¿Qué es la conversión? – Libros PDF – por C. H. Mackintosh

 ¿Qué es la conversión?

por C. H. Mackintosh

 

“Nadie ha nacido siendo un Cristiano, en el sentido divino de esa palabra. Tampoco nadie puede ser educado para entrar al Cristianismo. Es un error fatal, un engaño mortal, un embuste del enemigo de las almas, que alguno piense que puede ser un Cristiano, ya sea por nacimiento o por educación, o que puede ser hecho un Cristiano por el bautismo en agua, o por cualquier ceremonia religiosa de cualquier clase. Un hombre llega a ser un Cristiano solamente siendo convertido divinamente. Qué es esta conversión, lo veremos en el curso de nuestro presente estudio. Sobre lo que quisiéramos insistir, en el comienzo mismo, y llamar fervientemente la atención de todos aquellos que puedan estar interesados, es sobre la necesidad urgente y absoluta, en todos los casos, de una verdadera conversión a Dios.

Una persona inconversa, cualquiera o quienquiera que sea, tiene la muerte, el juicio, y el lago de fuego delante de ella, y cada latido de su pulso le acerca más y más a esas horribles realidades. No es más seguro que el sol se levante, en un cierto momento, mañana por la mañana, que el lector deba, antes que pase mucho tiempo, pasar a la eternidad; y si su nombre no está en el libro de la vida – si no es convertido – si no es de Cristo, él será, ciertamente, juzgado conforme a sus obras, y la consecuencia cierta de aquel juicio será el lago que arde con fuego y azufre, y eso a través de tiempos interminables de una eternidad oscura y tenebrosa. ¡Oh! ¡la terrible monotonía del infierno!

El lector puede maravillarse quizás por extendernos tan largamente sobre este terrible tema. Puede sentirse dispuesto a preguntar, «¿Convertirá esto a las personas?» Respondemos: si esto no las convierte, las puede conducir a ver su necesidad de conversión. Puede conducirlas a ver su inminente peligro. Puede inducirlas a escapar de la ira venidera. ¿Por qué el bendito apóstol disertó ante Félix sobre el asunto del “juicio venidero”? Ciertamente para que pudiese persuadirle a volverse de sus malos caminos y su mala vida. ¿Por qué nuestro bendito Señor insistió tan constantemente sobre Sus oidores acerca de la realidad solemne de la eternidad? ¿Por qué Él habló tan a menudo del gusano que no muere y del fuego que no puede ser apagado? Ciertamente fue con el propósito de despertarles para que tuviesen conciencia de su peligro, para que ellos pudiesen huir en busca de refugio para asirse (echar mano) de la esperanza puesta ante ellos. ¿Somos nosotros más sabios que Él? ¿Somos más tiernos? ¿Hemos descubierto algún modo mejor para convertir personas? ¿Hemos de tener temor de insistir a nuestros lectores u oidores acerca del mismo tema solemne sobre el que nuestro Señor insistió sobre los hombres de Su tiempo? ¿Tenemos que evitar ofender oídos amables mediante la llana declaración de que todos los que mueren inconversos deben inevitablemente estar de pie ante el gran trono blanco, y pasar al lago de fuego? ¡Dios no lo permita! Exhortamos solemnemente al lector inconverso en este nuestro artículo para que fije su atención a la cuestión importantísima de la salvación de su alma. Que ni las preocupaciones, ni los placeres, y tampoco los deberes lo mantengan ocupado de tal manera que oculte de su vista la magnitud y la profunda seriedad de este asunto. “Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma?

¿es posible que nosotros seamos demasiado fervientes, demasiado vehementes, demasiado inoportunos insistiendo ante toda alma inconversa con la cual podemos ponernos en contacto, ya sea por medio de nuestra voz o de nuestra pluma, acerca de la necesidad indispensable, en este mismo momento, de huir de la ira venidera, huyendo hacia aquel bendito Salvador quien murió en la cruz para nuestra salvación; quien está con los brazos abiertos para recibir a todo aquel que viene; y quien anuncia Su propia dulce y preciosa gracia, “Al que a mí viene, de ningún modo le echaré fuera.”? (Juan 6:37 – RVR77).

Yo puedo ser una persona de una ética irreprensible; de una reputación sin mancha; un elevado profesante de la religión; un trabajador en la viña; un maestro de Escuela Dominical; puedo ostentar un cargo en alguna rama de la iglesia profesante; puedo ser un ministro ordenado; un diácono, anciano, pastor u obispo; un individuo muy caritativo; un munificente donante a instituciones religiosas y de beneficencia; respetado, buscado, muy demandado, y reverenciado por todos debido a mi valor personal e influencia moral. Yo puedo ser todo esto y más; puedo ser, y puedo tener, todo lo que es posible que un ser humano sea o tenga, y con todo, no ser convertido, y por ello estar fuera del reino de Dios, y en el reino de Satanás, en mi culpabilidad, y en el camino ancho que conduce directamente hacia abajo, al lago que arde con fuego y azufre.

“Si no os convertís . . . , no entraréis en el reino de los cielos.” Esto se aplica, con igual fuerza, al degradado borracho que rueda a lo largo de la calle, peor que una bestia, y al buen temperante o abstemio inconverso que se enorgullece de su sobriedad, y que se está jactando perpetuamente del número de días, semanas, o años durante los cuales él se ha abstenido de toda bebida embriagadora. Ambos están igualmente fuera del reino de Dios; ambos en sus pecados; ambos están de camino a la destrucción eterna.

Cuán importante es, entonces – sí, cuán trascendental es la pregunta para cada uno, «¿Soy yo convertido?»

Un religioso devoto cuya vida es gastada en vigilias, ayunos, oraciones, auto-mortificaciones y actos de misericordia, puede ser tan completamente inconverso, estar tan lejos del reino de Dios como el incauto cazador de placeres, que gasta su vida completa en la prosecución de objetos tan inservibles como la hoja marchita o la mustia flor. Los dos caracteres, sin duda, se diferencian ampliamente – tan ampliamente, quizás, como dos cosas se pueden diferenciar. Pero ambos son inconversos, ambos están fuera del bendito círculo de la salvación de Dios, ambos en sus pecados. Es verdad, uno está empeñado en “malas obras”, y el otro en “obras muertas”; ambos están fuera de Cristo; no son salvos; están en camino a la miseria sin esperanza e interminable. El uno, tan ciertamente como el otro, si no son convertidos en forma salvadora, hallarán su porción en el lago que arde con fuego y azufre. De nuevo, la conversión no es que uno se cambie de un sistema religioso a otro. Un hombre puede volverse del Judaísmo, Paganismo, de la religión Musulmana, o Catolicismo, al Protestantismo, y sin embargo, ser totalmente inconverso…La conversión no es unirse a un sistema religioso, por muy puro que sea ese sistema, por muy sano, por muy ortodoxo. Un hombre puede ser un miembro del cuerpo religioso más respetable que pueda existir a todo lo largo y ancho de la Cristiandad, y sin embargo ser un hombre inconverso, no salvo, en su camino a la eterna perdición.

¿De qué le sirve, podemos lícitamente preguntar, un sistema religioso o un credo teológico a un hombre que no tiene ni una sola chispa de vida divina? Los sistemas y los credos no pueden dar vida, no pueden salvar, no pueden dar vida eterna. Un hombre puede trabajar en su maquinaria religiosa como un caballo en un molino, dando vueltas y vueltas, de un fin de año a otro, partiendo justo del lugar donde antes había comenzado, en una deprimente monotonía de obras muertas. ¿Qué valor tiene todo esto? ¿Qué resulta de todo esto? ¡Muerte! Sí; y entonces, ¿qué? ¡Ah! esa es la pregunta. ¡Quisiera Dios que el peso y la seriedad de esta pregunta fuese más plenamente comprendida!

Una persona puede estar intelectualmente encantada – casi extasiada con las gloriosas doctrinas de la gracia, un evangelio pleno, libre, la salvación sin obras, la justificación por fe; en resumen, todo lo que hace a nuestro glorioso Cristianismo Neo-Testamentario. Una persona puede profesar creer y deleitarse en esto; incluso puede llegar a ser un poderoso escritor en defensa de la doctrina cristiana, un ferviente predicador elocuente del evangelio. Todo esto puede ser verdad, y con todo, el hombre puede estar completamente inconverso, muerto en delitos y pecados, endurecido, engañado y destruido por su misma familiaridad con las preciosas verdades del evangelio – verdades que nunca han ido más allá de la región de su entendimiento – que nunca alcanzaron su conciencia, nunca tocaron su corazón, nunca convirtieron su alma.

¡Oh! lector, quienquiera que tú seas, te rogamos, pon tu atención fija en estas cosas. No descanses, ni por una hora, hasta que estés seguro de tu genuina, inequívoca, conversión a Dios.”

Libros de Charles Henry Mackintosh en PDF para descargar, hacer clic en las portadas        ( Libros de la Editorial Verdades Preciosas – página web recomendada)

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Acerca de diariosdeavivamientos

Un hermano simplemente, que anhela ser siervo de los siervos de mi Señor, dando de gracia lo que de gracia he recibido. Miembro de la Iglesia, la que está formada por todos aquellos que en cualquier lugar del mundo invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, independientemente de la denominación que sean. Combatiendo ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos, pero no combatiendo contra los hermanos, sino junto a los hermanos. Conozco a Cristo, pobre y crucificado, no necesito más nada.
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2 respuestas a ¿Qué es la conversión? – Libros PDF – por C. H. Mackintosh

  1. María Rosa dijo:

    MUCHAS GRACIAS POR LA FACILIDAD QUE NOS DAN PARA OBTENER LITERATURA CRISTIANA, ES UNA GRAN BENDICIÓN, SIGAN COLABORANDO CON LA OBRA DE DIOS PARA SEGUIR EDIFICÁNDONOS EN LA PALABRA DE NUESTRO DIOS. MUCHAS BENDICIONES HERMANOS.

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  2. Reblogueó esto en Luz para las Naciones Internacionaly comentado:
    Siguen las bendiciones para tu biblioteca! Léelos detenidamente y encontrarás mucha bendición!

    Agradecemos a diarios de avivamientos que lo ha hecho posible.

    Cecilia Eugenia Peraza Salazar
    Arquitecto Misionero y Pastora Asesora
    Celular 503 71400997

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