George Jeffreys – Grandes Evangelistas de la Historia

En el mes de abril de 1928, todas las filas de sillones del histórico Royal Albert Hall, en Londres, estaban completamente llenas, poniendo a prueba la capacidad del anfiteatro, de la arena, de los camarotes y del foso de la orquesta. Miles de personas esperaban con expectación y rostros radiantes. Ellas estaban de pie regocijándose, y miraban con mucha atención la escena debajo de ellas.

En un área bajo la plataforma se forma una larga fila de hombres y mujeres exuberantes, que no vestían sus ropas del día a día, sino un traje especial. Las mujeres vestían túnicas blancas largas; los hombres, las camisas y los pantalones blancos. Ellos gritaban “¡Aleluya!” Y “¡Alabado sea el Señor!” Mientras esperaban su turno con alegre expectación. Algunos de ellos cantaban himnos o agitaban con entusiasmo a la multitud a su alrededor. Uno a la vez, bajaban las escaleras hasta el agua centelleante del tanque bautismal en el centro del salón, rodeado de bellos arbustos de hortensia. Un hombre de pelo oscuro vistiendo una túnica negra estaba en el tanque, con agua hasta la altura de la cintura, esperando para saludar a cada candidato antes de sumergirse en las aguas del bautismo.

En el tanque de hierro especialmente proyectado, una corriente de agua recordaba el río Jordán. A medida que cada candidato venía al frente, el evangelista George Jeffreys lo presentaba y pedía un breve testimonio. La primera en ser bautizada fue Florence Munday, de Southampton, que había estado postrada en cama durante catorce años antes de ser sanada en el nombre de Jesús. Uno por uno, cada individuo emergía del agua y salía por el otro lado de la plataforma, lleno del amor de Cristo y del poder de Su Espíritu Santo. Casi mil candidatos entraron en esas aguas bautismales después de la señorita Munday.

Jeffreys fue un fruto del Gran Avivamiento de Gales, movimiento que lo llevó al Reino de Dios. El Avivamiento del País de Gales no sólo fue responsable de su conversión, sino que también influyó en su visión del Cuerpo de Cristo – y así sería por el resto de su vida. En el concepto del Reino de Dios entendido por Jeffreys, el avivamiento no debía ser considerado una mera esperanza para el futuro; él estaba disponible para la Iglesia en el presente. Jeffreys sabía que Dios se movía en poder para llevar a la gente a arrodillarse en arrepentimiento y nueva vida, y él que veía las llamas de ese avivamiento inflamar los corazones de hombres y mujeres en todo el planeta.  Jeffreys ejerció un verdadero apostolado, él predicó la conversión y plantó iglesias. En los días actuales, conferencias con varios oradores pueden llenar varios salones y grandes auditorios, pero Jeffreys solo, con sus campañas, llenaba el Royal Albert Hall, el Crystal Palace y el Bingley Hall, entre otros grandes auditorios.

Como tal, George Jeffreys merece ser reconocido como uno de los generales de Dios, usado para dar origen al movimiento pentecostal en Gran Bretaña, así como para ayudar a despejar el camino hacia los avivamientos de sanidad del siglo XX.

 

Un pequeño comienzo

A finales del siglo XIX, ser pobre en el País de Gales significaba a menudo trabajar en las minas de carbón y sucumbir a la enfermedad pulmonar antes de los cincuenta años de edad. Thomas Jeffreys y su esposa Kezia vivían en Maesteg, Gales, donde Thomas trabajaba arduamente como minero de carbón. La pareja tuvo nueve hijos y tres hijas, y trabajaba duro para ganar su sustento en la pequeña ciudad minera. Su séptimo hijo, George, nació el 28 de febrero de 1889. Trece años antes había nacido su hermano Stephen. Cuando George vino al mundo, Stephen ya trabajaba con su padre en las minas de carbón hacía un año. Stephen seguiría trabajando en las minas durante los veintitrés años siguientes de su vida, incluso mientras predicaba el evangelio.

Como muchas madres pobres de Gales, Kezia Jeffreys sufrió el disgusto de perder dos hijos pequeños que murieron debido a enfermedades. Uno de ellos se llamaba George – ella dio ese nombre a su sexto hijo, en memoria del hijo muerto en noviembre de 1888. El segundo George Jeffreys era pequeño y enfermo, pero Kezia no quería perder otro hijo. Ella tuvo la determinación de nunca dejar que el niño trabajara con el padre en las minas de carbón, pues quería una vida diferente para él. Después de terminar los estudios a los doce años, como era costumbre. George trabajó como portero en las minas durante unos pocos años antes de que su madre encontrara para él un puesto de empleado en una tienda.

Todos los domingos, la familia frecuentaba la Iglesia Congregacional Independiente de Siloh, en Nantyffyllon. Cuando era chico, George solía pensar que algún día podría convertirse en un predicador de aquella iglesia. Cuando tenía sólo seis años, su padre murió de enfermedad pulmonar crónica, a los cuarenta y siete años.

Cuando George creció, su fragilidad se hizo más evidente. Él tenía un problema de habla y una parálisis facial que comenzó a extenderse por el lado izquierdo del cuerpo. Esto le causó angustia, pues él temió que nunca sería capaz de predicar el evangelio, y también que la parálisis pudiera acabar su vida tempranamente.

Un Poderoso Avivamiento en el País de Gales

Cuando George tenía quince años, su vida cambió radicalmente, así como la de su hermano Stephen. Evan Roberts, un muchacho lleno del Espíritu Santo, comenzó a predicar en todo el interior del País de Gales, llevando un poderoso movimiento del Espíritu Santo dondequiera que iba.

Desde los trece años, Roberts clamaba por una visita de Dios. Durante diez años él oró por un avivamiento en el País de Gales. Entonces, en 1903, a los veinticinco años, comenzó a orar por un poderoso movimiento del Espíritu Santo. En aquel año, después de escuchar un mensaje sobre entregarse totalmente a Dios, cayó de rodillas y le pidió al Señor que lo tomara y lo usara para su gloria. Sintió la paz y el poder de Dios visitándolo, así como un deseo ardiente de llevar el evangelio de Cristo a todo el pueblo de Gales.

Evans Roberts comenzó a predicar en iglesias y en reuniones al aire libre a partir de noviembre de 1904, y el Espíritu Santo se derramaba en esas reuniones. Había lloro y quebrantamiento, confesión de pecados y arrepentimiento en todas las reuniones. El Avivamiento del País de Gales había comenzado. Los encuentros de avivamiento se realizaban dondequiera que Roberts fuera llevado a ministrar. Las multitudes iban para oírlo y el Espíritu Santo se movía en olas sobre los corazones de las personas. Los cánticos y las alabanzas proseguían, a veces durante horas, seguidos por la confesión de pecados y un arrepentimiento santo. La oración se hacía al unísono y, a menudo, los miembros de la congregación interrumpían las oraciones con una palabra venida del Señor. Estas reuniones de oración se prolongaban hasta las primeras horas de la mañana, con el Espíritu moviéndose en los corazones de las personas, aun cuando había poca o ninguna predicación. Decenas de miles de personas se dirigían a las reuniones diarias y eran convertidas por el poder de Dios. El efecto sobre el País de Gales fue enorme. Bares y pubs fueron cerrados; las ventas de bebidas cayeron en el setenta y cinco por ciento. Las capillas fueron abiertas y el número de miembros de las iglesias fue creciendo. Cientos de miles de personas se convirtieron durante el Avivamiento del País de Gales. El avivamiento se esparció como fuego; una de las áreas más alcanzadas fue Maesteg, la ciudad natal de George y Stephen Jeffreys. Roberts y sus ayudantes visitaron la región en tres ocasiones distintas, y llevaron a más de cinco mil personas al Reino de Dios.

El 20 de noviembre de 1904, el reverendo Glasnant Jones se presentó ante la congregación de Siloh y predicó un mensaje de salvación. Antes de esa fecha, George y Stephen frecuentaban la iglesia de vez en cuando. En aquella mañana, experimentaron una conversión dinámica y fueron bautizados en el Espíritu Santo. Inmediatamente después, empezaron a servir al Señor en la iglesia, de todas las maneras posibles. Para el desánimo de los hermanos Jeffreys y de gran parte del País de Gales, el avivamiento en aquel país duró apenas dos años, antes de entrar en declive.

El Avivamiento Necesita Continuar

El Avivamiento del País de Gales se fue debilitando, pero un grupo de muchachos de Maesteg no estaba dispuesto a renunciar al poder de Dios. Ellos no creían que Dios haría nacer un avivamiento tan abrumador sólo para dejarlo terminar tan rápidamente. Entonces formaron un pequeño grupo de oración y se denominaron Hijos del Avivamiento. De rodillas, suplicaron a Dios para que enviara Su poder. En las décadas siguientes, sus oraciones serían respondidas de maneras que ellos jamás imaginarían.

Mientras el Avivamiento del País de Gales perdía fuerza, el Avivamiento de la calle Azusa, en Los Ángeles, California, estaba avanzando a toda velocidad. Además de arrepentimiento, el Avivamiento de la calle Azusa enfatizaba la experiencia del bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia del hablar en lenguas. En poco tiempo, la obra del Espíritu Santo que había comenzado en la calle Azusa se extendió por Europa. El pastor noruego Thomas Ball Barratt, conocido como T. Barratt, fue a Estados Unidos en 1905 para recaudar fondos para su misión Metodista en Oslo. Aunque permaneció en el país durante más de un año, la visita fue un fracaso financiero. Al prepararse para volver a Noruega en el otoño de 1906, él oyó hablar sobre el Avivamiento de la calle Azusa, y leyó la primera edición del diario impreso por el movimiento, Fe Apostólica. Después de intercambiar correspondencia con ellos, Barratt participó en una pequeña reunión en Nueva York y fue bautizado en el Espíritu Santo.

Al volver a casa en diciembre, compartió su testimonio con la gente de allí, resultando en un movimiento del Espíritu, y despertó gran interés y alguna oposición. Los visitantes llegaban de muchos lugares. Uno de ellos era un pastor anglicano, Alexander Boddy, de Sunderland, norte de Inglaterra. En su regreso a casa, invitó a Barratt a celebrar reuniones en Sunderland, testimoniando que lo que él había visto en Noruega era mayor de lo que él había sido testigo durante el Avivamiento del País de Gales. Barratt llegó el último día de agosto de 1907 y permaneció en Sunderland hasta principios de octubre. Muchas personas fueron bautizadas en el Espíritu Santo y hablaron en lenguas, incluyendo la esposa de Boddy, Mary, y sus jóvenes hijas Mary y Jane. Fue durante los últimos días de las reuniones de Barratt que el periódico local tuvo interés por lo que estaba sucediendo. Enseguida la noticia se extendió a los periódicos más grandes y luego Boddy encontró su casa rodeada por periodistas. El propio Boddy sólo fue bautizado en el Espíritu en diciembre, después de que Barratt se había ido. Al año siguiente, Boddy organizó la primera de una serie de conferencias pentecostales anuales en Sunderland, que continuaron hasta 1914 y el inicio de la Primera Guerra Mundial. Sería en esas reuniones que el camino de Boddy se cruzaría con el de Jeffreys.

Sanado para predicar la Palabra de Dios

Algunas de las personas del País de Gales abrazaron esa enseñanza pentecostal. A principios de 1910, George y Stephen Jeffreys comenzaron a participar en reuniones pentecostales realizadas por el pastor bautista galés William George Hill. Anteriormente, los hermanos se habían opuesto a esta enseñanza, pero poco después la aceptaron como una experiencia de los días actuales, específicamente Mateo 3:11: “Yo los bautizo con agua para arrepentimiento. Pero después de mí viene alguien más poderoso que yo, tanto que no soy digno ni de llevar sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego.” El bautismo en el Espíritu Santo llenó a George de un deseo apasionado de predicar el evangelio. Pero había un serio impedimento en su camino: su debilidad y parálisis facial se estaban haciendo más pronunciadas y harían que le fuese casi imposible predicar.

En una mañana de domingo, en 1910, antes del inicio del culto en la iglesia, George fue sanado por el poder de Dios. Más tarde, él contaría su experiencia a la congregación:

Cierto domingo por la mañana, estábamos arrodillados en oración e intercediendo por los cultos de aquel día. Eran exactamente las nueve horas cuando el poder de Dios vino sobre mí, y yo recibí una corriente de vida divina tan intensa, que sólo puedo comparar la experiencia a recibir una descarga eléctrica. Parecía que mi cabeza estaba conectada a una batería eléctrica muy potente. Todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies, fue vivificado por el Espíritu de Dios, y me sanó. A partir de ese día, nunca tuve el menor síntoma del antiguo problema. Desde entonces, muchas veces invoqué el poder vivificador del Espíritu sobre mi cuerpo.

La oportunidad de predicar vendría pronto para George, pero para Stephen, fue inmediata. Aunque trabajaba durante el día en las minas de carbón, Stephen empezó a predicar por la noche. Él era un pastor entusiasta, que andaba de allá para acá por los corredores, llamando al pueblo al arrepentimiento. Y el pueblo respondía a ese llamado, debido a la unción de la Palabra de Dios. Stephen quería que George ministrase con él, pero George quería asistir al seminario bíblico antes, para estar mejor preparado para lo que pensaba que sería un llamado al campo misionero en el extranjero. Kezia Jeffreys se había casado de nuevo y acordó enviar a George al seminario.

En el otoño de 1912, George entró al Seminario Bíblico Thomas Myerscough, en Preston, Pais de Gales. Allí, por la providencia de Dios, conoció a varios de los hombres con quienes iba a servir a lo largo de su vida adulta, incluyendo a William Burton, futuro fundador de la Misión Evangelística Congo, y Ernest John Phillips, que serviría como secretario general del movimiento Elim durante casi cuatro décadas.

La Isla Emerald

A principios de 1913, Stephen comenzó a predicar en una cruzada evangelística en Swansea, Gales, y las reuniones crecieron rápidamente en frecuencia y tamaño. Necesitaba ayuda urgente, Stephen llamó a George en casa, que dejó la escuela bíblica para ayudarle.

Las reuniones continuaron durante siete semanas y lanzaron oficialmente los ministerios de los dos hermanos Jeffreys. A partir de allí, ellos predicaron en otras partes del País de Gales y hubo decenas de conversiones. Su primer milagro de curación ocurrió cuando Edith M. Carr fue sanada de una enfermedad en el pie, que los médicos habían planeado amputar. Stephen y George fueron a su casa, la ungieron con aceite, impusieron las manos sobre ella y oraron. Dios respondió a la oración de fe y la sanó totalmente. Más tarde, dio testimonio del poder de Dios, que la tocó cuando los hermanos Jeffreys oraron, diciendo: “Una gran luz me envolvió y me llenó de gran poder; me levanté del sofá y me quedé sobre los dos pies; a continuación, caminé suavemente por la habitación con casi ninguna ayuda. Las personas venían de muy lejos para ver por sí mismas a la mujer que había sido sanada y para oír a los hermanos Jeffreys predicar.

En 1913, Boddy invitó a los hermanos Jeffreys a participar en su conferencia pentecostal anual en Sunderland, pero sólo George aceptó. Casi todos los hombres en el palco eran líderes cristianos cuarentones y cincuentones que habían servido a Dios durante muchos años. George tenía sólo veinticuatro años, pero impresionó tanto al predicar, que Boddy le invitó a permanecer en Sunderland y seguir predicando, incluso después del cierre de la convención. Esto confirmó su influencia creciente en el movimiento pentecostal de Inglaterra, que había nacido a lo largo de una sucesión desde Azusa a Barratt, Boddy y ahora los hermanos Jeffreys. Aunque había creído que el llamado de Dios para su vida sería como misionero en el extranjero, George pronto descubrió que su verdadero campo misionero estaría en la propia Gran Bretaña.

Fue en ese momento de la vida de los hermanos Jeffreys que los ministerios de Stephen y George siguieron direcciones distintas. Stephen fue invitado a pastorear una iglesia en Llanelli, en el País de Gales, mientras que George pasó a ser un predicador itinerante, y posteriormente fundó el movimiento Elim. En los años siguientes, los hermanos ministraron juntos por el ministerio en algunas ocasiones, pero el resto de este capítulo se concentrará en el ministerio de George Jeffreys.

El siguiente llamado de Dios a George fue a la Isla Emerald. William Gillespie, un pastor pentecostal de Belfast en Irlanda, asistió a la Convención Sunderland y quedó fuertemente impresionado con la predicación de George. Él invitó a George a ir a Belfast para llevar a cabo una serie de reuniones. La ida de George a Irlanda fue un momento decisivo para su ministerio. Inicialmente, las cosas se movieron lentamente, pero a medida que ministraba por toda la zona rural de aquel país, más convertidos fueron añadidos a la iglesia y las llamas del avivamiento fueron alimentadas.

En Irlanda, George conoció a Robert Ernest Darragh, líder de alabanza que sería su confidente más íntimo durante los cuarenta años siguientes. El Sr. Phillips se unió a ellos en 1919, con varios otros, entre ellos John Carter, hermano de Howard Carter, y E. W. Hare, que fuera el líder de la Unión Cristiana en la Universidad de Cambridge.

Un equipo de hermanos

El Señor trae a las personas del Cuerpo de Cristo para que ministren juntas conforme a Sus propósitos. En enero de 1915, George se reunió con un grupo de seis jóvenes en Monaghan, Irlanda, para lo que se convertiría en una reunión importante. Registros de la reunión revelan que los jóvenes “se unieron con el propósito de discutir el mejor medio de alcanzar a Irlanda con el Evangelio Pleno siguiendo una línea pentecostal”. Ellos declararon que “George Jeffreys, del sur de Gales, que estaba presente con nosotros”, estaba invitado “a asumir una obra evangelística permanentemente en Irlanda”, y que ellos trabajarían con él para proporcionar el lugar y el apoyo a sus esfuerzos evangelísticos. Los hombres eligieron el nombre “Equipo Evangelístico Elim” para representar su iniciativa. ¿Por qué Elim? En el Antiguo Testamento, Elim era un oasis en el desierto, un lugar donde los hijos de Israel encontraron refrigerio justo después de salir de Egipto en camino a la Tierra Prometida (ver Éxodo 15:27). El grupo de oración creía que llevaría refrigerio al pueblo de Irlanda por medio de la predicación de la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo. Poco después de eso, Robert Darragh y Margaret Streight se convirtieron en uno de los primeros en unirse a George Jeffreys y al Equipo Evangelístico Elim. Robert estaba listo para trabajar junto a su amigo y ver vidas transformadas para Jesucristo.

 

El Equipo Evangelista Elim abrió su primera iglesia, la Elim Christ Church, en Belfast, y nombró a George como pastor. En 1917, se hizo necesario desarrollar una organización formal. El grupo había heredado una propiedad de un antiguo miembro de la iglesia, pero para recibir la renta de la venta del inmueble, ellos tenían que ser una organización formalmente instituida. Así nació el Consejo de la Alianza Evangélica Cuadrangular Elim. Según el historiador pentecostal Desmond Cartwright, “fue en ese punto que lo que había comenzado como un simple esfuerzo evangelístico, de un pequeño grupo ansioso por ganar otros para Cristo, se convirtió en una denominación separada.

En el seno de la Alianza se formó un grupo menor de hombres, que ayudarían a Jeffreys directamente en las reuniones evangelísticas. Ellos eran llamados el Grupo del Avivamiento. Estos hombres se convertirían en los más firmes apoyadores de Jeffreys a lo largo de los días venideros de gloria y persecución.

Inglaterra para Jesús

En 1921, el grupo Elim decidió trasladar la sede del movimiento al barrio Clapham, en Londres, donde abrió una iglesia que pronto creció: de unas pocas personas a quinientos miembros. George no quería abandonar su obra en Irlanda, pero toda Gran Bretaña estaba abierta ante ellos. En todos los lugares donde era invitado a predicar, él enfatizaba el mensaje del evangelio cuádruple – una vez más: Jesucristo salva, sana, bautiza en el Espíritu Santo y vendrá como Rey. A lo largo de varios años siguientes, las campañas evangelísticas fueron ganando fuerza de modo lento, pero constante, por todas las Islas Británicas.

En 1924, el movimiento Elim adquirió una prensa y fundó una editora -otro camino para compartir la Palabra de Dios. Ellos también instituyeron un seminario bíblico, para entrenar a nuevos obreros para las iglesias que estaban naciendo después de las cruzadas evangelísticas de Jeffreys. Era sólo el principio; las cosas empezaban a florecer.

En aquel mismo año, un pequeño grupo de hombres de la Alianza Pentecostal Elim, incluidos los hermanos Jeffreys y Darragh, viajó a Estados Unidos y Canadá para observar el movimiento del Espíritu Santo en esas naciones. En la visita a Estados Unidos, Jeffreys pasó algún tiempo en el Angelus Temple, en Los Ángeles, California, la casa central de culto de la Iglesia del Evangelio Cuadrangular, con quinientos lugares, donde conoció a Aimee Semple McPherson, fundadora de la denominación. Jeffreys quedó intrigado con su ministerio y con la forma dramática con que presentaba el evangelio completo. Después de conocerla, su autoconfianza como avivalista pareció aumentar.

Aimee Semple McPherson

A principios de 1926, el grupo Elim lanzó una campaña de avivamiento en el Ayuntamiento de Portsmouth, Inglaterra. En pocos días, el salón ya no era lo suficientemente grande para acomodar a las multitudes. Jeffreys envió una carta al Sr. J. Phillips, secretario general de la Alianza Evangélica Cuadrangular Elim, informándole con entusiasmo: “Este es el mejor momento de mi vida. Almas se rinden continuamente a Cristo, las curaciones más sorprendentes y maravillosas suceden, y ayer, cientos de personas no pudieron entrar en el Ayuntamiento una hora antes del inicio.” La campaña siguiente de Jeffreys fue en Liverpool, donde él alquiló el Liverpool Boxing Stadium para celebrar las reuniones, él predicó de dentro del propio ring de boxeo.

En los días previos a la Pascua de 1926, el equipo Elim se estaba preparando para una convención en el Surrey Tabernacle, en Liverpool, cuando Jeffreys recibió una llamada sorpresa de Aimee Semple McPherson. Ella le dijo que estaba en Francia y quería viajar a Londres para celebrar algunas reuniones antes de ministrar en Palestina. El equipo se quedó un poco perplejo, pero la invitó a participar en las reuniones en el Surrey Tabernacle. Ella pasó algunos días ministrando en Londres antes de seguir hacia Palestina. Planeaba unirse a Jeffreys para las reuniones de la Pascua, cuando volviese de Oriente Medio. La reserva del Surrey Tabernacle fue cancelada y las reuniones fueron reprogramadas para el Royal Albert Hall en Londres para acomodar a las multitudes que se esperaba que Aimee Semple McPherson atrajera. Ella predicó la noche del domingo de Pascua y al día siguiente. La prensa británica se entusiasmó con la oportunidad de cubrir las reuniones encabezadas por esa conocida y brillante predicadora norteamericana. Con todo, los ingleses realmente no se entusiasmaron con ella, pues no estaban acostumbrados al comportamiento teatral y exaltado de Aimee.

Un mes después, Jeffreys recibió un telegrama de la madre de Aimee, diciendo que ella había desaparecido o ahogado en el mar, y que requería su presencia urgente para llevar las reuniones en el Angelus Temple. La respuesta de Jeffreys al telegrama fue vacilante. Él le informó a la Sra. Kennedy, madre de Aimee, que estaba en medio de una campaña en Belfast y no podía viajar a Estados Unidos, pero oraría sobre su petición. Sus consejeros más cercanos pidieron cautela, debido a la naturaleza de la ciudad de Hollywood y al tono dramático del ministerio en el Angelus Temple. Antes de que hubiera tiempo para tomar decisiones, Aimee apareció en el desierto, el 23 de junio, a las afueras de una ciudad mexicana cercana a la frontera de Arizona [contando una extraña explicación sobre su desaparición, la cual nunca pudo justificar, y que provocó el deterioro de su ministerio y pérdida de credibilidad] Aunque Jeffreys nunca se involucró con el ministerio de Aimee [la forma teatral de predicar de Aimee no era del agrado de Jeffreys], sí adoptó la designación de “Evangelio cuadrangular”, de modo que la Alianza Pentecostal Elim se convirtió en la Alianza Evangélica Cuadrangular Elim.

Fuegos de Avivamiento y Sanidad

Las llamas del avivamiento brillaron intensamente en 1927. En aquel año, Jeffreys realizó un récord de nueve cruzadas y vio miles de personas convertidas a Cristo y curadas de modo conmovedor. Él y su equipo se movían de una campaña grande y exitosa a la siguiente. Comenzaron el año en Glasgow, donde más de mil quinientos fueron salvos en un mes. La campaña más extraordinaria del año fue en Leeds, en marzo y abril. Era la tercera campaña de Jeffreys en esa comunidad, y la fe de la congregación local creció. En apenas dos semanas, más de dos mil personas fueron salvas y muchas de ellas experimentaron la mano milagrosa de Dios. Una demostración marcada del amor y del poder de Dios fue la cura de James Gregson, un milagro recordado durante mucho tiempo por el pueblo de Inglaterra. James Gregson era un completo lisiado, cuyo único modo de moverse era arrastrarse por el suelo, arrastrando las piernas torcidas. James era metalúrgico y en un grave accidente en el trabajo, desplazó muchos huesos de su cuerpo. Los médicos no pudieron hacer nada por su cuerpo roto y se quedó lisiado y sin esperanza de sanación. James no podía sentarse, pues eso le causaba un dolor insoportable, entonces tenía que pasar la mayor parte del tiempo acostado.

Una noche, al leer el periódico local, su esposa se enteró de la campaña Elim y del ministerio de George Jeffreys. El sábado siguiente, James fue a la reunión. Él llegó en sus muletas, con las piernas arrastrando detrás de sí. En aquella noche, el mayor milagro de todos sucedió: fue salvado y su alma fue redimida por toda la eternidad. Radiante con la gracia de Dios, él se arrastró de nuevo a la reunión al día siguiente. Los auxiliares de la campaña lo llevaron al frente y lo dejaron frente a la plataforma, donde Jeffreys oró por él.

Más tarde, James recordó: “Cuando él impuso las manos sobre mí, fue como si varias manos hubieran sido colocadas a lo largo de todo mi cuerpo y sentí cada hueso volviendo a su lugar”. En las dos semanas siguientes, James ganó fuerza y quince kilos de peso, en poco tiempo, fue capaz de regresar al trabajo de metalúrgico. El lunes de la Pascua, unos pocos días después de su sanidad, él dio un testimonio en el Royal Albert Hall ante miles de personas. A la mañana siguiente, el periódico Morning Post de Londres, publicó una historia sobre la reunión, con un título que decía: “Platea de Londres Fascinada”. Años más tarde, James Gregson testificó que nunca volvió a perder un día de trabajo después de su curación.

La señorita Edith Scarth también fue gloriosamente curada durante la campaña en Leeds. Ella sufría de tuberculosis de la columna vertebral y tenía que permanecer acostada de espaldas y ser conducida en un carrito especial. Durante años ella usaba un chaleco con férula, que subía detrás de la cabeza y era sujetado a la frente con una correa. La primera vez que oyó hablar de las reuniones de Jeffreys en Leeds, ella se quedó escéptica, pero luego en desesperación, ella se determinó a ver por sí misma si Dios realmente estaba actuando en aquel lugar. En la segunda reunión de la que participó, Edith abrazó el mensaje de la salvación. Jeffreys llamó a aquellos que necesitaban sanidad, para recibir la oración, pero había demasiados como para imponer las manos individualmente. Entonces, pidió que se quedaran de pie para una oración colectiva. Aferrándose a un asiento delante de ella, Edith se puso de pie. De repente, el Espíritu Santo se movió en su cuerpo.

El hermano Jeffreys oró y algo sucedió. Sentí como si alguien levantara algo fuera de mi cuerpo. Todo mi cuerpo fue cargado con nueva vida y un nuevo poder. Mi cabeza se encajó de nuevo en el lugar. ¡Yo estaba curada! Mi madre miró con asombro. Yo quería cantar, gritar, bailar. Cuando llegué a casa, subí los escalones corriendo; ¡no tenía calma para caminar! Fui curada el 11 de abril de 1927. Mi médico no pudo encontrar ningún vestigio de tuberculosis. Mi columna estaba perfectamente recta y yo estaba muy bien.

Dieciocho meses después de ser salvada y curada, Edith recibió el bautismo en el Espíritu Santo, con el poder de testificar a los demás acerca de la maravilla que Dios había hecho por ella. Ella continuó divulgando: “Cuando todos los demás fallan, Él nunca falla”.

Una Primavera Milagrosa

Más tarde, en la primavera de 1927, la campaña de Jeffreys se trasladó a Southampton. Al principio, las reuniones eran pequeñas, pero pronto crecieron y registraron numerosas salvaciones. La Srta. Florence Munday recibió un milagro excepcional en las reuniones de Southampton. Ella se levantó de su silla de ruedas en un culto en el Wesleyan Central Hall, en mayo de 1927. Su emocionante testimonio aumentó la fe de muchos.

Catorce años antes, Florence había se había caído y lastimado la rodilla. Una tuberculosis se estableció en la lesión y, desde entonces, se quedó incapaz de ponerse de pie o andar. Además, desde la infancia, ella sufría de una enfermedad de la piel que le exigía cubrir totalmente los brazos con vendajes, para proteger la piel agrietada que sangraba. Los médicos habían proyectado varias formas diferentes de yeso para su rodilla, pero sin éxito -a cada intento ella todavía reportaba dolor. Ellos finalmente habían decidido que la única solución era amputar la pierna, con una amputación tan completa que un miembro artificial estaría fuera de cuestión. Fue en ese momento que el Señor intervino. Las hermanas de Florence participaron en una reunión de avivamiento de Jeffreys y vieron a una mujer recibir la curación y levantarse de su silla de ruedas. Después de ese evento, Ivy, una de las hermanas de Florencia, insistió en que ella participara en una reunión de Jeffreys. Florencia estaba nerviosa, pero estuvo de acuerdo. El 4 de mayo de 1927, su madre y su hermana la llevaron a una reunión en su “carro para inválidos”. Jeffreys predicó sobre las decepciones de los cristianos, asunto que tocó el corazón dolorido de Florence. Durante el himno “All Hail the Power of Jesus Name“, Florencia sintió el poder de Dios para comenzar a descender sobre ella.

No mucho tiempo después, Jeffreys se acercó a Florence en su silla de ruedas. “¿Cuánto tiempo llevas acostada en esa vieja ‘carroza’?”, Preguntó. Florencia respondió: “Catorce años. No camino hace ya catorce años. El problema es mi rodilla. Es una enfermedad degenerativa.” -“¿Crees que el Señor puede curarte?”, preguntó él. “Sí”, respondió Florence. Entonces, Jeffreys le pidió que regresara siguiente tarde de reunión de sanidad.

En el día señalado, Jeffreys oró por ella: “Oh, Señor, haz retroceder esta enfermedad y desbloquea esas articulaciones.” Mientras él oraba, el poder de Dios recorrió el cuerpo de Florence como una ola, balanceando la silla de ruedas. Ella se sentía que la rodilla se doblaba dentro de la férula. Su testimonio continúa: “Me ungió con aceite y, mientras él oraba, mi cuerpo entero vibraba con vida, estaba bajo el poder de Dios. Mi pierna se movió hacia arriba y hacia abajo en la férula tres veces y luego fui capaz de levantarme, todo el dolor se había ido, yo estaba curada, ¡yo estaba de pie por primera vez después de catorce años! Di la vuelta a aquel gran edificio tres veces… Jesús, ¡tú eres todo para mí!”

Ella durmió durante toda la noche por primera vez en muchos años y, a la mañana siguiente, despertó y descubrió que todos los vestigios de su enfermedad de piel habían desaparecido. Como mencioné al principio de este capítulo, al año siguiente estaba entre los mil convertidos que fueron bautizados en el Royal Albert Hall, en la Pascua. En los treinta años siguientes, Florence sirvió como líder en Elim Church, en Gosport, Inglaterra, y no se jubiló hasta los setenta y pocos años. La campaña en Southampton fue un tremendo éxito en salvaciones y curaciones. ¡El Señor se había movido en misericordia y gran poder!

Bautismo de Florence Munday por George Jeffreys

El Evangelista: Señales y Maravillas lo acompañan

En mayo de 1927, Jeffreys se mudó a Brighton, donde realizó campañas de avivamiento durante diez semanas. La predicación de la Palabra continuó llevando nuevos convertidos a Cristo, acompañada de señales y maravillas. La señora Algernon Coffin, esposa de un pastor bautista, fue milagrosamente curada de cáncer e hidropesía. Ella recibió un diagnóstico de cáncer diez años antes, cuando le dijeron que tendría sólo unos meses de vida. Dios le dió vida, pero ella continuaba sufriendo de dolores y tomaba los medicamentos más fuertes disponibles para traer alivio. Debido al líquido en sus pulmones, durante diez años ella no pudo acostarse y dormía en sillas altas.

La señora Coffin testificó:

Los médicos me examinaban repetidas veces y decían a mi querido esposo que no había ninguna esperanza. Yo estaba en total desesperación; los médicos habían hecho todo lo que podían y desistieron. Yo iba a morir. Pero, Dios sea alabado, la limitación del hombre es la oportunidad de Dios. En ese preciso momento, Dios envió a su amado siervo, George Jeffreys, a Brighton. Decidí ir a la reunión de sanidad divina en la tarde del 19 de mayo de 1927, en el Royal Pavillion. Oraron por mí y sentí un estremecimiento interior en todo el cuerpo, entonces fui inmediatamente curada. Todo mi dolor cesó, fui capaz de dormir y no necesité más esas medicinas.

Menos de una semana después, un médico fue a su casa para una consulta domiciliar y quedó atónito cuando su paciente atendió a la puerta. “¿Qué pasó, señora Coffin?” Preguntó él, sorprendido. “¿Es usted misma?” “Estoy curada y muy bien, después de que usted me dijese que no había esperanza. En mi desamparo y angustia, apele a Alguien más elevado, cuyo poder no es limitado, y no apelé en vano”. La respuesta del médico fue: “No puedo lo comprender, pero me alegro por usted”.

Enviado a Plantar Iglesias

Durante estos años de gran avivamiento, él no sólo predicó y condujo a cientos, o incluso a miles de personas, en conversiones a cada ciudad; sino que también plantó nuevas iglesias en los lugares donde predicó. Como un pionero del movimiento pentecostal, Jeffreys fue enviado por el Señor a predicar un mensaje del evangelio pleno. Los recién salvos y bautizados en el Espíritu Santo querían tener comunión en una iglesia en la cual el poder del Espíritu Santo era acogido y abrazado. Jeffreys hacía una campaña durante varias semanas en una ciudad y siempre encontraba un grupo de creyentes que querían unirse al movimiento Elim. Entonces, él nombraba a un pastor para dirigir la nueva iglesia pentecostal, la Alianza Evangélica Cuadrangular Elim alquilaba o compraba un edificio donde la nueva congregación pudiera reunirse, y el equipo de administración cuidaba de todos los demás detalles. Al año siguiente, las campañas continuaron, aunque no tantas como en el año anterior. Jeffreys visitó Croydon, Reading, Eastbourne, Bath, Exeter y Bradford, añadiendo miles de convertidos al Cuerpo de Cristo. En 1928, había 70 iglesias Elim en las Islas Británicas. En 1930, el número ascendía a 100 y, en 1933, ya eran 153 iglesias. En 1933, Jeffreys predicó en ciudades como Aberdeen, en la que se agregaron 400 convertidos. Inmediatamente, una nueva iglesia fue fundada allí. Una vez más, en su ministerio misionero, Jeffreys establecía continuamente nuevas congregaciones para extender el Reino de Dios en la Tierra. “Su éxito ciertamente es el resultado de servir a Dios con los dones ministeriales que él había recibido, específicamente los de misionero y evangelista.”

Algunos años más tarde, en 1936, las iglesias Elim reconocieron el ministerio apostólico de Jeffreys y sus veinticinco años de servicio dedicado al movimiento:

Como un apóstol, usted despejó el camino hacia el mensaje del Evangelio Pleno y estableció iglesias en las ciudades más grandes y las aldeas de las Islas Británicas. Como evangelista, su ministerio fue inequívoco y bendecido por Dios. Por medio de su proclamación fiel del evangelio, usted llevó un incontable número de personas a Cristo.

Las iglesias Elim que Jeffreys plantaba, estaban regidas por un conjunto de reglas, que fueron revisadas para atender a las necesidades variables de la denominación en crecimiento. Había tres formas de administración practicadas por las iglesias Elim: la administración central de Clapham, la administración personal de un ministro, y la administración local de diáconos. Los ministros de la denominación eran supervisados de cerca por la sede en Londres, y todo el trabajo se dividía en distritos, cada uno con un administrador superintendente. A medida que las campañas se expandían y las iglesias crecían, una sensación de inquietud surgía entre las personas en cuanto a las políticas de administración de las iglesias. Sin embargo, el poder del Espíritu Santo siguió moviéndose en aquel país.

En aquella época, el Grupo del Avivamiento consista en R. Darragh, líder de alabanza; Albert W. Edsor, pianista; y James McWhirter, organizador de la campaña. Estos hombres estaban con Jeffreys casi constantemente, prestando ayuda y apoyo. Ellos trabajaban como un grupo bien amalgamado. Ninguno de estos hombres estaba casado, pues todos dedicaban todo su tiempo y energía a difundir el evangelio de Jesucristo.

En 1932, Jeffreys escribió el libro Healing Rays (Rayos de sanidad), un estudio detallado del poder de sanación de Cristo a lo largo de toda la historia de la Iglesia cristiana. En el libro, Jeffreys afirma que, aunque el pecado, la enfermedad y la muerte componen una maldición que cayó sobre la tierra como consecuencia de la desobediencia de Adán, la obra expiatoria y redentora de Jesucristo es la respuesta para superar la maldición en su totalidad. Según Jeffreys, cura y liberación de enfermedades pueden ser vivenciadas ahora, y la liberación final de la muerte vendrá cuando Cristo regrese en gloria. En Healing Rays, Jeffreys también defendió claramente la cura divina en los días actuales, con base en la Palabra de Dios y en la infinidad de personas que testimoniaron la curación desde la fundación de la Iglesia cristiana. Él compartió los testimonios de los primeros Padres de la Iglesia, que hablaban del poder de curación de Dios en operación. Clemente, en el siglo 1ª; Ireneo, en el siglo 2; y Tertuliano y Orígenes, en el siglo 3; todos hablaron de “discípulos en su nombre, que todavía hacen milagros… otros todavía curan a los enfermos imponiendo sus manos sobre ellos, y ellos son sanados”. Para los miembros de las grandes denominaciones que desconfiaban de las afirmaciones de sanidad divina, Jeffreys incluyó una cita de Martín Lutero: “Con qué frecuencia sucedió, y aún sucede, los demonios ser expulsados en nombre de Cristo; también, por invocación de su nombre y de oración, los enfermos ser sanados”.  Siempre que las personas se burlaban de la idea de que el poder de Dios cura en los días actuales, Jeffreys respondía enfáticamente: “Son casi dos mil años desde que el canon sagrado de las Escrituras fue cerrado, pero la dispensación del Espíritu Santo, milagros, señales y prodigios, continúa hasta hoy.” Recordó a los creyentes que el mismo mensaje del evangelio que llevó a hombres y mujeres a Cristo en el Nuevo Testamento, todavía está convirtiendo a los pecadores hoy; y que el mismo Espíritu Santo que los condenó por el pecado y los sanaba también está condenando y sanando hoy.

Jeffreys pretendía que cada congregación, que perteneciese a Elim, tuviese más autonomía de gobierno y que no se centralizara el poder; es decir, que cada congregación tuviera más poder de decisión y no dependiera tanto de una oficina o consejo central [deseaba un sistema similar al que aplicaban las Asambleas de Dios]. Pero el Consejo Ejecutivo no lo apoyó en su idea, y luego de una amarga disputa, Jeffreys prefirió renunciar y formar con sus colaboradores más estrechos una nueva denominación a la que llamó Bible Pattern Church Fellowship, al que lideró por más de 20 años.

Jeffreys expresó así el motivo de su salida: “La esencia del motivo de mi dimisión de Elim, fue el rechazo de la mayoría de mis compañeros del Consejo Ejecutivo de acompañarme en el sentido de establecer la soberanía de la iglesia local en todas las iglesias de la Alianza Evangélica Cuadrangular Elim. En 1940, convoqué una conferencia de ministros y líderes de Elim que compartían mi convicción. En ese encuentro, fue fundada la Bible Pattern Church Fellowship, con base en la soberanía de la iglesia local.”

Jeffreys, como hombre de avivamiento, temía que un gobierno centralizado que ejerciera tanto control sobre las congregaciones, terminara apagando el fuego y convirtiendo un movimiento vigorizante en una cadena de sucursales de una mega empresa. Como uno de los pastores expresó tras la salida de Jeffreys: “Ellos expulsaron el espíritu apostólico, y tomaron la mano muerta del espíritu administrativo para liderar la denominación”. Jeffreys concluyó: “Fue allá atrás, en el 1915, que nosotros, los de Elim, cometimos el gran error que moldeó el destino del movimiento. No establecimos la soberanía bíblica de la iglesia local en la primera iglesia de Elim”. Paradójicamente, veinte años después de la muerte de Jeffreys, las dos denominaciones que él fundó se volvieron a unir.

A veces se piensa que el evangelista es una persona de carácter extrovertido, gritón, que gesticula cuando habla, sin embargo George Jeffreys era introvertido y tímido en su vida diaria, y en la predicación no le gustaba exagerar ni dramatizar; pero la unción en él era evidente. No es la actuación, sino la unción la que no debe faltar en el púlpito. 

Hasta el final de su vida, Jeffreys continuó realizando grandes campañas evangelísticas. El 26 de enero de 1962, un mes antes de cumplir los setenta y tres años, partió con el Señor.

“Jeffreys era un fiel hombre de Dios, un hombre intrépido y un destacado pescador de vidas para Dios… Él era, por encima de todo, un notable conquistador de almas y uno de los mayores evangelistas del siglo XX, permaneciendo activo en su servicio honrado a Dios por los perdidos y por los enfermos en el cuerpo hasta el fin.”

A finales de 1961, Reinhard Bonnke, un joven alemán estudiante de la Biblia, estaba caminando por las calles de Clapham, en Londres, con unas horas de descanso antes de su viaje a casa. Él estaba yendo a Alemania, salido del Bible College of Wales, en Swansea, donde estaba siendo entrenado para el ministerio. Mirando a las casas a su alrededor, Bonnke reconoció repentinamente el nombre de George Jeffreys en una placa en el exterior de una casa similar a un castillo. Bonnke golpeó animadamente en la puerta y preguntó si podía ver a Jeffreys, que él sabía ser el mayor evangelista inglés desde John Wesley. La empleada estaba a punto de dispensar a Bonnke cuando el propio Jeffreys vino a la puerta y lo invitó a entrar. Bonnke sentía haber sido “transportado a la morada de un apóstol”. Ellos conversaron durante algún tiempo acerca del mundo perdido y de la necesidad general del evangelio de Jesucristo; Entonces, Jeffreys extendió la mano y las impuso sobre la cabeza del joven. Él oró por su ministerio y por la capacitación de Dios para el evangelismo. Hasta hoy, Bonnke cree que fue en ese momento que recibió su unción para el ministerio. “Ahora percibo que esa es mi verdadera ordenación, por Dios, como evangelista”. En la última mitad del siglo 20 y principios del siglo 21, Bonnke demostró ser, de hecho, un evangelista mundial, especialmente en África, donde sus campañas de evangelización al aire libre atrajeron a multitudes que llegaron hasta un millón y medio de personas, seguidas por señales y prodigios propios de un evangelista de sanidad.

Traducido por Gabriel Edgardo LLugdar del libro Los Generales de Dios: Los evangelistas de Sanidad – de Robert Liardon – Diarios de Avivamientos 2018

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¿Cómo interpretaba Agustín el texto: cuando venga lo perfecto?

Hemos visto en capítulos anteriores como el CESACIONISMO -enseñanza extrabíblica que afirma que los dones extraordinarios del Espíritu Santo han cesado- ha manipulado la historia de la Iglesia para intentar demostrar su postura; pero en la actualidad, gracias al creciente conocimiento de la Patrística, tales manipulaciones han quedado en evidencia. No obstante, algún cesacionista trasnochado aún pretende encontrar en la Biblia un texto que apruebe su incredulidad bíblica (no creen que Pablo haya dicho en serio aquello de:Seguid el amor; y procurad los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis“, oAsí que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas“).

Para sustentar su postura, el CESACIONISMO se aferra como último recurso al texto:

1ª Corintios 13:8-13 El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.  Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos;  mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido.  Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.

Bien, básicamente ellos afirman que cuando Pablo dijo “cuando venga lo perfectose refería al canon  de las Escrituras, es decir, que una vez que el Espíritu Santo diese el Nuevo Testamento completo a la Iglesia, los dones cesarían; lo “perfecto” entonces es ¡el Nuevo Testamento! Sí, hay que admitirlo, los cesacionistas no creen en el hablar en lenguas, pero al parecer creen en la interpretación de lenguas, porque solo interpretando místicamente se le puede encontrar un sentido tan extraño al texto de Pablo.

Desde que algunos descubrieron los diccionarios de Strong y de Vine, no cesan de hacer malabarismos con el griego. La palabraperfectousada en el texto por Pablo es  teleios “y significa habiendo alcanzado su fin (telos) [W. E. Vine]. Dicen los cesacionistas que esa palabra no tiene un significado escatológico, que no se refiere a la venida final de Cristo donde tendremos un cuerpo glorificado, seremos perfectos, le veremos cara a cara y no tendremos ya necesidad de profecías y dones, solo el amor que perdurará por siempre. Bien, afirmar que Pablo no usa el término teleios como escatológico en su carta, es sencillamente una mentira, pues más adelante dice

1ª Corintios 15:23-24 Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.  Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.

Ese “el fin” que es claramente escatológico, en griego aparece como telos, y que es la raíz de lo que Pablo dijo al referirse “cuando venga lo perfectoperfecto=teleios “y significa habiendo alcanzado su fin (telos) [W. E. Vine]. Lisa y llanamente, “cuando venga lo perfecto” tiene un claro significado escatológico.

Este sentido es el más claro y el más coherente que le podríamos dar al texto de Pablo, no nos olvidemos que estamos hablando de una carta a una iglesia específica, que tenía problemas y necesidades específicas, ¿hubiesen entendido los corintios que Pablo (según los cesacionistas) les estaba diciendo: “Cuando se complete el canon, se pongan todos de acuerdo y se forme el Nuevo Testamento, entonces los dones cesarán”? ¿No es la interpretación más lógica, y más comprensible para los corintios, que “cuando venga lo perfecto” se refiere a la Segunda Venida de Cristo, tal como luego les explica en el capítulo 15?

Sin duda así lo entendieron ellos y la Iglesia primitiva, hasta el mismísimo san Agustín de Hipona (el “santo doctor”como lo llamaba Calvino) así lo entendió.

En su libro, o más bien carta-réplica contra el pelagiano Celestio:  La perfección de la justicia del hombre, Agustín trata de demostrar que hay que esforzarse hacia la perfección de vida, pero teniendo en cuenta que esto solo lo lograremos completamente cuando seamos perfectos en la gloriosa eternidad.

“Si el hombre puede estar sin pecado por sí mismo, luego la muerte de Cristo sería inútil. Pero Cristo no ha muerto inútilmente. Por consiguiente, el hombre no puede estar sin pecado, aunque lo desee, a no ser que le ayude la gracia de Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Para conseguirlo, los proficientes se esfuerzan ahora, y lo conseguirán del todo con la victoria sobre la muerte y con la caridad, que se alimenta de la fe y de la esperanza hasta la visión y posesión de la perfección misma.”   [Agustín, La perfección de la justicia del hombre. Capítulo VII. 16 BAC]

Si han notado, Agustín menciona las llamadas virtudes teologales del texto que estamos estudiando: fe, esperanza y caridad [amor] (es decir, está hablando de nuestro pasaje bíblico) hasta la posesión de la perfección misma“, ¿qué perfección?, la glorificación.

Recuerden que los cesacionistas afirman que cuando Pablo dice “mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabaráse estaba refiriendo al canon del Nuevo Testamento completo, y que cuando estuviera la Biblia completa, dicen ellos, los dones cesarían. Pero, ¿Así lo entendía Agustín?

“Es decir, los que corremos con perfección debemos comprender esto: que aún no somos perfectos, para que lleguemos a ser perfeccionados allí hacia donde corremos ahora con perfección. Y así, cuando llegue lo que es perfecto, se acabará lo que es en parte. Es a saber, que allí no existirá nada a medias, sino que todo será íntegro, porque a la fe y a la esperanza sucederá la realidad misma, que ya no es creída y esperada, sino contemplada y poseída. Pero la caridad, que es la más grande de las tres, no será destruida, sino aumentada y completada por la contemplación de lo que creía y por la consecución de lo que esperaba.” [Agustín, La perfección de la justicia del hombre. Capítulo VIII.19 BAC]

Todo el libro de Agustín “La perfección de la justicia del hombre” gira sobre el concepto paulino decuando venga lo perfectocomo sentido escatológico. “que allí no existirá nada a medias” ¿allí dónde? En la gloria. Cuando venga lo perfecto es la resurrección y glorificación del creyente en la Segunda venida de Cristo (tal como lo explica Pablo en el capítulo 15 de 1ª Corintios), entonces es allí, y no antes, cuando las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará“. Usar el texto de 1ª Corintios 13 como base para el CESACIONISMO es una mera manipulación bíblica, sin fundamento hermenéutico ni mucho menos histórico. ¡Y sino que se lo pregunten al “santo doctor” Agustín de Hipona!

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar –  Diarios de Avivamientos – 2018

Para leer el capítulo anterior, en el siguiente link :

https://diariosdeavivamientos.wordpress.com/2018/05/14/agustin-contra-el-cesacionismo-capitulo-ii-los-dones-del-espiritu/

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EL IMPACTO DE LA CONVERSIÓN DE CONSTANTINO EN EL ASPECTO CARISMÁTICO DE LA IGLESIA

La conversión de Constantino en 312 d.C. marcó el ascenso de la Iglesia al poderío terrenal y el fin de la participación de los charismata en su vida y en su ministerio. En  el 313 d.C. Constantino publicó el Edicto de Milán, un decreto que no sólo daba libertad de culto a todos los habitantes del imperio, sino que también concedía beneficios a la Iglesia. Como consecuencia, ésta fue penetrada por personas que buscaban ventajas políticas y sociales ofrecidas a quien se identificara con ella.

FUSIÓN ENTRE ESTADO E IGLESIA

Constantino comenzó a involucrarse directamente con los asuntos de la Iglesia, lanzando así el fundamento para la amalgama de los poderes Eclesial y Estatal. En el 325 d.C, por ejemplo, convocó al Primer Concilio General de la Iglesia Cristiana. Obispos de todos los rincones del imperio se encontraron en Nicea, una ciudad de Asia Menor, a expensas del gobierno. El propio Constantino presidió la primera sesión, y en las sesiones siguientes intervino en puntos cruciales de la discusión, aunque ni siquiera estaba bautizado. Kung dice que “Constantino usó ese primer concilio principalmente para adaptar la organización eclesial a la organización estatal. Las provincias de la Iglesia deberían corresponder a las provincias imperiales, cada una con un sínodo metropolitano y uno provincial. En otras palabras, el imperio en adelante tendría su Iglesia Imperial[Hans Kung. Christianity: essence, history, and future. Nova York: Continuum, 1996]

Constantino también comenzó a construir instalaciones que abrigasen las reuniones de los cristianos. Antes de eso, los creyentes tenían que encontrarse principalmente en sus casas. Sin embargo, Constantino erigió edificaciones en las que la iglesia debía congregarse. Él las proyectó según la arquitectura de los auditorios de la época. Esta arquitectura, con su asiento frontal en forma de trono para el obispo y las filas reservadas a la congregación, hizo impracticable una participación significativa de los miembros. Además, el estilo de la adoración y de la liturgia, que antes era simple y personal, comenzó a ser adornado con la pompa y la práctica de la corte imperial.

LA RELIGIÓN EXCLUSIVA DEL ESTADO

Constantino murió en 337 d.C., pero sus hijos continuaron y expandieron su política de favorecer a la Iglesia Cristiana. En el 381 d.C., Teodosio I, el nuevo emperador, hizo del cristianismo la religión exclusiva del Estado. Todos los que se atrevían a adherirse a cualquier otra forma de adoración se arriesgaban a sufrir un castigo. En consecuencia, hordas de paganos infieles llenaron las iglesias, trayendo con ellos prácticas e ideas gentiles. La laxitud moral, que ya había fracturado la naturaleza original de la Iglesia, acabó dominando buena parte de su vida.

Uno de los que lamentaron ese estado terrible de la situación fue Juan Crisóstomo (347-407 d.C.), el patriarca de Constantinopla. Él se quejó del carácter de la iglesia de sus días diciendo que ella no se diferenciaba mucho de una feria o de un teatro. “Si alguien está intentando o pretendiendo corromper a una mujer, supongo que no hay mejor lugar para él que la iglesia. Y si hay algo que se quiera vender o comprar, la iglesia será más conveniente que el mercado. O si alguien quiere saber de algún escándalo, usted percibirá que aquí hay más de eso que en el foro.[Chrysostom. Homilies on First Corinthians, vol. 12 of Nicene and Post-Nicene fathers of the Christian Church, p. 221]

Siendo así, no es sorprendente que Crisóstomo exprese una ignorancia de los charismata enumerados en 1.ª Corintios 12. Él dice: “Las tinieblas son producidas por nuestra ignorancia de los hechos referidos y por su cese[Ibid., p. 168]. Al menos en esa región, parece que los dones dejaron de operar. El motivo parece obvio.

ADOPCIÓN DEL MODELO POLÍTICO ROMANO

La ascensión del cristianismo al estado de religión oficial del imperio, trajo una cohesión política a la Iglesia que ella no conoció antes. Un sistema universal de gobierno eclesial comenzó a emerger, y pronto quedaría claro que eso reflejaba el patrón político vigente del Imperio Romano. Al mismo tiempo, el obispo de la ciudad de Roma comenzó a ser visto como el primero entre iguales. Reivindicando ser la cabeza de la Iglesia fundada por Pedro y Pablo, adquirió una influencia creciente para sí, y así pavimentó el camino para que el papado fuera el correspondiente espiritual del comandante político: el emperador romano. En virtud de estos acontecimientos, Rudolph Sohm afirma que “en su mayor parte, la constitución de la Iglesia fue modelada en la organización del Imperio[Rudolph Sohm. Outlines of church history. London: MacMillan, 1913, p. 47].

Estas tendencias también trajeron la solidificación de la doctrina del sacramentalismo. Las ordenanzas del bautismo y de la Santa Cena comenzaron a ser vistas como sacramentos que poseían valor salvífico inherente, y poder de conceder la gracia y los dones de Dios. [Quién confirma que los primeros cristianos no eran sacramentalistas es Ireneo, en Fragments from the lost writings of Irenaeus, vol. 1 of The Ante-Nicene Christian Library, p. 570. Ireneo habla de algunos esclavos de cristianos recién convertidos, siendo llevados presos e “imaginando” que la comunión fuese la “verdadera sangre y cuerpo de Cristo”, lo que debía ser admitido ante los inquisidores. Las autoridades entonces intentaron por medio de tortura forzar a dos mártires a confesar esto, pero ellos se rehusaron a aceptar el entendimiento erróneo de los esclavos]. Además, sólo el obispo o su encargado tenían el derecho de administrar estos sacramentos. En verdad, la injerencia de alguna persona que no hubiera sido ordenada en la administración tornaba los actos sin validez.

Estos cambios ocasionaron varios efectos devastadores para el ministerio del Espíritu Santo en medio del pueblo de Dios. Los dones que antes surgían espontáneamente entre toda la congregación, ahora estaban restringidos a la jerarquía eclesial y eran transmitidos por un acto sacramental. En la iglesia del Nuevo Testamento, las personas participaban en una oración espontánea, pero ahora se habían convertido en especulaciones pasivas de un ritual altamente sofisticado, presidido por los jerarcas de la Iglesia.

SURGIMIENTO DE LAS BATALLAS DOCTRINALES

El ascenso de la Iglesia al poder también marcó el inicio de muchas batallas doctrinales. Después de que la Iglesia se libró de la amenaza de la persecución y disfrutó de los favores del emperador, ella volvió su atención a las cuestiones teológicas, que se convirtieron en la prueba de fuego de la ortodoxia aplicada a cualquier cuestión. Muchas batallas violentas siguieron, produciendo divisiones intensas en la Iglesia. Basilio de Cesarea, obispo de Capadocia (371-379 d.C.), comparó esta situación con una batalla naval combatida por hombres que “cultivan un odio mortal unos con otros

Pero ¿qué tempestad en el mar fue tan cruel como las tempestades en las iglesias? En ella todos los marcos de los Padres se están moviendo; toda fundación, todo baluarte de opinión fue sacudido; por sostenerse en una base deteriorada, todo alrededor se desestabiliza y se desmorona. Nosotros nos atacamos unos a otros. Si nuestro enemigo no nos alcanza antes, somos heridos en nuestro costado por nuestros propios compañeros.[Basilio On the Spirit, vol. 7 of Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, p. 49].

En una situación como esta, no es sorprendente que los dones espirituales -que, según las enseñanzas de Pablo, deberían funcionar dentro de un contexto de amor cristiano- se extinguieran en la iglesia institucional. La participación de la iglesia con la abundancia y el poder mundanos marcaron el final de los charismata como una parte vital de su vida y de su ministerio. A. J. Gordon, pastor y fundador bautista de la Facultad Gordon, en Boston, estaba en lo cierto cuando dijo: “No es del todo extraño que cuando la Iglesia se olvidó de su ciudadanía celestial, y empezó a acomodarse en la lujuria y en el esplendor terrenal, ella dejó de exhibir los dones sobrenaturales del cielo.” [A. J. Gordon. The ministry of Healing. Harrisburg, PA: Christian Publ, 1961, p. 64].

Pero, aunque los dones hayan desaparecido de la iglesia institucional, no desaparecieron por completo. A partir de entonces, comenzaron a aparecer entre los creyentes que se retiraron de la sociedad con el propósito de vivir una vida de oración y devoción a Dios, en un esfuerzo por escapar de la corrupción que se apoderaba tanto de la Iglesia y del mundo. Conocidos como monásticos, se convirtieron en una fuerza vital durante la Edad Media y preservaron la dimensión milagrosa de la fe cristiana.

Traducción del Capítulo 4, del libro Dos Mil años de Cristianismo Carismático. Como este libro no se encuentra en español ha sido traducido por Gabriel Edgardo LLugdar para fines de consulta sin fines de lucro. Diarios de Avivamientos 2018.

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Los Anabaptistas y los dones carismáticos

A pesar de que Lutero estaba abierto a los fenómenos milagrosos en su vida personal, él trató lo sobrenatural con cautela en su esfuerzo por reformar la Iglesia. Aunque rompió con la Iglesia Católica Romana, mantuvo mucho de su liturgia y de su régimen. Por ejemplo, conservó el rito del bautismo infantil, así como una Iglesia territorial dependiente del Estado. La tarea de infundir la dimensión carismática en los cultos cotidianos de las congregaciones fue, sin embargo, dada a los contemporáneos más radicales de Lutero, conocidos como anabaptistas.

LOS LLAMADOS  “REFORMADORES RADICALES”

El anabaptismo comenzó en Zúrich, Suiza, como parte del movimiento de reforma iniciado por Ulrico Zuinglio (1484-1531), un contemporáneo de Lutero. Se produjo una ruptura entre Zuinglio y dos de sus colegas, Felix Manz y Conrad Grebel, cuando Zuínglio decidió cooperar con el decreto del consejo municipal que establecía que la misa debía seguir siendo celebrada y que se debía cesar la iconoclastia en las iglesias.

Esto hizo que Zuinglio y sus dos colegas se separaran por completo, pues insistían en seguir estrictamente las Escrituras en todos los esfuerzos reformadores. Para Grebel y Manz, mantenerse fiel a la Escritura significaba la abolición inmediata de la misa, la remoción de todas las imágenes de las iglesias y el fin del bautismo infantil. El Consejo de Zúrich interpretó esa posición como una afrenta a su autoridad y ordenó que todos aquellos que no bautizaban a sus hijos en un período de ocho días serían expulsados de la región. Más adelante, el consejo decretó la prohibición de encuentros entre aquellos que se oponían al rito del bautismo infantil.

En respuesta a la decisión del consejo, Grebel y Manz se reunieron con otros 20 seguidores en la casa de Manz, el 21 de enero de 1525. Tras una oración en grupo, George Blaurock le pidió a Grebel que lo bautizara. Grebel consintió y entonces pidió ser bautizado por Blaurock, que bautizó no sólo a Grebel, sino a todos los presentes. De acuerdo con Fritz Blanke, este es el “marco inicial del movimiento anabaptista.”  [Fritz Blanke. Brothers in Christ. Scottdale, PA: Herald, 1961, p.20].

En Suiza y en toda Europa surgieron bolsones similares de insatisfacción con el trabajo de los reformadores. Muchos se referían a Lutero y Zuinglio como hombres que se pararon en el medio, pues ambos todavía retenían mucho del régimen antiguo. Ellos decían que “Lutero demolió la casa antigua, pero no construyó nada en su lugar”, y que Zuingio “purificó todas las enfermedades como un rayo, pero nada erigió de mejor en su lugar” [Franklin H. Littell. The origins of Sectarian Protestantism. Nova York: Beacon, 1964, p.2].

EL BAUTISMO DEL CREYENTE

Anabaptista quiere decir simplemente “aquel que bautiza”. Los anabaptistas enfatizaban que el bautismo era sólo para los creyentes, excluyendo así la idea de bautizar a los niños. Ellos fueron duramente perseguidos tanto por católicos y por protestantes en virtud de esa posición, siendo promulgadas leyes que castigaban el bautismo de adultos con la pena de muerte. A pesar de las austeras persecuciones levantadas contra ellos, los anabaptistas crecieron en número y se extendieron por toda Europa.

A causa de la intensa persecución por parte del Estado y de la Iglesia, los anabaptistas generalmente se encontraban en secreto en sus casas, en los bosques y en los campos. Allí leían la Biblia y oraban para que viniera sobre ellos ese mismo Espíritu, y aquel mismo poder que había sido conocido por la iglesia primitiva. No era inusual para los anabaptistas danzar, caer al suelo,  y hablar en lenguas. [Littell. The origins of Sectarian Protestantism, p.19]

LA ILUMINACIÓN DE LAS ESCRITURAS

Los anabaptistas también creían que ellos obtenían la presencia de Dios cuando leían la Biblia. Cuando Felix Manz fue condenado a muerte como hereje por las autoridades de Zúrich el 5 de enero de 1527, fue acusado de “fingimiento” en lo que se refiere a “haber recibido, mientras estuvo en la cárcel, la revelación de algunas epístolas de Pablo como si estuvieran ante sus ojos” [Horsch. “The faith of the Swiss brethren II”, 15. Cf. tb. George H. Williams. The radical Reformation, p.145.174]. La corte consideró que esa era una prueba de que Manz había recibido revelaciones con la misma autoridad de la Escritura. Como pena, fue arrojado al río Limmat el mismo día.

LA PROFECÍA COMO MINISTERIO DE TODOS LOS CREYENTES

Como reacción al sistema eclesiástico del catolicismo romano, los anabaptistas rechazaron la estructura jerárquica de liderazgo y enfatizaron que el ministerio era responsabilidad de toda la congregación. Así, si fue Lutero quien restauró la idea del “sacerdocio de todos los creyentes”, fueron los anabaptistas que restauraron la idea del “ministerio profético para todos los creyentes”. Este concepto es claramente constatado en el documento de los anabaptistas suizos datado alrededor de 1532-1534, titulado Respuestas de aquellos que son llamados (ana)baptistas del por qué no asisten a las iglesias. En este documento, el motivo principal de no asistir a las iglesias estatales es la prohibición, por parte de esas instituciones, de que los miembros de la congregación usen sus dones espirituales, de acuerdo con “el orden cristiano enseñado en el evangelio o en la Palabra de Dios, en 1 Corintios 14”. (Este es el capítulo que discute el lugar de la profecía, de las lenguas y de su interpretación en la asamblea cristiana.) El autor del documento reprende a Lutero y Zuinglio, acusándolos de transgredir sus propias “enseñanzas originales” y de impedir que “los ríos de agua viva corren” al no permitir el libre ejercicio de los dones espirituales en sus congregaciones.

El autor muestra una preferencia clara por el orden carismático en el culto. Todo miembro debería tener la oportunidad de utilizar estos dones para la edificación de la iglesia, pues el Espíritu Santo habita en cada uno de los miembros, y todo miembro posee uno o más de sus dones para la edificación de todo el cuerpo. Por lo tanto, una reunión controlada por una sola persona no puede ser controlada por el Espíritu Santo:

“Cuando alguien viene a la iglesia y oye reiteradamente a una sola persona hablando mientras los oyentes están en silencio, sin hablar ni profetizar, quien considerará o confesará que esa es una congregación espiritual, o confesará, de acuerdo con 1ª Corintios 14, que Dios está habitando y operando en medio de ellos por medio del Espíritu Santo con sus dones, impulsando uno tras otro a cumplir el orden arriba mencionado de hablar y profetizar?”    [Paul Peachey e Shem Peachey (trans.). “Answer of some who are called (Ana)Baptists. Why they do not attend the churches”. Mennonite Quarterly Review, 45, n. 1, 1971, p.11].

EXAGERACIONES CARISMÁTICAS Y PROFÉTICAS

A partir del rumbo anabaptista por la restauración de un cristianismo neotestamentario, algunos elementos extremistas surgieron, trayendo sufrimiento y destrucción a todo el movimiento. Estas exageraciones tienen sus orígenes en el orgullo y en una confianza exacerbada en la dirección y en la guiado provistas por el ministerio profético.

En su tesis de doctorado, de 1919, Charles Shumway notó que “durante toda la historia del cristianismo, aquellos que vinieron a hablar en lenguas estaban totalmente convencidos de que vivían los últimos días[Charles Shumway. “A critical history of glossolalia”. Ph.D. Diss, Boston University, 1919, p.48]. Esto también era cierto para los anabaptistas, de los cuales muchos estaban a la espera de un fin apocalíptico de la historia. Esta expectativa apocalíptica, cuando se sumaba a la actividad profética y a la persecución intensa, alimentaba la ocasión de tales extremos. Algunos se presentaron proclamando ser los profetas y apóstoles de los fines de los tiempos, dotados por Dios con poderes milagrosos para preceder su reino sobre la tierra.

Uno de ellos, llamado Melchior Hoffman, ordenó 12 apóstoles, que a su vez ordenaron otros para varias funciones. También les fue revelado que Melchior recibió una patente aún mayor que la de “mero apóstol”. Obe Philips, contemporáneo de Melchior, dijo que “una de las profetisas también profetizó -a través de una visión- que Melchior era Elías” [Obe Philips. “A Confession” In: George H. Williams (ed.). Spiritual and Anabaptist writers, vol. 25 of The library of Christian classics. London: SCM Press, 1957, p.212].

Otra persona profetizó que Hoffman quedaría preso por seis meses en la ciudad de Estrasburgo y luego su ministerio alcanzaría a todo el mundo. Movido por la profecía, Hoffman viajó a la ciudad de Estrasburgo, donde fue a todos los lugares para predicar y enseñar. La primera parte de la profecía se cumplió cuando las autoridades de Estrasburgo prendieron y encarcelaron a Hoffman. Phillip dice que “él se dirigió a la prisión de buen grado, alegre y confortable”, confiado en que la última parte de la profecía estaría a punto de ocurrir. Mientras estaba en la prisión, Hoffman escribió varias cartas que, según Phillip, llegaban diariamente y describían “cómo sus acciones, visiones y revelaciones lo afectaban”. Una de las profecías decía que, al cabo de seis meses de encarcelamiento, Hoffman saldría de Estrasburgo con 144 mil apóstoles, investidos de tan gran poder milagroso, que nadie sería capaz de resistirlos.

La mayoría de esas personas eran sinceras y persistentes en su búsqueda, y fallaron al  no “probar los espíritus” de la manera correcta, como manda el Nuevo Testamento. En el conmovedor relato de estos hechos ocurridos, Philip dice que:

“con todas estas enseñanzas y consolaciones, con todas sus fantasías, sueños, revelaciones y visiones que ocurrían diariamente entre los hermanos, había gran alegría y expectativa entre nosotros, esperando que todo fuese verdadero y fuese cumplido, pues nosotros no sospechábamos, éramos inocentes, sin maldad ni astucia, y no estábamos conscientes de ningún falso profeta, falsas visiones y falsas revelaciones. En nuestra simplicidad, suponíamos que si nos defendíamos de los papistas, de los luteranos y de los zwinglianos, todo estaría bien y no tendríamos más preocupaciones. De esto se sigue que la experiencia trae al hombre gran sabiduría.” [Obe Philips. “A Confession” In: George H. Williams (ed.). Spiritual and Anabaptist writers, vol. 25 ofThe library of Christian classics. London: SCM Press, 1957, p. 213]

Cuando el tiempo de la profecía venció, Hoffman continuó preso. Ninguna de las visiones y profecías que él tuvo y que fueron declaradas por él se cumplió. Philips dice: “Todo lo que él creyó sobre los profetas y profetizas se dio cuenta de que eran falsedad y decepción“. Hoffman permaneció preso hasta el día de su muerte, escarnecido y olvidado por los hermanos, que ahora lanzaban otro frente: establecer la Nueva Jerusalén en la ciudad de Munster.

Movidos por otras visiones y profecías, algunos de estos extremistas tomaron militarmente la ciudad de Munster y la llamaron la Nueva Jerusalén. Ellos fueron liderados por John Matthijs, que decía ser un apóstol, y también se decía ser Enoc, el segundo testigo de Apocalipsis 11.3. La ocupación de la ciudad duró poco, pues los católicos los subyugaron, retomando el control. Ellos no perdieron tiempo en ejecutar a Matthijs y en masacrar a las personas que lo siguieron. Philips escribe: “Ved, queridos amigos, que tenemos aquí el comienzo y el fin de Elías (Hoffman) y Enoc (Matthijs) con sus misiones, visiones, profecías, sueños y revelaciones“. [Ibid., p.222].

Este grupo violento, por rechazar el bautismo infantil, fue considerado como anabaptista tanto por católicos como por luteranos. Pero, en realidad, eran muy diferentes del movimiento anabaptista principal, que tenía tendencias pacifistas y rechazaba toda suerte de guerras y conflictos. No obstante, los anabaptistas fueron a menudo vilipendiados, y hasta hoy lo son, por haber sido asociados a esos elementos extremistas y al fiasco de Munster. Fue sólo en el siglo XX que su verdadera reputación fue restaurada de esa asociación errónea.

PILGRAM MARPECK

Antes del fiasco de Munster, un líder anabaptista de Alemania Central llamado Pilgram Marpeck, estuvo alertando a sus seguidores a tener cautela en cuanto a los falsos profetas que alegaban haber sido enviados “para establecer algo diferente de lo que Cristo instituyó”. [William Klassen e Walter Klassen (ed. e trans.). The writings of Pilgram Marpeck. Scottdale, PA: Herald, 1978, p.96.] 

Esta era una referencia clara a los extremistas que reclamaban autoridad especial y privilegios en virtud de “sus muchos sueños, visiones y profecías”. Marpeck insistía que “los últimos días” habían comenzado con el ministerio de Cristo, y que los dones carismáticos y los ministerios continuaron entre los fieles desde entonces hasta hoy. Así, una comisión especial de apóstoles superpoderosos de los últimos tiempos no era necesaria. Aquellos que reclamaban tal papel eran falsos profetas engañados por el demonio, engañando a los crédulos y a los ingenuos. [Ibid., pp. 60-1].

Sin embargo, Marpeck deja claro a sus lectores que sus escritos tienen la intención de alertar, y no, “como dicen algunos, de ser pretexto para excluir los milagros y señales”. Él continúa diciendo: “Ni la Escritura jamás confirma esa exclusión”, pues “la mano de Dios ha actuado libremente hasta el día de hoy”. Él entonces menciona a algunos cristianos que fueron martirizados por su fe y luego resucitaron de los muertos milagrosamente:

“Muchos de los cuales han permanecido constantes, aguantando torturas infligidas por espadas, cuerdas, fuego y agua, y sufriendo martirios innombrables, tiránicos y terribles, todos los cuales podrían haber sido esquivados simplemente abjurando de la fe. Además, es maravilloso ver cómo el Dios fiel (que aún desborda su bondad) resucita de los muertos a varios de estos hermanos y hermanas de Cristo después de su ahorcamiento, ahogamiento y otros tipos de asesinato. Hasta los días de hoy, muchos están vivos y podemos oír su testimonio”.   [Ibid., p.50].

Pilgram Marpeck representa a los anabaptistas convencionales, que defendían la continuidad de la verdadera iglesia de los “apóstoles, de los profetas, de los milagros y de los maestros, pero todos bajo Cristo, y en conformidad con su evangelio presente en la Escritura” [Kenneth R. Davis. “Anabaptism as a Charismatic Movement”. Mennonite Quarterly Review, 53, n. 3, 1979, p.225].

Dicho de otra manera, la revelación recibida por la profecía genuina no violaría la revelación ya presentada por la Escritura. La cuestión no es si la Escritura o el Espíritu tiene la prioridad, sino la convicción de que el Espíritu jamás actuaría contrariando la Escritura.   [Oyer. Lutheran reformers against the Anabaptists, p.86].

MENNO SIMMONS

Menno Simons (1496-1561) fue un sacerdote católico de Holanda que se convirtió en un anabaptista en 1535. En 1536, comenzó a reunir en congregaciones a los anabaptistas que estaban esparcidos por el norte europeo. Estas congregaciones se llamaron “menonitas”, después de reconocer que Menno fue su fundador. En su Tratado sobre el bautismo cristiano, Simons demuestra que no se molestaba con el asunto de hablar en lenguas. Él dice que:

“Aunque Pedro fue informado previamente por una visión celestial de que debía ir con los gentiles y enseñarles el evangelio, aún así se negó a bautizar al centurión piadoso, noble y digno y su familia mientras no viera que el Espíritu Santo tuviera descendiendo sobre ellos, de tal manera que hablasen en lenguas y glorificaran a Dios […]. Pedro ordenó que debían ser bautizados sólo aquellos que recibieron el Espíritu Santo, que hablasen en lenguas y que glorificaran a Dios, lo que corresponde sólo a los creyentes, y no a bebés”. [J. C. Wenger (ed.). Complete writings of Menno Simons. Scottdale, PA: Herald, 1965, p.276].

EL LEGADO ANABAPTISTA

La defensa del ideal anabaptista en cuanto a la separación de los poderes de la Iglesia y del Estado secular, se ha convertido en un principio fundamental de la civilización occidental moderna. Su rechazo al uso de la fuerza y la coerción en asuntos de fe, y su insistencia en la libertad de conciencia se ha convertido en un rasgo distintivo de los pueblos y naciones que aman la libertad en todo el mundo. George Williams, antiguo profesor de historia eclesiástica de la Universidad de Yale, dijo:

“Toda la civilización occidental, y todos los que estiman las instituciones y las libertades occidentales, y no sólo los herederos directos de los anabaptistas continentales, o incluso la gran comunidad protestante, deben reconocer su deuda con los valores y la visión de los anabaptistas, que fueron los primeros que percibieron disparidades entre la iglesia y el mundo, aunque éste se reconozca como cristiano.”  [Williams G. Spiritual and Anabaptist writers, p.25].

Están incluidos entre los descendientes directos de los anabaptistas los amish, los huteritas y las iglesias menonitas. Además, su concepto de iglesia-libre influenció a los puritanos separatistas, los bautistas y los cuáqueros. Aún más importante es la influencia carismática que las generaciones siguientes recibieron. El estudioso menonita John H. Yoder dijo que el pentecostalismo “es en nuestro siglo el paralelo más cercano de lo que fueron los anabaptistas en el siglo XVI”. Ciertamente los anabaptistas fueron un movimiento carismático.

Del Libro: Dos Mil años de Cristianismo Carismático. Traducido al español por Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos.

 

 

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El Gran Despertar (1726-1750) – El Gran Avivamiento del Siglo 18

La América Colonial estaba en declive espiritual y moral. Los desafíos de vida de la frontera y las variadas guerras desanimaron a muchos, y la escasez de iglesias y ministros dejó a muchos sin acogida espiritual. Muchas de las iglesias se habían degenerado hasta el punto de ser solamente instituciones religiosas, sin poder para traer un cambio tan vital.

JONATHAN EDWARDS

Jonathan Edwards, pastor de la Iglesia Congregacional en Northampton, Massachusetts, expresó su preocupación por el “fallecimiento espiritual que había en toda aquella tierra” y se dispuso a buscar a Dios para que hubiera un “resurgimiento de la religión” Otros también comenzaron a buscar a Dios diligentemente y, en 1726, un despertar espiritual surgió en varias regiones a lo largo de la Costa Este. Una de las comunidades donde el Espíritu Santo derramó mucho poder fue en Northampton, Massachusetts. De hecho, un sentido de la presencia divina penetró a toda la comunidad. Edwards registra que, durante la primavera y el verano de 1735, “la ciudad parecía estar llena de la presencia de Dios”. El Espíritu estaba trabajando poderosamente “hasta que apenas se podría encontrar a alguien en la ciudad, fuera viejo o jóven, que no estuviera consciente de las grandes realidades del mundo eterno” Jonathan Edwards. [“A Narrative of Surprising Conversions”. Jonathan Edwards on revival. Carlisle, PA: Banner of Truth, 1984, p. 13].

Sin ningún tipo de planificación de enfoque evangélico, “las almas vinieron a Jesucristo de la misma manera que los rebaños”. La iglesia de Edwards se llenó súbitamente con aquellos que experimentaban el fruto del nuevo nacimiento.

“Nuestras asambleas públicas eran bellas en aquella época: la congregación estaba viva en el culto a Dios, todo intento era dirigido a la alabanza pública, todo oyente estaba ávido para beber de las palabras del ministro tan pronto como salían de su boca; la mayoría de los presentes lloraba varias veces mientras la palabra era predicada; algunos lloraban de tristeza y angustia, otros de alegría y amor, otros de compasión y preocupación por las almas de sus vecinos”     [Ibid., p. 14]

Personas de otras comunidades, generalmente se burlaban cuando oían hablar de lo que ocurría en Northampton. Sin embargo, inmediatamente después de entrar en la comunidad, su escepticismo era disipado de forma inevitable por la presencia irresistible de Dios. Cuando los convertidos volvían a sus lugares de origen, cargaban el espíritu del avivamiento con ellos, y así el despertar se esparció.

Fue durante estos días que Edwards predicó su famoso sermón “Pecadores en las manos de un Dios airado”. El arrepentimiento por los pecados tomó a las personas aquel domingo de manera tan poderosa, que los clamores por misericordia encubrieron la voz de Edwards. El infierno se hizo tan real para aquella congregación que algunos se agarraban a los bancos mientras otros se abrazaban a los pilares como para no ser consumidos por las llamas infernales. Ola Winslow, biógrafo de Edwards, escribe que él hizo el infierno “tan real como para ser posible encontrarlo en el atlas” [William Sweet. Revivalism in America. Nova York: Abingdon, 1944, p. 30].

El poder que acompañaba las predicaciones de Edwards no era sólo el resultado de sus temas. El predicar sobre los terrores del infierno no era el único tema de sus mensajes. Él era, en realidad, un sujeto sensible que podría derretirse en lágrimas mientras contemplaba el amor y la misericordia de Dios. Su poder no era fruto de sus habilidades oratorias, pues Edwards generalmente leía sus sermones. El poder de su predicación emanaba de su vida de oración. Él podría pasar días y semanas enteras en oración, y no era raro para él pasar 18 horas orando para predicar sólo un sermón. El resultado fue un avivamiento que no sólo transformó el carácter de su comunidad, sino el de toda la nación.

GEORGE WHITEFIELD

George Whitefield (1714-1770), amigo de los hermanos Wesley, fue un talentoso predicador y comunicador poderoso. Aunque era parte del clero de la iglesia anglicana, no estaba totalmente sujeto a su denominación. En 1739, desembarcó en las colonias inglesas de América y visitó cada rincón de todas las colonias de la Costa Atlántica. Dondequiera que fuese, los comerciantes cerraban sus puertas, los granjeros dejaban su arado, y los trabajadores abandonaban sus herramientas para correr y llegar hasta el lugar donde iba a predicar. En una época en que la población de Boston era estimada en 25 mil personas, Whitefield predicaba a 30 mil en la Boston Commom. Señales y maravillas acompañaban las predicaciones de Whitefield. El poder de Dios se movía espontáneamente por todas las congregaciones cuando hablaba. Otras manifestaciones del Espíritu vendrían a seguir su mensaje. En una ocasión, después de predicar a una gran multitud que estaba fuera de la iglesia, Whitefield la examinó y obtuvo una respuesta impresionante:

A dondequiera que yo mirase, la mayoría estaba inmersa en lágrimas. Algunos estaban abismados, pálidos como la muerte, otros contorsionando las manos, otros caídos en el suelo, otros enterrados en los brazos de sus amigos, y la mayoría mirando al cielo y clamando a Dios[George Whitefield. George Whitefields journals. London: The Banner of Truth Trust, 1965, p. 425].

Benjamin Franklin era amigo cercano de Whitefield. Su testimonio de cuán grande era el poder del avivamiento es sobre todo importante, ya que él no era un cristiano profeso. Él recuerda:

“En 1739 desembarcó entre nosotros el Reverendo Whitefield, que se hizo notable allí como un predicador itinerante. Al principio le fue permitido predicar en algunas de nuestras iglesias, pero el clero empezó a disgustarse con él y ya no le concedía los púlpitos, y él comenzó a predicar en los campos. Grandes eran las multitudes de varios grupos y denominaciones que oían sus sermones, y era motivo de especulación para mí, que era uno de ellos, observar la influencia extraordinaria de su oratoria en sus oyentes. Desde un punto de vista negligente o indiferente sobre religión, parecía que todo el mundo se estaba volviendo religioso, tanto que nadie podía caminar por la ciudad al anochecer sin oír el cántico de salmos en diferentes familias de toda calle.”[Lovejoy. Religious enthusiasm and the great awakening, p. 35.]

Muchas manifestaciones del Gran Despertar serían familiares para los pentecostales y carismáticos modernos. “Caer en el poder”, por ejemplo, no era inusual. Edwards se refiere a ese fenómeno como ‘desmayo’, y describe un culto como estando “lleno de gritos, desmayos y cosas parecidas”. Algunos eran tan afectados y “sus cuerpos tan dominados, que no pudieron ir a casa, y se vieron obligados a quedarse toda la noche donde estaban”. [Jonathan Edwards. “Revival of religion in Northampton in 1740-1742”. Jonathan Edwards on revival. Carlisle, PA: Banner of Truth, 1984, p. 150].

En una ocasión, Edwards regresó a casa para ver la ciudad “en circunstancias extraordinarias” y relató: “[…] en algunos aspectos, nunca la había visto antes. Él recuerda:

“Había ocasiones en que las personas entraban en una especie de trance, manteniéndose muchas veces 24h sin movimiento y con sus sentidos limitados; pero durante ese tiempo ellos se mantenían bajo intensas imaginaciones, como si hubieran ido al cielo y allá hubiesen tenido visiones de cosas gloriosas y encantadoras” [Ibid., p. 154]

Aunque haya recibido y defendido demostraciones externas, como los gritos, los gemidos y las caídas en el poder, Edwards fue incapaz de aceptar la validez de dones espirituales relativos a profecías, lenguas y milagros. Como calvinista convencido, creía que esos “dones extraordinarios” habían cesado con la iglesia apostólica. A partir de esa perspectiva, él habla de un hombre que quedó “engañado”, pensando que el avivamiento era “el comienzo de un tiempo glorioso para la iglesia, tal como está en las Escrituras” y que “muchos en este tiempo estarían dotados con ‘dones extraordinarios’ del Espíritu Santo” [Edwards. “A narrative of surprising conversions”, p.71]. De acuerdo con Edwards, el hombre estaba convencido de esa ilusión, lamentando su error y la deshonra que había traído a Dios. Edwards entonces dice que “El Espíritu de Dios, poco tiempo después, parecía estar retirándose evidentemente de todos los lugares del país”. Edwards interpretó que el Espíritu se había entristecido con la “ilusión” que había ocurrido. Es más probable que el Espíritu estuviera triste con el rechazo a su presencia y a sus dones. Esto parece indicar que había, a veces, manifestaciones de dones carismáticos. Un opositor del avivamiento registró la descripción de un encuentro local. La referencia a las manifestaciones extáticas podría incluir el hablar en lenguas:

“Estos encuentros continuaban hasta las 10, 11, 12 de la noche; en medio de ellos, 10, 20, 30 y a veces muchos más empezarían a gritar o llorar, o expresar gemidos de lamentación, mientras que otros exhibían grandes manifestaciones de alegría, batiendo palmas, emitiendo expresiones extáticas, cantando salmos, invitando y exhortando a otros.” [Lovejoy. Religious enthusiasm and the great awakening, p. 77.]

El avivamiento tuvo implicaciones de largo alcance. Algunos relatos de Nueva Inglaterra mostraban de 30 a 50 mil convertidos y 150 nuevas iglesias. Además, el avivamiento cambió el clima moral de la América Colonial, y generó grandes trabajos misioneros y otros emprendimientos humanitarios. Universidades, como las de Princeton, Columbia y Hampden-Sydney, fueron fundadas para preparar misioneros para las nuevas congregaciones. El avivamiento también contribuyó al sentimiento creciente de independencia política entre los colonos. William Perry, profesor de Harvard, escribe que “la Declaración de Independencia de 1776 fue el resultado de la predicación de los evangelistas del Gran Despertar” [Lawrence LaCour. Lecture on “Ministry of evangelism”. Oral Roberts University, Fall 1989].

Es necesario aclarar que el Gran Despertar ha tenido muchas características de un avivamiento carismático. Aunque Edwards tenía serias reservas sobre la vigencia de los dones del Espíritu, no todos los segmentos del avivamiento compartían esa reticencia.

Autor: Eddie L. Hyatt –  Una mirada del siglo veintiuno a la Historia de la Iglesia, a partir de una perspectiva carismática – Traducido al español por Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos.

¿Te interesa más sobre este AVIVAMIENTO? Puedes leer más en la siguiente entrada: https://diariosdeavivamientos.wordpress.com/2018/01/30/jonathan-edwards-cuando-la-teologia-se-une-con-el-fuego-historia-del-avivamiento/

 

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¿Orar o Murmurar? Esa es la cuestión.

Moisés extendió su mano sobre el mar,  las aguas se dividieron y el pueblo de Dios cruzó en seco. Moisés extendió nuevamente su mano sobre el mar y las aguas se juntaron tragándose al enemigo. Este extraordinario relato lo podemos leer en el capítulo 14 de Éxodo, y en el capítulo siguiente se nos narra el mega concierto que organizaron para celebrar esa victoria:

Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron:  Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.  Jehová es mi fortaleza y mi cántico,  Y ha sido mi salvación.  Este es mi Dios, y lo alabaré;  Dios de mi padre, y lo enalteceré.  Jehová es varón de guerra;  Jehová es su nombre. Echó en el mar los carros de Faraón…  [Éxodo 15:1-4]

Y podemos imaginarnos como si allí estuviesen los directores de alabanza animando al pueblo: ¡que salgan las panderetistas y las danzoras!, que sin coreografía no hay fiesta:

Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas.  Y María les respondía:  Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.   [Éxodo 15:20-21]

Lo más sorprendente del relato es que inmediatamente después de ese mega concierto, cuyo lema bien podría haber sido: “Hasta hoy fuimos una generación de esclavos, pero a partir de ahora seremos una generación de campeones”;  cuando el eco de las panderetas no se había acallado todavía, y el polvo levantado por las danzas aún no se había asentado del todo,  comienzan a suceder estas cosas:

… y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?  [Éxodo 15:22-24]

Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, y vino al desierto de Sin…  Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto;  y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.   [Éxodo 16:1-3]

Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese… Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?    [Éxo 17:1-3]

Dios había cambiado el lamento de Israel en baile, al rescatarlos de la esclavitud de Egipto, pero ahora Israel se enoja con Dios porque la orquesta se detuvo en lo mejor del baile. En realidad, Dios mandó a callar la música, porque quería escuchar las voces de su pueblo; en el silencio del desierto aquellas voces deberían subir como un coro celestial, pero sin música lo que se oyó no fue otra cosa que murmuración. Solemos decir que en el desierto aprendemos a oír la voz de Dios, es verdad, pero en el desierto también se descubre el tono de nuestra voz: oración o murmuración. 

El pueblo de Israel llega sediento a un lugar, el agua que hay allí es amarga, la dificultad ya está planteada, ahora había que resolverla. Instintivamente lo primero que intenta salir de nuestro corazón, de nuestras emociones, y de nuestro razonamiento es la acción de murmurar, hablar entre dientes, quejarnos, rezongar.  Ese instinto no es algo que le cause extrañeza al Señor, Él conoce que nuestro corazón no disciplinado siempre tiende a la queja antes que a la alabanza; así que, a ese primer impulso nuestro, Él lo comprende en su infinita paciencia. El problema es cuando al impulso natural no se le vence, y entonces la murmuración se convierte  en nuestro lenguaje habitual frente a las adversidades. No oramos, murmuramos.

Debemos analizar nuestra reacción ante cada situación adversa, y aprovechar el silencio de ese pequeño desierto,  con la “música apagada”, para escuchar cual es la voz que surge de nuestro corazón. El problema o la dificultad estará allí, seguirá estando aunque nos quejemos por horas o días. ¿Qué es lo único que puede traernos paz, una respuesta y una salida a la dificultad? La murmuración y la queja nunca cambiaron nada para mejor, nunca ganaron una batalla, nunca escribieron relatos gloriosos; pero sí arruinaron muchas vidas:

Y Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: ¿Hasta cuándo oiré esta depravada multitud que murmura contra mí, las querellas de los hijos de Israel, que de mí se quejan?  Diles: Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros.”      [Núm 14:26-28] 

Presta atención a esto: según tú hables a los oídos de Dios así hará Él. Si oras perseverantemente y sin desmayar, buscando su dirección y su auxilio, Él te responderá, 

¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?      [Lucas 18:7]

Pero si en lugar de oración, de tu corazón sale queja, murmuración y protesta, entonces te sucederá como al pueblo de Israel:

En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí. Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella… [Números 14:29-30]

Y quiero que prestes atención a otra cosa muy importante, se dice por ahí que la oración no cambia la voluntad de Dios sino que nos conforma a ella, bien, salvo en casos excepcionales esa es la regla. Pero sí hay algo que cambia la voluntad de Dios, según lo acabamos de leer en ese texto de Números: ¡la murmuración cambia la voluntad de Dios! Observen que Dios les da la sentencia por la murmuración de ellos: “En este desierto caerán vuestros cuerpos… Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra” ¿Esa era la voluntad primera de Dios? No, nunca fue la voluntad de Dios que cayesen muertos en el desierto sin alcanzar la tierra prometida; y no lo digo yo, lo dice Dios mismo en ese texto: “no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella.

La murmuración es tan destructiva para ti y tan repulsiva para Dios, que la Escritura nos muestra que puede hacer que Dios en vez de darte te quite. La oración hace que recibamos aquello que el Señor desea concedernos, la murmuración hace que perdamos aquello que Dios promete concedernos. ¿Por qué es tan grave la queja? Porque la queja le echa la culpa de las circunstancias a Dios, como si Dios se hubiese equivocado, o dormido o descuidado, y que por eso nos pasan esas cosas. Por el contrario, la oración le da gracias a Dios por su propósito en cada situación, aunque al presente no comprendamos dicho propósito.

¿Se acuerdan de Job? Después de todo lo que le aconteció, la Biblia dice: 

En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.   [Job 1:22]

Otras versiones dicen: “no le echó la culpa a Dios” La murmuración, la queja, el rezongo, no es otra cosa que afirmar que Dios no sabe lo que hace, que su obrar no tiene sentido ni propósito. Recordemos que la queja es el lenguaje de la carne, la oración es el lenguaje del espíritu. Damos gracias a Dios que Él nos conoce, sabe que el primer impulso de nuestro corazón es quejarnos, pero en su paciencia nos ejercita para que lleguemos, como nos manda el apóstol Pablo, a orar sin cesar. En un corazón que ora sin cesar ya no hay lugar para la queja, porque de una misma fuente no puede brotar agua dulce y amarga. La queja amarga nuestras palabras, la oración las torna dulces a los oídos del Padre. 

Ante cada situación que enfrentes tendrás dos opciones, ponerte a orar o ponerte a quejar. ¿Es que acaso Dios no sabía que en el desierto no había agua? ¿El Dios que abrió el mar Rojo era incapaz de guiar a su pueblo hasta un arroyo? ¿Es que Dios no sabía cuando sacó a Israel de Egipto que en el desierto no había panaderías? ¿Se le pasó por alto a Dios que en el desierto no había carnicerías? Dios lo sabe todo, no es sorprendido por la adversidad, no improvisa; el que se sorprende eres tú, y el que tiene que actuar eres tú, ¿orarás o murmurarás? Quejándote no vas a cambiar el agua amarga en dulce, la tornarás aún más amarga. Pero la oración endulza lo amargo, y tus lágrimas sinceras ante el Trono de Dios harán descender la lluvia, el maná y las codornices a su tiempo.

El problema está ahí, delante de ti, ahora bien, ¿qué vas a hacer, orar o murmurar? Esa es la cuestión.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 – De la Serie: Porqué nos cuesta tanto orar.

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Agustín contra el Cesacionismo – Capítulo II – Los dones del Espíritu

Seguramente, algunos de los que tanto admiran al gran teólogo y obispo Agustín de Hipona (porque han aprendido cuatro frases de él mediante memes)  creerían que estos textos que voy a compartir lo escribió algún “pente-loco”. Pero no, son sacados textualmente de sus libros. Y es que Agustín, además de ser una mente brillante era un hombre apasionado por la vida plena en el Espíritu [algo así como lo fue después Jonathan Edwards]. Sobra en Agustín lo que falta en mucho de sus admiradores, humildad para reconocer que Dios es capaz de sorprendernos a cada paso, aunque ello implique experiencias fuera de lo común. Por eso Agustín, aún en su madurez espiritual, sigue siendo un aprendiz insaciable y le repite a aquellos que le tienen por maestro: Porque yo quiero más aprender que enseñar [RESPUESTA A LAS OCHO PREGUNTAS DE DULCICIO. 6. BAC]

En el capítulo anterior demostré cómo Agustín sí creía en los milagros, a lo cual algunos me respondieron que “él creía en los milagros pero eso no implicaba que era continuista, pues Agustín no creía en la vigencia de los dones carismáticos“. Bien, para aquellos a quienes les gusta ir a las fuentes, les demostraré por las mismas fuentes que Agustín también creía en la vigencia y operatividad de los dones. Acompáñenme, despojados de todo prejuicio y con serenidad, en este maravilloso viaje por los escritos de Agustín de Hipona: el continuista.

En su libro Ochenta y tres cuestiones diversas, Agustín responde a la pregunta ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? Aquí explica que es Dios quien permite que en ambos casos se produzcan milagros, y que eso también sucede en el presente:

[…] cuanto el alma humana, abandonando a Dios, se llegare a complacer en sus propios honores o en su poder personal, tanto más se somete a tales potestades que gozan de su autonomía propia y codician ser honradas por los hombres como dioses. A las cuales la ley divina permite con frecuencia que a quienes se les han sometido según sus propios méritos, les concedan en la esfera de su autonomía propia incluso algo prodigioso para hacer ostentación en esas cosas en las cuales son superiores al menos en un grado ínfimo, si bien perfectísimamente jerárquico entre las potestades. Pero cuando la ley divina, como derecho público o ley general, lo manda, anula evidentemente las licencias particulares, tanto más que estas licencias particulares no existirían si no fuera por una permisión del poder divino universal. Así se explica que los santos servidores de Dios, cuando es útil tener este don, tienen dominio en virtud de la ley pública, y en cierto modo imperial, que no es otro que el de Dios soberano, sobre las potestades inferiores para hacer algunos milagros visibles. Porque en ellos quien ejerce ese dominio es el mismo Dios, de quien ellos son templo y a quien aman con el amor más ardiente, despreciando su propia autonomía personal. […] 3. En cuanto a lo que dice que los falsos profetas van a realizar muchos signos y prodigios, hasta engañar, si fuera posible, aun a los elegidos, advierte claramente que hasta los hombres perversos hacen algunos milagros que los mismos santos no pueden hacer, y sin embargo no se ha de pensar por eso que ellos están en mejor situación delante de Dios. Porque no eran más gratos a Dios que el pueblo de Israel los magos de los egipcios, porque este pueblo no era capaz de hacer lo que ellos hacían, aunque Moisés había podido obrar prodigios mayores con el poder de Dios. Sino que la razón por la cual no se dan tales poderes a todos los santos es para que los débiles no caigan en un error especialmente funesto, imaginando que en semejantes hechos hay dones mayores que en las obras de santidad, con que se consigue la vida eterna. Por esa causa el Señor prohíbe a los discípulos felicitarse de ello, cuando dice: No queráis alegraros de eso porque se os someten los espíritus, sino alegraos porque vuestros nombres están escritos en los cielos. 4. Puesto que los magos hacen tales prodigios, semejantes a los que a veces hacen los santos, ciertamente aparecen visiblemente como tales, pero son realizados con otro fin y otro principio. En verdad, los primeros los realizan buscando su propia gloria; los segundos, buscando la gloria de Dios; los primeros los hacen por medio de algunas concesiones a las potestades en sus rangos so pretexto de negocios y beneficios privados; los segundos, en cambio, por un servicio público a las órdenes de aquel a quien está sometida toda criatura. […] Por ese motivo, de una forma hacen milagros los magos, de otra los buenos cristianos, y de otra los malos cristianos: los magos en virtud de pactos particulares, los buenos cristianos por el bien común, los malos cristianos por las apariencias del bien común. […] Seguramente, lo ordena una decisión divina sin que lo sepan los hombres, sea para confundir a los malos, cuando es conveniente confundirlos, como leemos de los hijos de Sceva en los Hechos de los Apóstoles, a quienes dice el espíritu inmundo: Yo conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?; sea para recomendar a los buenos que progresen en la fe, y que utilicen tales poderes no por jactancia, sino por utilidad; sea para discernir los dones de los miembros de la Iglesia, como dice el Apóstol: ¿Hacen todos milagros?, ¿tienen todos dones de curaciones?” [San Agustín. Ochenta y tres cuestiones diversas. CUESTIÓN 79 ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? BAC]

En otro libro, Agustín compara la adivinación diabólica con la profecía, y nótese que cuando habla de la profecía lo hace en tiempo presente:

“Con esta facultad tan prodigiosa los demonios predicen muchas cosas, a pesar de que esté bien lejos de la sublimidad de la profecía de Dios, que obra por medio de sus santos ángeles y profetas. Efectivamente, cuando predicen algo sobre los designios de Dios, lo oyen para predecirlo; y cuando predicen lo que oyen de ese modo, ni engañan ni son engañados, porque los oráculos angélicos y proféticos son infalibles y veraces.” [San Agustín. La adivinación diabólica. CAPITULO VI. LA ADIVINACIÓN DIABÓLICA DISTA MUCHO DE LA SUBLIMIDAD DE LA PROFECÍA DIVINA. BAC]

En otro libro, Agustín narra como presenció un estado de éxtasis y visiones:

“Sobre el éxtasis pude oír en este estado a un hombre, y por cierto rústico, que apenas era capaz de decir lo que sentía; éste sabía que estaba despierto y que veía algo, no con los ojos del cuerpo. Usaré de sus propias palabras en cuanto pueda recordarlas. Mi alma, decía, veía aquello, no mis ojos, y, sin embargo, no sabía si aquello era cuerpo o imagen de cuerpo. No era tal que pudiera distinguir estas cosas; pero era tan sencillo en su fe, que así como le oía hablar, me parecía que yo mismo veía aquello que él narraba haber visto.”    [Del Génesis a la letra. Libro XII. 2.4]

En el mismo libro, Agustín afirma la utilidad de los éxtasis y visiones, y la necesidad de usar, entre todos los dones que Dios da, el don de discernimiento de espíritus:

“No es de extrañar que los posesos digan algunas veces verdades que no están al alcance de los sentidos de los hombres. Ignoro ciertamente con qué oculta mezcla de ambos espíritus se hace; esta mezcolanza viene a ser como un solo espíritu de poseedor y poseído. Cuando el espíritu bueno toma o arrebata en estas visiones al espíritu humano, no se ha de dudar en modo alguno que aquellas imágenes sean signos de otras cosas y que es utilísimo conocerlas, pues es un don de Dios. Sin embargo, es difícil el discernimiento cuando el espíritu del mal obra sosegadamente y, habiéndose apoderado del espíritu del hombre sin agitación alguna, dice lo que puede. Cuando dice la verdad y pronostica cosas útiles, se transforma, como está escrito, en ángel de luz a fin de que, creyéndole por aquellas cosas tan evidentemente buenas, seduzca después a obrar las suyas propias. En este caso creo que no se le puede conocer a no ser por aquel don del cual habla el Apóstol cuando trata de los diferentes dones que Dios da: y este es la discreción de espíritu     [Del Génesis a la letra. Libro XII. 13.28]

Más adelante, en el mismo libro, Agustín nos habla de visiones, éxtasis o arrobamientos, y de cómo los cristianos son usados con los dones de palabras de ciencia y profecía:

De dónde nacen las visiones “Procede del espíritu cuando, estando completamente sano y fuerte el cuerpo, los hombres son arrebatados en éxtasis, ya sea que al mismo tiempo vean los cuerpos por medio de los sentidos corporales y por el espíritu ciertas semejanzas de los cuerpos que no se distinguen de los cuerpos, o ya pierdan por completo el sentido corporal y, sin percibir por él absolutamente nada, se encuentren transportados por aquella visión espiritual en el mundo de las semejanzas de los cuerpos. Mas cuando el espíritu maligno arrebata al espíritu del hombre en estas visiones, engendra demoníacos o posesos, o falsos profetas. Si, por el contrario, obra en esto el ángel bueno, los fieles hablan ocultos misterios, y si además les comunica inteligencia, hace de ellos verdaderos profetas; o si, por algún tiempo, les manifiesta lo que conviene que ellos digan, los hace expositores y videntes.”   [Del Génesis a la letra. Libro XII. 19.41]

Por si quedaba alguna duda, Agustín afirma directamente que el Espíritu Santo sigue repartiendo dones carismáticos:

“De hecho hay dones de Dios que Él da a unos, y otros que Él da a otros, según el Apóstol, que dice que a cada uno se le da la manifestación particular del Espíritu para utilidad común: A uno, por ejemplo, mediante el Espíritu se le dan palabras acertadas; a otro, palabras sabias, conforme al mismo Espíritu; a un tercero, fe, por obra del mismo Espíritu; a otro, por obra del único Espíritu, dones para curar; a otro, realizar milagros; a otro, el don de profecía; a otro, discernir espíritus; a aquél, hablar diversas lenguas; a otro, interpretarlas. Pero todo esto lo activa el mismo y único Espíritu, que lo reparte todo, dando a cada uno en particular lo que a Él le parece. De entre todos estos dones espirituales, que el Apóstol ha recordado, el que haya recibido el discernimiento de espíritus, ése es el que sabe estas cosas, de que hablamos, como es necesario saberlas.”  [LA PIEDAD CON LOS DIFUNTOS, AL OBISPO PAULINO. XVI. 20. BAC]

Ahora, Agustín nos afirma con un testimonio que hay personas que tienen el don de profecía.

“Debemos creer que tal fue aquel famoso monje Juan, a quien el emperador Teodosio el Grande consultó sobre el éxito de la guerra civil, porque tenía realmente el don de profecía. Ni puedo poner en duda de que a cada uno pueda distribuirse la totalidad de los dones, como tampoco que uno solo pueda tener muchos. Pues este monje Juan, cuando una mujer religiosísima deseaba impacientemente verlo, y se lo pedía con la mayor insistencia por medio de su marido, como él no quería, porque nunca lo había permitido a las mujeres, le contesta: Vete y di a tu mujer que me verá la noche próxima, pero en sueños. Y así sucedió, y la amonestó cuanto convenía amonestar a una esposa fiel. Cuando ella despertó, indicó a su marido que ella había visto a aquel hombre de Dios, como él lo había conocido, y lo que había oído de él. Esto me lo refirió un varón grave y noble que lo recogió de ellos mismos, y es dignísimo de ser creído. Pero si yo mismo hubiese visto a aquel santo monje, que, como se dice, se dejaba interrogar pacientísimamente, y respondía con la mayor sabiduría, yo le habría preguntado algo que se refiere a esta cuestión que nos ocupa: si él mismo vino en sueños a aquella mujer, esto es, si fue su espíritu en la figura de su cuerpo, como nosotros soñamos en la figura de nuestro cuerpo, o si la visión ocurrió mientras él estaba haciendo otra cosa, o cuando dormía, soñando algo distinto, sea por medio del ángel, sea de cualquier otro modo, y predijo que iba a suceder aquello, como él lo prometía, revelándoselo el Espíritu. Porque, si él  mismo intervino en lo que soñaba, eso lo pudo hacer por una gracia extraordinaria, no por la naturaleza, y por un don de Dios, no por su propio poder. En cambio, si, cuando él estaba haciendo otra cosa, o durmiendo y ocupado en otras visiones, la mujer lo vio en sueños, entonces sucedió tal cual es aquello que leemos en los Hechos de los Apóstoles, cuando el Señor Jesús habla a Ananías de Saulo, y le indica que Saulo ha visto a Ananías, que venía a él, cuando esto el mismo Ananías no lo sabía. […] Finalmente, yo le pediría al mismo Juan si las apariciones se hacen a veces por medio de la presencia personal de los mártires, y otras veces por medio del ministerio de los ángeles, y, si pueden, y con qué signos pueden ser distinguidas estas dos cosas por nosotros, o bien si no es capaz de percibirlas y reconocerlas sino quien tiene aquel don por el Espíritu de Dios, que reparte a cada uno los favores particulares como Él quiere.”    [ San Agustín. AL OBISPO PAULINO. XVII. 21. BAC]

Y por último, un caso más de profecía relatado por el propio Agustín como suceso verídico, en otro de sus libros:

“Lo que voy a decir lo han oído algunos que quizás lo conocieron, y hasta están entre el auditorio, los cuales estuvieron también allí presentes. Sucedió hace pocos años en Constantinopla, siendo Arcadio emperador. Queriendo Dios atemorizar a la ciudad y enmendarla por el temor, convertirla, purificarla y cambiarla, reveló a un fiel siervo suyo, que, según dicen, era un soldado; y le dijo que iba a destruir la ciudad con fuego bajado del cielo, y le amonestó que se lo dijese al obispo. Él se lo dijo; el obispo no lo menospreció y lo comunicó al pueblo. La ciudad se convirtió a penitencia, como en otro tiempo la antigua Nínive. Para que el pueblo no creyese que el que lo había anunciado era un iluso o un falsario, llegó el día que había amenazado, todos pendientes y esperando con gran temor el resultado; al anochecer, cuando ya el firmamento estaba oscuro, apareció una nube de fuego por el oriente, pequeña al principio; después, poco a poco, según se iba acercando sobre la ciudad, crecía de tal manera que el fuego amenazaba de un modo terrible a la ciudad entera. Parecía que una llama horrible estaba suspendida sin que faltase el olor a azufre. Todos se refugiaban en los templos, y los lugares sagrados no podían acoger a las muchedumbres; cada cual exigía el bautismo de quien podía. No sólo en las iglesias; también por las casas, por las calles y plazas pedían el sacramento de la salvación, para evitar la ira no sólo presente, sino también futura. Después de aquella gran tribulación, en la que Dios confirmó la veracidad de sus palabras y de la revelación de su siervo, la nube, lo mismo que había crecido, comenzó a decrecer hasta disiparse poco a poco.”     [La Devastación de Roma. VI. 7. BAC]

Bien, espero que los admiradores de Agustín hayan disfrutado de estos textos y les haya servido para conocerlo más; pues no se puede tomar una doctrina de alguien e ignorar el resto de su pensamiento y creencia. Agustín supo combinar la teología con los sucesos sobrenaturales, sueños, visiones, revelaciones, éxtasis, dones, milagros, etc. Todos sus libros respiran ese anhelo, esa pasión por conocer y experimentar más y más las cosas del Espíritu; Agustín nunca separó la doctrina de la experiencia, para él ambas cosas son fundamentales y no contradictorias en la vida del cristiano, y en la vida plena de la Iglesia.

Artículo, y recopilación de textos de Agustín de Hipona, de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 

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¿Creía san Agustín en el Purgatorio? – Patrística

Una de las corrientes de pensamiento (o perspectiva doctrinal) que se advierte en el estudio de la Patrística, es la que encuentra representada por Tertuliano, para quien el bautismo era el comienzo de la vida cristiana y el final de la vida de pecado, y esto en el sentido más estricto. En el bautismo se lavaban todos los pecados, pero después ya no había posibilidad de perdón (por eso Tertuliano recomendaba bautizarse a una edad adulta, y más tarde otros, como el mismo Constantino, postergaban el bautismo hasta el final de la vida, para evitar el riesgo de pecar después de bautizado). En dos escritos post-apostólicos de gran influencia en la Iglesia primitiva,  el Pastor de Hermas y la llamada Segunda epístola de Clemente (ambos de mediados del S. II), se tocaba este asunto afirmando que después del bautismo solo quedaba una oportunidad más de arrepentimiento y penitencia para los pecados graves, tras lo cual el cristiano ya no sería perdonado de sus pecados y caería en la apostasía. 

“Sin embargo, tal penitencia irrepetible acarreaba varias dificultades. La principal era que dejaba al pecador carente del consuelo y del ministerio de la iglesia durante el largo tiempo entre el pecado y su confesión publica. Ademas, puesto que era un acto de tal solemnidad que no podía repetirse, se le limitaba a los pecados mas graves, y por tanto no ofrecía consuelo alguno a los innumerables cristianos cuya experiencia cotidiana era que, aun después del bautismo, continuaban cometiendo lo que parecían ser pecados menores.”    [González, J. L. Retorno al Pensamiento Cristiano, p. 150]

Para estos pecados que el cristiano cometía después del bautismo se fue desarrollando gradualmente el sistema de “penitencia” con la cual el cristiano podía satisfacer la culpa por sus pecados.

“[…] siempre se hizo una distinción entre el perdón que se recibía en el bautismo, y el de la penitencia. Mientras el primero era dado gratuitamente, el segundo requería que los pecadores ofrecieran satisfacción por sus pecados. […] Pero, una vez que la cuestión del perdón de los pecados se plantea de ese modo, hay otras dificultades. La primera es que hay quienes mueren sin haber tenido oportunidad de ofrecer satisfacción por todos sus pecados. No se trata de pecadores impenitentes, sino que son más bien personas que, a pesar de tener la intencion de cumplir sus obras de satisfacción, mueren sin haberlo hecho. La doctrina del purgatorio se desarrolló en parte como respuesta a esa dificultad.” [González, J. L. Retorno al Pensamiento Cristiano, p. 152]

San Agustín fue influenciado por esta corriente de interpretación teológico legal: pecado = deuda con Dios ⇒ necesidad de satisfacción ⇒ bautismo = perdón por la Gracia de Cristo ⇒ pecados post-bautismo = necesidad de satisfacción ⇒ penitencia = satisfacción de la pena.

Veamos ahora como san Agustín  terminó creyendo en la necesidad de satisfacción post-muerte, para aquellos que habiendo sido cristianos no vivieron en santidad total.  De esta manera era coherente con su postura de la predestinación individual, y a la vez ponía fundamento (queriéndolo o no) para el desarrollo posterior de la doctrina del Purgatorio:

“Quien cultivare este campo interior del alma y consiguiere, aunque con trabajo, su pan, puede soportar este trabajo hasta el fin de la vida; mas después de esta vida no se verá en la precisión de sufrirlo. En cambio, quien no cultivare el campo y permitiere que las espinas le ahoguen, tendrá en esta vida la maldición de su tierra en todas sus obras, y después de esta vida o el fuego de la purificación o la pena eterna; nadie, pues, se escapa de esta sentencia; por lo tanto, se ha de obrar para que a lo menos tan sólo se soporte en esta vida.”    [San Agustín, DEL GÉNESIS CONTRA LOS MANIQUEOS. LIBRO II. Capítulo XX. 30. Traducción: Lope Cilleruelo, OSA]

“Entendamos, si se quiere, en este lugar, aquel fuego del que dirá el Señor a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, de forma que incluyamos en él a estos que edifican sobre el fundamento madera, heno y hojarasca. Mas pensemos que éstos se verán libres de ese fuego, después de atormentados algún tiempo por sus pecados, por los méritos de ese fundamento. ¿Qué debemos pensar de los de la derecha, a quienes se dirá: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado, sino que son aquellos que edificaron sobre el fundamento oro, plata y piedras preciosas? Si, pues, el fuego de que habla el Apóstol al decir: si bien como por el fuego, lo entendemos de este modo, deben ser arrojados a él unos y otros, es decir, los de la derecha y los de la izquierda. Y unos y otros deben ser probados por el fuego del que se dijo: El día descubrirá la obra de cada uno, puesto que será manifestado por el fuego, y el fuego probará cuál sea la obra de cada uno. Si los dos serán probados por el fuego, a fin de que el uno, si sus obras permanecen, es decir, no fueren consumidas por el fuego, reciba el galardón, y el otro, si sus obras ardieren, reciba su castigo, sin duda ese fuego no es eterno. Sólo los de la izquierda serán enviados al fuego eterno para su suprema y eterna condenación. Este fuego de que habla el Apóstol prueba a los de la derecha. Pero los prueba de tal manera que no quema el edificio de unos y quema el de los otros. No quema el edificio de aquellos que han puesto a Cristo por fundamento del mismo. Y así se salvarán todos, puesto que han colocado a Cristo por fundamento y lo han amado con un amor grande. Y si se salvarán, estarán ciertamente a la derecha y oirán con los demás estas palabras: Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado. Y no a la izquierda, donde estarán los que no se han de salvar, que a su vez oirán: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Ninguno de éstos se librará del fuego, porque irán todos al suplicio eterno, donde su gusano no morirá y el fuego no se apagará. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.  Si se dice que el espacio de tiempo que mediará entre la muerte y ese día que, después de la resurrección de los cuerpos, será el último día de la remuneración y de la condenación, las almas estarán expuestas al ardor de un fuego que no sentirán aquellos que no hayan tenido en esta vida costumbres y afecciones carnales dignas de consumir su madera, su heno y su paja; y que quienes han construido un edificio semejante, sentirán el fuego de una tribulación transitoria que abrase, sea allí sólo, sea aquí y allí, sea aquí para que no sea allí, los pecados innumerables, aunque veniales. A esto no me opongo, porque quizá sea verdadero.” [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 26. 3, 4. BAC]

“Hay, pues, la misma razón—repito—para no orar entonces por los hombres destinados al fuego eterno que para no orar, ni ahora ni entonces, por los ángeles malos. Y esa misma se hace extensiva a no orar entonces por los difuntos infieles e impíos, aunque se ore por todos en general. La oración de la Iglesia o de algunos santos es oída para ciertos difuntos, pero sólo para aquellos que, regenerados en Cristo, no vivieron tan mal que se los juzgara indignos de tal misericordia, ni tan bien que no necesitaran de la misma. También después de la resurrección de los muertos habrá algunos a quienes Dios les hará misericordia y no los enviará al fuego eterno, a condición de que hayan sufrido las penas que sufren las almas de los difuntos. Porque no sería verdadero decir de algunos que no se les perdonó en esta vida ni en la otra, si no hubiera otros a quienes se les perdona, si no en esta vida, sí en la otra.”   [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 24. 2. BAC]

Las penas temporales, unos las sufren solamente en esta vida, otros después de la muerte, otros en esta vida y en la otra, pero antes del último y más riguroso de los juicios. No todos los que sufren penas temporales después de la muerte caerán en las penas eternas después del juicio final. Ya hemos apuntado arriba que a algunos se les remitirá en el siglo futuro lo que no se les remite en éste, con el fin de que no sean castigados con el suplicio eterno”.     [San Agustín, La Ciudad de Dios. XXI. 13. 2. BAC]

“Así pues, según la forma de vida que cada uno ha llevado por medio del cuerpo, sucede que, cuando muere el cuerpo, le aprovechan o no los sufragios que se ofrecen piadosamente por él. Porque, si no se ha adquirido mérito alguno en esta vida por el que aprovechan los sufragios, es inútil que se busquen después. De este modo, ni la Iglesia ni la piedad de los fieles derrochan en vano por los difuntos cuanto les puede inspirar el celo de la religión. Y, no obstante, cada uno recibe según lo que obró por medio de su cuerpo, lo bueno o lo malo, porque el Señor da a cada uno según sus obras. Para que pueda serle provechoso después de su muerte lo que se le aplica, es necesario que haya adquirido el mérito durante la vida que llevó en su cuerpo”   [San Agustín, LA PIEDAD CON LOS DIFUNTOS, AL OBISPO PAULINO. I. 2. BAC]

Para Agustín, llamado el “Doctor de la Gracia”, los mártires eran personas que habían alcanzado la perfección de santidad, por eso ellos no necesitaban de satisfacción por sus pecados, pero los demás muertos sí lo necesitaban: 

“Con todo, en esta vida existe una cierta perfección, alcanzada por los santos mártires. A esto se debe el uso eclesiástico, conocido por los fieles, de mencionar el nombre de los mártires ante el altar de Dios, y no para orar por ellos, sino por los restantes difuntos de quienes se hace mención. Es hacerle una injuria rogar por un mártir, a cuyas oraciones debemos encomendarnos nosotros. Él luchó contra el pecado hasta derramar su sangre. A algunos, imperfectos todavía, pero sin duda parcialmente justificados, dice el Apóstol en la carta a los Hebreos: Todavía no habéis resistido hasta derramar vuestra sangre en vuestra lucha contra el pecado”     [San Agustín, Sermón 159, 1. BAC]

Aunque la iglesia Católica, a falta de textos claros en la Biblia, tardó mucho en ponerse de acuerdo sobre la doctrina del Purgatorio y cada vez le va quitando rigor, hasta llegar a afirmar ahora que el purgatorio no es un lugar, ni existe allí el tiempo, así que puede ser un mero segundo

“Recuerde: el purgatorio puede ser instantáneo. De modo que si estuviéramos instantáneamente en la presencia de Cristo luego de la muerte (contrariamente a la ilustración de Cristo de ser llevados por ángeles a nuestro destino), ¿qué hay con eso? Esto no hace diferencia alguna en la posición católica, ya que el tiempo no funciona de la misma manera en el más allá, y el purgatorio podría ser simplemente una transformación instantánea “en un abrir y cerrar de ojos”.  [Revista de apologética católica: Apologeticum, nº 2, abril 2015]

La postura de la iglesia católica es la siguiente:

“Incluso después de perdonada la culpa con el sacramento de la penitencia, quedan penas por descontar o restos de pecados que purificar. Lo demuestra la doctrina católica sobre el purgatorio: las almas de los difuntos, (que han pasado a la otra vida en la caridad de Dios, verdaderamente arrepentidas, antes de haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por las culpas cometidas y por las omisiones) son purgadas después de la muerte con penas purificatorias.” [Diccionario Teológico Enciclopédico, Verbo Divino, Navarra, 1995]

“Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.”    [Catecismo de la Iglesia Católica #1030]

“La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados. La Iglesia ha formulado la doctrina de la fe relativa al Purgatorio sobre todo en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820: 1580). La tradición de la Iglesia, haciendo referencia a ciertos textos de la Escritura (por ejemplo 1ª Co 3, 15; 1ª P 1,7) habla de un fuego purificador: Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquél que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, dial. 4, 39).”    [Catecismo de la Iglesia Católica #1031]

El Concilio de Trento, realizado como respuesta a las tesis luteranas, afirma:

“Si alguien dijere que a cualquier pecador arrepentido, después de haber recibido la gracia de la justificación, se le remite la culpa y se le borra el reato de la pena eterna (reato= obligación que queda a la pena correspondiente al pecado, aun después de perdonado), de modo que no queda reato de pena temporal por satisfacer en este mundo o en el futuro purgatorio, antes de que se le pueda abrir la entrada en el reino de los cielos: sea anatema”    [Concilio Tridentino, sesión VI, canon 30]

Lo que la Iglesia Católica afirma acerca de las experiencias en el Purgatorio está basado no en las Escrituras, (donde no hay referencias directas a ningún tipo de sistema purificador de pecados post-muerte) sino en las visiones de santa Catalina de Génova (1447 – 1510) en su famoso Tratado sobre el Purgatorio.  

“A pesar de lo dicho, sufren estas almas unas penas tan extremas, que no hay lengua capaz de expresarlas, ni entendimiento alguno las puede comprender mínimamente, a no ser que Dios lo mostrase por una gracia especial. Yo creo que a mí la gracia de Dios me lo ha mostrado, aunque después no sea yo capaz de expresarlo. Y esta visión que me mostró el Señor nunca más se ha apartado de mi mente. Trataré de explicarlo como pueda, y me entenderán aquéllos a quienes el Señor se lo dé a entender”    [Santa Catalina de Génova – Tratado del Purgatorio. 5.]

“Los del infierno, habiendo sido hallados en el momento de la muerte con voluntad de pecado, tienen consigo infinitamente la culpa, y también la pena. Y la pena que tienen no es tanta como merecerían, pero en todo caso es pena sin fin. Los del purgatorio, en cambio, tienen solo la pena, pero como están ya sin culpa, pues les fue cancelada por el arrepentimiento, tienen una pena finita, y que con el paso del tiempo va disminuyendo, como ya he dicho.”    [Santa Catalina de Génova – Tratado del Purgatorio. 8.]

Martín Lutero, monje y Doctor en Teología de la orden de los agustinos, contradice al fundador de su orden, y rechaza tal idea de una necesidad de satisfacción de pena post-muerte:

“Es un error mayúsculo querer satisfacer uno por sus pecados, cuando Dios los perdona sin cesar gratuitamente por su inestimable gracia y sin ninguna exigencia a cambio, a no ser la de que en adelante se lleve una vida buena.”   [Martín Lutero, Sermón en forma de tesis, Sobre la Indulgencia y la Gracia. En marzo de 1518]

Quien se encargó de las ventas de Indulgencias para “rescatar almas del Purgatorio”  en Alemania central, fue el domínico Juan Tetzel, de cincuenta y dos años de edad. Y de quien se han escrito por parte de los protestantes las peores cosas; y desde el lado de los católicos algunos se han atrevido a alabarlo como un piadoso hombre de Dios, la Enciclopedia Católica lo califica comoun solido teólogo y monje de comportamiento irreprochableal que solo le sobrabacalor del entusiasmo retórico”. En su “caluroso entusiasmo retórico” decía cosas como estas:

“Las indulgencias no solo salvan a los vivos, sino también a los muertos. Sacerdote, noble, mercader, mujer, muchacha, mozo, escuchad a vuestros parientes y amigos difuntos, que os gritan del fondo del abismo: ¡Estamos sufriendo un horrible martirio! Una limosnita nos libraría de él; vosotros podéis y no queréis darla.”

“¿No oís las voces de vuestros padres y de otros difuntos, que os dicen a gritos: ¡tened misericordia de mí, tened misericordia de mí, al menos vosotros, amigos míos!?… ¿Seréis tan crueles y duros que, pudiendo librarnos ahora con tanta facilidad, no lo queráis hacer y nos dejéis yacer entre las llamas, demorando la entrada en la gloria que nos está prometida?…

“¡Tan pronto como la moneda suena en el cofre, el alma sale del purgatorio!”.

Conclusión:

Aunque Agustín, influenciado por una determinada corriente teológica, haya en forma tímida abierto la puerta para un desarrollo pleno del dogma del Purgatorio, la verdad es que las Escrituras no enseñan tal cosa. El mayor ejemplo lo tenemos en el ladrón crucificado al lado de Cristo, quien arrepentido de sus pecados pidió al Señor que se acordara de él, ¿cual fue la respuesta de Jesús?

Jesús le dijo: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.”   [Lucas 23:43 -Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Si permanecemos en Cristo, somos continuamente perdonados y lavados en su sangre de todo pecado y culpa, 

1ª Juan 1:7-9 Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado. Si decimos: “No tenemos pecado”, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia.       [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Uno de los textos más claros de la Escritura en cuanto a la no existencia de un Purgatorio del tipo que enseña Catalina de Génova y la tradición católica es el siguiente:

1ª Tesalonicenses  4:14-17  Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús.  Os decimos esto como palabra del Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron.  El mismo Señor bajará del cielo con clamor, en voz de arcángel y trompeta de Dios, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.   [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

¿Qué opina la Iglesia Ortodoxa sobre el Purgatorio?

“La enseñanza ortodoxa al respecto no queda clara del todo, y ha ido variando en épocas distintas. En el siglo XVll, varios escritores ortodoxos – de los que destacamos a Pedro de Moghila, y a Dositeo en su Confesión – sostuvieron la doctrina católica romana del Purgatorio, o cosa muy parecida a ello. (Según la enseñanza romana más usual, al menos en el pasado, las almas en el Purgatorio padecen sufrimientos expiatorios, rindiendo así el ‘pago satisfactorio’ por sus pecados). Hoy en día, la mayoría, a no decir la totalidad, de los teólogos ortodoxos rechazan el concepto del Purgatorio, al menos expresado de esta forma. La mayoría tiende a proponer que los fieles difuntos no padecen sufrimiento alguno. Otra escuela de pensamiento mantiene que quizás sufran, pero de ser así, el sufrimiento es de tipo purificador y no expiatorio; ya que cuando fallece una persona en la gracia de Dios, Dios le perdona libremente todos sus pecados sin exigir penas expiatorias; Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es fuente única de nuestra expiación y reparación satisfactoria.”    [Libro: LA IGLESIA ORTODOXA. Obra del Obispo Kallistos Ware.  p. 230]

Como hemos podido observar, tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa han ido cambiando de parecer en cuanto a la doctrina del Purgatorio (la Católica “suavisando” la idea del Purgatorio espantoso que predicaba Juan Tetzel en épocas de Lutero,  y la Ortodoxa desechándola prácticamente). Todo esto por la sencilla razón de que las Escrituras no hablan de ningún fuego purificador para nuestros pecados, pero en cambio sí habla de uno para nuestras obras:

1Corintios 3:13-15 la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que aparecerá con fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego.  Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa.  Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el castigo. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien escapa del fuego.  [Traducción católica: Nueva Biblia de Jerusalén]

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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George Whitefield ¿Predicador o Actor?

En vida, muchas iglesias le cerraron la puerta acusándole de sensacionalista. Probablemente hoy, George Whitefield [o si Dios levantase otro semejante a él] tampoco sería bienvenido en otras tantas. “¡Gritón!” “¡Emocionalista!” “¡Actor!” “¡Showman!” “¡Manipulador!” “¡Payaso!” Estos, y otros muchos más calificativos despectivos, tendría que soportar quien fue el predicador más impactante de todos los tiempos. Pero veamos que nos dice la historia…

La vida y el ministerio de George Whitefield

Viviendo y Predicando como si Dios fuese real (Porque Él es)

John Piper

Traducido por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos – Del libro: The Life and Ministry of George Whitefield: Living and Preaching As Though God Were Real (Because He Is) by John Piper –

Los hechos sobre la predicación de George Whitefield, como evangelista itinerante del siglo 18, son casi increíbles. ¿Estos hechos realmente pueden ser verdad? A juzgar por los diversos testimonios de sus contemporáneos -y por el común acuerdo de los biógrafos, tanto de los que le son simpáticos como antipáticos- ellos parecen ser verdad.

Desde su primer sermón al aire libre el 17 de febrero de 1739, a la edad de 24 años, dirigido a los mineros de carbón de Kingswood, cerca de Bristol, Inglaterra; hasta su muerte 30 años más tarde el 30 de septiembre de 1770, en Newburyport, Massachusetts (donde está enterrado), su vida fue casi de predicación diaria. Las estimaciones apuntan que él habló cerca de 1.000 veces cada año por 30 años. Que incluyeron al menos 18 mil sermones y 12.000 conferencias y exhortaciones.

Hablando más que durmiendo

El ritmo diario que él mantuvo por 30 años hizo que, en muchas semanas, estuviera más tiempo hablando que durmiendo. Henry Venn, párroco de Huddersfield, que conocía bien a Whitefield, se expresó espantado para todos nosotros, cuando escribió:

“¿Quién imaginaría que sería posible para una persona hablar, en el compás de una sola semana (lo que ocurrió por años), en general 40 horas; y en muchas otras, sesenta, y así, a los miles [de oyentes]. Y después de este trabajo, en vez de descansar, estaba ofreciendo oraciones e intercesiones, con himnos y cánticos espirituales; como tenía por costumbre, en cada casa para la cual era invitado”.

Asegúrese de que usted entendió bien. En muchas semanas él estaba realmente hablando (no preparándose para predicar, lo que prácticamente no tenía tiempo para hacer) por 60 horas (60, no 16). Esto es casi seis horas por día, siete días a la semana, en las semanas más tranquilas; y más de ocho horas al día, siete días a la semana, en las semanas más pesadas.

Predicando, predicando y predicando

No he encontrado referencias, en toda mi lectura, para lo que hoy llamamos vacaciones o días de descanso. Cuando él creía que necesitaba recuperación, él hablaba de un viaje oceánico hacia América. Él cruzó el Atlántico 13 veces en su vida – un número impar (no muy común) porque murió y fue sepultado aquí, no en Inglaterra. Los viajes a través del Atlántico llevaban 8-10 semanas cada uno. Y aun así, predicó prácticamente todos los días a bordo del barco. El ritmo era diferente y así él era capaz de leer, escribir y descansar.

Pero en tierra, el ritmo de predicación era incesante. Dos años antes de morir a la edad de 55 años, escribió en una carta: “Yo amo el vigorizante aire libre”. Y al año siguiente, él dijo: “Es bueno recorrer las carreteras y senderos. Predicación en el campo. ¡Predicación en el campo para siempre!” Día tras día, en toda su vida, pasó por todas partes predicando, predicando y predicando.

Hablando a Miles

Y tenga en cuenta que la mayoría de esos mensajes fueron dichos en reuniones de miles de personas – generalmente con dificultades por el viento y los ruidos. Por ejemplo, en el otoño de 1740, por más de un mes, predicó casi todos los días en Nueva Inglaterra para multitudes de hasta 8.000 personas. Esto ocurrió cuando la población de Boston, la mayor ciudad de la región, no era mucho mayor que eso.

Él relata que en Filadelfia, ese mismo año, el miércoles 6 de abril, predicó en la Society Hill (un gran barrio) dos veces por la mañana a unas 6.000 personas y, por la noche, a unos 8.000. El jueves, él habló a “más de diez mil”; y fue contado que en uno de estos eventos, las palabras “Él abrió su boca y les enseñó diciendo” fueron nítidamente escuchadas en el punto de Gloucester, a una distancia de dos millas por encima del agua, bajando el río Delaware .  [¿Usted comprende el por qué digo, que estas cosas están cerca de lo increíble?]. Hubo momentos donde las multitudes alcanzaron 20.000 o más. Esto significaba que el esfuerzo físico para proyectar la voz para tantas personas, por tanto tiempo, en cada sermón, por tantas veces a la semana, durante treinta años; sólo podía haber sido titánico.

Un Sermón poco interrumpido

Añada a todo esto el hecho de que él estaba viajando continuamente, en un tiempo donde las personas se desplazaban únicamente  a caballo, carruaje o barco. Él atravesó a lo largo y a lo ancho de Inglaterra repetidamente. Él viajó regularmente y habló en todo el País de Gales. Él visitó a Irlanda dos veces, donde casi fue muerto por una agresión, a partir del cual cargó una cicatriz en su frente por el resto de su vida. Él viajó 14 veces a Escocia y vino a América 7 veces, parando una vez en Bermuda por 11 semanas – sólo para predicar, no descansar. Él predicó en prácticamente todas las grandes ciudades de la costa este de América. Michael Haykin nos recuerda: “Lo que es tan notable sobre todo eso, es que Whitefield vivió en una época en que viajar a una ciudad a 20 millas de distancia (unos 32 km)  era un emprendimiento significativo.”

C. Ryle resumió la vida de Whitefield así:

“Los hechos sobre la historia de Whitefield son casi enteramente en un solo aspecto. Un año era exactamente igual al otro, y tratar de seguirlo sería apenas repetir su camino sobre el mismo suelo. De 1739 hasta el año de su muerte, 1770, un período de 31 años, su vida fue un trabajo invariable. Él fue eminentemente un hombre de una sola cosa y, esta cosa, siempre fueron los asuntos de su Maestro. Del domingo por la mañana hasta las noches de los sábados, del 1 de enero al 31 de diciembre, con excepción cuando se detenía por enfermedad, él estaba casi incesantemente predicando sobre Cristo; yendo por el mundo llamando a los hombres a arrepentirse y venir a Cristo para ser salvos”.

Otro biógrafo del siglo 19, dijo: “Puede decirse que toda su vida fue destinada a la entrega de un único sermón continuo, o, muy poco interrumpido” .

Un Fenómeno en la Historia de la Iglesia

Él fue un fenómeno no sólo en su época, sino en toda la historia de los 2.000 años de predicación cristiana. No hubo nada comparable con la combinación de la frecuencia de predicación, extensión geográfica, alcance de oyentes, efecto de atrapar la atención, y poder de conversión. Ryle tiene razón: “Ningún predicador jamás mantuvo dominio sobre sus oyentes con tanta entereza como lo hizo por 31 años. Su popularidad nunca declinó”.

Su contemporáneo Augustus Toplady (1740-1778) se refirió a él como “el apóstol del Imperio Inglés”. Él fue el “más popular predicador del siglo XVIII de la Anglo-América; y fue, verdaderamente, el primer reavivalista de masas”. Él fue “la primera celebridad religiosa de la colonia americana”. Pasó ocho años de su vida en América. Él amaba el estilo americano. Él tenía sangre más americana que inglesa.

La primera celebridad de América

Harry Stout resalta: “Mientras las tensiones entre Inglaterra y América crecieron, Whitefield vio que debía hacer una elección. Wesley se quedaría leal a Inglaterra, pero Whitefield no pudo. Sus divergencias institucionales, y su identificación personal con las colonias fueron más fuertes que su lealtad a la corona”.

Las estimaciones son que el 80% de toda la población de las colonias americanas (esto fue antes de la TV o la radio) oyó a Whitefield al menos una vez. Stout muestra que el impacto de Whitefield sobre América fue tal, que él justamente puede ser llamado como el primer héroe cultural de América. Antes de Whitefield, no hubo ninguna persona o evento conocido entre las colonias. En realidad, antes de Whitefield, es dudoso que cualquier otro nombre, además de las realezas, fuera conocido igualmente desde Boston a Charleston. Pero alrededor de 1750 prácticamente todos los americanos amaban y admiraban a Whitefield, y lo vieron como su campeón.

William Cooper, que murió cuando Whitefield tenía 29 años, ya lo llamaba “el fenómeno de la era”.

La Predicación era todo

Todo eso fue el efecto del predicador más enfocado, más envolvente orador, de voz impetuosa, desde el devocional al evangelismo diario; que la historia haya conocido. La predicación significaba todo. Creo que la mayoría de sus biógrafos concuerdan (citando a Stout, biógrafo no muy devoto de Whitefield) que Whitefield demostró indiferencia por su vida personal, su cuerpo y su espíritu. El momento de la predicación dominaba todo y seguía haciéndolo después, pues de hecho no había nada más por lo que él viviese. El hombre íntimo y el hombre familiar habían dejado de existir hacía mucho. En la escena final, sólo había Whitefield en su púlpito.

Poder Natural y Poder Espiritual

¿A qué se debe ese fenómeno? ¿Cuál fue la clave para su poder? En un nivel, su poder fue el poder natural de la elocuencia y en otro, fue el poder espiritual de Dios para convertir a los pecadores y transformar comunidades.

No hay razón para dudar de que él fue el instrumento de Dios, en la salvación de miles. J. C. Ryle dijo:

“Yo creo que el bien directo que él hizo para las almas inmortales, fue enorme. Yo voy más allá – creo que es incalculable. Testigos con credibilidad en Inglaterra, Escocia y América, han dejado registro de su convicción de que él fue el medio para la conversión de miles de personas”.

Whitefield fue el principal instrumento internacional de Dios en el primer Gran Despertar [Primer Gran Avivamiento del S.XVIII]. Nadie más en el siglo 18 fue ungido como él en América, Inglaterra, Gales, Escocia o Irlanda. Esta predicación no fue un fuego de paja. Cosas profundas y duraderas acontecieron.

Su efecto sobre Edwards y Wilberforce

En febrero de 1740, Jonathan Edwards envió una invitación a Whitefield, en Georgia, pidiéndole que predicara en su iglesia. El 19 de octubre, Whitefield registró en su Diario personal: “Prediqué esta mañana, y el buen señor Edwards lloró durante todo el tiempo de mi oficio. Las personas también se vieron afectadas”. Edwards informó que el efecto del ministerio de Whitefield era más que momentáneo – “En cerca de un mes, hubo un gran cambio en la ciudad”.

El impacto de Whitefield, de los Wesley, y del Gran Reavivamiento [Gran Despertar] en Inglaterra cambiaron la cara de la nación. William Wilberforce, que lideró la lucha contra el tráfico de esclavos en Inglaterra, tenía 11 años cuando Whitefield murió. El padre de Wilberforce había muerto cuando él tenía 9 años, y pasó a vivir por un tiempo con sus tíos William y Hanna Wilberforce. Esta pareja tenía una buena amistad con George Whitefield.

Este fue el aire evangélico que Wilberforce respiró antes de que se convirtiera. Y después de su conversión, la visión de Whitefield del Evangelio fue la verdad y la dinámica espiritual que impulsaron la batalla a lo largo de la vida de Wilberforce contra el tráfico de esclavos. Este es sólo un pequeño vislumbre del impacto duradero de Whitefield, y el despertar que él proporcionó.

Entonces no tengo duda de que Henry Venn estaba en lo cierto cuando dijo: “[Whitefield], no mucho después de haber abierto su boca como predicador, Dios ordenó una bendición extraordinaria sobre su palabra”.  Entonces, a esta altura, la explicación del impacto fenomenal de Whitefield fue la excepcional unción de Dios en su vida.

Sus dones de oratoria innatos

Pero por otro lado, Whitefield cautivaba a las personas que no creían en una sola palabra doctrinal de lo que él decía. En otras palabras, tenemos que estar de acuerdo sobre los dones de oratoria naturales que tenía. ¿Cómo debemos pensar sobre estos en relación a la eficacia de él? Benjamin Franklin, que amaba y admiraba a Whitefield -y que rechazó totalmente su teología- dijo:

“Cada acento, cada énfasis, cada modulación de la voz, era tan perfectamente bien pronunciada y bien colocada, que sin estar interesado en el asunto, no se podría dejar de deleitarse con el discurso: un placer bien parecido a lo que se siente con una excelente pieza musical”.

Prácticamente todos concuerdan con Sarah Edwards, cuando ella escribió a su hermano sobre la predicación de Whitefield:

“Él es un orador nato. Tú ya debes haber oído hablar de su voz profunda y tonificada, pero clara y melodiosa. ¡Es una música perfecta para oír sola!… Tú recuerdas que David Hume decía que valía la pena ir a 20 millas para oírlo hablar; y Garrick [un actor que envidiaba estos dones de Whitefield] dijo: “Él podía conducir a los hombres a las lágrimas pronunciando la palabra Mesopotamia”. Es verdaderamente maravilloso ver el encanto que este predicador muchas veces extiende sobre los oyentes, proclamando las verdades más simples de la Biblia”.

Y entonces, ella levantó la cuestión que ha causado tanta controversia en torno a Whitefield en sus últimos 15 años. Ella dice:

“Una persona prejuiciosa, lo sé, puede incluso decir que todo esto es artificio teatral y exhibición; pero nadie que lo haya visto y conocido va a pensar así. Él es un hombre muy devoto y piadoso, y su único objetivo parece ser el de alcanzar e influenciar a los hombres de la mejor manera. Él habla con el corazón. Todo sale con amor, y él derrama un torrente de elocuencia que es casi irresistible”.

Harry Stout, profesor de historia en la Universidad de Yale, no estaba tan seguro de la pureza de las motivaciones de Whitefield, como Sarah Edwards. Su biografía The Divine Dramatist: George Whitefield and the Rise of Modern Evangelicalism, [El Dramaturgo Divino: George Whitefield y el Surgimiento del Evangelicalismo Moderno] es la pieza más bien sustentada de cinismo histórico que he leído. En las primeras 100 páginas de este libro, anoté la palabra cínico en el margen 70 veces.

¿”El actor consumado”?

Pero el desafío precisa ser enfrentado. Y creo que si nosotros miramos atentamente, lo que encontramos es algo más profundo de lo que Stout encontró. Stout alega que Whitefield nunca dejó atrás su amor por la actuación y su habilidad como actor, en el que ya se destacó en su juventud antes de su conversión. Así, él dice que la clave para comprenderlo es “la amalgama de predicación y de la actuación”. Whitefield era “el actor consumado”. “La fama que él buscaba era… ser un actor comandando en el centro del escenario”. “Whitefield no se contentó con hablar simplemente sobre el nuevo nacimiento. Él tuvo que venderlo con todo el artificio dramático de un vendedor ambulante”. “Lágrimas derramándose de Whitefield… gesto psicológico”. “Whitefield se convirtió en un actor-predicador, en lugar de un erudito-predicador”.

Y, por supuesto, esta última afirmación es verdadera, en cierto modo. Él era un actor-predicador en oposición a un erudito-predicador. Él no era un Jonathan Edwards. Él predicaba totalmente sin notas, y su púlpito móvil se adecuaba más a un montículo que a un púlpito tradicional. Al contrario de la mayoría de los predicadores de su época, él era lleno de acción cuando predicaba. Cornelius Winter, joven asistente de Whitefield en años posteriores, dijo:

“Yo casi nunca lo vi pronunciar un sermón sin llorar. A veces él lloraba mucho, sollozando alto y apasionadamente, y era a menudo tan intenso, que, por algunos segundos, usted sospechaba que él nunca podría recuperarse; y cuando lo hacía, naturalmente era necesario algún tiempo para recomponerse”.

Y otro contemporáneo de Escocia, John Gillies, relató cómo Whitefield se movía con “tanta vehemencia en su estructura corporal” que su público realmente compartía su agotamiento y “sentía una temor momentáneo por su vida”.

Por lo tanto, en cierto sentido, no tengo ninguna duda de que Whitefield estaba “actuando” mientras él predicaba. Esto es, que él estaba tomando parte de los personajes del drama de su sermón, y desplegando toda su energía en hacerlo con realismo. Como cuando asume el papel de Adán en el jardín y le dice a Dios: “Si tú no me hubieras dado esta mujer, yo no habría pecado contra ti, por lo que puedes agradecerte a ti mismo por mi transgresión”.

¿Por qué estaba actuando?

Pero la cuestión es: ¿Por qué Whitefield “actuaba”? ¿Por qué era tan lleno de acción y drama? ¿Estaba él, como Stout afirma: “ejerciendo un comercio religioso”? ¿Deseando “fama espiritual”? ¿Buscando “respeto y poder”? ¿Impulsado por el “egoísmo”? ¿Introduciendo “performances”, e “integrando el discurso religioso al lenguaje de consumo emergente”?

Creo que la respuesta más penetrante viene de algo que el propio Whitefield dijo sobre actuar en un sermón, en Londres. En realidad, creo que es la clave para comprender el poder de su predicación -de todas las predicaciones. James Lockington estaba presente en este sermón y lo registró por escrito. Las palabras son de Whitefield:

“Yo les voy a contar una historia. El Arzobispo de Canterbury, en el año 1675, era conocido del Sr. Butterton, el [actor]. Un día, el Arzobispo le dijo a Butterton: ‘Por favor, dígame Sr. Butterton, ¿por qué ustedes, los actores del escenario, consiguen afectar a sus audiencias hablando de cosas imaginarias, como si fuesen reales; mientras que nosotros los de la iglesia, que hablamos de las cosas reales, tenemos nuestras congregaciones apenas escuchándolas, como si fuesen imaginarias?’. ‘La razón del porqué, señor mío’, dice Butterton, ‘es muy simple. Nosotros, actores del escenario, hablamos de cosas imaginarias como si fueran reales; y ustedes, en el púlpito, hablan de cosas reales como si fueran imaginarias'”

“Por lo tanto”, agregó Whitefield, “voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Esto significa que existen tres maneras de hablar. Primero, usted puede hablar de un mundo imaginario irreal como si fuera real -esto es lo que los actores hacen en una pieza. En segundo lugar, usted puede hablar sobre un mundo real como si fuera irreal – que es lo que los pastores fríos e indiferentes hacen cuando predican sobre cosas gloriosas, de una forma que demuestra que no están tan aterrorizados y maravillados por las cosas que hablan. Y el tercero es: Usted puede hablar sobre un mundo espiritual real, como si fuese maravilloso, terrible y magníficamente real (porque, en realidad, lo es).

La Diferencia entre los Actores

Entonces, si usted preguntara a Whitefield: “¿Por qué usted predica de esta manera?”, Él diría: “Yo creo que lo que yo leo en la Biblia, es real”. Entonces, me aventuraré en esta afirmación: George Whitefield no es un actor reprimido, conducido por un amor egoísta por la atención. Por el contrario, él es conscientemente comprometido en diferenciarse de los actores, porque él conoció algo que es realmente verdadero.

Él actuaba con toda su fuerza, no porque eso demandaba grandiosos trucos y charadas para convencer a las personas de lo irreal; sino porque él había conocido algo mucho más real, de lo que los actores de los escenarios de Londres ya habían visto. Para él, las verdades del Evangelio eran tan reales -tan maravillosa, terrible y magníficamente reales- que él no podía, y no iría a predicarlas como si fueran cosas irreales o meramente interesantes.

Actuando al servicio de la realidad

No era una actuación reprimida, ni fue actuación libre. Él no estaba actuando al servicio de la imaginación, él estaba actuando al servicio de la realidad. No era tomar lo irreal como si fuera real. Fue tomar la súper realidad de esta verdad, de forma impresionantemente pura, e increíblemente real. No fue actuación. Fue una representación apasionada de la realidad. No fue un potente microscopio usando todo su poder para hacer que lo que es pequeño, apareciese como algo increíblemente grande. Este fue un telescopio desesperadamente inadecuado, invirtiendo todo su poder para ofrecer una pequeña sensación de la majestad, de lo que muchos predicadores veían como siendo cansino e irreal.

No hay ningún desacuerdo en cuanto a que Dios usa vasos naturales, para demostrar su realidad sobrenatural. Y no hay desacuerdo de que George Whitefield era un vaso maravillosamente natural. Él era centrado, afable, elocuente, inteligente, comprensivo, honesto, determinado, aventurero, y tenía una voz como la de una trompeta, que podía ser escuchada por miles al aire libre –y a veces a una distancia de dos millas. Todo esto, me atrevería a decir, sería parte de los dones naturales de Whitefield, aunque incluso si él nunca hubiera nacido de nuevo.

Whitefield nace de nuevo

Pero algo aconteció, que hizo que todos esos dones naturales de Whitefield fueran subordinados a otra realidad. Eso hizo que todo aquello operara en otra dimensión – para la gloria de Cristo en la salvación de los pecadores. Era la primavera de 1735. Tenía 20 años. Él formaba parte del Club Santo en Oxford, con John y Charles Wesley, y la búsqueda de Dios estaba totalmente disciplinada.

“Yo siempre elegía el peor tipo de comida… Yo ayunaba dos veces por semana. Mi apariencia era despreciable… Yo usaba guantes de lana, ropa remendada y zapatos sucios… Yo constantemente caminaba por las mañanas frías hasta que una parte de una de mis manos estuviese oscura… Apenas podía arrastrarme hacia el piso de arriba. Era obligado a informar a mi tutor… quien me enviaba inmediatamente a un médico”.

Él tuvo una pausa en la escuela, y entonces llegó a sus manos una copia del libro del Puritano Henry Scougal, The Life of God in the Soul of Man [La Vida de Dios en el Alma del Hombre]. Aquí está descrito lo que sucedió, en sus propias palabras:

“Debo dar testimonio a mi viejo amigo, el señor Charles Wesley, que colocó un libro en mis manos llamado, The Life of God in the Soul of Man, por el cual Dios me mostró que debo nacer de nuevo o ser condenado. Yo sé el lugar: puede parecer supersticioso, tal vez, pero siempre que voy a Oxford, no puedo dejar de correr hacia el lugar donde Jesucristo, primero se reveló a mí y me dio el nuevo nacimiento. [Scougal] dice: un hombre puede ir a la iglesia, hacer sus oraciones, recibir el sacramento y, aun así, mis hermanos, no ser un cristiano. Así como mi corazón se exaltó, de la misma forma se compungió. Como un pobre hombre que tiene miedo de mirar en su cuaderno de cuentas, temeroso por descubrirse en quiebra. ¿Debo yo, quemar este libro? ¿Debo arrojarlo lejos? ¿Debo ponerlo de lado o debo abrirlo y examinarlo? Yo lo hice, y, sosteniendo el libro en mi mano, me dirigí al Dios del cielo y de la tierra: Señor, si yo no soy un Cristiano, si yo no soy realmente, por el amor de Jesucristo, muéstrame lo que el Cristianismo es, para que yo no sea condenado al final. Yo leí un poco más y el fraude fue descubierto. ¡Oh, dice el autor, los que saben alguna cosa sobre la religión, saben que es una unión vital con el Hijo de Dios; Cristo habitando en el corazón! ¡Oh, qué forma divinamente quebrantadora de vida cubrió mi pobre alma…! ¡Oh! Que alegría -alegría indescriptible- me embargó, y con grande gloria, mi alma fue llena”.

El poder, la profundidad y la realidad sobrenatural del cambio de Whitefield, fue algo que Harry Stout no retrató lo suficiente. Lo que sucedió allí fue que a Whitefield le fue dada la habilidad sobrenatural de ver lo que era real. Su mente fue abierta a la nueva realidad. Aquí está la manera de describirla:

“Por encima de todo, mi mente ahora está más abierta y expandida. Yo empecé a leer las Sagradas Escrituras sobre mis rodillas, dejando de lado todos los demás libros y orando, si es posible, cada línea y palabra. Esto fue, de hecho, como comida y bebida para mi alma. Yo diariamente recibía frescura de vida, luz y poder de las alturas. Yo obtuve más conocimiento de la verdad por la lectura del Libro de Dios en un mes, de lo que yo jamás podría haber adquirido de todos los escritos de los hombres”.

Esto significa que la actuación de Whitefield -su predicación apasionada, enérgica y completamente salida del alma- fue el fruto de su nuevo nacimiento, porque su nuevo nacimiento le dio ojos para ver “vida, luz y poder de las alturas”. Él vio los hechos gloriosos del Evangelio como siendo reales. Maravillosos, terribles, y magníficamente reales. Y es por eso que él clama: “Yo no voy a ser un predicador de boca de terciopelo”.

Ninguna de sus habilidades naturales desapareció. Todas ellos fueron hechas cautivas a la obediencia a Cristo (2ª Corintios 10: 5). “Que mi nombre sea olvidado, que yo sea colocado bajo los pies de todos los hombres, si Jesús fuese así glorificado”.

Luchando contra el Orgullo. Confesando la locura

Por supuesto que él luchó contra el orgullo. ¿Quién no lucha contra el orgullo? -orgullo porque somos alguien u orgullo porque queremos ser alguien. Pero lo que el registro muestra es que él luchó con bravura esa pelea, declarando muerte, una a una, todas las veces que era atraído por la vanidad de la alabanza humana. “Es difícil”, dijo, “atravesar el fuego ardiente de la popularidad y de la exaltación por los aplausos”.

“Elogios”, escribió a un amigo, “o hasta la misma insinuación de admiración, son un veneno para una mente viciada en orgullo. Un clavo no se hunde tanto como cuando está bañado en aceite… Ore por mí, querido señor, y cure las heridas que usted hizo. Sólo a Dios la gloria. A los pecadores nada, excepto la vergüenza y la aflicción”.

Él confesó públicamente las tonterías y los errores que cometió en sus primeros años. Él confesó a un amigo en 1741: “Nuestros pensamientos más santos son manchados por el pecado y necesitan la reparación expiatoria del Mediador”. Él se lanzó sobre aquella gracia gratuita, que él predicaba de forma tan poderosa:

“Yo no soy nada, yo no tengo nada y no puedo hacer nada sin Dios. Y lo que aun todavía puedo hacer, lo hago como un sepulcro que parece ser un poco más bonito después de pulido. Pero, sin embargo, internamente estoy lleno de orgullo, amor a mí mismo y todo tipo de corrupción. Pero, aun así, por la gracia de Dios soy lo que soy, y si es del agrado de Dios hacerme un instrumento para lo que es bueno, incluso de forma mínima, entonces que no sea a mí, sino a Él, toda la gloria”.

Haciendo que las cosas reales sean reales

Entonces, Whitefield tuvo una nueva naturaleza. Él había nacido de nuevo. Y esta nueva naturaleza le permitió ver lo que era real. Whitefield sabía en su alma: Yo nunca hablaré de lo que es real como si fuese imaginario. No seré un predicador de boca de terciopelo. Él no abandonó la actuación. Él desenmascararía a los actores en su predicación, porque éstos sí, se convirtieron en actores para hacer que las cosas imaginarias parecieran reales, pero él era un predicador-actor para hacer que las cosas reales reflejen lo que realmente son.

Él no pausaba su predicación para tener un poco de drama adicionado – como algunos predicadores hacen hoy, pareciendo un poco como un sketch, un poco como el clip de una película -porque eso le habría hecho perder todo el objetivo. Predicar fue la obra. La predicación era el drama. La realidad del Evangelio lo consumió y esto se tornó su testimonio. La predicación se tornó en sí la activa palabra de Dios. Era Dios hablando. La realidad no estaba simplemente siendo mostrada, la realidad estaba aconteciendo.

Sin actuar en el sentido teatral

Al final, esto significa que la “actuación” de Whitefield no era actuación en el sentido teatral de la palabra. Si una mujer tiene un papel en una película, y por ejemplo, ella es madre de un niño que está en una casa en llamas y, una vez que las cámaras se centran en ella, ella comienza a gritar a los bomberos y apunta a la ventana en el segundo piso, todos nosotros diremos que ella está actuando. Pero si una casa está prendiéndose fuego en su barrio, y usted ve a una madre gritando a los bomberos y apuntando a la ventana del segundo piso, nadie dirá que ella está actuando. ¿Por qué no se parecen ellas exactamente igual?

Es porque realmente hay un niño allá arriba, entre el fuego. Esta mujer es realmente la madre del niño. Hay un peligro real y el niño podría morir. Todo es real. Y era de esa misma manera para Whitefield. El nuevo nacimiento le había abierto los ojos para lo que era real, y para la magnitud de lo que era real: Dios, la creación, la humanidad, el pecado, Satanás, la justicia divina y su ira, cielo, infierno, encarnación, las perfecciones de Cristo, su muerte, expiación, redención, propiciación, resurrección, el Espíritu Santo, la gracia salvífica, el perdón, la justificación, la reconciliación con Dios, la paz, la santificación, el amor, la segunda venida de Cristo, los nuevos Cielos y la nueva Tierra, la alegría eterna… Estos eran reales. Abrumadoramente reales para él. Él había nacido de nuevo. Él tenía ojos para ver.

Cuando él advirtió sobre la ira y llamaba a las personas para que escaparan, para que exaltaran a Cristo; él no estaba actuando. Él estaba incorporando tales formas de emociones y de acciones que correspondían con esas realidades. Eso es lo que la predicación hace. Es una búsqueda por exaltar a Cristo, describir el pecado, ofrecer la salvación; y persuadir a los pecadores con emociones, palabras y acciones que representen el peso de tales realidades.

Si usted ve estas realidades con los ojos de su corazón, si usted siente el peso de ellas; usted sabrá que ese tipo de predicación no se escenifica. La casa está en llamas. Hay personas atrapadas en el segundo piso. Nosotros las amamos. Y hay una manera de escapar.

“Yo no conozco ninguna otra razón por la cual Jesús me colocó en el ministerio, sino por ser yo el mayor de los pecadores, y por lo tanto, el más apto para predicar la gracia libre a un mundo que yace bajo el maligno”. [George Whitefield]

“voy a gritar [gritar bien alto]. No voy a ser un predicador de boca de terciopelo” [George Whitefield]

By John Piper – Traducido al español por Gabriel E. LLugdar para Diarios de Avivamientos

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El ministerio no es por contagio

Ya una vez dentro de  la sala de cirugía, minutos antes de ser sometido a una operación; una mujer de rostro sonriente me comunica que la intervención la realizará ella pues el doctor ha tenido que ausentarse por fuerza mayor. -Ah, bien, le respondo, me es indistinto, confío en que usted es una buena doctora, como todos los que egresan de la Facultad de Medicina. – No, no, yo no estudié, ¡pero soy la esposa del cirujano!

Este ejemplo puede sonar extravagante o ridículo,  pero si lo llevamos al plano de lo que está sucediendo en la Iglesia veremos que el ejemplo no resulta tan absurdo, en España hay un dicho popular que reza así: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma opinión”. Esta observación de la sabiduría popular la aplicaré a lo que parece ser el pensamiento de muchos creyentes en la actualidad: “dos que duermen en un colchón, terminan siendo de la misma unción”. Pues de lo contrario no se explica esta moda de imponerle al cónyuge el mismo ministerio de su esposo.

Recuerdo que una vez me expresaron el malestar que había en una congregación, pues la esposa del que prontamente sucedería en el cargo de pastor principal “no demostraba vocación de pastora”. Es decir, se le exigía a esta pobre hermana que tuviese el mismo ministerio que su esposo, de lo contrario llevaría su “falta de vocación pastoral” como un estigma. ¿Y cual es el fundamento bíblico para tal aberración? Ninguno. ¿Era la esposa del apóstol Pedro una “apóstol”? Sabemos lo que nos narra Pablo, en 1ª Corintios 9:5

¿No tenemos derecho a traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?

 Los apóstoles que tenían esposa viajaban con ellas, unas veces por causa de la persecución, otras por causas de visitar a las iglesias que se estaban fundando; pero a ninguna de estas mujeres se les adjudicó el título o autoridad ministerial de sus esposos; ni las epístolas las firmaban a dúo. ¿O la mujer del evangelista tiene que ser evangelista, la del maestro, maestra; la del profeta, profetisa;  la del diácono, diaconisa, etc.?

A Catalina, la esposa del Dr. Martín Lutero, ¿se la llamaba pastora o doctora en teología en función de lo que era su marido? No. Desde luego que él cariñosamente le llamaba “mi doctora”; pero en la Iglesia ella nunca reclamó liderazgo alguno. Sin embargo, como era sabia para los negocios se dedicaba a la  administración de la hacienda familiar, por eso Lutero cuando le escribe cartas la llama: “A mi amable y querida Kethe Lutherina, cervecera y juez en el mercado porciuno de Wittenberg”. [ A Catalina Bora. Halle, 25 enero 1546] – “A mi cordialmente querida Catalina Lutherina, doctora, zulsdorferina, comerciante en cerdos y cuantas más cosas pueda haber” [Carta del 1 febrero 1546]. 

Ni la de esposa de Calvino, ni la de Arminio, ni las de Wesley, Spurgeon, Moody, Finney, A. W. Tozer, Ravenhill, y un largo etc., jamás reclamaron título alguno. Y esto no tiene nada que ver con reivindicaciones de derechos de género, cualquiera sabe que entre los anabaptistas las mujeres ejercían liderazgo sin problemas, al igual que en el movimiento Metodista wesleyano. Y en toda la historia del Movimiento Pentecostal las mujeres han trabajado codo a codo con los hombres, y en muchos aspectos ellas han sido pioneras. Pero de ahí, a esta moda de “ministerio matrimonial”, hay un abismo y una imposición.

Puedo respetar mucho a la esposa de mi pastor, pero eso no conlleva que deba considerarla mi líder espiritual, o una autoridad a la cual debo someterme incuestionablemente. Cuando me preguntan si creo que el ministerio de Profeta sigue vigente, respondo que bíblicamente e históricamente puedo afirmar con un rotundo sí. Y me refiero a profetas que son esencialmente predicadores de convicción, no a los delirantes que se la pasan viajando al tercer cielo, anunciando que un meteorito caerá en las próximas 24 horas; o inventando doctrinas extrañas que soñaron cuando se acostaron a dormir, después de haberse engullido tres hamburguesas dobles.

Si les da escozor usar el término Profeta, usen el de “voces proféticas”, aquellos que cuando predican [solamente las Escrituras] nuestro corazón es traspasado por la convicción. Y cuando me preguntan porqué no hay profetas en la actualidad, respondo porque no nos hacen falta, ya tenemos a la esposa del pastor que decide el rumbo a seguir. Es doloroso pero es la verdad. ¿Ustedes creen que un profeta se someterá a la voluntad de alguien simplemente porque ese alguien es la esposa del pastor? Hoy los “profetas” que triunfan son aquellos que les “profetizan” al matrimonio pastoral que Dios les dará cosas gloriosas, que les entregará a sus pies el barrio, la ciudad, y la galaxia también. ¡Pero ay del Profeta que se le ocurra decir que el rumbo que está tomando la iglesia está equivocado! ¡Ay del profeta que no le caiga en gracia a la “pastora”! Cuando Acab perseguía a Elías, este lo enfrentó, lo desafío, e hizo caer fuego del cielo  [1ª Reyes 18]. Pero cuando se enteró de esto la esposa de Acab…

1ª Reyes 19:1-4 Acab dio a Jezabel la nueva de todo lo que Elías había hecho, y de cómo había matado  espada a todos los profetas.  Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos.  Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Jezabel, después de escuchar a su marido, fue y por su propia cuenta le envió un “mensajito” al profeta, y este (que acababa de hacer caer fuego del cielo) tuvo que salir huyendo.

Que nadie piense que estoy generalizando, la historia de las pioneras y mujeres pentecostales es fascinante, pero en estos últimos tiempos estamos peligrosamente caminando por la cornisa. Creo que esta es la razón por la cual ahora, los auto-proclamados “apóstoles” nombran a sus esposas también como “apóstol”, o “profeta”; porque de esa manera le confieren autoridad indiscutible. Nadie puede contradecirlas, pues están en una posición espiritual de autoridad superior; por decirlo de otra manera, se rascan el oído mutuamente, y así se libran de los indeseables que los confrontan (de los Elías).

Los dones ministeriales son, según Efesios 4:11

Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros…

Cualquier congregación que pretenda poner bajo la sujeción de la esposa del pastor a los misioneros, a los maestros, a los evangelistas o a los profetas; se convierte en un monopolio familiar y no en una iglesia.

Observen tan siquiera los “grandes ministerios” que han surgido últimamente, los dos son apóstoles, o él es apóstol y ella profeta, ¡el control absoluto de la congregación está garantizado! Es el absolutismo más obsceno, pues con toda desfachatez se reparten entre ellos los ministerios de  “apóstoles” y “profetas” para gobernar monárquicamente a la Iglesia. El reparto de liderazgo entre los familiares se llama nepotismo, y en un tiempo la iglesia Católica Romana lo practicó mucho. Esta práctica fue una de las cosas que condenó la Reforma Protestante, por eso los católicos se vieron obligados a parar el escándalo en el Concilio de Trento. Pero como los evangélicos siempre nos quejamos de Roma y sin embargo la imitamos en todo, esto ha resurgido entre nosotros.

La esposa del pastor puede, y debe ser, reina en su hogar; pero en la Iglesia no reina. El gobierno lo constituyen y lo ejercen los ministerios dados por Dios. Si se preguntan las causas, por las cuales la mayoría de las congregaciones no tienen evangelistas [ministerio a tiempo completo], profetas [ministerio a tiempo completo], o maestros [ministerios a tiempo completo], es porque el gobierno de la congregación se reduce al círculo íntimo del pastor y nada más. Esto da por resultado que muchos pastores estén agotados, y le echen la culpa de la falta de obreros a los mismos creyentes; cuando en realidad son ellos mismos los que están poniendo un freno al desarrollo de nuevos ministerios. Si no estás dispuesto a compartir la autoridad, no esperes compromisos de responsabilidad en los demás. Si todo el liderazgo de autoridad de tu congregación, queda reducido a un grupo familiar exclusivo, entonces no esperes que lluevan obreros del cielo.

Recuerden estimados hermanos, los ministerios son dados por Dios, son paralelos en autoridad, no son piramidales, y por último, no son hereditarios ni se contagian por dormir juntos.

Artículo de Gabriel Edgardo Llugdar para Diarios de Avivamientos y Diarios de Avivamientos Pentecostal – 2018

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