de naturaleza más sublime que las otras cosas, una gloria que las distingue grandemente de todo cuanto  es terreno y temporal. El que es espiritualmente iluminado, verdaderamente aprende y ve eso, o tiene una percepción de ello. Él no cree de manera meramente racional que Dios es glorioso, sino que tiene un sentido de la naturaleza gloriosa de Dios en su corazón. No hay solamente una percepción racional de que Dios es santo, y que la santidad es una buena cosa, sino que hay una percepción del carácter atractivo de la santidad de Dios. No hay sólo la conclusión especulativa de que Dios es bondadoso, sino el sentido cuán bueno Dios es, por la belleza de este atributo divino” (Vol. 2, 14).

Tenemos entonces una idea del concepto de Edwards sobre la religión. La religión es eso, y esa es la prueba por la que debemos examinarnos.

Pasemos ahora al método de predicación de Edwards. Notamos luego que él predicaba sermones, y que no hacía discursos. Edwards no disertaba sobre verdades cristianas. A menudo me dicen en estos días, que muchos predicadores parecen más conferencistas que predicadores. Predicar no es hacer un discurso. Tampoco Edwards se limitaba a hacer un apresurado comentario de un pasaje. Esto tampoco es predicar, aunque muchos hoy parecen pensar que es. No era esa la idea que Edwards tenía de la predicación, y esa nunca fue la idea clásica de la predicación. Él comenzaba con un texto. Él siempre fue escriturístico. Él nunca tomaba meramente un tema y hablaba de él, excepto cuando estaba exponiendo una doctrina, pero incluso entonces escogía un texto. Él era siempre expositivo. También era invariablemente analítico. Su mente era analítica. Él hacía divisiones de su texto, de su exposición; él quería llegar la esencia del mensaje; así, el elemento crítico, analítico de su maravillosa mente entraba en acción. Él lo hacía para poder llegar a la doctrina enseñada en el versículo o en la porción; y después argumentar acerca de la doctrina, mostrar cómo ésta se puede encontrar en otras partes de las Escrituras, y su relación con otras doctrinas, y entonces establecer la verdad doctrinal. Pero no se detenía allí. Siempre había una aplicación. Él estaba predicando al pueblo, y no haciendo una disertación, no dando expresión pública de los pensamientos privados que había tenido en su oficina. Él estaba siempre interesado en dar a entender a los oyentes la verdad, en mostrarles su relevancia. Sin embargo, por encima de todo, y yo lo cito, él creía que la predicación debía ser siempre “caliente y celosa”.

Les recuerdo otra vez, que estamos lidiando aquí con un intelecto gigantesco y con un brillante filósofo; y, sin embargo, éste es el hombre que pone todo su énfasis en el calor y el sentimiento. Es como él expone este principio:

La frecuente predicación usada últimamente ha sido, de manera particular, objetada como sin provecho y perjudicial. La objeción es que cuando se oyen muchos sermones seguidos, un sermón tiende a empujar al otro hacia fuera, de modo que los oyentes pierden el beneficio de todos. Dos o tres sermones por semana, dicen ellos, es cuánto pueden recordar y asimilar. Tales objeciones a la prédica frecuente, si no proceden de una enemistad para con la religión, se deben a la debida falta de consideración de la manera en que esos sermones generalmente dan provecho a un auditorio. El principal beneficio hecho por la predicación es la impresión causada en la mente, en la misma hora, y no algún efecto que surja más tarde por el recuerdo de lo que fue transmitido. Y, aunque un recuerdo posterior de aquello que fue oído en un sermón muchas veces es provechoso, en gran parte, ese recuerdo es de una impresión que las palabras produjeron en el corazón en aquella hora; y la memoria se aprovecha, en la medida en que renueva e intensifica esa impresión.” (Vol. 1, 394).

Me gustaría añadir que, muchas veces he desalentado la práctica de tomar notas mientras estoy predicando. Esto se está tornando un hábito entre muchos evangélicos; pero, al contrario de lo que muchos piensan, no es la marca por excelencia de la espiritualidad. El primer y principal objetivo de la predicación no es tan solamente dar información. Es, como dice Edwards, causar una impresión. Y la impresión en el momento es la que importa, mucho más de lo que se puede recordar posteriormente. En este aspecto Edwards es, en un sentido, un crítico de algo que era una prominente práctica y costumbre puritana. El padre puritano solía catequizar e interrogar a los hijos en cuanto a lo que el predicador había dicho. Edwards, en mi opinión, tiene la verdadera noción de la predicación. No es principalmente transmitir información; porque mientras usted está revisando sus notas, puede estar perdiendo algo del impacto del Espíritu. Como predicadores, no debemos olvidar eso. No somos transmisores de información. Debemos decir a nuestros oyentes que lean ciertos libros y obtengan información allí. La tarea de la predicación es dar vida a la información. Lo mismo se aplica a los profesores en los colegios. La tragedia es que muchos profesores simplemente dictan notas y los pobres alumnos las escriben. No es esa la tarea de un maestro o profesor. Los alumnos pueden tener los libros, ellos mismos; la tarea del profesor es dar calor a eso, darle entusiasmo, estimularlo, darle vida. Y esa es la tarea primordial de la predicación. Tomemos esto en serio. Edwards daba gran énfasis a eso; y lo que necesitamos por encima de todo, hoy más que nunca, es predicación conmovedora, apasionada, poderosa. Esta debe ser “caliente” y debe ser “celosa”. A veces Edwards escribía su sermón completamente, y luego lo leía a la iglesia; pero no siempre.

Pero, dejemos esto y pasemos a lo que es, al final de las cuentas, la cosa más extraordinaria de todas acerca de Jonathan Edwards. Él fue, preeminentemente, el teólogo del avivamiento, el teólogo de la experiencia, o, como algunos lo expresaron, “el teólogo del corazón”. La cosa más espantosa sobre este fenómeno, ese intelecto poderoso, es que nadie sabía más sobre las funciones del corazón, regenerado o no, que Jonathan Edwards. Si usted quiere saber algo sobre la psicología de la religión, conversión, avivamientos; lea a Jonathan Edwards.

En ese campo Edwards sobresale supremamente y sin rival. Un americano de nombre Hofstadter publicó en la década de 1960 un libro titulado “El anti-intelectualismo en la vida americana (“Anti-Intellectualism in América Life) Algunos evangélicos ingleses parecieran haber descubierto esto recientemente e, invirtiendo su práctica anterior, ahora nos están animando a que demos gran énfasis en el intelecto. La respuesta a esto, una vez, es leer a Jonathan Edwards. No hay anti-intelectualismo en él. ¡Usted no puede emplear el término anti-intelectual cuando está hablando de Jonathan Edwards! Es totalmente lo inverso; en él usted tiene un intelecto calentado por el Espíritu Santo y lleno de él. Y eso mismo se debería poder decir de todos nosotros. Mi alegación es, que lo que Edwards escribió en esta conexión es una literatura única; y que no hay cosa alguna, en ninguna parte que yo sepa o de que yo haya oído hablar, que de algún modo sea comparable a lo que él escribió. Él lo realizó de varias maneras. Hace narrativas personales de experiencias de las personas, ya he citado algo de su propia experiencia, y se ve más de eso en su Narrativa Personal, en su Diario. Él nos hace un extenso relato de una de las admirables experiencias que sobrevino a su esposa. La esposa de Jonathan Edwards fue una persona tan santa como el propio Edwards, y ella tuvo algunas experiencias casi increíbles. Él nos da un relato de ellas y las examina. Uno de los tratados que constan en dos volúmenes se llama “Narrativa de Conversiones Sorprendentes” ( A Narrative of Surprising Conversions”) Es la más animadora y emocionante lectura que usted puede hacer jamás. ¿Usted las ha leído? ¡Bien, léalas! No será capaz de parar.

Otro importante grupo de sus escritos consiste en sus relatos de avivamientos. Se le pidió que lo hiciera. Uno de sus tratados fue sobre el avivamiento de la religión en Nueva Inglaterra. Se envió a amigos de Boston y luego a este país, y fue leído con gran avidez por hombres de Inglaterra y Escocia. Hay referencias a avivamientos, y a lo que sucede en ellos, en muchas de sus cartas, y también, con frecuencia, en sus sermones. Sin embargo lo que es único y superlativo es el modo en que él analiza las experiencias – tanto las experiencias individuales como los avivamientos en general. Y aquí que él es preeminentemente el maestro. Si usted quiere saber algo sobre avivamientos verdaderos, Edwards es el hombre que se debe consultar. Su conocimiento del corazón humano y de la psicología de la naturaleza humana es completamente incomparable.

Edwards escribió sobre estas cosas porque, en un sentido, fue obligado a hacerlo, debido a las críticas y a los malentendidos. Él siempre estuvo luchando en dos frentes, toda la vida. Se produjo en su iglesia un movimiento del Espíritu, y se extendió a otras iglesias, en un área muy extensa, y entonces sobrevino el Gran Despertar de 1740, asociado a su nombre y también a Whitefield y a otros. Todo esto dividió al pueblo de las iglesias en dos grupos. Había algunos que eran totalmente opuestos al avivamiento. Eran hombres que defendían la misma teología de Edwards, eran calvinistas, pero no les gustaba el avivamiento. No le gustaba el elemento emocional, no le gustaba la novedad. Hacían muchas objeciones a lo que estaba pasando; y Edwards tenía que defender el avivamiento contra esos críticos.

Pero había también hombres en el otro extremo, los hombres fogosos; y con ellos penetró el fuego descontrolado, que siempre tiende a entrar en escena durante un avivamiento. Estos eran los entusiastas, los hombres que se iban a los extremos, hombres culpables de necedad. Edwards tenía que lidiar con ellos también; así, allí estaba él, combatiendo en dos frentes. Sin embargo, claro está que su único interés era la gloria de Dios y el bien de la Iglesia. No tenía deseo de ser polemista, pero tenía que escribir en favor de la verdad y para defenderla.

Las principales obras que contienen esos análisis de las experiencias, y esas justificaciones de experiencias y de avivamientos se hallan en obras como “Un Tratado Concerniente a los Afectos Religiosos“. Este es uno de sus libros más famosos. Consistía realmente de una serie de sermones sobre un solo versículo- 1 Pedro 1: 8: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”. Lo que él hace en estos Iibros es mostrar la diferencia entre lo verdadero y lo falso en la esfera de la experiencia. Ese es el tema de todos estos diferentes tratados, y es desarrollado a ambos sentidos, con el fin de tratar con los oponentes y con los entusiastas al mismo tiempo.

A continuación, sigue el modo en que divide el asunto en el Tratado Concerniente a los Afectos religiosos. Lo divide en tres partes. Aquí están sus títulos: (1) “Acerca de la naturaleza de los sentimientos y la importancia de ellos en la religión.” Él tiene que probar que ellos son legítimos. Los adversarios del avivamiento predicaban sus grandes sermones doctrinarios, pero eran fríos, y toda emoción y cualquier fervor eran automáticamente considerados tabúes. Por eso Edwards tenía que justificarlos y mostrar que hay lugar para ellos. Entonces él prosigue y muestra que “La verdadera religión se apoya mucho en los afectos”, y después, “Inferencias de ello”. A continuación viene la segunda parte, “Viendo que no hay señales definidas de que los afectos religiosos son benignos o no”. Eso es típico de Edwards – el negativo y el positivo. Él continúa mostrando que el hecho de que los afectos “se elevaren mucho no es señal de que sean verdaderos”, “la fluidez y el fervor no son una señal“, “que no sean provocados por nosotros no es señal “, “que vengan acompañados de textos de las Escrituras no es prueba de que sean reales“, “que haya una apariencia de amor no es señal“, “afectos religiosos de muchas especies no son una señal“, “alegrías que siguen cierto orden no son una señal“, “mucho tiempo y celo en el deber“, “muchas expresiones de alabanza, de gran confianza, de relaciones conmovedoras no son una señal“. Ninguna de estas cosas es necesariamente una señal verdadera de que son genuinos o no. Después, la tercera parte muestra cuáles son los signos distintivos de los afectos verdaderamente benignos y santos. “Los afectos benignos provienen de la influencia divina.” “Su objetivo es la excelencia de las cosas divinas…”. “La práctica cristiana es lo principal para los demás y para nosotros mismos.”

Así era Edwards. No es crédulo, y no es hipercrítico. Siempre examina los dos lados. Él tenía que defender varios fenómenos inusuales y notables que ocurrieron en el avivamiento de la década de 1740. Él tenía que defender, y defiende, el hecho de que incluso el cuerpo puede ser afectado. La mujer de Edwards experimentó, en cierta ocasión, el fenómeno conocido como levitación. Ella fue literalmente transportada de una parte de la habitación a otra, sin hacer ningún esfuerzo o empeño. A veces las personas se desmayaban y quedaban inconscientes en las reuniones. Edwards no enseñaba que tales fenómenos eran del diablo. Él tiene algunas cosas sorprendentes para decir al respecto. Él siempre advertía a ambos lados, advirtiendo de apagar el Espíritu, y advirtiendo también del peligro de que la persona se dejara llevar por la carne y de ser engañada por Satanás por medio de la carne. Él advertía a todos. Hubo una ocasión en que él advirtió hasta a George Whitefield, que estaba viviendo con él. Whitefield tenía la tendencia de obedecer y dar oído a los “impulsos” y actuar sobre ellos. Edwards se aventuró a criticar a Whitefield en cuanto a eso, y a advertirle de los posibles peligros.

Hay algunas ilustraciones de la manera en que Edwards hacía ese maravilloso trabajo. Ellas mostrarán cómo él advertía algunas personas del peligro de rechazar el avivamiento como un todo, en términos de la filosofía de la historia, y del peligro de examinar sólo aspectos particulares del avivamiento, en vez de observarlo como un todo y de reparar en sus resultados extraordinarios.

Pero nada es más importante que el modo en que él advertía a las personas del terrible peligro de juzgar en estas cuestiones en términos de sus experiencias personales, en lugar de hacerlo en términos de la enseñanza de las Escrituras. Uno de nuestros mayores peligros, en la Iglesia Cristiana, y particularmente en las iglesias evangélicas o conservadoras hoy, es el hábito de reducir a algunas de las grandes afirmaciones de las Escrituras a nivel de nuestras propias experiencias. Vean, por ejemplo, aquel versículo sobre el cual Edwards predicó en conexión como su Tratado sobre los Afectos Religiosos: “A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso”. (1ª Pedro 1:8).

Hoy hay muchos que interpretan esto en términos de su experiencia personal y que nada saben del “goce inefable y glorioso”. Ellos dicen que eso es experimentado por todos los cristianos. Es como Edwards advierte de ese peligro:

“Desearía proponer que se considerara si es verdad o no, que algunos, en vez de hacer de las Escrituras su única regla para juzgar esa obra, hacen de su propia experiencia la regla; y rechazan todas las cosas ahora profesadas y experimentadas, porque ellos nunca las experimentaron. ¿Acaso no existen muchos que, sobre todo sobre esta base, han alimentado y ventilado sospechas, si no condenas perentorias, de aquellos terrores extremos y de aquellos grandes, repentinos y extraordinarios descubrimientos de las gloriosas perfecciones de Dios, y de la belleza y del amor de Cristo? ¿No han condenado tales vehementes afectos, tales elevados transportes de amor y de alegría, tal compasión y pesar por las almas de los demás, y ejercicios de la mente que ha producido tan grandes efectos, meramente, o principalmente, porque nada saben de esas realidades por experiencia propia? Las personas están muy dispuestas a sospechar de aquello que ellos mismos no sintieron. Es para temerse que muchos buenos hombres son culpables de ese error; lo que, sin embargo, no lo torna menos insensato. Y tal vez haya algunos que, sobre esa base, no sólo rechazan esas cosas extraordinarias, sino también toda aquella convicción de pecado, los descubrimientos de la gloria de Dios, la excelencia de Cristo y la convicción interior de la veracidad del evangelio por la influencia inmediata del Espíritu de Dios, que son necesarios para la salvación. Esas personas, que de ese modo hacen de sus experiencias personales su regla para juicio, en vez de inclinarse a la sabiduría de Dios y de rendirse su Palabra como una regla infalible, son culpables de lanzar una gran censura sobre el entendimiento del Altísimo.” (Vol. 1, 371).

O vean su defensa de las inusuales, o altas experiencias, con Dios y con la obra del Espíritu Santo. Él escribe:

No es ningún argumento decir que no es obra del Espíritu de Dios que algunos que son los sujetos de ella, estuvieron en una especie de éxtasis, en el cual fueron llevados más allá de sí mismos, y tuvieron sus mentes transportadas por una corriente de vigorosas y agradables imaginaciones, y por una especie de visiones, como si hubieran sido arrebatados al cielo y allí hubieran visto cosas maravillosas. Conocí bien alguno de esos casos, y no veo necesidad de introducir la ayuda del diablo en el relato que hacemos de esas cosas, ni tampoco de suponer que son de la misma naturaleza de las visiones de los profetas o del rapto de Pablo hacia el paraíso. La naturaleza humana, bajo estos intensos ejercicios y afectos, es todo lo que se necesita introducir en el relato “(Vol. 2, 263).

Veamos ahora lo que él dice acerca del testimonio del Espíritu junto a nuestros espíritus. Hay mucha confusión sobre esto en el presente. ¿Cómo interpretan ustedes, Romanos 8: 15-16? He aquí cómo Jonathan Edwards trata del testimonio del Espíritu:

Hubo casos, anteriormente, de personas que gritaban en transporte de júbilo divino, en Nueva Inglaterra. Tenemos un caso, en las Memorias del Capitán Clap (publicadas por el Rev. Prince), no de una simple mujer o de un niño, sino de un hombre de sólido entendimiento, que, en un elevado transporte de goce espiritual, se puso a gritar en alta voz en su lecho. Sus palabras (p. 9) son: ‘El Espíritu Santo de Dios (lo creo) dio testimonio junto a mi espíritu de que yo soy un hijo de Dios, y llenó mi corazón y mi alma con toda la seguridad de que Cristo es mío, y de tal manera me transportó, que me hizo gritar en mi cama, en alta voz, ¡Él ha venido!, ¡Él ha venido!’” (Vol. 1,370).

¿Será que todos los cristianos sienten y conocen ese testimonio del Espíritu? No permita Dios que reduzcamos esas gloriosas declaraciones al nivel de nuestras pobres y débiles experiencias. En el mismo párrafo se refiere a aquella experiencia inolvidable que John Flavel tuvo cierta ocasión durante un viaje.

Aquí está su defensa de las asombrosas experiencias que se le fueron dadas a su esposa. Habiendo hecho una extensa narrativa de sus experiencias, él las analiza y las da por válidas. Había muchos en aquel tiempo, y aún los hay, que las catalogarían como: delirios, fantasía, imaginación exacerbada, etc. Es como Edwards comenta esto:

Si estas cosas no pasan de ser entusiasmo, o el fruto de un cerebro perturbado, ¡ojalá mi cerebro sea siempre tomado de esa feliz perturbación! Si es locura, ¡oro a Dios para que toda la humanidad sea atrapada por esa locura benigna, dócil, benéfica, beatífica y gloriosa! ¡Qué noción tienen de la verdadera religión aquellos que rechazan lo que aquí se ha descrito! ¿Qué hallaremos que corresponda a estas expresiones de las Escrituras: la paz de Dios que excede todo el entendimiento; alegrarnos con gozo inefable y glorioso; el resplandor de Dios en nuestros corazones, para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios, en la faz de Jesucristo; con cara descubierta, reflejando como un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor; llamados de las tinieblas a su luz admirable; y la estrella de la mañana resplandezca en nuestros corazones? (Filipenses 4: 7, 1 Pedro 1: 8, 2 Corintios 4: 6, 3:18, 1 Pedro 2: 9, 2 Pedro 1:19). ¿Entonces, permítanme preguntar, si esas cosas mencionadas arriba no corresponden a esas expresiones, que otra cosa podremos encontrar, que corresponda a ellas?” (Vol. 1, 69).

De esa manera Edwards defendía las inusuales y excepcionales experiencias que estaban siendo concedidas a ciertas personas en aquella época particular. Todavía, con todo el análisis que hace, y con todo su examen, interrogatorio y cuestionamiento, él nunca nos deja confusos y desanimados. Edwards siempre nos eleva, siempre nos estimula y no nos lleva a sentirnos sin esperanza. Él crea dentro de nosotros un deseo de conocer estas cosas.

Permítanme concluir con una nota de aplicación. Terminar sin hacer una aplicación sería ser desleal a la memoria de este gran hombre de Dios. ¿Cuáles son las lecciones que nos vienen de Jonathan Edwards para hoy? Ningún hombre es más relevante para la presente condición del cristianismo que Jonathan Edwards. Ninguno es más necesario. Tomemos lo que hemos estado considerando y, sobre todo, tomen el tratado que él escribió en 1748, con el título de: “Un Humilde Intento de Promover Explícito Acuerdo y Unión Visible del Pueblo de Dios en Extraordinaria oración por el Avivamiento de la Religión y por el Progreso del Reino de Cristo en la Tierra”. Algunos amigos de Escocia se habían reunido en oración de esa manera, y escribieron a Edwards y le hablaron de ello. Le preguntaron si estaba de acuerdo con eso y si escribiría algo al respecto. Así, él escribe ese gran tratado concitando a las personas a unirse, y acordar hacerlo de una vez al mes y de varias otras maneras. Él argumenta y pleitea mucho, especialmente en términos de lo que él y ellos consideraban entonces como la proximidad de la Segunda Venida de Cristo, y de la gloria que habría de revelarse. Esta es una declaración vigorosa y gloriosa. Ciertamente el avivamiento es la única respuesta para la presente necesidad y condición de la Iglesia.

Me gustaría exponerlo de esta manera: una apologética que deje de dar el supremo énfasis a la obra del Espíritu Santo está condenada a ser un completo fracaso.

Todavía es lo que hemos estado haciendo. Hemos presentado una apologética altamente filosófica y argumentativa. Hemos argumentado acerca del arte moderno, de la literatura moderna, del teatro moderno, de conceptos políticos y sociales, como si eso fuera lo necesario. Lo que es necesario es una efusión, un derramamiento del Espíritu, y cualquier apologética que no nos lleve finalmente a la necesidad de ese derramamiento, en última instancia será inútil. Creo que estamos de nuevo casi en la misma situación que prevalecía antes de que sucedieran aquellas cosas grandiosas en la década del 30, en el siglo 18.

Las conferencias de Boyle habían sido instituidas en el siglo anterior con el fin de propiciar una apologética y la defensa de la religión y del evangelio. Y hemos continuado haciendo lo mismo con mucha asiduidad. No sólo eso; también la famosa Analogía (“Analogy”) del obispo Butler había aparecido en defensa del evangelio. Pero no fueron esos los factores que cambiaron la situación, fue el avivamiento. Y nuestra única esperanza es el avivamiento, ya hemos intentado todo lo demás. Edwards nos recuerda una vez más la suprema necesidad de avivamiento.

Tratemos de ver con claridad lo que él dijo al respecto de esto. Necesitamos saber lo que significa avivamiento. Necesitamos saber la diferencia entre una campaña evangelística y el avivamiento. No se pueden comparar. Necesitamos comprender la diferencia entre experimentar el poder del Espíritu en el avivamiento y llamar a las personas para tomar una decisión. Hace algunos años un cierto líder evangélico, muy conocido y preeminente, insistía conmigo para asistir a una campaña evangelística y, lleno de entusiasmo, decía: “Usted es debe ir. ¡Es maravilloso, magnífico! La gente va adelante en grandes grupos. ¡Nada de emoción! ¡Nada de emoción!” Y él repetía: “Nada de emoción.” ¡Él no había leído a Jonathan Edwards! Deberíamos estar seriamente preocupados si no hay emoción. ¿Si las personas pueden tomar alguna supuesta decisión por Cristo sin emoción, que es lo que realmente está sucediendo?

¿Es concebible que un alma pueda percibir el peligro de pasar la eternidad en el infierno, conocer algo de la santidad de Dios,  creer que el Hijo de Dios vino al mundo y hasta murió en una atroz cruz, y que murió por nosotros, y que resucitó de los muertos para que esa alma pudiera ser salva, y aún no sentir emoción?

Lean a Edwards sobre avivamiento. La expresión que él siempre usaba era “un derramamiento del Espíritu“. Hoy, oímos hablar mucho de lo que llaman “renovación”. No les gusta el término “avivamiento”; prefieren “renovación”. Lo que quieren decir con eso es que, todos hemos sido bautizados con el Espíritu en el momento de la regeneración, y que, por lo tanto, todo lo que tenemos que hacer es darnos cuenta de lo que ya tenemos y rendirnos a eso. ¡Eso no es avivamiento! Ustedes pueden hacer todo lo que les enseñan y obtener muchos beneficios; pero aún no habrán tenido avivamiento. El Avivamiento es un derramamiento del Espíritu, es algo que nos sobreviene, que nos acontece. No somos los agentes; sólo somos conscientes de que nos ha sucedido algo. Así que Edwards nos recuerda de nuevo lo que es realmente el avivamiento.

Esto lleva a una advertencia a los que están apagando al Espíritu; y hay muchos sobre los cuales pesa la culpa de ello en el presente. Un libro escrito por el finado Ronald Knox sobre Entusiasmo se hizo popular entre ciertos evangélicos. Él fue un intelectual católico romano, ignorante de estas cosas. Naturalmente, él menciona a Edwards y al famoso sermón. El Nuevo Testamento nos advierte del peligro de “apagar el Espíritu”. Podemos ser culpables de hacerlo de varias maneras. Podemos apagar al Espíritu interesándonos exclusivamente por la teología. También podemos hacerlo interesándonos solamente por la aplicación del cristianismo a la industria, a la educación, a las artes, a la política, etc. Al mismo tiempo, Edwards hace advertencias similares a las que sólo dan énfasis a la experiencia. Nada es más notable que el equilibrio de ese hombre. Debemos tener teología; sin embargo ésta debe ser teología con fuego.

Es necesario que haya emoción y calor, así como luz. En Edwards encontramos la combinación ideal:  las grandes doctrinas con el fuego del Espíritu sobre ellas.

Cierro con dos palabras especiales de aplicación. La primera es para los predicadores. Ternos urgente necesidad, hoy, de lo que Edwards decía a los predicadores en sus días:

Creo que estaría cumpliendo con mi deber al elevar los afectos de mis oyentes tan alto como me fuera posible, puesto que ellos no son afectados por nada, sino por la verdad, y por afectos que no están en desacuerdo con la naturaleza del asunto. Sé que es vieja praxis, despreciar un modo de predicar muy caluroso y dramático; y sólo han sido apreciados como predicadores aquellos que muestran la más amplia cultura, poder de raciocinio y corrección en el lenguaje. Pero humildemente creo que fue por falta de entender o de estudiar debidamente la naturaleza humana, que se pensó que ella tiene de por sí, la mayor propensión para atender a los fines de la predicación; y la experiencia de la época pasada y de la actual confirma sobradamente este error. Aunque es cierto, como he dicho antes, que la claridad del discernimiento, la ilustración, el poder de razonamiento y un buen método de manejo doctrinal de las verdades de la religión, de muchas formas son necesarios y provechosos, y no deben ser descuidados; no es el aumento en el conocimiento especulativo de teología lo que las personas más necesitan. Los hombres pueden tener gran cantidad de luz, y no tener ningún calor. ¡Cuánto de esta clase de conocimiento hay en el mundo cristiano, en la época actual! ¿Ha habido alguna época en que el vigor y la penetración de la razón, la extensión de la cultura, la exactitud del discernimiento, la corrección del estilo y la claridad de expresión fueran tan abundantes? Y, sin embargo, ¿Ha habido alguna época en que haya habido tan poco sentido de la malignidad del pecado, tan poco amor a Dios, disposición celestial y santidad en el vivir, entre los que profesan la religión verdadera, como ahora? Nuestra gente no necesita tener sus cabezas repletas, tanto como necesita tener sus corazones emocionados; y nuestra gente está en gran necesidad de la especie de predicación que les proporcione eso.”  (Vol. 1, 391).

Ahora, una palabra a los miembros de la iglesia. ¿Será que todo lo que dije les llevó a sentirse desesperados? ¿Los llevó a dudar, tal vez, si son cristianos? Mi consejo a ustedes es: lean a Jonathan Edwards. Dejen de frecuentar tantas reuniones;  desapéguense de las diversas formas de entretenimiento que actualmente son tan populares en los círculos evangélicos. Aprender a quedarse en casa. Reaprendan a leer, y no sólo las historias emocionantes de ciertas personas modernas. Regresen a algo sólido, real y profundo. ¿Estás perdiendo el arte de leer? Muchas veces los avivamientos comenzaron como resultado de la lectura de obras como estos dos volúmenes de las obras de Edwards.

Pero, por encima de todo, habiendo leído a este hombre, intentemos, todos nosotros, captar y retener su mayor énfasis: la Gloria de Dios. No nos detengamos en algún beneficio que hayamos recibido, ni siquiera con las experiencias más altas que hayamos disfrutado, busquemos conocer más y más la Gloria de Dios. Es lo que siempre lleva a una experiencia genuina. Necesitamos conocer la majestad de Dios, la soberanía de Dios, y necesitamos tener sentido de temor, sentido de lo maravilloso. ¿Tienen conocimiento de ello? ¿Hay en nuestras iglesias un sentido de lo maravilloso y de lo espantoso? Esta es la impresión que Jonathan Edwards siempre comunica y crea. Él enseña que estas cosas son posibles al cristiano más humilde. Él predicaba y ministraba a la gente común y, aun así, les decía que esas cosas eran posibles a todas ellas.”

Por el Dr. Martyn Lloyd-Jones  – Extraído de Os Puritanos – Suas origens e seus sucessores [Los Puritanos – Sus orígenes y sus sucesores] – Traducido del portugués para  Diarios de Avivamientos Gabriel Edgardo  LLugdar -2018 –

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George Whitefield – Su extraordinaria vida – Historia de los grandes Avivamientos

Extraída del libro: Os Puritanos – del Dr. Martyn Lloyd-Jones – Traducido del portugués por Diarios de Avivamientos – 2018

“Hay un hecho extraordinario acerca de este hombre, Whitefield, al cual debo dirigir mi atención por un momento, y ese hecho es la espantosa negligencia que el sufrió. Sería muy interesante descubrir cuál sería el resultado, si yo pidiese a cada uno de los que aquí se hallan presentes que escribiera un ensayo sobre George Whitefield ¿Cuánto tendrían ustedes para decir? Me aventuro a aseverar que él es el hombre más descuidado de toda la historia de la Iglesia. La ignorancia que se refiere a él es pavorosa.

Pero la cuestión es: ¿por qué Whitefield ha sido descuidado de esa forma? Mucha gente sabe algo de John Wesley – no creo que sepan mucho, incluso de él, pero algo saben – mientras que Whitefield es un hombre desconocido, y la gran historia concerniente a él es una cosa que parece que la gente nunca ha escuchado. ¿Por qué? La explicación es de veras importante; por eso he leído aquellos versículos del capítulo dos del libro de Jueces.

Jueces, capítulo dos, versículos 8, 9 y 10: “Falleció Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, de la edad de ciento diez años; y lo sepultaron al término de su herencia, en Timnate- -Heres, en el monte de Efraim, hacia el norte del monte de Gaás. Y fue también congregada toda aquella generación a sus padres, y otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel

Ustedes notan el punto en cuestión: no sólo Josué murió, sino que “fue también congregada toda aquella generación a sus padres” – es decir, los contemporáneos de Josué. Y después el texto nos dice que “otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel“. Esta es una declaración sumamente interesante y significativa. Esto siempre me parece que arroja gran luz sobre nuestra situación actual. Cuando las personas no conocen al Señor, pronto se vuelven muy ignorantes de la Historia de la Iglesia. Una vez que usted pierde el conocimiento del Señor, usted pierde el interés por Sus obras.

Eso, creo, fue lo que ocurrió durante los últimos cien años. El conocimiento del Señor siempre lleva a un interés por la Historia de la Iglesia, y estimula ese interés. ¿Acaso puedo opinar de paso esta noche, que hay algo errado con un conservadurismo evangélico que no tiene interés por la Historia de la Iglesia?

Hay un defecto en algún punto de nuestro conocimiento del Señor; porque, desde que una persona tiene un verdadero conocimiento del Señor, ella tiene un vívido interés por todas las obras del Señor, por todos los eventos conocidos y registrados en la larga historia de la Iglesia Cristiana. Creo que eso es algo que debería llevarnos a examinarnos a nosotros mismos con mucha seriedad. Estas dos cosas, de acuerdo con el texto, están indisolublemente interconectadas: la pérdida del conocimiento del Señor, la pérdida del conocimiento de Sus siervos y de sus grandes obras realizadas por medio de ellos. Examinémonos a nosotros mismos, con calma, a la luz de esta proposición.

La principal explicación, no tengo duda, de la negligencia de que Whitefield es objeto, es que él nunca fundó o estableció una denominación. Conforme fue llegando al final de su vida, tal vez se dio cuenta de que había cometido un error en ello. Consta que él dijo, antes del fin, que John Wesley fue más sabio que él, pues había “acorralado sus ovejas”, mientras que él no lo había hecho. El hecho, sin embargo, es que él no se preocupó en fundar o en dejar una denominación religiosa.
Se contentaba con predicar el evangelio, en fertilizar todo y cualquier cuerpo religioso. Así, él no dejó una denominación. Pero John Wesley dejó una denominación, y ésta con una perspectiva teológica particular, y gran atención se ha dado a su memoria. Los libros sobre John Wesley han sido esparcidos sin cesar a lo largo de los años; pero, en el caso de Whitefield, no hubo ninguna denominación religiosa para propagarlo. Esta es, creo, la principal explicación de la razón por la que ha sido tan tristemente descuidado.

Sin embargo, ¿por qué debemos entonces preocuparnos en traer al recuerdo de nuevo a este hombre, y en ponerlo delante de nosotros y del público religioso? Mi respuesta es: a causa del fenómeno del avivamiento religioso del siglo 18, uno de los más admirables episodios de la larga historia de la Iglesia Cristiana. Estoy muy dispuesto a estar de acuerdo con los que dicen que probablemente esa fue la mayor manifestación del poder del Espíritu Santo desde los días apostólicos. Se puede elaborar un excelente argumento en favor de esta afirmación. Si ustedes desean comprender lo que quiero decir, presten atención a lo siguiente: consideren el estado de este país [Inglaterra] antes del Despertamiento y Avivamiento Evangélico: era deplorable.

La Iglesia de Inglaterra estaba muerta; ustedes saben de la pluralidad de maneras de vivir, ustedes saben de las borracheras y farras, eso fue descrito muchas y muchas veces. Pero las otras denominaciones no eran mucho mejores. Pueden haber sido un poco mejores en el lado moral, pero la Iglesia Presbiteriana de aquellos días había caído en la herejía del arrianismo, y por fin desapareció totalmente. Y las otras comunidades no conformistas se hallaban en un estado de letargo, apegadas a una ortodoxia muerta.

Entonces vino este gran avivamiento, y toda la faz de Inglaterra cambió. La Iglesia de Inglaterra, en muchos aspectos, revivió; los no conformistas revivieron; una nueva corporación vino a la existencia, con el nombre de Sociedades Metodistas, y las repercusiones en un área más amplia fueron realmente admirables y espantosas. Se ha alegado muchas veces, y se puede probar, me parece, que el movimiento sindicalista de los obreros de este país surgió indirectamente de aquel avivamiento. Fue porque hombres, que antes eran ignorantes y llevaban vidas de ebrios embrutecidos, fueron transformados y nacieron de nuevo. Ellos comenzaron a comprender su dignidad como hombres y exigir educación y mejores condiciones de trabajo, y así sucesivamente. De ahí vino el movimiento sindicalista de los obreros. Sabemos de la conexión entre el movimiento pro-abolición de la esclavitud dirigido principalmente por William Wilberforce, y ese avivamiento, él mismo fue uno de los resultados de este avivamiento.

Toda la gente sabe que una de las grandes características de aquel avivamiento fue la predicación al aire libre. Estos hombres predicaban a multitudes inmensas, a veinte mil personas, y a menudo mucho más. ¿Quién fue el primero en predicar al aire libre? La respuesta es siempre la misma – George Whitefield fue el primero en predicar al aire libre, y tuvo enorme dificultad en persuadir tanto a John como a Charles Wesley a hacer lo mismo. Ambos eran mucho más conservadores que Whitefield. Él los precedió varios meses en este aspecto, y ejerció gran presión sobre ellos para persuadirlos a seguirlo. Por lo tanto, ustedes ven, él es el líder, el pionero, el primero en todos estos aspectos. Él fue el primero, también, en organizar sociedades – sociedades religiosas. Él también fue el primero en las obras beneméritas. Hay una escuela metodista muy famosa, llamada Kingswood School, a la que muchos ministros metodistas envían a sus chicos para recibir educación. Ella fue iniciada como una escuela para niños pobres, hijos de mineros y otros. ¿Quién fundó la Kingswood School? George Whitefield. Siempre George Whitefield en la vanguardia; él era el líder. A esta altura, espero haberlos convencido a ustedes de que mi protesta contra esta afrentosa negligencia hacia este hombre es más que justificada.

Él visitó América siete veces. Algunos de nosotros hallamos trabajoso cruzar el Atlántico actualmente, pero imaginen hacerlo hace doscientos años. Y Whitefield cruzó el Atlántico trece veces. Murió allí, en su séptima visita, de modo que, de hecho, cruzó el Atlántico trece veces. Visitó a Escocia catorce veces. Se calcula que probablemente predicó dieciocho mil sermones en los treinta y cuatro años de su vida como predicador.

Ahí está por qué, digo yo, es necesario celebrar la memoria de este hombre. Este hombre fue simplemente un fenómeno. No hubo ningún hombre que fuera mejor conocido en Londres hace doscientos años, que este hombre, George Whitefield. ¿Cuáles son los hechos acerca de él? Dejenme dar un breve resumen, a fin de intentar propiciar una conceptualización del fenómeno conocido como George Whitefield. Como ya les he recordado, nació en Gloucester, en la Taberna [o Posada] de la Campana (The Bell Inn), el 16 de diciembre de 1714. Muchos de sus antepasados habían sido clérigos de la Iglesia de Inglaterra, pero su padre no. Su padre era el conserje de la posada “The Bell Inn”, en Gloucester, y allí él pasó su niñez. Su padre murió cuando él era muy joven, y Whitefield nos cuenta en su diario que cayó en muchos pecados, en la mayoría de aquellos pecados en los que la juventud tiende a caer. Pero nunca fue feliz, siempre tuvo una conciencia sensible. Abandonó la escuela por un tiempo, pero luego empezó a pensar que estaba equivocado. Durante el tiempo en que dejó la escuela, sólo estuvo ocupado en servir bebida, según la costumbre de aquella taberna [o posada] de Gloucester. Sin embargo, su conciencia aún le perturbaba, y él regresó a la escuela, y finalmente pudo conseguir ingreso en una universidad, en Oxford.

Allí, como digo, recibió la influencia de aquel Club Santo que había sido formado por Charles Wesley y algunos otros, y que más tarde recibió la adhesión de John Wesley. Después de haber concluido su curso en Oxford, fue ordenado por el obispo Benson, obispo de Gloucester en aquel tiempo, el 20 de junio de 1736, a la edad de veintiún años. Pues bien, el obispo Benson había hecho una regla según la cual no ordenaría a nadie con menos de veintitrés años de edad, pero habiendo oído lo que había oído sobre este joven extraordinario, y habiéndose encontrado personalmente con él, resolvió romper su propia regla, por lo que lo ordenó aunque él sólo tenía veintiún años de edad.

El 27 de junio, una semana después de su ordenación, predicó por primera vez en Gloucester, en la Iglesia de Santa María, la Cripta, donde había sido bautizado en la infancia y había participado por primera vez en la Cena del Señor. Naturalmente, este acontecimiento causó mucho interés, y tal vez algún entusiasmo. Su madre era muy conocida como celadora de la Posada de la Campana, y todos los parientes y amigos, y otros, vinieron al culto; el resultado fue que la iglesia quedó repleta. Ahora bien, este es el punto interesante:  en este primer sermón mostró que era un hombre aparte, que había algo inusual sobre él. El efecto sobre los oyentes fue tremendo. Fue dicho más tarde, y hasta fue llevado al conocimiento del obispo, que quince personas se habían vuelto locas a causa de aquel sermón. El obispo Benson era un hombre sabio, y corrió la noticia de que su comentario fue: “Todo lo que deseo y espero es que esa locura no sea olvidada antes del próximo domingo”.  Él era un hombre sabio, y comprendió que allí estaba un predicador realmente inusual. El primer sermón de Whitefield lo marcó como un predicador completamente excepcional, a la edad de, recuerden, veintiún años.

Él vino a Londres por primera vez en agosto del mismo año de 1736. Su primer sermón en Londres fue predicado en Bishopgate. El puesto que vino a ocupar consistía en actuar como sustituto del capellán de la Torre de Londres, pero le fueron dadas oportunidades de predicar en otros lugares y, de nuevo, en el momento en que empezaba a predicar él atraía la atención, y atraía a multitudes. El pueblo jamás había oído predicación como la suya. En vez de leer un prosaico tipo de ensayo, que se suponía servir como un sermón, él era un hombre que predicaba con todo su ser, con autoridad, poder y convicción – e inmediatamente, cada vez que predicaba, las iglesias quedaban llenas, atascadas.

Después de pasar cerca de dos meses aquí en Londres, fue a sustituir a un amigo en una parroquia de Hampshire. Sucedió allí exactamente lo mismo. Como resultado de ello, se le ofrecieron muchas parroquias y se le presentaron muchas posibilidades y perspectivas de éxito y de progreso en la Iglesia de Inglaterra. Pero, bajo la influencia de sus amigos John y Charles Wesley, que estaban en Georgia [Norteamérica], buscando hacer alguna obra misionera, se sintió llamado a ir a Georgia y, así, decidió definitivamente que era lo que debía hacer. No había barco disponible inmediatamente, y había varios arreglos para hacer, de modo que él pudo volver a Gloucester para despedirse de su madre, de los amigos y de los parientes. Él predicó allí, y una vez más fue notable. En cierto sentido, se demostró que ese fue un punto decisivo de su vida y carrera. Él tenía algunos parientes en Bristol, ciudad vecina de Gloucester, y quería despedirse de ellos antes de partir a Georgia. Por eso fue allí. Cada vez que él se enteraba de que había algún tipo de conferencia o sermón en alguna iglesia en un día de semana, siempre asistía. Así, en Bristol él fue a una cierta iglesia y allí estaba sentado con la congregación, cuando el hombre que debía predicar lo reconoció, se fue a él y le pidió que predicara en su lugar. Dice Whitefield: “Sucedió que tenía las anotaciones de un sermón en el bolsillo, de modo que estuve de acuerdo en predicar”. Y lo hizo. Este fue, en un sentido, el comienzo del real fenómeno de George Whitefield. La congregación quedó toda electrizada. Él predicó en otras iglesias, y estas también quedaron desbordantes de gente.

El pueblo venía de todas partes, y en las iglesias ocupaban todos los rincones – junto a los candelabros, en el sótano, en la galería, en cualquier punto, con tal de estar en el edificio y oírlo. Pues bien, eso es asombroso. Él predicó en Bristol por primera vez en enero de 1737. Hubo retrasos, y él todavía no pudo ir a Georgia, y así pudo hacer otra visita a Bristol, en mayo de 1737, llegando allí el día 23. He aquí una cosa que les ayudará a percibir qué fenómeno era este hombre. Recuerde, él era sólo un joven de veintidós años, pero esto es lo que él dice sobre su segunda visita a Bristol: “Multitudes venían a pie a mi encuentro, y muchos venían en carruajes, desde una milla, y casi todos me saludaban y me bendecían cuando yo andaba por la calle“. ¿Pueden imaginar eso? ¡Un joven de veintidós años! Gente caminando una milla, viajando en carruajes para encontrarse con él. Era una especie de “desfile real”, y todo resultante de su admirable y espantosa predicación. Y continuó así – de vuelta a Gloucester, luego a Oxford y luego a Londres. Consta que entre agosto y la Navidad de 1737 él predicó cien veces, y cada vez a auditorios repletos. Él se tornó uno de los hombres más famosos de toda la ciudad de Londres, y de todo el país.

Entonces, al final, él pudo ir a América, y allí pasó la mayor parte de 1738. Ahora, recuerde, este año de 1738 es el año en que los dos hermanos Wesley fueron convertidos durante el mes de mayo. Sin embargo, Whitefield volvió a Inglaterra a finales de 1738, por varios motivos. Ahora bien, esto nos lleva al gran año de 1739. Volviendo a sus viejos rincones – Gloucester, Bristol, etc. – comenzó a oír sobre la terrible condición de los mineros que vivían en aquella villa de Kingswood, situada en los límites de Bristol. Ellos llevaban una vida muy depravada. Whitefield se preocupó de ellos. Aquellos hombres nunca habían llegado cerca de un lugar de culto, por lo que él pensó que debía ir a ellos, y fue un día y predicó a unos cien de ellos. Pero, de nuevo, el efecto fue tan tremendo que de ahí en adelante él empezó a predicar a por lo menos cinco mil de ellos a la vez. Estos hombres salían de la mina, no tenían tiempo de lavarse; se quedaban de pie, oyendo; y allí les predicaba. Se cuenta que luego ya estaba predicando a veinte mil personas, todas oyéndolo de pie, al aire libre. Y después de eso, como les dije, influenció a los hermanos Wesley para que ellos hicieran lo mismo.

Sin embargo, cuando Whitefield regresó de América, vio que se había operado un gran cambio aquí en Londres, en la actitud de los clérigos y de los pastores hacia él. Cuando partió, estaba en la cresta de la ola de la popularidad, pero cuando volvió vio que muchas puertas estaban cerradas para él. ¿Por qué? Bueno, hubo muchas razones para ello. Algunos de sus convertidos habían sido un tanto imprudentes, habían actuado de un modo impropio del evangelio, y habían hecho hostiles a sus propios clérigos y pastores. Además, algunos miembros del clero realmente nunca habían disfrutado de su predicación sobre la necesidad absoluta del nuevo nacimiento. Por encima de todo, partes del Diario que él había comenzado a escribir habían sido publicadas, y ellos creían que eso era exhibicionismo, y que él estaba diciendo cosas que no debía decir. Estas cosas, sin duda, además de mucha envidia, hicieron que muchas iglesias se cerraran para él. Así, él fue impulsado aún más al aire libre.

Le negaron permiso para predicar en la Iglesia de Santa María, en Islington; justo cuando estaba para entrar en el púlpito, fue detenido. Entonces él resolvió cerrar tranquilamente ese culto. Después llevó al pueblo hacia fuera y les predicó en el patio de la iglesia. Todo esto agravó la situación y los ataques que le dirigían se volvieron realmente increíbles. Se hicieron ataques a su carácter moral, ofendiendo hasta su apariencia personal. Whitefield tenía la infelicidad de tener un ojo bizco, y así era conocido por el pueblo, por la multitud popular de Londres, como el “Doctor Ojo Bizco” (“Doctor Squintum”). Esto, sin embargo, no hacía la menor diferencia, el punto era que él era un predicador bien conocido, y fue como su vida continuó. Él predicaba  en cualquier lugar donde había un gran espacio abierto, Whitefield sólo tenía que levantarse y predicar, y miles se reunían para oírlo. El promedio de sus oyentes rondaba en algún punto cercano a los veinte mil por vez y, recuerden, todos ellos tenían que estar de pie. No obstante, lo hacían con la mayor buena voluntad.

George Whitefield

Él simplemente continuó haciéndolo por el resto de su vida. Hizo esto en toda Inglaterra, lo hizo en Gales, como ya les dije, lo hizo en Escocia, lo hizo en América. Así, este fenómeno continuó. Cuando se oía que él estaba en las inmediaciones y luego iba a predicar, los comerciantes cerraban inmediatamente sus tiendas, pues tenían que oírlo; los hombres de negocios olvidaban sus negocios, los labradores largaban sus instrumentos de trabajo. Él podía conseguir un auditorio de miles a cualquier hora del día o de la noche; él podía conseguirlos y mantenerlos en la nieve, en la helada, en el hielo y la lluvia – no importaba cuáles eran las condiciones. En América, en un invierno muy frío, permanecieron de pie los miles oyendo a este hombre predicar el evangelio, y los oyentes recorrían distancias interminables para tener esta gran oportunidad y privilegio.

Puedo resumir el resto de su vida diciéndoles apenas esto – desde aquel comienzo al aire libre, en 1739, él simplemente continuó haciendo eso en todos estos países hasta que, por fin, a las primeras horas de la mañana del 30 de septiembre de 1770, expiró su último aliento y partió para estar con aquel Señor que anhelaba ver desde sus primeros días como joven predicador. Su fin es muy característico de su personalidad. Él no estaba bien de salud, lo admirable es que él vivió el tiempo que vivió. Porque este hombre solía predicar cinco o seis veces al día. Eso era cosa común para él, y así él ponía su cuerpo bajo una tremenda tensión. Allí estaba él; había prometido predicar en un lugar llamado Newbury Port, en Nueva Inglaterra, domingo, 30 de septiembre de 1770, y estaba viajando en esa dirección. Él tuvo que pasar por un lugar llamado Exeter, y cuando oyeron que él estaba allí, vinieron todos en multitud. Él tenía que predicarles, y al fin lo persuadieron a hacerlo. Al principio él apenas podía hablar. Estaba en condición física tan débil, que no podía articular las palabras. Él empezó despacio, y poco a poco comenzó a revivir. Acabó predicando para ellos por dos horas.

Ese era George Whitefield. Él se llenó de poder y de fuerzas, y los oyentes, como de costumbre, quedaron profundamente impresionados. Después llegaron al lugar donde debía quedarse aquel sábado por la noche, en Newbury Port y, por fin, dijo que iba a dormir. Le dieron un candelero con una vela, pero el lugar estaba lleno de gente. Hacia donde fuera, la gente se aglomeraba alrededor de él, haciendole preguntas, queriendo tener una palabra de él. Este último cuadro es maravilloso, idílico. Él intentó alejarse de ellos, y comenzó a subir la escalera, con la vela encendida en la mano. Después se volvió y les habló de nuevo, haciéndoles otra exhortación. Continuó predicándoles hasta que la vela se consumió completamente, y él sólo se quedó con el candelero en la mano.

Finalmente se fue a la habitación y para la cama. Tuvo un fuerte ataque de lo que hoy denominamos asma cardíaco, y murió. Simplemente se fue, como digo, a estar con el Señor a quien tanto amaba. Cuando ustedes leen sus maravillosos Diarios, presten atención a la manera en que él anhelaba estar con el Señor. No era un simple hablar; era lo que quería decir; él fue reprendido algunas veces por decir eso, pero era su mayor deseo, y al final le fue concedido. Bueno, ahí está el fenómeno abarcado por el nombre de George Whitefield, y ahí está el por qué es bueno para nosotros recordar todo esto.

Allí estaba un hombre capaz de predicar de esa manera a todas las clases. Había muchos que le seguían, entre los miembros de la aristocracia de aquí de Londres. La condesa de Huntington creía que no había ningún predicador como él, y solía abrir las salas de su gran casa e invitar a todos los principales elementos de la aristocracia de la época para oírlo; y ellos se deleitaban escuchando a Whitefield. Él era el mayor de estos predicadores que predicaban para la aristocracia, pero como les recordé, él era también el mayor predicador para los mineros, el mayor predicador para las multitudes de Moorfields, Kennington, Common y de donde sea que él estuviese. Él podía predicar de igual manera para los niños de su orfanato. ¡Qué hombre estupendo y admirable era!

Él también era supremo en la cuestión de recoger dinero. Él fundó un orfanato en Georgia, y el costo para mantenerlo era muy grande. Así, él se acostumbró a predicar un sermón y luego levantar una colecta. Solía conseguir enormes colectas de dinero, y con ese dinero también solía ayudar a quienquiera que estuviera en necesidad, cualquier persona pobre, todo aquel que estuviera en dificultad. Toda Inglaterra hablaba de él. Siempre se sabía cuando él estaba en Londres, y él atraía gente de todas las clases y de todas las capas de la sociedad.

¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Es muy difícil concebirlo, ¿no es así? Estamos viviendo días muy pobres. ¡Qué siglo fue el siglo 18! Aquí está el fenómeno; ¿cuál es la explicación? Permítanme intentar una especie de análisis.

Comencemos con el hombre propiamente dicho. El hombre natural era muy interesante. Cuando niño, se le describe como inteligente, hábil y muy cautivador. Pero lo que había de más notable en cuanto a él era su don de oratoria. Él lo mostró cuando era niño. Solía imitar a los predicadores en la posada. Era un actor nato, y tenía elocuencia maravillosa. Un hombre nace orador. No se pueden hacer oradores. O usted es orador, o no lo es. Y ese hombre era un orador nato. Él no podía evitar eso. Él siempre era bueno en la recitación de fragmentos de los dramas Shakespearianos. En la escuela siempre le daban un papel, o si se hacía un discurso a las personas notables de la ciudad de Gloucester, él era el chico escogido por su admirable elocución y por la facilidad y gracia con que lo hacía todo. Era un orador nato, y como todos los oradores, era caracterizado por la gran libertad y propiedad de sus gestos. El intelectual John Wesley no era orador, y a veces tendía a criticar a George Whitefield en este aspecto.

Recuerdo haber leído en el Diario de Wesley sobre cómo sucedió que una vez ambos estuvieron en Dublín al mismo tiempo, y como John Wesley fue a escuchar a Whitefield. En su relato del culto, Wesley se refiere a los gestos del predicador, diciendo que le pareció que Whitefield se asemejaba a un francés luchando boxeo. Lo que él quiso decir es que Whitefield tendía a hablar tanto con las manos como con los labios y la boca. Sin embargo, esto es oratoria. Uno de los mayores oradores de todos los tiempos fue Demóstenes. Un día alguien preguntó a Demóstenes: “¿Cuál es la primera gran regla de la oratoria?” Y Demóstenes respondió: “La primera gran regla de la oratoria es: movimiento; la segunda gran regla de la oratoria es: movimiento; y la tercera gran regla de la oratoria es el movimiento. El orador no mueve sólo los labios y la lengua, todo su cuerpo está envuelto.” ¡Movimiento! Vivimos días malos; no sabemos nada de oratoria. George Whitefield era un orador nato. ¿Ustedes oyeron lo que se comenta que David Garrick dijo? David Garrick era el principal actor en aquel tiempo, y cada vez que tenía oportunidad, siempre iba a oír a Whitefield. Él no estaba muy interesado en el evangelio; estaba más interesado en la elocución, los gestos y así sucesivamente. Se dice que Garrick dijo que daría cien guineas, si pudiera decir “¡Oh!” como George Whitefield lo decía. Y otra persona dijo que se sentiría completamente feliz, si pudiera pronunciar la palabra “Mesopotamia” como Whitefield la pronunciaba.

Tengo una autoridad mayor para citar. Uno de los mayores hombres de mediados del siglo dieciocho fue Bolingbroke. Era un hombre hábil, culto, un hombre del mundo, hombre muy sabio y, otra vez, alguien que estaba interesado en la oratoria y la elocución. Bolingbroke dijo de Whitefield, a quien había escuchado muchas veces, que él tenía mayor “elocuencia imponente que cualquier hombre que había escuchado”. Él había escuchado a todos los mayores oradores políticos y estadistas y otros tipos de oradores también. Él colocó a Whitefield en la cima de la lista, calificando su oratoria como la mayor “elocuencia imponente” que había escuchado. Además de todo esto, Whitefield tenía una naturaleza cálida y una gran compasión. Ahí está el hombre natural.

Sin embargo, esto no explica el fenómeno que era George Whitefield. Pensemos ahora en lo espiritual. Ahí está la explicación. ¿Puedo expresar esto de manera cruda y casi ridícula? Dios sabe lo que hace, y cuando Él escogió a este hombre, George Whitefield, a quien dio esos dones naturales, sabía lo que estaba haciendo. George Whitefield pasó por una extraordinaria conversión. Fue un proceso largo y penoso. Ha habido muchos pasos. Como ya les recuerdo, su conciencia lo perturbaba en la niñez, en la juventud, y cuando fue a Oxford no participó en las diversas fiestas para las que era invitado; él era muy serio.

Después él frecuentó las reuniones del Club Santo, y se puso aún más serio. Los miembros de ese Club practicaban buenas obras, tenían días de ayuno, visitaban las prisiones … Pero nada de eso lo ayudó. Después de leer un libro, un famoso libro escrito por un escocés llamado Henry Scougal, que había vivido a finales del siglo diecisiete. El título del libro era: La vida de Dios en el alma del hombre (“The Life of God in the Soul of Man”). Tuvo un profundo efecto sobre él. Lo convenció de que él necesitaba nacer de nuevo, de que ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.

Él comprendió que no la poseía; y esto lo llevó a las profundidades de la desesperación. Se quedó en agonía. Solía quedarse postrado en el suelo, en oración, acostumbraba salir para orar al aire libre; no había nada que él no hiciera. Él pasó por ese terrible proceso de convicción de pecado; entonces, finalmente, Dios por su gracia sonrió para él.

“él necesitaba nacer de nuevo, ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.”

En otras palabras, la conversión de George Whitefield no fue una cuestión de “tomar una decisión”. No fue repentina. No, él pasó por esa tremenda agonía de convicción, y entonces irrumpió la luz para él. Sumado a esto, se le dio lo que él llamaba “el sello del Espíritu”. Esto es lo que explica el carácter extraordinario de su predicación desde el principio. Sin embargo, recordemos esto: aunque ese es el comienzo, él continuó la vida entera caracterizándose por una piedad sumamente admirable. La vida de oración de este hombre hace que todos nos quedemos avergonzados, y muchas veces me hizo sentir que no sé absolutamente nada de estas cuestiones. Ya me referí a la humildad y santidad de Whitefield. Nada muestra esto más claramente que la manera en que se quedaba aterrorizado con la idea de predicar. A pesar de haber sido entrenado para el ministerio, y de haber llegado el tiempo de su ordenación, predicar le amedrentaba. Él consideraba esta tarea muy sagrada; y ¿quién era él para entrar en un púlpito y predicar? Por él, huiría a mil millas de distancia para no predicar. Tal era su manera de verlo todo, y tal era su concepto de sí mismo y de su indignidad personal, que daba mucho trabajo persuadir a George Whitefield a entrar en un púlpito y, predicar.

Hermanos, ¿no habría una lección aquí para algunos de nosotros? Él detestaba también aparecer en las noticias de prensa, y siempre se enfadaba cuando las recibía. En otras palabras, él era un hombre extraordinariamente humilde y piadoso. John Wesley le paga el tributo de decir que creía que sólo había conocido a un hombre que se igualaba a Whitefield en santidad  y ese hombre era John Fletcher, de Madeley. Mas, John Wesley al decir esto al final de la vida de Whitefield, y en vista de todo lo que ocurrió entre ellos, es un tremendo tributo a la santidad y piedad de Whitefield.

Ahí está el hombre, pues, permítanme decir sólo una palabra sobre su predicación, él mismo la describe como “sincera”; él la describe como “franca”. Él siempre fue directo. ¿Él predicaba sobre qué? Uno de sus grandes temas era el pecado original. Nadie podía exponer la condición del corazón natural, no regenerado, más poderosamente que George Whitefield.
A continuación, otro gran tema era la regeneración. Él mismo afirma que su sermón sobre “la naturaleza y la necesidad del nuevo nacimiento en Cristo” dio inicio al despertar en Londres, Bristol, Gloucester y Gloucestershire. Él mismo estaba convencido de que fue su famoso sermón sobre ese tema que realmente ocasionó el Gran Despertar. Ese era su tema principal.

Otro tema prominente en su predicación era éste: él creía en las impresiones internas, directas, inmediatas, hechas por el Espíritu Santo en el hombre. Pues bien, Jonathan Edwards lo censuró al respecto. Hay una historia muy interesante en las memorias de Jonathan Edwards sobre cómo una vez Edwards y otros hablaron con Whitefield al respecto. Dice Edwards: “He intentado hablar con él sobre esta cuestión del énfasis que él da a las impresiones internas“. Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso. Edwards era un hombre más capaz y un genio mucho mayor, en un sentido intelectual. Edwards se sentía infeliz con eso, y es sumamente interesante, y casi divertido, notar como Edwards registra que estaba bien claro que Whitefield realmente no escuchaba lo que él, Edwards, le decía, ya que a pesar de todo, eso era algo que Whitefield predicaba y subrayaba mucho.

“Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso.”

Después, el siguiente gran tema era, naturalmente, la justificación por la fe. Algunos quizá pregunten por qué puse la regeneración antes de la justificación por la fe. Lo hice por esta razón -Whitefield predicaba la regeneración antes de predicar la justificación por la fe. Es muy interesante observar que él pasó por un cambio en este aspecto. Al principio, su predicación era casi enteramente sobre la corrupción del corazón natural, no regenerado, y la necesidad del nuevo nacimiento. Sin duda, esto era un efecto de la enseñanza de Scougal. En sus nueve sermones publicados en 1737 no hay mención de la justificación por la fe. En sus Diarios – (ustedes podrán verlo en la página 81 de la última edición de sus diarios) – refiriéndose al tema de la justificación por la fe, él afirma significativamente: “aunque eso no estaba tan claro para mí como posteriormente”. Él mismo admitió que le faltaba claro entendimiento de la justificación por la fe en 1737, como debería tener.

Si ustedes leen las páginas 193-4 en sus Diarios, verán que los dos hombres que lo corrigieron en ese aspecto de la verdad fueron John y Charles Wesley. Ellos predicaron la justificación por la fe desde el principio; Whitefield no. Y ellos le ayudaron a llegar a un mejor equilibrio en ese aspecto. Debemos ser honestos. Yo dije que Whitefield no era un hombre de partido; y yo no debo ser hombre de partido. Todo honor a John y Charles Wesley por ayudar a Whitefield a ver la importancia y el lugar de la justificación en el mensaje del predicador.

“para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo”

Otra cosa que caracterizaba su predicación, especialmente en el principio, era la crítica que hacía a los predicadores no convertidos. Jonathan Edwards se aventuró a censurarlo sobre esto también; pero Whitefield no le oyó. Whitefield solía denunciar un ministerio ejercido por un ministro no regenerado, y lo hacía cuando numerosos ministros lo oían. Otra manera por la cual él afirmaba eso era decir que, para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo. Él solía denunciar sin medida a hombres culpables de ello.

He dicho algo sobre el hombre, he dicho algo sobre el mensaje, y concluyo con lo que era la cosa más característica en cuanto a ese hombre, a saber, su predicación. ¿Ustedes  comprenden esa distinción y división? Yo hago esta pregunta por esta razón: no hay nada que me desanime tantas veces, si puedo hacer una referencia personal como predicador, como la incapacidad de las personas de diferenciar entre el mensaje y la predicación. Hay una tremenda diferencia entre proferir verdades y predicar. Un expositor puede tener un mensaje correcto y ortodoxo, pero no se sigue que lo esté predicando. Una cosa que pone a Whitefield en una clase aparte, con relación a Rowland, es la predicación.

¿A qué me refiero? Me refiero al modo en que el mensaje se presenta y se transmite. Había otros hombres en aquel tiempo, como ha habido desde entonces, que predicaban el mismo mensaje, pero no eran como la predicación de George Whitefield. ¿Cómo se puede describir su predicación? Sólo es posible describirla como apostólica y seráfica. Me gusta la observación hecha por un predicador que lo había oído bastante y que fue responsable de la publicación de algunos de sus sermones. Comentando su estilo de predicar, dijo: “Una noble negligencia recorría su estilo”. ¿Qué quiere decir? Quiere decir que Whitefield no se sentaba a escribir maravillosas obras maestras literarias de sermones, con cada sentencia perfectamente balanceada, y siempre bien acabada, pulida, y así sucesivamente. No, él no hacía eso.

“lo que caracterizaba su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.”

Él no tenía tiempo para escribir sermones. Era un predicador extemporáneo, y había lo que el referido autor llama “una noble negligencia” en su predicación. Rompía reglas gramaticales aquí y allá, no siempre se acordaba de completar sus sentencias, pero para los que saben algo sobre predicación, eso no es nada. “¡Noble negligencia!” ¡Ah, que tuviéramos un poco más de eso, y un poco menos de los ensayos pulidos que pasan por sermones en nuestra época degenerada! Lo que caracterizaba, sin embargo, su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.

Él era un predicador sobre todo convincente y alarmante. Usted se acuerda de lo que se dijo acerca de su primer sermón en Gloucester. El efecto que siguió produciendo era semejante a aquel. Él podía exponer las tinieblas y la pecaminosidad del corazón humano natural, de modo que los hombres quedaban aterrorizados, asustados y en agonía de alma cuando lo oían. No obstante, eso era acompañado por una ternura, un amor y una capacidad de derretir el corazón que eran irresistibles. ¡Eso es predicar! Me gusta el comentario que el propio Whitefield hizo sobre esta cuestión de predicar. Un día le pidieron una copia del sermón que él había predicado, para publicarlo, y ésta fue su respuesta: “No hago objeción”, dijo, “si ustedes imprimen con él el relámpago, el trueno y el arco iris”. No se puede poner la predicación en la imprenta fría; es imposible. Se puede poner el contenido del sermón, no la predicación; no se puede poner el “relámpago”, no se puede poner el “trueno” – el retumbar del trueno, el brillo del relámpago – no se puede capturar el “arco iris”. Todo esto está en la palabra, en el movimiento y en todo lo que concierne al predicador. No se puede poner eso en la imprenta.

“No se puede poner la predicación en el papel.”

Es por eso que cuando las personas leen los sermones de Whitefield, a menudo dicen: “No puedo entender esto. ¿Cómo es que un hombre que ha producido sermones como estos puede haber sido tal fenómeno, tan maravilloso predicador? Si ustedes han dicho esto alguna vez, están revelando su ignorancia de lo que significa predicar. No se puede poner la predicación en el papel. Yo defiendo la idea de que este ha sido uno de nuestros grandes problemas desde mediados del siglo pasado, o incluso antes. La impresión de sermones, la impresión de todo lo que se habla, puede tener un efecto devastador sobre la predicación como tal. Los hombres tienen los ojos puestos en las personas que lo van a leer, más que en aquellas para las cuales van a predicar en la ocasión. Es una pena, pero entra ahí la preocupación por la reputación y con lo que dirán los críticos literarios pedantes.

Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos

El efecto de su predicación era simplemente irresistible. Él nos cuenta lo que observó en el pasado en los pobres mineros de Kingswood. Estos hombres acababan de salir de las minas y tenían los rostros negros de polvo de carbón cuando se pararon para escuchar a Whitefield. Dice él: “Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos“. ¿Qué es lo que era? Ah, lágrimas corrían por sus caras, haciendo surcos en la suciedad del polvo de carbón. ¡Eso es predicación! Estos pobres hombres, que nada sabían de doctrina, que de nada sabían, excepto del pecado, que vivían sólo en las borracheras, e incluso en el libertinaje, al oír esa estupenda predicación de la Palabra de Dios, lloraron, derramando copiosas lágrimas.

O vean cómo es descrito por el autor del gran himno que comienza con las palabras:
Grandioso Dios, que operas maravillas, Todos tus caminos incomparables son, sublimes y divinos.

El mismo Samuel Davies también era un admirable predicador y un gran intelecto. Él había estado en un avivamiento en América, en aquel mismo siglo. Lo hicieron director de un colegio. Samuel Davies y Gilbert Tennent fueron enviados a Inglaterra para recaudar dinero para ese colegio. Llegaron después de un viaje terrible, durante el cual pensaron que iban a naufragar una y otra vez. Llegaron a Londres el sábado por la mañana, y la primera pregunta que hicieron fue: “¿Está el Sr. Whitefield en la ciudad?” Para su satisfacción, se les dijo que estaba, y que debía predicar a la mañana siguiente, creo que en Moorfields. Así combinaron que estarían allí en buena hora para oírlo.

Samuel Davies escribe el relato del culto, y he aquí lo que él dice: “Pronto quedó claro para mí, en el culto, que el Sr. Whitefield debía haber tenido una semana excepcionalmente ocupada: era obvio que él no tuvo tiempo para preparar bien su sermón“. Añade: “Desde el punto de vista de la construcción y del orden del pensamiento, era muy deficiente y defectuoso, era un sermón muy pobre, pero” dijo Samuel Davies, “la unción que lo asistió fue tal, que me arriesgaría muchas veces a los rigores de un naufragio en el Atlántico para estar allí y quedar bajo su benigna influencia”. Eso es predicación, mis amigos. ¡Pobre sermón, pero tremenda predicación!

George Whitefield predicando

¿Qué sabemos de eso? ¿Por qué hablamos de la predicación como “hacer un discurso” o “decir una palabra”? ¡Predicación! Eso fue lo que produjo aquel tremendo avivamiento de Dios. Ustedes pueden leer los relatos de lo que Jonathan Edwards y la señora Edwards sentían frente a la predicación de Whitefield. Déjenme contarles lo que dijo el gran Lord Chesterfield. Chesterfield era un humanista, un típico hombre del siglo 18, “hombre de ciudad”, que escribió un famoso libro de consejos a su hijo. Él solía deleitarse en escuchar a Whitefield y, como otros, estaba dominado por el poder de la predicación. Ustedes recuerdan la famosa historia: una tarde, Whitefield estaba usando una ilustración para mostrar el gran peligro de la situación del pecador, al caminar hacia el infierno sin darse cuenta, y presentó esta figura: comparó al pecador con un hombre ciego conducido por un perro. Él tenía un bastón en la mano, y iba siendo conducido por el perro. Desafortunadamente el perro se soltó y huyó, y dejó al hombre, quien caminó a tientas con su bastón, haciendo lo mejor que podía. Inconscientemente, dijo Whitefield, el hombre deambuló rumbo al borde de un precipicio, y su bastón cayó en el abismo, tan profundo que ni siquiera se oyó el eco. El ciego fue avanzando cautelosamente, para recuperarlo; por un momento él puso un pie en el vacío y… en aquel momento el Lord Chesterfield se puso de pie, gritando: “¡Buen Dios, detenlo!”, y saltó adelante para intentar impedir la caída del ciego en el abismo. Esto no es sólo oratoria, es predicación también; y puede afectar a un hombre como el Lord Chesterfield de esa manera extraordinaria.

La historia de que me gusta más, es la de Benjamin Franklin oyendo a Whitefield. Pues bien, allí estaba otro genio. Benjamin Franklin es famoso como científico, famoso como hombre de letras, como uno de los líderes de la Revolución Americana, como el primer embajador enviado por Estados Unidos para representarlos en Francia. Él venía frecuentemente a Londres. Este hombre capaz y culto se decía cuáquero; no ocupaba ningún puesto desde el punto de vista cristiano. Ahora bien, Benjamín Franklin vivía en Filadelfia, y en el tiempo de las visitas de Whitefield, él era tipógrafo. Era un astuto hombre de negocios, y se acostumbró a imprimir y vender sermones de Whitefield. Él nunca perdía una oportunidad de escuchar a Whitefield y, en referencia a una de esas ocasiones, he aquí lo que él dice. Ya les recordé que, invariablemente, al final de un sermón, Whitefield levantaba una colecta para su orfanato en Georgia, y Franklin lo sabía muy bien. Había visto eso muchas veces, y con frecuencia ponía algún dinero en la colecta; pero estaba cansado de hacerlo. Creía que Whitefield estaba tomando mucho dinero de él. Así, él nos cuenta que en esa ocasión particular en que fue oírlo, había resuelto solemnemente que no daría nada en la colecta al final del culto. Dice él: “Yo tenía en el bolsillo oro, plata y cobre, pero decidí que no daría nada, ya había dado muchas veces“. Pero lo que él dice a continuación es esto: “Conforme el predicador prosiguió, fui ablandado y terminé dando el cobre. Otro poco de su oratoria me llevó a la decisión de dar la plata, y él concluyó tan admirablemente que yo vacié totalmente el bolsillo en el plato de la recolección- oro y todo”. Ahora bien, eso es predicación. Está más allá de la oratoria, es oratoria inspirada – oratoria inspirada por el Espíritu Santo, transmitiendo el mensaje de la Palabra de Dios y su glorioso evangelio.

¿Puedo indicar, con algunos títulos lo que considero algunas de las lecciones que George Whitefield tiene para enseñarnos hoy? Me gustaría tener tiempo para desarrollarlas. La primera lección que nos enseña es ésta: nunca la situación es de desesperación total ¡nunca! – Las cosas no podrían ser peores de lo que eran en el período anterior a 1736-37 – absolutamente desesperante, al parecer. Fue justamente en aquel punto que Dios puso la mano en ese muchacho de la Taberna de la Campana, en Gloucester llamado George Whitefield. ¡La soberanía de Dios! No desperdiciemos tiempo con lamentaciones sobre el futuro de la Iglesia. No prestamos mucha atención a los meros analistas del presente, que simplemente describen la situación que nos confronta. Nunca debemos llegar a la desesperanza. Esto fue una de las cosas más sorprendentes que Dios ha realizado.

En segundo lugar vamos, espero, dar fin una vez por todas a la mentira que afirma que el calvinismo y el interés por la evangelización no son compatibles. (No me gustan esas etiquetas, pero como se utilizan, necesito utilizarlas.) He aquí el mayor evangelista que Inglaterra produjo, y era calvinista. La objeción que algunos de nosotros hacen a ciertos aspectos de la evangelización moderna no tiene nada que ver con el calvinismo. Estoy seguro de que John Wesley haría la misma objeción a los métodos evangelísticos modernos, tanto como nosotros. La objeción no es sobre el calvinismo. Esta doctrina, que da énfasis a la gloria de Dios y a la depravación total del hombre y al plan y propósito divino y eterno de redención en el Señor Jesucristo, siempre concibió y llevó a sus verdaderos adeptos a la evangelización. Sólo Whitefield ya basta para establecerlo; sin embargo, él es tan sólo un brillante y saliente astro de una gran galaxia. La tercera lección es la necesidad absoluta de una fe ortodoxa. Este hombre predicaba el evangelio como el mismo fue predicado por los apóstoles, por los reformadores, por los puritanos. Él vivió los puritanos y sus escritos. ¡A veces hasta predicaba sermones de ellos, cuando estaba muy presionado! Wesley dijo más de una vez que vio a Whitefield claramente predicando a Matthew Henry.

“La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá.”

Sin embargo, para mí, Whitefield habla más de esto que de cualquier otra cosa: la ortodoxia no basta. Había hombres ortodoxos en su tiempo, pero eran relativamente inútiles. Se puede tener una ortodoxia muerta. La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá. Digo, al concluir, que mi principal justificación para hablar sobre Calvino y Whitefield es que, en un sentido, Juan Calvino siempre tiene necesidad de George Whitefield. Es lo que quiero decir: el peligro de los que siguen las enseñanzas de Calvino y lo hacen acertadamente  es que tienden a llegar a ser intelectualistas, o tienden a hundirse en lo que yo describiría como una “ortodoxia osificada”. Y eso no tiene valor, mis amigos. Es necesario el poder del Espíritu sobre ella.

Exponer la verdad no es suficiente, tiene que ser expuesta “en demostración del Espíritu y de poder”. Y eso es lo que este poderoso hombre ilustra de manera tan gloriosa. Él era ortodoxo, pero lo que produjo el fenómeno fue el poder del Espíritu en él. Dice él que, ya en su ordenación, sentía algo, como si hubiera recibido una comisión del propio Espíritu. Él siempre estaba consciente de eso – ola tras ola del Espíritu venían sobre él. Nunca un hombre ha conocido más del amor de Cristo que ese hombre. A veces el amor de Cristo lo dominaba, casi lo aplastó físicamente. Se bañaba en lágrimas por causa de esto.

Este poder del Espíritu es esencial. Debemos ser ortodoxos, pero no nos permita Dios descansar, ni siquiera en la ortodoxia. Debemos buscar el poder del Espíritu, que fue dado a George Whitefield. Esto nos dará una compasión por las almas y un interés por las almas, y nos dará celo, y nos habilitará a predicar con poder y convicción a todas las clases y tipos de hombres.

“nada puede sustituir a la predicación”

Sin embargo, sobre todo, debo concluir esto a la luz de lo que he estado diciendo y por todas las demás razones. Whitefield, creo yo, nos está llamando de nuevo a la predicación. Espero no ser malentendido, pero nada puede sustituir a la predicación. Soy un gran creyente en la lectura; mucho de mi mayor placer yo lo disfruto en la lectura. Pero la lectura no es un sustituto de la predicación; y leer un sermón y oírlo predicado no son lo mismo. Gracias a Dios, el Espíritu puede usar un sermón escrito, pero no se compara con un sermón predicado. Hay un verdadero peligro hoy cuando la gente piensa que con la lectura sólo, ya basta, u oír un sermón por la radio o la televisión. No, necesitamos la libertad del Espíritu; necesitamos el “relámpago, el trueno y el arco iris”. No podremos conseguirlos en los libros, y no podremos conseguirlos en nuestros programas controlados y cronometrados que estas agencias modernas ofrecen. No, cuando venga el Espíritu, los programas serán olvidados, el tiempo será olvidado, todo será olvidado, excepto Dios en Su gloria, y mi alma, y ​​este bendito Salvador.

que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”.

¿Qué es lo que Whitefield nos enseña acerca del tema de la predicación? El tema era: “Por la gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, es don de Dios“. Este era el glorioso mensaje de la predicación del siglo 18. ¡Quiera Dios llamarnos de vuelta a la predicación! No meramente una exposición mecánica de creencias correctas, pero oremos a Dios rogándole que nos conceda Su Espíritu, para que, aunque tal vez nunca nos tornemos en predicadores – y que nunca nos tornaremos es cierto, en el sentido en que George Whitefield lo fue – bien que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”. No se espera que seamos imitadores, pero oigamos a ese hombre cuando nos convoca para una viva percepción de esta verdad, y para ser llenos del Espíritu del Dios vivo para que, con todo lo que somos, anunciemos las riquezas y las glorias de su gracia.

Estoy seguro de que todos damos gracias a Dios por la memoria de tal hombre. Concédanos Dios, gracia para examinarnos a nosotros mismos, para examinar nuestro ministerio, y que Él cree dentro de nosotros un anhelo y un deseo de ver la manifestación de su diestra en este país, ¡en un poderoso avivamiento de la religión!

Martyn Lloyd-JonesOs Puritanos – Traducida del portugués por Diarios de Avivamientos2018 – Gabriel Edgardo LLugdar 

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George Whitefield – Biografía PDF

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Caer al suelo en los cultos ¿es del Espíritu Santo o del diablo?

Si hablamos de genuinos Avivamientos en la historia de la Iglesia, no podemos ignorar el Gran Despertar, que es como se conoce al gran avivamiento del siglo XVIII, con extraordinarios hombres de Dios como Jonathan Edwards, John Wesley, Charles Wesley, George Whitefield y David Brainerd como protagonistas.

Fue el pastor y teólogo, Jonathan Edwards, quien nos dejó en su libro “Las Afecciones Religiosas” la siguiente advertencia:

“No es fácil apoyar lo bueno de los avivamientos religiosos y a la vez, ver y rechazar lo que en ellos está mal. Sin embargo, si queremos que el reino de Cristo prospere, sin duda, tendremos que hacer las dos cosas… Esta mezcla de religión falsa con verdadera ha sido el arma más poderosa de Satanás contra la causa de Cristo. Es por esto que nos urge aprender a distinguir entre la religión falsa y la verdadera; entre emociones y experiencias que realmente nacen de la salvación, y las imitaciones que aunque externamente atractivas y creíbles, son falsas.”

Hoy, tenemos por un lado a un grupo de creyentes que dan por válidas todas las emociones y experiencias que se manifiestan en la Iglesia, atribuyéndolas al obrar del Espíritu Santo, y paralelamente, tenemos al grupo de los que atribuyen toda emoción y experiencia al mero obrar de la carne o los demonios. Bien vale recordar otra de las advertencias de Edwards:

“Satanás divide al pueblo de Cristo y lo pone a pelear entre sí. Los cristianos riñen con gran fervor, como si esto fuera celo espiritual. El cristianismo se degenera en disputas sin sentido. Los partidos en pugna se abalanzan a extremos opuestos, dejando casi en el olvido el camino correcto que queda en medio de los dos.”

Irse a los extremos, aprobando toda manifestación externa como proveniente de Dios, o por el contrario, condenándola toda como proveniente del diablo; es olvidar el camino correcto que se encuentra en medio de las dos posturas.

Me he referido en capítulos anteriores, a aquellos ex-pentecostales quesufrieron experiencias traumáticas“, y que ahora,a salvodesde la otra orilla, nos hacen señas para que huyamos del Movimiento Pentecostal y nos unamos a ellos porqueestán libres de las manipulaciones emocionales que sufren los carismáticos“.

En estos testimonios de “ex-pentecostales” uno puede leer cosas como estas:

Las sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo, no hay sustento bíblico para tal práctica. Cuando en los cultos hay un momento llamado “ministración”, o cuando el tiempo de alabanza se ha tornado muy espiritual, o simplemente cuando el predicador dice “vamos a imponer manos…” muchos creyentes, mayormente mujeres, empiezan a sacudirse, a temblar, y a tener movimientos similares a convulsiones, se genera un desorden y no hay ninguna parte en el Nuevo Testamento, que haga referencia a que esta práctica era común entre los cristianos del primer siglo.”  [Artículo: Porqué dejé el Pentecostalismo]

Por lo visto, este señor ignora los sabios consejos de grandes hombres de avivamiento, en cuanto a evitar tomar una postura extremista,  olvidándose de esta manera del camino correcto, que suele hallarse el medio de los extremos.

En primer lugar, responderé a la falsa afirmación de que:

Las sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo, no hay sustento bíblico para tal práctica”.

Bien, lo que la Biblia no afirma en ningún lado es que tales manifestaciones no sean de Dios, de eso estoy seguro; por lo tanto, lo que no tiene ninguna base bíblica es la aseveración de queLas sacudidas y tembladeras no son manifestaciones del Espíritu Santo“. Pues sencillamente no hay ningún texto en las Escrituras que afirmen que el estremecimiento, o sacudida, o temblor, o caída al suelo por parte de una persona sea obra exclusiva del diablo, pero sí existen textos bíblicos que demuestran que Dios obra muchas veces de esa manera.

Este ex-pentecostal, usa el siguiente argumento para su afirmación:

y no hay ninguna parte en el Nuevo Testamento, que haga referencia a que esta práctica era común entre los cristianos del primer siglo

Por lo visto este señor es un experto en malabarismo bíblico, porque, por ejemplo, cuando se trata de “hablar en lenguas” hay mucha evidencia en el Nuevo Testamento de que era una práctica común entre los cristianos del primer siglo, y sin embargo él dice que ahora eso no está vigente. Pero cuando se trata de “temblar” o “caerse” usa como justificativo que no era una práctica habitual en el primer siglo. ¿quién lo entiende? Eso es sencillamente usar la Biblia a conveniencia, es decir manipularla a mi antojo.

Una de las característica de los ex-pentecostales, es que juzgan la experiencia de los demás de acuerdo a su propia experiencia traumática, lo cual produce un veredicto parcial, por lo tanto injusto. Sigamos leyendo lo que dice este “arrepentido”

“Las caídas no son genuinas. He visto que los pastores “mecen” a las personas ya sea al tomarlas de los hombros, de la cabeza o del torso, en algunos casos son ligeramente empujados hacia atrás. Algunas otras son productos de las emociones y casi siempre asociadas a la presencia de un orador o predicador.  Pocas han sido las veces que alguien se ha caído por el genuino poder de Dios, y las vidas de esos creyentes han sido transformadas tremendamente. Sé de casos de grandes hombres de la historia que comentan sobre estas caídas o trances, pero en 16 años de pentecostalismo que he vivido, nunca vi una experiencia similar. La mayoría de veces son sólo experiencias emocionales. Tampoco hay base bíblica para esto, no hay registro que sea una práctica en la iglesia neotestamentaria.”  [Artículo: Porqué dejé el Pentecostalismo – Jesús Paredes]

La base argumental de este señor es: “las caídas no son genuinas… en 16 años de pentecostalismo que he vivido, nunca vi una experiencia similar...” Y deberíamos suponer que esto es cierto solo porque lo dice él, asumiendo una especie de infalibilidad papal, con la cual su experiencia personal debe ser la regla de fe y de conducta para todo el mundo: si él no vio algo ese algo no debe existir. Pero nosotros fundamentaremos nuestra postura en la Biblia y en la Historia de la Iglesia, e intentaremos llegar a una conclusión imparcial, por lo cual no usaré mi experiencia personal, ni testimonios de pentecostales, solo la Biblia y el testimonio de algunos personajes históricos del calvinismo. 

Permítame aclararle que el temblar, o sacudirse, o caer al suelo, no es una “práctica”, sino una manifestación corporal esporádica que puede [o no] evidenciar una obra interna del Espíritu Santo. No es una manifestación del Espíritu Santo, sino una manifestación o reacción del cuerpo de la persona en la cual puede estar obrando el Espíritu Santo. Y por más que le pese a este señor, en la Biblia hay mucha evidencia de ello, y sí, efectivamente, las emociones no están disociadas de las experiencias o manifestaciones físicas en la vida espiritual. Leamos lo que dice el teólogo calvinista Jonathan Edwards

“Cuando recibimos al Espíritu Santo, las Escrituras dicen que somos bautizados en “Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Este “fuego” representa las emociones santas que el Espíritu produce en nosotros haciendo que nuestros corazones ardan dentro de nosotros (Lucas 24:32)… Dios, quien nos creó, no solo nos ha dado emociones, sino que también ha hecho que sean muy directamente la causa de nuestras acciones… Atrevidamente afirmo que jamás verdad espiritual alguna cambió la conducta o la actitud de una persona sin haber despertado sus emociones. Nunca un pecador deseó la salvación, ni un cristiano despertó de frialdad espiritual, sin que la verdad hubiera afectado su corazón. ¡Así de importantes son las emociones!.. Algunas personas condenan toda emoción fuerte. Albergan prejuicios en contra de todo el que tenga sentimientos poderosos y vivos acerca de Dios y las cosas espirituales. Instantáneamente asumen que tales personas sufren de algún engaño. Sin embargo, si, como acabo de comprobar, la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, se desprende que la abundancia de la verdadera religión en la vida de una persona resultará en plenitud de emoción… Esto, pues, demuestra que la existencia de fuertes emociones religiosas no es necesariamente una señal de fanatismo.
Erramos gravemente si condenamos a la gente de exaltada simplemente porque sus emociones son fuertes e intensas.” [Jonathan Edwards – Las Afecciones Religiosas]

El ámbito espiritual afecta y mueve al ámbito emocional o anímico, y el ámbito emocional o anímico afecta y mueve al ámbito físico. Si estoy feliz, seguramente habrá una expresión física en mi rostro, llamada sonrisa. De igual manera, si estoy triste se notará en mi aspecto exterior.  Nuestro cuerpo no está disociado de nuestras emociones, ni nuestras emociones están disociadas de nuestro espíritu, lo que afecta a uno puede afectar al resto. Si el Espíritu Santo obra en mi espíritu o en mi alma ¿por qué no puede mi cuerpo verse afectado por ello? Obviamente, no todos reaccionamos igual ante los mismos estímulos, ni todos exteriorizamos nuestras emociones de igual forma, ni nuestros cuerpos reaccionan idénticamente a otros.

Ante la presencia sobrecogedora de la divinidad, no todas las personas reaccionan igual, pero veamos que dicen las Escrituras con respecto a los efectos físicos de la presencia de Dios.

El profeta Daniel tenía más experiencias físicas que cualquier pentecostal de hoy día:

Daniel 8:15,18,27 Y aconteció que mientras yo Daniel consideraba la visión y procuraba comprenderla, he aquí se puso delante de mí uno con apariencia de hombre…  Mientras él hablaba conmigo, caí dormido en tierra sobre mi rostro; y él me tocó, y me hizo estar en pie…  Y yo Daniel quedé quebrantado, y estuve enfermo algunos días, y cuando convalecí, atendí los negocios del rey; pero estaba espantado a causa de la visión, y no la entendía.

Daniel 10:7-9,15-17 Y sólo yo, Daniel, vi aquella visión, y no la vieron los hombres que estaban conmigo, sino que se apoderó de ellos un gran temor, y huyeron y se escondieron.
Quedé, pues, yo solo, y vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno.
Pero oí el sonido de sus palabras; y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño, con mi rostro en tierra. Y me dijo: Daniel, varón muy amado, está atento a las palabras que te hablaré, y ponte en pie; porque a ti he sido enviado ahora. Mientras hablaba esto conmigo, me puse en pie temblando… Mientras me decía estas palabras, estaba yo con los ojos puestos en tierra, y enmudecido.  Pero he aquí, uno con semejanza de hijo de hombre tocó mis labios. Entonces abrí mi boca y hablé, y dije al que estaba delante de mí: Señor mío, con la visión me han sobrevenido dolores, y no me queda fuerza.
¿Cómo, pues, podrá el siervo de mi señor hablar con mi señor? Porque al instante me faltó la fuerza, y no me quedó aliento. [RV-1960]

El profeta Ezequiel se quedó atónito por varios días:

Ezequiel 3:14,15 Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí.  Y vine a los cautivos en Tel-abib, que moraban junto al río Quebar, y me senté donde ellos estaban sentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos. [RV-1960]

Ante la revelación del Yo soy, de Jesús, las personas se desplomaron

Juan 18:4-6 Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, les salió al encuentro. —¿A quién buscan? —les preguntó.  —A Jesús de Nazaret —contestaron. —Yo soy.  Judas, el traidor, estaba con ellos. Cuando Jesús les dijo: «Yo soy», dieron un paso atrás y se desplomaron. [NVI]

La mujer que fue sanada de flujo de sangre, quedó temblando después del milagro

Marcos 5:33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. [RV-1960]

El apóstol Juan cayó como muerto ante la manifestación del Señor

Apocalipsis 1:17 Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; [RV-1960]

Moisés temblaba ante la presencia de Dios

Hechos 7:31,32 Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y acercándose para observar, vino a él la voz del Señor:  Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a mirar. [RV-1960]

Pablo no solo se cayó al suelo, sino que temblaba cuando tuvo su encuentro con Cristo,

Hechos 9:3-6 Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo; y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?  El dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. El, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.

Lo mismo le pasó al carcelero de Filipo, y no era miedo a lo humano pues antes había sacado la espada para quitarse la vida, era temblor ante lo sobrenatural que había acontecido,

Hechos 16:29-30 El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas;  y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?

Hay suficiente evidencia bíblica sobre el hecho de que ante la presencia de lo celestial, el cuerpo humano es afectado de diversas maneras. Leamos que opina de esto el mencionado teólogo, Edwards,

“Las emociones espirituales, cuando poderosas y fuertes, indudablemente son capaces de producir grandes efectos corporales. El salmista dice, “Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo” (Salmo 84:2). Aquí vemos una clara distinción entre corazón y carne, y la experiencia espiritual afectó a ambos. Otra vez dice, “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela” (Salmo 63:1). De nuevo se ve la clara distinción entre alma y carne… Las Escrituras nos relatan revelaciones de la gloria de Dios que tuvieron fuertes efectos corporales en aquellos que las recibieron. Por ejemplo, Daniel: “No quedó fuerza en mí, antes mi fuerza se cambió en desfallecimiento, y no tuve vigor alguno” (Daniel 10:8). La reacción del apóstol Juan a una visión de Cristo fue esta: “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Apocalipsis 1:17). De nada sirve objetar que estas fueron revelaciones externas y visibles de la gloria de Dios, más bien que espirituales. La gloria externa era una señal de la gloria espiritual de Dios. Daniel y Juan lo habrían entendido así. La gloria externa no los sobrecogió solo por su esplendor físico, sino precisamente porque era una señal de la infinita gloria espiritual divina. Sería presumir, decir que en nuestros días Dios nunca da a creyentes vistazos espirituales de su belleza y majestad los cuales producen efectos corporales similares.” [Jonathan Edwards – Las Afecciones Religiosas]

De todos modos, en la iglesia primitiva, no solo los creyentes temblaban, sino los edificios también: Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló [Hechos 4:31]  Si a la presencia de Jehová tiembla la tierra [Sal 114:7] ¿es cosa increíble que un humano también tiemble ante esa presencia?

El argumento que esgrime este señor “ex-pentecostal”, va variando según su conveniencia; primero dice que – Las caídas no son genuinas, porque según él – no hay base bíblica para esto, no hay registro que sea una práctica en la iglesia neotestamentaria. Bien, ya hemos visto que tanto en el A.T. como en el Nuevo Testamento hay casos de caídas, y aunque este señor sigue confundiendo “práctica”·con “manifestación física” luego afirma lo siguiente:Sé de casos de grandes hombres de la historia que comentan sobre estas caídas o trances. Pues sí, al menos no llega a tanto su descaro como para negar estos hechos históricos. 

Es bien sabido que en las predicaciones al aire libre de George Whitfield, las personas se estremecían, temblaban, gritaban y caían como muertas al suelo. Como dijo Martyn Lloyd-Jones de él: “los hombres quedaban aterrorizados, asustados y en agonía de alma cuando lo oían” La primera vez que predicó en una iglesia, hubo una queja formal de que15 personas enloquecieron al escuchar el sermón” [Martyn Lloyd-Jones – Conferencia: Calvino y Whitefield]

George Whitefiel

El mismo Whitefield escribía en sus diarios personales: 

“¡Oh, cuántas lágrimas se derramaron en medio de fuertes clamores por el amor del querido Señor Jesús! Algunos desfallecían y cuando recobraban las fuerzas, al escucharme volvían a desfallecer. Otros gritaban como quien siente el ansia de la muerte. Y después de acabar el último discurso, yo mismo me sentí tan vencido por el amor de Dios, que casi me quedé sin vida… La Palabra era más cortante que una espada de dos filos, y los gritos y gemidos tocaban al corazón más endurecido. Algunos tenían semblantes tan pálidos como la palidez de la muerte; otros se retorcían las manos, llenos de angustia; otros más cayeron de rodillas al suelo, mientras que otros tenían que ser sostenidos por sus amigos para no caer. La mayor parte del público levantaba los ojos a los cielos, clamando y pidiendo misericordia de Dios.” [George Whitefield – Biografía de Grandes Cristianos – Orlando Boyer]

Podría mencionar a otro calvinista famoso, el misionero David Brainerd, quien en su diario personal nos narra el siguiente suceso: 

“Una joven india, que, según creo, nunca había sabido que tenía alma, ni había pensado en cosa semejante, al oír que había algo extraño entre los indios, vino, según parece, para averiguar la cosa… y cuando le dije que en aquel momento tenía intención de ir a predicar a los indios, se puso a reír y pareció burlarse; pero sin embargo, se fue a donde ellos estaban.
No había avanzado mucho en mi mensaje público antes de que ella misma sintiera de modo efectivo que tenía alma; y antes de haber concluido mi plática, se sentía reargüida de su pecado y de miseria, y tan afligida en la preocupación por la salvación de su alma, que parecía que la hubieran atravesado con un dardo, y lloraba en alta voz incesantemente. No podía sostenerse de pie ni sentada, y tenían que sujetarla. Después que hubo terminado el servicio público se echo sobre el suelo, orando con fervor, y no hacía caso de nada, ni contestaba a nadie que le hablara… Ella siguió diciendo esto incesantemente durante horas. Este fue verdaderamente un día sorprendente del poder de Dios, y me pareció bastante para convencer a un ateo de la verdad, importancia y poder de la Palabra de Dios.”  [Diario Personal de David Brainerd – Agosto 1745]

David Brainerd

Veamos ahora lo que pasó en los avivamientos de los Puritanos. En el valle de Dedham, allá por el siglo XVII, había un predicador puritano llamado John Rogers, hombre lleno del Espíritu de tal manera que las personas decían “Vamos a Dedham para conseguir un poco de fuego”.  Thomas Goodwin, que fue a ver aquello, relató que “… la gente estaba en general  inundada con sus propias lágrimas; y él mismo, cuando salió y fue a tomar el caballo para irse, tuvo que colgarse un cuarto de hora sobre el cuello de su caballo llorando, antes de que él tuviera fuerza para montar, una muy extraña impresión estaba allí en él y generalmente sobre la gente”  [Iain Murray – La Esperanza Puritana]

Los Puritanos

Otro puritano, Robert Fleming, nos narra que sucedía en aquellos avivamientos : 

“Aquí debo dar un ejemplo muy solemne de la comunicación extraordinaria del Espíritu, que sucedió aproximadamente en el año 1625 en el oeste de Escocia, mientras que ardía la persecución de la iglesia por parte del partido Prelático; la chusma profana de la época llamó a esto la enfermedad del Stewarton, sucedió primero en esa parroquia, pero después a través de gran parte de ese país, particularmente en Irvine, adscrito al Ministerio del famoso Señor Dickson, donde se puede decir fue más notable, (tanto que diversos ministros y cristianos todavía vivos pueden ser testigos) que durante un tiempo considerable, pocos días de reposo pasaron sin algunos evidentemente convertidos y algunas pruebas convincentes del poder de Dios acompañando a su Palabra; sí, que muchos eran tan sofocados y tomados por el corazón, y a través del temor del Espíritu en tal medida convencidos de pecado, que al escuchar la Palabra caían y eran cargados fuera de la iglesia, y después demostraban ser los más sólidos y vivos cristianos… Verdaderamente, esta gran marea, que puedo llamar tan del Evangelio…  avanzaba de un lugar a otro, lo cual puso un brillo maravilloso en estas partes del país, esto trajo el deseo a muchas otras partes del país para ver la misma verdad.”  [Iain Murray – La Esperanza Puritana]

Podríamos mencionar multitud de casos a través de la Historia de la Iglesia y de los avivamientos, donde el temblar, el estremecerse, o el caer al suelo formaban parte de las manifestaciones físicas normales que se producían por la abrumadora presencia de Dios y la predicación poderosa del Evangelio; pero creo que con los mencionados serán suficientes para las mentes y corazones sinceros. Los pentecostales no hemos inventado nada extraño, simplemente creemos en lo que a través de los siglos la Iglesia ha experimentado en sus avivamientos.

Por supuesto que el mero hecho de temblar, o el caerse en un culto no significa que sean obra de Dios, y también es cierto que algunos predicadores neo-pentecostales han hecho de esto un circo, pero que un extremo no nos haga huir hacia el otro extremo. Evidentemente muchas personas tienen la costumbre de tirarse hacia atrás cada vez que alguien les impone las manos, pero para eso hay solución: avíseles, antes de imponerle las manos, que no habrá nadie detrás para sostenerlas cuando caigan, y que el suelo es bastante duro; y así usted comprobará como la mayoría de los que suelen caerse ya no lo harán. Pero no tenga la menor duda de que estas manifestaciones físicas genuinas no son anti-bíblicas, por el contrario, tienen todo el respaldo de las Escrituras y de la Historia de la Iglesia.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de AvivamientosDe la serie Lo que no te contaron sobre los PentecostalesPorqué sigo siendo Pentecostal – 2018

 

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Por qué sigo siendo Pentecostal – Lo que no te contaron sobre los Pentecostales Capítulo III

Los pentecostales son nada más que la basura que las otras iglesias han descartado”  Esta era la opinión de muchos protestantes en la primera mitad del Siglo XX, cuando el pentecostalismo se extendía, imparable, a todas las naciones. Hoy, más o menos un siglo después, los pentecostales han pasado a ser “la basura más codiciada” por aquellas iglesias cuya única manera de crecer, es pescando en río ajeno.

Estas denominaciones históricas, que ya llevan más de un siglo esperando y soñando con un despertar espiritual, son las mismas que menospreciaban a los pentecostales mientras miraban al cielo esperando su particular “avivamiento genuino”. Pero al igual que los judíos esperando su “mesías”, les ha crecido la barba hasta el suelo, y la esperanza se les ha convertido en impaciencia. ¿Cómo pueden pretender un avivamiento quienes le niegan al Espíritu Santo la soberanía? Sí, porque negar la vigencia y operatividad de los dones, sin tener el más mínimo fundamento bíblico para ello, es resistir al Espíritu o apagar el fuego de su don.

“algunas personas, por naturaleza, tienen miedo de lo sobrenatural, lo fuera de lo corriente y el desorden. Puedes temer tanto al desorden, y estar tan preocupado con la disciplina, el decoro y el control, que te hagas culpable de lo que la Biblia llama “apagar al Espíritu”. No tengo la menor duda de que ha habido mucho de esto.” (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. I)

Estas denominaciones, pretenden una especie de avivamiento que sea del tipo de aquellas señoras elegantes que intentan correr sin despeinarse, es decir, correr pero que no les afecte mucho; no vaya a ser que se pierda aquella apariencia que tanto les costó conseguir.

 “¿Qué es un avivamiento religioso? Se reconoce generalmente que la mejor forma de definir un avivamiento es como una vuelta de la Iglesia al libro de Hechos, una especie de repetición de Pentecostés, el Espíritu derramándose nuevamente sobre la Iglesia. Esto, naturalmente, es una porción de doctrina imprescindible y esencial.” (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. II)

Estas iglesias, con apariencia de “señoras elegantes”, quieren un Pentecostés sin el estruendo de un viento recio, sin lenguas como de fuego y sin manifestaciones sobrenaturales, es decir, no están dispuestas a aparecer delante del mundo como si estuvieran “llenas de mosto”. Quieren un Pentecostés, sí, pero que se parezca lo menos posible al original.

“Vemos que el acento se pone en el sosiego, la sobriedad… Leemos frases como: “La plenitud del Espíritu no implica tanto una experiencia mística privada como una relación con Dios”. Todo esto no es sino minimizar el aspecto experimental de la cuestión… De manera que cualquier impresión que pueda darse en cuanto a que se trata de una cosa tranquila, sobria y que pasa casi inadvertida, me parece que raya en lo que el Apóstol llamaría “apagar al Espíritu”…Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios… Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. ¿Sobrio? ¿Tranquilo? ¿Recatado? Querido amigo, ¿por qué no prestar atención a las pruebas? Este es el tipo de cosa que sucede cuando el Espíritu “viene” sobre un hombre. Hasta el edificio tembló, y esta tremenda exaltación de espíritu tuvo lugar en la experiencia de los Apóstoles y los demás creyentes.”  (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. III)

Como pueden ver, uso textos del Dr. Martin Lloyd-Jones, porque no es alguien a quien podríamos tildar de neófito o fanático; y porque es alguien imparcial o ajeno al Movimiento Pentecostal.

Pero sigamos con esta bonita, y a la vez muy triste historia…

Al ver que ese tan anhelado “avivamiento sobrio y recatado” no llega, algunos líderes denominacionales han dejado de mirar hacia arriba y han comenzado a mirar hacia los costados,  a contemplar los sembrados ajenos… tan verdes… tan florecidos… tan llenos de frutos… Han comenzado a poner la mirada en los apriscos ajenos… tan llenos de ovejitas… tantas multitudes… tantos corderitos… Han observado fijamente los ríos ajenos… rebosantes de vida… tantos peces… y ¡Eureka!… Aquellos que antes eran la “basura” ahora han pasado a ser “las preciosas almas que necesitan de nosotros para conocer la sana doctrina”… ¿Y cómo le llamamos a esto?… ¿“Pescando en río ajeno”… “Entrando en las labores de otros”… “Robando en rebaño ajeno”…“Seduciendo Pentecostales”?… ¡No!… Llamémosle “Nueva Reforma”, que suena más espiritual.

Es notable ver que quienes más se jactan de interpretar correctamente a Pablo, se alejaron del espíritu correcto que tenía el mismo Pablo

Romanos 15:17-20  Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo que a Dios se refiere. Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo. Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno

Ay Pablo… Pablo… ¿no ves que solo han llegado a tu capítulo 9 de Romanos y allí se estancaron?… ¡cómo le vamos a pedir que entiendan el capítulo 15! Por cierto, ya que a ellos les gusta poner el ejemplo de la Iglesia de Corinto para atacar a los “pente” -¿Quién fundó esa iglesia? …. -¿Cuál?… -La de los corintios… –Pablo… –Bien, ¿y quién corrigió sus excesos? ¿Fue Pedro, Santiago o Juan?… –No, no, ninguno de ellos, fue Pablo mismo quien los corrigió…

¿Se imaginan a Pedro o a Juan yendo a la iglesia de Corinto a corregir sus excesos? ¿Qué hubiese dicho Pablo sobre eso? Pedro y Juan tenían autoridad apostólica, obviamente, pero nunca se habrían entrometido en fundamento ajeno.

¿Entonces por qué no dejan que los pentecostales nos encarguemos de nuestras congregaciones? ¿Vosotros fuisteis los pioneros que se desgarraron las manos arrancado los cardos y espinos para preparar el terreno y sembrar? ¿Vosotros tuvisteis que soportar la burla y la persecución de los católicos y de las “denominaciones históricas”? ¿Vosotros sembrasteis día y noche regando con vuestras lágrimas los surcos? ¿Vosotros os llenasteis de lodo vuestros pies para que ninguna semilla se perdiese? ¿Vosotros fuisteis hasta los lugares más remotos a buscar las ovejas más descarriadas, y las trajisteis al redil sobre vuestros hombros?  ¿Vosotros os preocupasteis de nosotros cuando éramos la “basura”?… No, no y no ¿Entonces por qué ahora queréis participar de los frutos que no llevan vuestro sudor? ¿Por qué no enviáis vuestros evangelistas? ¿No tenéis?… ¿Por qué no hacéis campañas y predicaciones al aire libre para ganar nuevas almas? ¿Os da vergüenza? Claro, es más fácil y más fashion hacer conferencias, aplaudirse unos a otros y felicitarse mutuamente por ser los auténticos portadores del Evangelio, mientras se afirma descaradamente que América latina no conocía la sana doctrina… hasta que llegaron ellos.

Y como si esto no fuese suficiente, ahora proliferan los artículos por facebook, del tipo: “Yo era pentecostal” o “Por qué ya no soy pentecostal”, donde narran sus dolorosas experiencias aquellos que han sido librados de tan horrible pasado. Testimonios que me recuerdan a los que suben los católicos en sus páginas de apología: “Protestante regresa al catolicismo” Y exhiben al pródigo como un gran trofeo, sin mencionar, eso sí, que por uno que regresa al catolicismo mil salen de él.

Escribo esta serie de artículos, para demostrar la falacia de los que ahora, “a salvo en la otra orilla”, nos hacen señas de que abandonemos nuestro redil y nos unamos a ellos en esta cruzada anti-pentecostal, que no busca otra cosa que robar frutos ajenos.

Llevo más de 30 años en la iglesia pentecostal, lo suficiente para conocerla y amarla con sus defectos y virtudes. Desde esta página he atacado continuamente los excesos del neo-pentecostalismo y del pentecostalismo clásico, pero desde dentro. No voy a salir corriendo tras una “más joven y con más curvas”, como hacen estos que mencioné, encandilados por lo “nuevo”. Estoy tranquilo porque sé que con el tiempo terminarán igual que donde estaban. Antes estaban bajo “el entusiasmo pentecostal”, y ahora están entusiasmados “con sus nuevas doctrinas”, solo han cambiado un entusiasmo por otro, hasta que se aburran de nuevo y se vayan “con otra”; o simplemente se sumerjan en el letargo de la frustración del cobarde, es decir, de aquel que no se quedó a luchar sino que huyó.

Empezaré aclarando algo muy importante, no estoy en contra de quienes han abrazado un punto de vista doctrinal distinto, hay, gracias a Dios, una innumerable y creciente cantidad de pentecostales calvinistas o reformados; maravillosos hermanos llenos de la vida del Espíritu que están llevando avivamiento a sus congregaciones, y trabajando con el mismo celo evangelístico de siempre; no se avergüenzan de seguir llamándose pentecostales, o continuistas, o carismáticos o renovados. No es para ellos estos artículos.

La primera falacia, como no podía ser de otra manera, es contra el hablar en lenguas. Afirman que salieron del pentecostalismo porque ellos mismos “balbuceaban palabras en el culto sin haber quienes las interprete, y la Biblia dice que si no hay interpretación se debe callar en el culto”. Bien, la Biblia afirma lo siguiente

1 Corintios 14:27-29  Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen.

Yo les preguntaría, en primer lugar, ¿la Biblia que usaban cuando eran pentecostales es la misma que la que usan ahora?, y si es la misma ¿por qué no le hacían caso antes? ¿Es que recién ahora han descubierto estos versículos? Si antes parloteaban como loros en los cultos, ya sea porque les agradaba exhibir su “espiritualidad” o por imitación (porque los demás también lo hacían), era suficiente con dejar de hacerlo una vez que se comprende lo que la Biblia ordena. Pablo dice que “callen en la congregación” no que “huyan de la congregación”

El apóstol no solo manda que el que hable en lenguas calle en la congregación (si no hay quien interprete) sino que también manda:

1 Corintios 14:13  Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla.

Yo les pregunto a ellos ¿han orado sinceramente a Dios pidiendo poder interpretar las lenguas que hablaban? ¿Han hecho el intento siquiera?

Pero seamos honestos, el problema de estas personas no es que ahora se han vuelto más bíblicos, o más decentes y ordenados; sino que se han tornado más incrédulos y menos bíblicos que cuando eran pentecostales. Vean, sino. ¿Qué otra cosa manda el apóstol acerca de las lenguas?

1 Corintios 14:39  Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas

¿Por qué ahora, que según ellos comprenden mejor las Escrituras, prohíben hablar en lenguas? Una cosa es decir: no hablamos en lenguas si no hay intérprete, y otra es prohibirla totalmente. ¿Se dan cuenta como se han tornado anti-bíblicos prohibiendo lo que la Biblia expresamente manda no prohibir? Claro, no son tan ingenuos, tienen la respuesta escondida en la manga, ellos afirman que “no es que prohibamos hablar en lenguas, solo que eso era para el tiempo de los apóstoles, ahora ya no están operativas” ¿Sí?, y les pregunto ¿en base a qué texto de las Escrituras sacan tremendo disparate?

Observen cómo manipulan las Escrituras. Unos versículos más arriba del que leímos, dice lo siguiente:

1Corintios 14:34  vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.

Si uno les pregunta ¿crees que este mandato era para el tiempo de los apóstoles solamente, o sigue vigente? Responderán inmediatamente: “¡No, no era solo para la época de los apóstoles, está vigente!”. Bien, entonces en qué regla de interpretación bíblica se basan para afirmar que, lo que dice en solo cinco versículos más abajo, ha pasado a ser por arte de magia ¡solo para la época de los apóstoles! O todo el texto dejó de estar vigente o todo continúa siéndolo, no una parte sí y la otra no.

“Al parecer, la idea de que estas cosas eran solo para el período neo-testamentario y no tienen nada que ver con nosotros hoy, es en realidad culpable del error conocido como “alta crítica”. Este error se sienta en juicio sobre las Escrituras y dice: “Desde luego, claro, aquello fue algo transitorio y no se aplica a nosotros”. Tú decides lo que es aceptable y lo que no lo es: seleccionas a tu gusto. Este argumento hace exactamente lo mismo.”     (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. IX)

1ª Corintios  14:37 Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.  Mas el que ignora, ignore. Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas;  pero hágase todo decentemente y con orden.

¿Desde cuándo el Señor da mandamientos con fecha de caducidad? El texto apostólico ordena expresamente el “no impidáis el hablar en lenguas”. Si alguien afirma que el hablar en lenguas era solo para la época de los apóstoles miente y contradice al apóstol. Y no solo contradice el mandato bíblico sino que tuerce la Escritura a su antojo, teniendo arbitrariamente por válido el mandato a las mujeres, y como inválido el mandato de las lenguas, cuando ambos están presentes en la misma carta, y en el mismo contexto inmediato.

Si alguien dice que lo que ahora se hace al hablar en lenguas (glosolalia) no es de Dios sino del diablo, miente. Y no solo que miente, sino que desobedece a la Escritura, porque por medio del miedo, manipula a sus seguidores para que rechacen este don. Es decir prohíben, no directamente sino indirectamente, haciéndoles creer a las personas que, si hoy hablan en lenguas no es de Dios sino del diablo. “No te prohíbo que hables en lenguas, pero si hablas, eso no es de Dios”. Ni el diablo mismo se atrevería a manipular tanto las Escrituras, como ellos. Por cierto, si ellos hablaban en lenguas cuando eran pentecostales, y el hablar en lenguas, según ellos, es cosa de demonios, ¿quién les echó fuera los demonios que los poseían, si en la iglesia donde están ahora tampoco creen en echar fuera demonios?

Hermanos, detrás de toda esta aparente preocupación por “el orden y el decoro”, se esconde una nefasta doctrina sin sustento bíblico ninguno: el cesacionismo. La perversa doctrina que enseña que los dones del Espíritu eran solo para la época de los apóstoles.

Dejemos que hablen hombres más doctos, observemos cómo el Dr. Lloyd-Jones refuta a los cesacionistas que tuercen las Escrituras:

“Permíteme darte simplemente un ejemplo de lo que quiero decir. Hace poco he leído un artículo acerca de este tema que demuestra cómo hombres con un determinado prejuicio o inclinación están tan controlados por el mismo que leen en la Escritura cosas que no se encuentran en ella, y hacen así sus propias deducciones erróneas. Permíteme que cite parte de ese artículo: “San Pablo apenas menciona ese don [el autor está hablando acerca de las “lenguas” en particular], excepto para tratar de regular el comportamiento de aquellos que lo poseen y frenar el mal uso del mismo”. Luego prosigue: “Sin duda fue esto lo que le llevó a relegar dicho don al último lugar de la lista de los jarismata y a instar a sus lectores a intentar ponerlo en perspectiva”. Hasta ahí todo bien; pero luego añade: “Para él se trataba de algo más bien permisible que deseable”. ¡Más permisible que deseable! Pero el Apóstol mismo dice, con bastante claridad, en 1 Corintios 14: “Quisiera que todos hablaseis en lenguas” (v. 5). ¡Eso no es meramente permisible, sino más bien deseable! Y luego prosigue: “¿Tiene alguna importancia el hecho de que la iglesia en Corinto, que al parecer era el único lugar en que esa práctica prevalecía…?”. ¿Lo ves? Como no se menciona ese don en relación con las otras iglesias el autor supone que no se daba en ellas. Ahora bien, eso no es otra cosa que un argumento basado en el silencio, una deducción. Pero continuemos: “¿Tiene alguna importancia el hecho de que la iglesia en Corinto, que al parecer era el único lugar en que esa práctica prevalecía, fuera moral y espiritualmente la menos madura de las comunidades cristianas primitivas?”. No hay evidencia alguna para decir esto: no sabemos si la iglesia en Corinto era “la menos madura”. De hecho, existen buenas razones para pensar que tanto la iglesia en Tesalónica como en Galacia eran igualmente inmaduras. Todo esto no es más que mera conjetura: supone leer en las Escrituras lo que no está escrito para corroborar tu prejuicio particular… Yo creo que la respuesta se encuentra en las Escrituras mismas, y que si te basas en lo que ellas dicen descubrirás que no tienes derecho a hacer afirmaciones como esas. “Quisiera que todos hablaseis en lenguas”, expresa el Apóstol; ¡no se trata, pues, de algo solamente permisible, sino deseable! Y luego añade: “No impidáis el hablar lenguas” (v. 39). Sugiero, por tanto, que cuando Pablo dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros”, no solo está reivindicando que sabe más del asunto que ellos sino que reclama algo de naturaleza experimental y que él experimenta. De modo que debernos tener cuidado de no intentar eludir estas cosas o deshacernos de ellas con meras suposiciones.”     (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. IX)

Que hable ahora el Dr. A. W. Tozer

“Por espacio de una generación, ciertos maestros evangélicos nos han dicho que los dones del Espíritu cesaron con la muerte de los apóstoles o al ser completado el Nuevo Testamento. Esto, por supuesto, es una doctrina que carece totalmente de respaldo bíblico. Sus defensores deben aceptar plenamente la responsabilidad de estar manipulando la palabra de Dios.”  (A. W. Tozer – La Vida más Profunda – Cap. 3)

Como pueden ver, hermanos, he usado a dos grandes hombres de la Iglesia que nunca pertenecieron al Movimiento Pentecostal, uno calvinista, el otro arminiano; los dos combatieron las mentiras del movimiento cesacionista. No te dejes engañar por la retórica hueca de los que, sin sustento bíblico ni histórico, pretenden arrastrarte a su redil para engrosar sus moribundas congregaciones.

Mantente fiel en el lugar que Dios te puso, el pentecostalismo es un movimiento con mucha vida, y en donde abunda la vida es normal que surgan abusos, entonces, si ves abusos corrígelos, primeramente con tu ejemplo y luego con mansedumbre, dulzura y amor, pero no huyas cobardemente.  Recuerda que la pureza del Evangelio o la sana doctrina no se demuestra haciendo conferencias, o “cazando herejes” por Internet, sino que

Santiago 1:27 La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal – 2017

Puedes ver el Capítulo II de esta serie en el siguiente link:

https://diariosdeavivamientos.wordpress.com/2017/02/06/lo-que-no-te-contaron-sobre-los-pentecostales-capitulo-ii/

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Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia – María Slessor

La exploración y obra misionera de David Livingstone y de Stanley, inspiró a muchos más a embarcarse para el África, tanto hombres como mujeres. La mayoría de las mujeres veían su ministerio limitado a los confines de un puesto misionero ya establecido. Tal fue el caso de María Moffat [esposa del gran misionero Roberto Moffat y suegra de David Livingstone] quien pasó la mayor parte de su vida en una base misionera sin moverse de allí. La exploración y la obra pionera no eran ni siquiera una de las opciones de las misioneras solteras. Así fue hasta que apareció en escena María Slessor.

La historia de María Slessor, como la de otros misioneros en la historia moderna, ha sido idealizada hasta verse cambiada casi por completo. La imagen de ella como una dama de la época victoriana que viaja por las selvas lluviosas de África con vestidos con cuello alto y largos hasta los tobillos, escoltada con lujo en una canoa por guerreros tribales con caras pintadas está muy lejos de la realidad. Por el contrario, ella andaba descalza y mal vestida, y era una mujer de la clase obrera. Vivía al estilo Africano, en una choza de barro. A veces tenía la cara cubierta de furúnculos, y a veces no usaba su dentadura postiza. Pero el éxito que tuvo como misionera fue asombroso. Muy pocos han igualado la camaradería que tenía ella con los Africanos. Tuvo la distinción de ser la primera mujer que fue nombrada vicecónsul del Imperio Británico. El mayor tributo lo recibió de los otros misioneros antes de su muerte, los cuales la conocían bien y, a pesar de sus faltas y excentricidades, la honraban como a una gran mujer de Dios.

María Mitchell Slessor, la segunda de siete hijos, nació en Escocia en 1848. Su niñez fue dura por causa de la pobreza y de problemas familiares. El padre trabajaba poco, debido a su alcoholismo. Se dice que cuando llegaba borracho por la noche echaba a María a la calle, sola. A los once años, María comenzó a trabajar junto a su madre en una fábrica de tejidos, mientras seguía en la escuela. A los catorce años de edad ya trabajaba diez horas diarias para sostener a la familia, debido a la enfermedad de su madre al nacer el séptimo hijo. Durante los trece años siguientes María siguió trabajando en la fábrica, y era la que mejor sueldo tenía en la familia.
Aunque después se referiría a sí misma como una señorita indisciplinada, María pasó mayormente los años de su juventud trabajando en la fábrica y en su casa. En el contaminado y superpoblado distrito obrero donde vivía su familia había poco tiempo y oportunidad para las diversiones. Por fortuna, las actividades de la iglesia aportaban mucha satisfacción a su miserable vida doméstica.

Se convirtió María en su juventud gracias al interés que puso en ella una viuda anciana de su vecindario. Tomó parte activa en su iglesia presbiteriana local. Enseñaba en la Escuela Dominical, y después de la muerte de su padre, se ofreció para ser misionera en su país. Al cumplir los veinte años, comenzó a trabajar en la Misión de Queen Street. Así obtuvo experiencia práctica para su futura labor misionera. Muchas veces ella tuvo que hacerles frente a muchachos groseros y a pandillas callejeras que trataban de perturbar sus reuniones al aire libre. De esa forma se iba desarrollando en el sombrío vecindario de Dundee el valor que necesitaría años después.

Desde su niñez María tuvo un profundo interés en las misiones en el extranjero. En las frecuentes reuniones misioneras de su iglesia los misioneros trataban de reclutar a voluntarios. Se seguía con mucho interés el progreso de la misión en Calabar, establecida dos años antes del nacimiento de María. Su madre esperaba que Juan, el único hijo que le quedaba vivo, se hiciera misionero. La muerte del hijo, cuando María tenía veinticinco años de edad, desbarató los sueños de la madre. María, en cambio, se sintió impulsada a dejar la fábrica de tejidos y tomar el lugar de su hermano. La Misión de Calabar siempre había dado lugar a las mujeres y María sabía que la aceptarían. La muerte de David Livingstone confirmó su decisión. Todo lo que restaba era dejar su familia que tanto amaba.

En 1875 María solicitó ingreso en la Misión de Calabar y fue aceptada. En el verano de 1876, a la edad de veintisiete años, zarpó ella para Calabar (situado en la moderna Nigeria), tierra conocida por el tráfico de esclavos y su ambiente malsano. María pasó sus primeros años en África en el poblado de Duke. Allí enseñó en una escuela de la misión. También visitaba a los Africanos para aprender el idioma, lo cual hizo rápidamente, aunque le disgustaba su tarea. Como muchacha acostumbrada al trabajo duro, nunca se sintió cómoda con la vida social de las varias familias de misioneros que vivían confortablemente en Duke. Le molestaba la vida rutinaria y quería obtener más de su carrera misionera que lo que Duke le ofrecía. Sólo un mes después de su llegada escribió: “Se necesita una gracia especial para estarse uno quieto. Es tan difícil esperar.”

Su corazón estaba dispuesto para la obra misionera en el interior, pero para tener ese “privilegio” tendría que esperar. Después de casi tres años en África y debilitada por varios ataques de malaria (y muchos más de nostalgia), se le dio a María licencia para ir a recobrar la salud y reunirse con su familia en Europa. Cuando, después de la licencia, regresó al África iba con mucha energía y llena de entusiasmo por su nueva tarea en Old Town, a cuatro kilómetros y medio hacia el interior, a lo largo del río Calabar.

Allí se sentía en libertad para trabajar sola y para mantener su propio estilo de vida. Su casa era de barro. Comía de lo que se producía en la localidad, lo cual le permitía enviar casi todo su sueldo a su familia. Su trabajo ya no era rutinario, pues supervisaba escuelas, dispensaba medicamentos, intervenía en disputas y cuidaba a niños desamparados. Los domingos era una predicadora itinerante. Recorría muchos kilómetros por la selva, de aldea en aldea, para compartir el evangelio con los que quisieran escucharla.

La evangelización en Calabar era un proceso lento y tedioso. Había mucha hechicería y espiritismo. Era casi imposible vencer las crueles costumbres de las tribus ya que estaban arraigadas en las tradiciones. Una de las costumbres más horribles era la matanza de los gemelos. La superstición dictaba que un nacimiento de gemelos era la maldición de un espíritu malo que engendraba a uno de los niños. En la mayoría de los casos daban muerte de una manera horrible a ambas criaturas. La madre era desechada por la tribu y exiliada a una zona reservada para los proscritos. María no sólo rescataba a los mellizos y ministraba a sus madres, sino que también luchaba sin descanso contra los perpetradores de ese rito pagano, algunas veces con riesgo de perder su propia vida. Con mucho valor intervenía en los asuntos de la tribu y al fin se ganó el respeto que por lo general no se les daba a las mujeres. Pero al cabo de tres años María estaba otra vez demasiado enferma como para permanecer en el campo misionero.

En su segunda licencia, María llevó consigo a Janie, una gemela a quien había salvado la vida. Aunque ella tenía mucha necesidad de descanso, la invitaron a hablar en muchos lugares. María y Janie causaban gran sensación, y tan grande era la demanda de sus presentaciones en público que el comité de la misión extendió la licencia de María. También tuvo ella que atender a su madre y a su hermana que estaban enfermas.

Al fin, en 1885, después de una ausencia de casi tres años, volvió al África, con la decisión de penetrar aun más en el interior. Poco después de su regreso al África, María recibió la noticia de la muerte de su madre. Tres meses después murió también su hermana. Otra hermana suya había muerto durante su licencia. Ahora María se encontraba sola y sin vínculos que la ataran a su patria. Se encontraba angustiada y casi dominada por la soledad: “Ya no tengo a quien escribirle y contarle mis historias, problemas y tonterías.”

Pero con la soledad y la tristeza también vino una cierta sensación de libertad: “El cielo está ahora más cerca de mí que la Gran Bretaña. Nadie se va a angustiar por mí si yo avanzo más hacia el interior.”
Para María, el interior era Ocoyong, una zona incivilizada donde habían perdido la vida otros misioneros que se habían atrevido a cruzar sus límites. El envío de una mujer soltera a los de Ocoyong parecía a muchos como una locura. Sin embargo, María estaba decidida a ir allá y nadie podría disuadirla. Después de visitar esa zona varias veces en compañía de otros misioneros, María estaba convencida de que la obra debía iniciarse con mujeres misioneras. Ella creía que las mujeres parecían ser una amenaza menor que los hombres a las tribus que aún no se habían alcanzado. Entonces en agosto de 1888, con la ayuda de su amigo el rey Eyo de Old Town, María emprendió su viaje al norte.

Durante más de un cuarto de siglo, María siguió estableciendo bases misioneras en zonas donde el hombre blanco no había podido sobrevivir. Durante quince años, menos dos licencias, ella se quedó con los de Ocoyong. Ella les enseñaba, los cuidaba y arbitraba en sus disputas. Su reputación como pacificadora se extendió a otros distritos. Muy pronto María actuaba como juez de toda la región, y, en 1892, se convirtió en la primera vicecónsul de Ocoyong. Este cargo oficial lo mantuvo por muchos años. En esta capacidad actuaba como juez y presidía en los juicios sobre disputas de tierras, deudas, asuntos domésticos y cosas similares.

Aunque a María la respetaban mucho como juez y había influido en la reducción gradual de la hechicería y la superstición, vio poco progreso en la cristianización de los de Ocoyong. Se consideraba como pionera y su obra como precursora. No le preocupaba demasiado el hecho de que no podía enviar deslumbrantes informes de multitudes de conversiones y de iglesias florecientes a su patria. Organizaba escuelas, enseñaba artes prácticas y establecía rutas comerciales; todo esto en preparación para los misioneros que la seguirían. (Prefería ella que tales misioneros fueran ministros ordenados.)

“Cristo me envió a predicar el evangelio y Él se hará cargo del resultado final.” 

Vio el fruto de su empresa evangelística, pero principalmente en su propia familia de niños adoptados. En 1903, casi al final de su obra en Ocoyong, celebró el primer culto bautismal (de los once niños bautizados, siete eran suyos).

La vida de María como misionera fue solitaria, pero ella no careció del todo de relaciones sociales. Los viajes a Inglaterra y a Duke le sirvieron para mantenerse en contacto con el mundo exterior. Durante una de sus licencias por enfermedad, en la costa, conoció a Carlos Morrison, un joven misionero maestro. El era dieciocho años menor que ella y trabajaba en Duke. Al progresar su amistad, se enamoraron. María aceptó su propuesta de matrimonio con la condición de que él trabajara con ella en Ocoyong. Pero esa boda nunca llegó a realizarse. La mala salud de él no le permitió quedarse ni siquiera en Duke. De todos modos, para María la labor misionera era más importante que sus relaciones personales. A María tampoco le convenía el matrimonio. Su modo de vida y su rutina diaria eran tan extraños que ella estaba mejor sola. Algunas señoritas que habían tratado de vivir con ella no habían tenido mucho éxito. A ella no le preocupaba mucho la higiene; su choza de barro estaba infestada de cucarachas, ratas y hormigas. El horario de las comidas, de la escuela y de los cultos de la iglesia era irregular. Esto se adaptaba mejor a los Africanos que a los europeos que se rigen más por los horarios. Tampoco se preocupaba mucho por la ropa. Ella se dio cuenta muy pronto de que el vestido al estilo victoriano, modesto y ajustado al cuerpo, no convenía para la vida en las lluviosas selvas del África. Usaba ropa de algodón, que a menudo se le pegaba al cuerpo debido a la humedad. Aunque María dejaba de tomar las más elementales precauciones de salud, sobrevivió a la mayoría de sus compañeros misioneros que eran tan cuidadosos de la salud y de la higiene [téngase en cuenta que en aquella época de cada cinco misioneros varones solo uno sobrevivía, el resto moría de malaria y diversas enfermedades].

Claro que tuvo problemas de salud, tales como varios ataques de malaria; también sufrió de forunculosis que le aparecían en la cara y en la cabeza, lo cual le producía a veces calvicie parcial. No obstante, en ocasiones estaba sorprendentemente saludable y fuerte para ser una mujer de edad madura. Sus hijos adoptados la mantenían joven y feliz. Ella podía decir con toda sinceridad que era “un ejemplo del gozo y la satisfacción de la vida de soltera“.

La oración es el poder más grande que Dios ha puesto en nuestras manos; la oración es más poderosa que la acción y es la única forma en la que puede avanzar el Reino.  Es sólo a través de las oraciones de muchos en mi favor, que puedo explicar el haber sobrevivido a tantos peligros y calamidades, y haber visto tantas almas llegar a los pies del Salvador

En 1904, a la edad de cincuenta y cinco años, María salió de Ocoyong con sus siete hijos a empezar la obra en Itu y otras zonas remotas, teniendo mucho éxito con los de Ibo. Janie, su hija mayor, era ahora una ayuda valiosa en la obra. Otra misionera se encargó de la obra en Ocoyong. Durante los últimos diez años de su vida, María siguió estableciendo misiones para facilitar el ministerio de los que fueran después de ella. En 1915, casi cuarenta años después de llegar al África, murió a la edad de sesenta y seis años en su choza de barro. Permanece como un gran testimonio de las misiones cristianas en el África.

Mary Slessor – Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia

 

Relato extraído en su mayoría del libro: Hasta lo último de la tierra – Ruth Tucker

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La suegra y la esposa del apóstol Pedro – Una respuesta al predicador católico Rafael Diaz

Bien, si ya han visto el vídeo del predicador católico, aquí está mi respuesta:

Mateo 8:14,15 Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre.  Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.

Marcos 1:29-31  Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.  Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. Entonces él (Jesús) se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.

De forma innegable, la Escritura enseña que Pedro tenía suegra, por ende estaba casado, no meramente comprometido, sino casado, pues la suegra vivía en su casa. Veremos ahora los argumentos a favor o en contra.

El primer argumento del romanismo, en este caso representado por el predicador Rafael Díaz, es que Pedro era viudo, y “que según una costumbre judía antigua cuando un hombre quedaba viudo por obligación se tenía que traer a su suegra a casa

La Ley judía mandaba esto:

Éxodo 20:12  Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.    (Traducción RV1960)

Sabemos que honrar no implicaba solamente respetar, sino proveer para sus necesidades materiales. El Señor Jesús, en relación con esto, les reprochaba a los religiosos de Israel por haber cambiado el mandamiento divino, por tradiciones humanas.

Mateo 15:4-6  Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y también: “El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte.” Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: “Cualquier ayuda que pudiera darte ya la he dedicado como ofrenda a Dios.” En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios.      (Traducción NVI)

Cuando una persona quedaba viuda, si era una mujer joven,  regresaba a la casa de sus padres

Rut 1:3,4,5,8  Y murió Elimelec, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos, los cuales tomaron para sí mujeres moabitas; el nombre de una era Orfa, y el nombre de la otra, Rut; y habitaron allí unos diez años.  Y murieron también los dos, Mahlón y Quelión, quedando así la mujer desamparada de sus dos hijos y de su marido. Y Noemí dijo a sus dos nueras: Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo.

Rut y Orfa, las nueras de Noemí, tenían dónde ir (a la casa de sus madres) Pero Noemí, quien era una viuda de edad avanzada, no tenía casa materna donde regresar, ni tampoco hijos varones para que la reciban en sus casas. Es por ello, que su nuera Rut, mujer piadosa, no quiso separarse de ella y le dice:

Rut 1:16  Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.

Rut no estaba obligada a cuidar de su suegra, pero no la abandona, esta actitud le valió fama y reconocimiento.

Rut 2:11-12  Y respondiendo Booz, le dijo: He sabido todo lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido, y que dejando a tu padre y a tu madre y la tierra donde naciste, has venido a un pueblo que no conociste antes. Jehová recompense tu obra, y tu remuneración sea cumplida de parte de Jehová Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte.

Toda persona, en Israel, estaba obligada a cuidar de sus padres por la Ley de Moisés, por ello, cuando una persona mayor (sobre todo mujer) quedaba en estado de viudez, era recibida en casa por alguno de sus hijos, o nueras o yernos; esto era una acción propia de personas justas, rectas, misericordiosas, como Rut.

Todo esto quiere significar que si la suegra vivía en la casa de Pedro, tengamos bien en cuenta esto porque el relato dice que estaba en la casa de él, daba a entender que la viuda era ella, no Pedro. Si una mujer quedaba viuda y no podía cuidarse o sostenerse materialmente, era obligación de los hijos o hijas recibirla en casa. Posteriormente, en la iglesia apostólica, podemos ver el gran cuidado que se tenía por las viudas mayores, quienes eran una prioridad para la Iglesia juntamente con los huérfanos.

1 Timoteo 5:16  Si alguna mujer creyente tiene viudas en su familia, debe ayudarlas, para que no sean una carga para la iglesia; así la iglesia podrá ayudar a las viudas que de veras no tengan a quien recurrir.   (Traducción DHH-H)

El argumento usado por el catolicismo es, cuanto menos, absurdo: “como Pedro se quedó viudo se trajo a su suegra a casa” ¡Es al revés! Si la suegra se quedaba viuda, un buen hijo o hija, nuera o yerno, debería recibirla en su casa.

Cuando una joven se quedaba viuda, se debía casar de nuevo, generalmente la costumbre era que se casara con algún hermano de su difunto marido.

Marcos 12:19  —Maestro, Moisés nos enseñó en sus escritos que si un hombre muere y deja a la viuda sin hijos, el hermano de ese hombre tiene que casarse con la viuda para que su hermano tenga descendencia.

Esto siguió como costumbre en la Iglesia

1 Timoteo 5:14 Por tanto, quiero que las viudas más jóvenes se casen, que tengan hijos, que cuiden su casa y no den al adversario ocasión de reproche.

Si el viudo era un hombre joven, lo normal era que se volviese a casar ¡no que se trajese a su suegra a casa! ¿Para qué quería a su suegra? Lo normal, y habitual para la cultura, era que un viudo joven se volviese a casar para evitar la fornicación o el adulterio.

Y tampoco pueden afirmar los católicos, que Pedro la recibió en casa porque él no deseaba casarse nuevamente para poder seguir a Cristo, pues este episodio está en el capítulo 1 de Marcos, es decir, Pedro recién había sido llamado por Cristo, estaba recién “convertido”, aún no sabía casi nada del Reino de los Cielos. Si este episodio hubiese sido después de la resurrección del Señor, podría plantearse una duda, pero está claro que según la tradición y costumbre judía, Pedro había recibido a su suegra en casa por ser ella la viuda, y no él. Recordemos que el el evangelio de Marcos se escribió al dictado de Pedro, es decir, Marcos lo redactó oyendo los relatos en primera persona del apóstol.

El segundo argumento usado por el catolicismo, es que no hay ningún versículo que hable de la esposa de Pedro, pues bien, se equivocan (o maliciosamente pervierten las Escrituras) He aquí el texto

1Corintios 9:5  ¿No tenemos derecho a viajar acompañados por una esposa creyente, como hacen los demás apóstoles y Cefas y los hermanos del Señor?   (Traducción NVI)

En este texto, donde habla el apóstol Pablo, dice textualmente “hermana esposa” No se presta a ninguna confusión. Aunque, alguna de las traducciones católicas hacen malabarismos para disimular lo evidente, como por ejemplo en esta traducción católica

1Corintios 9:5  ¿Por ventura no tenemos también facultad de llevar en los viajes alguna mujer hermana en Jesucristo, para que nos asista, como hacen los demás apóstoles, y los hermanos o parientes del Señor, y el mismo Cefas, o Pedro? (Traducción T.A.A – católica)

Este “mujer hermana en Jesucristo, para que nos asista” se ha pretendido utilizar como si los apóstoles llevasen a una especie de secretaria, o alguien que les atienda. ¿Pero, se imaginan ustedes este descalabro? ¿Qué pensarían de un predicador cristiano, que llevara consigo a todas partes una mujer que no sea su esposa, durmiendo en el mismo lugar, viviendo todos los días juntos? ¿Qué pensarían los católicos si un cardenal u obispo se fuera de viaje y se llevara  a una mujer, y se hospedaran en el mismo hotel, y pusiese como justificativo que la lleva para que le haga las maletas?

Y no vale poner como pretexto que a Jesús le acompañaban mujeres que le servían de sus bienes

Lucas 8:1-3  Y aconteció en seguida de esto que él atravesaba cada ciudad y aldea, predicando y evangelizando el reino de Dios; y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malos y enfermedades: María, la llamada Magdalena; (de la cual demonios siete habían salido). y Juana, mujer de Cuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas; las cuales servíanles de sus haciendas.    (Traducción Jünemann)

Jesús siempre viajaba en compañía de sus apóstoles, y de otra gran cantidad de discípulos, además de muchas mujeres; pero nunca iba solo con una mujer, eso hubiese dado motivo para que menospreciaran su ministerio. Los apóstoles, después de la persecución que dispersó a la iglesia, ya no iban en multitud, sino que muchas veces viajaban solos. ¿Cómo es posible afirmar esta costumbre, éticamente reprochable, de que un apóstol soltero llevase consigo de viaje a una mujer?

La traducción católica de la Nueva Biblia de Jerusalén es más sensata

1ª Corintios 9:5  ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?   (Traducción NBJ – Católica)

No creo sea necesario aclarar que Cefas es el apóstol Pedro, pero por si a estas altura alguien lo ignora, así llamaban al apóstol en las iglesias.

Para más claridad, leamos este mismo versículo en la “Biblia del Peregrino”, de Luis Alonso Schokel – de la Editorial católica Verbo Divino, con licencia de la Conferencia Episcopal Española

1ª Corintios 9:5 ¿no tenemos derecho a hacernos acompañar de una esposa cristiana como los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?  (Biblia del Peregrino – Verbo Divino)

La Biblia del Peregrino, que es una Biblia de estudio católica dice en el comentario de la curación de la suegra de Pedro:

“La suegra de Pedro es la primera beneficiaría del poder curador de Jesús, transmitido por el contacto de su mano (Sal 62,9 “tu diestra me sostiene”, 73,23) Una vez curada, se pone a su servicio. El hecho sucede durante el sábado y en casa de Simón. De los parientes no se vuelve a hablar en los evangelios, Pablo hace alusión al matrimonio de Pedro (1 Cor 9,5)”  (Biblia del Peregrino Tomo III- Editorial Verbo Divino)

Veamos que dice el COMENTARIO DE RATISBONA AL NUEVO TESTAMENTO – Comentario católico romano:

“Tiene incluso el derecho de llevar consigo una auxiliar femenina y de exigir también su manutención por parte de los fieles. Eso es lo que hacen los otros apóstoles (que, sin duda hay que entender en un sentido más amplio, cf. v. 6), y, sobre todo, Pedro y los hermanos del Señor. Si aquí se trata de una esposa, que ciertamente era la más idónea como acompañante o si la «mujer» indica (en oposición a lo que evoca el contexto) simplemente una auxiliar femenina, una sirvienta, es algo que no podemos decidir con seguridad, aunque la primera interpretación podría ser la más verosímil.”  (COMENTARIO DE RATISBONA AL NUEVO TESTAMENTO –  Editorial Herder – Páginas 240-241)

Por último miremos a uno de los mejores Comentarios Bíblicos Católicos: el Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, donde, como dice en su prólogo el Cardenal Carlo Martini, arzobispo de Milan, es una obra de “los mejores exegetas católicos de lengua inglesa” (entre ellos el eminente Raymond E. Brown).

“Marcos 1:30. La suegra de Simón: Se presupone que Simón estaba casado cuando fue llamado. 1 Corintios 9:5 sugiere que su esposa lo acompañaba en sus viajes apostólicos.(Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo – Editorial Verbo Divino – Página 22)

Este versículo es contundente, pues la palabra que usa en el original es esposa, una hermana esposa, es decir una esposa cristiana. El apóstol Pablo asegura que el apóstol Pedro llevaba consigo a su esposa, en sus viajes.

El otro argumento que utilizan estos apologistas católicos es que si Pedro, o los demás apóstoles,  hubiesen estado casado, eso les hubiese impedido servir libremente a Cristo. ¿Qué dicen las Escrituras?

Tito 1:5,7 a. El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené. El candidato debe ser irreprochable, casado una sola vez, cuyos hijos sean creyentes, no tachados de libertinaje ni de rebeldía.  Porque el epíscopo, como administrador de Dios, debe ser irreprochable… (Traducción NBJ – católica)

1ª Timoteo 3:2-5 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar,  ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad;  pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?      (Traducción NBJ – católica)

¿Dónde dice la Biblia que el epíscopo, (obispo o sacerdote) debe ser soltero?

Por último, el argumento de que “según una tradición antigua, Pedro era viudo” se cae por su propio peso. El primer gran historiador de la Iglesia, Eusebio, historiador oficial en tiempos del Emperador Constantino, quien además de ser historiador era obispo de Cesarea y participó en el primer concilio ecuménico de Nicea en el año 325, no podría ser más contundente para demoler este absurdo argumento. Leamos en su libro III sus textuales palabras

XXX 1. Clemente, a quien acabamos de citar, después de esto continúa con una lista de los apóstoles cuyo matrimonio está demostrado para los que niegan el matrimonio. Dice así: « ¿Acaso también rechazaron a los apóstoles? Pedro y Felipe tuvieron hijos; Felipe incluso entregó a sus hijas en matrimonio, y Pablo no duda, en alguna de sus cartas, en nombrar a su cónyuge, la cual no le acompañaba, para una mayor flexibilidad en su servicio».

Ya que hemos hecho estos detalles, no estará de más referir otro relato suyo digno de ser narrado. Lo escribe en el libro VII de los Stromateis del siguiente modo: «Dicen que el bienaventurado Pedro, al ver que su misma esposa era llevada a muerte, se gozó gracias a su llamado y su vuelta a casa, y alzó su voz en gran manera a fin de estimularla y de consolarla, dirigiéndose a ella por su propio nombre: “Oh, tú, recuerda al Señor.” Así era el matrimonio de los dichosos y la índole de los más amados». Aquí convenía citar este texto por su relación con nuestro tema. (Esuebio de Cesarea – Historia Eclesiástica – III.XXX.1)

Aquí, Eusebio de Cesarea cita las palabras de Clemente de Alejandría (Stromata 7. sec. 63) y supongo que han notado el énfasis que el obispo pone a su afirmación: con una lista de los apóstoles cuyo matrimonio está demostrado para los que niegan el matrimonio. Y como si esto fuera poco nos narra sobre el martirio de la esposa del apóstol Pedro.

Pedro tuvo suegra, y tuvo una esposa que lo acompañó en sus viajes apostólicos y que sufrió el martirio como buena cristiana. Es más, el historiador Eusebio y Clemente de Alejandría nos dicen que  Pedro y Felipe tuvieron hijos. Enseñar lo contrario es pervertir el Evangelio, manipular la Escritura para mantener a toda costa, en el redil de Roma, a las ovejas aunque estas continúen desnutridas y abandonadas a causa de la mala enseñanza, como si no tuviesen pastor.

Católico, católica, no te dejes engañar más.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos

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