Convicción de pecado: la música que ya no se escucha sonar en nuestras congregaciones

Te rogamos primeramente considerar el siguiente vídeo:

“Cuando arribamos nos encontramos que la espaciosa sala de la parte delantera de la casa se encontraba abarrotada de gente. El señor Gillett miró a la multitud sorprendido y con manifiesta agitación, pues se dio cuenta de que la reunión estaba compuesta por muchos de los más inteligentes e influyentes miembros de su congregación, y que estaba especialmente constituida por el primer rango de los hombres jóvenes del lugar. Teníamos pocos instantes intentando conversar con los asistentes cuando noté enseguida que el sentimiento era tan profundo que había el riesgo de un estallido emocional casi incontrolable. Fue por esto que le dije al señor Gillett: “No es bueno que la reunión continúe de esta manera. Haré algunas observaciones, las que les sean necesarias a estas personas, y luego las despediré; mandándoles a que supriman sus sentimientos, para que de esa manera no se produzcan clamores en las calles cuando se conduzcan a casa”.

No se hizo o dijo nada como para crear tal agitación en la reunión. El sentir fue espontáneo. La obra era tan poderosa que tan solo unas pocas palabras podían hacer que los más fornidos de los hombres se retorcieran en sus asientos como si una espada les hubiera traspasado el corazón. Para alguien que jamás ha visto una escena semejante quizás resulte imposible entender el tremendo poder que tiene a veces la verdad en manos del Espíritu Santo. La verdad se había constituido, de hecho, en una espada de dos filos. El poder que ésta produce cuando es presentada como escrutadora en unas pocas palabras, puede crear una angustia tal que resulta insoportable.

El señor Gillett se agitó sobremanera. Se puso pálido y dijo, con mucha agitación: “¿Qué haremos? ¿Qué haremos?” Puse mi mano sobre su hombro y le dije susurrando: “Quédese en silencio. Quédese en silencio, señor Gillett”. Luego me dirigí a los presentes en la forma más gentil y clara que pude; pidiéndoles poner su atención de manera inmediata en el único remedio disponible, asegurándoles que tal remedio era uno presente y totalmente suficiente. Les señalé a Cristo como salvador del mundo, y me mantuve en esa línea tanto como pudieron soportarlo, que de hecho fue unos pocos instantes. El hermano Gillett se agitó a tal extremo que me acerqué a él y tomándole del brazo, le dije: “Oremos”. Nos arrodillamos en medio del salón en el que nos encontrábamos y conduje la oración en una voz baja y desapasionada, mas  intercediendo ante el Salvador para que interpusiera su sangre en uno y otro lugar, para que guiara a los pecadores presentes a aceptar la salvación que Él ofrece y para que creyeran, para que así fueran salvas sus almas.

La agitación se profundizaba a cada instante, y mientras escuchaba sus sollozos, suspiros y su respirar, cerré la oración y me puse de pie súbitamente. Todos se pusieron de pie y les dije: “Ahora, por favor, vayan a casa sin hablar ni una palabra entre ustedes. No digan nada, traten de mantenerse en silencio, y no rompan en manifestaciones de sentimientos; y así, sin hablarse entre ustedes y teniendo sus sentimientos bajo control, por favor, vayan a sus habitaciones sin decir palabra”.

… Hicieron lo que les pedí y salieron sin gritar, sollozando y suspirando. Pero esos sollozos y suspiros podían escucharse a medida que iban por las calles. El señor Wright, de quien me he referido, me dijo más tarde que su angustia era tan grande que tuvo que taparse la boca haciendo uso de toda la fuerza de sus brazos hasta que llegó a casa. Permaneció en silencio hasta que cruzó la puerta del lugar donde vivía, y no pudo contenerse más. Cerró la puerta, cayó al piso y estalló en altos lamentos ante la terrible condición en la que se encontró. Esto hizo que su familia le rodeara enseguida, y la convicción se esparciera sobre ellos.

Supe después que escenas similares a esta se produjeron en varias familias. Se confirmó más tarde que varios se convirtieron en la reunión y se fueron a sus casas tan llenos de gozo que casi no podían contenerse.

A la mañana siguiente, apenas se hizo de día, la gente comenzó a llamar a la puerta del señor Gillett, pidiendo que fuésemos a visitar a sus familias, a quienes describían como inmersas en la más grande de las convicciones. Tomamos un desayuno rápido y empezamos las visitas. A penas salimos a las calles la gente corría hacia nosotros desde las casas y nos rogaban que entráramos a sus hogares. Como solo podíamos visitar un lugar a la vez, cuando entrábamos a una casa los vecinos se apresuraban a entrar y llenaban el salón más grande. En poco tiempo les dábamos instrucciones y luego nos dirigíamos a otra casa y la gente nos seguía. Encontramos que el estado de las cosas era extraordinario. La convicción era tan profunda y general que en ocasiones entrábamos a una casa y hallábamos a algunos de rodillas, a otros postrados en la alfombra, y a otros mojando las sienes de sus amigos con alcanfor y frotándoles para impedirles desmayar, pues temían por sus vidas.

Visitamos, conversamos y oramos de esta manera de casa en casa hasta el mediodía. Luego le dije al señor Gillett: “Así nunca terminaremos, debemos tener una reunión para aquellos que estén preocupados por sus almas. No podemos ir de casa en casa; y no podemos satisfacer las necesidades de todos”. Él estuvo de acuerdo, pero se levantó la cuestión de dónde realizar tal reunión. Un señor de apellido Flint, quien era un hombre religioso, mantenía al momento un hotel en la esquina del centro del pueblo. Allí tenía un comedor largo y grande…

Vimos que la gente se apresuraba y que algunos de hecho corrían a la reunión. La gente venía de todas direcciones. Para cuando llegamos al lugar, el salón, aunque era grande, estaba lleno a su máxima capacidad. Gente de ambos sexos y de todas las edades habían abarrotado el establecimiento. Esta reunión fue muy parecida a la que habíamos tenido la noche anterior. El sentimiento era impresionante. La Palabra de Dios era verdaderamente la espada del Espíritu; y algunos hombres del más fuerte de los temples fueron de tal modo atravesados por las observaciones hechas que se encontraron incapaces de sostenerse y debieron de ser llevados a casa por sus amigos. Esta reunión duró hasta casi llegada la noche y tuvo como resultado un gran número de conversiones llenas de esperanza, y fue el medio para extender la obra grandemente hacia todos lados.” (Relatos extraídos de Las Memorias de Charles Finney)

Estimado hermano ¿está sonando en tu congregación la música de los genuinos avivamientos? ¿se escuchan los llantos por la convicción de pecado o solo las risas del entretenimiento? …. Te animamos a consagrarte a la oración ferviente, a solas con tu Salvador, para que en Su misericordia avive la Iglesia en estos tiempos de frialdad. Sin importar que nadie se una a tu causa, persevera en la oración, pues una sola antorcha encendida es suficiente para encender un gran fuego.

Grandes Avivamientos de la historia

 

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8 respuestas a Convicción de pecado: la música que ya no se escucha sonar en nuestras congregaciones

  1. Me estremece hasta el ser interior, tiemblo literalmente cuando leo acerca de lo que el Espiritu Santo ha realizado a traves del tiempo, y lloro anhelando una visitacion del Señor de semejante naturaleza. !!Oh Dios visitanos no tardes, manifiesta oh Señor tu poder, inflama nuestro corazon, concedenos mas compasion, gocemos dulce comunion, si, demuestra oh Señor tu poder!!

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  2. Jorge Espinosa/Ecuador dijo:

    Dios, que impresión “ser una antorcha” para orar por avivamientos genuinos en lugar de entretenimientos, es necesario orar para que el Señor conduzca a los pastores a predicar sin cesar sobre el pecado y sentirnos pecadores perdonados hacia una vida de santidad que conduzca a avivamiento, hermanos ese es mi sentir, por eso siento tristeza cuando asisto a las reuniones frias de domingo, nada pasa, todo sigue igual, todos se retiran hasta el proximo domingo, solo entretiene otras cosas en la iglesia pero no el avivamiento. Me siento bendecido con este tema. Bendiciones

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    • Saludos Jorge, le animamos a perseverar orando por un avivamiento en su congregación, aunque nadie quiera acompañarle en ese desafío. Una sola llama puede encender a muchos, nos unimos con usted en la intercesión. Bendiciones.

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  3. Pingback: Convicción de pecado: la música que ya no se escucha sonar en nuestras congregaciones « Ministerio Tiempo de Avivamiento - Iglesia Pentecostal Mahanaim

  4. Es de gran bendición a mi vida. El fuego que arde en mi corazón y el anhelo de su palabra. Gracias hermano de AVIVAMIENTO.

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  5. Esmilia dijo:

    Bendiciones!!! gracias a Dios por ustedes, gracias a Dios que aun hay cristianos que buscan de todo corazón a Dios, mi congregación vive una frialdad que duele!!! animemos nos los unos a los otros….en estos tiempos tan dificiles

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