Grandes mujeres de la Historia – Perpetua y Felicidad

Reconozco que no me ha sido fácil hacer esta recopilación, no por lo histórico, que me apasiona, sino porque aquí hay algo más sublime que un suceso eclesiástico. Se trata del testimonio heroico de nuestras “madres” y “hermanas” que nos han legado la fe, y han sellado con su sangre lo que confesaron con sus labios. Y en esta época actual, de obsceno hedonismo, donde el éxito ministerial se mide por números, títulos y ostentación ególatra; el echar la mirada hacia atrás y recordar que en una época ser una “guerrera”, una “campeona” o una “princesa” de Dios, conllevaba el ultraje y la muerte; hace que un nudo en la garganta exprese la vergüenza de nuestra pobreza espiritual; y las lágrimas impidan seguir leyendo. En honor a nuestras mártires, aquí va uno de los tantos relatos de sus hazañas que conquistaron un imperio.

“Las mujeres inspiradas por la Palabra de Dios, se mostraron tan valerosas como los hombres y algunas fueron sometidas a las mismas pruebas que los hombres y consiguieron los mismos premios al valor” [Eusebio, Historia ecl. VIII, 14]

Según el derecho romano, las niñas a los 12 años ya alcanzaban la edad para ser dadas en matrimonio [recordemos que el mismo san Agustín, antes de ser cristiano, estaba comprometido para casarse, pero su prometida tenía menos de 12 años por lo cual estaba obligado a esperar] A esta edad una niña era penalmente responsable, y aunque la ley prohibía torturarlas siendo menores de 14 años, a santa Eulalia se la torturó, a causa de su fe, con una antorcha encendida aplicada a su pecho, costados, rostro y cabellos cuando solo tenía 12 años. No a todas las menores cristianas se les aplicaba la pena de muerte, varias de ellas fueron entregadas a los prostíbulos para ser ultrajadas.

Aquí les dejo una foto que tomé de la magnífica sepultura de santa Eulalia, bajo la catedral de Barcelona.

Por un decreto de Diocleciano que condenaba a la pena de muerte a quienes poseyesen o guardasen una parte cualquiera de la Sagrada Escritura, santa Irene, una joven virgen, fue apresada por poseer en su casa porciones de las Escrituras, fue expuesta desnuda en un lupanar con el fin de hacerla renegar de su fe, permaneció firme hasta el fin y fue condenada a morir en la hoguera. Según el derecho romano, una virgen no podía se condenada a muerte, por lo que el verdugo procedía a violarla primeramente. A todo esto se suma el hecho de que en aquella época los calabozos eran mixtos, hombres y mujeres eran arrojados allí sin el menor lugar para la intimidad. Contra toda esta barbarie del “derecho romano” tuvieron que pelear las verdaderas campeonas y guerreras de la fe, y digo “verdaderas campeonas y guerreras” porque hay otras que hoy gustan de disfrazarse también de guerreras, y auto-proclamarse campeonas de Dios, mientras sufren teniendo que decidir que color de esmalte de uña van a usar para la selfie, o para las portadas de sus discos o libros. 

Vibia Perpetua, mártir de Cartago (año 203)

“Dejó escrito con su propia mano la primera parte de su pasión, relatando las pruebas emocionales que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir. Es la narración más interesante y preciosa de los mártires, llamada “la perla” de todas las pasiones. Es la única que fue escrita de propia mano por la protagonista desde el día del arresto hasta las vísperas de su martirio.
De veintidós años de edad, de buena familia, bien instruida, llena de ingenio y buen humor, y madre de un niño de pocos meses, el testimonio conmovedor de lo que podemos llamar su diario íntimo todavía hoy remueve nuestras entrañas. Apenas detenida, fue visitada por su padre, pagano de religión, que por el amor que le profesaba se esforzaba por apartarla de su empecinamiento cristiano. [Ropero, Alfonso. Libro: Mártires y Perseguidores]

“Fueron detenidos los adolescentes catecúmenos Revocato y Felicidad, ésta compañera suya de servidumbre; Saturnino y Secúndulo, y entre ellos también Vibia Perpetua, de noble nacimiento, instruida en las artes liberales, legítimamente casada, que tenía padre y madre y dos hermanos, uno de éstos catecúmeno como ella, y un niño pequeñito que criaba a sus pechos. Ella contaba unos veintidós años.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II].

“El padre de Perpetua es pagano, único de la familia, y único que no podía comprender la gloria del martirio. La noticia de la prisión de su hija como cristiana le consterna y exaspera. Por otra parte, pues el rescripto de Trajano sigue en pie, una sencilla negación bastaba para quedar absuelta. ¿Qué le costaba a su hija declarar que no era cristiana?”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

“Cuando todavía nos hallábamos entre nuestros perseguidores, como mi padre deseara ardientemente hacerme apostatar con sus palabras y, llevado de su cariño, no cejara en su empeño de derribarme:
-Padre-le dije-, ¿ves, por ejemplo, ese utensilio que está ahí en el suelo, una orza o cualquier otro?
-Lo veo–me respondió.
Y yo le dije:
-¿Acaso puede dársele otro nombre que el que tiene?
-No-me respondió.
-Pues tampoco yo puedo llamarme con nombre distinto de lo que soy: cristiana.
Entonces mi padre, irritado por esta palabra, se abalanzó sobre mí con ademán de arrancarme los ojos; pero se contentó con maltratarme. Y se marchó, vencido él y los argumentos del diablo. Luego, por unos pocos días, di gracias al Señor de no ver a mi padre y sentí alivio con su ausencia. En el mismo espacio de esos pocos días fuimos bautizados, y a mí me dictó el Espíritu que no había de pedir del agua otra gracia sino la paciencia en mi carne.
Al cabo de otros pocos días me metieron en la cárcel, y yo sentí pavor, pues jamás había experimentado tinieblas semejantes. ¡Qué día aquel tan terrible! El calor era sofocante, por el amontonamiento de tanta gente; los soldados nos trataban brutalmente; yo, por último, me sentía atormentada por la angustia de mi niñito. Entonces Tercio y Pomponio, diáconos bendecidos, que nos asistían, lograron a precio de oro que se nos permitiera por unas horas salir a respirar a un lugar mejor de la cárcel. Saliendo entonces de la cárcel, cada uno atendía a sus propias necesidades; yo aprovechaba aquellos momentos para dar el pecho a mi niño, medio muerto ya de inanición. Llena de angustia por él, hablaba a mi madre, animaba a mi hermano y les encomendaba a mi hijo. Consumíame yo de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días me sentí agobiada por tales angustias; por fin, logré que el niño se quedara conmigo, y al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada del trabajo y solicitud por el niño. Y súbitamente, la cárcel se me convirtió en un palacio, de suerte que prefería morar allí antes que en ninguna otra parte.” [Passio Perpetuae et Felicitatis II, III].

“Entonces me dijo mi hermano:
-Señora hermana, ya has llegado a una alta dignidad, tan alta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si tu prisión ha de terminar en martirio o en libertad. Y yo, que tenía conciencia de hablar familiarmente con el Señor, de quien tan grandes beneficios había recibido, se lo prometí confiadamente, diciéndole:
-Mañana te lo anunciaré.
Y pedí, y me fue mostrado lo siguiente: Vi una escalera de bronce, de maravillosa grandeza, que llegaba hasta el cielo; pero muy estrecha, de suerte que no se podía subir más que de uno en uno. A los lados de la escalera había clavados toda clase de instrumentos de hierro. Había allí espadas, lanzas, arpones, puñales, punzones; de modo que si uno subía descuidadamente o sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y sus carnes prendidas en las herramientas. Y había debajo de la misma escalera un dragón tendido, de extraordinaria grandeza, cuyo oficio era tender asechanzas a los que intentaban subir y espantarlos para que no subieran. Ahora bien, Sáturo había subido antes que yo (Sáturo es quien nos había edificado en la fe, y al no hallarse presente cuando fuimos prendidos, él se entregó por amor nuestro de propia voluntad). Cuando hubo llegado a la punta de la escalera, se volvió y me dijo:
-Perpetua, te espero; pero ten cuidado no te muerda ese dragón. Y yo le dije: -No me hará daño, en el nombre de Jesucristo. El dragón, como si me temiera, fue sacando lentamente la cabeza de debajo de la escalera; y yo, como si subiera el primer escalón, le pisé la cabeza. Subí y vi un jardín de extensión inmensa, y sentado en medio un hombre de cabeza cana, vestido de pastor, alto de talla que estaba ordeñando sus ovejas. Muchos miles, vestidos de blanco, le rodeaban. El pastor levantó la cabeza, me miró y me dijo:
-Seas bienvenida, hija.
Y me llamó, y del queso que ordeñaba me dio como un bocado, y yo lo recibí con las manos juntas, y me lo comí. Todos los circunstantes dijeron: “Amén”. Y al sonido de esta voz me desperté, masticando todavía no sé qué de dulce. Y en seguida conté a mi hermano la visión, y los dos comprendimos que me esperaba el martirio. Y desde aquel punto empezamos a no tener ya esperanza alguna en este mundo. [Passio Perpetuae et Felicitatis IV].

“De allí a unos días, se corrió el rumor de que íbamos a ser interrogados. Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, y se acercó a mí con intención de derribarme, y me dijo :
-Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los hombres. Mira a tus hermanos; mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito. que no ha de poder sobrevivirte. Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente, si a ti te pasa algo. Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por el caso de mi padre, pues era el único de toda mi familia que no había de alegrarse de mi martirio. Y traté de animarle, diciéndole:
-Allá en el estrado, sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que no estamos puestos en nuestro poder, sino en el de Dios.
Y se retiró de mi lado, sumido en tristeza.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis V].

“Otro día, mientras estábamos comiendo, se nos arrebató súbitamente para ser interrogados, y llegamos al foro o plaza pública. Inmediatamente se corrió la voz por los alrededores de la plaza, y se congregó una muchedumbre inmensa. Subimos al estrado. Interrogados todos los demás, confesaron su fe. Por fin me llegó a mí también el turno. Y de pronto apareció mi padre con mi hijito en los brazos, y me arrancó del estrado, suplicándome:
-Compadécete del niño chiquito.
Y el procurador Hilariano, que había recibido a la sazón el ius gladii o poder de vida y muerte, en lugar del difunto procónsul Minucio Timiniano:
-Ten consideración-dijo-a las canas de tu padre; ten consideración a la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores.
Y yo respondí:
–No sacrifico.
Hilariano:
-Luego ¿eres cristiana?-dijo.
Y yo respondí:
-Sí, soy cristiana.
Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara de allí, y aun le dieron de palos. Y o sentí los golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia sentencia contra todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la cárcel. Entonces, como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y permanecer conmigo en la cárcel, sin pérdida de tiempo envié al diácono Pomponio a reclamarlo de mi padre, pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos. Así lo ordenó el Señor, para que no fuera yo atormentada juntamente de la angustia por el infante y el dolor de mis pechos.”  [Passio Perpetuae et Felicitatis VI].

“Luego, al cabo de unos días, Pudente, soldado lugarteniente, oficial de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por entender que había en nosotros una gran virtud. Y así, admitía a muchos que venían a vernos, con el fin de aliviarnos los unos a los otros. Mas cuando se aproximó el día del espectáculo, entró mi padre a verme, consumido de pena, y empezó a mesarse su barba, a arrojarse por tierra, pegar su faz en el polvo, maldecir de sus años y decir palabras tales, que podían conmover la creación entera. Yo me dolía de su infortunada vejez.” [Passio Perpetuae et Felicitatis IX].

“La sentencia tardó algunos días en cumplirse, pues el martirio debía servir de expansión a las tropas y al populacho. “Debíamos combatir en los juegos que se daban para solemnizar el natalicio de César Geta” “Tales son mis sucesos hasta el día antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba”. Así termina este precioso diario, verdadera joya de la literatura cristiana de los primeros siglos.  [Ropero, Alfonso. libro Mártires y Perseguidores]

“El resto de la Pasión es obra ya del compilador. Quienquiera que éste haya sido-no hay inconveniente en estampar aquí el nombre de Tertuliano, hubo de ser un testigo presencial de los hechos, que narra con patetismo insuperable, nacido de su misma objetividad. Las escenas del parto de Felicidad en plena cárcel; la valentía con que Perpetua increpa al tribuno por el mal trato dado a reos nobilísimos que han de honrar el natalicio del César; los sarcasmos de Sáturo al pueblo estúpido que mira a los cristianos comer la llamada cena libre, ofrecida a los condenados a muerte, y que los cristianos convierten, dentro de lo posible, en un ágape; el desfile de los mártires camino del anfiteatro, serenos y gozosos ante la gloria del martirio, y, entre todos, el paso majestuoso de Perpetua.    [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Perpetua, es martirizada junto a Felicidad (joven esclava de la casa de Perpetua, y quien también acaba de dar a luz una niña en la cárcel).

“Cuando la mártir Felicidad, joven esclava, estando en la prisión, se ve acometida por los dolores del parto, sin poder contener los gemidos, no falta quien se burle de ella, poniendo en duda que sea capaz de sufrir los ataques de las fieras. A lo que ella contesta: ‘Ahora soy yo quien padece. Pero entonces habrá en mí otro que padecerá por mí, porque yo estaré padeciendo por Él'”    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“A Perpetua, a Felicidad y a sus compañeros se les quiso obligar a ponerse el traje de sacerdotisas de Ceres y sacerdotes de Saturno. Pero ellos, firmes e inconmovibles se resistieron a la mascarada. “Estamos aquí — dijeron— para conservar nuestra libertad”      [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 141]

“Felicidad iba también gozosa de haber salido bien del alumbramiento para poder luchar con las fieras, pasando de la sangre a la sangre, de la partera al gladiador, para lavarse después del parto con el segundo bautismo.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XVIII].

“Mas contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una, joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron de unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; mas apenas se incorporó sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de su gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y, vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:
-¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?
Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras: -Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestros sufrimientos.” [Passio Perpetuae et Felicitatis XX].

Como ninguno a muerto por los ataques de los animales, son llevados nuevamente al anfiteatro para ser rematados.

“Al retirar la vaca de la arena, la muchedumbre, que celebró la violencia y matanza, pidió que fueran matadas. Dos aprendices de gladiadores se enviaron para la tarea. El inexperto rematador de Perpetua era joven y bastante nervioso pues la hirió varias veces entre la vértebras, hasta que ella misma dirigió con sus manos la espada a su garganta.
Esta última circunstancia tiene su explicación histórica. Los que se dedicaban a gladiadores hacían sus prácticas o aprendizaje en el spoliarium, para acostumbrarse a las matanzas, y allí, a los bestiarios que no habían sido rematados por las fieras, y a los gladiadores que aún no estaban del todo muertos, los degollaban, ejercitándose así antes de presentarse en combate público. Uno de estos novatos aprendices de gladiador fue el que le tocó a Perpetua”.    [Ropero, Alfonso. Libro Mártires y Perseguidores p. 149]

“Los mártires, heridos todos y exánimes, son llevados al spoliarium, al “despojadero”, si es lícita la palabra, donde eran rematados los gladiadores que no morían en la arena, y allí hubieran sido finalmente ejecutados, si el populacho, ondulante y versátil como monstruo que era de millares de cabezas, no los hubiera reclamado al medio del anfiteatro, para que sus ojos-dice con frase tertulianesca el redactor-fueran también homicidas, a par de la espada que los había de atravesar. Los mártires se incorporan; se dan uno a uno el ósculo de paz, para consumar su martirio como una ofrenda litúrgica, y, silenciosos e inmóviles, reciben el golpe de gracia. Perpetua, herida en el costado por impericia del novel gladiador, lanza un grito de dolor y ella misma dirige la diestra del verdugo a la propia garganta, para que no errara nuevamente el golpe. Parece, concluye el redactor, como si sólo por su voluntad pudiera haber muerto aquella mujer admirable.”  [Ruiz Bueno, Daniel. Actas de los Mártires. BAC]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018

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Una respuesta a Grandes mujeres de la Historia – Perpetua y Felicidad

  1. Wilmar valencia dijo:

    Eso era llevar la cruz, eso era negarse así mismo, eso fe!
    Creyentes de las cuales el mundo no es digno .

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