Cómo respondieron los pentecostales a la pandemia de “influenza española” de 1918

Lecciones de la historia de las Asambleas de Dios

Artículo de DANIEL D. ISGRIGGEL, publicado en Influence Magazine - traducido por Diarios de Avivamientos

“El mundo entero está sintiendo los efectos de la pandemia de COVID-19. Parece que todas las instituciones de nuestra sociedad están cerrando para proteger a las personas de la propagación de este virus. Muchos han comentado la respuesta de la Iglesia a esta crisis desde diferentes ángulos. ¿Cómo deben manejar esta crisis las personas de fe y que creen en la sanidad divina? ¿Deberíamos cerrar las iglesias? ¿Deberíamos detener el ministerio en medio de una pandemia?

Como historiador, lo que es interesante para mí sobre la pandemia actual es que se está produciendo un poco más de un siglo después de la devastadora pandemia de influenza de 1918 , la llamada “gripe española”. De 1918 a 1919, se estima que 500 millones de personas en todo el…

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El Milenio ¿literal o simbólico? Distintos puntos de vista a través de la historia.

Premilenarismo histórico: En líneas generales, los premilenarios creen que la venida de Cristo será precedida por ciertas señales, como la predicación del evangelio a todas las naciones, una gran apostasía, guerras, hambres, terremotos, el surgimiento del Anticristo y una gran tribulación (En el premilenarismo histórico no hay un “rapto secreto”). Su regreso será seguido de un período de paz y justicia antes del fin del mundo. Cristo reinará en forma personal como Rey, o a través de un grupo selecto de discípulos. Los judíos se convertirán y tendrán un papel importante durante este tiempo. Asimismo, la naturaleza se verá bendecida en forma especial durante el milenio ya que producirá en abundancia. De la misma forma, aun los animales feroces serán domados. Durante este período el mal será controlado por Cristo, quien reinará con “vara de hierro”. Sin embargo, hacia el final del milenio, habrá una rebelión de los impíos qué casi destruirá a los justos. Algunos premilenarios han enseñado que durante esta edad de oro los muertos en Cristo resucitarán en sus cuerpos glorificados y habitarán con toda libertad junto al resto de los habitantes de la tierra. Al final del milenio resucitarán todos los que no hayan creído en Cristo y será entonces que se establecerán definitivamente los estados del cielo y del infierno.

Postmilenarismo: A diferencia de la creencia premilenaria, los postmilenarios sostienen que el reino de Dios está siendo extendido en la actualidad por medio de la predicación y la enseñanza. Esta acción hará que el mundo sea cristianizado y tendrá como resultado final un largo período de paz y prosperidad llamado el milenio. Esta nueva era no será radicalmente diferente dé la actual. Surgirá como resultado de que una proporción creciente de los habitantes del mundo se han de convertir al cristianismo. El mal no será eliminado pero se verá reducido al mínimo a medida que la influencia moral y espiritual de los cristianos se vea acentuada. La iglesia asumirá un papel más importante, y muchos de los problemas sociales, económicos y de educación serán resueltos. El cierre de este período estará marcado por la segunda venida de Cristo, la resurrección de los muertos y el juicio final.

Amilenarismo: Los amilenarios afirman que la Biblia no señala un período de paz universal y de justicia antes del fin del mundo. Ellos sostienen que habrá un crecimiento continuo del mal y del bien en el mundo que tendrá su culminación en la segunda venida de Cristo, cuando los muertos serán resucitados y tendrá lugar el juicio final. Los amilenarios afirman que el reino de Dios está presente aquí y ahora, ya que el Cristo victorioso está reinando sobre su pueblo por medio de su Palabra y su Espíritu, a pesar de lo cual esperan un reino futuro, glorioso y perfecto sobre la tierra en una vida futura. Los amilenarios entienden que el milenio mencionado en Apocalipsis 20 es el estado perfecto en que se encuentran los que han muerto en Cristo y están con él en el cielo.

A pesar de que siempre ha habido adherentes a los diferentes puntos de vista durante los distintos períodos de la historia de la iglesia, en ciertos momentos ha habido una interpretación dominante. Durante los primeros tres siglos de la era cristiana la creencia premilenaria parece haber prevalecido como interpretación escatológica. Entre los principales adherentes figuran Papias, Ireneo, Justino Mártir, Tertuliano, Hipólito, Metodio, Comodiano y Lactancio. Durante el siglo cuarto, cuando la iglesia cristiana fue favorecida durante el reinado de Constantino, la posición amilenaria tuvo más aceptación. El milenio fue reinterpretado como refiriéndose a la iglesia, y el reinado de mil años de Cristo y sus santos fue equiparado con la totalidad de la historia de la iglesia sobre la tierra, negando así la existencia de un milenio futuro. Agustín, el famoso Padre de la iglesia, definió esta posición y permaneció así como la interpretación dominante durante la Edad Media. Sus enseñanzas fueron aceptadas de tal modo que el Concilio de Efeso, en 431, condenó la creencia en el milenio
como superstición.
A pesar de que la doctrina oficial de la iglesia fue amilenaria, durante la Edad Media continuaron existiendo grupos de creyentes que sostenían la doctrina premilenaria. Hubo momentos en que estos premilenarios utilizaron sus enseñanzas para atacar a la iglesia oficial. Por ejemplo, en áreas en las que con el crecimiento de la población las uniones sociales tradicionales se veían derrumbadas por las diferencias económicas, el anhelo de un milenio de paz y seguridad se hacía más intenso. Bajo la conducción de líderes que aseguraban ser guiados por el Espíritu Santo, la ansiedad resultante de las nuevas condiciones económicas resultó en intentos de rebeldía contra los opresores aduciendo actuar en el nombre de Dios y procurando la concreción del milenio.  Uno de los últimos ejemplos de este tipo de acción fue la rebelión en la ciudad de Münster en 1534. Un hombre llamado Jan Matthys tomó el control de la ciudad anunciando en su predicación que él era Enoc quien estaba preparando el camino para el retorno de Cristo. Desde allí llamó a todos los fieles a que se unieran en Münster declarándola la Nueva Jerusalén. Una gran multitud de anabautistas se reunió en Münster y allí fueron sitiados por un ejército formado por protestantes y católicos, las defensas finalmente cayeron y la ciudad fue capturada.
Fue quizá este episodio el que hizo que los reformadores protestantes se mantuviesen adheridos al amilenarismo agustiniano. Sin embargo, con ellos comenzó a experimentarse una serie de cambios en la interpretación escatológica, los que sentaron las bases del gran despertar premilenario durante el siglo diecisiete. Por ejemplo, Martín Lutero (1483-1546) promovió una interpretación más literal de las Sagradas Escrituras, identificó al papado con el Anticristo e hizo prestar más atención a las profecías bíblicas. Más tarde, algunos eruditos luteranos hicieron cambiar la dirección de estas enseñanzas identificándolas con las interpretaciones premilenarias. Así como Lutero, Juan Calvino fue cuidadoso con las interpretaciones milenarias, posiblemente a causa de algunas exageraciones de parte de los anabautistas.

A pesar de la oposición que enfrentó, fue un teólogo calvinista alemán, Johann Heinrich Alsted (1588-1638), quien reavivó las enseñanzas premilenarias en una forma académica en el mundo moderno. En 1627, Alsted publicó sus puntos de vista en el libro titulado The Beloved City (La ciudad amada), el cual convenció al erudito anglicano Joseph Mede (1586-1638) a que abrazase las enseñanzas premilenarias. Las obras de ambos fueron de ayuda a los que buscaban la concreción del reino de Dios sobre la tierra, lo cual acompañó al gran despertar de la revolución puritana de la década de 1640. Sin embargo, con la restauración de los Estuardo al trono, esta posición quedó desacreditada debido a su asociación con grupos puritanos radicales, como ser los llamados “Hombres de la Quinta Monarquía”. A pesar de ello la doctrina premileniaria no quedó extinguida durante el siglo dieciocho, lo cual se evidencia en el interés mostrado por hombres como J. H. Bengel, Isaac Newton y Joseph Priestley.

Durante el siglo diecinueve la posición premilenaria volvió a ser tomada en cuenta. Este resurgimiento fue fomentado por el desarraigo de las instituciones políticas y económicas europeas durante el período de la Revolución Francesa. Durante la misma época se vio renovado el interés en la conversión y condición de los judíos. Uno de los líderes más influyentes durante este período fue Eduardo Irving (1792-1834), ministro de la Iglesia de Escocia, que pastoreaba una iglesia en Londres. Irving publicó varios trabajos sobre profecía y ayudó a organizar, las conferencias proféticas de Albury Park. Estas reuniones establecieron las normas aceptadas para tales conferencias milenaristas durante los siglos diecinueve y veinte. El entusiasmo profético de Irving se propagó hacia otros grupos, entre los cuales el movimiento de los Hermanos de Plymouth (llamados “hermanos libres” en algunos países de América Latina y España) mostró un firme apoyo.

Premilenarismo Dispensacionalista: J. N . Darby (1800-1882), uno de los primeros líderes del movimiento de los Hermanos de Plymouth, articuló la interpretación dispensacionalista del premilenarismo. El describió el retorno de Cristo antes del milenio como teniendo dos etapas: la primera, un rapto secreto de la iglesia quitándola de la tierra antes de que ésta sea devastada por la gran tribulación; en la segunda, Cristo retorna a la tierra con sus santos para establecer su reino. Darby también creía que la iglesia es un misterio y que Pablo fue el único que habló de este misterio. Además, los propósitos de Dios revelados en las Escrituras sólo pueden ser entendidos a través de una serie de períodos de tiempo llamados dispensaciones. Al morir, Darby dejó escritos más de cuarenta volúmenes y alrededor de mil quinientas congregaciones establecidas por todo el mundo. Por medio de sus libros, entre los cuales se cuentan cuatro sobre profecía, el sistema dispensacionalista fue diseminado por todo el mundo de habla inglesa. 
Su influencia ha tenido tal alcance que sus enseñanzas prevalecen en muchos círculos evangélicos de la actualidad. La diseminación de las enseñanzas de Darby se vio beneficiada por la ayuda dada por Henry Moorehouse, un evangelista de los Hermanos adherido a la interpretación dispensacionalista, quien convenció a D. L. Moody (1837-1899) de esta interpretación profética. Hacia el fin del siglo diecinueve Moody era quizá el evangélico más destacado de su época. Pero aún más importante fue el impacto que tuvo Darby en C. I. Scofield (1843-1921), ya que éste hizo que la interpretación dispensacionalista fuese una parte integral de las notas de su Biblia Anotada Scofield.”

Textos extraídos del libro ¿Qué es el Milenio? Cuatro enfoques para una respuesta. Casa Bautista de Publicaciones.

 

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¿Qué es un arminiano?

La pregunta «¿Que es un arminiano?»
contestada por un amante de la gracia,

John Wesley

1. Si alguien dice «Ese hombre es arminiano», el efecto que producen estas palabras en quienes lo escuchan es el mismo que si se les hubiera dicho «Ese perro está rabioso». Sienten pánico y huyen de él a toda velocidad, yno se detendrán a menos que sea para arrojarle piedras al temible y peligroso animal.

2. Cuanto más incomprensible resulta la palabra, mejor. Las personas que reciben el apodo no saben qué hacer: como no saben lo que quiere decir, no están en condiciones de defenderse o de demostrar que son inocentes de los cargos en su contra. No es fácil acabar con prejuicios arraigados en personas que no saben otra cosa excepto que se trata de «algo muy malo» o de algo que representa «todo lo malo».

3. Por lo tanto, aclarar el significado de esta terminología ambigua puede ser de utilidad para muchos. A los que con demasiada facilidad aplican el término a otros, o para impedir que utilicen términos cuyo significado desconocen; a quienes escuchan, para que no resulten engañados por personas que no saben lo que dicen; y a quienes reciben el apodo de «arminianos», para que sepan cómo defenderse.

4. En primer lugar, creo necesario aclarar que muchos confunden «arminiano» con «arriano». Pero se trata de algo completamente diferente; no existe ninguna semejanza entre uno y otro. Un arriano es alguien que niega la divinidad de Cristo. Creo que no hace falta aclarar que nos referimos a su filiación con el supremo, eterno Dios, ya que no hay otro Dios fuera de él (a menos que decidamos hacer dos dioses: uno grande y uno pequeño). Ahora bien, nadie jamás ha creído con mayor firmeza, o afirmado con mayor convicción, la divinidad de Cristo, que muchos de los así llamados arminianos, y así lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Por lo tanto, el arminianismo (sea lo que fuere) es completamente diferente del arrianismo.

5. El origen de la palabra se remonta a Jacobo Harmens, en latín, Jacobus Arminius, que fuera ministro ordenado en Amsterdam y, más tarde, profesor de Teología en Leyden. Habiendo estudiado en Ginebra, en 1591 comenzó a dudar de los principios que le habían inculcado hasta ese momento. Cada vez más convencido de lo errado de los mismos, cuando fue nombrado profesor, comenzó a enseñar y a hacer público lo que él consideraba que era la verdad, hasta que falleció en paz en el año 1609. Pocos años después de la muerte de Arminio, algunos fanáticos, liderados por el Príncipe de Orange, atacaron con furor a todos los que sostenían lo que ellos consideraban sus ideas. Habiendo logrado que este modo de pensar fuera formalmente condenado en el famoso Sínodo de Dort (menos numeroso y erudito que el Concilio o Sínodo de Trento, pero tan imparcial como aquél, ver La Verdadera historia del Sínodo de Dort), algunas de estas personas fueron muertas, otras exiliadas, algunas condenadas a cadena perpetua; todos ellos perdieron sus puestos de trabajo y quedaron inhibidos de ocupar cualquier cargo público o eclesiástico.

6. Los cargos que los opositores presentaban en contra de estas personas (comúnmente llamados arminianos) eran cinco: (1) negar el pecado original; (2) negar la justificación por fe; (3) negar la predestinación absoluta; (4) negar que la gracia de Dios es irresistible, y (5) afirmar que es posible que un creyente se aparte de la gracia.
Con respecto a las dos primeras acusaciones se declaran inocentes. Los cargos son falsos. Ninguna persona, ni el propio Juan Calvino, afirmó la idea del pecado original o de la justificación por fe de manera más decisiva, más clara y explícita que Arminio. Estos dos puntos están, por tanto, fuera de discusión; hay acuerdo entre ambas partes. No existe al respecto la más mínima diferencia entre el Sr. Wesley y el Sr. Whitefield.

7. Existe, sin embargo, una clara diferencia entre los calvinistas y los arminianos con respecto a los otros tres puntos. Aquí las opiniones se dividen, los primeros creen en una predestinación absoluta y los últimos sólo en una predestinación condicional. Los calvinistas sostienen que: (1) Dios decretó con carácter absoluto, desde toda eternidad, que ciertas personas se salvarían y otras no, y que Cristo murió por ellas y por nadie más. Los arminianos sostienen que Dios decretó, desde toda eternidad, respecto de todos los que poseen su Palabra escrita, que el que crea, será salvo; pero el que no crea, será condenado. Para dar cumplimiento a esto, Cristo por todos murió (2 Co. 5:15) por todos los que estaban muertos en sus delitos y pecados, es decir, por todos y cada uno de los hijos de Adán, ya que en Adán todos murieron.

8. En segundo lugar, los calvinistas sostienen que la gracia de Dios que obra para salvación es absolutamente irresistible; que ninguna persona puede resistirla así como no se puede resistir la descarga de un rayo. Los arminianos sostienen que si bien hay momentos en que la gracia de Dios actúa de manera irresistible, sin embargo, en general, cualquier persona puede oponer resistencia (y así perderse para siempre) a la gracia mediante la cual Dios deseaba otorgarle salvación eterna.

9. En tercer lugar, los calvinistas sostienen que un verdadero creyente en Cristo no puede apartarse de la gracia. Los arminianos, en cambio, sostienen que un verdadero creyente puede naufragar en cuanto a la fe y a la buena conciencia (Ver 1 Timoteo1:19) Creen que el creyente no sólo puede caer nuevamente en la corrupción, sino que esa caída puede ser definitiva, de modo que se pierda eternamente.

10. Estos dos últimos puntos, la gracia irresistible y la infalibilidad de la perseverancia, son, sin duda, la consecuencia natural del punto anterior, la predestinación incondicional. Si Dios decretó con carácter absoluto, desde la eternidad, que sólo se salvarían determinadas personas, esto significa que tales personas no pueden oponerse a su gracia salvífica (porque de otro modo perderían la
salvación), y que así como no pueden oponer resistencia, tampoco pueden apartarse de esa gracia. De modo que, finalmente, las tres preguntas quedan reducidas a una: ¿La predestinación es absoluta o condicional? Los arminianos creen que es condicional; los calvinistas, que es absoluta.

11. ¡Acabemos, entonces, con toda esta ambigüedad! ¡Acabemos con las expresiones que sólo sirven para crear confusión! Que las personas sinceras digan lo que sientan, y
que no jueguen con palabras difíciles cuyo significado desconocen. ¿Cómo es posible que alguien que no ha leído una sola página escrita por Arminio sepa cuáles eran sus ideas? Que nadie levante la voz en contra de los arminianos antes de saber lo que esta palabra significa, recién entonces sabrá que los arminianos y los calvinistas están en el mismo nivel. Los arminianos tienen tanto derecho a estar enojados con los calvinistas como los calvinistas con los arminianos. Juan Calvino era un hombre estudioso, piadoso y sensato, al igual que Jacobo Arminio. Muchos calvinistas son personas estudiosas, piadosas y sensatas, igual que muchos arminianos. La única diferencia es que los primeros sostienen la doctrina de la predestinación absoluta, y los últimos, la predestinación condicional.

12. Una última palabra: ¿No es deber de todo predicador arminiano, primeramente, no utilizar nunca, en público o en privado, la palabra calvinista en términos de reproche, teniendo en cuenta que esto equivaldría a poner apodos o calificativos? Tal práctica no es compatible con el cristianismo ni con el buen criterio o los buenos modales. En segundo lugar, ¿no debería hacer todo cuanto esté a su alcance para impedir que lo hagan quienes lo escuchan, demostrándoles que constituye a la vez un pecado y una tontería? ¿No es, asimismo, deber de todo predicador calvinista, primeramente, no utilizar nunca, en público o en privado, durante la predicación o en sus conversaciones, la palabra arminiano en términos de reproche? Y en segundo lugar, ¿no debería hacer todo cuanto esté a su alcance para impedir que lo hagan quienes lo escuchan, demostrándoles que se trata de un pecado y una tontería al mismo tiempo? En caso de que ya estuvieran habituados a hacerlo, mayor empeño y esfuerzo deberá ponerse para erradicar esta conducta que, quizás, ¡fue alentada por el propio ejemplo del predicador!

¿Qué es un arminiano?, Obras de John Wesley, Tomo VIII, Tratados teológicos, Edición auspiciada por Wesley Heritage Foundation.

 

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Cautivos bajo la teología de la prosperidad

El siguiente texto es una narración de Costi W. Hinn (sobrino y ex colaborador de Benny Hinn) de su libro Dios, la Avaricia y el Evangelio (de la Prosperidad) 

“En 1999, Benny Hinn fue el predicador de la prosperidad y sanador de fe más famoso y controversial del mundo. Pero, para mí, él era mi tío ungido a quien Dios estaba usando para mostrarnos cómo vivir una vida de bendición y abundancia. Era la forma en que Dios quería que todos vivieran: ¡nosotros éramos la prueba viviente! En un sermón que escuché cuando era pequeño, mi tío nos enseñó que, si queríamos que Dios hiciera algo por nosotros, teníamos que hacer algo por él. Esto se aplicaba a todo, especialmente a los milagros. Siempre que era posible, Benny predicaba a las masas que, si querían un milagro para su enfermedad y dolencia, tenían que dar dinero a Dios. ¿No tienes dinero? ¡Pues no hay milagro!

Dar a Dios era el secreto para desbloquear tus sueños. Era el secreto para el ascenso laboral. Era el acceso a nuestra cuenta bancaria divina. Mi tío a menudo contaba la historia de cómo salía de sus deudas usando este sistema de creencias. Su suegro le había dicho que, para estar libre de deudas, tenía que pagarle a Dios. Benny explicó que, una vez que comenzó a vaciar su cuenta bancaria y a donar dinero al ministerio, empezó a aparecer dinero de todas partes. Este principio de dar se tomaba muy en serio en nuestra familia. Creíamos que podíamos ser culpables de robarle a Dios si no le dábamos lo suficiente, así que había veces en que era necesario hacer pagos retroactivos. Recuerdo que pensé: «Por todo el tiempo que he pasado viviendo para mis propios placeres, tendré que dedicarle casi dos años a Dios si quiero que mis oraciones sean escuchadas y atendidas». Uno de los héroes del tío Benny que le enseñó sobre este sistema de creer, dar y recibir fue Oral Roberts. Parecía que podía abrir las ventanas del cielo y hacer que llovieran bendiciones sobre su propia vida. Era una simple transacción de entrada y salida de dinero, con Dios como banquero.

Crecer en el evangelio de la prosperidad es una cosa. Trabajar en su interior es otra. De pequeño, yo solo acompañaba. Pero, como adulto remunerado, tenía deberes dentro del ministerio y me preocupé de entender cómo funcionaban las cosas. Tenía que hacer todo lo posible para asegurar que la familia Hinn fuera bien atendida.

Cuando hablamos de beneficios en el evangelio de la prosperidad, no me refiero a la cobertura médica. Me refiero a la cobertura material. En menos de dos años de trabajo dentro del movimiento (sin incluir el haber crecido en él), disfruté de más lujo del que jamás podría haber imaginado. Me sentía como si estuviera junto al rey Salomón. Hay gente rica que tiene mucho dinero pero que no vive espléndidamente; luego hay gente rica que tiene mucho dinero y sabe cómo hacer que los lujos novedosos se conviertan en lo normal. Nosotros éramos de los segundos.

He aquí una muestra de los preparativos de viaje, hoteles y destinos de compras que tuve durante ese período de casi dos años:
• Viajes en avión en un Gulfstream IV (precio promedio de adquisición: 36.000.000 de dólares)
• Suite Real en el Burj Al Arab en Dubái, Emiratos Árabes Unidos (25.000 dólares por noche)
• El Grand Resort Lagonissi, Grecia (villas situadas en el mar Egeo)
• El Mandarin Oriental, Bombay, India
• De compras en Harrods en Londres
• De compras por Rodeo Drive, Beverly Hills, California
• Suites de hotel en el Hotel de Paris, Montecarlo, Mónaco
• Juegos de azar en el Casino de Montecarlo, Mónaco
• De compras en Montecarlo, Mónaco
• Suite presidencial del Grand Wailea, Maui, Hawái
• Casa en una playa privada, Kona, Hawái
• Choferes de vehículos Bentley, Rolls-Royce, Mercedes-Benz, Range Rover,
Maserati
• Vestuario de Versace, Salvatore Ferragamo, Gucci, Bijan
• Accesorios de Louis Vuitton, Prada, Breitling, Chanel, Hermes, D&G.

Los ricos que disfrutan de las cosas más refinadas de la vida miran esta lista y se encogen de hombros. Tal vez incluso la gente con un nivel de ingresos modesto dice: «No es para tanto, ya veo que disfrutaste de la buena vida». Ambos tienen razón al considerarlo con indiferencia, hasta que recordamos que esto se pagaba con donaciones de personas desesperadas que creían que dando a un predicador de la prosperidad su dinero haría que ellos también tuvieran ese estilo de vida. Algo más desgarrador es que algunos de estos donantes esperaban ver un aumento de cincuenta centavos por encima de su salario mínimo como una bendición de Dios por haber sembrado su semilla. La gente que trabajaba más duro eran los pobres que apenas llegaban a fin de mes, pero que nos lo daban todo a nosotros.

Un día, mientras visitaba una librería cristiana, me encontré con un libro grueso titulado The Confusing World of Benny Hinn. Sus autores pasaron muchos años recopilando cientos de citas de mi tío y explicando bíblicamente por qué era un hereje. Suspiré. «Ya están otra vez los perros guardianes cristianos». Ya había oído a Hank Hanegraaff, «el hombre de las respuestas bíblicas», criticar a mi tío en la radio. Y yo había sido testigo de la burla de amigos en la escuela cuando se quitaban las chaquetas y se derribaban unos a otros con ellas. Pensé que era otro intento más de calumniar a mi familia. Pero algo dentro de mí sentía curiosidad. Compré el libro. Hasta ese día, rebosaba de confianza, el dinero no era un problema y las críticas me pasaban por encima gracias a la influencia global que mi familia sabía que tenía. «¿A quién le importa lo que diga la gente? —me decía a mí mismo—. Nuestra familia es la más ungida del mundo». Pero, al mirar el libro en mis manos, me pareció que pesaba cincuenta kilos. Esa noche, toda mi casa estaba oscura, excepto por la luz de lectura junto a mi cama. Alternando entre mi marcador amarillo favorito y un bolígrafo de punta fina, pasé la noche en vela y devoré el libro. La idea central del libro enseñaba que a Dios no le gustan los líderes que van por ahí mintiendo a la gente en su nombre. Deuteronomio 18.21-22 ordena a los hijos de Israel específicamente que no confíen ni teman a alguien que profetiza con falsedad: «Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado?; si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él». A continuación, los autores detallaban una serie de profecías incumplidas del tío Benny.

Después de que se publicara un artículo sobre mi historia de conversión en Christianity Today en el otoño de 2017, recibí correos electrónicos, tuits y mensajes de Facebook de personas de todo el mundo. Esta gente me contaba cómo sus vidas habían quedado destrozadas por culpa de la vida y ministerio de mi tío. Muchas eran historias de esperanza porque estas personas también habían sido rescatadas del engaño, pero otras muchas habían sufrido abusos tan brutales que me hervía la sangre mientras leía sus palabras de dolor. Su estado emocional, después de todo lo que habían pasado, reflejaba de cerca a alguien que sufre trastorno de estrés postraumático (TEPT). Un hombre, a quien recordaba bien de mis días de trabajo con mi tío, me escribió para pedir oración. Viajó a muchas cruzadas de sanación y fue un creyente entusiasta en mi tío. Me explicó que su esposa y él no podían tener hijos, pero se les dijo que sembraran una semilla de fe en el ministerio de mi tío y que Dios les daría un bebé. Dieron un donativo: no pasó nada. Lo hicieron una y otra vez, y al final tomaron todo lo que tenían en sus ahorros y lo ofrendaron, esperando que Dios les concediera un bebé, su petición suprema, si hacían el sacrificio financiero supremo. Se me rompió el corazón al leer el mensaje, pues sabía que al final esta pareja se quedó arruinada y mi tío estaba aprovechándose de sus ahorros. Afortunadamente, ese hombre y su esposa dejaron de seguir el evangelio de la prosperidad y encontraron la verdadera fe en medio de su sufrimiento, pero el daño causado por la enseñanza abusiva dejó cicatrices que nunca olvidarán.

Elly Achok Olare es un pastor en Kenia que en su día fue predicador del evangelio de la prosperidad y de la Palabra de Fe. (Palabra de Fe es el nombre de una teología que enseña que se puede obtener riqueza material y sanidad «llamándolas a la existencia». Tergiversa el tipo de confesión que vemos en la Biblia con respecto al pecado, y dice que la confesión no solo salva, sino que te permite obtener cualquier cosa que desees). Su relato de cómo Dios lo salvó de la vida que él y su esposa estaban llevando te parte el corazón. Acerca de los sucesos que llevaron a su conversión, Olare escribe sobre una de las experiencias más desgarradoras:

-En 2003, mi esposa y yo perdimos a nuestra primera hija, Whitney. Yo creía que el «espíritu de la muerte» me había vencido. Mi esposa, que también estaba inmersa en la Palabra de Fe, y yo quedamos perplejos. ¿Cómo pudo Dios dejar que el diablo nos venciera así? Personas bien intencionadas de la iglesia sugirieron que nuestra calamidad podría deberse al pecado en nuestras vidas, o a una maldición, o, como yo creía, a una falta de fe. Mi afligida esposa y yo pasamos meses arrepintiéndonos de un posible pecado oculto. También buscamos respuestas en nuestras familias por si hubiera una maldición generacional, una enseñanza importante y muy extendida en el movimiento de la Palabra de Fe.
Durante este tiempo de confusión interna, mi esposa quedó embarazada de nuevo. Y en la soleada tarde que llevamos a casa a nuestro hijo recién nacido, Robin, estábamos eufóricos por el triunfo de un bebé sano. Pero las siguientes veinticuatro horas se convirtieron en el momento más oscuro de nuestras vidas. Cuando Robin desarrolló complicaciones, entramos en una frenética guerra espiritual junto con una amplia red de amigos que intercedieron ante Dios por nosotros. Esta vez no nos sorprenderían con la guardia baja. Nuestra fe nos aseguraba que el diablo no se llevaría a Robin. Recurrimos a los que nos daban seguridades «proféticas»: solo se permitía la vida; la muerte no era lo que nos correspondía. Pero la noche se complicó más. En aquel entonces, mi esposa creía que tenía un don profético. Esa noche, sus visiones le mostraron a Robin jugando felizmente en el barro, y a un Robin adulto dirigiéndose a miles de personas como predicador internacional. Entre lágrimas, compartió conmigo estas imágenes en presencia de guerreros de oración reunidos en nuestra pequeña casa. Después de la medianoche, cuando el estado de Robin empeoró, una nueva palabra profética exponía el error de la Palabra de Fe indicando que su curación estaba ahora en las manos de un médico. Salí de casa con mi bebé en brazos y buscando el hospital. A las tres de la madrugada, el doctor me miró a los ojos y me dio la peor noticia posible. Robin estaba muerto.
Llevé el cadáver de mi hijo a casa con mi esposa. Aunque estaba exhausta, levantó la mirada y me dijo «Papi», una cariñosa expresión que nunca había usado. «El niño ya está bien —continuó—. Tráemelo, quiero darle el pecho». Aquella oscura mañana grité desde lo más profundo de mi ser mientras mi esposa y yo peleábamos por el cuerpo de Robin. Habíamos creído tener poder sobre la mismísima muerte. La oración para que nuestro hijo resucitara de entre los muertos se convirtió en un circo que solo sirvió para agudizar nuestro dolor. Mientras mi mundo se derrumbaba, me asaltaban sentimientos caóticos. En cierto momento le grité a Dios decepcionado porque me había vuelto a fallar. Había ejercido una fe tremenda; ¿cómo podía Dios permitir que esto sucediera?
Luego vinieron varios abortos espontáneos tempranos. Sin respuestas, estábamos desconcertados con respecto a Dios, cuyos caminos ya no tenían sentido para nosotros. Aunque la fe ya solo era un espejismo, mantuvimos las apariencias, tratando de fingir que no estábamos desesperados. Sin embargo, por dentro nos sentíamos llenos de dudas, desesperanzados, incluso malditos. ¿Cómo podíamos compatibilizar estas cosas malas con un Dios bueno? Nuestra enseñanza de la Palabra de Fe nos decía que el sufrimiento de Job era consecuencia de su confesión negativa: «Jehová dio, y Jehová quitó» (Job 1.21). Pero, ¿cómo podemos entender que el mismo Pablo cayera enfermo (Gá 4.13) y, sin embargo, se regocijara en sus aflicciones (2 Co 12.10)? ¿Cómo podíamos seguir conciliando este retrato con los modernos «superapóstoles» que mercadean con la salud y la riqueza en sus libros, DVD y megaencuentros?
En mi crisis de fe y enojo con Dios, juré que dejaría el ministerio. Me sentía como un fraude por predicar un «evangelio» que no funcionaba. Dios se había convertido en un enigma, y la fe, en un laberinto.

¿De dónde salió el evangelio de la prosperidad?

El evangelio de la prosperidad hunde sus raíces teológicas en lo que se denomina Nuevo Pensamiento,  que se basa en la idea de que la mente es la clave para desbloquear tu verdadera realidad. Este movimiento se remonta al siglo XIX, y, aunque varias personas desempeñaron un papel importante en su difusión, se puede decir que la más influyente es Phineas Quimby (1802-1866). El padre del Nuevo Pensamiento era un filósofo, hipnotista y espiritista estadounidense. No afirmaba estar en consonancia con el cristianismo clásico ni con las enseñanzas ortodoxas de la Biblia, pero sus filosofías invadieron la teología cristiana. Las creencias de Quimby relevantes a este tema pueden resumirse de la siguiente manera:
• Toda enfermedad y toda dolencia tienen su origen en la mente.
• Se puede obtener sanación con el pensamiento correcto.
• Quimby creía que él había descubierto los métodos secretos de curación de Jesús.
• Jesús era un hombre normal que utilizaba métodos de control mental para sanar.
• Quimby negaba la resurrección corporal de Jesús.
• La hipnosis es la clave para la curación.

Aunque Quimby no era cristiano ni pastor, sus filosofías se han extendido por todo el cristianismo como un reguero de pólvora. Esto se debe sobre todo a los pastores que tomaron prestadas las ideologías de Quimby para sazonar el material de su ministerio, comenzando con Norman Vincent Peale (1898-1993), pastor de la Marble Collegiate Church en la ciudad de Nueva York. Peale publicó un libro en la década de 1950 titulado El poder del pensamiento positivo, que contribuyó a que las creencias del Nuevo Pensamiento se extendieran aún más. El cristianismo estadounidense presenció el paso del caballo de Troya por las puertas de la ciudad.

Luego llegaron hombres como E. W. Kenyon (1867-1948), que no sostenía explícitamente el Nuevo Pensamiento en su teología, pero introducía esa ideología en sus enseñanzas. Kenyon es el maestro más influyente en la vida del infame Kenneth E. Hagin (1917-2003), quien llegó a ser un icono de la teología de la Palabra de Fe y un polémico predicador. Hagin, a su vez, fue el padre espiritual del autoproclamado predicador multimillonario Kenneth Copeland (1936). Durante el mismo tiempo, Oral Roberts (1918-2009) encabezó con firmeza la explosión del teleevangelismo y de los predicadores de la prosperidad que eran como estrellas de rock y que decían sanar a los enfermos y hacer llover las bendiciones de Jesús. Estos hombres se convirtieron en los nombres más conocidos para la teología de «nómbralo y reclámalo» y el evangelio de la prosperidad. Hoy, son venerados como héroes de la fe por mi tío Benny, Joel Osteen (cuyo padre, John Osteen, adoraba a Kenneth Hagin), Joyce Meyer, Maurice Cerullo y muchos otros.

¿Cómo se hizo tan popular el evangelio de la prosperidad?

Esto todavía no responde a la gran pregunta: ¿cómo es posible que esta estafa que se hace pasar por cristianismo se haya hecho tan popular? Una cosa es saber de dónde vino pero es igual de importante ver cómo llegó a engañar a tanta gente. El evangelio de la prosperidad apela al profundo anhelo de paz, salud, riqueza y felicidad de todo corazón humano. No hay nada malo en querer una vida buena y feliz, pero el evangelio de la prosperidad usa a Jesucristo como un peón en su engaño sobre enriquecerse al instante. El evangelio de la prosperidad vende la salvación y una falsa esperanza. Pero la paz verdadera y duradera solo puede encontrarse por medio de la fe en el Señor Jesucristo.
El impulso moderno del evangelio de la prosperidad comenzó en la década de 1950. Nacido en 1918, Granville «Oral» Roberts fue, en muchos sentidos, el pionero del evangelio de la prosperidad de la era moderna. Pasó de ser pastor a construir un imperio multimillonario basado en una premisa teológica principal: Dios quiere que todas las personas sean sanas y ricas. Oral Roberts no se anduvo con rodeos sobre su versión de Jesús o del evangelio. Él enseñó y defendió categóricamente su creencia de que el principal deseo de Jesús es que prosperemos materialmente y tengamos salud física a la par de su paz y poder en nuestras almas. Oral Roberts tergiversó la Biblia para demostrar su punto de vista. Por ejemplo, enseñaba que fue Jesús quien dijo en 3 Juan 1.2: «Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma». Para empezar, fue Juan quien escribió esto, no Jesús. Segundo, Juan no le está diciendo a Gayo (el destinatario de la carta) que Dios quiere que sea sano y rico. Esta era simplemente la manera en que el apóstol Juan saludaba con amor a Gayo. El saludo de Juan es como enviar un correo electrónico que comienza diciendo: «¡Hola! Espero que te vaya bien». Al pertenecer a una familia de Oriente Medio, estoy muy familiarizado con los elaborados saludos y despedidas de esa cultura. No es raro que nos saludemos unos a otros y nos digamos adiós con expresiones profundas como las de Juan. Este versículo no es algo sobre lo que construir toda una postura religiosa. ¡No es más que un saludo!

Mientras tanto, muchos otros factores facilitaron la difusión del evangelio de la prosperidad, demasiados como para abordarlos aquí. Pero, para iluminar al lector, presentamos tres que lo harán reflexionar:

1. La tecnología: los avances en los medios de comunicación permitieron a los maestros difundir su versión del evangelio más rápido que nunca. De América a África, las audiencias globales estaban recibiendo el evangelio equivocado por televisión, radio y, hoy en día, en la palma de la mano. Un mensaje predicado con tanta frecuencia parecía legítimo y apelaba a sus necesidades materiales. ¿Cómo puede un misionero en el nivel más bajo del campo misionero competir con un predicador que usa un Rolex para convencer a la gente noche tras noche de que el evangelio de la salud, la riqueza y la felicidad los hizo ricos?

2. El movimiento de los buscadores: durante los últimos cuarenta años, las iglesias dirigidas a los buscadores dominaron el paisaje cristiano en Estados Unidos. Una iglesia dirigida a buscadores es aquella que se dirige a los intereses de personas que no tienen interés en la iglesia. Esto parece una gran idea, pero los métodos usados para hacer que la gente venga a la iglesia y mantenerla en ella tienen poco que ver con la Biblia. Como dice el viejo refrán: «Cómo los metes en la iglesia es cómo los mantienes en la iglesia». Para la iglesia orientada a los buscadores, los entretenidos espectáculos al estilo de Broadway casi reemplazaban el sermón, y se tocaba música secular en la adoración para hacer que los no cristianos se sintieran más cómodos. ¿Y puedes adivinar lo que se filtró en el mensaje de estas iglesias? El evangelio de la prosperidad. Jesús, en el movimiento de los buscadores, era un hombre blanco de ojos azules que mejoraba tu vida ofreciéndote el sueño americano. Las iglesias de buscadores no hablaban sobre el pecado, el arrepentimiento o los momentos difíciles. La dura verdad (no importa con cuánto amor se presentara) era mala para el negocio. Un evangelio más suave significaba mensajes más suaves. Todo estaba orientado a hacer que la gente se sintiera bien. Como un amigo que nunca te dice la cruda verdad, el movimiento de los buscadores falló a la hora de ser fiel en predicar todo lo que Jesús enseñó. Como resultado, las iglesias se llenaron con una asistencia récord. La gente amaba al Jesús orientado al buscador porque era muy fácil de seguir y ofrecía un pasaje dorado al cielo. Cuidar del rebaño de Dios alimentándolo con la verdad pasó a ser una complacencia corporativa para que la gente siguiera asistiendo. No se desafiaba a las personas a profundizar y a ejercitar el discernimiento. En su lugar, por muy bien intencionado que fuera el esfuerzo, buscaban la unidad a costa de la verdad, y las consecuencias fueron nefastas. Iglesias como Willow Creek admitieron abiertamente haber creado cristianos bíblicamente analfabetos por más de dos décadas antes de abordar el problema en 2008.

2 Este es un pequeño ejemplo del panorama general. Millones de cristianos estadounidenses no estaban aprendiendo de la Biblia, estaban siendo entretenidos. ¿Cómo podían oponerse al error si no conocían la verdad? ¿Cómo podían tomar en serio la doctrina si sus líderes no lo hacían? ¿Cuándo sabrían defender la verdad si sus pastores evitaban adoptar una postura?

3. Concesiones al consumismo: seamos honestos y preguntémonos cuántos predicadores de la prosperidad son ahora publicados por las grandes editoriales. Una editorial importante tuvo que rechazar el manuscrito de este libro. Aunque estaban interesados, habrían sufrido una gran controversia porque cuentan con cuatro autores del evangelio de la prosperidad reconocidos mundialmente que mantienen su negocio boyante. ¿Cuántos libros del evangelio de la prosperidad hay en los estantes de las principales librerías y tiendas cristianas? ¿Cuántas conferencias traen a predicadores famosos, aunque prediquen el evangelio de la prosperidad, porque llena los asientos? En última instancia, es algo muy lucrativo para las empresas cristianas. Libros, seguidores, productos e influencias equivalen a dólares de ganancias. No es lo ideal, pero es el mundo orientado al consumidor en el que vivimos hoy en día.

Permíteme ir un poco más allá de estos tres factores. Esto puede doler un poco, pero tenemos que quitarnos la venda: ¡esto lo hicimos nosotros! Con nosotros, me refiero a todos los que profesamos ser cristianos. Como colectivo hemos desempeñado algún papel en el surgimiento de la teología de la prosperidad en algún momento. Ya sea por el silencio pasivo o por la participación activa, permitimos que los falsos evangelios se establezcan. Necesitamos asumir juntos la responsabilidad, lo creamos o no, de erradicar males como el evangelio de la prosperidad. Eso comienza con el compromiso de defender el verdadero evangelio a toda costa.

Por el momento, el evangelio de la prosperidad ha llegado para quedarse y se está extendiendo por todo el mundo, perjudicando al verdadero evangelio de Jesucristo. Es un mal que se presenta como una bendición, pero es realmente una maldición. Parece ser una extensión amorosa de la bondad de Dios, pero podría decirse que es el tipo más odioso y abusivo de falsa enseñanza que aflige a la iglesia en la actualidad.

Costi W. Hinn (sobrino y ex colaborador de Benny Hinn) de su libro ‘Dios, la Avaricia y el Evangelio (de la Prosperidad)’ –  Resumido para Diarios de Avivamientos

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Leonard Ravenhill – Biografía completa en español –

Biografía de grandes cristianos del S. XX

La vida de Leonard Ravenhill –

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Leonard Ravenhill – A la luz de la eternidad – Biografía

En 1927 a los veinte años, Leonard se unió al ministerio de la Misión de Santidad de Leeds. Fue por esta época que un hombre le dio a Leonard una copia de la Vida de David Brainerd. Este fue el libro del que John Wesley escribió a su hermano Charles: “Charles, asegúrate de que cada uno de nuestros jóvenes predicadores obtenga una copia de la vida de David Brainerd y la lea”. Este libro fue una influencia que cambió la vida de Ravenhill. Fue una sacudida espiritual para él. Él vio la vida de oración de Brainerd como nada menos que increíble. No conocía a nadie que orara como Brainerd doscientos años antes. Cuando leyó sobre la vida del joven misionero, se echó a llorar: “Siempre me han dicho que este tipo de cosas habían terminado con el cierre de la era del Nuevo Testamento. Pero si Brainerd podría tener una vida de oración como esa, entonces, por la gracia de Dios, yo también.”

Leonard comenzó a ir al bosque para pasar tiempo en oración. Hizo esto muchas noches solo. Una noche subió a unas rocas y miró hacia la ciudad. Cuando vio las luces de la noche centellear en Leeds, levantó las manos al cielo y oró: “Señor, lloraste sobre Jerusalén, así que te pido que me des lágrimas. Quiero estar preparado para llorar hasta que traigas el avivamiento. ¡Oh, Señor, así como lloraste sobre Jerusalén, por favor, dame lágrimas! Por favor, no me dejes morir sin ver un verdadero avivamiento del Espíritu Santo”.

Leonard estaba siendo cada vez más enseñado por el Señor y estaba aprendiendo lecciones de fe y obediencia. Una lección principal fue que estaba aprendiendo a confiar en Dios para sus necesidades diarias en todas las cosas. Desde los cinco hasta los dieciocho años, Leonard fue todos los jueves al hospital para recibir tratamiento de una enfermedad de la piel, que le afectaba desde que tenía un año de edad. Una noche le pidió a su pastor que lo ungiera con aceite porque quería que Dios lo sanara. Leonard dijo: “Incluso si usted no cree en la curación divina, ¿qué hay de Santiago capítulo cinco?”. Lo ungieron con aceite y oraron por él. A partir de ese momento, la enfermedad visible de la piel desapareció.

Regresó a su trabajo de fábrica al día siguiente y declaró: “Anoche me curé”. Un compañero de trabajo dijo: “Estás loco. ¿Qué quieres decir con que estás curado?” “Bueno, he estado yendo al hospital todos los jueves para recibir tratamiento durante años”, respondió. “Sí”, dijeron, “desde que viniste a trabajar aquí cuando tenías trece años. Sabremos si está curado o no cuando no tengas que ir al hospital”. Leonard nunca más tuvo que regresar al hospital. La única evidencia de que alguna vez tuvo la enfermedad fue una pequeña cicatriz en el cuello que permaneció hasta su muerte.

A los dieciocho años, Ravenhill tuvo una poderosa experiencia de ser lleno del Espíritu Santo. Rara vez habló mucho de esta experiencia en años posteriores y, desde luego, no le importaba qué terminología se usara, si se llamaba bautismo, llenura o unción. Lo más importante para él era que tenía el poder de una manera que cambió radicalmente su vida cristiana y su futuro. Sus últimos años de adolescencia fueron años de sólido crecimiento en gracia. Su lectura de las Escrituras y su vida de oración adquirieron consistencia y realidad que sentaron las bases para el resto de su vida y ministerio.

Punto de inflexión

Cuando llegó 1930, Leonard, de veintitrés años, trabajaba como sastre consumado en Burton Tailor Works . Al mismo tiempo, estuvo cada vez más involucrado en el servicio cristiano con la Misión Internacional de Santidad, un ministerio evangelístico que trabajó en todas las islas británicas. Un día, al final de su turno de trabajo, cuando estaba recortando material para un nuevo traje, Leonard de repente tuvo una profunda sensación de la presencia convincente de Dios de que debía abandonar su trabajo de inmediato. Las palabras ‘Sígueme‘ fueron tan fuertes que se preguntó si alguien más había escuchado una voz audible: “Bajé las tijeras de sastre, me quité la cinta métrica de los hombros, junté las manos en esa fábrica de ocho mil personas y dije: “Señor, te seguiré; no solo no retrocederé, sino que ni siquiera miraré hacia atrás”.

Esa noche Leonard escribió al Cliff College cerca de Sheffield en Derbyshire. Sabía de la reputación de ese colegio. Sabía que la atmósfera del Cliff era un lugar de piedad y autodisciplina. Sobre todo, sintió que Dios lo estaba guiando para solicitar la admisión. Fue aceptado como estudiante poco después e hizo sus planes de salir de casa por primera vez. Había leído las palabras de Jesús muchas veces: “Nadie que ponga su mano en el arado y mire hacia atrás es apto para el reino de Dios. ”(Lucas 9:62) Cuando Leonard puso su mano en el arado de la obediencia, nunca miró hacia atrás.

Desde su creación, el Cliff Colege ha enviado a muchos graduados al ministerio misionero y evangelístico en todo el mundo. Varios estudiantes de Cliff sirvieron en la Misión al Interior de China de Hudson Taylor  (en el interior de China y también en otras naciones). El director de Cliff College en ese momento era Samuel Chadwick, el destacado predicador metodista inglés.

La vida de Ravenhill estuvo tan permanentemente influenciada por Chadwick que aquí es importante saber algo de su vida y ministerio. En su adolescencia, Chadwick se dio cuenta de que Dios lo estaba llamando al ministerio del evangelio. No se resistió, pero se dispuso a trabajar diligentemente para compensar las oportunidades educativas perdidas. Prácticamente no tenía educación y su gente era pobre, pero dio prueba de su llamado al convertirse en un estudiante serio y extenuante. Trabajaba desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde, pero a las siete en punto estaba con sus libros durante cinco horas, luchando por la gramática y la aritmética, la geografía y la historia, la teología y la Biblia. En 1883, a los veintitrés años, ingresó en Didsbury Theological College y se destacó en sus estudios. El ministerio de predicación de Chadwick fue una poderosa influencia en todas las islas británicas.

En años anteriores, Leonard escuchó a Chadwick predicar cuando era pastor de la Oxford Place Church. Chadwick había llevado el pastorado allí durante un período financiero difícil para la iglesia. Había mil asientos vacíos en el gran auditorio de la iglesia, por lo que Chadwick llamó a la iglesia a un compromiso de oración. En los siguientes tres años, mil quinientas personas fueron agregadas a la iglesia sin trucos ni entretenimiento. Toda la ciudad de Leeds conocía el poder del ministerio de Chadwick. Su predicación fue una de las principales respuestas al creciente secularismo de aquellos en la ciudad que públicamente se burlaban de la fe cristiana. Una de las críticas fue que la mayoría de las iglesias protestantes estaban disminuyendo su asistencia cada vez más, lo que demostraba que el cristianismo no tenía nada que ofrecer para los tiempos modernos. Todas las iglesias estaban disminuyendo, excepto Oxford Place. Fue bajo un predicador tan sobresaliente y un hombre piadoso que el joven Ravenhill deseó prepararse para el ministerio del evangelio.

Cuando Chadwick enviaba a los jóvenes predicadores a las iglesias, los fines de semana, les daba una breve exhortación y oraba con ellos. Sus palabras finales se convirtieron en un lema regular: “Ve, y que el diablo te acompañe. ¡Porque si el diablo no va y se opone a ti, entonces no vale la pena enviarte!

Leonard Ravenhill y los evangelistas caminantes

Con respecto a la vida de oración de Chadwick y su influencia sobre los demás, Leonard dijo más tarde: Siempre estoy agradecido de que Samuel Chadwick haya escrito El camino de la oración. Estoy más agradecido de haberlo escuchado hablar de oración, y sobre todo agradecido porque él oró. Gran teólogo que era, y gran maestro en el púlpito. Sin embargo, al igual que su Maestro, él era preeminentemente un hombre de oración.

Después de abandonar Cliff College en junio de 1931, Leonard entró de inmediato en la evangelización a tiempo completo, trabajando con Maynard James y otros jóvenes evangelistas que se habían unido al trabajo de la Misión de Santidad: “El objetivo de la Misión de Santidad es proclamar a un mundo perdido la verdad de la salvación total. La regeneración para el pecador, y el bautismo del Espíritu Santo y el fuego que es el privilegio de cada creyente, y que se hará de manera efectiva en cada pueblo y aldea en toda la tierra”.

Comienzo del ministerio de Leonard Ravenhill

Fue en Cliff College en 1931 que Leonard fue invitado a participar en un ministerio que dio forma a sus años futuros. Samuel Chadwick tuvo una visión de un ministerio evangelístico más amplio a través de equipos de jóvenes evangelistas que viajaban por las Islas Británicas para llevar el evangelio a las masas no creyentes de la sociedad. un ministerio conocido como trekking , que ya había sido utilizado en Gran Bretaña entre algunos ministerios evangelísticos. Trek es una palabra  que significa emigrar, caminata ardua,  viajar largas distancias, cruzar el país a pie en un largo viaje. Chadwick lo expresó así:

La visión es enviar grupos de hombres jóvenes, llenos de fe y del Espíritu Santo, para predicar a Cristo a las multitudes que no han sido alcanzadas ni buscadas por las iglesias. No recibirán salario, pero saldrán a medida que sean guiados y vivirán por fe. No se levantarán ofrendas, no se solicitarán suscripciones, y no se solicitarán favores. Caminarán de un lugar a otro para predicar, testificar y cantar en las calles, los mercados, el pueblo, el campo verde y las playas, dependiendo de Dios para todo, y durmiendo donde sea que se encuentre un refugio.

¿Cómo funcionaban los equipos? Los ‘caminantes’ viajaban a pie de pueblo en pueblo, llevando a cabo misiones de predicación.  Llegarían a una ciudad, a veces invitados y a veces sin invitación, se quedaban generalmente durante tres semanas. Su trabajo incluía la predicación evangelística al aire libre en parques, en las esquinas de las calles y en los mercados de la ciudad, así como la evangelización personal diaria:

Durante todo su viaje predican y testifican, y en todas partes ven hombres y mujeres convertidos. Cada año en números crecientes, pero de la misma manera simple, los Cliff Trekkers (caminantes de Cliff)han tomado el camino. En grupos de ocho a diez, han recorrido miles de millas. Han dado testimonio en zonas verdes de los pueblos y plazas de mercado, y en playas, y pistas de carreras llenas de gente de todo tipo. Hombres y mujeres, que vivían separados de Dios y su iglesia, sin ningún provecho para la religión, han sido cautivados por su mensaje y convertidos de manera salvadora. Los jóvenes, que fueron criados en hogares cristianos y criados en religión, sintiendo la atracción de su mensaje real y alegre, han sido llevados a confesar a Cristo y encontrar una experiencia personal de él. Puede que te encuentres con los Trekkers (evangelistas caminantes)  en el camino algún día. Habrá de ocho a diez de ellos, muchachos felices, bronceados por el sol, vestidos de color caqui, tirando de un carrito con utensilios de cocina. No se sabe hasta dónde han llegado. Ellos estarán cantando, siempre cantando, ya que son trovadores del Señor. Marcharán con certeza deslumbrante y los conocerás por sus aleluyas, porque la suya es una cruzada de evangelismo alegre y sacrificado. Si los ayudas, se regocijarán, pero no pedirán favores y terminarán su campaña con lo suficiente para comprar nuevas ruedas de carro para la campaña del próximo año. Su vida es un romance de providencia.

Leonard Ravenhill - Biografia

Leonard tenía vívidos recuerdos de sus comienzos en el ministerio incluso después de cincuenta años:

Recuerdo que cuando salí de la escuela, estaba hirviendo por salir y predicar. Prediqué en Bristol, así como en Londres y New Castle. John Wesley solía ensillar su caballo en Bristol, viajar de allí a Londres, luego de Londres a Newcastle. Pero yo no tenía un caballo. No tenía auto ni bicicleta. Entonces caminé. Inglaterra no es un país grande, pero intentas caminar cuatrocientas millas y encontrarás que es bastante difícil. Luego lo volví a caminar. Me detuve en las aldeas, predicando sobre la marcha, con mi saco de dormir. Llamábamos a la puerta de una iglesia y preguntábamos: “¿Podríamos dormir en su iglesia? Tenemos sacos de dormir. “¿De dónde eres?” “del Cliff College”. “Sí, hemos oído hablar de Cliff College, así que eso estará bien”. Pero a veces nos sacaron bajo la lluvia. Disfruté cada minuto de esto. A veces no pudimos llegar a ninguna parte. Teníamos un carro y teníamos una tienda de campaña. Lo instalamos y dormimos en él por la noche. Nos echaron agua muchas veces y nos derribaron, ¡pero qué! No teníamos cinco dólares entre todos nosotros. Vivíamos casi todos los días con una rebanada de pan y la mitad de un tomate. Aprendí más de esos hombres de lo que aprendí antes o después. Veníamos de una reunión después de que nos arrojaran piedras o agua, conseguíamos una taza de chocolate caliente, una rebanada de pan, tal vez medio tomate y decíamos: “Bueno, chicos, a medianoche continuaremos orando”.

En un pueblo minero de West Riding, seis hombres salieron tambaleándose de un pub y se dirigieron a las reuniones evangelísticas al aire libre. Antes del final de la tarde, estaban sobrios y fueron encontrados arrodillados en oración con algunos de los líderes. Pero muchos dudaron de que alguna verdadera obra de gracia hubiera ocurrido entre ellos. Seis semanas después, algunos de los ‘caminantes’ regresaron para encontrar a esos seis hombres junto con otros seis, listos para pararse y dar testimonio en el mismo lugar donde se habían convertido. Los seis originales se convirtieron en el corazón y el alma de la iglesia metodista en esa ciudad. No fue solo el mensaje del ‘caminante’ lo que afectó a las personas. Su ejemplo y alegría fueron instrumentales en la salvación de las personas sin siquiera saberlo. Fue por el trabajo de trekking que floreció el ministerio de Leonard y su futuro comenzó a desarrollarse significativamente. Dios usó las labores de los “caminantes” de manera significativa. Hubo ocasiones en que Ravenhill y sus colegas vieron efusiones auténticas del Espíritu y numerosas conversiones.

Bolton 1931

La iglesia de Bolton fue una de las primeras iglesias de IHM (Misión de Santidad Internacional) establecidas. El Tabernáculo de Santidad Bolton nació a través de un movimiento del Espíritu Santo en el verano de 1931, el resultado de doce semanas de evangelismo local, por parte de varios evangelistas entre los que se encontraba Leonard.

Un registro de la historia de la iglesia proporciona detalles del comienzo de la obra de gracia:

En el verano de 1931, un grupo de hombres llegó al área de Daubhill en Bolton para predicar el evangelio de Cristo. Ya un grupo de cristianos de Westhoughton había ayudado a allanar el camino para esto mediante la distribución de literatura cristiana. Los predicadores erigieron una tienda de campaña en el antiguo mercado y comenzaron a testificar en el área, realizar servicios y orar por la bendición de Dios sobre la región necesitada de Bolton. Muchas personas salieron por curiosidad, muchas por una sensación de necesidad, y algunas solo para discutir. Pero para sorpresa de la gran mayoría, pronto se dieron cuenta de que esto era algo especial. Dios estaba revelando a muchos su necesidad de algo que antes no conocían, una paz que sobrepasa todo entendimiento. Se dieron cuenta de que la muerte de Cristo hace tantos siglos no era solo algo histórico, sino que estaba cambiando la vida humana en la actualidad. Pronto, la carpa fue reemplazada por una más grande para contener las crecientes multitudes diarias. La mayoría de las noches vieron verdaderas conversiones, para asombro de toda el área de Daubhill. Se celebraron reuniones al aire libre fuera de Tootal’s Mill temprano en la mañana y en los escalones del ayuntamiento, ya que el mensaje de gracia salvadora se transmitió a miles de personas, lo que resultó en reuniones prolongadas de la campaña. Durante tres o cuatro meses continuó. Era evidente que algo inusual estaba sucediendo. Algunos de los primeros conversos cuyas vidas cambiaron radicalmente todavía continúan hoy, habiendo “mantenido el rumbo” y han encontrado la gracia de Dios verdaderamente suficiente para todas las ocasiones y todas las pruebas.

Leonard Ravenhill - A la luz de la eternidad

Los equipos evangelísticos experimentaron grandes momentos de oración en varios lugares. Leonard recordó una vez especialmente:

En la tienda tuvimos una mujer que vino a nosotros un día. Vivía la vida más pobre de la ciudad y era la mujer más horrible que había visto en mi vida. Estaba vestida de negro y se veía tan miserable. Ella nos pidió que viniéramos a tomar una taza de té, así que fuimos. Fuimos a un departamento y subimos las escaleras. No hubieras dado un dólar por todo en la habitación. Las tazas y los platos estaban rotos. Ella comenzó a orar mientras se arrodillaba a un lado de la mesa. Miré a esta mujer con rasgos horribles y piel muy áspera, pero cuando abrió la boca, la gloria de Dios llenó esa habitación. Nunca lo he olvidado. No pude orar después de eso. He orado con muchos hombres de todo el mundo, pero la oración de esa mujer me conmovió profundamente.

Una poderosa obra de gracia ocurrió durante las semanas extendidas en Bolton. Las conversiones registradas fueron de poco más de mil durante el período de tres meses, aunque los evangelistas no intentaron enfatizar los números. Era muy evidente que estaba ocurriendo una obra divina, y hubo casos notables de sanidad divina otorgada soberanamente.

Leonard no fue comisionado u ordenado oficialmente por ninguna iglesia hasta 1937, cuando George Sharpe, un predicador metodista escocés que pastoreaba iglesias metodistas y congregacionales en los Estados Unidos e Inglaterra, dirigió el servicio para ordenar a Ravenhill y otros dos al ministerio del evangelio en el templo Calvary, Iglesia de Santidad. Aunque para Leonard ser verdaderamente enviado por Dios era mucho más importante que ser ordenado por hombres.

Ravenhill ahora estaba completamente comprometido con el trabajo de su vida. No sabía lo que le esperaba. Poco sabía él que veinte años más de predicación del evangelio y evangelismo fructífero le esperaban en las Islas Británicas, un ministerio de gran alcance que afectaría miles de vidas antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco tenía idea de que más allá de Gran Bretaña le esperaba un ministerio mundial lejos de su amada patria.

Crisis y Transición

En 1934, la Misión Internacional de Santidad enfrentó una crisis en relación con cuatro evangelistas que ya habían trabajado con ellos durante varios años. En este caso, la crisis tuvo que ver con el tema de la práctica de los dones espirituales. La crisis fue puramente de naturaleza teológica y política dentro de la misión. Ese año, un pastor de IHM abrazó las opiniones y prácticas pentecostales que no estaban de acuerdo oficialmente con la posición doctrinal de la misión. Después de mucha discusión en la reunión del comité, se presentó una moción que requería que todos los miembros de la misión condenaran todas esas prácticas y prohibieran a cualquiera ejercer tales dones en cualquier forma. Maynard James y Jack Ford no pudieron estar de acuerdo con una posición tan rígida y se negaron a garantizar que apoyarían la nueva política. Cuando James y Ford se dieron cuenta de que Clifford Filer y Leonard Ravenhill estaban de acuerdo con ellos, los cuatro hombres supieron que tendrían que renunciar si querían someterse a la posición de liderazgo.
Está claro que la cuestión era tanto de doctrina como de conciencia con respecto a la posición de IHM de prohibir el uso de las lenguas. Ford, Filer, James y Ravenhill no afirmaron tener ese don, pero también creían que prohibírselas a otros era ir más allá de las Escrituras. L. Wain, líder del IHM, se refirió al ejercicio de las lenguas como “diabólico” y lo condenó en términos inequívocos. Pero los cuatro evangelistas no podían en buena conciencia apoyar tal punto de vista.

Juntos, los cuatro, anunciaron su decisión al liderazgo de la misión, lo cual fue una sorpresa y una decepción. El anuncio público llegó en el IHM Journal en diciembre:

Lamentamos anunciar que el Reverendo Maynard James, junto con los Pastores Jack Ford, Leonard Ravenhill y Clifford Filer han renunciado al Movimiento de Santidad Internacional. Recordamos sus servicios pasados con agradecimiento y lamentamos el paso que han tomado.

Fue un momento muy difícil para todos los involucrados. El IHM estaba perdiendo a algunos de sus mejores hombres y ahora enfrentaba una crisis real. Para Filer, Ford, James y Ravenhill, fue una nueva dirección monumental, ya que todos estaban decepcionados por el problema y sus ministerios fueron interrumpidos por un tiempo. Cuando los cuatro hombres lo vieron, sabían que su única opción era romper con la Misión Internacional de Santidad y lanzarse en una nueva obra evangelística. Pero, ¿cómo deberían proceder? La respuesta pareció llegar repentina e inesperadamente. Cuando varias de las iglesias de santidad se enfrentaron con la elección de con quién alinearse, las iglesias tuvieron que tomar una decisión clara:

Fue una crisis terrible. Maynard James amaba a los hombres mayores de la misión, pero sentía que él y sus tres amigos estaban haciendo la voluntad de Dios; Los principales líderes de IHM quedaron devastados, ya que de la noche a la mañana habían perdido a algunos de sus mejores pastores y predicadores, con la amenaza de que otros los siguieran. Las iglesias recién formadas también estaban en agonía. ¿Deberían permanecer leales a la Misión de Santidad o deberían separarse también? Oldham, Salford y Queensbury siguieron a los “rebeldes” y se fundó una nueva denominación llamada La Iglesia de Santidad del Calvario. Se hizo conocido por sus iniciales de CHC. 

Inesperadamente, aparte de la influencia de los cuatro predicadores, tres iglesias estuvieron de acuerdo con su posición y apoyaron a los hombres. A través de esta dirección providencial, Clifford Filer, Jack Ford, Maynard James y Leonard Ravenhill se establecieron como los fundadores del nuevo movimiento. No había tiempo para mirar atrás. Las iglesias necesitaban ser guiadas y el evangelio necesitaba ser predicado en campos cada vez más amplios. Ahora los cuatro eran los líderes de una pequeña nueva denominación llamada Iglesia de Santidad del Calvario, un movimiento que surgió como una obra soberana de Dios cuando unas pocas iglesias y sus ministros avanzaron para continuar propagando la llama. El CHC ahora nació, con Maynard James y Leonard Ravenhill como sus principales líderes.

Paul James, el hijo de Maynard, tiene claros recuerdos de los primeros años de ministerio de Leonard:

Leonard Ravenhill era un hombre ardiente e impetuoso, lo que significa que tenía una gran violencia espiritual y se movía con una fuerte vida y fuerza espiritual. Él tenía una gran personalidad. Estaba ardiendo por el Señor y rara vez se mantenía quieto cuando predicaba. Cuando yo era un niño pequeño, lo recuerdo caminando de lado a lado en la plataforma, a medida que se involucraba más y más en su mensaje. Estaba lleno de frases contundentes y frases memorables, tales como: “Esta generación de predicadores es responsable de esta generación de pecadores”

Continuará…

Todos los párrafos han sido extraído del libro A luz de la eternidad, la vida de Leonard Ravenhill – de Mack Tomlinson.

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¡Ay de aquellos que han de rendir cuentas por las almas!

Richard Baxter - Diarios de Avivamientos

“La libre confesión es la condición para la plena remisión; cuando el pecado es público, la confesión también debe serlo. Si los pastores de mi país solo pecaran en latín, me las habría arreglado para amonestarlos en latín, o me habría callado. Pero si pecan en su lengua materna, han de escuchar la reprimenda en ella. El pecado sin perdonar no admite ni descanso ni prosperidad, por mucho que nos esforcemos en taparlo; tarde o temprano nuestro pecado se descubrirá, aunque no nos demos cuenta. El fin de la confesión es reconocer el pecado, asumiendo la vergüenza que supone; y si es verdad que “el que confiesa y se aparta [de sus pecados] alcanzará misericordia”, no resulta sorprendente que “el que encubre sus pecados no prosperará”.

Demasiados que han emprendido la obra del ministerio se obstinan en el interés, la negligencia, el orgullo y otros pecados, de manera que nos vemos obligados a amonestarlos. Si viéramos que los tales se prestaran a reformarse sin esta reprensión, de buena gana evitaríamos publicar sus faltas. Pero cuando la amonestación resulta tan ineficaz que se ofenden más por ella que por el pecado en sí, y prefieren que dejemos de reprenderlos en lugar de dejar ellos de pecar, creo que es hora de usar un remedio más fuerte.

Pasar por alto el pecado de un pastor es fomentar la ruina de la Iglesia, ya que la depravación del pastor es la forma más rápida de viciar y descarriar la congregación. La forma más eficaz de fomentar la reforma es intentar reformar a los líderes de la Iglesia.

¡Tampoco podemos guardar silencio mientras tú ayudas a la gente a condenarse, trayendo confusión y peligro a la Iglesia por temor a ser bruscos contigo o disgustar a tu alma impaciente!

Si te hubieras dedicado a otra cosa, de manera que tus pecados solo te afectaran a ti mismo y te condenaras solo, no nos veríamos obligados a molestarte; pero si emprendes la labor del ministerio, tan necesaria para la preservación de todos nosotros, de manera que si te dejamos pecar libremente arriesgamos la pérdida de la Iglesia, no nos culpes por hablarte con más franqueza que delicadeza.

Consideremos en qué consiste la vigilancia de nosotros mismos.

 1.          Asegúrate de que la obra de la gracia salvadora sea completa en tu propia alma. Cuídate, no vayas a carecer de aquella gracia salvadora de Dios que ofreces a los demás, desconociendo la obra eficaz del Evangelio que predicas; y no sea que mientras proclamas al mundo la necesidad del Salvador, tu propio corazón lo desconozca y pierdas tu parte en Él y en los beneficios de su salvación. Cuídate de morir mientras avisas a los demás contra el peligro de muerte, y de morir de hambre mientras preparas su comida. Muchos han exhortado a los demás a no caer en el Infierno a la vez que ellos mismos corrían allá; más de un predicador que clamó muchas veces a sus oyentes para que escaparan de la condenación, está ahora en el Infierno. ¿Acaso resulta razonable imaginar que Dios le salvara a uno por ofrecer la salvación a los demás mientras él mismo la rechazaba; o por contar aquellas verdades a los demás que él mismo dejó de lado o de las cuales abusaba?

Créanme, hermanos míos; Dios nunca salvó a nadie por ser predicador, por muy capacitado que fuera, sino por ser justificado y santificado, y, por consiguiente, fiel en la obra de su Maestro. Por tanto, examina primero tu propia vida, y asegúrate de que eres lo que incitas a tus oyentes a ser, y crees lo que los persuades a creer, y acoges bien al Salvador que ofreces a los demás. Es terrible profesar la fe sin ser santificado, pero peor es el estado del predicador sin santificar. ¿No te hace temblar el abrir la Biblia, por si allí leyeras tu propia condena? Cuando escribes tus sermones, ¿se te ocurre pensar que estás trazando acusaciones contra tu propia alma? Cuando reprendes el pecado, ¡agravas el tuyo propio! Cuando proclamas ante la congregación las riquezas insondables de Cristo y su gracia, ¡estás publicando tu propia iniquidad al rechazarlas, y tu propia desgracia al perderlas! ¿Qué harás si, al persuadir a la gente a venir a Cristo, al sacarla del mundo e incitarla a una vida de fe y santidad, tu propia conciencia se despierta y te dice que todo lo que dices redundará en vergüenza para ti? Si hablas del Infierno, .hablas de tu propia heredad; si describes el gozo del Cielo, describes tu propia desgracia, ya que no tienes derecho a “la herencia de los santos en luz”. ¡Gran parte de lo que dices irá en contra de tu propia alma!

¡Cómo aumenta la desgracia morir en medio de la abundancia, y perecer de hambre con el pan de vida en la mano que tendemos a los demás, animándolos a comer! ¡Que los mismos medios de la gracia divina, instituidos como medio de convicción y salvación, sean nuestro engaño! Mientras tendemos el espejo del Evangelio a los demás para mostrarles el rostro de su alma, nosotros solo miramos la parte de atrás, que no refleja nada, o lo miramos de lado para ver una imagen distorsionada de la nuestra.

Cuando estas ideas hayan entrado en tu alma y obrado un poco para el bien de tu conciencia, te aconsejo que acudas a la congregación para predicar el sermón de Orígenes sobre el Salmo 50:16-17: “Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras“. Y cuando hayas leído este texto, que te sientes para exponerlo y aplicarlo con lágrimas, haciendo una confesión plena y libre de tu pecado y lamentándolo ante toda la asamblea, pidiendo sus oraciones para recibir el perdón y la virtud de la renovación, para que después pueda predicar un Salvador al que conoce personalmente, y hablar de corazón, elogiando las riquezas del Evangelio por experiencia propia.

¡Ay! Es un peligro y calamidad frecuente en la Iglesia el tener pastores inconversos y sin experiencia, y que tantos se hagan predicadores antes de ser cristianos, siendo santificados por el rito de la ordenación ante el altar como sacerdotes de Dios antes de santificarse por una entrega de corazón como discípulos de Cristo, de manera que adoran a un Dios desconocido y predican al Cristo que no conocen, orando por un Espíritu desconocido y recomendando un estado de santidad y comunión con Dios, y una gloria y felicidad que desconocen, y que probablemente nunca conozcan.

Una vez más, por tanto, quiero dirigirme a todo aquel que esté involucrado en la formación de los jóvenes, especialmente en la preparación para el ministerio. Si eres maestro o tutor, debes empezar y terminar con las cosas de Dios. Habla a diario a los corazones de tus alumnos sobre las cosas que deben suceder en sus propios corazones; si no, va todo perdido. Pronuncia a menudo palabras penetrantes en cuanto a Dios, el estado de sus almas, y la vida eterna. No digas que son demasiado jóvenes para comprenderlas o aplicarlas. No sabes el impacto que puedan tener. No solo el alma de un muchacho, sino muchas más pueden tener motivos de alabar a Dios por tu celo y diligencia y por las palabras oportunas. Tienes más oportunidades que otros para hacerles bien; tratas con ellos antes que alcancen la madurez, y te escucharán cuando no prestan oídos a ningún otro. Si están destinados para el ministerio, los estás preparando para un servicio especial a Dios. ¿Acaso no deben primero conocer al que tendrán que servir? ¡Imagínate lo triste que sería para sus propias almas, y qué desgracia para la Iglesia de Dios, si salen de tus manos con corazones vulgares y carnales, para emprender esa gran tarea espiritual!

2.         Asegúrate de predicarte a ti mismo los sermones que escribes antes de predicarlos a los demás. Probablemente se darán cuenta cuando has pasado mucho tiempo con Dios: lo que más ocupa tu corazón resonará más en sus oídos. Confieso que lo digo por mi propia experiencia lamentable; declaro ante el rebaño el malestar de mi propia alma. Cuando dejo enfriar mi corazón, la predicación resulta fría; cuando estoy confuso, la predicación también. Si nos alimentamos de errores o controversias inútiles, nuestros oyentes padecerán por ello. Si no te dedicas a diario a escudriñar tu propio corazón, desarraigar la corrupción, y andar con Dios -si no te ocupas en esto constantemente-, todo saldrá mal y tus oyentes morirán de hambre. Si finges el fervor, no puedes esperar una bendición de lo alto. Sobre todo, pasa mucho tiempo en la meditación y oración en privado. De allí saldrá el fuego celestial para encender tus sacrificios; recuerda que si abandonas tu deber, no serás el único dañado. Muchos otros saldrán perdiendo contigo.

3.         Asegúrate de que tu ejemplo no contradiga tu doctrina. No vayas a poner tropiezo ante los ciegos, para su ruina; no vayas a desmentir con tu vida lo que dices con la lengua, estorbando como nadie el éxito de tu propia labor. ¡Será un estorbo mucho mayor si te contradices a ti mismo; si tus acciones desmienten tus palabras, si edificas en un par de horas con la boca lo que te dedicas a derribar con las manos el resto de la semana! Así harás creer a los demás que la Palabra de Dios es un cuento de hadas, y que la predicación es mera palabrería. Es un error palpable de algunos pastores esta desproporción entre su predicación y su manera de vivir. Se esfuerzan mucho por predicar con exactitud, y no cuidan su estilo de vida. Les horroriza una palabra mal usada en un sermón, o alguna debilidad notoria -y no les culpo, por tratarse de un asunto santo y de mucha importancia- pero no se preocupan por las emociones, palabras y acciones mal empleadas a lo largo de su vida. ¡A cuántos he visto predicar con mucho esmero, y vivir descuidadamente! Se esfuerzan tanto por preparar sus sermones que pocas veces la predicación les parece una virtud, con tal que su lenguaje sea elegante; todos los autores retóricos que pueden encontrar les sirven para adornar más el estilo, y a menudo sus adornos más preciados son meras baratijas sin valor alguno.

Nuestros feligreses deben ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores”; de igual manera, nosotros debemos ser hacedores, y no tan solamente predicadores. Una doctrina práctica se predica en la práctica. Hermano, si tu propósito es salvar almas, ¡seguro que quieres hacerlo tanto fuera del púlpito como dentro! Si ese es tu propósito, vivirás para ello, y todos tus esfuerzos contribuirán a ese fin. Dirás en cuanto al dinero que tienes en el bolsillo, tanto como de las palabras que tienes en la boca: “¿De qué manera puedo gastarlo para el mayor bien, especialmente para las almas?”. ¡Ojalá que pensaras a diario cómo usar tu dinero, tus amistades, y todo lo que tienes para Dios, al igual que la lengua! Entonces veríamos los frutos de tu labor que nunca se verán de otra manera. Si piensas que tu ministerio acaba en el púlpito, pareces considerarte pastor solamente mientras estás allí. Si es así, creo que no eres digno de llamarte tal cosa.

Que tu vida condene el pecado, y persuada a la gente al deber. ¿Acaso querrás que tus feligreses cuiden más sus almas que tú mismo cuidas la tuya? Si quieres que rediman el tiempo, no lo malgastes tú. Si no quieres que su conversación sea de cosas vanas, asegúrate de hablar palabras, que tienden a ministrar la gracia a sus corazones. Ordena bien tu familia, si quieres que hagan lo mismo. No seas soberbio, si quieres que sean humildes. 

4.           Asegúrate de no cometer aquellos pecados contra los cuales predicas. Cuídate de criticar el pecado sin vencerlo, y de intentar eliminarlo en los demás mientras tú mismo eres su esclavo. ¡Ah, hermano mío! Es más fácil criticar el pecado que vencerlo.

5.           Finalmente, asegúrate de que no te falten las cualidades necesarias para la obra. El que quiere enseñar a los demás los misterios de la salvación no debe ser un bebé en la sabiduría. Aquel que tiene un cargo como el nuestro debe estar muy cualificado. Hay grandes dificultades teológicas que resolver, que atañen a los principios fundamentales de la fe. Hay muchos pasajes oscuros de la Palabra que explicar. Hay deberes en los cuales nos podemos descarriar a nosotros mismos y los demás si no estamos bien informados en cuanto al asunto, su propósito y la forma de cumplirlo. ¿Acaso puede hacer esta clase de trabajo un hombre inculto y sin experiencia? No es una carga adecuada para los hombros de un niño. Cada aspecto de la labor requiere gran habilidad; ¡y qué importante es cada parte! Me parece que predicar un sermón no es lo más difícil; sin embargo, se requiere gran capacidad para dejar clara la verdad, convencer a los oyentes, y alumbrar de forma irresistible y permanente sus corazones, grabando la Verdad en sus mentes y abriendo sus corazones a Cristo.

¡Cuántos duermen bajo nuestro ministerio porque nuestras lenguas y corazones están adormecidos, y no tenemos habilidad ni celo para despertarlos! ¿No te dicen el corazón y la razón que si te atreves a aventurarte en una obra tan alta como esta, no debes escatimar esfuerzos al capacitarte para ella? No bastarán los ratos perdidos de estudio para formar a un teólogo sano y capaz. Sé que la pereza ha aprendido a decir que todo estudio es vano, porque el Espíritu nos capacita completamente y nos ayuda en la tarea; como si Dios nos diera los medios para luego permitirnos desestimarlos; como si tuviera por norma prosperamos en la desidia, transmitiéndonos su sabiduría en sueños mientras dormimos, o llevándonos al Cielo para mostramos sus propósitos mientras nosotros no pensamos en nada, sino que perdemos el tiempo aquí en la Tierra. ¿Cómo se atreve uno, por pereza, a apagar el Espíritu, diciendo luego que el Espíritu le llevó a hacerlo? ¡Sería un ultraje, una vergüenza desnaturalizada! Dios nos manda ser en lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor

¡Hermano, no pierdas más tiempo! Estudia, ora, consulta y practica; son las cuatro maneras de aumentar tu capacidad. Cuídate de ser débil por negligencia propia, estropeando la obra de Dios con tu debilidad.”

Todos los párrafos anteriores son extractos del libro El Pastor Renovado (o Pastor reformado) de Richard Baxter.

Pastor Richard Baxter - Diarios de Avivamientos

Richard Baxter

Richard Baxter, Richard,  nació el 12 de noviembre de 1615; el pastor, evangelista y escritor más destacado en cuanto a asuntos prácticos y devocionales producido por el puritanismo. Logró cosas asombrosas en Kidderminster; Inglaterra nunca había sido testigo de un ministerio parecido. La ciudad abarcaba unos 800 hogares y 2000 personas. Cuando Baxter llegó, era ‘un pueblo ignorante, rudo y parrandero’, pero ese estado sufrió una dramática transformación: “La congregación solía estar completa [la iglesia tenía capacidad para 1000 personas], de manera que nos vimos obligados a construir cinco galerías[ … ]. Los domingos [ … ] se podía escuchar a cien familias cantando salmos y repitiendo sermones al pasar por las calles [ … ]; cuando llegué aquí había más o menos una familia por calle que adoraba a Dios y clamaba a su nombre y, cuando me marché, en algunas calles no quedaba ni una sola familia que no lo hiciera; todos, al profesar una piedad seria, nos hacían confiar en su sinceridad

Diarios de Avivamientos – 2019

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Los sucesos extraordinarios del Avivamiento de Kentucky

Para mediados del siglo XVIII, los que querían un espacio mayor en las cada vez más populosas colonias comenzaron a salir de Virginia para formar los primeros asentamientos al oeste de las montañas Allegheny. En 1792, ese territorio se convirtió en Kentucky, las personas de Kentucky eran gente difícil; la mayoría, fugitivos de la ley, familias de colonos o exploradores, de los cuales Daniel Boone era el más famoso. Sin embargo, dondequiera que hubiera un asentamiento, había un llamado para los ministros. En muchos casos, varias comunidades compartían un pastor, ya que las primeras poblaciones eran muy pequeñas. Así fue como James McGready, ministro presbiteriano, se hizo cargo de las congregaciones en los ríos Gasper, Red y Muddy, y se comprometió con esas congregaciones a orar todos los sábados a la noche, y a orar y ayunar desde el amanecer hasta la puesta del sol el tercer sábado de cada mes. El punto principal de esos tiempos de
oración era pedirle a Dios que llevara avivamiento.

James McGready no hablaba con la misma carga emocional y dramática de George Whitefield, ni con el tranquilo poder de John Wesley, pero durante los veranos de 1800 y 1801 su ministerio dejó una marca imborrable en la historia del avivamiento. De estatura alta y casi desgarbado, James leía de sermones escritos cuidadosamente, así como lo había hecho Jonathan Edwards, aunque carecía del potencial intelectual de este. Exhortaba con la autoridad de un profeta del Antiguo Testamento -con una voz como de trueno-, y con el argumento cuidadoso y lógico del apóstol Pablo. Un colega dijo de él:

“El estilo de sus sermones no era pulido, sino perspicaz y agudo, y su manera de dirigirse era excepcionalmente solemne e impactante. Como predicador, era muy estimado por los humildes seguidores del Cordero, que disfrutaban de las preciosas verdades que claramente exponía ante sus ojos, pero era odiado y, algunas veces, acusado y perseguido no solo por los viciosos y profanos, sino por muchos cristianos nominales o que profesaban formalmente, que no podían soportar sus prédicas agudas y la indignación del Todopoderoso contra los impíos a los que -como hijo del trueno- presentaba claramente.”

En 1798, la Asamblea General Presbiteriana decretó un día de ayuno, humillación y oración para pedir por la redención de la frontera de la “oscuridad de Egipto”. James continuó orando con ellos. En mayo de 1797, James presenció la primera visitación del Espíritu Santo mientras predicaba. Una mujer que había sido fiel integrante de la iglesia “sintió gran convicción” y buscó de nuevo la salvación y “en pocos días estaba llena de alegría y paz por creer”. En una carta a un amigo del 23 de octubre de 1801, describió lo que sucedió a continuación:

De inmediato, visitó a sus amigos y familiares de casa en casa y les advirtió del riesgo de la manera más solemne y fiel, y los instó a arrepentirse y a buscar la religión. Esto fue acompañado con la bendición divina para el avivamiento de muchos. Por esa época, los oídos de todas las personas de la congregación parecían estar abiertos a recibir La Palabra predicada, y casi todo sermón estaba acompañado con el poder de Dios, para el despertar de los pecadores. Durante ese verano, cerca de diez personas de la congregación fueron llevadas a Cristo.

Al estar siempre en busca de oportunidades para impulsar la renovación en los corazones de su congregación, James adaptó una fórmula que había despertado avivamientos en Ulster (Irlanda del Norte) y Escocia. El mayor de estos sucedió en Cambuslang en 1742, donde George Whitefield habló con varios ministros. James convocó a un servicio de comunión anual de varios días que permitió a toda la gente de la zona reunirse, escuchar la Palabra predicada y luego, el último día, tomar la comunión todos juntos. Las familias de los alrededores llegaban para permanecer con otras familias del pueblo; las reuniones duraban todo un fin de semana, luego seguía un servicio el lunes por la mañana y la Cena del Señor se celebraba cerca del mediodía.

James relató:

“El lunes, el Señor derramó su Espíritu misericordiosamente: tuvo lugar un avivamiento muy generalizado; probablemente solo algunas pocas familias de la congregación no hayan sentido más o menos en profundidad su estado de perdición. Durante la semana siguiente, casi nadie se dedicó a atender su negocio material; la atención al negocio de su alma era muy grande. El primer día de descanso de septiembre se dio la comunión en Muddy River (una de mis congregaciones). En esa reunión, el Señor derramó su espíritu misericordiosamente para el avivamiento de muchos pecadores despreocupados. A través de estas dos congregaciones ya mencionadas, y a través de Red River, mi otra congregación, la obra del avivamiento continuó con poder en cada sermón. Las personas parecían escuchar como para la eternidad. En cada casa y casi en todo ámbito, la conversación de la gente giraba en torno al estado de su alma.

James utilizó la fórmula que Whitefield empleó en Cambuslang y les dio la bienvenida a otros ministros, entre ellos a los presbiterianos John Rankin, William Hodge, William McGee y John, el hermano metodista de McGee. James describió lo que sucedió en la misma carta a un amigo:

El lunes, el poder de Dios parecía llenar la congregación; los pecadores más descarados y osados del país se cubrieron el rostro y lloraron con amargura. Luego de dada por terminada la reunión, un gran número de personas se quedó en la puerta, sin deseos de irse. Algunos ministros me propusieron congregar a la gente en el centro de reuniones una vez más y orar con ellos. Entonces, entramos y nos unimos en oración y exhortación. El gran poder de Dios cayó sobre nosotros como una lluvia de las colinas eternas; el Pueblo de Dios fue reavivado y consolado; sí, algunos de ellos estaban llenos de gozo indecible y de gloria. Los pecadores se sintieron sumamente alarmados y algunas almas preciosas tuvieron la convicción del perdonador amor de Jesús.

Al verano siguiente, James convocó a la comunión de Red River a inicios del verano, unas cinco mil personas asistieron a la reunión. Invitó al mismo grupo de ministros que había invitado el año anterior, pero esta vez sus expectativas se vieron excedidas cuando el Espíritu Santo se presentó con gran poder. La erupción en Red River fue realmente inesperada en sus comienzos. Los tres primeros días habían pasado con pocos acontecimientos notables. Los servicios habían sido respetuosos y ordenados. Sin embargo, durante el servicio del lunes por la mañana, John McGee se levantó para hablar y se acercó al púlpito cantando: “Ven, Espíritu Santo, paloma celestial, con todos tus poderes de avivamiento; enciende una llama de amor sagrado en nuestros fríos corazones”. Al sonido de este himno, al menos una mujer gritó, probablemente al tener también un repentino entendimiento de la gracia salvadora.  Algunos cayeron al piso; otros clamaban pidiendo misericordia; algunos oraban y otros comenzaron a alabar a Dios a todo pulmón. William McGee, que estaba sentado cerca, se levantó para dirigirse hacia el púlpito, pero cayó al suelo, aparentemente bajo el poder del Espíritu Santo. Cuando John McGee giró hacia él, sintió que el poder de Dios también caía sobre él y casi cae al lado de su hermano. Más tarde recordó: “Me di vuelta y estaba a punto de caer; el poder de Dios era muy fuerte sobre mí. Me di vuelta de nuevo y, sin temor del hombre, caminé por toda la casa gritando y exhortando con todo gozo y energía, y rápidamente el suelo se cubrió de gente que caía”.

En su Narrative of the Commencement and Progress of the Revival of 1800 [‘Relato del inicio y el desarrollo del avivamiento de 1800’], James describió cómo el avivamiento de Kentucky realmente se afianzó en Gasper, atrayendo a gente desde lugares lejanos:

En julio, se dio la comunión a la congregación de Gasper River. Multitudes de todas partes del país concurrieron para ver una obra extraña. Familias enteras salieron en sus carros desde sesenta, setenta y hasta ochenta kilómetros de distancia. Entre unos veinte y treinta carros fueron traídos al lugar, llenos de gente y provisiones, a fin de acampar en la casa de reunión. El viernes, durante el día, solo hubo solemnidad. Las cosas siguieron igual el sábado hasta la noche. Dos mujeres piadosas estaban sentadas juntas conversando sobre sus experiencias, y esa conversación aparentemente influyó en los que estaban alrededor, ya que de repente la llama divina se derramó sobre toda la multitud. Al poco tiempo, se podía ver a los pecadores indefensos, en cada lugar del salón, orar y clamar pidiendo misericordia. Los ministros y los hermanos se mantuvieron ocupados durante la noche conversando con los afligidos. Esa noche, un buen número de almas renovadas recibieron liberación a través de hermosas visiones de la gloria, la plenitud y la suficiencia de Cristo, para salvar hasta lo sumo.

La mayoría de los historiadores consideran que la reunión de Gasper River fue la primera realizada al aire libre, pero el término “reunión al aire libre” se acuñó uno o dos años después. La expresión surgió debido a que los servicios de comunión comenzaron a atraer a multitudes mayores que las que las familias locales podían acomodar en sus hogares, y pronto las multitudes superaron incluso la capacidad de las salas de reunión. La convicción del Espíritu operó sin límites a medida que los creyentes, los universalistas, los deístas (que por aquel tiempo hacían estragos en las iglesias) e incluso los ateos caían postrados. El fuego del avivamiento se extendió desde el condado de Logan hasta Kentucky y Tennessee. Un mover del Espíritu Santo continuó en la frontera y se realizaron servicios de comunión casi todos los fines de semana durante
el resto del verano.

Cuando Barton Stone escuchó que Dios se estaba moviendo en las comuniones de James, decidió asistir en la primavera de 1801. La escena que lo recibió fue revolucionaria. En ese entonces, eran tantas personas las que se congregaban que no podían tener un servicio con todos los presentes juntos a la vez, por lo que varias áreas del ministerio se llevaban a cabo al mismo tiempo en lugares separados. En su autobiografía, Stone describió lo que él experimentó:

Allí, en una pradera del condado de Logan, Kentucky, las multitudes se juntaron y permanecieron reunidas durante varios días y noches en el campo, mientras la alabanza se desarrollaba en alguna otra parte del campamento. La escena era nueva y extraña para mí. Es imposible describirlo. Muchos, muchísimos caían como si hubiesen resultado muertos en el campo de batalla y permanecían quietos durante horas en un estado en que parecían que no tenían aliento. A veces, revivían por unos
momentos y daban señales de vida a través de un profundo gemido, un grito penetrante o una oración ferviente en la que pedían misericordia.
Después de permanecer así durante horas, obtenían liberación. La nube sombría que les había cubierto el rostro desapareció de manera gradual y visible, y la esperanza en la sonrisa se convirtió en gozo. Se levantaron gritando que estaban liberados, para luego dirigirse a la multitud que los rodeaba con un lenguaje en verdad elocuente e impresionante. Con asombro, oí a hombres, mujeres y niños declarar las maravillosas obras de Dios y los gloriosos misterios del Evangelio. Sus ruegos eran solemnes, audaces, libres y penetraban el corazón. Debido a lo que decían, muchos otros caían en el mismo estado del que acababan de salir los que hablaban.
Dos o tres conocidos míos cayeron. Con paciencia, me senté cerca de uno de ellos, de quien yo sabía que era un pecador negligente, y durante horas observé con mucha atención todo lo que pasó desde el principio hasta el final. Noté los momentáneos reavivamientos como si volviera de la muerte, la confesión con humildad de los pecados, la oración ferviente y, por último, la liberación. Después, el agradecimiento
solemne y la alabanza a Dios, la exhortación afectuosa a los compañeros y a las personas que las rodeaban para que se arrepintieran y se acercaran a Jesús. Yo estaba asombrado por el conocimiento de la verdad del Evangelio que se manifestaba en ese lugar. El resultado fue que varias personas cayeron en la misma apariencia de muerte. Después de presenciar muchos casos como esos, mi total convicción fue de que era un buen trabajo, la obra de Dios. Y no he pensado nada distinto desde entonces. Mucho vi en ese momento y mucho he visto desde entonces de lo que yo consideraba fanatismo, pero esto no debe condenar la obra. El diablo siempre ha tratado de imitar las obras de Dios y de desacreditarlas. Pero esto no puede ser una obra satánica, pues lleva a los hombres a confesar con humildad y abandonar el pecado, a la oración solemne y a la ferviente alabanza y acción de gracias, y a las exhortaciones sinceras y afectuosas para que los pecadores se arrepientan y vayan a Jesús, el Salvador.

Los efectos de esta reunión a lo largo del país fueron como el fuego en el rastrojo seco, impulsado por un fuerte viento. Todos sintieron más o menos su influencia. Poco después, tuvimos una prolongada reunión en Concord. Todo el país pareció trasladarse hacia ese lugar y multitudes de todas las denominaciones asistieron. Todo parecía sinceramente unirse en el trabajo y el amor cristianos. El espíritu de división, avergonzado, desapareció. No se puede dar una verdadera descripción de este encuentro porque sería llegar al límite de lo maravilloso. Continuó sin cesar por cinco días y noches. Muchos, muchísimos irán a la eternidad recordándola con acción de gracias y alabanza”.

Después de estos acontecimientos, Stone programó una comunión en Cane Ridge para el primer fin de semana de agosto. El viernes 6 de agosto, las familias comenzaron a llegar en carretas. En poco tiempo, los centenares se convirtieron en millares, y las casas de las familias locales que brindaban alojamiento -incluso los más ricos, que podían albergar a tres o cuatro familias- se vieron desbordadas.

Los caminos estaban literalmente atestados de carretas, carruajes, jinetes y hombres de a pie, que avanzaban hacia el solemne campamento. La visión era conmovedora. Algunos militares que se encontraban presentes consideraron que había entre veinte y treinta mil personas reunidas. Era frecuente que cuatro o cinco predicadores hablaran a la vez en diferentes partes del campamento, sin que se produjera ninguna confusión. Los predicadores metodistas y bautistas ayudaron en la obra, y todos parecían estar unidos con cordialidad: una sola mente y una sola alma. La salvación de los pecadores parecía ser el gran objetivo de todos. Nos dedicamos a cantar las mismas canciones de alabanza, todos unidos en oración, todos predicando sobre lo mismo: la salvación gratuita a través de la fe y el arrepentimiento. Las cifras de convertidos solo se conocerán en la eternidad. Muchas cosas que ocurrieron allí se parecían en mucho a los milagros y, si no lo eran, tuvieron los mismos efectos que tienen los milagros sobre los infieles y los no creyentes, pues muchos de ellos tuvieron la convicción de que Jesús era el Cristo, y se postraron en sumisión a él. Esta reunión continuó durante seis o siete días enteros, y habría continuado más tiempo, pero no hubo provisiones para tal multitud.

Se comentó que durante el fin de semana hubo momentos en que hasta siete predicadores se habían dirigido a grandes multitudes al mismo tiempo. La asistencia aumentó a decenas de miles de personas en las horas siguientes, y cuando llegó al máximo, se contaron mil ciento cuarenta y tres carretas y vehículos similares instalados en la zona. Estas eran cifras extraordinarias, si se tiene en cuenta que la población de Lexington era de mil setecientas noventa y cinco personas en ese momento, y que Kentucky tenía menos de doscientos cincuenta mil habitantes.

El reverendo Stone registró cuidadosamente cada manifestación durante el fin de semana y el relato a continuación es en gran medida una parte de un capítulo de su autobiografía:

Desplomarse era común a todos, los santos y los pecadores de toda edad y tipo, desde el filósofo hasta el payaso. En términos generales, la persona se desplomaba con un gritó desgarrador, era como un tronco cayendo al suelo, tierra o barro, y parecer muerto. De los miles de casos similares, solo relataré uno. Dos jóvenes hermanas estaban de pie y participaban de la reunión y la prédica. En un momento, ambas cayeron con un grito de angustia y permanecieron acostadas durante más de una hora en un estado en que parecía que estaban sin vida. Su madre, bautista piadosa, se sentía angustiada porque temía que no se reanimaran. Al fin, comenzaron a mostrar signos de vida a través del llanto fervoroso y el clamor de misericordia. Luego, volvieron a caer en el mismo estado, similar al de la muerte, y sus semblantes tenían una apariencia de terrible tristeza. Después de un rato, la melancolía en el rostro de una de ellas cambió por una sonrisa celestial y exclamó: “¡Precioso Jesús!”, y se levantó y habló del amor de Dios, de la preciosidad de Jesús y de la gloria del Evangelio a la multitud que las rodeaba en un lenguaje casi sobrehumano, y exhortaba a todos al arrepentimiento. Un ratito después, la otra hermana tuvo una experiencia similar. Desde ese momento, se convirtieron en miembros notablemente piadosos de la iglesia. He visto muchas personas piadosas desplomarse de la misma manera, por el sentimiento del peligro en el que están sus hijos, hermanos o hermanas no convertidos, por el sentimiento del peligro de sus vecinos y del mundo pecador. Los he oído llorar y clamar con mucha angustia pidiendo misericordia para los pecadores y hablar como los ángeles a todos los que estaban a su alrededor. Las sacudidas no se pueden describir con facilidad. Algunas veces, la persona veía afectado solo alguno de los miembros del cuerpo y, otras veces, todo. Cuando solo la cabeza se veía afectada, se sacudía hacia atrás y hacia adelante, o de lado a lado, con tanta rapidez que no se podían distinguir los rasgos de la cara. Lo que vi fue que, cuando afectaba todo el cuerpo, la persona permanecía de pie en un lugar y se sacudía hacia atrás y hacia adelante con mucha rapidez y la cabeza casi tocaba el suelo, tanto al sacudirse para adelante como al hacerlo hacia atrás. Todos, santos y pecadores, los fuertes y los débiles, se vieron afectados. Les pregunté a los que habían resultado afectados. No pudieron dar ninguna explicación, pero algunos me dijeron que esas eran las temporadas más felices de su vida. He visto a algunas
personas malvadas afectadas así, que maldecían las sacudidas y, al mismo tiempo, eran arrojadas al piso con violencia. Aunque era horrible de presenciar, no recuerdo que ninguno de los miles que he visto haya sufrido alguna lesión en el cuerpo, lo que resulta tan extraño como lo ocurrido. La práctica de ladrar (como los opositores la denominaban despectivamente) no era otra cosa que las sacudidas. Una persona afectada por las sacudidas, en especial en la cabeza, a menudo hacía un gruñido o “ladrido”, por así decirlo, por lo repentino de la sacudida. Parece que el origen de decirle “ladrido” es a causa de un viejo predicador presbiteriano de East Tennessee. Había ido al bosque para orar en privado y le sobrevinieron sacudidas. Estaba de pie cerca de un árbol y se asió a él para evitar la caída. La cabeza se le sacudió hacia atrás y emitió un gruñido o un sonido similar a un ladrido mientras tenía la cabeza hacia arriba. Alguien lo descubrió en esa posición e informó que lo había encontrado ladrando junto a un árbol.

La práctica de correr no era otra cosa que personas atemorizadas que trataban de salir corriendo cuando sentían esas agitaciones corporales a fin de escapar de ellas. Por lo general, no llegaban muy lejos antes de caer, o se agitaban de tal manera que no podían llegar a gran distancia. Conocí a un joven médico de una familia célebre que se acercó a cierta distancia a una reunión grande para presenciar las cosas extrañas de las que había oído hablar. Él y una joven habían acordado vigilarse y cuidarse el uno al otro, por si alguno de ellos caía al suelo. Por fin, el médico sintió algo muy poco común y salió de la congregación en dirección al bosque como si estuviera corriendo por su vida, pero no había llegado muy lejos cuando cayó al suelo, y permaneció así hasta que se sometió al Señor, y luego se convirtió en un celoso miembro de la iglesia. Ejemplos como esos eran comunes. Debo terminar este capítulo con las prácticas del canto. Esto es más difícil de describir que todo lo demás que vi. La persona, en estado de felicidad, cantará melodiosamente sonidos que no provienen de los labios ni de la nariz, sino del pecho. Tal música silenciaba todo lo demás y atraía la atención de todos. Era celestial. Nadie podría cansarse jamás de escucharla.

He ofrecido un breve relato de las maravillosas cosas que han sucedido en el comienzo de este siglo. Que en todo esto hubo muchas excentricidades y mucho fanatismo lo reconocen incluso los defensores más fervientes. De hecho, hubiese sido de extrañarse si tales cosas no hubiesen sucedido dadas las circunstancias de la época.    [Barton Stone, Short History ofthe Life of Barton W Stone [‘Breve relato de la vida de Barton W Stone’], 1847, Capítulo 6.

En Cane Ridge, el servicio de Comunión (Santa Cena) se había planificado para el domingo en lugar de para el lunes, y resultó como se había planeado. Las mesas se pusieron en la sala de reuniones en forma de cruz y podían servir a cien personas a la vez. Las estimaciones de quienes habían participado oscilan entre ochocientas y mil cien personas, solo si se cuenta a los que se reconocieron como convertidos; en otras palabras, básicamente, presbiterianos y metodistas. Las personas de estos dos grupos habían sido los principales organizadores del evento. Debido a que solo los presbiterianos presidían la comunión, los metodistas comenzaron a organizar reuniones afuera y pronto reunieron grandes multitudes. También en las proximidades se organizó un servicio separado para afronorteamericanos. Los asistentes eran, sobre todo, miembros de la Iglesia africana bautista.

El reverendo Mases Hoge trató de describir la escena en una carta a un amigo:

En el momento de la prédica, si se presta atención, hay poca confusión, y cuando termina y comienzan el canto, las oraciones y las exhortaciones, la audiencia cae en lo que yo llamo un verdadero desorden. Caían al suelo, lloraban, temblaban y con mucha frecuencia sufrían espasmos convulsivos. Entre ellos, los piadosos están muy ocupados en cantar, orar, conversar, caer en éxtasis, desplomarse con gozo, exhortar a pecadores, luchar contra los opositores y demás. Algunos yacen más tiempo que otros. Otros obtienen consuelo cuando se desploman la primera vez y otros, no. Cuando uno sale (tal como lo expresaban), esto es, obtiene alivio, elevan un clamor de gloria a Dios por una nueva alma que ha nacido. Y a eso le sigue la dedicación santa. Se pasan noches enteras de esta manera y aquella parte del día que no se emplea en el servicio divino. Pues permanecen en el terreno todos los días en los que se lleva adelante la actividad. Nada que la imaginación describa puede lograr una impresión más fuerte en la mente que una de aquellas escenas. Los pecadores caen a un lado y al otro, y gritan, claman, piden misericordia; los creyentes oran y caen angustiados por los pecadores o en éxtasis de gozo. Algunos cantan; otros gritan y aplauden, se abrazan e incluso se besan, riendo. Otros hablan a los angustiados, entre ellos o a los que se oponen a la obra. Y todo eso sucede al mismo tiempo. Ningún otro espectáculo puede provocar una sensación más fuerte. Y con lo que sucede, la oscuridad de la noche, la solemnidad del lugar y de los acontecimientos, y la culpa consciente, todo conspira para que el terror estremezca toda facultad del alma y se le preste especial atención. En cuanto al trabajo en general, no hay duda de que es obra de Dios.

Peter Cartwright se encontraba entre quienes se convirtieron en el servicio de comunión aquel verano. Dijo sobre Cane Ridge:

En un memorable lugar llamado Cane Ridge, algunos ministros presbiterianos organizaron una reunión sagrada en la cual, aparentemente de forma inesperada para los ministros y las personas, hubo una manifestación del gran poder de Dios de forma muy extraordinaria. Muchas personas se conmovieron hasta las lágrimas y clamaban a viva voz pidiendo misericordia. La reunión se prolongó durante semanas. Los ministros de casi todas las denominaciones viajaron desde cualquier distancia. La reunión se desarrolló tanto de día como de noche.
Miles de personas se enteraron de esta obra poderosa y viajaron hasta allí a pie, a caballo, en carretas y en carros. Se cree que hubo momentos en los que la asistencia durante la reunión osciló entre los doce mil y las veinticinco mil personas. Cientos de ellas cayeron postradas bajo el gran poder de Dios, como hombres muertos en la batalla. Se construyeron púlpitos en los bosques desde los cuales los predicadores de diferentes iglesias proclamaban el arrepentimiento hacia Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. Y se cree, según los testigos, que entre mil y dos mil almas se convirtieron a Dios durante la reunión. No era poco frecuente que uno, dos, tres, cuatro e incluso siete predicadores les hablaran a miles de personas al mismo tiempo desde distintos púlpitos levantados con ese propósito. El fuego celestial se propagó en casi todas las direcciones. Los testigos afirman que, en ciertas ocasiones, más de mil personas comenzaron de repente a gritar a toda voz y que los gritos se podían oír a varios kilómetros a la redonda. A partir de esta reunión al aire libre, pues así se las llamó, se extendieron noticias a través de todas las iglesias y en todo lugar, y ello provocó gran asombro y sorpresa, pero encendió una llama religiosa que se extendió
por todo Kentucky y a muchos otros estados. [Peter Cartwright, Autobiowaphy of Peter Cartwright, The Backwoods Preacher. (‘Autobiografía de Peter Cartwright, el predicador de zonas remotas’), ed. W. P. Strickland, Cincinnati, Cranston and Curts, 1856, págs. 30-31.]

Cane Ridge fue el punto más alto del avivamiento en Kentucky, pero lejos estaba de ser el único. El año 1801 fue de ebullición desde el punto de vista religioso. Las manifestaciones del Espíritu Santo continuaron durante el resto de la temporada de comunión de 1801, a lo que más adelante, ese año, se le sumó hablar en otras lenguas, según describe un testigo:

Caían y yacían durante horas en la paja preparada para los “heridos del Señor”, o de repente corrían y caían como si hubiesen recibido un disparo de un francotirador. A veces, también sufrían sacudidas en cada músculo de su cuerpo hasta que parecía que iban a despedazarse o a convertirse en mármol, o gritaban y hablaban en lenguas desconocidas.  [E. Merton Coulter, College Life in the Old South (‘La vida universitaria en el viejo sur’), Nueva York, The Macmillan Company, 1928, págs. 194-195]

Desde Kentucky, el avivamiento se extendió por todo el sur y por el este, del otro lado de las montañas. Aunque era un poderoso mover de Dios, terminó más rápido de lo que empezó. Parecía que la mayoría de los ministros no tenían idea de cómo reaccionar ante las manifestaciones del Espíritu Santo, que, literalmente, quedó a cargo de las reuniones. Mientras que algunos grupos, como los metodistas, dieron la bienvenida al formato de las reuniones al aire libre y al “caos” del Espíritu de Dios que caía sobre santos y pecadores por igual, otras denominaciones abrazaron las reuniones al aire libre solo como una forma de reunir a la gente cada año.

Cualquier persona que intentó hacer encajar las obras de Dios vividas durante el verano de 1801 en una especie de caja doctrinal hecha por el hombre no vería más tales manifestaciones. Otros grupos dejarían sus denominaciones para formar otras nuevas con el fin de continuar en la búsqueda de esos “ejercicios del Espíritu” Debido a los hechos ocurridos en Cane Ridge, las congregaciones de Cumberland Valley rompieron con la línea principal del presbiterianismo para convertirse en la Iglesia Presbiteriana de Cumberland, y Barton Stone se uniría a Alexander Campbell para abrazar un cristianismo de solo La Biblia. Ellos formaron un nuevo grupo, al que llamaron Discípulos de Cristo o las Iglesias de Cristo. James McGready, sin embargo, era una figura notable que se negó a abandonar a los otros presbiterianos.

Peter Cartwright describió los resultados en su autobiografía:

Como los ministros presbiterianos, metodistas y bautistas se unieron en la obra bendita en esta reunión, llevaron la noticia de esta gran obra cuando regresaron a sus diferentes congregaciones, y el renacimiento se extendió rápidamente por todo el país, pero muchos ministros y miembros del sínodo de Kentucky pensaron que todo eso era un desorden y trataron de detener la obra. Ellos llamaron a los predicadores que estaban comprometidos con el avivamiento y los censuraron y silenciaron. Esos ministros luego se levantaron y unidos renunciaron a la jurisdicción de la iglesia presbiteriana; organizaron una iglesia propia y la denominaron cristiana. Este es el origen de lo que se conoció como las Nuevas Luces. Esta iglesia cristiana o Iglesia Nueva Luz es un pueblo débil y disperso, aunque hay algunos buenos cristianos entre ellos. Supongo que desde el día de Pentecostés no hubo un mayor avivamiento religioso que el de Cane Ridge, y si hubiera habido ministros cristianos firmes en la
doctrina del Evangelio y en la disciplina de la Iglesia, miles de personas que vagaban por los laberintos de la divinidad especulativa se podrían haber ganado para la Iglesia, pues finalmente naufragaron en la fe, retrocedieron, se volvieron infieles y perdieron su religión y su alma para siempre. Pero es evidente que la obra de Dios tuvo un nuevo impulso y muchos, muchísimos, tendrán razones suficientes para bendecir a Dios eternamente por este avivamiento de la religión a lo largo y a lo ancho de nuestro Sión.

Paul Conklin, autor de Cane Ridge: America’s Pentecost [‘Cane Ridge: el Pentecostés de Estados Unidos’], expresó:

Para el otoño de 1801, los visitantes evangélicos de los condados de Kentucky se maravillaron ante lo que era casi una utopía. El Espíritu Santo había encendido y limpiado toda la zona. Prácticamente, todo el mundo había sido afectado de alguna manera por el avivamiento. Cuando George Baxter llegó de Shenandoah Valley, pensó que había respirado un aire especial y puro en Kentucky. Encontró que era el lugar más moral en que había estado, pues no había oído ninguna palabra profana; todo el mundo era amigable y benévolo; no había disputas personales, y “un temor religioso parecía invadir el país”.

Baxter resumió sus impresiones con estas palabras:

Creo que el avivamiento en Kentucky está entre lo más extraordinario que jamás haya sucedido en la Iglesia de Cristo y, en especial, adaptado a las circunstancias del país. La infidelidad triunfaba y la religión estaba a punto de desaparecer. Parecía necesario algo de naturaleza extraordinaria para atraer la atención de un pueblo atolondrado, que estaba dispuesto a pensar que el cristianismo era una fábula, y el porvenir, un sueño. Este avivamiento lo ha hecho: ha confundido a la infidelidad, ha silenciado al vicio y ha traído a un número incalculable.

Diarios de Avivamientos – Resumen extraído del libro Los Generales de Dios III

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Biografía de John Wesley

“La ginebra se destilaba en una de cada cuatro casas en Londres y se vendía abiertamente en las calles. La embriaguez y la depravación hacían estragos en todos los niveles de la sociedad. En muchas ocasiones, el Parlamento tuvo que aplazar las sesiones porque sus miembros estaban demasiado ebrios como para conducir asuntos de Estado. Los niños sufrieron un trato especialmente cruel: casi el 75 % de ellos murió antes de cumplir los 5 años. No solo eran difíciles las condiciones de vida, sino que los padres alcohólicos a menudo los abandonaban o, lo que era peor aún, los vendían con el fin de mantener sus adicciones. Algunas veces, los padres mutilaban a los hijos de manera horrible para que sus aparentes deformidades los hicieran ganar más dinero como mendigos.

En Inglaterra se empezaban a dar las condiciones para una revolución como en Francia, pero la revolución en las islas británicas sería muy diferente. En Inglaterra, sería un avivamiento llamado “metodismo”, inspirado principalmente por John y Charles Wesley. Como expresó un historiador, el metodismo y la Revolución francesa son los dos fenómenos de mayor importancia del siglo XVIII. La gran red de sociedades metodistas establecidas por los hermanos Wesley llevó la promesa de la misericordia y del amor de Dios que tanto se necesitaban en esos tiempos de incertidumbre, de dificultades económicas y de corta esperanza de vida. Esos “grupos caseros” -lo que muchos en la actualidad podríamos llamar “células”- ideados por los Wesley, proveyeron de instrucción constante, de oración, de responsabilidad, y del discipulado y de la comunión necesarios, que son la base del crecimiento espiritual. Lo más importante es que John y Charles Wesley llevaron el mensaje de la “gracia gratuita” directamente a las masas. Su mayor audiencia fueron los “quebrantados y humildes de espíritu”, que con alegría abrieron sus corazones a las abundantes provisiones de gracia de Dios.

John y Charles Wesley nacieron el 17 de junio de 1703 y el 18 de diciembre de 1707 respectivamente, en Epworth, Inglaterra, eran el decimoquinto y el decimoctavo de diecinueve hijos, de los cuales solo diez alcanzaron la edad adulta. John y Charles eran descendientes de una larga línea de ministros. Sus padres, el reverendo Samuel y Susanna Wesley, los criaron con la esperanza de que algún día se convirtieran en líderes de la iglesia anglicana.  Samuel y Susanna eran producto de los disidentes, pero por un salario, una casa, y para proporcionar un ministro a la región, Samuel había hecho las paces con los anglicanos y fue ordenado por ellos. Sin embargo, debido a sus antecedentes disidentes puritanos, la casa de los Wesley se regía por principios morales estrictos, que se ejercían a diario mediante una disciplina rigurosa en los modales, el estudio y la oración. Samuel Wesley, quien durante treinta y cinco años fue pastor de la pequeña parroquia de Epworth, trabajaba muchas horas supervisando las necesidades espirituales de varios pueblos vecinos. Cuando podía, se dedicaba rigurosamente al estudio, a menudo encerrado en su oficina, elaborando sermones, escribiendo poesía o componiendo himnos. Se unía a la familia solo para las comidas, que se compartían siempre en silencio. Susanna, por su parte, utilizó al máximo cada oportunidad para educar y formar a su familia en una gran variedad de materias y disciplinas personales. Bajo su tutela, los niños Wesley estudiaron historia, literatura, lenguas clásicas, música y, sobre todo, Las Escrituras. Memorizaban salmos, proverbios y largos pasajes del Nuevo Testamento. Cada momento, desde el amanecer hasta el anochecer, estaba organizado, y comenzaba y terminaba con oración y la lectura de la Biblia. Si bien este enfoque puede parecer duro para muchos hoy en día, es
fácil ver cómo esta educación hizo que John fuera el creador de las rutinas, las disciplinas y la búsqueda sistemática de Dios que caracterizaron al metodismo. La formación que les brindó Susanna creó en John la estabilidad y la resolución que lo hicieron diligente en su religión y lo suficientemente humilde como para estar siempre abierto a la verdad. Los hábitos de estudio tranquilo, el estricto manejo del tiempo y la austeridad respecto de todas las cosas continuaron en John y Charles por el resto de sus vidas. Cada niño que creció hasta la edad adulta abandonó el hogar de los Wesley con una mente entrenada, un corazón puro y una sincera pasión por el Señor.

Cuando estaba presente, Samuel gobernaba su casa con mano dura y mal carácter. Susanna, sin embargo, se mantuvo firme en su obediente respeto hacia él. Nunca flaqueó en su fe, aun cuando el dolor se añadía a la dificultad y al hecho de que nueve de sus diecinueve niños murieran en la infancia. Ciertamente, la fuerza de ese testimonio dejó una profunda impresión en John y en Charles, así que cuando más tarde en la vida enfrentaron desalentadoras oposiciones lo hicieron con un aplomo, una gracia y una fe estimulantes. Mientras que la reputación de Susanna como mujer disciplinada y devota crecía, su marido se hacía cada vez más conocido por sus fuertes opiniones y obstinación. Cualquiera que fuere la razón, su popularidad entre la ciudadanía local disminuía continuamente hasta que ocurrió el desastre en la noche del 9 de febrero de 1709.

Mientras la familia Wesley dormía, la casa pastoral de Epworth se prendió fuego de manera misteriosa entre las once y las doce de la noche. No tuvieron tiempo para sacar la ropa ni las posesiones. Mientras bajaban las escaleras, solo una delgada pared impedía que las llamas cortaran la vía de escape. Susanna, que estaba próxima a dar a luz al último niño, sufrió algunas quemaduras en las piernas y en el rostro mientras luchaba contra las llamas para asegurarse de que todos sus hijos hubiesen escapado. Una vez afuera, estaban todos a salvo menos uno, John, de 5 años y medio de edad. Su madre lo buscaba desesperadamente afuera. Samuel hizo dos intentos de reingresar a la casa poniéndose los pantalones sobre la cabeza como escudo, pero el fuego era muy grande como para que pudiera ingresar otra vez a la casa. Al fracasar en el intento, reunió a la familia a su alrededor en el jardín para orar y encomendar a John a Dios. Al principio, nadie se dio cuenta de que el joven John agitaba los brazos desde la ventana del segundo piso y gritaba pidiendo ayuda. Pero cuando las llamas empezaron a llegar al nivel superior de la casa, llamó la atención de un vecino, quien rápidamente se subió a los hombros de otro hombre y sacó a John a lugar seguro, solo momentos antes de que el resto del techo se derrumbara. En cuestión de unos pocos minutos más, toda la casa pastoral había quedado reducida a cenizas. Cuando Juan fue llevado a su padre, el pastor exclamó: “¡Vengan, vecinos! ¡Arrodillémonos y demos gracias a Dios! Él me ha dado a mis ocho hijos; dejen que la casa desaparezca. Soy lo suficientemente rico“. Después, Samuel dijo su famosa frase: “¿No es este [John] un tizón arrebatado del incendio?“. A partir de ese momento, Susanna se convenció de que John tenía un llamado especial de Dios para su vida.

Ya como adulto, no revestía importancia el hecho de que John fuera un hombre pequeño: solo medía 1,66 m de estatura y pesaba aproximadamente 59 kilos. Sin embargo, su diminuto tamaño nunca fue un estorbo para él. Eso demuestra que la estatura física de una persona tiene poca importancia en comparación con lo “grande” que puede ser espiritualmente. John Wesley fue, sin duda, un gigante en la fe.

Es importante entender que la doctrina con la que John y Charles crecieron fue la de la predestinación, con la fuerte influencia del reformador francés Juan Calvino. De acuerdo con los principios del calvinismo, la gente no tenía ningún papel en su propia salvación, sino que esta estaba predeterminada o “predestinada” por Dios.  Por lo tanto, ir a la iglesia se convirtió en una búsqueda para responder a la pregunta “¿Soy salvo?”, más que a “¿Cómo puedo ser salvo?” A lo largo de sus primeros años, aunque sus corazones buscaban a Dios con sinceridad, ni John ni Charles tenían seguridad alguna de su propia salvación. John recién comenzaría a preguntarse por este hecho una vez que hubiera sido ordenado y se dirigiera a su primer campo misionero.

A pesar de esta falta de seguridad interna, John fue ordenado diácono al graduarse y predicó su primer sermón en el pequeño pueblo de South Lye, cerca de la ciudad de Witney. En la primavera de 1726, para orgullo y alegría de su padre, John fue elegido miembro del Lincoln College, una prestigiosa posición como residente en Oxford. Ocho meses más tarde, fue nombrado profesor de griego y moderador de las clases.

La lucha constante entre las obras exteriores frente a la santidad interior continuó con furia en el alma de John. Él quería vivir el resto de su vida con todo lo que la Iglesia prescribía como necesario para tener una vida devota, pero una y otra vez tenía crisis de fe, en sus creencias, que lo llevaron a dudar de la seguridad de su propia salvación; una crisis de convicción que sentía cada vez que se enfrentaba a la muerte.

Fue durante esa época, en 1729, cuando Charles comenzó a reunirse con varios estudiantes que pensaban de forma similar, para estudiar y guardar juntos una serie de disciplinas diarias. John aceptó la invitación y se unió a ellos, y pronto comenzó a servirlos como su líder y consejero. En tono burlón, los otros estudiantes llamaban al grupo “polillas bíblicas”, “fanáticos bíblicos”, “sacramenteros”, “metodistas”, “club santo” o “entusiastas”, pero en los años siguientes, el grupo mostró ser una fuerza beneficiosa en la comunidad, pues los miembros comenzaron a visitar a los prisioneros y a ministrar a los huérfanos y los desamparados. El nombre de “grupo santo” pegó y pronto creció a unos veinticinco miembros.

En febrero de 1733 ciento veinte inmigrantes establecieron un asentamiento en Georgia,  que se convertiría en Savannah. John, Charles y otros dos miembros del Club Santo, Benjamin Ingham y Charles Delamotte, zarparon con trescientos pasajeros a bordo del Simmonds el 21 de octubre de 1735; rumbo a Savannah. Entre los pasajeros, se encontraba un grupo grande de alemanes moravos, el quinto grupo que fue a Georgia, quienes rápidamente se hicieron conocidos por su piedad y actitud para la oración. Los Wesley y sus dos amigos asistían a las reuniones de los moravos todas las noches, y John estudiaba alemán a fin de poder comunicarse con ellos. Ellos observaban cómo adoraban los moravos con genuina emoción y cómo realizaban oraciones espontáneas y sentidas. Los moravos practicaban el compañerismo grupal compasivo, el estudio bíblico, el canto de himnos y una confianza tranquila y personal en Dios en cuanto la salvación, que causó una impresión en los cuatro miembros del “club”. El viaje resultó una sucesión de tormentas. Enfrentados a la muerte a manos de esas tempestades, John se sorprendió al ver que no se sentía preparado para morir, pero pensaba que estaba en paz con Dios. Incluso se preguntó a sí mismo: “¿Cómo es que no tienes fe?”. Sin embargo, los moravos actuaron en claro contraste con esto. Sin importar la dureza de la tormenta, no mostraban temor; tampoco habían mostrado orgullo ni ira ni falta de perdón durante el viaje. De hecho, en medio de una tormenta, estaban en un servicio y cantando un salmo cuando una ola se estrelló sobre el barco, rasgó la vela mayor en pedazos e inundó la cubierta y los niveles inferiores con tal fuerza que muchos pensaron que el barco iba a ser tragado por el océano. Sin embargo, los alemanes cantaban como si no se hubieran dado cuenta, a pesar de la multitud de pasajeros ingleses que entraban en pánico y gritaban de miedo. John nunca había conocido a una persona, mucho menos a un grupo completo de hombres, mujeres y niños que no tuvieran temor de morir. John decidió tratar de imitar el ejemplo de que temer a Dios significaba no temer a nada más en esta vida. Al mismo tiempo, sin embargo,
se daba cuenta de que esas personas tenían algo de Dios que a él le faltaba, y era algo que quería con desesperación. Sin embargo, al ser un hombre con un llamado y un título, era todavía demasiado orgulloso como para buscarlo. Esa búsqueda tuvo que esperar hasta que sus esfuerzos en Georgia demostraron varias veces ser un fracaso y hasta que, finalmente, regresara a Inglaterra, con más hambre y más deseos por Dios que nunca.

Deseoso por comenzar su trabajo, John consultó a un pastor moravo, Augustus Spangenberg, en busca de consejo. Durante la conversación, Spangenberg le dijo explícitamente: “Hermano mío, primero tengo que hacerle una o dos preguntas. ¿Tiene usted el testimonio dentro de sí? ¿El Espíritu Santo da testimonio con su espíritu de que usted es un hijo de Dios?” John estaba tan sorprendido por las preguntas que no sabía qué
contestar, así que Spangenberg reformuló la pregunta: “¿Conoce a Jesucristo?” John hizo una pausa nuevamente y después respondió: “Sé que Él es el Salvador del mundo”Eso es cierto -respondió Spangenberg-, pero ¿sabe que Él lo ha salvado?” Wesley respondió: “Espero que Él haya muerto para salvarme” Decidido, Spangenberg reformuló la pregunta: “¿Lo sabe usted mismo?” John dudó de nuevo antes de responder “Sí, lo sé“, con tanta confianza como pudo, pero sintió que esas palabras eran vacías. A través de esta conversación, John se enfrentó otra vez al hecho de que los moravos tenían algo de Dios que él no tenía, pero todavía era demasiado orgulloso para admitirlo y para humillarse ante Dios lo suficiente como para recibirlo. Sin embargo, John se convirtió en un fiel amigo de Spangenberg y de otros moravos, y pasó mucho tiempo con ellos en Savannah, tratando de aprender de ellos tanto como pudiera.

Después de ver sucesivos fracasos en la obra,  John decidió regresar a Inglaterra y zarpó a bordo del Samuel hacia su tierra natal el 22 de diciembre de 1737. Estaba desanimado y parecía lo suficientemente humilde como para buscar qué era aquello que los moravos habían encontrado que él todavía no tenía. Al reflexionar sobre su estadía en Georgia y lamentando su propio estado espiritual, escribió lo siguiente en su diario el martes 24 de febrero de 1738: “Fui a Estados Unidos a convertir nativos, pero ¡vaya!, ¿quién me convertirá a mí? ¿Quién me librará de este malvado corazón? Tengo una religión de buen verano. Puedo hablar bien, mejor dicho, creer yo mismo, mientras no haya peligro cerca, pero deja que la muerte me mire a la cara y mi espíritu se perturba. Tampoco puedo decir: “¡La muerte es ganancia!’‘.

Hasta ese punto, la vida de John había estado plagada de una falta de convicción clara acerca de la naturaleza de su verdadero llamado de parte de Dios. Aunque hacer el bien nunca merece condenación, a veces puede ser un obstáculo que nos impide hacer lo que es mejor. John ansiaba obtener aprobación, como todos nosotros, pero con mucha frecuencia permitió que eso obstaculizara el camino a encontrar su verdadero propósito. Él había rechazado la solicitud de su padre de liderar la parroquia de Epworth, pero a medida que su padre se acercaba a la muerte, había cedido y se presentó, solo para ser rechazado. Había viajado a Georgia para ministrar a los nativos, pero se había atareado con cualquier otra cosa que fuera posible una vez que estuvo allí. Fue nombrado ministro de Savannah sin su consentimiento; había aceptado el nombramiento para agradar a la comunidad local en vez de rechazarlo y hacer lo que sentía. La fe de los moravos tironeaba de su espíritu, pero él no estaba deseoso de arriesgar su posición o su propia seguridad para responder a ese llamado. John mostraba todos los signos de ser un hombre que tenía la apariencia de santidad, pero nada del poder que venía con ello. Afortunadamente, sin embargo, esto iba a cambiar pronto.

John Wesley conoció a Peter Bohler que había sido ordenado recientemente por el conde Zinzendorf, y comenzó a dialogar con él en alemán, Las discusiones de Bohler con John volvieron a mostrarle la posibilidad de tener una mayor relación con Dios de lo que él había experimentado hasta ese momento, pero en su mente todavía luchaba con las creencias de los moravos, muchas de las cuales entraban en conflicto con la suya propia. John estaba decidido a encontrar la santidad a través de la devoción, la determinación y la disciplina, mientras que Bohler enfatizaba que la salvación se alcanzaba solo por la fe en Jesucristo y que iría acompañada de amor, paz y gozo en el Espíritu Santo. John no llegaba
a comprender cómo esa creencia podía ser posible, pero tampoco podía dejar de pensar en ello. Estaba tan perplejo que se preguntó si no sería mejor para él dejar de predicar hasta encontrar esa fe en lugar de continuar con lo que él sentía que era hipocresía. Cuando le preguntó a Bohler si debía dejar de predicar, Bohler le respondió: “De ninguna manera“Pero ¿qué puedo predicar?“, preguntó Wesley. El moravo le respondió: “Predica sobre la fe hasta que la tengas, y entonces, porque la tienes, predicarás sobre la fe“.  Bohler viajó con Wesley de regreso a Oxford, donde Charles le enseñó inglés. Pasaba cada vez más tiempo en compañía de los hermanos, alentándolos en el desarrollo de la Sociedad Metodista.

Los hermanos Wesley se sentían perturbados ante la persistente convicción de Bohler de que la gracia se obtenía por fe solamente y de que la salvación seguía inmediatamente al reconocimiento de esa fe en lugar de ser algo por lo que se tenía que trabajar en el tiempo. “¿Me robará mis esfuerzos? No tengo nada más en que confiar“, escribió Charles. John decidió acudir a La Biblia en busca de respuestas, y se sorprendió por lo que encontró, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Casi toda proclama de salvación que había era, de hecho, instantánea, y la que más tiempo tomó fue la del apóstol Pablo, que llevó solo tres días. John tenía 35 años de edad en ese momento, y nunca antes había visto esto en Las Escrituras. Se preguntó si tal vez algo dentro de él había cambiado: “Pero me sacó de este retiro la evidencia de varios testigos vivientes que testificaron que Dios había obrado en ellos mismos, dándoles en un momento tal fe en la sangre de su Hijo, trasladándolos de las tinieblas a la luz, sin pecado y sin temor hacia la santidad y la felicidad. Aquí terminó la controversia. Podía ahora no solo gritar: “¡Señor, ayuda mi incredulidad!”.

Una sorpresiva carta llegó de parte de Charles, en la que informaba que había hecho las paces con Dios. Enfermo por segunda vez de pleuritis, que había amenazado su vida con anterioridad, fue a la casa de un hombre llamado Bray, un “pobre mecánico ignorante […] que no sabía nada, excepto de Cristo“.  Durante su estancia allí, el 21 de mayo de 1738, Charles encontró la fe y la seguridad de su salvación sobre la que Bohler les había enseñado a él y a su hermano. En esa misma hora, sus fuerzas volvieron a él y se levantó sano. John estaba contento por su hermano a causa de su renovada salud espiritual y física, pero no pudo evitar sentirse mucho menos digno de la salvación de lo que se había sentido antes. Expresó de esta manera su sentimiento de inutilidad: “Siento que estoy vendido como esclavo al pecado. Yo sé que me merezco nada más que la ira, pues estoy lleno de abominaciones. Todos mis trabajos, mi justicia, mi oración necesitan una expiación para sí mismas. No tengo nada que alegar. Dios es santo; yo soy impío. Dios es fuego consumidor; yo soy pecador, listo para ser consumido. Sin embargo, oigo una voz: “Cree, y serás salvo. El que cree ha pasado de muerte a vida” ¡Oh, que nadie nos engañe con palabras vanas como si ya hubiéramos alcanzado esta fe! […] Salvador de los hombres, sálvanos de confiar en cualquier cosa que no seas tú! ¡Atráenos a ti! Permite que nos vaciemos de nosotros mismos y luego llénanos de todo gozo y paz al creer, y que nada nos separe de tu amor ni ahora ni en la eternidad.”

En la tarde del miércoles del 24 de mayo de 1738, ocurrió el milagro: 

En la noche fui sin demasiadas ganas a una sociedad de la calle Aldersgate, en la que alguien leía el prefacio de Lutero a la epístola a los Romanos. A eso de las nueve menos cuarto, mientras él describía el cambio que Dios obra en el corazón por medio de la fe en Cristo, sentí que mi corazón estaba extrañamente cálido. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solo, para salvación; y recibí la seguridad de que Él se había llevado mis pecados, incluso los míos, y que me había salvado de la ley del pecado y de la muerte. […] Entonces, les testifiqué abiertamente a todos los que estaban allí lo que había sentido en mi corazón.

Los moravos les habían dado a los hermanos Wesley la llave que ellos necesitaban para transformar su nación: el nuevo nacimiento. Inglaterra quedó atrapada en las garras de la creencia calvinista de que nadie podía saber quién estaba predestinado a ser salvo, así como también a la enseñanza de la iglesia anglicana, que afirmaba que los sacramentos eran la tarea necesaria de cualquiera que esperara estar predestinado para la salvación. El renacimiento metodista transformaría a Inglaterra, pues enseñaba que no solo se podía saber que se era salvo, sino también que se podía recibir esa salvación de forma inmediata y tener paz en el corazón a partir de entonces. Después, cuando se añadieron a esto los “métodos” de John de la búsqueda de la santidad -que incluía “sociedades unidas” para que los creyentes se reunieran regularmente, centrándose en la oración, el ayuno y el estudio de Las Escrituras- el  avivamiento tenía ahora no solo un marco, sino también la chispa del Espíritu Santo y el poder de Dios para la transformación.
Esa fue una época trascendental para John y Charles, quienes de repente se sintieron desafiados a renunciar a la estricta adhesión a su piedad ascética por una singular pasión de ver a los perdidos salvos por la fe personal en Cristo. Charles se dedicó a escribir himnos que proclaman la bondad y la gracia de Dios. John comenzó de inmediato a predicar las “buenas nuevas”

El día de Año Nuevo de 1739, Whitefield, que hacía poco había vuelto de su ministerio en Georgia, reunió a los hermanos Wesley y a otras personas para una reunión. Cuando llegó la medianoche, oraron y adoraron. Esto continuó hasta la mañana, pues fervorosamente buscaron la voluntad y la dirección de Dios. Entonces, como a eso de las tres de la tarde, el poder de Dios se movió de una forma inusual. Todos los presentes se postraron, clamando y llorando con gozo. Después, “estallaron con una sola voz: ‘Te alabamos, Dios: reconocemos que eres el Señor”‘.  Una renovada compasión los envolvió a medida que el amor y la misericordia que sintieron por el perdido los hacía volver a entregar su vida por la causa del Evangelio. Whitefield reconoció el poder que se manifestó en esa ocasión al decir: “Era una temporada de Pentecostés, sin ningún lugar a dudas. Algunas veces, toda la noche se pasaba en oración. A menudo, hemos sido llenados como con vino nuevo, y con frecuencia los he visto abrumados con la divina presencia y clamar: “¿Habitará Dios realmente con los hombres sobre la Tierra? ¡Cuán terrible es este lugar!¡Esta no es otra que la casa de Dios y la puerta del cielo!

Lo que el Espíritu Santo les impartió en  aquel tiempo llevaría a los presentes -en especial a John, Charles y George- a niveles de ministerio completamente nuevos. Sería el año en
que comenzaría el gran avivamiento metodista o gran avivamiento.
De ahí en adelante, y debido al énfasis en el trabajo y el ministerio del Espíritu Santo, Whitefield, los hermanos Wesley y sus seguidores fueron conocidos como los “entusiastas” Sus reuniones tenían la reputación de ser emocionales e impredecibles. Se hizo circular ampliamente un panfleto impreso que explicaba la interpretación griega de “entusiasta” como “poseído por un espíritu divino” Creyendo que los “entusiastas” habían caído presa de un tipo de espíritu incorrecto, la Iglesia de Inglaterra les cerró las puertas. Sin embargo, esto no pareció importar, pues Dios ya estaba plantando semillas de entendimiento en el corazón de Whitefield sobre lo que estaba por venir. En una ocasión en particular, cuando las multitudes no fueron admitidas por falta de espacio pues el edificio ya estaba lleno, Whitefield se sintió impulsado a salir y a pararse sobre una lápida para dirigirse a los cientos de personas reunidas afuera. No iba a pasar mucho hasta que comenzara a predicar al aire libre de forma regular, lo que atrajo a audiencias mayores que las que podía albergar algún edificio británico.

Para la primavera de 1739, tras la insistencia de Whitefield, John se dio cuenta de que ya no tenía nada que hacer, sino llevar su prédica fuera de las puertas de la iglesia. Ese marzo, siguió a su amigo a Bristol. Whitefield ya había profundizado en la predicación al aire libre en la bulliciosa zona de Bristol, con la esperanza de llegar a la multitud de mineros y trabajadores de los astilleros de ese lugar. El 29 de marzo, John y Charles acompañaron a Whitefield a la plaza del pueblo con la intención de llevar el mensaje de fe a todo aquel que quisiera escucharlo. Al principio, John se opuso a predicar al aire libre, pero cuando Whitefield comenzó, una ruidosa multitud se reunió por pura curiosidad. ¿Estaban preparados sus corazones para escuchar las verdades sagradas que estaba a punto de decir? Mientras los pensamientos de incertidumbre inundaban la mente de John, Whitefield, sin dudar de aprovechar esa oportunidad, habló de forma valiente, inspirando a los ansiosos oyentes con La Palabra de Dios. Al verlo, John se conmovió por la multitud de rostros tan sedientos del agua de La Palabra.
Al día siguiente, John se paró en una pequeña colina en las afueras del pueblo y dio su primer mensaje al aire libre a tres mil personas. John estaba tan entusiasmado y lleno de energía por la experiencia que no podía esperar la siguiente oportunidad de predicar al aire libre. Una vez que experimentó la emoción de predicar en el campo, no hubo vuelta atrás. Había encontrado a una audiencia dispuesta, y aunque no siempre era receptiva, John sabía que él tenía que compartir lo que las personas más necesitaban. Desde ese día en adelante, hasta prácticamente el día de su muerte, John predicó a todo aquel que quisiera escucharlo, no solo todos los días, sino tres o cuatro veces al día. John predicó en todo lugar en que podía: en graneros, campos y plazas de pueblos. Las palabras de John eran tranquilas y medidas, pero parecían penetrar directamente al corazón de quienes lo escuchaban.

John tenía el don de tocar a las personas con la presencia de Dios a través de sus sermones
y Charles, a través de sus himnos. Escribió himnos y poesía de forma tan prolífica que menos de un año después publicó el primer volumen de sus canciones, a lo que siguieron muchos volúmenes más en los años posteriores. Como describió John una vez su relación con Charles: “De alguna manera, yo podría ser la cabeza, y tú, el corazón de la obra”. Los himnos y los sermones compuestos por los hermanos Wesley proveyeron el fundamento sobre el cual se construyeron la doctrina y las prácticas religiosas del metodismo. No pasó mucho tiempo antes de que utilizaran la página impresa para expandir el alcance de su ministerio. Estuvieron entre los primeros evangelistas en publicar sermones, himnos, lecturas devocionales e incluso una revista mensual. La manera innovadora de la enseñanza bíblica y la adoración grupal fueron tan efectivas en hacer conocido a Cristo que
cientos de convertidos se añadían todos los días.

La Iglesia Anglicana no le concedió una parroquia propia, y le prohibió predicar en las parroquias de otros; John escribió:
En Las Escrituras, Dios me ordena, según mis posibilidades, que instruya al ignorante, reforme al malvado y confirme al virtuoso. El hombre me prohíbe hacerlo en la parroquia de otro, esto es, prácticamente, no hacerlo, viendo que ahora no tengo mi propia parroquia y probablemente nunca la tenga. ¿A quién debo oír? ¿A Dios o al hombre? Veo al mundo entero como mi parroquia; quiero decir con esto que en cualquier parte del mundo en que me encuentre, considero que es apropiado, correcto, y es mi tarea imperiosa declararle a todo aquel que esté dispuesto a escuchar las felices nuevas de salvación.

En un día promedio, John predicaba tres veces y viajaba unos 32 km a caballo. Todas las mañanas las comenzaba predicando a las cinco de la mañana, para alcanzar a los obreros en su camino a los campos. Volvía a predicar al mediodía, cuando los trabajadores paraban a descansar, a lo que seguían dos o más veces por la noche. El tiempo no le hacía alterar el programa. Los hermanos siempre cumplían con todos los compromisos, sin importar las circunstancias. Algunas veces, los hermanos Wesley cubrían casi 97 km por día para llegar a tiempo a un destino fijado de antemano. Viajaban sin descanso y se reunían con las personas en cualquier lugar en que estuvieran, para conocer sus necesidades y cómo podían ayudarlas espiritual, mental y físicamente.

En marzo de 1740, John había dado un mensaje titulado “Gracia libre”, en el que proclamó: “La gracia o el amor de Dios, de donde procede la salvación, es completamente gratis, y gratis para todos“. Esta afirmación estaba en abierto contraste con la doctrina de la predestinación calvinista, que era la creencia aceptada de esa época, y Whitefield de inmediato cuestionó la verdad del sermón de John. Y aunque George era un evangelista tan ungido como eran los Wesley, no era el teólogo que era John. Cuando la controversia comenzaba a asomarse, Whitefield se dirigió a Estados Unidos en agosto de 1740, específicamente a Nueva Inglaterra, la tierra de los calvinistas puritanos. A medida que sus cartas, que cuestionaban la postura de John [arminianismo], cruzaban el Atlántico, leía mucho sobre el tema, solo en los libros sugeridos por quienes lo rodeaban, los calvinistas puritanos. Cuando John publicó su sermón en 1740 en contra de las recomendaciones de Whitefield, las tensiones solo empeoraron. Whitefield respondió en defensa de la predestinación, a lo que John respondió con un contraargumento, por medio de la publicación de “Gracia gratuita” en los Estados Unidos. Charles se hizo eco de la doctrina en sus himnos, y escribió Ven, oh viajero, tú, desconocido, poniendo en mayúsculas “ERES PURO AMOR UNIVERSAL”. De todas manera Whitefield también predicaba:  “Ven, pobre, perdido, pecador”, en Glasgow, Escocia, invitando a su audiencia: “Abre la puerta de tu corazón, que el Rey de gloria, el bendito Jesús venga y edifique su Reino en tu alma. Haz lugar para Cristo. El Señor Jesús desea cenar contigo esta noche. Cristo está dispuesto a entrar en cualquier corazón que esté dispuesto a abrirle y recibirlo”. Aunque adherir al calvinismo hacía que pudiera encajar con los puritanos norteamericanos, no era una buena prédica, así que en la parte práctica era más sencillo llamar a todos a acercarse a Jesús a través de su propia voluntad libre y dejarlo a Él solucionar quién estaba predestinado y quién no. Pese a que ambos bandos nunca más volvieron a reunirse, la animosidad entre Whitefield y los Wesley se había enfriado hacia 1742, y para 1749, volvieron a ministrar en las mismas conferencias.

Si la salvación de Dios era libre para todos, entonces no existían restricciones de clase para limitar quién podía unirse a la sociedad metodista, divergencia significativa de las restricciones impuestas por la Iglesia de Inglaterra acerca de quién podía asistir a los servicios y recibir los sacramentos. Y si la fe era un don gratuito que podía crecer y desarrollarse, tenía sentido que los “métodos” metodistas de las reuniones de la sociedad unida, que eran la oración regular, la lectura de Las Escrituras, el ayuno y la realización de buenas obras para ayudar al pobre, al huérfano y al encarcelado fueran todavía de gran importancia. Además, los hermanos Wesley siguieron adelante no solo para predicar el Evangelio, sino también para organizar sociedades a fin de asegurarse de que la voluntad de Dios para todos se hiciera así en la Tierra como en el cielo.
En 1742, los hermanos Wesley fundaron un orfanato y una escuela dominical en Newcastle. Cuatro años después, en 1746, fundaron la primera de muchas clínicas médicas para los pobres, en Londres. En esa época, John comenzó a publicar sus sermones para que fueran utilizados como devocionales a fin de usar las ganancias para brindar apoyo financiero a las clínicas. Les enseñó a los pobres que ellos podían mejorar por sí mismos desde adentro, en lugar de depender de la ayuda del gobierno. Lo más importante es que decidió ofrecer una iglesia no solo para el pobre y desposeído, sino también para el trabajador común, no evangelizado, aquellos que la Iglesia de Inglaterra alejaba porque carecían de maneras refinadas y del vestuario apropiado.

El 8 de abril de 1749, John ofició en el casamiento de Charles con Sarah Gwynne. Poco después, Charles se retiró de la mayor parte de su ministerio itinerante para establecerse con su creciente familia en Bristol. Charles y su esposa disfrutaron de una feliz unión y compartían el interés común en la música y la adoración mientras supervisaban las oficinas centrales de Bristol y ministraban juntos localmente. Tuvieron ocho hijos, pero solo los tres menores alcanzaron la edad adulta. Tal vez esto motivó a John a pensar en el matrimonio. En el agosto anterior, se había enfermado en Newcastle y había recibido asistencia de una hermosa y joven mujer llamada Grace Murray, hasta recuperarse. John decidió hacerla su esposa. Grace, viuda de un marinero, se había convertido en miembro y, al poco tiempo, en líder de una sociedad metodista de Newcastle. El liderazgo de la mujer no tenía precedente en esa época, pero los hermanos Wesley valoraban el aporte de la mujer y respetaban el llamado que Dios había puesto en sus vidas como ministros. Sin lugar a dudas, su actitud hacia la mujer estaba influida por los roles que la madre y las hermanas habían tenido en su formación espiritual. Las hermanas mayores habían sido valoradas confidentes y consejeras. Más adelante, su hermana Hetty demostró ser invaluable para ellos como maestra y asistente administrativa en Londres. John dijo una vez: “¿No podrán las mujeres tanto como los hombres tener parte en este honorable servicio? Sin lugar a dudas, pueden; deben. Es su necesidad, derecho y obligación ineludible. No existe diferencia. No hay hombre ni mujer en Cristo Jesús“. Wesley elogiaba su trabajo al decir: “Vi cómo la obra de Dios prosperaba en sus manos. Ha sido para mí tanto una servidora como una amiga, como también una compañera de trabajo en el Evangelio“.  Otro líder metodista, John Bennet, también se había enamorado de ella y comenzó a cortejarla. Grace le escribió a John Wesley diciéndole: “Lo amo a usted mil veces más de lo que jamás amé a John Bennet en mi vida. Pero me temo que si no me caso con él, enloquecerá“. Charles Wesley también la alentó a casarse con Bennet, pues se oponía a que ella se casara con su hermano. Finalmente, Grace se casó con Bennet. Esta desilusión provocó que John se casara precipitadamente con la viuda Mary “Molly” Vazeille, quien tenía cuatro hijos. Esta decisión apresurada fue el error más grande en la vida de John, pues Molly le había asegurado que sus constantes viajes no iban a ser un problema, pero descubrió rápidamente que no estaba hecha para ser la esposa de un ministro itinerante. Pronto se sintió sola y celosa mientras John estaba afuera, luego acordaron que Molly viajaría con él, lo que hizo en bastante medida durante los siguientes cuatro años. Pero cuando el carruaje en que viajaban fue atacado por una pandilla, Molly dejó de viajar con John. Volviéndose cada vez más celosa y amargada por la constante ausencia de John, Molly comenzó a abrir su correo y a leer sus papeles personales, y lo amonestaba ante cualquier referencia o correspondencia con otra mujer. Su temperamento se hizo evidente para los allegados a la familia. Con ira, comenzó a entregar sus papeles privados a los enemigos o a publicarlos en los periódicos, algunas veces incluso reescribiendo la forma en que las cartas iban a publicarse para hacer que su esposo se viera aún peor. Algunas veces viajaba cientos de kilómetros solo para ver con quién viajaba John en su carruaje cuando llegaba a alguna ciudad. En una ocasión, encerró a Charles y a John en una habitación a fin de confrontarlos con sus faltas, y solo pudieron escapar recitándole poesía en latín hasta que ella no lo soportó más. En otra oportunidad, uno de los miembros del equipo de John encontró a este y a Molly en su cuarto de hotel, y la enfurecida Molly estaba parada encima de John, tomándole el mechón de cabello con el cual lo había arrastrado por toda la habitación. Molly dejó a John varias veces, pero siempre regresaba en respuesta a sus ruegos. En 1771, lo dejó durante más de un año, antes de regresar. Recién cuando Molly falleció, en 1781, en el hogar de John se restauró la paz. Fueron treinta penosos años.

Durante cinco décadas, John Wesley viajó por todas las zonas rurales de Inglaterra, Escocia e Irlanda, predicando, enseñando, aconsejando y orando con comerciantes, trabajadores, granjeros y gente común de todo tipo. Dejó grupos de convertidos que aprendieron a reunirse semanalmente para confesar sus pecados, alentarse unos a otros en oración y fortalecer su fe a través del estudio bíblico. Enseñó la adhesión a un estándar recomendado de conducta moral. John a menudo predicaba: “El alma y el cuerpo forman al hombre; el espíritu y la disciplina, a un cristiano“.

En 1744, después que los Wesley establecieran cientos de sociedades por toda Inglaterra, se llevó a cabo la primera conferencia metodista anual, en la ciudad de Londres. Todos los predicadores laicos y los líderes se congregaban para escuchar a John, recibir aliento o reprimenda, exponer los problemas significativos y proponer soluciones. Esta conferencia era parte del plan de John para satisfacer las necesidades espirituales e intelectuales de los predicadores itinerantes y los líderes locales. Además de establecer la conferencia anual, también publicó libros sobre diversos temas, con el propósito expreso de educar a su creciente grupo de maestros. Publicó sus mejores sermones y otras obras teológicas clásicas a bajo costo, y utilizó las ganancias para establecer escuelas para educar a quienes estaban interesados en convertirse en maestros bíblicos. Wesley abogaba por el desarrollo del intelecto y de los aspectos sociales y emocionales de la vida cristiana, incluso para quienes no estaban llamados a un ministerio a tiempo completo.

John Wesley comprendía que no solo había que evangelizar, sino que la clave estaba en discipular: “Predicar como un apóstol, sin unir a los que están renovados ni entrenarlos en los caminos de Dios, es solo engendrar hijos para el homicida. ¡Cuánta predicación ha habido en estos veinte años! Pero no hay sociedades regulares, ni disciplina, ni orden, ni relación; y la consecuencia es que nueve de cada diez personas que alguna vez experimentaron el avivamiento ahora están más dormidas que nunca“.

Un contemporáneo de Wesley, que era corresponsal del New York Evangelist, escribió: “La primera vez que estuve en compañía del reverendo John Wesley, le pregunté qué debía hacerse para mantener vivo el metodismo una vez que él muriera, a lo que respondió inmediatamente: “Los metodistas deben prestar atención a su doctrina, su experiencia, su práctica y su disciplina [ … ]; si ellos no se ocupan de su disciplina, serían como las personas que dedican un gran esfuerzo a cultivar el jardín y no le ponen una cerca alrededor para resguardarlo de los jabalíes del bosque.”

John tenía la fuerte convicción de que la estricta vigilancia del alma era de primordial importancia para una duradera victoria en Cristo. Esto era así tanto para el individuo como para el Cuerpo de Cristo. Todos los aspectos de la vida debían llevarse a “la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5). “¿Es de asombrarse que encontremos tan pocos cristianos?“, preguntó Wesley. ¿Dónde está la disciplina cristiana? ¿En qué parte de Inglaterra se añade disciplina cristiana a la doctrina cristiana? Wesley sentía que la iglesia como un todo necesitaba disciplina y creía firmemente que “donde sea que se predique la doctrina, si no hay disciplina, no puede tener todo su efecto sobre los oyentes“.

En 1770, George Whitefield falleció a la edad de 56 años. Cuando a John le preguntaron si esperaba ver a Whitefield en el cielo, contestó: “No … no me malinterpreten. George Whitefield era una estrella tan brillante en el firmamento de la gloria de Dios y estará tan cerca del trono que alguien como yo, que es menos que el más pequeño, nunca podrá alcanzar a verlo“. 

A la edad de 86 años, durante un viaje de nueve semanas a Irlanda, John predicó cien sermones en sesenta ciudades y pueblos. Seis de esos sermones los predicó al aire libre. El 22 de febrero de 1791, predicó su último sermón desde el púlpito en la capilla City Road, en Londres. Al día siguiente, predicó su último sermón de este lado del cielo, en la casa de un amigo en Leatherhead, acerca de “Busquen al Señor mientras se deje encontrar” Al día siguiente, el 24 de febrero de 1791, John Wesley escribió su famosa carta a William Wilberforce -miembro del Parlamento que dedicó su vida a poner fin a la esclavitud en el Imperio británico-, alentándolo a continuar con su cruzada contra el comercio de esclavos. Aunque ya no podía continuar predicando sobre la causa de Cristo, en su carta escribió: “Pero si Dios está de su parte, ¿quién puede estar en contra de él? ¿Son todos ellos juntos más fuertes que Dios? ¡No se canse de hacer el bien! Prosiga, en el nombre de Dios y en el poder de su fuerza, hasta que incluso la esclavitud americana (la peor que alguna vez se haya visto debajo del sol) se esfume ante él. [La firmó como “su afectísimo servidor, John Wesley”]

El 2 de marzo de 1791, rodeado de sus seres queridos, dio su último aliento. Durante su ministerio, John Wesley viajó más de 402.335 km a caballo (8046,7 km por año), una distancia equivalente a diez vueltas alrededor del mundo. Predicó más de cuarenta mil sermones y publicó más de cinco mil sermones, panfletos y libros de todo tipo. Hasta el momento de su muerte, Wesley tenía 79.000 seguidores. En la actualidad, solo en Inglaterra, hay 800.000 miembros de la iglesia metodista y setenta millones de miembros en todo el mundo. John Wesley llevó el desafío de una nueva vida a la iglesia anglicana cuando esta había perdido de vista a Cristo como el máximo Redentor. Al predicar la justificación por fe, John y Charles Wesley sacaron a muchos miles de personas de las masas olvidadas de Inglaterra de sus desafortunadas circunstancias y malos hábitos, haciéndoles tener esperanza de justicia y salvación. Los apasionados esfuerzos de John por llevar el conocimiento de la redención a la humanidad se sintieron no solo en Inglaterra, sino en todo el continente europeo y en el mundo en vías de desarrollo, predominantemente en América. Como dijo Rigg sobre él: “Parece haber tenido una convicción determinada y rectora de que había un gran trabajo que realizar para la iglesia, y el mundo, un trabajo que Dios lo había llamado a realizar. Vio a su alrededor la necesidad de un trabajo semejante: un mundo vacío y sin corazón, lleno de corrupción, vanidad e inquietud; y una Iglesia abúlica, indisciplinada e insensible. Él sentía que dentro de sí se agitaba fuertemente el poder y el llamado de despertar y organizar a la Iglesia y de impactar y convertir al mundo.90 Sin lugar a dudas, el mundo iba a ser tocado por los Wesley, ya que el metodismo proveería el camino del avivamiento hasta muy avanzado el siglo siguiente.”

Extractos del libro Gods Generals III , de Roberts Liardon. Diarios de Avivamientos 2019

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Los evangélicos y Notre Dame

En cada uno de nosotros existe el peligro latente de trasponer los límites del celo, y caer en el fanatismo sin apenas darnos cuenta; a todos nos puede pasar. Mientras que el celo es: “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo, o interés extremado y activo que alguien siente por una causa o por una persona”; el fanatismo consiste en: “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”, o también: “preocupación o entusiasmo ciego por algo”.

Nuestro celo y pasión por el Evangelio nos lleva a abrir los ojos y estar atentos, por medio del discernimiento, hacia todo aquello que pueda contribuir a la proclamación de las Buenas Noticias de Jesucristo, y a la extensión del reino de los cielos. Pero nuestro fanatismo nos vuelve ciegos y nos lanza hacia adelante como un caballo desbocado pisoteando todo lo que encontramos a nuestro paso. El fanático cree que ayuda, pero destruye, cree que edifica pero en realidad derriba; es un soldado ciego con un espada en la mano, lastimando más a los suyos que a los del enemigo. La Iglesia necesita apasionados, no fanáticos.

Con el incendio de la Catedral de Notre Dame, las “páginas y foros cristianos” han contribuido a hacer visibles a los fanáticos entre nosotros, a aquellos que se autoperciben como una especie de profeta Elías cibernético ¡y que el fuego caiga sobre aquellos que no piensan como ellos! La diferencia entre Elías y ellos, es que el profeta enfrentaba a sus adversarios cara a cara y Dios se manifestaba visiblemente a favor de él. Pero en cambio, estos fanáticos solo pueden encender aquel fuego del que habla Santiago:

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. [Santiago 3:5-9]

La Catedral de Notre Dame fue construida entre los siglos XII y XIII, es una joya de la arquitectura medieval, gótica, y Patrimonio de la Humanidad. Y nos guste o no, forma parte de la Historia de la Iglesia. Sí, porque los que piensan que no hubo verdadera iglesia entre el siglo I y el siglo XVI se equivocan, o al menos dudan de las palabras de nuestro Señor:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. [Mateo 16:18] 

La Iglesia siempre existió de una manera u otra,  pero nunca el infierno la derrotó o prevaleció sobre ella. Hubo momentos de mayor esplendor en un sitio y penumbras en otro, pero la Iglesia siguió avanzando a través de los siglos, victoriosa. La Iglesia anterior al S. XVI también es nuestra iglesia, es nuestra historia; es nuestro patrimonio, con sus virtudes y defectos. Creer que la verdadera Iglesia comenzó a existir a partir de la Reforma Protestante es simplemente ignorar la Historia y el obrar de Dios. El gran Reformador y padre de la Reforma Protestante, Martín Lutero, nunca tuvo la intención de “destruir la continuidad de la Iglesia”, o tirar a la basura la historia de los siglos anteriores. Si entendemos el término reformar como modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo, o también como enmendar, corregir la conducta de alguien, haciendo que abandone comportamientos o hábitos que se consideran censurables, podremos comprender cuál fue la intención de Lutero. Se trata de corregir y enmendar con el fin de mejorar, de edificar con más excelencia, no de destruir todo lo anterior.

Algunos evangélicos creen que la historia de la Iglesia empieza donde comienza su denominación, otros ni siquiera saben que tienen historia. Pero nuestra historia está allí, en una continuidad que traspasa los 20 siglos y nos trae toda la riqueza de los aciertos, y las enseñanzas de los fracasos. Odiar o ignorar parte de nuestra historia no nos hace más sabios ni más espirituales, sino simplemente fanáticos. ¿Cómo puede alguien, medianamente inteligente, alegrarse por la destrucción de una obra de arte? Pues al parecer muchos evangélicos actúan como fanáticos talibanes, pensando que destruir es vencer. No se trata de ecumenismo, se trata de civilización. Dios no nos mandó a destruir sino a edificar, a mejorar, a restaurar, a reformar, a llevar una Buena Noticia; no a base de pistolas o de hogueras.

Entrar a una iglesia o catedral gótica y sentarse  en medio de esa maravillosa conjunción de silencio y piedra, de luces y sombras, de vitrales y rosetones, de arcos, pórticos y ábsides, es una invitación a meditar sobre la brevedad de nuestra vida, y la de todos aquellos que siglo tras siglo se sentaron en ese mismo lugar a reflexionar sobre la eternidad. Somos parte de la Historia, debemos comprenderla para seguir reformándonos exitosamente.

Soy cristiano, evangélico y pentecostal; pero no dejaré que el fanatismo me ciegue de tal manera que me haga creer que solo yo (y los que piensan como yo) somos los poseedores absolutos de la verdad. He tenido el privilegio de contemplar la belleza arquitectónica de iglesias góticas como Santa María del Pino, basílicas como Santa María del Mar, el Monasterio de Monserrat, y muchos más. Me he deleitado contemplando la mirada de Jesús en obras maestras como “El expolio” del Greco, en la Catedral de Toledo, o en el Pantócrator del ábside de Sant Climent de Taüll, o en infinidad de obras de arte del Museo del Prado.  Porque la Historia de la Iglesia es también parte de mi historia, y yo soy parte de ella.   Y podríamos también hablar del arte de la Iglesia Ortodoxa, de la iglesia Copta y de todas las que forman parte de la gran historia del cristianismo. 

La ignorancia es la madre del fanatismo, pero es el conocimiento el que nos ayuda a abrir los ojos y darnos cuenta en dónde estamos parados, y hacia dónde vamos. ¿Destruiremos el Coliseo romano, y los demás anfiteatros que se conservan, porque fue un lugar de impiedad?, ¿deberíamos alegrarnos de la destrucción del Partenón, de las cuevas de Altamira, o de Chichén Itzá? No es destruyendo la historia, sino aprendiendo de ella como podemos superarnos. 

Las hogueras en la Iglesia nunca se apagan, siempre hay alguien que está dispuesto a poner su leño para quemar a otro. Los inquisidores siguen estando entre nosotros haciendo listas negras de libros o autores que podemos o no leer; y no se cansan de tratarnos como tontos  al señalar como hereje a todo aquel que no pertenece a su denominación, o a su “tradición histórica”. No vamos a llevar a nadie hacia Cristo usando de burla y violencia, o riéndonos de sus defectos o desgracias; no podemos bendecir a Dios con nuestra lengua y con esa misma lengua maldecir a los hombres hechos a semejanza de Dios [Santiago 3:5-9].

“Si la verdad te hizo libre, el amor te haga siervo” [S. AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, Sal 99,7.]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 2019

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