¿Orar o Murmurar? Esa es la cuestión.

Moisés extendió su mano sobre el mar,  las aguas se dividieron y el pueblo de Dios cruzó en seco. Moisés extendió nuevamente su mano sobre el mar y las aguas se juntaron tragándose al enemigo. Este extraordinario relato lo podemos leer en el capítulo 14 de Éxodo, y en el capítulo siguiente se nos narra el mega concierto que organizaron para celebrar esa victoria:

Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron:  Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.  Jehová es mi fortaleza y mi cántico,  Y ha sido mi salvación.  Este es mi Dios, y lo alabaré;  Dios de mi padre, y lo enalteceré.  Jehová es varón de guerra;  Jehová es su nombre. Echó en el mar los carros de Faraón…  [Éxodo 15:1-4]

Y podemos imaginarnos como si allí estuviesen los directores de alabanza animando al pueblo: ¡que salgan las panderetistas y las danzoras!, que sin coreografía no hay fiesta:

Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas.  Y María les respondía:  Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido;  Ha echado en el mar al caballo y al jinete.   [Éxodo 15:20-21]

Lo más sorprendente del relato es que inmediatamente después de ese mega concierto, cuyo lema bien podría haber sido: “Hasta hoy fuimos una generación de esclavos, pero a partir de ahora seremos una generación de campeones”;  cuando el eco de las panderetas no se había acallado todavía, y el polvo levantado por las danzas aún no se había asentado del todo,  comienzan a suceder estas cosas:

… y anduvieron tres días por el desierto sin hallar agua. Y llegaron a Mara, y no pudieron beber las aguas de Mara, porque eran amargas; por eso le pusieron el nombre de Mara. Entonces el pueblo murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Qué hemos de beber?  [Éxodo 15:22-24]

Partió luego de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, y vino al desierto de Sin…  Y toda la congregación de los hijos de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto;  y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto por mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud.   [Éxodo 16:1-3]

Toda la congregación de los hijos de Israel partió del desierto de Sin por sus jornadas, conforme al mandamiento de Jehová, y acamparon en Refidim; y no había agua para que el pueblo bebiese… Así que el pueblo tuvo allí sed, y murmuró contra Moisés, y dijo: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?    [Éxo 17:1-3]

Dios había cambiado el lamento de Israel en baile, al rescatarlos de la esclavitud de Egipto, pero ahora Israel se enoja con Dios porque la orquesta se detuvo en lo mejor del baile. En realidad, Dios mandó a callar la música, porque quería escuchar las voces de su pueblo; en el silencio del desierto aquellas voces deberían subir como un coro celestial, pero sin música lo que se oyó no fue otra cosa que murmuración. Solemos decir que en el desierto aprendemos a oír la voz de Dios, es verdad, pero en el desierto también se descubre el tono de nuestra voz: oración o murmuración. 

El pueblo de Israel llega sediento a un lugar, el agua que hay allí es amarga, la dificultad ya está planteada, ahora había que resolverla. Instintivamente lo primero que intenta salir de nuestro corazón, de nuestras emociones, y de nuestro razonamiento es la acción de murmurar, hablar entre dientes, quejarnos, rezongar.  Ese instinto no es algo que le cause extrañeza al Señor, Él conoce que nuestro corazón no disciplinado siempre tiende a la queja antes que a la alabanza; así que, a ese primer impulso nuestro, Él lo comprende en su infinita paciencia. El problema es cuando al impulso natural no se le vence, y entonces la murmuración se convierte  en nuestro lenguaje habitual frente a las adversidades. No oramos, murmuramos.

Debemos analizar nuestra reacción ante cada situación adversa, y aprovechar el silencio de ese pequeño desierto,  con la “música apagada”, para escuchar cual es la voz que surge de nuestro corazón. El problema o la dificultad estará allí, seguirá estando aunque nos quejemos por horas o días. ¿Qué es lo único que puede traernos paz, una respuesta y una salida a la dificultad? La murmuración y la queja nunca cambiaron nada para mejor, nunca ganaron una batalla, nunca escribieron relatos gloriosos; pero sí arruinaron muchas vidas:

Y Jehová habló a Moisés y a Aarón, diciendo: ¿Hasta cuándo oiré esta depravada multitud que murmura contra mí, las querellas de los hijos de Israel, que de mí se quejan?  Diles: Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros.”      [Núm 14:26-28] 

Presta atención a esto: según tú hables a los oídos de Dios así hará Él. Si oras perseverantemente y sin desmayar, buscando su dirección y su auxilio, Él te responderá, 

¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?      [Lucas 18:7]

Pero si en lugar de oración, de tu corazón sale queja, murmuración y protesta, entonces te sucederá como al pueblo de Israel:

En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí. Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella… [Números 14:29-30]

Y quiero que prestes atención a otra cosa muy importante, se dice por ahí que la oración no cambia la voluntad de Dios sino que nos conforma a ella, bien, salvo en casos excepcionales esa es la regla. Pero sí hay algo que cambia la voluntad de Dios, según lo acabamos de leer en ese texto de Números: ¡la murmuración cambia la voluntad de Dios! Observen que Dios les da la sentencia por la murmuración de ellos: “En este desierto caerán vuestros cuerpos… Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra” ¿Esa era la voluntad primera de Dios? No, nunca fue la voluntad de Dios que cayesen muertos en el desierto sin alcanzar la tierra prometida; y no lo digo yo, lo dice Dios mismo en ese texto: “no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella.

La murmuración es tan destructiva para ti y tan repulsiva para Dios, que la Escritura nos muestra que puede hacer que Dios en vez de darte te quite. La oración hace que recibamos aquello que el Señor desea concedernos, la murmuración hace que perdamos aquello que Dios promete concedernos. ¿Por qué es tan grave la queja? Porque la queja le echa la culpa de las circunstancias a Dios, como si Dios se hubiese equivocado, o dormido o descuidado, y que por eso nos pasan esas cosas. Por el contrario, la oración le da gracias a Dios por su propósito en cada situación, aunque al presente no comprendamos dicho propósito.

¿Se acuerdan de Job? Después de todo lo que le aconteció, la Biblia dice: 

En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno.   [Job 1:22]

Otras versiones dicen: “no le echó la culpa a Dios” La murmuración, la queja, el rezongo, no es otra cosa que afirmar que Dios no sabe lo que hace, que su obrar no tiene sentido ni propósito. Recordemos que la queja es el lenguaje de la carne, la oración es el lenguaje del espíritu. Damos gracias a Dios que Él nos conoce, sabe que el primer impulso de nuestro corazón es quejarnos, pero en su paciencia nos ejercita para que lleguemos, como nos manda el apóstol Pablo, a orar sin cesar. En un corazón que ora sin cesar ya no hay lugar para la queja, porque de una misma fuente no puede brotar agua dulce y amarga. La queja amarga nuestras palabras, la oración las torna dulces a los oídos del Padre. 

Ante cada situación que enfrentes tendrás dos opciones, ponerte a orar o ponerte a quejar. ¿Es que acaso Dios no sabía que en el desierto no había agua? ¿El Dios que abrió el mar Rojo era incapaz de guiar a su pueblo hasta un arroyo? ¿Es que Dios no sabía cuando sacó a Israel de Egipto que en el desierto no había panaderías? ¿Se le pasó por alto a Dios que en el desierto no había carnicerías? Dios lo sabe todo, no es sorprendido por la adversidad, no improvisa; el que se sorprende eres tú, y el que tiene que actuar eres tú, ¿orarás o murmurarás? Quejándote no vas a cambiar el agua amarga en dulce, la tornarás aún más amarga. Pero la oración endulza lo amargo, y tus lágrimas sinceras ante el Trono de Dios harán descender la lluvia, el maná y las codornices a su tiempo.

El problema está ahí, delante de ti, ahora bien, ¿qué vas a hacer, orar o murmurar? Esa es la cuestión.

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2018 – De la Serie: Porqué nos cuesta tanto orar.

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Acerca de diariosdeavivamientos

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8 respuestas a ¿Orar o Murmurar? Esa es la cuestión.

  1. MASCULINO dijo:

    Muchas veces somos fácil presa de la murmuración, es nuestra naturaleza. Tal como acabamos de leer, en circunstancias difíciles lo primero que viene a nosotros, es la queja; cuando, como hijos de Dios, debemos dar gracias por todo. Como nos enseña el apóstol Pablo en su carta a los filipenses: “Regocijaos en el Señor siempre” (Fil. 4:4a)

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  2. José Antonio Hernández dijo:

    Saludos, hermano Gabriel. Nuevamente es de sumo gozo el tener contacto contigo. Me había ausentado por éxodo hacia Chile. Sé que disfrutaré de tus acartados blogs.

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  3. Donald Ochoa dijo:

    muy excelente, aprendemos cada día con las enseñanzas de otros hermanos.

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  4. dinorah vargas dijo:

    Muchas gracias!, me emociona cuando llega un correo de que hay algo nuevo en “Diarios de avivamientos” con algo para aprender /reflexionar, crecer!

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  5. Llérula Eunice Lozano Jiménez dijo:

    1Co 10:10-13: “Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga. No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar.”

    Que en el Señor aprendamos quieta y calladamente a ser fortalecidos en la intimidad de la oración. La queja y la murmuración no solo conllevan amargura, sino retraso y estancamiento. El Señor nos ayude a tomar conciencia y madurez de esto.

    Gracias por esta gran reflexión estimado hermano Gabriel.

    Paz y bendiciones.

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