Auméntanos la fe

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Lucas 17:5-6 Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. Entonces el Señor dijo: Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podríais decir a este sicomoro: Desarráigate, y plántate en el mar; y os obedecería.

Es un versículo sorprendente y desafiante. Habremos escuchado, seguramente, muchos sermones hablando de las cosas poderosas que un hombre de fe puede hacer; pero difícilmente habremos visto a algún predicador dando una orden a un árbol, y mucho menos ver como el árbol se tira de cabeza al mar. El Señor no dijo que hacía falta una fe del tamaño de un melón, sino solamente del tamaño de una diminuta semilla. Pero nos surge la pregunta de por qué el Señor nos habló de mover un árbol o de mover montañas, si en la vida diaria esto no parece ser algo practicable.

Disfruto leyendo las historias de grandes evangelistas como John G. Lake, Smith Wigglesworth o María Woodworth-Etter, personas que demostraron una fe singular que los capacitó para operar milagros y hechos extraordinarios, no solo en sus campañas evangelísticas sino en la vida diaria. Pero igualmente, me indignan los tele-evangelistas actuales que usan versículos como estos para prometer a sus oyentes, mediante luz, cámara y acción;  una lluvia de milagros. Claro que la fe que exigen estos predicadores fraudulentos debe tener el tamaño de una billetera, y aunque reconozco que tienen la habilidad de desarraigar y trasladar billetes de la cuenta de sus ovejas hacia las suyas propias, no entraría esto dentro de la categoría de “milagro”.

Entre aquellos auténticos evangelistas de la sanidad de las primeras décadas del S. XX, y estos showman actuales hay una gran diferencia: los primeros nunca usaron la fe como fuente de ganancia. Algunos como John G. Lake, siendo ricos se hicieron pobres para entrar al ministerio. Pero esto es otro asunto, no es el motivo a tratar en esta meditación.

Estamos hablando de fe, la fe que no se acaba con la conversión sino que crece y necesita crecer en nuestro diario andar porque…

Hebreos 11:6  sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Galardonador, remunerador, que da recompensa, que premialos sinónimos varían según la traducción que usemos.

Así que, primeramente, debemos tener una fe como base para la justificación, la tal fe es un don de Dios…

Efesios 2:8-9 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Es una justificación que no es en base a méritos propios, no es un premio o galardón por nuestras obras,  sino , como dice el apóstol Pablo…

Gálatas 1:15 Pero cuando agradó a Dios, que me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia,  revelar a su Hijo en mí

Así que al principio nos es dada la fe: porque le agradó a Dios revelar a su Hijo en nosotros, siendo nosotros justificados no como un premio sino como un regalo. Pero luego, se nos demanda tener fe para agradar a Dios y obtener de Él galardón o premio.

Aunque suene un poco repetitivo debemos tener siempre presente esto: somos justificados por fe; esa fe es el medio por el cual recibimos la Gracia (favor inmerecido) de Cristo.  La Biblia no dice que somos justificados por una fe grande o pequeña, porque entonces sería mérito nuestro; es simplemente mediante la fe. Nadie puede decir: “no tengo fe suficiente para ser salvo“; pues no es el tamaño de la fe sino el tamaño de la Gracia lo que justifica.

Pero luego, en el caminar del cristiano, el tamaño de la fe sí importa. Para ejemplificarlo: el ladrón que fue crucificado junto a Cristo y se arrepintió de sus pecados, necesitó la misma fe que Saulo de Tarso (el luego apóstol Pablo) cuando se convirtió camino a Damasco. Los dos fueron justificados gratuitamente, no por el tamaño de su fe sino por el tamaño de la Gracia del Salvador. Ahora, nadie puede negar que el galardón será distinto para ambos, uno murió a las pocas horas de convertido y el otro llevó a cabo una tarea gigantesca por amor a Dios y fue hecho participante de los padecimientos de Cristo. Para llevar a cabo esa tarea encomendada Pablo debió crecer en fe, y por el cumplimiento fiel de esa tarea encomendada el apóstol recibirá glorioso premio en la eternidad: un premio o galardón distinto y mayor que el ladrón convertido.

1 Corintios 3:8,12 -15 Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor... Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probaráSi permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa.  Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.

La mayoría de las discusiones en las redes sociales se centran en si la salvación se pierde o no, pero ¿cuánto se discute sobre la pérdida del galardón? Claro, es más fácil discutir sobre lo teórico y lejano que sobre lo práctico y cercano, ¿quién se anima a poner sus obras sobre la mesa y decir estoy ganando o perdiendo premio? Honestamente, yo estoy convencido que soy justificado mediante la fe en la Gracia de Jesucristo, y no me quita el sueño la disputa interminable sobre la perseverancia de los santos (si es posible caer de la Gracia o no). Lo que yo no deseo es ser salvo como por fuego,  o como dice otra traducción como quien pasa por el fuego. Personalmente esto es lo que me quita el sueño, me preocupa, me confronta, me sacude. No quiero ser un árbol sin fruto, no quiero presentarme ante mi Señor con las manos vacías, no quiero que mi obra termine en cenizas cuando sea probada en los cielos, no quiero terminar mi vida terrenal como un pollo escapado del fuego…

Es el mismo Señor soberano quien nos advierte:

Apocalipsis 22:12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.

Pablo dice claramente, que la obra que el Señor nos encomienda podemos hacerla de dos maneras: de buena voluntad o de mala gana, pero una sola opción tendrá premio…

1 Corintios 9:16-17 Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio! Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada.

Ahora, ¿para qué busco un galardón?, ¿buscaré para mí una especie de enorme corona, llena de piedras preciosas, para luego pasearme por el cielo luciéndola como un cantante de reggaetón ? ¡No! No se trata de mí, o de nosotros, se trata de AMOR.

Cuando el Señor me justificó, yo vine a Él con las manos vacías, nada podía ofrecerle como pago por mis culpas. Pero cuando yo tenga que presentarme delante de Él a la luz de la eternidad, para rendir cuentas de mis obras, no quiero presentarme con las manos vacías. ¡Ay de mí si lo hiciera! ¿Es eso el fruto de mi amor por Él: manos vacías?

Parece que muchos están hoy cómodamente satisfechos creyendo que se salvarán como sea, que nunca podrán apartarse, y eso es todo lo que importa. Bueno, si yo fuera un asalariado tal vez eso sería todo lo que me importe; pero se supone que un cristiano ama a su Salvador con TODO su corazón, con TODA su alma, con TODA su mente, con TODAS sus fuerzas. ¿Y el fruto de TODO será solamente: MANOS VACÍAS?

El Señor Jesús, en esta tierra, llevó por mí (y por ti) una corona de espinas ¿Y como muestra de mi amor por Él le he de ofrendar en la eternidad una corona de hojarasca, heno o madera?, ¿no deberíamos anhelar arrojar a sus pies una de plata, oro y piedras preciosas? Y aunque esto (el material) sea metafórico, los galardones no lo serán, y más de uno verá como todo lo que hizo en esta tierra, supuestamente para Soli Deo Gloria; se quedará reducido a cenizas.

No se trata de mi galardón como salario, no se trata de devolverle nada a Dios, ni mucho menos de pagarle nada; se trata de amor: ¿Amo a mi salvación o amo a mi Salvador? Por mi salvación no tengo que hacer nada, pero por mi Salvador es mucho lo que debo hacer, literalmente es: TODO. Lo que piense mi mente, lo que sienta mi corazón, lo que anhele mi alma, lo que hagan mis manos, lo que miren mis ojos, el camino que recorran mis pies, lo que haga con mis fuerzas; TODO, debe ser hecho en esta tierra para Cristo. Pero no de cualquier modo, recordemos que nuestras obras no serán probadas por su cantidad, sino por su calidad (heno, madera, hojarasca, plata, oro, piedras preciosas). No seremos galardonados por haber hecho mucho, sino por haberlo hecho bien. Eso es amor que agrada a Dios, amor que se expresa en obras agradables, obras que son hechas mediante la fe; sin la cual es imposible agradar a Dios.  ¿Somos realmente conscientes de que debemos AGRADAR a Dios? Pues para agradar a Dios debemos crecer en fe.

Si todo lo que Cristo hizo por ti no te mueve a hacer por Él todo lo que puedas, entonces funcionarás como un parásito en la Iglesia; beneficiándote del trabajo de los demás sin aportar nada. Mientras sigas inmutable, con las manos debajo de tu cabeza, jactándote de que no necesitas hacer nada pues Cristo lo hizo todo por ti; estarás acumulando cenizas para la eternidad.

Colosenses 1:9-10 Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que andéis como es digno del Señor, AGRADÁNDOLE en todo, LLEVANDO FRUTO EN TODA BUENA OBRA, y creciendo en el conocimiento de Dios

No es precisamente fe para hacer milagros lo más urgente que necesitamos, sino la fe para andar como es digno de Él, para agradarle siempre (pues sin fe es imposible agradarle) y para llevar fruto en buenas obras.

La fe no es para conseguir lo que nosotros queremos, no es para que Dios haga lo que nosotros deseemos, no es para torcer el brazo del Señor, ni es para que hagamos nuestra voluntad. La fe que se nos demanda es aquella por medio del cual el Señor ejecutará su soberana voluntad y cumplirá sus designios en nosotros.

2 Tesalonicenses 1:11-12 Por lo cual asimismo oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os tenga por dignos de su llamamiento, y cumpla todo propósito de bondad y toda obra de fe con su poder,  para que el nombre de nuestro Señor Jesucristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, por la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Efesios 2:10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

La fe reconoce que Dios debe cumplir su propósito en nosotros mediante las obras que Él dispuso de antemano, y hace que nos rindamos a Su voluntad. Por eso “es pues la fe, la certeza de lo que se espera la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1) La fe nos permite tener la certeza de que, a pesar de la situación en la que nos encontremos, Dios cumplirá todo Su propósito en nosotros con todo Su poder. La fe que mueve montañas, es la que tiene la certeza de que el camino pasa inevitablemente por esa montaña, y que es absolutamente necesario moverla para continuar el camino. La fe no es inventar un camino nuevo, no es obsesionarse con montañas que no están en nuestro camino pero nos gustaría mover para impresionar a otros. Es sencillamente tener la convicción de que yo debo pasar por allí, y que esa montaña no me detendrá en mi cumplimiento de la voluntad de Dios.

Moisés caminó en esa fe…

Hebreos 11:27 Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible.

La fe nos hace seguir por el camino que Dios ya nos ha trazado, nos hace andar como viendo al que no se ve, pero sabiendo que Él sí nos ve a nosotros y tiene el control total de la situación en Sus manos. Lo que Moisés hizo con el pueblo de Israel fue una gran obra, pero que Dios ya había preparado de antemano para que la realizara él; no fue algo que se le ocurrió a Moisés y desarrolló su fe para hacerlo realidad. Moisés siguió el camino que Dios le trazaba, se rindió obedientemente a la voluntad de Dios; por eso la fe produce obediencia y la obediencia fe, y así van creciendo ambas. Miremos un poco más de cerca la fe de Moisés…

Éxodo 14:2-4 Dí a los hijos de Israel que den la vuelta y acampen delante de Pi-hahirot, entre Migdol y el mar hacia Baal-zefón; delante de él acamparéis junto al mar. Porque Faraón dirá de los hijos de Israel: Encerrados están en la tierra, el desierto los ha encerrado. Y yo endureceré el corazón de Faraón para que los siga; y seré glorificado en Faraón y en todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Jehová. Y ellos lo hicieron así.

Moisés no organizó una gran estrategia para sacar a Israel de Egipto, simplemente fue guiado paso a paso, y de un paso a la vez. Acabamos de leer como Dios le dice a su siervo lo que debe hacer (dar la vuelta y acampar frente al mar) y le dice claramente que Él se glorificará en esta situación, una situación que se había tornado insostenible…

Éxodo 14:9-12 Siguiéndolos, pues, los egipcios, con toda la caballería y carros de Faraón, su gente de a caballo, y todo su ejército, los alcanzaron acampados junto al mar, al lado de Pi-hahirot, delante de Baal-zefón. Y cuando Faraón se hubo acercado, los hijos de Israel alzaron sus ojos, y he aquí que los egipcios venían tras ellos; por lo que los hijos de Israel temieron en gran manera, y clamaron a Jehová. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿Por qué has hecho así con nosotros, que nos has sacado de Egipto? ¿No es esto lo que te hablamos en Egipto, diciendo: Déjanos servir a los egipcios? Porque mejor nos fuera servir a los egipcios, que morir nosotros en el desierto.

Delante: el mar, detrás: el ejército egipcio. Ese era el camino en el que el Señor había guiado a su siervo y a su pueblo. Obviamente que, si Moisés hubiese podido elegir hubiera escogido otro camino; pero la sabiduría de Dios había trazado este camino y no era el más alentador: el camino era ¡un mar! Tal es así que el pueblo se enojó, dudando de la guía  y providencia de Dios. Pero Moisés creyó en las promesas del Altísimo…

Éxodo 14:13-14 Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis. Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.

Ahora había llegado el momento en que el siervo de Dios debía poner la fe en acción, tenía la orden de caminar hacia adelante y tenía las promesas… pero el mar era un obstáculo imposible de salvar y parece que Moisés esperaba que sucediera algo sobrenatural, mas Dios no movería su mano hasta que Israel moviera su pie…

Éxodo 14:15-16,21 Entonces Jehová dijo a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Dí a los hijos de Israel que marchen. Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco… Y extendió Moisés su mano sobre el mar, e hizo Jehová que el mar se retirase por recio viento oriental toda aquella noche; y volvió el mar en seco, y las aguas quedaron divididas.

En realidad, podríamos decir que Dios no le estaba pidiendo a Moisés fe para abrir el mar, sino fe para obedecer y seguir adelante. Le ordenaba Dios a Moisés tener la convicción de que ese era el camino, el único camino que la soberana voluntad del Señor había trazado… ¡Pero hay un mar en medio de mi camino! podría haber clamado Moisés (como lo hizo el pueblo), la respuesta de Dios fue:  ¿Por qué clamas a mí?… ¡Camina!… ¡sigue adelante!…. Y extendió Moisés su mano sobre el mar, como un acto externo de su fe interna, mas no dice la Biblia que fue Moisés quien abrió el mar, sino que dice: e hizo Jehová que el mar se retirase. La fe no es creer que yo puedo, sino creer que Dios puede; pero sobre la base de lo que Dios quiere, no de lo que yo quiero.  La fe se basa y se aferra a la voluntad de Dios, si se basa en mi voluntad no es fe, es capricho, obstinación o ambición. La fe es la convicción y certeza de lo que yo espero, ¿y que espero?, lo que Él me ha prometido, ¿y que me ha prometido?, que Él cumplirá su propósito en mí.

Dijimos también que la fe produce obediencia, y la obediencia produce más fe.

Éxodo 14:31 Y vio Israel aquel grande hecho que Jehová ejecutó contra los egipcios; y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo.

El pueblo escuchó el mandato de Dios, y conociendo la voluntad de Dios obedeció marchando hacia adelante; Dios hizo un milagro y a través de esto el pueblo “creyó”. Por eso dice la Escritura que…

Romanos 10:17 Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.

¿Cómo puede tener alguien fe, si no oye la palabra de Dios, si desconoce cuál es la voluntad del Señor?

Un hombre de fe es aquel que conociendo la Voluntad de Dios, se mueve en obediencia; sin dejar que un sicomoro, una montaña o un mar le hagan rebelar contra esa Voluntad. 

Un hombre de fe es aquel que, consciente de sus propias limitaciones, tiene la convicción de que no será él sino Dios quien removerá el obstáculo; y continúa caminando a pesar de que la montaña, o el mar, todavía sigan allí.

Un hombre de fe es aquel que sabe que no está actuando por capricho, sino porque Dios le ha mandado avanzar aún cuando la situación se torne imposible.

Un hombre de fe es aquel que no le obsesiona su propia reputación, no está preocupado de cuánto el resultado le beneficiará a sí mismo, sino de cuánto el Nombre del Señor será glorificado.

Puede que en medio de tu sendero se encuentre un árbol, una montaña o hasta un mar. No los pusiste tú, Dios lo ha permitido. ¿Conoces la voluntad de Dios? ¿Has clamado a Dios por ello? Si Él te dice camina, debes hacerlo; no te está Dios demandando una fe tan grande como el tamaño del problema, sino  la suficiente como para obedecerle.

Romanos 8:28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.

El hombre de fe permite que esa fe se desarrolle ejercitándose con cada obstáculo que encuentra en el camino, porque cada obstáculo le ayudará para bien… “Y sabemos” esto es fe, certeza, convicción, que todas las cosas les ayudan a bien“… ¿a quienes? a los que aman a Dios, ¿y qué más? a los que conforme a su propósito son llamados. Dios tiene un propósito específico para ti en esta tierra, no estás deambulando por este mundo comiendo y bebiendo hasta que mueras y nada más. Ese propósito, en su cumplimiento, te llevará por senderos ya trazados para ti, con sicomoros, montañas y mares de por medio; no lo trazas tú, este camino Dios lo ha trazado para ti. Puede que no sea el que más te guste, y pienses que el camino de los demás es más fácil, y posiblemente tengas razón. El camino que Dios trazó para Moisés no fue el más fácil, pero fue el más glorioso. Sin fe te será imposible agradar a Dios, y necesitas ejercitarla y permitir que crezca. Sin fe es imposible cumplir con las obras que Dios te preparó de antemano, y por ellas expresarás tu amor a Dios; por esas obras recibirás recompensa eterna, aquella que arrojarás a los pies de tu Salvador, si resiste la prueba de fuego.

Sal 138:7-8  Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás;
Contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano,
Y me salvará tu diestra.
Jehová cumplirá su propósito en mí

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar – Diarios de Avivamientos – 

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Acerca de diariosdeavivamientos

Un hermano simplemente, que anhela ser siervo de los siervos de mi Señor, dando de gracia lo que de gracia he recibido. Miembro de la Iglesia, la que está formada por todos aquellos que en cualquier lugar del mundo invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, independientemente de la denominación que sean. Combatiendo ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos, pero no combatiendo contra los hermanos, sino junto a los hermanos. Conozco a Cristo, pobre y crucificado, no necesito más nada.
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