Jonathan Goforth – Cuando el avivamiento llegó a China

“De todos los misioneros que sirvieron en el Oriente durante el siglo diecinueve y principios del veinte, ninguno vio una mayor respuesta inmediata a su ministerio personal que Jonathan Goforth.

Según J. Herbert Kane, él fue “el evangelista más extraordinario de China”. Ese país fue el centro de operaciones de Goforth, pero también ministró en Corea y Manchuria. Por dondequiera que viajaba había avivamientos.

Goforth nació en el occidente de Ontario en 1859, el séptimo de una familia de once hijos. Se convirtió a la edad de dieciocho años, y se dedicó al servicio del Señor después de leer las Memorias de Robert Murray M’Cheyne. Fue llamado por Dios al servicio misionero cuando se sintió conmovido por el mensaje del doctor George J. Mackay, un misionero veterano de Formosa.

Mackay había viajado “durante dos años… por todo Canadá tratando de persuadir a algunos jóvenes a ir a Formosa” pero, como le decía a su auditorio, todos sus viajes habían sido en vano. El tendría que volver a Formosa sin una persona que continuara la obra que él había comenzado. El mensaje de Mackay llegó a la conciencia del joven Goforth: “Al escuchar estas palabras, me dominaba la vergüenza… A partir de esa hora me convertí en misionero.”

A fin de prepararse para el ministerio, asistió Goforth a la Universidad de Knox, donde esperaba hallar buena comunión cristiana e intelectuales bíblicos entusiastas. Pero, el ingenuo muchacho campesino, vestido con ropa confeccionada en casa, se encontró solo, en su dedicación al Señor y en su celo por las misiones. Los demás estudiantes se burlaban de él, y mucho más cuando comenzó a ayudar en las misiones de rescate. Con el correr del tiempo cambiaron las actitudes, y cuando se graduó ya era uno de los estudiantes más respetados de la universidad.
Mientras estaba activo en una obra misionera urbana en 1885, Goforth conoció a Rosalinda Smith, una talentosa estudiante de arte que no parecía buena candidata para esposa de misionero. Rosalinda no se fijo en “la mala apariencia de la ropa de él” sino en su gran capacidad como siervo de Dios. Para ella, el suyo fue un amor a primera vista: “Todo ocurrió en pocos momentos, pero mientras yo estaba sentada allí, me dije: ¡Ese es el hombre con el que me gustaría casarme!”

En ese mismo año se comprometieron. En esa ocasión hizo Rosalinda el primer sacrificio de los muchos que tendría que hacer el resto de su vida como esposa de Jonatán Goforth. Sus deseos de un anillo de compromiso se desvanecieron cuando él le dijo que el dinero se invertiría más bien en literatura cristiana.
Después de su graduación en Knox, Goforth solicitó su ingreso en la Misión del Interior de la China. Su iglesia, la Iglesia Presbiteriana del Canadá, no tenía obra misionera en ese país. Antes de recibir la respuesta de la CMI, los estudiantes presbiterianos de Knox respaldaron su causa. Se comprometieron a recaudar fondos para enviar a los Goforth a China. Antes de salir para Asia, Goforth viajó por Canadá para hablar acerca de las misiones. Sus mensajes eran poderosos y por dondequiera que iba veía vidas transformadas. El testimonio de un graduado de la Universidad de Knox con respecto a Goforth, es un buen ejemplo:

“Iba yo a Toronto a la reunión de ex alumnos de la Universidad de Knox. Quería hacer todo lo posible para frustrar el plan loco de que hablaban los estudiantes de la universidad, es decir, el de comenzar una misión en la China Central. También me pasó por la mente que necesitaba yo un nuevo abrigo; el viejo se veía mal. Entonces pensé que en mi viaje a Toronto mataría dos pájaros de un tiro. Ayudaría a desbaratar el plan y me compraría el abrigo. Pero el orador cambió por completo mis planes. Logró que me entusiasmara por las misiones como nunca antes lo había hecho. ¡El dinero que tenía reservado para comprarme el abrigo nuevo fue a parar al fondo misionero!”

En 1888 los Goforth fueron a China, a la provincia de Honan, donde pasaron muchas dificultades y separaciones. Los dos sufrieron frecuentes enfermedades, y cinco de sus once niños murieron allí. Perdieron muchas posesiones por causa del fuego, las inundaciones y los robos, y en varias ocasiones la vida de ellos estuvo en peligro también. La prueba más terrible que afrontaron fue su huida, por una distancia de 1.600 kilómetros, para buscar refugio en la costa durante la rebelión de los Boxers en 1900. A pesar de todo ello, nunca disminuyó su visión por la salvación de las almas perdidas de China.

Desde sus primeros años en China, Goforth fue conocido como un poderoso evangelista. Algunas veces habló a multitudes de más de 25.000 personas. Su mensaje era sencillo: “Jesucristo crucificado.” A principios de su ministerio otro misionero le aconsejó que no “mencionara el nombre de Jesús la primera vez que le predicara a un grupo de paganos”, porque ellos tenían “prejuicios contra el nombre de Jesús”. Goforth no siguió ese consejo. El método directo era el único que el conocía.
Los esfuerzos de los Goforth para alcanzar a los chinos no seguían las normas misioneras generales, en especial su evangelismo de “casa abierta”. Su casa, de diseño interior y muebles al estilo europeo (entre los que se incluían una estufa, una máquina de coser y un órgano), despertaba la curiosidad de los chinos. Los Goforth limitaban su vida privada y usaban su casa como medio para hacer amigos y para comunicarse con la gente de la provincia. Venían visitantes de muchos kilómetros a la redonda. Una vez vinieron más de 2.000 en un solo día y visitaron la casa por grupitos. Antes de comenzar cada gira, Goforth daba un mensaje del evangelio. Algunas veces los visitantes se quedaban después de la gira para oír más. El predicaba un promedio de ocho horas diarias. En el lapso de cinco meses, unas 25.000 personas vinieron a visitarlos. Rosalinda ministraba a las mujeres, las cuales se reunían en el patio, algunas veces en grupos de cincuenta. Este tipo de evangelismo preparó el camino para el futuro ministerio de los Goforth, cuando viajaban de pueblo en pueblo en reuniones de avivamiento. No todos sus colegas estaban de acuerdo con ellos: “Tal vez algunos piensen que recibir visitantes no sea una verdadera misión, pero yo creo que sí lo es. Yo hago amigos primero y cosecho los resultados después cuando salgo a las aldeas a predicar. A menudo las personas de una aldea se reúnen a mi alrededor y me dicen: ‘Estuvimos en su hogar y usted nos mostró su casa y nos trató como amigos.’ Entonces casi siempre me traen una silla, una mesa en que pueda yo poner mi Biblia, y té.”

La rebelión de los Boxers de 1900 interrumpió la obra misionera de los Goforth. Cuando regresaron a China, la vida familiar de ellos cambió por completo para ajustarse al nuevo plan de Goforth de tener un amplio ministerio itinerante. Había concebido esa idea antes que Rosalinda volviera de Canadá. Poco después de su llegada, le presentó el plan: “Mi plan consiste en que uno de mis ayudantes alquile un lugar apropiado en un centro grande, para nuestra vivienda. Nosotros nos quedamos un mes en ese centro mientras llevamos a cabo una evangelización intensa. Saldré con mis ayudantes a las aldeas y a las calles durante el día, mientras tú recibes a las mujeres y les predicas en el patio. Por las noches tendremos un culto unido, tú tocarás el órgano y cantaremos muchos himnos. Al terminarse el mes dejaremos un evangelista para que enseñe a los nuevos creyentes, mientras nosotros vamos a otro lugar a iniciar la obra del mismo modo. Después de abrir muchos lugares para el evangelio, volveremos a visitarlos una o dos veces al año.”

Mientras Rosalinda lo escuchaba, “el corazón se le puso como de plomo”. La idea en sí era muy buena, pero no para un hombre con familia. Se corría el riesgo de exponer a los niños a las enfermedades infecciosas que abundaban en las aldeas. No podía olvidarse de las “tumbas de los cuatro niños” que ya habían dejado en suelo chino.

Aunque Rosalinda se opuso al plan al principio, Goforth siguió adelante con este, convencido de que era la voluntad de Dios. Aun cuando Rosalinda daba todo su apoyo a la consagración de su esposo al Señor, también, como es natural, se preocupaba a veces por la poca atención que les daba a ella y a los niños. Por supuesto, la voluntad de Dios era primero, pero ¿tenía esta que estar en conflicto con lo que le convenía más a la familia? Como esposa nunca dudó del amor de él; pero en ocasiones no se sentía muy segura de su situación. Antes de marcharse a Canadá con los niños, en 1908, puso a prueba la dedicación de él: “Supongamos que en mi ausencia sufriera yo de una enfermedad incurable y me dieran sólo unos pocos meses de vida. Si te pidiéramos que fueras, ¿irías?” Era obvio que Goforth no quería contestar la pregunta. Un rotundo “no” hubiera sido muy devastador.

Rosalinda persistió hasta que él le respondió con otra pregunta: “Supongamos que nuestro país estuviera en guerra con otra nación, y que yo fuera un oficial británico al mando de una unidad importante. Como comandante, la victoria o la derrota dependería mucho de mí. En ese caso, ¿se me permitiría dejar mi puesto para responder al llamado de mi familia en mi patria, aunque fuera lo que tú sugieres?” ¿Qué podía contestar ella? No le quedó otra alternativa que responder con tristeza: “No”.

El ministerio ambulante que Goforth comenzó en los primeros años del siglo veinte fue un punto de apoyo para impulsar los grandes avivamientos que condujo en los años siguientes. Su ministerio de avivamientos comenzó en 1907 cuando otro misionero y él realizaron una gira por Corea. Ellos dieron inicio al movimiento de avivamiento que tuvo lugar en las iglesias de allí. Esto produjo “un asombroso aumento en conversiones” y el fortalecimiento de las iglesias y escuelas locales. De Corea pasaron a Manchuria “con el corazón lleno de entusiasmo por lo que habían visto”, y también hubo poderosos avivamientos allí. Según su esposa “Jonatán Goforth fue a Manchuria como un misionero desconocido. Retornó unas semanas después como alguien conocido por todo el mundo cristiano.”

Debido a los viajes de Goforth por China en los años siguientes, su ministerio de avivamiento se multiplicó. Algunos de sus colegas y patrocinadores en Canadá se preocupaban por su celo evangelístico. Les incomodaba oír los informes de gente que confesaba sus pecados con abundantes lágrimas, y del derramamiento del Espíritu Santo. Algunos decían que ese movimiento no era más que “fanatismo” y “pentecostalismo”.
Goforth no le prestó atención a las críticas y siguió predicando. Uno de los hechos más extraordinarios de su ministerio de avivamiento ocurrió en 1918. Tuvo una campaña de dos semanas con unos soldados chinos comandados por el general cristiano Feng Yu-Hsiang. La aceptación fue grandiosa y al final da la campaña casi 5.000 soldados y oficiales participaron de la Santa Cena.

Con los éxitos, Goforth también tuvo sus fracasos y problemas. Al comenzar su ministerio confrontó “un peligro que amenaza con absorber nuestra nueva iglesia de Honan del Norte… una invasión romanista.” ¡Los católicos romanos parecían ir siguiendo sus pisadas! y en un pueblo “ganaron a casi todos los ‘simpatizantes’ del evangelio … y destruyeron así, en una semana, la obra de años”.

¿Qué motivaba a estos “simpatizantes” a pasarse a los católicos? Según Goforth, estos les ofrecían a los chinos empleo y educación gratuita (incluidos el alojamiento y la comida). Eran también los protestantes culpables del mismo error, pues a veces les habían llegado a pagar a los chinos por asistir a sus escuelas. Goforth estaba firme en sus convicciones: “No podríamos ofrecer tales estímulos, y nos horroriza la idea de hacer ‘cristianos de arroz’. No podemos luchar contra Roma en la competencia de comprar a la gente.”

Aunque Goforth no hizo como los católicos, la mayoría de los que se habían apartado volvieron después a su congregación.

Goforth también tuvo problemas con su junta misionera. Era más importante para él la “guía del Espíritu Santo” que las “reglas inflexibles y duras” del presbiterio bajo el cual servía. Según su esposa, “por sus convicciones en lo concerniente a la guía divina de sí mismo, como es natural, entraba en conflicto frecuente con otros miembros del presbiterio de Honan, lo cual hacía que no fuera fácil relacionarse con él”.

Goforth no pedía privilegios especiales para él, pero insistía en que todo misionero debería tener “libertad para realizar su obra como se sintiera guiado”. El problema era complicado. Goforth a menudo “se hallaba impedido – por el presbiterio- para hacer lo que le parecía que era la guía del Espíritu Santo para él”.

Los problemas de Goforth no disminuyeron con la continuación de su prolongado ministerio en China. Las confrontaciones continuaron y la fricción aumentó en especial en la década que comenzó en 1920, cuando la controversia de los fundamentalistas y modernistas, que estaba destruyendo las iglesias en su patria, llegó también a China. Los nuevos misioneros que llegaban eran aun más críticos, Goforth se sentía “incapaz de luchar contra viento y marea”. El único recurso que le quedaba era “predicar, como nunca antes, la salvación por la cruz del Calvario y demostrar su poder”

Mucho después de que la mayoría de los misioneros sucumbían a las enfermedades o se jubilaban, Goforth, a la edad de setenta y tres años, continuaba su paso acelerado de reuniones evangelísticas. Aun después de quedar ciego continuó su ministerio con la ayuda de un chino.

A los setenta y cuatro volvió a Canadá. Allí pasó los últimos dieciocho meses de su vida en viajes para hablar en más de quinientas reuniones. Se mantuvo activo hasta el fin. Un domingo predicó en cuatro reuniones y después murió en paz durante el sueño.

Su vida es un poderoso testimonio de lo que un solo hombre puede hacer por Dios, entre los miles de millones de personas que pueblan el Oriente.”

 

Narración de Ruth Tucker, en su libro: Hasta lo último de la Tierra 

 

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  1. Mucha gracias por tomarse el tiempo de publicar este texto.

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