Guerra espiritual o los Guerreros de la galaxia – Capítulo I

Un defensor de la galaxia me escribió, en sutil tono despectivo, que como Diarios de Avivamientos no habla sobre “guerra espiritual” le pareció una página “poco provechosa”. Con los años, uno aprende a ser más rápido en el arte de distinguir la variedad de flora y fauna que hay dentro del cristianismo (o de la galaxia en este caso), y no hace falta indagar mucho para descubrir qué se esconde detrás de una pregunta, reproche o sugerencia. Y sé que no se está refiriendo a la guerra espiritual que es propia de la Iglesia en su desarrollo histórico, y en la cual creo obviamente; sino que en este caso se refiere a las excéntricas doctrinas que surgieron el siglo pasado.

Una ex-satanista se convierte en evangélica y comienza a escribir libros para develar, a los pobres e ignorantes cristianos, los misterios de la guerra espiritual que por siglos “ha desconocido la iglesia y la han mantenido en una contínua derrota frente al ejército de las tinieblas”. Y como los cristianos somos propensos a cambiar la Biblia por el cuento mágico más novedoso, nos hemos quedado con la boca abierta escuchando las trepidantes aventuras que se vivieron en el lado oscuro.

Pero debo confesar, honestamente, que así como no me interesa saber lo que una prostituta hacía antes de rendirse a Cristo, tampoco me interesa saber lo que una satanista hacía antes de ser cristiana; si el Señor borró con su sangre nuestros pecados no tenemos porqué reescribirlos continuamente. Por lo tanto, quien se convierta a Cristo que se siente, oiga y aprenda de la Iglesia a vivir en nueva vida, y no pretenda enseñarle a la Iglesia según lo que él haya vivido en su vieja vida.

Tenemos un ejemplo en la Biblia

Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios. Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había engañado mucho tiempo. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito.   (Hechos 8:9 -13 R.V. 1960)

La Biblia no nos dice nada más de él, pero la tradición cristiana nos relata que Simón se constituyó en maestro y fue algo así como el padre del gnosticismo-cristiano:

“Este mismo Simón simuló creer, porque pensaba que los Apóstoles por sí mismos realizaban las curaciones por obra de magia y no por el poder de Dios… y ofreció dinero a los Apóstoles para que le dieran el poder de conferir el Espíritu Santo a quienes él quisiera. Pedro le dijo: Quédate con tu dinero para tu perdición, porque quisiste conseguir con dinero el don de Dios. Desde entonces creyó aún menos en Dios y, decidiendo competir por ambición con los Apóstoles, a fin de aparecer él mismo lleno de gloria, se puso a estudiar aún más la magia, a tal punto que llenaba de admiración a muchas personas. Él vivió en tiempos del César Claudio, el cual, según se dice, lo honró con una estatua por motivo de sus artes mágicas… Simón el samaritano, del que se originaron todas las herejías (enseñaba que) como los ángeles gobiernan mal el mundo, porque cada uno de ellos quiere ser el que manda, él habría venido para corregir las cosas y habría descendido en forma semejante a los Principados, Potestades y Ángeles. No siendo un hombre, quiso aparecer como hombre entre los hombres, y así imaginan que él sufrió en Judea, cuando en realidad no padeció. También dijo que los Ángeles constructores del mundo habrían inspirado a los profetas las profecías. Por eso quienes creían en Simón y Elena, no debían preocuparse mucho de ellos (de los profetas) ni poner en ellos su esperanza; sino, como hombres libres, podían hacer lo que quisieran; porque lo que salva a los hombres sería la gracia que él les concedía, y no las obras buenas… sus místicos sacerdotes viven libidinosamente, hacen actos de magia, cada uno de ellos como puede. Usan de encantos y exorcismos. También se ejercitan fervorosamente haciendo filtros, conjuros, interpretación de los sueños y todo tipo de prácticas semejantes… De ellos sacó su origen la falsamente llamada gnosis, como es fácil conocer de sus mismas afirmaciones.”    (Ireneo, obispo de Lyon, siglo II d.C. – Contra los Herejes – Libro I. 23.1, 2, 3, 4)

Simón quiso ser maestro antes que discípulo, y pretendió dar cátedra a los ministros que Dios había designado legítimamente. En lugar de sentarse humildemente a los pies de ellos para aprender, buscó impresionar con sus conocimientos espirituales, y para ello desarrolló toda una absurda doctrina gnóstica; terminó siendo maestro de herejías y arrastrado a miles tras de sí.

En la actualidad, en una página de guerra espiritual, uno puede encontrar la siguiente afirmación: (el remarcado en negrita es mío)

Los grandes exponentes de la Guerra Espiritual, nos declaran las revelaciones del Señor y lo que a través del Espíritu Santo fueron recibiendo para obtener una nueva estrategia de oración.

¿Comprenden el peligro de esta afirmación? Desglosemos en tres palabras claves lo que acabamos de leer: revelaciones – recibiendo – nueva. Este recibir nueva revelación es la base de toda herejía, de toda desviación o desvarío espiritual. Unos “pocos escogidos” reciben revelación que está oculta al resto de los cristianos. Si no creen que es así, sigan leyendo esta “profecía” de uno de los maestros de la “guerra espiritual”

No todos mis siervos han recibido una espada de fuego ante la cual Satanás, sus principados, gobernadores y potestades, tiemblen. Pero aquellos a quienes yo he escogido para librar batalla contra estos poderes espirituales más elevados, verán y experimentaran cosas mayores si sus corazones permanecen cerca de mí. Nadie los puede arrebatar de mi mano. Nadie puede dañarlos. Son mis escogidos y Satanás lo sabe. ”  (Tomado del libro: Lucha contra Principados Demoníacos)

Analicemos solamente la primera afirmación: “No todos mis siervos han recibido una espada de fuego ante la cual Satanás, sus principados, gobernadores y potestades, tiemblen” ¿No es esto un verdadero disparate? Tomemos a continuación, este texto de las Escrituras que tanto les gusta manipular a los guerreros de la galaxia:

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.     (Efesios 6:12-13 RV. 1960)

¿Y qué dice cuatro versículos más abajo?

Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.    (Efe 6:17 RV. 1960) 

¿Cuál es la espada que reciben los cristianos? La Palabra de Dios ¿Y cómo dicen entonces (o le hacen decir a Dios, pues es una supuesta profecía), que no todos sus siervos reciben esa espada? Porque a estos “guerreros espirituales” les gusta creer que son algo así como una brigada de élite, el equipo SWAT de la Iglesia. Les encanta hablar en términos casi místicos, auto-proclamarse como los escogidos que conocen los planes secretos de Satanás, los valientes que pelean grandes batallas mientras los demás cristianos duermen: “Son mis escogidos y Satanás lo sabe” … la galaxia está segura.

Leamos alguna otra descripción que se hacen de sí mismos:

En los últimos años Dios está revelando a sus siervos una nueva manera de confrontar los poderes del enemigo y no solo eso sino que también los está capacitando a través de la Cartografía Espiritual, para derribar los altares que fueron establecidos desde la antigüedad y que aún hoy en día siguen vigentes y tienen dominados territorios y ciudades, vecindarios y comunidades.

No hace falta ser un experto en “Cartografía Espiritual” para corroborar que los términos “revelación” y “nuevo” siempre están presentes en la boca de estos “siervos especiales”. Es verdad que el hombre continuamente está buscando novedades, como también es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol; las modas pueden llenar las portadas de las revistas hoy, pero mañana pasan de moda. No debemos buscar novedades, sino volver al original, al estándar de la iglesia apostólica. Lean el siguiente “plan de ataque” de estos autodenominados guerreros espirituales, y comparen si hay alguna semejanza con la forma de hablar del apóstol Pablo:

En la Cartografía Espiritual, es importante, definir claramente el trazado de las ubicaciones de cada centro ocultista. Por medio de la triangulación, las fuerzas del mal intentan controlar los sectores, utilizan la geometría mágica y el trazado de las líneas ley. Esto quiere decir que tratan de ubicarse de forma tal que encierran a los templos evangélicos, dado que representan una amenaza importante para la obra de Satanás en una región determinada. Es en este caso que la iglesia local debe tomar la autoridad y romper todas las líneas de poder creado por los espíritus territoriales.”    (tomado de una página especializada en guerra espiritual)

En primer lugar diré que toda esta palabrería además de no ser bíblica, es mentira. Pues en el país de donde pertenece esa página hay muchísimos más templos evangélicos que centros ocultistas, en realidad son los evangélicos quienes tienen rodeados a los otros. Y la “atmósfera espiritual” de las ciudades son iguales que siempre, la sociedad no ha notado ninguna mejora, las congregaciones evangélicas crecen pero no impactan al vecindario. Y no le echemos la culpa a la “geometría mágica”, la “triangulación”, o el “trazado de las líneas ley”… ¿alguna palabra bíblica?… Si los cristianos no están llenos del Espíritu Santo  y viven en santidad no cambiará nada a su alrededor.

En segundo lugar, el apóstol Pablo habla de la armadura del cristiano, y menciona la verdad, la justicia, el evangelio de la paz, la fe, la salvación y la palabra de Dios. No somos cazadores de demonios, ni necesitamos de nuevas estrategias y revelaciones para sorprender y derrotar al enemigo. Pablo nos dice que en este mundo de engaños nos ciñamos con la verdad, en este mundo de injusticias nos revistamos de justicia, en un mundo en guerra llevemos la paz del evangelio; que tomemos el escudo de la fe, no para tirárselo por la cabeza al diablo, sino para apagar las flechas encendidas que nos arroja el maligno; que la salvación sea nuestro casco para que todo lo que pensemos sea a la luz de la eternidad; y la Palabra de Dios nuestra espada (Jesús, en la tentación del desierto, respondió al diablo: Escrito está… Escrito está… Escrito está. No dijo: Te ato… Te ato… Te ato)

El apóstol Pablo nos dice que tomemos la armadura espiritual para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Nos dice que la armadura es para resistir, que es la misma palabra que usa Santiago:

Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.  (Santiago 4:7)

Este resistid transmite la idea de pónganse en pie frente al diablo. Por eso el texto comienza con  Someteos, pues, a Dios; es como decir: mientras estén de rodillas delante de Dios estarán de pie delante del diablo; si se inclinan ante Dios no tendrán que inclinarse ante el diablo; si ceden a la voluntad de Dios no terminarán cediendo a la tentación del diablo. No hace falta ir muy lejos para comprender este contexto, en el versículo inmediatamente anterior dice así:

Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes    (Santiago 4:6 b RV 1960) 

Afirma que Dios resiste al soberbio. Usa también el término resistir, con la diferencia que aquí este resistir era originalmente un término militar. Dios se opone y combate a aquel que no se humilla, no se inclina, no se arrodilla ante Él. Al cristiano, que es el que se arrodilla delante de Dios, se le manda resistir en el sentido de permanecer de pie ante el diablo; no que vaya corriendo detrás del diablo o sus demonios para cazarlo. Porque ese resistid no es una orden militar de atacar, sino sencillamente de permanecer de pie, estar firmes, no retroceder, no ceder, no rendirse, no inclinarnse ante…

¿Cual es el ataque preferido de Satanás? No hace falta que consulten la “Cartografía espiritual” o un manual de “guerra espiritual“, pues está en la Biblia:

Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,  y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.    (Mateo 4:8)

Satanás quiere que te inclines, te arrodilles ante él; y no te forzará, sino que te seducirá, te ofrecerá lo que más te gusta, o tus sueños, o tus metas; por un camino más rápido y menos doloroso. La Biblia te manda a arrodillarte delante de Dios para permanecer de pie delante del diablo. La Biblia no te manda a que persigas al diablo, porque es más rápido que tú. La Biblia no te manda a que pelees con el diablo, porque es más fuerte que tú. La Biblia ni siquiera te manda que hables con el diablo, porque es más astuto que tú (Eva mantuvo una conversación con el diablo y mira como terminó). La Biblia te manda a permanecer de pie y firme, y si alguna vez tienes que responder al diablo, que no sea con tus palabras, sino que puedas decir: Escrito está… Escrito está… Escrito está…

Continuará…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017 ©

 

 

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Casa de Oración

Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.”  Marcos 21:12-13

El lugar histórico, donde se desarrolló el extraordinario suceso que acabamos de leer, ya no existe, no ha quedado piedra sobre piedra de aquel Templo de Jerusalén; pero Dios ha elegido otro lugar, no hecho de mano, para su morada:

1 Corintios 3:16  ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Tú y yo somos literalmente casa de Dios, templo del Espíritu Santo, así que bien podríamos imaginarnos a Jesús recorriendo “su” casa; paseando por el atrio, el Lugar Santo, el Lugar Santísimo…

– Señor, ¡mira que piedras!, ¡que orden!, ¡que intelecto, que biblioteca, cuántos conocimientos!, ¡cuántas ceremonias y que culto más bonito!, ¡cuántos levitas y qué bien suena esa música!, ¡que esplendidez en la ropa de los sacerdotes!, ¡cuánto trabajo, todos los ministros corriendo para hacer sus tareas!… ¿Señor?… ¿no ves todo esto, no te alegras?

Pero el Señor no está prestando atención a todas estas “grandes piedras”, sigue buscando con su mirada la señal distintiva de su templo: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho…

¿En qué has convertido el Templo de Dios? Si tuvieras que poner una palabra que defina la característica principal por la cual eres conocido en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿qué pondrías? Adelante, te dejo el espacio para que lo pongas aquí: Mi vida es Casa de……

¿Has podido poner “oración” en el espacio en blanco? Ya sabes que esa es la señal distintiva del templo de Dios; si falta eso, entonces no es una casa, es una cueva donde acumulas cosas para ti, pero que no honran verdaderamente a Dios, para Él solo son piedras, o tesoros mal habidos.

Si el incienso de tu oración no está subiendo libremente hasta el Trono, si la luz del Trono no está descendiendo libremente hasta tu vida; es porque estás en una cueva. Hoy es una buena oportunidad para que comiences a ver los cielos abiertos y se disipen tus penumbras, empieza a ejercitarte en la oración porque fuiste llamado a ser Casa de Oración, no cueva de ladrones.

“Toda la vida del cristiano puede llamarse oración”

(Orígenes)

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“es por medio de la oración principalmente,

como nos acercamos a Dios”

(Ambrosio de Milán +397 d.C.)

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“A la naturaleza de Dios corresponde el escuchar,

pero a nuestra naturaleza corresponde el orar para ser escuchados”

(Hilario de Poitiers +367 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no temerás al adversario

“La oración hace que se esté con Dios,

y el que está con Dios está al abrigo de todo adversario”

 Gregorio de Niza (+ 394 d.C.)

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“La oración hiere más lejos que una flecha.

 Armémonos, pues, durante esta semana de ayunos, oraciones y vigilias,

para que, por la misericordia de Dios,

rechacemos la ferocidad de los enemigos y los engaños de los herejes”

(Máximo de Turín – comienzo del s. V)

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Si eres Casa de Oración, menospreciarás los tesoros de este mundo, y no te faltarán en el cielo.

“Si eres sufrido, orarás con alegría. 

Renuncia a todo para ganarlo todo”

 Evagrio (+ 399 d.C.)

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“La oración nos hace ver lo que nos falta, 

y obtiene y logra de Dios, que no nos falte nada”

(Alfonso Rodríguez +616 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no te faltará sabiduría.

“Si eres teólogo, orarás de verdad, 

y si oras de verdad, eres teólogo”

 Evagrio (+ 399 d.C.)

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Si eres Casa de Oración, no te faltarán las fuerzas.

“La oración es un buen escudo para nuestra fragilidad” 

(Ambrosio De Milán +397 d.C.)

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Si eres Casa de Oración no te faltará la comunión con tu Dios.

“Oras, hablas al esposo; lees, él te habla” 

(Jerónimo)

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“Tu oración es una palabra a Dios: cuando lees, Dios te habla;

cuando oras, tú hablas a Dios”

Agustín (+430 d.C.)

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“Hablamos a Dios, aspiramos hacia Él y respiramos en Él,

 y mutuamente Él inspira y respira en nosotros” 

(Francisco de Sales)

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“La oración es un intercambio de miradas

entre Dios y nosotros”  

(Luis de Granada + 1588)

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Si eres Casa de Oración, tu obra será completa.

“El que actúa y no ora,

eleva sus manos pero no su corazón”

(Gregorio Magno +604 d.C)

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Si tu vida puede ser llamada Casa de Oración, es que estás cumpliendo con la razón de tu vida

“La razón principal para orar es:

que el mismo Señor ha orado” 

(Tertuliano)

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“¿No sabéis que habéis nacido para tener

una conversación perpetua con Dios?”

(Francisco Guillaré  +1684 d.C.)

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Si hoy tu vida se parece más a una cueva que a una casa, es momento de acercarte sinceramente ante el Trono de Gracia para hallar socorro. Una vida de oración no se forja de un día para el otro, es un trabajo de perseverancia: primero gatear, luego caminar, más tarde correr, y por último volar. Empieza confesando tu debilidad, lo mucho que te cuesta permanecer y perseverar en oración. Pero comienza hoy a hacerlo, aunque solo sea implorando una y otra vez:  ¡Señor, enséñame a orar!

“Es en la medida en que hayas llegado en tu oración

por encima de toda otra alegría,

como habrás encontrado finalmente,

en toda verdad, la oración”

(Evagrio + 399 d.C.)

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“El que poco ama, poco ora, y el que mucho ama,

mucho ora”

Agustín (+430)

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Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

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Agustín de Hipona contra el Cesacionismo

Nunca dejan de sorprenderme los cesacionistas en su afán de manipular la historia para  no quedar en evidencia, y hay casos realmente curiosos en los que se superan a sí mismos. El siguiente es un magnífico ejemplo:

 “Aun el famoso Agustín dijo: “¿Por qué, se pregunta, no se manifiestan milagros hoy en día como sucedía en otros tiempos? Yo podría responder que eran necesarios entonces, antes de que el mundo llegara a creer, para poder ganar la creencia del mundo” (Las raíces corruptas – la historia del movimiento pentecostal, de Gregory Alan Kedrovsky)

Leído así, como lo expone este libro de adoctrinamiento cesacionista, pareciera que Agustín está afirmando que ya no suceden milagros… y debo confesar que yo mismo me tragué ese anzuelo; pero uno de los lectores del blog, el hermano Omar, me escribió diciendo que Agustín sí creía en milagros, solo había que seguir leyendo la continuación del párrafo manipulado tanto por el señor Gregory Kedrovsky, como por el autor del libro Fuego Extraño. Aquí les dejo el texto completo, es  extenso, pero la veracidad histórica lo reclama,  dejemos paso al gran Obispo de Hipona,  Agustín, y que él desenmascare a los que manipulan sus palabras:

Agustín de Hipona

LA CIUDAD DE DIOS

LIBRO XXII – CONTRA PAGANOS

CAPÍTULO VIII

1. ¿Por qué -replican- no se realizan ahora los milagros que decís fueron hechos antes? Podría responder que fueron necesarios antes de creer el mundo, precisamente para que creyera. Ahora bien, si alguno exige todavía prodigios para creer, en sí mismo tiene el prodigio de no creer cuando todo el mundo cree. Claro que hablan así para que no se admita que tuvieron lugar aquellos milagros. ¿Cómo, entonces, se proclama por todas partes con fe tan grande que Cristo subió al cielo con su carne? ¿Cómo en siglos tan civilizados, que rechazan cuanto carece de visos de posibilidad, creyó el mundo con fe admirable misterios increíbles sin milagro alguno? ¿Dirán acaso que eran creíbles y por eso fueron creídos? ¿Por qué entonces no creen ellos?

Nuestra conclusión es breve: o han dado testimonio de algo increíble y no presenciado otros testimonios increíbles -que no obstante se realizaban a la vista de todos-, o una cosa tan creíble que no necesitaba milagro alguno para ser creída refuta la extremada infidelidad de éstos. Con esto basta para rebatir a pensadores tan inconsistentes. No podemos negar, en efecto, que tuvieron lugar tantos milagros que dan fe del grande y saludable milagro de la ascensión de Cristo al cielo con la carne en que resucitó. En los mismos libros tan veraces están escritos todos los prodigios que se realizaron previamente para que se creyera esto. Estos milagros se proclamaron para que dieran fe, y con la fe que produjeron se dieron a conocer con más publicidad. Pues se leen entre los pueblos para que sean oídos, y no se leerían si no se les creyera.

Todavía hoy se realizan milagros en su nombre, tanto por los sacramentos como por las oraciones o las reliquias de sus santos. Lo que sucede es que no se los proclama tan abiertamente que lleguen a igualar la fama de aquéllos. De hecho, el canon de las sagradas letras, que era preciso tener fijado, obliga a recordar aquellos milagros en todas partes, y quedan así grabados en la memoria de todos los pueblos; éstos, en cambio, apenas son conocidos por la ciudad donde se realizan o por los que habitan en el lugar. Incluso en dichos lugares apenas llegan al conocimiento de unos pocos, sobre todo si la ciudad es grande. Y cuando se cuentan en otras partes, no es tal la garantía que se admitan sin dificultad o duda, aunque se los refieran unos fieles cristianos a otros.

2. Tuvo lugar en Milán, estando yo allí, el milagro de la curación de un ciego, que pudo llegar al conocimiento de muchos por ser la ciudad tan grande, corte del emperador, y por haber tenido como testigo un inmenso gentío que se agolpaba ante los cuerpos de los mártires Gervasio y Protasio. Estaban ocultos estos cuerpos y casi ignorados; fueron descubiertos al serle revelado en sueños al obispo Ambrosio. Allí vio la luz aquel ciego, disipadas las anteriores tinieblas.

3. Lo mismo ocurrió en Cartago: ¿quién, fuera de un reducido número, llegó a enterarse de la curación de Inocencio, abogado a la sazón de la prefectura? A esta curación asistí yo y la vi con mis propios ojos. Veníamos de allende el mar mi hermano Alipio y yo, aún no clérigos, pero sí siervos ya de Dios; como era, al igual que toda su familia, tan religioso, nos recibió en su casa y vivíamos con él. Estaba sometido a tratamiento médico; ya le habían sajado unas cuantas fístulas complicadas que tuvo en la parte ínfima posterior del cuerpo, y continuaba el tratamiento de lo demás con sus medicamentos. En esas sajaduras había soportado prolongados y terribles dolores. Una de las fístulas se había escapado al reconocimiento médico, de suerte que no llegaron a tocarla con el bisturí. Curadas todas las otras que habían descubierto y seguían cuidando, sólo aquélla hacía inútiles todos los cuidados.

Tuvo por sospechosa esa tardanza, y se horrorizaba ante una nueva operación que le había indicado un médico familiar suyo, a quien no habían admitido los otros ni como testigo de la operación, y a quien él con enojo había echado de casa; apenas ahora le había admitido, exclamó con un exabrupto: ¿De nuevo queréis sajar? ¿Van a cumplirse las palabras de quien no admitisteis como testigo?». Burlábanse ellos del médico ignorante, y procuraban mitigar con bellas palabras y promesas el miedo del paciente.

Pasaron otros muchos días, y de nada servía cuanto le aplicaban. Insistían los médicos en que le cerrarían la fístula con medicinas, no con el bisturí. Llamaron también a otro médico de edad ya avanzada y muy celebrado por su pericia en el arte, por nombre Ammonio. Examinándole éste, confirmó lo mismo que había pronosticado la diligencia y pericia de los otros. Garantizado él con esta autoridad, como si se encontrara ya seguro, se burlaba con festivo humor de su médico doméstico, que había creído necesaria otra operación.

¿Qué más? Pasaron luego tantos días sin mejora alguna que, cansados y confusos, tuvieron que confesar que no había posibilidad de sanar sino con el uso del bisturí. Se asustó, palideció sobrecogido de horrible temor, y cuando se recobró y pudo hablar, les mandó marcharse y no volver a su presencia. Cansado ya de llorar y forzado por la necesidad, no se le ocurrió otra cosa que llamar a cierto Alejandrino, tenido entonces por renombrado cirujano, para que hiciera él la operación que en su despecho no quería hicieran los otros. Cuando vino aquél y observó, como entendido, en las cicatrices la habilidad de los otros, como honrado profesional trató de persuadirle de que fueran los otros quienes cosecharan el éxito de la operación, ya que habían procedido con la pericia que él reconocía, y añadía que no habría posibilidad de sanar sino con la operación; pero que era opuesto a su conducta arrebatar por una insignificancia que restaba la coronación de trabajo tan prolongado a unos hombres cuyo esfuerzo habilísimo y diligente pericia contemplaba admirado en sus cicatrices. Se reconcilió con ellos el enfermo, y se convino en que, con la presencia de Alejandrino, fueran ellos los que le abrieran la fístula, que de otra manera se tenía unánimemente por incurable. La operación se dejó para el día siguiente.

Cuando marcharon los médicos, fue tal el dolor que se produjo en la casa por la inmensa tristeza del señor que con dificultad podíamos reprimir un llanto como por un difunto. Le visitaban a diario santos varones, como Saturnino, obispo entonces de Uzala y de feliz memoria; el presbítero Geloso y los diáconos de la Iglesia de Cartago; entre los cuales se encontraba, y es el único que sobrevive, el actual obispo Aurelio, a quien debo nombrar con el honor debido y con quien, considerando las obras maravillosas de Dios, hablé muchas veces de este caso, comprobando que lo recordaba perfectamente.

Visitándole como de costumbre por la tarde, les rogó con lágrimas dignas de compasión que tuvieran a bien asistir al día siguiente más bien a su funeral que a su dolor, pues era tal el pánico que por los dolores anteriores se había apoderado de él, que no dudaba moriría en manos de los médicos. Trataron ellos de consolarlo, exhortándole a que confiara en el Señor y que se abrazara virilmente con su voluntad. A continuación nos pusimos a orar, y poniéndonos nosotros, como de costumbre, de rodillas y postrados en tierra, se arrojó él tan impetuosamente como si hubiera sido postrado a impulso de fuerte empujón, y comenzó a orar. ¿Qué palabras podrían explicar de qué modo, con qué afecto, con qué emoción, con qué torrentes de lágrimas, con qué sollozos y gemidos que sacudían todos sus miembros y casi le paralizaban el espíritu? No sé si los demás oraban ni si atendían a esto. Yo al menos no podía orar en modo alguno; sólo dije brevemente en mi corazón: «Señor, ¿qué preces de tus siervos vas a escuchar si no escuchas éstas?». Pues me daba la impresión de que no quedaba ya más que expirase orando.

Nos levantamos y, recibida la bendición del obispo, nos despedimos; suplicaba él que estuviesen presentes al día siguiente, y le exhortaban ellos a que estuviera tranquilo. Amaneció el día temido, estaban presentes los siervos de Dios como habían prometido. Entran los médicos, se hacen los preparativos del caso, se aprestan los temibles instrumentos, estando todos atónicos y suspensos. Exhortándole los que tenían mayor autoridad y tratando de consolar la falta de ánimo, acomodan en el lecho los miembros para facilitar la operación, se desatan los nudos de las vendas, se descubre el lugar, examina el médico y, atento y equipado, busca la fístula que hay que sajar. Mira con afán, palpa con los dedos, emplea todos los recursos; sólo encuentra la cicatriz bien cerrada. No serán mis palabras las que expresen la alegría, la alabanza y acción de gracias al Dios omnipotente y misericordioso que fluyeron de la boca de todos con lágrimas de gozo: es mejor dejarlo a la imaginación que tratar de expresarlo con palabras.

3ª.* En la misma Cartago hubo una mujer muy piadosa, Inocencia, de las primeras damas de la ciudad, con un cáncer en un pecho, enfermedad incurable según los médicos. Se debe cortar, pues, y arrancar del cuerpo el miembro donde nace, o, según dicen que piensa Hipócrates, no se debe emplear tratamiento alguno para prolongar un poco la vida del hombre, que al fin, más o menos pronto, ha de morir. Así se lo había dicho a ella un médico entendido y muy familiar de su casa, y entonces se volvió a sólo el Señor con la oración. Al acercarse la Pascua, recibe en sueños el aviso de que, poniéndose en el baptisterio en la parte destinada a las mujeres, le hiciera la señal de la cruz en el pecho la primera mujer bautizada que le saliera al paso. Hízolo así, y alcanzó al punto la salud. El médico que le había aconsejado no usara remedio alguno si quería vivir un poco más, habiéndola visto luego y hallando curada a la que sabía con tal análisis afectada de ese mal, le preguntó intrigado de qué remedio se había servido; deseaba, según se conjetura, conocer el medicamento con el fin de refutar el sentir de Hipócrates. Oyendo lo que había sucedido, adoptó tal voz y postura de desprecio, que temió ella se desatara en alguna palabra afrentosa contra Cristo, y se dice que le respondió con religiosa cortesía: «Pensaba que me ibas a decir algo maravilloso». Como ella se sintiera estremecida, añadió él: «¿El sanar un cáncer es algo grande para Cristo, que resucitó un muerto de cuatro días

Oí esto y tuve un gran pesar de que, en tal ciudad y persona tan distinguida, pasara oculto un milagro tan grande; pensé, pues, amonestarla y casi reñirla. Me respondió que no lo había ocultado; y entonces pregunté a las matronas más amigas que tenía si habían sabido esto. Me respondieron que no lo sabían: «Mira -le dije-, ¿cómo no lo ocultas, que ni las que gozan de tal familiaridad contigo lo han oído?». Y como yo lo había oído en resumen, le mandé que contara por su orden todo lo sucedido en presencia de aquéllas, que se maravillaban mucho y glorificaban a Dios. 

4. ¿Quién ha conocido el caso de un médico gotoso en la misma ciudad? Había dado su nombre para el bautismo. El día antes de ser bautizado se le prohibió en sueños hacerlo aquel año por medio de unos niños de rizos negros que él tuvo por demonios. No les hizo caso, aunque le machacaron los pies hasta producirle un dolor atroz, cual nunca lo había sentido, y se marchó al bautismo. No quiso dilatar el ser purificado, como había prometido, venciéndolos por completo con el lavado de la regeneración. Y en el mismo bautismo no sólo quedó libre del dolor que le atormentaba más de lo acostumbrado, sino también de la gota; no tornaron a dolerle más los pies, aunque vivió mucho tiempo después. Esto lo hemos conocido nosotros y muy pocos hermanos, a cuya noticia pudo llegar el suceso.

5. En Corube había un comediante. Al recibir el bautismo, fue curado de una parálisis e incluso de una vergonzosa inflamación de sus partes genitales. Subió de la fuente de regeneración libre de ambas molestias, como si no hubiera tenido mal alguno en el cuerpo. ¿Quién conoció esto, si se exceptúa Corube y muy pocos más que pudieron oírlo en alguna parte? Nosotros, al tener noticia de ello, por mandato del santo obispo Aurelio hicimos que viniera a Cartago, aunque lo habíamos oído de tantas personas que nos ofrecían plena garantía.

6. Hay entre nosotros un varón de familia tribunicia llamado Hesperio. Tiene una posesión llamada Zubedi en el territorio de Fusala. Descubrió que en ella los espíritus malignos atormentaban a los animales y a los esclavos; rogó a nuestros presbíteros, en ausencia mía, que fuera alguno de ellos allá para ahuyentarlos con sus oraciones. Fue uno, ofreció allí el sacrificio del cuerpo de Cristo, pidiendo con todo ardor que cesara aquella vejación; y al instante cesó por la misericordia de Dios.

Había recibido el tal Hesperio de un amigo un poco de tierra santa traída de Jerusalén, del lugar precisamente donde fue sepultado Cristo y resucitado al tercer día. La tenía colgada en su habitación para verse él libre de cualquier mal. Purificada su casa de aquella peste, andaba pensando qué haría con ella, pues por reverencia no quería tenerla más tiempo en su habitación. Por casualidad me encontraba yo cerca con mi colega Maximino, obispo entonces de la Iglesia de Siniti; nos suplicó que nos acercáramos, y así lo hicimos. Después de darnos noticia de todo, nos pidió que se enterrara esa porción de tierra en algún lugar donde se reunieran los cristianos para celebrar los misterios de Dios. Aceptamos, y así se hizo. Había allí un joven campesino paralítico. Enterado de esto, pidió a sus padres que lo llevaran inmediatamente a aquel lugar santo. Lo llevaron, hizo oración, y al punto retornó sano por su propio pie.

7. Existe una quinta llamada «Victoria» a menos de treinta millas de Hipona. Hay allí un monumento de los mártires de Milán Protasio y Gervasio. Fue llevado allá un joven que, estando a mediodía en verano lavando el caballo en un paraje profundo del río, quedó poseído por un demonio. Próximo ya a la muerte, o pareciendo más bien muerto, entró, según su costumbre, la señora de la finca a cantar los himnos y oraciones de la tarde con sus criadas y algunas siervas del Señor. Comenzaron a cantar los himnos. Sintiose el demonio herido y sacudido por esa voz; y se mantenía agarrado al altar con clamor terrible, como si no se atreviera o no tuviera fuerza para moverlo, suplicando con grandes lamentos que lo perdonaran y manifestando a la vez dónde, cuándo y cómo se había apoderado del joven. Al final manifestó que saldría, y comenzó a designar cada uno de los miembros que amenazaba cortaría al salir. Diciendo estas cosas, se apartó del hombre. Pero uno de los ojos de éste, caído por la mejilla, pendía por una fina vena del interior como de su raíz, y todo su centro, que era negro, se había tornado blanco.

Ante tal espectáculo, los circunstantes (habían acudido varios atraídos por las voces, y todos se habían postrado en oración por él), aunque se regocijaban de verlo en sus cabales, contristados de nuevo por lo del ojo, sugerían que se buscara un médico. Entonces su cuñado, que le había traído allí, exclamó: «Bien puede Dios, que ahuyenta el demonio, devolverle el ojo por las oraciones de los santos». Y como pudo volvió el ojo caído y pendiente a su órbita y lo sujetó con un pañuelo; ordenó que no se le desatara hasta siete días después. Al descubrirlo entonces, lo encontró completamente sano. Allí recibieron también la salud otros más, que sería prolijo enumerar.

8. Sé de una doncella de Hipona que, habiéndose ungido con el aceite en que había dejado caer sus lágrimas un sacerdote que oraba por ella, al punto se vio libre del demonio. También sé de un adolescente que por sola una vez que un obispo, sin conocerlo, oró por él, de pronto quedó libre del demonio.

9. Había un anciano, Florencio, hijo nuestro de Hipona, hombre piadoso y pobre. Vivía de su oficio de sastre; había perdido su vestido y no tenía con qué comprar otro. Oró en alta voz por el vestido en el sepulcro de los Veinte Mártires, tan célebre entre nosotros. Le oyeron unos jóvenes burlones que casualmente estaban allí, y al marchar se fueron tras él, acosándolo como si hubiera pedido a los mártires cincuenta monedas. Pero él, caminando en silencio, vio arrojado en el litoral un gran pez agitándose. Con la ayuda de aquéllos lo cogió y lo vendió por trescientas monedas a un cocinero llamado Catoso, muy cristiano, para los guisos de su cocina, contándole los pormenores del caso. Con ese dinero pensó comprar lana para que su esposa le hiciera como pudiese un vestido. Pero el cocinero, al descuartizar el pez, encontró un anillo de oro en su interior, e inmediatamente, movido a compasión y poseído de religioso temor, se lo entregó al anciano diciendo: «Mira cómo te han vestido los Veinte Mártires».

10. En la localidad de Aguas Tibilitanas trajo el obispo Preyecto las reliquias del glorioso mártir Esteban y acudió un gran gentío a venerarlas. Una mujer ciega rogó que la condujeran al obispo cuando llevaba las reliquias. Dio unas flores que llevaba, las tomó de nuevo, las acercó a los ojos y al punto recobró la vista. Admirados los presentes, iba delante llena de gozo, caminando sin buscar ya quien la condujese.

11. Lucilo, obispo de Siniti, con el pueblo que le acompañaba, llevaba las reliquias del citado mártir que existen en aquella villa, cercana a la colonia de Hipona. Tenía una fístula que hacía ya tiempo le aquejaba, y esperaba la llegada de un médico íntimo suyo para que se la sajase. Mientras llevaba tan preciosa carga fue curado repentinamente y no la sintió más en su cuerpo.

12. Eucario, presbítero español residente en Cálama, padecía de antiguo el mal de piedra. Fue curado por la reliquia de dicho mártir que le llevó el obispo Posidio. El mismo presbítero, presa más adelante de una grave enfermedad, tenía tal apariencia de muerto que le ataban ya los pulgares. Fue resucitado por intermedio del mártir al traer de su capilla y ponerle sobre el cuerpo la casulla del presbítero que allí habían llevado.

13. Hubo en el mismo lugar un hombre llamado Marcial, notable entre los de su rango, ya de edad, totalmente apartado de la religión cristiana. Tenía una hija creyente, y el yerno bautizado aquel año. Enfermó, y le rogaban ellos con abundantes lágrimas que se hiciera cristiano; se negó en redondo y los rechazó hoscamente. Determinó el yerno acudir a la capilla de San Esteban y rogar por él con todas sus fuerzas para que Dios le cambiara el pensamiento y no dilatase el creer en Cristo. Oró con grandes gemidos y llanto, y con un sincero y ardiente afecto de piedad. Al marchar, tomó algunas flores del altar que topó a su paso; se las puso ya de noche a la cabecera. Durmió el enfermo. Y he aquí que antes de amanecer, empieza a gritar que se acuda al obispo, que casualmente estaba conmigo en Hipona. Oyendo que estaba ausente, pidió que fueran los presbíteros. Llegaron, confesó que creía, y entre la admiración y el gozo de todos recibió el bautismo. El tiempo que vivió tenía a flor de labios estas palabras: «Cristo, recibe mi espíritu», sin saber que fueron las últimas del bienaventurado Esteban cuando fue apedreado por los judíos18. Ellas fueron también las últimas suyas; murió no mucho después.

14. Sanaron allí también por el mismo mártir dos gotosos, ciudadano uno y forastero el otro: el ciudadano, completamente; el peregrino, en cambio, supo por revelación qué remedio debía usar al sentir el dolor; lo usaba, y al punto el dolor se calmaba.

15. Auduro es el nombre de un predio donde hay una iglesia, y en ella una capilla del mártir Esteban. Estando un niño jugando en la plaza se desmandaron unos bueyes que tiraban de un carro y lo aplastaron con una de las ruedas, dejándolo a punto de expirar. Lo cogió su madre precipitadamente, lo colocó junto a la capilla y no sólo revivió, sino que quedó totalmente ileso.

16. Estaba enferma cierta religiosa en una heredad vecina llamada Caspaliana, y desesperándose de su salud, llevaron su túnica a la misma capilla. Cuando la trajeron, ella había muerto. Sus padres cubrieron su cadáver con la túnica y recobró el aliento, quedando curada.

17. En Hipona, un sirio llamado Baso rogaba en la capilla del mismo mártir por su hija enferma de peligro, y había traído allí su túnica. Y he aquí que salieron de casa corriendo los criados para comunicarle la muerte de la hija. Como él estaba orando, los detuvieron unos amigos y les prohibieron comunicárselo para evitar el llanto por las calles. Al volver a casa y encontrarla llena de lamentaciones, echó la túnica que llevaba sobre su hija y fue devuelta a la vida.

18. También allí, entre nosotros, murió de enfermedad el hijo de un cobrador de impuestos llamado Irineo. Yacía su cuerpo sin vida, y mientras se preparaban con llanto y lamentaciones las exequias, uno de sus amigos, entre las palabras de consuelo, le sugirió que ungieran todo su cuerpo con el aceite del mismo mártir. Lo hicieron así y revivió el niño.

19. Aquí mismo también el tribunicio Eleusino colocó su hijito muerto de enfermedad sobre el santuario del mártir que está en el suburbio. Después de ferviente oración, acompañada de muchas lágrimas, alzó al hijo vivo.

20. ¿Qué he de hacer? Urge la promesa de terminar la obra y no puedo consignar aquí cuanto sé. Y, sin duda, la mayoría de los maestros, al leer esto, se lamentarán haya pasado en silencio tantos milagros que conocen como yo. Les ruego tengan a bien disculparme y piensen qué tarea tan larga exige lo que al presente me fuerza a silenciar la necesidad de la obra emprendida. Si quisiera reseñar, pasando por alto otros, los milagros solamente que por intercesión del gloriosísimo mártir Esteban han tenido lugar en esta colonia de Cálama, y lo mismo en la nuestra, habría que escribir varios libros. Y aun así no podrían recogerse todos, sino sólo los que se encuentran en los folletos que se recitan al pueblo. He querido recordar los anteriores al ver que se repetían también en nuestro tiempo maravillas del poder divino semejantes a las de los tiempos antiguos, y que no debían ellas desaparecer sin llegar a conocimiento de muchos. No hace dos años aún que está en Hipona Regia la capilla de este mártir, y sin contar las relaciones de las muchas maravillas que se han realizado y que tengo por bien ciertas, de sólo las que han sido dadas a conocer al escribir esto llegan casi a setenta. Y en Cálama, donde la capilla existió antes, tienen lugar con más frecuencia, y se cuentan en cantidad inmensamente superior.

21. También en Uzala, colonia vecina de Útica, sabemos se han realizado muchos milagros por medio del mismo mártir, cuya capilla erigió allí mucho antes de que la tuviéramos aquí el obispo Evodio. Pero allí no existe, o mejor no existió, la costumbre de publicar esas informaciones; quizá ahora hayan empezado. Estando yo allí hace poco rogué, con la licencia de dicho obispo, a la señora Petronia que diera una información para leerla al pueblo, porque ella había sido curada milagrosamente de una enfermedad grave y duradera, en cuya curación habían fracasado todos los recursos médicos. Obedeció con toda diligencia, y contó allí lo que no puedo aquí callar, aunque la urgencia de esta obra me fuerza a darme prisa.

Dijo que un médico judío la persuadió a que introdujese un anillo en una cinta del pelo que por debajo de todo vestido había de ceñir directamente a la carne; que ese anillo tenía bajo el engaste una piedra preciosa hallada en los riñones de un buey. Ceñida así, venía en busca de remedio al templo del santo mártir. Pero, partiendo de Cartago, se detuvo en su hacienda en los límites del río Bagrada; y al levantarse para continuar el viaje, vio el anillo caído a sus pies, y llena de admiración palpó la cinta de pelo en la que estaba el anillo. Hallándolo atado con sus nudos bien fuertes, pensó que el anillo se había roto y había saltado. Al encontrarlo sin menoscabo alguno, se imaginó haber recibido con tal prodigio como una garantía de su futura curación. Desata el cíngulo y lo arroja al río con el anillo.

Evidentemente, no creen en esto quienes se obstinan en no admitir que el señor Jesús fue dado a luz sin detrimento de la virginidad de su madre y que entró con las puertas cerradas a donde estaban los discípulos. Que investiguen este caso, y si ven que es verdad, crean también esos misterios. Es una mujer muy ilustre, noble de nacimiento, casada con un noble, y habita en Cartago. Noble es la ciudad y noble la persona: circunstancias ambas que asegurarán el éxito a los investigadores. El mismo mártir, por cuya intercesión fue curada, creyó en el Hijo de la que permaneció virgen; en el que entró, cerradas las puertas, a la estancia de sus discípulos; creyó, finalmente, que es el argumento principal que aquí se ventila, en el que subió al cielo con la carne en que había resucitado. Por eso se han realizado por su intercesión tales maravillas, porque dio su vida por esta fe.

Se realizan todavía hoy muchos prodigios; los realiza el mismo Dios a través de quienes le place y como le place, lo mismo que realizó los que tenemos escritos. Pero los actuales no son muy conocidos ni se menudea su lectura como un repiqueteo de la memoria, a fin de que no caigan en el olvido. Porque, a pesar del esmero que se empieza a poner entre nosotros para narrar al pueblo esas relaciones hechas por los interesados, las escuchan una vez los presentes, pero la mayoría no lo están; y los mismos que las oyeron, pasados unos días, se olvidan de lo que oyeron; y apenas se encuentra quien comunique lo que oyó a quien sabe no estuvo presente.

22. Entre nosotros tuvo lugar un milagro, no digo más grande que los referidos, pero tan manifiesto y célebre que no pienso exista en Hipona quien no lo viera o conociera, nadie que pueda llegar a olvidarlo. Hubo diez hermanos, siete varones y tres hembras, oriundos de Cesarea de Capadocia y nobles entre sus conciudadanos; fueron maldecidos recientemente por su madre: desvalida por la muerte del padre, se resintió durísimamente afectada por una injuria que le habían hecho. Consecuencia de la maldición fue un tremendo castigo del cielo: se sintieron presa de convulsiones horribles en todos los miembros. Ante espectáculo tan repugnante, no pudiendo soportar la vista de sus conciudadanos, andaban errantes casi por todo el Imperio romano, marchando cada cual a donde bien le pareció. Dos de ellos, hermano y hermana, Paulo y Paladia, conocidos ya en otros lugares por la publicidad de su desgracia, llegaron a nuestra ciudad. Vinieron precisamente casi quince días antes de Pascua, y acudían a diario a la iglesia y visitaban en ella la capilla del gloriosísimo Esteban, suplicando a Dios se aplacase ya de ellos y les devolviera la salud. En la iglesia y en cualquier parte eran centro de las miradas del pueblo. Algunos de los que los habían visto en otra parte y eran sabedores del motivo de sus convulsiones, se lo comunicaban a otros como podían.

Llegó la Pascua, y de mañana, estando ya presente gran número de fieles, el muchacho estaba en oración asido a la verja del lugar santo donde estaban las reliquias del mártir. De pronto cayó postrado y quedó tendido como muerto, pero sin temblor alguno, incluso el que solía tener durante el sueño. Se quedaron atónitos los presentes, temiendo unos y lamentándose otros. Algunos querían levantarlo, pero otros se lo impidieron, diciendo que era mejor esperar el resultado. De pronto se levanta y ya no tiembla: había sido curado, se mantiene firme, mirando a los que lo miraban. ¿Quién no alabó al Señor en aquellos momentos? La iglesia resonaba por doquier con las voces de los que gritaban y se congratulaban. Se dirigen luego a donde yo estaba sentado y dispuesto a sa­lir al encuentro: se atropellan unos a otros anunciando cada uno como novedad lo que había contado el anterior; y en medio de mi regocijo y de mi acción de gracias interior a Dios, se me acerca él mismo con otros muchos, se postra a mis pies y se levanta para el ósculo. Me dirijo hacia el pueblo; la iglesia estaba repleta, resonaba con voces de júbilo, cantando todos de una y otra parte: «¡Gracias a Dios, alabado sea Dios!». Saludé al pueblo, y redobláronse las aclamaciones con el mismo fervor.

Hecho por fin el silencio, se procedió a la lectura solemne de las divinas Escrituras. Cuando llegó el turno de mi exposición, hablé brevemente a tono con la grata circunstancia de tal alegría; más que oír lo que les dijera, me pareció mejor que considerasen la elocuencia de Dios en esa obra divina. Comió el hombre con nosotros y nos contó detalladamente toda la historia de su calamidad, de la de su madre y hermanos.

Al día siguiente, tras la explicación ordinaria, prometí que al otro día se recitaría al pueblo el memorial de los hechos. Al tercer día del domingo de Pascua, mientras se hacía esa lectura, hice que los dos hermanos estuvieran en pie en las gradas del presbiterio, en cuya parte superior solía yo hablar. Miraba todo el pueblo de ambos sexos, a uno firme, sin el deforme movimiento, y a la otra estremeciéndose en todos sus miembros. Los que no lo habían visto a él antes contemplaban en la hermana los efectos de la divina misericordia con él; y veían qué parabienes había que darle a él y qué gracias había que pedir para su hermana.

Terminada la lectura de la relación, les mandé retirarse de la presencia del pueblo; y habiendo comenzado a comentar más detenidamente todo el asunto, en medio de este comentario, resuenan nuevas voces de júbilo procedentes de la capilla del mártir. Mis oyentes se volvieron hacia allí y comenzaron a correr en tropel. En efecto, la enferma, al bajar de las gradas en que había estado, se había dirigido a orar a la capilla del mártir. Y tan pronto como tocó la verja, cayó igualmente como en un sueño, y se levantó curada.

Mientras preguntábamos cuál era la causa de estrépito tan alegre, entraron con ella en la basílica donde estábamos, trayéndola sana de la capilla del mártir. Tal clamor se levantó entonces por parte de ambos sexos, que parecía no iba a terminar nunca el griterío mezclado con las lágrimas. Se la llevó al mismo lugar en que había estado antes con aquellas convulsiones. Se sentían transportados al ver ya como al hermano a la que poco antes tan desemejante de él habían compadecido; y veían cómo no acabada aún la oración por ella, se había visto escuchada su súplica. Se desbordaban sin palabras en alabanza de Dios con clamor tan fuerte que apenas podían soportarlo nuestros oídos. ¿Qué era lo que hacía saltar de gozo los corazones sino la fe de Cristo, por la cual derramó su sangre San Esteban?

CAPÍTULO IX

¿De qué nos dan testimonio estos milagros sino de la fe en la resurrección de Cristo realizada en su carne y de su ascensión con la misma carne al cielo? Los mismos mártires fueron mártires, es decir, testigos de la fe, y por dar testimonio de esta fe tuvieron que soportar un mundo en extremo enemigo y cruel, al que vencieron no con la resistencia, sino con la muerte. Por esta fe murieron los que consiguieron esto del Señor, por cuyo nombre murieron. Por esta fe precedió su admirable sufrimiento, que fue la causa de semejante poder en esos milagros. Pues si no precedió la resurrección de la carne en Cristo para siempre, o no ha de tener lugar según la predicción de Cristo, o según lo anunciaron los profetas por quienes fue anunciado Cristo, ¿cómo tienen tal poder los muertos que murieron por esa fe que proclama la resurrección? Lo mismo da que sea Dios quien realiza por sí mismo y del modo maravilloso propio suyo, siendo Él eterno, en las cosas temporales, estas maravillas que el que las realice por medio de sus ministros; y, en este caso, ya lleve a cabo algunas por medio de los espíritus de los mártires o de los hombres, viviendo todavía en este cuerpo, o las lleve todas a cabo por medio de los ángeles, sobre quienes invisible, inmutable o incorporalmente tiene dominio, de suerte que estas mismas que se dicen realizadas por los mártires no lo son por obra suya, sino por sus oraciones e intercesión; puede también que esas mismas maravillas se realicen unas de una manera y otras de otra, maneras que no pueden entender en modo alguno los mortales; en todos estos casos, tales obras dan testimonio de esta fe en que se predica la resurrección de la carne para siempre.” (Del libro de Agustín de Hipona -LA CIUDAD DE DIOS – Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA)

Como han podido comprobar en la lectura completa de las palabras de Agustín, éste no está afirmando, como le hacen decir los cesacionistas al poner solo la primera parte del escrito violando el contexto inmediato, que los milagros han cesado en la iglesia. Muy por el contrario, Agustín afirma que siguen sucediendo milagros, ¡muchos más de los que entrarían en un libro! Es lamentable que con esta perversa manipulación estén engañando a los creyentes con el único fin de desacreditar al pentecostalismo; pero como hemos comprobado aquí, los únicos que tienen las raíces corruptas son los mismos cesacionistas, quienes son contradichos por su más admirado Padre de la Iglesia: Agustín de Hipona, el continuista.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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Juan Calvino ¿ Profetas y Apóstoles, hoy?

Vimos en el último artículo que “la Iglesia necesita Profetas”, y que los tres períodos que se caracterizaron por la aparición de estos, junto con los apóstoles (ya sean falsos o verdaderos), fueron: La Iglesia Primitiva, La Reforma Protestante y el Presente Período de la Iglesia.

En cuanto al Segundo Período, el de la Reforma Protestante, vimos como los Reformadores Magisteriales, al menos Lutero, Calvino y Zwinglio, en cierta forma estaban convencidos de tener un ministerio especial, distinto al resto. Leyendo sus escritos, uno vislumbra cómo ellos estaban convencidos de ser una especie de profetas o apóstoles de su época, e hicieron valer la autoridad (civil y eclesiástica) para que así fuese.

Como esta es una página de relatos históricos, no de una postura doctrinal especial, me parece interesante compartir lo que dice el propio Calvino sobre estos dos ministerios: 

“Es preciso que tratemos ahora del orden según el cual ha querido Dios que fuese gobernada su Iglesia…

Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.  (Efesios 4:11-12)

“He aquí cómo se realiza la restauración de los santos. He aquí cómo se edifica el cuerpo de Cristo; cómo somos unidos unos con otros; cómo somos llevados a la unión con Cristo: cuando la profecía tiene lugar entre nosotros, cuando recibimos a los apóstoles, cuando no despreciamos la doctrina que nos es presentada. Por tanto, todo el que pretende destruir este orden y modo de gobierno, o lo menosprecia como si no fuese necesario, procura la destrucción y la ruina total de la Iglesia. Porque ni el sol, ni los alimentos y la bebida son tan necesarios para la conservación de la vida presente, como lo es el oficio de los apóstoles y pastores para la conservación de la Iglesia.”   (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 2)

“Por lo que hace a los que deben presidir la Iglesia para gobernarla conforme a la institución de Jesucristo, san Pablo pone en primer lugar a los apóstoles, luego a los profetas, a continuación a los evangelistas, después a los pastores, y finalmente a los doctores. De todo éstos, solamente los dos últimos desempeñan un ministerio ordinario en la Iglesia; los otros tres los suscitó el Señor con su gracia al principio, cuando el Evangelio comenzó a ser predicado. Aunque no deja de suscitarlos de vez en cuando, según lo requiere la necesidad.”  (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4)

Inmediatamente continúa diciendo Calvino:

“a. Los ministerios de la Iglesia apostólica. Si se me pregunta cuál es el oficio de los apóstoles, se ve claro por lo que el Señor les mandó: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15). No les señala el Señor límite alguno; sino que los envía para que reduzcan a todo el mundo a su obediencia, a fin de que sembrando el Evangelio por doquier, ensalzasen su reino por todas las naciones. Por esto san Pablo, queriendo justificar su apostolado, no dice que haya conquistado para Cristo una ciudad u otra, sino que ha predicado el Evangelio por todas partes, y que no ha edificado sobre fundamento ajeno, sino que ha edificado las iglesias donde el nombre del Señor no había sido nunca oído (Rom.15, 19-20). Los apóstoles, pues, fueron enviados para apartar al mundo de la perdición en que se encontraba y llevarlo a la obediencia de Dios, y por la predicación del Evangelio edificar por todo el mundo su reino; o, para decirlo con otras palabras, para echar por todo el mundo los fundamentos de la Iglesia, como primeros y principales maestros y artífices del edificio. San Pablo llama profetas, no a todos los que en general declaran la voluntad de Dios, sino a los que recibían alguna revelación particular (Ef. 2,20; 4,11): De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos.
Por el nombre de evangelistas entiendo a los que en oficio y dignidad venían después de los apóstoles, y hacían sus veces. De este número fueron Lucas, Timoteo, Tito u otros semejantes; incluso es posible que lo fueran también los setenta discípulos que Jesucristo eligió para que ocupasen el segundo lugar después de los apóstoles (Lc.10,1). Si admitimos esta interpretación – y debe serlo en mi opinión, como muy conforme con las palabras y la intención del Apóstol -, aquellos tres oficios no han sido instituidos para ser permanentes en la Iglesia, sino únicamente para el tiempo en que fue necesario implantar iglesias donde no existían, o para anunciar a Jesucristo entre los judíos, a fin de atraerlos a Él como a su Redentor. Aunque no niego con esto que Dios no haya después suscitado apóstoles o evangelistas en su lugar, como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo. Porque fue necesaria su presencia para reducir a la pobre Iglesia al buen camino del que el Anticristo la había apartado. Sin embargo sostengo que este ministerio fue extraordinario, puesto que no tiene cabida en las iglesias bien ordenadas.”    (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4)

Cualquiera que lea sin fanatismo cesacionista, estos textos de Calvino, puede notar claramente que el Reformador está haciendo dos distinciones de ministerios: los excepcionales: Apóstol, Profeta y Evangelista, de los cuales afirma que no son permanentes (pero jamás afirma que han cesado definitivamente); y los permanentes: Pastores y Maestros o doctores como le llama él (sin estos dos ministerios ninguna iglesia puede funcionar).

Calvino deja bien claro sobre los ministerios de Apóstol, Evangelista y Profeta que:   “los suscitó el Señor con su gracia al principio, cuando el Evangelio comenzó a ser predicado. Aunque no deja de suscitarlos de vez en cuando, según lo requiere la necesidad…  De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos…  

Calvino sostiene que estos ministerios solo son necesarios cuando la Iglesia atraviesa una etapa difícil u obscura, pero en una iglesia que funciona bien no son necesarios, releamos sus palabras:

“Aunque no niego con esto que Dios no haya después suscitado apóstoles o evangelistas en su lugar, como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo. Porque fue necesaria su presencia para reducir a la pobre Iglesia al buen camino del que el Anticristo la había apartado. Sin embargo sostengo que este ministerio fue extraordinario, puesto que no tiene cabida en las iglesias bien ordenadas.”

Calvino afirma que Dios ha suscitado de estos ministerios extraordinarios en su época, en la época de la Reforma de S. XVI; porque el Anticristo (el Papa, según Calvino) había apartado a la Iglesia del buen camino. Si ustedes se recuerdan en el artículo anterior, puse una frase de Leonard Ravenhill que decía que los Profetas: “son los hombres de emergencia de Dios, para las horas de crisis“. Pues bien, Calvino está diciendo lo mismo, que los ministerios extraordinarios o no permanentes, solo son necesarios en las horas de crisis, cuando la Iglesia atraviesa una etapa oscura. Calvino reconoce que en su misma época Dios ha levantado de estos ministerios “como vemos que lo ha hecho en nuestro tiempo” ¿Recuerdan cómo dijimos que los Reformadores se consideraban a sí mismos, no en forma abierta sino indirectamente, Profetas y Apóstoles?

A continuación Calvino menciona los dos ministerios permanentes, los que siempre deben estar vigentes en la Iglesia, ¿pero en qué iglesia?  “en las iglesias bien ordenadas.”

“b. Ministerios necesarios en todo tiempo en la Iglesia. Vienen finalmente los pastores y doctores, de los cuales la Iglesia nunca puede prescindir. La diferencia que establezco entre estos dos oficios es que los doctores no tienen a su cargo la disciplina, ni la administración de los sacramentos, ni hacer exhortaciones ni avisos; su cargo únicamente es exponer la Escritura, a fin de que se conserve y mantenga la pura y sana doctrina en la Iglesia; en cambio, el oficio y cargo pastoral abraza todas estas cosas.”       (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 4.b)

Calvino enseña que, en tiempos normales, cuando las iglesias están bien ordenadas, funcionando correctamente, y no hacen falta los ministerios extraordinarios; los Pastores ocupan el puesto de los Apóstoles y Evangelistas, y los doctores o maestros el de los Profetas.

“Ya sabemos qué oficios han sido temporales en el gobierno de la Iglesia, y cuáles han de permanecer para siempre. Si equiparamos a los apóstoles y evangelistas, nos quedan dos pares de oficios que se corresponden entre sí. Porque la semejanza que nuestros doctores tienen con los profetas antiguos, la tienen a su vez los pastores con los apóstoles. El oficio de profeta fue mucho más excelente a causa del don particular de revelación que comportaba. Pero el oficio de doctores persigue absolutamente el mismo fin, y casi se ejerce mediante los mismos medios… Sin embargo los pastores tienen el mismo cargo que tenían los apóstoles, exceptuando que cada pastor tiene a su cargo una iglesia determinada.”  (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 5)

Una cosa es decir “Dios ya no levanta Profetas, Apóstoles o Evangelistas, eso era para la Iglesia apostólica“, cosa que Calvino nunca dijo,  y otra cosa muy distinta es lo que realmente afirmaba Calvino: son ministerios excepcionales para situaciones excepcionales. Después de aclarar que el ministerio de los Apóstoles del Cordero fue único, reconoce que “apóstol” abarca a más personas:

“Es verdad que san Pablo concede este honor a Andrónico y a Junias, declarándolos incluso excelentes entre los otros (Rom. 16, 7). Pero cuando quiere hablar con toda propiedad no atribuye este nombre más que a aquellos que tenían la preeminencia que hemos indicado. Y así comúnmente se emplea en la Escritura.”    (Institución de la Religión Cristiana – Libro IV – Cap. III. 5)

Unos, los primeros apóstoles instituidos por Cristo, tienen la preeminencia, pero esto no significa que no se pueda llamar así a otros, aunque no con la misma autoridad, pues los primeros son irrepetibles. Y en cuanto a los Profetas, también aclara que los primeros tenían “Revelación de doctrina”  lo cual los hacía superiores a los que vendrían después, los que vienen después no tienen “revelación para imponer doctrina”.   

Resumiendo, la enseñanza de Calvino es que, los ministerios extraordinarios no siempre están presentes en la Iglesia, solo en situaciones críticas; pues si las iglesias están bien ordenadas, con los pastores y maestros es suficiente. Pero como hemos leído textualmente en sus citas, en cuanto a los ministerios excepcionales o no permanentes (no siempre debe haberlos): De éstos, en nuestro tiempo no los hay, o son menos manifiestos.

Una cosa es limitar, y otra negar como hace el cesacionismo, torciendo aún las mismas palabras de su maestro (¿reformador- profeta contemporáneo- apóstol?) preferido.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 2017

 

 

 

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Los profetas… esas voces silenciadas

En la Historia del cristianismo podemos encontrar tres períodos de auge en relación al ministerio del profeta.

El Primer Período es, obviamente, el de la iglesia primitiva. Primeramente en su fase apostólica, es decir, cuando vivían aún los apóstoles del Cordero y los demás apóstoles fundacionales, como por ejemplo Santiago el hermano del Señor, que sin ser uno de los doce tenía indudablemente autoridad apostólica. En este período los profetas se movían con suma libertad por la iglesia naciente.

Hechos 11:27-28a  En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo…

Hechos 13:1a   Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…

Efesios 3:5  misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu:

Efesios 4:11  Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.

Y dentro de ese mismo Primer Período de la iglesia primitiva, pero en su fase post-apostólica, seguía habiendo profetas y apóstoles junto con los maestros, obispos y diáconos. Esto lo podemos verificar en uno de los primeros escritos no canónicos, La Didaché (o doctrina de los apóstoles), “el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos(Quasten – Patrología – Tomo I)

Didaché XI. (4) Todo apóstol que venga a vosotros, acogedlo como al Señor (5) pero no permanecerá más que un sólo día; mas si tiene necesidad, también otro; mas si permaneciere tres es profeta falso. (6) Cuando se marche el apóstol no se lleve más que pan, hasta donde se aloje; si pidiere dinero, es profeta falso. (8) Mas no todo el que habla en espíritu es profeta, sino si tiene las costumbres del Señor. Así, por las costumbres se discernirá el falso profeta y el profeta (verdadero). (10) Todo profeta que enseña la verdad, si lo que enseña no lo hace, es profeta falso. (12) Si alguno dijere en espíritu: dame dinero y otras cosas, no le escuchéis; pero si dijere dar a otros que tienen necesidad, nadie le juzgue.

Didaché XII. “Todo el que viene en nombre del Señor” sea acogido; después, poniéndolo a prueba, conocedlo, porque tenéis sentido de lo recto y de lo no recto. (2). Mas si el que viene está de paso, ayudadle, cuanto podáis; no permanezca con vosotros sino dos o tres días, si hay necesidad. (3) Mas si quiere asentarse junto a vosotros, teniendo un oficio, trabaje y coma. (4) Pero si no tiene oficio, proveed según vuestro sentido para que no viva ocioso un cristiano entre vosotros. (5) Mas si no quiere obrar así es un traficante de Cristo; guardaos de los tales.

Didaché XV. Designaos obispos y diáconos dignos del Señor, varones mansos y desinteresados y auténticos y probados; porque también ellos ejercen para vosotros el ministerio litúrgico de los profetas y maestros. (2) No los miréis con altivez; porque, junto con los profetas y maestros, deben ser honrados por vosotros.

El Segundo Período del auge de los profetas es en la Reforma Protestante, en el Siglo XVI. Por un lado tenemos una proliferación de auto-proclamados profetas entre los denominados “anabaptistas”, y por el otro lado tenemos a los “reformadores magisteriales”, hablando, escribiendo y haciendo ejecutar sus “doctrinas verdaderas” por medio del brazo secular, es decir, por medio de los príncipes y magistrados con no menos convicción profética que sus oponentes. Los dos bandos proclamaban por igual: ser los auténticos portadores de la verdad.

El término anabaptista o rebautizante, se le aplicaba a todo aquel que se opusiera al bautismo de niños, o que habiendo salido del catolicismo, se hiciera bautizar de nuevo en la fe protestante o evangélica.  Recordemos que los principales Reformadores (Lutero, Calvino, Zwinglio, Matín Bucer, Ecolampadio, Bullinger…) condenaban y perseguían a todo aquel que se opusiese al bautismo de infantes, a los cuales metían en el mismo saco bajo el calificativo despectivo de “anabaptistas” o “los que se bautizan de nuevo”.

Dentro de los anabaptistas había de todo, ultra-pacifistas, belicosos, trinitarios, anti-nicenos, espiritualizantes, libertarianos, erasmianos, deterministas, judaizantes, etc. Unos, cristianos de vida intachable y abnegada, otros, desordenados y licenciosos. Pero también entre ellos surgieron los más valerosos mártires.

Más allá de esto, era mayormente entre los anabaptistas donde, por medio de la predicación de hombres notablemente ungidos, las personas se convertían bajo profunda convicción de pecado.

Mientras los Reformadores se encargaban de que sus doctrinas fuesen aceptadas por el gobierno y aplicadas en los territorios bajo su dominio, lo cual implicaba el peligro de la imposición de una “religión oficial” ( ya sea luterana, zwingliana o calvinista) con la consecuente aceptación meramente nominal de la nueva fe, por parte de muchos, pero sin un evidente cambio moral. Los anabaptistas, que se oponían mayoritariamente a la unión Iglesia-Estado, hacen resurgir los grandes predicadores al aire libre y los predicadores de arrepentimiento, “capaces de llevar a sus oyentes a una emocionada conciencia del pecado y de la necesidad del perdón” (La Reforma Radical – G. H. Williams)

Dentro del anabaptismo hubo hombres de predicación profética y encendida, que convirtieron a miles, hubo asimismo abundantes manifestaciones de los dones del Espíritu, incluido el hablar en lenguas; también las mujeres tuvieron una participación activa en la obra evangelística. Pero a la par de esto, hubo “apóstoles” y “profetas” delirantes que por medio de sus “visiones” y “profecías” causaron guerras, y masacres. Y bajo la “inspiración directa de Dios” establecieron las prácticas más aberrantes como la poligamia, el nudismo y el sexo comunitario (intercambio de esposas). Otros actuaban literalmente como niños o bebés porque de esa manera “entrarían al reino de los cielos”; y por supuesto también estaban los que bajo el pretexto de que “la letra mata”, quemaron literalmente sus Biblias para ser solamente “guiados por el Espíritu”. Muchos de estos auto-proclamados apóstoles y profetas exigían que se les llamase así, y se les reconociera la suprema autoridad apostólica por sobre los demás líderes.

Los Anabaptistas y Los Reformadores Magisteriales tenían algo común, aunque en distinto grado: la “urgencia escatológica”, es decir, la convicción de la inminente segunda venida de Cristo. Esto les producía a todos ellos el sentido de ser auténticos “profetas”, los hombres de los últimos tiempos que preparaban a la Iglesia para el encuentro con su Esposo. No olvidemos que el mismo Lutero afirmaba con seguridad la inminencia del fin del mundo.

“Este año de nuestra salvación 1540, de Mahoma 940, del papa 960, este año hace el 5.500 de la creación del mundo; por eso es de esperar que tenga lugar el fin del mundo, puesto que no se ha de completar el sexto milenio, al igual que no se completaron los tres días de Cristo muerto”    (Martín Lutero -WA 5.813).

A Lutero se le consideraba “un instrumento de Dios y un profeta”; y él hablaba con la convicción de ser el profeta cuya doctrina no puede estar equivocada:

“Y esta convicción es la única que capacita para acometer una empresa, para mantenerse sin desmayo en ella y para poder proclamar: Los equivocados y los que no tienen razón sois todos vosotros; mi doctrina es la única recta y la segura verdad de Dios, en ella permaneceré aunque todo el mundo opine lo contrario. Porque Dios no puede engañar, y yo poseo su palabra que no ha de fallar y prevalecerá contra todas las puertas del infierno [Mt 16, 18]. Él mismo me alienta al decir: «Yo pondré en tu camino oyentes que acepten tu enseñanza; déjame a mí este cuidado, que yo velaré por ti. Lo único que tienes que hacer por tu parte es permanecer asido a mi palabra»”    (Martín Lutero – Charlas de Sobremesa 13)

Otro de los reformadores magisteriales, Zwinglio, en la ciudad de Zúrich, “estaba determinado a establecer una teocracia profética de todo el pueblo o cristiandad cívica” (La Reforma Radical – G. H. Williams). Recordemos que a Zwinglio se le llamaba el “profeta-guerrero-estadista”, aunque acabó muerto y descuartizado, en el campo de batalla en 1531.

Por su parte, Calvino, no menos “profeta” en su forma de hablar y de tratar a los que no pensaban como él, escribía sobre uno que acabó sometiéndose a su magisterio:

 “ha regresado con toda buena fe al seno de la iglesia. Ha confesado que fuera de la iglesia no hay salvación, y que la iglesia auténtica es la que está con nosotros. Por lo tanto, era una defección haber pertenecido a una secta separada de ella. Se confesó, pues, culpable de ese crimen y suplicó que se le perdonara.”  (Carta de Calvino a Farel, 27 de febrero de 1540)

Era un “crimen” no coincidir doctrinalmente con Calvino, pues con él estaba la verdadera iglesia, y fuera de ella no había salvación. Lo mismo afirmaban Lutero y Zwinglio. La convicción de ser los “auténticos portavoces de Dios” era una característica común de los Reformadores Magisteriales.

Como acabamos de ver, en este Segundo Período de resurgimiento profético, los dos bandos, tanto los protestantes de la Reforma oficial, como los evangélicos de la Reforma Anabaptista o Radical; tuvieron sus voces proféticas así verdaderas como falsas.

El Tercer Período de resurgimiento apostólico y profético es, sin dudas, el actual momento en que atraviesa la Iglesia. Desde el siglo XVI hasta hoy, nadie había osado reclamar estos títulos ministeriales. Basta leer el cartel de eventos de cualquier congregación para encontrar la palabra “apóstol” o “profeta” entre los conferencistas o predicadores visitantes; ningún evento que se aprecie está completo sin ellos.

He escuchado y leído a muchos de estos apóstoles y profetas, los cuales, después de haber soportado sus delirios, han pasado a engrosar mi lista de “falsos”. No tengo ningún problema en admitir que, si me piden que nombre a un apóstol auténtico de hoy, respondería “no reconozco a ninguno”. Obviamente no incluyo a la iglesia perseguida o subterránea, donde lo que ellos experimentan está a años luz de nuestra plácida vida cristiana occidental.

Pero en occidente, y más precisamente en Latinoamérica, no podría mencionar un apóstol genuino, y no me refiero a un apóstol fundacional (de los que vieron a Jesús, o pertenecieron al primer siglo de la Iglesia y que pusieron los fundamentos doctrinales) porque de esos ya no existen ni existirán. Pero tal vez en la iglesia perseguida, en los lugares no evangelizados, haya hombres con una autoridad o unción más extraordinaria de lo habitual, que estén conquistando nuevas tierras para Cristo.

En cuanto a profetas, si me dicen que mencione uno, no tengo ninguna duda: Leonard Ravenhill. Si alguien quiere saber qué es un profeta, que escuche sus prédicas. Hay una diferencia notable entre un pastor, un maestro, un evangelista y un profeta. El gran A. W. Tozer (otro profeta genuino) solía decir que “la voz de los escribas ha silenciado la voz de los profetas”.

“Estas espantosas horas claman fuertemente por hombres con el don penetrante de la profecía. En lugar de esto, tenemos hombres que organizan reuniones, encuestas y paneles de discusión.”     (A. W. Tozer – La Vida Más Profunda – Cap. 3)

El ministerio del profeta no es muy común, supongo que alguno habrá en la actualidad, siempre hablando de occidente. Claro que para encontrarlos debes comenzar descartando a todos los predicadores que delante de su nombre ponen: “profeta”, porque uno verdadero nunca aceptaría que lo llamen así.

El profeta genuino no se anuncia, no lo necesita, al escucharlo las personas sabrán que él tiene “algo especial”. No sabes que es, pero sus palabras traspasan el corazón, son como flechas ardientes. Cuando un profeta predica no saldrás del culto diciendo ¡que buen sermón!, saldrás del culto mudo, porque esas palabras te habrán desafiado de tal manera que no tendrás otra alternativa que, o tomar una decisión radical, o endurecerte más y hundirte en el letargo espiritual. Un profeta será amado u odiado, pero difícilmente ignorado.

Los profetas no son adivinos ni futurólogos, son simplemente, como decía Ravenhill: “los hombres de emergencia de Dios, para las horas de crisis”, y verdaderamente la Iglesia de hoy está en crisis y necesita de las voces proféticas.

Las voces de los maestros, preparados en la buena doctrina y con capacidad para transmitirla, son fundamentales en este tiempo; pero que nadie se confunda, esas voces no son suficientes (a menos que quieras tener una iglesia de visión limitada).

La iglesia de hoy también necesita las voces de genuinos pastores, que tengan el corazón del buen pastor (no de un tirano). La iglesia de hoy necesita misioneros que sean nuestros ojos y nuestras manos alcanzando hasta lo último de la tierra (no turistas pagados con el diezmo de los pobres, haciéndose selfies al lado de un camello en algún país exótico). La iglesia de hoy necesita verdaderos evangelistas (no showman de luces psicodélicas y gritos manipuladores). La iglesia necesita imperiosamente profetas que sacudan las conciencias (no tarotistas del púlpito que te digan que “este será el año de tu cosecha”, ni un coach para alentarte en el cumplimiento de tus sueños o la alimentación de tu ego).

Las Escrituras son bien claras, en ningún lado hablan de una cesación de este ministerio, y Efesios capítulo 4 dice expresamente hasta cuándo deben durar.

El mismo Señor nos advirtió sobre los últimos tiempos

Mateo 24:11  Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos

Si para entonces no debería haber profetas verdaderos, en vano es que el Señor hable de “falsos”, hubiese dicho sencillamente “y muchos profetas se levantarán y engañarán”; pues no quedando ya originales se supone que todos son falsos.  Así, cuando Pedro advierte:  “como habrá entre vosotros falsos maestros” (2 Pedro 2:1) no significa que no quedarán maestros verdaderos. Donde hay un falso, es porque hay un original también.

Si tenemos en claro que un profeta no está para traer doctrinas nuevas o extrañas, ni revelaciones misteriosas, sino para despertar un sentido de urgencia a la obediencia a Dios en los corazones de los creyentes; no tendremos miedo de que surjan nuevos profetas.

Los profetas son esencialmente predicadores, y es muy distinta una predicación a una enseñanza, y la una no puede reemplazar o ahogar a la otra; no al menos sin traer nefastas consecuencias para la iglesia. El que no estemos acostumbrados a oír voces proféticas no significa que no existan, o que nos tengamos que conformar con una sola voz desde los púlpitos.

Por cierto, no ha sido buena idea que los músicos usurpen los púlpitos; como tampoco es buena idea que los maestros pretendan tener el monopolio de los mismos. Hay una voz que falta, y es la voz de los profetas.

Como nos advirtió Tozer, no dejemos que las voces de los escribas silencien a las voces de los profetas. Necesitamos urgentemente a ambas.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

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Extracto  de una predicación de Leonard Ravenhill en un congreso de líderes

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Los evangelistas de sanidad

En las primeras décadas del siglo XX surgieron varios ministerios evangelísticos con un marcado énfasis en el don de sanidad. Hubo de todo, desde los que empezaron bien y terminaron mal, hasta los que empezaron bien y terminaron mejor. A través de la Historia de la Iglesia podemos ver períodos donde los avivamientos se caracterizaron por una señal distintiva, y los evangelistas de la sanidad marcaron una época.

Se criticó los métodos pocos ortodoxos que algunos usaron, o las doctrinas erradas que otros asumieron, pero lo notable es que ninguno de ellos fue desenmascarado como de “falsas sanidades”. Si tenemos en cuenta, por un lado, que en ese entonces la medicina era muy precaria, y pocos tenían acceso a una atención de calidad; y por el otro, que no existían los medios digitales y audiovisuales de ahora, con los que se puede “manipular más fácilmente a las personas”, el caso de los evangelistas de la sanidad es sinceramente asombroso.

Por un lado significó ayuda para miles que no tenían respuestas en la aún precaria medicina, y por el otro significó un crecimiento exponencial de las iglesias, pues al fin y al cabo, la mayoría de las congregaciones se beneficiaron de la cantidad de personas que se convirtieron en esos eventos. El evangelista seguía su camino, y los pastores se quedaban con las almas nuevas.

La mayoría de ellos no tenían recursos propios, no eran pastores que tenían una plataforma de lanzamiento para captar la atención de la gente. Eran simplemente hombres y mujeres a los cuales, en alguna reunión casera o en alguna pequeña iglesia, les pedían que dirigiesen algunas palabras o una oración, y al hacerlo sencillamente comenzaban a producirse sanidades; lo que llevaba a impactar a toda la ciudad y luego a la nación.

¿Cómo hace una persona, sin recursos y totalmente desconocida, para estar en pocos meses predicando a miles? Si decimos que son falsos, estamos reconociendo que los falsos tienen más poder que los verdaderos. En la iglesia primitiva donde abundaban las sanidades, los falsos también existían, pero eran los verdaderos los que impactaron a las naciones, no los falsos.

No estamos aquí discutiendo el cómo administraron los dones, si bien o mal, estamos hablando de un hecho histórico; de repente, personas sencillas oraban por los enfermos y se sanaban, y luego recorrían con una carpa pueblos y ciudades donde se reunían miles para que orasen por ellos.

Hoy, usando (o abusando) de la tecnología y el imperio publicitario, muchos falsos se auto-proclaman “evangelistas de sanidad” pero ni con toda la artillería digital que despliegan llegan a impactar las naciones. Salvo en la iglesia perseguida (la que llamamos “iglesia subterránea” en donde se reportan casos asombrosos), no creo que existan ya hombres y mujeres de la talla de aquellos grandes evangelistas de las primeras décadas del siglo pasado. Salvo el caso excepcional de Reinhard Bonnke, en África, y de Carlos Annacondia (cuyas campañas de avivamiento presencié personalmente) en Latinoamérica.

Mencionaré solo algunos porque fue una época muy fructífera, que duró hasta la década del 50 en su mayor apogeo. No todos los que tenían dones de sanidad eran evangelistas, pero consideraremos a cuatro que sí lo fueron.

John Alexander Dowie

El pionero de todos. Nacido en Escocia en 1847, desarrolló una parte de su ministerio en Australia y la mayor y última etapa en Chicago. Nació en un hogar muy pobre, fue un niño enfermizo (sufría de dispepsia crónica). Siendo el joven pastor de una iglesia en un suburbio de Sídney, en 1875, una plaga mortal azotó la región:

“Estaba sentado en mi oficina en la Iglesia Congregacional de Newton, un suburbio de Sydney, Australia. Mi corazón estaba muy cargado, porque había estado visitando en sus lechos de enfermedad y muerte a más de treinta miembros de mi congregación, y había devuelto el polvo al polvo de la tierra en más de treinta tumbas en unas pocas semanas. ¿Dónde, oh, dónde estaba aquél que sanaba a sus hijos sufrientes? Ninguna oración por sanidad parecía llegar a sus oídos, pero yo sabía que su mano no se había acortado… A veces me parecía que podía oír la triunfante burla de los enemigos creciendo en mis oídos mientras yo hablaba a los deudos las palabras de cristiana esperanza y consolación. La enfermedad, la sucia hija de Satanás y el pecado, manchaba y destruía… y no había un liberador. “Y ahí estaba yo, sentado con mi cabeza hundida bajo el peso de la pena por mi pueblo afligido, hasta que lágrimas amargas vinieron a aliviar mi corazón ardiente. Entonces oré pidiendo un mensaje… y las palabras del Espíritu Santo inspiradas en Hechos 10:38 se me presentaron en toda la brillantez de su luz, revelando a Satanás como el Opresor, y Jesús como el Sanador. Mis lágrimas fueron enjugadas, mi corazón se fortaleció; vi el camino hacia la sanidad… y dije: ‘Dios, ayúdame ahora a predicar la Palabra a todos los que están muriendo a mi alrededor, y decirles que es Satanás quien aún enferma, y Jesús quien aún libera, porque Él sigue siendo el mismo hoy.”   (Gordon Lindsay. John A1exander Dowie: A Life Story of Trials, Tragedies and Triumphs)

John Alexander Dowie aún estaba haciendo esta oración cuando vinieron a buscarlo para que fuese a orar por otra hermana de su congregación que estaba muriendo, cuando llegó ante ella, oró y fue sanada completamente. A partir de entonces ningún otro miembro de su congregación murió por la peste; y él comenzó un ministerio de evangelismo y sanidad de enormes proporciones. Luego se trasladó a Illinois, allí abrió los famosos “hogares de sanidad”, donde las personas enfermas que venían de todo el país a sus campañas y no encontraban alojamiento, podían ser atendidas y recibir enseñanza y oración. Dowie era un visionario, la ciudad de Chicago fue literalmente impactada por él; su mente no cesaba de programar cosas, pero no supo detenerse a tiempo. Quiso abarcar más de lo que podía o para lo que había sido llamado, y cuando se traspasa el límite de la visión se cae en la ambición ministerial. No quiso pertenecer a ninguna denominación, fue demasiado autodidacta, es uno de los ejemplos más claros de lo que sucede cuando la grandeza de las revelaciones exaltan sobremanera.

María Woodworth-Etter

Nació en 1844, antes de entrar en el ministerio evangelístico era de constitución enfermiza, también por causa de diversas enfermedades perdió a cinco de sus seis hijos. A pesar del golpe de esta tragedia, María comenzó a predicar entre sus familiares, al poco tiempo la llamaban de todas partes para que realizara reuniones de avivamiento, a la edad de 40 años realizaba cruzadas evangelísticas por todo el país. A veces en una sola noche 25.000 almas se reunían para escucharla.

“Recuerdo como si fuera ayer, que mi amiga y yo empujamos a mi madre en su silla de ruedas a lo largo de seis o siete largas cuadras… Dos hombres grandes llevaron la silla hasta delante del púlpito circular que ya estaba rodeado de sillas de ruedas. Hacía tanto calor que mi madre nos rogaba que la lleváramos a casa, pero yo insistí en que nos quedáramos. Gloria a Dios, porque la señalaron para subirla a la plataforma, donde esa hermosa y pequeña dama que jamás olvidaré, habló a mi madre. La vi contestar sacudiendo la cabeza y entonces ella [la hermana Etter] la golpeó en el pecho (a mí me pareció que la había golpeado muy fuerte). Fue como si un rayo la atravesara, se levantó de un salto y salió corriendo y saltando llena de gozo. Toda la gente gritaba; dudo que hubieran visto algo así antes. Vimos muchos más milagros. Casi tuvimos que atar a mi madre a la silla para regresar a casa. Ella quería caminar, pero estaba débil, porque había estado confinada a su cama durante dos años. Cuando llegamos a casa, mi abuela y algunos vecinos nos esperaban. Mi madre se levantó de la silla de ruedas y subió las escaleras. Todos gritaban y lloraban. A partir de ese día, mi madre fue completamente sana, recuperó peso, y amó al Señor”    (testimonio personal de Elizabeth Waters)

A los ochenta años, María Woodworth-Etter tenía la salud deteriorada, sufría gastritis e hidropesía. Su única hija que le quedaba murió en un accidente, en el velorio, María exhortó a los presentes a “mirar al cielo y no a la tumba”. Por causa de su frágil salud, la llevaban en una silla a predicar a la iglesia, se paraba en la plataforma y predicaba con poder, al finalizar la reunión la llevaban nuevamente en una silla hasta su casa, en donde postrada en cama aún seguía recibiendo a los enfermos que venían a que orase por ellos. Murió a la edad de 80 años, después de haber predicado miles de sermones evangelísticos, recorrido cientos de ciudades, viajado en incómodos coches y trenes de la época, durmiendo en carpas y atendiendo a todos los que la solicitaban. De vida austera y humilde, conforme al carácter de los del Movimiento de la Santidad, se unió luego al Movimiento Pentecostal histórico,  fue muy admirada y querida por su cercanía con la gente; la llamaban  “madre Etter” o “la abuela Etter”.

John G. Lake

Nació en 1870 en Canadá, antes de su adolescencia había visto enterrar a cuatro de sus hermanos y cuatro de sus hermanas.

“Nadie puede entender la tremenda influencia que tuvo en mi vida la revelación de Jesús como mi Sanador, y lo que significaba para mí, a menos que primero entienda mi entorno. Yo era uno de 16 niños. Nuestros padres eran personas sanas, vigorosas, fuertes. Mi madre murió a la edad de 75 años, y mi padre, aún vive en el momento de escribir esto, y tiene 77 años. Antes de mi conocimiento y experiencia del Señor como nuestro Sanador, enterramos ocho miembros de la familia. Una sucesión de extrañas enfermedades, que resultaban en muerte, había seguido a la familia.   Durante treinta y dos años siempre hubo un miembro de nuestra familia inválido. Durante este largo período, nuestro hogar nunca estuvo sin la sombra de enfermedad. Cuando pienso sobre mi niñez y adolescencia, llegan a mi mente recuerdos como una pesadilla: enfermedad, médicos, enfermeras, hospitales, coches fúnebres, funerales, cementerios y lápidas; una casa con aflicción; un madre quebrantada de corazón, y el dolor de un padre herido tratando de olvidar los dolores del pasado, con el fin de ayudar a los miembros vivos de la familia que necesitaban su amor y cuidado.”    (John G. Lake, Adventures in God)

Siendo joven, John G. Lake sufría de un reumatismo grave que le deformaba las piernas y le producía un dolor insoportable, un miembro del ministerio de John Alexander Dowie oró por él y fue sanado al instante. Se dedicó a los negocios y ganó bastante dinero, pero obedeciendo al llamado que ardía en su corazón renunció a su fortuna, vendió sus propiedades, las repartió a los necesitados y se fue de misionero al África con su esposa y siete hijos, sin un centavo.  En Sudáfrica, las personas le traían día y noche enfermos a su casa para que orase por ellos.

“Después de cinco años en Sudáfrica, la obra misionera de Lake había resultado en 1.250 predicadores, 625 congregaciones, y 100.000 conversos.” (Gordon Lindsay, ed., John G. Lake: Apostle to Africa – Dallas, TX: Christ for the Nations, 1979)

“El ministro de Dios que tiene miedo de creer a su Dios, y confiar en su Dios para obtener resultados, no es cristiano en absoluto”  (John G. Lake – El Espíritu de Dios – Sermón – Del libro: Su Poder en el Espíritu Santo)

De regreso a Estados Unidos, estableció más de 40 iglesias y era conocido en todos lados como el Doctor Lake, por la increíble cantidad de sanidades extraordinarias que se producían en su ministerio.

A los 61 años de edad estaba casi ciego, por eso se lo ve en las fotografías de esa época con lentes, pero después de un tiempo recobró la vista normalmente. A los 65 años sufrió un ataque del corazón, estuvo dos semanas seminconsciente hasta que finalmente murió. Fue uno de aquellos raros casos de predicadores que siendo ricos se hicieron pobres, fue de moral intachable; es uno de los más grandes y genuinos pioneros pentecostales.

“Amigos, hay una aventura para sus almas, la aventura más increíble del mundo. Es necesaria un alma valiente para pasar a la batalla de Dios y recibir el equipamiento que Él proporciona”       (John G. Lake – Aventuras en Dios)

 

Smith Wigglesworth

 

Smith nació el 8 de junio de 1859 en Yorkshire, Inglaterra. Era de familia muy pobre, a los seis años ya tuvo salir a trabajar con su padre. Después de casarse,  trabajando de plomero viajó a la ciudad de Leeds a comprar materiales para su oficio, entró a una iglesia en donde oraban por los enfermos y se producían sanidades; entonces Smith comenzó a buscar a los enfermos de su ciudad y a pagarles el viaje para que fuesen a las reuniones de sanidad en Leeds. Smith mismo fue sanado de las hemorroides que sufría desde hacía años y luego de una apendicitis en estado terminal.  Sin embargo después de esto, su amada esposa murió de un ataque al corazón. Entonces Simith comenzó a recorrer el país con su hija y su yerno. Tuvo un bendecido ministerio internacional, los milagros extraordinarios que solían suceder no solo en los cultos, sino cuando iba a visitar a los moribundos en sus lechos, son legendarios. A los 70 años sufría de cálculos renales, que de dolor lo hacían retorcerse en el suelo, y perder abundante sangre. Aun así predicaba dos veces al día, oraba personalmente por más de 800 personas; a veces abandonaba el lugar para despedir una piedra y luego regresaba y retomaba la reunión. Así estuvo por más de seis años.

Su yerno narró este testimonio sobre él:

“Viviendo con él, compartiendo su dormitorio, como muchas veces lo hicimos en esos años, nos maravillábamos ante el celo indomable de su fogosa predicación y su compasivo ministerio a los enfermos. No sólo soportó esas agonías, sino que hizo que sirvieran al propósito de Dios y se gloriaba en y sobre ellas”.

A pesar de su fama, Smith vivió humildemente sin atribuirse gloria a sí mismo, en el último mes de su vida dijo estas palabras:

“Hoy, en el correo, recibí una invitación a ir a Australia, una a la India y Ceylán, y otra a los Estados Unidos. La gente me tiene en vista… Pobre Wigglesworth. Qué fracaso, pensar que la gente me tiene en vista. Dios nunca dará su gloria a otro; él me sacará de escena”

A los siete días murió serenamente mientras conversaba, en la compañía de su yerno.

Esperamos que estas biografías te inspiren a crecer en una vida de oración, para que conozcas al Dios que vas a predicar. Te inspiren a crecer en una vida de estudio bíblico, para que conozcas bien lo que tienes que predicar. Y te inspiren a crecer en una vida de fe, para que creas que lo que predicas puede, verdaderamente, impactar la vida de las personas.

Artículo redactado por Gabriel LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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¿Ovejas desamparadas o cabras rebeldes?

Te invito a ver primero el vídeo y luego reflexionamos juntos:

Me gusta la versión Reina-Valera 1960, la leo desde que conocí el Evangelio; pero es bueno comparar con otras versiones para captar toda la esencia del mensaje, por ejemplo, siempre leí:

Mateo 9:36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

Mas leyendo en el interlineal de Cesar Vidal lo encontré así,

Mateo 9:36 Viendo sin embargo a las muchedumbres se compadeció de ellas, porque estaban desfallecidas y tiradas como ovejas no teniendo pastor.

Creo que en esta última, la expresión realza el dramatismo de la imagen desgarradora de esas ovejas, que son contempladas a través de los ojos compasivos del Señor Jesús: desfallecidas y tiradas. Honestamente no puedo decir si esta imagen se condice con el estado de las ovejas del vídeo que acompaña este artículo. No sé si están desfallecidas y tiradas, o retozan alegremente panza arriba, tras las bufonadas de esos vendedores de ilusiones a los que llaman pastor, apóstol o profeta.

Tampoco me atrevo a decir si el Señor siente compasión por esas multitudes que impúdicamente profanan su altar, pensando que han de impresionar y manipular con inmundos billetes la voluntad del Cristo que murió desnudo en una Cruz. No sé si hay lágrimas en los ojos del Rey por estas cosas, o por el contrario, su mano se posa sobre la empuñadura de esa espada que se ha de teñir con la sangre de sus enemigos. Y no lo sé porque Él es Cordero, pero ruge como León, por eso Apocalipsis pregunta ¿quién podrá mantenerse en pie? el día de la ira del Cordero, el día que en que el Señor vengue la profanación de su altar y de su glorioso Nombre.

La pregunta es ¿son estas personas, que aplauden y vitorean a los profetas de la felicidad, ovejas desfallecidas y tiradas? o ¿mas bien son gente caprichosa que no soporta la sana enseñanza, y que dándole voluntariamente la espalda a la verdad, se amontonan a su alrededor aduladores de sus pasiones?

2 Timoteo 4:3,4  Porque va a llegar el tiempo en que la gente no soportará la sana enseñanza; más bien, según sus propios caprichos, se buscarán un montón de maestros que solo les enseñen lo que ellos quieran oír. Darán la espalda a la verdad y harán caso a toda clase de cuentos.   (Versión DHH)

Les concedamos el beneficio de la duda, y pensemos que están inconscientemente engañados, no que le han dado la espalda a la verdad sino que aún no la han hallado. Debemos orar por ellas, para que entren de una vez por todas al Reino de los Cielos, que no consiste en oro ni plata, o para que el Señor las quite de la puerta, pues no entran ni dejan entrar a otros.

Mientras la materia Historia de la Iglesia sea un punto ignorado entre los evangélicos, estamos condenados a estrellarnos contra las mismas rocas del error donde naufragaron otros tantos. ¿No eran las Indulgencias, contra las que luchó Lutero, la obtención de un bien espiritual a cambio de un bien material? Sí, eran precisamente una compra-venta de bendiciones: “En cuanto la moneda toque el fondo del cofre, el alma de tu ser querido saldrá del Purgatorio y volará hacia un paraíso de felicidad” Esa era la promesa del gran vendedor de Indulgencias, Juan Tetzel, verdadero “padre espiritual” de todos estos “apóstoles modernos” que te prometen el coche, la casa y el negocio de tus sueños en cuanto tu sobre de “semilla de fe” toque el fondo de… ¿cómo le llaman ahora?… ah, sí “alfolí“. Es que en mi época simplemente le llamaban la bolsa de las ofrendas, eramos pentecostales pobres, solo existían las ofrendas y los diezmos, ahora hay: promesas de fe, ofrendas especiales, semillas de fe, compromisos de fe, maratónicas, fiesta de las primicias

Debo confesar que al menos las Indulgencias no eran por un motivo egoísta, uno pagaba por la liberación de otro que ardía incombustiblemente en un horrible lugar, era un acto de compasión. Recuerdo las misas por mi abuela, y no fue en época de Lutero, sino mucho más actual, previo pago por supuesto, de lo contrario el cura se olvidaba del nombre y ¡pobre abuelita, otros cien años en el Purgatorio!

Pero ahora las Indulgencias, perdón, nosotros somos más espirituales: las Semillas de Fe, consisten en yo quiero “mi coche nuevo“, “la casa de mis sueños” y “las vacaciones a Disney-World”  ¡Claro que sí, para eso murió Cristo!

Y así como los católicos sueñan, con una vez en la vida, ir en peregrinación a Jerusalén Roma o Santiago de Compostela, y los musulmanes una vez en la vida a la Meca; los evangélicos sueñan con peregrinar una vez en la vida a Orlando, al maravilloso mundo de Disney, y de paso visitar la iglesia de Benny Hinn donde también existe un mundo de fantasía, o ir un poco más allá, a la de Maldonado, donde por un módico precio puede recibir una doble porción de su “ADN espiritual” (como él lo llama). Los evangélicos soñamos en grande, los católicos tienen un Papa, mientras que nosotros tenemos muchos.

Cuando puedo, suelo dar un recorrido por alguna iglesia o catedral de estilo gótico, son obras monumentales de gran belleza. Estas mega-iglesias medievales, tienen a los lados de la nave central, una serie de capillas dedicadas a cada santo o virgen, donde los devotos encienden un cirio y piden un milagro, y donde también hay unas urnas para ofrendas. Creo que los templos evangélicos deberían hacer algo parecido, a los costados dedicar una capilla para “santa casita” con una imagen a escala de una casa (con piscina si es posible), otra pequeña capilla para “san coche“, otra para “san Disney“… porque esos son los santos que veneramos (idolatramos).

Sí, los evangélicos nos hemos vuelto más idólatras que los católicos. Porque si correr con un billete en la mano hacia el altar, en medio de la predicación del santo Evangelio no es la más repugnante idolatría, entonces dígame usted ¿qué es idolatría?

Quiero pensar que son desfallecidas y tiradas ovejas que no tienen pastor, y no como aquellos que siguen a los falsos apóstoles y profetas,sobre los que tan seriamente nos advierte Pedro:

2 Pedro 2:2-22 Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado,  y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas… como animales irracionales, nacidos para presa y destrucción, perecerán en su propia perdición,  recibiendo el galardón de su injusticia, ya que tienen por delicia el gozar de deleites cada día. Estos son inmundicias y manchas, quienes aun mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores.  Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición… Pues hablando palabras infladas y vanas, seducen con concupiscencias de la carne y disoluciones a los que verdaderamente habían huido de los que viven en error.  Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció. Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero.  Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.”

Si habías huido de las Indulgencias de Roma ¿por qué caes ahora en la compra-venta de bienes espirituales otra vez?

Si habías escapado de la Idolatría de Roma ¿por qué caes ahora en la idolatría materialista?

Ten cuidado, mejor te hubiera sido quedarte en Roma que habiendo conocido la verdad revolcarte otra vez en el cieno. Cristo no siempre da segundas oportunidades, tal vez lo próximo que escuches sea el rugido del León.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos

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El Decisionismo, la Oración del pecador y Charles Finney

Cuando el joven Charles Finney comenzó a asistir a la iglesia, sintió inquietud en su alma por lo que leía en la Biblia, en cuanto a la salvación y la vida eterna; conversaba con el pastor, asistía a los cultos de oración, ¡era el director del coro! Y cada vez comprendía más y más que él no era salvo. Pero había un problema, las oraciones de la congregación parecían una letanía de lamentos y no una batalla de hombres de fe. Tanto se irritó por esto que un día le preguntaron si quería que orasen por él, a lo que respondió que no, que en verdad lo necesitaba porque era un pecador inconverso, pero era muy evidente que “ellos no estaban orando con fe, no estaban orando con la expectativa de que Dios les diera aquello por lo que oraban”.  

Después de esto, la convicción de pecado era tal que mientras se dirigía a su trabajo, estas preguntas se agolpaban en su mente: “¿Qué estás esperando? ¿Acaso no prometiste entregarle tu corazón a Dios?” Y “¿Qué estás tratando de hacer? ¿Acaso tratas de elaborar tu propia justicia con obras?” En lugar de entrar a su trabajo se fue al bosque, y se dijo: “le entregaré mi corazón a Dios o nunca saldré de aquí”. Lo que sucedió nos lo cuenta él mismo:

“Cuando intentaba orar, de pronto me parecía escuchar un crujir de hojas, entonces interrumpía la oración y me levantaba para mirar si alguien venía. Esto lo hice en varias ocasiones. Finalmente me encontré a mí mismo cayendo vertiginosamente en la desesperación. Me dije a mi mismo: “He descubierto que no puedo orar. Mi corazón está muerto para con Dios y no va a orar.” Luego me reproché el haber prometido darle mi corazón a Dios antes de salir de la arboleda. Sentía que había hecho una promesa precipitada, que me vería obligado a romper, pues ahora que lo había intentado descubrí que no podía entregarle a Dios mi corazón. Mi alma interior había retrocedido y se negaba a salir para ofrecer mi corazón. En lo profundo de mí empecé a sentir que ya era muy tarde; que debía ser que Dios había renunciado a alcanzarme y que la esperanza para mí ya había pasado. Ese pensamiento me oprimía justo en el momento en el cual también me agobiaba lo precipitado de mi promesa de que le daría mi corazón a Dios o moriría en el intento. Sentía que había atado mi alma a esa promesa y que iba a romper mi juramento. Una profunda debilidad y desesperanza me sobrevino en este punto, y me sentía casi demasiado débil como para sostenerme en mis rodillas. Justo en este momento me pareció oír nuevamente que alguien se acercaba y abrí mis ojos para verificar si era así. Fue allí cuando me fue dada la clara revelación de que mi gran impedimento era el orgullo de mi corazón. Una conciencia abrumadora de mi maldad por haberme avergonzado de que un ser humano pudiera verme en mis rodillas, ante Dios, me poseyó de tal manera que clamé al límite de mi voz que no abandonaría ese lugar aun cuando todos los hombres sobre la tierra y todos los demonios del infierno me rodearan. “¡Qué!” me dije a mi mismo, “¡un pecador tan degradado como yo, en mis rodillas y confesando mis pecados al Altísimo y Santo Dios, está avergonzado de que alguien, otro pecador como yo mismo, se entere de esto que hago y me encuentre arrodillado buscando hacer la paz con el Dios al que he ofendido!” Mi pecado me pareció terrible, infinito. Me quebrantó delante del Señor. Fue entonces cuando esta porción de la Escritura pareció caer en mi mente con un diluvio de luz: “Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”. Mi corazón se apoderó de esta verdad al instante.” (Memorias de Charles Finney – Capítulo II)

Más tarde, estando solo en su oficina seguía en estado de shock por su conversión.

“No hay palabras que puedan expresar el maravilloso amor que fue derramado en mi corazón. Me parecía que estaba a punto de estallar. Lloré en voz alta de amor y de gozo, no lo sé pero fue como si literalmente clamé con el clamor inefable de mi mismo corazón. Estas olas venían sobre mí, una tras otra, hasta que recuerdo haber exclamado: “Moriré si estas olas siguen viniendo sobre mí”. Le dije al Señor: “Señor, ya no puedo soportarlo más”. Sin embargo no tenía miedo de morir. No sé cuánto tiempo estuve en ese estado, recibiendo este bautismo continuo sobre mí y a través de mí. Sé que fue ya casi al final de la tarde cuando un miembro de mi coro –pues era yo entonces el líder del coro– vino a la oficina para verme. Este joven era miembro de la iglesia, y me encontró en ese estado de llanto a gran voz y me dijo: “Señor Finney, ¿qué le sucede?” No pude responderle por algún tiempo. Él continuo: “¿Está usted adolorido?” Me sobrepuse lo mejor que pude y le dije: “No, pero estoy tan feliz que ya no puedo vivir”.

Esta experiencia marcaría definitivamente el futuro ministerio evangelístico de Finney. Ministerio que algunos han tratado de menospreciar, culpándolo de ser el impulsor del “decisionismo”, es decir, de hacer que las personas hagan la famosa “oración del pecador” u “oración para aceptar a Cristo en el corazón”, o para decirlo más sencillo: Es la creencia de que una persona es salva por pasar al frente, levantar la mano y decir una oración. Lo que no te dirán nunca estos calumniadores de Finney es que, en sus predicaciones, la gente quedaba en estado de shock, con tan gran convicción de pecado que  no podían hacer otra cosa que rendirse a Cristo o salir corriendo, y los que se convertían lo hacían de tal forma que todo el pueblo quedaba impresionado. Nadie era considerado verdaderamente convertido, para Finney, si su vida no cambiaba radicalmente. Por lo cual ese “levante la mano allí donde está y haga una oración para recibir a Cristo” nunca se le hubiese ocurrido a un hombre como Finney, cuya propia experiencia de conversión fue totalmente lo contrario a esto.  

Hombres como A. W. Tozer o Leonard Ravenhill admiraban profundamente a Finney, y aún una persona tan distante de él, en cuanto a doctrina, como Martyn Lloyd-Jones lo menciona como ejemplo de lo que es tener el bautismo o la llenura del Espíritu Santo. En realidad sus críticos no le perdonan el haber abandonado el calvinismo para acercarse más a una postura de influencia wesleyana, suficiente para ser llamado “semipelagiano”. Lo curioso del caso es que las iglesias, presbiterianas y congregacionales, igualmente lo siguieron llamando para que llevara avivamiento a sus congregaciones, a pesar de no compartir la misma doctrina. Y lo más curioso del caso, es que fue un consejo de ministros presbiterianos quienes votaron unánimemente para concederle la licencia de predicador, siendo que él ya rechazaba públicamente la “expiación limitada”.  Por lo visto su unción era innegable. Hoy es fácil para un cobarde (no doy nombres) llamarle hereje, pero pocos se atrevían a enfrentarse a un Finney vivo, su vida de santidad y el respaldo de Dios eran demasiado evidentes. Pero lo que trataremos aquí no es de su doctrina sino de sus métodos.

Por cierto, y para comparar un poco, Agustín afirmaba que el bautismo salvaba y regeneraba, por lo cual los niños debían ser bautizados, pues de esta manera eran exorcizados y salvados de la condenación eterna. También afirmaba que no importaba si los niños no podían confesar con sus labios a Cristo, bastaba con que un padrino lo hiciera por él en la pila bautismal. Veamos lo que dice en sus propias palabras:

“¿Por qué hacemos la pregunta a los oferentes (padrinos) y les decimos: Cree en Dios? Ellos responden en nombre de aquella edad que ni siquiera sabe si Dios existe: ¡Cree! Y así van contestando a cada uno de los ritos que se practican?… Los adultos contestan que creen, y así se los llama fieles, no porque el niño acepte la realidad con su propia mente, sino porque recibe el sacramento de esa realidad. Cuando el niño comenzare a ser consciente, no repetirá dicho sacramento, sino que lo entenderá simplemente y se ajustará a la verdad del mismo, poniendo su voluntad en consonancia con él. Mientras eso no llega, el sacramento tendrá eficacia para proteger al niño contra las potestades enemigas. Tanta eficacia tendrá, que, si el niño muriese antes de llegar al uso de la razón, se libertará, con la ayuda cristiana, de aquella condenación que entró en el mundo por un hombre. Ello acontece gracias al mismo sacramento, garantizado por la caridad de la Iglesia. Quien no lo cree y piensa que eso no puede ser, es sin duda un infiel, aunque tenga el sacramento de la fe. Mejor es el niño mencionado, pues, aunque no tenga todavía el pensamiento de la fe, no pone a la fe el óbice de un pensamiento contrario, y por eso recibe para su salvación el sacramento de la fe.” (Agustín de Hipona – Carta 98 – A Bonifacio – BAC)

Y no veo a nadie llamando hereje a Agustín por decir que “el bautismo salva aunque no se tenga fe”, que es como decir “la oración del pecador salva” sin tener fe. Si hubo un precursor deldecisionismo“, entonces fue Agustín, para quien la decisión del padrino era suficiente para salvar al niño, y quien no creyese esta doctrina era considerado por Agustín como un infiel. Seamos honestos, si no nos rasgamos las vestiduras por los dichos Agustín, a quienes muchos le deben la esencia de su postura doctrinal, no nos las rasgaremos tampoco por el mal uso que los hombres puedan hacer de los métodos de Finney.

El problema con la predicación, en la época de Finney, era que el pastor “nunca esperaba–o ni siquiera intentaba–que se produzca la conversión de alguien en ninguno de los sermones”. Charles Finney confrontaba directamente a las personas con su pecado, de una manera que pocos se atreverían a hacerlo hoy. Él nos cuenta que una vez, fue a predicar a un pueblo donde había dos iglesias, una congregacional y otra bautista, así que empezó las reuniones para ambas. Luego de varias semanas de predicar,  cuando pudo verificar que las personas habían entendido claramente el mensaje del Evangelio, les dijo:

“Llegué al pueblo para asegurar la salvación de sus almas. Que sabía que mi predicación había sido grandemente alabada por ellos, pero que después de todo, no había llegado para complacerles sino para llevarles al arrepentimiento. Les dije que no me interesaba lo bien que les pareciera mi predicación, si al final rechazaban a mi Señor… Ustedes han admitido que lo que predico es el evangelio. Profesan creerlo. Más, ahora, ¿están dispuestos a recibirlo? ¿Tienen la intención de recibirlo o por el contrario, piensan rechazarlo?… Quienes estén dispuestos a jurar ante mí y ante Cristo que inmediatamente harán las paces con Dios, por favor, pónganse de pie. Por el contrario, los que de ustedes deseen hacerme entender que permanecerán en su actitud actual, sin aceptar a Cristo, por favor, los que hayan tomado esa decisión, permanezcan en sus lugares”. Se miraron entre ellos y me observaron, permaneciendo sentados, tal como lo esperaba. Después de mirar alrededor del lugar por breves minutos, dije: “Entonces han hecho su compromiso. Han decidido su postura. Han rechazado a Cristo y su evangelio; y ustedes mismos son testigos en su propia contra, como Dios también es testigo. Ha quedado explícito– y así lo recordarán ustedes mientras vivan–que públicamente se han comprometido en contra del Salvador y que han dicho ‘no queremos que este hombre, Jesucristo, reine sobre nosotros´”

Bien, se le acusa de decisionismo por esto, pero ¿cuántos predicadores, después de comprobar que las personas han comprendido las demandas del Evangelio, se atreverían a confrontarlas así?

“Dios quiere que prediquemos fervientemente, rogando a los pecadores para que se arrepientan; pero el orgullo nos dice que no debemos ser tan fervientes, para que la gente no vaya a pensar que estamos locos. En esta manera el orgullo gana el control sobre nuestro ministerio. La verdad puede ser predicada pero en una forma que sirve a los intereses de Satanás más que a los de Dios. Después de que el orgullo ha influido en nuestra preparación, entonces nos perseguirá hasta el púlpito. El orgullo afecta nuestra manera de predicar e impide que digamos cosas ofensivas, aún y cuando sean necesarias. El orgullo nos hace agradar a nuestra audiencia, buscando nuestra propia gloria en lugar de la gloria de Dios. El orgullo tiene la meta de impresionar a la gente con nuestra elocuencia, nuestro conocimiento, sentido del humor, piedad, etc..
Después del sermón el orgullo nos persigue cuando salimos del púlpito, para saber lo que los oyentes piensan de la predicación. Si les agradó, entonces nos regocijamos, pero si no les impresionó, entonces nos desanimamos.” (Richard Baxter – El Pastor reformado)

¿Cuál fue la reacción de la iglesia ante esta confrontación de Finney? Todos, menos un diácono, se levantaron y se fueron del lugar enojados, algunos maldiciéndolo, otros diciendo que había que echarlo del pueblo o bañarlo en alquitrán. Mas el diácono y Finney siguieron orando porque la palabra ya había sido sembrada.

“En la tarde el hermano McComber (el diácono) y yo nos dirigimos juntos a una arboleda y pasamos toda la tarde en oración. Justo al caer la tarde el Señor nos dio una gran seguridad y nos concedió la victoria. Ambos sentimos la fuerte certeza de que habíamos prevalecido para con Dios, y que en esa noche el poder de Dios se revelaría en medio de la congregación. Al acercarse la hora de la reunión dejamos el bosque y nos condujimos a la villa. La gente ya estaba entrando al lugar de adoración, y los que aún no estaban allí, al vernos conducirnos a la casa cerraron sus tiendas y sus negocios, echaron a un lado sus bates de pelota con los que jugaban en la grama, y fueron a llenar el sitio a su máxima capacidad…  Tan pronto vi que la casa se llenó, de tal modo que no cabía nadie más, me puse de pie y según recuerdo, sin ninguna introducción formal de cánticos, empecé la predicación con estas palabras: “Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado.” Al iniciar con estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre mí con tal poder, que era como si sobre ellos se hubiera abierto una batería. Por más de una hora, y quizá por hora y media, la Palabra de Dios fluyó a través de mí hacía ellos de tal forma que podía ver como todos eran impactados por ella. La Palabra fue un fuego y un martillo rompiendo la roca, y como una espada que perforaba tanto el alma como el espíritu. Pude ver que una convicción general se esparció en toda la congregación. Muchos de ellos no podían si quiera levantar la cabeza. Esa noche no hice un llamado a revertir la acción que habían realizado la noche anterior, ni a cualquier otro compromiso de parte de ellos, sino que di por hecho durante todo el sermón que ellos se habían comprometido a ser enemigos del Señor. Al terminar señalé otra reunión y les despedí… Temprano en la mañana me enteré de que me habían ido a buscar, en varias ocasiones durante la noche, a mi alojamiento habitual, para pedirme que visite familias que estaban en una terrible angustia mental. Esto me llevó a recorrer el pueblo, y en todos lados encontraba un maravilloso estado de convicción de pecado y de preocupación por sus almas.”

La “oración para recibir a Cristo o “la oración del pecador”, como quieran llamarla, no es bíblica, en eso estamos de acuerdo, pero la confrontación con el pecado sí. ¿Qué pasó cuando Pedro se levantó en el día de Pentecostés con los que fueron traspasados por la ungida predicación del apóstol?

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo… Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.”

No, no hubo la pregunta¿Quién quiere pasar al frente para recibir a Cristo? Solo le tomará dos minutos”. Pero tampoco Pedro dio lugar a que la convicción se desvaneciera, hubo un mandato de urgencia, un aquí y ahora: “Arrepentíos”, y lo hicieron “aquel día”.

Cada predicador tiene un método o una característica propia para predicar el mensaje, esto no lo hace mejor ni peor, porque el resultado lo determina su unción. El problema es cuando se pretende imitar el método pero se carece de la unción. ¿Saben ustedes cuántos imitadores ha tenido Spurgeon en la historia? Cientos de miles, que leen, admiran, aman y estudian sus sermones y se esfuerzan por expresarse como él ¿y por qué ninguno de ellos obtiene el resultado que obtuvo Spurgeon? Simplemente porque no tienen su unción, son una especie de “Spurgeon made in China”, en apariencia se parecen al original, pero son de mala calidad.

Jesús usaba métodos, hizo barro con saliva y untó los ojos de un ciego, a un sordo y tartamudo ¡le metió los dedos en las orejas y escupió en su lengua! Cuando Pedro predicaba, ponían los enfermos en el suelo de tal manera que al pasar, al menos su sombra los tocase para que fuesen sanos. A los enfermos les llevaban pañuelos y delantales que habían tocado el cuerpo de Pablo, y quedaban sanos de sus enfermedades, y los espíritus malignos salían de ellos. ¿Y qué diremos, pues porque estas cosas son bíblicas debemos hacerlas? ¿O Acusaremos a Jesús de ser el precursor de “extravagancias”, o a Pablo de ser el culpable por los “paños ungidos”, los “chicles ungidos”, las “escobas ungidas”, los “globos ungidos” y demás artilugios que se usan hoy para sacar dinero a los fieles?

Charles Finney nos dice cuáles eran “sus métodos” para el avivamiento:

“Las doctrinas predicadas fueron las que siempre he predicado como el Evangelio de Cristo. Insistí en la depravación total voluntaria de los no regenerados, y de la inalterable necesidad de un cambio radical de corazón por la operación del Espíritu Santo, y por medio de la verdad. Insistí mucho en la oración como una condición indispensable para la promoción del avivamiento. La expiación de Cristo, su divinidad, su misión divina, su vida perfecta, su muerte vicaria, su resurrección, el arrepentimiento, la fe, la justificación por la fe, y todas las doctrinas similares a estas fueron discutidas tan exhaustivamente como me fue posible, e insistí en ellas hasta que se hicieron claras, y se manifestaron como verdades eficaces por el poder del Espíritu Santo. Los medios usados fueron solamente la predicación, la oración y reuniones de conferencia, mucha oración privada, mucha conversación personal y reuniones para aquellos que tenían la necesidad urgente de resolver su estado religioso. Estos, y solo estos medios, fueron usados en la promoción de la obra. No hubo apariencia de fanatismo, ni mal espíritu, ni divisiones, ni herejías, ni cismas. Tampoco entonces, ni en todo el tiempo de mi relación con el lugar, hubo resultado alguno del avivamiento que debiera de lamentarse, ni ninguna de sus características fue de cuestionable validez.”    (Memorias de Charles Finney – Capítulo VI)

Repito el punto principal de este artículo: no es necesaria, ni necesariamente eficaz la oración “para recibir a Cristo en el corazón” como una fórmula mecánica o automática. Tampoco es correcto que el predicador dé el sermón, cierre su Biblia y salga corriendo del templo para ir a cenar con los pastores que lo han invitado. Hay que quedarse y observar quienes han sido afectados por la predicación, ver si hay signos de convicción de pecado, y no dejarles ir antes de asegurarse que experimenten una verdadera conversión, nunca sabremos si tendrán otra oportunidad. Recordemos que Finney se rebeló contra lo que era muy común en las iglesias de su época: “ellos no estaban orando con fe, no estaban orando con la expectativa de que Dios les diera aquello por lo que oraban”. Y él se propuso predicar de tal manera que obtuviese aquello por lo que predicaba: la convicción y conversión del pecador.

Por último recordemos estas sabias palabras del pastor puritano, y líder de avivamiento,  Richard Baxter, de su libro El Pastor reformado:

“Si estuviéramos dedicados verdaderamente a nuestra obra, le dedicaríamos más esfuerzo y entusiasmo. Muy pocos predican acerca del cielo o el infierno como si ellos realmente creyesen en su existencia. Frecuentemente los sermones son tan ordinarios y aburridos que los pecadores no los toman en cuenta. Algunos predican con gran vehemencia, pero a menudo lo que ellos dicen es irrelevante. La gente lo desecha como pura palabrería. Por otra parte, es una tragedia cuando la buena enseñanza es desperdiciada por la falta de aplicación práctica o de una persuasión ferviente.
Recuerde, que la gente estará para toda la eternidad en un estado de felicidad o miseria. Esto le ayudará a hablarles con seriedad y compasión. Nunca hable con ligereza acerca del cielo o del infierno. Usted nunca traerá a los pecadores al arrepentimiento bromeando o contando historias. Ninguna de estas cosas es apta para ser tratada en forma frívola o aburrida. ¿Cómo puede usted hablar de Dios y de su gran salvación en una forma fría e inanimada?
Recuerde que los no creyentes deben ser despertados o condenados, y es improbable que un predicador medio dormilón sea el medio para despertarlos. No estoy sugiriendo que usted predique constantemente a todo volumen, pero usted siempre debería hablar con seriedad. Cuando el tema lo amerite, predique con toda la pasión e intensidad de que usted sea capaz. Es el Espíritu Santo quien trae los pecadores a Cristo. No obstante, El generalmente usa medios y estos medios incluyen no solo lo que decimos, sino también cómo lo decimos. Para muchos, aún nuestra pronunciación y el tono de nuestra voz son importantes. Tristemente, la predicación ferviente, poderosa y convincente, es algo muy raro.
Debemos evitar el teatro, la actuación y el fingimiento en la predicación. Deberíamos hablar como si nos estuviéramos dirigiendo directamente a cada persona individual. Tristemente la mayoría de los sermones carecen de este elemento personal. La predicación implica un contacto directo entre nuestras almas. Nuestras mentes, emociones y voluntades deberían estar involucradas en la predicación de la verdad y el amor de Cristo. Hable como si las vidas de sus oyentes dependieran de lo que usted dice. Satanás no se someterá fácilmente. Tenemos que sitiar sus fortalezas y romper cada barrera levantada contra el evangelio. Debemos razonar tan claramente de las Escrituras, que los pecadores tendrán que aceptar la verdad o rechazarla deliberadamente. Las verdades más grandes no afectarán a la gente, a menos que sean entregadas conmovedoramente. Un sermón bien compuesto, pero carente de luz y vitalidad, es como un cadáver bien vestido.”

Descarga el libro Memorias de Charles Finney

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Fe y Obras – ¿se contradicen Pablo y Santiago?

SOBRE LO QUE DICE EL APÓSTOL SANTIAGO:
«¿QUIERES ENTERARTE, ESTÚPIDO, DE QUE LA FE SIN OBRAS ES INÚTIL?»

Bien, primeramente no se asusten con el título, pues es la traducción del latín de este tratado donde Agustín responde básicamente a la pregunta ¿se contradicen Santiago y Pablo? – Seguramente les resultará muy útil para sus estudios –

El título y el texto íntegro están reproducidos tal cual se encuentran en las Obras Completas de San Agustín: Cuestión 76 -Obras Completas de san Agustín Tomo XL – BAC

1.La objeción. “Porque el apóstol Pablo, al predicar que el hombre se justifica por la fe sin obras, ha sido mal entendido por quienes han tomado la frase de manera que piensan que habiendo creído una vez en Cristo, aun cuando se obrase mal, y se viviese criminal y perversamente, pueden salvarse por la fe, el pasaje de esta carta (Santiago) expone el mismo sentido del apóstol Pablo, cómo debe ser entendido. Y por esto se sirve más del ejemplo de Abraham para probar que la fe es inútil si no tiene buenas obras, porque igualmente el apóstol Pablo se sirvió del ejemplo de Abraham para probar que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la Ley.

De hecho, al recordar las obras buenas de Abraham, que han acompañado su fe, hace ver suficientemente que el apóstol Pablo no quiere enseñar por medio de Abraham que el hombre es justificado por la fe sin obras, como si cualquiera que haya tenido fe estuviese dispensado de hacer obras buenas, sino más bien que nadie piense que él ha llegado por los méritos de sus obras buenas anteriores a la gracia de la justificación que está en la fe.

Precisamente en esto pretendían los judíos ser superiores a los gentiles creyentes en Cristo, porque decían que ellos habían llegado a la gracia del Evangelio por los méritos de las obras buenas que hay en la Ley (Hechos 15:5); y, por eso, muchos que de ellos habían creído, se escandalizaban de que la gracia de Cristo fuera dada a los gentiles incircuncisos. Ved por qué el apóstol Pablo dice que el hombre sin las obras, pero las anteriores, puede ser justificado por la fe (Romanos 3:28).

En verdad, el que ha sido justificado por la fe, ¿cómo puede obrar después sino en justicia, aunque, sin haber obrado antes nada en justicia, haya llegado a la justificación de la fe no por el mérito de las obras buenas, sino por la gracia de Dios, que no puede ser estéril en él cuando él ya está obrando el bien por el amor? Y si llegase a morir inmediatamente después de haber abrazado la fe, la justificación de la fe permanece en él, no por las obras buenas anteriores, porque él ha llegado a la justificación no por mérito, sino por gracia; tampoco por las obras buenas siguientes, porque no se le permite vivir.

Por tanto, es evidente lo que dice el apóstol Pablo: Sostenemos que el hombre es justificado por la fe sin las obras, no en el sentido de que llamemos justo a aquel que ha vivido después de haber recibido la fe, aunque haya vivido en pecado.

Así pues, tanto el apóstol Pablo se sirve del ejemplo de Abraham (Romanos 3,21-4,25), porque él ha sido justificado por la fe sin las obras de la Ley que él no había recibido, como Santiago, porque demuestra que las obras buenas habían acompañado a la fe del mismo Abraham (Santiago 2,22), haciendo ver de qué modo hay que entender lo que el apóstol Pablo ha predicado.

2.La respuesta. En efecto, quienes opinan que esta tesis de Santiago es contraria ala otra del apóstol Pablo pueden pensar también que el mismo Pablo se contradice a sí mismo, porque dice en otro pasaje: Porque no basta escuchar la ley para estar a bien con Dios, hay que practicar la ley para ser justificados (Romanos 2:13). Y en otro lugar: sino la fe que obra por el amor (Gálatas 5:6). Y de nuevo: Si vivís según la carne, vais a la muerte; y al contrario, si con el espíritu dais muerte a las obras de la carne, viviréis (Romanos 8:13).

Y cuáles son las obras de la carne a que hay que dar muerte con las obras del espíritu, lo declara en otro pasaje, cuando dice: Las obras de la carne son manifiestas: las fornicaciones, las inmoralidades, el libertinaje, la idolatría, los maleficios, las enemistades, las discordias, las rivalidades, las disputas, los egoísmos, los partidismos, las envidias, las borracheras, las orgías, y cosas por el estilo. Y os prevengo, como ya os previne, que los que obran tales cosas no poseerán el reino de Dios (Gálatas 5:21).

También dice a los Corintios: No os llaméis a engaño: los inmorales, idólatras, adúlteros, invertidos, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, difamadores y estafadores no poseerán el reino de Dios. Eso erais algunos antes; pero estáis lavados, pero estáis santificados, pero estáis justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11). Con estas sentencias enseña clarísimamente que ésos no han llegado a la justificación de la fe por las obras buenas pasadas ni se les ha dado esa gracia por sus méritos, cuando afirma: eso erais algunos antes, sino que cuando dice: los que obran tales cosas no poseerán el reino de Dios (Gálatas 5:21), deja bien claro que desde que han abrazado la fe deben producir obras buenas.

Lo cual afirma también Santiago, y el mismo apóstol Pablo insiste en multitud de pasajes abundante y formalmente que todos los que han recibido la fe en Cristo deben vivir correctamente para evitar los castigos. Que es también lo que el mismo Señor recuerda, diciendo: No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos (Mateo 7:21). Y en otra parte: ¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo? (Lucas 6:46) Y: Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parecerá a un hombre prudente que edificó su casa sobre roca, etc. Y el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parecerá a un hombre necio, que edificó su casa sobre arena, etc. (Mt 7,24-27)

En resumen: No hay contradicción en las afirmaciones de los dos apóstoles, Pablo y Santiago, cuando el uno dice que el hombre es justificado por la fe sin obras (Romanos 3:28) y el otro afirma que es inútil la fe sin obras (Santiago 2,20), porque el primero habla de las obras que preceden a la fe, y el segundo de las obras que siguen a la fe, como también el mismo Pablo enseña en muchos lugares. “

Obras Completas de san Agustín Tomo XL – BAC – Escritos Varios: 83 cuestiones diversas – páginas 266 a 270

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Imitadores de Dios

 Imitadores de Dios

“Porque Dios amó a los hombres, por amor a los cuales había hecho el mundo, a los cuales sometió todas las cosas que hay en la tierra, a los cuales dio razón y mente, a los cuales solamente permitió que levantaran los ojos al cielo, a quienes creó según su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito, a quienes Él prometió el reino que hay en el cielo, y lo dará a los que le hayan amado. Cuando hayas conseguido este pleno conocimiento, ¿de qué gozo piensas que serás llenado, o cómo amarás a Aquel que te amó antes a ti? Y amándole serás un imitador de su bondad. Y no te maravilles de que un hombre pueda ser un imitador de Dios. Puede serlo si Dios quiere. Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores; ni puede nadie imitar a Dios haciendo estas cosas; todas estas cosas se hallan fuera de su majestad. Pero todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo, todo el que desea beneficiar a uno que es peor en algo en lo cual él es superior, todo el que provee a los que tienen necesidad las posesiones que ha recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos que lo reciben de él, es un imitador de Dios.” (1)

Este texto pertenece a la Carta a Diogneto, la primera apología del cristianismo (que se conserva) dirigida a un gentil (probablemente al emperador Adriano). Una joya de la literatura patrística del siglo II, y sinceramente, mi favorita entre los escritos post-apostólicos. Entre tantas perlas que contiene, se encuentra esta que hemos leído: “no te maravilles de que un hombre pueda ser un imitador de Dios”. Anteriormente, más al comienzo de la carta, el autor deja bien en claro que Jesús no es una criatura especial, ni un ángel, ni una potestad celeste, sino que es el mismo Dios encarnado. Hablando de a quién envió el Padre, dice: “…no como alguien podría pensar, enviando a la humanidad a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y Creador del universo, por quien Él hizo los cielos…” (2) 

Maravillosa declaración de ortodoxia, el Padre eterno enviando a su Hijo eterno, Dios hecho hombre. Y es a este “Dios hecho hombre” al que se nos manda imitar. Si habéis leído el libro Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, lo comprenderéis mejor, y si no, es suficiente con el mandato de Pablo:

Efesios 4:31-5:2  “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.”

Elsed, pues, imitadores de DiosPablo lo coloca en un contexto de amor y misericordia, lo mismo que hace el autor de la carta a Diogneto. Perdonar a los otros como Cristo nos perdonó a nosotros, amar a los otros como Cristo nos amó a nosotros, esto es básicamente ser imitadores de Dios.

En el artículo anterior hablé de los “neo”: neo-pentecostales, neo-carismáticos y neo-reformados. En realidad, no son nada “nuevo” ni han traído mucho de “bueno” al cristianismo, pero sí han ayudado a la aparición de otro grupo: los “neo-ateos”. Estos, a diferencia de los simplemente “ateos”, son mucho más combativos, más organizados, más radicales y extremistas.

El ateísmo dice “Dios no existe”, el neo-ateísmo dice: “No hay que dejar que Dios exista”. Por lo que, en la mayoría de los casos, los neo-ateos no son personas que no creen en Dios, sino personas que están enojadas con Dios; y tal vez tengan razón de estarlo.

Este diálogo se produjo entre Felipe y Jesús:

Juan 14:8-11  Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?  ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.

Más allá de la doctrina cristológica, y de la unidad de las Personas de la Trinidad que este texto encierra, hay otra enseñanza práctica para nosotros, la encontramos más adelante en el mismo texto, cuando el Señor Jesús les dice a sus discípulos:

Juan 14:20-23  En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros.  El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?  Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.

El Señor dijo que se manifestaría a nosotros no al mundo, ¿cómo? “vendremos a él, y haremos morada con él”, es decir: Dios en nosotros (por su Espíritu Santo).

Bien, ahora completemos el círculo con esta declaración de Pablo:

1 Corintios 11:1  Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.

Recién dije que algunos neo-ateos  están enojados con Dios, y tienen razón de estarlo. Porque ellos rechazan “al Dios que ven en nosotros”. Nosotros somos la imitación y el reflejo de Cristo, y la imagen que el mundo tenga de Dios será la que vean en nosotros.

Jesús dijo que no se manifestaría al mundo sino a sus discípulos, y sus discípulos son los encargados de manifestar a Cristo al mundo, ¿cómo? Imitándole. Para hacerlo más gráfico, vamos a cambiar el diálogo entre Felipe y el Señor, y lo pondremos como un diálogo entre un ateo y un cristiano, sería más o menos así:

“El ateo le dijo: Cristiano, muéstranos a Dios, y nos basta. El cristiano le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Ateo? El que me ha visto como vivo, está viendo a Cristo; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos a Dios?  ¿No crees que yo soy en Cristo, y Dios en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre y el Hijo que moran en mí, se manifiestan en mis obras.  Creedme que yo vivo en Dios, y Dios en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras.”

Esto que acabo de escribir no suena tan descabellado, si en primer lugar, no me confundes con uno de esos “nuevos apóstoles”  que enseñan que somos dioses o Jehová Junior -eso es herejía Y en segundo lugar, si recuerdas las palabras de Jesús que mencionamos anteriormente: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” Si Dios mora en nosotros, las palabras y las obras que digamos y hagamos serán un reflejo de Él; de esta manera Dios se manifiesta al mundo, de esta manera el mundo creerá en Él. Una cosa es creernos dioses y otra ser imitadores de Dios, lo primero huele a azufre, lo segundo, a ortodoxia.

Antes de lanzarnos ciegamente al ataque, como “los Vengadores de Dios”, contra el “ejército impío de ateos” que nos asedian, ¿por qué mejor no hacemos una auto-crítica y consideramos si el problema no somos nosotros, en vez de ellos? ¿Realmente somos imitadores de Dios? ¿Pueden ver los incrédulos a Cristo en nosotros? ¿Somos un fiel reflejo, o estamos distorsionando la imagen de Dios? ¿Los ateos están rechazando a Dios, o a la patética imagen que reflejamos de Él?

Y es aquí donde entran en juego los “neo” en sus diferentes ramas cristianas.

Me voy a poner en primer lugar. Si yo, como pentecostal, digo que en el culto el Espíritu “me toma” y comienzo a saltar como una rana, a gritar en lenguas como un desquiciado, a danzar como una especie de tornado por el salón… y entra un incrédulo…  ¿es esa la imagen de Dios que le estoy brindando? Y no me respondas con: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” [1Co 2:14] Porque precisamente Pablo nos dice a nosotros, que discernamos por el bien de los incrédulos: “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?” [1Co 14:23] ¿Y qué les dice Pablo? ¿Que sigan hablando como un nido de cotorras, que no importa lo que digan los incrédulos porque, total, la gloria es para Dios? No, muy por el contrario, les dice: “Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete… pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz.”  [1Co 14:27,33]

No es en la confusión donde reflejamos a Dios, sino en la paz; no es actuando como locos sino como sobrios, que convenceremos al mundo de su locura.

Pero hay más, hay otros que son muy ordenados pero son tan intolerantes que no reflejan a Dios, sino a Terminator. A un ser que no puede ni reír ni llorar, que no siente gozo ni dolor, ni compasión. Un ser que si se lastima un ojo no grita, simplemente se lo quita y cambia por otro: “ese ojo salió de nosotros, pero no era de nosotros, hasta la vista baby”.

Y en esa especie de Teocracia apocalíptica, que pretenden imponer, el mundo se divide en dos: los malos y los buenos. Los malos, como se van a ir al infierno de todos modos, mejor si los acabamos antes, y los buenos (que son muy pocos, y son ellos) tienen derecho de imponer su criterio. Y es allí donde yerran gravemente: el cristiano no está para imponer sino para influenciar.

Porque ante la imposición de la religión se levantan las armas de la rebelión atea, pero ante la influencia del cristiano el mundo se desarma; no existen armas para combatir la compasión.

Personalmente me sería imposible ser ateo, porque he visto a Dios. Lo he visto reflejado en sus hijos, tuve la dicha desde que conocí el Evangelio, de rodearme de personas que aman a Dios y lo reflejan.
Reconozco que si alguien se convierte en cristiano, y comienza a ver la hipocresía de vida de los cristianos que le rodean, le será muy difícil permanecer, pues dirá: “si así son los hijos ¡cómo será el Padre!

La influencia es vital, tanto dentro de la iglesia como fuera. Nosotros somos el reflejo de Dios, que vive en nosotros por su Espíritu; somos imitadores de Cristo. Lamentablemente muchos de los que rechazan a Dios no lo están rechazando a Él, sino a la mala imagen que damos de Él: un dios neurótico, un dios intolerante, un dios insensible, un dios manipulador, un dios codicioso de dinero, un dios hipócrita, un dios inmisericorde…. lo que vean en ti.

Por último, releamos las palabras de la Carta a Diogneto: “Y amándole -a Dios- serás un imitador de su bondad… todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo, todo el que desea beneficiar a uno que es peor en algo en lo cual él es superior, todo el que provee a los que tienen necesidad las posesiones que ha recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos que lo reciben de él, es un imitador de Dios.”

Un ateo se puede burlar de tu fanatismo, de tu ignorancia, de tu arrogancia, o también de tus palabras, aunque sean ciertas. Pero hay algo de lo que nunca se podrá burlar, y es de tu amor y misericordia genuina. ¿Has visto a un ateo burlarse de un cristiano porque le da protección al huérfano, o a la viuda, o defiende al pobre? No tiene argumento contra eso, ¿recuerdan aquella vez que querían apedrear a Jesús en el templo, qué les dijo el Señor?

Juan 10:31-33 Entonces los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle.  Jesús les respondió: Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?
Le respondieron los judíos, diciendo: Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios.

No tenían justificativo legal para apedrearle. No querían aceptar lo que Jesús decía, es cierto, pero tampoco podían condenarle por sus obras; y al final tuvieron que buscar testigos falsos para poder crucificarle ¡era irreprensible! Si se burlan de nosotros porque decimos que somos hijos de Dios, que se burlen, mientras vivamos como tales. Ahora, si se burlan de nosotros porque diciendo que somos hijos de Dios vivimos como hijos del diablo, nos merecemos la piedra.

Puede que me digas que el Evangelio no consiste en buenas obras, y que no somos “la casa de la caridad”, pero Jesús dijo:

Mateo 5:16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Queremos que Dios esté en las leyes civiles, que sus leyes estén en el gobierno secular, en la escuela, en la televisión, en la medicina, en la ciencia, en todos lados… menos en nosotros. Queremos imponer a Dios, no mostrarlo.

Ya tenemos suficientes casos, en tiempos pasados -tanto del lado católico como protestante- de lo desastroso que resulta el querer imponer a Dios construyendo una especie de Teocracia.

No deja de ser paradójico que Lutero y otros reformadores que predicaban la Sola Fe, no les alcanzara la Fe, y necesitaron del poder político y de la espada para imponerla.

Más aun, actualmente tenemos dos naciones que se creen con potestad divina para imponer su criterio, tristemente alentadas por muchos pastores: una es Estados Unidos y la otra el Estado de Israel. ¡Dios bendiga a América, Dios bendiga a Israel… y al que se oponga, un misil para él!

Lo peor es que hay cristianos que todavía apoyan esto. No me extraña que arrecien los ateos.

Por mi parte, y conforme a la Escritura, reconozco a un solo pueblo elegido, y es el que nos dice el apóstol Pedro:

1 Pedro 2:9  Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Sí, y ese pueblo es la Iglesia. ¿Has notado que dice para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó? ¿Y cómo las anunciamos? ¿Cómo se anuncia una virtud? Lo dice seguidamente,

1 Pedro 2:12  manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.

Mientras escribo esto, el sol se refleja en la ventana del edificio de en frente, no puedo ver la ventana (sé que está ahí porque ayer que estaba nublado la vi) hoy solo puedo ver el sol en ella y me deslumbra, es una potente imitación del sol. Que hermoso sería que los hombres vieran en nosotros el reflejo de Dios, y fuesen deslumbrados por Él.

  “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” Efesios 5:1

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017- ©

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Referencias:

(1) Carta a Diogneto 10– Alfonso Ropero, Lo Mejor de los Padres de la Iglesia

(2) Carta a Diogneto 7  –  Alfonso Ropero, Lo Mejor de los Padres de la Iglesia

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