Los sucesos extraordinarios del Avivamiento de Kentucky

Para mediados del siglo XVIII, los que querían un espacio mayor en las cada vez más populosas colonias comenzaron a salir de Virginia para formar los primeros asentamientos al oeste de las montañas Allegheny. En 1792, ese territorio se convirtió en Kentucky, las personas de Kentucky eran gente difícil; la mayoría, fugitivos de la ley, familias de colonos o exploradores, de los cuales Daniel Boone era el más famoso. Sin embargo, dondequiera que hubiera un asentamiento, había un llamado para los ministros. En muchos casos, varias comunidades compartían un pastor, ya que las primeras poblaciones eran muy pequeñas. Así fue como James McGready, ministro presbiteriano, se hizo cargo de las congregaciones en los ríos Gasper, Red y Muddy, y se comprometió con esas congregaciones a orar todos los sábados a la noche, y a orar y ayunar desde el amanecer hasta la puesta del sol el tercer sábado de cada mes. El punto principal de esos tiempos de
oración era pedirle a Dios que llevara avivamiento.

James McGready no hablaba con la misma carga emocional y dramática de George Whitefield, ni con el tranquilo poder de John Wesley, pero durante los veranos de 1800 y 1801 su ministerio dejó una marca imborrable en la historia del avivamiento. De estatura alta y casi desgarbado, James leía de sermones escritos cuidadosamente, así como lo había hecho Jonathan Edwards, aunque carecía del potencial intelectual de este. Exhortaba con la autoridad de un profeta del Antiguo Testamento -con una voz como de trueno-, y con el argumento cuidadoso y lógico del apóstol Pablo. Un colega dijo de él:

“El estilo de sus sermones no era pulido, sino perspicaz y agudo, y su manera de dirigirse era excepcionalmente solemne e impactante. Como predicador, era muy estimado por los humildes seguidores del Cordero, que disfrutaban de las preciosas verdades que claramente exponía ante sus ojos, pero era odiado y, algunas veces, acusado y perseguido no solo por los viciosos y profanos, sino por muchos cristianos nominales o que profesaban formalmente, que no podían soportar sus prédicas agudas y la indignación del Todopoderoso contra los impíos a los que -como hijo del trueno- presentaba claramente.”

En 1798, la Asamblea General Presbiteriana decretó un día de ayuno, humillación y oración para pedir por la redención de la frontera de la “oscuridad de Egipto”. James continuó orando con ellos. En mayo de 1797, James presenció la primera visitación del Espíritu Santo mientras predicaba. Una mujer que había sido fiel integrante de la iglesia “sintió gran convicción” y buscó de nuevo la salvación y “en pocos días estaba llena de alegría y paz por creer”. En una carta a un amigo del 23 de octubre de 1801, describió lo que sucedió a continuación:

De inmediato, visitó a sus amigos y familiares de casa en casa y les advirtió del riesgo de la manera más solemne y fiel, y los instó a arrepentirse y a buscar la religión. Esto fue acompañado con la bendición divina para el avivamiento de muchos. Por esa época, los oídos de todas las personas de la congregación parecían estar abiertos a recibir La Palabra predicada, y casi todo sermón estaba acompañado con el poder de Dios, para el despertar de los pecadores. Durante ese verano, cerca de diez personas de la congregación fueron llevadas a Cristo.

Al estar siempre en busca de oportunidades para impulsar la renovación en los corazones de su congregación, James adaptó una fórmula que había despertado avivamientos en Ulster (Irlanda del Norte) y Escocia. El mayor de estos sucedió en Cambuslang en 1742, donde George Whitefield habló con varios ministros. James convocó a un servicio de comunión anual de varios días que permitió a toda la gente de la zona reunirse, escuchar la Palabra predicada y luego, el último día, tomar la comunión todos juntos. Las familias de los alrededores llegaban para permanecer con otras familias del pueblo; las reuniones duraban todo un fin de semana, luego seguía un servicio el lunes por la mañana y la Cena del Señor se celebraba cerca del mediodía.

James relató:

“El lunes, el Señor derramó su Espíritu misericordiosamente: tuvo lugar un avivamiento muy generalizado; probablemente solo algunas pocas familias de la congregación no hayan sentido más o menos en profundidad su estado de perdición. Durante la semana siguiente, casi nadie se dedicó a atender su negocio material; la atención al negocio de su alma era muy grande. El primer día de descanso de septiembre se dio la comunión en Muddy River (una de mis congregaciones). En esa reunión, el Señor derramó su espíritu misericordiosamente para el avivamiento de muchos pecadores despreocupados. A través de estas dos congregaciones ya mencionadas, y a través de Red River, mi otra congregación, la obra del avivamiento continuó con poder en cada sermón. Las personas parecían escuchar como para la eternidad. En cada casa y casi en todo ámbito, la conversación de la gente giraba en torno al estado de su alma.

James utilizó la fórmula que Whitefield empleó en Cambuslang y les dio la bienvenida a otros ministros, entre ellos a los presbiterianos John Rankin, William Hodge, William McGee y John, el hermano metodista de McGee. James describió lo que sucedió en la misma carta a un amigo:

El lunes, el poder de Dios parecía llenar la congregación; los pecadores más descarados y osados del país se cubrieron el rostro y lloraron con amargura. Luego de dada por terminada la reunión, un gran número de personas se quedó en la puerta, sin deseos de irse. Algunos ministros me propusieron congregar a la gente en el centro de reuniones una vez más y orar con ellos. Entonces, entramos y nos unimos en oración y exhortación. El gran poder de Dios cayó sobre nosotros como una lluvia de las colinas eternas; el Pueblo de Dios fue reavivado y consolado; sí, algunos de ellos estaban llenos de gozo indecible y de gloria. Los pecadores se sintieron sumamente alarmados y algunas almas preciosas tuvieron la convicción del perdonador amor de Jesús.

Al verano siguiente, James convocó a la comunión de Red River a inicios del verano, unas cinco mil personas asistieron a la reunión. Invitó al mismo grupo de ministros que había invitado el año anterior, pero esta vez sus expectativas se vieron excedidas cuando el Espíritu Santo se presentó con gran poder. La erupción en Red River fue realmente inesperada en sus comienzos. Los tres primeros días habían pasado con pocos acontecimientos notables. Los servicios habían sido respetuosos y ordenados. Sin embargo, durante el servicio del lunes por la mañana, John McGee se levantó para hablar y se acercó al púlpito cantando: “Ven, Espíritu Santo, paloma celestial, con todos tus poderes de avivamiento; enciende una llama de amor sagrado en nuestros fríos corazones”. Al sonido de este himno, al menos una mujer gritó, probablemente al tener también un repentino entendimiento de la gracia salvadora.  Algunos cayeron al piso; otros clamaban pidiendo misericordia; algunos oraban y otros comenzaron a alabar a Dios a todo pulmón. William McGee, que estaba sentado cerca, se levantó para dirigirse hacia el púlpito, pero cayó al suelo, aparentemente bajo el poder del Espíritu Santo. Cuando John McGee giró hacia él, sintió que el poder de Dios también caía sobre él y casi cae al lado de su hermano. Más tarde recordó: “Me di vuelta y estaba a punto de caer; el poder de Dios era muy fuerte sobre mí. Me di vuelta de nuevo y, sin temor del hombre, caminé por toda la casa gritando y exhortando con todo gozo y energía, y rápidamente el suelo se cubrió de gente que caía”.

En su Narrative of the Commencement and Progress of the Revival of 1800 [‘Relato del inicio y el desarrollo del avivamiento de 1800’], James describió cómo el avivamiento de Kentucky realmente se afianzó en Gasper, atrayendo a gente desde lugares lejanos:

En julio, se dio la comunión a la congregación de Gasper River. Multitudes de todas partes del país concurrieron para ver una obra extraña. Familias enteras salieron en sus carros desde sesenta, setenta y hasta ochenta kilómetros de distancia. Entre unos veinte y treinta carros fueron traídos al lugar, llenos de gente y provisiones, a fin de acampar en la casa de reunión. El viernes, durante el día, solo hubo solemnidad. Las cosas siguieron igual el sábado hasta la noche. Dos mujeres piadosas estaban sentadas juntas conversando sobre sus experiencias, y esa conversación aparentemente influyó en los que estaban alrededor, ya que de repente la llama divina se derramó sobre toda la multitud. Al poco tiempo, se podía ver a los pecadores indefensos, en cada lugar del salón, orar y clamar pidiendo misericordia. Los ministros y los hermanos se mantuvieron ocupados durante la noche conversando con los afligidos. Esa noche, un buen número de almas renovadas recibieron liberación a través de hermosas visiones de la gloria, la plenitud y la suficiencia de Cristo, para salvar hasta lo sumo.

La mayoría de los historiadores consideran que la reunión de Gasper River fue la primera realizada al aire libre, pero el término “reunión al aire libre” se acuñó uno o dos años después. La expresión surgió debido a que los servicios de comunión comenzaron a atraer a multitudes mayores que las que las familias locales podían acomodar en sus hogares, y pronto las multitudes superaron incluso la capacidad de las salas de reunión. La convicción del Espíritu operó sin límites a medida que los creyentes, los universalistas, los deístas (que por aquel tiempo hacían estragos en las iglesias) e incluso los ateos caían postrados. El fuego del avivamiento se extendió desde el condado de Logan hasta Kentucky y Tennessee. Un mover del Espíritu Santo continuó en la frontera y se realizaron servicios de comunión casi todos los fines de semana durante
el resto del verano.

Cuando Barton Stone escuchó que Dios se estaba moviendo en las comuniones de James, decidió asistir en la primavera de 1801. La escena que lo recibió fue revolucionaria. En ese entonces, eran tantas personas las que se congregaban que no podían tener un servicio con todos los presentes juntos a la vez, por lo que varias áreas del ministerio se llevaban a cabo al mismo tiempo en lugares separados. En su autobiografía, Stone describió lo que él experimentó:

Allí, en una pradera del condado de Logan, Kentucky, las multitudes se juntaron y permanecieron reunidas durante varios días y noches en el campo, mientras la alabanza se desarrollaba en alguna otra parte del campamento. La escena era nueva y extraña para mí. Es imposible describirlo. Muchos, muchísimos caían como si hubiesen resultado muertos en el campo de batalla y permanecían quietos durante horas en un estado en que parecían que no tenían aliento. A veces, revivían por unos
momentos y daban señales de vida a través de un profundo gemido, un grito penetrante o una oración ferviente en la que pedían misericordia.
Después de permanecer así durante horas, obtenían liberación. La nube sombría que les había cubierto el rostro desapareció de manera gradual y visible, y la esperanza en la sonrisa se convirtió en gozo. Se levantaron gritando que estaban liberados, para luego dirigirse a la multitud que los rodeaba con un lenguaje en verdad elocuente e impresionante. Con asombro, oí a hombres, mujeres y niños declarar las maravillosas obras de Dios y los gloriosos misterios del Evangelio. Sus ruegos eran solemnes, audaces, libres y penetraban el corazón. Debido a lo que decían, muchos otros caían en el mismo estado del que acababan de salir los que hablaban.
Dos o tres conocidos míos cayeron. Con paciencia, me senté cerca de uno de ellos, de quien yo sabía que era un pecador negligente, y durante horas observé con mucha atención todo lo que pasó desde el principio hasta el final. Noté los momentáneos reavivamientos como si volviera de la muerte, la confesión con humildad de los pecados, la oración ferviente y, por último, la liberación. Después, el agradecimiento
solemne y la alabanza a Dios, la exhortación afectuosa a los compañeros y a las personas que las rodeaban para que se arrepintieran y se acercaran a Jesús. Yo estaba asombrado por el conocimiento de la verdad del Evangelio que se manifestaba en ese lugar. El resultado fue que varias personas cayeron en la misma apariencia de muerte. Después de presenciar muchos casos como esos, mi total convicción fue de que era un buen trabajo, la obra de Dios. Y no he pensado nada distinto desde entonces. Mucho vi en ese momento y mucho he visto desde entonces de lo que yo consideraba fanatismo, pero esto no debe condenar la obra. El diablo siempre ha tratado de imitar las obras de Dios y de desacreditarlas. Pero esto no puede ser una obra satánica, pues lleva a los hombres a confesar con humildad y abandonar el pecado, a la oración solemne y a la ferviente alabanza y acción de gracias, y a las exhortaciones sinceras y afectuosas para que los pecadores se arrepientan y vayan a Jesús, el Salvador.

Los efectos de esta reunión a lo largo del país fueron como el fuego en el rastrojo seco, impulsado por un fuerte viento. Todos sintieron más o menos su influencia. Poco después, tuvimos una prolongada reunión en Concord. Todo el país pareció trasladarse hacia ese lugar y multitudes de todas las denominaciones asistieron. Todo parecía sinceramente unirse en el trabajo y el amor cristianos. El espíritu de división, avergonzado, desapareció. No se puede dar una verdadera descripción de este encuentro porque sería llegar al límite de lo maravilloso. Continuó sin cesar por cinco días y noches. Muchos, muchísimos irán a la eternidad recordándola con acción de gracias y alabanza”.

Después de estos acontecimientos, Stone programó una comunión en Cane Ridge para el primer fin de semana de agosto. El viernes 6 de agosto, las familias comenzaron a llegar en carretas. En poco tiempo, los centenares se convirtieron en millares, y las casas de las familias locales que brindaban alojamiento -incluso los más ricos, que podían albergar a tres o cuatro familias- se vieron desbordadas.

Los caminos estaban literalmente atestados de carretas, carruajes, jinetes y hombres de a pie, que avanzaban hacia el solemne campamento. La visión era conmovedora. Algunos militares que se encontraban presentes consideraron que había entre veinte y treinta mil personas reunidas. Era frecuente que cuatro o cinco predicadores hablaran a la vez en diferentes partes del campamento, sin que se produjera ninguna confusión. Los predicadores metodistas y bautistas ayudaron en la obra, y todos parecían estar unidos con cordialidad: una sola mente y una sola alma. La salvación de los pecadores parecía ser el gran objetivo de todos. Nos dedicamos a cantar las mismas canciones de alabanza, todos unidos en oración, todos predicando sobre lo mismo: la salvación gratuita a través de la fe y el arrepentimiento. Las cifras de convertidos solo se conocerán en la eternidad. Muchas cosas que ocurrieron allí se parecían en mucho a los milagros y, si no lo eran, tuvieron los mismos efectos que tienen los milagros sobre los infieles y los no creyentes, pues muchos de ellos tuvieron la convicción de que Jesús era el Cristo, y se postraron en sumisión a él. Esta reunión continuó durante seis o siete días enteros, y habría continuado más tiempo, pero no hubo provisiones para tal multitud.

Se comentó que durante el fin de semana hubo momentos en que hasta siete predicadores se habían dirigido a grandes multitudes al mismo tiempo. La asistencia aumentó a decenas de miles de personas en las horas siguientes, y cuando llegó al máximo, se contaron mil ciento cuarenta y tres carretas y vehículos similares instalados en la zona. Estas eran cifras extraordinarias, si se tiene en cuenta que la población de Lexington era de mil setecientas noventa y cinco personas en ese momento, y que Kentucky tenía menos de doscientos cincuenta mil habitantes.

El reverendo Stone registró cuidadosamente cada manifestación durante el fin de semana y el relato a continuación es en gran medida una parte de un capítulo de su autobiografía:

Desplomarse era común a todos, los santos y los pecadores de toda edad y tipo, desde el filósofo hasta el payaso. En términos generales, la persona se desplomaba con un gritó desgarrador, era como un tronco cayendo al suelo, tierra o barro, y parecer muerto. De los miles de casos similares, solo relataré uno. Dos jóvenes hermanas estaban de pie y participaban de la reunión y la prédica. En un momento, ambas cayeron con un grito de angustia y permanecieron acostadas durante más de una hora en un estado en que parecía que estaban sin vida. Su madre, bautista piadosa, se sentía angustiada porque temía que no se reanimaran. Al fin, comenzaron a mostrar signos de vida a través del llanto fervoroso y el clamor de misericordia. Luego, volvieron a caer en el mismo estado, similar al de la muerte, y sus semblantes tenían una apariencia de terrible tristeza. Después de un rato, la melancolía en el rostro de una de ellas cambió por una sonrisa celestial y exclamó: “¡Precioso Jesús!”, y se levantó y habló del amor de Dios, de la preciosidad de Jesús y de la gloria del Evangelio a la multitud que las rodeaba en un lenguaje casi sobrehumano, y exhortaba a todos al arrepentimiento. Un ratito después, la otra hermana tuvo una experiencia similar. Desde ese momento, se convirtieron en miembros notablemente piadosos de la iglesia. He visto muchas personas piadosas desplomarse de la misma manera, por el sentimiento del peligro en el que están sus hijos, hermanos o hermanas no convertidos, por el sentimiento del peligro de sus vecinos y del mundo pecador. Los he oído llorar y clamar con mucha angustia pidiendo misericordia para los pecadores y hablar como los ángeles a todos los que estaban a su alrededor. Las sacudidas no se pueden describir con facilidad. Algunas veces, la persona veía afectado solo alguno de los miembros del cuerpo y, otras veces, todo. Cuando solo la cabeza se veía afectada, se sacudía hacia atrás y hacia adelante, o de lado a lado, con tanta rapidez que no se podían distinguir los rasgos de la cara. Lo que vi fue que, cuando afectaba todo el cuerpo, la persona permanecía de pie en un lugar y se sacudía hacia atrás y hacia adelante con mucha rapidez y la cabeza casi tocaba el suelo, tanto al sacudirse para adelante como al hacerlo hacia atrás. Todos, santos y pecadores, los fuertes y los débiles, se vieron afectados. Les pregunté a los que habían resultado afectados. No pudieron dar ninguna explicación, pero algunos me dijeron que esas eran las temporadas más felices de su vida. He visto a algunas
personas malvadas afectadas así, que maldecían las sacudidas y, al mismo tiempo, eran arrojadas al piso con violencia. Aunque era horrible de presenciar, no recuerdo que ninguno de los miles que he visto haya sufrido alguna lesión en el cuerpo, lo que resulta tan extraño como lo ocurrido. La práctica de ladrar (como los opositores la denominaban despectivamente) no era otra cosa que las sacudidas. Una persona afectada por las sacudidas, en especial en la cabeza, a menudo hacía un gruñido o “ladrido”, por así decirlo, por lo repentino de la sacudida. Parece que el origen de decirle “ladrido” es a causa de un viejo predicador presbiteriano de East Tennessee. Había ido al bosque para orar en privado y le sobrevinieron sacudidas. Estaba de pie cerca de un árbol y se asió a él para evitar la caída. La cabeza se le sacudió hacia atrás y emitió un gruñido o un sonido similar a un ladrido mientras tenía la cabeza hacia arriba. Alguien lo descubrió en esa posición e informó que lo había encontrado ladrando junto a un árbol.

La práctica de correr no era otra cosa que personas atemorizadas que trataban de salir corriendo cuando sentían esas agitaciones corporales a fin de escapar de ellas. Por lo general, no llegaban muy lejos antes de caer, o se agitaban de tal manera que no podían llegar a gran distancia. Conocí a un joven médico de una familia célebre que se acercó a cierta distancia a una reunión grande para presenciar las cosas extrañas de las que había oído hablar. Él y una joven habían acordado vigilarse y cuidarse el uno al otro, por si alguno de ellos caía al suelo. Por fin, el médico sintió algo muy poco común y salió de la congregación en dirección al bosque como si estuviera corriendo por su vida, pero no había llegado muy lejos cuando cayó al suelo, y permaneció así hasta que se sometió al Señor, y luego se convirtió en un celoso miembro de la iglesia. Ejemplos como esos eran comunes. Debo terminar este capítulo con las prácticas del canto. Esto es más difícil de describir que todo lo demás que vi. La persona, en estado de felicidad, cantará melodiosamente sonidos que no provienen de los labios ni de la nariz, sino del pecho. Tal música silenciaba todo lo demás y atraía la atención de todos. Era celestial. Nadie podría cansarse jamás de escucharla.

He ofrecido un breve relato de las maravillosas cosas que han sucedido en el comienzo de este siglo. Que en todo esto hubo muchas excentricidades y mucho fanatismo lo reconocen incluso los defensores más fervientes. De hecho, hubiese sido de extrañarse si tales cosas no hubiesen sucedido dadas las circunstancias de la época.    [Barton Stone, Short History ofthe Life of Barton W Stone [‘Breve relato de la vida de Barton W Stone’], 1847, Capítulo 6.

En Cane Ridge, el servicio de Comunión (Santa Cena) se había planificado para el domingo en lugar de para el lunes, y resultó como se había planeado. Las mesas se pusieron en la sala de reuniones en forma de cruz y podían servir a cien personas a la vez. Las estimaciones de quienes habían participado oscilan entre ochocientas y mil cien personas, solo si se cuenta a los que se reconocieron como convertidos; en otras palabras, básicamente, presbiterianos y metodistas. Las personas de estos dos grupos habían sido los principales organizadores del evento. Debido a que solo los presbiterianos presidían la comunión, los metodistas comenzaron a organizar reuniones afuera y pronto reunieron grandes multitudes. También en las proximidades se organizó un servicio separado para afronorteamericanos. Los asistentes eran, sobre todo, miembros de la Iglesia africana bautista.

El reverendo Mases Hoge trató de describir la escena en una carta a un amigo:

En el momento de la prédica, si se presta atención, hay poca confusión, y cuando termina y comienzan el canto, las oraciones y las exhortaciones, la audiencia cae en lo que yo llamo un verdadero desorden. Caían al suelo, lloraban, temblaban y con mucha frecuencia sufrían espasmos convulsivos. Entre ellos, los piadosos están muy ocupados en cantar, orar, conversar, caer en éxtasis, desplomarse con gozo, exhortar a pecadores, luchar contra los opositores y demás. Algunos yacen más tiempo que otros. Otros obtienen consuelo cuando se desploman la primera vez y otros, no. Cuando uno sale (tal como lo expresaban), esto es, obtiene alivio, elevan un clamor de gloria a Dios por una nueva alma que ha nacido. Y a eso le sigue la dedicación santa. Se pasan noches enteras de esta manera y aquella parte del día que no se emplea en el servicio divino. Pues permanecen en el terreno todos los días en los que se lleva adelante la actividad. Nada que la imaginación describa puede lograr una impresión más fuerte en la mente que una de aquellas escenas. Los pecadores caen a un lado y al otro, y gritan, claman, piden misericordia; los creyentes oran y caen angustiados por los pecadores o en éxtasis de gozo. Algunos cantan; otros gritan y aplauden, se abrazan e incluso se besan, riendo. Otros hablan a los angustiados, entre ellos o a los que se oponen a la obra. Y todo eso sucede al mismo tiempo. Ningún otro espectáculo puede provocar una sensación más fuerte. Y con lo que sucede, la oscuridad de la noche, la solemnidad del lugar y de los acontecimientos, y la culpa consciente, todo conspira para que el terror estremezca toda facultad del alma y se le preste especial atención. En cuanto al trabajo en general, no hay duda de que es obra de Dios.

Peter Cartwright se encontraba entre quienes se convirtieron en el servicio de comunión aquel verano. Dijo sobre Cane Ridge:

En un memorable lugar llamado Cane Ridge, algunos ministros presbiterianos organizaron una reunión sagrada en la cual, aparentemente de forma inesperada para los ministros y las personas, hubo una manifestación del gran poder de Dios de forma muy extraordinaria. Muchas personas se conmovieron hasta las lágrimas y clamaban a viva voz pidiendo misericordia. La reunión se prolongó durante semanas. Los ministros de casi todas las denominaciones viajaron desde cualquier distancia. La reunión se desarrolló tanto de día como de noche.
Miles de personas se enteraron de esta obra poderosa y viajaron hasta allí a pie, a caballo, en carretas y en carros. Se cree que hubo momentos en los que la asistencia durante la reunión osciló entre los doce mil y las veinticinco mil personas. Cientos de ellas cayeron postradas bajo el gran poder de Dios, como hombres muertos en la batalla. Se construyeron púlpitos en los bosques desde los cuales los predicadores de diferentes iglesias proclamaban el arrepentimiento hacia Dios y la fe en nuestro Señor Jesucristo. Y se cree, según los testigos, que entre mil y dos mil almas se convirtieron a Dios durante la reunión. No era poco frecuente que uno, dos, tres, cuatro e incluso siete predicadores les hablaran a miles de personas al mismo tiempo desde distintos púlpitos levantados con ese propósito. El fuego celestial se propagó en casi todas las direcciones. Los testigos afirman que, en ciertas ocasiones, más de mil personas comenzaron de repente a gritar a toda voz y que los gritos se podían oír a varios kilómetros a la redonda. A partir de esta reunión al aire libre, pues así se las llamó, se extendieron noticias a través de todas las iglesias y en todo lugar, y ello provocó gran asombro y sorpresa, pero encendió una llama religiosa que se extendió
por todo Kentucky y a muchos otros estados. [Peter Cartwright, Autobiowaphy of Peter Cartwright, The Backwoods Preacher. (‘Autobiografía de Peter Cartwright, el predicador de zonas remotas’), ed. W. P. Strickland, Cincinnati, Cranston and Curts, 1856, págs. 30-31.]

Cane Ridge fue el punto más alto del avivamiento en Kentucky, pero lejos estaba de ser el único. El año 1801 fue de ebullición desde el punto de vista religioso. Las manifestaciones del Espíritu Santo continuaron durante el resto de la temporada de comunión de 1801, a lo que más adelante, ese año, se le sumó hablar en otras lenguas, según describe un testigo:

Caían y yacían durante horas en la paja preparada para los “heridos del Señor”, o de repente corrían y caían como si hubiesen recibido un disparo de un francotirador. A veces, también sufrían sacudidas en cada músculo de su cuerpo hasta que parecía que iban a despedazarse o a convertirse en mármol, o gritaban y hablaban en lenguas desconocidas.  [E. Merton Coulter, College Life in the Old South (‘La vida universitaria en el viejo sur’), Nueva York, The Macmillan Company, 1928, págs. 194-195]

Desde Kentucky, el avivamiento se extendió por todo el sur y por el este, del otro lado de las montañas. Aunque era un poderoso mover de Dios, terminó más rápido de lo que empezó. Parecía que la mayoría de los ministros no tenían idea de cómo reaccionar ante las manifestaciones del Espíritu Santo, que, literalmente, quedó a cargo de las reuniones. Mientras que algunos grupos, como los metodistas, dieron la bienvenida al formato de las reuniones al aire libre y al “caos” del Espíritu de Dios que caía sobre santos y pecadores por igual, otras denominaciones abrazaron las reuniones al aire libre solo como una forma de reunir a la gente cada año.

Cualquier persona que intentó hacer encajar las obras de Dios vividas durante el verano de 1801 en una especie de caja doctrinal hecha por el hombre no vería más tales manifestaciones. Otros grupos dejarían sus denominaciones para formar otras nuevas con el fin de continuar en la búsqueda de esos “ejercicios del Espíritu” Debido a los hechos ocurridos en Cane Ridge, las congregaciones de Cumberland Valley rompieron con la línea principal del presbiterianismo para convertirse en la Iglesia Presbiteriana de Cumberland, y Barton Stone se uniría a Alexander Campbell para abrazar un cristianismo de solo La Biblia. Ellos formaron un nuevo grupo, al que llamaron Discípulos de Cristo o las Iglesias de Cristo. James McGready, sin embargo, era una figura notable que se negó a abandonar a los otros presbiterianos.

Peter Cartwright describió los resultados en su autobiografía:

Como los ministros presbiterianos, metodistas y bautistas se unieron en la obra bendita en esta reunión, llevaron la noticia de esta gran obra cuando regresaron a sus diferentes congregaciones, y el renacimiento se extendió rápidamente por todo el país, pero muchos ministros y miembros del sínodo de Kentucky pensaron que todo eso era un desorden y trataron de detener la obra. Ellos llamaron a los predicadores que estaban comprometidos con el avivamiento y los censuraron y silenciaron. Esos ministros luego se levantaron y unidos renunciaron a la jurisdicción de la iglesia presbiteriana; organizaron una iglesia propia y la denominaron cristiana. Este es el origen de lo que se conoció como las Nuevas Luces. Esta iglesia cristiana o Iglesia Nueva Luz es un pueblo débil y disperso, aunque hay algunos buenos cristianos entre ellos. Supongo que desde el día de Pentecostés no hubo un mayor avivamiento religioso que el de Cane Ridge, y si hubiera habido ministros cristianos firmes en la
doctrina del Evangelio y en la disciplina de la Iglesia, miles de personas que vagaban por los laberintos de la divinidad especulativa se podrían haber ganado para la Iglesia, pues finalmente naufragaron en la fe, retrocedieron, se volvieron infieles y perdieron su religión y su alma para siempre. Pero es evidente que la obra de Dios tuvo un nuevo impulso y muchos, muchísimos, tendrán razones suficientes para bendecir a Dios eternamente por este avivamiento de la religión a lo largo y a lo ancho de nuestro Sión.

Paul Conklin, autor de Cane Ridge: America’s Pentecost [‘Cane Ridge: el Pentecostés de Estados Unidos’], expresó:

Para el otoño de 1801, los visitantes evangélicos de los condados de Kentucky se maravillaron ante lo que era casi una utopía. El Espíritu Santo había encendido y limpiado toda la zona. Prácticamente, todo el mundo había sido afectado de alguna manera por el avivamiento. Cuando George Baxter llegó de Shenandoah Valley, pensó que había respirado un aire especial y puro en Kentucky. Encontró que era el lugar más moral en que había estado, pues no había oído ninguna palabra profana; todo el mundo era amigable y benévolo; no había disputas personales, y “un temor religioso parecía invadir el país”.

Baxter resumió sus impresiones con estas palabras:

Creo que el avivamiento en Kentucky está entre lo más extraordinario que jamás haya sucedido en la Iglesia de Cristo y, en especial, adaptado a las circunstancias del país. La infidelidad triunfaba y la religión estaba a punto de desaparecer. Parecía necesario algo de naturaleza extraordinaria para atraer la atención de un pueblo atolondrado, que estaba dispuesto a pensar que el cristianismo era una fábula, y el porvenir, un sueño. Este avivamiento lo ha hecho: ha confundido a la infidelidad, ha silenciado al vicio y ha traído a un número incalculable.

Diarios de Avivamientos – Resumen extraído del libro Los Generales de Dios III

Anuncios
Publicado en Escuela Bíblica, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Biografía de John Wesley

“La ginebra se destilaba en una de cada cuatro casas en Londres y se vendía abiertamente en las calles. La embriaguez y la depravación hacían estragos en todos los niveles de la sociedad. En muchas ocasiones, el Parlamento tuvo que aplazar las sesiones porque sus miembros estaban demasiado ebrios como para conducir asuntos de Estado. Los niños sufrieron un trato especialmente cruel: casi el 75 % de ellos murió antes de cumplir los 5 años. No solo eran difíciles las condiciones de vida, sino que los padres alcohólicos a menudo los abandonaban o, lo que era peor aún, los vendían con el fin de mantener sus adicciones. Algunas veces, los padres mutilaban a los hijos de manera horrible para que sus aparentes deformidades los hicieran ganar más dinero como mendigos.

En Inglaterra se empezaban a dar las condiciones para una revolución como en Francia, pero la revolución en las islas británicas sería muy diferente. En Inglaterra, sería un avivamiento llamado “metodismo”, inspirado principalmente por John y Charles Wesley. Como expresó un historiador, el metodismo y la Revolución francesa son los dos fenómenos de mayor importancia del siglo XVIII. La gran red de sociedades metodistas establecidas por los hermanos Wesley llevó la promesa de la misericordia y del amor de Dios que tanto se necesitaban en esos tiempos de incertidumbre, de dificultades económicas y de corta esperanza de vida. Esos “grupos caseros” -lo que muchos en la actualidad podríamos llamar “células”- ideados por los Wesley, proveyeron de instrucción constante, de oración, de responsabilidad, y del discipulado y de la comunión necesarios, que son la base del crecimiento espiritual. Lo más importante es que John y Charles Wesley llevaron el mensaje de la “gracia gratuita” directamente a las masas. Su mayor audiencia fueron los “quebrantados y humildes de espíritu”, que con alegría abrieron sus corazones a las abundantes provisiones de gracia de Dios.

John y Charles Wesley nacieron el 17 de junio de 1703 y el 18 de diciembre de 1707 respectivamente, en Epworth, Inglaterra, eran el decimoquinto y el decimoctavo de diecinueve hijos, de los cuales solo diez alcanzaron la edad adulta. John y Charles eran descendientes de una larga línea de ministros. Sus padres, el reverendo Samuel y Susanna Wesley, los criaron con la esperanza de que algún día se convirtieran en líderes de la iglesia anglicana.  Samuel y Susanna eran producto de los disidentes, pero por un salario, una casa, y para proporcionar un ministro a la región, Samuel había hecho las paces con los anglicanos y fue ordenado por ellos. Sin embargo, debido a sus antecedentes disidentes puritanos, la casa de los Wesley se regía por principios morales estrictos, que se ejercían a diario mediante una disciplina rigurosa en los modales, el estudio y la oración. Samuel Wesley, quien durante treinta y cinco años fue pastor de la pequeña parroquia de Epworth, trabajaba muchas horas supervisando las necesidades espirituales de varios pueblos vecinos. Cuando podía, se dedicaba rigurosamente al estudio, a menudo encerrado en su oficina, elaborando sermones, escribiendo poesía o componiendo himnos. Se unía a la familia solo para las comidas, que se compartían siempre en silencio. Susanna, por su parte, utilizó al máximo cada oportunidad para educar y formar a su familia en una gran variedad de materias y disciplinas personales. Bajo su tutela, los niños Wesley estudiaron historia, literatura, lenguas clásicas, música y, sobre todo, Las Escrituras. Memorizaban salmos, proverbios y largos pasajes del Nuevo Testamento. Cada momento, desde el amanecer hasta el anochecer, estaba organizado, y comenzaba y terminaba con oración y la lectura de la Biblia. Si bien este enfoque puede parecer duro para muchos hoy en día, es
fácil ver cómo esta educación hizo que John fuera el creador de las rutinas, las disciplinas y la búsqueda sistemática de Dios que caracterizaron al metodismo. La formación que les brindó Susanna creó en John la estabilidad y la resolución que lo hicieron diligente en su religión y lo suficientemente humilde como para estar siempre abierto a la verdad. Los hábitos de estudio tranquilo, el estricto manejo del tiempo y la austeridad respecto de todas las cosas continuaron en John y Charles por el resto de sus vidas. Cada niño que creció hasta la edad adulta abandonó el hogar de los Wesley con una mente entrenada, un corazón puro y una sincera pasión por el Señor.

Cuando estaba presente, Samuel gobernaba su casa con mano dura y mal carácter. Susanna, sin embargo, se mantuvo firme en su obediente respeto hacia él. Nunca flaqueó en su fe, aun cuando el dolor se añadía a la dificultad y al hecho de que nueve de sus diecinueve niños murieran en la infancia. Ciertamente, la fuerza de ese testimonio dejó una profunda impresión en John y en Charles, así que cuando más tarde en la vida enfrentaron desalentadoras oposiciones lo hicieron con un aplomo, una gracia y una fe estimulantes. Mientras que la reputación de Susanna como mujer disciplinada y devota crecía, su marido se hacía cada vez más conocido por sus fuertes opiniones y obstinación. Cualquiera que fuere la razón, su popularidad entre la ciudadanía local disminuía continuamente hasta que ocurrió el desastre en la noche del 9 de febrero de 1709.

Mientras la familia Wesley dormía, la casa pastoral de Epworth se prendió fuego de manera misteriosa entre las once y las doce de la noche. No tuvieron tiempo para sacar la ropa ni las posesiones. Mientras bajaban las escaleras, solo una delgada pared impedía que las llamas cortaran la vía de escape. Susanna, que estaba próxima a dar a luz al último niño, sufrió algunas quemaduras en las piernas y en el rostro mientras luchaba contra las llamas para asegurarse de que todos sus hijos hubiesen escapado. Una vez afuera, estaban todos a salvo menos uno, John, de 5 años y medio de edad. Su madre lo buscaba desesperadamente afuera. Samuel hizo dos intentos de reingresar a la casa poniéndose los pantalones sobre la cabeza como escudo, pero el fuego era muy grande como para que pudiera ingresar otra vez a la casa. Al fracasar en el intento, reunió a la familia a su alrededor en el jardín para orar y encomendar a John a Dios. Al principio, nadie se dio cuenta de que el joven John agitaba los brazos desde la ventana del segundo piso y gritaba pidiendo ayuda. Pero cuando las llamas empezaron a llegar al nivel superior de la casa, llamó la atención de un vecino, quien rápidamente se subió a los hombros de otro hombre y sacó a John a lugar seguro, solo momentos antes de que el resto del techo se derrumbara. En cuestión de unos pocos minutos más, toda la casa pastoral había quedado reducida a cenizas. Cuando Juan fue llevado a su padre, el pastor exclamó: “¡Vengan, vecinos! ¡Arrodillémonos y demos gracias a Dios! Él me ha dado a mis ocho hijos; dejen que la casa desaparezca. Soy lo suficientemente rico“. Después, Samuel dijo su famosa frase: “¿No es este [John] un tizón arrebatado del incendio?“. A partir de ese momento, Susanna se convenció de que John tenía un llamado especial de Dios para su vida.

Ya como adulto, no revestía importancia el hecho de que John fuera un hombre pequeño: solo medía 1,66 m de estatura y pesaba aproximadamente 59 kilos. Sin embargo, su diminuto tamaño nunca fue un estorbo para él. Eso demuestra que la estatura física de una persona tiene poca importancia en comparación con lo “grande” que puede ser espiritualmente. John Wesley fue, sin duda, un gigante en la fe.

Es importante entender que la doctrina con la que John y Charles crecieron fue la de la predestinación, con la fuerte influencia del reformador francés Juan Calvino. De acuerdo con los principios del calvinismo, la gente no tenía ningún papel en su propia salvación, sino que esta estaba predeterminada o “predestinada” por Dios.  Por lo tanto, ir a la iglesia se convirtió en una búsqueda para responder a la pregunta “¿Soy salvo?”, más que a “¿Cómo puedo ser salvo?” A lo largo de sus primeros años, aunque sus corazones buscaban a Dios con sinceridad, ni John ni Charles tenían seguridad alguna de su propia salvación. John recién comenzaría a preguntarse por este hecho una vez que hubiera sido ordenado y se dirigiera a su primer campo misionero.

A pesar de esta falta de seguridad interna, John fue ordenado diácono al graduarse y predicó su primer sermón en el pequeño pueblo de South Lye, cerca de la ciudad de Witney. En la primavera de 1726, para orgullo y alegría de su padre, John fue elegido miembro del Lincoln College, una prestigiosa posición como residente en Oxford. Ocho meses más tarde, fue nombrado profesor de griego y moderador de las clases.

La lucha constante entre las obras exteriores frente a la santidad interior continuó con furia en el alma de John. Él quería vivir el resto de su vida con todo lo que la Iglesia prescribía como necesario para tener una vida devota, pero una y otra vez tenía crisis de fe, en sus creencias, que lo llevaron a dudar de la seguridad de su propia salvación; una crisis de convicción que sentía cada vez que se enfrentaba a la muerte.

Fue durante esa época, en 1729, cuando Charles comenzó a reunirse con varios estudiantes que pensaban de forma similar, para estudiar y guardar juntos una serie de disciplinas diarias. John aceptó la invitación y se unió a ellos, y pronto comenzó a servirlos como su líder y consejero. En tono burlón, los otros estudiantes llamaban al grupo “polillas bíblicas”, “fanáticos bíblicos”, “sacramenteros”, “metodistas”, “club santo” o “entusiastas”, pero en los años siguientes, el grupo mostró ser una fuerza beneficiosa en la comunidad, pues los miembros comenzaron a visitar a los prisioneros y a ministrar a los huérfanos y los desamparados. El nombre de “grupo santo” pegó y pronto creció a unos veinticinco miembros.

En febrero de 1733 ciento veinte inmigrantes establecieron un asentamiento en Georgia,  que se convertiría en Savannah. John, Charles y otros dos miembros del Club Santo, Benjamin Ingham y Charles Delamotte, zarparon con trescientos pasajeros a bordo del Simmonds el 21 de octubre de 1735; rumbo a Savannah. Entre los pasajeros, se encontraba un grupo grande de alemanes moravos, el quinto grupo que fue a Georgia, quienes rápidamente se hicieron conocidos por su piedad y actitud para la oración. Los Wesley y sus dos amigos asistían a las reuniones de los moravos todas las noches, y John estudiaba alemán a fin de poder comunicarse con ellos. Ellos observaban cómo adoraban los moravos con genuina emoción y cómo realizaban oraciones espontáneas y sentidas. Los moravos practicaban el compañerismo grupal compasivo, el estudio bíblico, el canto de himnos y una confianza tranquila y personal en Dios en cuanto la salvación, que causó una impresión en los cuatro miembros del “club”. El viaje resultó una sucesión de tormentas. Enfrentados a la muerte a manos de esas tempestades, John se sorprendió al ver que no se sentía preparado para morir, pero pensaba que estaba en paz con Dios. Incluso se preguntó a sí mismo: “¿Cómo es que no tienes fe?”. Sin embargo, los moravos actuaron en claro contraste con esto. Sin importar la dureza de la tormenta, no mostraban temor; tampoco habían mostrado orgullo ni ira ni falta de perdón durante el viaje. De hecho, en medio de una tormenta, estaban en un servicio y cantando un salmo cuando una ola se estrelló sobre el barco, rasgó la vela mayor en pedazos e inundó la cubierta y los niveles inferiores con tal fuerza que muchos pensaron que el barco iba a ser tragado por el océano. Sin embargo, los alemanes cantaban como si no se hubieran dado cuenta, a pesar de la multitud de pasajeros ingleses que entraban en pánico y gritaban de miedo. John nunca había conocido a una persona, mucho menos a un grupo completo de hombres, mujeres y niños que no tuvieran temor de morir. John decidió tratar de imitar el ejemplo de que temer a Dios significaba no temer a nada más en esta vida. Al mismo tiempo, sin embargo,
se daba cuenta de que esas personas tenían algo de Dios que a él le faltaba, y era algo que quería con desesperación. Sin embargo, al ser un hombre con un llamado y un título, era todavía demasiado orgulloso como para buscarlo. Esa búsqueda tuvo que esperar hasta que sus esfuerzos en Georgia demostraron varias veces ser un fracaso y hasta que, finalmente, regresara a Inglaterra, con más hambre y más deseos por Dios que nunca.

Deseoso por comenzar su trabajo, John consultó a un pastor moravo, Augustus Spangenberg, en busca de consejo. Durante la conversación, Spangenberg le dijo explícitamente: “Hermano mío, primero tengo que hacerle una o dos preguntas. ¿Tiene usted el testimonio dentro de sí? ¿El Espíritu Santo da testimonio con su espíritu de que usted es un hijo de Dios?” John estaba tan sorprendido por las preguntas que no sabía qué
contestar, así que Spangenberg reformuló la pregunta: “¿Conoce a Jesucristo?” John hizo una pausa nuevamente y después respondió: “Sé que Él es el Salvador del mundo”Eso es cierto -respondió Spangenberg-, pero ¿sabe que Él lo ha salvado?” Wesley respondió: “Espero que Él haya muerto para salvarme” Decidido, Spangenberg reformuló la pregunta: “¿Lo sabe usted mismo?” John dudó de nuevo antes de responder “Sí, lo sé“, con tanta confianza como pudo, pero sintió que esas palabras eran vacías. A través de esta conversación, John se enfrentó otra vez al hecho de que los moravos tenían algo de Dios que él no tenía, pero todavía era demasiado orgulloso para admitirlo y para humillarse ante Dios lo suficiente como para recibirlo. Sin embargo, John se convirtió en un fiel amigo de Spangenberg y de otros moravos, y pasó mucho tiempo con ellos en Savannah, tratando de aprender de ellos tanto como pudiera.

Después de ver sucesivos fracasos en la obra,  John decidió regresar a Inglaterra y zarpó a bordo del Samuel hacia su tierra natal el 22 de diciembre de 1737. Estaba desanimado y parecía lo suficientemente humilde como para buscar qué era aquello que los moravos habían encontrado que él todavía no tenía. Al reflexionar sobre su estadía en Georgia y lamentando su propio estado espiritual, escribió lo siguiente en su diario el martes 24 de febrero de 1738: “Fui a Estados Unidos a convertir nativos, pero ¡vaya!, ¿quién me convertirá a mí? ¿Quién me librará de este malvado corazón? Tengo una religión de buen verano. Puedo hablar bien, mejor dicho, creer yo mismo, mientras no haya peligro cerca, pero deja que la muerte me mire a la cara y mi espíritu se perturba. Tampoco puedo decir: “¡La muerte es ganancia!’‘.

Hasta ese punto, la vida de John había estado plagada de una falta de convicción clara acerca de la naturaleza de su verdadero llamado de parte de Dios. Aunque hacer el bien nunca merece condenación, a veces puede ser un obstáculo que nos impide hacer lo que es mejor. John ansiaba obtener aprobación, como todos nosotros, pero con mucha frecuencia permitió que eso obstaculizara el camino a encontrar su verdadero propósito. Él había rechazado la solicitud de su padre de liderar la parroquia de Epworth, pero a medida que su padre se acercaba a la muerte, había cedido y se presentó, solo para ser rechazado. Había viajado a Georgia para ministrar a los nativos, pero se había atareado con cualquier otra cosa que fuera posible una vez que estuvo allí. Fue nombrado ministro de Savannah sin su consentimiento; había aceptado el nombramiento para agradar a la comunidad local en vez de rechazarlo y hacer lo que sentía. La fe de los moravos tironeaba de su espíritu, pero él no estaba deseoso de arriesgar su posición o su propia seguridad para responder a ese llamado. John mostraba todos los signos de ser un hombre que tenía la apariencia de santidad, pero nada del poder que venía con ello. Afortunadamente, sin embargo, esto iba a cambiar pronto.

John Wesley conoció a Peter Bohler que había sido ordenado recientemente por el conde Zinzendorf, y comenzó a dialogar con él en alemán, Las discusiones de Bohler con John volvieron a mostrarle la posibilidad de tener una mayor relación con Dios de lo que él había experimentado hasta ese momento, pero en su mente todavía luchaba con las creencias de los moravos, muchas de las cuales entraban en conflicto con la suya propia. John estaba decidido a encontrar la santidad a través de la devoción, la determinación y la disciplina, mientras que Bohler enfatizaba que la salvación se alcanzaba solo por la fe en Jesucristo y que iría acompañada de amor, paz y gozo en el Espíritu Santo. John no llegaba
a comprender cómo esa creencia podía ser posible, pero tampoco podía dejar de pensar en ello. Estaba tan perplejo que se preguntó si no sería mejor para él dejar de predicar hasta encontrar esa fe en lugar de continuar con lo que él sentía que era hipocresía. Cuando le preguntó a Bohler si debía dejar de predicar, Bohler le respondió: “De ninguna manera“Pero ¿qué puedo predicar?“, preguntó Wesley. El moravo le respondió: “Predica sobre la fe hasta que la tengas, y entonces, porque la tienes, predicarás sobre la fe“.  Bohler viajó con Wesley de regreso a Oxford, donde Charles le enseñó inglés. Pasaba cada vez más tiempo en compañía de los hermanos, alentándolos en el desarrollo de la Sociedad Metodista.

Los hermanos Wesley se sentían perturbados ante la persistente convicción de Bohler de que la gracia se obtenía por fe solamente y de que la salvación seguía inmediatamente al reconocimiento de esa fe en lugar de ser algo por lo que se tenía que trabajar en el tiempo. “¿Me robará mis esfuerzos? No tengo nada más en que confiar“, escribió Charles. John decidió acudir a La Biblia en busca de respuestas, y se sorprendió por lo que encontró, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Casi toda proclama de salvación que había era, de hecho, instantánea, y la que más tiempo tomó fue la del apóstol Pablo, que llevó solo tres días. John tenía 35 años de edad en ese momento, y nunca antes había visto esto en Las Escrituras. Se preguntó si tal vez algo dentro de él había cambiado: “Pero me sacó de este retiro la evidencia de varios testigos vivientes que testificaron que Dios había obrado en ellos mismos, dándoles en un momento tal fe en la sangre de su Hijo, trasladándolos de las tinieblas a la luz, sin pecado y sin temor hacia la santidad y la felicidad. Aquí terminó la controversia. Podía ahora no solo gritar: “¡Señor, ayuda mi incredulidad!”.

Una sorpresiva carta llegó de parte de Charles, en la que informaba que había hecho las paces con Dios. Enfermo por segunda vez de pleuritis, que había amenazado su vida con anterioridad, fue a la casa de un hombre llamado Bray, un “pobre mecánico ignorante […] que no sabía nada, excepto de Cristo“.  Durante su estancia allí, el 21 de mayo de 1738, Charles encontró la fe y la seguridad de su salvación sobre la que Bohler les había enseñado a él y a su hermano. En esa misma hora, sus fuerzas volvieron a él y se levantó sano. John estaba contento por su hermano a causa de su renovada salud espiritual y física, pero no pudo evitar sentirse mucho menos digno de la salvación de lo que se había sentido antes. Expresó de esta manera su sentimiento de inutilidad: “Siento que estoy vendido como esclavo al pecado. Yo sé que me merezco nada más que la ira, pues estoy lleno de abominaciones. Todos mis trabajos, mi justicia, mi oración necesitan una expiación para sí mismas. No tengo nada que alegar. Dios es santo; yo soy impío. Dios es fuego consumidor; yo soy pecador, listo para ser consumido. Sin embargo, oigo una voz: “Cree, y serás salvo. El que cree ha pasado de muerte a vida” ¡Oh, que nadie nos engañe con palabras vanas como si ya hubiéramos alcanzado esta fe! […] Salvador de los hombres, sálvanos de confiar en cualquier cosa que no seas tú! ¡Atráenos a ti! Permite que nos vaciemos de nosotros mismos y luego llénanos de todo gozo y paz al creer, y que nada nos separe de tu amor ni ahora ni en la eternidad.”

En la tarde del miércoles del 24 de mayo de 1738, ocurrió el milagro: 

En la noche fui sin demasiadas ganas a una sociedad de la calle Aldersgate, en la que alguien leía el prefacio de Lutero a la epístola a los Romanos. A eso de las nueve menos cuarto, mientras él describía el cambio que Dios obra en el corazón por medio de la fe en Cristo, sentí que mi corazón estaba extrañamente cálido. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solo, para salvación; y recibí la seguridad de que Él se había llevado mis pecados, incluso los míos, y que me había salvado de la ley del pecado y de la muerte. […] Entonces, les testifiqué abiertamente a todos los que estaban allí lo que había sentido en mi corazón.

Los moravos les habían dado a los hermanos Wesley la llave que ellos necesitaban para transformar su nación: el nuevo nacimiento. Inglaterra quedó atrapada en las garras de la creencia calvinista de que nadie podía saber quién estaba predestinado a ser salvo, así como también a la enseñanza de la iglesia anglicana, que afirmaba que los sacramentos eran la tarea necesaria de cualquiera que esperara estar predestinado para la salvación. El renacimiento metodista transformaría a Inglaterra, pues enseñaba que no solo se podía saber que se era salvo, sino también que se podía recibir esa salvación de forma inmediata y tener paz en el corazón a partir de entonces. Después, cuando se añadieron a esto los “métodos” de John de la búsqueda de la santidad -que incluía “sociedades unidas” para que los creyentes se reunieran regularmente, centrándose en la oración, el ayuno y el estudio de Las Escrituras- el  avivamiento tenía ahora no solo un marco, sino también la chispa del Espíritu Santo y el poder de Dios para la transformación.
Esa fue una época trascendental para John y Charles, quienes de repente se sintieron desafiados a renunciar a la estricta adhesión a su piedad ascética por una singular pasión de ver a los perdidos salvos por la fe personal en Cristo. Charles se dedicó a escribir himnos que proclaman la bondad y la gracia de Dios. John comenzó de inmediato a predicar las “buenas nuevas”

El día de Año Nuevo de 1739, Whitefield, que hacía poco había vuelto de su ministerio en Georgia, reunió a los hermanos Wesley y a otras personas para una reunión. Cuando llegó la medianoche, oraron y adoraron. Esto continuó hasta la mañana, pues fervorosamente buscaron la voluntad y la dirección de Dios. Entonces, como a eso de las tres de la tarde, el poder de Dios se movió de una forma inusual. Todos los presentes se postraron, clamando y llorando con gozo. Después, “estallaron con una sola voz: ‘Te alabamos, Dios: reconocemos que eres el Señor”‘.  Una renovada compasión los envolvió a medida que el amor y la misericordia que sintieron por el perdido los hacía volver a entregar su vida por la causa del Evangelio. Whitefield reconoció el poder que se manifestó en esa ocasión al decir: “Era una temporada de Pentecostés, sin ningún lugar a dudas. Algunas veces, toda la noche se pasaba en oración. A menudo, hemos sido llenados como con vino nuevo, y con frecuencia los he visto abrumados con la divina presencia y clamar: “¿Habitará Dios realmente con los hombres sobre la Tierra? ¡Cuán terrible es este lugar!¡Esta no es otra que la casa de Dios y la puerta del cielo!

Lo que el Espíritu Santo les impartió en  aquel tiempo llevaría a los presentes -en especial a John, Charles y George- a niveles de ministerio completamente nuevos. Sería el año en
que comenzaría el gran avivamiento metodista o gran avivamiento.
De ahí en adelante, y debido al énfasis en el trabajo y el ministerio del Espíritu Santo, Whitefield, los hermanos Wesley y sus seguidores fueron conocidos como los “entusiastas” Sus reuniones tenían la reputación de ser emocionales e impredecibles. Se hizo circular ampliamente un panfleto impreso que explicaba la interpretación griega de “entusiasta” como “poseído por un espíritu divino” Creyendo que los “entusiastas” habían caído presa de un tipo de espíritu incorrecto, la Iglesia de Inglaterra les cerró las puertas. Sin embargo, esto no pareció importar, pues Dios ya estaba plantando semillas de entendimiento en el corazón de Whitefield sobre lo que estaba por venir. En una ocasión en particular, cuando las multitudes no fueron admitidas por falta de espacio pues el edificio ya estaba lleno, Whitefield se sintió impulsado a salir y a pararse sobre una lápida para dirigirse a los cientos de personas reunidas afuera. No iba a pasar mucho hasta que comenzara a predicar al aire libre de forma regular, lo que atrajo a audiencias mayores que las que podía albergar algún edificio británico.

Para la primavera de 1739, tras la insistencia de Whitefield, John se dio cuenta de que ya no tenía nada que hacer, sino llevar su prédica fuera de las puertas de la iglesia. Ese marzo, siguió a su amigo a Bristol. Whitefield ya había profundizado en la predicación al aire libre en la bulliciosa zona de Bristol, con la esperanza de llegar a la multitud de mineros y trabajadores de los astilleros de ese lugar. El 29 de marzo, John y Charles acompañaron a Whitefield a la plaza del pueblo con la intención de llevar el mensaje de fe a todo aquel que quisiera escucharlo. Al principio, John se opuso a predicar al aire libre, pero cuando Whitefield comenzó, una ruidosa multitud se reunió por pura curiosidad. ¿Estaban preparados sus corazones para escuchar las verdades sagradas que estaba a punto de decir? Mientras los pensamientos de incertidumbre inundaban la mente de John, Whitefield, sin dudar de aprovechar esa oportunidad, habló de forma valiente, inspirando a los ansiosos oyentes con La Palabra de Dios. Al verlo, John se conmovió por la multitud de rostros tan sedientos del agua de La Palabra.
Al día siguiente, John se paró en una pequeña colina en las afueras del pueblo y dio su primer mensaje al aire libre a tres mil personas. John estaba tan entusiasmado y lleno de energía por la experiencia que no podía esperar la siguiente oportunidad de predicar al aire libre. Una vez que experimentó la emoción de predicar en el campo, no hubo vuelta atrás. Había encontrado a una audiencia dispuesta, y aunque no siempre era receptiva, John sabía que él tenía que compartir lo que las personas más necesitaban. Desde ese día en adelante, hasta prácticamente el día de su muerte, John predicó a todo aquel que quisiera escucharlo, no solo todos los días, sino tres o cuatro veces al día. John predicó en todo lugar en que podía: en graneros, campos y plazas de pueblos. Las palabras de John eran tranquilas y medidas, pero parecían penetrar directamente al corazón de quienes lo escuchaban.

John tenía el don de tocar a las personas con la presencia de Dios a través de sus sermones
y Charles, a través de sus himnos. Escribió himnos y poesía de forma tan prolífica que menos de un año después publicó el primer volumen de sus canciones, a lo que siguieron muchos volúmenes más en los años posteriores. Como describió John una vez su relación con Charles: “De alguna manera, yo podría ser la cabeza, y tú, el corazón de la obra”. Los himnos y los sermones compuestos por los hermanos Wesley proveyeron el fundamento sobre el cual se construyeron la doctrina y las prácticas religiosas del metodismo. No pasó mucho tiempo antes de que utilizaran la página impresa para expandir el alcance de su ministerio. Estuvieron entre los primeros evangelistas en publicar sermones, himnos, lecturas devocionales e incluso una revista mensual. La manera innovadora de la enseñanza bíblica y la adoración grupal fueron tan efectivas en hacer conocido a Cristo que
cientos de convertidos se añadían todos los días.

La Iglesia Anglicana no le concedió una parroquia propia, y le prohibió predicar en las parroquias de otros; John escribió:
En Las Escrituras, Dios me ordena, según mis posibilidades, que instruya al ignorante, reforme al malvado y confirme al virtuoso. El hombre me prohíbe hacerlo en la parroquia de otro, esto es, prácticamente, no hacerlo, viendo que ahora no tengo mi propia parroquia y probablemente nunca la tenga. ¿A quién debo oír? ¿A Dios o al hombre? Veo al mundo entero como mi parroquia; quiero decir con esto que en cualquier parte del mundo en que me encuentre, considero que es apropiado, correcto, y es mi tarea imperiosa declararle a todo aquel que esté dispuesto a escuchar las felices nuevas de salvación.

En un día promedio, John predicaba tres veces y viajaba unos 32 km a caballo. Todas las mañanas las comenzaba predicando a las cinco de la mañana, para alcanzar a los obreros en su camino a los campos. Volvía a predicar al mediodía, cuando los trabajadores paraban a descansar, a lo que seguían dos o más veces por la noche. El tiempo no le hacía alterar el programa. Los hermanos siempre cumplían con todos los compromisos, sin importar las circunstancias. Algunas veces, los hermanos Wesley cubrían casi 97 km por día para llegar a tiempo a un destino fijado de antemano. Viajaban sin descanso y se reunían con las personas en cualquier lugar en que estuvieran, para conocer sus necesidades y cómo podían ayudarlas espiritual, mental y físicamente.

En marzo de 1740, John había dado un mensaje titulado “Gracia libre”, en el que proclamó: “La gracia o el amor de Dios, de donde procede la salvación, es completamente gratis, y gratis para todos“. Esta afirmación estaba en abierto contraste con la doctrina de la predestinación calvinista, que era la creencia aceptada de esa época, y Whitefield de inmediato cuestionó la verdad del sermón de John. Y aunque George era un evangelista tan ungido como eran los Wesley, no era el teólogo que era John. Cuando la controversia comenzaba a asomarse, Whitefield se dirigió a Estados Unidos en agosto de 1740, específicamente a Nueva Inglaterra, la tierra de los calvinistas puritanos. A medida que sus cartas, que cuestionaban la postura de John [arminianismo], cruzaban el Atlántico, leía mucho sobre el tema, solo en los libros sugeridos por quienes lo rodeaban, los calvinistas puritanos. Cuando John publicó su sermón en 1740 en contra de las recomendaciones de Whitefield, las tensiones solo empeoraron. Whitefield respondió en defensa de la predestinación, a lo que John respondió con un contraargumento, por medio de la publicación de “Gracia gratuita” en los Estados Unidos. Charles se hizo eco de la doctrina en sus himnos, y escribió Ven, oh viajero, tú, desconocido, poniendo en mayúsculas “ERES PURO AMOR UNIVERSAL”. De todas manera Whitefield también predicaba:  “Ven, pobre, perdido, pecador”, en Glasgow, Escocia, invitando a su audiencia: “Abre la puerta de tu corazón, que el Rey de gloria, el bendito Jesús venga y edifique su Reino en tu alma. Haz lugar para Cristo. El Señor Jesús desea cenar contigo esta noche. Cristo está dispuesto a entrar en cualquier corazón que esté dispuesto a abrirle y recibirlo”. Aunque adherir al calvinismo hacía que pudiera encajar con los puritanos norteamericanos, no era una buena prédica, así que en la parte práctica era más sencillo llamar a todos a acercarse a Jesús a través de su propia voluntad libre y dejarlo a Él solucionar quién estaba predestinado y quién no. Pese a que ambos bandos nunca más volvieron a reunirse, la animosidad entre Whitefield y los Wesley se había enfriado hacia 1742, y para 1749, volvieron a ministrar en las mismas conferencias.

Si la salvación de Dios era libre para todos, entonces no existían restricciones de clase para limitar quién podía unirse a la sociedad metodista, divergencia significativa de las restricciones impuestas por la Iglesia de Inglaterra acerca de quién podía asistir a los servicios y recibir los sacramentos. Y si la fe era un don gratuito que podía crecer y desarrollarse, tenía sentido que los “métodos” metodistas de las reuniones de la sociedad unida, que eran la oración regular, la lectura de Las Escrituras, el ayuno y la realización de buenas obras para ayudar al pobre, al huérfano y al encarcelado fueran todavía de gran importancia. Además, los hermanos Wesley siguieron adelante no solo para predicar el Evangelio, sino también para organizar sociedades a fin de asegurarse de que la voluntad de Dios para todos se hiciera así en la Tierra como en el cielo.
En 1742, los hermanos Wesley fundaron un orfanato y una escuela dominical en Newcastle. Cuatro años después, en 1746, fundaron la primera de muchas clínicas médicas para los pobres, en Londres. En esa época, John comenzó a publicar sus sermones para que fueran utilizados como devocionales a fin de usar las ganancias para brindar apoyo financiero a las clínicas. Les enseñó a los pobres que ellos podían mejorar por sí mismos desde adentro, en lugar de depender de la ayuda del gobierno. Lo más importante es que decidió ofrecer una iglesia no solo para el pobre y desposeído, sino también para el trabajador común, no evangelizado, aquellos que la Iglesia de Inglaterra alejaba porque carecían de maneras refinadas y del vestuario apropiado.

El 8 de abril de 1749, John ofició en el casamiento de Charles con Sarah Gwynne. Poco después, Charles se retiró de la mayor parte de su ministerio itinerante para establecerse con su creciente familia en Bristol. Charles y su esposa disfrutaron de una feliz unión y compartían el interés común en la música y la adoración mientras supervisaban las oficinas centrales de Bristol y ministraban juntos localmente. Tuvieron ocho hijos, pero solo los tres menores alcanzaron la edad adulta. Tal vez esto motivó a John a pensar en el matrimonio. En el agosto anterior, se había enfermado en Newcastle y había recibido asistencia de una hermosa y joven mujer llamada Grace Murray, hasta recuperarse. John decidió hacerla su esposa. Grace, viuda de un marinero, se había convertido en miembro y, al poco tiempo, en líder de una sociedad metodista de Newcastle. El liderazgo de la mujer no tenía precedente en esa época, pero los hermanos Wesley valoraban el aporte de la mujer y respetaban el llamado que Dios había puesto en sus vidas como ministros. Sin lugar a dudas, su actitud hacia la mujer estaba influida por los roles que la madre y las hermanas habían tenido en su formación espiritual. Las hermanas mayores habían sido valoradas confidentes y consejeras. Más adelante, su hermana Hetty demostró ser invaluable para ellos como maestra y asistente administrativa en Londres. John dijo una vez: “¿No podrán las mujeres tanto como los hombres tener parte en este honorable servicio? Sin lugar a dudas, pueden; deben. Es su necesidad, derecho y obligación ineludible. No existe diferencia. No hay hombre ni mujer en Cristo Jesús“. Wesley elogiaba su trabajo al decir: “Vi cómo la obra de Dios prosperaba en sus manos. Ha sido para mí tanto una servidora como una amiga, como también una compañera de trabajo en el Evangelio“.  Otro líder metodista, John Bennet, también se había enamorado de ella y comenzó a cortejarla. Grace le escribió a John Wesley diciéndole: “Lo amo a usted mil veces más de lo que jamás amé a John Bennet en mi vida. Pero me temo que si no me caso con él, enloquecerá“. Charles Wesley también la alentó a casarse con Bennet, pues se oponía a que ella se casara con su hermano. Finalmente, Grace se casó con Bennet. Esta desilusión provocó que John se casara precipitadamente con la viuda Mary “Molly” Vazeille, quien tenía cuatro hijos. Esta decisión apresurada fue el error más grande en la vida de John, pues Molly le había asegurado que sus constantes viajes no iban a ser un problema, pero descubrió rápidamente que no estaba hecha para ser la esposa de un ministro itinerante. Pronto se sintió sola y celosa mientras John estaba afuera, luego acordaron que Molly viajaría con él, lo que hizo en bastante medida durante los siguientes cuatro años. Pero cuando el carruaje en que viajaban fue atacado por una pandilla, Molly dejó de viajar con John. Volviéndose cada vez más celosa y amargada por la constante ausencia de John, Molly comenzó a abrir su correo y a leer sus papeles personales, y lo amonestaba ante cualquier referencia o correspondencia con otra mujer. Su temperamento se hizo evidente para los allegados a la familia. Con ira, comenzó a entregar sus papeles privados a los enemigos o a publicarlos en los periódicos, algunas veces incluso reescribiendo la forma en que las cartas iban a publicarse para hacer que su esposo se viera aún peor. Algunas veces viajaba cientos de kilómetros solo para ver con quién viajaba John en su carruaje cuando llegaba a alguna ciudad. En una ocasión, encerró a Charles y a John en una habitación a fin de confrontarlos con sus faltas, y solo pudieron escapar recitándole poesía en latín hasta que ella no lo soportó más. En otra oportunidad, uno de los miembros del equipo de John encontró a este y a Molly en su cuarto de hotel, y la enfurecida Molly estaba parada encima de John, tomándole el mechón de cabello con el cual lo había arrastrado por toda la habitación. Molly dejó a John varias veces, pero siempre regresaba en respuesta a sus ruegos. En 1771, lo dejó durante más de un año, antes de regresar. Recién cuando Molly falleció, en 1781, en el hogar de John se restauró la paz. Fueron treinta penosos años.

Durante cinco décadas, John Wesley viajó por todas las zonas rurales de Inglaterra, Escocia e Irlanda, predicando, enseñando, aconsejando y orando con comerciantes, trabajadores, granjeros y gente común de todo tipo. Dejó grupos de convertidos que aprendieron a reunirse semanalmente para confesar sus pecados, alentarse unos a otros en oración y fortalecer su fe a través del estudio bíblico. Enseñó la adhesión a un estándar recomendado de conducta moral. John a menudo predicaba: “El alma y el cuerpo forman al hombre; el espíritu y la disciplina, a un cristiano“.

En 1744, después que los Wesley establecieran cientos de sociedades por toda Inglaterra, se llevó a cabo la primera conferencia metodista anual, en la ciudad de Londres. Todos los predicadores laicos y los líderes se congregaban para escuchar a John, recibir aliento o reprimenda, exponer los problemas significativos y proponer soluciones. Esta conferencia era parte del plan de John para satisfacer las necesidades espirituales e intelectuales de los predicadores itinerantes y los líderes locales. Además de establecer la conferencia anual, también publicó libros sobre diversos temas, con el propósito expreso de educar a su creciente grupo de maestros. Publicó sus mejores sermones y otras obras teológicas clásicas a bajo costo, y utilizó las ganancias para establecer escuelas para educar a quienes estaban interesados en convertirse en maestros bíblicos. Wesley abogaba por el desarrollo del intelecto y de los aspectos sociales y emocionales de la vida cristiana, incluso para quienes no estaban llamados a un ministerio a tiempo completo.

John Wesley comprendía que no solo había que evangelizar, sino que la clave estaba en discipular: “Predicar como un apóstol, sin unir a los que están renovados ni entrenarlos en los caminos de Dios, es solo engendrar hijos para el homicida. ¡Cuánta predicación ha habido en estos veinte años! Pero no hay sociedades regulares, ni disciplina, ni orden, ni relación; y la consecuencia es que nueve de cada diez personas que alguna vez experimentaron el avivamiento ahora están más dormidas que nunca“.

Un contemporáneo de Wesley, que era corresponsal del New York Evangelist, escribió: “La primera vez que estuve en compañía del reverendo John Wesley, le pregunté qué debía hacerse para mantener vivo el metodismo una vez que él muriera, a lo que respondió inmediatamente: “Los metodistas deben prestar atención a su doctrina, su experiencia, su práctica y su disciplina [ … ]; si ellos no se ocupan de su disciplina, serían como las personas que dedican un gran esfuerzo a cultivar el jardín y no le ponen una cerca alrededor para resguardarlo de los jabalíes del bosque.”

John tenía la fuerte convicción de que la estricta vigilancia del alma era de primordial importancia para una duradera victoria en Cristo. Esto era así tanto para el individuo como para el Cuerpo de Cristo. Todos los aspectos de la vida debían llevarse a “la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5). “¿Es de asombrarse que encontremos tan pocos cristianos?“, preguntó Wesley. ¿Dónde está la disciplina cristiana? ¿En qué parte de Inglaterra se añade disciplina cristiana a la doctrina cristiana? Wesley sentía que la iglesia como un todo necesitaba disciplina y creía firmemente que “donde sea que se predique la doctrina, si no hay disciplina, no puede tener todo su efecto sobre los oyentes“.

En 1770, George Whitefield falleció a la edad de 56 años. Cuando a John le preguntaron si esperaba ver a Whitefield en el cielo, contestó: “No … no me malinterpreten. George Whitefield era una estrella tan brillante en el firmamento de la gloria de Dios y estará tan cerca del trono que alguien como yo, que es menos que el más pequeño, nunca podrá alcanzar a verlo“. 

A la edad de 86 años, durante un viaje de nueve semanas a Irlanda, John predicó cien sermones en sesenta ciudades y pueblos. Seis de esos sermones los predicó al aire libre. El 22 de febrero de 1791, predicó su último sermón desde el púlpito en la capilla City Road, en Londres. Al día siguiente, predicó su último sermón de este lado del cielo, en la casa de un amigo en Leatherhead, acerca de “Busquen al Señor mientras se deje encontrar” Al día siguiente, el 24 de febrero de 1791, John Wesley escribió su famosa carta a William Wilberforce -miembro del Parlamento que dedicó su vida a poner fin a la esclavitud en el Imperio británico-, alentándolo a continuar con su cruzada contra el comercio de esclavos. Aunque ya no podía continuar predicando sobre la causa de Cristo, en su carta escribió: “Pero si Dios está de su parte, ¿quién puede estar en contra de él? ¿Son todos ellos juntos más fuertes que Dios? ¡No se canse de hacer el bien! Prosiga, en el nombre de Dios y en el poder de su fuerza, hasta que incluso la esclavitud americana (la peor que alguna vez se haya visto debajo del sol) se esfume ante él. [La firmó como “su afectísimo servidor, John Wesley”]

El 2 de marzo de 1791, rodeado de sus seres queridos, dio su último aliento. Durante su ministerio, John Wesley viajó más de 402.335 km a caballo (8046,7 km por año), una distancia equivalente a diez vueltas alrededor del mundo. Predicó más de cuarenta mil sermones y publicó más de cinco mil sermones, panfletos y libros de todo tipo. Hasta el momento de su muerte, Wesley tenía 79.000 seguidores. En la actualidad, solo en Inglaterra, hay 800.000 miembros de la iglesia metodista y setenta millones de miembros en todo el mundo. John Wesley llevó el desafío de una nueva vida a la iglesia anglicana cuando esta había perdido de vista a Cristo como el máximo Redentor. Al predicar la justificación por fe, John y Charles Wesley sacaron a muchos miles de personas de las masas olvidadas de Inglaterra de sus desafortunadas circunstancias y malos hábitos, haciéndoles tener esperanza de justicia y salvación. Los apasionados esfuerzos de John por llevar el conocimiento de la redención a la humanidad se sintieron no solo en Inglaterra, sino en todo el continente europeo y en el mundo en vías de desarrollo, predominantemente en América. Como dijo Rigg sobre él: “Parece haber tenido una convicción determinada y rectora de que había un gran trabajo que realizar para la iglesia, y el mundo, un trabajo que Dios lo había llamado a realizar. Vio a su alrededor la necesidad de un trabajo semejante: un mundo vacío y sin corazón, lleno de corrupción, vanidad e inquietud; y una Iglesia abúlica, indisciplinada e insensible. Él sentía que dentro de sí se agitaba fuertemente el poder y el llamado de despertar y organizar a la Iglesia y de impactar y convertir al mundo.90 Sin lugar a dudas, el mundo iba a ser tocado por los Wesley, ya que el metodismo proveería el camino del avivamiento hasta muy avanzado el siglo siguiente.”

Extractos del libro Gods Generals III , de Roberts Liardon. Diarios de Avivamientos 2019

Publicado en Escuela Bíblica, Frases de cristianos, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , | Deja un comentario

Los evangélicos y Notre Dame

En cada uno de nosotros existe el peligro latente de trasponer los límites del celo, y caer en el fanatismo sin apenas darnos cuenta; a todos nos puede pasar. Mientras que el celo es: “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo, o interés extremado y activo que alguien siente por una causa o por una persona”; el fanatismo consiste en: “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”, o también: “preocupación o entusiasmo ciego por algo”.

Nuestro celo y pasión por el Evangelio nos lleva a abrir los ojos y estar atentos, por medio del discernimiento, hacia todo aquello que pueda contribuir a la proclamación de las Buenas Noticias de Jesucristo, y a la extensión del reino de los cielos. Pero nuestro fanatismo nos vuelve ciegos y nos lanza hacia adelante como un caballo desbocado pisoteando todo lo que encontramos a nuestro paso. El fanático cree que ayuda, pero destruye, cree que edifica pero en realidad derriba; es un soldado ciego con un espada en la mano, lastimando más a los suyos que a los del enemigo. La Iglesia necesita apasionados, no fanáticos.

Con el incendio de la Catedral de Notre Dame, las “páginas y foros cristianos” han contribuido a hacer visibles a los fanáticos entre nosotros, a aquellos que se autoperciben como una especie de profeta Elías cibernético ¡y que el fuego caiga sobre aquellos que no piensan como ellos! La diferencia entre Elías y ellos, es que el profeta enfrentaba a sus adversarios cara a cara y Dios se manifestaba visiblemente a favor de él. Pero en cambio, estos fanáticos solo pueden encender aquel fuego del que habla Santiago:

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. [Santiago 3:5-9]

La Catedral de Notre Dame fue construida entre los siglos XII y XIII, es una joya de la arquitectura medieval, gótica, y Patrimonio de la Humanidad. Y nos guste o no, forma parte de la Historia de la Iglesia. Sí, porque los que piensan que no hubo verdadera iglesia entre el siglo I y el siglo XVI se equivocan, o al menos dudan de las palabras de nuestro Señor:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. [Mateo 16:18] 

La Iglesia siempre existió de una manera u otra,  pero nunca el infierno la derrotó o prevaleció sobre ella. Hubo momentos de mayor esplendor en un sitio y penumbras en otro, pero la Iglesia siguió avanzando a través de los siglos, victoriosa. La Iglesia anterior al S. XVI también es nuestra iglesia, es nuestra historia; es nuestro patrimonio, con sus virtudes y defectos. Creer que la verdadera Iglesia comenzó a existir a partir de la Reforma Protestante es simplemente ignorar la Historia y el obrar de Dios. El gran Reformador y padre de la Reforma Protestante, Martín Lutero, nunca tuvo la intención de “destruir la continuidad de la Iglesia”, o tirar a la basura la historia de los siglos anteriores. Si entendemos el término reformar como modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo, o también como enmendar, corregir la conducta de alguien, haciendo que abandone comportamientos o hábitos que se consideran censurables, podremos comprender cuál fue la intención de Lutero. Se trata de corregir y enmendar con el fin de mejorar, de edificar con más excelencia, no de destruir todo lo anterior.

Algunos evangélicos creen que la historia de la Iglesia empieza donde comienza su denominación, otros ni siquiera saben que tienen historia. Pero nuestra historia está allí, en una continuidad que traspasa los 20 siglos y nos trae toda la riqueza de los aciertos, y las enseñanzas de los fracasos. Odiar o ignorar parte de nuestra historia no nos hace más sabios ni más espirituales, sino simplemente fanáticos. ¿Cómo puede alguien, medianamente inteligente, alegrarse por la destrucción de una obra de arte? Pues al parecer muchos evangélicos actúan como fanáticos talibanes, pensando que destruir es vencer. No se trata de ecumenismo, se trata de civilización. Dios no nos mandó a destruir sino a edificar, a mejorar, a restaurar, a reformar, a llevar una Buena Noticia; no a base de pistolas o de hogueras.

Entrar a una iglesia o catedral gótica y sentarse  en medio de esa maravillosa conjunción de silencio y piedra, de luces y sombras, de vitrales y rosetones, de arcos, pórticos y ábsides, es una invitación a meditar sobre la brevedad de nuestra vida, y la de todos aquellos que siglo tras siglo se sentaron en ese mismo lugar a reflexionar sobre la eternidad. Somos parte de la Historia, debemos comprenderla para seguir reformándonos exitosamente.

Soy cristiano, evangélico y pentecostal; pero no dejaré que el fanatismo me ciegue de tal manera que me haga creer que solo yo (y los que piensan como yo) somos los poseedores absolutos de la verdad. He tenido el privilegio de contemplar la belleza arquitectónica de iglesias góticas como Santa María del Pino, basílicas como Santa María del Mar, el Monasterio de Monserrat, y muchos más. Me he deleitado contemplando la mirada de Jesús en obras maestras como “El expolio” del Greco, en la Catedral de Toledo, o en el Pantócrator del ábside de Sant Climent de Taüll, o en infinidad de obras de arte del Museo del Prado.  Porque la Historia de la Iglesia es también parte de mi historia, y yo soy parte de ella.   Y podríamos también hablar del arte de la Iglesia Ortodoxa, de la iglesia Copta y de todas las que forman parte de la gran historia del cristianismo. 

La ignorancia es la madre del fanatismo, pero es el conocimiento el que nos ayuda a abrir los ojos y darnos cuenta en dónde estamos parados, y hacia dónde vamos. ¿Destruiremos el Coliseo romano, y los demás anfiteatros que se conservan, porque fue un lugar de impiedad?, ¿deberíamos alegrarnos de la destrucción del Partenón, de las cuevas de Altamira, o de Chichén Itzá? No es destruyendo la historia, sino aprendiendo de ella como podemos superarnos. 

Las hogueras en la Iglesia nunca se apagan, siempre hay alguien que está dispuesto a poner su leño para quemar a otro. Los inquisidores siguen estando entre nosotros haciendo listas negras de libros o autores que podemos o no leer; y no se cansan de tratarnos como tontos  al señalar como hereje a todo aquel que no pertenece a su denominación, o a su “tradición histórica”. No vamos a llevar a nadie hacia Cristo usando de burla y violencia, o riéndonos de sus defectos o desgracias; no podemos bendecir a Dios con nuestra lengua y con esa misma lengua maldecir a los hombres hechos a semejanza de Dios [Santiago 3:5-9].

“Si la verdad te hizo libre, el amor te haga siervo” [S. AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, Sal 99,7.]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 2019

Publicado en Escuela Bíblica, Uncategorized | Etiquetado , , , , | 3 comentarios

¿ES BÍBLICO DANZAR EN EL ESPÍRITU?

Este artículo fue publicado originalmente en Jornal Mensageiro da Paz. Lo hemos traducido con el objetivo no de polemizar, sino de presentar uno de los varios puntos de vista dentro de América latina; y que en este caso es mayoritario dentro de las Asambleas de Dios de Brasil, al igual que dentro de la Unión de las Asambleas de Dios de Argentina. 

Por Severino Pedro da Silva (pastor de las Asambleas de Dios en Belenzinho (SP), escritor y miembro de la Casa de Letras Emilio Conde.

Hay varias expresiones bíblicas que se refieren a “danzar” y “bailar”. Sin embargo, ningún pasaje de las Escrituras habla de “danzar en el Espíritu”. Esta frase es nueva. No es bíblica ni teológica. Somos informados por las Sagradas Escrituras que los pueblos antiguos manifestaban sus sentimientos por medio de las danzas.

Después de una gran victoria de sus maridos o parientes, cuando volvían de las batallas en defensa de sus vidas o de la patria, las mujeres, incluyendo esposas e hijas, salían al encuentro de los victoriosos con cánticos y danzas (Jueces 11:34 Entonces volvió Jefté a Mizpa, a su casa; y he aquí su hija que salía a recibirle con panderos y danzas, y ella era sola, su hija única; no tenía fuera de ella hijo ni hija). Miriam (María), la profetisa, la hermana de Aarón y de Moisés, y todas las mujeres liberadas del cautiverio egipcio, celebraron el paso del Mar Rojo “con tamboriles y con danzas” (Ex 15,20 Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas. ). En tiempos remotos, había una celebración al Señor en Israel y las hijas salían a bailar en grupos celebrando la “solemnidad del Señor en Silo” (Jueces 21:21  Cuando vean que las jóvenes de Silo salen a danzar, salgan corriendo de los viñedos, y entonces cada uno de ustedes llévese a una de ellas a la tierra de Benjamín, para que sea su esposa.).

David, después de conducir el Arca de la Alianza de la casa de Obed-Edom hasta la ciudad de Jerusalén, iba “danzando y saltando delante del Señor” (2 Samuel 6.16). Con el paso del tiempo, esta práctica se volvió común en Israel. Jeremías habla que después de una exitosa cosecha, “la virgen se alegrará en la danza” y “también los jóvenes y los viejos” celebraban de la misma manera (Jr 31.13). También en sus lamentaciones el profeta añade: “Cesó el gozo de nuestro corazón; se convirtió en lamentación nuestra danza” (Lamentaciones 5.15).

Parece que los profetas de Baal, durante su ceremonia sacrificial, usaban una especie de música para danzar a los gritos y a los saltos alrededor del altar (1 Reyes 18.26 “e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo: ¡Baal, respóndenos! Pero no se oía ni una voz ni una respuesta, mientras brincaban en derredor del altar que habían hecho.). En el lado sensual, había también en Israel la conocida “danza del vientre”, que aún hoy se practica con frecuencia en Oriente Medio. Las hijas de Sión, cuando perdieron el temor a Dios, añadieron a su andar la danza sensual, lo que fue severamente condenado por el Señor (Isaías 3.16 “Asimismo dice Jehová: Por cuanto las hijas de Sión se ensoberbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies”.). Salomé, la hija de Herodes, bailó también de esa manera (Marcos 6.22 “entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa”).

En el Nuevo Testamento, en algunos de sus pasajes, hay evidencia de la música y las danzas, siendo practicadas en las solemnidades judías. Jesús comparó a la situación de sus días con aquellos que decían: “Os tocamos flautas, y no bailasteis” (Mateo 11.17). El hermano del hijo prodigo quedó indignado cuando oyó y vio “la música y las danzas” para su hermano “(Lucas 15.25). Entre las naciones semíticas, las danzas sagradas eran observadas tanto por hombres como por mujeres.

Existían innumerables recomendaciones bíblicas diciendo que los santos deben alegrarse en el Señor (Sal. 32.11) y servirle a Él con alegría (Sal. 100.2). María, la madre de Jesús, fue una joven santa del Nuevo Testamento. Ella agradeció a Dios diciendo: “Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1.46-47). Pero no hay ninguna recomendación en el Nuevo Testamento, que es el manual de orientación para la Iglesia en la dispensación de la Gracia, diciendo que se deba “danzar en el Espíritu”.

Además, ciertas danzas que existen por ahí en ciertos senos evangélicos no son espontáneos, sino ensayadas con anticipación y presentadas al público como “danzar en el Espíritu”. Por otro lado, existen también aquellos que aprovechan los momentos festivos y en ellos buscan desahogar sus emociones y euforias, rompiendo de las reglas coherentes del orden, la sobriedad y de la ética cristiana.

Pablo habla de “orar en el Espíritu”, “bendecir en el Espíritu” y “cantar en el Espíritu”, pero jamás de “danzar en el Espíritu”. Nosotros no ignoramos las manifestaciones del Espíritu Santo en medio del pueblo de Dios. Sabemos que en algunos momentos no es tan fácil incluso controlarse ante el derramamiento del poder de Dios. Sin embargo, la sabiduría divina nos enseña que, por regla general, cuanto más el cristiano está lleno del Espíritu, más controlado él se queda. Porque la manifestación del Espíritu Santo trae al creyente la madurez y la sobriedad cristiana. El descontrol no es señal de estar totalmente controlado por el Espíritu de Dios.

Hay otras maneras más suaves, y edificantes para los que nos rodean, de agradecer a Dios por su amor y bondad, que ciertas prácticas extravagantes que pueden llegar a despertar solamente la curiosidad carnal.

Traducido del portugués por Gabriel Edgardo LLugdar, para Diarios de Avivamientos. Autor: Severino Pedro da Silva, quien es pastor de las Asambleas de Dios en Belenzinho (SP), escritor y miembro de la Casa de Letras Emilio Conde. Brasil.

Publicado en Escuela Bíblica, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , | 2 comentarios

Adoniram Judson – La Historia de los misioneros cristianos

Adoniram Judson nació en Massachusetts en 1788. Su padre era pastor congregacional. Sólo tenía dieciséis años de edad cuando ingresó en la Universidad Brown. Recibió su diploma en tres años (en un programa de cuatro años) y ocupó el primer puesto en su clase. En sus días de estudiante había entablado amistad con un compañero de estudios, Jacob Eames, quien creía en el deísmo, una doctrina condenada por el congregacionalismo conservador en el cual había crecido Judson. Pero las opiniones de Eames hicieron impacto en el joven Judson, quien ya no estaba satisfecho con la fe de su padre. Después de su graduación, Judson volvió a su pueblo natal; allí abrió una academia y publicó dos libros de texto, pero no era feliz. A pesar de los ruegos de sus padres, se fue a recorrer el mundo. Salió con destino a Nueva York donde esperaba convertirse en dramaturgo. La estadía de Judson en Nueva York fue corta e infructuosa. Después de unas semanas, ya estaba en camino de regreso a Nueva Inglaterra, deprimido y frustrado en cuanto a su futuro. El iba sin dirección fija cuando se detuvo una noche en un hotel. Su sueño se vio interrumpido por los dolorosos quejidos de un enfermo que estaba en el cuarto contiguo. Por la mañana preguntó por el desafortunado viajero. Le informaron que el hombre, Jacob Eames, había muerto durante la noche. Fue una experiencia terrible para el joven Judson, de sólo veinte años de edad. De regreso a casa se dedicó a hacerse un examen de conciencia.
Cuando Adoniram llegó a su casa en Plymouth, en septiembre de 1808, encontró un alboroto entusiasta. Su padre era uno de varios pastores que participaban en el establecimiento de un nuevo seminario en Andover que, a diferencia de Harvard y otras facultades de teología de Nueva Inglaterra, se basaría en los principios ortodoxos de la fe. Con el apoyo de su padre y de otros pastores, Adoniram quiso seguir buscando la verdad en este nuevo seminario. Lo admitieron como estudiante especial, sin hacer profesión de fe; pero, después de pocos meses, él hizo una “consagración solemne” de sí mismo a Dios.
Poco después de su voto de consagración, Judson leyó una copia impresa de un inspirador mensaje misionero que había sido predicado por un pastor británico. Judson quedó tan conmovido que prometió que sería el primer misionero norteamericano. El seminario de Andover no era una colmena de entusiastas por las misiones. Sin embargo, había allí otros estudiantes interesados en ellas. Entre estos se encontraba Samuel Mills de la Universidad Williams, quien había sido el líder de la “reunión de oración del pajar” de unos años antes. Esta reunión de oración al aire libre, un acontecimiento que no se había planeado, fue un hecho decisivo en la historia de las misiones en Estados Unidos. Un grupo de estudiantes de la Universidad Williams, con inclinaciones misioneras, conocido como la Sociedad de los Hermanos, tenía la costumbre de reunirse a orar al aire libre. Una tarde, durante una tormenta, buscaron abrigo bajo un pajar cercano. Allí se consagraron al servicio misionero. Mills, que había sido trasladado a Andover, apoyaba a Judson y a los demás alumnos de Andover que estaban interesados en las misiones. Aunque nunca sirvió como misionero en el extranjero, Mills llegó a ser un gran administrador misionero. El gran interés que este grupito de estudiantes de Andover tenia en las misiones los llevó a la formación de la junta Norteamericana de Comisionados para las Misiones en el Extranjero.

Judson había “comenzado una amistad” con Ann Hasseltine, mejor conocida como Nancy. Ella, así como Adoniram, había tenido una conversión religiosa que transformó su vida de joven inestable en una adulta vivaz y seria. Nancy tenía un ferviente deseo de evangelizar. Ella insistía en que iría a la India, no porque se sintiera “atada a un objeto terrenal“, con referencia a Adoniram, sino por “una obligación con Dios . . . con una completa convicción de su llamamiento.” En febrero de 1812, Nancy y Adoniram se casaron, y trece días después se embarcaron para la India, llegando a Calcuta a mediados de junio. Para Adoniram y Nancy el largo viaje por mar fue algo más que una extensa luna de miel. Ellos pasaban muchas horas en estudio bíblico, en especial en busca del verdadero significado del bautismo, un tema que preocupaba mucho a Adoniram. Cuanto más estudiaba, tanto más convencido estaba de que la práctica congregacional del bautismo de infantes por aspersión era un error. Al principio Nancy se sintió molesta con sus nuevas ideas. Ella decía que el asunto no tenía demasiada importancia y que si él se hacía bautista, ella no se haría. Sin embargo, después de una investigación a fondo ella se convenció de que el bautismo de los creyentes es por inmersión. Después de su llegada a la India, Guillermo Ward bautizó a Adoniram y Nancy en Serampore. Cuando llegó la noticia a Estados Unidos de que los Judson y Lutero Rice (uno de los otros seis misioneros comisionados a la India por la Junta Norteamericana) se habían pasado a los bautistas, se formó un alboroto entre los congregacionalistas. ¿Cómo podía abandonarlos su mejor misionero después de todo lo que habían invertido en él? Pero los bautistas estaban felices, y se apresuraron a formar su propia sociedad misionera y a prometerle su apoyo.
La estadía de los Judson en la India fue corta. Ellos no podían enfrentarse a la poderosa Compañía del Este de la India. Como no podían quedarse en la India, zarparon para la isla de Francia junto a la costa de África oriental; pero cuando las posibilidades de hacer obra misionera allí parecieron pocas, decidieron volver a la India, por vía de Penang en la península de Malasia, donde esperaban hacer obra misionera. Como no había ningún barco para Penang, y los amenazaban con deportarlos, tomaron un barco que salía para Birmania. Es interesante anotar que Birmania había sido el primer campo misionero en el
cual había pensado servir Adoniram, hasta cuando supo de los terribles maltratos que daban allí a los extranjeros.

La llegada de los Judson a Rangún fue triste. Durante el viaje, Nancy había dado a luz un niño muerto y tuvo que ser bajada en camilla a su nueva tierra. A diferencia de la India, Birmania no tenía una comunidad europea ni tenía sistema de castas. La gente parecía bastante independiente y libre, a pesar del régimen cruel y tiránico que los gobernaba. Había pobreza por todos lados. Las calles estrechas y sucias de Rangún estaban delineadas con casuchas. Detrás de las sonrisas felices de los que los saludaban se podía sentir la opresión.

Después de dos años de haber salido de Norteamérica, Adoniram y Nancy al fin se encontraban solos para establecer su propia obra misionera. Ellos tenían la casa grande de la misión bautista de Rangún para ellos solos y pasaban hasta doce horas diarias en el estudio del difícil idioma birmano. El idioma no era la única barrera que existía entre los Judson y la gente de Birmania. Ellos descubrieron que esta gente no tenía un concepto de un Dios eterno que tuviera un interés personal en la humanidad. Sus primeros intentos de compartir el evangelio fueron desalentadores: “No pueden imaginarse ustedes lo difícil que es darles una idea del verdadero Dios y de la salvación en Cristo, puesto que sus conceptos de la divinidad son muy bajos.” El budismo era la religión de Birmania, con sus rituales y la adoración de ídolos: “Ya hace dos mil años que Gaudama (Gautama), su última deidad, entró en su estado de perfección; y aunque ya no existe, ellos todavía adoran un cabello de su cabeza, que está entronizado en una enorme pagoda, a la cual acuden los birmanos cada ocho días.”

Birmania era un campo desanimador para el cultivo del cristianismo. Parecía que cada retoño de progreso era abatido antes de que echara raíces. A veces había señales de interés animadoras, pero entonces desaparecían de repente los interesados al oír rumores de represalias oficiales. La tolerancia de que los misioneros eran objeto fluctuaba de un extremo a otro por el cambio continuo de virreyes en Rangún. Cuando los Judson gozaban del favor de la corte, tenían libertad para propagar el evangelio, y los birmanos aprovechaban la falta de control oficial. Pero cuando ese favor no existía, en vez de aparecer mucho en público tenían que pasar muchas horas en la casa de la misión.

Desde sus primeros días en Rangún, los Judson estaban inconformes con la ubicación aislada de la casa de la misión. Ellos estaban en Birmania para servir a la gente y querían que ésta tuviera un acceso fácil a su casa. ¿Cómo se podría lograr eso en una cultura tan diferente de la suya? La solución ideal era la construcción de un zayat. Un zayat era un cobertizo en el que podía entrar cualquiera que quisiera descansar o comentar las noticias del día, o escuchar a los maestros budistas laicos que pasaban por allí. Ese era un lugar para reposar y olvidarse de las presiones del día. Había muchos lugares así en Rangún. La idea dio resultados. Casi de inmediato, los visitantes, que nunca habrían entrado en la casa de la misión, comenzaron a llegar al nuevo lugar. Aunque a Adoniram le quedaba poco tiempo para su trabajo de traducción, él estaba muy contento con este nuevo aspecto de su ministerio. En mayo de 1819, sólo un mes después de abrir el zayat, Maung Nau hizo profesión de fe en Cristo en un servicio dominical. La pequeña iglesia birmana de Rangún fue creciendo, y en el verano de 1820 ya contaba con diez fieles bautizados. Desde el principio los nuevos creyentes desempeñaron un papel activo en el evangelismo. Una mujer abrió una escuela en su casa; un joven llegó a ser pastor auxiliar y otros distribuían folletos. El trabajo avanzaba, aun cuando los Judson no estuvieran presentes. Aparte de la persecución oficial, las fiebres tropicales eran el peor obstáculo de la obra en Birmania. Tanto Adoniram como Nancy sufrían de frecuentes ataques de fiebre que ponían en peligro su vida. Ellos ya sabían que la muerte era una amenaza muy real. Su hijo Róger, nacido el año después de su llegada a Rangún, llenó sus corazones de alegría durante seis meses antes de morir de fiebre. En 1820 salieron de Rangún por varios meses para procurar asistencia médica para Nancy en Calcuta. Después, en 1822, Nancy regresó a Inglaterra y a Estados Unidos con licencia por enfermedad.

Durante la ausencia de Nancy, Adoniram se dedicó por completo a la obra de traducción y completó el Nuevo Testamento en menos de un año. Mientras tanto, la situación había tenido un cambio drástico. Jonatán Price, un médico misionero que trabajaba con Adoniram, recibió una orden para presentarse delante del emperador en Ava, a varias semanas de viaje río arriba. La facilidad que Adoniram tenía para hablar el idioma birmano lo obligaba a acompañar a Price a esta importante reunión. De mala gana empacó Adoniram sus pertenencias para el viaje. Durante algún tiempo los dos misioneros gozaron del favor de la corte real; pero a principios de 1824 la situación política de Birmania se fue volviendo aterradora. Nancy ya había regresado de Estados Unidos, y se unió a Adoniram en Ava; pero su reunión duró poco tiempo. Estalló la guerra entre Birmania e Inglaterra, y se sospechaba que todos los extranjeros eran espías. Adoniram y Price fueron detenidos y puestos en una prisión donde esperaban la ejecución los condenados a muerte.

La vida en esta prisión era terrible. Los misioneros estaban confinados junto a criminales comunes en un lugar sucio, oscuro y lleno de animalejos, con grillos y cadenas en los tobillos. Por la noche, los Caras Manchadas, que así llamaban a los guardias porque tenían la cara y el pecho marcados por haber sido criminales también, amarraban los grillos de los tobillos a un tronco suspendido del cielo raso, hasta que sólo la cabeza y los hombros de los prisioneros tocaban el suelo. Por la mañana, los fatigados prisioneros estaban tiesos y entumecidos; el día les ofrecía poco alivio. Todos los días había ejecuciones, y los prisioneros nunca sabían quién sería el próximo en morir.

Los sufrimientos de Adoniram los sentía también Nancy, y tal vez mucho más que él. Todos los días ella se entrevistaba con funcionarios públicos para explicarles que Adoniram, por ser ciudadano de Estados Unidos, no tenía ninguna relación con el gobierno británico. Algunas veces sus ruegos y sus sobornos tenían éxito y se le daba un alivio temporal a su esposo; pero, con más frecuencia, ella se sentía incapaz de hacer nada para ayudar a Adoniram, que se estaba acabando en la prisión. Para empeorar las cosas, descubrió que estaba embarazada. Durante los meses siguientes su único consuelo eran las visitas a Adoniram, permitidas por su soborno de los oficiales y guardias. Por algún tiempo no hizo más visitas, hasta que el 15 de febrero de 1825, ocho meses después del arresto de Adoniram, ella llegó con un pequeño envoltorio. Le llevaba a la pequeña María, de menos de tres semanas de nacida.

En mayo siguiente, cuando el ejército británico marchaba hacia Ava, sacaron de repente a los prisioneros y se los llevaron en marcha forzada a otro lugar más al norte. Por haber estado en prisión por más de un año sin hacer ejercicio, los prisioneros no estaban preparados para el acelerado paso bajo el ardiente sol, y algunos murieron por el camino. Los pies de Adoniram estaban en carne viva y sangrantes. Cada paso era una enorme tortura. En la marcha cruzaron un puente sobre un río pedregoso y seco. En el instante de cruzar, Adoniram se sintió tentado a saltar por un lado del puente y acabar de una vez con su dolorosa existencia. Hubiera sido una salida fácil, pero él superó la tentación y siguió adelante. Una vez más permaneció en prisión.

Después de pocos días, Nancy, quien no había sabido del traslado hasta después de ocurrido, llegó al nuevo lugar. Allí volvió a suplicar por el caso de su esposo. Pero la mala salud de la criatura y la de la propia Nancy quitaron toda posibilidad de éxito a sus esfuerzos. Ella se puso tan mal que ya no podía darle el pecho a María, y sólo la misericordia de los guardias mantuvo viva a la niña. Ellos le permitieron a Adoniram que saliera de la prisión dos veces al día para llevar a la nena por la aldea, a fin de que fuera amamantada por las madres que estuvieran criando en esos días. La madre y la bebé se recobraron lentamente, pero nunca mejoraron del todo.

Al fin, en noviembre de 1825, después de casi año y medio de prisión, se dio libertad a Adoniram para que interpretara durante las negociaciones de paz con los británicos. Mientras tanto, los Judson pasaron un poco de tiempo con los oficiales británicos, y por primera vez en casi dos años, pudieron disfrutar de un tiempo juntos. Nancy escribió lo siguiente a su cuñado: “No ha habido personas más felices sobre la tierra que nosotros durante las dos semanas que pasamos en el campamento inglés.” Esa fue la última vez que tuvieron un tiempo de descanso juntos. Volvieron a Rangún y luego fueron a Amherst, donde Nancy se quedó sola con María mientras Adoniram regresaba para ayudar en la conclusión de las negociaciones. Las semanas se convirtieron en meses y, antes de que él pudiera regresar, recibió una carta con un sello negro. Nancy, su amada compañera, había muerto de fiebre. Unos pocos meses después también murió su hijita María.

La reacción inmediata de Judson ante la muerte de Nancy fue ahogar su tristeza en el trabajo. Durante más de un año mantuvo un paso acelerado de traducción y evangelismo, pero su corazón no estaba en lo que hacía. Era como un volcán de culpa y de angustia que estaba buscando una salida por la que hacer erupción. No podía perdonarse el no haber estado con Nancy cuando ella más lo necesitaba. Tampoco podía librarse del subyugante dolor que cada vez era más intenso. Al aumentar su depresión nerviosa, disminuyó su productividad. Comenzó a pasar largos períodos de tiempo en silencio y a evitar relacionarse con los demás. Hasta dejó de comer con los otros misioneros en la casa de la misión. Al fin, unos dos años después de la muerte de Nancy, se internó en la selva y se aisló por completo. Allí se construyó una rústica chocita y vivió como un ermitaño.
Llegó al punto de cavar una tumba donde guardaba vigilia por días enteros, llena la mente de mórbidos pensamientos acerca de la muerte. Estaba rodeado de gran desolación espiritual: “Dios es para mí el Gran Desconocido. Yo creo en Él, pero no puedo hablar.”
Por fortuna, la postración mental de Judson no continuó indefinidamente. En aquel entonces no había psiquiatras ni existían el psicoanálisis ni la terapia de grupo. Lo que sí lo ayudó fue una inmensa manifestación de amor y de oración por parte de sus colegas y de los creyentes locales. Pero lo más importante fue que tenía una fe bien fundada que pudo sostenerlo aun en los momentos más difíciles de sus dudas. Poco a poco se fue recuperando de la depresión que lo paralizaba, y fue adquiriendo una nueva profundidad espiritual que daba más intensidad a su ministerio. Viajaba por toda Birmania y ayudaba a otros misioneros en su obra. A dondequiera que iba siempre tenía los mismos resultados: multitudes de personas que se interesaban en el evangelio, nuevas conversiones y señales de crecimiento espiritual. Él percibía una nueva ola de interés “a todo lo largo y ancho del país”. Era este un sentimiento que le infundía un temor reverente: “A veces me siento alarmado como una persona que ve que una locomotora comienza a moverse, y sabe que no tiene control sobre ella.”

Aunque su ministerio itinerante era emocionante, Judson sabía que le quedaba una gran obra por hacer, que era la terminación de la traducción de la Biblia al birmano. Tenía que dedicarle más tiempo del que le quedaba entre los viajes. Se necesitaba una concentración completa, durante dos años, traduciendo de veinticinco a treinta versículos diarios del hebreo del Antiguo Testamento al birmano, ambos idiomas muy difíciles. Judson completó la traducción inicial, pero le quedaban años de revisión menos concentrada por delante. No fue sino hasta el año 1840, catorce años después de la muerte de Nancy, que le envió la última página de la Biblia en birmano al impresor. Mientras tanto, Judson se había estado concentrando en algo más que las revisiones. En 1834, a la edad de cuarenta y seis años, se casó con Sara Boardman, una viuda de treinta, quien había permanecido con mucha valentía en la obra misionera después de la muerte de su esposo, tres años antes. Ellos hacían una buena pareja, pero la obra de Sara fue disminuyendo según fue aumentando la familia. Durante los primeros diez años de matrimonio, dio a luz ocho hijos. Las presiones eran muchas, y en 1845, después del nacimiento de su último hijo (dos habían fallecido), cuando iban con licencia médica a Estados Unidos, murió ella.

Judson y tres de sus hijos acompañaban a Sara, y la tragedia ocurrida entristeció profundamente lo que pudo haber sido una alegre reunión con familiares y amigos. Ya habían pasado treinta y tres años desde la última vez que Judson había visto su patria y encontró cambios muy grandes. No pudo evitar notar que las villas y puertos pesqueros se habían transformado en grandes ciudades y puertos marítimos. Esa transformación había hecho desaparecer para siempre la tierra de su infancia. Casi no podía reconocer los campos de la Nueva Inglaterra. Los treinta y tres años de progreso no fueron lo único que le impedía hallar solaz y sosiego en los recuerdos de su infancia, pues al llegar a su patria se dio cuenta de que era muy famoso. Todos querían ver y escuchar a este hombre tan célebre cuya obra misionera era legendaria. Aunque a Judson le disgustaba la publicidad, para satisfacer a sus entusiastas patrocinadores, viajaba de un lugar a otro dando conferencias. La gente, sin embargo, parecía algo desengañada, pues esperaban oír emocionantes historias de pueblos de costumbres exóticas, mas todo lo que predicaba Judson era el evangelio y ellos ya lo habían escuchado antes.

Durante uno de sus viajes, Judson conoció a Emilia Chubbock, joven autora de libros de ficción que usaba el seudónimo de Fanny Forrester. Judson quedó encantado del estilo vivaz de esta cristiana bautista, pero no le agradaba que se malgastara su talento en obras mundanas. El le sugirió que escribiera una biografía de Sara, y ella aceptó con agrado; así empezó su amistad. En enero de 1846, con menos de un mes de haberse conocido, el le propuso matrimonio.

La decisión de casarse con Emilia produjo cierta controversia entre el público cristiano; pero ella cuando era más joven había pensado en ser misionera, y no había razón para creer que no pudiera ser una buena esposa para Judson. También podría ser muy útil para la obra en Birmania. Pero a Judson se le consideraba un santo del protestantismo y por eso se esperaba mucho de él. El público pensaba que no era propio de él casarse con una autora seglar, de poco más de veinte años, la mitad de la edad de él. Las críticas parecían acercarlos más, así que en junio de 1846 se casaron. Al mes siguiente zarparon para Birmania. Los tres niños se quedaron con dos familias. Ellos nunca volverían a ver a su padre, como tampoco volverían a ver a su madre los tres niños que habían quedado en Birmania. La historia de Judson, como la de cualquier misionero, es una ilustración del trauma que sufren las familias misioneras. Los niños que lloran al desprenderse de sus amados padres y de la única seguridad que conocen, sin comprender la razón de la separación. Pero, de alguna manera, esos niños superan las circunstancias, y sabemos, por ejemplo, que de los cinco hijos de Judson y Sara que se criaron, dos fueron pastores de iglesias, uno médico, una hija fue directora de una academia y un hijo prestó servicio en el ejército del norte en la Guerra Civil hasta que lo licenciaron por haber sido herido en combate.

Judson y su nueva esposa llegaron a Birmania en noviembre de 1846. A Emilia le había ido bien en el viaje y se hallaba lista para tomar el lugar de Sara, según su capacidad. Ella fue una buena madre para los niños de Judson (sólo dos habían sobrevivido para salir a su encuentro). Ella también se dedicó con entusiasmo al estudio del idioma y a la obra misionera, sin olvidar su talento de escritora. Así describía la dura realidad de la vida del misionero: “Hay miles y miles de murciélagos. También tenemos la bendición de una porción completa de cucarachas, escarabajos, lagartijas, ratas, hormigas, mosquitos y chinches. Estos son muy activos, y las hormigas desfilan por la casa en grandes cantidades. … Tal vez unas veinte acaban de pasar por el papel mientras escribo. Solamente una cucaracha ha venido a visitarme ahora, pero el desinterés de ellas ha sido compensado con toda una compañía de insectos negros del tamaño de la yema de un dedo; aventureros sin nombre.

Adoniram y Emilia pasaron tres años en Birmania. El nacimiento de una niña los llenó de mucha felicidad, la cual se vio opacada por causa de las enfermedades. En la primavera de 1850, mientras Emilia esperaba otro hijo, Adoniram, quien se sentía enfermo de gravedad, salió a un viaje por mar con la esperanza de mejorar. Murió antes de finalizar la semana, y fue sepultado en alta mar. Diez días después nació muerto el hijo que esperaba Emilia. Ella no supo de la muerte de Adoniram hasta agosto. En enero siguiente ella, la pequeña Emilia, y los dos hijos de Judson salieron para Boston y establecieron su hogar en Estados Unidos. La salud de Emilia estaba quebrantada y murió tres años después a la edad de treinta y seis años.

Tomado del libro de Ruth Tucker – To the last of the earth.

Publicado en Escuela Bíblica, Frases de cristianos, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , | 1 Comentario

La predicación apasionada: doctrina correcta y emociones correctas

Ardiendo y Brillando

«Los ministros, en orden a ser ardientes y brillantes luces, han de caminar estrechamente con Dios, y han de estar cerca de Cristo; para que puedan ser iluminados y encendidos por él. Y ellos han de buscar mucho a Dios, y han de conversar con él en oración, aquel que es la fuente de la luz y del amor. Y sabiendo de su propio vacío y necesidad, deben ser siempre dependientes de Cristo; ser sensibles como Jeremías de que son niños, de que han de sentarse como los niños a los pies de Cristo para escuchar su palabra, y ser instruidos por él; y ser sensibles como Isaías de que son hombres de labios inmundos que buscan que sus labios puedan ser como si fuesen tocados con un carbón ardiente del altar, como así fue por medio del serafín brillante y ardiente»  [Jonathan Edwards – líder de avivamiento del S. XVIII]

Esta perspectiva de Edwards sobre la predicación nos proporciona un excelente patrón dentro del cual buscamos las características de un predicador del avivamiento. Ha de notarse que los conceptos de luz (conocimiento) y calor (pasión-emoción), tan centrales en su visión del ministerio de la predicación, están vitalmente ligados al avivamiento y al despertar. La luz y el calor van juntos para dar vida y crecimiento, avivamiento y despertar.

Apología de la predicación patética

Una palabra clave que casi expresa este aspecto de la predicación de avivamiento (que toca la mente y el corazón) es lo que podemos llamar «predicación patética (apasionada)». Las palabras cambian su significado a través del tiempo. Consideremos el título de este capítulo: Apología de una predicación patética. La palabra «apología» puede significar explicación, escrito en defensa de algo, o algo más como lo exactamente opuesto: admisión de culpa, búsqueda de perdón, arrepentimiento, confesión, acto de contrición, o expresión de vergüenza. De manera similar, la palabra «patética» puede significar «pobre, miserable, lúgubre, triste, deplorable, débil, inútil, enfermiza, y todo cuanto sea eludido y abandonado como horrible y miserable…» o, en su sentido más tradicional y clásico, «patética» puede significar «apasionada, emotiva, cordial, ferviente, denodada, ávida, cálida, ardiente, conmovedora, celosa, desgarradora, sentida, enternecedora, amante, tierna, y estimulante». 

Este capítulo está principalmente dedicado a la defensa y el llamamiento a la predicación apasionada, emotiva, cordial, ferviente, denodada, ávida, cálida, ardiente, conmovedora, celosa, desgarradora, sentida, enternecedora, amante, tierna, y estimulante.
La buena predicación, estimulante, emotiva y relevante es difícil de encontrar y es, en la opinión de muchos, una causa principal del declive de la asistencia a la iglesia y de la generalizada desilusión en nuestro mundo de hoy. En muchas partes del mundo hoy vemos el cumplimiento de las profecías de Amós 8:11: «He aquí vienen días, dice Jehová el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová. ». Incluso la predicación «ortodoxa» puede estar bajo esta acusación, como Jonathan Edwards explicará en breve.
Nosotros, como predicadores, necesitamos ser reavivados en nuestro ministerio de predicación. El avivamiento llegará mientras somos reavivados personalmente como predicadores, llevando al avivamiento nuestra predicación. Entonces nuestras iglesias serán reavivadas, y los perdidos despertados. El mismo Edwards afirma: «Si un ministro tiene luz sin calor, y entretiene a sus oyentes con discursos aprendidos, sin el sabor de los
poderes de la piedad, o sin apariencia de fervor de espíritu, y celo por Dios y el bien de las almas, puede que gratifique los oídos con comezón, y llene la cabeza de la gente con nociones vanas, pero no servirá para enseñar a sus corazones, o salvar sus almas» 

Predicación sensible
Aunque el sentido primario es el de la predicación patética, hemos de añadir las palabras racional y bíblica. Por «racional» entendemos intelectual, razonable, lógica, sensible, basada en la razón, sensata, juiciosa, perspicaz, relevante, y coherente. Por «bíblica» entendemos que se arraiga en la Escritura. 

Si has leído cuidadosamente, te darás cuenta de que la palabra «sensible» se aplica para describir tanto la predicación «patética» como la «razonable». Si tomamos estos dos matices juntos, creo que tendríamos una palabra clave que describiría la predicación de Edwards: sensible. Sensible en el sentido de razonable, y sensible en el sentido de afectar los afectos. En la predicación de Edwards mente y corazón van de la mano. Edwards mismo usó el término «sensible» en esta manera dual.
Otra manera de expresar esta integración fundamental es la fusión de la ortodoxia (doctrina correcta), «ortopathos» (emociones o afecciones correctas) y  «ortopraxis» (práctica correcta), esto es, donde la creencia correcta se combina con emociones correctas que llevan a una vida de rectitud […] el sermón, para que afecte a la conducta, la vida, y las acciones del congregante, ha de ser tanto cognitivo como emocional, en una palabra: sensible. La voluntad solo puede ser afectada cuando el sermón es dirigido a la mente y al corazón. La predicación de avivamiento dirige la voluntad comprometiendo el corazón. Descuidando este matiz, estaremos ante una predicación patética (en el sentido moderno de la palabra (pobre)); pero cultivando y desarrollando este matiz tendremos una predicación patética (en el sentido clásico de la palabra (apasionado)).

Una de las críticas que se vertieron contra el avivamiento (el gran Avivamiento del S.XVIII) fue su alto grado de predicación emocional. Edwards defiende esta clase de predicación emocional con una poderosa analogía:
«Si existe realmente un infierno tan terrible, y lleno de interminables tormentos, como se supone generalmente, estas multitudes están en un gran peligro, —y en el que de hecho están cayendo la mayor parte de los hombres de los países cristianos de generación en generación, por falta de un sentido de lo horroroso que es, y por tanto por falta de interés por evitarlo— entonces ¿por qué no conviene que quienes cuidan las almas hablen de grandes dolores para que los hombres sean conscientes de tal cosa?¿Por qué no se les dice la verdad mientras se puede? Si estoy en peligro de ir al infierno, debería estar apercibido de saber todo lo posible de lo terrible que es: si soy propenso a actuar con negligencia en el debido cuidado para evitarlo, quien haga más por hacerme ver la verdad de la situación me hará la mayor de las bondades, alejando mi miseria y peligro de la manera más vívida»

Démonos cuenta aquí de la justificación y defensa de la «predicación patética del fuego del infierno». Su razonamiento es claro: el infierno es un asunto muy serio. Debemos hacer todo lo posible para rescatar a los hombres y mujeres de esta clase de aprieto y como predicadores hemos de hacerlo de «la manera más vívida»

«Cuando los ministros predican del infierno y advierten en forma fría a los pecadores para que lo eviten —aunque digan con palabras lo infinitamente terrible que es— se contradicen a sí mismos. (Si vemos el lenguaje como una comunicación de nuestro pensamiento hacia los otros) Porque las acciones, como observé antes, tienen un lenguaje para expresar nuestros pensamientos, así como las palabras. Si las palabras del predicador muestran que el estado en el que está pecador es extremadamente espantoso, y su conducta y manera de hablar lo contradicen, —mostrando que el predicador no piensa lo mismo— destruye su propio propósito; porque el lenguaje de sus acciones, en tal caso, es mucho más elocuente que el significado simple de sus palabras»Esta cita es significativa por muchas razones. Primera, es una de las más claras afirmaciones de Edwards defendiendo la «predicación patética (apasionada)» y que por el contrario critica la predicación desapasionada. En segundo lugar, esta cita apunta a la visión de Edwards de la predicación como drama. Sabemos que algunos notables eruditos se han dedicado a describir la predicación de George Whitefield (líder de avivamiento contemporáneo a Edwards) como un drama. Stout ha escrito un excelente estudio sobre Whitefield como «el Divino Dramaturgo» por causa de la dramática y vívida naturaleza de su extemporánea predicación (Whitefield creció en el escenario, y aprovechó esta formación para influir en su estilo de predicación).

A veces existe una disonancia entre el aspecto intelectual, racional o cognitivo del sermón, y el aspecto más afectivo, emocional y sentimental del sermón. Es como si el predicador estuviera allí sólo a medias. El mensaje puede ser ortodoxo (doctrina correcta), pero no hay ortopathos (emociones correctas), y como resultado no hay ortopraxis (práctica o vida correcta). Esta disonancia es percibida por el congregante, y el mensaje se pierde. Esto es lo que está pasando en el mundo evangélico actual. Nuestra olvido del tema del infierno, o el modo desapasionado en el que abordamos el asunto, traiciona nuestra tradicional falta de convicción en lo que respecta a la veracidad de lo que decimos que creemos. Poniéndolo en palabras de Edwards, la manera desapasionada de predicar del predicador «…muestra que el predicador no piensa así…»  o parafraseando a Edwards, el olvido del infierno por parte del predicador moderno o el modo en el que el predicador predica sobre el infierno «muestra que el predicador realmente no cree en él.» Esta falta de convicción sobre el infierno es una de las primeras causas de falta de avivamiento en el siglo XXI.

Existe una profunda conexión entre el propio predicador y el sermón. El hombre es el mensaje. Mientras Edwards creía que la Biblia era el mensaje, existía un profundo sentido en el que creía que el ministro debía encarnar la verdad de este mensaje para ser fielmente transmitido. Las emociones de la persona debían ligarse a las razones de la persona, y ambas debían arraigarse en la palabra de Dios. […] Edwards creía que la razón y la emoción debían estar tan mezcladas porque esa es la verdadera esencia del conocimiento.

En el sermón clásico de Edwards sobre la «Falsa y verdadera luz», nos aclara su comprensión de la diferencia entre conocimiento nocional y sensible. Edwards afirma: «La luz espiritual no tiene su asiento únicamente en la mente, sino principalmente en el corazón. Sobre todo consiste en un sentido de excelencia de las cosas divinas en el corazón. Dios ha hecho la mente del hombre capaz de adquirir un conocimiento doble de lo bueno, a saber: (1) el meramente especulativo, por el que los hombres tienen sólo una noción de las cosas divinas en sus mentes. Por ello, el hombre natural puede tener una noción de que Dios es justo, y de que es bueno, y de que es santo, y de que Cristo posee un amor maravilloso. Pero, (2) el otro es el que consiste en el sentido del corazón, por el que los hombres tienen en sus corazones el sentido de la excelencia de esas cosas, y parecen dulces, gloriosos, y deleitosos para él. No sólo tiene la noción en su cabeza de los atributos de Dios; sino que tiene el sentido de su excelencia que deleita su corazón, y que llega a su corazón y lo cambia. Esto es acompañado por un disfrute de estas cosas en el corazón»

Conclusión 

John Stott se refiere a este equilibrio entre mente y corazón en su tratamiento magistral sobre la predicación «Entre dos mundos»: «Lo que hace falta hoy es la misma síntesis de razón y emoción, exposición y exhortación, tal como lo logró Pablo». Citando a G. Campbell Morgan, Stott afirma: «Las tres esencias de un sermón, son: «verdad, claridad y pasión»  Martyn Lloyd Jones se pregunta «¿Qué es predicación?» y pasa a responder «Lógica ardiendo. ¡Razón elocuente! ¿Son estas contradictorias? Por supuesto que no. La razón concerniente a esta verdad debe ser poderosamente elocuente, tal y como vemos en el caso del apóstol Pablo y otros. Es teología ardiente. Y una teología que no arde, mantengo, es una teología deficiente. La predicación es teología que llega a través del hombre que está ardiendo»

Jonathan Edwards fue un predicador del avivamiento efectivo por el modo en el que él mantuvo en bíblica yuxtaposición la mente y el corazón. […] Wesley el arminiano y Edwards el calvinista fueron predicadores efectivos porque eran predicadores patéticos (apasionados), predicadores sensibles, ¡y predicadores bíblicos! Aunque este libro es sobre Edwards el calvinista, la apelación aquí es a integrar mente y corazón si queremos tener una predicación de avivamiento eficaz. Ciertamente esto es algo en lo que, tanto los arminianos como los calvinistas, podrían estar de acuerdo.”

Todos los párrafos has sido extraídos del libro:

 

Publicado en Escuela Bíblica, Frases de cristianos, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , | 3 comentarios

Historia de las misiones: William (Guillermo) Carey “el padre de las misiones modernas”

William (Guillermo) Carey, un zapatero inglés pobre, no parecía destinado a la grandeza. Sin embargo, se lo ha llamado con propiedad “el padre de las misiones modernas”. Más que cualquier otro individuo de la historia moderna, él estimuló la imaginación del mundo cristiano al demostrar, con su humilde ejemplo, lo que se podía y debía hacer para llevar a Cristo a un mundo perdido. Aunque pasó por pruebas muy duras en sus cuarenta años como misionero, demostró una tenaz determinación por obtener el éxito de su empresa al jamás darse por vencido. ¿Cuál fue su secreto? “Yo puedo trabajar con insistencia. Puedo perseverar en lo que me proponga. A esto lo debo todo.” La vida de Carey ilustra a profundidad el ilimitado potencial de un individuo muy común. El fue un hombre que, sin su gran consagración a Dios, sin duda hubiera vivido una existencia muy mediocre.
Carey nació en 1761 cerca de Northampton, Inglaterra.  Se convirtió en su juventud y, poco después, tuvo una participación activa en un grupo de bautistas. Él dedicaba su tiempo libre al estudio de la Biblia y a los ministerios laicos. En 1781, antes de cumplir los veinte años, Carey se casó con la cuñada de su maestro. Dorotea era cinco años mayor que él y, como muchas otras mujeres inglesas de su clase en el siglo dieciocho, era analfabeta. Desde el principio se vio que no se entendían y, al pasar el tiempo y al ampliarse los horizontes de Carey, las diferencias entre ellos fueron en aumento. Los primeros años del matrimonio fueron de dificultades y pobreza. Por algún tiempo, Carey no sólo tenía la responsabilidad de su propia esposa e hijos, sino también la de la viuda de su difunto maestro y sus cuatro hijos. A pesar de la dura situación económica, Carey no dejó de estudiar ni de predicar. En 1785 aceptó la invitación a pastorear una pequeña congregación bautista. Allí sirvió hasta que lo llamaron a una iglesia más grande en Leicester. Allí también se vio forzado a buscar otro empleo para sustentar a su familia. Durante estos años de pastorado comenzó a tomar forma su filosofía de las misiones, iniciada primero por su lectura de Los viajes del capitán Cook. Poco a poco él desarrolló la perspectiva bíblica del asunto, y se convenció de que las misiones eran la responsabilidad central de la iglesia. Sus ideas eran revolucionarias. Muchos, si no la mayoría, de los clérigos del siglo dieciocho creían que la Gran Comisión había sido dada sólo a los apóstoles; por eso la conversión de los “gentiles” no les correspondía, especialmente si no estaba vinculada al colonialismo.

Cuando Carey presentó sus ideas a un grupo de pastores, uno de ellos dijo: “Siéntese, joven. Cuando Dios quiera convertir a los gentiles, El lo hará sin su ayuda ni la mía”.
Carey no se quedaría callado. En la primavera de 1792 publicó un libro de ochenta y siete páginas, de grandes consecuencias, el cual se ha comparado a Las noventa y cinco tesis de Lutero en importancia por su influencia en la historia del cristianismo. El libro “Estudio sobre la obligación de los cristianos de usar medios para la conversión de los gentiles”, presentaba muy bien el caso de las misiones y contradecía los argumentos que decían que no se debían enviar misioneros a tierras lejanas. Después de la publicación del libro, Carey habló a un grupo de pastores en una conferencia de la Asociación Bautista en Nottingham. Allí él retó a su auditorio con Isaías 54:2-3 y dijo sus famosas palabras: “Esperen grandes cosas de Dios; intenten grandes cosas para Dios“. Al día siguiente, en gran parte por su influencia, los pastores decidieron organizar una nueva junta misionera, que se conoció como la Sociedad Misionera Bautista. La decisión no se tomó a la ligera. La mayoría de los pastores de la asociación vivían, como Carey, con ingresos muy bajos.

La participación en las misiones requería grandes sacrificios económicos por parte de los pastores y de sus congregaciones. El primer misionero nombrado fue Juan Thomas, laico bautista que había ido a la India como médico de la marina real. Él se quedó allí después de cumplir su tiempo de servicio para hacer la obra misionera como médico y evangelista independiente. De inmediato Carey se ofreció a la nueva sociedad como un “adecuado acompañante” de Thomas y lo aceptaron con beneplácito.

Aunque Carey había estado muy interesado en las misiones por mucho tiempo, su decisión de ofrecerse para ese servicio fue apresurada. Se podrían pasar por alto la angustia de su iglesia al perder a su pastor y el hecho de que su padre lo tildó de “loco”, pero la reacción de su esposa debió, por lo menos, demorar un poco su decisión. No debe sorprendernos que Dorotea, con tres niños pequeños y otro en camino, haya rehusado dejar su patria para emprender un viaje peligroso de cinco meses (complicado por la declaración de guerra muy reciente de Francia contra Inglaterra) para pasar el resto de su vida en el malsano clima tropical de la India. Otras mujeres hubieran estado dispuestas a hacer tales sacrificios, y muchas lo hicieron después, pero Dorotea era diferente. Si hubiera una “madre de las misiones modernas”, de seguro que no sería ella, pues se opuso con todas sus fuerzas a ese viaje.
Si Dorotea pensaba que su actitud de negarse a acompañar a su esposo lo haría cambiar de idea, estaba equivocada. Carey, aunque angustiado por la decisión de ella, estaba decidido a salir, aunque fuera sin ella. El prosiguió con los planes, que incluían un pasaje para su hijo Félix, de ocho años de edad. En marzo de 1793, después de meses de visitar las iglesias para recaudar fondos, Carey y Thomas fueron comisionados por la sociedad. Junto con Félix y la esposa y la hija de Thomas, abordaron un barco en el río Támesis, el cual los debía llevar a la India. Su viaje terminó de modo abrupto en Portsmouth, Inglaterra. Los problemas monetarios (de Thomas y sus acreedores) y la falta de licencia pastoral les impidió seguir adelante.
La demora fue una desilusión para los misioneros, pero condujo a un tremendo cambio en los planes. Dorotea, que ya había dado a luz tres semanas antes, de mala gana estuvo de acuerdo en unirse al grupo misionero con sus hijitos, con la condición de que Kitty, su hermana menor, pudiera acompañarla. La obtención de los fondos para los nuevos pasajeros fue un difícil obstáculo, pero el 13 de junio de 1793 abordaron un barco danés y salieron hacia la India.
El tiempo de su llegada no era favorable para el establecimiento de la obra misionera. La Compañía del Este de la India parecía tener el control del país, y su hostilidad a la obra misionera se manifestó muy pronto. La compañía temía todo lo que pudiera interferir con sus prósperas empresas comerciales. Carey se dio cuenta pronto de que no era bien recibido. Por temor a la posible deportación, se mudó con su familia al interior. Allí, rodeados de pantanos plagados de malaria, los Carey vivieron en circunstancias horribles. Dorotea y los dos niños mayores enfermaron de gravedad, y el cuidado de la familia requería toda la atención de Carey. Sus sueños idealistas de la obra misionera se desvanecían rápidamente. Asimismo lo entristecía que su esposa y Kitty “de continuo le echaban la culpa de sus aflicciones” y envidiaban a la familia de Thomas, que vivía cómodamente en Calcuta. Después de unos meses, su situación se vio aliviada por la generosidad y bondad del señor Short, un funcionario de la Compañía del Este de la India quien, aunque era incrédulo, se apiadó de ellos y los recibió en su casa por todo el tiempo que quisieran quedarse. Sin embargo, muy pronto los Carey se trasladaron a Malda, a unos 480 kilómetros al norte, donde Carey pudo conseguir trabajo como capataz en una fábrica de índigo.
Los años pasados en Malda fueron difíciles. Aunque Carey estaba contento con su nuevo empleo, pues en la fábrica podía aprender el idioma y hacer obra personal, los problemas familiares continuaban. Kitty se había quedado atrás para casarse con el señor Short. La salud de Dorotea y su estabilidad mental iban empeorando cada día. La muerte trágica, en 1794, de Pedrito, su niño de cinco años, la hizo perder el juicio. Nunca más pudo recobrar por completo sus facultades mentales. La situación era lastimosa y sus colaboradores dijeron más tarde que ella estaba “completamente trastornada“.

A pesar de su traumática situación familiar y de la continuación del trabajo en la fábrica, Carey no olvidó el propósito que lo había llevado a la India. El pasaba varias horas al día en la traducción de la Biblia, y también predicaba y establecía escuelas. Para fines de 1795, ya se había establecido una iglesia bautista en Malda. Era un principio, aunque sólo había cuatro miembros, y todos eran ingleses. Sin embargo, a los cultos asistía una multitud de bengalíes y Carey podía afirmar con confianza que “el nombre de Jesucristo ya no es desconocido en este vecindario“. Pero no había fruto. Después de casi siete años de trabajo en Bengala, Carey no había obtenido la conversión de un solo hindú.
A pesar de su aparente falta de éxito, Carey se sentía satisfecho de su obra misionera en Malda y se sintió muy frustrado cuando tuvo que salir de allí en 1800.
Muy pronto Serampore se convirtió en el centro de la actividad misionera bautista en la India, y fue allí donde Carey pasó los últimos treinta y cuatro años de su vida. Carey y sus colaboradores, Josué Marshman y Guillermo Ward, conocidos como “el trío de Serampore”, serían uno de los equipos misioneros más famosos de la historia. El centro misionero, que alojaba a diez adultos y a sus nueve hijos, tenía un ambiente familiar. Los misioneros vivían juntos y lo tenían todo en común, tal como la Iglesia primitiva del libro de Los Hechos. Los sábados por la noche se reunían para orar y presentar sus quejas, siempre “prometiéndose el amor mutuo“. Las responsabilidades se compartían según la habilidad de cada uno, y la obra progresaba sin complicaciones.
El gran éxito de la misión en Serampore durante los primeros años se debió en mucho a la santidad de Carey. Su buena disposición para sacrificar los bienes materiales y hacer más de lo que era su deber fueron un ejemplo constante para los demás. Además, él tenía una capacidad especial para pasar por alto las faltas de los otros. Aun con respecto a Thomas, quien administraba mal los fondos de la misión y era una vergüenza debido a sus descuidos en cuanto a las deudas, Carey podía decir: “Lo amo y vivimos en completa armonía.”

Serampore era un ejemplo armonioso de cooperación misionera y los resultados lo hacían patente. Se organizaron escuelas, se instaló una imprenta y, por encima de todo, se hicieron traducciones de la Biblia. La evangelización formaba también parte importante de la obra en Serampore. Después de un año de establecida la misión, los misioneros tuvieron el gozo de tener el primer creyente. Al año siguiente hubo más conversiones pero, en general, se progresaba con lentitud. En 1818, después de veinticinco años de misiones bautistas en la India, había unos seiscientos creyentes bautizados y varios millares más que asistían a los cultos y a las clases. A pesar del intenso trabajo evangelístico y de traducción, Carey siempre encontraba tiempo para hacer algo más. Uno de sus grandes logros fue la fundación de la Universidad de Serampore para la preparación de evangelistas y fundadores de iglesias autóctonas. Otro campo de logros educativos fue su enseñanza secular. Al poco tiempo de su llegada a Serampore fue invitado a ocupar la cátedra de idiomas orientales en la Universidad Fort William de Calcuta. Fue un gran honor para Carey, un zapatero sin educación, que le hubieran pedido que asumiera tal posición de privilegio.
Debido a sus ocupaciones, Carey no pudo dar a sus hijos la disciplina paterna que necesitaban. Aun cuando él estaba con ellos, su carácter bonachón fue un obstáculo para la disciplina firme, cuya falta se manifestaba en la conducta de los muchachos. Al hablar de esta situación, Hannah Marshman escribió: “El buen hombre veía y lamentaba la maldad, pero era demasiado dulce para aplicar un remedio eficaz.” Afortunadamente, la señora Marshman se encargó del problema. Si no hubiera sido por los fuertes regaños de esa querida señora y del interés paternal de William Ward, los hijos de Carey se hubieran descarriado.
En 1807, a la edad de cincuenta y un años de edad, murió Dorotea Carey. Sin duda su muerte fue un alivio para Carey. Ya hacía mucho tiempo que ella había dejado de ser un miembro útil de la familia misionera. En realidad, ella era un obstáculo para la obra. Juan Marshman escribió que Carey trabajaba a menudo en las traducciones en tanto que su trastornada esposa, con frecuencia en un estado de triste excitación, disparataba en la habitación de al lado. Durante sus años en Serampore, Carey había conocido a Lady Carlota Rumohr, de la realeza danesa, quien vivía en Serampore con la esperanza de que el clima mejorara su deteriorada salud. Aunque cuando llegó a Serampore era escéptica, ella asistía a los servicios religiosos de la misión. Se convirtió y fue bautizada por Carey en 1803. Después de su conversión, dedicó su tiempo y su dinero a la obra de la misión. En 1808, unos pocos meses después de la muerte de Dorotea, Carey anunció su compromiso con Lady Carlota. Los trece años de matrimonio con Carlota fueron felices. Durante ese tiempo, Carey estuvo verdaderamente enamorado, tal vez por primera vez en su vida. Carlota era muy inteligente y tenía habilidad lingüística, por lo cual podía ayudar a Carey en el trabajo de las traducciones. Ella también mantuvo una estrecha relación con los muchachos y se convirtió en la madre que nunca habían tenido. Cuando ella murió en 1821, Carey escribió: “Gozamos de una felicidad conyugal que nunca ha sido vivida por ningún otro mortal.” Dos años después, a la edad de sesenta y dos años, Carey se casó con Graciela Hughes, una viuda diecisiete años menor que él. Aunque Graciela no era tan inteligente como lo había sido Carlota, Carey la alababa por su “constante preocupación y excelente cuidado” durante sus frecuentes enfermedades.
Una de las más grandes tragedias que soportó Carey, durante sus cuarenta años de servicio ininterrumpido en la India, fue la pérdida de sus manuscritos en un incendio de una bodega en 1812. Carey no estaba presente cuando eso ocurrió, pero la terrible noticia de que se habían quemado su extenso diccionario políglota, dos libros de gramática, y versiones completas de la Biblia no podía permanecer oculta. Si su temperamento hubiera sido diferente, tal vez no habría podido soportar el daño; pero Carey aceptó la tragedia como un juicio de Dios y volvió a empezar, esta vez con mayor entusiasmo.

Carey murió en 1834, después de dejar para la posteridad su indeleble marca en la India y en las misiones. Su influencia en la India trascendió los límites de sus enormes logros lingüísticos, sus instituciones educativas y los cristianos que él pastoreó. También influyó en el cambio de costumbres hindúes perversas, gracias a su larga lucha contra la incineración de viudas y los infanticidios. Pero, salvo esas excepciones, él se esforzó por dejar intacta la cultura autóctona. Carey se adelantó a su época en cuanto a la metodología misionera. El respetaba mucho la cultura hindú y nunca trató de importar sustitutos de la cultura occidental, como tratarían de hacer tantos misioneros que vinieron después de él. Su meta era organizar una iglesia autóctona “mediante predicadores indígenas“, y al proporcionarles las Escrituras en la lengua materna de la gente, y a ese fin dedicó su vida.
Pero la influencia de Carey no se sintió solamente en la India. En Inglaterra, en el continente europeo y en Norteamérica se seguía con interés su obra; allí la inspiración de su valeroso ejemplo sobrepasó en importancia a todos sus logros en la India.

Extraído del libro Hasta lo último de la tierra, de Ruth Tucker

Publicado en Escuela Bíblica, Frases de cristianos, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , | 3 comentarios

Predicadores de Avivamiento

“«Pues esto dice el Alto y Excelso, el que vive por siempre, de nombre Santo: Yo habito en las alturas sagradas, pero miro por humildes y abatidos, para reanimar el espíritu abatido y para reanimar el corazón humillado.» La naturaleza de la palabra, tanto en hebreo, griego, inglés y en español sugiere que reanimar significa restaurar la «vida» y la «vitalidad» de alguien (o de un grupo) que ha estado languideciendo o palideciendo. Un fuego tiende a apagarse hasta que es repuesto con combustible nuevo, nueva leña. Cuando se provee de madera y de oxígeno, esas titilantes y pálidas ascuas vuelven a arder con una gran llama. Cuando Pablo anima a Timoteo a «reavivar el don que Dios te otorgó» (2 Ti. 1:6), emplea un término griego que significa precisa y literalmente hacer que el fuego vuelva a la vida de nuevo. En un sentido estricto, cuando hablamos de avivamiento, nos referimos a los regenerados, los que han nacido verdaderamente de nuevo, aquellos cristianos que experimentan un resurgimiento, una revitalización o una renovación de su vida espiritual. El avivamiento en el más estricto de los sentidos es para el cristiano individual o para la iglesia que tiene vida espiritual, para el que es genuinamente regenerado y nacido de nuevo, pero que ha dejado que la llama de la pasión espiritual flaquee y palidezca. Hay varias definiciones de avivamiento. Lo que sigue son algunas definiciones clásicas del avivamiento. Cada una de ellas es útil a la hora de dar sentido a lo que llamamos avivamiento.

a. La palabra avivamiento significa actualmente «una restauración de uso, aceptación, actividad, o vigor tras un periodo de oscuridad o inactividad» (Diccionario Heritage Americano de la Lengua Inglesa).

b. «La visitación estimulante de Dios a su pueblo, tocando sus corazones y profundizando su obra de gracia en sus vidas» (J. I. Packer).

c. «El acto soberano de Dios, en el cual restaura su propio pueblo infiel al arrepentimiento, fe y obediencia» (Stephen Olford).

d. «Tiempos de refresco desde la presencia del Señor» (Hch. 3:19; J. Edwin Orr).

e. « El retorno de la Iglesia de sus infidelidades, y la conversión de los pecadores.» «Un nuevo comienzo de obediencia a Dios» (Charles Finney).

f. «Un extraordinario movimiento del Espíritu Santo produciendo resultados extraordinarios» (Richard Owen Roberts).

g. «Una comunidad saturada por Dios» (Duncan Campbell).

h. «La obra del Espíritu Santo restaurando al pueblo de Dios a una vida espiritual más vital, al testimonio más vital, y a la obra más vital a través de la oración y la Palabra tras el arrepentimiento en la crisis de su declive espiritual» (Earle Cairns).

i. «Un verdadero avivamiento del Espíritu Santo es un notable incremento de la vida espiritual de un gran número del pueblo de Dios, acompañado por una formidable sensación de la presencia del pecado con un apasionado deseo de santidad y una eficacia poco común en el evangelismo, llevando a la salvación de muchos incrédulos» (Brian Edwards).

Jonathan Edwards: Edwards clarifica su concepto de avivamiento cuando hace referencia a su oración avivadora: «…que pueda aparecer en su gloria, y favorezca a Sión, y manifieste su compasión al mundo de la humanidad, por un abundante derramamiento de su Santo Espíritu en todas las iglesias, y en toda la tierra habitable, para reavivar la verdadera religión en todas las partes de la Cristiandad, y para liberar a todas las naciones de sus calamidades y miserias espirituales tan grandes y múltiples, y bendecirlos con los inefables beneficios del reino de nuestro glorioso Redentor, y llenar toda la tierra con su gloria…».

Edwards vio al ministro como una luz ardiente y brillante, cuyos efectos eran similares tanto en el reino espiritual como en el natural: «Si le place hacer de ti una luz ardiente y brillante en esta parte de su iglesia, y por la influencia de su luz y calor (o mejor por su divina influencia, con tu ministerio) haga que esta naturaleza brote y florezca como la rosa, dándole la excelencia del Carmelo y de Sarón y propiciando que brilles en medio de su pueblo con calidez y fulgor, con excitantes y confortantes rayos, haciendo que sus almas florezcan con gozo y fructifiquen, como un jardín de deliciosos frutos, bajo los rayos del sol». El avivamiento es como la primavera para Edwards. ¡Qué figura tan hermosa!

Conclusión: El avivamiento es primordialmente la revitalización del cristiano lánguido y decaído. Pero el impacto sobre el salvo normalmente se traduce en un desbordamiento para despertar del perdido.

La Predicación que aviva:

De acuerdo a Richard Baxter (pastor y reavivalista del S. XVII), «de toda la predicación del mundo, odio esa predicación que tiende a hacer a sus oyentes reír, o a mover sus mentes con una cosquilleante frivolidad y afectarlos como suele hacerse desde un escenario, en vez de afectarlos con una santa reverencia por el nombre de Dios». Esta fue la perspectiva de Edwards sobre la predicación. Una de sus resoluciones universitarias fue la 38: «Resuelvo no hablar nada que sea ridículo, deportivo, o que sea asunto de risa en el día del Señor» (Tarde del Sabbath, 23 de diciembre de 1722). Parecería que se tomaba esto muy a pecho, no sólo en su conducta fuera de la iglesia, sino también dentro de ella. Como Piper nota: «Su predicación era totalmente seria de principio a fin. Buscarías en vano un chiste en los 12.000 sermones que conservamos» (Piper 1998: 47). Más que una aversión al humor, Edwards se hallaba cautivado por la solemnidad del oficio de predicación. Prince, historiador, decía de Edwards que él siempre exudaba una «habitual y gran solemnidad, mirando y hablando como si estuviese en la presencia de Dios, y con un importante sentido del asunto expuesto»

Edwards predicó en 1744 un sermón titulado «La verdadera excelencia de un ministro del evangelio», y provee de su más clara y convincente visión del predicador en un solo documento. Es significativo que su texto era «Él era una ardiente y brillante luz» de Juan 5:35. Como comenta Kimnach: «Su texto es «ardiendo y brillando», correspondiendo al ardor y la inteligencia o voluntad y entendimiento. Para Edwards, la cosa más importante es que las dos dimensiones de la luz (arder y brillar) han de estar equilibradas y unidas en un todo funcional. Por ello, el ministro ha de aprender de la Escritura y estar familiarizado con las «operaciones interiores» del Espíritu Santo; de tal manera, la doctrina que él predica debe ser tanto «brillante como plena», o puramente inspiradora y rica en contenido. El ministro debe dirigir su rebaño discretamente pero también presentar la verdadera religión de manera auténtica» .

Extraeremos varios puntos de este sermón que esclarecerán su visión de la predicación.

  1. Primero, es significativo que Edwards use a Juan como paradigma del ministro cristiano. Fue Juan quién afirmó: «Él ha de crecer, y yo menguar» (Juan 3:30). La naturaleza del ministerio es apuntar a Cristo, no a uno mismo. Como Pablo afirmó: «Porque no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor, presentándonos como vuestros servidores por amor a Jesús» (2 Co 4:5). Indudablemente, Edwards escogió a Juan el Bautista como modelo del ministro por causa de esta faceta predominante en Juan: su cristocentrismo y su renuncia a sí mismo. Esta es la natural quintaesencia del ministerio en general, y del ministro predicador en particular.
  2. El rol del predicador es el de difundir luz. Edwards afirma: «Los ministros han sido establecidos para ser luz a las almas de los hombres a este respecto, así como también ellos son los medios a través de los que se les imparte la verdad divina, y han de asistirlos en la contemplación de aquellas cosas que los ángeles desean ver; ser los medios a través de los cuales ellos obtienen ese conocimiento es infinitamente más importante, y más excelente y útil, que ser cualquiera de los más grandes estadistas o filósofos, incluso que aquel que es espiritual y docto. Han sido establecidos para ser medios que brindan a los hombres la salida de la oscuridad para entrar en la maravillosa luz de Dios, y que brindan la infinita fuente de luz, para que en su luz ellos puedan ver la luz. Han sido establecidos para instruir a los hombres, e impartirles ese conocimiento por el cual ellos pueden conocer a Dios y a Jesucristo, del que
    sabemos que es vida eterna».
  3. El papel del predicador es embellecer la verdad, así como embellece la luz. «Otro uso de la luz es revitalizar y deleitar a los observadores. La oscuridad es lúgubre: la luz es dulce, y qué cosa tan placentera es contemplar el sol. La luz está revitalizando a aquellos que durante mucho tiempo estuvieron sentados en la oscuridad».
  4.  El ministro guía a la verdad. «Los ministros poseen el registro de Dios (la Biblia) entregado por Dios para con ellos, de tal modo que puedan extenderla, ya que Dios ha dado al hombre el ser como «una luz brillando en un oscuro lugar» (2 P 1:19), para guiarlos en el camino a través de este oscuro mundo para llegar a regiones de luz eterna»
  5.  Los predicadores han sido llamados para ser hombres de oración. «Ministros, en orden a ser ardientes y brillantes luces, han de caminar estrechamente con Dios, y han de estar cerca de Cristo; para que puedan ser iluminados y encendidos por él. Y ellos han de buscar mucho a Dios, y han de conversar con él en oración, aquel que es la fuente de la luz y del amor. Y sabiendo de su propio vacío y necesidad, deben ser siempre dependientes de Cristo; ser sensibles como Jeremías de que son niños, de que han de sentarse como los niños a los pies de Cristo para escuchar su palabra, y ser instruidos por él; y ser sensibles como Isaías de que son hombres de labios inmundos que buscan que sus labios puedan ser como si fuesen tocados con un carbón ardiente del altar, como así fue por medio del serafín brillante y ardiente».

«Nuestra gente no necesita tanto el tener sus cabezas llenas de cosas como que sus corazones sean tocados; y lo que más necesitan es esa clase de predicación que más intenta hacerlo» (Jonathan Edwards)

«El corazón es el Salvador del mundo: la cabeza, el genio, el cerebro o los dones naturales no salvan… Pues el evangelio sólo fluye a través de los corazones. Las fuerzas más poderosas son las fuerzas del corazón» (Bounds).

«Existe hoy un racionalismo evangélico no muy distinto del racionalismo enseñado por los escribas y fariseos. Ellos dijeron que la verdad está en la palabra, y si quieres conocer la verdad, ve al rabí y aprende la palabra. Si aprendes la palabra, tienes la verdad… ¡Pero la revelación no es suficiente! Debe haber iluminación antes de que la revelación llegue al alma de una persona. No basta con que tome un libro inspirado entre mis manos. Debo tener un corazón inspirado. Aquí está la distinción, a diferencia del racionalismo evangélico que insiste en que la revelación es suficiente…» (Tozer).

Edwards creía en la importancia de la predicación apasionada. Él dijo algo sobre su visión de la predicación que cautivó mi atención y desencadenó este estudio. Aunque ya lo cité al principio de este capítulo, merece ser repetido de nuevo. Edwards dijo: «Nuestra gente no necesita tanto el tener sus cabezas llenas de cosas como que sus corazones sean tocados; y lo que sobre todo necesitan es esa clase de predicación que mejor intenta conseguirlo». La predicación de avivamiento toca el corazón. Si esta cita fuese tomada fuera de su contexto, uno podría deducir que Edwards estaba denigrando el más racional o cognitivo aspecto de la predicación, en favor de un mayor llamamiento emocional y apasionado, un llamamiento al corazón en vez de a la mente. ¡Cualquiera que haya leído los sermones de Edwards, sabe con certeza que esta no era su práctica! No es una cuestión de uno u otro, es una cuestión de ambos. Ni hemos escogido ni debemos escoger entre cabeza o corazón, sino que hemos de tomar ambos en perspectiva. Hay una sólida evidencia en Edwards que indica que creía que el camino al corazón pasaba por la cabeza; lo que parece estar diciendo en la cita anterior es que los predicadores no deben simple y meramente mostrarse satisfechos con una seca, desapasionada e intelectual aproximación. Es evidente que en su ministerio y en el ministerio de otros la buena ortodoxia era abundante en los púlpitos de Nueva Inglaterra, pero que esto no era suficiente para producir un avivamiento.”

Todos los párrafos anteriores han sido extraídos del libro: 

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , | 1 Comentario

David Brainerd – Vida y Diario personal de David Brainerd por Jonathan Edwards – Libros cristianos gratis

 

Queridos amigos y seguidores de Diarios de Avivamientos, les queremos obsequiar esta edición especial, y más completa, del Diario de David Brainerd; misionero a los pieles rojas. Es una verdadera joya de las misiones y de la vida devocional, y un inspirador relato sobre uno de los grandes avivamientos de la Historia de la Iglesia. Estamos seguros de que tu vida de oración ya no será igual después de leer este extraordinario relato. No te olvides de compartirlo con tus conocidos. Recuerda que Diarios de Avivamientos no tiene fines comerciales, este esfuerzo de traducción solo tiene como objetivo llevar buena literatura a los que no tienen otra forma de acceder a ella. Bendiciones.

El Diario de David Brainerd – PDF Gratis

Traducido al español y editado por Diarios de Avivamientos © – 2018

Descárgalo haciendo clic en la imagen

La traducción de este libro es propiedad de Diarios de Avivamientos 2018

diariosdeavivamientos@gmail.com

Publicado en Libros PDF para descargar, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 5 comentarios

David Brainerd, relatos sorprendentes de grandes Avivamientos.

El Diario de David Brainerd

El Diario de David Brainerd

Crossweeksung, Nueva Jersey, Agosto de 1745

6 de agosto. Por la mañana di una palabra a los Indios. Varios de ellos parecieron muy tocados, mostrándose notablemente tiernos. Bastaban algunas palabras sobre los intereses de sus almas para que llorasen libremente, con muchos sollozos y gemidos.

Por la tarde, habiendo ellos regresado al lugar donde yo usualmente predicaba, dirigí otro sermón. Eran cerca de cincuenta y cinco personas, y cerca de cuarenta de ellos eran capaces de asistir al culto con entendimiento. Insistí en el pasaje de 1ª Juan 4.10: “En esto consiste el amor…” Ellos aparentaban intenso deseo de oír; pero nada parecía haber de notable, excepto la atención que daban, hasta cerca del final de mi sermón. Entonces, la verdad divina fue acompañada por una sorprendente influencia, produciendo un notable efecto entre los indios. No más de tres, de entre esos cuarenta, lograron refrenarse de derramar lágrimas y de expresar amargos gemidos.

Todos parecían haber entrado en agonía de alma, en su sed por Cristo. Cuanto más yo hablaba de la compasión y el amor de Dios, el cual envió a su Hijo para sufrir por los pecados de los hombres, y cuanto más los invitaba a venir y participar de su amor, tanto más aumentaba la agonía de ellos, por sentirse incapaces de venir. Me sorprendió al percibir cómo sus corazones parecían traspasados por las tiernos y conmovedoras invitaciones del evangelio, a pesar de que ninguna palabra aterrorizante se les había dicho.

Hoy, dos personas obtuvieron alivio y consuelo espiritual. Cuando fui a conversar con las ellas en particular, me parecieron sólidas, racionales y bíblicas en lo que decían. Después de haber investigado la razón del alivio recibido, habiendo dicho cosas que pensé que eran apropiadas para ellas, les pregunté qué les gustaría que Dios hiciera por ellas. Respondieron que querían que Cristo limpiara completamente sus corazones. Tan sorprendentes estaban siendo los hechos del Señor, que no soy capaz de decir de este día, ni más ni menos, si no que el brazo del Señor se estaba manifestando poderosa y maravillosamente entre los indios.

7 de agosto. Prediqué a los Indios, usando el texto de Isaías 53.3-10. La Palabra ejerció un tremendo efecto entre ellos, pero nada comparable a lo que sucediera el día anterior, cuando todos los presentes habían sido afectados. Sin embargo, muchos estaban conmovidos, y otros sintieron gran aflicción a causa de sus almas. Algunos no podían ni siquiera estar de pie, sino que se postraron sobre el suelo, como si sus corazones hubieran sido traspasados, rogando incesantemente por misericordia. Varios de ellos fueron despertados y era notable que tan pronto como llegaban de algún lugar remoto, el Espíritu de Dios parecía inyectar en ellos la preocupación por sus almas.

Terminado el culto, encontré a otras dos personas que habían recibido certeza de salvación, sobre las cuales me sentía muy esperanzado. Había una tercera persona acerca de la cual me era imposible no alimentar alguna esperanza, aunque su caso no me pareciera tan peculiar como el caso de esas dos. Así, ahora había seis personas, en su totalidad, que habían recibido alivio ante su agonía espiritual; de entre ellas cinco, cuya experiencia parecía bien clara y satisfactoria. Es digno de notar que aquellos que ahora habían recibido consuelo espiritual, de modo general habían sido profundamente sacudidos en cuanto a sus almas, cuando yo les prediqué en junio pasado.

8 de Agosto. Prediqué por la tarde para los Indios, cuyo número ahora era de cerca de sesenta y cinco personas, entre hombres, mujeres y niños. Mi sermón estuvo cimentado sobre Lucas 14.16-23, para el cual fui favorecido por una inusual libertad espiritual. Entre los indios hubo mucho interés visible, mientras yo discursaba públicamente; pero después, cuando hablaba particularmente con uno u otro que demostraba estar bajo más fuerte impresión, fue que el poder de Dios pareció descender sobre la asamblea “como un poderoso viento impetuoso” el cual, con asombrosa energía, derribaba todo a su paso.

Me quedé admirado ante la influencia espiritual que había tomado cuenta casi totalmente de la audiencia, no pudiendo compararla con otra cosa sino con la fuerza irresistible de un poderoso torrente, de una inundación creciente, que con su insoportable peso y presión barre delante de él lo que sea que esté en su camino. Casi todas las personas, sin importar la edad, fueron involucradas, inclinándose bajo la fuerza de la convicción, y casi nadie fue capaz de soportar al impacto de aquella sorprendente operación divina. Los hombres y las mujeres mayores, que habían sido viciados en alcohol durante muchos años, y hasta algunos niños pequeños, de no más de seis o siete años, parecían estar afligidos debido al estado de sus almas; sin hablar de las personas de mediana edad. Era evidente que aquellos niños, al menos en el caso de algunos de ellas, no estaban asustados ante el ambiente general de aprehensión, sino que estaban genuinamente sensibilizados por el peligro que corrían, con la maldad de sus corazones, con su miseria por estar privados de Cristo, como algunos de ellos llegaron a decir.

Los corazones más empedernidos ahora eran forzados a someterse. Uno de los jefes entre los indios, que hasta entonces se sentía perfectamente seguro y justo a sus propios ojos, pensando que el estado de su alma era bueno, ya que sabía más de lo que los otros indios sabían, y que con gran grado de confianza había dicho el día anterior que “había sido un cristiano desde hacía más de diez años”, ahora estaba tomado por una profunda conmoción acerca de su alma, y lloraba amargamente. Otro hombre, de edad avanzada, asesino, un powaw o hechicero, alcohólico muy conocido, ahora también había sido llevado a clamar con muchas lágrimas por misericordia, quejándose por no sentirse aún más preocupado, cuando veía que su peligro era tan grande.

Estaban casi todos orando y clamando por misericordia por todas partes de la casa, y hasta fuera de la casa; y eran numerosos los que no podían ni siquiera permanecer de pie. Estaban tan preocupados consigo mismos, que ninguno parecía prestar atención a lo que ocurría alrededor, sino que cada uno oraba espontáneamente en su propio favor. Me parece que se sentían tan solos como si cada uno estuviera en medio de un desierto. O mejor aún, creo que sobre nada más pensaban sino sobre sí mismos, y sobre la condición de sus almas. Así, cada cual oraba aparte, aunque todos lo estaban haciendo al mismo tiempo.

Me pareció estar teniendo cumplimiento exacto de esa profecía, el tramo de Zacarías 12.10-12, pues ahora había un gran clamor “como el llanto de Hadadrimón”, y que cada cual se lamentaba “aparte”. Pensé que la escena se asemejaba al día del poder de Dios, mencionado en Josué 10.14; porque me corresponde decir que nunca antes había visto un día como aquel, bajo todos los sentidos. Hoy fue un día, estoy persuadido, en que el Señor ha hecho mucho para destruir el reino de las tinieblas entre este pueblo.

¡La preocupación de ellos era extremadamente racional y justa! Aquellos que habían sido despertados hace algún tiempo, se quejaban especialmente ante la maldad de sus corazones; y aquellos cuyo despertar era reciente, hablaban de la maldad de sus vidas y acciones. Pero todos temían muchísimo la ira de Dios y que la condenación eterna fuera la parte que cabría a sus almas, a causa de sus graves pecados. Y algunas de las personas blancas que por curiosidad vinieron a “escuchar lo que diría este charlatán” a los pobres e ignorantes Indios, fueron tremendamente despertados; algunos aparentemente quedaron sorprendidos por la visión de su estado de perdición.

Aquellos que últimamente habían recibido la certeza de la salvación, eran tomados por un profundo sentido de consuelo. Parecían tranquilos y bien equilibrados, regocijándose solamente en Jesucristo. Otros tomaban a sus amigos afligidos de la mano, hablándoles de la bondad de Cristo, así como del consuelo que los penitentes pueden recibir de parte de Él; entonces les invitaban a entregar sus corazones a Jesús. Pude observar algunos de ellos, que de manera sincera y humilde, sin ninguna intención de ser notados, elevaban los ojos hacia lo alto, como clamando por misericordia, al ver la agonía de las pobres almas a su alrededor.

Hoy también hubo un notable caso de despertamiento que no puedo dejar de mencionar. Una joven india que antes, creo yo, no sabía que tenía alma, y jamás pensó en tal cosa, oyendo decir que estaba sucediendo algo extraño entre los indios, vino, al parecer, sólo para ver cuál era la cuestión. En camino, ella me visitó brevemente donde yo estaba alojado; y cuando le dije que predicaría a los indios dentro de unos instantes, ella se rio, pareciendo querer burlarse. Sin embargo, fue hasta los indios.

Todavía no había avanzado mucho en mi sermón cuando ella realmente sintió que tenía un alma; antes de que terminara, ella estaba tan convencida de su pecado y miseria, y tan afligida y preocupada por la salvación de su alma, que pareció haber sido atravesada por un dardo, pues clamaba sin parar. No podía caminar ni ponerse de pie, ni sentarse en su lugar sin ser ayudada. Terminado el culto público, ella yacía en el suelo, orando fervorosamente, sin prestar atención ni dando ninguna respuesta a ninguna de las personas que le hablaban. Presté atención a lo que ella decía y noté que la carga de su oración, hecha en lengua India, era: guttummaukalummeh weckaumek kmelck Ndah, es decir, “Ten piedad de mí y ayúdame a darte mi corazón”. Y ella continuó en ese estado orando incesantemente, por muchas horas. Hoy fue, de hecho, un día de sorprendente manifestación del poder de Dios, pareciendo suficiente para convencer a un ateo sobre la verdad, la importancia y el poder de la Palabra de Dios.

La Vida del Reverendo David Brainerd por Jonathan EdwardsTraducida al español por Gabriel Edgardo LLugdar –Diarios de Avivamientos – 2018

Publicado en Frases de cristianos, Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios