Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia – María Slessor

La exploración y obra misionera de David Livingstone y de Stanley, inspiró a muchos más a embarcarse para el África, tanto hombres como mujeres. La mayoría de las mujeres veían su ministerio limitado a los confines de un puesto misionero ya establecido. Tal fue el caso de María Moffat [esposa del gran misionero Roberto Moffat y suegra de David Livingstone] quien pasó la mayor parte de su vida en una base misionera sin moverse de allí. La exploración y la obra pionera no eran ni siquiera una de las opciones de las misioneras solteras. Así fue hasta que apareció en escena María Slessor.

La historia de María Slessor, como la de otros misioneros en la historia moderna, ha sido idealizada hasta verse cambiada casi por completo. La imagen de ella como una dama de la época victoriana que viaja por las selvas lluviosas de África con vestidos con cuello alto y largos hasta los tobillos, escoltada con lujo en una canoa por guerreros tribales con caras pintadas está muy lejos de la realidad. Por el contrario, ella andaba descalza y mal vestida, y era una mujer de la clase obrera. Vivía al estilo Africano, en una choza de barro. A veces tenía la cara cubierta de furúnculos, y a veces no usaba su dentadura postiza. Pero el éxito que tuvo como misionera fue asombroso. Muy pocos han igualado la camaradería que tenía ella con los Africanos. Tuvo la distinción de ser la primera mujer que fue nombrada vicecónsul del Imperio Británico. El mayor tributo lo recibió de los otros misioneros antes de su muerte, los cuales la conocían bien y, a pesar de sus faltas y excentricidades, la honraban como a una gran mujer de Dios.

María Mitchell Slessor, la segunda de siete hijos, nació en Escocia en 1848. Su niñez fue dura por causa de la pobreza y de problemas familiares. El padre trabajaba poco, debido a su alcoholismo. Se dice que cuando llegaba borracho por la noche echaba a María a la calle, sola. A los once años, María comenzó a trabajar junto a su madre en una fábrica de tejidos, mientras seguía en la escuela. A los catorce años de edad ya trabajaba diez horas diarias para sostener a la familia, debido a la enfermedad de su madre al nacer el séptimo hijo. Durante los trece años siguientes María siguió trabajando en la fábrica, y era la que mejor sueldo tenía en la familia.
Aunque después se referiría a sí misma como una señorita indisciplinada, María pasó mayormente los años de su juventud trabajando en la fábrica y en su casa. En el contaminado y superpoblado distrito obrero donde vivía su familia había poco tiempo y oportunidad para las diversiones. Por fortuna, las actividades de la iglesia aportaban mucha satisfacción a su miserable vida doméstica.

Se convirtió María en su juventud gracias al interés que puso en ella una viuda anciana de su vecindario. Tomó parte activa en su iglesia presbiteriana local. Enseñaba en la Escuela Dominical, y después de la muerte de su padre, se ofreció para ser misionera en su país. Al cumplir los veinte años, comenzó a trabajar en la Misión de Queen Street. Así obtuvo experiencia práctica para su futura labor misionera. Muchas veces ella tuvo que hacerles frente a muchachos groseros y a pandillas callejeras que trataban de perturbar sus reuniones al aire libre. De esa forma se iba desarrollando en el sombrío vecindario de Dundee el valor que necesitaría años después.

Desde su niñez María tuvo un profundo interés en las misiones en el extranjero. En las frecuentes reuniones misioneras de su iglesia los misioneros trataban de reclutar a voluntarios. Se seguía con mucho interés el progreso de la misión en Calabar, establecida dos años antes del nacimiento de María. Su madre esperaba que Juan, el único hijo que le quedaba vivo, se hiciera misionero. La muerte del hijo, cuando María tenía veinticinco años de edad, desbarató los sueños de la madre. María, en cambio, se sintió impulsada a dejar la fábrica de tejidos y tomar el lugar de su hermano. La Misión de Calabar siempre había dado lugar a las mujeres y María sabía que la aceptarían. La muerte de David Livingstone confirmó su decisión. Todo lo que restaba era dejar su familia que tanto amaba.

En 1875 María solicitó ingreso en la Misión de Calabar y fue aceptada. En el verano de 1876, a la edad de veintisiete años, zarpó ella para Calabar (situado en la moderna Nigeria), tierra conocida por el tráfico de esclavos y su ambiente malsano. María pasó sus primeros años en África en el poblado de Duke. Allí enseñó en una escuela de la misión. También visitaba a los Africanos para aprender el idioma, lo cual hizo rápidamente, aunque le disgustaba su tarea. Como muchacha acostumbrada al trabajo duro, nunca se sintió cómoda con la vida social de las varias familias de misioneros que vivían confortablemente en Duke. Le molestaba la vida rutinaria y quería obtener más de su carrera misionera que lo que Duke le ofrecía. Sólo un mes después de su llegada escribió: “Se necesita una gracia especial para estarse uno quieto. Es tan difícil esperar.”

Su corazón estaba dispuesto para la obra misionera en el interior, pero para tener ese “privilegio” tendría que esperar. Después de casi tres años en África y debilitada por varios ataques de malaria (y muchos más de nostalgia), se le dio a María licencia para ir a recobrar la salud y reunirse con su familia en Europa. Cuando, después de la licencia, regresó al África iba con mucha energía y llena de entusiasmo por su nueva tarea en Old Town, a cuatro kilómetros y medio hacia el interior, a lo largo del río Calabar.

Allí se sentía en libertad para trabajar sola y para mantener su propio estilo de vida. Su casa era de barro. Comía de lo que se producía en la localidad, lo cual le permitía enviar casi todo su sueldo a su familia. Su trabajo ya no era rutinario, pues supervisaba escuelas, dispensaba medicamentos, intervenía en disputas y cuidaba a niños desamparados. Los domingos era una predicadora itinerante. Recorría muchos kilómetros por la selva, de aldea en aldea, para compartir el evangelio con los que quisieran escucharla.

La evangelización en Calabar era un proceso lento y tedioso. Había mucha hechicería y espiritismo. Era casi imposible vencer las crueles costumbres de las tribus ya que estaban arraigadas en las tradiciones. Una de las costumbres más horribles era la matanza de los gemelos. La superstición dictaba que un nacimiento de gemelos era la maldición de un espíritu malo que engendraba a uno de los niños. En la mayoría de los casos daban muerte de una manera horrible a ambas criaturas. La madre era desechada por la tribu y exiliada a una zona reservada para los proscritos. María no sólo rescataba a los mellizos y ministraba a sus madres, sino que también luchaba sin descanso contra los perpetradores de ese rito pagano, algunas veces con riesgo de perder su propia vida. Con mucho valor intervenía en los asuntos de la tribu y al fin se ganó el respeto que por lo general no se les daba a las mujeres. Pero al cabo de tres años María estaba otra vez demasiado enferma como para permanecer en el campo misionero.

En su segunda licencia, María llevó consigo a Janie, una gemela a quien había salvado la vida. Aunque ella tenía mucha necesidad de descanso, la invitaron a hablar en muchos lugares. María y Janie causaban gran sensación, y tan grande era la demanda de sus presentaciones en público que el comité de la misión extendió la licencia de María. También tuvo ella que atender a su madre y a su hermana que estaban enfermas.

Al fin, en 1885, después de una ausencia de casi tres años, volvió al África, con la decisión de penetrar aun más en el interior. Poco después de su regreso al África, María recibió la noticia de la muerte de su madre. Tres meses después murió también su hermana. Otra hermana suya había muerto durante su licencia. Ahora María se encontraba sola y sin vínculos que la ataran a su patria. Se encontraba angustiada y casi dominada por la soledad: “Ya no tengo a quien escribirle y contarle mis historias, problemas y tonterías.”

Pero con la soledad y la tristeza también vino una cierta sensación de libertad: “El cielo está ahora más cerca de mí que la Gran Bretaña. Nadie se va a angustiar por mí si yo avanzo más hacia el interior.”
Para María, el interior era Ocoyong, una zona incivilizada donde habían perdido la vida otros misioneros que se habían atrevido a cruzar sus límites. El envío de una mujer soltera a los de Ocoyong parecía a muchos como una locura. Sin embargo, María estaba decidida a ir allá y nadie podría disuadirla. Después de visitar esa zona varias veces en compañía de otros misioneros, María estaba convencida de que la obra debía iniciarse con mujeres misioneras. Ella creía que las mujeres parecían ser una amenaza menor que los hombres a las tribus que aún no se habían alcanzado. Entonces en agosto de 1888, con la ayuda de su amigo el rey Eyo de Old Town, María emprendió su viaje al norte.

Durante más de un cuarto de siglo, María siguió estableciendo bases misioneras en zonas donde el hombre blanco no había podido sobrevivir. Durante quince años, menos dos licencias, ella se quedó con los de Ocoyong. Ella les enseñaba, los cuidaba y arbitraba en sus disputas. Su reputación como pacificadora se extendió a otros distritos. Muy pronto María actuaba como juez de toda la región, y, en 1892, se convirtió en la primera vicecónsul de Ocoyong. Este cargo oficial lo mantuvo por muchos años. En esta capacidad actuaba como juez y presidía en los juicios sobre disputas de tierras, deudas, asuntos domésticos y cosas similares.

Aunque a María la respetaban mucho como juez y había influido en la reducción gradual de la hechicería y la superstición, vio poco progreso en la cristianización de los de Ocoyong. Se consideraba como pionera y su obra como precursora. No le preocupaba demasiado el hecho de que no podía enviar deslumbrantes informes de multitudes de conversiones y de iglesias florecientes a su patria. Organizaba escuelas, enseñaba artes prácticas y establecía rutas comerciales; todo esto en preparación para los misioneros que la seguirían. (Prefería ella que tales misioneros fueran ministros ordenados.)

“Cristo me envió a predicar el evangelio y Él se hará cargo del resultado final.” 

Vio el fruto de su empresa evangelística, pero principalmente en su propia familia de niños adoptados. En 1903, casi al final de su obra en Ocoyong, celebró el primer culto bautismal (de los once niños bautizados, siete eran suyos).

La vida de María como misionera fue solitaria, pero ella no careció del todo de relaciones sociales. Los viajes a Inglaterra y a Duke le sirvieron para mantenerse en contacto con el mundo exterior. Durante una de sus licencias por enfermedad, en la costa, conoció a Carlos Morrison, un joven misionero maestro. El era dieciocho años menor que ella y trabajaba en Duke. Al progresar su amistad, se enamoraron. María aceptó su propuesta de matrimonio con la condición de que él trabajara con ella en Ocoyong. Pero esa boda nunca llegó a realizarse. La mala salud de él no le permitió quedarse ni siquiera en Duke. De todos modos, para María la labor misionera era más importante que sus relaciones personales. A María tampoco le convenía el matrimonio. Su modo de vida y su rutina diaria eran tan extraños que ella estaba mejor sola. Algunas señoritas que habían tratado de vivir con ella no habían tenido mucho éxito. A ella no le preocupaba mucho la higiene; su choza de barro estaba infestada de cucarachas, ratas y hormigas. El horario de las comidas, de la escuela y de los cultos de la iglesia era irregular. Esto se adaptaba mejor a los Africanos que a los europeos que se rigen más por los horarios. Tampoco se preocupaba mucho por la ropa. Ella se dio cuenta muy pronto de que el vestido al estilo victoriano, modesto y ajustado al cuerpo, no convenía para la vida en las lluviosas selvas del África. Usaba ropa de algodón, que a menudo se le pegaba al cuerpo debido a la humedad. Aunque María dejaba de tomar las más elementales precauciones de salud, sobrevivió a la mayoría de sus compañeros misioneros que eran tan cuidadosos de la salud y de la higiene [téngase en cuenta que en aquella época de cada cinco misioneros varones solo uno sobrevivía, el resto moría de malaria y diversas enfermedades].

Claro que tuvo problemas de salud, tales como varios ataques de malaria; también sufrió de forunculosis que le aparecían en la cara y en la cabeza, lo cual le producía a veces calvicie parcial. No obstante, en ocasiones estaba sorprendentemente saludable y fuerte para ser una mujer de edad madura. Sus hijos adoptados la mantenían joven y feliz. Ella podía decir con toda sinceridad que era “un ejemplo del gozo y la satisfacción de la vida de soltera“.

La oración es el poder más grande que Dios ha puesto en nuestras manos; la oración es más poderosa que la acción y es la única forma en la que puede avanzar el Reino.  Es sólo a través de las oraciones de muchos en mi favor, que puedo explicar el haber sobrevivido a tantos peligros y calamidades, y haber visto tantas almas llegar a los pies del Salvador

En 1904, a la edad de cincuenta y cinco años, María salió de Ocoyong con sus siete hijos a empezar la obra en Itu y otras zonas remotas, teniendo mucho éxito con los de Ibo. Janie, su hija mayor, era ahora una ayuda valiosa en la obra. Otra misionera se encargó de la obra en Ocoyong. Durante los últimos diez años de su vida, María siguió estableciendo misiones para facilitar el ministerio de los que fueran después de ella. En 1915, casi cuarenta años después de llegar al África, murió a la edad de sesenta y seis años en su choza de barro. Permanece como un gran testimonio de las misiones cristianas en el África.

Mary Slessor – Grandes mujeres de la Historia de la Iglesia

 

Relato extraído en su mayoría del libro: Hasta lo último de la tierra – Ruth Tucker

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