Puntos importantes sobre la doctrina de la Trinidad

Antes de la definición dogmática existió el culto, y lo cultual ayudó a definir el dogma. ¿Qué quiero decir con esto? Por ejemplo, antes de que se afirmara enfáticamente la divinidad de Cristo en el Concilio de Nicea (325 d.C.) ya se adoraba a Cristo en los cultos como a Dios:

«El título de Señor fue atribuido a Jesús desde los principios, según el testimonio de Pablo que recuerda el símbolo primitivo de la fe cristiana: “Jesús es Señor” (Romanos 10:9); este nombre expresa, pues, el misterio de Cristo, Hijo del Hombre e Hijo de Dios; el AT muestra, en efecto, que Señor (Adonay Kyrios) no es sólo un nombre regio, sino un nombre divino.» [León-Dufour X. Vocabulario de Teología Bíblica. Editorial Herder, p. 846]

Cuando los arrianos (que negaban la divinidad de Cristo) casi llegaron a imponerse en la Iglesia, lo que representó un muro infranqueable para ellos fue la Tradición apostólica. En cada lugar del orbe, donde había llegado el evangelio, Jesús era adorado como el Kyrios, el Adonay, el Señor del universo, aun cuando no existían todavía definiciones dogmáticas o confesiones de fe universalmente establecidas. Curiosamente los arrianos reclamaban algo así como la sola scriptura para apoyar sus enseñanzas, negaban la Tradición y pretendían utilizar solo la Biblia para definir el dogma; de la misma manera actuaban los sabelianos (que negaban la Trinidad), ellos se opusieron a los dogmas trinitarios porque no se utilizaban palabras bíblicas para definirlos. Por ejemplo, la Biblia nos dice que Jesús afirmó “el Padre es mayor que yo”, y de esto se aferraban los arrianos para negar la plena divinidad de Cristo, sin embargo la Tradición enseñaba que esa afirmación se correspondía con el Hijo-Hombre y no con el Hijo-Dios, por lo cual en la liturgia a Jesús se le adoraba en igualdad con el Padre. Debemos recordar aquí que la doctrina cristiana existió antes que la Escritura cristiana, pues primero existió la enseñanza apostólica oral y luego se escribieron los evangelios y escritos del NT:

«¿Es que no es sola scriptura el fundamento de la verdad cristiana? ¿No sería, pues, más exacto hablar de la Escritura como de la fuente de la verdad cristiana en lugar de una fuente de la verdad cristiana? Por muy grande que sea, sin embargo, nuestra simpatía hacia el concepto de sola scriptura como principio dogmático, ese cambio del artículo (la por una) falsificaría claramente los hechos que tratamos y además oscurecería el propósito fundamental de esta parte de nuestro estudio. Falsificaría los hechos porque el nacimiento de la Escritura y la evolución doctrinal no fueron etapas sucesivas de la historia cristiana. En el período histórico más primitivo, los dos procesos fueron simultáneos. La Escritura, en el sentido que hoy tiene la palabra, no pudo ser la fuente de la más antigua evolución de la doctrina cristiana por la simple razón de que, al no existir en su forma actual, no pudo desempeñar ese papel.» [WILES, M. Del Evangelio al Dogma, Evolución doctrinal de la Iglesia antigua. Ediciones Cristiandad, p. 45]

Ya hemos tratado este tema en el artículo anterior “¿Es la Trinidad un  invento católico?” el cual les invito a leer. Si bien fueron necesarios años de discusiones teológicas y dos concilios: el de Nicea (325 d.C.) y el de Constantinopla (381 d.C.) para definir o establecer universalmente el dogma de la divinidad de Cristo, y por consiguiente el de la Trinidad, lo cierto es que la Tradición demostraba que en los cultos cristianos tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo habían sido adorados desde el comienzo. Contrariamente a lo que enseñan los anti-trinitarios, los Concilios no inventaron ninguna doctrina (y mucho menos Constantino). Lo único que hicieron estos concilios fue unificar el vocabulario, poner por escrito la Tradición apostólica que venía siendo trasmitida ininterrumpidamente desde los orígenes de la Iglesia.

Términos como Trinidadousía (en griego: esencia o sustancia), hypóstasis (en griego: persona), homoousios (en griego: de la misma sustancia o consustancial) no son palabras bíblicas, pero la Iglesia debió recurrir a ellas para responder a las herejías. Bien lo expresa san Hilario de Poitiers

«Los errores de los herejes y blasfemos nos obligan a ocuparnos de materias prohibidas, a escalar cumbres peligrosas, a pronunciar palabras indecibles y a entrar sin permiso en terrenos prohibidos. La fe debe cumplir en silencio los mandamientos, adorar al Padre, venerar al Hijo con el Padre y en el Espíritu, pero tenemos que agotar los pobres recursos de nuestro lenguaje para dar expresión a pensamientos demasiado sublimes para palabras humanas. El error de los demás nos obliga a equivocarnos cuando nos atrevemos a encarnar en términos humanos unas verdades que debieran quedar escondidas en el corazón que venera en silencio»  [HILARIO, De Trinitate, II, 2]

Leamos lo que dice Maurice Wiles en su libro Del Evangelio al Dogma:

«De esta forma, con frecuencia fueron los herejes quienes determinaron las líneas generales por las que habría de discurrir la evolución doctrinal; fueron ellos los que eligieron el terreno en el que se entablarían las batallas doctrinales, y no sólo el terreno, sino las mismas armas que habrían de emplearse. La afirmación de que el Hijo era «de la misma sustancia» que el Padre fue para generaciones de cristianos una gloriosa exclamación de fe cuando cantaban el credo en los momentos más solemnes de la liturgia de la Iglesia. Y, sin embargo, no fue éste el motivo por el que la expresión entró a formar parte del vocabulario de la doctrina cristiana; se la admitió con cierto pesar por ser el único medio disponible de excluir el arrianismo. Han sido, pues, los arrianos, dice Atanasio, los responsables de que la Iglesia emplease un término no escriturístico, es decir, la palabra griega homoousios introducida en el Símbolo de Nicea y traducida familiarmente por la expresión «de la misma sustancia que» [WILES, M. Del Evangelio al Dogma, Evolución doctrinal de la Iglesia antigua. Ediciones Cristiandad, p. 38-39]

Utilizar palabras no bíblicas para describir un dogma bíblico no es algo antibíblico, simplemente nos vemos forzados a utilizar la pobreza del lenguaje humano para tratar de describir la indescriptible grandeza divina; así lo entendió la Iglesia primitiva cuando se vio forzada, por el ataque de los herejes, a definir por escrito los dogmas que hasta entonces eran orales.

Si hoy reuniéramos a una docena de evangélicos y les preguntásemos qué creen o cómo definen la doctrina de la Trinidad, probablemente tendríamos tantas respuestas distintas, y algunas tan disparatadas, que nos harían replantear qué tipo de enseñanza se brinda al respecto en nuestras iglesias.

Expongo a continuación algunos puntos que pueden aclarar los conceptos sobre el dogma de la Trinidad, espero ayuden a reafirmar, o a corregir, algunas creencias actuales:

  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres seres, son un solo ser, un solo Dios, tres Personas.
  • Tres Personas no significan tres individuos completamente distintos e independientes como si fuesen tres personas humanas, pero sí la distinción dentro de la unidad de Dios.
  • Dios es uno, y el hablar de tres Personas divinas no atenta contra la unidad, pues las tres Personas divinas son el mismo y único Dios.
  • Las tres Personas divinas no se distinguen en grados de poder, esencia, naturaleza o cualquier otro atributo divino, pero sí hay una distinción en algunas de las operaciones que cada una de ellas realiza en perfecta comunión y armonía. El Padre envía al Hijo, el Hijo viene a dar testimonio del Padre, el Hijo es hecho carne y crucificado, ni el Padre ni el Espíritu son crucificados sino el Hijo, el Hijo envía al Espíritu, el Hijo asciende a la diestra del Padre, el Espíritu da testimonio del Hijo hasta que el Hijo regrese nuevamente y todas las cosas sean sometidas definitivamente al Padre.
  • Cada Persona de la Trinidad posee conciencia de ser, voluntad y capacidad de acción, pero es imposible que exista conflicto de voluntades, de celos, o de acciones entre ellas, puesto que no son una asociación de dioses o de seres, sino un solo Dios.
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres manifestaciones de Dios, son tres Personas divinas que se manifiestan de distintas formas.
  • El Padre es inengendrado, el Hijo es engendrado, el Espíritu es procedente.
  • Cuando se dice que el Hijo es engendrado, se dice que es engendrado desde la eternidad o eternamente engendrado, es decir, no hubo un tiempo en que no fue Hijo, o un tiempo en que el Padre no fue Padre. El Hijo no fue engendrado en un momento determinado, sino que lo fue desde la eternidad.
  • El Padre no es mayor que el Hijo, ni el Hijo mayor que el Espíritu. Los tres son iguales en todos los atributos divinos y señorío. No hay una subordinación basada en el mayor poder de alguna de las tres Personas, todas las relaciones y operaciones están fundamentadas y ejecutadas en el amor.
  • El Hijo no es la más grande y bella de las criaturas, por la simple razón de que no es una criatura, es creador al igual que el Padre y el Espíritu. El Espíritu tampoco es una criatura, es Dios co-creador junto con el Padre y el Hijo.
  • Dios no tiene cuerpo, pues un cuerpo debe ser contenido por un espacio mayor que él, y puesto que no hay nada mayor o externo, o que contenga a Dios, no se le puede atribuir cuerpo alguno a Dios. Pero el Hijo se hizo carne y tiene hoy un cuerpo glorificado como primicia de la resurrección.
  • El Hijo es la única Persona de la Trinidad que tiene dos naturalezas: una divina y una humana.
  • Dios es un ser simple, no es un ser compuesto, no está compuesto por tres partes que se pueden separar. Las tres personas son un solo ser, inseparables entre sí, aunque bien distinguibles entre ellas. Un solo Dios, no tres dioses; un solo ser, no tres seres; una sola esencia que no se manifiesta en tres modos, sino tres Personas que sin mezcla ni confusión son absolutamente un solo Dios, aunque cada una de ellas posea conciencia, voluntad y capacidad de acción.
  • No es correcto comparar la Trinidad con el agua que puede presentarse en tres modos distintos: líquido, sólido y gaseoso; pues el mismo agua no puede estar en las tres formas al mismo tiempo, ni Dios se manifiesta unas veces como Hijo, u otras veces como Padre; puesto que las tres Personas no son meras manifestaciones, sino que las tres Personas son al mismo tiempo, e inmutablemente, Dios. 
  • El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son dignos de adoración en igual grado.

Algunos textos patrísticos sobre la Trinidad:

«El Hijo procede de aquel Padre que tiene el ser, es unigénito que procede del inengendrado, descendencia del Padre, viviente del viviente. Como el Padre tiene la vida en sí mismo, también se le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo. Perfecto que procede del perfecto, porque es todo entero de aquel que es todo entero. No hay división o separación, porque cada uno está en el otro y en el Hijo habita la plenitud de la divinidad. Es el incomprensible que procede del incomprensible; nadie les conoce, sino ellos entre sí. Es el invisible que procede del invisible, porque es la imagen del Dios invisible (Col 1,15) y porque el que ve al Hijo, ve también al Padre (Gn 14,9). Uno procede del otro, porque son Padre e Hijo. Pero la naturaleza de la divinidad no es distinta en uno y otro, porque los dos son una misma cosa: Dios que procede de Dios. El Dios unigénito del único Dios inengendrado. No son dos dioses, sino uno que procede de uno. No dos inengendrados, porque el que ha nacido procede del que no ha nacido. En nada se diferencian el uno del otro, porque la vida del viviente está en el que vive.» [S. HILARlO DE POITIERS, La Trinidad, 2,11. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia BAC]

“En la divinidad, solamente el Padre es propiamente padre y el Hijo propiamente hijo; y es respecto a ellos de quienes es firme la afirmación de Padre siempre padre y de Hijo siempre hijo. Y así como el padre jamás podrá ser hijo, de la misma forma el Hijo jamás podrá llegar a ser padre. Y lo mismo que el Padre no cesará de ser sólo Padre, jamás el Hijo dejará de ser solamente hijo. Es, pues, una locura concebir, e incluso decir, un hermano para el Hijo; y, para el Padre, el nombre de abuelo. Porque en las Escrituras el Espíritu no es llamado ni Hijo, para que no se le creyese hermano del Hijo, ni hijo del Hijo; y para que, por otra parte, no se pueda decir que el Padre es su abuelo; sino que el Hijo se dice Hijo del Padre, y el Espíritu, Espíritu del Padre; y, de esta manera, una es la divinidad de la misma Trinidad y una la fe. Por la misma razón, igualmente es locura decir que el Espíritu es una criatura. Pues, si fuera una criatura, no sería contado en la Trinidad. Basta saber que el Espíritu ni es criatura ni es contado entre las obras de Dios. En efecto, nada extraño se cuenta en la Trinidad; ella es indivisa y semejante a sí misma. Esto basta a los fieles”  [S. ATANASIO, Cartas a Serapión, 1,16-17]

“Sin embargo, vemos además la tradición, la doctrina y la fe de la Iglesia católica desde su origen; fe que el Señor le ha dado, que los Apóstoles han anunciado y que los Padres han guardado. Es sobre ella, en efecto, sobre la que ha sido fundada la Iglesia; y quien se aparta de ella no puede ser ni llamarse cristiano. Hay, pues, una Trinidad santa y perfecta, reconocida como Dios en el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo; ella no encierra nada de extraño, nada que le sea agregado desde el exterior; no se compone de creador y criatura, sino que es toda ella poder creador y productor; ella es semejante a sí misma, indivisible por naturaleza y única en su eficacia. Efectivamente, el Padre hace todas las cosas por el Verbo en el Espíritu, y es así como la unidad de la Santa Trinidad se salvaguarda, de manera que, en la Iglesia, es anunciado un solo Dios que está sobre todos y obra por todos y en todos (Ef 4,6). Sobre todos, como Padre, como principio y fuente; por todos, por el Verbo; en todos, en el Espíritu Santo”.  [S. ATANASIO, Cartas a Serapión, 1,28. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. BAC]

“Porque no es fácil encontrar un nombre que pueda convenir a tanta grandeza, por el que se denomine de manera adecuada a esta Trinidad, sino diciendo que es un solo Dios, de quien, por quien y en quien son todas las cosas. Así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son, cada uno de ellos, Dios y los tres un solo Dios; asimismo, cada uno de ellos es una esencia completa, y los tres juntos una sola esencia. El Padre no es Hijo ni Espíritu Santo; el Hijo no es Padre ni Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es Padre ni Hijo: el Padre es sólo Padre, el Hijo únicamente Hijo y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Los tres tienen la misma eternidad, la misma inmutabilidad, la misma majestad, el mismo poder. El Padre es la unidad, el Hijo es la igualdad, el Espíritu Santo la armonía de la unidad y la igualdad; estas tres cosas son todas una por el Padre, iguales por el Hijo y armónicas por el Espíritu Santo” [S. AGUSTÍN, Sobre la Doctrina Cristiana, 1,5,5]

«Porque es necesario que tengáis estas verdades clavadas en vuestra mente, para no ser juguete de los engaños diabólicos, antes bien, en caso de que los hijos de Arrio (los que niegan la divinidad de Cristo) quieran poneros la zancadilla, vosotros sepáis con toda claridad que debéis taparos los oídos para todo cuanto ellos os digan y a la vez responderles con toda libertad mostrándoles que el Hijo es igual al Padre según la substancia. Él mismo, efectivamente, es quien ha dicho: Igual que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere, y en todo está mostrando que tiene el mismo poder que el Padre. Y si desde otro lado Sabelio  (que negaba la Trinidad) quiere corromper las sanas creencias, amuralla también contra él tus oídos, querido, y enséñale que la substancia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una, ciertamente, pero que las personas son tres. En efecto, ni el Padre podría ser llamado Hijo, ni el Hijo Padre, ni el Espíritu Santo otra cosa que esto mismo, y sin embargo, cada uno, permaneciendo en su propia persona, posee el mismo poder. 23. Porque es necesario que en vuestra mente se clave lo siguiente: que el Espíritu Santo es de la misma dignidad, como Cristo decía también a sus discípulos: Id, haced discípulos de todas las naciones, y bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo1 24. ¿Ves qué cabal profesión de fe? ¿Ves qué doctrina, sin ambigüedad alguna? Que nadie te turbe en adelante introduciendo en los dogmas de la Iglesia averiguaciones de sus propios razonamientos y queriendo enturbiar las rectas y sanas creencias. Rehúye más bien la compañía de tales gentes, como el veneno de las drogas. Efectivamente, peores que éste son aquellos, pues el veneno detiene su daño en el cuerpo, y en cambio aquellos echan a perder la misma salvación del alma. Por eso ya de entrada y desde el principio conviene que rehuyáis las conversaciones de esa índole con ellos, sobre todo hasta que, andando el tiempo y bien equipados ya con armas espirituales, cuales son los testimonios sacados de la divina Escritura, podáis vosotros amordazar su lengua desvergonzada.”    [Juan Crisóstomo. Las Catequesis Bautismales. Ed. Ciudad Nueva. Quinta Catequesis 20-24]

«Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible; y en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, luz de luz. Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma sustancia que el Padre, por quien todo fue hecho; por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó  del cielo, por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Por nuestra causa fue crucificado bajo Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre; de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Y en la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados y esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amen.» [Credo del Concilio de Constantinopla, del año 381, versión griega]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos 2022

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Fascinados por los lobos

No es extraño el hecho de que un lobo siga a una oveja hasta tener la oportunidad de abalanzarse sobre ella y devorarla; lo extraño sería que la oveja siga al lobo y se entregue alegremente a sus fauces. Este último hecho, tan antinatural y extraño, sucede con frecuencia en la Iglesia: las ovejas siguen fielmente a los lobos, se entregan incondicionalmente a ellos y hasta los defienden con uñas y dientes.

El apóstol Pablo censura a los gálatas preguntándoles «¡insensatos! ¿quién os fascinó…?» Alguien les estaba exponiendo una falsa representación de Cristo, una imagen distorsionada; mágicamente la cruz desaparecía y el mensaje del evangelio presentaba a un Jesús que no era el fin sino un medio. Verdaderamente un lobo puede hechizar a una oveja; con la Biblia en mano puede sutilmente distorsionar la realidad y hacerle ver lo que no existe, o crear una ilusión óptica sobre aquello que existe y alterar la percepción de las cosas. En la Iglesia el lobo, el falso maestro, el falso pastor, el falso ungido puede ser un gran ilusionista, un hechicero, un mago que saca de la galera (su Biblia) las cosas más increíbles y absurdas y cautivar con ello a su audiencia, fascinarlos para que no vean la realidad sino una falsa representación de ella.

«No es fácil descubrir el error por sí mismo, pues no lo presentan desnudo, ya que entonces se comprendería, sino adornado con una máscara engañosa y persuasiva; a tal punto que, aun cuando sea ridículo decirlo, hacen parecer su discurso más verdadero que la verdad. De este modo con una apariencia externa engañan a los más rudos. Como decía acerca de ellos una persona más docta que nosotros, ellos mediante sus artes verbales hacen que una pieza de vidrio parezca idéntica a una preciosa esmeralda, hasta que se encuentra alguno que pueda probarlo y delatar que se trata de un artificio fabricado con fraude. Cuando se mezcla bronce con la plata, ¿quién entre la gente sencilla puede probar el engaño? Ahora bien, temo que por nuestro descuido haya quienes como lobos con piel de oveja desvíen las ovejas, engañadas por la piel que ellos se han echado encima, y de los cuales el Señor dice que debemos cuidarnos (pues dicen palabras semejantes a las nuestras, pero con sentidos opuestos).» [Ireneo de Lyon – Contra los Herejes Pr.1, 2)

No me asombra tanto la cantidad de lobos rapaces que han aparecido últimamente en las iglesias evangélicas, sino la cantidad de creyentes, de ovejas, que siguen a los lobos con tal devoción que son capaces de destrozar a todo aquel que toque a ese “ungido”. Una oveja fascinada, hechizada, puede llegar a ser más violenta que el mismo lobo, porque está viendo la realidad distorsionada, actúa de forma enajenada; en cambio el lobo, el ilusionista, ve la realidad tal cual es mientras se la presenta a la oveja tal cual no es. El lobo puede jugar con la realidad mientras que la oveja fascinada solo puede ver lo que el mago le hace creer.

Pastores, maestros, predicadores sorprendidos en adulterio, en fornicación, en pornografía, cometiendo sistemáticamente contra los miembros de la Iglesia abuso emocional, abuso financiero, abuso físico y sexual… pero las ovejas están dispuestas a no ver esa realidad y atacar a todo aquel que viéndola se atreva a denunciarla. Un lobo no es únicamente aquel que tiene falsa doctrina, también hay lobos de sana doctrina.

“no es de provecho alguno la fe sana cuando la vida es mala.”   [Juan Crisóstomo, Sobre el Sacerdocio, Libro IV.9. Ropero, Alfonso. Obras escogidas de Juan Crisóstomo, Ed. Clie, p.173]

¿De qué sirve la sana doctrina en la boca de alguien que tiene una vida enferma?

“Cuando hables la palabra de Dios, que no salga de labios inmundos”. [Carta de Bernabé, 17.  Ropero, Alfonso Lo Mejor de los Padres Apostólicos] 

Los fariseos no tenían mala doctrina pero el Señor los reprendió porque tenían una doble vida; por fuera eran blancos y por dentro llenos de corrupción, como sepulcros blanqueados, predicaban en público lo que había que hacer pero ellos en lo secreto hacían lo contrario.

Mateo 23:27  Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. 28  Así también vosotros, por fuera a la verdad, os mostráis justos a los hombres; pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

“Es mejor guardar silencio y ser, que hablar y no ser. Es bueno enseñar, si el que habla lo practica.”      [Ignacio de Antioquía – Carta a los Efesios 15 – Alfonso Ropero Lo Mejor de los Padres Apostólicos]

Sí, tenemos lobos de sana doctrina que predican bien pero viven mal; tenemos lobos de excelente exégesis pero que lideran sus congregaciones con mano de hierro, siendo despóticos e intolerantes con aquellos que no comparten sus opiniones. Tenemos predicadores fieles en los púlpitos pero adúlteros en sus hogares, codiciosos, avaros, prepotentes, sensuales, ególatras, manipuladores… porque lobo es todo aquel que se alimenta de las ovejas, es decir, que satisface sus deseos personales mediante sus ovejas.

«Porque en los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se volverán lobos, y el amor se cambiará en aborrecimiento».   [Didaché XVI. 3. Ropero, Alfonso. L.M.P.A.]

Un pastor o predicador es descubierto en adulterio (o cualquier otro pecado), inmediatamente se sacude un poco el polvo, sube a sus redes sociales un vídeo donde afirma que ya se arrepintió, que lloró ante el Señor y fue perdonado, que también consultó con otros colegas de ministerio y le animaron a seguir predicando porque la iglesia lo necesita; y que si Dios perdonó al rey David nadie puede negarle a él la restauración total. En pocas palabras, actúa como un lobo cuando es descubierto, no le preocupa la oveja que se comió sino el garrotazo que puede recibir; no se duele del pecado que cometió sino que se asusta de las consecuencias que le acarreará el ser descubierto. El que verdaderamente se arrepiente estará dispuesto a someterse a la disciplina que restaura, aunque sea dura y humillante;  pero el que solo le preocupa no perder el estatus que tenía antes de ser descubierto menospreciará la disciplina, dirá que ya fue perdonado y restaurado, así nomas, mágicamente, de un día para el otro.

En la Iglesia primitiva existía el concepto de pecados veniales (pecados que no producían la pérdida de la salvación) y pecados mortales (aquellos por los cuales el cristiano cometía apostasía y caía de la gracia).

1 Juan 5:16  Si alguno ve a su hermano cometer pecado no de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; digo a los que pecan no de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. 17  Toda maldad es pecado; mas hay pecado no de muerte.

Aunque algunos pretendan interpretar este texto diciendo que por muerte se refiere a la pena de muerte que imponían las leyes del Imperio, esa interpretación es fantasiosa, basta leer los escritos cristianos de los primeros siglos para comprender que pecado de muerte comprendía el adulterio, la fornicación, la ofrenda a la imagen del emperador, la negación de Cristo en un tribunal civil, etc., y quienes cometían estos pecados eran considerados apóstatas de la fe, caídos de la gracia, excluidos de la Iglesia. El gran padre de la Iglesia Cipriano, obispo de Cartago y mártir, en su libro De Lapsis (los caídos) aboga para que la Iglesia les dé una oportunidad a los que han cometido estos pecados: los laicos o miembros simples después de un largo período de prueba y disciplina serán admitidos a la comunión plena; pero los pastores o ministros que hayan incurrido en esos pecados, serán igualmente disciplinados, pero ya no podrán regresar al ministerio, quedarán excluidos de él; han deshonrado el sacerdocio de la Iglesia y ya no podrán ejercerlo.

La Iglesia en general adoptó esta forma de disciplina y así enfrentó con fortaleza y dignidad las duras persecuciones. Pero hoy son suficientes unas cuantas lágrimas delante de una cámara, una palmadita en la espalda de algún ministro amigo, y la adulación incondicional de unas ovejas que están dispuestas a seguir a su pastor como si no hubiese pasado nada, porque “¿quién somos nosotros para juzgar?” Al parecer la poderosa iglesia primitiva sí se atrevía a juzgar y producía a los mejores líderes, mientras nosotros abrazamos con amor al lobo aunque haya dejado tras él un rebaño de ovejas muertas.

Sin disciplina no hay restauración, y la disciplina no dura un ratito; no se puede borrar en una sola noche de lágrimas las muchas noches de adulterio. No se puede borrar en una simple confesión desde el púlpito todas las mentiras que se dijeron en ese mismo púlpito cuando se predicaba lo que no se vivía. ¿Qué clase de pastor quieres para tu vida? Dime que clase de pastor tienes y te diré que clase de oveja eres

“Lo que hacen es seguir enseñando el mal a almas inocentes, no sabiendo que tendrán una condenación doble, la suya y la de los que los escuchan.”    [2ª  Clemente de Roma. 10. Ropero, Alfonso. L.M.P.A.]

Si poco te importa el adulterio, la fornicación, la mentira o el engaño de tu líder, y mirando hacia otro lado dices “yo no soy quien para juzgar”, eso me está demostrando una cosa, que se cumple en ti la advertencia hecha por el apóstol:

2 Tim 4:3  Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina; antes, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,

Si toleras a un líder adúltero es porque en realidad buscas justificar tu propio adulterio (el que cometes o piensas que algún día puedes cometer), si toleras a un predicador avaricioso es porque tú también lo eres, si aceptas ser ministrado por un maestro sensual es porque eso le hace bien a tu sensualidad; estás amontonando maestros conforme a tus propias concupiscencias. Si sigues a los lobos no te sorprendas que termines actuando como uno de ellos; o que cuando quieras huir ya sea demasiado tarde porque te tendrán en sus fauces.

Hermano, no entregues tu vida al lobo, ni la vida de tu hermano, ni calles cuando veas que las fauces se abren para devorar a la oveja, si callas te harás cómplice. Recuerda que si un ciego guía a otro ciego los dos caerán en el pozo, si la persona que debe guiar tu vida es un adúltero, un manipulador, un avaro, un déspota, un ególatra, terminarás en el abismo junto a él. No te dejes fascinar por la buena retórica, por la buena homilética, por las muchas palabras; porque si el corazón está corrupto lo que sale de la boca también. Mantente vigilante entre el rebaño, no seas como el perro mudo incapaz de advertir del peligro que se avecina.

«¿Qué diré de los perros, a los que la naturaleza concede la solicitud de mantener atención vigilante por la salud de sus dueños? Por eso, la Escritura clama contra los que se olvidan de los beneficios y son abandonados o perezosos. Todos ellos son perros mudos, incapaces de ladrar (Isaías 56,10). Debían saber ladrar por sus dueños y defender sus hogares. Por eso, aprende tú a alzar tu voz por causa de Cristo cuando lobos rapaces atacan el rebano de la Iglesia. Aprende a mantener la palabra en tu boca, para que no seas perro mudo que con el silencio de la prevaricación abandones la custodia que se te encomendó.»  [S. AMBROSIO de Milán, El Hexameron, 6,4,16-17. Cit. La predicación del Evangelio en los Padres de la Iglesia. BAC]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de la Iglesia y Diarios de Avivamientos 2022

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Cuidado con los judaizantes

Anterior al gnosticismo, al arrianismo y a las demás peligrosas herejías con las cuales tuvo que lidiar el cristianismo, existió una falsa enseñanza que amenazó con romper la unidad de la naciente Iglesia; fue tan fuerte la sacudida que provocó que incluso importantes líderes se vieran arrastrados por esta perversa enseñanza:

«Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos

«JUDAIZANTES: Sustantivo que no aparece en las Escrituras, pero sí el verbo «judaizar» (Gálatas 2:14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije…

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La Trinidad, ¿un invento católico?

Les invitamos a leer este estudio sobre el origen y desarrollo del tèrmino Trinidad en los comienzos de la Iglesia.

. Para la Iglesia primitiva los deuterocanónicos eran Escritura (se encontraban en la versión de los Setenta y fueron conocidos y usados por los apóstoles y discípulos de Cristo), sin embargo, después de Lutero dejaron de considerarse «Escritura», y hoy la mayoría de los evangélicos ni siquiera los han leído.

“El canon completo de las Sagradas Escrituras, sobre el que ha de versar nuestra consideración, se contiene en los libros siguientes: Los cinco de Moisés… los libros de Job, de Tobías, de Ester y de Judit y los dos libros de los Macabeos, y los dos de Esdras… Siguen los profetas, entre los cuales se encuentra un libro de Salmos de David; tres de Salomón: los Proverbios, el Cantar de los cantares y el Eclesiastés; los otros dos libros, de los cuales uno es la Sabiduría y el otro el Eclesiástico, se dicen de Salomón por…

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La Inquisición, católica y protestante

La Inquisición propiamente dicha no encuentra justificativo en la Biblia, a menos, claro, que se manipulen maliciosamente los textos sagrados; o en todo caso, sin malicia, se hagan interpretaciones o aplicaciones anacrónicas. La imposición de un castigo físico, o material, a los herejes comienza con una rara interpretación de la parábola de la gran cena de Lucas 14:23, por parte de san Agustín.

“Algunos fanáticos donatistas, radicales desde el punto de vista religioso y llamados «circumceliones», que se presentaban como santos, campeones de la fe y soldados de Cristo, recorrían el país mendigando o en grupos armados. No vacilaban a la hora de usar la violencia y el terror, exigían siempre nuevas leyes sociales para la vida civil (la abolición de la esclavitud, la asistencia a los pobres, etc.) y, en el ámbito eclesiástico, exigían reformas rigoristas que estuvieran de acuerdo con sus ideas. Combatían en todas partes por la…

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Cipriano de Cartago, textos selectos I

Selección de textos de Cipriano, obispo y mártir de la Iglesia primitiva. ¿Qué enseñaban los primeros líderes cristianos?

Consensus Patrum

«Cipriano, nacido en África, fue primeramente un insigne maestro de retórica. Después, convertido al cristianismo por los buenos consejos del presbítero Cecilio, de quien tomó el nombre, invirtió en la ayuda de los pobres toda su fortuna. No mucho tiempo después fue ordenado presbítero y consagrado obispo de Cartago, sufriendo el martirio en tiempo de los emperadores Valeriano y Galieno, en la octava persecución, en el mismo día aunque no en el mismo año que el obispo Cornelio en Roma».»[JERÓNIMO, De viris illustribus 67]

«Cecilio Cipriano, era de la provincia proconsular de África, quizás de la misma ciudad de Cartago. La fecha de su nacimiento no se puede fijar exactamente: probablemente oscila entre el 200 y el 210. Tampoco sabemos nada de la fecha ni de las circunstancias de su conversión. El hecho es que en la época vigorosa de su edad, alrededor de los cuarenta años, se sintió…

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Juan Crisóstomo, textos selectos I

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Consensus Patrum

Juan Crisóstomo

«A juan de Antioquía, se le conoce más por el apodo de Crisóstomo, que significa «boca de oro», que por su nombre de origen. El sobrenombre de Crisóstomo no se lo dieron sus inmediatos oyentes, sino los admiradores de su vida y de sus escritos muchos años después de su muerte, pues resulta que Juan de Antioquía es una de las figuras más simpáticas de la historia eclesiástica y que más lectores ha cosechado. Eso no quita para nada su bien merecido título de príncipe de la oratoria cristiana. Sus sermones y homilías son una prueba irrefutable de su legendaria fama. Juan nació entre los años 344 y 354 en Antioquía de Siria. La iglesia de Antioquía, excepcional por su testimonio y celo evangélico, fue la primera comunidad cristiana fuera de Palestina y la primera en recibir el nombre de cristiana: ‘A los discípulos se les llamó cristianos…

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Cuando los líderes caen en pecado y no aceptan la disciplina

Se ha tornado cosa común en nuestros tiempos que algunos líderes evangélicos, que han cometido faltas graves o pecados groseros, se levanten más rápido de lo que han caído, y sacudiéndose el polvo como si no hubiese pasado nada, exclamen: “debo continuar en el ministerio porque la iglesia me necesita, Dios ya me perdonó, me restauró y me ordenó que continuase con el liderazgo”. ¡Y ay de aquellos que se atrevan a juzgar considerando que con eso no es suficiente, que es necesario hacer frutos dignos de arrepentimiento y someterse a la disciplina eclesiástica! Es que “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. Créeme querido líder, que si estás en adulterio, cualquier santo varón de tu congregación que mantiene la pureza de los votos nupciales y un lecho sin mancilla, podría darte una pedrada en la frente y el Señor lo respaldaría. No me imagino a Ananías y a Safira diciéndole a Pedro: «Tú negaste al Señor tres veces, así que no puedes tirarnos la primera piedra»… la verdad es que no sé si lo dijeron o lo pensaron, pero sabemos que cayeron fulminados a los pies de Pedro. O aquel fornicario a quien Pablo manda a la iglesia de Corinto que sea entregado a Satanás para destrucción de la carne (1 Corintios 5:1-5); o Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar (1 Timoteo 1:20). Cristo nunca nos mandó a que no juzgásemos, sino a que lo hagamos de la manera correcta: No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio [1], me gusta la traducción de la NTV: Miren más allá de la superficie, para poder juzgar correctamente. De lo contrario, si no juzgamos y miramos hacia otro lado, nos hacemos cómplices del pecado ajeno.

La iglesia apostólica, y la iglesia de los primeros siglos subsiguientes, consideraban la disciplina eclesiástica como vital para el triunfo del evangelio entre los paganos.

“¿Qué hay, en efecto, más útil en la paz, o más necesario en la guerra de la persecución que mantener la debida severidad de la disciplina espiritual? Quien la suaviza, necesariamente irá siempre errante según el decurso de las cosas y se dispersará a un lado y a otro con los diversos e inseguros vaivenes de los negocios, y, como si le hubiese sido arrebatado de las manos el timón de los buenos consejos, estrellará la nave salvadora de la Iglesia contra las rocas”. [2]

Es la iglesia la que reconoce tu vocación y te nombra oficialmente en el ministerio: no descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio [3] Y la verdad es que  a ti te gusta decir “soy pastor de jóvenes de la iglesia” o “soy líder de alabanza de la iglesia” o “o soy maestro de la iglesia”; pero cuando es la misma iglesia la que te confronta diciendo que no estás en condiciones espirituales, o morales, para seguir manteniendo dicho cargo entonces la iglesia no vale nada: “Dios conoce mi corazón… los demás no son quienes para juzgarme… ya le pedí perdón a Dios, no tengo por qué darle cuentas a los hombres que son tan pecadores como yo…”

Del siglo III se conserva una interesante correspondencia entre los líderes de la iglesia de Roma (cuyo obispo Fabián había muerto como mártir en la cruel persecución del emperador Decio) y los líderes de la iglesia del Norte de África, representados por el grandísimo Cipriano obispo de Cartago, quien más tarde también moriría martirizado. El tema crucial de estas cartas es la disciplina eclesiástica, ¿qué hacer con los cristianos que han caído y han negado al Señor? Algunos de estos apóstatas alegaban que ya se habían arrepentido, que el Señor les había perdonado y que debían ser admitidos nuevamente a la comunión de la Iglesia. Leamos algunos párrafos de lo que enseñaba la iglesia primitiva:

“Lejos de la Iglesia romana el aflojar con una facilidad tan profana su gran vigor y debilitar los músculos de la severidad, socavando la autoridad de la fe, de manera que, cuando no solo yacen las ruinas de los hermanos caídos, sino que aun van cayendo, se conceda el remedio de la reconciliación con excesiva precipitación, pues no sería eficaz, y por una misericordia falsa, se añadan nuevas heridas a las antiguas de la apostasía, quitando la penitencia a los miserables para mayor ruina suya. ¿En dónde, por tanto, podrá causar su efecto la medicina del perdón, si incluso el mismo médico, al prescindir de la penitencia, fomenta los peligros, si tan sólo se limita a tapar la herida y no da tiempo a que cicatrice? Esto no es curar, sino que, si queremos decir la verdad, es matar. […] No sea menor la medicina que la herida, no sean menores los remedios que la muerte […] Roguemos por los caídos para que vuelvan a levantarse, roguemos por los que se mantienen en pie para que no caigan en la prueba, roguemos para que los que se dice que cayeron, tras reconocer la gravedad de su delito, comprendan que su pecado pide un remedio que no es momentáneo ni precipitado. Roguemos para que a la penitencia de los caídos siga el efecto del perdón, para que, reconocido su crimen, tengan a bien dispensarnos por un tiempo su paciencia y no vengan a perturbar la situación todavía vacilante de la Iglesia, no dé la impresión de que ellos nos han encendido una persecución interna, y así se añada al cúmulo de sus pecados el de haber sido también unos revoltosos. Les conviene, en efecto, muy especialmente la moderación a aquéllos en cuyos delitos se condena una mente inmoderada. Que llamen, sí, a la puerta, pero que no la rompan; que se lleguen hasta el umbral de la Iglesia, pero que no lo traspasen. Que velen a las puertas del campamento de los hijos de Dios, pero armados de moderación, como entendiendo que fueron desertores. Vuelvan a tomar la trompeta de sus ruegos, pero no la hagan vibrar con sones bélicos. Que se armen con las lanzas de la modestia y vuelvan a protegerse con el escudo de la fe, que por miedo a la muerte habían abandonado con su apostasía; mas que, habiéndose armado ahora contra el diablo, su enemigo, no se vayan a creer que están armados contra la Iglesia, que llora su caída. Muy provechosa les resultará una petición moderada, una súplica respetuosa, una humildad obligada, una paciencia perseverante. Que envíen por delante, como legados de su arrepentimiento, sus lágrimas; que afloren de lo íntimo de su pecho, como intercesores, gemidos que prueben el dolor y la vergüenza del crimen cometido.

Más aún, si sienten todo el horror de la magnitud de la deshonra en la que han caído, si examinan con mano de verdadero médico la herida mortal de su corazón y su conciencia, los repliegues sinuosos de su profunda herida, ruborícense incluso de pedir la paz, a no ser que a su vez presente mayor peligro y dé más vergüenza no haber pedido este auxilio. Pero todo esto hágase conforme a lo ritual, según la ley de la petición y en el tiempo debido, con moderada demanda y sumisa súplica; ya que aquél a quien se ruega, ha de ser convencido, no irritado, y así como debe tenerse en cuenta la clemencia divina, así también la justicia de Dios, según está escrito: «Te perdoné toda la deuda, porque me lo rogaste» también está escrito esto: «A quien me negare ante los hombres, también yo le negaré ante mi Padre y ante los ángeles». Pues Dios es indulgente, pero también es juez, y ciertamente celoso del cumplimiento de sus preceptos, y así como invita al banquete, así también expulsa fuera de la concurrencia de los fieles, atados de pies y manos, a los que no llevan el vestido nupcial.” [4]

Ya es cosa tristísima, y una afrenta  para el testimonio de la Iglesia, el que un hermano se deslice en el pecado ¡Cuánto más si se trata de un hermano líder! Nadie cae en un pecado grave de un minuto al otro, detrás de ello hay un deslizarse día a día, un resistirse a la voz del Espíritu que advierte que nos estamos aproximando peligrosamente al borde del abismo; pero seguimos sin hacerle caso hasta que nos encontramos en el fondo del lodazal. Nadie se levanta más rápido de lo que cae, aunque muchos pretendan esto diciendo que después de una noche de oración ya está todo arreglado. Los frutos dignos de arrepentimiento no se hacen de un día para el otro, se hacen bajo la estricta vigilancia y disciplina de la Iglesia; y cuanto más alto el cargo que se ocupa más alta es la caída, y más graves son los daños. El ministerio no es un colchón que suaviza tu caída, al contrario, la hace más estrepitosa, porque debiendo ser ejemplo de virtud para otros te conviertes en ejemplo de lo malo y tropiezo para el débil. El ministerio no es un manto que cubre tus pecados, no te hace invisible, sino transparente para que los demás puedan asomarse y ver lo que hay dentro de ti, para que puedan mirar más allá de la superficie y juzgarte correctamente. Por tanto no uses tu autoridad ministerial para silenciar a los que piden cuenta de tus actos, no es a los demás a los que debes silenciar sino al ruido escandaloso de tus pecados, ¿cómo? siendo humilde y sometiéndote a la disciplina, aunque ello signifique apartarse del ministerio por un buen tiempo; hasta que seas completamente restaurado.

Si escuchamos a la Iglesia cuando nos aplaude pero no la escuchamos cuando nos corrige y disciplina, significa que poco nos importa la Iglesia, solo nos importa nuestro estatus y nuestro ego. Quien se excusa de su pecado y no acepta el remedio (aunque sea amargo) y la cura (aunque sea dolorosa) no se ha arrepentido en absoluto, es un engañador que solo le importa su reputación y no la de la Iglesia; es un mentiroso que niega a Cristo antes de caer, cuando cae y después de la caída:

“Cuando se entiende que todo el misterio de la fe está resumido en la confesión del nombre de Cristo, uno que busca engaños y subterfugios para excusarse, es que lo ha negado.” [5]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos – 2020

Referencias


[1] Juan 7:24 RV1960

[2] Carta de los presbíteros y diáconos de la iglesia de Roma al obispo Cipriano de Cartago. CIPRIANO, Cartas, nº 30. Biblioteca Clásica Gredos, 255.

[3] 1 Timoteo 4:14 RV1960

[4] Carta de los presbíteros y diáconos de la iglesia de Roma al obispo Cipriano de Cartago. CIPRIANO, Cartas, nº 30. Biblioteca Clásica Gredos, 255.

[5] Carta de los presbíteros y diáconos de la iglesia de Roma al obispo Cipriano de Cartago. CIPRIANO, Cartas, nº 30. Biblioteca Clásica Gredos, 255

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La divinidad de Cristo en los Padres de la Iglesia

Quien niega la divinidad de Cristo ignora dos cosas fundamentales. La primera es el concepto integral, o la revelación completa, que las Escrituras nos dan acerca del Hijo de Dios, pues quien solo interpreta textos aislados de la Biblia termina cayendo en el fundamentalismo fanático, o en la herejía. Recordemos que herejía significa tomar, o seleccionar, solo una parte aislándola del resto. Las Escrituras en su totalidad nos dicen claramente que Jesucristo es Dios: perfecto Dios antes de su encarnación, perfecto Dios durante su encarnación, perfecto Dios después de su resurrección, perfecto hombre desde su encarnación, perfecto hombre después de su resurrección; en todo participante de la naturaleza del Padre, en todo participante de nuestra naturaleza.

Lo segundo que ignora quien niega la divinidad de Cristo es la Historia de la Iglesia (patrística, evolución del dogma, historia del culto, concilios de la Iglesia, tradición) que brindan un marco apropiado para…

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Los extraños acontecimientos de la destrucción de Jerusalén en el año 70

La situación de Jerusalén empeoraba cada día, pues los rebeldes se excitaban aún más a causa de las desgracias, y el hambre hacía presa también en ellos después de haberlo hecho en el pueblo. El número de cadáveres que se amontonaban a lo largo de la ciudad presentaba una horrible visión y desprendía un olor pestilente que impedía las incursiones de los combatientes. Pues, en efecto, era preciso que ellos, que avanzaban por un campo de batalla lleno de innumerables muertos, pisotearan sus cuerpos. Sin embargo, pasaban por encima de ellos sin miedo, sin compadecerse y sin tener como un mal augurio para sí mismos el ultraje hecho a los muertos. Con sus manos llenas de sangre de compatriotas salían a luchar contra gente extranjera y, según me parece, echaban en cara a Dios su lentitud en castigar a sus enemigos, pues ahora la guerra no cobraba fuerza por la…

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