El Decisionismo, la Oración del pecador y Charles Finney

Cuando el joven Charles Finney comenzó a asistir a la iglesia, sintió inquietud en su alma por lo que leía en la Biblia, en cuanto a la salvación y la vida eterna; conversaba con el pastor, asistía a los cultos de oración, ¡era el director del coro! Y cada vez comprendía más y más que él no era salvo. Pero había un problema, las oraciones de la congregación parecían una letanía de lamentos y no una batalla de hombres de fe. Tanto se irritó por esto que un día le preguntaron si quería que orasen por él, a lo que respondió que no, que en verdad lo necesitaba porque era un pecador inconverso, pero era muy evidente que “ellos no estaban orando con fe, no estaban orando con la expectativa de que Dios les diera aquello por lo que oraban”.  

Después de esto, la convicción de pecado era tal que mientras se dirigía a su trabajo, estas preguntas se agolpaban en su mente: “¿Qué estás esperando? ¿Acaso no prometiste entregarle tu corazón a Dios?” Y “¿Qué estás tratando de hacer? ¿Acaso tratas de elaborar tu propia justicia con obras?” En lugar de entrar a su trabajo se fue al bosque, y se dijo: “le entregaré mi corazón a Dios o nunca saldré de aquí”. Lo que sucedió nos lo cuenta él mismo:

“Cuando intentaba orar, de pronto me parecía escuchar un crujir de hojas, entonces interrumpía la oración y me levantaba para mirar si alguien venía. Esto lo hice en varias ocasiones. Finalmente me encontré a mí mismo cayendo vertiginosamente en la desesperación. Me dije a mi mismo: “He descubierto que no puedo orar. Mi corazón está muerto para con Dios y no va a orar.” Luego me reproché el haber prometido darle mi corazón a Dios antes de salir de la arboleda. Sentía que había hecho una promesa precipitada, que me vería obligado a romper, pues ahora que lo había intentado descubrí que no podía entregarle a Dios mi corazón. Mi alma interior había retrocedido y se negaba a salir para ofrecer mi corazón. En lo profundo de mí empecé a sentir que ya era muy tarde; que debía ser que Dios había renunciado a alcanzarme y que la esperanza para mí ya había pasado. Ese pensamiento me oprimía justo en el momento en el cual también me agobiaba lo precipitado de mi promesa de que le daría mi corazón a Dios o moriría en el intento. Sentía que había atado mi alma a esa promesa y que iba a romper mi juramento. Una profunda debilidad y desesperanza me sobrevino en este punto, y me sentía casi demasiado débil como para sostenerme en mis rodillas. Justo en este momento me pareció oír nuevamente que alguien se acercaba y abrí mis ojos para verificar si era así. Fue allí cuando me fue dada la clara revelación de que mi gran impedimento era el orgullo de mi corazón. Una conciencia abrumadora de mi maldad por haberme avergonzado de que un ser humano pudiera verme en mis rodillas, ante Dios, me poseyó de tal manera que clamé al límite de mi voz que no abandonaría ese lugar aun cuando todos los hombres sobre la tierra y todos los demonios del infierno me rodearan. “¡Qué!” me dije a mi mismo, “¡un pecador tan degradado como yo, en mis rodillas y confesando mis pecados al Altísimo y Santo Dios, está avergonzado de que alguien, otro pecador como yo mismo, se entere de esto que hago y me encuentre arrodillado buscando hacer la paz con el Dios al que he ofendido!” Mi pecado me pareció terrible, infinito. Me quebrantó delante del Señor. Fue entonces cuando esta porción de la Escritura pareció caer en mi mente con un diluvio de luz: “Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: Y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón”. Mi corazón se apoderó de esta verdad al instante.” (Memorias de Charles Finney – Capítulo II)

Más tarde, estando solo en su oficina seguía en estado de shock por su conversión.

“No hay palabras que puedan expresar el maravilloso amor que fue derramado en mi corazón. Me parecía que estaba a punto de estallar. Lloré en voz alta de amor y de gozo, no lo sé pero fue como si literalmente clamé con el clamor inefable de mi mismo corazón. Estas olas venían sobre mí, una tras otra, hasta que recuerdo haber exclamado: “Moriré si estas olas siguen viniendo sobre mí”. Le dije al Señor: “Señor, ya no puedo soportarlo más”. Sin embargo no tenía miedo de morir. No sé cuánto tiempo estuve en ese estado, recibiendo este bautismo continuo sobre mí y a través de mí. Sé que fue ya casi al final de la tarde cuando un miembro de mi coro –pues era yo entonces el líder del coro– vino a la oficina para verme. Este joven era miembro de la iglesia, y me encontró en ese estado de llanto a gran voz y me dijo: “Señor Finney, ¿qué le sucede?” No pude responderle por algún tiempo. Él continuo: “¿Está usted adolorido?” Me sobrepuse lo mejor que pude y le dije: “No, pero estoy tan feliz que ya no puedo vivir”.

Esta experiencia marcaría definitivamente el futuro ministerio evangelístico de Finney. Ministerio que algunos han tratado de menospreciar, culpándolo de ser el impulsor del “decisionismo”, es decir, de hacer que las personas hagan la famosa “oración del pecador” u “oración para aceptar a Cristo en el corazón”, o para decirlo más sencillo: Es la creencia de que una persona es salva por pasar al frente, levantar la mano y decir una oración. Lo que no te dirán nunca estos calumniadores de Finney es que, en sus predicaciones, la gente quedaba en estado de shock, con tan gran convicción de pecado que  no podían hacer otra cosa que rendirse a Cristo o salir corriendo, y los que se convertían lo hacían de tal forma que todo el pueblo quedaba impresionado. Nadie era considerado verdaderamente convertido, para Finney, si su vida no cambiaba radicalmente. Por lo cual ese “levante la mano allí donde está y haga una oración para recibir a Cristo” nunca se le hubiese ocurrido a un hombre como Finney, cuya propia experiencia de conversión fue totalmente lo contrario a esto.  

Hombres como A. W. Tozer o Leonard Ravenhill admiraban profundamente a Finney, y aún una persona tan distante de él, en cuanto a doctrina, como Martyn Lloyd-Jones lo menciona como ejemplo de lo que es tener el bautismo o la llenura del Espíritu Santo. En realidad sus críticos no le perdonan el haber abandonado el calvinismo para acercarse más a una postura de influencia wesleyana, suficiente para ser llamado “semipelagiano”. Lo curioso del caso es que las iglesias, presbiterianas y congregacionales, igualmente lo siguieron llamando para que llevara avivamiento a sus congregaciones, a pesar de no compartir la misma doctrina. Y lo más curioso del caso, es que fue un consejo de ministros presbiterianos quienes votaron unánimemente para concederle la licencia de predicador, siendo que él ya rechazaba públicamente la “expiación limitada”.  Por lo visto su unción era innegable. Hoy es fácil para un cobarde (no doy nombres) llamarle hereje, pero pocos se atrevían a enfrentarse a un Finney vivo, su vida de santidad y el respaldo de Dios eran demasiado evidentes. Pero lo que trataremos aquí no es de su doctrina sino de sus métodos.

Por cierto, y para comparar un poco, Agustín afirmaba que el bautismo salvaba y regeneraba, por lo cual los niños debían ser bautizados, pues de esta manera eran exorcizados y salvados de la condenación eterna. También afirmaba que no importaba si los niños no podían confesar con sus labios a Cristo, bastaba con que un padrino lo hiciera por él en la pila bautismal. Veamos lo que dice en sus propias palabras:

“¿Por qué hacemos la pregunta a los oferentes (padrinos) y les decimos: Cree en Dios? Ellos responden en nombre de aquella edad que ni siquiera sabe si Dios existe: ¡Cree! Y así van contestando a cada uno de los ritos que se practican?… Los adultos contestan que creen, y así se los llama fieles, no porque el niño acepte la realidad con su propia mente, sino porque recibe el sacramento de esa realidad. Cuando el niño comenzare a ser consciente, no repetirá dicho sacramento, sino que lo entenderá simplemente y se ajustará a la verdad del mismo, poniendo su voluntad en consonancia con él. Mientras eso no llega, el sacramento tendrá eficacia para proteger al niño contra las potestades enemigas. Tanta eficacia tendrá, que, si el niño muriese antes de llegar al uso de la razón, se libertará, con la ayuda cristiana, de aquella condenación que entró en el mundo por un hombre. Ello acontece gracias al mismo sacramento, garantizado por la caridad de la Iglesia. Quien no lo cree y piensa que eso no puede ser, es sin duda un infiel, aunque tenga el sacramento de la fe. Mejor es el niño mencionado, pues, aunque no tenga todavía el pensamiento de la fe, no pone a la fe el óbice de un pensamiento contrario, y por eso recibe para su salvación el sacramento de la fe.” (Agustín de Hipona – Carta 98 – A Bonifacio – BAC)

Y no veo a nadie llamando hereje a Agustín por decir que “el bautismo salva aunque no se tenga fe”, que es como decir “la oración del pecador salva” sin tener fe. Si hubo un precursor deldecisionismo“, entonces fue Agustín, para quien la decisión del padrino era suficiente para salvar al niño, y quien no creyese esta doctrina era considerado por Agustín como un infiel. Seamos honestos, si no nos rasgamos las vestiduras por los dichos Agustín, a quienes muchos le deben la esencia de su postura doctrinal, no nos las rasgaremos tampoco por el mal uso que los hombres puedan hacer de los métodos de Finney.

El problema con la predicación, en la época de Finney, era que el pastor “nunca esperaba–o ni siquiera intentaba–que se produzca la conversión de alguien en ninguno de los sermones”. Charles Finney confrontaba directamente a las personas con su pecado, de una manera que pocos se atreverían a hacerlo hoy. Él nos cuenta que una vez, fue a predicar a un pueblo donde había dos iglesias, una congregacional y otra bautista, así que empezó las reuniones para ambas. Luego de varias semanas de predicar,  cuando pudo verificar que las personas habían entendido claramente el mensaje del Evangelio, les dijo:

“Llegué al pueblo para asegurar la salvación de sus almas. Que sabía que mi predicación había sido grandemente alabada por ellos, pero que después de todo, no había llegado para complacerles sino para llevarles al arrepentimiento. Les dije que no me interesaba lo bien que les pareciera mi predicación, si al final rechazaban a mi Señor… Ustedes han admitido que lo que predico es el evangelio. Profesan creerlo. Más, ahora, ¿están dispuestos a recibirlo? ¿Tienen la intención de recibirlo o por el contrario, piensan rechazarlo?… Quienes estén dispuestos a jurar ante mí y ante Cristo que inmediatamente harán las paces con Dios, por favor, pónganse de pie. Por el contrario, los que de ustedes deseen hacerme entender que permanecerán en su actitud actual, sin aceptar a Cristo, por favor, los que hayan tomado esa decisión, permanezcan en sus lugares”. Se miraron entre ellos y me observaron, permaneciendo sentados, tal como lo esperaba. Después de mirar alrededor del lugar por breves minutos, dije: “Entonces han hecho su compromiso. Han decidido su postura. Han rechazado a Cristo y su evangelio; y ustedes mismos son testigos en su propia contra, como Dios también es testigo. Ha quedado explícito– y así lo recordarán ustedes mientras vivan–que públicamente se han comprometido en contra del Salvador y que han dicho ‘no queremos que este hombre, Jesucristo, reine sobre nosotros´”

Bien, se le acusa de decisionismo por esto, pero ¿cuántos predicadores, después de comprobar que las personas han comprendido las demandas del Evangelio, se atreverían a confrontarlas así?

“Dios quiere que prediquemos fervientemente, rogando a los pecadores para que se arrepientan; pero el orgullo nos dice que no debemos ser tan fervientes, para que la gente no vaya a pensar que estamos locos. En esta manera el orgullo gana el control sobre nuestro ministerio. La verdad puede ser predicada pero en una forma que sirve a los intereses de Satanás más que a los de Dios. Después de que el orgullo ha influido en nuestra preparación, entonces nos perseguirá hasta el púlpito. El orgullo afecta nuestra manera de predicar e impide que digamos cosas ofensivas, aún y cuando sean necesarias. El orgullo nos hace agradar a nuestra audiencia, buscando nuestra propia gloria en lugar de la gloria de Dios. El orgullo tiene la meta de impresionar a la gente con nuestra elocuencia, nuestro conocimiento, sentido del humor, piedad, etc..
Después del sermón el orgullo nos persigue cuando salimos del púlpito, para saber lo que los oyentes piensan de la predicación. Si les agradó, entonces nos regocijamos, pero si no les impresionó, entonces nos desanimamos.” (Richard Baxter – El Pastor reformado)

¿Cuál fue la reacción de la iglesia ante esta confrontación de Finney? Todos, menos un diácono, se levantaron y se fueron del lugar enojados, algunos maldiciéndolo, otros diciendo que había que echarlo del pueblo o bañarlo en alquitrán. Mas el diácono y Finney siguieron orando porque la palabra ya había sido sembrada.

“En la tarde el hermano McComber (el diácono) y yo nos dirigimos juntos a una arboleda y pasamos toda la tarde en oración. Justo al caer la tarde el Señor nos dio una gran seguridad y nos concedió la victoria. Ambos sentimos la fuerte certeza de que habíamos prevalecido para con Dios, y que en esa noche el poder de Dios se revelaría en medio de la congregación. Al acercarse la hora de la reunión dejamos el bosque y nos condujimos a la villa. La gente ya estaba entrando al lugar de adoración, y los que aún no estaban allí, al vernos conducirnos a la casa cerraron sus tiendas y sus negocios, echaron a un lado sus bates de pelota con los que jugaban en la grama, y fueron a llenar el sitio a su máxima capacidad…  Tan pronto vi que la casa se llenó, de tal modo que no cabía nadie más, me puse de pie y según recuerdo, sin ninguna introducción formal de cánticos, empecé la predicación con estas palabras: “Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado.” Al iniciar con estas palabras, el Espíritu de Dios vino sobre mí con tal poder, que era como si sobre ellos se hubiera abierto una batería. Por más de una hora, y quizá por hora y media, la Palabra de Dios fluyó a través de mí hacía ellos de tal forma que podía ver como todos eran impactados por ella. La Palabra fue un fuego y un martillo rompiendo la roca, y como una espada que perforaba tanto el alma como el espíritu. Pude ver que una convicción general se esparció en toda la congregación. Muchos de ellos no podían si quiera levantar la cabeza. Esa noche no hice un llamado a revertir la acción que habían realizado la noche anterior, ni a cualquier otro compromiso de parte de ellos, sino que di por hecho durante todo el sermón que ellos se habían comprometido a ser enemigos del Señor. Al terminar señalé otra reunión y les despedí… Temprano en la mañana me enteré de que me habían ido a buscar, en varias ocasiones durante la noche, a mi alojamiento habitual, para pedirme que visite familias que estaban en una terrible angustia mental. Esto me llevó a recorrer el pueblo, y en todos lados encontraba un maravilloso estado de convicción de pecado y de preocupación por sus almas.”

La “oración para recibir a Cristo o “la oración del pecador”, como quieran llamarla, no es bíblica, en eso estamos de acuerdo, pero la confrontación con el pecado sí. ¿Qué pasó cuando Pedro se levantó en el día de Pentecostés con los que fueron traspasados por la ungida predicación del apóstol?

“Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo… Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.”

No, no hubo la pregunta¿Quién quiere pasar al frente para recibir a Cristo? Solo le tomará dos minutos”. Pero tampoco Pedro dio lugar a que la convicción se desvaneciera, hubo un mandato de urgencia, un aquí y ahora: “Arrepentíos”, y lo hicieron “aquel día”.

Cada predicador tiene un método o una característica propia para predicar el mensaje, esto no lo hace mejor ni peor, porque el resultado lo determina su unción. El problema es cuando se pretende imitar el método pero se carece de la unción. ¿Saben ustedes cuántos imitadores ha tenido Spurgeon en la historia? Cientos de miles, que leen, admiran, aman y estudian sus sermones y se esfuerzan por expresarse como él ¿y por qué ninguno de ellos obtiene el resultado que obtuvo Spurgeon? Simplemente porque no tienen su unción, son una especie de “Spurgeon made in China”, en apariencia se parecen al original, pero son de mala calidad.

Jesús usaba métodos, hizo barro con saliva y untó los ojos de un ciego, a un sordo y tartamudo ¡le metió los dedos en las orejas y escupió en su lengua! Cuando Pedro predicaba, ponían los enfermos en el suelo de tal manera que al pasar, al menos su sombra los tocase para que fuesen sanos. A los enfermos les llevaban pañuelos y delantales que habían tocado el cuerpo de Pablo, y quedaban sanos de sus enfermedades, y los espíritus malignos salían de ellos. ¿Y qué diremos, pues porque estas cosas son bíblicas debemos hacerlas? ¿O Acusaremos a Jesús de ser el precursor de “extravagancias”, o a Pablo de ser el culpable por los “paños ungidos”, los “chicles ungidos”, las “escobas ungidas”, los “globos ungidos” y demás artilugios que se usan hoy para sacar dinero a los fieles?

Charles Finney nos dice cuáles eran “sus métodos” para el avivamiento:

“Las doctrinas predicadas fueron las que siempre he predicado como el Evangelio de Cristo. Insistí en la depravación total voluntaria de los no regenerados, y de la inalterable necesidad de un cambio radical de corazón por la operación del Espíritu Santo, y por medio de la verdad. Insistí mucho en la oración como una condición indispensable para la promoción del avivamiento. La expiación de Cristo, su divinidad, su misión divina, su vida perfecta, su muerte vicaria, su resurrección, el arrepentimiento, la fe, la justificación por la fe, y todas las doctrinas similares a estas fueron discutidas tan exhaustivamente como me fue posible, e insistí en ellas hasta que se hicieron claras, y se manifestaron como verdades eficaces por el poder del Espíritu Santo. Los medios usados fueron solamente la predicación, la oración y reuniones de conferencia, mucha oración privada, mucha conversación personal y reuniones para aquellos que tenían la necesidad urgente de resolver su estado religioso. Estos, y solo estos medios, fueron usados en la promoción de la obra. No hubo apariencia de fanatismo, ni mal espíritu, ni divisiones, ni herejías, ni cismas. Tampoco entonces, ni en todo el tiempo de mi relación con el lugar, hubo resultado alguno del avivamiento que debiera de lamentarse, ni ninguna de sus características fue de cuestionable validez.”    (Memorias de Charles Finney – Capítulo VI)

Repito el punto principal de este artículo: no es necesaria, ni necesariamente eficaz la oración “para recibir a Cristo en el corazón” como una fórmula mecánica o automática. Tampoco es correcto que el predicador dé el sermón, cierre su Biblia y salga corriendo del templo para ir a cenar con los pastores que lo han invitado. Hay que quedarse y observar quienes han sido afectados por la predicación, ver si hay signos de convicción de pecado, y no dejarles ir antes de asegurarse que experimenten una verdadera conversión, nunca sabremos si tendrán otra oportunidad. Recordemos que Finney se rebeló contra lo que era muy común en las iglesias de su época: “ellos no estaban orando con fe, no estaban orando con la expectativa de que Dios les diera aquello por lo que oraban”. Y él se propuso predicar de tal manera que obtuviese aquello por lo que predicaba: la convicción y conversión del pecador.

Por último recordemos estas sabias palabras del pastor puritano, y líder de avivamiento,  Richard Baxter, de su libro El Pastor reformado:

“Si estuviéramos dedicados verdaderamente a nuestra obra, le dedicaríamos más esfuerzo y entusiasmo. Muy pocos predican acerca del cielo o el infierno como si ellos realmente creyesen en su existencia. Frecuentemente los sermones son tan ordinarios y aburridos que los pecadores no los toman en cuenta. Algunos predican con gran vehemencia, pero a menudo lo que ellos dicen es irrelevante. La gente lo desecha como pura palabrería. Por otra parte, es una tragedia cuando la buena enseñanza es desperdiciada por la falta de aplicación práctica o de una persuasión ferviente.
Recuerde, que la gente estará para toda la eternidad en un estado de felicidad o miseria. Esto le ayudará a hablarles con seriedad y compasión. Nunca hable con ligereza acerca del cielo o del infierno. Usted nunca traerá a los pecadores al arrepentimiento bromeando o contando historias. Ninguna de estas cosas es apta para ser tratada en forma frívola o aburrida. ¿Cómo puede usted hablar de Dios y de su gran salvación en una forma fría e inanimada?
Recuerde que los no creyentes deben ser despertados o condenados, y es improbable que un predicador medio dormilón sea el medio para despertarlos. No estoy sugiriendo que usted predique constantemente a todo volumen, pero usted siempre debería hablar con seriedad. Cuando el tema lo amerite, predique con toda la pasión e intensidad de que usted sea capaz. Es el Espíritu Santo quien trae los pecadores a Cristo. No obstante, El generalmente usa medios y estos medios incluyen no solo lo que decimos, sino también cómo lo decimos. Para muchos, aún nuestra pronunciación y el tono de nuestra voz son importantes. Tristemente, la predicación ferviente, poderosa y convincente, es algo muy raro.
Debemos evitar el teatro, la actuación y el fingimiento en la predicación. Deberíamos hablar como si nos estuviéramos dirigiendo directamente a cada persona individual. Tristemente la mayoría de los sermones carecen de este elemento personal. La predicación implica un contacto directo entre nuestras almas. Nuestras mentes, emociones y voluntades deberían estar involucradas en la predicación de la verdad y el amor de Cristo. Hable como si las vidas de sus oyentes dependieran de lo que usted dice. Satanás no se someterá fácilmente. Tenemos que sitiar sus fortalezas y romper cada barrera levantada contra el evangelio. Debemos razonar tan claramente de las Escrituras, que los pecadores tendrán que aceptar la verdad o rechazarla deliberadamente. Las verdades más grandes no afectarán a la gente, a menos que sean entregadas conmovedoramente. Un sermón bien compuesto, pero carente de luz y vitalidad, es como un cadáver bien vestido.”

Descarga el libro Memorias de Charles Finney

Anuncios

Acerca de diariosdeavivamientos

Compartiendo las gloriosas páginas de la Historia de la Iglesia.
Esta entrada fue publicada en Escuela Bíblica, Libros PDF para descargar, Uncategorized y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a El Decisionismo, la Oración del pecador y Charles Finney

  1. aaron dijo:

    Estimados hermanos saludos y bendiciones.
    Quiero agradecer al Señor por ésta página y felicitarles a uds por el trabajo que hacen.
    Ademas quisiera preguntarles si tiene informacion del avivamiento ocurrido en Chile en el año 1909, me gustaria que mensionaran algo sobre esto.
    Muchas Bendiciones

    Le gusta a 1 persona

    • Hola Aaron, perdón por la demora en responder, la verdad es que no tenemos información suficiente como para presentarla públicamente, otros hermanos nos habían pedido lo mismo pero aquí en España es difícil obtener más información, a menos que alguna iglesia nos proporcionase material como para compartirlo. Veremos que podemos hacer, bendiciones!

      Me gusta

  2. fabian dijo:

    este sitio me ayudo justo antes de caer, gracias

    Le gusta a 1 persona

Nos gustaría saber tu opinión! Escribe un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s