George Whitefield – Su extraordinaria vida – Historia de los grandes Avivamientos

Extraída del libro: Os Puritanos – del Dr. Martyn Lloyd-Jones – Traducido del portugués por Diarios de Avivamientos – 2018

“Hay un hecho extraordinario acerca de este hombre, Whitefield, al cual debo dirigir mi atención por un momento, y ese hecho es la espantosa negligencia que el sufrió. Sería muy interesante descubrir cuál sería el resultado, si yo pidiese a cada uno de los que aquí se hallan presentes que escribiera un ensayo sobre George Whitefield ¿Cuánto tendrían ustedes para decir? Me aventuro a aseverar que él es el hombre más descuidado de toda la historia de la Iglesia. La ignorancia que se refiere a él es pavorosa.

Pero la cuestión es: ¿por qué Whitefield ha sido descuidado de esa forma? Mucha gente sabe algo de John Wesley – no creo que sepan mucho, incluso de él, pero algo saben – mientras que Whitefield es un hombre desconocido, y la gran historia concerniente a él es una cosa que parece que la gente nunca ha escuchado. ¿Por qué? La explicación es de veras importante; por eso he leído aquellos versículos del capítulo dos del libro de Jueces.

Jueces, capítulo dos, versículos 8, 9 y 10: “Falleció Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, de la edad de ciento diez años; y lo sepultaron al término de su herencia, en Timnate- -Heres, en el monte de Efraim, hacia el norte del monte de Gaás. Y fue también congregada toda aquella generación a sus padres, y otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel

Ustedes notan el punto en cuestión: no sólo Josué murió, sino que “fue también congregada toda aquella generación a sus padres” – es decir, los contemporáneos de Josué. Y después el texto nos dice que “otra generación después de ellos se levantó, que no conocía al Señor, ni tampoco la obra que había hecho a Israel“. Esta es una declaración sumamente interesante y significativa. Esto siempre me parece que arroja gran luz sobre nuestra situación actual. Cuando las personas no conocen al Señor, pronto se vuelven muy ignorantes de la Historia de la Iglesia. Una vez que usted pierde el conocimiento del Señor, usted pierde el interés por Sus obras.

Eso, creo, fue lo que ocurrió durante los últimos cien años. El conocimiento del Señor siempre lleva a un interés por la Historia de la Iglesia, y estimula ese interés. ¿Acaso puedo opinar de paso esta noche, que hay algo errado con un conservadurismo evangélico que no tiene interés por la Historia de la Iglesia?

Hay un defecto en algún punto de nuestro conocimiento del Señor; porque, desde que una persona tiene un verdadero conocimiento del Señor, ella tiene un vívido interés por todas las obras del Señor, por todos los eventos conocidos y registrados en la larga historia de la Iglesia Cristiana. Creo que eso es algo que debería llevarnos a examinarnos a nosotros mismos con mucha seriedad. Estas dos cosas, de acuerdo con el texto, están indisolublemente interconectadas: la pérdida del conocimiento del Señor, la pérdida del conocimiento de Sus siervos y de sus grandes obras realizadas por medio de ellos. Examinémonos a nosotros mismos, con calma, a la luz de esta proposición.

La principal explicación, no tengo duda, de la negligencia de que Whitefield es objeto, es que él nunca fundó o estableció una denominación. Conforme fue llegando al final de su vida, tal vez se dio cuenta de que había cometido un error en ello. Consta que él dijo, antes del fin, que John Wesley fue más sabio que él, pues había “acorralado sus ovejas”, mientras que él no lo había hecho. El hecho, sin embargo, es que él no se preocupó en fundar o en dejar una denominación religiosa.
Se contentaba con predicar el evangelio, en fertilizar todo y cualquier cuerpo religioso. Así, él no dejó una denominación. Pero John Wesley dejó una denominación, y ésta con una perspectiva teológica particular, y gran atención se ha dado a su memoria. Los libros sobre John Wesley han sido esparcidos sin cesar a lo largo de los años; pero, en el caso de Whitefield, no hubo ninguna denominación religiosa para propagarlo. Esta es, creo, la principal explicación de la razón por la que ha sido tan tristemente descuidado.

Sin embargo, ¿por qué debemos entonces preocuparnos en traer al recuerdo de nuevo a este hombre, y en ponerlo delante de nosotros y del público religioso? Mi respuesta es: a causa del fenómeno del avivamiento religioso del siglo 18, uno de los más admirables episodios de la larga historia de la Iglesia Cristiana. Estoy muy dispuesto a estar de acuerdo con los que dicen que probablemente esa fue la mayor manifestación del poder del Espíritu Santo desde los días apostólicos. Se puede elaborar un excelente argumento en favor de esta afirmación. Si ustedes desean comprender lo que quiero decir, presten atención a lo siguiente: consideren el estado de este país [Inglaterra] antes del Despertamiento y Avivamiento Evangélico: era deplorable.

La Iglesia de Inglaterra estaba muerta; ustedes saben de la pluralidad de maneras de vivir, ustedes saben de las borracheras y farras, eso fue descrito muchas y muchas veces. Pero las otras denominaciones no eran mucho mejores. Pueden haber sido un poco mejores en el lado moral, pero la Iglesia Presbiteriana de aquellos días había caído en la herejía del arrianismo, y por fin desapareció totalmente. Y las otras comunidades no conformistas se hallaban en un estado de letargo, apegadas a una ortodoxia muerta.

Entonces vino este gran avivamiento, y toda la faz de Inglaterra cambió. La Iglesia de Inglaterra, en muchos aspectos, revivió; los no conformistas revivieron; una nueva corporación vino a la existencia, con el nombre de Sociedades Metodistas, y las repercusiones en un área más amplia fueron realmente admirables y espantosas. Se ha alegado muchas veces, y se puede probar, me parece, que el movimiento sindicalista de los obreros de este país surgió indirectamente de aquel avivamiento. Fue porque hombres, que antes eran ignorantes y llevaban vidas de ebrios embrutecidos, fueron transformados y nacieron de nuevo. Ellos comenzaron a comprender su dignidad como hombres y exigir educación y mejores condiciones de trabajo, y así sucesivamente. De ahí vino el movimiento sindicalista de los obreros. Sabemos de la conexión entre el movimiento pro-abolición de la esclavitud dirigido principalmente por William Wilberforce, y ese avivamiento, él mismo fue uno de los resultados de este avivamiento.

Toda la gente sabe que una de las grandes características de aquel avivamiento fue la predicación al aire libre. Estos hombres predicaban a multitudes inmensas, a veinte mil personas, y a menudo mucho más. ¿Quién fue el primero en predicar al aire libre? La respuesta es siempre la misma – George Whitefield fue el primero en predicar al aire libre, y tuvo enorme dificultad en persuadir tanto a John como a Charles Wesley a hacer lo mismo. Ambos eran mucho más conservadores que Whitefield. Él los precedió varios meses en este aspecto, y ejerció gran presión sobre ellos para persuadirlos a seguirlo. Por lo tanto, ustedes ven, él es el líder, el pionero, el primero en todos estos aspectos. Él fue el primero, también, en organizar sociedades – sociedades religiosas. Él también fue el primero en las obras beneméritas. Hay una escuela metodista muy famosa, llamada Kingswood School, a la que muchos ministros metodistas envían a sus chicos para recibir educación. Ella fue iniciada como una escuela para niños pobres, hijos de mineros y otros. ¿Quién fundó la Kingswood School? George Whitefield. Siempre George Whitefield en la vanguardia; él era el líder. A esta altura, espero haberlos convencido a ustedes de que mi protesta contra esta afrentosa negligencia hacia este hombre es más que justificada.

Él visitó América siete veces. Algunos de nosotros hallamos trabajoso cruzar el Atlántico actualmente, pero imaginen hacerlo hace doscientos años. Y Whitefield cruzó el Atlántico trece veces. Murió allí, en su séptima visita, de modo que, de hecho, cruzó el Atlántico trece veces. Visitó a Escocia catorce veces. Se calcula que probablemente predicó dieciocho mil sermones en los treinta y cuatro años de su vida como predicador.

Ahí está por qué, digo yo, es necesario celebrar la memoria de este hombre. Este hombre fue simplemente un fenómeno. No hubo ningún hombre que fuera mejor conocido en Londres hace doscientos años, que este hombre, George Whitefield. ¿Cuáles son los hechos acerca de él? Dejenme dar un breve resumen, a fin de intentar propiciar una conceptualización del fenómeno conocido como George Whitefield. Como ya les he recordado, nació en Gloucester, en la Taberna [o Posada] de la Campana (The Bell Inn), el 16 de diciembre de 1714. Muchos de sus antepasados habían sido clérigos de la Iglesia de Inglaterra, pero su padre no. Su padre era el conserje de la posada “The Bell Inn”, en Gloucester, y allí él pasó su niñez. Su padre murió cuando él era muy joven, y Whitefield nos cuenta en su diario que cayó en muchos pecados, en la mayoría de aquellos pecados en los que la juventud tiende a caer. Pero nunca fue feliz, siempre tuvo una conciencia sensible. Abandonó la escuela por un tiempo, pero luego empezó a pensar que estaba equivocado. Durante el tiempo en que dejó la escuela, sólo estuvo ocupado en servir bebida, según la costumbre de aquella taberna [o posada] de Gloucester. Sin embargo, su conciencia aún le perturbaba, y él regresó a la escuela, y finalmente pudo conseguir ingreso en una universidad, en Oxford.

Allí, como digo, recibió la influencia de aquel Club Santo que había sido formado por Charles Wesley y algunos otros, y que más tarde recibió la adhesión de John Wesley. Después de haber concluido su curso en Oxford, fue ordenado por el obispo Benson, obispo de Gloucester en aquel tiempo, el 20 de junio de 1736, a la edad de veintiún años. Pues bien, el obispo Benson había hecho una regla según la cual no ordenaría a nadie con menos de veintitrés años de edad, pero habiendo oído lo que había oído sobre este joven extraordinario, y habiéndose encontrado personalmente con él, resolvió romper su propia regla, por lo que lo ordenó aunque él sólo tenía veintiún años de edad.

El 27 de junio, una semana después de su ordenación, predicó por primera vez en Gloucester, en la Iglesia de Santa María, la Cripta, donde había sido bautizado en la infancia y había participado por primera vez en la Cena del Señor. Naturalmente, este acontecimiento causó mucho interés, y tal vez algún entusiasmo. Su madre era muy conocida como celadora de la Posada de la Campana, y todos los parientes y amigos, y otros, vinieron al culto; el resultado fue que la iglesia quedó repleta. Ahora bien, este es el punto interesante:  en este primer sermón mostró que era un hombre aparte, que había algo inusual sobre él. El efecto sobre los oyentes fue tremendo. Fue dicho más tarde, y hasta fue llevado al conocimiento del obispo, que quince personas se habían vuelto locas a causa de aquel sermón. El obispo Benson era un hombre sabio, y corrió la noticia de que su comentario fue: “Todo lo que deseo y espero es que esa locura no sea olvidada antes del próximo domingo”.  Él era un hombre sabio, y comprendió que allí estaba un predicador realmente inusual. El primer sermón de Whitefield lo marcó como un predicador completamente excepcional, a la edad de, recuerden, veintiún años.

Él vino a Londres por primera vez en agosto del mismo año de 1736. Su primer sermón en Londres fue predicado en Bishopgate. El puesto que vino a ocupar consistía en actuar como sustituto del capellán de la Torre de Londres, pero le fueron dadas oportunidades de predicar en otros lugares y, de nuevo, en el momento en que empezaba a predicar él atraía la atención, y atraía a multitudes. El pueblo jamás había oído predicación como la suya. En vez de leer un prosaico tipo de ensayo, que se suponía servir como un sermón, él era un hombre que predicaba con todo su ser, con autoridad, poder y convicción – e inmediatamente, cada vez que predicaba, las iglesias quedaban llenas, atascadas.

Después de pasar cerca de dos meses aquí en Londres, fue a sustituir a un amigo en una parroquia de Hampshire. Sucedió allí exactamente lo mismo. Como resultado de ello, se le ofrecieron muchas parroquias y se le presentaron muchas posibilidades y perspectivas de éxito y de progreso en la Iglesia de Inglaterra. Pero, bajo la influencia de sus amigos John y Charles Wesley, que estaban en Georgia [Norteamérica], buscando hacer alguna obra misionera, se sintió llamado a ir a Georgia y, así, decidió definitivamente que era lo que debía hacer. No había barco disponible inmediatamente, y había varios arreglos para hacer, de modo que él pudo volver a Gloucester para despedirse de su madre, de los amigos y de los parientes. Él predicó allí, y una vez más fue notable. En cierto sentido, se demostró que ese fue un punto decisivo de su vida y carrera. Él tenía algunos parientes en Bristol, ciudad vecina de Gloucester, y quería despedirse de ellos antes de partir a Georgia. Por eso fue allí. Cada vez que él se enteraba de que había algún tipo de conferencia o sermón en alguna iglesia en un día de semana, siempre asistía. Así, en Bristol él fue a una cierta iglesia y allí estaba sentado con la congregación, cuando el hombre que debía predicar lo reconoció, se fue a él y le pidió que predicara en su lugar. Dice Whitefield: “Sucedió que tenía las anotaciones de un sermón en el bolsillo, de modo que estuve de acuerdo en predicar”. Y lo hizo. Este fue, en un sentido, el comienzo del real fenómeno de George Whitefield. La congregación quedó toda electrizada. Él predicó en otras iglesias, y estas también quedaron desbordantes de gente.

El pueblo venía de todas partes, y en las iglesias ocupaban todos los rincones – junto a los candelabros, en el sótano, en la galería, en cualquier punto, con tal de estar en el edificio y oírlo. Pues bien, eso es asombroso. Él predicó en Bristol por primera vez en enero de 1737. Hubo retrasos, y él todavía no pudo ir a Georgia, y así pudo hacer otra visita a Bristol, en mayo de 1737, llegando allí el día 23. He aquí una cosa que les ayudará a percibir qué fenómeno era este hombre. Recuerde, él era sólo un joven de veintidós años, pero esto es lo que él dice sobre su segunda visita a Bristol: “Multitudes venían a pie a mi encuentro, y muchos venían en carruajes, desde una milla, y casi todos me saludaban y me bendecían cuando yo andaba por la calle“. ¿Pueden imaginar eso? ¡Un joven de veintidós años! Gente caminando una milla, viajando en carruajes para encontrarse con él. Era una especie de “desfile real”, y todo resultante de su admirable y espantosa predicación. Y continuó así – de vuelta a Gloucester, luego a Oxford y luego a Londres. Consta que entre agosto y la Navidad de 1737 él predicó cien veces, y cada vez a auditorios repletos. Él se tornó uno de los hombres más famosos de toda la ciudad de Londres, y de todo el país.

Entonces, al final, él pudo ir a América, y allí pasó la mayor parte de 1738. Ahora, recuerde, este año de 1738 es el año en que los dos hermanos Wesley fueron convertidos durante el mes de mayo. Sin embargo, Whitefield volvió a Inglaterra a finales de 1738, por varios motivos. Ahora bien, esto nos lleva al gran año de 1739. Volviendo a sus viejos rincones – Gloucester, Bristol, etc. – comenzó a oír sobre la terrible condición de los mineros que vivían en aquella villa de Kingswood, situada en los límites de Bristol. Ellos llevaban una vida muy depravada. Whitefield se preocupó de ellos. Aquellos hombres nunca habían llegado cerca de un lugar de culto, por lo que él pensó que debía ir a ellos, y fue un día y predicó a unos cien de ellos. Pero, de nuevo, el efecto fue tan tremendo que de ahí en adelante él empezó a predicar a por lo menos cinco mil de ellos a la vez. Estos hombres salían de la mina, no tenían tiempo de lavarse; se quedaban de pie, oyendo; y allí les predicaba. Se cuenta que luego ya estaba predicando a veinte mil personas, todas oyéndolo de pie, al aire libre. Y después de eso, como les dije, influenció a los hermanos Wesley para que ellos hicieran lo mismo.

Sin embargo, cuando Whitefield regresó de América, vio que se había operado un gran cambio aquí en Londres, en la actitud de los clérigos y de los pastores hacia él. Cuando partió, estaba en la cresta de la ola de la popularidad, pero cuando volvió vio que muchas puertas estaban cerradas para él. ¿Por qué? Bueno, hubo muchas razones para ello. Algunos de sus convertidos habían sido un tanto imprudentes, habían actuado de un modo impropio del evangelio, y habían hecho hostiles a sus propios clérigos y pastores. Además, algunos miembros del clero realmente nunca habían disfrutado de su predicación sobre la necesidad absoluta del nuevo nacimiento. Por encima de todo, partes del Diario que él había comenzado a escribir habían sido publicadas, y ellos creían que eso era exhibicionismo, y que él estaba diciendo cosas que no debía decir. Estas cosas, sin duda, además de mucha envidia, hicieron que muchas iglesias se cerraran para él. Así, él fue impulsado aún más al aire libre.

Le negaron permiso para predicar en la Iglesia de Santa María, en Islington; justo cuando estaba para entrar en el púlpito, fue detenido. Entonces él resolvió cerrar tranquilamente ese culto. Después llevó al pueblo hacia fuera y les predicó en el patio de la iglesia. Todo esto agravó la situación y los ataques que le dirigían se volvieron realmente increíbles. Se hicieron ataques a su carácter moral, ofendiendo hasta su apariencia personal. Whitefield tenía la infelicidad de tener un ojo bizco, y así era conocido por el pueblo, por la multitud popular de Londres, como el “Doctor Ojo Bizco” (“Doctor Squintum”). Esto, sin embargo, no hacía la menor diferencia, el punto era que él era un predicador bien conocido, y fue como su vida continuó. Él predicaba  en cualquier lugar donde había un gran espacio abierto, Whitefield sólo tenía que levantarse y predicar, y miles se reunían para oírlo. El promedio de sus oyentes rondaba en algún punto cercano a los veinte mil por vez y, recuerden, todos ellos tenían que estar de pie. No obstante, lo hacían con la mayor buena voluntad.

George Whitefield

Él simplemente continuó haciéndolo por el resto de su vida. Hizo esto en toda Inglaterra, lo hizo en Gales, como ya les dije, lo hizo en Escocia, lo hizo en América. Así, este fenómeno continuó. Cuando se oía que él estaba en las inmediaciones y luego iba a predicar, los comerciantes cerraban inmediatamente sus tiendas, pues tenían que oírlo; los hombres de negocios olvidaban sus negocios, los labradores largaban sus instrumentos de trabajo. Él podía conseguir un auditorio de miles a cualquier hora del día o de la noche; él podía conseguirlos y mantenerlos en la nieve, en la helada, en el hielo y la lluvia – no importaba cuáles eran las condiciones. En América, en un invierno muy frío, permanecieron de pie los miles oyendo a este hombre predicar el evangelio, y los oyentes recorrían distancias interminables para tener esta gran oportunidad y privilegio.

Puedo resumir el resto de su vida diciéndoles apenas esto – desde aquel comienzo al aire libre, en 1739, él simplemente continuó haciendo eso en todos estos países hasta que, por fin, a las primeras horas de la mañana del 30 de septiembre de 1770, expiró su último aliento y partió para estar con aquel Señor que anhelaba ver desde sus primeros días como joven predicador. Su fin es muy característico de su personalidad. Él no estaba bien de salud, lo admirable es que él vivió el tiempo que vivió. Porque este hombre solía predicar cinco o seis veces al día. Eso era cosa común para él, y así él ponía su cuerpo bajo una tremenda tensión. Allí estaba él; había prometido predicar en un lugar llamado Newbury Port, en Nueva Inglaterra, domingo, 30 de septiembre de 1770, y estaba viajando en esa dirección. Él tuvo que pasar por un lugar llamado Exeter, y cuando oyeron que él estaba allí, vinieron todos en multitud. Él tenía que predicarles, y al fin lo persuadieron a hacerlo. Al principio él apenas podía hablar. Estaba en condición física tan débil, que no podía articular las palabras. Él empezó despacio, y poco a poco comenzó a revivir. Acabó predicando para ellos por dos horas.

Ese era George Whitefield. Él se llenó de poder y de fuerzas, y los oyentes, como de costumbre, quedaron profundamente impresionados. Después llegaron al lugar donde debía quedarse aquel sábado por la noche, en Newbury Port y, por fin, dijo que iba a dormir. Le dieron un candelero con una vela, pero el lugar estaba lleno de gente. Hacia donde fuera, la gente se aglomeraba alrededor de él, haciendole preguntas, queriendo tener una palabra de él. Este último cuadro es maravilloso, idílico. Él intentó alejarse de ellos, y comenzó a subir la escalera, con la vela encendida en la mano. Después se volvió y les habló de nuevo, haciéndoles otra exhortación. Continuó predicándoles hasta que la vela se consumió completamente, y él sólo se quedó con el candelero en la mano.

Finalmente se fue a la habitación y para la cama. Tuvo un fuerte ataque de lo que hoy denominamos asma cardíaco, y murió. Simplemente se fue, como digo, a estar con el Señor a quien tanto amaba. Cuando ustedes leen sus maravillosos Diarios, presten atención a la manera en que él anhelaba estar con el Señor. No era un simple hablar; era lo que quería decir; él fue reprendido algunas veces por decir eso, pero era su mayor deseo, y al final le fue concedido. Bueno, ahí está el fenómeno abarcado por el nombre de George Whitefield, y ahí está el por qué es bueno para nosotros recordar todo esto.

Allí estaba un hombre capaz de predicar de esa manera a todas las clases. Había muchos que le seguían, entre los miembros de la aristocracia de aquí de Londres. La condesa de Huntington creía que no había ningún predicador como él, y solía abrir las salas de su gran casa e invitar a todos los principales elementos de la aristocracia de la época para oírlo; y ellos se deleitaban escuchando a Whitefield. Él era el mayor de estos predicadores que predicaban para la aristocracia, pero como les recordé, él era también el mayor predicador para los mineros, el mayor predicador para las multitudes de Moorfields, Kennington, Common y de donde sea que él estuviese. Él podía predicar de igual manera para los niños de su orfanato. ¡Qué hombre estupendo y admirable era!

Él también era supremo en la cuestión de recoger dinero. Él fundó un orfanato en Georgia, y el costo para mantenerlo era muy grande. Así, él se acostumbró a predicar un sermón y luego levantar una colecta. Solía conseguir enormes colectas de dinero, y con ese dinero también solía ayudar a quienquiera que estuviera en necesidad, cualquier persona pobre, todo aquel que estuviera en dificultad. Toda Inglaterra hablaba de él. Siempre se sabía cuando él estaba en Londres, y él atraía gente de todas las clases y de todas las capas de la sociedad.

¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Es muy difícil concebirlo, ¿no es así? Estamos viviendo días muy pobres. ¡Qué siglo fue el siglo 18! Aquí está el fenómeno; ¿cuál es la explicación? Permítanme intentar una especie de análisis.

Comencemos con el hombre propiamente dicho. El hombre natural era muy interesante. Cuando niño, se le describe como inteligente, hábil y muy cautivador. Pero lo que había de más notable en cuanto a él era su don de oratoria. Él lo mostró cuando era niño. Solía imitar a los predicadores en la posada. Era un actor nato, y tenía elocuencia maravillosa. Un hombre nace orador. No se pueden hacer oradores. O usted es orador, o no lo es. Y ese hombre era un orador nato. Él no podía evitar eso. Él siempre era bueno en la recitación de fragmentos de los dramas Shakespearianos. En la escuela siempre le daban un papel, o si se hacía un discurso a las personas notables de la ciudad de Gloucester, él era el chico escogido por su admirable elocución y por la facilidad y gracia con que lo hacía todo. Era un orador nato, y como todos los oradores, era caracterizado por la gran libertad y propiedad de sus gestos. El intelectual John Wesley no era orador, y a veces tendía a criticar a George Whitefield en este aspecto.

Recuerdo haber leído en el Diario de Wesley sobre cómo sucedió que una vez ambos estuvieron en Dublín al mismo tiempo, y como John Wesley fue a escuchar a Whitefield. En su relato del culto, Wesley se refiere a los gestos del predicador, diciendo que le pareció que Whitefield se asemejaba a un francés luchando boxeo. Lo que él quiso decir es que Whitefield tendía a hablar tanto con las manos como con los labios y la boca. Sin embargo, esto es oratoria. Uno de los mayores oradores de todos los tiempos fue Demóstenes. Un día alguien preguntó a Demóstenes: “¿Cuál es la primera gran regla de la oratoria?” Y Demóstenes respondió: “La primera gran regla de la oratoria es: movimiento; la segunda gran regla de la oratoria es: movimiento; y la tercera gran regla de la oratoria es el movimiento. El orador no mueve sólo los labios y la lengua, todo su cuerpo está envuelto.” ¡Movimiento! Vivimos días malos; no sabemos nada de oratoria. George Whitefield era un orador nato. ¿Ustedes oyeron lo que se comenta que David Garrick dijo? David Garrick era el principal actor en aquel tiempo, y cada vez que tenía oportunidad, siempre iba a oír a Whitefield. Él no estaba muy interesado en el evangelio; estaba más interesado en la elocución, los gestos y así sucesivamente. Se dice que Garrick dijo que daría cien guineas, si pudiera decir “¡Oh!” como George Whitefield lo decía. Y otra persona dijo que se sentiría completamente feliz, si pudiera pronunciar la palabra “Mesopotamia” como Whitefield la pronunciaba.

Tengo una autoridad mayor para citar. Uno de los mayores hombres de mediados del siglo dieciocho fue Bolingbroke. Era un hombre hábil, culto, un hombre del mundo, hombre muy sabio y, otra vez, alguien que estaba interesado en la oratoria y la elocución. Bolingbroke dijo de Whitefield, a quien había escuchado muchas veces, que él tenía mayor “elocuencia imponente que cualquier hombre que había escuchado”. Él había escuchado a todos los mayores oradores políticos y estadistas y otros tipos de oradores también. Él colocó a Whitefield en la cima de la lista, calificando su oratoria como la mayor “elocuencia imponente” que había escuchado. Además de todo esto, Whitefield tenía una naturaleza cálida y una gran compasión. Ahí está el hombre natural.

Sin embargo, esto no explica el fenómeno que era George Whitefield. Pensemos ahora en lo espiritual. Ahí está la explicación. ¿Puedo expresar esto de manera cruda y casi ridícula? Dios sabe lo que hace, y cuando Él escogió a este hombre, George Whitefield, a quien dio esos dones naturales, sabía lo que estaba haciendo. George Whitefield pasó por una extraordinaria conversión. Fue un proceso largo y penoso. Ha habido muchos pasos. Como ya les recuerdo, su conciencia lo perturbaba en la niñez, en la juventud, y cuando fue a Oxford no participó en las diversas fiestas para las que era invitado; él era muy serio.

Después él frecuentó las reuniones del Club Santo, y se puso aún más serio. Los miembros de ese Club practicaban buenas obras, tenían días de ayuno, visitaban las prisiones … Pero nada de eso lo ayudó. Después de leer un libro, un famoso libro escrito por un escocés llamado Henry Scougal, que había vivido a finales del siglo diecisiete. El título del libro era: La vida de Dios en el alma del hombre (“The Life of God in the Soul of Man”). Tuvo un profundo efecto sobre él. Lo convenció de que él necesitaba nacer de nuevo, de que ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.

Él comprendió que no la poseía; y esto lo llevó a las profundidades de la desesperación. Se quedó en agonía. Solía quedarse postrado en el suelo, en oración, acostumbraba salir para orar al aire libre; no había nada que él no hiciera. Él pasó por ese terrible proceso de convicción de pecado; entonces, finalmente, Dios por su gracia sonrió para él.

“él necesitaba nacer de nuevo, ser cristiano no es tener una vida buena, hacer esto o aquello, sino tener en el alma la vida de Dios.”

En otras palabras, la conversión de George Whitefield no fue una cuestión de “tomar una decisión”. No fue repentina. No, él pasó por esa tremenda agonía de convicción, y entonces irrumpió la luz para él. Sumado a esto, se le dio lo que él llamaba “el sello del Espíritu”. Esto es lo que explica el carácter extraordinario de su predicación desde el principio. Sin embargo, recordemos esto: aunque ese es el comienzo, él continuó la vida entera caracterizándose por una piedad sumamente admirable. La vida de oración de este hombre hace que todos nos quedemos avergonzados, y muchas veces me hizo sentir que no sé absolutamente nada de estas cuestiones. Ya me referí a la humildad y santidad de Whitefield. Nada muestra esto más claramente que la manera en que se quedaba aterrorizado con la idea de predicar. A pesar de haber sido entrenado para el ministerio, y de haber llegado el tiempo de su ordenación, predicar le amedrentaba. Él consideraba esta tarea muy sagrada; y ¿quién era él para entrar en un púlpito y predicar? Por él, huiría a mil millas de distancia para no predicar. Tal era su manera de verlo todo, y tal era su concepto de sí mismo y de su indignidad personal, que daba mucho trabajo persuadir a George Whitefield a entrar en un púlpito y, predicar.

Hermanos, ¿no habría una lección aquí para algunos de nosotros? Él detestaba también aparecer en las noticias de prensa, y siempre se enfadaba cuando las recibía. En otras palabras, él era un hombre extraordinariamente humilde y piadoso. John Wesley le paga el tributo de decir que creía que sólo había conocido a un hombre que se igualaba a Whitefield en santidad  y ese hombre era John Fletcher, de Madeley. Mas, John Wesley al decir esto al final de la vida de Whitefield, y en vista de todo lo que ocurrió entre ellos, es un tremendo tributo a la santidad y piedad de Whitefield.

Ahí está el hombre, pues, permítanme decir sólo una palabra sobre su predicación, él mismo la describe como “sincera”; él la describe como “franca”. Él siempre fue directo. ¿Él predicaba sobre qué? Uno de sus grandes temas era el pecado original. Nadie podía exponer la condición del corazón natural, no regenerado, más poderosamente que George Whitefield.
A continuación, otro gran tema era la regeneración. Él mismo afirma que su sermón sobre “la naturaleza y la necesidad del nuevo nacimiento en Cristo” dio inicio al despertar en Londres, Bristol, Gloucester y Gloucestershire. Él mismo estaba convencido de que fue su famoso sermón sobre ese tema que realmente ocasionó el Gran Despertar. Ese era su tema principal.

Otro tema prominente en su predicación era éste: él creía en las impresiones internas, directas, inmediatas, hechas por el Espíritu Santo en el hombre. Pues bien, Jonathan Edwards lo censuró al respecto. Hay una historia muy interesante en las memorias de Jonathan Edwards sobre cómo una vez Edwards y otros hablaron con Whitefield al respecto. Dice Edwards: “He intentado hablar con él sobre esta cuestión del énfasis que él da a las impresiones internas“. Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso. Edwards era un hombre más capaz y un genio mucho mayor, en un sentido intelectual. Edwards se sentía infeliz con eso, y es sumamente interesante, y casi divertido, notar como Edwards registra que estaba bien claro que Whitefield realmente no escuchaba lo que él, Edwards, le decía, ya que a pesar de todo, eso era algo que Whitefield predicaba y subrayaba mucho.

“Whitefield daba gran énfasis a la dirección directa del Espíritu. Él creía que el Espíritu le hablaba directamente, y él actuaba basado en eso.”

Después, el siguiente gran tema era, naturalmente, la justificación por la fe. Algunos quizá pregunten por qué puse la regeneración antes de la justificación por la fe. Lo hice por esta razón -Whitefield predicaba la regeneración antes de predicar la justificación por la fe. Es muy interesante observar que él pasó por un cambio en este aspecto. Al principio, su predicación era casi enteramente sobre la corrupción del corazón natural, no regenerado, y la necesidad del nuevo nacimiento. Sin duda, esto era un efecto de la enseñanza de Scougal. En sus nueve sermones publicados en 1737 no hay mención de la justificación por la fe. En sus Diarios – (ustedes podrán verlo en la página 81 de la última edición de sus diarios) – refiriéndose al tema de la justificación por la fe, él afirma significativamente: “aunque eso no estaba tan claro para mí como posteriormente”. Él mismo admitió que le faltaba claro entendimiento de la justificación por la fe en 1737, como debería tener.

Si ustedes leen las páginas 193-4 en sus Diarios, verán que los dos hombres que lo corrigieron en ese aspecto de la verdad fueron John y Charles Wesley. Ellos predicaron la justificación por la fe desde el principio; Whitefield no. Y ellos le ayudaron a llegar a un mejor equilibrio en ese aspecto. Debemos ser honestos. Yo dije que Whitefield no era un hombre de partido; y yo no debo ser hombre de partido. Todo honor a John y Charles Wesley por ayudar a Whitefield a ver la importancia y el lugar de la justificación en el mensaje del predicador.

“para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo”

Otra cosa que caracterizaba su predicación, especialmente en el principio, era la crítica que hacía a los predicadores no convertidos. Jonathan Edwards se aventuró a censurarlo sobre esto también; pero Whitefield no le oyó. Whitefield solía denunciar un ministerio ejercido por un ministro no regenerado, y lo hacía cuando numerosos ministros lo oían. Otra manera por la cual él afirmaba eso era decir que, para él, que un hombre predicase lo que él llamaba un “Cristo no sentido” era algo terrible – predicar sobre Cristo sin sentir a Cristo en lo íntimo. Él solía denunciar sin medida a hombres culpables de ello.

He dicho algo sobre el hombre, he dicho algo sobre el mensaje, y concluyo con lo que era la cosa más característica en cuanto a ese hombre, a saber, su predicación. ¿Ustedes  comprenden esa distinción y división? Yo hago esta pregunta por esta razón: no hay nada que me desanime tantas veces, si puedo hacer una referencia personal como predicador, como la incapacidad de las personas de diferenciar entre el mensaje y la predicación. Hay una tremenda diferencia entre proferir verdades y predicar. Un expositor puede tener un mensaje correcto y ortodoxo, pero no se sigue que lo esté predicando. Una cosa que pone a Whitefield en una clase aparte, con relación a Rowland, es la predicación.

¿A qué me refiero? Me refiero al modo en que el mensaje se presenta y se transmite. Había otros hombres en aquel tiempo, como ha habido desde entonces, que predicaban el mismo mensaje, pero no eran como la predicación de George Whitefield. ¿Cómo se puede describir su predicación? Sólo es posible describirla como apostólica y seráfica. Me gusta la observación hecha por un predicador que lo había oído bastante y que fue responsable de la publicación de algunos de sus sermones. Comentando su estilo de predicar, dijo: “Una noble negligencia recorría su estilo”. ¿Qué quiere decir? Quiere decir que Whitefield no se sentaba a escribir maravillosas obras maestras literarias de sermones, con cada sentencia perfectamente balanceada, y siempre bien acabada, pulida, y así sucesivamente. No, él no hacía eso.

“lo que caracterizaba su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.”

Él no tenía tiempo para escribir sermones. Era un predicador extemporáneo, y había lo que el referido autor llama “una noble negligencia” en su predicación. Rompía reglas gramaticales aquí y allá, no siempre se acordaba de completar sus sentencias, pero para los que saben algo sobre predicación, eso no es nada. “¡Noble negligencia!” ¡Ah, que tuviéramos un poco más de eso, y un poco menos de los ensayos pulidos que pasan por sermones en nuestra época degenerada! Lo que caracterizaba, sin embargo, su predicación era el celo, el fuego, la pasión, la llama.

Él era un predicador sobre todo convincente y alarmante. Usted se acuerda de lo que se dijo acerca de su primer sermón en Gloucester. El efecto que siguió produciendo era semejante a aquel. Él podía exponer las tinieblas y la pecaminosidad del corazón humano natural, de modo que los hombres quedaban aterrorizados, asustados y en agonía de alma cuando lo oían. No obstante, eso era acompañado por una ternura, un amor y una capacidad de derretir el corazón que eran irresistibles. ¡Eso es predicar! Me gusta el comentario que el propio Whitefield hizo sobre esta cuestión de predicar. Un día le pidieron una copia del sermón que él había predicado, para publicarlo, y ésta fue su respuesta: “No hago objeción”, dijo, “si ustedes imprimen con él el relámpago, el trueno y el arco iris”. No se puede poner la predicación en la imprenta fría; es imposible. Se puede poner el contenido del sermón, no la predicación; no se puede poner el “relámpago”, no se puede poner el “trueno” – el retumbar del trueno, el brillo del relámpago – no se puede capturar el “arco iris”. Todo esto está en la palabra, en el movimiento y en todo lo que concierne al predicador. No se puede poner eso en la imprenta.

“No se puede poner la predicación en el papel.”

Es por eso que cuando las personas leen los sermones de Whitefield, a menudo dicen: “No puedo entender esto. ¿Cómo es que un hombre que ha producido sermones como estos puede haber sido tal fenómeno, tan maravilloso predicador? Si ustedes han dicho esto alguna vez, están revelando su ignorancia de lo que significa predicar. No se puede poner la predicación en el papel. Yo defiendo la idea de que este ha sido uno de nuestros grandes problemas desde mediados del siglo pasado, o incluso antes. La impresión de sermones, la impresión de todo lo que se habla, puede tener un efecto devastador sobre la predicación como tal. Los hombres tienen los ojos puestos en las personas que lo van a leer, más que en aquellas para las cuales van a predicar en la ocasión. Es una pena, pero entra ahí la preocupación por la reputación y con lo que dirán los críticos literarios pedantes.

Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos

El efecto de su predicación era simplemente irresistible. Él nos cuenta lo que observó en el pasado en los pobres mineros de Kingswood. Estos hombres acababan de salir de las minas y tenían los rostros negros de polvo de carbón cuando se pararon para escuchar a Whitefield. Dice él: “Cuando les estaba predicando, de repente empecé a observar surcos blancos en sus rostros ennegrecidos“. ¿Qué es lo que era? Ah, lágrimas corrían por sus caras, haciendo surcos en la suciedad del polvo de carbón. ¡Eso es predicación! Estos pobres hombres, que nada sabían de doctrina, que de nada sabían, excepto del pecado, que vivían sólo en las borracheras, e incluso en el libertinaje, al oír esa estupenda predicación de la Palabra de Dios, lloraron, derramando copiosas lágrimas.

O vean cómo es descrito por el autor del gran himno que comienza con las palabras:
Grandioso Dios, que operas maravillas, Todos tus caminos incomparables son, sublimes y divinos.

El mismo Samuel Davies también era un admirable predicador y un gran intelecto. Él había estado en un avivamiento en América, en aquel mismo siglo. Lo hicieron director de un colegio. Samuel Davies y Gilbert Tennent fueron enviados a Inglaterra para recaudar dinero para ese colegio. Llegaron después de un viaje terrible, durante el cual pensaron que iban a naufragar una y otra vez. Llegaron a Londres el sábado por la mañana, y la primera pregunta que hicieron fue: “¿Está el Sr. Whitefield en la ciudad?” Para su satisfacción, se les dijo que estaba, y que debía predicar a la mañana siguiente, creo que en Moorfields. Así combinaron que estarían allí en buena hora para oírlo.

Samuel Davies escribe el relato del culto, y he aquí lo que él dice: “Pronto quedó claro para mí, en el culto, que el Sr. Whitefield debía haber tenido una semana excepcionalmente ocupada: era obvio que él no tuvo tiempo para preparar bien su sermón“. Añade: “Desde el punto de vista de la construcción y del orden del pensamiento, era muy deficiente y defectuoso, era un sermón muy pobre, pero” dijo Samuel Davies, “la unción que lo asistió fue tal, que me arriesgaría muchas veces a los rigores de un naufragio en el Atlántico para estar allí y quedar bajo su benigna influencia”. Eso es predicación, mis amigos. ¡Pobre sermón, pero tremenda predicación!

George Whitefield predicando

¿Qué sabemos de eso? ¿Por qué hablamos de la predicación como “hacer un discurso” o “decir una palabra”? ¡Predicación! Eso fue lo que produjo aquel tremendo avivamiento de Dios. Ustedes pueden leer los relatos de lo que Jonathan Edwards y la señora Edwards sentían frente a la predicación de Whitefield. Déjenme contarles lo que dijo el gran Lord Chesterfield. Chesterfield era un humanista, un típico hombre del siglo 18, “hombre de ciudad”, que escribió un famoso libro de consejos a su hijo. Él solía deleitarse en escuchar a Whitefield y, como otros, estaba dominado por el poder de la predicación. Ustedes recuerdan la famosa historia: una tarde, Whitefield estaba usando una ilustración para mostrar el gran peligro de la situación del pecador, al caminar hacia el infierno sin darse cuenta, y presentó esta figura: comparó al pecador con un hombre ciego conducido por un perro. Él tenía un bastón en la mano, y iba siendo conducido por el perro. Desafortunadamente el perro se soltó y huyó, y dejó al hombre, quien caminó a tientas con su bastón, haciendo lo mejor que podía. Inconscientemente, dijo Whitefield, el hombre deambuló rumbo al borde de un precipicio, y su bastón cayó en el abismo, tan profundo que ni siquiera se oyó el eco. El ciego fue avanzando cautelosamente, para recuperarlo; por un momento él puso un pie en el vacío y… en aquel momento el Lord Chesterfield se puso de pie, gritando: “¡Buen Dios, detenlo!”, y saltó adelante para intentar impedir la caída del ciego en el abismo. Esto no es sólo oratoria, es predicación también; y puede afectar a un hombre como el Lord Chesterfield de esa manera extraordinaria.

La historia de que me gusta más, es la de Benjamin Franklin oyendo a Whitefield. Pues bien, allí estaba otro genio. Benjamin Franklin es famoso como científico, famoso como hombre de letras, como uno de los líderes de la Revolución Americana, como el primer embajador enviado por Estados Unidos para representarlos en Francia. Él venía frecuentemente a Londres. Este hombre capaz y culto se decía cuáquero; no ocupaba ningún puesto desde el punto de vista cristiano. Ahora bien, Benjamín Franklin vivía en Filadelfia, y en el tiempo de las visitas de Whitefield, él era tipógrafo. Era un astuto hombre de negocios, y se acostumbró a imprimir y vender sermones de Whitefield. Él nunca perdía una oportunidad de escuchar a Whitefield y, en referencia a una de esas ocasiones, he aquí lo que él dice. Ya les recordé que, invariablemente, al final de un sermón, Whitefield levantaba una colecta para su orfanato en Georgia, y Franklin lo sabía muy bien. Había visto eso muchas veces, y con frecuencia ponía algún dinero en la colecta; pero estaba cansado de hacerlo. Creía que Whitefield estaba tomando mucho dinero de él. Así, él nos cuenta que en esa ocasión particular en que fue oírlo, había resuelto solemnemente que no daría nada en la colecta al final del culto. Dice él: “Yo tenía en el bolsillo oro, plata y cobre, pero decidí que no daría nada, ya había dado muchas veces“. Pero lo que él dice a continuación es esto: “Conforme el predicador prosiguió, fui ablandado y terminé dando el cobre. Otro poco de su oratoria me llevó a la decisión de dar la plata, y él concluyó tan admirablemente que yo vacié totalmente el bolsillo en el plato de la recolección- oro y todo”. Ahora bien, eso es predicación. Está más allá de la oratoria, es oratoria inspirada – oratoria inspirada por el Espíritu Santo, transmitiendo el mensaje de la Palabra de Dios y su glorioso evangelio.

¿Puedo indicar, con algunos títulos lo que considero algunas de las lecciones que George Whitefield tiene para enseñarnos hoy? Me gustaría tener tiempo para desarrollarlas. La primera lección que nos enseña es ésta: nunca la situación es de desesperación total ¡nunca! – Las cosas no podrían ser peores de lo que eran en el período anterior a 1736-37 – absolutamente desesperante, al parecer. Fue justamente en aquel punto que Dios puso la mano en ese muchacho de la Taberna de la Campana, en Gloucester llamado George Whitefield. ¡La soberanía de Dios! No desperdiciemos tiempo con lamentaciones sobre el futuro de la Iglesia. No prestamos mucha atención a los meros analistas del presente, que simplemente describen la situación que nos confronta. Nunca debemos llegar a la desesperanza. Esto fue una de las cosas más sorprendentes que Dios ha realizado.

En segundo lugar vamos, espero, dar fin una vez por todas a la mentira que afirma que el calvinismo y el interés por la evangelización no son compatibles. (No me gustan esas etiquetas, pero como se utilizan, necesito utilizarlas.) He aquí el mayor evangelista que Inglaterra produjo, y era calvinista. La objeción que algunos de nosotros hacen a ciertos aspectos de la evangelización moderna no tiene nada que ver con el calvinismo. Estoy seguro de que John Wesley haría la misma objeción a los métodos evangelísticos modernos, tanto como nosotros. La objeción no es sobre el calvinismo. Esta doctrina, que da énfasis a la gloria de Dios y a la depravación total del hombre y al plan y propósito divino y eterno de redención en el Señor Jesucristo, siempre concibió y llevó a sus verdaderos adeptos a la evangelización. Sólo Whitefield ya basta para establecerlo; sin embargo, él es tan sólo un brillante y saliente astro de una gran galaxia. La tercera lección es la necesidad absoluta de una fe ortodoxa. Este hombre predicaba el evangelio como el mismo fue predicado por los apóstoles, por los reformadores, por los puritanos. Él vivió los puritanos y sus escritos. ¡A veces hasta predicaba sermones de ellos, cuando estaba muy presionado! Wesley dijo más de una vez que vio a Whitefield claramente predicando a Matthew Henry.

“La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá.”

Sin embargo, para mí, Whitefield habla más de esto que de cualquier otra cosa: la ortodoxia no basta. Había hombres ortodoxos en su tiempo, pero eran relativamente inútiles. Se puede tener una ortodoxia muerta. La ortodoxia es esencial, sin embargo la ortodoxia sola nunca produjo un avivamiento, y nunca lo producirá. Digo, al concluir, que mi principal justificación para hablar sobre Calvino y Whitefield es que, en un sentido, Juan Calvino siempre tiene necesidad de George Whitefield. Es lo que quiero decir: el peligro de los que siguen las enseñanzas de Calvino y lo hacen acertadamente  es que tienden a llegar a ser intelectualistas, o tienden a hundirse en lo que yo describiría como una “ortodoxia osificada”. Y eso no tiene valor, mis amigos. Es necesario el poder del Espíritu sobre ella.

Exponer la verdad no es suficiente, tiene que ser expuesta “en demostración del Espíritu y de poder”. Y eso es lo que este poderoso hombre ilustra de manera tan gloriosa. Él era ortodoxo, pero lo que produjo el fenómeno fue el poder del Espíritu en él. Dice él que, ya en su ordenación, sentía algo, como si hubiera recibido una comisión del propio Espíritu. Él siempre estaba consciente de eso – ola tras ola del Espíritu venían sobre él. Nunca un hombre ha conocido más del amor de Cristo que ese hombre. A veces el amor de Cristo lo dominaba, casi lo aplastó físicamente. Se bañaba en lágrimas por causa de esto.

Este poder del Espíritu es esencial. Debemos ser ortodoxos, pero no nos permita Dios descansar, ni siquiera en la ortodoxia. Debemos buscar el poder del Espíritu, que fue dado a George Whitefield. Esto nos dará una compasión por las almas y un interés por las almas, y nos dará celo, y nos habilitará a predicar con poder y convicción a todas las clases y tipos de hombres.

“nada puede sustituir a la predicación”

Sin embargo, sobre todo, debo concluir esto a la luz de lo que he estado diciendo y por todas las demás razones. Whitefield, creo yo, nos está llamando de nuevo a la predicación. Espero no ser malentendido, pero nada puede sustituir a la predicación. Soy un gran creyente en la lectura; mucho de mi mayor placer yo lo disfruto en la lectura. Pero la lectura no es un sustituto de la predicación; y leer un sermón y oírlo predicado no son lo mismo. Gracias a Dios, el Espíritu puede usar un sermón escrito, pero no se compara con un sermón predicado. Hay un verdadero peligro hoy cuando la gente piensa que con la lectura sólo, ya basta, u oír un sermón por la radio o la televisión. No, necesitamos la libertad del Espíritu; necesitamos el “relámpago, el trueno y el arco iris”. No podremos conseguirlos en los libros, y no podremos conseguirlos en nuestros programas controlados y cronometrados que estas agencias modernas ofrecen. No, cuando venga el Espíritu, los programas serán olvidados, el tiempo será olvidado, todo será olvidado, excepto Dios en Su gloria, y mi alma, y ​​este bendito Salvador.

que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”.

¿Qué es lo que Whitefield nos enseña acerca del tema de la predicación? El tema era: “Por la gracia sois salvos, por medio de la fe, y esto no viene de vosotros, es don de Dios“. Este era el glorioso mensaje de la predicación del siglo 18. ¡Quiera Dios llamarnos de vuelta a la predicación! No meramente una exposición mecánica de creencias correctas, pero oremos a Dios rogándole que nos conceda Su Espíritu, para que, aunque tal vez nunca nos tornemos en predicadores – y que nunca nos tornaremos es cierto, en el sentido en que George Whitefield lo fue – bien que de cualquier forma seamos capaces de predicar “en demostración del Espíritu y de poder”. No se espera que seamos imitadores, pero oigamos a ese hombre cuando nos convoca para una viva percepción de esta verdad, y para ser llenos del Espíritu del Dios vivo para que, con todo lo que somos, anunciemos las riquezas y las glorias de su gracia.

Estoy seguro de que todos damos gracias a Dios por la memoria de tal hombre. Concédanos Dios, gracia para examinarnos a nosotros mismos, para examinar nuestro ministerio, y que Él cree dentro de nosotros un anhelo y un deseo de ver la manifestación de su diestra en este país, ¡en un poderoso avivamiento de la religión!

Martyn Lloyd-JonesOs Puritanos – Traducida del portugués por Diarios de Avivamientos2018 – Gabriel Edgardo LLugdar 

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4 respuestas a George Whitefield – Su extraordinaria vida – Historia de los grandes Avivamientos

  1. Titra dijo:

    Podría conseguir una copia del libro LA VIDA DE DIOS EN EL ALMA DEL HOMBRE ?
    Gracias

    Me gusta

  2. dinorah vargas dijo:

    Como siempre, muchas gracias por enriquecer nuestra vida espiritual, y como casi concluye, oramos por que no solo sea una mera exposición de creencias correctas sino que verdaderamente expresemos la Gloria y el Poder de nuestro Dios!, Dios siga bendiciendo su vida 🙂

    Le gusta a 1 persona

  3. Oscar Vargas dijo:

    Que gran aporte, muchas gracias y que bueno que hayan regresado.

    Le gusta a 1 persona

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