Los evangélicos y Notre Dame

En cada uno de nosotros existe el peligro latente de trasponer los límites del celo, y caer en el fanatismo sin apenas darnos cuenta; a todos nos puede pasar. Mientras que el celo es: “cuidado, diligencia, esmero que alguien pone al hacer algo, o interés extremado y activo que alguien siente por una causa o por una persona”; el fanatismo consiste en: “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas”, o también: “preocupación o entusiasmo ciego por algo”.

Nuestro celo y pasión por el Evangelio nos lleva a abrir los ojos y estar atentos, por medio del discernimiento, hacia todo aquello que pueda contribuir a la proclamación de las Buenas Noticias de Jesucristo, y a la extensión del reino de los cielos. Pero nuestro fanatismo nos vuelve ciegos y nos lanza hacia adelante como un caballo desbocado pisoteando todo lo que encontramos a nuestro paso. El fanático cree que ayuda, pero destruye, cree que edifica pero en realidad derriba; es un soldado ciego con un espada en la mano, lastimando más a los suyos que a los del enemigo. La Iglesia necesita apasionados, no fanáticos.

Con el incendio de la Catedral de Notre Dame, las “páginas y foros cristianos” han contribuido a hacer visibles a los fanáticos entre nosotros, a aquellos que se autoperciben como una especie de profeta Elías cibernético ¡y que el fuego caiga sobre aquellos que no piensan como ellos! La diferencia entre Elías y ellos, es que el profeta enfrentaba a sus adversarios cara a cara y Dios se manifestaba visiblemente a favor de él. Pero en cambio, estos fanáticos solo pueden encender aquel fuego del que habla Santiago:

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. [Santiago 3:5-9]

La Catedral de Notre Dame fue construida entre los siglos XII y XIII, es una joya de la arquitectura medieval, gótica, y Patrimonio de la Humanidad. Y nos guste o no, forma parte de la Historia de la Iglesia. Sí, porque los que piensan que no hubo verdadera iglesia entre el siglo I y el siglo XVI se equivocan, o al menos dudan de las palabras de nuestro Señor:

Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. [Mateo 16:18] 

La Iglesia siempre existió de una manera u otra,  pero nunca el infierno la derrotó o prevaleció sobre ella. Hubo momentos de mayor esplendor en un sitio y penumbras en otro, pero la Iglesia siguió avanzando a través de los siglos, victoriosa. La Iglesia anterior al S. XVI también es nuestra iglesia, es nuestra historia; es nuestro patrimonio, con sus virtudes y defectos. Creer que la verdadera Iglesia comenzó a existir a partir de la Reforma Protestante es simplemente ignorar la Historia y el obrar de Dios. El gran Reformador y padre de la Reforma Protestante, Martín Lutero, nunca tuvo la intención de “destruir la continuidad de la Iglesia”, o tirar a la basura la historia de los siglos anteriores. Si entendemos el término reformar como modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo, o también como enmendar, corregir la conducta de alguien, haciendo que abandone comportamientos o hábitos que se consideran censurables, podremos comprender cuál fue la intención de Lutero. Se trata de corregir y enmendar con el fin de mejorar, de edificar con más excelencia, no de destruir todo lo anterior.

Algunos evangélicos creen que la historia de la Iglesia empieza donde comienza su denominación, otros ni siquiera saben que tienen historia. Pero nuestra historia está allí, en una continuidad que traspasa los 20 siglos y nos trae toda la riqueza de los aciertos, y las enseñanzas de los fracasos. Odiar o ignorar parte de nuestra historia no nos hace más sabios ni más espirituales, sino simplemente fanáticos. ¿Cómo puede alguien, medianamente inteligente, alegrarse por la destrucción de una obra de arte? Pues al parecer muchos evangélicos actúan como fanáticos talibanes, pensando que destruir es vencer. No se trata de ecumenismo, se trata de civilización. Dios no nos mandó a destruir sino a edificar, a mejorar, a restaurar, a reformar, a llevar una Buena Noticia; no a base de pistolas o de hogueras.

Entrar a una iglesia o catedral gótica y sentarse  en medio de esa maravillosa conjunción de silencio y piedra, de luces y sombras, de vitrales y rosetones, de arcos, pórticos y ábsides, es una invitación a meditar sobre la brevedad de nuestra vida, y la de todos aquellos que siglo tras siglo se sentaron en ese mismo lugar a reflexionar sobre la eternidad. Somos parte de la Historia, debemos comprenderla para seguir reformándonos exitosamente.

Soy cristiano, evangélico y pentecostal; pero no dejaré que el fanatismo me ciegue de tal manera que me haga creer que solo yo (y los que piensan como yo) somos los poseedores absolutos de la verdad. He tenido el privilegio de contemplar la belleza arquitectónica de iglesias góticas como Santa María del Pino, basílicas como Santa María del Mar, el Monasterio de Monserrat, y muchos más. Me he deleitado contemplando la mirada de Jesús en obras maestras como “El expolio” del Greco, en la Catedral de Toledo, o en el Pantócrator del ábside de Sant Climent de Taüll, o en infinidad de obras de arte del Museo del Prado.  Porque la Historia de la Iglesia es también parte de mi historia, y yo soy parte de ella.   Y podríamos también hablar del arte de la Iglesia Ortodoxa, de la iglesia Copta y de todas las que forman parte de la gran historia del cristianismo. 

La ignorancia es la madre del fanatismo, pero es el conocimiento el que nos ayuda a abrir los ojos y darnos cuenta en dónde estamos parados, y hacia dónde vamos. ¿Destruiremos el Coliseo romano, y los demás anfiteatros que se conservan, porque fue un lugar de impiedad?, ¿deberíamos alegrarnos de la destrucción del Partenón, de las cuevas de Altamira, o de Chichén Itzá? No es destruyendo la historia, sino aprendiendo de ella como podemos superarnos. 

Las hogueras en la Iglesia nunca se apagan, siempre hay alguien que está dispuesto a poner su leño para quemar a otro. Los inquisidores siguen estando entre nosotros haciendo listas negras de libros o autores que podemos o no leer; y no se cansan de tratarnos como tontos  al señalar como hereje a todo aquel que no pertenece a su denominación, o a su “tradición histórica”. No vamos a llevar a nadie hacia Cristo usando de burla y violencia, o riéndonos de sus defectos o desgracias; no podemos bendecir a Dios con nuestra lengua y con esa misma lengua maldecir a los hombres hechos a semejanza de Dios [Santiago 3:5-9].

“Si la verdad te hizo libre, el amor te haga siervo” [S. AGUSTÍN, Enarraciones sobre los Salmos, Sal 99,7.]

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos 2019

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3 respuestas a Los evangélicos y Notre Dame

  1. dinorah vargas dijo:

    exacto, gracias hno. Gabriel, solo por el hecho de ser una obra de arte de la arquitectura es una pérdida y cada vez que entro a esta página es un crecimiento a mi fe

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  2. Jorge Fernando Torres dijo:

    Gracias Gabriel por traer siempre una cuota de mesura. Es para leerlo y releerlo.

    Le gusta a 1 persona

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