Agustín de Hipona contra el Cesacionismo

Nunca dejan de sorprenderme los cesacionistas en su afán de manipular la historia para  no quedar en evidencia, y hay casos realmente curiosos en los que se superan a sí mismos. El siguiente es un magnífico ejemplo:

 “Aun el famoso Agustín dijo: “¿Por qué, se pregunta, no se manifiestan milagros hoy en día como sucedía en otros tiempos? Yo podría responder que eran necesarios entonces, antes de que el mundo llegara a creer, para poder ganar la creencia del mundo” (Las raíces corruptas – la historia del movimiento pentecostal, de Gregory Alan Kedrovsky)

Leído así, como lo expone este libro de adoctrinamiento cesacionista, pareciera que Agustín está afirmando que ya no suceden milagros… y debo confesar que yo mismo me tragué ese anzuelo; pero uno de los lectores del blog, el hermano Omar, me escribió diciendo que Agustín sí creía en milagros, solo había que seguir leyendo la continuación del párrafo manipulado tanto por el señor Gregory Kedrovsky, como por el autor del libro Fuego Extraño. Aquí les dejo el texto completo, es  extenso, pero la veracidad histórica lo reclama,  dejemos paso al gran Obispo de Hipona,  Agustín, y que él desenmascare a los que manipulan sus palabras:

Agustín de Hipona

LA CIUDAD DE DIOS

LIBRO XXII – CONTRA PAGANOS

CAPÍTULO VIII

1. ¿Por qué -replican- no se realizan ahora los milagros que decís fueron hechos antes? Podría responder que fueron necesarios antes de creer el mundo, precisamente para que creyera. Ahora bien, si alguno exige todavía prodigios para creer, en sí mismo tiene el prodigio de no creer cuando todo el mundo cree. Claro que hablan así para que no se admita que tuvieron lugar aquellos milagros. ¿Cómo, entonces, se proclama por todas partes con fe tan grande que Cristo subió al cielo con su carne? ¿Cómo en siglos tan civilizados, que rechazan cuanto carece de visos de posibilidad, creyó el mundo con fe admirable misterios increíbles sin milagro alguno? ¿Dirán acaso que eran creíbles y por eso fueron creídos? ¿Por qué entonces no creen ellos?

Nuestra conclusión es breve: o han dado testimonio de algo increíble y no presenciado otros testimonios increíbles -que no obstante se realizaban a la vista de todos-, o una cosa tan creíble que no necesitaba milagro alguno para ser creída refuta la extremada infidelidad de éstos. Con esto basta para rebatir a pensadores tan inconsistentes. No podemos negar, en efecto, que tuvieron lugar tantos milagros que dan fe del grande y saludable milagro de la ascensión de Cristo al cielo con la carne en que resucitó. En los mismos libros tan veraces están escritos todos los prodigios que se realizaron previamente para que se creyera esto. Estos milagros se proclamaron para que dieran fe, y con la fe que produjeron se dieron a conocer con más publicidad. Pues se leen entre los pueblos para que sean oídos, y no se leerían si no se les creyera.

Todavía hoy se realizan milagros en su nombre, tanto por los sacramentos como por las oraciones o las reliquias de sus santos. Lo que sucede es que no se los proclama tan abiertamente que lleguen a igualar la fama de aquéllos. De hecho, el canon de las sagradas letras, que era preciso tener fijado, obliga a recordar aquellos milagros en todas partes, y quedan así grabados en la memoria de todos los pueblos; éstos, en cambio, apenas son conocidos por la ciudad donde se realizan o por los que habitan en el lugar. Incluso en dichos lugares apenas llegan al conocimiento de unos pocos, sobre todo si la ciudad es grande. Y cuando se cuentan en otras partes, no es tal la garantía que se admitan sin dificultad o duda, aunque se los refieran unos fieles cristianos a otros.

2. Tuvo lugar en Milán, estando yo allí, el milagro de la curación de un ciego, que pudo llegar al conocimiento de muchos por ser la ciudad tan grande, corte del emperador, y por haber tenido como testigo un inmenso gentío que se agolpaba ante los cuerpos de los mártires Gervasio y Protasio. Estaban ocultos estos cuerpos y casi ignorados; fueron descubiertos al serle revelado en sueños al obispo Ambrosio. Allí vio la luz aquel ciego, disipadas las anteriores tinieblas.

3. Lo mismo ocurrió en Cartago: ¿quién, fuera de un reducido número, llegó a enterarse de la curación de Inocencio, abogado a la sazón de la prefectura? A esta curación asistí yo y la vi con mis propios ojos. Veníamos de allende el mar mi hermano Alipio y yo, aún no clérigos, pero sí siervos ya de Dios; como era, al igual que toda su familia, tan religioso, nos recibió en su casa y vivíamos con él. Estaba sometido a tratamiento médico; ya le habían sajado unas cuantas fístulas complicadas que tuvo en la parte ínfima posterior del cuerpo, y continuaba el tratamiento de lo demás con sus medicamentos. En esas sajaduras había soportado prolongados y terribles dolores. Una de las fístulas se había escapado al reconocimiento médico, de suerte que no llegaron a tocarla con el bisturí. Curadas todas las otras que habían descubierto y seguían cuidando, sólo aquélla hacía inútiles todos los cuidados.

Tuvo por sospechosa esa tardanza, y se horrorizaba ante una nueva operación que le había indicado un médico familiar suyo, a quien no habían admitido los otros ni como testigo de la operación, y a quien él con enojo había echado de casa; apenas ahora le había admitido, exclamó con un exabrupto: ¿De nuevo queréis sajar? ¿Van a cumplirse las palabras de quien no admitisteis como testigo?». Burlábanse ellos del médico ignorante, y procuraban mitigar con bellas palabras y promesas el miedo del paciente.

Pasaron otros muchos días, y de nada servía cuanto le aplicaban. Insistían los médicos en que le cerrarían la fístula con medicinas, no con el bisturí. Llamaron también a otro médico de edad ya avanzada y muy celebrado por su pericia en el arte, por nombre Ammonio. Examinándole éste, confirmó lo mismo que había pronosticado la diligencia y pericia de los otros. Garantizado él con esta autoridad, como si se encontrara ya seguro, se burlaba con festivo humor de su médico doméstico, que había creído necesaria otra operación.

¿Qué más? Pasaron luego tantos días sin mejora alguna que, cansados y confusos, tuvieron que confesar que no había posibilidad de sanar sino con el uso del bisturí. Se asustó, palideció sobrecogido de horrible temor, y cuando se recobró y pudo hablar, les mandó marcharse y no volver a su presencia. Cansado ya de llorar y forzado por la necesidad, no se le ocurrió otra cosa que llamar a cierto Alejandrino, tenido entonces por renombrado cirujano, para que hiciera él la operación que en su despecho no quería hicieran los otros. Cuando vino aquél y observó, como entendido, en las cicatrices la habilidad de los otros, como honrado profesional trató de persuadirle de que fueran los otros quienes cosecharan el éxito de la operación, ya que habían procedido con la pericia que él reconocía, y añadía que no habría posibilidad de sanar sino con la operación; pero que era opuesto a su conducta arrebatar por una insignificancia que restaba la coronación de trabajo tan prolongado a unos hombres cuyo esfuerzo habilísimo y diligente pericia contemplaba admirado en sus cicatrices. Se reconcilió con ellos el enfermo, y se convino en que, con la presencia de Alejandrino, fueran ellos los que le abrieran la fístula, que de otra manera se tenía unánimemente por incurable. La operación se dejó para el día siguiente.

Cuando marcharon los médicos, fue tal el dolor que se produjo en la casa por la inmensa tristeza del señor que con dificultad podíamos reprimir un llanto como por un difunto. Le visitaban a diario santos varones, como Saturnino, obispo entonces de Uzala y de feliz memoria; el presbítero Geloso y los diáconos de la Iglesia de Cartago; entre los cuales se encontraba, y es el único que sobrevive, el actual obispo Aurelio, a quien debo nombrar con el honor debido y con quien, considerando las obras maravillosas de Dios, hablé muchas veces de este caso, comprobando que lo recordaba perfectamente.

Visitándole como de costumbre por la tarde, les rogó con lágrimas dignas de compasión que tuvieran a bien asistir al día siguiente más bien a su funeral que a su dolor, pues era tal el pánico que por los dolores anteriores se había apoderado de él, que no dudaba moriría en manos de los médicos. Trataron ellos de consolarlo, exhortándole a que confiara en el Señor y que se abrazara virilmente con su voluntad. A continuación nos pusimos a orar, y poniéndonos nosotros, como de costumbre, de rodillas y postrados en tierra, se arrojó él tan impetuosamente como si hubiera sido postrado a impulso de fuerte empujón, y comenzó a orar. ¿Qué palabras podrían explicar de qué modo, con qué afecto, con qué emoción, con qué torrentes de lágrimas, con qué sollozos y gemidos que sacudían todos sus miembros y casi le paralizaban el espíritu? No sé si los demás oraban ni si atendían a esto. Yo al menos no podía orar en modo alguno; sólo dije brevemente en mi corazón: «Señor, ¿qué preces de tus siervos vas a escuchar si no escuchas éstas?». Pues me daba la impresión de que no quedaba ya más que expirase orando.

Nos levantamos y, recibida la bendición del obispo, nos despedimos; suplicaba él que estuviesen presentes al día siguiente, y le exhortaban ellos a que estuviera tranquilo. Amaneció el día temido, estaban presentes los siervos de Dios como habían prometido. Entran los médicos, se hacen los preparativos del caso, se aprestan los temibles instrumentos, estando todos atónicos y suspensos. Exhortándole los que tenían mayor autoridad y tratando de consolar la falta de ánimo, acomodan en el lecho los miembros para facilitar la operación, se desatan los nudos de las vendas, se descubre el lugar, examina el médico y, atento y equipado, busca la fístula que hay que sajar. Mira con afán, palpa con los dedos, emplea todos los recursos; sólo encuentra la cicatriz bien cerrada. No serán mis palabras las que expresen la alegría, la alabanza y acción de gracias al Dios omnipotente y misericordioso que fluyeron de la boca de todos con lágrimas de gozo: es mejor dejarlo a la imaginación que tratar de expresarlo con palabras.

3ª.* En la misma Cartago hubo una mujer muy piadosa, Inocencia, de las primeras damas de la ciudad, con un cáncer en un pecho, enfermedad incurable según los médicos. Se debe cortar, pues, y arrancar del cuerpo el miembro donde nace, o, según dicen que piensa Hipócrates, no se debe emplear tratamiento alguno para prolongar un poco la vida del hombre, que al fin, más o menos pronto, ha de morir. Así se lo había dicho a ella un médico entendido y muy familiar de su casa, y entonces se volvió a sólo el Señor con la oración. Al acercarse la Pascua, recibe en sueños el aviso de que, poniéndose en el baptisterio en la parte destinada a las mujeres, le hiciera la señal de la cruz en el pecho la primera mujer bautizada que le saliera al paso. Hízolo así, y alcanzó al punto la salud. El médico que le había aconsejado no usara remedio alguno si quería vivir un poco más, habiéndola visto luego y hallando curada a la que sabía con tal análisis afectada de ese mal, le preguntó intrigado de qué remedio se había servido; deseaba, según se conjetura, conocer el medicamento con el fin de refutar el sentir de Hipócrates. Oyendo lo que había sucedido, adoptó tal voz y postura de desprecio, que temió ella se desatara en alguna palabra afrentosa contra Cristo, y se dice que le respondió con religiosa cortesía: «Pensaba que me ibas a decir algo maravilloso». Como ella se sintiera estremecida, añadió él: «¿El sanar un cáncer es algo grande para Cristo, que resucitó un muerto de cuatro días

Oí esto y tuve un gran pesar de que, en tal ciudad y persona tan distinguida, pasara oculto un milagro tan grande; pensé, pues, amonestarla y casi reñirla. Me respondió que no lo había ocultado; y entonces pregunté a las matronas más amigas que tenía si habían sabido esto. Me respondieron que no lo sabían: «Mira -le dije-, ¿cómo no lo ocultas, que ni las que gozan de tal familiaridad contigo lo han oído?». Y como yo lo había oído en resumen, le mandé que contara por su orden todo lo sucedido en presencia de aquéllas, que se maravillaban mucho y glorificaban a Dios. 

4. ¿Quién ha conocido el caso de un médico gotoso en la misma ciudad? Había dado su nombre para el bautismo. El día antes de ser bautizado se le prohibió en sueños hacerlo aquel año por medio de unos niños de rizos negros que él tuvo por demonios. No les hizo caso, aunque le machacaron los pies hasta producirle un dolor atroz, cual nunca lo había sentido, y se marchó al bautismo. No quiso dilatar el ser purificado, como había prometido, venciéndolos por completo con el lavado de la regeneración. Y en el mismo bautismo no sólo quedó libre del dolor que le atormentaba más de lo acostumbrado, sino también de la gota; no tornaron a dolerle más los pies, aunque vivió mucho tiempo después. Esto lo hemos conocido nosotros y muy pocos hermanos, a cuya noticia pudo llegar el suceso.

5. En Corube había un comediante. Al recibir el bautismo, fue curado de una parálisis e incluso de una vergonzosa inflamación de sus partes genitales. Subió de la fuente de regeneración libre de ambas molestias, como si no hubiera tenido mal alguno en el cuerpo. ¿Quién conoció esto, si se exceptúa Corube y muy pocos más que pudieron oírlo en alguna parte? Nosotros, al tener noticia de ello, por mandato del santo obispo Aurelio hicimos que viniera a Cartago, aunque lo habíamos oído de tantas personas que nos ofrecían plena garantía.

6. Hay entre nosotros un varón de familia tribunicia llamado Hesperio. Tiene una posesión llamada Zubedi en el territorio de Fusala. Descubrió que en ella los espíritus malignos atormentaban a los animales y a los esclavos; rogó a nuestros presbíteros, en ausencia mía, que fuera alguno de ellos allá para ahuyentarlos con sus oraciones. Fue uno, ofreció allí el sacrificio del cuerpo de Cristo, pidiendo con todo ardor que cesara aquella vejación; y al instante cesó por la misericordia de Dios.

Había recibido el tal Hesperio de un amigo un poco de tierra santa traída de Jerusalén, del lugar precisamente donde fue sepultado Cristo y resucitado al tercer día. La tenía colgada en su habitación para verse él libre de cualquier mal. Purificada su casa de aquella peste, andaba pensando qué haría con ella, pues por reverencia no quería tenerla más tiempo en su habitación. Por casualidad me encontraba yo cerca con mi colega Maximino, obispo entonces de la Iglesia de Siniti; nos suplicó que nos acercáramos, y así lo hicimos. Después de darnos noticia de todo, nos pidió que se enterrara esa porción de tierra en algún lugar donde se reunieran los cristianos para celebrar los misterios de Dios. Aceptamos, y así se hizo. Había allí un joven campesino paralítico. Enterado de esto, pidió a sus padres que lo llevaran inmediatamente a aquel lugar santo. Lo llevaron, hizo oración, y al punto retornó sano por su propio pie.

7. Existe una quinta llamada «Victoria» a menos de treinta millas de Hipona. Hay allí un monumento de los mártires de Milán Protasio y Gervasio. Fue llevado allá un joven que, estando a mediodía en verano lavando el caballo en un paraje profundo del río, quedó poseído por un demonio. Próximo ya a la muerte, o pareciendo más bien muerto, entró, según su costumbre, la señora de la finca a cantar los himnos y oraciones de la tarde con sus criadas y algunas siervas del Señor. Comenzaron a cantar los himnos. Sintiose el demonio herido y sacudido por esa voz; y se mantenía agarrado al altar con clamor terrible, como si no se atreviera o no tuviera fuerza para moverlo, suplicando con grandes lamentos que lo perdonaran y manifestando a la vez dónde, cuándo y cómo se había apoderado del joven. Al final manifestó que saldría, y comenzó a designar cada uno de los miembros que amenazaba cortaría al salir. Diciendo estas cosas, se apartó del hombre. Pero uno de los ojos de éste, caído por la mejilla, pendía por una fina vena del interior como de su raíz, y todo su centro, que era negro, se había tornado blanco.

Ante tal espectáculo, los circunstantes (habían acudido varios atraídos por las voces, y todos se habían postrado en oración por él), aunque se regocijaban de verlo en sus cabales, contristados de nuevo por lo del ojo, sugerían que se buscara un médico. Entonces su cuñado, que le había traído allí, exclamó: «Bien puede Dios, que ahuyenta el demonio, devolverle el ojo por las oraciones de los santos». Y como pudo volvió el ojo caído y pendiente a su órbita y lo sujetó con un pañuelo; ordenó que no se le desatara hasta siete días después. Al descubrirlo entonces, lo encontró completamente sano. Allí recibieron también la salud otros más, que sería prolijo enumerar.

8. Sé de una doncella de Hipona que, habiéndose ungido con el aceite en que había dejado caer sus lágrimas un sacerdote que oraba por ella, al punto se vio libre del demonio. También sé de un adolescente que por sola una vez que un obispo, sin conocerlo, oró por él, de pronto quedó libre del demonio.

9. Había un anciano, Florencio, hijo nuestro de Hipona, hombre piadoso y pobre. Vivía de su oficio de sastre; había perdido su vestido y no tenía con qué comprar otro. Oró en alta voz por el vestido en el sepulcro de los Veinte Mártires, tan célebre entre nosotros. Le oyeron unos jóvenes burlones que casualmente estaban allí, y al marchar se fueron tras él, acosándolo como si hubiera pedido a los mártires cincuenta monedas. Pero él, caminando en silencio, vio arrojado en el litoral un gran pez agitándose. Con la ayuda de aquéllos lo cogió y lo vendió por trescientas monedas a un cocinero llamado Catoso, muy cristiano, para los guisos de su cocina, contándole los pormenores del caso. Con ese dinero pensó comprar lana para que su esposa le hiciera como pudiese un vestido. Pero el cocinero, al descuartizar el pez, encontró un anillo de oro en su interior, e inmediatamente, movido a compasión y poseído de religioso temor, se lo entregó al anciano diciendo: «Mira cómo te han vestido los Veinte Mártires».

10. En la localidad de Aguas Tibilitanas trajo el obispo Preyecto las reliquias del glorioso mártir Esteban y acudió un gran gentío a venerarlas. Una mujer ciega rogó que la condujeran al obispo cuando llevaba las reliquias. Dio unas flores que llevaba, las tomó de nuevo, las acercó a los ojos y al punto recobró la vista. Admirados los presentes, iba delante llena de gozo, caminando sin buscar ya quien la condujese.

11. Lucilo, obispo de Siniti, con el pueblo que le acompañaba, llevaba las reliquias del citado mártir que existen en aquella villa, cercana a la colonia de Hipona. Tenía una fístula que hacía ya tiempo le aquejaba, y esperaba la llegada de un médico íntimo suyo para que se la sajase. Mientras llevaba tan preciosa carga fue curado repentinamente y no la sintió más en su cuerpo.

12. Eucario, presbítero español residente en Cálama, padecía de antiguo el mal de piedra. Fue curado por la reliquia de dicho mártir que le llevó el obispo Posidio. El mismo presbítero, presa más adelante de una grave enfermedad, tenía tal apariencia de muerto que le ataban ya los pulgares. Fue resucitado por intermedio del mártir al traer de su capilla y ponerle sobre el cuerpo la casulla del presbítero que allí habían llevado.

13. Hubo en el mismo lugar un hombre llamado Marcial, notable entre los de su rango, ya de edad, totalmente apartado de la religión cristiana. Tenía una hija creyente, y el yerno bautizado aquel año. Enfermó, y le rogaban ellos con abundantes lágrimas que se hiciera cristiano; se negó en redondo y los rechazó hoscamente. Determinó el yerno acudir a la capilla de San Esteban y rogar por él con todas sus fuerzas para que Dios le cambiara el pensamiento y no dilatase el creer en Cristo. Oró con grandes gemidos y llanto, y con un sincero y ardiente afecto de piedad. Al marchar, tomó algunas flores del altar que topó a su paso; se las puso ya de noche a la cabecera. Durmió el enfermo. Y he aquí que antes de amanecer, empieza a gritar que se acuda al obispo, que casualmente estaba conmigo en Hipona. Oyendo que estaba ausente, pidió que fueran los presbíteros. Llegaron, confesó que creía, y entre la admiración y el gozo de todos recibió el bautismo. El tiempo que vivió tenía a flor de labios estas palabras: «Cristo, recibe mi espíritu», sin saber que fueron las últimas del bienaventurado Esteban cuando fue apedreado por los judíos18. Ellas fueron también las últimas suyas; murió no mucho después.

14. Sanaron allí también por el mismo mártir dos gotosos, ciudadano uno y forastero el otro: el ciudadano, completamente; el peregrino, en cambio, supo por revelación qué remedio debía usar al sentir el dolor; lo usaba, y al punto el dolor se calmaba.

15. Auduro es el nombre de un predio donde hay una iglesia, y en ella una capilla del mártir Esteban. Estando un niño jugando en la plaza se desmandaron unos bueyes que tiraban de un carro y lo aplastaron con una de las ruedas, dejándolo a punto de expirar. Lo cogió su madre precipitadamente, lo colocó junto a la capilla y no sólo revivió, sino que quedó totalmente ileso.

16. Estaba enferma cierta religiosa en una heredad vecina llamada Caspaliana, y desesperándose de su salud, llevaron su túnica a la misma capilla. Cuando la trajeron, ella había muerto. Sus padres cubrieron su cadáver con la túnica y recobró el aliento, quedando curada.

17. En Hipona, un sirio llamado Baso rogaba en la capilla del mismo mártir por su hija enferma de peligro, y había traído allí su túnica. Y he aquí que salieron de casa corriendo los criados para comunicarle la muerte de la hija. Como él estaba orando, los detuvieron unos amigos y les prohibieron comunicárselo para evitar el llanto por las calles. Al volver a casa y encontrarla llena de lamentaciones, echó la túnica que llevaba sobre su hija y fue devuelta a la vida.

18. También allí, entre nosotros, murió de enfermedad el hijo de un cobrador de impuestos llamado Irineo. Yacía su cuerpo sin vida, y mientras se preparaban con llanto y lamentaciones las exequias, uno de sus amigos, entre las palabras de consuelo, le sugirió que ungieran todo su cuerpo con el aceite del mismo mártir. Lo hicieron así y revivió el niño.

19. Aquí mismo también el tribunicio Eleusino colocó su hijito muerto de enfermedad sobre el santuario del mártir que está en el suburbio. Después de ferviente oración, acompañada de muchas lágrimas, alzó al hijo vivo.

20. ¿Qué he de hacer? Urge la promesa de terminar la obra y no puedo consignar aquí cuanto sé. Y, sin duda, la mayoría de los maestros, al leer esto, se lamentarán haya pasado en silencio tantos milagros que conocen como yo. Les ruego tengan a bien disculparme y piensen qué tarea tan larga exige lo que al presente me fuerza a silenciar la necesidad de la obra emprendida. Si quisiera reseñar, pasando por alto otros, los milagros solamente que por intercesión del gloriosísimo mártir Esteban han tenido lugar en esta colonia de Cálama, y lo mismo en la nuestra, habría que escribir varios libros. Y aun así no podrían recogerse todos, sino sólo los que se encuentran en los folletos que se recitan al pueblo. He querido recordar los anteriores al ver que se repetían también en nuestro tiempo maravillas del poder divino semejantes a las de los tiempos antiguos, y que no debían ellas desaparecer sin llegar a conocimiento de muchos. No hace dos años aún que está en Hipona Regia la capilla de este mártir, y sin contar las relaciones de las muchas maravillas que se han realizado y que tengo por bien ciertas, de sólo las que han sido dadas a conocer al escribir esto llegan casi a setenta. Y en Cálama, donde la capilla existió antes, tienen lugar con más frecuencia, y se cuentan en cantidad inmensamente superior.

21. También en Uzala, colonia vecina de Útica, sabemos se han realizado muchos milagros por medio del mismo mártir, cuya capilla erigió allí mucho antes de que la tuviéramos aquí el obispo Evodio. Pero allí no existe, o mejor no existió, la costumbre de publicar esas informaciones; quizá ahora hayan empezado. Estando yo allí hace poco rogué, con la licencia de dicho obispo, a la señora Petronia que diera una información para leerla al pueblo, porque ella había sido curada milagrosamente de una enfermedad grave y duradera, en cuya curación habían fracasado todos los recursos médicos. Obedeció con toda diligencia, y contó allí lo que no puedo aquí callar, aunque la urgencia de esta obra me fuerza a darme prisa.

Dijo que un médico judío la persuadió a que introdujese un anillo en una cinta del pelo que por debajo de todo vestido había de ceñir directamente a la carne; que ese anillo tenía bajo el engaste una piedra preciosa hallada en los riñones de un buey. Ceñida así, venía en busca de remedio al templo del santo mártir. Pero, partiendo de Cartago, se detuvo en su hacienda en los límites del río Bagrada; y al levantarse para continuar el viaje, vio el anillo caído a sus pies, y llena de admiración palpó la cinta de pelo en la que estaba el anillo. Hallándolo atado con sus nudos bien fuertes, pensó que el anillo se había roto y había saltado. Al encontrarlo sin menoscabo alguno, se imaginó haber recibido con tal prodigio como una garantía de su futura curación. Desata el cíngulo y lo arroja al río con el anillo.

Evidentemente, no creen en esto quienes se obstinan en no admitir que el señor Jesús fue dado a luz sin detrimento de la virginidad de su madre y que entró con las puertas cerradas a donde estaban los discípulos. Que investiguen este caso, y si ven que es verdad, crean también esos misterios. Es una mujer muy ilustre, noble de nacimiento, casada con un noble, y habita en Cartago. Noble es la ciudad y noble la persona: circunstancias ambas que asegurarán el éxito a los investigadores. El mismo mártir, por cuya intercesión fue curada, creyó en el Hijo de la que permaneció virgen; en el que entró, cerradas las puertas, a la estancia de sus discípulos; creyó, finalmente, que es el argumento principal que aquí se ventila, en el que subió al cielo con la carne en que había resucitado. Por eso se han realizado por su intercesión tales maravillas, porque dio su vida por esta fe.

Se realizan todavía hoy muchos prodigios; los realiza el mismo Dios a través de quienes le place y como le place, lo mismo que realizó los que tenemos escritos. Pero los actuales no son muy conocidos ni se menudea su lectura como un repiqueteo de la memoria, a fin de que no caigan en el olvido. Porque, a pesar del esmero que se empieza a poner entre nosotros para narrar al pueblo esas relaciones hechas por los interesados, las escuchan una vez los presentes, pero la mayoría no lo están; y los mismos que las oyeron, pasados unos días, se olvidan de lo que oyeron; y apenas se encuentra quien comunique lo que oyó a quien sabe no estuvo presente.

22. Entre nosotros tuvo lugar un milagro, no digo más grande que los referidos, pero tan manifiesto y célebre que no pienso exista en Hipona quien no lo viera o conociera, nadie que pueda llegar a olvidarlo. Hubo diez hermanos, siete varones y tres hembras, oriundos de Cesarea de Capadocia y nobles entre sus conciudadanos; fueron maldecidos recientemente por su madre: desvalida por la muerte del padre, se resintió durísimamente afectada por una injuria que le habían hecho. Consecuencia de la maldición fue un tremendo castigo del cielo: se sintieron presa de convulsiones horribles en todos los miembros. Ante espectáculo tan repugnante, no pudiendo soportar la vista de sus conciudadanos, andaban errantes casi por todo el Imperio romano, marchando cada cual a donde bien le pareció. Dos de ellos, hermano y hermana, Paulo y Paladia, conocidos ya en otros lugares por la publicidad de su desgracia, llegaron a nuestra ciudad. Vinieron precisamente casi quince días antes de Pascua, y acudían a diario a la iglesia y visitaban en ella la capilla del gloriosísimo Esteban, suplicando a Dios se aplacase ya de ellos y les devolviera la salud. En la iglesia y en cualquier parte eran centro de las miradas del pueblo. Algunos de los que los habían visto en otra parte y eran sabedores del motivo de sus convulsiones, se lo comunicaban a otros como podían.

Llegó la Pascua, y de mañana, estando ya presente gran número de fieles, el muchacho estaba en oración asido a la verja del lugar santo donde estaban las reliquias del mártir. De pronto cayó postrado y quedó tendido como muerto, pero sin temblor alguno, incluso el que solía tener durante el sueño. Se quedaron atónitos los presentes, temiendo unos y lamentándose otros. Algunos querían levantarlo, pero otros se lo impidieron, diciendo que era mejor esperar el resultado. De pronto se levanta y ya no tiembla: había sido curado, se mantiene firme, mirando a los que lo miraban. ¿Quién no alabó al Señor en aquellos momentos? La iglesia resonaba por doquier con las voces de los que gritaban y se congratulaban. Se dirigen luego a donde yo estaba sentado y dispuesto a sa­lir al encuentro: se atropellan unos a otros anunciando cada uno como novedad lo que había contado el anterior; y en medio de mi regocijo y de mi acción de gracias interior a Dios, se me acerca él mismo con otros muchos, se postra a mis pies y se levanta para el ósculo. Me dirijo hacia el pueblo; la iglesia estaba repleta, resonaba con voces de júbilo, cantando todos de una y otra parte: «¡Gracias a Dios, alabado sea Dios!». Saludé al pueblo, y redobláronse las aclamaciones con el mismo fervor.

Hecho por fin el silencio, se procedió a la lectura solemne de las divinas Escrituras. Cuando llegó el turno de mi exposición, hablé brevemente a tono con la grata circunstancia de tal alegría; más que oír lo que les dijera, me pareció mejor que considerasen la elocuencia de Dios en esa obra divina. Comió el hombre con nosotros y nos contó detalladamente toda la historia de su calamidad, de la de su madre y hermanos.

Al día siguiente, tras la explicación ordinaria, prometí que al otro día se recitaría al pueblo el memorial de los hechos. Al tercer día del domingo de Pascua, mientras se hacía esa lectura, hice que los dos hermanos estuvieran en pie en las gradas del presbiterio, en cuya parte superior solía yo hablar. Miraba todo el pueblo de ambos sexos, a uno firme, sin el deforme movimiento, y a la otra estremeciéndose en todos sus miembros. Los que no lo habían visto a él antes contemplaban en la hermana los efectos de la divina misericordia con él; y veían qué parabienes había que darle a él y qué gracias había que pedir para su hermana.

Terminada la lectura de la relación, les mandé retirarse de la presencia del pueblo; y habiendo comenzado a comentar más detenidamente todo el asunto, en medio de este comentario, resuenan nuevas voces de júbilo procedentes de la capilla del mártir. Mis oyentes se volvieron hacia allí y comenzaron a correr en tropel. En efecto, la enferma, al bajar de las gradas en que había estado, se había dirigido a orar a la capilla del mártir. Y tan pronto como tocó la verja, cayó igualmente como en un sueño, y se levantó curada.

Mientras preguntábamos cuál era la causa de estrépito tan alegre, entraron con ella en la basílica donde estábamos, trayéndola sana de la capilla del mártir. Tal clamor se levantó entonces por parte de ambos sexos, que parecía no iba a terminar nunca el griterío mezclado con las lágrimas. Se la llevó al mismo lugar en que había estado antes con aquellas convulsiones. Se sentían transportados al ver ya como al hermano a la que poco antes tan desemejante de él habían compadecido; y veían cómo no acabada aún la oración por ella, se había visto escuchada su súplica. Se desbordaban sin palabras en alabanza de Dios con clamor tan fuerte que apenas podían soportarlo nuestros oídos. ¿Qué era lo que hacía saltar de gozo los corazones sino la fe de Cristo, por la cual derramó su sangre San Esteban?

CAPÍTULO IX

¿De qué nos dan testimonio estos milagros sino de la fe en la resurrección de Cristo realizada en su carne y de su ascensión con la misma carne al cielo? Los mismos mártires fueron mártires, es decir, testigos de la fe, y por dar testimonio de esta fe tuvieron que soportar un mundo en extremo enemigo y cruel, al que vencieron no con la resistencia, sino con la muerte. Por esta fe murieron los que consiguieron esto del Señor, por cuyo nombre murieron. Por esta fe precedió su admirable sufrimiento, que fue la causa de semejante poder en esos milagros. Pues si no precedió la resurrección de la carne en Cristo para siempre, o no ha de tener lugar según la predicción de Cristo, o según lo anunciaron los profetas por quienes fue anunciado Cristo, ¿cómo tienen tal poder los muertos que murieron por esa fe que proclama la resurrección? Lo mismo da que sea Dios quien realiza por sí mismo y del modo maravilloso propio suyo, siendo Él eterno, en las cosas temporales, estas maravillas que el que las realice por medio de sus ministros; y, en este caso, ya lleve a cabo algunas por medio de los espíritus de los mártires o de los hombres, viviendo todavía en este cuerpo, o las lleve todas a cabo por medio de los ángeles, sobre quienes invisible, inmutable o incorporalmente tiene dominio, de suerte que estas mismas que se dicen realizadas por los mártires no lo son por obra suya, sino por sus oraciones e intercesión; puede también que esas mismas maravillas se realicen unas de una manera y otras de otra, maneras que no pueden entender en modo alguno los mortales; en todos estos casos, tales obras dan testimonio de esta fe en que se predica la resurrección de la carne para siempre.” (Del libro de Agustín de Hipona -LA CIUDAD DE DIOS – Traducción de Santos Santamarta del Río, OSA y Miguel Fuertes Lanero, OSA)

Como han podido comprobar en la lectura completa de las palabras de Agustín, éste no está afirmando, como le hacen decir los cesacionistas al poner solo la primera parte del escrito violando el contexto inmediato, que los milagros han cesado en la iglesia. Muy por el contrario, Agustín afirma que siguen sucediendo milagros, ¡muchos más de los que entrarían en un libro! Es lamentable que con esta perversa manipulación estén engañando a los creyentes con el único fin de desacreditar al pentecostalismo; pero como hemos comprobado aquí, los únicos que tienen las raíces corruptas son los mismos cesacionistas, quienes son contradichos por su más admirado Padre de la Iglesia: Agustín de Hipona, el continuista.

 

Artículo de Gabriel Edgardo LLugdar para Diarios de Avivamientos – 2017

 

 

 

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Acerca de diariosdeavivamientos

Un hermano simplemente, que anhela ser siervo de los siervos de mi Señor, dando de gracia lo que de gracia he recibido. Miembro de la Iglesia, la que está formada por todos aquellos que en cualquier lugar del mundo invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, independientemente de la denominación que sean. Combatiendo ardientemente por la fe que una vez fue dada a los santos, pero no combatiendo contra los hermanos, sino junto a los hermanos. Conozco a Cristo, pobre y crucificado, no necesito más nada.
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4 respuestas a Agustín de Hipona contra el Cesacionismo

  1. Hernán Gómez Hernández dijo:

    En verdad muchas bendiciones y milagros han ocurrido en mi vida, de los cuales fui inconsciente o incrédulo, tal vez por temor a ser juzgado fanático o enajenado, y afectar con su declaración la fe de alguna persona. Hoy discierno que la misericordia del Creador por mi es grande y ya no hay temor. Los milagros siguen, debemos tener claridad en nuestra mente para percibir su ocurrencia

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  2. Juan Carlos Valladares Sosa dijo:

    Dios sigue realizando milagros en los momentos actuales pero tambien debemos recordar que al Señor Jesucristo no le creyeron tanto por los milagros que realizo si no por la autoridad que tenia para enseñar la doctrina,en Pentecostes se reunieron 120 y los demas? donde estaban? no eran miles los que habian comido de la multiplicacion de los panes, nuestra Fe no es por vista es la conviccion de lo que no se ve y por ultimo el mayor milagro que El Señor hace en nuestras vidas es morando en Ellas,Regenerandonos,Justificandonos,Redimiendonos,Santificandonos.

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    • Debemos buscar el punto medio, el equilibrio. Ni ir tras los milagros, ni negarlos, debemos predicar la Palabra por sobre todo, y creer también que Dios la confirmará con milagros. El cesacionismo no es equilibrio, es miedo al descontrol, y ese miedo les lleva al otro extremo, a enseñar lo que la Biblia no enseña. Los dos extremos son peligrosos.

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