Ricard Baxter – Una invitación a vivir – Capítulo: Los pecadores y los salvos

 

Richard Baxter

Una Invitación a vivir

una invitación a vivir

LOS PECADORES Y LOS SALVOS

Ahora usted debería entender lo que significa ser “impío” y lo que significa ser “convertido”, pero quizás le sería de ayuda si doy una explicación más amplia. Una persona impía puede ser conocida en tres maneras:

Primero, su corazón está puesto en la tierra y no en el cielo; ama a la criatura más que a Dios; se preocupa más por la prosperidad terrenal que por la felicidad eterna; ama las cosas naturales pero no tiene apetito para las cosas espirituales. Puede ser que esté de acuerdo con que el cielo es mejor que la tierra, pero esto no le interesa mucho; prefiere más bien vivir aquí que allá. Una vida de perfecta santidad en la presencia de Dios, amándole y alabándole para siempre en el cielo, no le apetece tanto como la salud física, su condición y posesiones terrenales. El impío pudiera aún decir que ama a Dios, pero no tiene ninguna experiencia espiritual del amor de Dios. Su mente permanece fija en los placeres mundanos y carnales. Puesto en forma sencilla, cualquiera que ama la tierra más que al cielo, sus posesiones más que a Dios, es un inconverso; es un “impío”.

Por otra parte, cualquiera que es convertido, entiende algo de la hermosura de Dios y es tan convencido de la gloria a la cual Dios le ha llamado, que su corazón se ocupa más de esto, que de cualquier cosa de este mundo. La persona que es verdaderamente convertida prefiere vivir eternamente en la presencia de Dios, que poseer todos los placeres y toda la riqueza de este mundo. Puede ver la vanidad de las cosas terrenales y se da cuenta que solamente Dios puede satisfacer su alma. Por sobre todas las cosas, está decidido a no aferrarse a las cosas terrenales; porque sus esperanzas y tesoros verdaderos se encuentran en el cielo. Tal como la llama de fuego va hacia arriba, y la aguja magnética señala siempre al norte, así el alma convertida se inclina hacia Dios. Ninguna otra cosa le puede satisfacer, y tampoco puede encontrar paz en ninguna otra cosa, salvo en el amor de Dios. En una palabra, aquellos que son convertidos aman a Dios más que al mundo, el gozo celestial más que la prosperidad terrenal. El salmista lo expresó en la siguiente forma:

“¿A quien tengo yo en los cielos sino a ti? y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre” (Salmo 73:25-26)

Jesús dijo, “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, ahí estará también vuestro corazón”.(Mateo 6:19-21). Hablando de sí mismo y de los demás creyentes, el apóstol Pablo dijo, “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil.3:20). Y en otro texto dijo a los creyentes, “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Col.3:2) y que “los que son de la carne piensan las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu en las cosas del Espíritu” (Romanos 8:5).

Segundo, el hombre impío es uno cuya preocupación principal en esta vida es la de agradarse a sí mismo. Podría ser que tuviera cierta religiosidad, que no cometiera grandes pecados, pero no obstante, es un hecho que no hace del deseo de agradar a Dios, la preocupación principal de su vida. Le da a Dios lo que le sobra en esta vida, todo el tiempo y el esfuerzo que así le conviene. No está preparado para sacrificar todo, sin escatimar nada para Dios y para el cielo.

Por otra parte, el hombre convertido es alguien que hace del agradar a Dios su asunto principal en esta vida. Todas sus bendiciones en esta vida las ve como ayudas en su camino hacia otra vida, la vida celestial. Somete la totalidad de su vida a Dios. Vive una vida santa y anhela ser más santo. Aborrece cualquier pecado que llega a cometer, y ora y se esfuerza para terminar con él. Toda la dirección e inclinación de su vida es hacia Dios. Cuando peca, es en contra de la dirección general de su vida, por lo cual lo lamenta y se arrepiente. No permite voluntariamente que ningún pecado le domine. No hay ninguna cosa en este mundo que quiera tanto, que no la rendiría o la abandonaría, para Dios y por la esperanza de compartir la gloria eterna. La Biblia tiene mucho que decir con respecto a esta línea de pensamiento, Jesús dijo: “mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33). El apóstol Pablo dijo que: “Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios” (Romanos 8:13-14), y que, “los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24). Todo esto es subrayado por la maravillosa promesa de Dios de que: “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria” (Colosenses 3:4).

Tercero, el hombre impío nunca realmente entiende o disfruta lo que la Biblia dice acerca de la redención; ni acepta con agradecimiento la oferta divina de un salvador, ni es impresionado por el amor de Cristo; ni está dispuesto a someterse a la autoridad de Cristo a fin de ser salvado de la culpa y el poder de sus pecados y ser hecho justo ante Dios. Al contrario, su corazón está insensible a estas cosas; y el prefiere que sea así. Pudiera estar dispuesto a ser religioso en forma externa, pero se niega a someterse al cetro de Cristo, a la autoridad de la Palabra de Dios y a la guía del Espíritu Santo.

Por otra parte, el hombre convertido sabiendo que su pecado le ha arruinado, que ha destruido su paz con Dios y que ha terminado con su esperanza del cielo; gozosamente recibe el evangelio, y pone su confianza en el Señor Jesucristo como su único salvador. Para el hombre convertido, Cristo es la vida de su alma. Vive por medio de El, y ve hacia El en todas sus necesidades y se regocija en la sabiduría y el amor divino que proveyó tal salvador. El apóstol Pablo lo expresó en la siguiente manera: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Escribiendo a otro grupo de creyentes Pablo dijo: “Ciertamente aún estimo todas las cosas como pérdida, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Filipenses 3:8).

Ahora usted puede ver que la Palabra de Dios enseña claramente quienes son los impíos y quienes son los convertidos. Algunas personas piensan que si un hombre no es un borracho, un fornicario, un extorsionador, o algo parecido, y que si asiste a alguna iglesia, y ora, entonces es un hombre “convertido”. Otros piensan que si alguien que antes era un borracho o un mafioso, o que tenía algún otro vicio y ahora lo ha dejado, que es un hombre “convertido”. Otros mas piensan que una persona que era anti-religiosa en sus actitudes y cambiando llega a ser religioso, entonces seguramente que fue “convertido”. Aún algunos son tan necios como para pensar que son “convertidos” porque se han interesado en una nueva religión. Y algunos piensan que: Una consciencia culpable, el miedo del infierno, una determinación de portarse bien, o una vida exteriormente aceptable y religiosa es igual a la conversión verdadera. No obstante, todas estas personas están equivocadas, y en enorme peligro, porque cuando escuchan que el impío tiene que volverse o morir, piensan que la advertencia no es aplicable a ellos, o sea porque no se consideren “impíos” o porque se consideren como ya “convertidos”. Esto es porqué Jesús dijo a algunos de los líderes religiosos que confiaban en su propia justicia que: “los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios” (Mateo 21:31). El no quería decir que los publicanos (quienes fueron muy notables por su deshonestidad) y las prostitutas serían salvos sin ser convertidos, sino que era más fácil lograr que los abiertamente pecadores reconocieran sus pecados y su necesidad de conversión, que aquellos cuyos pecados fueran más “respetables” y quienes se engañaban a sí mismos pensando que eran convertidos cuando no era así.

Richard Baxter

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