Agustín contra el Cesacionismo – Capítulo II – Los dones del Espíritu

Seguramente, algunos de los que tanto admiran al gran teólogo y obispo Agustín de Hipona (porque han aprendido cuatro frases de él mediante memes)  creerían que estos textos que voy a compartir lo escribió algún “pente-loco”. Pero no, son sacados textualmente de sus libros. Y es que Agustín, además de ser una mente brillante era un hombre apasionado por la vida plena en el Espíritu [algo así como lo fue después Jonathan Edwards]. Sobra en Agustín lo que falta en mucho de sus admiradores, humildad para reconocer que Dios es capaz de sorprendernos a cada paso, aunque ello implique experiencias fuera de lo común. Por eso Agustín, aún en su madurez espiritual, sigue siendo un aprendiz insaciable y le repite a aquellos que le tienen por maestro: Porque yo quiero más aprender que enseñar [RESPUESTA A LAS OCHO PREGUNTAS DE DULCICIO. 6. BAC]

En el capítulo anterior demostré cómo Agustín sí creía en los milagros, a lo cual algunos me respondieron que “él creía en los milagros pero eso no implicaba que era continuista, pues Agustín no creía en la vigencia de los dones carismáticos“. Bien, para aquellos a quienes les gusta ir a las fuentes, les demostraré por las mismas fuentes que Agustín también creía en la vigencia y operatividad de los dones. Acompáñenme, despojados de todo prejuicio y con serenidad, en este maravilloso viaje por los escritos de Agustín de Hipona: el continuista.

En su libro Ochenta y tres cuestiones diversas, Agustín responde a la pregunta ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? Aquí explica que es Dios quien permite que en ambos casos se produzcan milagros, y que eso también sucede en el presente:

[…] cuanto el alma humana, abandonando a Dios, se llegare a complacer en sus propios honores o en su poder personal, tanto más se somete a tales potestades que gozan de su autonomía propia y codician ser honradas por los hombres como dioses. A las cuales la ley divina permite con frecuencia que a quienes se les han sometido según sus propios méritos, les concedan en la esfera de su autonomía propia incluso algo prodigioso para hacer ostentación en esas cosas en las cuales son superiores al menos en un grado ínfimo, si bien perfectísimamente jerárquico entre las potestades. Pero cuando la ley divina, como derecho público o ley general, lo manda, anula evidentemente las licencias particulares, tanto más que estas licencias particulares no existirían si no fuera por una permisión del poder divino universal. Así se explica que los santos servidores de Dios, cuando es útil tener este don, tienen dominio en virtud de la ley pública, y en cierto modo imperial, que no es otro que el de Dios soberano, sobre las potestades inferiores para hacer algunos milagros visibles. Porque en ellos quien ejerce ese dominio es el mismo Dios, de quien ellos son templo y a quien aman con el amor más ardiente, despreciando su propia autonomía personal. […] 3. En cuanto a lo que dice que los falsos profetas van a realizar muchos signos y prodigios, hasta engañar, si fuera posible, aun a los elegidos, advierte claramente que hasta los hombres perversos hacen algunos milagros que los mismos santos no pueden hacer, y sin embargo no se ha de pensar por eso que ellos están en mejor situación delante de Dios. Porque no eran más gratos a Dios que el pueblo de Israel los magos de los egipcios, porque este pueblo no era capaz de hacer lo que ellos hacían, aunque Moisés había podido obrar prodigios mayores con el poder de Dios. Sino que la razón por la cual no se dan tales poderes a todos los santos es para que los débiles no caigan en un error especialmente funesto, imaginando que en semejantes hechos hay dones mayores que en las obras de santidad, con que se consigue la vida eterna. Por esa causa el Señor prohíbe a los discípulos felicitarse de ello, cuando dice: No queráis alegraros de eso porque se os someten los espíritus, sino alegraos porque vuestros nombres están escritos en los cielos. 4. Puesto que los magos hacen tales prodigios, semejantes a los que a veces hacen los santos, ciertamente aparecen visiblemente como tales, pero son realizados con otro fin y otro principio. En verdad, los primeros los realizan buscando su propia gloria; los segundos, buscando la gloria de Dios; los primeros los hacen por medio de algunas concesiones a las potestades en sus rangos so pretexto de negocios y beneficios privados; los segundos, en cambio, por un servicio público a las órdenes de aquel a quien está sometida toda criatura. […] Por ese motivo, de una forma hacen milagros los magos, de otra los buenos cristianos, y de otra los malos cristianos: los magos en virtud de pactos particulares, los buenos cristianos por el bien común, los malos cristianos por las apariencias del bien común. […] Seguramente, lo ordena una decisión divina sin que lo sepan los hombres, sea para confundir a los malos, cuando es conveniente confundirlos, como leemos de los hijos de Sceva en los Hechos de los Apóstoles, a quienes dice el espíritu inmundo: Yo conozco a Jesús, y sé quién es Pablo, pero vosotros ¿quiénes sois?; sea para recomendar a los buenos que progresen en la fe, y que utilicen tales poderes no por jactancia, sino por utilidad; sea para discernir los dones de los miembros de la Iglesia, como dice el Apóstol: ¿Hacen todos milagros?, ¿tienen todos dones de curaciones?” [San Agustín. Ochenta y tres cuestiones diversas. CUESTIÓN 79 ¿Por qué los magos del faraón hicieron algunos prodigios como Moisés, siervo de Dios? BAC]

En otro libro, Agustín compara la adivinación diabólica con la profecía, y nótese que cuando habla de la profecía lo hace en tiempo presente:

“Con esta facultad tan prodigiosa los demonios predicen muchas cosas, a pesar de que esté bien lejos de la sublimidad de la profecía de Dios, que obra por medio de sus santos ángeles y profetas. Efectivamente, cuando predicen algo sobre los designios de Dios, lo oyen para predecirlo; y cuando predicen lo que oyen de ese modo, ni engañan ni son engañados, porque los oráculos angélicos y proféticos son infalibles y veraces.” [San Agustín. La adivinación diabólica. CAPITULO VI. LA ADIVINACIÓN DIABÓLICA DISTA MUCHO DE LA SUBLIMIDAD DE LA PROFECÍA DIVINA. BAC]

En otro libro, Agustín narra como presenció un estado de éxtasis y visiones:

“Sobre el éxtasis pude oír en este estado a un hombre, y por cierto rústico, que apenas era capaz de decir lo que sentía; éste sabía que estaba despierto y que veía algo, no con los ojos del cuerpo. Usaré de sus propias palabras en cuanto pueda recordarlas. Mi alma, decía, veía aquello, no mis ojos, y, sin embargo, no sabía si aquello era cuerpo o imagen de cuerpo. No era tal que pudiera distinguir estas cosas; pero era tan sencillo en su fe, que así como le oía hablar, me parecía que yo mismo veía aquello que él narraba haber visto.”    [Del Génesis a la letra. Libro XII. 2.4]

En el mismo libro, Agustín afirma la utilidad de los éxtasis y visiones, y la necesidad de usar, entre todos los dones que Dios da, el don de discernimiento de espíritus:

“No es de extrañar que los posesos digan algunas veces verdades que no están al alcance de los sentidos de los hombres. Ignoro ciertamente con qué oculta mezcla de ambos espíritus se hace; esta mezcolanza viene a ser como un solo espíritu de poseedor y poseído. Cuando el espíritu bueno toma o arrebata en estas visiones al espíritu humano, no se ha de dudar en modo alguno que aquellas imágenes sean signos de otras cosas y que es utilísimo conocerlas, pues es un don de Dios. Sin embargo, es difícil el discernimiento cuando el espíritu del mal obra sosegadamente y, habiéndose apoderado del espíritu del hombre sin agitación alguna, dice lo que puede. Cuando dice la verdad y pronostica cosas útiles, se transforma, como está escrito, en ángel de luz a fin de que, creyéndole por aquellas cosas tan evidentemente buenas, seduzca después a obrar las suyas propias. En este caso creo que no se le puede conocer a no ser por aquel don del cual habla el Apóstol cuando trata de los diferentes dones que Dios da: y este es la discreción de espíritu     [Del Génesis a la letra. Libro XII. 13.28]

Más adelante, en el mismo libro, Agustín nos habla de visiones, éxtasis o arrobamientos, y de cómo los cristianos son usados con los dones de palabras de ciencia y profecía:

De dónde nacen las visiones “Procede del espíritu cuando, estando completamente sano y fuerte el cuerpo, los hombres son arrebatados en éxtasis, ya sea que al mismo tiempo vean los cuerpos por medio de los sentidos corporales y por el espíritu ciertas semejanzas de los cuerpos que no se distinguen de los cuerpos, o ya pierdan por completo el sentido corporal y, sin percibir por él absolutamente nada, se encuentren transportados por aquella visión espiritual en el mundo de las semejanzas de los cuerpos. Mas cuando el espíritu maligno arrebata al espíritu del hombre en estas visiones, engendra demoníacos o posesos, o falsos profetas. Si, por el contrario, obra en esto el ángel bueno, los fieles hablan ocultos misterios, y si además les comunica inteligencia, hace de ellos verdaderos profetas; o si, por algún tiempo, les manifiesta lo que conviene que ellos digan, los hace expositores y videntes.”   [Del Génesis a la letra. Libro XII. 19.41]

Por si quedaba alguna duda, Agustín afirma directamente que el Espíritu Santo sigue repartiendo dones carismáticos:

“De hecho hay dones de Dios que Él da a unos, y otros que Él da a otros, según el Apóstol, que dice que a cada uno se le da la manifestación particular del Espíritu para utilidad común: A uno, por ejemplo, mediante el Espíritu se le dan palabras acertadas; a otro, palabras sabias, conforme al mismo Espíritu; a un tercero, fe, por obra del mismo Espíritu; a otro, por obra del único Espíritu, dones para curar; a otro, realizar milagros; a otro, el don de profecía; a otro, discernir espíritus; a aquél, hablar diversas lenguas; a otro, interpretarlas. Pero todo esto lo activa el mismo y único Espíritu, que lo reparte todo, dando a cada uno en particular lo que a Él le parece. De entre todos estos dones espirituales, que el Apóstol ha recordado, el que haya recibido el discernimiento de espíritus, ése es el que sabe estas cosas, de que hablamos, como es necesario saberlas.”  [LA PIEDAD CON LOS DIFUNTOS, AL OBISPO PAULINO. XVI. 20. BAC]

Ahora, Agustín nos afirma con un testimonio que hay personas que tienen el don de profecía.

“Debemos creer que tal fue aquel famoso monje Juan, a quien el emperador Teodosio el Grande consultó sobre el éxito de la guerra civil, porque tenía realmente el don de profecía. Ni puedo poner en duda de que a cada uno pueda distribuirse la totalidad de los dones, como tampoco que uno solo pueda tener muchos. Pues este monje Juan, cuando una mujer religiosísima deseaba impacientemente verlo, y se lo pedía con la mayor insistencia por medio de su marido, como él no quería, porque nunca lo había permitido a las mujeres, le contesta: Vete y di a tu mujer que me verá la noche próxima, pero en sueños. Y así sucedió, y la amonestó cuanto convenía amonestar a una esposa fiel. Cuando ella despertó, indicó a su marido que ella había visto a aquel hombre de Dios, como él lo había conocido, y lo que había oído de él. Esto me lo refirió un varón grave y noble que lo recogió de ellos mismos, y es dignísimo de ser creído. Pero si yo mismo hubiese visto a aquel santo monje, que, como se dice, se dejaba interrogar pacientísimamente, y respondía con la mayor sabiduría, yo le habría preguntado algo que se refiere a esta cuestión que nos ocupa: si él mismo vino en sueños a aquella mujer, esto es, si fue su espíritu en la figura de su cuerpo, como nosotros soñamos en la figura de nuestro cuerpo, o si la visión ocurrió mientras él estaba haciendo otra cosa, o cuando dormía, soñando algo distinto, sea por medio del ángel, sea de cualquier otro modo, y predijo que iba a suceder aquello, como él lo prometía, revelándoselo el Espíritu. Porque, si él  mismo intervino en lo que soñaba, eso lo pudo hacer por una gracia extraordinaria, no por la naturaleza, y por un don de Dios, no por su propio poder. En cambio, si, cuando él estaba haciendo otra cosa, o durmiendo y ocupado en otras visiones, la mujer lo vio en sueños, entonces sucedió tal cual es aquello que leemos en los Hechos de los Apóstoles, cuando el Señor Jesús habla a Ananías de Saulo, y le indica que Saulo ha visto a Ananías, que venía a él, cuando esto el mismo Ananías no lo sabía. […] Finalmente, yo le pediría al mismo Juan si las apariciones se hacen a veces por medio de la presencia personal de los mártires, y otras veces por medio del ministerio de los ángeles, y, si pueden, y con qué signos pueden ser distinguidas estas dos cosas por nosotros, o bien si no es capaz de percibirlas y reconocerlas sino quien tiene aquel don por el Espíritu de Dios, que reparte a cada uno los favores particulares como Él quiere.”    [ San Agustín. AL OBISPO PAULINO. XVII. 21. BAC]

Y por último, un caso más de profecía relatado por el propio Agustín como suceso verídico, en otro de sus libros:

“Lo que voy a decir lo han oído algunos que quizás lo conocieron, y hasta están entre el auditorio, los cuales estuvieron también allí presentes. Sucedió hace pocos años en Constantinopla, siendo Arcadio emperador. Queriendo Dios atemorizar a la ciudad y enmendarla por el temor, convertirla, purificarla y cambiarla, reveló a un fiel siervo suyo, que, según dicen, era un soldado; y le dijo que iba a destruir la ciudad con fuego bajado del cielo, y le amonestó que se lo dijese al obispo. Él se lo dijo; el obispo no lo menospreció y lo comunicó al pueblo. La ciudad se convirtió a penitencia, como en otro tiempo la antigua Nínive. Para que el pueblo no creyese que el que lo había anunciado era un iluso o un falsario, llegó el día que había amenazado, todos pendientes y esperando con gran temor el resultado; al anochecer, cuando ya el firmamento estaba oscuro, apareció una nube de fuego por el oriente, pequeña al principio; después, poco a poco, según se iba acercando sobre la ciudad, crecía de tal manera que el fuego amenazaba de un modo terrible a la ciudad entera. Parecía que una llama horrible estaba suspendida sin que faltase el olor a azufre. Todos se refugiaban en los templos, y los lugares sagrados no podían acoger a las muchedumbres; cada cual exigía el bautismo de quien podía. No sólo en las iglesias; también por las casas, por las calles y plazas pedían el sacramento de la salvación, para evitar la ira no sólo presente, sino también futura. Después de aquella gran tribulación, en la que Dios confirmó la veracidad de sus palabras y de la revelación de su siervo, la nube, lo mismo que había crecido, comenzó a decrecer hasta disiparse poco a poco.”     [La Devastación de Roma. VI. 7. BAC]

Bien, espero que los admiradores de Agustín hayan disfrutado de estos textos y les haya servido para conocerlo más; pues no se puede tomar una doctrina de alguien e ignorar el resto de su pensamiento y creencia. Agustín supo combinar la teología con los sucesos sobrenaturales, sueños, visiones, revelaciones, éxtasis, dones, milagros, etc. Todos sus libros respiran ese anhelo, esa pasión por conocer y experimentar más y más las cosas del Espíritu; Agustín nunca separó la doctrina de la experiencia, para él ambas cosas son fundamentales y no contradictorias en la vida del cristiano, y en la vida plena de la Iglesia.

Artículo, y recopilación de textos de Agustín de Hipona, de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 

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7 respuestas a Agustín contra el Cesacionismo – Capítulo II – Los dones del Espíritu

  1. Elkin dijo:

    Gabriel Edgardo LLugdar amado consiervo.
    Dios te bendiga.
    Ya hace algún tiempo que no te escribía, para agradecerte por los valiosos aportes que haces a la defensa y fortalecimiento del cuerpo de Cristo; siempre disfruto de tus comentarios y apreciaciones teológicas.
    con mucho aprecio desde la ciudad de cartagena, Colombia. su hermano y consiervo: Elkin

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  5. Esteban dijo:

    Muachas gracias por el material hno. Dios le bendiga

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