Los evangelistas de sanidad

En las primeras décadas del siglo XX surgieron varios ministerios evangelísticos con un marcado énfasis en el don de sanidad. Hubo de todo, desde los que empezaron bien y terminaron mal, hasta los que empezaron bien y terminaron mejor. A través de la Historia de la Iglesia podemos ver períodos donde los avivamientos se caracterizaron por una señal distintiva, y los evangelistas de la sanidad marcaron una época.

Se criticó los métodos pocos ortodoxos que algunos usaron, o las doctrinas erradas que otros asumieron, pero lo notable es que ninguno de ellos fue desenmascarado como de “falsas sanidades”. Si tenemos en cuenta, por un lado, que en ese entonces la medicina era muy precaria, y pocos tenían acceso a una atención de calidad; y por el otro, que no existían los medios digitales y audiovisuales de ahora, con los que se puede “manipular más fácilmente a las personas”, el caso de los evangelistas de la sanidad es sinceramente asombroso.

Por un lado significó ayuda para miles que no tenían respuestas en la aún precaria medicina, y por el otro significó un crecimiento exponencial de las iglesias, pues al fin y al cabo, la mayoría de las congregaciones se beneficiaron de la cantidad de personas que se convirtieron en esos eventos. El evangelista seguía su camino, y los pastores se quedaban con las almas nuevas.

La mayoría de ellos no tenían recursos propios, no eran pastores que tenían una plataforma de lanzamiento para captar la atención de la gente. Eran simplemente hombres y mujeres a los cuales, en alguna reunión casera o en alguna pequeña iglesia, les pedían que dirigiesen algunas palabras o una oración, y al hacerlo sencillamente comenzaban a producirse sanidades; lo que llevaba a impactar a toda la ciudad y luego a la nación.

¿Cómo hace una persona, sin recursos y totalmente desconocida, para estar en pocos meses predicando a miles? Si decimos que son falsos, estamos reconociendo que los falsos tienen más poder que los verdaderos. En la iglesia primitiva donde abundaban las sanidades, los falsos también existían, pero eran los verdaderos los que impactaron a las naciones, no los falsos.

No estamos aquí discutiendo el cómo administraron los dones, si bien o mal, estamos hablando de un hecho histórico; de repente, personas sencillas oraban por los enfermos y se sanaban, y luego recorrían con una carpa pueblos y ciudades donde se reunían miles para que orasen por ellos.

Hoy, usando (o abusando) de la tecnología y el imperio publicitario, muchos falsos se auto-proclaman “evangelistas de sanidad” pero ni con toda la artillería digital que despliegan llegan a impactar las naciones. Salvo en la iglesia perseguida (la que llamamos “iglesia subterránea” en donde se reportan casos asombrosos), no creo que existan ya hombres y mujeres de la talla de aquellos grandes evangelistas de las primeras décadas del siglo pasado. Salvo el caso excepcional de Reinhard Bonnke, en África, y de Carlos Annacondia (cuyas campañas de avivamiento presencié personalmente) en Latinoamérica.

Mencionaré solo algunos porque fue una época muy fructífera, que duró hasta la década del 50 en su mayor apogeo. No todos los que tenían dones de sanidad eran evangelistas, pero consideraremos a cuatro que sí lo fueron.

John Alexander Dowie

El pionero de todos. Nacido en Escocia en 1847, desarrolló una parte de su ministerio en Australia y la mayor y última etapa en Chicago. Nació en un hogar muy pobre, fue un niño enfermizo (sufría de dispepsia crónica). Siendo el joven pastor de una iglesia en un suburbio de Sídney, en 1875, una plaga mortal azotó la región:

“Estaba sentado en mi oficina en la Iglesia Congregacional de Newton, un suburbio de Sydney, Australia. Mi corazón estaba muy cargado, porque había estado visitando en sus lechos de enfermedad y muerte a más de treinta miembros de mi congregación, y había devuelto el polvo al polvo de la tierra en más de treinta tumbas en unas pocas semanas. ¿Dónde, oh, dónde estaba aquél que sanaba a sus hijos sufrientes? Ninguna oración por sanidad parecía llegar a sus oídos, pero yo sabía que su mano no se había acortado… A veces me parecía que podía oír la triunfante burla de los enemigos creciendo en mis oídos mientras yo hablaba a los deudos las palabras de cristiana esperanza y consolación. La enfermedad, la sucia hija de Satanás y el pecado, manchaba y destruía… y no había un liberador. “Y ahí estaba yo, sentado con mi cabeza hundida bajo el peso de la pena por mi pueblo afligido, hasta que lágrimas amargas vinieron a aliviar mi corazón ardiente. Entonces oré pidiendo un mensaje… y las palabras del Espíritu Santo inspiradas en Hechos 10:38 se me presentaron en toda la brillantez de su luz, revelando a Satanás como el Opresor, y Jesús como el Sanador. Mis lágrimas fueron enjugadas, mi corazón se fortaleció; vi el camino hacia la sanidad… y dije: ‘Dios, ayúdame ahora a predicar la Palabra a todos los que están muriendo a mi alrededor, y decirles que es Satanás quien aún enferma, y Jesús quien aún libera, porque Él sigue siendo el mismo hoy.”   (Gordon Lindsay. John A1exander Dowie: A Life Story of Trials, Tragedies and Triumphs)

John Alexander Dowie aún estaba haciendo esta oración cuando vinieron a buscarlo para que fuese a orar por otra hermana de su congregación que estaba muriendo, cuando llegó ante ella, oró y fue sanada completamente. A partir de entonces ningún otro miembro de su congregación murió por la peste; y él comenzó un ministerio de evangelismo y sanidad de enormes proporciones. Luego se trasladó a Illinois, allí abrió los famosos “hogares de sanidad”, donde las personas enfermas que venían de todo el país a sus campañas y no encontraban alojamiento, podían ser atendidas y recibir enseñanza y oración. Dowie era un visionario, la ciudad de Chicago fue literalmente impactada por él; su mente no cesaba de programar cosas, pero no supo detenerse a tiempo. Quiso abarcar más de lo que podía o para lo que había sido llamado, y cuando se traspasa el límite de la visión se cae en la ambición ministerial. No quiso pertenecer a ninguna denominación, fue demasiado autodidacta, es uno de los ejemplos más claros de lo que sucede cuando la grandeza de las revelaciones exaltan sobremanera.

María Woodworth-Etter

Nació en 1844, antes de entrar en el ministerio evangelístico era de constitución enfermiza, también por causa de diversas enfermedades perdió a cinco de sus seis hijos. A pesar del golpe de esta tragedia, María comenzó a predicar entre sus familiares, al poco tiempo la llamaban de todas partes para que realizara reuniones de avivamiento, a la edad de 40 años realizaba cruzadas evangelísticas por todo el país. A veces en una sola noche 25.000 almas se reunían para escucharla.

“Recuerdo como si fuera ayer, que mi amiga y yo empujamos a mi madre en su silla de ruedas a lo largo de seis o siete largas cuadras… Dos hombres grandes llevaron la silla hasta delante del púlpito circular que ya estaba rodeado de sillas de ruedas. Hacía tanto calor que mi madre nos rogaba que la lleváramos a casa, pero yo insistí en que nos quedáramos. Gloria a Dios, porque la señalaron para subirla a la plataforma, donde esa hermosa y pequeña dama que jamás olvidaré, habló a mi madre. La vi contestar sacudiendo la cabeza y entonces ella [la hermana Etter] la golpeó en el pecho (a mí me pareció que la había golpeado muy fuerte). Fue como si un rayo la atravesara, se levantó de un salto y salió corriendo y saltando llena de gozo. Toda la gente gritaba; dudo que hubieran visto algo así antes. Vimos muchos más milagros. Casi tuvimos que atar a mi madre a la silla para regresar a casa. Ella quería caminar, pero estaba débil, porque había estado confinada a su cama durante dos años. Cuando llegamos a casa, mi abuela y algunos vecinos nos esperaban. Mi madre se levantó de la silla de ruedas y subió las escaleras. Todos gritaban y lloraban. A partir de ese día, mi madre fue completamente sana, recuperó peso, y amó al Señor”    (testimonio personal de Elizabeth Waters)

A los ochenta años, María Woodworth-Etter tenía la salud deteriorada, sufría gastritis e hidropesía. Su única hija que le quedaba murió en un accidente, en el velorio, María exhortó a los presentes a “mirar al cielo y no a la tumba”. Por causa de su frágil salud, la llevaban en una silla a predicar a la iglesia, se paraba en la plataforma y predicaba con poder, al finalizar la reunión la llevaban nuevamente en una silla hasta su casa, en donde postrada en cama aún seguía recibiendo a los enfermos que venían a que orase por ellos. Murió a la edad de 80 años, después de haber predicado miles de sermones evangelísticos, recorrido cientos de ciudades, viajado en incómodos coches y trenes de la época, durmiendo en carpas y atendiendo a todos los que la solicitaban. De vida austera y humilde, conforme al carácter de los del Movimiento de la Santidad, se unió luego al Movimiento Pentecostal histórico,  fue muy admirada y querida por su cercanía con la gente; la llamaban  “madre Etter” o “la abuela Etter”.

John G. Lake

Nació en 1870 en Canadá, antes de su adolescencia había visto enterrar a cuatro de sus hermanos y cuatro de sus hermanas.

“Nadie puede entender la tremenda influencia que tuvo en mi vida la revelación de Jesús como mi Sanador, y lo que significaba para mí, a menos que primero entienda mi entorno. Yo era uno de 16 niños. Nuestros padres eran personas sanas, vigorosas, fuertes. Mi madre murió a la edad de 75 años, y mi padre, aún vive en el momento de escribir esto, y tiene 77 años. Antes de mi conocimiento y experiencia del Señor como nuestro Sanador, enterramos ocho miembros de la familia. Una sucesión de extrañas enfermedades, que resultaban en muerte, había seguido a la familia.   Durante treinta y dos años siempre hubo un miembro de nuestra familia inválido. Durante este largo período, nuestro hogar nunca estuvo sin la sombra de enfermedad. Cuando pienso sobre mi niñez y adolescencia, llegan a mi mente recuerdos como una pesadilla: enfermedad, médicos, enfermeras, hospitales, coches fúnebres, funerales, cementerios y lápidas; una casa con aflicción; un madre quebrantada de corazón, y el dolor de un padre herido tratando de olvidar los dolores del pasado, con el fin de ayudar a los miembros vivos de la familia que necesitaban su amor y cuidado.”    (John G. Lake, Adventures in God)

Siendo joven, John G. Lake sufría de un reumatismo grave que le deformaba las piernas y le producía un dolor insoportable, un miembro del ministerio de John Alexander Dowie oró por él y fue sanado al instante. Se dedicó a los negocios y ganó bastante dinero, pero obedeciendo al llamado que ardía en su corazón renunció a su fortuna, vendió sus propiedades, las repartió a los necesitados y se fue de misionero al África con su esposa y siete hijos, sin un centavo.  En Sudáfrica, las personas le traían día y noche enfermos a su casa para que orase por ellos.

“Después de cinco años en Sudáfrica, la obra misionera de Lake había resultado en 1.250 predicadores, 625 congregaciones, y 100.000 conversos.” (Gordon Lindsay, ed., John G. Lake: Apostle to Africa – Dallas, TX: Christ for the Nations, 1979)

“El ministro de Dios que tiene miedo de creer a su Dios, y confiar en su Dios para obtener resultados, no es cristiano en absoluto”  (John G. Lake – El Espíritu de Dios – Sermón – Del libro: Su Poder en el Espíritu Santo)

De regreso a Estados Unidos, estableció más de 40 iglesias y era conocido en todos lados como el Doctor Lake, por la increíble cantidad de sanidades extraordinarias que se producían en su ministerio.

A los 61 años de edad estaba casi ciego, por eso se lo ve en las fotografías de esa época con lentes, pero después de un tiempo recobró la vista normalmente. A los 65 años sufrió un ataque del corazón, estuvo dos semanas seminconsciente hasta que finalmente murió. Fue uno de aquellos raros casos de predicadores que siendo ricos se hicieron pobres, fue de moral intachable; es uno de los más grandes y genuinos pioneros pentecostales.

“Amigos, hay una aventura para sus almas, la aventura más increíble del mundo. Es necesaria un alma valiente para pasar a la batalla de Dios y recibir el equipamiento que Él proporciona”       (John G. Lake – Aventuras en Dios)

 

Smith Wigglesworth

 

Smith nació el 8 de junio de 1859 en Yorkshire, Inglaterra. Era de familia muy pobre, a los seis años ya tuvo salir a trabajar con su padre. Después de casarse,  trabajando de plomero viajó a la ciudad de Leeds a comprar materiales para su oficio, entró a una iglesia en donde oraban por los enfermos y se producían sanidades; entonces Smith comenzó a buscar a los enfermos de su ciudad y a pagarles el viaje para que fuesen a las reuniones de sanidad en Leeds. Smith mismo fue sanado de las hemorroides que sufría desde hacía años y luego de una apendicitis en estado terminal.  Sin embargo después de esto, su amada esposa murió de un ataque al corazón. Entonces Simith comenzó a recorrer el país con su hija y su yerno. Tuvo un bendecido ministerio internacional, los milagros extraordinarios que solían suceder no solo en los cultos, sino cuando iba a visitar a los moribundos en sus lechos, son legendarios. A los 70 años sufría de cálculos renales, que de dolor lo hacían retorcerse en el suelo, y perder abundante sangre. Aun así predicaba dos veces al día, oraba personalmente por más de 800 personas; a veces abandonaba el lugar para despedir una piedra y luego regresaba y retomaba la reunión. Así estuvo por más de seis años.

Su yerno narró este testimonio sobre él:

“Viviendo con él, compartiendo su dormitorio, como muchas veces lo hicimos en esos años, nos maravillábamos ante el celo indomable de su fogosa predicación y su compasivo ministerio a los enfermos. No sólo soportó esas agonías, sino que hizo que sirvieran al propósito de Dios y se gloriaba en y sobre ellas”.

A pesar de su fama, Smith vivió humildemente sin atribuirse gloria a sí mismo, en el último mes de su vida dijo estas palabras:

“Hoy, en el correo, recibí una invitación a ir a Australia, una a la India y Ceylán, y otra a los Estados Unidos. La gente me tiene en vista… Pobre Wigglesworth. Qué fracaso, pensar que la gente me tiene en vista. Dios nunca dará su gloria a otro; él me sacará de escena”

A los siete días murió serenamente mientras conversaba, en la compañía de su yerno.

Esperamos que estas biografías te inspiren a crecer en una vida de oración, para que conozcas al Dios que vas a predicar. Te inspiren a crecer en una vida de estudio bíblico, para que conozcas bien lo que tienes que predicar. Y te inspiren a crecer en una vida de fe, para que creas que lo que predicas puede, verdaderamente, impactar la vida de las personas.

Artículo redactado por Gabriel LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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12 respuestas a Los evangelistas de sanidad

  1. Jorge Espinosa/Ecuador dijo:

    Que humildad en la vida de los hermamos, y que convicción de fe sabiendo que el que sana a los oprimidos del diablo es nuestro Señor y salvador. Me recuerda que en una ocasión a uno que fue compañero en el colegio, en su lecho hospitalizado por causa de trauma cerebral por accidente, con pocas esperanzas de mejoría, clamé a Dios en el nombre de Jesucristo, luego de haber leído una porción de la palabra, y el enfermo inconciente brotó lágrimas de sus ojos cerrados. Se sanó, no se convirtió al Señor, pero divulga que yo en el Nombre de Jesucristo hice oración y se sanó. Sigo convencido que el que hace la obra es Dios, sigo mi vida cristiana con humildad dispuesto a la voluntad del Señor en todo. Amén

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    • Verdaderamente la oración eficaz del justo puede mucho, seguramente en la eternidad nos asombraremos de ver el resultado de oraciones que hicimos y que creíamos que quedaban sin respuestas, o tal vez la generación que venga recoja el fruto de nuestras oraciones. Pero lo importante es que los ojos del Señor están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos. Ninguna oración sincera queda sin respuesta.

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  2. abram dijo:

    una bendicion que me motiva a buscar mas de la gloria y de la uncion del Dios del cielo gracias por estas enseñanzas

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  3. David Lara Landa Verde dijo:

    Muchas gracias por todo lo que compraten en su sitio web. Han sido de una bendición ENORME en mi vida. Por favor continúen así, y que el Señor les colme de bendiciones todos los días por tan buena labor en pro de Su grey.

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  4. Jorge Espinosa/Ecuador dijo:

    Número uno.- son pocos los que siguen esta página o pocos lo que se animan a opinar.
    Número dos.- Sobre el tema los evangelistas de la sanidad quiero agregar a mi comentario que más importante es el evangelismo que mandó el Señor Id y haced discipulos…. Yo cité un caso y dije no se sanó y no se convirtió, es por eso que es importante predicar para salvación (la fe vienbe por el oir y el oir la palabra de Dios). En el mundo la gente busca bienestar (salud). En la iglesia los miembros debemos buscar santidad (sin santidad nadie verá al Señor), y respecto a las enfermedades clamar al Señor por su voluntad en su tiempo, apelando a su gracia y misericordia. Amén.

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  5. paulino dijo:

    gracias hermanos por compartir tan edificantes testimonios de estos siervos del señor, y pienso que aun cuando la medicina esta tan avanzada en nuestros días aun hacen falta ministerios de sanidad divina genuinos. ya que el dolor humano sigue siendo el mismo.

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