Apóstatas ¿Qué hacemos con ellos?

 

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¿Un apóstata puede volver al Camino? ¿Cuál es tu postura al respecto? Me lo preguntó un querido hermano perteneciente a la iglesia Bautista Reformada, en uno de esos intercambios de opiniones o posturas doctrinales que enriquecen mucho más que los agrios e interminables debates a los cuales rehúyo. Al menos para mí ha sido provechoso el haber inquirido sobre este tema, tan antiguo y a la vez tan actual, y espero que lo sea para todos ustedes a quienes comparto la respuesta que le envié a mi amigo. Es un poco extensa, porque usaré material de la literatura patrística no muy conocido por los cristianos hoy; pero ya saben que este sitio no pretende ser un fast food espiritual, sino un espacio para los que aman la lectura:

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Sorprendentemente, a la palabra apostasía, tan utilizada (¿mal utilizada?) actualmente, la encontramos solo una vez en la Biblia…

2 Tesalonicenses 2:3-4 Que nadie os engañe en ninguna manera, porque no vendrá sin que primero venga la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios o es objeto de culto, de manera que se sienta en el templo de Dios, presentándose como si fuera Dios.

Que un término no se use profusamente en las Escrituras, o directamente no aparezca, no significa que sea inválido para expresar una verdad espiritual; tanto como el término Trinidad, Teofanía, Encarnación, etc. Pues bien, el concepto que implica apostasía está presente en toda la Escritura, desde el Edén hasta el Apocalipsis. En el versículo que te he puesto anteriormente, apostasía más bien se refiere a un período especial venidero, a los eventos finales;  y no a casos particulares de creyentes, que siempre los hubo, tanto en el pueblo de Israel (el Antiguo Testamento está lleno de relatos de apostasía) como en la nueva Israel de Dios, que es la Iglesia.

Entonces, empiezo preguntándome ¿Qué debo entender por apóstata?  En la actualidad, usamos esta palabra para referirnos más o menos a un “hereje que enseña herejías, y se complace en esas herejías”, y esto tiene una connotación muy fuerte, extremista, tanto como si se tratase de un anatema. Pero dicho uso no hace justicia a su verdadero significado, esgrimir esta palabra como un insulto o como la etiqueta de una condición espiritual de la cual absolutamente nadie puede volver, es nefasto para el progreso de la Iglesia.

Para responder sobre la cuestión de si un apóstata puede volver al Camino, debería primeramente considerar qué es un apóstata. Como bien sabes, en cualquier interlineal encontrarás que el término apostatar significa: Desistir, desertar, abandonar, alejarse, apartarse, renunciar, mantenerse alejado, incitar revuelta. Puedes ver que no siempre es tan extremo el significado real, como el que nosotros le damos actualmente; básicamente un apóstata es cualquier persona que se aparta del Camino, que se pone a un lado, que deserta; que se vuelve hacia atrás.

Juan 6:66  Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.

Se puede apostatar por miedo en la persecución; por ceder a las tentaciones comunes que todos tenemos; por amar más la gloria de los hombres que la de Dios; por amor a las riquezas; por frustración (al no comprender que el amor de Dios suele implicar el que tengamos que soportar padecimientos), etc. Creo que la parábola del sembrador es un buen ejemplo de las diversas causas por las que se puede apostatar.

Me referí antes, a que el concepto que tenemos hoy de un apóstata, es el que nos viene a la mente cuando leemos…

2 Pedro 2:13,14,20,21  recibiendo el galardón de su injusticia, ya que tienen por delicia el gozar de deleites cada día. Estos son inmundicias y manchas, quienes aún mientras comen con vosotros, se recrean en sus errores. Tienen los ojos llenos de adulterio, no se sacian de pecar, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición. Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado.

Por supuesto, aquí está hablando claramente de apóstatas, pues dice que volvieron atrás, que se apartaron del camino; pero esta clase de apóstata tiene una característica especial: se recrean en sus errores, por eso Pedro les llama hijos de maldición. Si me preguntas que si creo que puedan volver al camino, te respondería que no. Pero en cuanto a los que menciona el apóstol Juan: “muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él”, no me atrevería a afirmar lo mismo; probablemente después de la resurrección del Señor algunos de ellos se arrepintiesen y regresasen a la fe. Al fin y al cabo, en el monte del Calvario no eran muchos los que permanecieron con Cristo, la mayoría (incluido gran parte de los apóstoles) habían desertado, habían huido por miedo; habían negado conocer y ser discípulos de Cristo, y todos estos verbos son sinónimos de apostatar. Como puedes ver, la totalidad de estos casos son apostasía, pero el grado no es el mismo.

En el siguiente pasaje también se ven dos tipos de apóstatas:

1 Timoteo 4:1-2  Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia

A muchos creyentes que se vuelven atrás, porque son engañados y son atrapados por el error de las herejías y sectas, les cabe el nombre de apóstatas (algunos apostatarán de la fe escuchando a…). Y los otros, los falsos maestros y mentirosos que los engañan, también son apóstatas; pero hay una diferencia, estos últimos tienen cauterizada la conciencia. Creo firmemente que los primeros pueden tener una oportunidad para volver al Camino, pero los segundos, imposible.

Leyendo el precioso tratado de Cipriano, obispo de Cartago y mártir en el 258, titulado: DE CATHOLICAE ECCLESIAE UNITATE encontré lo siguiente:

“¿Qué tienen que hacer en un corazón cristiano la fiereza de los lobos, la rabia de los perros, el veneno mortífero de las serpientes y la sangrienta crueldad de las fieras? Hay que congratularse cuando los tales se separan de la Iglesia para que no sean arrebatadas las palomas y las ovejas de Cristo por su cruel y venenoso contagio… Nadie crea que los buenos puedan ser separados de la Iglesia, porque el viento no arrebata al trigo ni la tempestad derriba al árbol aferrado a sólida raíz; las pajas vacías, ésas sí son aventadas por la tempestad; y son los árboles enfermos, los derribados por el soplo del huracán. El apóstol Juan los repudia y censura diciendo: “De nosotros salieron; pero no eran de los nuestros. Si hubieran sido de los nuestros, hubieran permanecido con nosotros(Cipriano – DE CATHOLICAE ECCLESIAE UNITATE – 9.)

El mismo Ireneo de Lyon, en su maravillosa obra de refutación a los gnósticos dice:

“Ahora bien, temo que por nuestro descuido haya quienes como lobos con piel de oveja desvíen las ovejas, engañadas por la piel que ellos se han echado encima, y de los cuales el Señor dice que debemos cuidarnos (pues dicen palabras semejantes a las nuestras, pero con sentidos opuestos).”  (Ireneo de Lyon – Contra los Herejes Pr.1, 2)

Teniendo en cuenta que, Ireneo fue obispo de Lyon en el 177 y que fue discípulo de Policarpo, discípulo del apóstol Juan,  es un dato importante que él considere como “ovejas” a las que se desvían (desviar – sinónimo de apostatar) diferenciándolas de los lobos; por lo cual, uno de los motivos de que Ireneo escriba esta magnífica obra es para hacer volver a las ovejas que fueron desviadas hacia un falso “evangelio gnóstico”. Una vez que Ireneo ha expuesto las herejías del gnosticismo, expresa su esperanza de que los que se hayan descarriado (a los cuales sigue considerando ovejas) regresen a la senda:

“De estos padres, madres y antepasados han salido los seguidores de Valentín, como ellos mismos lo descubren en sus reglas y doctrinas. Era necesario claramente descubrir sus dogmas para arrancarlos de en medio. Ojalá que algunos de ellos se conviertan y, haciendo penitencia, se vuelvan al único Dios Creador y Hacedor del universo para que puedan salvarse. Y que los demás dejen de desviarse atraídos por su malvada manera de persuadir, que presenta estas cosas con visos de verdad, haciéndolos imaginar que tendrán un conocimiento mayor y más elevado, y que descubrirán los misterios. Si éstos aprenden bien de nosotros lo que aquéllos enseñan mal, se reirán de sus doctrinas y tendrán compasión de aquellos que, dejándose todavía arrastrar por tan miserables e incongruentes fábulas, han asumido aires de orgullo, juzgándose mejores que los demás por haber adquirido tal gnosis, que más valdría llamar ignorancia.  (Ireneo de Lyon – Contra los Herejes – Libro I. 31.3, 4)  

Es una constante que muchos hermanos nuevos en la fe, o que no tienen base sólida, suelen preocuparse pensando que han cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo. ¿Cuál es mi respuesta más sencilla? Si te preocupa el que puedas haber blasfemado contra el Espíritu, es que no has blasfemado contra Él. Pues la blasfemia contra el Santo Espíritu no tiene perdón porque no tiene arrepentimiento; si te preocupa y te duele el haber ofendido al Espíritu, significa que el Espíritu no te ha abandonado, sigue actuando en tu conciencia. Alguien que blasfema contra el Espíritu no puede ser perdonado porque no puede arrepentirse, su conciencia está cauterizada, no le preocupa, no le duele; ha perdido la sensibilidad espiritual.

Mientras hay arrepentimiento hay perdón. Sólo el Espíritu Santo puede convencer de pecado. Para ser perdonado hay que arrepentirse, para arrepentirse hay que ser convencido de pecado, para tener convicción de pecado el Espíritu Santo tiene que obrar sobre nuestra conciencia, si obra en ella es porque no está cauterizada y tiene capacidad de reacción.

El apóstata que no puede volver al Camino del cual se ha apartado, es aquel que no puede arrepentirse del camino en el que anda; pues mientras exista arrepentimiento, la Gracia es suficiente para restaurar.

Seguramente en nuestro andar cristiano, hemos tenido la oportunidad de hablar con personas que un día caminaron en Cristo, pero hoy están apartadas y lo reconocen, sin jactarse de ello; más bien lo confiesan con un dejo de tristeza, como si su conciencia continuamente les recordara que están apartados del Camino, de la Verdad y la Vida. Cuando me encuentro con una situación como esta, yo tengo esperanza de que tal persona pueda ser restaurada y volver al Camino. Mientras haya el más mínimo indicio de la obra de convicción de pecado por parte del Espíritu sobre esa persona, creeré que es posible arrebatarla del fuego. No encuentro en la Escritura nada que me impida creerlo así, por el contrario, encuentro en ella la esperanza de hacer volver o encaminar al apóstata.

Santiago 5:19-20  Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.

Hasta aquí, querido amigo, he dado mi opinión personal al asunto, no es más que eso, tampoco he pretendido otra cosa; pues bien sé que has leído a los mejores comentaristas y teólogos, y en ellos encontrarás definiciones más exactas. Ahora quisiera que, dedicándome un poco más de tu paciencia, mirásemos a la Historia de la Iglesia y en especial a los primeros cristianos: ¿Qué pensaban ellos sobre la apostasía? Creo que ello te será más útil que mi simple punto de vista.

“Escritores tardíos han tendido a magnificar el martirio y sus protagonistas dando a entender que los casos de apostasía fueron realmente pocos. No es cierto, los relatos de Eusebio nos muestran cantidades ingentes de hombres, mujeres y niños aterrados acudiendo a cumplir las órdenes imperiales. No fueron pocos, sino muchos los que sucumbieron a la amenaza persecutoria y apostataron. El clero romano, escribiendo a la Iglesia de Cartago, dice que en la persecución de Decio hubo muchos apóstatas, y entre ellos cita a “personas de alta categoría”…La mayoría no reunió las fuerzas suficientes para negarse y quemaron incienso a los dioses. Algunos, para aquietar su conciencia, recurrieron al subterfugio de sobornar mediante dinero a las autoridades y obtener así el libelo de sacrificio sin haber sacrificado. Unos y otros recibieron motes despectivos por parte de los cristianos de la resistencia y se les llamó: turificados (thurificati, que sólo habían ofrecido incienso), libeláticos (libellatici, que obtuvieron el libelo sin llegar a sacrificar) y sacrificados (sacrificati, que habían sacrificado públicamente). Todos eran considerados como lapsos (lapsi, caídos, renegados, apóstatas).”  (Alfonso Ropero – Libro: Mártires y perseguidores)

Aunque hoy no se hable mucho de esto, el tema de la apostasía produjo serios enfrentamientos en el seno de la Iglesia primitiva; hasta el punto de provocar cismas. Ten en cuenta que los cristianos de aquella época consideraban tan tremendamente importante el bautismo, que después de bautizado no se aceptaba el pecado. Claro que no me refiero a los tropiezos y faltas, a las que todos estamos expuestos mientras estamos en este cuerpo. Sino que me refiero a pecados como fornicación, adulterio, homicidio, negación pública de ser cristiano, etc. Con el correr del tiempo, la Iglesia adoptó términos como pecados veniales y pecados mortales (capitales) para distinguirlos.  Los cristianos de los primeros siglos tomaron muy en cuenta estas palabras:

Hebreos 6:4-6  Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio.

La mayoría de los apóstatas, eran los que literalmente habían negado a Cristo delante de los tribunales romanos:

Mateo 10:32-33  A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

Así que el tema que se planteó fue muy fuerte. Por un lado estaban los mártires, es decir los que habían confesado a Cristo hasta la muerte; luego estaban los confesores, que eran aquellos que habían confesado a Cristo delante de los hombres y por ello padecieron persecución y tortura, pero ya sea por clemencia del juez o por otro motivo, habían sido liberados. Por último estaban los lapsi, es decir, los apóstatas. No solo hubo multitud de miembros que apostataron, sino también algunos de sus líderes. La mayoría de ellos regresarían después al seno de la Iglesia, arrepentidos y pidiendo ser readmitidos.

Los que estaban presos y sentenciados a morir por haber confesado a Cristo (mártires); y los confesores (aquellos que habían sido liberados, pero llevaban en sus cuerpos las marcas de la tortura por haber permanecido firmes en la fe) intercedieron ante los grandes obispos para que fuesen clementes con los apóstatas, y los recibieran nuevamente. Para estos casos, era necesario el arrepentimiento y hacer actos dignos de contrición. Las iglesias aplicaban la disciplina que consideraban convenientes, y luego de un tiempo los integraban nuevamente a la asamblea. En cuanto a los líderes que habían apostatado y solicitaban ser readmitidos, la opinión general fue la que expresa Cipriano, obispo de Cartago y de gran influencia desde África hasta Roma: “…nosotros, de acuerdo con todos los otros obispos del mundo, determinamos que esta clase de hombres podían ser admitidos entre los penitentes, pero que quedaban apartados del orden clerical y de la dignidad episcopal.”  (Cipriano, Cartas 67, 6)

El cisma surgió una vez pasada la gran persecución del emperador romano Decio, ya que una parte de los obispos recibía a todos los apóstatas que querían regresar a la iglesia; en contraparte, otro grupo de obispos se negaba rotundamente a ello, afirmando que un apóstata no tenía perdón. Aquí se levanta la figura de Cipriano, que procura alcanzar un punto intermedio sin sacrificar la misericordia ni la disciplina. Primeramente, a los apóstatas, les reprocha que no fuera la tortura lo que les llevó a la apostasía, sino su apego a las riquezas y al mundo:

“A las primeras palabras de amenaza del enemigo, inmediatamente la mayor parte de los hermanos traicionó su fe y no esperó a que le derribara el ímpetu de la persecución, sino que se derribaron ellos mismos con voluntaria caída…  el Señor, que es maestro en palabras y consumador en hechos, enseñando lo que debe hacerse y haciendo cuanto enseña, ¿no avisó de antemano sobre cuanto ahora pasa o pueda pasar? ¿No estableció anticipadamente eternos suplicios a los que niegan y premios de salvación a los que confiesan la fe? Todo eso, ¡oh maldad!, cayó para algunos por tierra y se les borró de la memoria. No esperaron, al menos, a ser detenidos para subir a sacrificar, ni a ser interrogados para negar su fe. Muchos fueron vencidos antes de la batalla, derribados sin combate, y no se dejaron a sí mismos el consuelo de parecer que sacrificaban a los ídolos a la fuerza. De buena gana corrieron al foro, espontáneamente se precipitaron a la muerte, como si fuera ello cosa que de tiempo estaban deseando, como si aprovecharan ocasión que se les ofrecía, que de buena gana hubieran ellos buscado… Cuando espontáneamente subiste al Capitolio, cuando de buena gana te prestaste a cumplir el terrible crimen, ¿no vaciló tu paso, no se oscureció tu rostro, no te temblaron las entrañas, no se te cayeron los miembros todos? ¿No fueron tus sentidos presa de estupor, no se te pegó la lengua, no te faltó la voz? ¿Con qué pudo estar allí a pie firme el siervo de Dios y hablar y renunciar a Cristo, él, que había ya renunciado al diablo y al mundo?… No debemos, hermanos, disimular la verdad ni callar lo que dio ocasión y fue causa de nuestra herida. A muchos engañó su amor ciego a la hacienda (propiedades), y no podían estar preparados ni expeditos para la retirada aquellos a quienes ataban, como con trabas, sus riquezas. Éstas fueron las ataduras de los que se quedaron; éstas, las cadenas con que se retardó el valor, quedó oprimida la fe, atada la mente, cerrada el alma, de suerte que quienes estaban pegados a lo terreno vinieron a ser presa y comida de la serpiente…”    (Cipriano de Cartago – De Lapsis VII, VIII, XI)

Un apóstata podía volver al seno de la Iglesia si manifestaba arrepentimiento, pero ese era solo un primer paso; debía aceptar la disciplina, debía hacer fruto digno de arrepentimiento, debía pasar por un período de corrección para que el Evangelio no fuera menospreciado. Por ello, en segundo término, el obispo Cipriano también reprendió duramente a los ministros que no aplicaban la disciplina en la iglesia:

“…el que pasa blandamente la mano sobre el pecador, con halagos de adulación, no hace sino fomentar el pecado, y no reprime así los delitos, sino que los alimenta; mas el que con más fuertes consejos reprende y juntamente instruye a su hermano, le pone en camino de su salvación. A los que yo amo—dice el Señor—, los reprendo y castigo. De este modo, conviene también que el sacerdote del Señor no engañe con ilusorios obsequios, sino que provea de saludables remedios. Médico sin pericia es el que con mano indulgente va rozando los hinchados senos de las llagas, y mientras conserva el veneno encerrado allá en los profundos rincones, lo amontona más y más. Es preciso abrir la herida y cortarla, y, una vez eliminada toda la podredumbre, hay que aplicarle enérgico remedio. Que vocifere y grite, y se queje el enfermo que no resiste al dolor; luego, al sentirse sano, nos dará las gracias.”  (Cipriano de Cartago – De Lapsis – XIV)

Un apóstata puede volver al Camino, pero es obligación de los ministros o líderes confrontar al pecador con su pecado, y asegurarse de que verdaderamente sea extirpado de su corazón. Ya en aquella época, como ahora, los líderes por temor a ofender o por una falsa misericordia abrían los brazos a todos, sin asegurarse de que verdaderamente había un arrepentimiento y un cambio. Hacían creer al que había apostatado que con volver a la Iglesia ya estaba todo perdonado, así de fácil, sin haber muestras internas y externas de una sentida penitencia:

“Tienen por paz esa que algunos van vendiendo con falaces palabras. Ésa no es paz, sino guerra, y no se une a la Iglesia el que se separa del Evangelio. ¿Cómo llaman al daño beneficio? ¿Cómo ponen a la impiedad nombre de piedad? ¿A qué fin simulan comulgar con aquellos cuyo deber es llorar constantemente y suplicar al Señor, a la par que les cortan la lamentación de la penitencia? Esos tales son, para los caídos, lo que el granizo para las mieses, lo que un turbio huracán para los árboles, lo que para el ganado una peste devastadora, lo que una dura tormenta para los navíos. Quitan el consuelo de la esperanza, arrancan de raíz, con malsana palabra infiltran un mortal veneno, estrellan sobre las rocas la nave para que no llegue al puerto. Esta facilidad no concede la paz, sino que la quita, ni da la comunión con la Iglesia, sino que impide para la salvación. Otra persecución y otra prueba es ésta, por la que el sutil enemigo cobra nuevas fuerzas para combatir a los caídos con oculto estrago y lograr que descanse la lamentación, que calle el dolor, que se desvanezca la memoria del pecado, que se comprima el gemido en el pecho, que se restañe el llanto de los ojos y no se aplaque con larga y plena penitencia al Señor gravemente ofendido, siendo así que está escrito: Acuérdate de dónde has caído y haz penitencia.  Nadie se engañe a sí mismo, nadie se forje ilusiones. Sólo el Señor puede otorgar misericordia. Perdón de pecados que contra Él se cometieron, sólo Él puede concederlo, que llevó sobre sí nuestros pecados, que por nosotros sufrió dolor, a quien Dios entregó por nuestros pecados. El hombre no puede ser mayor que Dios y no puede el siervo remitir y condonar por propia indulgencia lo que con delito más grave se cometió contra su Señor, no sea que se le impute también al caído por crimen el ignorar que está predicho: Maldito el hombre que su esperanza pone en otro hombre...  Por lo demás, si alguno, con precipitada prisa, piensa temerariamente que puede otorgar a todo el mundo el perdón de los pecados, o se atreve a rescindir los mandamientos del Señor, sepa que no sólo nada aprovecha a los caídos, sino que más bien les daña. Es provocar la ira no observar la sentencia y pensar que no debe ante todo suplicar de la misericordia del Señor, sino, despreciando al Señor, presumir de la propia facilidad. (Cipriano de Cartago – De Lapsis – XVI, XVII, XVIII)

El obispo Cipriano (y con él la mayoría de los obispos fieles de aquella época), no trataba ni con laxitud ni con intolerancia al apóstata; pero le advertía seriamente que si no había dolor por haberse apartado de Cristo, entonces no existía un genuino arrepentimiento que garantizara la restauración.

Tal vez tú digas: bien, pero estos casos de apostasía eran de aquellos que habían negado a Cristo en la persecución, mas yo me refiero a la apostasía de apartarse de Cristo para volverse al mundo. Pero es que los dos son igualmente apóstatas al negar a Cristo, tanto el que lo niega delante de un tribunal por miedo a perder su vida y posesiones; como el que lo niega apartándose, para seguir los instintos de su carne (la vanagloria de la vida) y los deseos de sus ojos (posesiones). Ambos niegan a Cristo al mirar al mundo y no poner la mirada en la Eternidad.

Volviendo a la pregunta ¿Un apóstata puede regresar al camino? Respondo, sí, claro que sí; como volvió el hijo pródigo.

¿Pero para qué el dolor, la penitencia, el llorar, el hacer fruto de arrepentimiento, si cuando el hijo pródigo volvió a casa de su padre, todo fue fiesta y alegría?

Porque la fiesta no la organizó el hijo, sino el Padre. No dijo el hijo ¡Padre he vuelto, hagamos una fiesta! Sino que dijo…

Lucas 15:21  Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.

No dudo de que los apóstatas puedan volver a la Iglesia, el problema es ¿cómo vuelven?, ¿con qué actitud?, ¿como si no hubiese pasado nada? ¡Y ni que hablar de los ministros que caen en pecado! Estos, cuando son descubiertos, hacen una confesión (o más bien una excusa) pública, dos lágrimas y al mes siguiente ya están predicando como si nada hubiese pasado.

¡Es que si Dios me perdonó ¿quién es el hombre para dudarlo?! Pues si no veo en ti dolor por haberte rebelado contra el Dios a quien dices amar tanto, dudo otro tanto de que en verdad te hayas arrepentido.

“Ahora bien, ¿vamos a pensar que suplica al Señor de todo corazón, con ayunos, lágrimas y plañidos, el que desde el día mismo de su crimen frecuenta diariamente los baños (baños romanos), el que comiendo opíparamente y reventando de puro harto vomita al día siguiente lo que no pudo digerir y no sueña en dar parte de su comida y bebida a los pobres? ¿Cómo decir que llora su propia muerte el que vemos andar alegre y risueño, y estando escrito: No corromperás la efigie de tu barba, él se rasura finamente y unta su cara? ¿Y a quién intenta ahora agradar el que desagradó a Dios? ¿Es que gime y llora esa otra mujer que no tiene otra ocupación que vestirse de preciosos vestidos y no piensa que perdió la vestidura de Cristo, ponerse lujosos adornos y bien labrados collares y no sabe de llanto por haber estropeado el divino y celeste ornato de su alma? Ya puedes tú vestirte vestidos peregrinos y telas de seda: desnuda vas. Ya puedes adornarte de oro y margaritas y perlas preciosas: sin el adorno de Cristo, deforme estás. Y tú que te tiñes los cabellos, deja de hacerlo siquiera ahora, en momentos de dolor; y la que con una línea de polvo negro te pintas la arcada de tus ojos, lava siquiera ahora con lágrimas esos mismos ojos. Si hubieras por la muerte perdido alguno de tus seres queridos, gemirías y llorarías dolorosamente y por todas partes darías muestras de tu duelo con tu cara sin lavar, con el luto del vestido, con la cabellera descompuesta, el rostro nublado, la cabeza caída; has perdido, desgraciada, tu alma; muerta espiritualmente, te sobrevives a ti misma y llevas, cuando andas, tu propia tumba, ¿y no te golpeas fuertemente el pecho y no gimes incesantemente y no te escondes, o por vergüenza de tu crimen o por seguir en tu lamentación? He ahí llagas peores todavía que las del pecado; he ahí otros delitos más graves: haber pecado y no satisfacer por el pecado; haber cometido un delito y no llorarlo.”  (Cipriano de Cartago – De Lapsis –XXX)

Joel 2:12-14  Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá y dejará bendición tras de él, esto es, ofrenda y libación para Jehová vuestro Dios?

Dios no les está hablando aquí a los incrédulos, le está hablando a su pueblo rebelde y apóstata, pues dice enseguida…

Joel 2:17 Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo, y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de decir entre los pueblos: Dónde está su Dios?

¿Se escuchan en nuestros altares el llanto de los penitentes? ¿Lloran los que regresan después de haberse apartado? ¿Son conscientes los que se apartaron de que cometieron apostasía? ¿Nos apresuramos nosotros a hacerles creer que ya están perdonados, antes de que sea el Señor quien les perdone?

“Vosotros, empero, hermanos, cuyo temor de Dios está pronto, y el alma, aun sumida en la ruina se acuerda de su mal, con arrepentimiento y dolor considerad vuestros pecados, reconoced el gravísimo crimen que pesa sobre vuestra conciencia, abrid los ojos de vuestro corazón para entender el delito cometido, sin desesperar de la misericordia del Señor y tampoco vindicar ya el perdón. Dios, cuanto por su piedad de Padre se muestra siempre indulgente y bueno, tanto es de temer por su majestad de Juez. Cuán grande fue nuestro delito, otro tanto lo sea nuestro llanto. A una herida profunda no falte diligente y larga medicina; la penitencia no sea menor que el pecado. ¿Con qué piensas tú que puede tan aprisa aplacarse Dios, a quien con pérfidas palabras negaste, a quien pusiste por bajo de tu hacienda, cuyo templo violaste con sacrílego contacto? ¿Piensas que va Él fácilmente a compadecerse de ti, que dijiste no era tu Dios? Es preciso orar y suplicar más fervorosamente, pasar el día de luto, las noches en vigilia y lágrimas, llenar el tiempo todo de lamentos lagrimosos; tendidos en el suelo, pegarnos a la ceniza, envolvernos en cilicio y sucios vestidos, no querer tras el vestido perdido de Cristo vestidura alguna…” (Cipriano de Cartago – De Lapsis –XXXV)

Si hay arrepentimiento, y si se somete a la disciplina con actitud de penitente, hay esperanzas para el que habiendo apostatado regresa buscando la comunión de la Iglesia; y no solo esperanzas de perdón sino de restauración total…

“El soldado irá de nuevo al combate, saldrá otra vez al campo de batalla, provocará al enemigo, cobradas justamente nuevas fuerzas por el dolor. El que así satisficiere a Dios, el que por su arrepentimiento de lo hecho, el que por la vergüenza de su delito concibiere del dolor de su misma caída más fortaleza y fidelidad, oído y ayudado del Señor, alegrará a la Iglesia a quien antes contristara y no sólo obtendrá de Dios el perdón, sino la corona.”    (Cipriano de Cartago – De Lapsis –XXXVI)

Sigamos un poco más con la Historia. Mientras en Cartago y en las iglesias africanas, sucedían estas cosas; en occidente, en Roma más precisamente, se produce un gran cisma por causa de la readmisión de los apóstatas. Este cisma es promovido por el presbítero Novaciano.

Al morir Fabián, obispo de Roma, bajo la persecución del Imperio; el presbítero Novaciano esperaba ocupar su puesto; pero la elección, en el año 251, recayó sobre otro presbítero, de nombre Cornelio. Este último era partidario de mostrar clemencia con los apóstatas, pero Novaciano se oponía tajantemente a recibir en la Iglesia a los que se habían apartado cometiendo apostasía. Esto no era acorde con la actitud y el espíritu evangélico que hasta entonces había mantenido la Iglesia en general.

“…en la Iglesia primitiva (S. I-II), los llamados “pecados capitales”: apostasía, homicidio, adulterio y fornicación, se castigaban con gran rigorismo penitencial; pero aun a los grandes pecadores públicos expulsados perpetua o temporalmente de la Iglesia, después de larga y ejemplar penitencia, se les concedía el perdón y la readmisión en la comunidad cristiana. De esta práctica antiquísima, dan testimonio S. Ireneo, Clemente Alejandrino. S. Cipriano y el propio Tertuliano antes de hacerse montanista.”     (Gran Enciclopedia Rialp)

Finalmente, Novaciano y sus seguidores son expulsados por el Sínodo de Roma en el mismo año 251. Después de la muerte de su fundador, los “novacianos” perduran hasta el siglo VII. Se unieron con los montanistas, que también eran rigoristas; y todos ellos se hacían llamar “los puros” o “cátaros” (del griego katharoi). Cabe recordar que Tertuliano, que antes era partidario de readmitir en la Iglesia a los que se habían apartado; una vez que se hace montanista (seguidor de las enseñanzas de Montano) se torna intransigente con los caídos.

Si bien la Iglesia los persiguió unas veces y los toleró otras, en lo personal no los consideraría como herejes, sino como intolerantes o extremistas. Como ya sabes, tanto Tertuliano (especialmente) como Novaciano (quien murió mártir bajo la persecución de Valeriano) escribieron algunas obras teológicas muy ortodoxas que fueron de gran ayuda a la iglesia de los primeros siglos.

“El innovador obispo Calixto decía que, según el espíritu evangélico, todo se perdona, con tal de que haya arrepentimiento. Es la lección que ganó la partida en la Iglesia, testificada visiblemente en la arquitectura de las iglesias y en el arte de las catacumbas, donde a menudo Pedro es representado teniendo a su lado un gallo, que le recuerda a él, y a todos los Pedros de la Iglesia, qué cerca está la afirmación de la caída. Un feo episodio en la carrera de un apóstol tan grande, que las Iglesias no hicieron nada para olvidar, sino todo lo contrario. En muchos sarcófagos y en los cubículos de las catacumbas aparece la desafiante figura del gallo; y a veces está Jesús, que con sus dedos hace el ademán de indicar “tres veces”, y Pedro con la cabeza gacha. ¿Por qué esta insistencia en recordar en los Evangelios y en el arte cristiano una página nada edificante en la vida de Cefas, la roca que en un momento cayó? La única explicación convincente es que se hacía para afirmar la misericordia de Dios, su gracia restauradora, su voluntad de perdonar los pecados…” (Alfonso Ropero – libro Mártires y Perseguidores)

Como te he expuesto aquí, hay distintos grados y distintas causas de apostasía; pero mientras haya un indicio de que el Espíritu Santo está produciendo convicción en el apóstata, nosotros no debemos desistir en la esperanza de que vuelva al seno de la Iglesia; y jamás cerrarle las puertas.

Judas 1:22-23 A algunos que vacilan, convencedlos. A otros salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con cautela, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne.

Una oveja puede descarriarse, hasta el extremo de compartir lugar y comida con los cerdos (el hijo pródigo); pero aún hasta allí puede alcanzarle la misericordia del Padre. ¿La condición? Que volviendo en sí, diga:

Lucas 15:18-19 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

No tengas ninguna duda de lo que sucederá después… Y cuando aún estaba lejos, lo vio su Padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó... porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

Gabriel Edgardo LLugdar 

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Mi esposa no siente la misma pasión que yo por el Evangelio ¿qué debo hacer?

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Aunque en Diarios de Avivamientos no solemos dar respuestas personales, para evitar interferir entre la relación pastor-miembro, y siempre recomendamos consultar con los respectivos líderes de las congregaciones a las cuales pertenecen los lectores; sin embargo, cuando esta pregunta me llegó, tomé la decisión personal de responderla. Hoy la comparto con todos ustedes y ruego al Señor arroje luz y ánimo sobre quienes están atravesando esta crisis.

Cabe aclarar que esta es una situación que se da con bastante frecuencia en los hogares cristianos, pues existen como dos velocidades de crecimiento entre el esposo y la esposa; ya sea porque uno de los dos demuestra más sensibilidad espiritual, o porque el Evangelio ha producido un impacto mayor en uno de los dos. Este dispar proceso de madurez espiritual en la pareja  conducirá sin duda a conflictos, sentimientos de frustración e incomprensión, y en algunos casos extremos hasta la separación. Pero primeramente, antes de tomar una decisión debemos considerar estos pasajes de la Escritura, que estoy convencido de que usted los conoce muy bien, pero vale la pena revisarlos y meditarlos nuevamente.

En primer término debemos considerar que: el hogar y la familia constituyen el primer ministerio público, y la primera iglesia de cada hombre de Dios

Efesios 5:23 porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.

1 Corintios 11:3 Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.

Usted, hermano, es cabeza de su mujer así como Cristo es cabeza suya. Y así como Cristo, que es la cabeza, no abandona ni descuida a su cuerpo tampoco el hombre puede hacerlo con su esposa:

Efesios 5:25-33 Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.

Como puede ver, estimado hermano, es un mandato y no una sugerencia el:Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ellaLa pregunta que surge es ¿Cristo amó y se sacrificó a si mismo por hombres y mujeres perfectos, los cuales constituyen la Iglesia? La respuesta es NO, claramente que no:

Romanos 5:8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Cristo nos amó y se entregó por nosotros siendo nosotros pecadores, malos e imperfectos; y de esta manera, con esta misma intensidad de amor, nos manda el Señor actuar con nuestras esposas. No dice la Biblia que amemos a nuestras mujeres si son perfectas, sino que nos manda amarlas con el mismo amor de Cristo; quien no desistió por causa de nuestra miseria, sino que nos amó, nos ama y persevera en ese amor hasta que seamos perfeccionados. Es un mandato del Señor que usted ame a su mujer aunque ella no sea lo suficientemente espiritual como usted desea o anhela. Sería hermoso caminar en armonía en el matrimonio, arder con el mismo fuego y pasión por Cristo y el Evangelio, pero la mayoría de las veces no es así. Y créame hermano que es gran mérito delante de Dios amar a quien es difícil de amar. Usted pudiera dejar su hogar, irse a un país lejano y predicar el evangelio a multitudes, y aún hasta dar su vida por causa de la fe; pero nada de esto es mayor que amar a su mujer si eso significa un sacrificio continuo, porque dice la Biblia que el verdadero amor: Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Corintios 13:7)

Usted puede decir: “amo a mi esposa, pero amo más a Cristo y no quiero que ella sea un obstáculo a mi llamado”, esta bien, es comprensible su preocupación. Pero usted debe tener claro que son dos amores que no compiten entre sí, en realidad, no pueden competir entre sí. El uno es temporal, el otro amor es eterno. El amor eterno abarca y absorbe al temporal; es decir, el amor eterno incluye al temporal, no lo excluye de ninguna manera. Cristo no le da a elegir entre su esposa o Él, porque si usted ama a Cristo se da por hecho que debe amar a su esposa ya que eso está incluido dentro del amor de Cristo; nadie puede decir que ama a Cristo, al que no ve, pero aborrece a su mujer a quien ve y con quien convive. Quien ama verdaderamente a Dios no tiene miedo de amar en exceso a nadie más; no son distintos amores que compiten por ver quien es más grande. Usted no puede abandonar a su mujer con la excusa de hacerlo “para amar solamente a Dios”.

El amor a Dios, el verdadero amor a Dios, crece hasta  influir,  abarcar y absorber todo otro amor; de tal manera que en su vida termina existiendo un solo amor: el amor de Dios, y con ese amor ama a todos los demás. Quien ama más a su mujer que a Dios es porque en realidad no ama a Dios, ni en realidad ama tanto a su esposa, sino que en su egoísmo se ama a si mismo en demasía. En la vida del cristiano solo existe un amor, el amor de Dios, y con ese amor ama a su mujer, hijos, familia, amigos y enemigos. 

Así como un verdadero cristiano no puede servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo; y no puede amar a Dios y al mundo por igual, ni tampoco puede ser amigo del mundo y de Dios; tampoco puede amar a alguien más que a Dios. El Espíritu Santo le preservará de ello, no tiene el cristiano que afligirse o amar con temor, pues mientras más ame a Dios más amará a su prójimo. Porque el amor del cristiano no es un amor terrenal sino celestial…

Romanos 5:5 …. porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

El amor que existe en el cristiano es sobrenatural, ha sido derramado por el Espíritu Santo en su corazón, y ese amor divino absorbe todo lo demás para que no haya competencia. Quien ama al mundo, no ama a Dios; quien ama las riquezas no ama a Dios, quien ama la vanagloria no ama a Dios. No pueden existir dos amores dentro del verdadero cristiano, el amor divino pasa a ser el único.

Cristo nos manda que amemos a nuestras esposas como el amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, pero a la vez, Cristo mismo sabe que eso es humanamente imposible, porque ¿quien es capaz de tener un amor así? Entonces ¿cómo hacerlo? Leímos en el pasaje bíblico anterior que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Necesitamos aprender a amar con el amor celestial, ese amor es un milagro, es sobrenatural, se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo y va creciendo (mediante la comunión continua con Dios) hasta ser el único amor existente en nuestras vidas, y con ese amor divino amamos a los que nos rodean. Claro que es un proceso, no es fácil desprendernos de nuestra manera terrenal de amar, el amor natural es egoísta (amamos a quien nos ama), pero el amor celestial nos hace amar sin esperar retribución o correspondencia.

Si usted ama verdaderamente a Dios, si este amor celestial ha sido derramado en su corazón, no tema amar a su mujer al máximo porque nunca la amará más que a Dios, pues la estará amando con el mismo amor de Dios.

En segundo lugar debemos considerar que: Dios no se contradice, la esposa no es un estorbo o un obstáculo pues no es el diablo quien la pone en nuestro camino, sino Dios. Si Dios a usted lo llama a un ministerio, tenga confianza en que Dios incluye dentro de ese ministerio también a su esposa. Y aunque hoy no la vea a ella con esa misma pasión o fuego, debe mantenerse en oración para que, en el tiempo de Dios, se cumplan los propósitos que Él tiene para con usted. Y en esos propósitos eternos están incluidos su esposa e hijos. Leímos que dice en las Escrituras:  “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.” Usted y su esposa, ante los ojos de Dios, son uno; y si Él lo llama a usted al ministerio lo llamará sin violentar esa unidad.

1 Corintios 7:10-14 Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos.”

Puede darse el caso de que la esposa, por el momento, no desee escuchar sobre el Evangelio; y que muestre hasta un abierto rechazo sobre el tema. ¿Qué nos aconsejan las Escrituras? Si bien en este pasaje habla de la mujer que tiene un marido inconverso, puede aplicarse perfectamente también para el hombre:

1 Pedro 3:1-2 Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa.

Estimado hermano, si su esposa no cree a la palabra del Evangelio, o no quiere oír hablar de temas espirituales, entonces usted debe callar en cuanto a las palabras y hablar mediante sus obras. Es decir, debe usted predicar mediante su actitud, su amor, paciencia, bondad, mansedumbre, templanza y fidelidad. Usted debe graficar o predicar el Evangelio con su vida, aunque no tenga que decir palabra alguna, en aras de mantener la paz en el hogar.

Que su esposa vea el cambio en usted, que ella vea a Cristo en usted, que ella cuando lo vea a usted pueda visualizar lo que es el verdadero Evangelio. Ese es el desafío mas grande. Porque es fácil predicar con palabras a personas que no nos conocen en la intimidad, delante de las cuales podemos aparecer como santos; pero nuestra familia, los de nuestra casa, ellos son los que saben verdaderamente si vivimos lo que predicamos. Si hay algo que aleja a las personas del Evangelio es la hipocresía de los que se dicen ser cristianos. Si su esposa no quiere oír el evangelio hablado, que vea el evangelio vivido en usted y no podrá resistirse a esa evidencia. O al menos no tendrá ella excusa, pero debe usted darle esa oportunidad.
El mismo pasaje de Pedro dice un poco más adelante…

1 Pedro 3:7 Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.

Su esposa es coheredera de la gracia, por eso manda la Palabra que el hombre actúe sabiamente con ellas. Note que ella no es un estorbo, sino que el estorbo es si usted no cumple el mandato de Dios; correría entonces el serio peligro de que sus oraciones no sean respondidas.

Como le dije al principio hermano, no quiero darle mi opinión personal que de nada valdría, pues opiniones las hay muchas y variadas, pero la Escritura es clara en este tema. Si Dios lo llama a usted al ministerio, Él no va a excluir a su esposa de ese plan, ni a sus hijos. Usted como cabeza de familia, debe velar para que el cuerpo (que es la familia) sea correctamente atendido y cuidado, aún a costa de su sacrificio personal; porque el hogar es su primera iglesia: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo”. 1 Timoteo 5:8 

Si su esposa no desea oír sobre cuestiones de fe, entonces usted debe mostrar su fe mediante una conducta sabia y paciente, y esperar que ese testimonio produzca fruto. Y sobre todo, hermano, orando y rogando a Dios para que sea Él quien toque el corazón de su esposa. Recuerde que usted no es el Espíritu Santo, usted no puede pretender hacer la obra del Espíritu Santo; solo Él puede convencer de pecado, solo Él puede cambiar el corazón. Si usted lo intenta con sus fuerzas terminará sintiéndose frustrado, frustrándola a ella y frustrando los planes divinos.

Los tiempos no nos pertenecen a nosotros, los tiempos solo le pertenecen a Dios. A veces en nuestra impaciencia por servir al Señor, cometemos la torpeza de pretender forzar o arrastrar a los demás a que sigan nuestro propio ritmo; eso un gravísimo error. Si Dios lo llama a usted a su servicio y ministerio, tenga por cierto que también incluirá en ello a su mujer e hijos, Dios no obra a medias; Él hace una obra completa.

Las prisas nos hacen ver a las personas que caminan más lento como un obstáculo, y no siempre es así; a veces debemos frenarnos nosotros para ayudar a otros a levantarse, caminar y avanzar; esto también es amor.

Soy consciente que cada caso es distinto, cada hogar y cada matrimonio es un mundo y no podemos aplicar el mismo ungüento a todas las dolencias. Por ello debe pedir al Señor que le indique el camino para usted y los suyos. Usted es cabeza de su hogar, y una cabeza no piensa solo en sí, sino en el bienestar del cuerpo; tampoco una cabeza va sola dejando el resto del cuerpo atrás. Para avanzar correctamente todo debe estar en armonía.

Espero que estas palabras le sirvan de aliento, y le ayuden de alguna forma. Me he limitado a la Escritura porque como le dije recién, cada caso es distinto. Ruego al Señor le ilumine y le guíe a tomar la decisión correcta. 

Su hermano en Cristo

Gabriel Edgardo LLugdar   

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Auméntanos la fe

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Lucas 17:5-6 Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicomoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería.

Es un versículo sorprendente y desafiante. Habremos escuchado, seguramente, muchos sermones hablando de las cosas poderosas que un hombre de fe puede hacer; pero difícilmente habremos visto a algún predicador dando una orden a un árbol, y mucho menos ver como el árbol se tira de cabeza al mar. El Señor no dijo que hacía falta una fe del tamaño de un melón, sino solamente del tamaño de una diminuta semilla. Pero nos surge la pregunta de por qué el Señor nos habló de mover un árbol o de mover montañas, si en la vida diaria esto no parece ser algo practicable.

Disfruto leyendo las historias de grandes evangelistas como John G. Lake, Smith Wigglesworth o María Woodworth-Etter, personas que demostraron una fe singular que los capacitó para operar milagros y hechos extraordinarios, no solo en sus campañas evangelísticas sino en la vida diaria. Pero igualmente, me indignan los tele-evangelistas actuales que usan versículos como estos para prometer a sus oyentes, mediante luz, cámara y acción;  una lluvia de milagros. Claro que la fe que exigen estos predicadores fraudulentos debe tener el tamaño de una billetera, y aunque reconozco que tienen la habilidad de desarraigar y trasladar billetes de la cuenta de sus ovejas hacia las suyas propias, no entraría esto dentro de la categoría de “milagro”.

Entre aquellos auténticos evangelistas de la sanidad de las primeras décadas del S. XX, y estos showman actuales hay una gran diferencia: los primeros nunca usaron la fe como fuente de ganancia. Algunos como John G. Lake, siendo ricos se hicieron pobres para entrar al ministerio. Pero esto es otro asunto, no es el motivo a tratar en esta meditación.

Estamos hablando de fe, la fe que no se acaba con la conversión sino que crece y necesita crecer en nuestro diario andar porque…

Hebreos 11:6  sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Galardonador, remunerador, que da recompensa, que premialos sinónimos varían según la traducción que usemos.

Así que, primeramente, debemos tener una fe como base para la justificación, la tal fe es un don de Dios…

Efesios 2:8-9 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Es una justificación que no es en base a méritos propios, no es un premio o galardón por nuestras obras,  sino , como dice el apóstol Pablo…

Gálatas 1:15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia,  revelar a su Hijo en mí

Así que al principio nos es dada la fe: porque le agradó a Dios revelar a su Hijo en nosotros, siendo nosotros justificados no como un premio sino como un regalo. Pero luego, se nos demanda tener fe para agradar a Dios y obtener de Él galardón o premio.

Aunque suene un poco repetitivo debemos tener siempre presente esto: somos justificados por fe; esa fe es el medio por el cual recibimos la Gracia (favor inmerecido) de Cristo.  La Biblia no dice que somos justificados por una fe grande o pequeña, porque entonces sería mérito nuestro; es simplemente mediante la fe. Nadie puede decir: “no tengo fe suficiente para ser salvo“; pues no es el tamaño de la fe sino el tamaño de la Gracia lo que justifica.

Pero luego, en el caminar del cristiano, el tamaño de la fe sí importa. Para ejemplificarlo: el ladrón que fue crucificado junto a Cristo y se arrepintió de sus pecados, necesitó la misma fe que Saulo de Tarso (el luego apóstol Pablo) cuando se convirtió camino a Damasco. Los dos fueron justificados gratuitamente, no por el tamaño de su fe sino por el tamaño de la Gracia del Salvador. Ahora, nadie puede negar que el galardón será distinto para ambos, uno murió a las pocas horas de convertido y el otro llevó a cabo una tarea gigantesca por amor a Dios y fue hecho participante de los padecimientos de Cristo. Para llevar a cabo esa tarea encomendada Pablo debió crecer en fe, y por el cumplimiento fiel de esa tarea encomendada el apóstol recibirá glorioso premio en la eternidad: un premio o galardón distinto y mayor que el ladrón convertido.

1 Corintios 3:8,12 -15 Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor... Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probaráSi permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.  Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.

La mayoría de las discusiones en las redes sociales se centran en si la salvación se pierde o no, pero ¿cuánto se discute sobre la pérdida del galardón? Claro, es más fácil discutir sobre lo teórico y lejano que sobre lo práctico y cercano, ¿quién se anima a poner sus obras sobre la mesa y decir estoy ganando o perdiendo premio? Honestamente, yo estoy convencido que soy justificado mediante la fe en la Gracia de Jesucristo, y no me quita el sueño la disputa interminable sobre la perseverancia de los santos (si es posible caer de la Gracia o no). Lo que yo no deseo es ser salvo como por fuego,  o como dice otra traducción como quien pasa por el fuego. Personalmente esto es lo que me quita el sueño, me preocupa, me confronta, me sacude. No quiero ser un árbol sin fruto, no quiero presentarme ante mi Señor con las manos vacías, no quiero que mi obra termine en cenizas cuando sea probada en los cielos, no quiero terminar mi vida terrenal como un pollo escapado del fuego…

Es el mismo Señor soberano quien nos advierte:

Apocalipsis 22:12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.

Pablo dice claramente, que la obra que el Señor nos encomienda podemos hacerla de dos maneras: de buena voluntad o de mala gana, pero una sola opción tendrá premio…

1 Corintios 9:16-17 Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada.

Ahora, ¿para qué busco un galardón?, ¿buscaré para mí una especie de enorme corona, llena de piedras preciosas, para luego pasearme por el cielo luciéndola como un cantante de reggaetón ? ¡No! No se trata de mí, o de nosotros, se trata de AMOR.

Cuando el Señor me justificó, yo vine a Él con las manos vacías, nada podía ofrecerle como pago por mis culpas. Pero cuando yo tenga que presentarme delante de Él a la luz de la eternidad, para rendir cuentas de mis obras, no quiero presentarme con las manos vacías. ¡Ay de mí si lo hiciera! ¿Es eso el fruto de mi amor por Él: manos vacías?

Parece que muchos están hoy cómodamente satisfechos creyendo que se salvarán como sea, que nunca podrán apartarse, y eso es todo lo que importa. Bueno, si yo fuera un asalariado tal vez eso sería todo lo que me importe; pero se supone que un cristiano ama a su Salvador con TODO su corazón, con TODA su alma, con TODA su mente, con TODAS sus fuerzas. ¿Y el fruto de TODO será solamente: MANOS VACÍAS?

El Señor Jesús, en esta tierra, llevó por mí (y por ti) una corona de espinas ¿Y como muestra de mi amor por Él le he de ofrendar en la eternidad una corona de hojarasca, heno o madera?, ¿no deberíamos anhelar arrojar a sus pies una de plata, oro y piedras preciosas? Y aunque esto (el material) sea metafórico, los galardones no lo serán, y más de uno verá como todo lo que hizo en esta tierra, supuestamente para Soli Deo Gloria; se quedará reducido a cenizas.

No se trata de mi galardón como salario, no se trata de devolverle nada a Dios, ni mucho menos de pagarle nada; se trata de amor: ¿Amo a mi salvación o amo a mi Salvador? Por mi salvación no tengo que hacer nada, pero por mi Salvador es mucho lo que debo hacer, literalmente es: TODO. Lo que piense mi mente, lo que sienta mi corazón, lo que anhele mi alma, lo que hagan mis manos, lo que miren mis ojos, el camino que recorran mis pies, lo que haga con mis fuerzas; TODO, debe ser hecho en esta tierra para Cristo. Pero no de cualquier modo, recordemos que nuestras obras no serán probadas por su cantidad, sino por su calidad (heno, madera, hojarasca, plata, oro, piedras preciosas). No seremos galardonados por haber hecho mucho, sino por haberlo hecho bien. Eso es amor que agrada a Dios, amor que se expresa en obras agradables, obras que son hechas mediante la fe; sin la cual es imposible agradar a Dios.  ¿Somos realmente conscientes de que debemos AGRADAR a Dios? Pues para agradar a Dios debemos crecer en fe.

Si todo lo que Cristo hizo por ti no te mueve a hacer por Él todo lo que puedas, entonces funcionarás como un parásito en la Iglesia; beneficiándote del trabajo de los demás sin aportar nada. Mientras sigas inmutable, con las manos debajo de tu cabeza, jactándote de que no necesitas hacer nada pues Cristo lo hizo todo por ti; estarás acumulando cenizas para la eternidad.

Colosenses 1:9-10 Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, AGRADÁNDOLE en todo, LLEVANDO FRUTO EN TODA BUENA OBRA, y creciendo en el conocimiento de Dios

No es precisamente fe para hacer milagros lo más urgente que necesitamos, sino la fe para andar como es digno de Él, para agradarle siempre (pues sin fe es imposible agradarle) y para llevar fruto en buenas obras.

La fe no es para conseguir lo que nosotros queremos, no es para que Dios haga lo que nosotros deseemos, no es para torcer el brazo del Señor, ni es para que hagamos nuestra voluntad. La fe que se nos demanda es aquella por medio del cual el Señor ejecutará su soberana voluntad y cumplirá sus designios en nosotros.

2 Tesalonicenses 1:11-12 Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder,  para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Efesios 2:10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

La fe reconoce que Dios debe cumplir su propósito en nosotros mediante las obras que Él dispuso de antemano, y hace que nos rindamos a Su voluntad. Por eso “es pues la fe, la certeza de lo que se espera la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1) La fe nos permite tener la certeza de que, a pesar de la situación en la que nos encontremos, Dios cumplirá todo Su propósito en nosotros con todo Su poder. La fe que mueve montañas, es la que tiene la certeza de que el camino pasa inevitablemente por esa montaña, y que es absolutamente necesario moverla para continuar el camino. La fe no es inventar un camino nuevo, no es obsesionarse con montañas que no están en nuestro camino pero nos gustaría mover para impresionar a otros. Es sencillamente tener la convicción de que yo debo pasar por allí, y que esa montaña no me detendrá en mi cumplimiento de la voluntad de Dios.

Moisés caminó en esa fe…

Hebreos 11:27 Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible.

La fe nos hace seguir por el camino que Dios ya nos ha trazado, nos hace andar como viendo al que no se ve, pero sabiendo que Él sí nos ve a nosotros y tiene el control total de la situación en Sus manos. Lo que Moisés hizo con el pueblo de Israel fue una gran obra, pero que Dios ya había preparado de antemano para que la realizara él; no fue algo que se le ocurrió a Moisés y desarrolló su fe para hacerlo realidad. Moisés siguió el camino que Dios le trazaba, se rindió obedientemente a la voluntad de Dios; por eso la fe produce obediencia y la obediencia fe, y así van creciendo ambas. Miremos un poco más de cerca la fe de Moisés…

Éxodo 14:2-4 Dí a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar hacia Baal-zefón; delante de él acamparéis junto al mar. Porque Faraón dirá de los hijos de Israel: Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado. Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga; y seré glorificado en Faraón y en todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Jehová. Y ellos lo hicieron así.

Moisés no organizó una gran estrategia para sacar a Israel de Egipto, simplemente fue guiado paso a paso, y de un paso a la vez. Acabamos de leer como Dios le dice a su siervo lo que debe hacer (dar la vuelta y acampar frente al mar) y le dice claramente que Él se glorificará en esta situación, una situación que se había tornado insostenible…

Éxodo 14:9-12 Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo, y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.

Delante: el mar, detrás: el ejército egipcio. Ese era el camino en el que el Señor había guiado a su siervo y a su pueblo. Obviamente que, si Moisés hubiese podido elegir hubiera escogido otro camino; pero la sabiduría de Dios había trazado este camino y no era el más alentador: el camino era ¡un mar! Tal es así que el pueblo se enojó, dudando de la guía  y providencia de Dios. Pero Moisés creyó en las promesas del Altísimo…

Éxodo 14:13-14 Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.

Ahora había llegado el momento en que el siervo de Dios debía poner la fe en acción, tenía la orden de caminar hacia adelante y tenía las promesas… pero el mar era un obstáculo imposible de salvar y parece que Moisés esperaba que sucediera algo sobrenatural, mas Dios no movería su mano hasta que Israel moviera su pie…

Éxodo 14:15-16,21 Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Dí a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco… Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.

En realidad, podríamos decir que Dios no le estaba pidiendo a Moisés fe para abrir el mar, sino fe para obedecer y seguir adelante. Le ordenaba Dios a Moisés tener la convicción de que ese era el camino, el único camino que la soberana voluntad del Señor había trazado… ¡Pero hay un mar en medio de mi camino! podría haber clamado Moisés (como lo hizo el pueblo), la respuesta de Dios fue:  ¿Por qué clamas a mí?… ¡Camina!… ¡sigue adelante!…. Y extendió Moisés su mano sobre el mar, como un acto externo de su fe interna, mas no dice la Biblia que fue Moisés quien abrió el mar, sino que dice: e hizo Jehová que el mar se retirase. La fe no es creer que yo puedo, sino creer que Dios puede; pero sobre la base de lo que Dios quiere, no de lo que yo quiero.  La fe se basa y se aferra a la voluntad de Dios, si se basa en mi voluntad no es fe, es capricho, obstinación o ambición. La fe es la convicción y certeza de lo que yo espero, ¿y que espero?, lo que Él me ha prometido, ¿y que me ha prometido?, que Él cumplirá su propósito en mí.

Dijimos también que la fe produce obediencia, y la obediencia produce más fe.

Éxodo 14:31 Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo.

El pueblo escuchó el mandato de Dios, y conociendo la voluntad de Dios obedeció marchando hacia adelante; Dios hizo un milagro y a través de esto el pueblo “creyó”. Por eso dice la Escritura que…

Romanos 10:17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

¿Cómo puede tener alguien fe, si no oye la palabra de Dios, si desconoce cuál es la voluntad del Señor?

Un hombre de fe es aquel que conociendo la Voluntad de Dios, se mueve en obediencia; sin dejar que un sicomoro, una montaña o un mar le hagan rebelar contra esa Voluntad. 

Un hombre de fe es aquel que, consciente de sus propias limitaciones, tiene la convicción de que no será él sino Dios quien removerá el obstáculo; y continúa caminando a pesar de que la montaña, o el mar, todavía sigan allí.

Un hombre de fe es aquel que sabe que no está actuando por capricho, sino porque Dios le ha mandado avanzar aún cuando la situación se torne imposible.

Un hombre de fe es aquel que no le obsesiona su propia reputación, no está preocupado de cuánto el resultado le beneficiará a sí mismo, sino de cuánto el Nombre del Señor será glorificado.

Puede que en medio de tu sendero se encuentre un árbol, una montaña o hasta un mar. No los pusiste tú, Dios lo ha permitido. ¿Conoces la voluntad de Dios? ¿Has clamado a Dios por ello? Si Él te dice camina, debes hacerlo; no te está Dios demandando una fe tan grande como el tamaño del problema, sino  la suficiente como para obedecerle.

Romanos 8:28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

El hombre de fe permite que esa fe se desarrolle ejercitándose con cada obstáculo que encuentra en el camino, porque cada obstáculo le ayudará para bien… “Y sabemos” esto es fe, certeza, convicción, que todas las cosas les ayudan a bien“… ¿a quienes? a los que aman a Dios, ¿y qué más? a los que conforme a su propósito son llamados. Dios tiene un propósito específico para ti en esta tierra, no estás deambulando por este mundo comiendo y bebiendo hasta que mueras y nada más. Ese propósito, en su cumplimiento, te llevará por senderos ya trazados para ti, con sicomoros, montañas y mares de por medio; no lo trazas tú, este camino Dios lo ha trazado para ti. Puede que no sea el que más te guste, y pienses que el camino de los demás es más fácil, y posiblemente tengas razón. El camino que Dios trazó para Moisés no fue el más fácil, pero fue el más glorioso. Sin fe te será imposible agradar a Dios, y necesitas ejercitarla y permitir que crezca. Sin fe es imposible cumplir con las obras que Dios te preparó de antemano, y por ellas expresarás tu amor a Dios; por esas obras recibirás recompensa eterna, aquella que arrojarás a los pies de tu Salvador, si resiste la prueba de fuego.

Sal 138:7-8  Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás;
Contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano,
Y me salvará tu diestra.
Jehová cumplirá su propósito en mí

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar – Diarios de Avivamientos – 

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Hechos del Avivamiento – Leonard Ravenhill

Una voz profética que continúa encendiendo fuego en los corazones. Tenemos el placer de poner una vez más al alcance del pueblo latino, las palabras de Leonard Ravenhill. Deseamos lo disfruten y compartan.

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¿Qué es la verdad?

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Juan 18:37-38 Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.

Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad?

La pregunta de Pilato era una pregunta de tinte filosófico, proveniente de alguien que sin duda había escuchado a muchos afirmar “¡esta es la verdad!”. Los judíos decían tener la verdad, los pensadores griegos disertaban acaloradamente sobre ella, y los infinitos cultos paganos que proliferaban en el tolerante imperio romano se atribuían la verdad de la divinidad. Ante ese panorama, la pregunta ¿Qué es la verdad? tenía mucho sentido.

¿Es la verdad la correspondencia entre lo que yo percibo y afirmo sobre algo, y las características reales de ese algo? Pero ¿Es mi percepción una base confiable para afirmar una verdad? ¿Existe la verdad absoluta o todo es relativo, dependiendo de quién y cómo se mire?

Imagino que Pilato se encogió de hombros, y con un tono de fastidio o resignación hizo aquella pregunta sin esperar respuesta alguna. Jesús no respondió ni Pilato se preocupó por ello, pues inmediatamente salió del lugar.

A dos milenios de aquella pregunta el mundo no ha cambiado, sigue existiendo el mismo conflicto con la verdad. Y dentro de la Iglesia el conflicto es mayor porque ¿Cuál es el motivo de que haya tantas divisiones, tantas denominaciones, tantos grupos dentro del cristianismo evangélico; sino el que cada uno de ellos se atribuye tener la verdad? Cada partido dice ser poseedor de la sana doctrina, tener la correcta interpretación de la Escritura y ser el genuino transmisor del Evangelio; por consiguiente quien no está con ellos está en el error, quien no interpreta en la Biblia lo que ellos interpretan está prácticamente perdido.

Dudo que en toda la historia de la Iglesia, las palabras hereje y apóstata se hayan usado tanto como hoy; ni la Inquisición haya estado más activa como en la actualidad. Pensar distinto, disentir, tener otro punto de vista sigue siendo peligroso; con la diferencia de que las hogueras de hoy son virtuales. Aunque la forma de reaccionar de algunos hace pensar que si pudieran, encenderían hogueras reales para quemar a los “falsos y herejes”.

¿Qué es un hereje para la mayoría de los creyentes en la actualidad? “Un hereje es todo aquel que no piensa lo mismo que yo; que alaba o adora a Dios de otra forma distinta a la que hago yo; que no repite los mismos dogmas que repito yo, y que se niega a aceptar como verdad indiscutible, mi verdad”. Este es básicamente el manto radical y fanático en el cual miles de llamados cristianos se envuelven, cual manto profético, y se autoproclaman “defensores de la sana doctrina” y ¡que caiga fuego del cielo y consuma a todos los que no estén de acuerdo!

Estos afirman enfáticamente: “La Biblia dice”. Pero, ¿Por qué yo tengo que decir, que la Biblia dice lo que tú dices que ella dice? ¿Por qué tu punto de vista tiene que ser el único válido? ¿Por qué tu interpretación de la Escritura es la verdad y mi interpretación es el puro error? ¿Quién me garantiza (y te garantiza) que tú estás en lo cierto? ¿Será la Confesión de Fe de tu denominación, tu tradición; o porque el predicador o teólogo que más admiras creía eso y entonces tiene que ser la verdad?

Una de las cosas que más me fascinan de la Historia de la Iglesia, y por supuesto, de la maravillosa soberanía de Dios; es que al amado Spurgeon el calvinismo le resultó asombrosamente efectivo para su ministerio. Pero del mismo modo, al amado John Wesley el arminianismo le resultó maravillosamente efectivo para el suyo. Si yo creyese que el calvinismo es la verdad porque le resultó efectivo a Spurgeon; o por el contrario, creyese que el arminianismo es la verdad porque le resultó efectivo a Wesley; entonces no estaría siendo objetivo sino pragmático, es decir, afirmaría que si algo da resultado ese algo debe de ser bueno. Pero el pragmatismo es un camino peligroso.  También podríamos mencionar a Jonathan Edwards, Charles Finney, D. L. Moody, John G. Lake, Evan Roberts, Leonard Ravenhill… enormemente distintos entre ellos, pero con ministerios poderosos. Puede que alguno de los nombrados no te guste (no pensaban como tú), pero eso no invalida que con ellos se produjeron grandes avivamientos. Tan grandes, que es muy probable, que ninguno de nosotros hayamos experimentado un avivamiento de esas características… y si no, que levante la mano el que ha experimentado algo parecido…

En la fe cristiana hay dogmas (enseñanzas) que son verdades absolutas, por ejemplo la divinidad de Cristo; su encarnación, padecimiento, muerte y resurrección física; su obra expiatoria por la cual obtenemos perdón de pecados y reconciliación con Dios; la salvación exclusivamente mediante la fe en su sacrificio (no por obras o méritos nuestros); un solo Camino al Padre: Jesús. Segunda Venida de Cristo, un Juicio Final con la correspondiente vida eterna para los que creen en Él y la condenación eterna para los que le rechazan, etc. Estos son pilares de la fe cristiana, verdades absolutas que no admiten distintos puntos de vista. Puede que aún no comprendas estos dogmas como es debido a causa de que eres nuevo en el camino de la fe, en tal caso te daría el consejo del sabio Agustín de Hipona:

Por tanto, hermanos, mejor sería que pudiéramos callar y decir: «Esto sostiene la fe; así lo creemos». No lo puedes entender, eres aún un párvulo (pequeñuelo) en la fe; aguanta con paciencia en el nido, mientras se robustecen tus alas, no sea que, pretendiendo volar sin plumas, te encuentres no con un soplo de libertad, sino con una caída por temeridad.” (Agustín – Sermón 117)

Dice el mismo Agustín que a veces es mejor una ignorancia reverente que una ciencia presuntuosa. Y este dicho lo podríamos aplicar perfectamente a todos los demás dogmas que no son absolutos, que admiten distintos puntos de vista y que no ponen en peligro la fe para salvación. Dogmas como por ejemplo la predestinación (con sus variantes y atenuantes), la expiación limitada o ilimitada (Cristo murió por todos o Cristo murió por algunos); la operatividad de los dones del Espíritu Santo (continuismo – cesacionismo), el estilo de adoración y ceremonia de los cultos (salterio o pandereta loca), diferencia entre bautismo y llenura del Espíritu; diferencia entre depravación total heredada (pecado original) o depravación total voluntaria; mileniarismo o amileniarismo etc. Estos son ejemplos de enseñanzas que, por más que les pese a algunos, admiten distintos puntos de vista; y no por ello se hace uno merecedor del título de “hereje”. Por ejemplo, en el Ordo Salutis (Orden de la Salvación) ¿Alguien piensa que uno puede irse al infierno por creer que la Regeneración es anterior a la Justificación, o la Justificación anterior a la Regeneración? Que esto sea importante para ti, no significa que sea imprescindible para los demás.

El pastor puritano y líder de avivamiento Richard Baxter, reconoce esta situación y conmina a sus oyentes a prestar atención a las doctrinas básicas o fundamentales en las cuales todos estamos de acuerdo, sin permitir que las diferencias secundarias sean una excusa para rechazar el todo:

Puesto que todos los creyentes no están de acuerdo en algunos puntos de doctrina, usted rehúsa escuchar las doctrinas básicas, en las cuales todos los creyentes están de acuerdo.” (Richard Baxter – del libro: Una invitación a vivir)

“¿Está confundido porque hay tantas opiniones religiosas? Entonces, ¿Por qué no depende solo de la Biblia, en donde la enseñanza divina acerca de la salvación es perfectamente clara?”    (Richard Baxter – una invitación a vivir)

Son esas doctrinas básicas las que deben unirnos, las que debemos enfatizar, las que debemos proclamar si queremos que las personas del mundo nos oigan; nos tomen en serio y dejen de considerarnos a los evangélicos como una multiplicación interminable de grupos sectarios.

Nuestro ministerio debe estar centrado en las grandes enseñanzas de la Escritura. Esto es lo que la gente necesita para alimentar sus almas, para mortificar sus pecados y calentar sus corazones. Si solo predicamos a Cristo, estaremos predicando todo. Esta es la mejor forma para no perder el tiempo. Muchas otras cosas pudieran ser deseables, pero el tiempo es corto y las almas son preciosas. Si los oyentes fallan en comprender las verdades esenciales del evangelio, entonces serán perdidos para siempre. Esto no agradará a aquellos que siempre quieren escuchar algo nuevo y emocionante. Frecuentemente tendremos que repetir las mismas cosas, porque las verdades esenciales son relativamente pocas.” (Richard Baxter – del libro: El Pastor Reformado)

O como decía John Wesley

En cuanto a todas las opiniones que no dañan las raíces del cristianismo, nosotros pensamos y dejamos pensar“.

Es asombroso que algunos usen las epístolas de Pablo a los corintios para acusar de desorden a los carismáticos, y sin embargo ellos mismos caen en un error peor. ¿Cómo empieza la primera carta a los Corintios?

1Corintios 1:10-13 Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?

A la misma Iglesia de Corinto le escribiría algunos años más tarde Clemente de Roma:

“¿Por qué hay, pues, contiendas e iras y disensiones y facciones y guerra entre vosotros? ¿No tenemos un solo Dios y un Cristo y un Espíritu de gracia que fue derramado sobre nosotros? ¿Y no hay una sola vocación en Cristo? ¿Por qué, pues, separamos y dividimos los miembros de Cristo, y causamos disensiones en nuestro propio cuerpo, y llegamos a este extremo de locura, en que olvidamos que somos miembros los unos de los otros? Recordad las palabras de Jesús nuestro Señor; porque Él dijo: ¡Ay de este hombre; mejor sería para él que no hubiera nacido, que el que escandalice a uno de mis elegidos! Sería mejor que le ataran del cuello una piedra de molino y le echaran en el mar que no que trastornara a uno de mis elegidos. Vuestra división ha trastornado a muchos; ha sido causa de abatimiento para muchos, de duda para muchos y de aflicción para todos.”     (Clemente de Roma – Carta a los Corintios XLVI)

Hoy, los que utilizan las epístolas de Pablo a los corintios para acusar a otros hermanos de desorden, son los mismos que se jactan de pertenecer a tal o cual grupo, seguidores de tal o cual teólogo; y que poseen (según ellos) la doctrina más perfecta y ortodoxa. Cuando por mandato apostólico, Pablo prohíbe esas divisiones o denominaciones con nombre de hombre. Si lo tradujésemos al lenguaje actual diríamos: “Yo soy Calvinista, y yo Arminiano, y yo de Wesley, y yo Molinista”… y alguno para ser más espiritual diría “Yo soy de Cristo” pero rechazando a los anteriores. ¿Está dividido Cristo? El grave problema en la iglesia de Corinto no era el desorden, eso se solucionó rápidamente después de la amonestación de Pablo; la raíz que no fue quitada fue el sectarismo, las facciones seguidoras de uno u otro predicador o maestro. Esto lo podemos comprobar fácilmente leyendo la carta de Clemente de Roma, donde queda expuesta que después de la muerte del apóstol Pablo la iglesia de Corinto seguía dividiéndose.

“Tomad la epístola del bienaventurado Pablo el apóstol. ¿Qué os escribió al comienzo del Evangelio? Ciertamente os exhortó en el Espíritu con respecto a él mismo y a Cefas y Apolos, porque ya entonces hacíais grupos. Pero el que hicierais estos bandos resultó en menos pecado para vosotros; porque erais partidarios de apóstoles que tenían una gran reputación, y de un hombre aprobado ante los ojos de estos apóstoles. Pero ahora fijaos bien quiénes son los que os han trastornado y han disminuido la gloria de vuestro renombrado amor a la hermandad. Es vergonzoso, queridos hermanos, sí, francamente vergonzoso e indigno de vuestra conducta en Cristo, que se diga que la misma Iglesia antigua y firme de los corintios, por causa de una o dos personas, hace una sedición contra sus presbíteros. Y este informe no sólo nos ha llegado a nosotros, sino también a los que difieren de nosotros, de modo que acumuláis blasfemias sobre el nombre del Señor por causa de vuestra locura, además de crear peligro para vosotros mismos.”      (Clemente de Roma – Carta a los Corintios XLVII)

Peor que hablar en lenguas en un culto es causar divisiones en el Cuerpo de Cristo, o ahondar las ya existentes. Las divisiones surgen cuando los hombres se creen dueños de la Verdad, y no comprenden que la Verdad no puede ser esclava de nadie. El hombre es esclavo de la ignorancia, la Verdad lo hace libre rompiendo sus cadenas y sacándolo de las tinieblas de su prisión; la Verdad debe adueñarse del hombre, no al revés. No es el hombre el que liberta a Verdad, es la verdad la que liberta al hombre. En la jactancia de su “amor por la verdad” los hombres demuestran odio hacia el que piensa distinto, y de esta manera vuelven a la esclavitud del error. Aquellos que piensan que pueden encerrar la Verdad en un puño, no dudan en golpear con ese puño al que piensa distinto; de esta manera son como aquellos que en vez de levantar en alto la lámpara para que alumbre a los otros, se las arroja a la cabeza provocando un incendio, en lugar de luz producen destrucción.

Los intelectuales son unos curiosos insanos; son como conquistadores que destruyen el mundo sin poseerlo. Salomón mismo testifica de la vanidad del interminable razonar. Nunca estudies asuntos espirituales a menos que Dios te anime a ello. Y no estudies más de lo que puedas abarcar. Estudia con un corazón lleno de oración. Dios es tanto Verdad como Amor. Sólo puedes conocer la verdad en la medida que ames. Ama la verdad y conocerás la verdad. Si no amas, no conoces el amor. Ama con un corazón humilde y la Verdad te amará. Sabrás lo que los filósofos no pueden conocer e incluso lo que los filósofos no quieren saber. Espero que obtengas el conocimiento que se reserva para los niños y los de mente sencilla. Dicho conocimiento está oculto a los sabios y prudentes. (Mateo 6:25)    (Fenelon – libro: Una Vida de Sencillez)

O en palabras de Juan Calvino:

Aquí también se ha de notar que somos invitados a un conocimiento de Dios, no tal cual muchos se imaginan, que ande solamente dando vueltas en el entendimiento en vanas especulaciones, sino que sea sólido y produzca fruto cuando arraigue y se asiente bien en nuestros corazones. Porque Dios se nos manifiesta por sus virtudes, por las cuales, cuando sentimos su fuerza y efecto dentro de nosotros, y gozamos de sus beneficios, es muy razonable que seamos afectados mucho más vivamente por este conocimiento, que si nos imaginásemos un Dios al cual ni lo viéramos ni le entendiésemos. De donde deducimos que es éste el mejor medio y el más eficaz que podemos tener para conocer a Dios: no penetrar con atrevida curiosidad ni querer entender en detalle la esencia de la divina majestad, la cual más bien hay que adorar que investigar curiosamente, sino contemplar a Dios en sus obras, por las cuales se nos aproxima y hace más familiar y en cierta manera se nos comunica.  (Juan Calvino – Instituciones – Libro I – Cap. V – 10)

De las vanas especulaciones y la atrevida curiosidad surgen las disputas interminables. Del querer entender en detalle al Dios que excede a todo conocimiento surgen las luchas intestinas de la Iglesia. Hay un solo Camino al Padre, y nos ha sido revelado: Cristo, pero ese Camino no es en ninguna manera tan estrecho que debamos ir en fila india; es decir, si alguien sigue a Cristo no necesariamente tiene que seguir mis pisadas.

Marcos 9:38-40 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.

En el contexto anterior se nos dice que los discípulos habían estado discutiendo entre ellos, y cuando el Señor les preguntó el motivo, ellos callaron. La discusión se trataba sobre quién de los discípulos sería el mayor en el Reino. Entonces Jesús les respondió:

Marcos 9:35 …Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.

Entonces Juan, que al parecer no comprendió las palabras del Maestro, respondió: “hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía”. ¿Cuál fue la razón por la que le prohibieron echar fuera demonios en el nombre de Cristo? “Él no nos sigue… porque no nos seguía”. Este es uno de los más nefastos pensamientos dentro del cristianismo: “Quien no me sigue a mí, no sigue a Cristo”.

Comentando sobre este pasaje, dice Matthew Henry:

Muchos han sido como los discípulos, dispuestos a hacer callar a los hombres que lograron predicar el arrepentimiento en el nombre de Cristo a los pecadores, porque no siguen con ellos. Nuestro Señor culpa a los apóstoles recordándoles que quien obra milagros en su nombre no puede dañar a su causa. Si se lleva pecadores al arrepentimiento, a creer en el Salvador, y a llevar vidas sobrias, justas y santas, entonces vemos que el Señor obra por medio del predicador.”     (Matthew Henry – Comentario bíblico)

Si prestamos un poco de atención a las disputas entre cristianos, sobre todo hoy día en las redes sociales; veremos que la mayoría tienen como epicentro las doctrinas no esenciales, no básicas. Disputas interminables cuyo objetivo es resaltar, al igual que los doce discípulos, quién es el mayor o el más importante. Si el Señor hoy nos preguntara: ¿Qué disputáis entre vosotros? al igual que los discípulos nos quedaríamos callados, por vergüenza. Todavía no logramos entender plenamente que significa: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos… Sin embargo, pretendemos descifrar los misterios celestiales más complejos.

Ambrosio, obispo de Milán, le dijo a un joven que buscaba la verdad:

 “La verdad no es una idea, o un concepto, o un estado mental; es la manifestación en una Persona Divina… no es el hombre el que encuentra la verdad, sino la verdad la que encuentra al hombre. Porque la Verdad es una Persona, es Jesucristo el Hijo de Dios.”

Ese joven, al igual que Pilato, se preguntaba ¿qué es la Verdad? Y no halló la Verdad por su propio esfuerzo o conocimiento, sino que fue hallado por ella. Ese joven se llamaba Agustín de Tagaste, y llegó a ser Agustín obispo de Hipona. La Verdad es una Persona, aquel que dijo: Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida. (Juan 14:6)

Juan 17:3 Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

El Señor Jesús vino para darnos vida eterna, y esta vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero. Podemos, entonces, conocer la Verdad que es Jesús, pero no podemos abarcar la Verdad, porque esa Verdad es inmensa, es Dios mismo. ¿Quién puede abarcar a Dios? El mismo Agustín, en su exquisito Sermón 117, desarrolla este pensamiento:

Estamos hablando de Dios, ¿qué tiene de extraño que no lo comprendas? Pues, si lo comprendes, no es Dios. Antepón la piadosa confesión de tu ignorancia a una temeraria profesión de ciencia. Tocar en alguna medida a Dios con la mente es una gran dicha; en cambio, comprenderlo es absolutamente imposible. A Dios, que guarda relación con la mente, hay que comprenderlo; al cuerpo, que guarda relación con los ojos, hay que verlo. Pero ¿piensas poder comprender el cuerpo con el ojo? De ningún modo, pues cualquier cosa que veas no la ves entera. Si estás viendo la cara de un hombre, no ves su espalda mientras estás viendo su cara, y cuando ves su espalda, durante ese tiempo no ves su rostro. Por tanto, no lo ves de manera que lo abarques en su totalidad; no obstante, cuando ves otra parte que no habías visto, si la memoria no te hace recordar que has visto la otra parte que has dejado de mirar, nunca dirás que has comprendido, es decir, abarcado, algo ni en su superficie. Tocas lo que ves, lo pones de un lado y de otro, o eres tú mismo el que te giras para verlo en su totalidad. Así, pues, no puedes verlo con una sola mirada. Mientras le das vueltas para verlo, ves partes, y al asociarlas a las otras partes, dado que las has visto, crees verlo en su totalidad. Pero aquí no se advierte un resultado de la visión de los ojos, sino de la fuerza de la memoria. Por tanto, hermanos, ¿qué puede decirse de aquella Palabra? Esto es lo que afirmo: los ojos no pueden comprender o abarcar con su mirada los cuerpos que tienen ante ellos. Luego, ¿qué ojo del corazón comprende o abarca a Dios? Bastante es con que llegue a tocarlo, en el caso de que el ojo esté limpio. Con todo, si llega a tocarlo, lo toca con cierto tacto incorpóreo y espiritual, pero no lo abarca; y esto en el caso de que esté limpio. Y el hombre se hace bienaventurado si logra tocar con el corazón al Ser que permanece siempre bienaventurado. Y Él es la Bienaventuranza perpetua, y la Vida perpetua de donde le llega la vida al hombre, la Sabiduría perfecta, por la que se hace sabio el hombre, la Luz eterna, que ilumina al hombre. Y advierte cómo tú, al contacto con ella, llegas a ser lo que no eras, pero sin hacer que lo que tocas pase a ser lo que no era. Esto es lo que digo: Dios no es más porque lo conozcan; el que, en cambio, es más al conocerle es quien le conoce.”     (Agustín de Hipona, Sermón 117:5)

Podemos conocer a Dios en alguna manera, en la manera que Él se nos revela mediante su amor; y se nos exhorta a ser capaces “de comprender… y de conocer el amor de Cristo”, pero se nos advierte que ese amor “excede a todo conocimiento” (Efesios 3:19).  Cuanto más conozcamos a Dios tendremos mayor consciencia de nuestra ignorancia en cuanto a Él, de cuanto nos falta aún para conocerle como Él es digno.

Durante un seminario en los Estados Unidos, un estudiante le preguntó al teólogo suizo Karl Barth: “Dr. Barth, ¿cuál ha sido lo más profundo que usted ha aprendido en su estudio de la teología?” Barth pensó por un momento y luego contestó: “Cristo me ama, bien lo sé, en la Biblia dice así”. Los estudiantes se rieron de su respuesta tan simplista, pero su risa se tornó algo nerviosa cuando pronto advirtieron que Barth lo había dicho muy en serio. Barth dio una respuesta sencilla a una pregunta muy profunda. Al hacerlo estaba llamando la atención a por lo menos dos nociones fundamentalmente importantes. (1) En la más sencilla de las verdades cristianas reside una profundidad que puede ocupar las mentes de las personas más brillantes durante toda su vida. (2) Que aun dentro de la sofisticación teológica más académica nunca nos podremos elevar más allá del entendimiento de un niño para comprender las profundidades misteriosas y las riquezas del carácter de Dios.”    (C. S. Sproul – libro: Grandes doctrinas bíblicas)

Podremos contemplarle pero no abarcarle con nuestra mirada, y este es el punto que al parecer nos cuesta asimilar y eso produce división tras división en la Iglesia. Al decir de Agustín: ¿Qué ojo del corazón comprende o abarca a Dios? Bastante es con que llegue a tocarlo…” Ningún teólogo, erudito, catedrático, pastor o maestro es capaz de abarcar a Dios de tal manera que sus palabras se constituyan en infalibles. Unos logran contemplar o tocar una parte de Dios, otros alcanzan a contemplar otra; pero nadie puede afirmar: “esta es la totalidad de Dios”. Para decirlo de manera gráfica, Lutero contempló una parte, Calvino otra, Arminio otra, y a su vez Jonathan Edwards, John Wesley, Spurgeon, Moody, Finney… contemplaron o palparon a Dios según la luz que recibieron. Pero ninguno de ellos tuvo la visión completa, la totalidad de la luz, ninguno logró abarcar totalmente a Dios, entonces ¿Por qué yo debo aceptar como absoluta una visión parcial de Dios? ¿Por qué en vez de quedarme con una parte, la de mi denominación, no sumo a la luz que recibo las luces de los que en alguna manera llegaron a contemplar a Dios? Como alguien dijo: “si algún teólogo tuviese la comprensión completa de la Biblia, ya no necesitaríamos la Biblia, nos bastaría con escuchar a ese teólogo”. Y a veces no son precisamente los grandes teólogos, los que han llegado a tener más contacto con Dios.

En el capítulo nueve de Juan se nos narra un maravilloso suceso, dice que “al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento.” (vs.1) Aquí el Señor vio a quien no podía verle, y tocó a quien por sí mismo era incapaz de encontrarle para tocarle. El Señor escupe en tierra y unta con el lodo los ojos del ciego, el cual después de lavarse en el estanque de Siloé, recibe la vista. Ante este milagro, todos comienzan a interrogar al que fue sanado, los vecinos le preguntan ¿Dónde está él? Él dijo: No sé. (vs. 12). Acto seguido, los fariseos (líderes religiosos, teólogos y maestros de entonces) le interrogan también: “¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta.” (vs. 17)

El Señor había tocado al ciego y este quedó sano, había recibido luz del que era la Luz del mundo. ¿Quién de nosotros puede poner en duda esto? Sin embargo, hoy acusaríamos a este hombre de ignorancia por llamar al Señor Jesús: un profeta. Le faltó decir que era Rey, Sumo Sacerdote, Dios hecho Hombre, ¡o al menos el Mesías!… pero solo describió una parte del Señor.

“Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. (vs.24, 15)

Después de esta declaración, nosotros aún levantaríamos piedras para arrojárselas ¿Cómo se le ocurre afirmar que no sabe si el Señor Jesús, es o no pecador? Sin embargo, nadie está obligado a confesar lo que no sabe, sino lo que sabe: “una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. Este es un testimonio poderoso, una declaración de fe, una brillante exposición teológica: “no me aventuro a responder cosas sobre las que no sé, una sola cosa sé con certeza y esa testifico, que yo estaba en tinieblas y Jesús me sacó a luz”. ¿Quién se atreve a afirmar que este hombre no estaba en la Verdad? Estaba en la Verdad aunque no comprendiese toda la Verdad, y eso le hacía veraz.

Juan 9:26-34  Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Él les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos? Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer. Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron.

Los líderes religiosos, maestros y doctores de la Ley se jactaban de su conocimiento; creían conocer y ser los únicos portadores de la verdad. Sin embargo, cuando la Verdad (Cristo) estuvo frente a ellos, la rechazaron y crucificaron. Pero uno del vulgo, uno tenido por pecador por haber nacido ciego, tuvo un encuentro con la Verdad, ¿y cómo reaccionó?

Juan 9:35-38 Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.

El que conozcas la doctrina verdadera no te hace conocedor de la Verdad, porque nadie es salvo por el conocimiento sino por la fe. Separar la doctrina de Cristo, de la Persona de Cristo, es muy peligroso. Los fariseos adoraban al conocimiento acerca de la Verdad, no a la persona de la Verdad que era Cristo. El que había sido ciego se postró y adoró a la Verdad en persona, aún sin tener demasiados conocimientos acerca de ella. Los fariseos conocían la Ley dada por Dios, pero no conocían al Dios que había dado la Ley. Y como dijo Leonard Ravenhill: “El mundo no necesita de personas que conozcan la Palabra de Dios, de esos está lleno. El mundo necesita de personas que conozcan al Dios de la Palabra”.

Es verdad que no hay ningún teólogo en la tierra que sepa más de doctrina que el diablo, él sabe todo sobre el Antiguo Testamento, porque estuvo allí. Estuvo allí cuando los cielos y la tierra fueron creados, estuvo en el huerto del Edén cuando el hombre pecó, estuvo en los días de Noé y de Abraham. Cruzo el Mar Rojo, estuvo en el desierto con Israel, vio las tablas de la Ley, cómo se hizo el Tabernáculo, conoció personalmente al rey David, a Salomón y a Elías. Escuchó predicar a Isaías, a Jeremías y a Ezequiel. También sabe cómo nadie sobre el Nuevo Testamento, estuvo con Juan el Bautista en el desierto, le escuchó predicar, vio a Jesús naciendo en un pesebre, conversó con Él en el desierto, vio sus milagros, contempló su crucifixión y fue testigo de su resurrección. Conoció de primera mano a Pedro, a Juan y a Pablo. ¿Qué más se le puede pedir para concederle todos los títulos y doctorados académicos? ¿Quién puede competir con él en conocimiento bíblico? Pero su conocimiento solo le valdrá para condenación, no lo salva, porque no permaneció en la Verdad, no ama la Verdad, no camina en la Verdad, no está poseído por la Verdad ni está lleno de ella. Uno puede conocer la Verdad y estar apartado de ella, el diablo es el mejor ejemplo.

El conocimiento de la verdad no te hace ser verdadero sino permaneces en ella, el diablo conoce la verdad pero sin embargo es padre de mentiras.

Juan 8:44  Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira

Si quieres defender la doctrina verdadera, antes de gritarla con tu boca y alabarte a ti mismo por tu conocimiento, escríbela con tus actos, porque a tus palabras se las llevará el viento pero tus obras permanecerán para ser probadas en el Tribunal de Cristo y recibir la alabanza de Dios. Si estás en la Verdad debes permanecer en ella y actuar influenciado por ella; entonces los hombres serán influenciados por tu ejemplo.

“Que nuestra alabanza sea de Dios, no de nosotros mismos; porque Dios aborrece a los que se alaban a sí mismos. Que el testimonio de que obramos bien lo den los otros, como fue dado de nuestros padres que eran justos. El atrevimiento, la arrogancia y la audacia son para los que son malditos de Dios; pero la paciencia y la humildad y la bondad convienen a los que son benditos de Dios.” (Clemente de Roma – Carta a los Corintios XXX)

No puede haber un divorcio entre nuestras palabras y nuestros hechos:

La predicación crucificada solamente puede venir de un hombre crucificado.”    (El Predicador y la Oración – E. M. Bounds)

Y honestamente, los mejores maestros son los que enseñan con su vida:

Es mejor guardar silencio y ser, que hablar y no ser. Es bueno enseñar, si el que habla lo practica.”    (Ignacio de Antioquía – de su Carta a los Efesios XV)

Si hiciéramos la pregunta de cuál es la mayor carencia de la Iglesia, en la actualidad, muchos responderían: “La falta de conocimiento bíblico”.  Pero yo les desafío a que pregunten a los asistentes de sus respectivas congregaciones, por el significado de la palabra santidad; comprobarán que todos saben medianamente lo que significa. Acto seguido, consideren según la vida de cada uno de ellos, si viven en santidad. Descubrirán que el problema no es la falta de conocimiento bíblico sino la falta de santidad, es decir, de poner en práctica lo que ya saben o entienden. La santidad viene por la comunión con la Verdad, no solo por el conocimiento intelectual de ella.

Algunos esgrimen alegremente la premisa de Lutero: “Es mejor estar separados por la verdad que unidos por el error”. Pero la pregunta sigue siendo ¿qué es verdad y qué es error? ¿Verdad es lo que tú crees y error es lo contrario? Cualquiera que haya leído los escritos del gran Martín Lutero, y revisado su historia, habrá notado su intolerancia con el que pensaba distinto; quien estaba contra él estaba contra Cristo. No olvidemos que aprobó y alentó la masacre de campesinos por parte de la nobleza, que odiaba a Zwinglio (se alegró de su muerte); y hubiera hecho quemar a todos los anabaptistas si hubiese podido, ¿la razón? No pensaban igual que él. Zwinglio sostenía que el pan y el vino de la cena del Señor (eucaristía) eran simplemente símbolos (no una transubstanciación como afirmaban los católicos, ni una consubstanciación como afirmaban los luteranos), mientras que los anabaptistas se oponían al bautismo de niños; estas eran herejías abominables para Lutero. Sin embargo con el paso de los años, la Iglesia mayoritariamente ha adoptado la posición de Zwinglio y la de los anabaptistas. Nos preguntamos ¿fue lo mejor que luteranos, zwinglianos y anabaptistas estuviesen separados? No, absolutamente no, y esto demuestra que muchas veces detrás del “Es mejor estar separados por la verdad…” se esconde la intolerancia hacia quien piensa distinto, y no un amor genuino por la Verdad.

Debemos cumplir nuestros deberes con gran humildad. Recuerde que la palabra “ministro” significa uno que sirve. El orgullo está fuera de lugar en uno que está buscando ayudar a otros en el camino de la salvación. Si Dios expulsó a un ángel orgulloso del cielo, entonces ¿Acaso dará la bienvenida a un predicador orgulloso y soberbio? El orgullo genera la envidia y los pleitos, y obstaculiza grandemente la obra del evangelio. Algunos pastores se han vuelto incompetentes porque son demasiado soberbios para aprender. No debemos rechazar con arrogancia a aquellos que no están de acuerdo con nosotros. Siempre debemos estar dispuestos a aprender de otros”    (Richard Baxter – del libro: El Pastor Reformado)

Es pues la Verdad, una Persona divina: Cristo. No se trata solo de conocer la palabra de Cristo, sino de permanecer en ella. Que la Verdad nos posea, sin la pretensión de poseerla a ella. Que la Verdad nos doblegue, sin intentar nosotros manipularla. Que la Verdad nos transforme, nos torne mansos y humildes, porque entonces los demás notarán quien es verdaderamente nuestro Maestro:

Mat 11:25-27, 29  En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas

Es mejor estar unidos, y luchar por la unidad en una sola batalla como un solo ejército, que estar divididos luchando mil batallas cada uno por su cuenta. Porque eso nos mandó el Señor:

Juan 17:11, 20-23  Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno.Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.

Este pequeño estudio no tiene por objeto ser un canto al ecumenismo ni al sincretismo religioso; solamente recordar que aunque a veces pensemos distinto en cuanto a las doctrinas secundarias; estamos en el mismo Camino, permanecemos en la misma Verdad, y tenemos la misma Vida. Antes de llamar hereje, falso, o apóstata a alguien porque no piensa como tú o no te sigue, piénsatelo dos veces, pues hay una seria advertencia de Cristo:

Mateo 5:22  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.

El Señor no les está hablando aquí a incrédulos sino a sus seguidores. Ten cuidado no sea que tu hermano, al que llamas “necio” por no seguirte a ti, sea defendido por Cristo, a quien sigue; y tú quedes expuesto al infierno de fuego. Es mejor confesar humildemente nuestra ignorancia, que presumir de conocimientos:

« ¡Oh, Señor, soy un necio, incapaz de distinguir la verdad del error! Señor, no me dejes en mi ceguera. No permitas que apruebe o rechace erróneamente esta doctrina. Si es de Dios, que no la desprecie, y si es del diablo, que no la abrace. Señor, pongo mi alma a tus pies respecto a este asunto. No permitas que me engañe, te pido humildemente. »  (John Bunyan del libro: Gracia Abundante)

Juan 8:32  y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Este artículo pertenece a la serie Estudios sobre el Liderazgo Cristiano

Producida y diseñada por Diarios de Avivamientos

Autor: Gabriel Edgardo LLugdar

Licencia: Este tratado es de libre distribución, almacenamiento e impresión, siempre que sea sin fines comerciales ni publicitarios. Puede ser usado libremente mientras se respete el texto en su forma y contexto, haciéndose mención de la fuente y autor.

Nuestro correo: diariosdeavivamientos@gmail.com

Edición: Julio de 2016

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La Verdad - Qué es la verdad - Diarios de Avivamientos

¿Qué es la verdad? Sobre el liderazgo cristiano – PDF

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Los Profetas Modernos

Los Profetas modernos

Jeremías 23:21-22 No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban.

Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.

Un poco de recorrido por las redes sociales es suficiente para comprobar que es más fácil encontrar un teólogo o un profeta que un hermano. A donde te vuelvas encontrarás o un dedo señalando tu doctrina y diciéndote “¡Así dice la Biblia…!” (el teólogo); o un dedo señalando tu vida y diciendo: ¡Así dice el Señor…! (el profeta). Los dos tienen una cosa en común, utilizan el “Así dice” para atribuirse a sí mismos la infalibilidad, y si no concuerdas con ellos eres un pequeño Judas en potencia. Ambos tienen en común otra cosa: ninguno de ellos conoce tu vida, pero eso no les impide azotarte con el látigo de su agudo conocimiento de la Biblia, o de apalearte sin piedad con la vara de profeta, es decir, ambos carecen de amor que es el mandamiento más grande (y eso sí lo dijo el Señor).

Romanos 13:9-10 Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.

Unos se autoproclaman “defensores de la sana doctrina”, con ellos (aseguran) la Biblia está a salvo; los otros se autoproclaman “atalayas”, con ellos (aseguran) la Iglesia está a salvo. De los primeros, ya me referí en el pequeño tratado: El Teólogo de Mármol. Ahora quiero referirme a los “Atalayas”, esos pequeños Elías que se yerguen como guardaespaldas de Dios, dispuestos a hacer caer fuego del cielo sobre todos aquellos que no compartan su visión apocalíptica del mundo y la Iglesia.

Un falso profeta no es solo aquel que se levanta y proclama: “Así dice el Señor” cuando el Señor no lo ha dicho, como dice en Jeremías: yo no les hablé, mas ellos profetizaban (Vs 21).

También es un falso profeta aquel que dice lo que Dios en verdad dijo, pero Él no lo mandó a decirlo: No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían (Vs 21) yo no los envié ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo, dice Jehová (Vs 32).

Estos dispersan el rebaño al golpearlos sin piedad; los otros dispersan el rebaño al hablarles falsedad y visiones vanas; ambos no hacen ningún provecho al pueblo.

Que un teólogo repita las palabras del apóstol Pablo, no le hace ser un nuevo apóstol Pablo, ni le otorga su infalibilidad. Que alguien repita las palabras de Jesús no le hace ser un nuevo Cristo ni le imprime su divinidad. Igualmente, el que tú repitas las palabras del profeta Jeremías no te hace ser un Jeremías, ni te concede su autoridad.

Efesios 4:11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros…

Dios constituye (dar, conceder, confiar, producir, repartir, entregar, infundir) a los ministros de la Iglesia, tú no puedes constituirte a ti mismo según tus gustos, sueños o ambiciones. Como siervo (que dices ser) debes esperar que Dios te ponga en el lugar de Su perfecta voluntad y en Su perfecto tiempo. Estas son las dos razones más grandes del fracaso ministerial, el ocupar un lugar para el cual Dios no te constituyó. O si te constituyó para tal o cual ministerio según Su perfecta voluntad, no respetar Su perfecto tiempo.

No es el propósito de este tratado, discutir la existencia o no de profetas en la actualidad. Porque aquí no estamos hablando de “nuevas revelaciones doctrinales” lo cual es imposible. Y para ello basta leer las palabras de Pablo:

Efesios 2:20 Ustedes son como un edificio levantado sobre los fundamentos que son los apóstoles y los profetas… (Traducción Dios Habla Hoy)

A nadie en su sano juicio, se le ocurriría poner a un edificio otro cimiento cuando ya lleva 20 pisos de construcción. El cimiento ya está puesto y no puede venir nadie, después de 2000 años, pretendiendo poner un cimiento nuevo a la Iglesia. Así que nos referimos a “voces proféticas”, ministros de Dios que hablan con autoridad dada por Dios porque han estado en el secreto de Dios: Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras (Vs 22).

La Palabra de Dios ya ha sido dada, ¿qué marca la diferencia? El que habla la palabra de Dios, habiendo estado en el secreto de Dios; y el que la habla porque se arroga una facultad que no tiene y se autoproclama mensajero de Dios, pero Dios no le ha enviado.

Este profeta moderno, que vocifera en internet (donde se está a salvo de ser apedreado o decapitado) se imagina que Dios le ha enviado, pero es su propia imaginación quien le envía. Así como un niño con sus soldaditos de juguetes se recrea ganando heroicas pero ficticias batallas, así este profeta cibernético se imagina ser una especie de antivirus espiritual que santifica la red.  Su afán de corregir a los otros viene envuelto con palabras solemnes de la Biblia, pero no es solemnidad, sino soberbia camuflada.  Se cree que es un Atalaya, pero subiendo a lo alto de su ego pretende controlar la vida de las demás ovejas. No mira al horizonte vigilando al enemigo, para él, el enemigo está en casa, sospecha de todos, no hay dulzura en sus palabras ¡un profeta debe ser rígido e inflexible! (una especie de guerrero de la galaxia) por eso es intolerante con el pecado (del otro). Debe ser excitante eso de jugar a ser profeta, pero muy peligroso, puede uno acabar con un trastorno maníaco y delirios místicos.

Este tipo de personaje se muestra obsesivo, siempre le está buscando el pelo a la sopa, y lo termina encontrando claro que sí, porque de inclinarse tanto a mirar el plato se le cae uno a él.  Está tan alto en su torre imaginaria que no puede abrazar a sus hermanos, él está demasiado por encima. Además ¡un profeta debe ser sufriente!… pero estos son insufribles. Arroja piedras a diestra y siniestra, y con más seguridad les pega a las ovejas que a los lobos. Está tan preocupado por la reputación de Dios, que se enoja cuando alguien le contradice, con lo cual demuestra que en realidad lo que le preocupa es su propia reputación.

Estos profetas modernos confunden santidad con severidad. La santidad es una obra interior que a veces tarda en reflejarse por fuera; una semilla plantada no da fruto en el mismo día, al igual que el labrador, el ministro debe mostrar paciencia, comprensión y benignidad hasta que se vean los frutos. Pero la severidad es externa, y a veces un substituto de la santidad muy propio de los religiosos.

Consideremos algunas características de los profetas bíblicos, y comprobemos si estos “atalayas modernos” se les asemejan en algo.

Primeramente, los profetas hablaban la palabra de Dios:

1Reyes 12:22-24 Pero la palabra de Dios vino a Semaías, hombre de Dios, diciendo: Habla a… diciéndoles: “Así dice el Señor:…”

Los profetas bíblicos no cambiaban la palabra de Dios según su conveniencia:

1Reyes 22:13-14 Y el mensajero que fue a llamar a Micaías le habló, diciendo: He aquí, las palabras de los profetas son unánimes en favor del rey. Te ruego que tu palabra sea como la palabra de uno de ellos, y que hables favorablemente.Pero Micaías dijo: Vive el Señor que lo que el Señor me diga, eso hablaré.

Los profetas bíblicos hablaban y callaban en el perfecto tiempo de Dios:

Ezequiel 3:24-27 Entonces entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y me habló, y me dijo: Entra, y enciérrate dentro de tu casa… y no saldrás entre ellos.Y haré que se pegue tu lengua a tu paladar, y estarás mudo, y no serás a ellos varón que reprende; porque son casa rebelde. Mas cuando yo te hubiere hablado, abriré tu boca, y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor: El que oye, oiga; y el que no quiera oír, no oiga; porque casa rebelde son.

Los profetas que recibían la palabra de Dios, no se creían superiores o mejores que aquellos a los que iba dirigida:

1 Reyes 19:4 Y él (Elías) se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres.

Isaías 6:5 Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.

Jeremías 15:16-17 Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos.No me senté en compañía de burladores, ni me engreí a causa de tu profecía; me senté solo, porque me llenaste de indignación.

Los profetas sostenían una lucha interna con la palabra recibida antes de pronunciarla, para ellos el ser profeta no era un estatus, sino un estado de quebrantamiento continuo a causa de la gran responsabilidad que eso conllevaba:

Jeremías 20:7-9 Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí.Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude.

Los profetas hablaban la palabra de Dios con el mismo sentir de Dios:

Jeremías 13:17 Más si no oyereis esto, en secreto llorará mi alma a causa de vuestra soberbia; y llorando amargamente se desharán mis ojos en lágrimas, porque el rebaño de Jehová fue hecho cautivo.

Lamentaciones 2:11 Mis ojos desfallecieron de lágrimas, se conmovieron mis entrañas, Mi hígado se derramó por tierra a causa del quebrantamiento de la hija de mi pueblo,

Los profetas no eran condenadores profesionales, eran intercesores misericordiosos:

Jeremías 17:15-16 He aquí que ellos me dicen: ¿Dónde está la palabra de Jehová? ¡Que se cumpla ahora! Mas yo no he ido en pos de ti para incitarte a su castigo, ni deseé día de calamidad, tú lo sabes. Lo que de mi boca ha salido, fue en tu presencia.

Jeremías 18:20 ¿Se da mal por bien, para que hayan cavado hoyo a mi alma? Acuérdate que me puse delante de ti para hablar bien por ellos, para apartar de ellos tu ira.

Hermanos, si alguien se autoproclama profeta tiene todos los números a favor para no serlo. Una voz profética no es una voz novedosa, es una voz que llama con insistencia y paciencia (no con intolerancia) a volver a las sendas antiguas, las sendas que marcan la Palabra Profética más segura (las Sagradas Escrituras). La voz profética es la del predicador que ha estado en lo secreto de Dios, y no necesita decirlo; pues al igual que a Moisés cuando descendió del monte la gloria le resplandecía en el rostro, así la gloria resplandecerá en la exposición de las Escrituras por parte del predicador.

Un atalaya verdadero, es el que en el silencio de la noche oscura, vigila sobre la muralla; y no se alumbra a sí mismo para que su figura destaque y todos lo vean, sino que en lo oculto, casi sin ser visto y sin mucho ruido, renuncia a su propio descanso para que otros puedan descansar tranquilos. Una voz profética es un fuego que derrite los corazones, no los calcina.

Una voz profética no es alguien que reparte palos a todo lo que se mueve, es un diestro arquero que dispara las flechas directo al corazón; no para hacer daño sino para que la Palabra de Dios penetre hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierna los pensamientos y las intenciones de ese corazón.

¿Crees que Dios te ha puesto por Atalaya? Entonces no te precipites, abre la boca cuando el Señor mande y ciérrala con la misma presteza. No pretendas hacer la obra del Espíritu Santo pues el único que puede convencer de pecado es Él, tú no. Si ves una mancha en tu hermano no le arranques el vestido para que todos la vean, serás culpable de avergonzar a tu hermano exhibiendo su desnudez. Dios no te da autoridad para lastimar a tu prójimo, ni para ofenderle. Una cosa es denunciar el pecado y otra maltratar al pecador, ten cuidado, porque si te crees sabio siempre habrá alguien más sabio que tú, y si te crees santo piensa que siempre habrá alguien más santo que tú; no sea que otro venga y tire de tu vestido y quede expuesta tu miseria que llevas oculta.

Tú no eres Elías, ni Isaías, ni Jeremías, ni Ezequiel, ni ninguno de los profetas bíblicos, ni yo tampoco lo soy. Tenemos el privilegio de predicar y enseñar las palabras que ellos nos dejaron, tenemos la responsabilidad de velar y cuidar del rebaño del Señor (sin olvidar que nosotros también somos ovejas) y tenemos la obligación de exponer el error y el pecado que afecta a la Iglesia, pero sin olvidar que esa Iglesia es la Novia de Cristo. Quien ofende a la Iglesia ofende a Cristo, quien maltrata a la Iglesia maltrata al mismo Cristo (pues la Iglesia es su Cuerpo), quien pretende señorear sobre la Iglesia pretende usurpar el señorío de Cristo. Quien no tiene amor por sus hermanos no tiene derecho a corregirles.

1 Corintios 13:2 Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos

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Ireneo de Lyon y la continuidad de los dones del Espíritu

Ireneo de Lyon - Los dones del Espíritu

Ha pasado apenas una generación entre el último de los apóstoles del Cordero, Juan; y un joven llamado Ireneo nacido en Asia Menor. No se sabe a ciencia cierta la fecha de su nacimiento, posiblemente estaría entre los años 125 al 140. Sí se sabe que se convirtió al cristianismo en edad muy joven, y que vio y escuchó en primera persona al gran Policarpo, obispo de Esmirna y discípulo del Apóstol Juan. Esto lo cuenta en una carta que le envió a Florino, quien también había conocido a Policarpo pero se había apartado de la sana doctrina hacia el gnosticismo, e Ireneo le intenta convencer de su error :

«Siendo yo muy pequeño, te vi en el Asia Inferior, cerca de Policarpo; tú tenías una situación brillante en la corte imperial y querías ser bien mirado por él. Tengo mejores recuerdos de entonces que de los sucesos recientes, y es que lo que se ha aprendido en la infancia se desarrolla al mismo tiempo que el alma, no formando más que una cosa con ella. Hasta el punto que puedo decir el lugar donde se sentaba para charlar con nosotros el bienaventurado Policarpo, sus idas y venidas, su manera de ser, el aspecto de su cuerpo, los discursos que dirigía a las multitudes, y cómo nos refería sus relaciones con Juan, y con otros que habían visto al Señor, y cómo relataba sus palabras, y lo que por ellos sabía acerca del Señor, de sus milagros, de su enseñanza, en una palabra, cómo Policarpo había recibido la tradición de los que con sus ojos habían visto al Verbo de vida; en todo lo que decía estaba de acuerdo con las Escrituras. Yo escuchaba esto atentamente, por el favor que Dios me ha querido hacer, y lo anotaba no en el papel, sino en mi corazón y, por la gracia de Dios, no he cesado de rumiarlo fielmente. Puedo atestiguar delante de Dios que si el bienaventurado anciano, el hombre apostólico, hubiese oído algo semejante (las doctrinas gnósticas) hubiera gritado, se habría tapado los oídos y habría dicho como de ordinario: «Oh Dios mío, para qué tiempos me has reservado, ¿es preciso que soporte esto? y habría huido del sitio en el que, sentado o de pie, hubiera oído tales cosas» (Eusebio de Cesarea Hist. eccl, 5,20, 5-7).

Ireneo, cuyo nombre significa “amante de la paz” emigró de Esmirna a Lyon y terminó formando parte del presbiterio de esa ciudad, quien lo envió en una misión a Roma en plena persecución hacia los cristianos por parte de Marco Aurelio. Como resultado de esta persecución, Photinus, obispo de Lyon, y muchos cristianos, fueron martirizados. Ireneo, a su regreso, es elegido obispo de la comunidad y debe, además de enfrentarse a las secuelas de la persecución, enfrentar el creciente gnosticismo que se infiltra en todas las áreas de la Iglesia. Tan es así que en ese momento, la literatura gnóstica supera a la literatura cristiana.

“Los gnosticismos son doctrinas de intelectuales deficientemente convertidos, que aparecen en gran número hacia 120-130. Lejos de acoger la fe, como Justino, según la tradición de los apóstoles y de la Iglesia, la utilizan y la explotan en el sentido de sus filosofías y de sus sistemas. Su legítimo deseo de conocimiento se convierte en violación y no acogida del misterio. A mediados del siglo II la literatura gnóstica es más abundante y más activa que la ortodoxa. Afecta a todo: a la Biblia, a los apócrifos, a la teología y hasta a la poesía y a la oración. Los diversos gnosticismos se extienden desde el mar Negro, y sobre todo desde Alejandría -su epicentro-, hasta Roma, Cartago y finalmente hasta Lyon, avanzadilla del cristianismo.” (A. G. Hamman – Para leer los Padres de la Iglesia – Nueva edición revisada y aumentada por Guillaume Bady)

Gnosis, es un término griego que significa conocimiento y que en sí no tiene nada de peligroso. El problema era que algunos intelectuales, no conformes con la sencilla enseñanza del Evangelio que predicaba la iglesia primitiva, y viendo en ella solamente símbolos; pretendían por medio de una gnosis reservada solo para una élite, descubrir qué misterios se escondían detrás de esos símbolos. Los gnósticos despreciaban la fe sencilla del Evangelio y procuraban un conocimiento superior. Ignorando la enseñanza apostólica se jactaban de poseer ese “conocimiento de la verdad oculta”, que era la que los hacía salvos. Sólo ellos podían interpretar la Biblia de un modo más profundo, pues el apóstol Pablo habría revelado misterios a unos pocos elegidos y no a los demás “cristianos sencillos”. Para el gnóstico la salvación está en el conocimiento, y ese conocimiento no está al alcance de todos sino solo de los “iniciados”. Los gnósticos comenzaron sutilmente y derivaron en las más absurdas fantasías. 

Para la mayoría de los gnósticos había tres tipos de seres humanos:

Los seres hílicos (los apegados a la materia o hyle, movidos por sus pasiones, representados en la Escritura por Caín) los seres psíquicos (en los que prevalece el alma o psyché, son los cristianos comunes que viven según la Ley y la fe, como Abel), y los seres pneumáticos (los que viven según el espíritu o pneûma, es decir los gnósticos, cuyo símbolo bíblico es Set). 

¿Qué creían acerca de la vida eterna los gnósticos?

“Escatología: Cada uno de los seres humanos tiene su propio destino, según el elemento que en él domine. Revelar este destino ha sido la obra del Salvador o Cristo encarnado en el Jesús de la Economía: los hombres hílicos no tienen salvación alguna; al morir se disolverán en la tierra, con la cual se quemarán al final del mundo. Los psíquicos, es decir los cristianos de la Iglesia terrena, en los que el alma constituye el sujeto, son los que viven según la ley moral y la fe predicada por los Apóstoles y por los Evangelios comunes; al morir podrán salvar sus almas, para habitar en la Región Intermedia con el Demiurgo psíquico, donde gozarán de una felicidad moderada. Los pneumáticos ya están salvados por naturaleza: su semilla divina no puede perecer, porque está destinada a volver a su origen espiritual en el Pléroma. Para éstos, por consiguiente, no cuenta la ley moral: hagan lo que hagan, ya están salvados por la gnosis, de modo que sólo esperan liberarse de esta cárcel del cuerpo en la cual, por el momento, se purifican.” (Introducción a la edición española de Contra la Herejía –Adversas Haereses – P. Carlos Ignacio González)

Contra este movimiento que amenazaba a la joven Iglesia se levanta Ireneo como el primer gran defensor de las doctrinas apostólicas. Contra el dualismo de los gnósticos, él afirma la existencia de un solo Dios Padre (que es el mismo Dios en ambos Testamentos) , un solo Cristo que se hizo hombre y participó de naturaleza humana (cosas que negaban los gnósticos), un solo Espíritu de Dios, una sola fe y una sola Iglesia. Para ello escribe su famosa Adversas Haereses – Contra la Herejía – Exposición y refutación de la falsa gnosis. Esta compuesta de cinco libros, y en el prólogo del Primer Libro dice algo tremendamente vigente para nuestros días:

Pr. 1. Algunos, rechazando la verdad, introducen falsos discursos y, como dice el Apóstol, «prestan más atención a cuestiones acerca de genealogías sin fin, que a edificar la casa de Dios por la fe». Por medio de semejanzas elaboradas de modo engañoso, trastornan las mentes de los menos educados y las esclavizan, falseando las palabras del Señor. Interpretan mal lo que ha sido bien dicho, y pervierten a muchos, atrayéndolos con el cebo de la gnosis. Los separan de aquel que ha creado y ordenado el universo, como si ellos pudiesen mostrar algo más alto y de mayor contenido que aquel que hizo el cielo, la tierra y todo cuanto contienen. Persuaden con su facilidad de palabra a los más simples para que se pongan a buscar; pero luego arrastran a la ruina a quienes son incapaces de discernir lo falso de lo verdadero.
Pr. 2. No es fácil descubrir el error por sí mismo, pues no lo presentan desnudo, ya que entonces se comprendería, sino adornado con una máscara engañosa y persuasiva; a tal punto que, aun cuando sea ridículo decirlo, hacen parecer su discurso más verdadero que la verdad. De este modo con una apariencia externa engañan a los más rudos. Como decía acerca de ellos una persona más docta que nosotros, ellos mediante sus artes verbales hacen que una pieza de vidrio parezca idéntica a una preciosa esmeralda, hasta que se encuentra alguno que pueda probarlo y delatar que se trata de un artificio fabricado con fraude. Cuando se mezcla bronce con la plata, ¿quién entre la gente sencilla puede probar el engaño?” (Ireneo – Adversas Haereses – Preludio 1 y 2)

Es en esta obra de Ireneo, Padre de la Iglesia y precursor de la teología, donde encontramos datos de la operatividad o continuismo de los dones sobrenaturales del Espíritu durante el siglo II:

Sobre la profecía y el hablar en lenguas:

“También nosotros hemos oído a muchos hermanos en la Iglesia, que tienen el don de la profecía, y que hablan en todas las lenguas por el Espíritu, haciendo público lo que está escondido en los hombres y manifestando los misterios de Dios, a quienes el Apóstol llama espirituales (1 Cor 2,15): éstos son espirituales, porque participan del Espíritu” (Adversas Haereses – Libro V 6.1)

Sobre los falsos y los verdaderos milagros extraordinarios y de sanidad:

“Contra Simón, Carpócrates y todos aquellos que presumen de obrar milagros: no lo hacen por el poder de Dios, ni en verdad, ni actúan así para hacer el bien a los demás, sino para dañarlos induciéndolos a error, por medio de una magia ilusoria y un completo fraude, de modo que, en lugar de hacer el bien a quienes creen en sus seducciones, los perjudican. No son capaces de dar la vista a los ciegos, ni el oído a los sordos, ni expulsar a todos los demonios -sino sólo a aquellos que ellos mismos les meten, si es verdad lo que dicen-, ni curar a los enfermos, cojos y paralíticos o dañados en cualquier otro miembro del cuerpo como efecto de alguna enfermedad, ni dar de nuevo la salud a todos aquellos que enferman por accidente. Muy lejos están de resucitar a los muertos -como lo han hecho el Señor y los Apóstoles por medio de la oración y como en algunos casos ha sucedido en la comunidad cuando ha sido necesario, cuando toda la Iglesia lo ha suplicado con ayunos y plegarias, de modo que «ha regresado al muerto el espíritu»  como respuesta a las oraciones de los santos-. Ni siquiera creen que esto sea posible; porque, según ellos, incluso la resurrección de los muertos no es sino el conocimiento de lo que ellos llaman la verdad.”  (Adversas Haereses – Libro II 31.2)

Sobre dones de sanidades, expulsión de demonios, visiones y profecías:

Siguiendo en su refutación a los maestros gnósticos, Ireneo les recrimina que ninguno de ellos hace verdaderos milagros como lo hacen los verdaderos cristianos:

32,3Dicen tener el alma del mismo origen que Jesús, y que son semejantes a él, y muchas veces mejores; si embargo nunca se les ve entregarse a las obras que él realizó para el bien y el progreso de los seres humanos, nada han hecho que se le parezca o que de algún modo se le pueda comparar. Sino que, si algo llevan a cabo, como antes mostramos, lo hacen por artes mágicas para seducir con engaños a los tontos. No producen ningún fruto que deje alguna utilidad a aquellos para los cuales dicen realizar milagros. Sino que se contentan con atraer a los adolescentes presentando ante sus ojos actos de ilusión y muchas apariencias que de inmediato se desvanecen, que no duran ni un instante: no reproducen en sí la imagen de Jesús, sino la de Simón el Mago. Añádase que el Señor resucitó al tercer día de entre los muertos, se mostró a los discípulos, y ante su vista fue elevado al cielo; en cambio ellos se mueren y no resucitan ni se muestran a nadie: también esto demuestra que no tienen un alma igual a la de Jesús.
32,4. Algunos de ellos dicen que Jesús también realizó todas estas cosas en apariencia. Por los profetas les demostraremos que ya estaban anunciadas, que él las hizo de modo que no quede duda alguna, y que él es el único Hijo de Dios. Por eso sus discípulos verdaderos en su nombre hacen tantas obras en favor de los seres humanos, según la gracia que de él han recibido. Unos real y verdaderamente expulsan a los demonios, de modo que los mismos librados de los malos espíritus aceptan la fe y entran en la Iglesia; otros conocen lo que ha de pasar, y reciben visiones y palabras proféticas; otros curan las enfermedades por la imposición de las manos y devuelven la salud; y, como arriba hemos dicho, algunos muertos han resucitado y vivido entre nosotros por varios años.
¿Qué más podemos decir? Son incontables las gracias que la Iglesia extendida por todo el mundo recibe de Dios, para ir día tras día a los gentiles y servirlos en nombre de Jesucristo crucificado bajo Poncio Pilato. Y no lo hacen para seducir a nadie ni para ganar dinero, pues, así como ella lo ha recibido gratis de Dios, así también gratis lo distribuye.
32,5. Y no lo hace por invocación de los ángeles, ni por medio de encantamientos, ni por otros poderes malvados u otro tipo de acciones mágicas; sino que de modo limpio, puro y abierto, elevando su oración al Dios que creó todas las cosas e invocando el nombre de nuestro Señor Jesucristo, hace todos estas obras maravillosas no para seducir a nadie sino para el bien de los seres humanos. Pues si hasta hoy el nombre de nuestro Señor Jesucristo hace tantos beneficios y cura de modo seguro y verdadero a todos los que creen en él, y no pueden hacer lo mismo los seguidores de Simón, Menandro, Carpócrates o de cualquier otro, entonces es evidente que Él se hizo hombre, convivió con la obra que él mismo había plasmado, realmente todo lo llevó a cabo por el poder de Dios según la voluntad del Padre de todas las cosas, tal como los profetas habían anunciado.”  
(Adversas Haereses – Libro II 32.3,4,5)

Ireneo de Lyon, discípulo de Policarpo, quien a su vez fue discípulo del apóstol Juan, nos ha dejado un valioso testimonio histórico que no podemos ignorar o menospreciar. Fue un testigo privilegiado de la tradición apostólica, pues en ese entonces el canon del Nuevo Testamento tal como lo conocemos hoy, aún no se había conformado y aceptado universalmente; la Iglesia era nueva y los presbíteros y obispos eran férreos defensores de la sana doctrina. 

Ireneo, hace honor a su nombre “amante de la paz”, y como dice A. Hamman en su primera edición del libro Guía práctica de los Padres de la Iglesia,  Sabe distinguir el hombre de su error. Ireneo no ataca al hombre que está en el error, ataca al error teniendo misericordia del hombre. Que podamos en ese mismo espíritu defender la sana enseñanza, y no seamos como los gnósticos que pensaban que serían salvos por el conocimiento y menospreciaban a los sencillos. Somos salvos por Cristo, quien se ha dado a conocer a sí mismo a través de las Sagradas Escrituras, y se sigue dando a conocer a través de la manifestación de su Espíritu Santo en la Iglesia. 

Hoy en día hay falsos maestros, lobos rapaces, engañadores que con ilusionismo y malas artes atraen a sus fauces a las personas con supuestos milagros. Pero la existencia de lo falso no prueba la ausencia de lo verdadero, al contrario, para que haya una imitación debe haber un original. Aprendamos a desechar las imitaciones de los dones y a reconocer humildemente que hay obras del Espíritu Santo que exceden nuestro conocimiento. Así como necesitamos un genuino Avivamiento, necesitamos también dones genuinos.

Unos, sólo enfatizan la segunda parte de este mandamiento, otros, sólo la primera; pero el mandamiento es uno e indivisible:

 Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas;
pero hágase todo decentemente y con orden.

1 Corintios 14:39-40

 Articulo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos

 

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El Avivamiento y las Emociones

Avivamiento y Emociones

La transmisión en directo se anuncia como “Culto de Avivamiento”, y reconozco que cuando escucho o leo la palabra “Avivamiento”, instintivamente me detengo y presto atención más que si me llamaran por mi nombre. Es mi debilidad, mi anhelo, mi suspiro y mi mayor motivo de oración: el Avivamiento.

El salón de reuniones está tan lleno de gente, que suscitaría la envidia de más de un pastor de esos que sueñan con una mega-congregación; la música pegadiza suena en ritmo latino y un grupo de jóvenes en la plataforma se mueven al unísono con la melodía. En realidad una gran cantidad de jóvenes están colocados de manera preeminente en la escena, de manera que las cámaras de televisión les enfoquen continuamente. Aplausos y gritos de júbilo caldean el ambiente hasta que por fin aparece él. Y cuando me refiero a “él” no me refiero al Espíritu Santo que debiera ser el “protagonista principal” de un culto de avivamiento en donde las almas son conducidas hacia Cristo.

Pero no… “él” es el pastor, aparece con los brazos en cruz, la expresión de su rostro a medio camino entre concentración mística y sufrimiento visceral. Y como corolario a todo esto (mientras una lastimosa melodía suena al fondo y los juegos de luces hacen su parte emotiva) la voz quejumbrosa y cuasi llorosa del pastor insiste en que el “Espíritu Santo está aquí derramando su unción poderosa”. Las cámaras intercambian imágenes del pastor con la de los rostros de jóvenes llorando, y lo admito, mi sensibilidad aflora, son imágenes conmovedoras ¿quién no se conmueve viendo a la juventud llorando dentro de una iglesia?.

Como soy un defensor a ultranza de la idiosincrasia de cada pueblo, no pretendo que un culto en Centroamérica se asemeje a un culto de suizos o alemanes; cada cual expresa sus sentimientos influenciado por su raza y cultura; así que nada de lo visto hasta aquí me preocupa. Personalmente, trataría de evitar que un culto de Avivamiento se asemejara a un musical de Broadway, el altar a un escenario, y el pastor a un showman…  pero cada líder o presbiterio es quien decide las formas y hay que respetarlas.

Lo que me llama la atención, como dije recién, son las lágrimas y gestos exteriores de emoción. En un avivamiento las lágrimas son importantes pero no son el termómetro para medir el éxito del avivamiento. Todo avivamiento produce, afecta o altera emociones; esto es una constante en cada avivamiento genuino que ha habido en la Historia de la Iglesia, pero las manifestaciones físicas de las emociones, aunque genuinas, son pasajeras. Lo que mide el éxito del Avivamiento son las transformaciones que produce en las personas. El Espíritu Santo opera en las emociones, las emociones mueven la voluntad, la voluntad se traduce en acción, la acción consiste en obediencia, cambio de vida: transformación duradera.

En un Avivamiento, las emociones son esenciales pero sus manifestaciones exteriores o visibles son pasajeras. En cambio sus manifestaciones interiores producen transformaciones, y las transformaciones son igualmente esenciales pero duraderas. Si la emoción visible dura pero la transformación no, hay motivos razonables para dudar de dicho avivamiento.

El líder del Gran avivamiento del Siglo XVIII en América del Norte, Jonathan Edwards, dice en su magistral libro Los Afectos Religiosos, que “La verdadera religión consiste principalmente de emociones santas.” A estas emociones él les llama “las actuaciones enérgicas e intensas de la voluntad” y luego continúa diciendo:

“Cuando recibimos al Espíritu Santo, las Escrituras dicen que somos bautizados en “Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11). Este “fuego” representa las emociones santas que el Espíritu produce en nosotros haciendo que nuestros corazones ardan dentro de nosotros (Lucas 24:32)… Dios, quien nos creó, no solo nos ha dado emociones, sino que también ha hecho que sean muy directamente la causa de nuestras acciones. No tomamos decisiones ni actuamos a no ser que el amor, el odio, el deseo, la esperanza, el temor, o alguna otra emoción nos influencie. Esto es cierto tanto en los asuntos seculares como en los espirituales. Es la razón por la cual muchas personas escuchan que la palabra de Dios les habla de cosas de importancia infinita—de Dios y de Cristo, el pecado y la salvación, el cielo y el infierno—sin que tenga efecto alguno sobre sus actitudes o su comportamiento. Sencillamente, lo que oyen no les afecta. No toca sus emociones. Atrevidamente afirmo que jamás verdad espiritual alguna cambió la conducta o la actitud de una persona sin haber despertado sus emociones. Nunca un pecador deseó la salvación, ni un cristiano despertó de frialdad espiritual, sin que la verdad hubiera afectado su corazón. ¡Así de importantes son las emociones!… Comprobado queda, pues, que nuestras emociones son el eje de la religión auténtica. El amor no es tan solo una de las emociones, sino la mayor de ellas, y, por decirlo así, la fuente de las demás. Es del amor que surge el odio, odio por las cosas que son contrarias a aquello que amamos. De un amor vigoroso y afectuoso hacia Dios nacerán las otras emociones espirituales: odio por el pecado, temor de desagradar a Dios, gratitud a Dios por su bondad, gozo en Dios cuando experimentamos su presencia, tristeza al sentir su ausencia, esperanza de un futuro disfrute de Dios, y celo por la gloria de Dios. De la misma manera, amor por nuestro prójimo producirá en nosotros todo lo demás que debemos sentir hacia él.” (Jonathan Edwards – Los Afectos Religiosos)

Como no puedo saber si cada joven que llora en ese culto lo hace por mero emocionalismo, provocado por las técnicas de manipulación de sonidos, luces y ambiente que le rodea; o por el contrario, está genuinamente siendo convencido por el Espíritu Santo; debo prestar atención a las palabras que con voz quejumbrosa repite una y otra vez el pastor. ¿Qué dice él?: “Dios es un padre bueno que quiere darle lo mejor a sus hijos, así que Él te dará lo mejor hoy”, “Dios quiere concederte todo lo que le pidas en esta noche”, “¡Dios te va a sanar, a consolar y a multiplicar bendiciones sobre ti hoy porque su unción está aquí!”, “Hay personas en este lugar, que han sido lastimadas por una traición o por otro motivo, Dios está sanado ahora tu corazón ¡la unción se manifiesta muy fuerte sobre ti ahora! atento los ujieres, busquen a estas personas y tráiganlas al frente …”

Bueno, la lista de frases es larga, y como notarán no hace falta ser profeta para saber que entre una multitud de personas (miles) habrá más de uno que ha sido lastimado emocionalmente por otro, los cuales con un poco más de presión emocional explotarán en llanto. Pero si en esto debo concederle el beneficio de la duda se lo concedo, creo en la operatividad de los dones del Espíritu. Mas, si ustedes prestan atención a las frases dichas por el pastor, les está afirmando (al comienzo del culto) que son sanados emocionalmente, físicamente, económicamente… así sin más. Es como si tú vas al médico y él te asegura que tu enfermedad tiene cura, pero se olvida de darte el remedio. Al enfermo no solo hay que darle un diagnóstico acertado explicándole muy bien cual es su problema,  hay que decirle que posibilidades tiene de ser curado, hay que darle la medicina y asegurarse de que la tome. 

¿Cuál es la obra más evidente y preeminente que realiza el Espíritu Santo en un avivamiento?: la convicción de pecado. En un Avivamiento genuino, el Espíritu produce convicción de pecado en los inconversos para llevarlos a la salvación, y produce convicción de pecado en los creyentes para llevarlos a la consagración. Salvación y Santidad son las marcas de un Avivamiento genuino. 

Un culto de Avivamiento no consiste en “acariciar” con palabras bonitas al pecador o al creyente tibio; hay que hacerles un diagnóstico veraz. No es buen médico el que engaña a sus pacientes dándoles un diagnóstico benigno para no lastimar sus emociones; tarde o temprano el paciente se dará cuenta de que le han mentido y sufrirá más. No es un buen pastor el que engaña a sus oyentes diciéndoles que “el Papá bueno que está en los cielos quiere colmarlos de bendiciones”, tarde o temprano las ovejas se darán cuenta que la realidad es otra, y tal vez ya sea demasiado tarde para el remedio.  

El diagnóstico veraz para el pecador es: “Porque la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23). Para el creyente tibio el diagnóstico es:  “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca(Apocalipsis 3:16). Luego se les presenta el remedio a ambos, y con toda seguridad podemos garantizarles que si obedecen a Dios los unos serán salvados y los otros serán santificados. Dios no es Padre o “Papá” de los impíos, solo de “todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12) Y Dios no responde la oración del creyente tibio: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites“. (Santiago 4:3)
Por tanto haríamos mucho bien a la causa del Evangelio, y a nuestro ministerio, si en vez de esconder la Cruz en nuestra predicación, la expusiéramos claramente.

Dijimos que en un Avivamiento las emociones son esenciales porque el Espíritu Santo las utiliza para mover la voluntad de los oyentes, la apatía no nos llevará a ningún lado. Las manifestaciones exteriores de las emociones no son esenciales, pero son su consecuencia lógica. Personalmente me costaría mucho creerle a alguien el decirme que me ama con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas; si me lo dijera sin un gesto en sus manos, sin énfasis en su voz, sin una sonrisa en sus labios, sin un brillo especial en sus ojos; y más aún si en vez de estar mirándome a los míos cuando me lo dice, está escribiendo un mensaje de texto en su teléfono a otra persona. En realidad creo que a ninguno de nosotros nos alegraría el corazón recibir de esta forma, una expresión de amor o gratitud; y no creo tampoco que el corazón de Dios se conforme con esto.

También me sorprende que algunos no se atrevan a aplaudir o a levantar la voz en un culto para decir ¡Amén! o ¡Aleluya! o hasta se escandalicen por ello, y luego cuando su equipo de fútbol marca un gol gritan y aplauden como locos, ¿acaso se emocionan más con un gol que con la presencia de Dios? “Dios no es sordo” responden algunos, no, claro que no es sordo, ni tu equipo de fútbol lo es tampoco, y sin embargo les gritas sus goles. No son los gritos o los aplausos los que espantan a los inconversos, son los pecados de los que se dicen ser cristianos los que mantienen alejados de las iglesias a los incrédulos. 

El problema surge cuando el predicador quiere hacer la obra del Espíritu Santo, al pretender tocar las emociones de los oyentes, llevarlos a las lágrimas, hacer que las personas reaccionen visiblemente, etc. El predicador debe limitarse a predicar el Evangelio, a dar el diagnóstico veraz para el inconverso y para el tibio, presentar el remedio y exhortar con toda su fuerza y unción a que las personas obedezcan el mandato de Cristo; pero la obra de tocar el corazón solo lo puede hacer el Espíritu de Dios. Pretender hacerlo nosotros es manipulación emocional, no avivamiento. Recuerda, cuando el hombre toca las emociones es emocionalismo, cuando el Espíritu Santo toca las emociones es Avivamiento.

Si personas que tienen problemas personales, ya sean de salud, anímicos, económicos o sentimentales lloran en un culto porque se les promete soluciones para todos sus problemas no es Avivamiento, sencillamente es la expresión egoísta, natural, de quien busca un milagro para sí, sin importar lo demás. Pero si las personas lloran porque han comprendido que están alejadas de Dios, que están perdidas en el pecado o en la desobediencia y desean con todo su corazón volverse a Dios, es una señal saludable de Avivamiento. Si luego, o conjuntamente, esas personas son sanadas o suplidas sus necesidades materiales por la providencia divina, es otra cuestión. El mandato del Señor Jesús es:  Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. (Mateo 6:33)

Una de las cosas que me impactó al estudiar el Avivamiento de Charles Finney, y me hizo notar esta diferencia fue leer en sus Memorias el siguiente suceso en una iglesia congregacional, cuyo pastor, de nombre Gillett le había invitado a realizar un culto de Avivamiento, presten atención por favor a los detalles:

“Cuando arribamos nos encontramos que la espaciosa sala de la parte delantera de la casa se encontraba abarrotada de gente. El señor Gillett miró a la multitud sorprendido y con manifiesta agitación, pues se dio cuenta de que la reunión estaba compuesta por muchos de los más inteligentes e influyentes miembros de su congregación, y que estaba especialmente constituida por el primer rango de los hombres jóvenes del lugar. Teníamos pocos instantes intentando conversar con los asistentes cuando noté enseguida que el sentimiento era tan profundo que había el riesgo de un estallido emocional casi incontrolable. Fue por esto que le dije al señor Gillett: “No es bueno que la reunión continúe de esta manera. Haré algunas observaciones, las que les sean necesarias a estas personas, y luego las despediré; mandándoles a que supriman sus sentimientos, para que de esa manera no se produzcan clamores en las calles cuando se conduzcan a casa”. No se hizo o dijo nada como para crear tal agitación en la reunión. El sentir fue espontáneo. La obra era tan poderosa que tan solo unas pocas palabras podían hacer que los más fornidos de los hombres se retorcieran en sus asientos como si una espada les hubiera traspasado el corazón. Para alguien que jamás ha visto una escena semejante quizás resulte imposible entender el tremendo poder que tiene a veces la verdad en manos del Espíritu Santo. La verdad se había constituido, de hecho, en una espada de dos filos. El poder que ésta produce cuando es presentada como escrutadora en unas pocas palabras, puede crear una angustia tal que resulta insoportable. El señor Gillett se agitó sobremanera. Se puso pálido y dijo, con mucha agitación: “¿Qué haremos? ¿Qué haremos?” Puse mi mano sobre su hombro y le dije susurrando: “Quédese en silencio. Quédese en silencio, señor Gillett”. Luego me dirigí a los presentes en la forma más gentil y clara que pude; pidiéndoles poner su atención de manera inmediata en el único remedio disponible, asegurándoles que tal remedio era uno presente y totalmente suficiente. Les señalé a Cristo como Salvador del mundo, y me mantuve en esa línea tanto como pudieron soportarlo, que de hecho fue unos pocos instantes. El hermano Gillett se agitó a tal extremo que me acerqué a él y tomándole del brazo, le dije: “Oremos”. Nos arrodillamos en medio del salón en el que nos encontrábamos y conduje la oración en una voz baja y desapasionada, mas intercediendo ante el Salvador para que interpusiera su sangre en uno y otro lugar, para que guiara a los pecadores presentes a aceptar la salvación que Él ofrece y para que creyeran, para que así fueran salvas sus almas. La agitación se profundizaba a cada instante, y mientras escuchaba sus sollozos, suspiros y su respirar, cerré la oración y me puse de pie súbitamente. Todos se pusieron de pie y les dije: “Ahora, por favor, vayan a casa sin hablar ni una palabra entre ustedes. No digan nada, traten de mantenerse en silencio, y no rompan en manifestaciones de sentimientos; y así, sin hablarse entre ustedes y teniendo sus sentimientos bajo control, por favor, vayan a sus habitaciones sin decir palabra”. En ese momento, un joven de apellido Wright, que era empleado en la tienda del señor Huntington y quien era uno de los principales jóvenes del lugar, apunto del desmayo cayó a los pies de otros jóvenes que estaban de pie cerca de él. En ese momento los demás jóvenes como que se desvanecieron y cayeron todos juntos. Esto bien pudo haber producido estrepitosos alaridos, pero les calmé y le dije a los jóvenes: “por favor, dejen la puerta bien abierta, salgan y dejen que todos se marchen en silencio”. Hicieron lo que les pedí y salieron sin gritar, sollozando y suspirando. Pero esos sollozos y suspiros podían escucharse a medida que iban por las calles. El señor Wright, de quien me he referido, me dijo más tarde que su angustia era tan grande que tuvo que taparse la boca haciendo uso de toda la fuerza de sus brazos hasta que llegó a casa. Permaneció en silencio hasta que cruzó la puerta del lugar donde vivía, y no pudo contenerse más. Cerró la puerta, cayó al piso y estalló en altos lamentos ante la terrible condición en la que se encontró. Esto hizo que su familia le rodeara enseguida, y la convicción se esparciera sobre ellos. Supe después que escenas similares a esta se produjeron en varias familias. Se confirmó más tarde que varios se convirtieron en la reunión y se fueron a sus casas tan llenos de gozo que casi no podían contenerse.”     (Memorias de Charles Finney – Capítulo VIII)

Finney actuó de modo contrario a lo que harían la mayoría hoy en día, es decir cuando notó que la gente estaba profundamente afectada, en lugar de presionar a las personas hasta que explotase la emoción para luego decir “¡que culto más poderoso tuvimos hoy!”; habló a las personas en una forma “desapasionada”, en un tono de voz tranquilo y normal, presentándoles en pocas palabras el mensaje de la Cruz, cortó el culto de manera súbita y mandó a las personas a sus hogares para que el Espíritu Santo culminase la obra empezada, y el Avivamiento revolucionó la ciudad. 

Hermanos, trabajemos por un Avivamiento en cada congregación. Nuestro trabajo consistirá en orar y predicar el Evangelio, el trabajo del Espíritu Santo será el de dar convicción tanto a los inconversos como a los tibios, Él moverá sus emociones y voluntades para producir cambios duraderos. No pretendamos nosotros hacer el trabajo del Espíritu,  pues solo provocaremos emocionalismo y resultados pasajeros. 

Aprendamos de las experiencias de los santos que nos precedieron, leamos para finalizar, el testimonio de John Wesley, líder del Gran Avivamiento del Siglo XVIII en Inglaterra:

“El sábado 24 de noviembre fui a Everton, donde había estado unos meses antes. El domingo de tarde la presencia de Dios se hizo sentir entre nosotros, aunque más bien para confortar que para convencer. Pero observé una diferencia notoria en la manera de trabajar ahora, de lo que había visto en mi visita anterior. Nadie entró en trance; nadie emitió gritos; nadie se cayó ni se produjeron convulsiones. Solamente algunos experimentaron temblores fuertes, y se escuchaba un murmullo; pero muchos se sintieron refrescados y renovados por una gran paz. El peligro estaba en considerar demasiado importantes las circunstancias extraordinarias tales como gritos repentinos, convulsiones, visiones, trances, como si estas cosas fuesen esenciales para la obra en el interior del ser, de tal manera que esa obra no podía continuar si no se experimentaban. Tal vez el peligro radique en darles demasiada poca importancia; en creer que hay que condenar esas cosas totalmente; imaginar que no tienen nada que ver con Dios y que son un entorpecimiento para el trabajo. Mientras que la verdad es: (1) Inesperadamente, Dios ha convencido con fuerza a muchos que eran pecadores y estaban perdidos, y la consecuencia natural fueron los gritos repentinos y las fuertes convulsiones corporales. (2) Para robustecer y animar a los que creían, y hacerles más evidente su obra, Dios favoreció a muchos con sus sueños de origen divino; con trances y con visiones. (3) En algunos de estos casos, después de un tiempo, la naturaleza se mezcló con la gracia. (4) A su vez Satanás imitó esta parte de la tarea divina, con el fin de desacreditar toda la obra. Con todo, no es sabio el abandonar esta parte como tampoco lo es el renunciar a la misma. Al principio, es indudable que era totalmente de Dios. En parte lo es todavía hoy. Y él nos capacitará para poder discernir, en cada caso, hasta dónde la obra es pura y hasta dónde está mezclada.” (John Wesley, sobre las Primeras Sociedades Metodistas)

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar El Avivamiento y las Emociones

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Avivamiento y Emociones - I - Diarios de Avivamientos

Avivamientos

 

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El cristiano y la aflicción – cuando el enemigo nos rodea

 El cristiano y la aflicción - rodeados por el enemigo

sino que en todo fuimos atribulados; de fuera, conflictos; de dentro, temores (2 Corintios 7:5b)

Inexplicablemente, llegan períodos a nuestra vida donde en todo somos atribulados. El ejército enemigo nos ha rodeado y se ha acercado tanto que está a la puerta de nuestra fortaleza; desde lo alto de nuestra torre del vigía podemos mirar hacia los cuatro costados y todo son conflictos en nuestro horizonte. Y digo inexplicablemente porque esto nos acontece precisamente cuando estábamos caminando en la voluntad de Dios, cuando empezábamos a notar progresos en nuestra vida espiritual, en nuestro servicio a Dios; es decir cuando nadie podría, como los amigos de Job, acusarnos de: “esto te pasa por…”

El apóstol Pablo, unas líneas antes del versículo mencionado dice en 2 Corintios 7:2 “Admitidnos: a nadie hemos agraviado, a nadie hemos corrompido, a nadie hemos engañado.” ¿Entonces cuál es el porqué de la tribulación, de los conflictos externos, de los temores internos? La tribulación no tiene otra explicación que la soberana voluntad de Dios.

Una amiga mía,  que vive con los pies en la tierra pero con el corazón en el cielo, me envió recientemente el siguiente texto para animarme en mis aflicciones: 

“Dios no desperdicia el sufrimiento, ni corrige por capricho. Si Él ara, es porque se propone a cosechar. Pedro aconseja: “No os sorprendáis si descubrís que la llama ardiente de la persecución anda entre vosotros para someteros a prueba”, y el escritor de Hebreos nos asegura que “después proporciona a aquellos que han pasado por su escuela, un resultado lleno de paz” Es así que, aparentemente, la vida ha de ser una serie de pruebas en la escuela de Dios. Las pruebas que Él manda o permite, son en realidad su voto de confianza, pues no permite que suframos pruebas superiores a nuestro poder de resistencia” (J. Oswald  Sanders – Prefacio de “Una hoja verde en tiempo de sequía”)

Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese (1 Pedro 4:12).  No os sorprendáis si de pronto veis que estáis rodeados de conflictos por fuera y de temores por dentro. Seguramente se sorprendan tus conocidos, y tal vez algún “amigo de Job” aparezca para insinuarte que “algo habrás hecho mal y te lo mereces”. Pero como ya dijimos, la tribulación no siempre tiene explicación, y no estamos obligados a dar explicaciones a otros de lo que ni nosotros mismos somos capaces de entender. Pedro solo nos dice: no os sorprendáis y en seguida nos dice sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo.

Una de las cosas más difíciles en tiempo de tribulación es ver más allá de la misma tribulación, nuestros ojos naturales se enfocan en el conflicto, en el ejército que nos rodea, en los problemas que nos agobian, y ahí se detienen. ¿Pero qué hay detrás de eso? – “La mano del diablo” me dirás. No, no hagas al diablo soberano, mira más allá ¿quién mueve la mano del diablo?

¿Recuerdas la historia de Job?

Job 2:3-6 Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?  Respondiendo Satanás, dijo a Jehová: Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia.  Y Jehová dijo a Satanás: He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida.

Sobre la torpe y maliciosa mano de Satanás está la firme y misericordiosa mano de Dios que la mueve hacia donde Él quiere y la deja presionar hasta donde Él considere necesario. Es sorprendente que al principio del libro de Job, Dios autorice a Satanás a descender hasta Job para atribularlo; pero al final del libro cuando llega el momento de hacerle entender a Job el fruto de la aflicción sea Dios mismo quien desciende y le hable a su siervo: Entonces respondió Jehová a Job desde un torbellino, y dijo(Job 38:1)

Al principio solo notarás las luchas, las dificultades y los temores, como si el aliento ardiente del mismo Satanás te quemara el rostro con aflicción, pero si permaneces fiel, al final notarás como Dios echa a un lado al diablo que usó como instrumento y desciende Él mismo a consolarte y a hacerte entender el porqué de su trato especial contigo.

¿Recuerdas la historia de Pedro? 

Lucas 22:31-32 Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.

Jesús confirma lo que es evidente en toda la Escritura: Satanás no puede hacer nada sin la autorización de Dios. Suena raro decirlo, pero nosotros no somos los únicos que le pedimos cosas a Dios, el diablo también le pide: le pide zarandearnos y probarnos. 

“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” le dice el Señor a Pedro, pero no solo le dice el principio (la prueba que ha de pasar) sino el final (el fruto de la prueba superada): y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. 

El escritor de la carta a los Hebreos dice de Jesús:  por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (Hebreos 7:25) No olvides nunca que nuestro Soberano Señor Jesús está sentado a la diestra del Padre e intercede siempre por ti y por mí para que nuestra fe no nos falte en la hora de la prueba. 

¿Te acuerdas del mensaje de Jesús a la iglesia de Esmirna?

Apocalipsis 2:10 No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida.

Jesús le advierte a la Iglesia que va a padecer, no le dice el “por qué”, solo le advierte el instrumento que usará para probarlos (el diablo), le advierte el método (cárcel), le advierte el tiempo exacto que durará (diez días) y le anima recordándole el “para qué”, el premio de la fidelidad: yo te daré la corona de la vida.

Ten presente siempre que en la vida espiritual los ¿por qué? le pertenecen solo a Dios y a su soberanía, a nosotros nos toca confiar en que todo está bajo Su control y de esa manera permitir que se produzca el fruto.

“La disciplina es siempre preparatoria de la bendición y no puede traer otra cosa que bendiciones cuando se la recibe adecuadamente. Es aquí donde reside nuestra responsabilidad. La comida no digerida es veneno, no una bendición. Las disciplinas que no se reciben correctamente, amargan en lugar de endulzar el carácter. Preguntar quejumbrosamente “¿Por qué?” cuando el castigo recae sobre nosotros es, en efecto, acusar al omnisapiente Dios lleno de amor, de ser caprichoso. Él no desgarra el corazón meramente para demostrar su poder y soberanía, sino para prepararnos para ser más fructíferos. Poda cada rama que no da frutos para aumentar su rendimiento. La disciplina tiene un propósito. ¿Cómo reaccionamos al arado de Dios? ¿Nos suaviza, nos sojuzga, nos castiga? ¿O endurece y entiesa nuestra resistencia a su voluntad? ¿Nos endulza o nos amarga? (J. Oswald Sanders – libro: Madurez espiritual)

Dejadlo arar, Él tiene como propósito cosechar“. Decía Samuel Rutherford en sus horas de aflicción. 

Isaías 28:24 El que ara para sembrar, ¿arará todo el día?

Recordemos lo que Jesús le dijo a la iglesia de Esmirna: y tendréis tribulación por diez días. Antes de que comiences la prueba ya el buen Señor determinó el tiempo exacto en que Él arará tu tierra para sembrar.

“Arar es solo un medio para llegar a un fin. Cuando este se logra, su arado cesa. En la historia de Israel se puede ver el discernimiento del Dios de este pueblo. Durante cuatrocientos treinta y siete años el arado de la tiranía egipcia maduró a través de la tierra dura de la nación hebrea, un desierto no prometedor en el que Dios vio posibilidades de una rica cosecha; pero no podía haber cosecha sin arado. Tan pronto como la disciplina del látigo del capataz egipcio hubo logrado su propósito, fue eliminada. Él no permitió que su pueblo se angustiara bajo la opresión de sus amos ni un día más que el necesario para lograr el propósito benéfico divino. Tan pronto como estuvieron preparados para recibir la liberación, Él los condujo al descanso, la abundancia y la victoria de Canaán. Pero solo la severidad de la disciplina los independizó de Egipto. El granjero hábil discrimina entre un suelo y otro. El suelo liviano y arenoso requiere solo un arado breve y ligero. La arcilla dura y agria requiere un tratamiento totalmente diferente para producir una cosecha. Debe dejársela desnuda al sol y drenarla. El arado debe hundirse profundamente en el subsuelo, tan profundamente como se pueda. El suelo debe ser rastrillado y rastrillado hasta que se rompan los terrones y haya una fina capa labrada donde la semilla germine y crezca. El granjero está discerniendo sobre la duración de su arado. No solo debe desarraigar y arar continuamente su tierra. Trata cada suelo de acuerdo con su necesidad. ¿No es esta la explicación de la diferente incidencia del sufrimiento, la angustia y las pruebas? Se puede confiar en el “agricultor celestial”, en la adaptación, en los tiempos y en la duración de las disciplinas que permite su amor. Estamos a salvo en sus manos.” (J. Oswald Sanders – libro: Madurez espiritual)

En los capítulos anteriores hablamos de Eliseo, quiero para terminar, que repasemos un maravilloso suceso en la vida de este hermoso siervo de Dios cuando estando en la ciudad de Dotán, el rey de Siria quiso acabar con él.

2 Reyes 6:14-17 Entonces envió el rey allá gente de a caballo, y carros, y un gran ejército, los cuales vinieron de noche, y sitiaron la ciudad.
 Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos?
 El le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.
 Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo.

Como dije al principio, puede que en este día estés parado en la torre del vigía, y mires a tu alrededor y todo sean conflictos por fuera y temores por dentro; estás rodeado, acechado, sintiendo el aliento de tu enemigo por todas partes, no puedes huir… no debes huir. Tu alma gime como el salmista:

 ¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador?
¿Ha de blasfemar el enemigo perpetuamente tu nombre?
 ¿Por qué retraes tu mano?
¿Por qué escondes tu diestra en tu seno?
 Pero Dios es mi rey desde tiempo antiguo;
El que obra salvación en medio de la tierra.

No entregues a las fieras el alma de tu tórtola,
Y no olvides para siempre la congregación de tus afligidos.

Salmos 74:10-12,19

¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? Fue el clamor angustioso del criado que solo podía ver la aflicción y al ejército enemigo. Mas Eliseo se mantiene firme, está mirando hacia la misma dirección que su ayudante pero puede ver más allá, no está mirando la mano del enemigo sino viendo la mano soberana que mueve la mano de su adversario; no está mirando al gran ejército que tenía sitiada la ciudad, está viendo al ejército celestial que le rodea para defenderlo.

El criado y Eliseo están en la misma situación, pero mientras el criado mira lo natural, el profeta está viendo lo espiritual. Mientras el criado mira al ejército enemigo el profeta ve al ejército amigo. Mientras el criado tiembla de espanto, el profeta dice: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.(vs. 16) Uno grita angustiado: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? (vs. 15)… el otro: Y oró Eliseo. (vs. 17)

No podemos evitar que vengan las pruebas y tribulaciones, ni podemos evadirnos de ellas, pero debemos afrontarlas con un diagnóstico acertado:

  • ¿Quién tiene el control absoluto de la situación: Satanás, yo, o Dios?

1 Corintios 10:13 No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.

  • ¿Estoy solo frente al enemigo?

Salmos 34:6-7 Este pobre clamó, y le oyó Jehová,  Y lo libró de todas sus angustias. El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende.

  • ¿Mis aflicciones son un sinsentido?

Hebreos 12:11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Podemos después de esta pequeña reflexión confesar con todo nuestro corazón:

Aunque un ejército acampe contra mí,
No temerá mi corazón;
Aunque contra mí se levante guerra,
Yo estaré confiado.
 Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal;
Me ocultará en lo reservado de su morada;
Sobre una roca me pondrá en alto.
 Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean,
Y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo;
Cantaré y entonaré alabanzas a Jehová.

Salmos 27:3,5-6

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Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar – de la Serie – Estudios sobre el liderazgo cristiano – IV

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El cristiano y la aflicción - cuando el enemigo nos rodea - Liderazgo IV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El liderazgo: Verdaderos discípulos – De Elías a Eliseo – Capítulo III

De Elías a Eliseo

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Mateo 8:19-22 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.
Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.

Cuando Jesús hablaba, hasta los escribas y fariseos quedaban admirados y sin palabras; cuando Jesús hablaba los vientos y la lluvia cesaban; cuando Jesús hablaba los demonios eran expulsados, los muertos resucitados, las multitudes se agolpaban, los alimentos eran multiplicados y los enfermos sanados. Era tentador seguir a un hombre así, era emocionante pensar hasta dónde llegaría un hombre con estas capacidades: ¿a ser el más grande y reconocido maestro (rabbí) de Israel? o tal vez ¿a libertador de la opresión romana y rey de la nación?… seguramente nadie, a excepción del propio Cristo, tenía en mente que el camino entre multitudes pronto se convertiría en un camino solitario hacia la Cruz.

El Señor dijoal que a mi viene de ningún modo lo echaré fuera(Juan 6:37 – LBLA) Jesús a todos llama y no impide a nadie seguirle, pero no quiere meros simpatizantes, admiradores ni fanáticos, sino discípulos conscientes de que deben ser en todo iguales a su Maestro, incluso en los padecimientos:

Mateo 16:24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Filipenses 1:29 Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él,

“Nada ha perjudicado tanto al Cristianismo como la práctica de engrosar las filas del ejército de Jesucristo con cada voluntario que se manifieste dispuesto a hacer profesión de fe y a hablar dilatadamente de sus sentimientos religiosos. No es el número lo que constituye la fuerza, y puede suceder que haya mucha religión externa y muy poca gracia. Recordemos esto, y no ocultemos la realidad a los jóvenes que quieran hacer profesión de fe. Digámosles con sinceridad que al fin de la peregrinación encontrarán una corona de gloria, pero que es preciso que por el camino lleven a cuestas una cruz.” (Los Evangelios Explicados por J. C. Ryle)

“Es como si Jesús le dijera a aquel hombre: «Antes de seguirme, piensa en lo que vas a hacer. Antes de seguirme, calcula el precio.» Jesús no quería seguidores arrebatados en un momento de emoción, que se inflamaran como la paja y desaparecieran con la misma rapidez. No quería personas arrastradas por el flujo, y luego por el reflujo de una marea de meros sentimientos. Quería personas que supieran lo que estaban haciendo… Esto no es enfriar el entusiasmo, pero sí decir que el entusiasmo que no se enfrenta con los hechos pronto será ceniza en vez de llama.
Nadie podrá decir jamás que siguió a Jesús engañado. Jesús era transparentemente claro y sincero a ultranza. Le hacemos a Jesús un flaco servicio si hacemos alguna vez que la gente piense que el camino cristiano es fácil. No hay nada más emocionante que el camino de Cristo, ni gloria como la que hay al final de ese camino; pero Jesús nunca dijo que era fácil. El camino a la gloria pasa necesariamente por la Cruz.” (William Barclay)

Pasando Elías junto a Eliseo echó sobre él su manto en señal de elección y llamamiento

1Reyes 19:20 Entonces dejando él los bueyes, vino corriendo en pos de Elías, y dijo: Te ruego que me dejes besar a mi padre y a mi madre, y luego te seguiré. Y él le dijo: Vé, vuelve; ¿qué te he hecho yo?

Eliseovino corriendo en pos de Elíasy este le dice  “Vé, vuelve; ¿qué te he hecho yo?” era como si le dijese: “no soy yo el que te llama sino Dios“. Eliseo lo sabía, por eso renunció a todo lo suyo, mató sus bueyes, rompió su arado, coció la carne y la dio al pueblo. Estaba renunciando a la vida que hasta ahora llevaba, para obedecer al llamado, una renuncia total; había considerado el costo de ello y asumía el precio de la obediencia. A diferencia del discípulo que quería seguir a Jesús pero antes enterrar a su padre, Eliseo no puso eso como un “luego te seguiré”, sino como un testimonio público de su renuncia a todo lo que poseía, una confesión abierta e inmediata ante sus padres y su pueblo. 

Elías, como Jesús, no tenía donde reposar su cabeza. Elías, como Jesús, pronto sería alzado de este mundo. Es más fácil para el discípulo caminar junto al maestro al que ve, pues ante cualquier duda responderá el maestro, ante cualquier problema allí estrá el maestro para resolverlo y ante cualquier enemigo allí se interpondrá el maestro para defender a los suyos. Pero tanto Jesús como Elías estaban preparando a los discípulos para caminar por fe y no por vista, y si estos no tenían bien claro que el llamamiento provenía de Dios y no de hombres, pronto el entusiasmo se convertiría en cobardía, y el discípulo en desertor.

“La vida de Jesús empezó en un establo prestado y acabó en una tumba prestada.” (Plummer)

Elías tampoco tenía nada propio, era un prófugo, lo buscaba la reina Jezabel para degollarle. Es interesante que cuando el rey Acab se encuentra con el profeta le saluda de esta manera: ¿Eres tú, perturbador de Israel? Elías le respondió: Yo no he perturbado a Israel, sino tú y la casa de tu padre, porque habéis abandonado los mandamientos del SEÑOR y habéis seguido a los baales. (1 Reyes 18:17-18)  

A Elías le acusaban de perturbar al pueblo, pues predicaba en contra de la corrupción espiritual, y denunciaba el abandono de los mandamientos de Dios por parte de los líderes. A Cristo mismo lo acusaron los líderes religiosos de su tiempo: Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo (Lucas 23:13-14) A los primeros cristianos también se les acusaba de ello: Estos que trastornan el mundo entero. (Hechos 17:6).  Si un predicador no perturba, no trastorna a los pecadores con su mensaje, difícilmente esté hablando en la autoridad de Dios.

Elías era un “hombre molesto” como lo son todos aquellos que no disfrazan la realidad para el gusto del consumidor. Mas adelante cuando el rey Acab, instigado por su mujer Jezabel, hace matar a Nabot para quedarse con su viña, el profeta Elías le sale nuevamente al encuentro para denunciar su maldad: Y Acab dijo a Elías: ¿Me has hallado, enemigo mío? El respondió: Te he encontrado, porque te has vendido a hacer lo malo delante de Jehová. (1 Reyes 21:20) Si denuncias la maldad no te llamarán amigo, si reprendes al perverso te llamarán enemigo. Es mejor que te llamen enemigo los enemigos de Dios a que te llamen amigo, pues eso significa que haces la vista gorda a sus maldades.

Un discípulo de Cristo no puede esperar otra cosa que seguir las huellas de Sus pisadas, y ser consciente de que en esas huellas aún está  fresca la sangre de su Maestro. Si como meta de nuestro llamado ponemos el éxito, constantemente, en lo más intimo de nuestro corazón nos sentiremos frustrados por los contratiempos. Si como meta de nuestro llamado ponemos la Cruz, todas las dificultades que pasemos nos sabrán a éxito porque Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él.  (2 Timoteo 2:11-12) 

Después que Eliseo renuncia a sus comodidades materiales para seguir el llamado, se dedica a servir a Elías, tal vez por unos ocho años aproximadamente, hasta que su maestro es llevado por Dios; de este período nada se nos dice de él, es a partir de que su maestro le es quitado cuando comienza su gran ministerio de fe. De igual modo los verdaderos discípulos de Cristo impactaron al mundo después de los sucesos de muerte, resurrección y ascensión de su Maestro, pues allí comenzaron a vivir realmente por fe.

Es fácil profetizar cuando se está entre profetas, como Saúl  Y fue a Naiot en Ramá; y también vino sobre él el Espíritu de Dios, y siguió andando y profetizando… De aquí se dijo: ¿También Saúl entre los profetas? (1 Samuel 19:23- 24) aunque la realidad era que Dios ya lo había desechado por desobediente  Dijo Jehová a Samuel: ¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre Israel? (1 Samuel 16:1)
Es fácil en un momento de emocionalismo correr detrás de Jesús gritando ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!  (Juan 12:13) Aunque luego esos gritos se convirtiesen en rechazo Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!  (Mateo 27:22).

Los verdaderos discípulos no son personas encandiladas por algún milagro, o contagiados por la euforia de la multitud. Los genuinos discípulos son los que han considerado el costo que implica obedecer al llamamiento, llamamiento que no viene de un hombre sino de Dios mismo. Son personas que han visualizado la Cruz, han asimilado que muchas veces tendrán que padecer soledad, incomprensión, traición, burla; hasta el punto de que se les acuse de trastornar al pueblo, por predicar en contra de la corrupción y mundanalidad de los que se dicen “pueblo de Dios” pero corren tras los baales.  Pero recuerda, para esto fuiste llamado, no fuiste llamado para las luces del éxito y los aplausos de las multitudes, sino para hacer la voluntad del que te escogió, aunque esa voluntad tenga forma de cruz. 

Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.  (1 Pedro 2:21)

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar – de la Serie Estudios sobre el Liderazgo Cristiano – de Elías a Eliseo.

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De Elías a Eliseo - Verdaderos discípulos - Liderazgo III

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