Aprendiendo el Evangelio – Capítulo 6 – La Ira de Dios, el castigo del pecado…y del pecador

Juan 3:36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.

 

PELIGRO - CONDENACIÓN ETERNA

Comúnmente evitamos pensar o hablar acerca de la ira de Dios, es un tema que nos incomoda, ya sea porque nos gusta más enfatizar que Dios es amor o porque nos cuesta imaginarnos a Jesús airado. Pero, así como el Dios Todopoderoso ama la justicia también aborrece el pecado; y como perdona al que se arrepiente también castigará al que menosprecie a su Hijo. Dios es uno, y actúa como tal, su misericordia no anula su justicia, ni su bondad anula su rectitud, su naturaleza no entra en conflicto jamás. La Biblia no dice que Dios tiene amor, dice que Dios es amor; no dice que Dios tiene bondad, dice que Dios es bueno, no dice que Dios tiene justicia sino que es justo. Para que lo entendamos de una forma más sencilla: Dios no se saca el traje de justicia para ponerse el de misericordia o viceversa, Dios es inmutable, siempre amor, siempre justo, siempre santo, siempre soberano, siempre bueno, siempre fiel. El Señor del Nuevo Testamento no es más bueno que el Jehová del Antiguo Testamento. Jesús no es más bueno que el Padre, ni el Espíritu Santo es más bueno que el Hijo, los tres son uno y el mismo Dios; tres personas, una esencia inmutable.

Hoy es tiempo de la misericordia, de la Gracia, es verdad, pero la Gracia se fundamenta sobre la Justicia. El perdón se fundamenta sobre la sangre de Cristo derramada en expiación. Nuestra salvación y paz se fundamentan sobre el duro castigo y la devastadora ira divina que cayó sobre Cristo.

Isaías 53:5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

O como dice otra traducción:

Isaías 53:5 Él fue traspasado por nuestras rebeliones, y molido por nuestras iniquidades; sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz, y gracias a sus heridas fuimos sanados.     (Traducción NVI)

Fue para cumplir la justicia divina que Jesús vino y murió en la Cruz, no para pasarla por alto. La única forma en que nosotros fuésemos salvos era que Jesús satisficiese la justicia divina, es decir, que el castigo de la ira divina cayese sobre Él y no sobre nosotros. Dijimos anteriormente que Jesús vino a librarnos de su propia ira, pues

 Juan 5:22 Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo.

Apocalipsis 6:16-17 y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

Todo aquel que no se arrepienta de sus pecados, menospreciando así la Gracia de Dios, quedará fuera de la justificación de Cristo y quedará bajo la aplastante justicia de Cristo. El justo juicio divino exige la condenación del pecador no arrepentido.

Romanos 2:4-11 ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?  Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,  el cual pagará a cada uno conforme a sus obras:  vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,  pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;  tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego,  pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios.

Ya que el pecado no es una simple transgresión de la Ley de Dios, ni una travesura, sino un caminar de espaldas a Dios, una elección de nuestra propia voluntad oponiéndonos obstinadamente con ello a la voluntad del Creador; no podemos esperar que este abierto desafío a la soberanía de Dios tenga como consecuencia una simple reprimenda.

2 Tesalonisenses 1:7-9…cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.

No podemos engañarnos, el pecado del ser humano, nuestro pecado (sea cual sea su tamaño según nuestro parecer), solo tiene una consecuencia irreversible e inapelable: la condenación eterna, el alejamiento del alma de la presencia de su Creador, la más miserable y absoluta condenación espiritual por toda la eternidad.

“Así todos los que de ustedes nunca han pasado por un gran cambio de corazón, por el gran poder del Espíritu de Dios sobre sus almas; todos los que de ustedes nunca han nacido de nuevo, ni han sido hechos nuevas criaturas, ni han sido levantados de la muerte en el pecado a un nuevo estado, ni han experimentado la luz y la vida, están en las manos de un Dios airado.”    (Jonathan Edwards – Sermón: Pecadores en manos de un Dios airado)

La muerte eterna no es un dejar de existir, sino un existir bajo la eterna ira de Dios, apartados y malditos por Él; esto es peor que cualquier castigo o tormento imaginable.

Un no creyente podría responder a esto diciendo:Bien, yo no creo en Dios y no le obedezco, es decir vivo ahora mismo alejado de Dios, y sin embargo no me parece esto tan terrible, vivo y disfruto de la vida igualmente sin preocuparme. Entonces… ¿qué miedo podría darme vivir alejado de Dios por toda la eternidad?”

Una respuesta así podría dejarnos pensativos, en cierta manera es un razonamiento lógico. Claro que tal persona debería reflexionar sobre dos cosas fundamentales: En primer lugar, que no es lo mismo que nosotros vivamos alejados de Dios, a que Dios nos aleje de sí. Mientras el hombre vive en este mundo, vive rodeado de la misericordia y la paciencia de Dios (aunque no sea consciente de ello). Seguramente no lo sabe, pero sin duda alguien intercede a Dios por él en oración, un familiar, un amigo, un vecino, una congregación cercana, o desde otros países alguien ora por la nación, la ciudad o el pueblo donde vive. Hay un manto de oración que cubre este mundo, nosotros mismos somos el objeto de oraciones que ni siquiera nos imaginamos; y a su vez nosotros sentimos carga de oración y pasión por almas que tampoco conocemos e intercedemos ante Dios por ellas, y la mayoría de estas acciones solo se sabrán en la eternidad. Por lo tanto, en este mundo nadie vive alejado verdaderamente de Dios como él pueda creerse. Vive de espaldas a Dios, sí, vive caminando hacia el abismo en dirección contraria al cielo de gloria, es verdad; pero mientras tenga vida puede que se le conceda una oportunidad de volverse a su Creador. Mientras esté en este mundo, aún en lo más profundo del lodo del pecado, la misericordia de Dios puede alcanzarle en cualquier momento; la voz del Espíritu Santo puede hablarle a su conciencia trayéndole convicción de pecado y haciéndole volver en sí como al hijo pródigo. En este mundo el hombre puede alejarse de Dios cuanto quiera pero sin duda no irá muy lejos, a donde vaya encontrará una palabra, una oración, un testimonio, un versículo o a la misma creación proclamándole la existencia del Creador.

“Ahora Dios está presto a tener piedad de ti; este es un día de misericordia; puedes gritar ahora con el aliento de obtener misericordia. Pero cuando el día de misericordia pase, tus gritos y chillidos de lamento y dolor serán en vano; estarás enteramente perdido y alejado de Dios, como para que nadie se interese en tu bienestar. Dios no tendrá otra cosa que hacer contigo que ponerte a sufrir miseria; no continuarás en existencia para otro fin que no sea ese; porque serás un vaso de ira preparado para destrucción; y no habrá otro uso para este vaso, que ser llenado a plenitud de ira.” (Jonathan Edwards – Sermón: Pecadores en manos de un Dios airado)

En esta tierra hay maldad, perversidad y ocurren hechos terribles que nos hacen expresar “¡esto es un infierno!”, pero todos ellos juntos no pueden darnos ni siquiera una idea de lo que es la condenación eterna, la ausencia total de esperanza, misericordia o perdón de Dios. No olvidemos que en este mundo todavía está la sal, la luz y la intercesión de una Iglesia que impide que esto se corrompa totalmente, el Reino de Dios se ha acercado al ser humano y se extiende por toda nación para que las almas sean trasladadas de las tinieblas a la luz admirable de Jesucristo. Hoy es tiempo de misericordia. Pero cuando se cumpla el plazo para cada ser humano en esta vida temporal ya no habrá lugar para la compasión divina, solo habrá lugar para la ira…la ira del Cordero.

Debería por tanto, en segundo lugar, el hombre incrédulo, reflexionar o al menos tratar de hacerse una idea de lo que significa esa ira. El no poder sostenerse ante la mirada del Juez Supremo cuando en el Día del Juicio le pida cuenta de sus actos y rebeldías,

Job 9:2-3 Ciertamente yo sé que es así; ¿Y cómo se justificará el hombre con Dios? Si quisiere contender con él, no le podrá responder a una cosa entre mil.

No podrá, el pecador, siquiera abrir la boca para decir palabra, pues todas sus excusas se desvanecerán ante la terrible evidencia de su pecado. Jesús nos advirtió de ello:

Mateo 22:11-13 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

Entonces, desesperadamente buscará con la mirada a los que un día oraron por él, a los que un día le predicaron el Evangelio de la Gracia, y allí los verá con sus vestiduras blancas resplandecientes y con la paz desbordando en sus rostros

Apocalipsis 3:5 El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.

Luego se mirará a sí mismo y verá su desnudez, su miseria, y su inmundicia, y recordará la oportunidad que tuvo en la tierra de cambiar el rumbo de su vida y la menospreció. Tal vez, golpeen entonces en su conciencia estas palabras:

Apocalipsis 3:17-18 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

Y por último mirará al Soberano Cristo, y esperará recibir de sus labios una absolución. Pero esa boca que una vez se abrió para decir:

Juan 10:10…yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.

ahora se abrirá para pronunciar la terrible sentencia:

Mateo 25:41 Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.

….malditos…. se nos hace duro escuchar esta expresión de los labios de quien proclamó perdón y amor; pero la realidad es que el ofrecimiento de perdón y el amor tienen un momento específico en la vida del hombre, y si este lo rechaza deliberadamente solo queda lo que expresó el apóstol Pablo:

Hebreos 10:26-27 Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios.

Dios, que es en extremo justo, no tolera el pecado en ninguna de sus formas, y quien no renuncia al pecado en esta vida se declara abiertamente adversario de Dios y será destinatario de su ira.

“Es una ira eterna. Sería terrible sufrir este furor y esta ira del Dios Todopoderoso por un momento; pero debes sufrirla por toda la eternidad. No habrá fin para esta aguda y horrible miseria. Cuando mires hacia delante, mirarás una duración infinita ante ti, la cual tragará tus pensamientos, y sorprenderá tu alma; y estarás absolutamente desesperado de no tener liberación, de no tener fin, de no mitigar, de no tener reposo del todo. Conocerás ciertamente que deberás consumirte luchando contra esta venganza todopoderosa y ausente de misericordia durante largas edades, millones de millones de edades. Y cuando así lo hayas hecho, cuando esas tantas edades hayan pasado sobre ti de esa manera, conocerás que eso es sólo un punto de lo que queda. De manera que tu castigo será verdaderamente infinito. ¡oh, quién puede expresar cuál es el estado del alma en tales circunstancias! Todo lo que podamos decir acerca de ello solamente da una representación muy débil; es inexpresable e inconcebible, porque “¿quién conoce el poder de la ira de Dios?”    (Jonathan Edwards, Sermón: Pecadores en manos de un Dios airado)

¡Cuantos finales trágicos se evitarían si las señales de peligro fuesen correctamente colocadas, visibles y obedecidas! No te enojes, por tanto, contra aquellos que te advierten del peligro de la condenación eterna, obedece a la señal y no tendrás que lamentar un daño irreparable. 

Artículo perteneciente a Diarios de Avivamientos – editado por Gabriel E. Llugdar

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