Por qué sigo siendo Pentecostal – Lo que no te contaron sobre los Pentecostales Capítulo III

Los pentecostales son nada más que la basura que las otras iglesias han descartado”  Esta era la opinión de muchos protestantes en la primera mitad del Siglo XX, cuando el pentecostalismo se extendía, imparable, a todas las naciones. Hoy, más o menos un siglo después, los pentecostales han pasado a ser “la basura más codiciada” por aquellas iglesias cuya única manera de crecer, es pescando en río ajeno.

Estas denominaciones históricas, que ya llevan más de un siglo esperando y soñando con un despertar espiritual, son las mismas que menospreciaban a los pentecostales mientras miraban al cielo esperando su particular “avivamiento genuino”. Pero al igual que los judíos esperando su “mesías”, les ha crecido la barba hasta el suelo, y la esperanza se les ha convertido en impaciencia. ¿Cómo pueden pretender un avivamiento quienes le niegan al Espíritu Santo la soberanía? Sí, porque negar la vigencia y operatividad de los dones, sin tener el más mínimo fundamento bíblico para ello, es resistir al Espíritu o apagar el fuego de su don.

“algunas personas, por naturaleza, tienen miedo de lo sobrenatural, lo fuera de lo corriente y el desorden. Puedes temer tanto al desorden, y estar tan preocupado con la disciplina, el decoro y el control, que te hagas culpable de lo que la Biblia llama “apagar al Espíritu”. No tengo la menor duda de que ha habido mucho de esto.” (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. I)

Estas denominaciones, pretenden una especie de avivamiento que sea del tipo de aquellas señoras elegantes que intentan correr sin despeinarse, es decir, correr pero que no les afecte mucho; no vaya a ser que se pierda aquella apariencia que tanto les costó conseguir.

 “¿Qué es un avivamiento religioso? Se reconoce generalmente que la mejor forma de definir un avivamiento es como una vuelta de la Iglesia al libro de Hechos, una especie de repetición de Pentecostés, el Espíritu derramándose nuevamente sobre la Iglesia. Esto, naturalmente, es una porción de doctrina imprescindible y esencial.” (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. II)

Estas iglesias, con apariencia de “señoras elegantes”, quieren un Pentecostés sin el estruendo de un viento recio, sin lenguas como de fuego y sin manifestaciones sobrenaturales, es decir, no están dispuestas a aparecer delante del mundo como si estuvieran “llenas de mosto”. Quieren un Pentecostés, sí, pero que se parezca lo menos posible al original.

“Vemos que el acento se pone en el sosiego, la sobriedad… Leemos frases como: “La plenitud del Espíritu no implica tanto una experiencia mística privada como una relación con Dios”. Todo esto no es sino minimizar el aspecto experimental de la cuestión… De manera que cualquier impresión que pueda darse en cuanto a que se trata de una cosa tranquila, sobria y que pasa casi inadvertida, me parece que raya en lo que el Apóstol llamaría “apagar al Espíritu”…Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios… Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. ¿Sobrio? ¿Tranquilo? ¿Recatado? Querido amigo, ¿por qué no prestar atención a las pruebas? Este es el tipo de cosa que sucede cuando el Espíritu “viene” sobre un hombre. Hasta el edificio tembló, y esta tremenda exaltación de espíritu tuvo lugar en la experiencia de los Apóstoles y los demás creyentes.”  (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. III)

Como pueden ver, uso textos del Dr. Martin Lloyd-Jones, porque no es alguien a quien podríamos tildar de neófito o fanático; y porque es alguien imparcial o ajeno al Movimiento Pentecostal.

Pero sigamos con esta bonita, y a la vez muy triste historia…

Al ver que ese tan anhelado “avivamiento sobrio y recatado” no llega, algunos líderes denominacionales han dejado de mirar hacia arriba y han comenzado a mirar hacia los costados,  a contemplar los sembrados ajenos… tan verdes… tan florecidos… tan llenos de frutos… Han comenzado a poner la mirada en los apriscos ajenos… tan llenos de ovejitas… tantas multitudes… tantos corderitos… Han observado fijamente los ríos ajenos… rebosantes de vida… tantos peces… y ¡Eureka!… Aquellos que antes eran la “basura” ahora han pasado a ser “las preciosas almas que necesitan de nosotros para conocer la sana doctrina”… ¿Y cómo le llamamos a esto?… ¿“Pescando en río ajeno”… “Entrando en las labores de otros”… “Robando en rebaño ajeno”…“Seduciendo Pentecostales”?… ¡No!… Llamémosle “Nueva Reforma”, que suena más espiritual.

Es notable ver que quienes más se jactan de interpretar correctamente a Pablo, se alejaron del espíritu correcto que tenía el mismo Pablo

Romanos 15:17-20  Tengo, pues, de qué gloriarme en Cristo Jesús en lo que a Dios se refiere. Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo. Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno

Ay Pablo… Pablo… ¿no ves que solo han llegado a tu capítulo 9 de Romanos y allí se estancaron?… ¡cómo le vamos a pedir que entiendan el capítulo 15! Por cierto, ya que a ellos les gusta poner el ejemplo de la Iglesia de Corinto para atacar a los “pente” -¿Quién fundó esa iglesia? …. -¿Cuál?… -La de los corintios… –Pablo… –Bien, ¿y quién corrigió sus excesos? ¿Fue Pedro, Santiago o Juan?… –No, no, ninguno de ellos, fue Pablo mismo quien los corrigió…

¿Se imaginan a Pedro o a Juan yendo a la iglesia de Corinto a corregir sus excesos? ¿Qué hubiese dicho Pablo sobre eso? Pedro y Juan tenían autoridad apostólica, obviamente, pero nunca se habrían entrometido en fundamento ajeno.

¿Entonces por qué no dejan que los pentecostales nos encarguemos de nuestras congregaciones? ¿Vosotros fuisteis los pioneros que se desgarraron las manos arrancado los cardos y espinos para preparar el terreno y sembrar? ¿Vosotros tuvisteis que soportar la burla y la persecución de los católicos y de las “denominaciones históricas”? ¿Vosotros sembrasteis día y noche regando con vuestras lágrimas los surcos? ¿Vosotros os llenasteis de lodo vuestros pies para que ninguna semilla se perdiese? ¿Vosotros fuisteis hasta los lugares más remotos a buscar las ovejas más descarriadas, y las trajisteis al redil sobre vuestros hombros?  ¿Vosotros os preocupasteis de nosotros cuando éramos la “basura”?… No, no y no ¿Entonces por qué ahora queréis participar de los frutos que no llevan vuestro sudor? ¿Por qué no enviáis vuestros evangelistas? ¿No tenéis?… ¿Por qué no hacéis campañas y predicaciones al aire libre para ganar nuevas almas? ¿Os da vergüenza? Claro, es más fácil y más fashion hacer conferencias, aplaudirse unos a otros y felicitarse mutuamente por ser los auténticos portadores del Evangelio, mientras se afirma descaradamente que América latina no conocía la sana doctrina… hasta que llegaron ellos.

Y como si esto no fuese suficiente, ahora proliferan los artículos por facebook, del tipo: “Yo era pentecostal” o “Por qué ya no soy pentecostal”, donde narran sus dolorosas experiencias aquellos que han sido librados de tan horrible pasado. Testimonios que me recuerdan a los que suben los católicos en sus páginas de apología: “Protestante regresa al catolicismo” Y exhiben al pródigo como un gran trofeo, sin mencionar, eso sí, que por uno que regresa al catolicismo mil salen de él.

Escribo esta serie de artículos, para demostrar la falacia de los que ahora, “a salvo en la otra orilla”, nos hacen señas de que abandonemos nuestro redil y nos unamos a ellos en esta cruzada anti-pentecostal, que no busca otra cosa que robar frutos ajenos.

Llevo más de 30 años en la iglesia pentecostal, lo suficiente para conocerla y amarla con sus defectos y virtudes. Desde esta página he atacado continuamente los excesos del neo-pentecostalismo y del pentecostalismo clásico, pero desde dentro. No voy a salir corriendo tras una “más joven y con más curvas”, como hacen estos que mencioné, encandilados por lo “nuevo”. Estoy tranquilo porque sé que con el tiempo terminarán igual que donde estaban. Antes estaban bajo “el entusiasmo pentecostal”, y ahora están entusiasmados “con sus nuevas doctrinas”, solo han cambiado un entusiasmo por otro, hasta que se aburran de nuevo y se vayan “con otra”; o simplemente se sumerjan en el letargo de la frustración del cobarde, es decir, de aquel que no se quedó a luchar sino que huyó.

Empezaré aclarando algo muy importante, no estoy en contra de quienes han abrazado un punto de vista doctrinal distinto, hay, gracias a Dios, una innumerable y creciente cantidad de pentecostales calvinistas o reformados; maravillosos hermanos llenos de la vida del Espíritu que están llevando avivamiento a sus congregaciones, y trabajando con el mismo celo evangelístico de siempre; no se avergüenzan de seguir llamándose pentecostales, o continuistas, o carismáticos o renovados. No es para ellos estos artículos.

La primera falacia, como no podía ser de otra manera, es contra el hablar en lenguas. Afirman que salieron del pentecostalismo porque ellos mismos “balbuceaban palabras en el culto sin haber quienes las interprete, y la Biblia dice que si no hay interpretación se debe callar en el culto”. Bien, la Biblia afirma lo siguiente

1 Corintios 14:27-29  Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen.

Yo les preguntaría, en primer lugar, ¿la Biblia que usaban cuando eran pentecostales es la misma que la que usan ahora?, y si es la misma ¿por qué no le hacían caso antes? ¿Es que recién ahora han descubierto estos versículos? Si antes parloteaban como loros en los cultos, ya sea porque les agradaba exhibir su “espiritualidad” o por imitación (porque los demás también lo hacían), era suficiente con dejar de hacerlo una vez que se comprende lo que la Biblia ordena. Pablo dice que “callen en la congregación” no que “huyan de la congregación”

El apóstol no solo manda que el que hable en lenguas calle en la congregación (si no hay quien interprete) sino que también manda:

1 Corintios 14:13  Por lo cual, el que habla en lengua extraña, pida en oración poder interpretarla.

Yo les pregunto a ellos ¿han orado sinceramente a Dios pidiendo poder interpretar las lenguas que hablaban? ¿Han hecho el intento siquiera?

Pero seamos honestos, el problema de estas personas no es que ahora se han vuelto más bíblicos, o más decentes y ordenados; sino que se han tornado más incrédulos y menos bíblicos que cuando eran pentecostales. Vean, sino. ¿Qué otra cosa manda el apóstol acerca de las lenguas?

1 Corintios 14:39  Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas

¿Por qué ahora, que según ellos comprenden mejor las Escrituras, prohíben hablar en lenguas? Una cosa es decir: no hablamos en lenguas si no hay intérprete, y otra es prohibirla totalmente. ¿Se dan cuenta como se han tornado anti-bíblicos prohibiendo lo que la Biblia expresamente manda no prohibir? Claro, no son tan ingenuos, tienen la respuesta escondida en la manga, ellos afirman que “no es que prohibamos hablar en lenguas, solo que eso era para el tiempo de los apóstoles, ahora ya no están operativas” ¿Sí?, y les pregunto ¿en base a qué texto de las Escrituras sacan tremendo disparate?

Observen cómo manipulan las Escrituras. Unos versículos más arriba del que leímos, dice lo siguiente:

1Corintios 14:34  vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice.

Si uno les pregunta ¿crees que este mandato era para el tiempo de los apóstoles solamente, o sigue vigente? Responderán inmediatamente: “¡No, no era solo para la época de los apóstoles, está vigente!”. Bien, entonces en qué regla de interpretación bíblica se basan para afirmar que, lo que dice en solo cinco versículos más abajo, ha pasado a ser por arte de magia ¡solo para la época de los apóstoles! O todo el texto dejó de estar vigente o todo continúa siéndolo, no una parte sí y la otra no.

“Al parecer, la idea de que estas cosas eran solo para el período neo-testamentario y no tienen nada que ver con nosotros hoy, es en realidad culpable del error conocido como “alta crítica”. Este error se sienta en juicio sobre las Escrituras y dice: “Desde luego, claro, aquello fue algo transitorio y no se aplica a nosotros”. Tú decides lo que es aceptable y lo que no lo es: seleccionas a tu gusto. Este argumento hace exactamente lo mismo.”     (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. IX)

1ª Corintios  14:37 Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor.  Mas el que ignora, ignore. Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas;  pero hágase todo decentemente y con orden.

¿Desde cuándo el Señor da mandamientos con fecha de caducidad? El texto apostólico ordena expresamente el “no impidáis el hablar en lenguas”. Si alguien afirma que el hablar en lenguas era solo para la época de los apóstoles miente y contradice al apóstol. Y no solo contradice el mandato bíblico sino que tuerce la Escritura a su antojo, teniendo arbitrariamente por válido el mandato a las mujeres, y como inválido el mandato de las lenguas, cuando ambos están presentes en la misma carta, y en el mismo contexto inmediato.

Si alguien dice que lo que ahora se hace al hablar en lenguas (glosolalia) no es de Dios sino del diablo, miente. Y no solo que miente, sino que desobedece a la Escritura, porque por medio del miedo, manipula a sus seguidores para que rechacen este don. Es decir prohíben, no directamente sino indirectamente, haciéndoles creer a las personas que, si hoy hablan en lenguas no es de Dios sino del diablo. “No te prohíbo que hables en lenguas, pero si hablas, eso no es de Dios”. Ni el diablo mismo se atrevería a manipular tanto las Escrituras, como ellos. Por cierto, si ellos hablaban en lenguas cuando eran pentecostales, y el hablar en lenguas, según ellos, es cosa de demonios, ¿quién les echó fuera los demonios que los poseían, si en la iglesia donde están ahora tampoco creen en echar fuera demonios?

Hermanos, detrás de toda esta aparente preocupación por “el orden y el decoro”, se esconde una nefasta doctrina sin sustento bíblico ninguno: el cesacionismo. La perversa doctrina que enseña que los dones del Espíritu eran solo para la época de los apóstoles.

Dejemos que hablen hombres más doctos, observemos cómo el Dr. Lloyd-Jones refuta a los cesacionistas que tuercen las Escrituras:

“Permíteme darte simplemente un ejemplo de lo que quiero decir. Hace poco he leído un artículo acerca de este tema que demuestra cómo hombres con un determinado prejuicio o inclinación están tan controlados por el mismo que leen en la Escritura cosas que no se encuentran en ella, y hacen así sus propias deducciones erróneas. Permíteme que cite parte de ese artículo: “San Pablo apenas menciona ese don [el autor está hablando acerca de las “lenguas” en particular], excepto para tratar de regular el comportamiento de aquellos que lo poseen y frenar el mal uso del mismo”. Luego prosigue: “Sin duda fue esto lo que le llevó a relegar dicho don al último lugar de la lista de los jarismata y a instar a sus lectores a intentar ponerlo en perspectiva”. Hasta ahí todo bien; pero luego añade: “Para él se trataba de algo más bien permisible que deseable”. ¡Más permisible que deseable! Pero el Apóstol mismo dice, con bastante claridad, en 1 Corintios 14: “Quisiera que todos hablaseis en lenguas” (v. 5). ¡Eso no es meramente permisible, sino más bien deseable! Y luego prosigue: “¿Tiene alguna importancia el hecho de que la iglesia en Corinto, que al parecer era el único lugar en que esa práctica prevalecía…?”. ¿Lo ves? Como no se menciona ese don en relación con las otras iglesias el autor supone que no se daba en ellas. Ahora bien, eso no es otra cosa que un argumento basado en el silencio, una deducción. Pero continuemos: “¿Tiene alguna importancia el hecho de que la iglesia en Corinto, que al parecer era el único lugar en que esa práctica prevalecía, fuera moral y espiritualmente la menos madura de las comunidades cristianas primitivas?”. No hay evidencia alguna para decir esto: no sabemos si la iglesia en Corinto era “la menos madura”. De hecho, existen buenas razones para pensar que tanto la iglesia en Tesalónica como en Galacia eran igualmente inmaduras. Todo esto no es más que mera conjetura: supone leer en las Escrituras lo que no está escrito para corroborar tu prejuicio particular… Yo creo que la respuesta se encuentra en las Escrituras mismas, y que si te basas en lo que ellas dicen descubrirás que no tienes derecho a hacer afirmaciones como esas. “Quisiera que todos hablaseis en lenguas”, expresa el Apóstol; ¡no se trata, pues, de algo solamente permisible, sino deseable! Y luego añade: “No impidáis el hablar lenguas” (v. 39). Sugiero, por tanto, que cuando Pablo dice: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros”, no solo está reivindicando que sabe más del asunto que ellos sino que reclama algo de naturaleza experimental y que él experimenta. De modo que debernos tener cuidado de no intentar eludir estas cosas o deshacernos de ellas con meras suposiciones.”     (Martin Lloyd-Jones – Gozo Inefable – Cap. IX)

Que hable ahora el Dr. A. W. Tozer

“Por espacio de una generación, ciertos maestros evangélicos nos han dicho que los dones del Espíritu cesaron con la muerte de los apóstoles o al ser completado el Nuevo Testamento. Esto, por supuesto, es una doctrina que carece totalmente de respaldo bíblico. Sus defensores deben aceptar plenamente la responsabilidad de estar manipulando la palabra de Dios.”  (A. W. Tozer – La Vida más Profunda – Cap. 3)

Como pueden ver, hermanos, he usado a dos grandes hombres de la Iglesia que nunca pertenecieron al Movimiento Pentecostal, uno calvinista, el otro arminiano; los dos combatieron las mentiras del movimiento cesacionista. No te dejes engañar por la retórica hueca de los que, sin sustento bíblico ni histórico, pretenden arrastrarte a su redil para engrosar sus moribundas congregaciones.

Mantente fiel en el lugar que Dios te puso, el pentecostalismo es un movimiento con mucha vida, y en donde abunda la vida es normal que surgan abusos, entonces, si ves abusos corrígelos, primeramente con tu ejemplo y luego con mansedumbre, dulzura y amor, pero no huyas cobardemente.  Recuerda que la pureza del Evangelio o la sana doctrina no se demuestra haciendo conferencias, o “cazando herejes” por Internet, sino que

Santiago 1:27 La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal – 2017

Puedes ver el Capítulo II de esta serie en el siguiente link:

https://diariosdeavivamientos.wordpress.com/2017/02/06/lo-que-no-te-contaron-sobre-los-pentecostales-capitulo-ii/

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Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia – María Slessor

La exploración y obra misionera de David Livingstone y de Stanley, inspiró a muchos más a embarcarse para el África, tanto hombres como mujeres. La mayoría de las mujeres veían su ministerio limitado a los confines de un puesto misionero ya establecido. Tal fue el caso de María Moffat [esposa del gran misionero Roberto Moffat y suegra de David Livingstone] quien pasó la mayor parte de su vida en una base misionera sin moverse de allí. La exploración y la obra pionera no eran ni siquiera una de las opciones de las misioneras solteras. Así fue hasta que apareció en escena María Slessor.

La historia de María Slessor, como la de otros misioneros en la historia moderna, ha sido idealizada hasta verse cambiada casi por completo. La imagen de ella como una dama de la época victoriana que viaja por las selvas lluviosas de África con vestidos con cuello alto y largos hasta los tobillos, escoltada con lujo en una canoa por guerreros tribales con caras pintadas está muy lejos de la realidad. Por el contrario, ella andaba descalza y mal vestida, y era una mujer de la clase obrera. Vivía al estilo Africano, en una choza de barro. A veces tenía la cara cubierta de furúnculos, y a veces no usaba su dentadura postiza. Pero el éxito que tuvo como misionera fue asombroso. Muy pocos han igualado la camaradería que tenía ella con los Africanos. Tuvo la distinción de ser la primera mujer que fue nombrada vicecónsul del Imperio Británico. El mayor tributo lo recibió de los otros misioneros antes de su muerte, los cuales la conocían bien y, a pesar de sus faltas y excentricidades, la honraban como a una gran mujer de Dios.

María Mitchell Slessor, la segunda de siete hijos, nació en Escocia en 1848. Su niñez fue dura por causa de la pobreza y de problemas familiares. El padre trabajaba poco, debido a su alcoholismo. Se dice que cuando llegaba borracho por la noche echaba a María a la calle, sola. A los once años, María comenzó a trabajar junto a su madre en una fábrica de tejidos, mientras seguía en la escuela. A los catorce años de edad ya trabajaba diez horas diarias para sostener a la familia, debido a la enfermedad de su madre al nacer el séptimo hijo. Durante los trece años siguientes María siguió trabajando en la fábrica, y era la que mejor sueldo tenía en la familia.
Aunque después se referiría a sí misma como una señorita indisciplinada, María pasó mayormente los años de su juventud trabajando en la fábrica y en su casa. En el contaminado y superpoblado distrito obrero donde vivía su familia había poco tiempo y oportunidad para las diversiones. Por fortuna, las actividades de la iglesia aportaban mucha satisfacción a su miserable vida doméstica.

Se convirtió María en su juventud gracias al interés que puso en ella una viuda anciana de su vecindario. Tomó parte activa en su iglesia presbiteriana local. Enseñaba en la Escuela Dominical, y después de la muerte de su padre, se ofreció para ser misionera en su país. Al cumplir los veinte años, comenzó a trabajar en la Misión de Queen Street. Así obtuvo experiencia práctica para su futura labor misionera. Muchas veces ella tuvo que hacerles frente a muchachos groseros y a pandillas callejeras que trataban de perturbar sus reuniones al aire libre. De esa forma se iba desarrollando en el sombrío vecindario de Dundee el valor que necesitaría años después.

Desde su niñez María tuvo un profundo interés en las misiones en el extranjero. En las frecuentes reuniones misioneras de su iglesia los misioneros trataban de reclutar a voluntarios. Se seguía con mucho interés el progreso de la misión en Calabar, establecida dos años antes del nacimiento de María. Su madre esperaba que Juan, el único hijo que le quedaba vivo, se hiciera misionero. La muerte del hijo, cuando María tenía veinticinco años de edad, desbarató los sueños de la madre. María, en cambio, se sintió impulsada a dejar la fábrica de tejidos y tomar el lugar de su hermano. La Misión de Calabar siempre había dado lugar a las mujeres y María sabía que la aceptarían. La muerte de David Livingstone confirmó su decisión. Todo lo que restaba era dejar su familia que tanto amaba.

En 1875 María solicitó ingreso en la Misión de Calabar y fue aceptada. En el verano de 1876, a la edad de veintisiete años, zarpó ella para Calabar (situado en la moderna Nigeria), tierra conocida por el tráfico de esclavos y su ambiente malsano. María pasó sus primeros años en África en el poblado de Duke. Allí enseñó en una escuela de la misión. También visitaba a los Africanos para aprender el idioma, lo cual hizo rápidamente, aunque le disgustaba su tarea. Como muchacha acostumbrada al trabajo duro, nunca se sintió cómoda con la vida social de las varias familias de misioneros que vivían confortablemente en Duke. Le molestaba la vida rutinaria y quería obtener más de su carrera misionera que lo que Duke le ofrecía. Sólo un mes después de su llegada escribió: “Se necesita una gracia especial para estarse uno quieto. Es tan difícil esperar.”

Su corazón estaba dispuesto para la obra misionera en el interior, pero para tener ese “privilegio” tendría que esperar. Después de casi tres años en África y debilitada por varios ataques de malaria (y muchos más de nostalgia), se le dio a María licencia para ir a recobrar la salud y reunirse con su familia en Europa. Cuando, después de la licencia, regresó al África iba con mucha energía y llena de entusiasmo por su nueva tarea en Old Town, a cuatro kilómetros y medio hacia el interior, a lo largo del río Calabar.

Allí se sentía en libertad para trabajar sola y para mantener su propio estilo de vida. Su casa era de barro. Comía de lo que se producía en la localidad, lo cual le permitía enviar casi todo su sueldo a su familia. Su trabajo ya no era rutinario, pues supervisaba escuelas, dispensaba medicamentos, intervenía en disputas y cuidaba a niños desamparados. Los domingos era una predicadora itinerante. Recorría muchos kilómetros por la selva, de aldea en aldea, para compartir el evangelio con los que quisieran escucharla.

La evangelización en Calabar era un proceso lento y tedioso. Había mucha hechicería y espiritismo. Era casi imposible vencer las crueles costumbres de las tribus ya que estaban arraigadas en las tradiciones. Una de las costumbres más horribles era la matanza de los gemelos. La superstición dictaba que un nacimiento de gemelos era la maldición de un espíritu malo que engendraba a uno de los niños. En la mayoría de los casos daban muerte de una manera horrible a ambas criaturas. La madre era desechada por la tribu y exiliada a una zona reservada para los proscritos. María no sólo rescataba a los mellizos y ministraba a sus madres, sino que también luchaba sin descanso contra los perpetradores de ese rito pagano, algunas veces con riesgo de perder su propia vida. Con mucho valor intervenía en los asuntos de la tribu y al fin se ganó el respeto que por lo general no se les daba a las mujeres. Pero al cabo de tres años María estaba otra vez demasiado enferma como para permanecer en el campo misionero.

En su segunda licencia, María llevó consigo a Janie, una gemela a quien había salvado la vida. Aunque ella tenía mucha necesidad de descanso, la invitaron a hablar en muchos lugares. María y Janie causaban gran sensación, y tan grande era la demanda de sus presentaciones en público que el comité de la misión extendió la licencia de María. También tuvo ella que atender a su madre y a su hermana que estaban enfermas.

Al fin, en 1885, después de una ausencia de casi tres años, volvió al África, con la decisión de penetrar aun más en el interior. Poco después de su regreso al África, María recibió la noticia de la muerte de su madre. Tres meses después murió también su hermana. Otra hermana suya había muerto durante su licencia. Ahora María se encontraba sola y sin vínculos que la ataran a su patria. Se encontraba angustiada y casi dominada por la soledad: “Ya no tengo a quien escribirle y contarle mis historias, problemas y tonterías.”

Pero con la soledad y la tristeza también vino una cierta sensación de libertad: “El cielo está ahora más cerca de mí que la Gran Bretaña. Nadie se va a angustiar por mí si yo avanzo más hacia el interior.”
Para María, el interior era Ocoyong, una zona incivilizada donde habían perdido la vida otros misioneros que se habían atrevido a cruzar sus límites. El envío de una mujer soltera a los de Ocoyong parecía a muchos como una locura. Sin embargo, María estaba decidida a ir allá y nadie podría disuadirla. Después de visitar esa zona varias veces en compañía de otros misioneros, María estaba convencida de que la obra debía iniciarse con mujeres misioneras. Ella creía que las mujeres parecían ser una amenaza menor que los hombres a las tribus que aún no se habían alcanzado. Entonces en agosto de 1888, con la ayuda de su amigo el rey Eyo de Old Town, María emprendió su viaje al norte.

Durante más de un cuarto de siglo, María siguió estableciendo bases misioneras en zonas donde el hombre blanco no había podido sobrevivir. Durante quince años, menos dos licencias, ella se quedó con los de Ocoyong. Ella les enseñaba, los cuidaba y arbitraba en sus disputas. Su reputación como pacificadora se extendió a otros distritos. Muy pronto María actuaba como juez de toda la región, y, en 1892, se convirtió en la primera vicecónsul de Ocoyong. Este cargo oficial lo mantuvo por muchos años. En esta capacidad actuaba como juez y presidía en los juicios sobre disputas de tierras, deudas, asuntos domésticos y cosas similares.

Aunque a María la respetaban mucho como juez y había influido en la reducción gradual de la hechicería y la superstición, vio poco progreso en la cristianización de los de Ocoyong. Se consideraba como pionera y su obra como precursora. No le preocupaba demasiado el hecho de que no podía enviar deslumbrantes informes de multitudes de conversiones y de iglesias florecientes a su patria. Organizaba escuelas, enseñaba artes prácticas y establecía rutas comerciales; todo esto en preparación para los misioneros que la seguirían. (Prefería ella que tales misioneros fueran ministros ordenados.)

“Cristo me envió a predicar el evangelio y Él se hará cargo del resultado final.” 

Vio el fruto de su empresa evangelística, pero principalmente en su propia familia de niños adoptados. En 1903, casi al final de su obra en Ocoyong, celebró el primer culto bautismal (de los once niños bautizados, siete eran suyos).

La vida de María como misionera fue solitaria, pero ella no careció del todo de relaciones sociales. Los viajes a Inglaterra y a Duke le sirvieron para mantenerse en contacto con el mundo exterior. Durante una de sus licencias por enfermedad, en la costa, conoció a Carlos Morrison, un joven misionero maestro. El era dieciocho años menor que ella y trabajaba en Duke. Al progresar su amistad, se enamoraron. María aceptó su propuesta de matrimonio con la condición de que él trabajara con ella en Ocoyong. Pero esa boda nunca llegó a realizarse. La mala salud de él no le permitió quedarse ni siquiera en Duke. De todos modos, para María la labor misionera era más importante que sus relaciones personales. A María tampoco le convenía el matrimonio. Su modo de vida y su rutina diaria eran tan extraños que ella estaba mejor sola. Algunas señoritas que habían tratado de vivir con ella no habían tenido mucho éxito. A ella no le preocupaba mucho la higiene; su choza de barro estaba infestada de cucarachas, ratas y hormigas. El horario de las comidas, de la escuela y de los cultos de la iglesia era irregular. Esto se adaptaba mejor a los Africanos que a los europeos que se rigen más por los horarios. Tampoco se preocupaba mucho por la ropa. Ella se dio cuenta muy pronto de que el vestido al estilo victoriano, modesto y ajustado al cuerpo, no convenía para la vida en las lluviosas selvas del África. Usaba ropa de algodón, que a menudo se le pegaba al cuerpo debido a la humedad. Aunque María dejaba de tomar las más elementales precauciones de salud, sobrevivió a la mayoría de sus compañeros misioneros que eran tan cuidadosos de la salud y de la higiene [téngase en cuenta que en aquella época de cada cinco misioneros varones solo uno sobrevivía, el resto moría de malaria y diversas enfermedades].

Claro que tuvo problemas de salud, tales como varios ataques de malaria; también sufrió de forunculosis que le aparecían en la cara y en la cabeza, lo cual le producía a veces calvicie parcial. No obstante, en ocasiones estaba sorprendentemente saludable y fuerte para ser una mujer de edad madura. Sus hijos adoptados la mantenían joven y feliz. Ella podía decir con toda sinceridad que era “un ejemplo del gozo y la satisfacción de la vida de soltera“.

La oración es el poder más grande que Dios ha puesto en nuestras manos; la oración es más poderosa que la acción y es la única forma en la que puede avanzar el Reino.  Es sólo a través de las oraciones de muchos en mi favor, que puedo explicar el haber sobrevivido a tantos peligros y calamidades, y haber visto tantas almas llegar a los pies del Salvador

En 1904, a la edad de cincuenta y cinco años, María salió de Ocoyong con sus siete hijos a empezar la obra en Itu y otras zonas remotas, teniendo mucho éxito con los de Ibo. Janie, su hija mayor, era ahora una ayuda valiosa en la obra. Otra misionera se encargó de la obra en Ocoyong. Durante los últimos diez años de su vida, María siguió estableciendo misiones para facilitar el ministerio de los que fueran después de ella. En 1915, casi cuarenta años después de llegar al África, murió a la edad de sesenta y seis años en su choza de barro. Permanece como un gran testimonio de las misiones cristianas en el África.

Mary Slessor – Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia

 

Relato extraído en su mayoría del libro: Hasta lo último de la tierra – Ruth Tucker

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La suegra y la esposa del apóstol Pedro – Una respuesta al predicador católico Rafael Diaz

Bien, si ya han visto el vídeo del predicador católico, aquí está mi respuesta:

Mateo 8:14,15 Al llegar Jesús a casa de Pedro, vio a la suegra de éste en cama, con fiebre.  Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle.

Marcos 1:29-31  Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.  Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en seguida le hablaron de ella. Entonces él (Jesús) se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía.

De forma innegable, la Escritura enseña que Pedro tenía suegra, por ende estaba casado, no meramente comprometido, sino casado, pues la suegra vivía en su casa. Veremos ahora los argumentos a favor o en contra.

El primer argumento del romanismo, en este caso representado por el predicador Rafael Díaz, es que Pedro era viudo, y “que según una costumbre judía antigua cuando un hombre quedaba viudo por obligación se tenía que traer a su suegra a casa

La Ley judía mandaba esto:

Éxodo 20:12  Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.    (Traducción RV1960)

Sabemos que honrar no implicaba solamente respetar, sino proveer para sus necesidades materiales. El Señor Jesús, en relación con esto, les reprochaba a los religiosos de Israel por haber cambiado el mandamiento divino, por tradiciones humanas.

Mateo 15:4-6  Dios dijo: “Honra a tu padre y a tu madre”, y también: “El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte.” Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: “Cualquier ayuda que pudiera darte ya la he dedicado como ofrenda a Dios.” En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios.      (Traducción NVI)

Cuando una persona quedaba viuda, si era una mujer joven,  regresaba a la casa de sus padres

Rut 1:3,4,5,8  Y murió Elimelec, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos, los cuales tomaron para sí mujeres moabitas; el nombre de una era Orfa, y el nombre de la otra, Rut; y habitaron allí unos diez años.  Y murieron también los dos, Mahlón y Quelión, quedando así la mujer desamparada de sus dos hijos y de su marido. Y Noemí dijo a sus dos nueras: Andad, volveos cada una a la casa de su madre; Jehová haga con vosotras misericordia, como la habéis hecho con los muertos y conmigo.

Rut y Orfa, las nueras de Noemí, tenían dónde ir (a la casa de sus madres) Pero Noemí, quien era una viuda de edad avanzada, no tenía casa materna donde regresar, ni tampoco hijos varones para que la reciban en sus casas. Es por ello, que su nuera Rut, mujer piadosa, no quiso separarse de ella y le dice:

Rut 1:16  Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios.

Rut no estaba obligada a cuidar de su suegra, pero no la abandona, esta actitud le valió fama y reconocimiento.

Rut 2:11-12  Y respondiendo Booz, le dijo: He sabido todo lo que has hecho con tu suegra después de la muerte de tu marido, y que dejando a tu padre y a tu madre y la tierra donde naciste, has venido a un pueblo que no conociste antes. Jehová recompense tu obra, y tu remuneración sea cumplida de parte de Jehová Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte.

Toda persona, en Israel, estaba obligada a cuidar de sus padres por la Ley de Moisés, por ello, cuando una persona mayor (sobre todo mujer) quedaba en estado de viudez, era recibida en casa por alguno de sus hijos, o nueras o yernos; esto era una acción propia de personas justas, rectas, misericordiosas, como Rut.

Todo esto quiere significar que si la suegra vivía en la casa de Pedro, tengamos bien en cuenta esto porque el relato dice que estaba en la casa de él, daba a entender que la viuda era ella, no Pedro. Si una mujer quedaba viuda y no podía cuidarse o sostenerse materialmente, era obligación de los hijos o hijas recibirla en casa. Posteriormente, en la iglesia apostólica, podemos ver el gran cuidado que se tenía por las viudas mayores, quienes eran una prioridad para la Iglesia juntamente con los huérfanos.

1 Timoteo 5:16  Si alguna mujer creyente tiene viudas en su familia, debe ayudarlas, para que no sean una carga para la iglesia; así la iglesia podrá ayudar a las viudas que de veras no tengan a quien recurrir.   (Traducción DHH-H)

El argumento usado por el catolicismo es, cuanto menos, absurdo: “como Pedro se quedó viudo se trajo a su suegra a casa” ¡Es al revés! Si la suegra se quedaba viuda, un buen hijo o hija, nuera o yerno, debería recibirla en su casa.

Cuando una joven se quedaba viuda, se debía casar de nuevo, generalmente la costumbre era que se casara con algún hermano de su difunto marido.

Marcos 12:19  —Maestro, Moisés nos enseñó en sus escritos que si un hombre muere y deja a la viuda sin hijos, el hermano de ese hombre tiene que casarse con la viuda para que su hermano tenga descendencia.

Esto siguió como costumbre en la Iglesia

1 Timoteo 5:14 Por tanto, quiero que las viudas más jóvenes se casen, que tengan hijos, que cuiden su casa y no den al adversario ocasión de reproche.

Si el viudo era un hombre joven, lo normal era que se volviese a casar ¡no que se trajese a su suegra a casa! ¿Para qué quería a su suegra? Lo normal, y habitual para la cultura, era que un viudo joven se volviese a casar para evitar la fornicación o el adulterio.

Y tampoco pueden afirmar los católicos, que Pedro la recibió en casa porque él no deseaba casarse nuevamente para poder seguir a Cristo, pues este episodio está en el capítulo 1 de Marcos, es decir, Pedro recién había sido llamado por Cristo, estaba recién “convertido”, aún no sabía casi nada del Reino de los Cielos. Si este episodio hubiese sido después de la resurrección del Señor, podría plantearse una duda, pero está claro que según la tradición y costumbre judía, Pedro había recibido a su suegra en casa por ser ella la viuda, y no él. Recordemos que el el evangelio de Marcos se escribió al dictado de Pedro, es decir, Marcos lo redactó oyendo los relatos en primera persona del apóstol.

El segundo argumento usado por el catolicismo, es que no hay ningún versículo que hable de la esposa de Pedro, pues bien, se equivocan (o maliciosamente pervierten las Escrituras) He aquí el texto

1Corintios 9:5  ¿No tenemos derecho a viajar acompañados por una esposa creyente, como hacen los demás apóstoles y Cefas y los hermanos del Señor?   (Traducción NVI)

En este texto, donde habla el apóstol Pablo, dice textualmente “hermana esposa” No se presta a ninguna confusión. Aunque, alguna de las traducciones católicas hacen malabarismos para disimular lo evidente, como por ejemplo en esta traducción católica

1Corintios 9:5  ¿Por ventura no tenemos también facultad de llevar en los viajes alguna mujer hermana en Jesucristo, para que nos asista, como hacen los demás apóstoles, y los hermanos o parientes del Señor, y el mismo Cefas, o Pedro? (Traducción T.A.A – católica)

Este “mujer hermana en Jesucristo, para que nos asista” se ha pretendido utilizar como si los apóstoles llevasen a una especie de secretaria, o alguien que les atienda. ¿Pero, se imaginan ustedes este descalabro? ¿Qué pensarían de un predicador cristiano, que llevara consigo a todas partes una mujer que no sea su esposa, durmiendo en el mismo lugar, viviendo todos los días juntos? ¿Qué pensarían los católicos si un cardenal u obispo se fuera de viaje y se llevara  a una mujer, y se hospedaran en el mismo hotel, y pusiese como justificativo que la lleva para que le haga las maletas?

Y no vale poner como pretexto que a Jesús le acompañaban mujeres que le servían de sus bienes

Lucas 8:1-3  Y aconteció en seguida de esto que él atravesaba cada ciudad y aldea, predicando y evangelizando el reino de Dios; y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malos y enfermedades: María, la llamada Magdalena; (de la cual demonios siete habían salido). y Juana, mujer de Cuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas; las cuales servíanles de sus haciendas.    (Traducción Jünemann)

Jesús siempre viajaba en compañía de sus apóstoles, y de otra gran cantidad de discípulos, además de muchas mujeres; pero nunca iba solo con una mujer, eso hubiese dado motivo para que menospreciaran su ministerio. Los apóstoles, después de la persecución que dispersó a la iglesia, ya no iban en multitud, sino que muchas veces viajaban solos. ¿Cómo es posible afirmar esta costumbre, éticamente reprochable, de que un apóstol soltero llevase consigo de viaje a una mujer?

La traducción católica de la Nueva Biblia de Jerusalén es más sensata

1ª Corintios 9:5  ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?   (Traducción NBJ – Católica)

No creo sea necesario aclarar que Cefas es el apóstol Pedro, pero por si a estas altura alguien lo ignora, así llamaban al apóstol en las iglesias.

Para más claridad, leamos este mismo versículo en la “Biblia del Peregrino”, de Luis Alonso Schokel – de la Editorial católica Verbo Divino, con licencia de la Conferencia Episcopal Española

1ª Corintios 9:5 ¿no tenemos derecho a hacernos acompañar de una esposa cristiana como los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas?  (Biblia del Peregrino – Verbo Divino)

La Biblia del Peregrino, que es una Biblia de estudio católica dice en el comentario de la curación de la suegra de Pedro:

“La suegra de Pedro es la primera beneficiaría del poder curador de Jesús, transmitido por el contacto de su mano (Sal 62,9 “tu diestra me sostiene”, 73,23) Una vez curada, se pone a su servicio. El hecho sucede durante el sábado y en casa de Simón. De los parientes no se vuelve a hablar en los evangelios, Pablo hace alusión al matrimonio de Pedro (1 Cor 9,5)”  (Biblia del Peregrino Tomo III- Editorial Verbo Divino)

Veamos que dice el COMENTARIO DE RATISBONA AL NUEVO TESTAMENTO – Comentario católico romano:

“Tiene incluso el derecho de llevar consigo una auxiliar femenina y de exigir también su manutención por parte de los fieles. Eso es lo que hacen los otros apóstoles (que, sin duda hay que entender en un sentido más amplio, cf. v. 6), y, sobre todo, Pedro y los hermanos del Señor. Si aquí se trata de una esposa, que ciertamente era la más idónea como acompañante o si la «mujer» indica (en oposición a lo que evoca el contexto) simplemente una auxiliar femenina, una sirvienta, es algo que no podemos decidir con seguridad, aunque la primera interpretación podría ser la más verosímil.”  (COMENTARIO DE RATISBONA AL NUEVO TESTAMENTO –  Editorial Herder – Páginas 240-241)

Por último miremos a uno de los mejores Comentarios Bíblicos Católicos: el Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, donde, como dice en su prólogo el Cardenal Carlo Martini, arzobispo de Milan, es una obra de “los mejores exegetas católicos de lengua inglesa” (entre ellos el eminente Raymond E. Brown).

“Marcos 1:30. La suegra de Simón: Se presupone que Simón estaba casado cuando fue llamado. 1 Corintios 9:5 sugiere que su esposa lo acompañaba en sus viajes apostólicos.(Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo – Editorial Verbo Divino – Página 22)

Este versículo es contundente, pues la palabra que usa en el original es esposa, una hermana esposa, es decir una esposa cristiana. El apóstol Pablo asegura que el apóstol Pedro llevaba consigo a su esposa, en sus viajes.

El otro argumento que utilizan estos apologistas católicos es que si Pedro, o los demás apóstoles,  hubiesen estado casado, eso les hubiese impedido servir libremente a Cristo. ¿Qué dicen las Escrituras?

Tito 1:5,7 a. El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené. El candidato debe ser irreprochable, casado una sola vez, cuyos hijos sean creyentes, no tachados de libertinaje ni de rebeldía.  Porque el epíscopo, como administrador de Dios, debe ser irreprochable… (Traducción NBJ – católica)

1ª Timoteo 3:2-5 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar,  ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad;  pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?      (Traducción NBJ – católica)

¿Dónde dice la Biblia que el epíscopo, (obispo o sacerdote) debe ser soltero?

Por último, el argumento de que “según una tradición antigua, Pedro era viudo” se cae por su propio peso. El primer gran historiador de la Iglesia, Eusebio, historiador oficial en tiempos del Emperador Constantino, quien además de ser historiador era obispo de Cesarea y participó en el primer concilio ecuménico de Nicea en el año 325, no podría ser más contundente para demoler este absurdo argumento. Leamos en su libro III sus textuales palabras

XXX 1. Clemente, a quien acabamos de citar, después de esto continúa con una lista de los apóstoles cuyo matrimonio está demostrado para los que niegan el matrimonio. Dice así: « ¿Acaso también rechazaron a los apóstoles? Pedro y Felipe tuvieron hijos; Felipe incluso entregó a sus hijas en matrimonio, y Pablo no duda, en alguna de sus cartas, en nombrar a su cónyuge, la cual no le acompañaba, para una mayor flexibilidad en su servicio».

Ya que hemos hecho estos detalles, no estará de más referir otro relato suyo digno de ser narrado. Lo escribe en el libro VII de los Stromateis del siguiente modo: «Dicen que el bienaventurado Pedro, al ver que su misma esposa era llevada a muerte, se gozó gracias a su llamado y su vuelta a casa, y alzó su voz en gran manera a fin de estimularla y de consolarla, dirigiéndose a ella por su propio nombre: “Oh, tú, recuerda al Señor.” Así era el matrimonio de los dichosos y la índole de los más amados». Aquí convenía citar este texto por su relación con nuestro tema. (Esuebio de Cesarea – Historia Eclesiástica – III.XXX.1)

Aquí, Eusebio de Cesarea cita las palabras de Clemente de Alejandría (Stromata 7. sec. 63) y supongo que han notado el énfasis que el obispo pone a su afirmación: con una lista de los apóstoles cuyo matrimonio está demostrado para los que niegan el matrimonio. Y como si esto fuera poco nos narra sobre el martirio de la esposa del apóstol Pedro.

Pedro tuvo suegra, y tuvo una esposa que lo acompañó en sus viajes apostólicos y que sufrió el martirio como buena cristiana. Es más, el historiador Eusebio y Clemente de Alejandría nos dicen que  Pedro y Felipe tuvieron hijos. Enseñar lo contrario es pervertir el Evangelio, manipular la Escritura para mantener a toda costa, en el redil de Roma, a las ovejas aunque estas continúen desnutridas y abandonadas a causa de la mala enseñanza, como si no tuviesen pastor.

Católico, católica, no te dejes engañar más.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos

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Guerra espiritual o Los guerreros de la galaxia – Capítulo II

En lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten igualmente halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero.” Estas palabras, del genial escritor cristiano C. S. Lewis, autor, entre otras cosas de las Crónicas de Narnia, se encuentran al comienzo de su libro Cartas del diablo a su sobrino.

Desde un tiempo a esta parte, parece ser que muchos creyentes han caído en el segundo error que menciona C. S. Lewis creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano”  Para muestra, es suficiente con la siguiente afirmación de un maestro de la guerra espiritual: Ud. Intercesor, verá reflejado este accionar demoníaco, en cada cosa que antes era algo normal…”

Lo que equivale a decir que, desde el momento en que usted se involucre en la “guerra espiritual” y se convierta en un “guerrero intercesor”, comenzará a descubrir que detrás de cada suceso “normal” hay un demonio o causa “paranormal”: ¿Un contagio de gripe? ¡reprendo al demonio de enfermedad! ¿Se rompió la computadora? ¡reprendo al demonio informático! ¿Se le salió un botón a la camisa? ¡reprendo al demonio de Dolce y Gabbana! ¿Se me salió un diente? ¡reprendo al espíritu del Ratoncito Pérez!… Y mientras la vida del creyente se torna en un síndrome de conspiración paranoica, y él se convierte en un caza-fantasmas; los demonios se divierten a lo grande jugando al gato y al ratón… ¡reprendo al espíritu de Tom y Jerry!

Para darle un sentido práctico a este breve estudio, me puse a hojear un libro muy popular, un libro de culto diría, entre los guerreros de la galaxia: “El vino a dar libertad a los cautivos” de Rebecca Brown. Cuando uno lee Cartas del diablo a su sobrino, es consciente de que está leyendo una ficción, pero disfruta con la genialidad de C. S. Lewis. Cuando uno lee “El vino a dar libertad a los cautivos” sabe, también, que está leyendo una ficción; y aunque la autora se esfuerce por jurar que todo es real, lo único que se hace realmente visible, es la abismal diferencia entre un genio de la literatura y una farsante.

 Rebecca Brown narra la historia de una joven, de nombre Elaine, quien es introducida en una secta satánica y se convierte en gran sacerdotisa y esposa de Satanás, lo asombroso, es que todo esto sucede en cuestión de pocos meses, por lo visto no hay burocracia en el infierno. A esta aprendiz de bruja (Elaine) se le designan unos demonios muy poderosos para que la cuiden. Si usted nunca vio un demonio, aquí ella nos da la descripción de uno:

“Era enorme, de unos 2.50 metros de altura. Su cuerpo parecía humano, pero diferente. Era todo negro. Después llegamos a saber que aquella clase de demonios se llaman Guerreros Negros. Tenía ojos rojos y fieros, manos enormes, y lo que parecía armadura era su piel. Estaba formada de gruesas escamas negras, como el carapacho de una tortuga. Cada escama era de seis pulgadas cuadradas.”

Bien, no sé a usted, pero a mí la descripción me suena a una de las cuatro Tortugas Ninja.

 

Por otra parte, si hablamos de genialidad literaria, la de C. S. Lewis se traduce hasta en la elección de los nombres de los demonios o diablos, sus Cartas son la correspondencia entre Escrutopo y Orugario, tío y sobrino, ambos diablos pero uno más experto y el otro aprendiz. Para no ser menos, Rebecca Brown también nos da el nombre de dos demonios que poseían a la sacerdotisa Elaine: ellos son Ri-Chan y Mann-Chan. Y si la descripción física de los demonios nos recordaba a una Tortuga Ninja, los nombres nos traen a la memoria a dos probables primos orientales del actor Jackie Chan. Pero tomen asiento, señores, que hay película para rato.

Otras de las cosas que más me asombran de la sacerdotisa Elaine es que conversaba con Satanás como quien habla con Pepe, el verdulero de la esquina, claro que en este caso, el Diablo del libro de Rebecca Brown es más fashion, ya sabemos que el diablo viste de Prada.

“Mi primer encuentro con Satanás se produjo poco antes de la ceremonia en que habría de convertirme en gran sacerdotisa. Se acercó a mí en figura de hombre y nos sentamos a conversar. Me dijo que yo iba a ser su gran sacerdotisa, que yo significaba mucho para él… Lo que veía era un hombre, extraordinariamente bien parecido, muy inteligente, brillante, esplendente.”  (El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 4)

Bueno, que no se diga que el Diablo es un maleducado, en la primera cita se sentó a conversar con la señorita, quien sería su futura esposa. Pero eso no es todo, hay más encuentros…

Satanás mismo parecía regocijado. De nuevo tenía la forma de un joven guapísimo. Parecía un personaje brillante y poderoso. Vestía un traje blanco brillante.” (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 4)

Yo siempre sospeché de John Travolta, pero ahora todos los datos lo confirman:

La gran sacerdotisa Elaine nos cuenta como ascendió dentro de la hermandad de brujas:

También realicé numerosos viajes fuera de California para participar en competencias y convenciones. Por lo general eso sí lo disfrutaba mucho… Fue por medio de estas competencias que ascendí hasta llegar a ser miembro del concejo nacional, al cargo de Esposa regional de Satanás y, por último, a la posición de Esposa de Satanás en los Estados Unidos.”  (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 5)

Si ustedes pensaban que ganar el concurso de Miss Universo era lo máximo, se equivocaron.

Estas ceremonias, siempre se realizaban en lugares fuertemente vigilados por hombres armados, “La propiedad entera está oculta por bosques y fuertemente vigilada por aire y tierra.” Y la sacerdotisa nos cuenta en qué consistían algunas de las terribles pruebas, necesarias para llegar a ser la bruja del año:

Para ese entonces ya era yo la suprema Esposa del país. Era una competencia internacional… La competencia consistía en tareas cada vez más difíciles, diseñadas para que los contendientes hicieran gala de su poder. Recuerdo que, en cierto momento, con un chasquido de dedos, tuve que convertir a un gato en conejo y luego volverlo gato de nuevo.” (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 5)

¡Ah, señores! Mucho me temo que esta noche, algunos de ustedes no podrán dormir con las cosas que les estoy narrando. ¿Se imaginan a los satanistas más poderosos del mundo reunidos, solo para que les den gato por liebre? ¡Ahora entiendo, los hombres fuertemente armados eran para que a la suprema Esposa del país no se le escapase el conejito!

Pero para ser fieles al relato, hubo una prueba digna del evento, la prueba final sí que fue apoteósica:

Yo tenía que pararme a no más de seis metros de un hombre con una pistola Magnum 357. Me pasé la mano por el frente de mi cuerpo para alertar a los demonios y colocarlos como escudos. Inmediatamente el hombre disparó siete ráfagas contra mí. No podía fallar. Demás está decir que los demonios resultaron muy efectivos como escudo, ya que las balas cayeron a mis pies y siguieron girando sobre sí mismas. Recibí muchas aclamaciones y honores por ganar la competencia.”  (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 5)

Cualquier parecido con Matrix, es mera coincidencia.

Lo más simpático de todo, es que en el párrafo siguiente, la gran sacerdotisa nos cuenta lo siguiente: Celebraban fiestas y siempre me acompañaba un joven buen mozo que era también mi guardaespaldas.No, no voy a hacer ninguna mención a Whitney Houston ni a Kevin Kostner, pero me llama poderosamente la atención, que alguien que puede detener las balas de una Magnum 357 necesite guardaespaldas, de todos modos, debe ser bonito eso de que te canten  I will always love you.

Hay un momento épico en el libro de Rebecca Brown, y es cuando Satanás ordena  que maten a una familia cristiana del vecindario, porque estaban interfiriendo en sus planes. Y hacia allí se dirigen las sacerdotisas, no en cuerpo sino en proyección astral, cuando llegan a la casa de esta familia, se encuentran con un montón de ángeles custodiando el lugar, allí comienza la feroz batalla: “Vestían largas túnicas blancas y estaban tan juntos que se tocaban los hombros. No tenían ni armaduras ni armas. Nadie pudo pasar, por mucho que lo intentamos. Cualquier proyectil que les lanzáramos rebotaba y no les hacía daño.

El relato no lo aclara, pero sería bueno saber qué era lo que le tiraban a los ángeles, y si era una especie de guerra de pelotitas de goma o algo así. La cuestión es que después de un intenso tiroteo astral, la gran sacerdotisa cae al suelo exhausta, entonces sucede algo maravilloso:

“uno de los ángeles me miró a los ojos y me dijo en la voz más dulce que jamás había escuchado: «¿Por qué no aceptas a Cristo como tu Señor?… Piénsalo, por favor, y entrégale tu vida a Jesús»”

¡Ah!, señores, debo reconocer que esta parte me ha arrancado lágrimas de ternura, me imagino a ese ángel, mientras esquiva los proyectiles, rogándole “Por favor, acepta a Cristo en tu corazón, solo te tomará cinco minutos, solo tienes que repetir una oración conmigo, rellenar esta tarjeta de decisión, tomaremos tu nombre y teléfono y te irás de aquí teniendo vida eterna”… Eso de aceptar a Cristo mientras se está en un viaje astral debe ser alucinante ¡Oh!, hasta puedo oír los ¡Aleluya!, ¿Y a su Nombre? ¡Gloria!, y los ángeles marchando hacia el cielo cantando “el Hombre de Galilea va pasando va… el Hombre de Galilea va pasando, va… y déjalo que te toque… y déjalo que te toque y recibe su bendición… ¡Uy, nos olvidamos de las primicias y los diezmos!… No pasa nada, mañana bajamos de nuevo… ¿Sí?, bueno, yo al menos me llevo unas cuantas de esas pelotitas de goma que nos tiraron…”

En fin, hermanos, el tiempo vuela y sería demasiado extenso el narrarles todas las joyas que encontré en este libro; aunque hablando de volar y de joyas, permítanme que les cuente como fue la boda entre Elaine, la gran sacerdotisa, y el diablo.

“Satanás mismo se me acercó y me dijo que me había seleccionado para tan grande honor. Se presentó a mí en forma de un hombre guapísimo, la imagen misma del concepto que yo tenía del hombre «perfecto». Me dijo que me había seleccionado a mí porque me amaba más que a las demás, y que le gustaban y respetaba mi valor y mis capacidades. Actuó de una manera muy amorosa y romántica, y me habló del tiempo maravilloso que pasaríamos juntos.” (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 6)

Esto es como una novela colombiana, de esas que pasan a la siesta. Bueno, hubo muchas cosas interesantes en la boda, por ejemplo, la ceremonia se realizó “en una de las más grandes y hermosas iglesias presbiterianas de la ciudad” Ya me habían advertido acerca de los presbiterianos, pero no creía que llegasen a tanto, alquilarle la iglesia para la boda al diablo ¡esto es demasiado! Otra cosa que me llamó la atención, y esto va para las hermanas que siempre hojean en la peluquería el Vanity Fair, la novia nos cuenta: “Llevaba una corona de oro puro en la cabeza. Portaba un ramo confeccionado con hierbas, espinas y cerezas venenosas, todo atado con una cinta negra.”

Luego, aparece nuevamente el novio (Satanás):

“Otra vez se presentó como hombre, completamente vestido de blanco, con una corona de oro con muchas joyas… Estaba más bello que nunca. Vestía lo que parecía un frac blanco puro, decorado con oro.”

Es decir, el diablo al más puro estilo ochentero.  (la foto merece repetirse)

“En aquella ocasión su pelo era de un dorado reluciente y su piel lucía un bello bronceado.” Lo del bronceado no merece comentario alguno… “Sus ojos eran oscuros y el amor que me manifestaba y las sonrisas que me lanzaba me enloquecían.” Yo en esta parte, me lo imagino a Satanás tirándole sonrisitas y besitos, y no sé, hasta me enternece. “Pero yo quería creer que de veras me amaba, y que de veras era mi esposo. Me trató con sumo respeto. Me acarició la mejilla, el pelo, los brazos.” Bueno, esto ya es sabido, le das la mejilla a Satanás y te agarra el brazo.

Y aquí viene el clímax, atentos guerreros de las galaxias, porque si pensaban que Benny Hinn, o Kenneth Copeland, o Maldonado habían inventado lo del jet privado para el ministerio, se equivocaron…

“Nos condujeron entonces al aeropuerto en limosina y junto con varios grandes sacerdotes y sacerdotisas abordamos un lujoso jet privado que nos condujo hasta California. La cena de boda fue servida a bordo. Satanás no comió pero probó varios de los carísimos vinos y champagnes que había en el avión.”  (Libro: El vino a dar libertad a los cautivos Cap. 6)

Los interrogantes surgen inevitablemente, ¿se imaginan a Satanás teniendo que usar un avión para trasladarse?, ¿se habrá abrochado el cinturón de seguridad?, ¿se imaginan a la azafata preguntándole “Señor diablo, que desea para comer y tomar”?

Conviene, por último, recordar nuevamente las palabras del genial C. S. Lewis,

En lo que se refiere a los diablos, la raza humana puede caer en dos errores iguales y de signo opuesto. Uno consiste en no creer en su existencia. El otro, en creer en los diablos y sentir por ellos un interés excesivo y malsano. Los diablos se sienten igualmente halagados por ambos errores, y acogen con idéntico entusiasmo a un materialista que a un hechicero.”

Los cristianos no necesitamos fábulas para alimentar una insana curiosidad, y no debemos permitir que personas sin escrúpulos se hagan millonarias vendiendo libros engañosos y patéticos al pueblo de Cristo. Perdonadme que este artículo me lo haya tomado ligeramente en tono humorístico, pero creo que el libro de Rebecca Brown no merece más que eso.

1ª Timoteo 4:7  Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad (RV.1960)

1ª Timoteo 4:7 Rechaza las leyendas profanas y otros mitos semejantes. Más bien, ejercítate en la piedad       (NVI)

1ª Timoteo 4:7 Pero no hagas caso de cuentos mundanos y tontos. Ejercítate en la piedad   (DHH-D)

2 Timoteo 4:4  y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar – para Diarios de Avivamientostodos los derechos reservados a Diarios de Avivamientos.

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Guerra espiritual o los Guerreros de la galaxia – Capítulo I

Un defensor de la galaxia me escribió, en sutil tono despectivo, que como Diarios de Avivamientos no habla sobre “guerra espiritual” le pareció una página “poco provechosa”. Con los años, uno aprende a ser más rápido en el arte de distinguir la variedad de flora y fauna que hay dentro del cristianismo (o de la galaxia en este caso), y no hace falta indagar mucho para descubrir qué se esconde detrás de una pregunta, reproche o sugerencia. Y sé que no se está refiriendo a la guerra espiritual que es propia de la Iglesia en su desarrollo histórico, y en la cual creo obviamente; sino que en este caso se refiere a las excéntricas doctrinas que surgieron el siglo pasado.

Una ex-satanista se convierte en evangélica y comienza a escribir libros para develar, a los pobres e ignorantes cristianos, los misterios de la guerra espiritual que por siglos “ha desconocido la iglesia y la han mantenido en una contínua derrota frente al ejército de las tinieblas”. Y como los cristianos somos propensos a cambiar la Biblia por el cuento mágico más novedoso, nos hemos quedado con la boca abierta escuchando las trepidantes aventuras que se vivieron en el lado oscuro.

Pero debo confesar, honestamente, que así como no me interesa saber lo que una prostituta hacía antes de rendirse a Cristo, tampoco me interesa saber lo que una satanista hacía antes de ser cristiana; si el Señor borró con su sangre nuestros pecados no tenemos porqué reescribirlos continuamente. Por lo tanto, quien se convierta a Cristo que se siente, oiga y aprenda de la Iglesia a vivir en nueva vida, y no pretenda enseñarle a la Iglesia según lo que él haya vivido en su vieja vida.

Tenemos un ejemplo en la Biblia

Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito.   (Hechos 8:9 -13 R.V. 1960)

La Biblia no nos dice nada más de él, pero la tradición cristiana nos relata que Simón se constituyó en maestro y fue algo así como el padre del gnosticismo-cristiano:

“Este mismo Simón simuló creer, porque pensaba que los Apóstoles por sí mismos realizaban las curaciones por obra de magia y no por el poder de Dios… y ofreció dinero a los Apóstoles para que le dieran el poder de conferir el Espíritu Santo a quienes él quisiera. Pedro le dijo: Quédate con tu dinero para tu perdición, porque quisiste conseguir con dinero el don de Dios. Desde entonces creyó aún menos en Dios y, decidiendo competir por ambición con los Apóstoles, a fin de aparecer él mismo lleno de gloria, se puso a estudiar aún más la magia, a tal punto que llenaba de admiración a muchas personas. Él vivió en tiempos del César Claudio, el cual, según se dice, lo honró con una estatua por motivo de sus artes mágicas… Simón el samaritano, del que se originaron todas las herejías (enseñaba que) como los ángeles gobiernan mal el mundo, porque cada uno de ellos quiere ser el que manda, él habría venido para corregir las cosas y habría descendido en forma semejante a los Principados, Potestades y Ángeles. No siendo un hombre, quiso aparecer como hombre entre los hombres, y así imaginan que él sufrió en Judea, cuando en realidad no padeció. También dijo que los Ángeles constructores del mundo habrían inspirado a los profetas las profecías. Por eso quienes creían en Simón y Elena, no debían preocuparse mucho de ellos (de los profetas) ni poner en ellos su esperanza; sino, como hombres libres, podían hacer lo que quisieran; porque lo que salva a los hombres sería la gracia que él les concedía, y no las obras buenas… sus místicos sacerdotes viven libidinosamente, hacen actos de magia, cada uno de ellos como puede. Usan de encantos y exorcismos. También se ejercitan fervorosamente haciendo filtros, conjuros, interpretación de los sueños y todo tipo de prácticas semejantes… De ellos sacó su origen la falsamente llamada gnosis, como es fácil conocer de sus mismas afirmaciones.”    (Ireneo, obispo de Lyon, siglo II d.C. – Contra los Herejes – Libro I. 23.1, 2, 3, 4)

Simón quiso ser maestro antes que discípulo, y pretendió dar cátedra a los ministros que Dios había designado legítimamente. En lugar de sentarse humildemente a los pies de ellos para aprender, buscó impresionar con sus conocimientos espirituales, y para ello desarrolló toda una absurda doctrina gnóstica; terminó siendo maestro de herejías y arrastrado a miles tras de sí.

En la actualidad, en una página de guerra espiritual, uno puede encontrar la siguiente afirmación: (el remarcado en negrita es mío)

Los grandes exponentes de la Guerra Espiritual, nos declaran las revelaciones del Señor y lo que a través del Espíritu Santo fueron recibiendo para obtener una nueva estrategia de oración.

¿Comprenden el peligro de esta afirmación? Desglosemos en tres palabras claves lo que acabamos de leer: revelaciones – recibiendo – nueva. Este recibir nueva revelación es la base de toda herejía, de toda desviación o desvarío espiritual. Unos “pocos escogidos” reciben revelación que está oculta al resto de los cristianos. Si no creen que es así, sigan leyendo esta “profecía” de uno de los maestros de la “guerra espiritual”

No todos mis siervos han recibido una espada de fuego ante la cual Satanás, sus principados, gobernadores y potestades, tiemblen. Pero aquellos a quienes yo he escogido para librar batalla contra estos poderes espirituales más elevados, verán y experimentaran cosas mayores si sus corazones permanecen cerca de mí. Nadie los puede arrebatar de mi mano. Nadie puede dañarlos. Son mis escogidos y Satanás lo sabe. ”  (Tomado del libro: Lucha contra Principados Demoníacos)

Analicemos solamente la primera afirmación: “No todos mis siervos han recibido una espada de fuego ante la cual Satanás, sus principados, gobernadores y potestades, tiemblen” ¿No es esto un verdadero disparate? Tomemos a continuación, este texto de las Escrituras que tanto les gusta manipular a los guerreros de la galaxia:

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.     (Efesios 6:12-13 RV. 1960)

¿Y qué dice cuatro versículos más abajo?

Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.    (Efe 6:17 RV. 1960) 

¿Cuál es la espada que reciben los cristianos? La Palabra de Dios ¿Y cómo dicen entonces (o le hacen decir a Dios, pues es una supuesta profecía), que no todos sus siervos reciben esa espada? Porque a estos “guerreros espirituales” les gusta creer que son algo así como una brigada de élite, el equipo SWAT de la Iglesia. Les encanta hablar en términos casi místicos, auto-proclamarse como los escogidos que conocen los planes secretos de Satanás, los valientes que pelean grandes batallas mientras los demás cristianos duermen: “Son mis escogidos y Satanás lo sabe” … la galaxia está segura.

Leamos alguna otra descripción que se hacen de sí mismos:

En los últimos años Dios está revelando a sus siervos una nueva manera de confrontar los poderes del enemigo y no solo eso sino que también los está capacitando a través de la Cartografía Espiritual, para derribar los altares que fueron establecidos desde la antigüedad y que aún hoy en día siguen vigentes y tienen dominados territorios y ciudades, vecindarios y comunidades.

No hace falta ser un experto en “Cartografía Espiritual” para corroborar que los términos “revelación” y “nuevo” siempre están presentes en la boca de estos “siervos especiales”. Es verdad que el hombre continuamente está buscando novedades, como también es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol; las modas pueden llenar las portadas de las revistas hoy, pero mañana pasan de moda. No debemos buscar novedades, sino volver al original, al estándar de la iglesia apostólica. Lean el siguiente “plan de ataque” de estos autodenominados guerreros espirituales, y comparen si hay alguna semejanza con la forma de hablar del apóstol Pablo:

En la Cartografía Espiritual, es importante, definir claramente el trazado de las ubicaciones de cada centro ocultista. Por medio de la triangulación, las fuerzas del mal intentan controlar los sectores, utilizan la geometría mágica y el trazado de las líneas ley. Esto quiere decir que tratan de ubicarse de forma tal que encierran a los templos evangélicos, dado que representan una amenaza importante para la obra de Satanás en una región determinada. Es en este caso que la iglesia local debe tomar la autoridad y romper todas las líneas de poder creado por los espíritus territoriales.”    (tomado de una página especializada en guerra espiritual)

En primer lugar diré que toda esta palabrería además de no ser bíblica, es mentira. Pues en el país de donde pertenece esa página hay muchísimos más templos evangélicos que centros ocultistas, en realidad son los evangélicos quienes tienen rodeados a los otros. Y la “atmósfera espiritual” de las ciudades son iguales que siempre, la sociedad no ha notado ninguna mejora, las congregaciones evangélicas crecen pero no impactan al vecindario. Y no le echemos la culpa a la “geometría mágica”, la “triangulación”, o el “trazado de las líneas ley”… ¿alguna palabra bíblica?… Si los cristianos no están llenos del Espíritu Santo  y viven en santidad no cambiará nada a su alrededor.

En segundo lugar, el apóstol Pablo habla de la armadura del cristiano, y menciona la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación y la palabra de Dios. No somos cazadores de demonios, ni necesitamos de nuevas estrategias y revelaciones para sorprender y derrotar al enemigo. Pablo nos dice que en este mundo de engaños nos ciñamos con la verdad, en este mundo de injusticias nos revistamos de justicia, en un mundo en guerra llevemos la paz del evangelio; que tomemos el escudo de la fe, no para tirárselo por la cabeza al diablo, sino para apagar las flechas encendidas que nos arroja el maligno; que la salvación sea nuestro casco para que todo lo que pensemos sea a la luz de la eternidad; y la Palabra de Dios nuestra espada (Jesús, en la tentación del desierto, respondió al diablo: Escrito está… Escrito está… Escrito está. No dijo: Te ato… Te ato… Te ato)

El apóstol Pablo nos dice que tomemos la armadura espiritual para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Nos dice que la armadura es para resistir, que es la misma palabra que usa Santiago:

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.  (Santiago 4:7)

Este resistid transmite la idea de pónganse en pie frente al diablo. Por eso el texto comienza con  Someteos, pues, a Dios; es como decir: mientras estén de rodillas delante de Dios estarán de pie delante del diablo; si se inclinan ante Dios no tendrán que inclinarse ante el diablo; si ceden a la voluntad de Dios no terminarán cediendo a la tentación del diablo. No hace falta ir muy lejos para comprender este contexto, en el versículo inmediatamente anterior dice así:

Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes    (Santiago 4:6 b RV 1960) 

Afirma que Dios resiste al soberbio. Usa también el término resistir, con la diferencia que aquí este resistir era originalmente un término militar. Dios se opone y combate a aquel que no se humilla, no se inclina, no se arrodilla ante Él. Al cristiano, que es el que se arrodilla delante de Dios, se le manda resistir en el sentido de permanecer de pie ante el diablo; no que vaya corriendo detrás del diablo o sus demonios para cazarlo. Porque ese resistid no es una orden militar de atacar, sino sencillamente de permanecer de pie, estar firmes, no retroceder, no ceder, no rendirse, no inclinarnse ante…

¿Cual es el ataque preferido de Satanás? No hace falta que consulten la “Cartografía espiritual” o un manual de “guerra espiritual“, pues está en la Biblia:

Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,  y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.    (Mateo 4:8)

Satanás quiere que te inclines, te arrodilles ante él; y no te forzará, sino que te seducirá, te ofrecerá lo que más te gusta, o tus sueños, o tus metas; por un camino más rápido y menos doloroso. La Biblia te manda a arrodillarte delante de Dios para permanecer de pie delante del diablo. La Biblia no te manda a que persigas al diablo, porque es más rápido que tú. La Biblia no te manda a que pelees con el diablo, porque es más fuerte que tú. La Biblia ni siquiera te manda que hables con el diablo, porque es más astuto que tú (Eva mantuvo una conversación con el diablo y mira como terminó). La Biblia te manda a permanecer de pie y firme, y si alguna vez tienes que responder al diablo, que no sea con tus palabras, sino que puedas decir: Escrito está… Escrito está… Escrito está…

Continuará…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017 ©

 

 

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Casa de Oración

Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”  Marcos 21:12-13

El lugar histórico, donde se desarrolló el extraordinario suceso que acabamos de leer, ya no existe, no ha quedado piedra sobre piedra de aquel Templo de Jerusalén; pero Dios ha elegido otro lugar, no hecho de mano, para su morada:

1 Corintios 3:16  ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Tú y yo somos literalmente casa de Dios, templo del Espíritu Santo, así que bien podríamos imaginarnos a Jesús recorriendo “su” casa; paseando por el atrio, el Lugar Santo, el Lugar Santísimo…

– Señor, ¡mira que piedras!, ¡que orden!, ¡que intelecto, que biblioteca, cuántos conocimientos!, ¡cuántas ceremonias y que culto más bonito!, ¡cuántos levitas y qué bien suena esa música!, ¡que esplendidez en la ropa de los sacerdotes!, ¡cuánto trabajo, todos los ministros corriendo para hacer sus tareas!… ¿Señor?… ¿no ves todo esto, no te alegras?

Pero el Señor no está prestando atención a todas estas “grandes piedras”, sigue buscando con su mirada la señal distintiva de su templo: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho…

¿En qué has convertido el Templo de Dios? Si tuvieras que poner una palabra que defina la característica principal por la cual eres conocido en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿qué pondrías? Adelante, te dejo el espacio para que lo pongas aquí: Mi vida es Casa de……

¿Has podido poner “oración” en el espacio en blanco? Ya sabes que esa es la señal distintiva del templo de Dios; si falta eso, entonces no es una casa, es una cueva donde acumulas cosas para ti, pero que no honran verdaderamente a Dios, para Él solo son piedras, o tesoros mal habidos.

Si el incienso de tu oración no está subiendo libremente hasta el Trono, si la luz del Trono no está descendiendo libremente hasta tu vida; es porque estás en una cueva. Hoy es una buena oportunidad para que comiences a ver los cielos abiertos y se disipen tus penumbras, empieza a ejercitarte en la oración porque fuiste llamado a ser Casa de Oración, no cueva de ladrones.

“Toda la vida del cristiano puede llamarse oración”

(Orígenes)

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“es por medio de la oración principalmente,

como nos acercamos a Dios”

(Ambrosio de Milán +397 d.C.)

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“A la naturaleza de Dios corresponde el escuchar,

pero a nuestra naturaleza corresponde el orar para ser escuchados”

(Hilario de Poitiers +367 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no temerás al adversario

“La oración hace que se esté con Dios,

y el que está con Dios está al abrigo de todo adversario”

 Gregorio de Niza (+ 394 d.C.)

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“La oración hiere más lejos que una flecha.

 Armémonos, pues, durante esta semana de ayunos, oraciones y vigilias,

para que, por la misericordia de Dios,

rechacemos la ferocidad de los enemigos y los engaños de los herejes”

(Máximo de Turín – comienzo del s. V)

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Si eres Casa de Oración, menospreciarás los tesoros de este mundo, y no te faltarán en el cielo.

“Si eres sufrido, orarás con alegría. 

Renuncia a todo para ganarlo todo”

 Evagrio (+ 399 d.C.)

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“La oración nos hace ver lo que nos falta, 

y obtiene y logra de Dios, que no nos falte nada”

(Alfonso Rodríguez +616 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no te faltará sabiduría.

“Si eres teólogo, orarás de verdad, 

y si oras de verdad, eres teólogo”

 Evagrio (+ 399 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no te faltarán las fuerzas.

“La oración es un buen escudo para nuestra fragilidad” 

(Ambrosio De Milán +397 d.C.)

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Si eres Casa de Oración no te faltará la comunión con tu Dios.

“Oras, hablas al esposo; lees, él te habla” 

(Jerónimo)

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“Tu oración es una palabra a Dios: cuando lees, Dios te habla;

cuando oras, tú hablas a Dios”

Agustín (+430 d.C.)

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“Hablamos a Dios, aspiramos hacia Él y respiramos en Él,

 y mutuamente Él inspira y respira en nosotros” 

(Francisco de Sales)

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“La oración es un intercambio de miradas

entre Dios y nosotros”  

(Luis de Granada + 1588)

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Si eres Casa de Oración, tu obra será completa.

“El que actúa y no ora,

eleva sus manos pero no su corazón”

(Gregorio Magno +604 d.C)

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Si tu vida puede ser llamada Casa de Oración, es que estás cumpliendo con la razón de tu vida

“La razón principal para orar es:

que el mismo Señor ha orado” 

(Tertuliano)

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“¿No sabéis que habéis nacido para tener

una conversación perpetua con Dios?”

(Francisco Guillaré  +1684 d.C.)

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Si hoy tu vida se parece más a una cueva que a una casa, es momento de acercarte sinceramente ante el Trono de Gracia para hallar socorro. Una vida de oración no se forja de un día para el otro, es un trabajo de perseverancia: primero gatear, luego caminar, más tarde correr, y por último volar. Empieza confesando tu debilidad, lo mucho que te cuesta permanecer y perseverar en oración. Pero comienza hoy a hacerlo, aunque solo sea implorando una y otra vez:  ¡Señor, enséñame a orar!

“Es en la medida en que hayas llegado en tu oración

por encima de toda otra alegría,

como habrás encontrado finalmente,

en toda verdad, la oración”

(Evagrio + 399 d.C.)

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“El que poco ama, poco ora, y el que mucho ama,

mucho ora”

Agustín (+430)

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Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

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Agustín de Hipona contra el Cesacionismo

Nunca dejan de sorprenderme los cesacionistas en su afán de manipular la historia para  no quedar en evidencia, y hay casos realmente curiosos en los que se superan a sí mismos. El siguiente es un magnífico ejemplo:

 “Aun el famoso Agustín dijo: “¿Por qué, se pregunta, no se manifiestan milagros hoy en día como sucedía en otros tiempos? Yo podría responder que eran necesarios entonces, antes de que el mundo llegara a creer, para poder ganar la creencia del mundo” (Las raíces corruptas – la historia del movimiento pentecostal, de Gregory Alan Kedrovsky)

Leído así, como lo expone este libro de adoctrinamiento cesacionista, pareciera que Agustín está afirmando que ya no suceden milagros… y debo confesar que yo mismo me tragué ese anzuelo; pero uno de los lectores del blog, el hermano Omar, me escribió diciendo que Agustín sí creía en milagros, solo había que seguir leyendo la continuación del párrafo manipulado tanto por el señor Gregory Kedrovsky, como por el autor del libro Fuego Extraño. Aquí les dejo el texto completo, es  extenso, pero la veracidad histórica lo reclama,  dejemos paso al gran Obispo de Hipona,  Agustín, y que él desenmascare a los que manipulan sus palabras:

Agustín de Hipona

LA CIUDAD DE DIOS

LIBRO XXII – CONTRA PAGANOS

CAPÍTULO VIII

1. ¿Por qué -replican- no se realizan ahora los milagros que decís fueron hechos antes? Podría responder que fueron necesarios antes de creer el mundo, precisamente para que creyera. Ahora bien, si alguno exige todavía prodigios para creer, en sí mismo tiene el prodigio de no creer cuando todo el mundo cree. Claro que hablan así para que no se admita que tuvieron lugar aquellos milagros. ¿Cómo, entonces, se proclama por todas partes con fe tan grande que Cristo subió al cielo con su carne? ¿Cómo en siglos tan civilizados, que rechazan cuanto carece de visos de posibilidad, creyó el mundo con fe admirable misterios increíbles sin milagro alguno? ¿Dirán acaso que eran creíbles y por eso fueron creídos? ¿Por qué entonces no creen ellos?

Nuestra conclusión es breve: o han dado testimonio de algo increíble y no presenciado otros testimonios increíbles -que no obstante se realizaban a la vista de todos-, o una cosa tan creíble que no necesitaba milagro alguno para ser creída refuta la extremada infidelidad de éstos. Con esto basta para rebatir a pensadores tan inconsistentes. No podemos negar, en efecto, que tuvieron lugar tantos milagros que dan fe del grande y saludable milagro de la ascensión de Cristo al cielo con la carne en que resucitó. En los mismos libros tan veraces están escritos todos los prodigios que se realizaron previamente para que se creyera esto. Estos milagros se proclamaron para que dieran fe, y con la fe que produjeron se dieron a conocer con más publicidad. Pues se leen entre los pueblos para que sean oídos, y no se leerían si no se les creyera.

Todavía hoy se realizan milagros en su nombre, tanto por los sacramentos como por las oraciones o las reliquias de sus santos. Lo que sucede es que no se los proclama tan abiertamente que lleguen a igualar la fama de aquéllos. De hecho, el canon de las sagradas letras, que era preciso tener fijado, obliga a recordar aquellos milagros en todas partes, y quedan así grabados en la memoria de todos los pueblos; éstos, en cambio, apenas son conocidos por la ciudad donde se realizan o por los que habitan en el lugar. Incluso en dichos lugares apenas llegan al conocimiento de unos pocos, sobre todo si la ciudad es grande. Y cuando se cuentan en otras partes, no es tal la garantía que se admitan sin dificultad o duda, aunque se los refieran unos fieles cristianos a otros.

2. Tuvo lugar en Milán, estando yo allí, el milagro de la curación de un ciego, que pudo llegar al conocimiento de muchos por ser la ciudad tan grande, corte del emperador, y por haber tenido como testigo un inmenso gentío que se agolpaba ante los cuerpos de los mártires Gervasio y Protasio. Estaban ocultos estos cuerpos y casi ignorados; fueron descubiertos al serle revelado en sueños al obispo Ambrosio. Allí vio la luz aquel ciego, disipadas las anteriores tinieblas.

3. Lo mismo ocurrió en Cartago: ¿quién, fuera de un reducido número, llegó a enterarse de la curación de Inocencio, abogado a la sazón de la prefectura? A esta curación asistí yo y la vi con mis propios ojos. Veníamos de allende el mar mi hermano Alipio y yo, aún no clérigos, pero sí siervos ya de Dios; como era, al igual que toda su familia, tan religioso, nos recibió en su casa y vivíamos con él. Estaba sometido a tratamiento médico; ya le habían sajado unas cuantas fístulas complicadas que tuvo en la parte ínfima posterior del cuerpo, y continuaba el tratamiento de lo demás con sus medicamentos. En esas sajaduras había soportado prolongados y terribles dolores. Una de las fístulas se había escapado al reconocimiento médico, de suerte que no llegaron a tocarla con el bisturí. Curadas todas las otras que habían descubierto y seguían cuidando, sólo aquélla hacía inútiles todos los cuidados.

Tuvo por sospechosa esa tardanza, y se horrorizaba ante una nueva operación que le había indicado un médico familiar suyo, a quien no habían admitido los otros ni como testigo de la operación, y a quien él con enojo había echado de casa; apenas ahora le había admitido, exclamó con un exabrupto: ¿De nuevo queréis sajar? ¿Van a cumplirse las palabras de quien no admitisteis como testigo?». Burlábanse ellos del médico ignorante, y procuraban mitigar con bellas palabras y promesas el miedo del paciente.

Pasaron otros muchos días, y de nada servía cuanto le aplicaban. Insistían los médicos en que le cerrarían la fístula con medicinas, no con el bisturí. Llamaron también a otro médico de edad ya avanzada y muy celebrado por su pericia en el arte, por nombre Ammonio. Examinándole éste, confirmó lo mismo que había pronosticado la diligencia y pericia de los otros. Garantizado él con esta autoridad, como si se encontrara ya seguro, se burlaba con festivo humor de su médico doméstico, que había creído necesaria otra operación.

¿Qué más? Pasaron luego tantos días sin mejora alguna que, cansados y confusos, tuvieron que confesar que no había posibilidad de sanar sino con el uso del bisturí. Se asustó, palideció sobrecogido de horrible temor, y cuando se recobró y pudo hablar, les mandó marcharse y no volver a su presencia. Cansado ya de llorar y forzado por la necesidad, no se le ocurrió otra cosa que llamar a cierto Alejandrino, tenido entonces por renombrado cirujano, para que hiciera él la operación que en su despecho no quería hicieran los otros. Cuando vino aquél y observó, como entendido, en las cicatrices la habilidad de los otros, como honrado profesional trató de persuadirle de que fueran los otros quienes cosecharan el éxito de la operación, ya que habían procedido con la pericia que él reconocía, y añadía que no habría posibilidad de sanar sino con la operación; pero que era opuesto a su conducta arrebatar por una insignificancia que restaba la coronación de trabajo tan prolongado a unos hombres cuyo esfuerzo habilísimo y diligente pericia contemplaba admirado en sus cicatrices. Se reconcilió con ellos el enfermo, y se convino en que, con la presencia de Alejandrino, fueran ellos los que le abrieran la fístula, que de otra manera se tenía unánimemente por incurable. La operación se dejó para el día siguiente.

Cuando marcharon los médicos, fue tal el dolor que se produjo en la casa por la inmensa tristeza del señor que con dificultad podíamos reprimir un llanto como por un difunto. Le visitaban a diario santos varones, como Saturnino, obispo entonces de Uzala y de feliz memoria; el presbítero Geloso y los diáconos de la Iglesia de Cartago; entre los cuales se encontraba, y es el único que sobrevive, el actual obispo Aurelio, a quien debo nombrar con el honor debido y con quien, considerando las obras maravillosas de Dios, hablé muchas veces de este caso, comprobando que lo recordaba perfectamente.

Visitándole como de costumbre por la tarde, les rogó con lágrimas dignas de compasión que tuvieran a bien asistir al día siguiente más bien a su funeral que a su dolor, pues era tal el pánico que por los dolores anteriores se había apoderado de él, que no dudaba moriría en manos de los médicos. Trataron ellos de consolarlo, exhortándole a que confiara en el Señor y que se abrazara virilmente con su voluntad. A continuación nos pusimos a orar, y poniéndonos nosotros, como de costumbre, de rodillas y postrados en tierra, se arrojó él tan impetuosamente como si hubiera sido postrado a impulso de fuerte empujón, y comenzó a orar. ¿Qué palabras podrían explicar de qué modo, con qué afecto, con qué emoción, con qué torrentes de lágrimas, con qué sollozos y gemidos que sacudían todos sus miembros y casi le paralizaban el espíritu? No sé si los demás oraban ni si atendían a esto. Yo al menos no podía orar en modo alguno; sólo dije brevemente en mi corazón: «Señor, ¿qué preces de tus siervos vas a escuchar si no escuchas éstas?». Pues me daba la impresión de que no quedaba ya más que expirase orando.

Nos levantamos y, recibida la bendición del obispo, nos despedimos; suplicaba él que estuviesen presentes al día siguiente, y le exhortaban ellos a que estuviera tranquilo. Amaneció el día temido, estaban presentes los siervos de Dios como habían prometido. Entran los médicos, se hacen los preparativos del caso, se aprestan los temibles instrumentos, estando todos atónicos y suspensos. Exhortándole los que tenían mayor autoridad y tratando de consolar la falta de ánimo, acomodan en el lecho los miembros para facilitar la operación, se desatan los nudos de las vendas, se descubre el lugar, examina el médico y, atento y equipado, busca la fístula que hay que sajar. Mira con afán, palpa con los dedos, emplea todos los recursos; sólo encuentra la cicatriz bien cerrada. No serán mis palabras las que expresen la alegría, la alabanza y acción de gracias al Dios omnipotente y misericordioso que fluyeron de la boca de todos con lágrimas de gozo: es mejor dejarlo a la imaginación que tratar de expresarlo con palabras.

3ª.* En la misma Cartago hubo una mujer muy piadosa, Inocencia, de las primeras damas de la ciudad, con un cáncer en un pecho, enfermedad incurable según los médicos. Se debe cortar, pues, y arrancar del cuerpo el miembro donde nace, o, según dicen que piensa Hipócrates, no se debe emplear tratamiento alguno para prolongar un poco la vida del hombre, que al fin, más o menos pronto, ha de morir. Así se lo había dicho a ella un médico entendido y muy familiar de su casa, y entonces se volvió a sólo el Señor con la oración. Al acercarse la Pascua, recibe en sueños el aviso de que, poniéndose en el baptisterio en la parte destinada a las mujeres, le hiciera la señal de la cruz en el pecho la primera mujer bautizada que le saliera al paso. Hízolo así, y alcanzó al punto la salud. El médico que le había aconsejado no usara remedio alguno si quería vivir un poco más, habiéndola visto luego y hallando curada a la que sabía con tal análisis afectada de ese mal, le preguntó intrigado de qué remedio se había servido; deseaba, según se conjetura, conocer el medicamento con el fin de refutar el sentir de Hipócrates. Oyendo lo que había sucedido, adoptó tal voz y postura de desprecio, que temió ella se desatara en alguna palabra afrentosa contra Cristo, y se dice que le respondió con religiosa cortesía: «Pensaba que me ibas a decir algo maravilloso». Como ella se sintiera estremecida, añadió él: «¿El sanar un cáncer es algo grande para Cristo, que resucitó un muerto de cuatro días

Oí esto y tuve un gran pesar de que, en tal ciudad y persona tan distinguida, pasara oculto un milagro tan grande; pensé, pues, amonestarla y casi reñirla. Me respondió que no lo había ocultado; y entonces pregunté a las matronas más amigas que tenía si habían sabido esto. Me respondieron que no lo sabían: «Mira -le dije-, ¿cómo no lo ocultas, que ni las que gozan de tal familiaridad contigo lo han oído?». Y como yo lo había oído en resumen, le mandé que contara por su orden todo lo sucedido en presencia de aquéllas, que se maravillaban mucho y glorificaban a Dios. 

4. ¿Quién ha conocido el caso de un médico gotoso en la misma ciudad? Había dado su nombre para el bautismo. El día antes de ser bautizado se le prohibió en sueños hacerlo aquel año por medio de unos niños de rizos negros que él tuvo por demonios. No les hizo caso, aunque le machacaron los pies hasta producirle un dolor atroz, cual nunca lo había sentido, y se marchó al bautismo. No quiso dilatar el ser purificado, como había prometido, venciéndolos por completo con el lavado de la regeneración. Y en el mismo bautismo no sólo quedó libre del dolor que le atormentaba más de lo acostumbrado, sino también de la gota; no tornaron a dolerle más los pies, aunque vivió mucho tiempo después. Esto lo hemos conocido nosotros y muy pocos hermanos, a cuya noticia pudo llegar el suceso.

5. En Corube había un comediante. Al recibir el bautismo, fue curado de una parálisis e incluso de una vergonzosa inflamación de sus partes genitales. Subió de la fuente de regeneración libre de ambas molestias, como si no hubiera tenido mal alguno en el cuerpo. ¿Quién conoció esto, si se exceptúa Corube y muy pocos más que pudieron oírlo en alguna parte? Nosotros, al tener noticia de ello, por mandato del santo obispo Aurelio hicimos que viniera a Cartago, aunque lo habíamos oído de tantas personas que nos ofrecían plena garantía.

6. Hay entre nosotros un varón de familia tribunicia llamado Hesperio. Tiene una posesión llamada Zubedi en el territorio de Fusala. Descubrió que en ella los espíritus malignos atormentaban a los animales y a los esclavos; rogó a nuestros presbíteros, en ausencia mía, que fuera alguno de ellos allá para ahuyentarlos con sus oraciones. Fue uno, ofreció allí el sacrificio del cuerpo de Cristo, pidiendo con todo ardor que cesara aquella vejación; y al instante cesó por la misericordia de Dios.

Había recibido el tal Hesperio de un amigo un poco de tierra santa traída de Jerusalén, del lugar precisamente donde fue sepultado Cristo y resucitado al tercer día. La tenía colgada en su habitación para verse él libre de cualquier mal. Purificada su casa de aquella peste, andaba pensando qué haría con ella, pues por reverencia no quería tenerla más tiempo en su habitación. Por casualidad me encontraba yo cerca con mi colega Maximino, obispo entonces de la Iglesia de Siniti; nos suplicó que nos acercáramos, y así lo hicimos. Después de darnos noticia de todo, nos pidió que se enterrara esa porción de tierra en algún lugar donde se reunieran los cristianos para celebrar los misterios de Dios. Aceptamos, y así se hizo. Había allí un joven campesino paralítico. Enterado de esto, pidió a sus padres que lo llevaran inmediatamente a aquel lugar santo. Lo llevaron, hizo oración, y al punto retornó sano por su propio pie.

7. Existe una quinta llamada «Victoria» a menos de treinta millas de Hipona. Hay allí un monumento de los mártires de Milán Protasio y Gervasio. Fue llevado allá un joven que, estando a mediodía en verano lavando el caballo en un paraje profundo del río, quedó poseído por un demonio. Próximo ya a la muerte, o pareciendo más bien muerto, entró, según su costumbre, la señora de la finca a cantar los himnos y oraciones de la tarde con sus criadas y algunas siervas del Señor. Comenzaron a cantar los himnos. Sintiose el demonio herido y sacudido por esa voz; y se mantenía agarrado al altar con clamor terrible, como si no se atreviera o no tuviera fuerza para moverlo, suplicando con grandes lamentos que lo perdonaran y manifestando a la vez dónde, cuándo y cómo se había apoderado del joven. Al final manifestó que saldría, y comenzó a designar cada uno de los miembros que amenazaba cortaría al salir. Diciendo estas cosas, se apartó del hombre. Pero uno de los ojos de éste, caído por la mejilla, pendía por una fina vena del interior como de su raíz, y todo su centro, que era negro, se había tornado blanco.

Ante tal espectáculo, los circunstantes (habían acudido varios atraídos por las voces, y todos se habían postrado en oración por él), aunque se regocijaban de verlo en sus cabales, contristados de nuevo por lo del ojo, sugerían que se buscara un médico. Entonces su cuñado, que le había traído allí, exclamó: «Bien puede Dios, que ahuyenta el demonio, devolverle el ojo por las oraciones de los santos». Y como pudo volvió el ojo caído y pendiente a su órbita y lo sujetó con un pañuelo; ordenó que no se le desatara hasta siete días después. Al descubrirlo entonces, lo encontró completamente sano. Allí recibieron también la salud otros más, que sería prolijo enumerar.

8. Sé de una doncella de Hipona que, habiéndose ungido con el aceite en que había dejado caer sus lágrimas un sacerdote que oraba por ella, al punto se vio libre del demonio. También sé de un adolescente que por sola una vez que un obispo, sin conocerlo, oró por él, de pronto quedó libre del demonio.

9. Había un anciano, Florencio, hijo nuestro de Hipona, hombre piadoso y pobre. Vivía de su oficio de sastre; había perdido su vestido y no tenía con qué comprar otro. Oró en alta voz por el vestido en el sepulcro de los Veinte Mártires, tan célebre entre nosotros. Le oyeron unos jóvenes burlones que casualmente estaban allí, y al marchar se fueron tras él, acosándolo como si hubiera pedido a los mártires cincuenta monedas. Pero él, caminando en silencio, vio arrojado en el litoral un gran pez agitándose. Con la ayuda de aquéllos lo cogió y lo vendió por trescientas monedas a un cocinero llamado Catoso, muy cristiano, para los guisos de su cocina, contándole los pormenores del caso. Con ese dinero pensó comprar lana para que su esposa le hiciera como pudiese un vestido. Pero el cocinero, al descuartizar el pez, encontró un anillo de oro en su interior, e inmediatamente, movido a compasión y poseído de religioso temor, se lo entregó al anciano diciendo: «Mira cómo te han vestido los Veinte Mártires».

10. En la localidad de Aguas Tibilitanas trajo el obispo Preyecto las reliquias del glorioso mártir Esteban y acudió un gran gentío a venerarlas. Una mujer ciega rogó que la condujeran al obispo cuando llevaba las reliquias. Dio unas flores que llevaba, las tomó de nuevo, las acercó a los ojos y al punto recobró la vista. Admirados los presentes, iba delante llena de gozo, caminando sin buscar ya quien la condujese.

11. Lucilo, obispo de Siniti, con el pueblo que le acompañaba, llevaba las reliquias del citado mártir que existen en aquella villa, cercana a la colonia de Hipona. Tenía una fístula que hacía ya tiempo le aquejaba, y esperaba la llegada de un médico íntimo suyo para que se la sajase. Mientras llevaba tan preciosa carga fue curado repentinamente y no la sintió más en su cuerpo.

12. Eucario, presbítero español residente en Cálama, padecía de antiguo el mal de piedra. Fue curado por la reliquia de dicho mártir que le llevó el obispo Posidio. El mismo presbítero, presa más adelante de una grave enfermedad, tenía tal apariencia de muerto que le ataban ya los pulgares. Fue resucitado por intermedio del mártir al traer de su capilla y ponerle sobre el cuerpo la casulla del presbítero que allí habían llevado.

13. Hubo en el mismo lugar un hombre llamado Marcial, notable entre los de su rango, ya de edad, totalmente apartado de la religión cristiana. Tenía una hija creyente, y el yerno bautizado aquel año. Enfermó, y le rogaban ellos con abundantes lágrimas que se hiciera cristiano; se negó en redondo y los rechazó hoscamente. Determinó el yerno acudir a la capilla de San Esteban y rogar por él con todas sus fuerzas para que Dios le cambiara el pensamiento y no dilatase el creer en Cristo. Oró con grandes gemidos y llanto, y con un sincero y ardiente afecto de piedad. Al marchar, tomó algunas flores del altar que topó a su paso; se las puso ya de noche a la cabecera. Durmió el enfermo. Y he aquí que antes de amanecer, empieza a gritar que se acuda al obispo, que casualmente estaba conmigo en Hipona. Oyendo que estaba ausente, pidió que fueran los presbíteros. Llegaron, confesó que creía, y entre la admiración y el gozo de todos recibió el bautismo. El tiempo que vivió tenía a flor de labios estas palabras: «Cristo, recibe mi espíritu», sin saber que fueron las últimas del bienaventurado Esteban cuando fue apedreado por los judíos18. Ellas fueron también las últimas suyas; murió no mucho después.

14. Sanaron allí también por el mismo mártir dos gotosos, ciudadano uno y forastero el otro: el ciudadano, completamente; el peregrino, en cambio, supo por revelación qué remedio debía usar al sentir el dolor; lo usaba, y al punto el dolor se calmaba.

15. Auduro es el nombre de un predio donde hay una iglesia, y en ella una capilla del mártir Esteban. Estando un niño jugando en la plaza se desmandaron unos bueyes que tiraban de un carro y lo aplastaron con una de las ruedas, dejándolo a punto de expirar. Lo cogió su madre precipitadamente, lo colocó junto a la capilla y no sólo revivió, sino que quedó totalmente ileso.

16. Estaba enferma cierta religiosa en una heredad vecina llamada Caspaliana, y desesperándose de su salud, llevaron su túnica a la misma capilla. Cuando la trajeron, ella había muerto. Sus padres cubrieron su cadáver con la túnica y recobró el aliento, quedando curada.

17. En Hipona, un sirio llamado Baso rogaba en la capilla del mismo mártir por su hija enferma de peligro, y había traído allí su túnica. Y he aquí que salieron de casa corriendo los criados para comunicarle la muerte de la hija. Como él estaba orando, los detuvieron unos amigos y les prohibieron comunicárselo para evitar el llanto por las calles. Al volver a casa y encontrarla llena de lamentaciones, echó la túnica que llevaba sobre su hija y fue devuelta a la vida.

18. También allí, entre nosotros, murió de enfermedad el hijo de un cobrador de impuestos llamado Irineo. Yacía su cuerpo sin vida, y mientras se preparaban con llanto y lamentaciones las exequias, uno de sus amigos, entre las palabras de consuelo, le sugirió que ungieran todo su cuerpo con el aceite del mismo mártir. Lo hicieron así y revivió el niño.

19. Aquí mismo también el tribunicio Eleusino colocó su hijito muerto de enfermedad sobre el santuario del mártir que está en el suburbio. Después de ferviente oración, acompañada de muchas lágrimas, alzó al hijo vivo.

20. ¿Qué he de hacer? Urge la promesa de terminar la obra y no puedo consignar aquí cuanto sé. Y, sin duda, la mayoría de los maestros, al leer esto, se lamentarán haya pasado en silencio tantos milagros que conocen como yo. Les ruego tengan a bien disculparme y piensen qué tarea tan larga exige lo que al presente me fuerza a silenciar la necesidad de la obra emprendida. Si quisiera reseñar, pasando por alto otros, los milagros solamente que por intercesión del gloriosísimo mártir Esteban han tenido lugar en esta colonia de Cálama, y lo mismo en la nuestra, habría que escribir varios libros. Y aun así no podrían recogerse todos, sino sólo los que se encuentran en los folletos que se recitan al pueblo. He querido recordar los anteriores al ver que se repetían también en nuestro tiempo maravillas del poder divino semejantes a las de los tiempos antiguos, y que no debían ellas desaparecer sin llegar a conocimiento de muchos. No hace dos años aún que está en Hipona Regia la capilla de este mártir, y sin contar las relaciones de las muchas maravillas que se han realizado y que tengo por bien ciertas, de sólo las que han sido dadas a conocer al escribir esto llegan casi a setenta. Y en Cálama, donde la capilla existió antes, tienen lugar con más frecuencia, y se cuentan en cantidad inmensamente superior.

21. También en Uzala, colonia vecina de Útica, sabemos se han realizado muchos milagros por medio del mismo mártir, cuya capilla erigió allí mucho antes de que la tuviéramos aquí el obispo Evodio. Pero allí no existe, o mejor no existió, la costumbre de publicar esas informaciones; quizá ahora hayan empezado. Estando yo allí hace poco rogué, con la licencia de dicho obispo, a la señora Petronia que diera una información para leerla al pueblo, porque ella había sido curada milagrosamente de una enfermedad grave y duradera, en cuya curación habían fracasado todos los recursos médicos. Obedeció con toda diligencia, y contó allí lo que no puedo aquí callar, aunque la urgencia de esta obra me fuerza a darme prisa.

Dijo que un médico judío la persuadió a que introdujese un anillo en una cinta del pelo que por debajo de todo vestido había de ceñir directamente a la carne; que ese anillo tenía bajo el engaste una piedra preciosa hallada en los riñones de un buey. Ceñida así, venía en busca de remedio al templo del santo mártir. Pero, partiendo de Cartago, se detuvo en su hacienda en los límites del río Bagrada; y al levantarse para continuar el viaje, vio el anillo caído a sus pies, y llena de admiración palpó la cinta de pelo en la que estaba el anillo. Hallándolo atado con sus nudos bien fuertes, pensó que el anillo se había roto y había saltado. Al encontrarlo sin menoscabo alguno, se imaginó haber recibido con tal prodigio como una garantía de su futura curación. Desata el cíngulo y lo arroja al río con el anillo.

Evidentemente, no creen en esto quienes se obstinan en no admitir que el señor Jesús fue dado a luz sin detrimento de la virginidad de su madre y que entró con las puertas cerradas a donde estaban los discípulos. Que investiguen este caso, y si ven que es verdad, crean también esos misterios. Es una mujer muy ilustre, noble de nacimiento, casada con un noble, y habita en Cartago. Noble es la ciudad y noble la persona: circunstancias ambas que asegurarán el éxito a los investigadores. El mismo mártir, por cuya intercesión fue curada, creyó en el Hijo de la que permaneció virgen; en el que entró, cerradas las puertas, a la estancia de sus discípulos; creyó, finalmente, que es el argumento principal que aquí se ventila, en el que subió al cielo con la carne en que había resucitado. Por eso se han realizado por su intercesión tales maravillas, porque dio su vida por esta fe.

Se realizan todavía hoy muchos prodigios; los realiza el mismo Dios a través de quienes le place y como le place, lo mismo que realizó los que tenemos escritos. Pero los actuales no son muy conocidos ni se menudea su lectura como un repiqueteo de la memoria, a fin de que no caigan en el olvido. Porque, a pesar del esmero que se empieza a poner entre nosotros para narrar al pueblo esas relaciones hechas por los interesados, las escuchan una vez los presentes, pero la mayoría no lo están; y los mismos que las oyeron, pasados unos días, se olvidan de lo que oyeron; y apenas se encuentra quien comunique lo que oyó a quien sabe no estuvo presente.

22. Entre nosotros tuvo lugar un milagro, no digo más grande que los referidos, pero tan manifiesto y célebre que no pienso exista en Hipona quien no lo viera o conociera, nadie que pueda llegar a olvidarlo. Hubo diez hermanos, siete varones y tres hembras, oriundos de Cesarea de Capadocia y nobles entre sus conciudadanos; fueron maldecidos recientemente por su madre: desvalida por la muerte del padre, se resintió durísimamente afectada por una injuria que le habían hecho. Consecuencia de la maldición fue un tremendo castigo del cielo: se sintieron presa de convulsiones horribles en todos los miembros. Ante espectáculo tan repugnante, no pudiendo soportar la vista de sus conciudadanos, andaban errantes casi por todo el Imperio romano, marchando cada cual a donde bien le pareció. Dos de ellos, hermano y hermana, Paulo y Paladia, conocidos ya en otros lugares por la publicidad de su desgracia, llegaron a nuestra ciudad. Vinieron precisamente casi quince días antes de Pascua, y acudían a diario a la iglesia y visitaban en ella la capilla del gloriosísimo Esteban, suplicando a Dios se aplacase ya de ellos y les devolviera la salud. En la iglesia y en cualquier parte eran centro de las miradas del pueblo. Algunos de los que los habían visto en otra parte y eran sabedores del motivo de sus convulsiones, se lo comunicaban a otros como podían.

Llegó la Pascua, y de mañana, estando ya presente gran número de fieles, el muchacho estaba en oración asido a la verja del lugar santo donde estaban las reliquias del mártir. De pronto cayó postrado y quedó tendido como muerto, pero sin temblor alguno, incluso el que solía tener durante el sueño. Se quedaron atónitos los presentes, temiendo unos y lamentándose otros. Algunos querían levantarlo, pero otros se lo impidieron, diciendo que era mejor esperar el resultado. De pronto se levanta y ya no tiembla: había sido curado, se mantiene firme, mirando a los que lo miraban. ¿Quién no alabó al Señor en aquellos momentos? La iglesia resonaba por doquier con las voces de los que gritaban y se congratulaban. Se dirigen luego a donde yo estaba sentado y dispuesto a sa­lir al encuentro: se atropellan unos a otros anunciando cada uno como novedad lo que había contado el anterior; y en medio de mi regocijo y de mi acción de gracias interior a Dios, se me acerca él mismo con otros muchos, se postra a mis pies y se levanta para el ósculo. Me dirijo hacia el pueblo; la iglesia estaba repleta, resonaba con voces de júbilo, cantando todos de una y otra parte: «¡Gracias a Dios, alabado sea Dios!». Saludé al pueblo, y redobláronse las aclamaciones con el mismo fervor.

Hecho por fin el silencio, se procedió a la lectura solemne de las divinas Escrituras. Cuando llegó el turno de mi exposición, hablé brevemente a tono con la grata circunstancia de tal alegría; más que oír lo que les dijera, me pareció mejor que considerasen la elocuencia de Dios en esa obra divina. Comió el hombre con nosotros y nos contó detalladamente toda la historia de su calamidad, de la de su madre y hermanos.

Al día siguiente, tras la explicación ordinaria, prometí que al otro día se recitaría al pueblo el memorial de los hechos. Al tercer día del domingo de Pascua, mientras se hacía esa lectura, hice que los dos hermanos estuvieran en pie en las gradas del presbiterio, en cuya parte superior solía yo hablar. Miraba todo el pueblo de ambos sexos, a uno firme, sin el deforme movimiento, y a la otra estremeciéndose en todos sus miembros. Los que no lo habían visto a él antes contemplaban en la hermana los efectos de la divina misericordia con él; y veían qué parabienes había que darle a él y qué gracias había que pedir para su hermana.

Terminada la lectura de la relación, les mandé retirarse de la presencia del pueblo; y habiendo comenzado a comentar más detenidamente todo el asunto, en medio de este comentario, resuenan nuevas voces de júbilo procedentes de la capilla del mártir. Mis oyentes se volvieron hacia allí y comenzaron a correr en tropel. En efecto, la enferma, al bajar de las gradas en que había estado, se había dirigido a orar a la capilla del mártir. Y tan pronto como tocó la verja, cayó igualmente como en un sueño, y se levantó curada.

Mientras preguntábamos cuál era la causa de estrépito tan alegre, entraron con ella en la basílica donde estábamos, trayéndola sana de la capilla del mártir. Tal clamor se levantó entonces por parte de ambos sexos, que parecía no iba a terminar nunca el griterío mezclado con las lágrimas. Se la llevó al mismo lugar en que había estado antes con aquellas convulsiones. Se sentían transportados al ver ya como al hermano a la que poco antes tan desemejante de él habían compadecido; y veían cómo no acabada aún la oración por ella, se había visto escuchada su súplica. Se desbordaban sin palabras en alabanza de Dios con clamor tan fuerte que apenas podían soportarlo nuestros oídos. ¿Qué era lo que hacía saltar de gozo los corazones sino la fe de Cristo, por la cual derramó su sangre San Esteban?

CAPÍTULO IX

¿De qué nos dan testimonio estos milagros sino de la fe en la resurrección de Cristo realizada en su carne y de su ascensión con la misma carne al cielo? Los mismos mártires fueron mártires, es decir, testigos de la fe, y por dar testimonio de esta fe tuvieron que soportar un mundo en extremo enemigo y cruel, al que vencieron no con la resistencia, sino con la muerte. Por esta fe murieron los que consiguieron esto del Señor, por cuyo nombre murieron. Por esta fe precedió su admirable sufrimiento, que fue la causa de semejante poder en esos milagros. Pues si no precedió la resurrección de la carne en Cristo para siempre, o no ha de tener lugar según la predicción de Cristo, o según lo anunciaron los profetas por quienes fue anunciado Cristo, ¿cómo tienen tal poder los muertos que murieron por esa fe que proclama la resurrección? Lo mismo da que sea Dios quien realiza por sí mismo y del modo maravilloso propio suyo, siendo Él eterno, en las cosas temporales, estas maravillas que el que las realice por medio de sus ministros; y, en este caso, ya lleve a cabo algunas por medio de los espíritus de los mártires o de los hombres, viviendo todavía en este cuerpo, o las lleve todas a cabo por medio de los ángeles, sobre quienes invisible, inmutable o incorporalmente tiene dominio, de suerte que estas mismas que se dicen realizadas por los mártires no lo son por obra suya, sino por sus oraciones e intercesión; puede también que esas mismas maravillas se realicen unas de una manera y otras de otra, maneras que no pueden entender en modo alguno los mortales; en todos estos casos, tales obras dan testimonio de esta fe en que se predica la resurrección de la carne para siempre.” (Del libro de Agustín de Hipona -LA CIUDAD DE DIOS – Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA)

Como han podido comprobar en la lectura completa de las palabras de Agustín, éste no está afirmando, como le hacen decir los cesacionistas al poner solo la primera parte del escrito violando el contexto inmediato, que los milagros han cesado en la iglesia. Muy por el contrario, Agustín afirma que siguen sucediendo milagros, ¡muchos más de los que entrarían en un libro! Es lamentable que con esta perversa manipulación estén engañando a los creyentes con el único fin de desacreditar al pentecostalismo; pero como hemos comprobado aquí, los únicos que tienen las raíces corruptas son los mismos cesacionistas, quienes son contradichos por su más admirado Padre de la Iglesia: Agustín de Hipona, el continuista.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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Juan Calvino ¿ Profetas y Apóstoles, hoy?

Vimos en el último artículo que “la Iglesia necesita Profetas”, y que los tres períodos que se caracterizaron por la aparición de estos, junto con los apóstoles (ya sean falsos o verdaderos), fueron: La Iglesia Primitiva, La Reforma Protestante y el Presente Período de la Iglesia.

En cuanto al Segundo Período, el de la Reforma Protestante, vimos como los Reformadores Magisteriales, al menos Lutero, Calvino y Zwinglio, en cierta forma estaban convencidos de tener un ministerio especial, distinto al resto. Leyendo sus escritos, uno vislumbra cómo ellos estaban convencidos de ser una especie de profetas o apóstoles de su época, e hicieron valer la autoridad (civil y eclesiástica) para que así fuese.

Como esta es una página de relatos históricos, no de una postura doctrinal especial, me parece interesante compartir lo que dice el propio Calvino sobre estos dos ministerios: 

“Es preciso que tratemos ahora del orden según el cual ha querido Dios que fuese gobernada su Iglesia…

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.  (Efesios 4:11-12)

“He aquí cómo se realiza la restauración de los santos. He aquí cómo se edifica el cuerpo de Cristo; cómo somos unidos unos con otros; cómo somos llevados a la unión con Cristo: cuando la profecía tiene lugar entre nosotros, cuando recibimos a los apóstoles, cuando no despreciamos la doctrina que nos es presentada. Por tanto, todo el que pretende destruir este orden y modo de gobierno, o lo menosprecia como si no fuese necesario, procura la destrucción y la ruina total de la Iglesia. Porque ni el sol, ni los alimentos y la bebida son tan necesarios para la conservación de la vida presente, como lo es el oficio de los apóstoles y pastores para la conservación de la Iglesia.”   (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 2)

“Por lo que hace a los que deben presidir la Iglesia para gobernarla conforme a la institución de Jesucristo, san Pablo pone en primer lugar a los apóstoles, luego a los profetas, a continuación a los evangelistas, después a los pastores, y finalmente a los doctores. De todo éstos, solamente los dos últimos desempeñan un ministerio ordinario en la Iglesia; los otros tres los suscitó el Señor con su gracia al principio, cuando el Evangelio comenzó a ser predicado. Aunque no deja de suscitarlos de vez en cuando, según lo requiere la necesidad.”  (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4)

Inmediatamente continúa diciendo Calvino:

“a. Los ministerios de la Iglesia apostólica. Si se me pregunta cuál es el oficio de los apóstoles, se ve claro por lo que el Señor les mandó: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15). No les señala el Señor límite alguno; sino que los envía para que reduzcan a todo el mundo a su obediencia, a fin de que sembrando el Evangelio por doquier, ensalzasen su reino por todas las naciones. Por esto san Pablo, queriendo justificar su apostolado, no dice que haya conquistado para Cristo una ciudad u otra, sino que ha predicado el Evangelio por todas partes, y que no ha edificado sobre fundamento ajeno, sino que ha edificado las iglesias donde el nombre del Señor no había sido nunca oído (Rom.15, 19-20). Los apóstoles, pues, fueron enviados para apartar al mundo de la perdición en que se encontraba y llevarlo a la obediencia de Dios, y por la predicación del Evangelio edificar por todo el mundo su reino; o, para decirlo con otras palabras, para echar por todo el mundo los fundamentos de la Iglesia, como primeros y principales maestros y artífices del edificio. San Pablo llama profetas, no a todos los que en general declaran la voluntad de Dios, sino a los que recibían alguna revelación particular (Ef. 2,20; 4,11): De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos.
Por el nombre de evangelistas entiendo a los que en oficio y dignidad venían después de los apóstoles, y hacían sus veces. De este número fueron Lucas, Timoteo, Tito u otros semejantes; incluso es posible que lo fueran también los setenta discípulos que Jesucristo eligió para que ocupasen el segundo lugar después de los apóstoles (Lc.10,1). Si admitimos esta interpretación – y debe serlo en mi opinión, como muy conforme con las palabras y la intención del Apóstol -, aquellos tres oficios no han sido instituidos para ser permanentes en la Iglesia, sino únicamente para el tiempo en que fue necesario implantar iglesias donde no existían, o para anunciar a Jesucristo entre los judíos, a fin de atraerlos a Él como a su Redentor. Aunque no niego con esto que Dios no haya después suscitado apóstoles o evangelistas en su lugar, como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo. Porque fue necesaria su presencia para reducir a la pobre Iglesia al buen camino del que el Anticristo la había apartado. Sin embargo sostengo que este ministerio fue extraordinario, puesto que no tiene cabida en las iglesias bien ordenadas.”    (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4)

Cualquiera que lea sin fanatismo cesacionista, estos textos de Calvino, puede notar claramente que el Reformador está haciendo dos distinciones de ministerios: los excepcionales: Apóstol, Profeta y Evangelista, de los cuales afirma que no son permanentes (pero jamás afirma que han cesado definitivamente); y los permanentes: Pastores y Maestros o doctores como le llama él (sin estos dos ministerios ninguna iglesia puede funcionar).

Calvino deja bien claro sobre los ministerios de Apóstol, Evangelista y Profeta que:   “los suscitó el Señor con su gracia al principio, cuando el Evangelio comenzó a ser predicado. Aunque no deja de suscitarlos de vez en cuando, según lo requiere la necesidad…  De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos…  

Calvino sostiene que estos ministerios solo son necesarios cuando la Iglesia atraviesa una etapa difícil u obscura, pero en una iglesia que funciona bien no son necesarios, releamos sus palabras:

“Aunque no niego con esto que Dios no haya después suscitado apóstoles o evangelistas en su lugar, como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo. Porque fue necesaria su presencia para reducir a la pobre Iglesia al buen camino del que el Anticristo la había apartado. Sin embargo sostengo que este ministerio fue extraordinario, puesto que no tiene cabida en las iglesias bien ordenadas.”

Calvino afirma que Dios ha suscitado de estos ministerios extraordinarios en su época, en la época de la Reforma de S. XVI; porque el Anticristo (el Papa, según Calvino) había apartado a la Iglesia del buen camino. Si ustedes se recuerdan en el artículo anterior, puse una frase de Leonard Ravenhill que decía que los Profetas: “son los hombres de emergencia de Dios, para las horas de crisis“. Pues bien, Calvino está diciendo lo mismo, que los ministerios extraordinarios o no permanentes, solo son necesarios en las horas de crisis, cuando la Iglesia atraviesa una etapa oscura. Calvino reconoce que en su misma época Dios ha levantado de estos ministerios “como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo” ¿Recuerdan cómo dijimos que los Reformadores se consideraban a sí mismos, no en forma abierta sino indirectamente, Profetas y Apóstoles?

A continuación Calvino menciona los dos ministerios permanentes, los que siempre deben estar vigentes en la Iglesia, ¿pero en qué iglesia?  “en las iglesias bien ordenadas.”

“b. Ministerios necesarios en todo tiempo en la Iglesia. Vienen finalmente los pastores y doctores, de los cuales la Iglesia nunca puede prescindir. La diferencia que establezco entre estos dos oficios es que los doctores no tienen a su cargo la disciplina, ni la administración de los sacramentos, ni hacer exhortaciones ni avisos; su cargo únicamente es exponer la Escritura, a fin de que se conserve y mantenga la pura y sana doctrina en la Iglesia; en cambio, el oficio y cargo pastoral abraza todas estas cosas.”       (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4.b)

Calvino enseña que, en tiempos normales, cuando las iglesias están bien ordenadas, funcionando correctamente, y no hacen falta los ministerios extraordinarios; los Pastores ocupan el puesto de los Apóstoles y Evangelistas, y los doctores o maestros el de los Profetas.

“Ya sabemos qué oficios han sido temporales en el gobierno de la Iglesia, y cuáles han de permanecer para siempre. Si equiparamos a los apóstoles y evangelistas, nos quedan dos pares de oficios que se corresponden entre sí. Porque la semejanza que nuestros doctores tienen con los profetas antiguos, la tienen a su vez los pastores con los apóstoles. El oficio de profeta fue mucho más excelente a causa del don particular de revelación que comportaba. Pero el oficio de doctores persigue absolutamente el mismo fin, y casi se ejerce mediante los mismos medios… Sin embargo los pastores tienen el mismo cargo que tenían los apóstoles, exceptuando que cada pastor tiene a su cargo una iglesia determinada.”  (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 5)

Una cosa es decir “Dios ya no levanta Profetas, Apóstoles o Evangelistas, eso era para la Iglesia apostólica“, cosa que Calvino nunca dijo,  y otra cosa muy distinta es lo que realmente afirmaba Calvino: son ministerios excepcionales para situaciones excepcionales. Después de aclarar que el ministerio de los Apóstoles del Cordero fue único, reconoce que “apóstol” abarca a más personas:

“Es verdad que san Pablo concede este honor a Andrónico y a Junias, declarándolos incluso excelentes entre los otros (Rom. 16, 7). Pero cuando quiere hablar con toda propiedad no atribuye este nombre más que a aquellos que tenían la preeminencia que hemos indicado. Y así comúnmente se emplea en la Escritura.”    (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 5)

Unos, los primeros apóstoles instituidos por Cristo, tienen la preeminencia, pero esto no significa que no se pueda llamar así a otros, aunque no con la misma autoridad, pues los primeros son irrepetibles. Y en cuanto a los Profetas, también aclara que los primeros tenían “Revelación de doctrina”  lo cual los hacía superiores a los que vendrían después, los que vienen después no tienen “revelación para imponer doctrina”.   

Resumiendo, la enseñanza de Calvino es que, los ministerios extraordinarios no siempre están presentes en la Iglesia, solo en situaciones críticas; pues si las iglesias están bien ordenadas, con los pastores y maestros es suficiente. Pero como hemos leído textualmente en sus citas, en cuanto a los ministerios excepcionales o no permanentes (no siempre debe haberlos): De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos.

Una cosa es limitar, y otra negar como hace el cesacionismo, torciendo aún las mismas palabras de su maestro (¿reformador- profeta contemporáneo- apóstol?) preferido.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 2017

 

 

 

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Los profetas… esas voces silenciadas

En la Historia del cristianismo podemos encontrar tres períodos de auge en relación al ministerio del profeta.

El Primer Período es, obviamente, el de la iglesia primitiva. Primeramente en su fase apostólica, es decir, cuando vivían aún los apóstoles del Cordero y los demás apóstoles fundacionales, como por ejemplo Santiago el hermano del Señor, que sin ser uno de los doce tenía indudablemente autoridad apostólica. En este período los profetas se movían con suma libertad por la iglesia naciente.

Hechos 11:27-28a  En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo…

Hechos 13:1a   Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…

Efesios 3:5  misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu:

Efesios 4:11  Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.

Y dentro de ese mismo Primer Período de la iglesia primitiva, pero en su fase post-apostólica, seguía habiendo profetas y apóstoles junto con los maestros, obispos y diáconos. Esto lo podemos verificar en uno de los primeros escritos no canónicos, La Didaché (o doctrina de los apóstoles), “el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos(Quasten – Patrología – Tomo I)

Didaché XI. (4) Todo apóstol que venga a vosotros, acogedlo como al Señor (5) pero no permanecerá más que un sólo día; mas si tiene necesidad, también otro; mas si permaneciere tres es profeta falso. (6) Cuando se marche el apóstol no se lleve más que pan, hasta donde se aloje; si pidiere dinero, es profeta falso. (8) Mas no todo el que habla en espíritu es profeta, sino si tiene las costumbres del Señor. Así, por las costumbres se discernirá el falso profeta y el profeta (verdadero). (10) Todo profeta que enseña la verdad, si lo que enseña no lo hace, es profeta falso. (12) Si alguno dijere en espíritu: dame dinero y otras cosas, no le escuchéis; pero si dijere dar a otros que tienen necesidad, nadie le juzgue.

Didaché XII. “Todo el que viene en nombre del Señor” sea acogido; después, poniéndolo a prueba, conocedlo, porque tenéis sentido de lo recto y de lo no recto. (2). Mas si el que viene está de paso, ayudadle, cuanto podáis; no permanezca con vosotros sino dos o tres días, si hay necesidad. (3) Mas si quiere asentarse junto a vosotros, teniendo un oficio, trabaje y coma. (4) Pero si no tiene oficio, proveed según vuestro sentido para que no viva ocioso un cristiano entre vosotros. (5) Mas si no quiere obrar así es un traficante de Cristo; guardaos de los tales.

Didaché XV. Designaos obispos y diáconos dignos del Señor, varones mansos y desinteresados y auténticos y probados; porque también ellos ejercen para vosotros el ministerio litúrgico de los profetas y maestros. (2) No los miréis con altivez; porque, junto con los profetas y maestros, deben ser honrados por vosotros.

El Segundo Período del auge de los profetas es en la Reforma Protestante, en el Siglo XVI. Por un lado tenemos una proliferación de auto-proclamados profetas entre los denominados “anabaptistas”, y por el otro lado tenemos a los “reformadores magisteriales”, hablando, escribiendo y haciendo ejecutar sus “doctrinas verdaderas” por medio del brazo secular, es decir, por medio de los príncipes y magistrados con no menos convicción profética que sus oponentes. Los dos bandos proclamaban por igual: ser los auténticos portadores de la verdad.

El término anabaptista o rebautizante, se le aplicaba a todo aquel que se opusiera al bautismo de niños, o que habiendo salido del catolicismo, se hiciera bautizar de nuevo en la fe protestante o evangélica.  Recordemos que los principales Reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Matín Bucer, Ecolampadio, Bullinger…) condenaban y perseguían a todo aquel que se opusiese al bautismo de infantes, a los cuales metían en el mismo saco bajo el calificativo despectivo de “anabaptistas” o “los que se bautizan de nuevo”.

Dentro de los anabaptistas había de todo, ultra-pacifistas, belicosos, trinitarios, anti-nicenos, espiritualizantes, libertarianos, erasmianos, deterministas, judaizantes, etc. Unos, cristianos de vida intachable y abnegada, otros, desordenados y licenciosos. Pero también entre ellos surgieron los más valerosos mártires.

Más allá de esto, era mayormente entre los anabaptistas donde, por medio de la predicación de hombres notablemente ungidos, las personas se convertían bajo profunda convicción de pecado.

Mientras los Reformadores se encargaban de que sus doctrinas fuesen aceptadas por el gobierno y aplicadas en los territorios bajo su dominio, lo cual implicaba el peligro de la imposición de una “religión oficial” ( ya sea luterana, zwingliana o calvinista) con la consecuente aceptación meramente nominal de la nueva fe, por parte de muchos, pero sin un evidente cambio moral. Los anabaptistas, que se oponían mayoritariamente a la unión Iglesia-Estado, hacen resurgir los grandes predicadores al aire libre y los predicadores de arrepentimiento, “capaces de llevar a sus oyentes a una emocionada conciencia del pecado y de la necesidad del perdón” (La Reforma Radical – G. H. Williams)

Dentro del anabaptismo hubo hombres de predicación profética y encendida, que convirtieron a miles, hubo asimismo abundantes manifestaciones de los dones del Espíritu, incluido el hablar en lenguas; también las mujeres tuvieron una participación activa en la obra evangelística. Pero a la par de esto, hubo “apóstoles” y “profetas” delirantes que por medio de sus “visiones” y “profecías” causaron guerras, y masacres. Y bajo la “inspiración directa de Dios” establecieron las prácticas más aberrantes como la poligamia, el nudismo y el sexo comunitario (intercambio de esposas). Otros actuaban literalmente como niños o bebés porque de esa manera “entrarían al reino de los cielos”; y por supuesto también estaban los que bajo el pretexto de que “la letra mata”, quemaron literalmente sus Biblias para ser solamente “guiados por el Espíritu”. Muchos de estos auto-proclamados apóstoles y profetas exigían que se les llamase así, y se les reconociera la suprema autoridad apostólica por sobre los demás líderes.

Los Anabaptistas y Los Reformadores Magisteriales tenían algo común, aunque en distinto grado: la “urgencia escatológica”, es decir, la convicción de la inminente segunda venida de Cristo. Esto les producía a todos ellos el sentido de ser auténticos “profetas”, los hombres de los últimos tiempos que preparaban a la Iglesia para el encuentro con su Esposo. No olvidemos que el mismo Lutero afirmaba con seguridad la inminencia del fin del mundo.

“Este año de nuestra salvación 1540, de Mahoma 940, del papa 960, este año hace el 5.500 de la creación del mundo; por eso es de esperar que tenga lugar el fin del mundo, puesto que no se ha de completar el sexto milenio, al igual que no se completaron los tres días de Cristo muerto”    (Martín Lutero -WA 5.813).

A Lutero se le consideraba “un instrumento de Dios y un profeta”; y él hablaba con la convicción de ser el profeta cuya doctrina no puede estar equivocada:

“Y esta convicción es la única que capacita para acometer una empresa, para mantenerse sin desmayo en ella y para poder proclamar: Los equivocados y los que no tienen razón sois todos vosotros; mi doctrina es la única recta y la segura verdad de Dios, en ella permaneceré aunque todo el mundo opine lo contrario. Porque Dios no puede engañar, y yo poseo su palabra que no ha de fallar y prevalecerá contra todas las puertas del infierno [Mt 16, 18]. Él mismo me alienta al decir: «Yo pondré en tu camino oyentes que acepten tu enseñanza; déjame a mí este cuidado, que yo velaré por ti. Lo único que tienes que hacer por tu parte es permanecer asido a mi palabra»”    (Martín Lutero – Charlas de Sobremesa 13)

Otro de los reformadores magisteriales, Zwinglio, en la ciudad de Zúrich, “estaba determinado a establecer una teocracia profética de todo el pueblo o cristiandad cívica” (La Reforma Radical – G. H. Williams). Recordemos que a Zwinglio se le llamaba el “profeta-guerrero-estadista”, aunque acabó muerto y descuartizado, en el campo de batalla en 1531.

Por su parte, Calvino, no menos “profeta” en su forma de hablar y de tratar a los que no pensaban como él, escribía sobre uno que acabó sometiéndose a su magisterio:

 “ha regresado con toda buena fe al seno de la iglesia. Ha confesado que fuera de la iglesia no hay salvación, y que la iglesia auténtica es la que está con nosotros. Por lo tanto, era una defección haber pertenecido a una secta separada de ella. Se confesó, pues, culpable de ese crimen y suplicó que se le perdonara.”  (Carta de Calvino a Farel, 27 de febrero de 1540)

Era un “crimen” no coincidir doctrinalmente con Calvino, pues con él estaba la verdadera iglesia, y fuera de ella no había salvación. Lo mismo afirmaban Lutero y Zwinglio. La convicción de ser los “auténticos portavoces de Dios” era una característica común de los Reformadores Magisteriales.

Como acabamos de ver, en este Segundo Período de resurgimiento profético, los dos bandos, tanto los protestantes de la Reforma oficial, como los evangélicos de la Reforma Anabaptista o Radical; tuvieron sus voces proféticas así verdaderas como falsas.

El Tercer Período de resurgimiento apostólico y profético es, sin dudas, el actual momento en que atraviesa la Iglesia. Desde el siglo XVI hasta hoy, nadie había osado reclamar estos títulos ministeriales. Basta leer el cartel de eventos de cualquier congregación para encontrar la palabra “apóstol” o “profeta” entre los conferencistas o predicadores visitantes; ningún evento que se aprecie está completo sin ellos.

He escuchado y leído a muchos de estos apóstoles y profetas, los cuales, después de haber soportado sus delirios, han pasado a engrosar mi lista de “falsos”. No tengo ningún problema en admitir que, si me piden que nombre a un apóstol auténtico de hoy, respondería “no reconozco a ninguno”. Obviamente no incluyo a la iglesia perseguida o subterránea, donde lo que ellos experimentan está a años luz de nuestra plácida vida cristiana occidental.

Pero en occidente, y más precisamente en Latinoamérica, no podría mencionar un apóstol genuino, y no me refiero a un apóstol fundacional (de los que vieron a Jesús, o pertenecieron al primer siglo de la Iglesia y que pusieron los fundamentos doctrinales) porque de esos ya no existen ni existirán. Pero tal vez en la iglesia perseguida, en los lugares no evangelizados, haya hombres con una autoridad o unción más extraordinaria de lo habitual, que estén conquistando nuevas tierras para Cristo.

En cuanto a profetas, si me dicen que mencione uno, no tengo ninguna duda: Leonard Ravenhill. Si alguien quiere saber qué es un profeta, que escuche sus prédicas. Hay una diferencia notable entre un pastor, un maestro, un evangelista y un profeta. El gran A. W. Tozer (otro profeta genuino) solía decir que “la voz de los escribas ha silenciado la voz de los profetas”.

“Estas espantosas horas claman fuertemente por hombres con el don penetrante de la profecía. En lugar de esto, tenemos hombres que organizan reuniones, encuestas y paneles de discusión.”     (A. W. Tozer – La Vida Más Profunda – Cap. 3)

El ministerio del profeta no es muy común, supongo que alguno habrá en la actualidad, siempre hablando de occidente. Claro que para encontrarlos debes comenzar descartando a todos los predicadores que delante de su nombre ponen: “profeta”, porque uno verdadero nunca aceptaría que lo llamen así.

El profeta genuino no se anuncia, no lo necesita, al escucharlo las personas sabrán que él tiene “algo especial”. No sabes que es, pero sus palabras traspasan el corazón, son como flechas ardientes. Cuando un profeta predica no saldrás del culto diciendo ¡que buen sermón!, saldrás del culto mudo, porque esas palabras te habrán desafiado de tal manera que no tendrás otra alternativa que, o tomar una decisión radical, o endurecerte más y hundirte en el letargo espiritual. Un profeta será amado u odiado, pero difícilmente ignorado.

Los profetas no son adivinos ni futurólogos, son simplemente, como decía Ravenhill: “los hombres de emergencia de Dios, para las horas de crisis”, y verdaderamente la Iglesia de hoy está en crisis y necesita de las voces proféticas.

Las voces de los maestros, preparados en la buena doctrina y con capacidad para transmitirla, son fundamentales en este tiempo; pero que nadie se confunda, esas voces no son suficientes (a menos que quieras tener una iglesia de visión limitada).

La iglesia de hoy también necesita las voces de genuinos pastores, que tengan el corazón del buen pastor (no de un tirano). La iglesia de hoy necesita misioneros que sean nuestros ojos y nuestras manos alcanzando hasta lo último de la tierra (no turistas pagados con el diezmo de los pobres, haciéndose selfies al lado de un camello en algún país exótico). La iglesia de hoy necesita verdaderos evangelistas (no showman de luces psicodélicas y gritos manipuladores). La iglesia necesita imperiosamente profetas que sacudan las conciencias (no tarotistas del púlpito que te digan que “este será el año de tu cosecha”, ni un coach para alentarte en el cumplimiento de tus sueños o la alimentación de tu ego).

Las Escrituras son bien claras, en ningún lado hablan de una cesación de este ministerio, y Efesios capítulo 4 dice expresamente hasta cuándo deben durar.

El mismo Señor nos advirtió sobre los últimos tiempos

Mateo 24:11  Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos

Si para entonces no debería haber profetas verdaderos, en vano es que el Señor hable de “falsos”, hubiese dicho sencillamente “y muchos profetas se levantarán y engañarán”; pues no quedando ya originales se supone que todos son falsos.  Así, cuando Pedro advierte:  “como habrá entre vosotros falsos maestros” (2 Pedro 2:1) no significa que no quedarán maestros verdaderos. Donde hay un falso, es porque hay un original también.

Si tenemos en claro que un profeta no está para traer doctrinas nuevas o extrañas, ni revelaciones misteriosas, sino para despertar un sentido de urgencia a la obediencia a Dios en los corazones de los creyentes; no tendremos miedo de que surjan nuevos profetas.

Los profetas son esencialmente predicadores, y es muy distinta una predicación a una enseñanza, y la una no puede reemplazar o ahogar a la otra; no al menos sin traer nefastas consecuencias para la iglesia. El que no estemos acostumbrados a oír voces proféticas no significa que no existan, o que nos tengamos que conformar con una sola voz desde los púlpitos.

Por cierto, no ha sido buena idea que los músicos usurpen los púlpitos; como tampoco es buena idea que los maestros pretendan tener el monopolio de los mismos. Hay una voz que falta, y es la voz de los profetas.

Como nos advirtió Tozer, no dejemos que las voces de los escribas silencien a las voces de los profetas. Necesitamos urgentemente a ambas.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

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Extracto  de una predicación de Leonard Ravenhill en un congreso de líderes

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Los evangelistas de sanidad

En las primeras décadas del siglo XX surgieron varios ministerios evangelísticos con un marcado énfasis en el don de sanidad. Hubo de todo, desde los que empezaron bien y terminaron mal, hasta los que empezaron bien y terminaron mejor. A través de la Historia de la Iglesia podemos ver períodos donde los avivamientos se caracterizaron por una señal distintiva, y los evangelistas de la sanidad marcaron una época.

Se criticó los métodos pocos ortodoxos que algunos usaron, o las doctrinas erradas que otros asumieron, pero lo notable es que ninguno de ellos fue desenmascarado como de “falsas sanidades”. Si tenemos en cuenta, por un lado, que en ese entonces la medicina era muy precaria, y pocos tenían acceso a una atención de calidad; y por el otro, que no existían los medios digitales y audiovisuales de ahora, con los que se puede “manipular más fácilmente a las personas”, el caso de los evangelistas de la sanidad es sinceramente asombroso.

Por un lado significó ayuda para miles que no tenían respuestas en la aún precaria medicina, y por el otro significó un crecimiento exponencial de las iglesias, pues al fin y al cabo, la mayoría de las congregaciones se beneficiaron de la cantidad de personas que se convirtieron en esos eventos. El evangelista seguía su camino, y los pastores se quedaban con las almas nuevas.

La mayoría de ellos no tenían recursos propios, no eran pastores que tenían una plataforma de lanzamiento para captar la atención de la gente. Eran simplemente hombres y mujeres a los cuales, en alguna reunión casera o en alguna pequeña iglesia, les pedían que dirigiesen algunas palabras o una oración, y al hacerlo sencillamente comenzaban a producirse sanidades; lo que llevaba a impactar a toda la ciudad y luego a la nación.

¿Cómo hace una persona, sin recursos y totalmente desconocida, para estar en pocos meses predicando a miles? Si decimos que son falsos, estamos reconociendo que los falsos tienen más poder que los verdaderos. En la iglesia primitiva donde abundaban las sanidades, los falsos también existían, pero eran los verdaderos los que impactaron a las naciones, no los falsos.

No estamos aquí discutiendo el cómo administraron los dones, si bien o mal, estamos hablando de un hecho histórico; de repente, personas sencillas oraban por los enfermos y se sanaban, y luego recorrían con una carpa pueblos y ciudades donde se reunían miles para que orasen por ellos.

Hoy, usando (o abusando) de la tecnología y el imperio publicitario, muchos falsos se auto-proclaman “evangelistas de sanidad” pero ni con toda la artillería digital que despliegan llegan a impactar las naciones. Salvo en la iglesia perseguida (la que llamamos “iglesia subterránea” en donde se reportan casos asombrosos), no creo que existan ya hombres y mujeres de la talla de aquellos grandes evangelistas de las primeras décadas del siglo pasado. Salvo el caso excepcional de Reinhard Bonnke, en África, y de Carlos Annacondia (cuyas campañas de avivamiento presencié personalmente) en Latinoamérica.

Mencionaré solo algunos porque fue una época muy fructífera, que duró hasta la década del 50 en su mayor apogeo. No todos los que tenían dones de sanidad eran evangelistas, pero consideraremos a cuatro que sí lo fueron.

John Alexander Dowie

El pionero de todos. Nacido en Escocia en 1847, desarrolló una parte de su ministerio en Australia y la mayor y última etapa en Chicago. Nació en un hogar muy pobre, fue un niño enfermizo (sufría de dispepsia crónica). Siendo el joven pastor de una iglesia en un suburbio de Sídney, en 1875, una plaga mortal azotó la región:

“Estaba sentado en mi oficina en la Iglesia Congregacional de Newton, un suburbio de Sydney, Australia. Mi corazón estaba muy cargado, porque había estado visitando en sus lechos de enfermedad y muerte a más de treinta miembros de mi congregación, y había devuelto el polvo al polvo de la tierra en más de treinta tumbas en unas pocas semanas. ¿Dónde, oh, dónde estaba aquél que sanaba a sus hijos sufrientes? Ninguna oración por sanidad parecía llegar a sus oídos, pero yo sabía que su mano no se había acortado… A veces me parecía que podía oír la triunfante burla de los enemigos creciendo en mis oídos mientras yo hablaba a los deudos las palabras de cristiana esperanza y consolación. La enfermedad, la sucia hija de Satanás y el pecado, manchaba y destruía… y no había un liberador. “Y ahí estaba yo, sentado con mi cabeza hundida bajo el peso de la pena por mi pueblo afligido, hasta que lágrimas amargas vinieron a aliviar mi corazón ardiente. Entonces oré pidiendo un mensaje… y las palabras del Espíritu Santo inspiradas en Hechos 10:38 se me presentaron en toda la brillantez de su luz, revelando a Satanás como el Opresor, y Jesús como el Sanador. Mis lágrimas fueron enjugadas, mi corazón se fortaleció; vi el camino hacia la sanidad… y dije: ‘Dios, ayúdame ahora a predicar la Palabra a todos los que están muriendo a mi alrededor, y decirles que es Satanás quien aún enferma, y Jesús quien aún libera, porque Él sigue siendo el mismo hoy.”   (Gordon Lindsay. John A1exander Dowie: A Life Story of Trials, Tragedies and Triumphs)

John Alexander Dowie aún estaba haciendo esta oración cuando vinieron a buscarlo para que fuese a orar por otra hermana de su congregación que estaba muriendo, cuando llegó ante ella, oró y fue sanada completamente. A partir de entonces ningún otro miembro de su congregación murió por la peste; y él comenzó un ministerio de evangelismo y sanidad de enormes proporciones. Luego se trasladó a Illinois, allí abrió los famosos “hogares de sanidad”, donde las personas enfermas que venían de todo el país a sus campañas y no encontraban alojamiento, podían ser atendidas y recibir enseñanza y oración. Dowie era un visionario, la ciudad de Chicago fue literalmente impactada por él; su mente no cesaba de programar cosas, pero no supo detenerse a tiempo. Quiso abarcar más de lo que podía o para lo que había sido llamado, y cuando se traspasa el límite de la visión se cae en la ambición ministerial. No quiso pertenecer a ninguna denominación, fue demasiado autodidacta, es uno de los ejemplos más claros de lo que sucede cuando la grandeza de las revelaciones exaltan sobremanera.

María Woodworth-Etter

Nació en 1844, antes de entrar en el ministerio evangelístico era de constitución enfermiza, también por causa de diversas enfermedades perdió a cinco de sus seis hijos. A pesar del golpe de esta tragedia, María comenzó a predicar entre sus familiares, al poco tiempo la llamaban de todas partes para que realizara reuniones de avivamiento, a la edad de 40 años realizaba cruzadas evangelísticas por todo el país. A veces en una sola noche 25.000 almas se reunían para escucharla.

“Recuerdo como si fuera ayer, que mi amiga y yo empujamos a mi madre en su silla de ruedas a lo largo de seis o siete largas cuadras… Dos hombres grandes llevaron la silla hasta delante del púlpito circular que ya estaba rodeado de sillas de ruedas. Hacía tanto calor que mi madre nos rogaba que la lleváramos a casa, pero yo insistí en que nos quedáramos. Gloria a Dios, porque la señalaron para subirla a la plataforma, donde esa hermosa y pequeña dama que jamás olvidaré, habló a mi madre. La vi contestar sacudiendo la cabeza y entonces ella [la hermana Etter] la golpeó en el pecho (a mí me pareció que la había golpeado muy fuerte). Fue como si un rayo la atravesara, se levantó de un salto y salió corriendo y saltando llena de gozo. Toda la gente gritaba; dudo que hubieran visto algo así antes. Vimos muchos más milagros. Casi tuvimos que atar a mi madre a la silla para regresar a casa. Ella quería caminar, pero estaba débil, porque había estado confinada a su cama durante dos años. Cuando llegamos a casa, mi abuela y algunos vecinos nos esperaban. Mi madre se levantó de la silla de ruedas y subió las escaleras. Todos gritaban y lloraban. A partir de ese día, mi madre fue completamente sana, recuperó peso, y amó al Señor”    (testimonio personal de Elizabeth Waters)

A los ochenta años, María Woodworth-Etter tenía la salud deteriorada, sufría gastritis e hidropesía. Su única hija que le quedaba murió en un accidente, en el velorio, María exhortó a los presentes a “mirar al cielo y no a la tumba”. Por causa de su frágil salud, la llevaban en una silla a predicar a la iglesia, se paraba en la plataforma y predicaba con poder, al finalizar la reunión la llevaban nuevamente en una silla hasta su casa, en donde postrada en cama aún seguía recibiendo a los enfermos que venían a que orase por ellos. Murió a la edad de 80 años, después de haber predicado miles de sermones evangelísticos, recorrido cientos de ciudades, viajado en incómodos coches y trenes de la época, durmiendo en carpas y atendiendo a todos los que la solicitaban. De vida austera y humilde, conforme al carácter de los del Movimiento de la Santidad, se unió luego al Movimiento Pentecostal histórico,  fue muy admirada y querida por su cercanía con la gente; la llamaban  “madre Etter” o “la abuela Etter”.

John G. Lake

Nació en 1870 en Canadá, antes de su adolescencia había visto enterrar a cuatro de sus hermanos y cuatro de sus hermanas.

“Nadie puede entender la tremenda influencia que tuvo en mi vida la revelación de Jesús como mi Sanador, y lo que significaba para mí, a menos que primero entienda mi entorno. Yo era uno de 16 niños. Nuestros padres eran personas sanas, vigorosas, fuertes. Mi madre murió a la edad de 75 años, y mi padre, aún vive en el momento de escribir esto, y tiene 77 años. Antes de mi conocimiento y experiencia del Señor como nuestro Sanador, enterramos ocho miembros de la familia. Una sucesión de extrañas enfermedades, que resultaban en muerte, había seguido a la familia.   Durante treinta y dos años siempre hubo un miembro de nuestra familia inválido. Durante este largo período, nuestro hogar nunca estuvo sin la sombra de enfermedad. Cuando pienso sobre mi niñez y adolescencia, llegan a mi mente recuerdos como una pesadilla: enfermedad, médicos, enfermeras, hospitales, coches fúnebres, funerales, cementerios y lápidas; una casa con aflicción; un madre quebrantada de corazón, y el dolor de un padre herido tratando de olvidar los dolores del pasado, con el fin de ayudar a los miembros vivos de la familia que necesitaban su amor y cuidado.”    (John G. Lake, Adventures in God)

Siendo joven, John G. Lake sufría de un reumatismo grave que le deformaba las piernas y le producía un dolor insoportable, un miembro del ministerio de John Alexander Dowie oró por él y fue sanado al instante. Se dedicó a los negocios y ganó bastante dinero, pero obedeciendo al llamado que ardía en su corazón renunció a su fortuna, vendió sus propiedades, las repartió a los necesitados y se fue de misionero al África con su esposa y siete hijos, sin un centavo.  En Sudáfrica, las personas le traían día y noche enfermos a su casa para que orase por ellos.

“Después de cinco años en Sudáfrica, la obra misionera de Lake había resultado en 1.250 predicadores, 625 congregaciones, y 100.000 conversos.” (Gordon Lindsay, ed., John G. Lake: Apostle to Africa – Dallas, TX: Christ for the Nations, 1979)

“El ministro de Dios que tiene miedo de creer a su Dios, y confiar en su Dios para obtener resultados, no es cristiano en absoluto”  (John G. Lake – El Espíritu de Dios – Sermón – Del libro: Su Poder en el Espíritu Santo)

De regreso a Estados Unidos, estableció más de 40 iglesias y era conocido en todos lados como el Doctor Lake, por la increíble cantidad de sanidades extraordinarias que se producían en su ministerio.

A los 61 años de edad estaba casi ciego, por eso se lo ve en las fotografías de esa época con lentes, pero después de un tiempo recobró la vista normalmente. A los 65 años sufrió un ataque del corazón, estuvo dos semanas seminconsciente hasta que finalmente murió. Fue uno de aquellos raros casos de predicadores que siendo ricos se hicieron pobres, fue de moral intachable; es uno de los más grandes y genuinos pioneros pentecostales.

“Amigos, hay una aventura para sus almas, la aventura más increíble del mundo. Es necesaria un alma valiente para pasar a la batalla de Dios y recibir el equipamiento que Él proporciona”       (John G. Lake – Aventuras en Dios)

 

Smith Wigglesworth

 

Smith nació el 8 de junio de 1859 en Yorkshire, Inglaterra. Era de familia muy pobre, a los seis años ya tuvo salir a trabajar con su padre. Después de casarse,  trabajando de plomero viajó a la ciudad de Leeds a comprar materiales para su oficio, entró a una iglesia en donde oraban por los enfermos y se producían sanidades; entonces Smith comenzó a buscar a los enfermos de su ciudad y a pagarles el viaje para que fuesen a las reuniones de sanidad en Leeds. Smith mismo fue sanado de las hemorroides que sufría desde hacía años y luego de una apendicitis en estado terminal.  Sin embargo después de esto, su amada esposa murió de un ataque al corazón. Entonces Simith comenzó a recorrer el país con su hija y su yerno. Tuvo un bendecido ministerio internacional, los milagros extraordinarios que solían suceder no solo en los cultos, sino cuando iba a visitar a los moribundos en sus lechos, son legendarios. A los 70 años sufría de cálculos renales, que de dolor lo hacían retorcerse en el suelo, y perder abundante sangre. Aun así predicaba dos veces al día, oraba personalmente por más de 800 personas; a veces abandonaba el lugar para despedir una piedra y luego regresaba y retomaba la reunión. Así estuvo por más de seis años.

Su yerno narró este testimonio sobre él:

“Viviendo con él, compartiendo su dormitorio, como muchas veces lo hicimos en esos años, nos maravillábamos ante el celo indomable de su fogosa predicación y su compasivo ministerio a los enfermos. No sólo soportó esas agonías, sino que hizo que sirvieran al propósito de Dios y se gloriaba en y sobre ellas”.

A pesar de su fama, Smith vivió humildemente sin atribuirse gloria a sí mismo, en el último mes de su vida dijo estas palabras:

“Hoy, en el correo, recibí una invitación a ir a Australia, una a la India y Ceylán, y otra a los Estados Unidos. La gente me tiene en vista… Pobre Wigglesworth. Qué fracaso, pensar que la gente me tiene en vista. Dios nunca dará su gloria a otro; él me sacará de escena”

A los siete días murió serenamente mientras conversaba, en la compañía de su yerno.

Esperamos que estas biografías te inspiren a crecer en una vida de oración, para que conozcas al Dios que vas a predicar. Te inspiren a crecer en una vida de estudio bíblico, para que conozcas bien lo que tienes que predicar. Y te inspiren a crecer en una vida de fe, para que creas que lo que predicas puede, verdaderamente, impactar la vida de las personas.

Artículo redactado por Gabriel LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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