D. L. Moody

DWIGHT LYMAN MOODY 1837 – 1899

Dwight_Lyman_Moody

D. L. Moody – Diarios de Avivamientos

Sus antepasados eran sólo labradores, los cuales vivieron por siete generaciones, es decir durante unos 200 años, en el valle de Connecticut, en los Estados Unidos. Dwight nació el 5 de febrero de 1837, de padres pobres, siendo él el sexto de entre nueve hijos. Cuando él todavía era pequeño, su padre falleció y los acreedores se apoderaron de todo, dejando a la familia destituida de todo, hasta de la leña para calentar la casa en tiempo de intenso frío.
No hay historia tan conmovedora e inspiradora como la de aquellos años de lucha de la viuda, madre de Dwight. Pocos meses después de la muerte de su marido, le nacieron gemelos, cuando el hijo mayor tenía solamente doce años de edad. El consejo de todos sus parientes fue que ella entregase a sus hijos para que otros los criaran. Pero con un invencible coraje y una santa dedicación a sus hijos, ella logró criar a todos los nueve hijos en su propio hogar. Se conserva todavía, como un preciado tesoro, su Biblia, con las palabras de Jeremías 49:11 subrayadas: “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas.”

A la edad de 17 años, Moody salió de su casa para ir a trabajar a la ciudad de Boston, donde encontró empleo en la zapatería de un tío suyo. Continuó asistiendo a los cultos, pero todavía no era salvo. Nótenlo bien todos aquellos que se dedican a la obra de ganar almas, que no fue en un culto donde Dwight Moody fue llevado al Salvador. Su maestro de la Escuela Dominical, Eduardo Kimball, nos cuenta lo siguiente:
“Resolví hablarle acerca de Cristo y acerca de su alma. Vacilé un poco antes de entrar a la zapatería, pues no quería estorbar al muchacho durante las horas de trabajo. . . Por fin entré, resuelto a hablarle sin más demora. Encontré a Moody al fondo de la tienda envolviendo calzado. Enseguida me aproximé a él y poniéndole una mano sobre el hombro, hice lo que después me pareció una presentación muy pobre, una invitación para aceptar a Cristo. No me acuerdo de lo que le dije entonces, ni el mismo Moody podía recordarlo algunos años después. Simplemente le hablé del amor de Cristo para con él, y el amor que Cristo esperaba de él en reciprocidad. Me parecía que el muchacho estaba listo para recibir la luz que lo iluminó en aquel momento, y allí mismo al fondo de la zapatería, él se entregó a Cristo.”

Era costumbre de las iglesias de aquella época, que alquilasen los asientos. Moody, inmediatamente después de su conversión, transportado de amor para con su Salvador pagó el arriendo de un banco. Luego recorrió las calles, hoteles y casas de pensión, buscando hombres y muchachos para llenarlo en todos los cultos. Después arrendó otro banco, y después otro y otro, hasta llegar a llenar cuatro bancos todos los domingos. Pero eso no era suficiente para satisfacer el amor que él sentía por los perdidos.

En ese tiempo, siendo aún de menos de veinte años de edad, se fue a Chicago, donde siguió trabajando con mucho éxito como vendedor de zapatos. Allí cierto domingo visitó una Escuela Dominical, donde pidió permiso para enseñar una clase. El dirigente le respondió: “Hay doce maestros y dieciséis alumnos. Sin embargo, usted puede enseñar a todos los alumnos que consiga traer a la escuela.” Fue una gran sorpresa para todos, cuando el domingo siguiente Moody entró con dieciocho niños traídos de la calle, sin sombrero, sin zapatos y con la ropa sucia y raída – como él dijo: “Todos ellos tienen un alma que salvar.”

Continuó llevando cada vez más alumnos a la Escuela Dominical, hasta que algunos domingos después ya no cabían más en el edificio. Entonces resolvió abrir otra Escuela Dominical en otra parte de la ciudad. Moody no enseñaba, sino que consiguió profesores, y proporcionaba el pago del alquiler y de otros gastos. En pocos meses esa Escuela Dominical se convirtió en la mayor de la ciudad de Chicago. Como no consideraba conveniente pagar a otro para que trabajara el día domingo, Moody, muy temprano por la mañana, sacaba las pipas de cerveza (otros ocupaban el local durante la semana), barría y preparaba todo para el funcionamiento de la escuela. Después, salía para invitar a los alumnos. A las dos de la tarde, cuando volvía después de hacer sus invitaciones, encontraba el local repleto de alumnos.

Después de terminar el servicio en la Escuela Dominical, él iba a visitar a los ausentes e invitaba a todos para que fuesen al servicio de predicación de la noche. En su llamamiento de después del sermón, invitaba a todos los interesados a quedarse para un culto especial, en el cual trataban individualmente con todos. Moody también participaba en esa cosecha de almas.

Antes de acabar el año, un promedio de seiscientos alumnos asistían a la Escuela Dominical, divididos en ochenta clases. Luego la asistencia pasó a ser de mil alumnos y a veces hasta de mil quinientos.
El éxito de Moody en la Escuela Dominical atrajo la atención de otros que se interesaban por el mismo trabajo. De vez en cuando era invitado a participar en las grandes convenciones de las Escuelas Dominicales. Cierta vez, después que Moody hablase en una convención, un orador lo censuró severamente por no saber dirigirse a un auditorio. Moody avanzó hacia el frente, y después de explicar que reconocía no ser un individuo instruido, agradeció al ministro por haberle mostrado sus defectos, y le pidió que orase a Dios para que El lo ayudase a hacer lo mejor que pudiese.

Al mismo tiempo que Moody se dedicaba a la Escuela Dominical con tan buenos resultados, también se esforzaba por tener éxito todos los días en el negocio. La gran meta de su vida era llegar a ser uno de los principales comerciantes del mundo, un multimillonario. ¡No tenía más de veintitrés años y ya había ahorrado siete mil dólares! Pero su Salvador tenía un plan mucho más noble para su siervo.
Cierto día uno de los maestros de la Escuela Dominical entró en la zapatería donde Moody trabajaba. Le informó que estaba tuberculoso y que, habiendo sido desahuciado por el médico, había decidido volver a Nueva York para morir allí. Confesó que se sentía muy turbado, no porque tenía que morir, sino porque hasta entonces no había logrado llevar al Salvador a ninguna de las muchachas de su clase de la Escuela Dominical. Moody, profundamente conmovido, sugirió que visitasen juntos a las muchachas en sus casas, una por una. Visitaron a una, y el maestro le habló seriamente acerca de la salvación de su alma. La joven escuchó, dejó su superficialidad y comenzó a llorar, entregándose a su Salvador. Todas las otras muchachas que fueron visitadas en aquel día hicieron lo mismo.
Pasados diez días, el maestro fue nuevamente a la zapatería. Lleno de júbilo le informó a Moody que todas las chicas se habían entregado a Cristo. Resolvieron entonces invitar a todas a un culto de oración y despedida, la víspera de la partida del maestro para Nueva York. Todos se arrodillaron y Moody, después de hacer una oración, estaba por levantarse cuando una de las muchachas comenzó también a orar. Todas oraron suplicando a Dios en favor del maestro. Al salir, Moody suplicó: “¡Oh Dios permíteme morir antes que perder la bendición que recibí hoy aquí!”
Más tarde Moody confesó: “Yo no sabía el precio que tenía que pagar por haber participado en la evangelización individual de esas muchachas. Perdí todo el afán de negociar; ya no tenía más interés en el comercio. Había experimentado otro mundo y no quería ganar más dinero. . ¡Qué delicia es llevar un alma de las tinieblas de este mundo a la gloriosa luz y libertad del evangelio!”
Entonces, a la edad de veinticuatro años, poco tiempo después de haberse casado, Moody decidió dejar un buen empleo con un salario de cinco mil dólares al año, un salario que era fabuloso en aquel tiempo, para trabajar todos los días en el servicio de Cristo, sin tener ninguna promesa de recibir retribución económica alguna. Después de tomar esa resolución, se apresuró en ir a la firma B. F. Jacobs and Co., donde muy conmovido, anunció: “¡Ya he decidido emplear todo mi tiempo al servicio de Dios!” “¿Y cómo va a mantenerse?” le preguntaron. “Bueno, Dios me suplirá todo”, contestó, “si El quiere que yo continúe; y continuaré hasta que me vea obligado a desistir.”

Acerca de su desprendimiento por el dinero, R. A. Torrey hizo esta observación: “El (Moody) me dijo que si hubiese aceptado los lucros provenientes de la venta de los himnarios que él publicó, esos lucros sumarían un millón de dólares. Sin embargo, Moody rehusó tocar ese dinero, aun cuando por derecho le correspondía. . . En cierta ciudad que Moody visitó en los últimos años de su vida, estando yo en su compañía, fue públicamente anunciado que él no aceptaría ninguna recompensa por sus servicios. Pero el hecho era que él casi no tenía otros medios de sustento, sino aquello que recibía en sus conferencias. Sin embargo, él no hizo ningún comentario sobre aquel anuncio y salió de aquella ciudad sin recibir un centavo siquiera por su arduo trabajo; y me parece que fue él mismo quien pagó su cuenta en el hotel donde se había hospedado.”
La parte de la biografía de D. L. Moody que se refiere a los primeros años de su ministerio está repleta de proezas hechas en la carne. Mencionamos aquí sólo una, esto es, el hecho de que Moody hizo un increíble número de visitas en un sólo día. El mismo más tarde se refería a aquellos años como una manifestación del “celo de Dios, pero sin entendimiento”, añadiendo: “Hay, sin embargo, más esperanza para el hombre que tiene celo, pero no entendimiento, que para el hombre de entendimiento sin celo.”
Cuando estalló la tremenda Guerra Civil, Moody llegó con los primeros soldados al campamento militar, donde armó una gran tienda para los cultos. Después reunió dinero y levantó un templo, donde celebró mil quinientos cultos durante la guerra. Una persona que lo conocía, comentó su modo de actuar de la siguiente manera: “Moody parecía estar constantemente en todos los lugares, de día y de noche, los domingos y todos los día de la semana; orando, exhortando, hablando con los soldados acerca de su alma, y regocijándose por la abundante oportunidad de trabajar y de cosechar el fruto que estaba a su alcance por causa de la guerra.”

….En medio de esos grandes esfuerzos, Moody resolvió inesperadamente hacer una visita a Inglaterra. Su principal interés al llegar a Londres fue oír a Spurgeon predicar en el Tabernáculo Metropolitano. El ya había leído mucho de lo que el “Príncipe de los predicadores” había escrito, pero allí pudo verificar que la gran obra no era de Spurgeon, sino de Dios, y salió de allí con una visión distinta.
También visitó a Jorge Müller y a su orfelinato en Bristol. Desde aquel momento la autobiografía de Müller ejerció tanta influencia sobre él, como antes lo había hecho “El peregrino” de Bunyan. Sin embargo, lo que en ese viaje llevó a Moody a buscar definitivamente una experiencia más profunda con Cristo, fueron estas palabras proferidas por un gran ganador de almas de Dublin, Enrique Varley: “EL MUNDO TODAVIA NO HA VISTO LO QUE DIOS HARA CON, PARA, Y POR EL HOMBRE QUE SE ENTREGUE ENTERAMENTE A EL.” Moody se dijo a sí mismo: “El no dijo ‘por un gran hombre’, ni ‘por un sabio’, ni ‘por un rico’ ni ‘por un elocuente’, ni ‘por un inteligente’, sino simplemente ‘por un hombre’. Yo soy un hombre y cabe al hombre solamente resolver si desea o no consagrarse de esa manera. Estoy resuelto a hacer todo lo posible para ser ese hombre.” A pesar de todo, después de volver a la América, Moody continuaba esforzándose y empleando los métodos terrenales. Fue en esa época, en el año 1871, que la ciudad de Chicago quedó reducida a cenizas debido a un pavoroso incendio.
En la misma noche en que se inició aquel pavoroso incendio, Moody había predicado sobre este tema: “¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?” Al concluir su sermón, le dijo al auditorio, el mayor al cual había predicado en Chicago: “Quiero que llevéis este texto a casa y lo meditéis bien durante la semana, y el domingo próximo iremos al Calvario y a la cruz, y resolveremos lo que haremos de Jesus de Nazaret.”
“¡Cómo me equivoqué!” dijo Moody después. “No me atrevo más nunca a conceder una semana de plazo al perdido para que decida sobre su salvación. Si se pierden, serán capaces de levantarse contra mí el día del juicio. Recuerdo bien cómo cantó Sankey y cómo sonó su voz cuando llegó a la estrofa del llamado: ‘El Salvador llama para el refugio; Rompe la tempestad y pronto viene la muerte.’
“Nunca más volví a ver a aquel auditorio. Aún hoy deseo llorar. . . Prefiero tener mi mano derecha amputada, antes que conceder al auditorio una semana para decidir qué hará de Jesús. Muchos me censuraron diciendo: ‘Moody, usted quiere que el pueblo se decida inmediatamente. ¿Por qué no les da tiempo para que lo consideren?’
“He pedido a Dios muchas veces que me perdone por haber dicho aquella noche que podían pasar ocho días considerando el asunto, y si El me conserva la vida, no lo volveré a hacer.”
El gran incendio rugió y amenazó durante cuatro días. Consumió Farwell Hall, el templo de Moody, y su propia residencia. Los miembros de la iglesia fueron todos dispersos. Moody reconoció que la mano de Dios lo había castigado para enseñarle, y eso se volvió para él un motivo de grande regocijo.

Fue a Nueva York a fin de conseguir dinero para los damnificados del gran siniestro. Acerca de lo que pasó allí, él escribió lo siguiente: “Yo no sentía en mi corazón ningún deseo de solicitar ese dinero. Todo el tiempo yo clamaba a Dios pidiendo que me llenase de su Espíritu Santo. Entonces, cierto día, en la ciudad de Nueva York — ¡qué día!— No puedo describirlo, ni quiero hablar del asunto; fue una experiencia casi demasiado sagrada como para ser mencionada.
“El apóstol Pablo tuvo una experiencia acerca de la cual no habló durante catorce años. Sólo puedo decir que Dios se me reveló y tuve una experiencia tan grande de su amor, que tuve que rogarle que retirase de mí su mano. Volví a predicar. Mis sermones no eran diferentes; yo no presentaba otras verdades; sin embargo, centenares de personas se convertían. ¡No quiero volver a vivir de nuevo como viví otrora, aun cuando pudiese poseer el mundo entero!”

A Moody no le gustaba usar métodos sensacionales, sino que empleó siempre los mismos métodos humildes hasta el fin de su vida; el sermón dirigido directamente a sus oyentes; la aplicación práctica del mensaje del evangelio a la necesidad individual; solos cantados bajo la unción del Espíritu; la invitación para que el perdido aceptase a Cristo y se entregase a El inmediatamente; una sala contigua adonde llevaba a los que tenían “dificultades” para aceptar a Cristo; la obra de seguimiento que los creyentes hacían después entre los “interesados” y los recién convertidos; y diariamente una hora de oración al medio día y cultos que duraban el día entero.
El propio Moody dijo lo siguiente: “Si estamos llenos del Espíritu y de poder, un día de servicio vale más que un año de servicio sin ese poder.”

En Inglaterra, las ciudades de York, Sunderland, Bishop, Auckland, Carlisle y Newcastle fueron vivificadas como en los días de Whitefield y Wesley. En Edimburgo, Escocia, los cultos se celebraron en el mayor edificio y “la ciudad entera fue conmovida”. En Glasgow, la obra comenzó con una reunión de maestros de Escuela Dominical, a la cual asistieron más de tres mil personas. El culto de la noche fue anunciado para las seis y media, pero mucho antes de la hora anunciada, el gran edificio ya estaba repleto, y la multitud que no pudo entrar, fue llevada a las cuatro iglesias más próximas. Esa serie de cultos transformó radicalmente la vida diaria del pueblo. En la última noche Sankey cantó para 7.000 personas que estaban dentro del edificio, y Moody, que estaba del lado de afuera, sin poder entrar, se subió a un carruaje y predicó a 20.000 personas que se hallaban congregadas del lado de afuera. El coro dirigió los himnos desde encima de un galpón. En un solo culto más de 2.000 personas respondieron al llamado para entregarse definitivamente a Cristo.

Cuando Moody salió de los Estados Unidos en 1873, se le conocía sólo en algunos estados de la Unión, y era conocido solamente como obrero de la Escuela Dominical y de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Pero cuando regresó de la campaña efectuada en Inglaterra en 1875, era conocido como el más famoso predicador del mundo. No obstante, él continuó siendo el mismo humilde siervo de Dios. Fue así cómo una persona que lo conocía íntimamente, describió su personalidad: “Creo que él era la persona más humilde que yo haya conocido jamás. . . El nunca fingió humildad. En lo más íntimo de su corazón se rebajaba a sí mismo y engrandecía a los demás. Destacaba a otros hombres y, si era posible, se las arreglaba para que ellos predicasen. . . hacía todo lo posible para permanecer ignorado.”

Durante la Exposición Mundial, el día designado en honor de la ciudad de Chicago, todos los teatros de la ciudad cerraron porque se esperaba que todo el mundo fuese a la Exposición, que quedaba a seis kilómetros de distancia. Sin embargo, Moody alquiló el Central Music Hall, y R. A. Torrey testificó que la asistencia era tan grande, que él solamente logró entrar por una ventana del fondo del edificio. Los cultos de Moody continuaron siendo tan concurridos, que la Exposición Mundial tuvo que dejar de abrir sus puertas los domingos por falta de público.

Enrique Moorehouse, predicador escocés, da la siguiente opinión acerca de los discursos de Moody:
“El cree firmemente que el evangelio salva a los pecadores, cuando ellos creen y confían en la sencilla historia del Salvador crucificado y resucitado.
“Espera la salvación de almas, cuando predica.
“Predica como si nunca más hubiese de realizarse otro culto y como si los pecadores nunca más tuviesen la oportunidad de oír el evangelio. Sus llamados a tomar una decisión ahora mismo, son conmovedores.
“Consigue llevar a los creyentes a trabajar con los interesados después del sermón. Insiste en que pregunten a los que están sentados al lado si son salvos o no. Todo en su obra es muy sencillo, y aconsejo a los obreros de la cosecha del Señor que aprendan de nuestro amado hermano algunas de las lecciones preciosas sobre la obra de ganar almas.”

A pesar de que Moody no tuvo una instrucción académica, reconocía el gran valor de la educación y siempre aconsejaba a los jóvenes que se preparasen para manejar bien la Palabra de Dios. Reconocía la gran ventaja de la instrucción para aquellos que también predican en el poder del Espíritu Santo. Todavía existen tres grandes monumentos referentes a sus convicciones en ese punto — las tres escuelas que él fundó:
(1) El Instituto Bíblico de Chicago, con 38 edificios y 16.000 alumnos matriculados en las aulas diurnas, nocturnas y en los cursos por correspondencia.
(2) El Seminario Northfield, con 490 alumnos.
(3) La Escuela de Monte Hermón, con 500 alumnos.
Sin embargo, no nos engañemos como se engañaron algunos de esos alumnos, y algunos de nosotros mismos, pensando que el gran poder de Moody era más intelectual que espiritual. Sobre este punto él mismo hablaba con énfasis. Para mayor claridad de lo antes expuesto, citamos lo siguiente, tomado de sus “Breves charlas”: “No conozco nada más importante que precise América, que hombres y mujeres inflamados con el fuego del cielo; nunca he encontrado a un hombre o a una mujer inflamados con el Espíritu de Dios que fracasasen. Creo que, realmente, eso es imposible; tales personas nunca se sienten desanimadas. Avanzan más y más, y se animan más y más. Amados míos, si no habéis obtenido esa iluminación, tratad de adquirirla orando: `¡Oh Dios, ilumíname con tu Espíritu Santo!’ “

Contemplemos de nuevo por un momento, la vida extraordinaria de este gran conquistador de almas. Cuando el joven Moody lloraba, quebrantado bajo el poder de lo alto, en la predicación del joven Spurgeon, fue inspirado a exclamar: “¡Si Dios puede usar a Spurgeon, El puede usarme a mí también!”
La biografía de Moody es la historia de cómo él vivía completamente sometido a Dios para ese fin. R. A. Torrey dijo: “El primer factor por cuyo motivo Moody fue un instrumento tan útil en las manos de Dios, es que era un hombre enteramente sometido a la voluntad divina. Cada gramo de aquel cuerpo de 127 kilos pertenecía al Señor; todo lo que él era y todo lo que tenía pertenecían enteramente a Dios… Si nosotros, usted y yo, queremos ser usados por Dios, tenemos que someternos a El absolutamente y sin reserva.”

Estimado lector, decídase ahora, con la misma determinación y mediante el auxilio divino: “Si Dios pudo usar a Dwight Lyman Moody, El puede usarme a mí también.” ¡Que así sea!

Relato biográfico extraído del libro “Biografía de Grandes Cristianos” de Orlando Boyer

Libros de D. L. Moody en PDF 

( Haz clic en la portada de los libros)

El Camino hacia Dios

El Camino Hacia Dios PDF

Gracia Soberana

Gracia Soberana en español PDF

Pincha la foto y descarga el libro en PDF

La Oración que Prevalece PDF

Anuncios

Acerca de diariosdeavivamientos

Compartiendo las gloriosas páginas de la Historia de la Iglesia.
Esta entrada fue publicada en Libros PDF para descargar, Uncategorized y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a D. L. Moody

  1. Francisco Bacilio dijo:

    Gracias de verdad, ha sido de gran bendición no sólo a mí vida sino de aquellos que Dios me ha concedido escuchar lo que he aprendido de estas publicaciones. Gracia, paz y misericordia

    Le gusta a 1 persona

    • Saludos fraternales Francisco, que disfrute de la buena lectura y sea de provecho para su alma y la de los que le rodean. Gracias por acompañarnos.

      Me gusta

      • Francisco Cerda dijo:

        Queridos hermanos,al fin he encontrado una mina rica en conocimiento.la voy a explotar al máximo para sacarle el mayor provecho,en beneficio de todos los santos.Gracias sean dadas a Dios,por la noble labor de compartir estas joyas con nosotros.Dios me los bendiga ahora y siempre. Fc

        Me gusta

      • Saludos Francisco, no se olvide de mirar la sección Libros Cristianos en PDF (en la parte frontal del blog, debajo de la imagen grande) allí encontrará mas tesoros de la literatura. Que siga disfrutando de la buena lectura, bendiciones!.

        Me gusta

  2. monica dijo:

    Excelentemente edificante! Gracias por tamaña riqueza. Dios los siga bendiciendo.

    Me gusta

Nos gustaría saber tu opinión! Escribe un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s