John Wesley y la justificación por fe.

 

Mientras el barco se aleja de América, el corazón del joven John Wesley se agita con espanto al descubrir que, aunque él era un ministro ordenado, un predicador que regresaba de un arduo viaje misionero; había pretendido convertir a otros no estando él mismo convertido.

“Al ver que los temores sin fundamento de no sé qué peligro desconocido (el viento estaba calmado y el mar tranquilo) que me habían afectado por varios días iban en aumento, clamé fervientemente por ayuda. De inmediato, Dios le devolvió la paz a mi alma. Sobre este punto debo advertir: 1) Que no debo olvidar ni uno de esos instantes, hasta obtener otra clase de espíritu, un espíritu que glorifique a Dios igualmente en la vida que en la muerte. 2) Que quien sea que tenga angustia en cualquier situación (exceptuando únicamente el dolor corporal) lleva en sí la prueba de que todavía es un incrédulo. ¿Le tiene el miedo a la muerte? Entonces no cree que el morir es ganancia. ¿Teme en cualquiera de las instancias de la vida? Entonces no tiene una firme convicción que todas las cosas le ayudan a bien. Y si trata el asunto más de cerca, siempre encontrará, junto a la falta de fe, que cada inquietud se debe evidentemente a otra falta de carácter cristiano.” (Diario de John Wesley – Tomo I – miércoles 28 diciembre 1737)

Este misionero había ido a predicar a otros lo que él mismo no creía:

“Fui a América a convertir a los indígenas. Pero, ay, ¿quién me convertirá a mí? ¿Quién, quién me librará de este corazón perverso e incrédulo? Tengo una religión de verano. Puedo hablar bien, y hasta creer, mientras no hay peligro cerca; mas que la muerte me mire a la cara, entonces mi espíritu se perturba. Tampoco puedo decir, «porque para mi el vivir es Cristo, y el morir es ganancia»” (Diario de John Wesley – Tomo I – martes 24 enero 1738)

“Hace ya dos años y casi cuatro meses desde que dejé mi país natal para ir a enseñar el cristianismo a los indígenas en Georgia. ¿Pero qué he aprendido mientras tanto? Porque (lo que yo menos sospeché) fui a América a convertir a otros, cuando yo nunca me había convertido a Dios.”

“¿Han leído ellos filosofía? También yo. ¿En idiomas antiguos o modernos? También los he leído. ¿Conocen la ciencia de la teología? También la he estudiado por muchos años. ¿Pueden hablar con fluidez sobre asuntos espirituales? Yo también puedo hacer lo mismo. ¿Han sido generosos con sus dádivas? Yo reparto todos mis bienes para dar de comer a los pobres. ¿Dan ellos de su trabajo tanto como de sus bienes? Yo he trabajado mucho más que todos ellos. ¿Están dispuestos a sufrir por sus hermanos? Yo he abandonado mis amigos, reputación, tranquilidad y país. He puesto mi vida en mi mano, recorriendo tierras extrañas, he entregado mi cuerpo para ser devorado y quemado por el intenso calor y consumido por el trabajo y la fatiga y por todo aquello que Dios tendría a bien poner sobre mí. ¿Pero es que todo esto me hace (sea más o menos, no importa) aceptable delante de Dios? ¿Acaso todo lo que hice o pueda saber, decir, dar, hacer o sufrir me justifica ante su presencia? Más aún, ¿me justifica el uso constante de todos estos medios de gracia? (que, sin embargo, es digno, justo, y nuestro obligado servicio). ¿O me justifica el que de nada tengo mala conciencia, o que en lo externo y en lo moral soy intachable? O (para acercarme aún más) ¿me justifica tener una convicción racional de todas las verdades del cristianismo? ¿Me permite todo esto reclamar lo santo, lo celestial, el carácter divino de un cristiano? De ninguna manera. Si los oráculos de Dios son verdaderos y si nos gobernamos por la ley y el testimonio, todas estas cosas, ennoblecidas por la fe en Cristo, son santas, justas y buenas; pero sin ella son basura y escoria que esperan solamente ser echadas en el fuego que no puede ser apagado.”  (Diario de John Wesley Tomo I – 1 febrero 1738)

A pesar de llevar una vida irreprensible, el joven Wesley reconoce que…

“Esto entonces lo he aprendido en los confines de la tierra, que estamos destituidos de la gloria de Dios, que todo mi corazón se ha corrompido e hizo abominable maldad, y consecuentemente mi vida entera (no puede el árbol malo dar fruto bueno) está apartada de la vida de Dios. Soy un hijo de la ira y heredero del infierno; mis propios esfuerzos, sufrimientos y justicia están lejos de poder reconciliarme con un Dios ofendido. También lejos de poder expiar estos pecados que si los enumero se multiplican más que los cabellos de mi cabeza. Hasta los más aceptables de ellos necesitan ser expiados, o no pueden resistir su justo juicio. Pero teniendo sentencia de muerte en mi corazón y no teniendo nada en mí o de mí que me justifique, no tengo esperanza, sino la de ser libremente justificado mediante la redención que es en Cristo Jesús. No tengo esperanza sino de buscar y encontrar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.”    (Diario de John Wesley Tomo I – 1 febrero 1738)

¿Y cual era la fe anhelaba tener?

“La fe que necesito «es esperanza y confianza segura en Dios, que a través de los méritos de Cristo mis pecados son perdonados y yo reconciliado en la gracia de Dios.»… Deseo esa fe que nadie puede tener sin saber que la posee (aunque muchos se imaginan tenerla, pero no la tienen)”. (Diario de John Wesley  Tomo I – 1 febrero 1738)

De su encuentro con Peter Böhler y la convicción de pecado que comienza a experimentar…

“Encontré a mi hermano en Oxford recuperándose de su pleuresía y acompañado de Peter Böhler. Por este último (en manos del gran Dios) quedé el domingo 5 claramente convencido de mi pecado de incredulidad, y de mi falta de esa fe por la que somos salvos, con una salvación cristiana completa.
Inmediatamente pensé: «Deja de predicar. ¿Cómo puedes predicar a otros si tú mismo no tienes fe?» Le pregunté a Böhler si él pensaba que debería de dejar de predicar o no. El contestó: «De ninguna manera.» Le pregunté: «¿Pero qué puedo predicar?» El dijo: «Predica la fe hasta que la obtengas y entonces, porque la tienes, predicarás la fe.»
Por tanto, el lunes 6 comencé a predicar esa nueva doctrina, aunque mi alma rechazaba la tarea.” (Diario de John Wesley – Tomo I- sábado 4 de marzo 1738)

“Me encontré una vez más con Peter Böhler. Ahora yo no tenía objeción a lo que él dijo sobre la naturaleza de la fe, por ejemplo, que es (usando las palabras de nuestra Iglesia), «La verdadera confianza y seguridad que tiene un hombre en Dios, que a través de los méritos de Cristo sus pecados son perdonados y él reconciliado por la gracia de Dios.» Tampoco puedo negar la felicidad o santidad que él decía eran fruto de la fe verdadera. De lo primero me convencieron los pasajes: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» y «El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo». De lo segundo: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado» y «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios». Pero no pude comprender a lo que él se refería al hablar sobre «una obra instantánea». No pude entender cómo esta fe podría darse en un momento dado, cómo puede alguien de repente cambiar de la oscuridad a la luz, del pecado y miseria a la justicia y al gozo en el Espíritu Santo. Busqué en las Escrituras sobre este mismo tema, particularmente en Hechos de los Apóstoles. Pero para mi sorpresa encontré muy pocas referencias de conversiones que no fuesen instantáneas. Y ninguna como la de San Pablo, quien estuvo tres días en los tormentos del nuevo nacimiento. Me quedaba solamente un refugio, decir: «Entonces doy por sentado que Dios obró así en las primeras etapas del cristianismo; pero los tiempos han cambiado. ¿Qué razones tengo para creer que ahora obra de la misma manera?» Pero el domingo 23 de abril, ese refugio no me sirvió más, por la coincidente evidencia de varios testimonios vivientes, quienes testificaron que Dios había obrado en ellos, dándoles en un momento tal fe en la sangre de su Hijo que los trasladó de la oscuridad a la luz, librándoles del pecado y del temor y llevándoles hacia la santidad y felicidad. Aquí terminó mi discusión. Solamente pude ahora clamar, ¡Señor, ayuda mi incredulidad!
Le pregunté a Peter Böhler otra vez si no debía de «abstenerme de enseñar a otros». El respondió, «No, no escondas bajo tierra el talento que Dios te ha dado.»” (Diario de John Wesley – Tomo I – abril 1738)

Wesley recuerda cómo, hasta entonces, se había considerado un “buen cristiano” y confiaba en sus buenas obras para ser acepto delante de Dios:

“En 1730 comencé a visitar las prisiones, ayudando a los pobres y enfermos del pueblo y haciendo todo el bien que pude con mi presencia o mi pequeña fortuna a los cuerpos y almas de todos. Hasta hoy me despojo de todas las superficialidades y muchas otras que son llamadas necesidades de la vida. Pronto me convertí en refrán de burla por hacer esto y me regocijé que mi nombre fue desechado como malo. A la siguiente primavera empecé a practicar los ayunos de los miércoles y los viernes, como en la iglesia primitiva, sin probar alimento hasta las tres de la tarde. Y ahora no sabía cómo seguir más adelante. Diligentemente luché contra toda clase de pecado.
No omití clase alguna de negación que la ley me pareciera permitir. Cuidadosamente usé, tanto en público como en privado, todos los medios de gracia en todas las oportunidades. No omití ocasión alguna para hacer el bien.
Por esta razón sufrí todo mal. Y todo esto sabía que de nada valía a no ser que estuviera dirigido hacia la santidad interior. Por tanto, la imagen de Dios fue mi blanco en todo momento, el hacer su voluntad y no la mía. Empero cuando, después de continuar algunos años en este camino, temí estar cerca de la muerte, no encontré que todo esto me diera consuelo, ni ninguna seguridad de la aceptación divina. Esto me sorprendió, sin imaginarme que había estado construyendo todo este tiempo sobre la arena, sin considerar que nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo…

…En este bajo y servil estado de esclavitud al pecado, estuve ciertamente peleando continuamente, pero no conquistando. Anteriormente, voluntariamente había servido al pecado; ahora lo hacía involuntariamente, pero aún le servía. Me caía, me levantaba, y caía otra vez. Algunas veces vencido y en pesadumbre. Otras vencedor y en júbilo. Así como en el anterior estado probé algunos de los terrores de la ley, así también tuve ahora el consuelo del evangelio. Durante toda esta lucha entre la naturaleza y la gracia (la que continuó por más de diez años) tuve muchas respuestas extraordinarias a la oración, especialmente cuando estaba en problemas. Tuve muchos consuelos perceptibles que no son en verdad otra cosa que cortas anticipaciones de la vida de fe. Pero estaba aún bajo la ley, y no bajo la gracia (estado en que la mayoría de los llamados cristianos se sienten felices de vivir y morir).
Estaba solamente combatiendo contra el pecado, y no justificado. Tampoco tenía el Espíritu mismo que da testimonio a mi espíritu. En verdad no podía, ya que buscaba la salvación no por fe, sino como por obras de la ley…

…A mi regreso a Inglaterra, en enero de 1738, habiendo estado en eminente peligro de muerte y muy inseguro por esa causa, estaba fuertemente convencido que la causa de esa inseguridad era la incredulidad y que obtener una fe viva y verdadera era cosa necesaria para mí…

…Por la gracia de Dios decidí buscar esa fe hasta el final: 1) renunciando absolutamente a toda dependencia, completa o en parte, de mis propias obras o justicia sobre las cuales había realmente afianzado mi esperanza y salvación, aunque no lo sabía, desde mi juventud; 2) agregando al constante uso de todos los otros medios de gracia, la oración continua por esto mismo, pidiendo justificación, la fe que salva, una completa confianza en la sangre de Cristo derramada por mí, una confianza en él como mi Cristo, mi sola justificación, santificación y redención. Así continué buscándola (aunque con extraña indiferencia, falta de ánimo y frialdad y con frecuentes recaídas en el pecado) hasta el miércoles, 24 de mayo.

En la noche fui de muy mala gana a una sociedad en la Calle de Aldersgate, donde alguien estaba dando lectura al prefacio de la Epístola a los Romanos de Lutero. Cerca de un cuarto para las nueve de la noche, mientras él describía el cambio que Dios obra en el corazón a través de la fe en Cristo, yo sentí un extraño ardor en mi corazón. Sentí que confiaba en Cristo, sólo en Cristo para la salvación, y recibí una seguridad de que él me había quitado todos mis pecados, aun los míos, y me había librado de la ley del pecado y de la muerte.

La verdadera conversión, el vivir en la Gracia, significa que el pecado ya no se enseñorea más de nosotros…

Después de regresar a casa, fui muy sacudido por tentaciones; pero clamé y se fueron. Las tentaciones regresaban una y otra vez. Conforme levantaba mis ojos, Él me enviaba ayuda desde su santuario. Y es aquí donde encontré la diferencia entre este estado y mi estado anterior. Yo luchaba, más aún, peleaba con toda mi fuerza bajo la ley, así como así también ahora bajo la gracia. Pero entonces, a veces, por no decir con frecuencia, era vencido. Ahora, yo era siempre el vencedor.

Desde el momento que desperté, «Jesús, Maestro», estaba en mi corazón y en mi boca y encontré que toda mi fuerza descansaba en poner mis ojos fijamente en él y que mi alma le esperaba siempre.”

(Diario de John Wesley – Tomo I – Mayo 1738)

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 

Los textos son del Diario Personal de John Wesley – de la versión traducida al español por la Wesley Heritage Foundation (Distribuida gratuitamente por el Instituto de Estudios Wesleyanos Latinoamérica) 

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3 respuestas a John Wesley y la justificación por fe.

  1. Frank dijo:

    Gracias y sean más bendecidos cada día por su valioso domo aporté

    Enviado desde mi iPhone

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  2. César Gómez dijo:

    Muy edificante el artículo, me llevo a pensar que tanto he experimentado las verdades de la Biblia, que conozco y he enseñado.

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    • Saludos César, las personas deberían poder decir de nosotros lo que la viuda de Sarepta le dijo a Elías: 1 Reyes 17:24 “Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.” Bendiciones hermano.

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