Cuando Dios dice sí, pero todavía no.

Traduciendo algunos capítulos del Diario de David Brainerd me encontré con este relato notable, que brinda una maravillosa enseñanza de la forma en que Dios, a veces, obra con respecto a sus promesas:

21 de julio, 1744. “Ya cerca de la noche, comenzó a agigantarse ante mí, la responsabilidad de mi trabajo entre los indios. Esto fue agravado por varias cosas que oí; en particular, que tenían intención de reunirse al día siguiente para una fiesta idólatra, con danzas. Entré en angustia. Pensé que, por causa de conciencia, debía intentar interrumpirla, pero no sabía cómo conseguiría esto.

Pero me retiré para orar y pedir poder de lo alto. Mi corazón se expandió mucho en oración y mi alma luchó como nunca, hasta donde yo recuerde. Entré en tal angustia e imploré con tanto fervor e importunación que, cuando me levanté, estaba extremadamente débil y abatido, y casi no podía mantenerme derecho. Mis articulaciones parecían flojas, el sudor corría por mi cara y por todo mi cuerpo; mi constitución física parecía a punto de disolverse. Hasta donde yo podía juzgar, me había desvinculado de toda finalidad egoísta, en mis súplicas fervientes por los pobres indios. Yo sabía que ellos estaban allí reunidos para adorar a los demonios, y no a Dios. Eso me hacía clamar desde el fondo del alma, para que Dios me ayudara prontamente, en mis intentos de interrumpir aquella reunión idólatra.

Mi alma se derramó durante mucho tiempo, y pensé que Dios iría conmigo a reivindicar su propia causa. Me parecía poder confiar en Dios en cuanto a su presencia y asistencia. Así pasé el anochecer orando incesantemente por la ayuda divina, a fin de que yo no dependiera de mí mismo, sino que dependiera todo el tiempo de Dios. Aquello por lo que pasé fue notable, de hecho, inexpresable. Todo aquí se desvaneció y nada parecía importante para mí, excepto la santidad en el corazón y en la vida, y la conversión de los paganos a Dios. Todos mis cuidados, temores y deseos que podrían clasificarse como mundanos, desaparecieron, y, en mi estima, parecían menos importantes que un pequeño soplo. Ansié mucho que Dios se hiciera un nombre entre los paganos, y apele a Él con la mayor libertad, diciéndole que Él sabía que yo “lo prefería a Él antes que a mi mayor satisfacción”. En efecto, no me quedaba noción de alegría de este mundo; no me importaba dónde o cómo viviese, ni cuáles dificultades tuviese que pasar, siempre y cuando pudiera ganar almas para Cristo. Seguí en esa actitud mental hasta entrada la noche. Cuando dormía, soñaba sobre esas cosas, y cuando me despertaba (lo que sucedió varias veces), lo primero que me ocurría era el gran trabajo de rogar a Dios protección contra Satanás.

Día del Señor, 22 de julio, 1774. Al despertar, mi alma se concentró en lo que parecía estar delante de mí. Clamé a Dios antes de salir del lecho, y así que me vestí, fui al bosque, a fin de derramar mi alma afligida delante de Dios; pidiéndole, en especial,  ayuda para mi gran trabajo, pues casi no podía pensar en otra. Disfruté del mismo fervor, y con inigualable libertad me consagré de nuevo a Dios, para la vida o para la muerte; para todas las durezas a que Él me llamara entre los paganos. Y sentí como si nada pudiese desanimarme de aquel bendito trabajo. Tuve la fuerte esperanza de que Dios “rompería los cielos y bajaría”, haciendo alguna maravilla entre los paganos. Mientras cabalgaba hasta donde estaban los indios, cerca de cinco kilómetros de distancia, mi corazón se elevaba continuamente a Dios, en busca de su presencia y ayuda, casi en la expectación de que Dios haría de éste, el día de su poder y gracia entre los pobres indios.

Cuando llegué donde estaban, los encontré ocupados en sus festejos; pero mediante la bondad divina conseguí persuadirlos a renunciar y a escuchar mi predicación. Sin embargo, aun así me pareció que no se manifestaba nada del poder de Dios entre ellos. Les prediqué de nuevo por la tarde y pude notar que los indios estaban más serios que antes, pero aun así no noté nada de especial entre ellos. Por eso, Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios, antes de que tengan más conocimientos”. Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”.

Supongo, que a muchos de ustedes les habrá pasado como a mí, que esperaban un final del relato con algún hecho asombroso, alguna respuesta extraordinaria de parte de Dios a las oraciones de su siervo. Pero donde debería haber habido un SÍ, hubo un rotundo NO. Allí está un jovencito misionero, al cual la tuberculosis lo está consumiendo, pero su único anhelo y clamor es que Dios sea conocido entre los perdidos. Se sumerge en las profundidades de la oración, que no son otra cosa que las mismas alturas de la presencia gloriosa de Dios. Siente en su alma la respuesta de Cristo a sus plegarias, la convicción de que ha sido escuchado, y que Dios mismo tomará en sus manos la situación para glorificarse. Esto es llegar al estado de “prevalecer en oración”, tener la confirmación de que Dios ya ha dicho SÍ.

Sin embargo, sigue hacia adelante y se estrella contra las circunstancias que le gritan ¡NO! Y se tambalea, ¿Dios dijo SÍ, pero ha obrado como un NO? ¿Qué sucedió? Y el diablo reanuda su trabajo: “Satanás sacó provecho de la ocasión para tentarme y abofetearme con malditas sugerencias: “Dios no existe, o incluso si existe, Él no es capaz de convertir a los indios”. ¿Pero cómo, Dios te dijo sí, y ahora te deja en esta situación de fracaso?

Estas bofetadas del enemigo hacen mucho daño, y lo hacen porque aún no hemos aprendido que entre el SÍ de Dios a nuestra oración, y la llegada de la respuesta concreta, pueden haber varios NO de por medio. Para decirlo de otra manera, un SÍ de Dios, puede estar compuesto de varios NO. Dios te da la convicción de que tu oración ha sido oída, y que Él obrará a tu favor, pero a partir de entonces, comienzas a recibir varias bofetadas de las circunstancias, todo parece gritarte ¡No!, ¡No!, ¡No! Y el diablo te susurra, ¿pero cómo, no estabas seguro de que Dios obraría?… Dios no existe, y si existe te ha olvidado… o todo ha sido un invento de tu imaginaciónY allí nos quedamos, perplejos… frustrados…

Pero observa lo que dice este santo varón de Dios, David Brainerd, ante ese panorama desolador:Me sentía cansado y debilitado, con el alma aplastada por perplejidades; sin embargo, yo estaba mortificado en cuanto a todos los encantos del mundo, resuelto a seguir esperando en Dios en cuanto a la conversión de los paganos, aunque el diablo me tentara a pensar lo contrario”. A pesar del cansancio, la debilidad, la perplejidad; a pesar de las burlas y las dudas lanzadas por el diablo, él decidió morir a todos los encantos del mundo, y se resolvió a seguir esperando en Dios, en ese Dios que le había dicho SÍ.

Todos conocen el final glorioso de la obra de David Brainerd entre los pueblos nativos del Delaware, un poderoso avivamiento se derramó allí y muchísimas almas fueron ganadas para el reino de Cristo. El Sí de Dios fue glorioso. Que esta experiencia de nuestro admirado misionero nos haga entender que las promesas de Dios son en él, SÍ, y en él Amén. Lo que Dios prometió, Dios lo cumplirá; aunque tengamos que atravesar varios NO por el camino que pasa de por medio. 

…•…

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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