Adoniram Judson – La Historia de los misioneros cristianos

Adoniram Judson nació en Massachusetts en 1788. Su padre era pastor congregacional. Sólo tenía dieciséis años de edad cuando ingresó en la Universidad Brown. Recibió su diploma en tres años (en un programa de cuatro años) y ocupó el primer puesto en su clase. En sus días de estudiante había entablado amistad con un compañero de estudios, Jacob Eames, quien creía en el deísmo, una doctrina condenada por el congregacionalismo conservador en el cual había crecido Judson. Pero las opiniones de Eames hicieron impacto en el joven Judson, quien ya no estaba satisfecho con la fe de su padre. Después de su graduación, Judson volvió a su pueblo natal; allí abrió una academia y publicó dos libros de texto, pero no era feliz. A pesar de los ruegos de sus padres, se fue a recorrer el mundo. Salió con destino a Nueva York donde esperaba convertirse en dramaturgo. La estadía de Judson en Nueva York fue corta e infructuosa. Después de unas semanas, ya estaba en camino de regreso a Nueva Inglaterra, deprimido y frustrado en cuanto a su futuro. El iba sin dirección fija cuando se detuvo una noche en un hotel. Su sueño se vio interrumpido por los dolorosos quejidos de un enfermo que estaba en el cuarto contiguo. Por la mañana preguntó por el desafortunado viajero. Le informaron que el hombre, Jacob Eames, había muerto durante la noche. Fue una experiencia terrible para el joven Judson, de sólo veinte años de edad. De regreso a casa se dedicó a hacerse un examen de conciencia.
Cuando Adoniram llegó a su casa en Plymouth, en septiembre de 1808, encontró un alboroto entusiasta. Su padre era uno de varios pastores que participaban en el establecimiento de un nuevo seminario en Andover que, a diferencia de Harvard y otras facultades de teología de Nueva Inglaterra, se basaría en los principios ortodoxos de la fe. Con el apoyo de su padre y de otros pastores, Adoniram quiso seguir buscando la verdad en este nuevo seminario. Lo admitieron como estudiante especial, sin hacer profesión de fe; pero, después de pocos meses, él hizo una “consagración solemne” de sí mismo a Dios.
Poco después de su voto de consagración, Judson leyó una copia impresa de un inspirador mensaje misionero que había sido predicado por un pastor británico. Judson quedó tan conmovido que prometió que sería el primer misionero norteamericano. El seminario de Andover no era una colmena de entusiastas por las misiones. Sin embargo, había allí otros estudiantes interesados en ellas. Entre estos se encontraba Samuel Mills de la Universidad Williams, quien había sido el líder de la “reunión de oración del pajar” de unos años antes. Esta reunión de oración al aire libre, un acontecimiento que no se había planeado, fue un hecho decisivo en la historia de las misiones en Estados Unidos. Un grupo de estudiantes de la Universidad Williams, con inclinaciones misioneras, conocido como la Sociedad de los Hermanos, tenía la costumbre de reunirse a orar al aire libre. Una tarde, durante una tormenta, buscaron abrigo bajo un pajar cercano. Allí se consagraron al servicio misionero. Mills, que había sido trasladado a Andover, apoyaba a Judson y a los demás alumnos de Andover que estaban interesados en las misiones. Aunque nunca sirvió como misionero en el extranjero, Mills llegó a ser un gran administrador misionero. El gran interés que este grupito de estudiantes de Andover tenia en las misiones los llevó a la formación de la junta Norteamericana de Comisionados para las Misiones en el Extranjero.

Judson había “comenzado una amistad” con Ann Hasseltine, mejor conocida como Nancy. Ella, así como Adoniram, había tenido una conversión religiosa que transformó su vida de joven inestable en una adulta vivaz y seria. Nancy tenía un ferviente deseo de evangelizar. Ella insistía en que iría a la India, no porque se sintiera “atada a un objeto terrenal“, con referencia a Adoniram, sino por “una obligación con Dios . . . con una completa convicción de su llamamiento.” En febrero de 1812, Nancy y Adoniram se casaron, y trece días después se embarcaron para la India, llegando a Calcuta a mediados de junio. Para Adoniram y Nancy el largo viaje por mar fue algo más que una extensa luna de miel. Ellos pasaban muchas horas en estudio bíblico, en especial en busca del verdadero significado del bautismo, un tema que preocupaba mucho a Adoniram. Cuanto más estudiaba, tanto más convencido estaba de que la práctica congregacional del bautismo de infantes por aspersión era un error. Al principio Nancy se sintió molesta con sus nuevas ideas. Ella decía que el asunto no tenía demasiada importancia y que si él se hacía bautista, ella no se haría. Sin embargo, después de una investigación a fondo ella se convenció de que el bautismo de los creyentes es por inmersión. Después de su llegada a la India, Guillermo Ward bautizó a Adoniram y Nancy en Serampore. Cuando llegó la noticia a Estados Unidos de que los Judson y Lutero Rice (uno de los otros seis misioneros comisionados a la India por la Junta Norteamericana) se habían pasado a los bautistas, se formó un alboroto entre los congregacionalistas. ¿Cómo podía abandonarlos su mejor misionero después de todo lo que habían invertido en él? Pero los bautistas estaban felices, y se apresuraron a formar su propia sociedad misionera y a prometerle su apoyo.
La estadía de los Judson en la India fue corta. Ellos no podían enfrentarse a la poderosa Compañía del Este de la India. Como no podían quedarse en la India, zarparon para la isla de Francia junto a la costa de África oriental; pero cuando las posibilidades de hacer obra misionera allí parecieron pocas, decidieron volver a la India, por vía de Penang en la península de Malasia, donde esperaban hacer obra misionera. Como no había ningún barco para Penang, y los amenazaban con deportarlos, tomaron un barco que salía para Birmania. Es interesante anotar que Birmania había sido el primer campo misionero en el
cual había pensado servir Adoniram, hasta cuando supo de los terribles maltratos que daban allí a los extranjeros.

La llegada de los Judson a Rangún fue triste. Durante el viaje, Nancy había dado a luz un niño muerto y tuvo que ser bajada en camilla a su nueva tierra. A diferencia de la India, Birmania no tenía una comunidad europea ni tenía sistema de castas. La gente parecía bastante independiente y libre, a pesar del régimen cruel y tiránico que los gobernaba. Había pobreza por todos lados. Las calles estrechas y sucias de Rangún estaban delineadas con casuchas. Detrás de las sonrisas felices de los que los saludaban se podía sentir la opresión.

Después de dos años de haber salido de Norteamérica, Adoniram y Nancy al fin se encontraban solos para establecer su propia obra misionera. Ellos tenían la casa grande de la misión bautista de Rangún para ellos solos y pasaban hasta doce horas diarias en el estudio del difícil idioma birmano. El idioma no era la única barrera que existía entre los Judson y la gente de Birmania. Ellos descubrieron que esta gente no tenía un concepto de un Dios eterno que tuviera un interés personal en la humanidad. Sus primeros intentos de compartir el evangelio fueron desalentadores: “No pueden imaginarse ustedes lo difícil que es darles una idea del verdadero Dios y de la salvación en Cristo, puesto que sus conceptos de la divinidad son muy bajos.” El budismo era la religión de Birmania, con sus rituales y la adoración de ídolos: “Ya hace dos mil años que Gaudama (Gautama), su última deidad, entró en su estado de perfección; y aunque ya no existe, ellos todavía adoran un cabello de su cabeza, que está entronizado en una enorme pagoda, a la cual acuden los birmanos cada ocho días.”

Birmania era un campo desanimador para el cultivo del cristianismo. Parecía que cada retoño de progreso era abatido antes de que echara raíces. A veces había señales de interés animadoras, pero entonces desaparecían de repente los interesados al oír rumores de represalias oficiales. La tolerancia de que los misioneros eran objeto fluctuaba de un extremo a otro por el cambio continuo de virreyes en Rangún. Cuando los Judson gozaban del favor de la corte, tenían libertad para propagar el evangelio, y los birmanos aprovechaban la falta de control oficial. Pero cuando ese favor no existía, en vez de aparecer mucho en público tenían que pasar muchas horas en la casa de la misión.

Desde sus primeros días en Rangún, los Judson estaban inconformes con la ubicación aislada de la casa de la misión. Ellos estaban en Birmania para servir a la gente y querían que ésta tuviera un acceso fácil a su casa. ¿Cómo se podría lograr eso en una cultura tan diferente de la suya? La solución ideal era la construcción de un zayat. Un zayat era un cobertizo en el que podía entrar cualquiera que quisiera descansar o comentar las noticias del día, o escuchar a los maestros budistas laicos que pasaban por allí. Ese era un lugar para reposar y olvidarse de las presiones del día. Había muchos lugares así en Rangún. La idea dio resultados. Casi de inmediato, los visitantes, que nunca habrían entrado en la casa de la misión, comenzaron a llegar al nuevo lugar. Aunque a Adoniram le quedaba poco tiempo para su trabajo de traducción, él estaba muy contento con este nuevo aspecto de su ministerio. En mayo de 1819, sólo un mes después de abrir el zayat, Maung Nau hizo profesión de fe en Cristo en un servicio dominical. La pequeña iglesia birmana de Rangún fue creciendo, y en el verano de 1820 ya contaba con diez fieles bautizados. Desde el principio los nuevos creyentes desempeñaron un papel activo en el evangelismo. Una mujer abrió una escuela en su casa; un joven llegó a ser pastor auxiliar y otros distribuían folletos. El trabajo avanzaba, aun cuando los Judson no estuvieran presentes. Aparte de la persecución oficial, las fiebres tropicales eran el peor obstáculo de la obra en Birmania. Tanto Adoniram como Nancy sufrían de frecuentes ataques de fiebre que ponían en peligro su vida. Ellos ya sabían que la muerte era una amenaza muy real. Su hijo Róger, nacido el año después de su llegada a Rangún, llenó sus corazones de alegría durante seis meses antes de morir de fiebre. En 1820 salieron de Rangún por varios meses para procurar asistencia médica para Nancy en Calcuta. Después, en 1822, Nancy regresó a Inglaterra y a Estados Unidos con licencia por enfermedad.

Durante la ausencia de Nancy, Adoniram se dedicó por completo a la obra de traducción y completó el Nuevo Testamento en menos de un año. Mientras tanto, la situación había tenido un cambio drástico. Jonatán Price, un médico misionero que trabajaba con Adoniram, recibió una orden para presentarse delante del emperador en Ava, a varias semanas de viaje río arriba. La facilidad que Adoniram tenía para hablar el idioma birmano lo obligaba a acompañar a Price a esta importante reunión. De mala gana empacó Adoniram sus pertenencias para el viaje. Durante algún tiempo los dos misioneros gozaron del favor de la corte real; pero a principios de 1824 la situación política de Birmania se fue volviendo aterradora. Nancy ya había regresado de Estados Unidos, y se unió a Adoniram en Ava; pero su reunión duró poco tiempo. Estalló la guerra entre Birmania e Inglaterra, y se sospechaba que todos los extranjeros eran espías. Adoniram y Price fueron detenidos y puestos en una prisión donde esperaban la ejecución los condenados a muerte.

La vida en esta prisión era terrible. Los misioneros estaban confinados junto a criminales comunes en un lugar sucio, oscuro y lleno de animalejos, con grillos y cadenas en los tobillos. Por la noche, los Caras Manchadas, que así llamaban a los guardias porque tenían la cara y el pecho marcados por haber sido criminales también, amarraban los grillos de los tobillos a un tronco suspendido del cielo raso, hasta que sólo la cabeza y los hombros de los prisioneros tocaban el suelo. Por la mañana, los fatigados prisioneros estaban tiesos y entumecidos; el día les ofrecía poco alivio. Todos los días había ejecuciones, y los prisioneros nunca sabían quién sería el próximo en morir.

Los sufrimientos de Adoniram los sentía también Nancy, y tal vez mucho más que él. Todos los días ella se entrevistaba con funcionarios públicos para explicarles que Adoniram, por ser ciudadano de Estados Unidos, no tenía ninguna relación con el gobierno británico. Algunas veces sus ruegos y sus sobornos tenían éxito y se le daba un alivio temporal a su esposo; pero, con más frecuencia, ella se sentía incapaz de hacer nada para ayudar a Adoniram, que se estaba acabando en la prisión. Para empeorar las cosas, descubrió que estaba embarazada. Durante los meses siguientes su único consuelo eran las visitas a Adoniram, permitidas por su soborno de los oficiales y guardias. Por algún tiempo no hizo más visitas, hasta que el 15 de febrero de 1825, ocho meses después del arresto de Adoniram, ella llegó con un pequeño envoltorio. Le llevaba a la pequeña María, de menos de tres semanas de nacida.

En mayo siguiente, cuando el ejército británico marchaba hacia Ava, sacaron de repente a los prisioneros y se los llevaron en marcha forzada a otro lugar más al norte. Por haber estado en prisión por más de un año sin hacer ejercicio, los prisioneros no estaban preparados para el acelerado paso bajo el ardiente sol, y algunos murieron por el camino. Los pies de Adoniram estaban en carne viva y sangrantes. Cada paso era una enorme tortura. En la marcha cruzaron un puente sobre un río pedregoso y seco. En el instante de cruzar, Adoniram se sintió tentado a saltar por un lado del puente y acabar de una vez con su dolorosa existencia. Hubiera sido una salida fácil, pero él superó la tentación y siguió adelante. Una vez más permaneció en prisión.

Después de pocos días, Nancy, quien no había sabido del traslado hasta después de ocurrido, llegó al nuevo lugar. Allí volvió a suplicar por el caso de su esposo. Pero la mala salud de la criatura y la de la propia Nancy quitaron toda posibilidad de éxito a sus esfuerzos. Ella se puso tan mal que ya no podía darle el pecho a María, y sólo la misericordia de los guardias mantuvo viva a la niña. Ellos le permitieron a Adoniram que saliera de la prisión dos veces al día para llevar a la nena por la aldea, a fin de que fuera amamantada por las madres que estuvieran criando en esos días. La madre y la bebé se recobraron lentamente, pero nunca mejoraron del todo.

Al fin, en noviembre de 1825, después de casi año y medio de prisión, se dio libertad a Adoniram para que interpretara durante las negociaciones de paz con los británicos. Mientras tanto, los Judson pasaron un poco de tiempo con los oficiales británicos, y por primera vez en casi dos años, pudieron disfrutar de un tiempo juntos. Nancy escribió lo siguiente a su cuñado: “No ha habido personas más felices sobre la tierra que nosotros durante las dos semanas que pasamos en el campamento inglés.” Esa fue la última vez que tuvieron un tiempo de descanso juntos. Volvieron a Rangún y luego fueron a Amherst, donde Nancy se quedó sola con María mientras Adoniram regresaba para ayudar en la conclusión de las negociaciones. Las semanas se convirtieron en meses y, antes de que él pudiera regresar, recibió una carta con un sello negro. Nancy, su amada compañera, había muerto de fiebre. Unos pocos meses después también murió su hijita María.

La reacción inmediata de Judson ante la muerte de Nancy fue ahogar su tristeza en el trabajo. Durante más de un año mantuvo un paso acelerado de traducción y evangelismo, pero su corazón no estaba en lo que hacía. Era como un volcán de culpa y de angustia que estaba buscando una salida por la que hacer erupción. No podía perdonarse el no haber estado con Nancy cuando ella más lo necesitaba. Tampoco podía librarse del subyugante dolor que cada vez era más intenso. Al aumentar su depresión nerviosa, disminuyó su productividad. Comenzó a pasar largos períodos de tiempo en silencio y a evitar relacionarse con los demás. Hasta dejó de comer con los otros misioneros en la casa de la misión. Al fin, unos dos años después de la muerte de Nancy, se internó en la selva y se aisló por completo. Allí se construyó una rústica chocita y vivió como un ermitaño.
Llegó al punto de cavar una tumba donde guardaba vigilia por días enteros, llena la mente de mórbidos pensamientos acerca de la muerte. Estaba rodeado de gran desolación espiritual: “Dios es para mí el Gran Desconocido. Yo creo en Él, pero no puedo hablar.”
Por fortuna, la postración mental de Judson no continuó indefinidamente. En aquel entonces no había psiquiatras ni existían el psicoanálisis ni la terapia de grupo. Lo que sí lo ayudó fue una inmensa manifestación de amor y de oración por parte de sus colegas y de los creyentes locales. Pero lo más importante fue que tenía una fe bien fundada que pudo sostenerlo aun en los momentos más difíciles de sus dudas. Poco a poco se fue recuperando de la depresión que lo paralizaba, y fue adquiriendo una nueva profundidad espiritual que daba más intensidad a su ministerio. Viajaba por toda Birmania y ayudaba a otros misioneros en su obra. A dondequiera que iba siempre tenía los mismos resultados: multitudes de personas que se interesaban en el evangelio, nuevas conversiones y señales de crecimiento espiritual. Él percibía una nueva ola de interés “a todo lo largo y ancho del país”. Era este un sentimiento que le infundía un temor reverente: “A veces me siento alarmado como una persona que ve que una locomotora comienza a moverse, y sabe que no tiene control sobre ella.”

Aunque su ministerio itinerante era emocionante, Judson sabía que le quedaba una gran obra por hacer, que era la terminación de la traducción de la Biblia al birmano. Tenía que dedicarle más tiempo del que le quedaba entre los viajes. Se necesitaba una concentración completa, durante dos años, traduciendo de veinticinco a treinta versículos diarios del hebreo del Antiguo Testamento al birmano, ambos idiomas muy difíciles. Judson completó la traducción inicial, pero le quedaban años de revisión menos concentrada por delante. No fue sino hasta el año 1840, catorce años después de la muerte de Nancy, que le envió la última página de la Biblia en birmano al impresor. Mientras tanto, Judson se había estado concentrando en algo más que las revisiones. En 1834, a la edad de cuarenta y seis años, se casó con Sara Boardman, una viuda de treinta, quien había permanecido con mucha valentía en la obra misionera después de la muerte de su esposo, tres años antes. Ellos hacían una buena pareja, pero la obra de Sara fue disminuyendo según fue aumentando la familia. Durante los primeros diez años de matrimonio, dio a luz ocho hijos. Las presiones eran muchas, y en 1845, después del nacimiento de su último hijo (dos habían fallecido), cuando iban con licencia médica a Estados Unidos, murió ella.

Judson y tres de sus hijos acompañaban a Sara, y la tragedia ocurrida entristeció profundamente lo que pudo haber sido una alegre reunión con familiares y amigos. Ya habían pasado treinta y tres años desde la última vez que Judson había visto su patria y encontró cambios muy grandes. No pudo evitar notar que las villas y puertos pesqueros se habían transformado en grandes ciudades y puertos marítimos. Esa transformación había hecho desaparecer para siempre la tierra de su infancia. Casi no podía reconocer los campos de la Nueva Inglaterra. Los treinta y tres años de progreso no fueron lo único que le impedía hallar solaz y sosiego en los recuerdos de su infancia, pues al llegar a su patria se dio cuenta de que era muy famoso. Todos querían ver y escuchar a este hombre tan célebre cuya obra misionera era legendaria. Aunque a Judson le disgustaba la publicidad, para satisfacer a sus entusiastas patrocinadores, viajaba de un lugar a otro dando conferencias. La gente, sin embargo, parecía algo desengañada, pues esperaban oír emocionantes historias de pueblos de costumbres exóticas, mas todo lo que predicaba Judson era el evangelio y ellos ya lo habían escuchado antes.

Durante uno de sus viajes, Judson conoció a Emilia Chubbock, joven autora de libros de ficción que usaba el seudónimo de Fanny Forrester. Judson quedó encantado del estilo vivaz de esta cristiana bautista, pero no le agradaba que se malgastara su talento en obras mundanas. El le sugirió que escribiera una biografía de Sara, y ella aceptó con agrado; así empezó su amistad. En enero de 1846, con menos de un mes de haberse conocido, el le propuso matrimonio.

La decisión de casarse con Emilia produjo cierta controversia entre el público cristiano; pero ella cuando era más joven había pensado en ser misionera, y no había razón para creer que no pudiera ser una buena esposa para Judson. También podría ser muy útil para la obra en Birmania. Pero a Judson se le consideraba un santo del protestantismo y por eso se esperaba mucho de él. El público pensaba que no era propio de él casarse con una autora seglar, de poco más de veinte años, la mitad de la edad de él. Las críticas parecían acercarlos más, así que en junio de 1846 se casaron. Al mes siguiente zarparon para Birmania. Los tres niños se quedaron con dos familias. Ellos nunca volverían a ver a su padre, como tampoco volverían a ver a su madre los tres niños que habían quedado en Birmania. La historia de Judson, como la de cualquier misionero, es una ilustración del trauma que sufren las familias misioneras. Los niños que lloran al desprenderse de sus amados padres y de la única seguridad que conocen, sin comprender la razón de la separación. Pero, de alguna manera, esos niños superan las circunstancias, y sabemos, por ejemplo, que de los cinco hijos de Judson y Sara que se criaron, dos fueron pastores de iglesias, uno médico, una hija fue directora de una academia y un hijo prestó servicio en el ejército del norte en la Guerra Civil hasta que lo licenciaron por haber sido herido en combate.

Judson y su nueva esposa llegaron a Birmania en noviembre de 1846. A Emilia le había ido bien en el viaje y se hallaba lista para tomar el lugar de Sara, según su capacidad. Ella fue una buena madre para los niños de Judson (sólo dos habían sobrevivido para salir a su encuentro). Ella también se dedicó con entusiasmo al estudio del idioma y a la obra misionera, sin olvidar su talento de escritora. Así describía la dura realidad de la vida del misionero: “Hay miles y miles de murciélagos. También tenemos la bendición de una porción completa de cucarachas, escarabajos, lagartijas, ratas, hormigas, mosquitos y chinches. Estos son muy activos, y las hormigas desfilan por la casa en grandes cantidades. … Tal vez unas veinte acaban de pasar por el papel mientras escribo. Solamente una cucaracha ha venido a visitarme ahora, pero el desinterés de ellas ha sido compensado con toda una compañía de insectos negros del tamaño de la yema de un dedo; aventureros sin nombre.

Adoniram y Emilia pasaron tres años en Birmania. El nacimiento de una niña los llenó de mucha felicidad, la cual se vio opacada por causa de las enfermedades. En la primavera de 1850, mientras Emilia esperaba otro hijo, Adoniram, quien se sentía enfermo de gravedad, salió a un viaje por mar con la esperanza de mejorar. Murió antes de finalizar la semana, y fue sepultado en alta mar. Diez días después nació muerto el hijo que esperaba Emilia. Ella no supo de la muerte de Adoniram hasta agosto. En enero siguiente ella, la pequeña Emilia, y los dos hijos de Judson salieron para Boston y establecieron su hogar en Estados Unidos. La salud de Emilia estaba quebrantada y murió tres años después a la edad de treinta y seis años.

Tomado del libro de Ruth Tucker – To the last of the earth.

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